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La novela del exilio

Ignacio Soldevila Durante





El tema que se me propone a examen es ambiguo. Novela del exilio ¿es la novela escrita por los exiliados durante su exilio? Y por otro lado ¿de qué exilio estamos hablando? ¿Del de los republicanos salidos de España durante la guerra o al término de la misma como consecuencia de la victoria de los rebeldes? ¿Quedarían excluidos de ese colectivo los que salieron de España por otras razones, relacionadas también con la guerra: las razones de Azorín o de Baroja, las de Ramón Gómez de la Serna? ¿Las de los simpatizantes del Alzamiento, refugiados en un primer momento en las Embajadas, que dejaron el país por el exilio y sólo volvieron cuando la victoria se decantó del lado de sus simpatías, o cuando las circunstancias de la segunda guerra mundial hicieron más peligrosa la permanencia en Francia que el regreso a un país en plena turbulencia represaliadora? La obra narrativa que escribieron fuera de España ¿no debiera ser tenida en consideración al hablar de «la novela del exilio»? Y, avanzando en el tiempo de la pasada Historia ¿fueron exiliados y escribieron novela en el exilio o del exilio quienes por diversos y no concordantes motivos salieron después de 1939 hacia el extranjero? ¿Los ex-combatientes franquistas desilusionados por la España de la posguerra, los jóvenes estudiantes que durante los años cuarenta-cincuenta intentaron organizar la oposición al régimen y tuvieron que salir en circunstancias ilegales o legales, o los que en los cincuenta-sesenta salieron -salimos- porque les repugnaba aquello y carecían del temple para asumir los riesgos del combate clandestino, o porque acabaron siendo desgastados por ese combate y abandonando el campo de batalla?

Y luego, una pregunta formulada ya muy tempranamente: ¿No es una forma más sutil de exilio la que han sufrido quienes han vivido agazapados, soterrados literalmente o ideológicamente en una sociedad que les era hostil y totalmente ajena? ¿No serían, pues, novelas del exilio interior las escritas sin esperanza de publicación, o las publicadas fuera del alcance de la censura, novelas, pues, exiliadas?

Examinemos otra hipótesis, hasta ahora eludida: la novela del exilio ¿no puede ser también la que se escribe con el exilio como tema o como preocupación? Porque si es evidente que en la novela escrita desde una situación de exilio, éste no es necesariamente su objeto temático -basta dar un repaso a la producción de los escritores del exilio para percatarse de ello- no es menos cierto que este objeto temático ha atraído no sólo a quienes lo vivían o lo habían experimentado temporalmente, sino a muchos que no habían vivido personalmente esa experiencia. Se amplía, pues, la imprecisión del término, si consideramos el exilio como tema de novela, o si consideramos, todavía más, el del sotierro o exilio interior. Y un último término de ambiguación en el que no voy a caer, aunque no hayan faltado quienes lo intentaran, sería el de afirmar que toda literatura es exiliada. Esto me recuerda aquella pequeña polémica habida en los años en que novelistas que no eran tenidos en consideración al atribuir etiqueta de social a las novelas por entonces publicadas, salían reclamando por aquello de que toda novela era social.

En el espacio que dentro de este simposio se acuerda a cada uno de los participantes, hablar, como se me ha pedido, sobre la novela del exilio no creo que deba consistir en un intento apretadísimo e inútil de resumir telegráficamente lo que ya se viene haciendo por extenso, desde el libro pionero de Marra-López hasta los trabajos de Santos Sanz Villanueva integrados en la obra colectiva dirigida por José Luis Abellán1 o en el manual de Historia de la literatura española2. En estas monografías ampliamente documentadas, a la última de las cuales apenas algún título o nombre podría yo añadir ahora, se da cuenta detallada de todos los autores exiliados y de su producción narrativa.

Intentaré ahora, por una parte, dar un repaso al estado de la cuestión, historiográficamente hablando, y para no limitarme a ese agobiante aunque tal vez útil ejercicio, quisiera dar cuenta también de las reflexiones ajenas y propias que el concepto mismo de novela del exilio, en sus posibles acepciones, ha suscitado y seguirá suscitando, ya que el objeto de estudio en cuestión está muy lejos del agotamiento. Ahí está, por ejemplo, el reciente y ya nutrido Grupo de Estudios sobre el Exilio Literario de la Universidad Autónoma de Barcelona, liderado por Manuel Aznar Soler, que ha dado origen a numerosas tesis, encuentros y publicaciones, y que en noviembre del 95 va a reunir un congreso internacional sobre el exilio literario del 39.

Francisco Ayala, en un escrito de los años ochenta, subrayaba críticamente el ghetto historiográfico en el que seguían siendo recluidos los otrora exiliados3. Y es cierto que hasta la fecha, en muchos de los estudios históricos que abarcan el periodo que va de 1939 a nuestros días, se les suele poner en capítulos separados o se les excluye. Si esta actitud no se fundara en motivos político-ideológicos, y respondiera al hecho de que el exilio llevó a concebir y realizar una producción literaria (en nuestro caso, narrativa) realmente diferente, aceptaría sin más la opción divisora. Pero al no verlo así, y creyendo que no constituyen sino un corpus común, literariamente hablando, pienso que el tiempo acabará también por difuminar lentamente las disparidades que aún ayer constituían no sólo motivo para ponerlos en apartados capítulos (o capítulos apartheid), sino criterio de exclusión en libros tan documentados como el de José María Martínez Cachero, al que cito porque tal decisión, a diferencia de casos anteriores, no se debió a vetos más o menos explícitos del poder, ni a ignorancia ni a menosprecio del investigador, según manifestaba en su prefacio el propio autor4.

No se puede negar que la visión de lo que de nuevo tuvo la realidad española a partir de la fecha en que cada exiliado abandonó el país, se iría divorciando de la de aquellos que permanecían en él. Para los exiliados de la primera hora, privados de toda experiencia directa de la vida cotidiana en la España en guerra y luego en la surgida de la victoria franquista, ésta les llegaba sólo por vía de información, aunque compartían con los que habían quedado en el interior el recuerdo de un país que terminaba en 19365. Quisiera subrayar que, a fuerza de dividir tajantemente la literatura del exilio de la literatura del interior peninsular, se ha hecho poco o ningún caso de las enormes diferencias entre los elementos de esos conjuntos. Y empezando por los del exilio, conviene recordar que fueron exiliados, en su momento, tanto los que salieron durante la guerra y regresaron al término de la misma o cuando los alemanes entraban en París (pienso en los supervivientes del 98), y para quienes, por consiguiente, la visión de la guerra civil nunca es comparable con la de quienes la vivieron, como exiliados fueron escritores como Juan Gil-Albert o Benjamín Jarnés, que regresarían en la década del 40, o Max Aub, que sólo pudo regresar -o mejor, visitar- a España en dos fugaces viajes en los últimos años de su vida, o Segundo Serrano Poncela, a quien se le vedó toda posibilidad de reanudar un contacto personal con su país. Por otro lado, los exiliados se veían forzados a vivir en nuevos países, pero no todos, ni mucho menos, a componérselas con nuevas lenguas y culturas6. El juego de lanzadera con el que el narrador va tejiendo el hilo de su memoria con los hilos del presente a la luz de su imaginación creadora es, pues, parcialmente distinto para unos y para otros, aunque todos ellos se ven confundidos en esa simplificadora noción de escritores exiliados, o excluidos arbitrariamente de ella, como es el caso de las obras escritas por Azorín y por Baroja durante su exilio en Francia y Suiza.

Por otra parte, a nadie se le ha ocurrido pensar que libros escritos fuera de España -y, por consiguiente, en un contexto que también implica una modificación de tal juego- pero por razones que no sean el exilio político, tuvieran que ser puestos en capítulo aparte, o ser excluidos de la historia de la literatura interior. Ese es el caso de la primera novela de Ignacio Agustí, redactada en Suiza; el de la obra casi completa de Vicente Soto, escrita en Londres; de La noria, de Luis Romero, realizada en Buenos Aires; de muchas de las obras de Carlos Rojas, Antonio Ferres, Pablo Gil Casado, Jesús López Pacheco o Antonio Risco, profesores en Estados Unidos y Canadá, o de las novelas de diplomáticos como Fernando Morán o J. A. Giménez Arnau, escritas en Buenos Aires o Johannesburgo. Escritores como José María Souviron, J. L. Castillo-Puche o J. M. Carrascal han redactado novelas mientras estaban en Chile o en Estados Unidos con misión o corresponsalía. La lista es prolongable si consideramos exilios voluntarios, como el de Fernando Arrabal, José Corrales Egea o Juan Goytisolo en Francia, que no han servido para excluir sus obras de esos estudios sobre la literatura dentro de España. Condición exiliada es también la de escritores obligados a huir de España a fines de los cuarenta o comienzos de los cincuenta, sobre quienes hablaremos más adelante.

Si además consideramos el problema personal de los que han vivido en un «exilio interior»7, puede considerarse novela exiliada la que, por ser impublicable en España, hubo de aparecer fuera de ella. Este fenómeno, curiosamente, empieza a ocurrir ya durante la guerra, y el ejemplo más notorio que recuerdo se produjo en la zona republicana. Me refiero a la publicación en la Barcelona de 1938 de la novela de Eduardo Zamacois El asedio de Madrid, retirada inmediatamente de la circulación y destruida, y que, de no intervenir personalmente el presidente del gobierno Juan Negrín, le hubiera costado la vida a su despistado autor. Estando éste ya en el exilio se reeditó en La Habana. Pero el fenómeno se generaliza, evidentemente, a consecuencia de la prolongación durante la dictadura del estado beligerante que, con respecto a la censura, se prolongaría casi tres décadas, y seguiría siendo excepcional hasta el final de la dictadura y en los primeros tiempos de la transición. No obstante, nadie residente en España, por las razones que mesen, se atrevió a publicar con su propio nombre fuera del país lo que la censura había rechazado en el interior hasta pasada la primera y más ominosa década de la represión, y cuando ya el régimen flirteaba abiertamente con las democracias europeas. Que recuerde, quien primero se atrevió a semejante audacia fue Camilo José Cela con La colmena en 1951, y en circunstancias personales que hacían menos arriesgada la hazaña. Por esa brecha entraría luego una serie de jóvenes autores, desde Juan Goytisolo -ya residente en Francia- y José Luis Castillo Puche. Brecha que se ensanchó al concurrir a premios literarios organizados desde el exilio autores como Victoriano Crémer o Juan Marsé, y al abrir algunas editoriales españolas como Aguilar o Seix Barral sucursales en Hispanoamérica en donde se publicaban obras rechazadas por la censura, y que subrepticiamente se colaban en la Península, como las Obras narrativas completas de Francisco Ayala, o las Novelas escogidas de Max Aub. Ya en la década del 70, seguían apareciendo en México obras tan importantes como Si te dicen que caí, de Juan Marsé, que Manuel L. Abellán consideraba, con razón, paradigmática de lo que él llamó «literatura trashumada», o como Recuento de Luis Goytisolo8. A esta penetración subrepticia contribuyeron tolerancias como la de editar en España obras que teóricamente se destinaban a la venta exclusiva en el extranjero9. La implantación de editoriales en Andorra a partir de la ley de prensa de Fraga parece responder a la misma situación de tolerancia imprecisa, en la que los editores arriesgaban muy caro, como habrían de aprender a sus expensas un editor como Barral con la novela La señorita B. Ramón Nieto, su autor, a quien ya mencionamos arriba, tuvo que huir eludiendo un consejo de guerra, que lo juzgó en rebeldía, y refugiarse en Francia10.

El caso de Daniel Sueiro, autor de Estos son tus hermanos, novela rechazada por la censura y publicada en 1965 en México, me permite examinar otra acepción de lo que pueda ser «novela del exilio». Esta lo sería, pues, por doble motivo: por haber tenido que publicarse fuera de España, y por tratar el tema del exilio y del regreso. Tema que, como se sabe, fue tratado repetidas veces por los propios escritores del exilio, desde Arturo Barea, Francisco Ayala o Max Aub. Pero que también, como vemos, preocupó a escritores del «exilio interior» como Sueiro, y en más de una ocasión: su novela Balada del Manzanares, aparecida póstumamente en 1987, reincidiría en el tema, inspirándose en una historia real. El retraso que pudo implicar la difusión en España de toda esa literatura quedó muchas veces compensado por la redoblada curiosidad que (como todas las prohibiciones morales, religiosas o políticas) suscitaron esas obras en el posible público, y en particular en los jóvenes escritores o estudiosos de la literatura.

Ha sido achaque común exagerar los efectos que sobre la supuesta ruptura con la tradición inmediata tuvieron la defección, el exilio y la encerrona de la postguerra en la evolución de la literatura. Unos lo hicieron para denunciar la pobreza intelectual de lo que fue la cultura de la inmediata postguerra dentro de España; otros, para hacer gala de un adanismo de principio del mundo o para lamentarse de su involuntario robinsonismo. Pero me parece necesario reflexionar sobre ello y preguntar si la circulación clandestina entre las minorías interesadas no compensó en buena parte esa ignorancia. Que en las publicaciones especializadas o en la prensa hubiese un gran silencio -impuesto o voluntario- sobre los exiliados y sus obras -silencio que de todos modos nunca fue total- no debiera llevarnos al descuido de lo esencial, que (a pesar de que desde la coyuntura actual lo parezca) no es que los productos de la cultura sean noticia, sino que se filtren y penetren en las capas, lamentablemente muy minoritarias, en las que esos libros estaban hechos para actuar. En lo tocante a la evolución de la poesía, la prueba ha sido hecha en más de una ocasión11. Pero la poesía y los poetas, y no es una simple perogrullada, constituyen un mundo aparte, y no cabe intentar arriesgados isomorfismos con la historia de la novela, salvo en el dominio de la llamada novela lírica, y de la que serían buenos ejemplos las obras de Rosa Chacel, Diego de Mesa o de Juan Gil Albert.

Si se recorre retrospectivamente la historiografía, resulta evidente que los manuales y panoramas de la literatura publicados en España durante los primeros veinticinco años integraban dentro del conjunto a los novelistas exiliados sin ponerlos en un capítulo separado, y mencionaban sus obras posteriores a 1936 aunque, por estar prohibida su difusión o su posesión, se fingiera a veces un desconocimiento de primera mano de esa producción. Mencionaré en primer lugar la obra de Pérez Minik Novelistas españoles de los siglos XIX y XX12, a la que seguiría la de Juan Luis Alborg13. Otro tanto puede decirse de manuales universitarios de tipo general como los de Valbuena Prat o Gonzalo Torrente Ballester, o las monografías centradas en la historia de un género, como la fundamental de Eugenio G. de Nora14 sobre la novela contemporánea. Es más, desde una perspectiva interior, y en fecha tan temprana como 1953, la separación entre la producción del exilio y la del interior ya se pudo ver como artificial y falseadora de los valores15. Pero desde la perspectiva de las nuevas generaciones, interesadas poruña producción cuyo acceso se les vedaba, ésta pudo constituir un atractivo objeto de búsqueda y un tema de investigación, y así, en 1963, aparece, tras más de dos años de tratos con la censura, el libro de José Ramón Marra-López Narrativa española fuera de España (1939-1961) que de inmediato suscitaría reacciones dentro y fuera de España16. A partir de ese momento, parece polarizarse buena parte de la opinión en una consideración y un examen por separado de esa parcela de la producción literaria española. De ahí que en revistas de la oposición, consentida tras la reforma de la ley de prensa, como Ínsula, Triunfo o Cuadernos para el Diálogo, apareciesen trabajos en que se la examinaba aisladamente17. Ese interés monográfico acabaría provocando reacciones «compensatorias» de rechazo de la literatura del exilio explicitas o larvadas18. No se tardó en percatarse de las consecuencias que esta actitud podía engendrar, y así, ya en 1972 se observan intentos de difuminar de nuevo esa discriminación positiva19. Pero con el fin del régimen franquista se intensifica el proceso de «recuperación» de la cultura del exilio, facilitado por la desaparición definitiva de la censura, y se acometen empresas reivindicadoras sin duda necesarias, como la liderada por el catedrático de filosofía José Luis Abellán, en los volúmenes dedicados a El Exilio Español de 1939 de los que el cuarto va dedicado exclusivamente a la cultura y la literatura20. Cabe observar que todavía en 1980, y en una empresa tan bien meditada como la Historia y Crítica de la literatura española contemporánea, dirigida por Francisco Rico, aparecen en el volumen dedicado a la época contemporánea (1939-1980)21, comportamientos divergentes en función de los géneros literarios. Y precisamente es en el dedicado a la novela en donde únicamente se mantiene netamente esta separación entre la literatura del interior y la del exilio, asumiendo nuevamente Sanz Villanueva la tarea de examinar esa parcela del conjunto. Tanto en el del teatro, en el que Luciano García Lorenzo menciona la obra de los exiliados dentro del panorama general, como en el dedicado a la poesía, en el que su autor, Joaquín Marco, se plantea, sin resolverlo explícitamente, que:

«El problema metodológico más considerable es el de intentar ofrecer como una unidad la poesía publicada en la España franquista y la publicada en el exilio».



Implícitamente lo hace, sin embargo, al no constituir un apartado especial para dicha producción, ni seleccionar ningún trabajo en el que se la examine separadamente.

Entre tanto, la evaluación de la literatura del exilio realizada desde fuera de España, por parte de los exiliados mismos como por los hispanistas, recorre caminos a veces paralelos y en ocasiones divergentes. Parece evidente, al examen de la bibliografía, que predomina la tendencia entre los intelectuales exiliados a examinar el conjunto en su totalidad panorámica, aunque siempre subrayando las distancias y las diferencias en una actitud inevitablemente valorizadora pro domo sua. Lo que caracteriza y distingue estos exámenes críticos en los primeros quince años del exilio es, de una parte, su aspecto valorativo y el subrayado de las condiciones de libertad expresiva en que se produce y publica fuera de España, a diferencia de la literatura aparecida en el interior. De otra, la preocupación por la pérdida de contacto con sus lectores naturales. El espléndido texto de Francisco Ayala «¿Para quién escribimos nosotros?», de 1949, es ejemplar de esta preocupación22. Esa actitud se iría atemperando a medida que, con el paso del tiempo y la lenta pero irreversible transformación interna que sufría el régimen surgido de la guerra, los intelectuales más conscientes analizaban e interpretaban los síntomas en un sentido positivo23.

Consecuencia de esa transformación sería también que los escritores del exilio se fueran reintegrando al país, al principio parsimoniosamente, y a cambio de ciertas concesiones. El regreso que había comenzado excepcionalmente en las dos primeras décadas con los hombres del 98 y había proseguido con los de la generación del 14, se acentuaría entonces con los del 27 y con los del 36, en razón de la edad y del horizonte de posibilidades de adaptación consiguientes a los países de acogida. Las excepciones habían ocurrido cuando se precipitaron los regresos por la urgencia de enfermedades graves -sería el caso de Benjamín Jarnés- o, por el contrario, se prolongaron más allá de lo normal por las excepciones particulares a la cada vez más general amnistía debido a la militancia en el partido comunista, o a actuaciones consideradas como particularmente imperdonables, como serían el caso de Segundo Serrano Poncela, o por la mezcla de desinformación y sadismo que mantuvo a Max Aub, por ejemplo, privado de volver, aunque fuera temporalmente, hasta casi el final. Este aspecto del regreso, que podríamos comparar a un goteo de ritmo cada vez más acelerado, tuvo en cierto modo, su contrapartida en la salida hacia un exilio voluntario de escritores que, por diversas razones, no habían podido o querido salir en 1939, y que se realizó unas veces en forma absolutamente legal (lo que les permitía regresar esporádicamente, como es el caso de Ricardo Gullón o de Ildefonso Manuel Gil, o el de tantos jóvenes de la generación del 50), pero otras veces huyendo en circunstancias dramáticas e irreversibles, como fueron los casos ya mencionados de Ricardo Bastid, Manuel Lamana o Pío Caro Baroja. La salida se seguía produciendo, sobre todo para la generación del 50, en fechas tan tardías como los finales de la década del sesenta (citemos concretamente los casos de Agustín Gómez Arcos, Antonio Ferres y Jesús López Pacheco o Ramón Nieto, en condiciones «legales» los primeros, e «ilegales» como ya dijimos, el último). A estas dos corrientes migratorias que se contraponen, hay que añadir el hecho ya mencionado de que no pocos escritores dentro del país decidirán la publicación en otros países de las obras que la censura les ha prohibido, o que va han escrito desinhibidamente para su publicación fuera del alcance de la censura, aunque asumiendo las posibles consecuencias.

El interés por el trabajo de los escritores del exilio se manifiesta más tempranamente que en España entre el hispanismo internacional, en cuyos programas de enseñanza de la literatura española aparecen generalmente integrados o equilibrados, y se les dedican tesis doctorales, y las revistas especializadas reseñan sistemática e indistintamente la producción literaria española, venga ésta del interior o del exilio, y tienen todo en cuenta a la hora de establecer balances o esbozar estudios panorámicos24. Pero es cierto que sólo se detectan publicaciones panorámicas de tipo monográfico en el hispanismo internacional exclusivamente dedicadas a la literatura del exilio español con posterioridad a las que aparecen en España a partir del posfranquismo25. Lo que no implica, por cierto, ni una actitud mimética ni un interés menor. De hecho, la obra más estimulante y original sobre el exilio, es, en mi opinión, la de Paul Ilie, aparecida casi simultáneamente en sus versiones inglesa (1980) y española (1981), precisamente por replantear a un nivel novedoso y más vasto la cuestión del exilio, como ya anuncié anteriormente26. Examina la noción del exilio dejando de lado el hecho físico preliminar de la separación forzosa del lugar geográfico patrio, para centrarse en la cuestión del aislamiento en punto a sentimientos y creencias no compartidas entre ambos grupos implicados en una separación: el grupo mayoritario o políticamente dominante, y el grupo minoritario dominado y más o menos forzado a la separación física. En suma, viene a determinarse de esta manera la realidad de un «exilio interior» en el que se puede coexistir territorialmente con la mayoría, sin que por ello sea menos cierta esa condición de aislamiento y las manifestaciones interiorizadas o exteriorizadas, más o menos abierta o crípticamente, en función de la variable tolerancia del grupo dominante. Esto permite su extensión del concepto de exilio a variadas situaciones y circunstancias que no se basan única o exclusivamente en la disidencia ideológica, sino en las diferencias económicas, étnicas o de sexo. E incluso integra en el ámbito del exilio los desplazamientos domiciliarios dentro del área de lo que sólo políticamente es una unidad: la condición de emigrante, y la mentalidad de exilio la han podido sentir con intensidad real (aunque no legal) los extremeños en el País Vasco o los murcianos y andaluces en Cataluña. En suma, demuestra Ilie la existencia de «una atmósfera cultural emocionalmente disidente» (1981, p. 81) que es la que denomina «exilio interior». Esta iba siendo crecientemente mayoritaria, hasta desembocar en una espectacular inversión de valores con la aparición en los setenta de una nueva generación europeísta y sin memoria personal de una guerra que era ya una más de las de sus antepasados.

Por otra parte -la tocante a una concepción distinta de la novela que hubiera surgido al contacto más directo con otras literaturas-, hay que considerar: primero, que muchos escritores vivieron su exilio, en todo o en parte, en países de habla castellana, y en contacto, pues, con literaturas muy próximas a la española27. Pero además, la preocupación ya subrayada de los exiliados por mantener vivo su contacto con la realidad española les llevó a una gran receptividad lectora de lo que se producía en España y que, tras los años excepcionales de la segunda guerra mundial en Europa, que dificultaron bastante el tráfico marítimo, se manifiesta muy importante. A este interés obsesivo se añade el hecho de que muchos de los intelectuales del exilio se dedicaron al profesorado, improvisado o no, como hispanistas y, por consiguiente, dedicaron su tiempo a la lectura y al estudio de nuestros novelistas clásicos, modernos y actuales. Esta actitud contrasta con la de la mayor parte de los que, en el interior, precisamente por la sensación de encerramiento intelectual en la cuarentena del franquismo, nos dejamos arrastrar por la literatura extranjera, dándose el caso paradójico de que los españoles del interior conociéramos mejor a Steinbeck, Faulkner, Hemingway, etc., que los radicados en Estados Unidos. Unos ejemplos: se pueden barruntar influjos del behaviorismo en Cela, y de Faulkner en Suárez Carreño, pero se buscarían inútilmente en Sender28; está documentada la presencia de Carson McCullers en el joven Juan Goytisolo o en Ana María Matute, pero no en Roberto Ruiz. Y, por el contrario, ningún autor «tan lúcidamente empastado con la tradición del 98» como Max Aub, según opinión de Domingo Pérez Minik29. Ya en muy temprana fecha (1944) Pedro Salinas, en un discurso pronunciado en Puerto Rico, ponía de manifiesto ambos aspectos de esta realidad, al decir que cuando a los hombres se les despoja de su tierra, encuentran como un nuevo hogar en su lengua madre, que está a todas horas y en todas partes presente en sus sentidos. Lo decía él, que profesaba en Baltimore, y manifestaba a la vez la realidad de sus amigos del exilio hispánico, al expresar:

«[...] la emoción sentida, después de varios años de residencia en país de habla inglesa, al encontrarme en un aire, digámoslo así, en un aire lingüístico español»30.



Resulta, pues, paradójicamente, que los intelectuales del exilio estaban en condiciones más favorables para conocer mejor el conjunto de la producción literaria española que los del interior. Por lo que, irónicamente, quienes menos han querido reconocer la pertenencia de los exiliados a nuestra literatura no captan que pudieran bien ser éstos los más inmersos en el espacio de la intertextualidad que caracterizaría -si algo así fuera posible- la identidad enteléquica de una literatura esencialmente española, y, por otra parte serían los menos sometidos a las distracciones y tentaciones anecdóticas emanantes del contexto social, esa bestia negra de la literatura entendida como realidad autorreferente, y en la que al parecer, habrían quedado ahogados los autores dedicados a una literatura social desde el interior.

No es sorprendente, pues, que tantos españoles de la diáspora adoptasen el neologismo de José Gaos -trasterrados- para autodesignarse, prefiriéndolo con mucho al de exiliados. Y a mi vez, me permito sugerir que más que el de exiliados interiores, convenía a sus hermanos sometidos al franquismo el epíteto de soterrados, que renovarían, por cierto, y eso sí que les distinguiría de los que escribían desde fuera o para ser editados fuera, toda una panoplia de recursos retóricos heredada de nuestra literatura clásica, acostumbrada o resignada a la sutil subversión del verbo como forma de resistencia y de disidencia en una sociedad siempre bajo tutelas ortodoxas31.

Con todo lo expuesto, al optar en mi propia obra historiográfica por restituir en el espacio común de nuestra historia a los escritores exiliados, no he pretendido contribuir a la ceremonia confusional con el objetivo ideológico solapado de hacer olvidar las consecuencias de la guerra civil para las generaciones que la vivieron y sufrieron32. Esa fórmula de «recuperación», iniciada en los últimos años del franquismo, ya fue denunciada por José Luis Abellán en su introducción a la obra colectiva El exilio español de 1939, como un intento de:

«[...] capitalizar en su propio beneficio el prestigio intelectual y moral de algunos de nuestros emigrados, aprovechándose cínicamente del estado de vejez y de nostalgia que muchos años de alejamiento forzoso de la patria habían provocado»33.



En cuanto a la obra de los exiliados, esa condición de literatura proscrita oficialmente durante décadas, explica y da razón de muchos fenómenos de nuestra historia literaria y cultural como para que la echemos alegremente en olvido. Muy al contrario: es para tenerlos bien presentes y claramente explicados por lo que integramos la literatura del exilio en sus coordenadas históricas comunes. Al volver la vista atrás y ver cómo la literatura y los literatos de anteriores diásporas españolas se han reabsorbido sin soluciones de continuidad en la historiografía y no se estudian en capítulos determinados ni se evalúa, por cierto, a fondo, lo que aportaron, precisamente por razón de su exilio, a la evolución de nuestra literatura -baste recordar el exilio de los románticos- me percato de la doble dimensión de nuestro desafío, y veo en ello tanto una segura esperanza como una severa advertencia para los historiadores del futuro, que ya están tomando el relevo.





 
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