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1

José Luis Abellán (dir.), El Exilio Español de 1939, Madrid, Taurus, 1977.

 

2

Santos Sanz Villanueva, Historia de la literatura española, Barcelona, Ariel, 1984, t. V (2), pp. 179-199.

 

3

La cuestionable literatura del exilio, recogido en Francisco Ayala, El escritor en su siglo, Madrid, Alianza, 1990. Ya hice notar en una reseña al indispensable libro de Michael Ugarte sobre el exilio, Shifting Ground. Spanish Civil War Exile Literature, Durham-Londres, Duke University Press, 1989, que no conviene a los de la guerra civil el epíteto de desterrados, porque el régimen franquista jamás practicó esa piadosa supresión espacial de sus enemigos, salvo en contados casos de falangistas, como Manuel Hedilla o Dionisio Ridruejo. Liquidación o amordazamiento, nada de «márchese Ud. con su música a otra parte» cf. Revista Hispánica Moderna (RHM), XLV, junio 1992, pp. 151-154 (p. 154).

 

4

Así lo afirma en p. 7 de su Historia de la novela española entre 1936 y 1975, Madrid, Castalia, 1979. Con lo cual su título podría haberse ajustado más al contenido reemplazando el adjetivo «española» por «en España». Estoy convencido, por lo que él mismo dice, que no niega tal adjetivo a lo publicado fuera de España por los españoles. Pero que esa actitud no es universal, se acaba de subrayar con ocasión del centenario del escultor toledano Alberto Sánchez, a quien la Enciclopedia Espasa calificaba en 1985 de «escultor ruso de origen español». Más exclusivo que Martínez Cachero es en sus criterios el manual de Óscar Barrero Pérez, Historia de la literatura española contemporánea (1939-1990), Madrid, Istmo, 1992.

 

5

Los vencedores de la guerra compartían esta visión finalista de un país que no iba a tener nada en común, si su programática hubiese prosperado, con el que precedió al conflicto o, menos aún, con el de la zona republicana durante el mismo. Pero, evidentemente, su percepción axiológica del país dejado atrás era diametralmente opuesta a la de los exiliados. Unos salían del «infierno» y estaban en situación adánica de construir un paraíso, mientras que los otros acababan de sufrir, como los personajes bíblicos, la expulsión de un Paraíso del que sólo quedaban atrás las ruinas. No obstante, y a diferencia de los personajes del Génesis, conservaron -con varia intensidad, y durante tiempo igualmente vario- la esperanza de recuperar el paraíso perdido, y expulsar, a su vez, a los usurpadores, del «suelo sagrado».

 

6

Pero si los exiliados, conviviendo forzosamente con otras culturas, se agarraron a la suya en defensa de una identidad en peligro, los del interior salieron con curiosidad al mundo. Un recuento de la temática nos lleva a la conclusión de que ni cuantitativa ni cualitativamente hay diferencia entre los novelistas del exilio y los del interior por lo que toca a localizar el espacio novelesco dentro o fuera de España, y por lo que se refiere a la preferencia por una temática española o universalizante. Es más, ya desde 1940 circuló una consigna, recogida por Nicolás González Ruiz en la publicación periódica La novela del sábado (13 de enero 1940), de abandonar el tema de la guerra, por lo que hasta el triunfo de Los cipreses creen en Dios en 1953, se desarrolla la tendencia a ubicar las novelas en una España anterior a 1936 o en una España «interior» y bastante abstracta por lo que toca a las realidades colectivas del vivir cotidiano, centrándose de preferencia en los problemas individuales de conciencia, en los temas existenciales del individuo, mientras que en la novela del exilio está omnipresente la España del conflicto y el buceo en la sociedad española anterior como fuente de la problemática y de las tragedias colectivas. O incluso se imaginan hipotéticos regresos a la España franquista (cf. mi trabajo «La novela española actual», RHM, XXXIII [1-2], [Nueva York], enero-abril 1967 (particularmente pp. 97-98). Francisco Ayala, en una razonada respuesta a F. Álvarez Palacios, que hacia 1972 le preguntaba hasta qué punto pudo condicionar la literatura española el hecho del exilio, descartaba la opinión de J. L. Aranguren de que existía una literatura del exilio con rasgos comunes (véase F. Álvarez Palacios, Novela y cultura española de postguerra, Madrid, Cuadernos para el Diálogo, 1975, pp. 176-183).

 

7

Según la expresión utilizada por Miguel Salabert para titular una novela publicada en París en traducción francesa en 1961 primera vez en nuestra historiografía literaria por Ángel Berenguer a propósito del teatro (Ínsula, 371, octubre 1977) y profundizada y extendida por Paul Ilie en un libro sobre el que volveremos más adelante.

 

8

Manuel L. Abellán, Censura y creación literaria en España, Barcelona, Península, 1980, p. 72.

 

9

Recuerdo haber comprado de un librero barcelonés La colmena, editada en tales condiciones por Noguer.

 

10

Sobre estos aspectos es de indispensable consulta la obra de Manuel L. Abellán citada en la nota 8, y otros trabajos posteriores suyos o por él reunidos, como los del n.º 5 de Diálogos Hispánicos, Amsterdam, 1987, dedicado a censura y literatura peninsular.