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Sus mejores versos

Heinrich Heine

A Juan Fastenrath, de Colonia. Gran amigo de España, y propagador de las letras españolas en Alemania, dedica esta traducción como afectuoso homenaje de agradecimiento.

Teodoro Llorente

Prólogo de la primera edición

Era en Mayo de 1831: la revolución, triunfante en París, conmovía a la Europa entera. Las jornadas de julio habían sido como la explosión de un volcán, que lanzaba y esparcía en ríos de lava el fuego largo tiempo sofocado. El pueblo francés, inquieto y tornadizo, fatigado de las convulsiones revolucionarias con que dio fin el siglo XVIII, y de las colosales campañas con que comenzó el XIX, pudo someterse por un momento a la disciplina paternal de la Restauración; pero pronto surgió de nuevo el espíritu innovador. Rebrotaban los principios del Ochenta y nueve y del Noventa y tres; agrandábase y embellecíase, con la distancia, la leyenda napoleónica; sufría el orgullo nacional la estrechez de los límites impuestos a Francia en el Congreso de Viena; buscaba el pensamiento nuevos horizontes; soñaba el patriotismo nuevas glorias; y cuando la suspicacia del gobierno de Carlos X quiso ahogar aquél movimiento, saltaron todas las válvulas y estalló hecha añicos la monarquía restauradora. La: revolución, victoriosa otra vez, enarbolaba en las barricadas la bandera tricolor. La Fayette, el gran ciudadano, último resto viviente de 1789, proclamaba rey en el Hotel de Ville al hijo Felipe Igualdad, presentando como el mejor régimen político «un trono popular rodeado de instituciones republicanas». La tribuna parlamentaria, en la que había sido sofocada la elocuencia fogosa de Manuel volvía a ser la cátedra suprema, qué difundía por toda Europa en lenguas de fuego el verbo abrasador, prendiendo acá y allá súbitos incendios. Alzábase el pueblo belga en, Bruselas, creando una nueva nacionalidad; reclamaba su antigua independencia la infeliz Polonia, enarbolando el estandarte del águila blanca; la joven Italia alzaba también banderas en Bolonia contra el legado pontificio; los archiduques austríacos huían espantados de Módena, de Parma y de Plasencia; y parecía que todas las naciones estaban envueltas ya en las llamaradas de aquella general conflagración. París era a la vez el Sinaí y el Tabor de los fervientes apóstoles que con entusiasmo tribunicio predicaban la buena nueva: allí, entre los rayos de las barricadas, había recibido otra vez el hombre las tablas de sus derechos; allí, entre los resplandores de un soñado paraíso, aparecía la humanidad transfigurada por la virtud del progreso indefinido. Vértigo de ilusiones generosas y de novedades insensatas trastornaba todas las cabezas: la literatura y la ciencia, la filosofía y el arte, todo pugnaba por abrir nuevos caminos y alcanzar desconocidos ideales. Triunfaban los románticos y los revolucionarios en toda la línea: Víctor Hugo, olvidado de las odas serenas en que cantaba piadosamente el altar y el trono, invocaba «la Musa indignada, que con sus puños irresistibles encadena a los reyes en su trono, como en una picota, convirtiendo su diadema en infamante argolla1», y después de imponer al teatro, entre las tempestades de la crítica, la apoteosis de la cortesana en su Marión Delorme, preparaba la condenación de los devaneos regios en Le Roi s'amuse, mientras que Alejandro Dumas, ostentando en el pecho la cruz de julio, lanzaba a la escena su famoso Antony para enloquecer al público palpitante y frenético de la Porte-Saint Martin.

En aquellos días azarosos de renovación social, política y literaria, llegaba a París, anhelante, ilusionado, estremecido, un joven alemán, como en las mejores olimpiadas de la Grecia, de allá lejos, del fondo tenebroso de la Escitia, Anacarsis, ávido de admirar y de saber, se encaminaba respetuoso y deslumbrado a Atenas, a Delfos y a Corinto, en demanda de la ciencia de los filósofos y los oráculos de los dioses. Pero ¿pueden compararse con las semibárbaras selvas escíticas de aquellos tiempos, los campos y las ciudades de la moderna Alemania, a los que volvía la espalda sin remordimiento alguno, nuestro peregrino? No haremos esta ofensa a la docta nación que había sido proclamada algunos años antes «patria del pensamiento» por la más ilustre de las escritoras francesas, oponiendo la profundidad de su ciencia y la inspiración de su poesía a la frivolidad intelectual de la patria de Voltaire2 El orbe entero admiraba a Goethe y Schiller, a Lessing y Schlegel, a Kant y a Hegel, y en aquellos mismos instantes, el glorioso poeta de Weimar, octogenario, pero eternamente joven, sorprendía al mundo con la publicación de la segunda parte del Fausto, en la que trazó los cuadros más grandiosos la épica moderna. Y sin embargo, aquel joven alemán, en cuya frente brillaba la inspiración, no volvía los ojos atrás, al dejar un país tan rico en soñadoras fantasías, o, si los volvía, fulminaba en ellos el relámpago de la cólera y asomaba a sus labios la sonrisa del desdén.

¿Por qué dejaba su patria? ¿Por qué corría a París? «La libertad es una religión nueva, la religión de nuestros tiempos. Si el Cristo no es su Dios, es por lo menos un sacerdote sublime de ese culto, y su nombre ilumina con resplandor celeste el alma de sus discípulos. Los franceses son el pueblo elegido de la nueva religión; en su idioma se han formulado sus primeros evangelios y sus primeros dogmas; París es la nueva Jerusalén, y el Rhin es el Jordán que separa de los filisteos la Tierra Santa de la libertad3». Estas palabras, escritas en 1828, nos dicen con toda claridad por qué dejaba la Alemania, por qué iba a Francia aquel joven poeta, cuyo nombre, que apenas había sonado a esta parte del Rhin, era Enrique Heine.

Su viaje era una expatriación; enamorado de la libertad, de la revolución francesa y de la epopeya del Imperio; imbuido del fanatismo antimonárquico y anticlerical; adversario acérrimo de lo tradicional y consuetudinario, habíase puesto en reñida pugna, no sólo con la organización política de su patria, donde la Confederación germánica conservaba trabajosamente los restos del Sacro Imperio, sostenidos por la rutina cancilleresca, sino también con el sentimiento popular, opuesto por antagonismo étnico a la Francia, y que, para vengar los desastres de Jena y de Austerlitz, buscaba inspiración propia en las entrañas de la nacionalidad y en las peculiaridades del genio teutónico. De este impulso patriótico había nacido un movimiento literario: el romanticismo alemán. No era aquel romanticismo innovador y revolucionario, como en Francia y en las demás naciones neo-latinas; no era el desbordamiento de la imaginación y el extravío de las pasiones, rompiendo las vallas de la moralidad común y del Ars poetica reglamentario: los románticos alemanes eran tradicionalistas y conservadores; huyendo de influencias extranjeras, buscaban su inspiración en la historia patria, en las leyendas de la Edad media, en la mitología germánica, en los amores de los minnesinger, en los lieder populares; y con todos estos elementos, verdaderamente poéticos, rehacían un pasado caballeresco y sentimental. Pero, en literatura, toda escuela exclusivista decae precisamente, y cuando Heine apareció, aquellos cuadros de antaño habíanse convertido en una especie de fantasmagoría insulsa, sin vida y sin calor. El castillo feudal, el gótico monasterio, el bosque alumbrado por la luna, no eran más que una decoración de teatro; el trovador y la princesa, el caballero y la aldeana; el altivo conde y el humilde penitente, títeres inanimados, a los que prestaba el autor ideas trasnochadas y sentimientos triviales. Heine, al par que de la libertad, estaba prendado del arte y de la belleza; pero el arte era para él una emoción íntima y profunda, que ensanchaba el pecho y acaloraba la fantasía; la belleza, ajena a todo amaneramiento, libre de todo convencional perifollo, surgía a sus ojos, con delicioso naturalismo, del fondo obscuro de la realidad. Era nuestro descontentadizo mancebo como un poeta griego, para quien, de la espesura de la Selva Negra; de los riscos encantados del Brocken, de las pesadas olas y de las pálidas neblinas del mar del Norte, saliese otra vez la eterna Venus, enteramente desnuda y maravillosamente hermosa; y con aquella visión en el alma, se revolvía contra el artificio pedantesco de una literatura aparatosa y muerta.

Luchaba, pues, Enrique Heine con juvenil arranque contra toda autoridad; contra la autoridad política y contra la autoridad literaria; y el arma que esgrimía no era la docta disertación, la exégesis erudita y el análisis minucioso; no combatía more germanica con el cachazudo razonamiento, sino con el estoque afilado y ligero de la ironía aristofanesca. Nada podía mortificar más a los políticos graves y ceremoniosos, y a los doctores rígidos y malhumorados, que guardaban la Acrópolis del Estado y del Arte. Heridos por sus flechazos ponzoñosos, declararon guerra a muerte a aquel vándalo sin ley ni Dios. No le faltaron partidarios: buena parte de la juventud púsose a su lado; la joven Alemania, bando entusiasta de innovadores impacientes, le proclamó su paladín; y cuando la conmoción revolucionaria de 1830 se extendió por toda Europa, miraba ya cercano el triunfo; pero aquellos esfuerzos irreflexivos se estrellaban contra la ineptitud práctica que atribuía después nuestro desengañado poeta a la Alemania soñadora; y convencido de que el país sosegado de los tilos y las encinas no era capaz de engendrar un Bruto, lo abandonó desdeñosamente, llevando, sin embargo, en el fondo del corazón una secreta nostalgia, que en vano ocultaban las burlas y los epigramas.

París recibió con los brazos abiertos al emigrado alemán. Los periodistas y los poetas, triunfantes entonces, admitieron contentísimos en su cenáculo a aquel nuevo apóstol de la propaganda revolucionaria: había mucho de ático, y de parisién por tanto, en su carácter y en su genio, impresionable, novelesco, sensible en el fondo, pero frívolo en la apariencia; y a la vez, para dar a estas condiciones el interés del contraste imprevisto, conservaba de su país natal una extraña mezcla de delicada ternura, de abstracción sutil y de quimérica fantasía, elementos contrapuestos, de cuyo choque nacía quizás el acerbo sarcasmo que era la nota final de casi todas sus inspiraciones4. Teófilo Gautier, uno de sus grandes amigos y admiradores, decía de él que el resplandor de la luna alemana plateaba su fisonomía por un lado, y el sol alegre de Francia la doraba por el otro. Ese mismo escritor, que le conoció a los pocos años de llegar a París, pinta con estos rasgos su personalidad física y moral.

«Era un varón gallardo y arrogante, que rebosaba robustez y salud: su frente, elevada y blanca, tersa y limpia, como una tabla de mármol, y sombreada por espesos mechones de cabellos rubios, hacía pensar en un Apolo germánico. Fulguraban en sus pupilas la luz y la inspiración; sus mejillas, llenas y de un contorno elegante, no tenían el sello de la lividez romántica, entonces en boga. Lejos de eso, rosas purpúreas florecían clásicamente en ellas. Una leve curvatura hebraica impedía que su nariz fuese enteramente griega, aunque sin alterar su corrección; sus labios armoniosos, acoplados como dos rimas exactas, para emplear una frase suya, tenían, en su reposo, expresión dulce y agradable; pero, cuando hablaba, despedía aquel arco carmesí flechas aceradas y dardos sarcásticos, que siempre daban en el blanco. Nadie fue tan cruel como él para la necedad: a la sonrisa celestial del Musageta sucedía la fisgona carcajada del Sátiro. Redondeaba sus formas gentílica gordura, no muy pronunciada, que debía trocarse luego en escualidez ascética: no llevaba barbas, bigote ni patillas; no fumaba, no bebía cerveza, y, como Goethe, tenía horror a tres cosas: estaba en la plenitud del fervor hegeliano: repugnábale creer que Dios se había hecho hombre, pero, en cambio, admitía sin dificultad que el hombre se había hecho Dios, y ajustaba su conducta a esta convicción5

Este propio endiosamiento del poeta, convencido de su misión sagrada, nos lo describe él mismo, medio en burlas, medio en veras, refiriendo su vida, cuando se habían desvanecido aquellas ilusiones.

«Era yo mismo, dice, la ley viva de la moral; era impecable; era la pureza encarnada. Las Magdalenas más comprometidas quedaron purificadas por las llamas de mi pasión, y recobraron su virginidad en mis brazos. Esta restauración de virginidades estuvo a punto de agotar algunas veces mis sagrados bríos. En mí, todo era amor; no había ni asomo de odio: no me vengaba de mis enemigos, porque, tratándose de mi divina persona, no podía admitir que hubiese enemigos; no había más que incrédulos, y el daño que me hacían era un sacrilegio, así como sus injurias se convertían en blasfemias. Había que reprimir de vez en cuando tales excesos de impiedad, pero aquello no era venganza, hija de humanos rencores, sino castigo celeste impuesto al pecador. A mis amigos, tampoco los aceptaba como tales amigos; no eran más que fieles y creyentes, a quienes protegía y honraba. Los gastos de representación de un Dios, que no tenía nada de tacaño, y que no regateaba su salud ni su dinero, habían de ser enormes. Para representar aquel papel magnífico, se necesitaba una bolsa muy repleta y una robustez a toda prueba; y sucedió que una hermosa mañana de Febrero, en el año 1848, me faltaron ambas cosas, y de tal manera se conmovió mi divinidad, que vino a tierra del modo más lastimoso6

Veía el poeta desplomarse su divinidad hegeliana dentro de sí mismo; pero al compás de sus desengaños y sus desdichas, crecían su fama y su prestigio. «Después de Byron y de Goethe, escribía Saint-René Taillandier, no tienen las literaturas extranjeras otro nombre que oponer al de Heine, y la misma Alemania, que lo maldice, admirándolo, ha experimentado su influjo más de lo que cree»7.

Pero ¿cómo se formó el extraño numen de aquel poeta, tan complejo y al parecer tan contradictorio, que alguien ha dicho, con apariencias de razón, que su carácter consiste en no tener ninguno8? Esto es lo que vamos a ver repasando su niñez y su juventud, y examinando las circunstancias que en ellas influyeron.

Estaba terminando el escéptico siglo XVIII, cuando nació Enrique Heine a las orillas del Rhin, en Dusseldorf9. Pero, si era alemán por su nacimiento, no lo era por su raza. Toda su familia paterna era israelita, y estaba dedicada al comercio. Su padre, procedente de Hannover, se casó en aquella ciudad con una señora distinguida e inteligente, algún tanto filósofa, que había leído a Rousseau, y amoldaba a las lecciones del Emilio la educación de sus hijos, de la que se preocupaba poco su padre, más atento a sus negocios. Nacer judío no era cosa indiferente a principios de este siglo; no lo es aún en sus últimas décadas: bien lo comprueba, en la misma Alemania, la actual agitación antisemítica, hija de odios inveterados y origen de sangrientos conflictos. Hay algo de acerbo y de irritable en el carácter de Heine, que responde, a la suspicacia constante de una raza eternamente proscrita y odiada. Para mayor desdicha, con el estigma de su origen, no recibió la fe viva e inquebrantable de sus antecesores. En su familia la religión de Moisés había llegado a ser una exterioridad sin eficacia íntima: su padre la subordinaba al interés supremo, el negocio. Dijéronle un día que su hijo Enrique, mozalbete entonces, había negado la existencia de Dios, y aunque era hombre de pocas palabras, llamólo y le hizo esta arenga, la más larga, dice el poeta, que pronunció en su vida: «Hijo mío, tu madre te permite estudiar filosofía en las aulas del rector Schallmeyer. Bien está; es incumbencia suya. Por mi parte. no gusto de filosofías, que son puras supersticiones: negociante soy, y necesito poner en los negocios mis cinco sentidos. Puedes ser tan filósofo como gustes; pero una cosa te ruego, y es que no digas a las claras lo que pienses, porque se resentirán mis operaciones, si los parroquianos saben que tengo un hijo que no cree en Dios. Los judíos, en particular, no comprarían felpas en mi almacén, y son gente honrada, que paga al contante; hay que concederles el derecho de tener apego a su religión. Soy tu padre; tengo más años y más experiencia que tú: créeme; el ateísmo es un pecado muy gordo10

Pero, aun arrancada la fe en el corazón de un judío queda en él una vaga esperanza del Mesías prometido. Esa esperanza es el patrimonio imperecedero de su raza; la proscripción en que vive, alimentando su odio a todos los otros pueblos, la aviva aún más. Para Heine, que mamó con la leche materna las ideas enciclopedistas, había un Mesías terrenal, la Revolución, que arrastrándolo y renovándolo todo, redimiría a todas las víctimas de las injusticias históricas. La revolución se le había presentado en su niñez con el aparato más propio para impresionarle: un día extendióse la mayor consternación por la pacífica ciudad de Dusseldorf; corrían las gentes azoradas, y leían estupefactas una proclama del Gran Elector despidiéndose de sus amados súbditos. Parecía que el mundo se hundiese y el cielo se viniera abajo. Al día siguiente salió el sol como de costumbre, engalanóse la ciudad, y el niño judío vio entrar, a los redobles del tambor los regimientos franceses, «aquellas tropas alegres y gloriosas, que cruzaron el mundo cantando y tocando la música, con sus granaderos graves y tranquilos, de peludas gorras y chispeantes bayonetas; sus jinetes, intrépidos y galanes, y el enorme tambor mayor, todo galoneado de plata, que arrojaba su bastón de puño de oro a la altura de los primeros pisos, y hasta los segundos sus miradas, sonriendo a las muchachas en ventanas y balcones». Pusieron un escudo nuevo en la Casa de la Ciudad; no hubo escuela por la fiesta del juramento, y Heine estaba contentísimo, porque tenía militares alojados en su casa. Un tambor, mostachudo y vivaracho, le enseñó a chapurrear el francés, a tocar la Marsellesa y a admirar las glorias de Napoleón. ¡Qué gran día aquel en que pudo ver al emperador en persona! En uno de los capítulos más primorosos de sus Cuadros de viaje11, nos describe él vivísimo recuerdo que guardaba de aquella impresión de la infancia: Napoleón, con todo su Estado Mayor, avanzaba por la alameda central del jardín de la corte. «Llevaba un uniforme verde muy sencillo y su breve tricornio histórico; montaba una jaquilla blanca, cuyo cuello acariciaba con una mano, teniendo las riendas en la otra: ¡aquellas manos, blancas y resplandecientes como el mármol, que habían domeñado al monstruo de la anarquía y reglamentado el duelo de las naciones! Su rostro brillaba también con el matiz de las estatuas griegas y romanas, y en sus facciones, noblemente regulares, se leía: No tendrás otro Dios que yo. Sonreían familiarmente sus labios, aquellos labios que no tenían más que soplar, y desaparecía la Prusia o se desplomaba el Vaticano. Sonreían también sus pupilas, claras y luminosas, como el cielo, que leían en el corazón de los hombres y veían presentes y a la vez todas las cosas del mundo, que los demás sólo vemos una tras otra, obscuras y confusas. Su frente no estaba tan serena: cerníase en ella el genio de las batallas, y fulminaba los pensamientos rápidos, que cruzaban el mundo en todas direcciones; uno solo de ellos hubiera dado materia a un escritor alemán para estar escribiendo toda su vida». Después de todo, lo que más asombraba al hijo del almacenista de felpas de Dusseldorf, era que el emperador cabalgase, con todos los suyos, por la alameda central del jardín de la corte, sin que los guardias municipales le detuviesen por infracción del bando de buen gobierno.

Aquel deslumbramiento de la gloria napoleónica inspiró a Heine una de sus primeras y aún más famosas poesías, Los Granaderos, escrita a los diez y seis años. Habíase hundido el imperio en Waterlóo, y cuando Alemania entera lanzaba un grito de júbilo, el poeta hebreo lloraba su caída, con los veteranos de la guardia imperial, y anunciaba su resurrección. A este antagonismo con el genio de su patria, uniéronse, para agriar su carácter, las contrariedades que desde los primeros años se opusieron a su vocación. Lo que su madre temía, sobre todo, era que su hijo fuese poeta; no podía sucederle, en su concepto, cosa peor. «En aquellos tiempos, el nombre de poeta no respondía a una idea noble y honrosa; un poeta era un pobre diablo descamisado, que por un par de thalers componía versos de ocasión, y acababa irremisiblemente en el hospital». La madre de nuestro poeta soñaba, como es natural, un gran porvenir para aquel niño inteligente y precoz: primero, seducida también por el prestigio de Napoleón, fantaseó convertirle en un mariscal del Imperio; en el liceo de Dusseldorf atragantaron al joven alumno de geometría, estática, hidrostática, álgebra, y le hicieron cobrar horror a los logaritmos. Cayó el Imperio; pero si se hundía el astro de la gloria militar, alboreaba otra gloria, más positiva, la gloria de la banca, cuyo espléndido sol era la casa Rothschild, relacionada mercantilmente con la casa Heine. ¡Qué dicha hacer del querido Enrique una potencia financiera! Cambio de estudios, pues: geografía, lenguas extranjeras, teneduría de libros, aprendizaje en los almacenes y escritorios. «Un célebre comerciante, en cuya casa quise ser aprendiz de millonario, dice en sus Memorias póstumas, decidió que carecía de toda aptitud para los negocios, y le confesé sonriendo que quizás tenía razón12». Estalló por entonces una crisis mercantil: el padre del poeta quedó arruinado; hubo que pensar en nueva carrera, y su madre escogió la jurisprudencia. Había llegado la época del parlamentarismo: los abogados, por su hábito de discurrir ante el público, ocupan casi siempre los primeros puestos en este régimen de locuacidad. Siete años siguió Heine los cursos de las universidades alemanas: primero en la de Bonn, después en la de Goethinga, y por último en Berlín. La jurisprudencia le inspiraba la misma repulsión que el álgebra y la partida doble; odiaba, sobre todo, el derecho romano: «¡Qué horripilante libro, exclamaba, el Corpus juris, Biblia del egoísmo! He aborrecido siempre el código de los romanos, y a los romanos mismos. Estos bandidos querían poner en seguro su botín, y se esforzaban en garantizar con las leyes lo que habían robado con la espada: el romano era, a la vez, soldado y jurisconsulto. A aquellos ladrones debemos el derecho romano, que alcanza tanta estima y que está en oposición flagrante con la religión, la moral, la humanidad y la razón». Completó, sin embargo, sus estudios; recibió en Goethinga el grado de doctor; pero, convencido de que cualquier picapleitos le aventajaría en argucias y triquiñuelas, colgó el birrete doctoral.

De todos estos estudios, solamente le habían interesado los que hizo en Berlín, los años últimos de su carrera. Dedicóse con ardor a la filosofía, que se acomodaba bien a sus fantasías novadoras. Hegel fue su maestro predilecto, el que dio un cuerpo de doctrina a sus vagas aspiraciones humanitarias y a su escepticismo religioso. Y en aquella época, precisamente, hízose bautizar y se llamó luterano13. La fe hebrea estaba muerta en su alma desde sus primeros años; fue, así que tuvo uso de razón, librepensador: pero no parecía bien que un doctor en derecho careciese de religión. Tomando a broma su conversión, contaba después que renunció al judaísmo «para quitar al señor Rothschild el derecho de tratarle famillonariamente». Hablando otras veces en serio, decía que se decidió por la religión reformada porque era el cristianismo liberal y el punto de partida de la revolución. Pero, luterano de nombre, continuó siendo racionalista y escéptico: nuevo motivo de inquietud y angustia para él, porque, entre todos los incrédulos, ninguno debe ser tan desdichado como el judío, por lo mismo que este pueblo parece creado para la tenacidad de su fe. La divinidad panteísta de Spinoza y de Hegel no llenaba el corazón del poeta, enamorado de vagos ideales, que veía desvanecerse conforme iba ganando en años y en experiencia; y en el último período de su vida proclamaba la necesidad de un Dios personal. «He vuelto a Dios, escribía en 1851, como el hijo pródigo, después de haber guardado puercos en la piara de Hegel... No he podido habituarme al Dios del panteísmo, pobre ente quimérico, entretejido en la trama del universo, nacido de la materia, en la materia aprisionado, y que, sin fuerza ni voluntad, nos mira bostezando. Para tener voluntad, hay que tener personalidad, y para que aquélla se manifieste, es necesaria libertad completa. Quien aspira a un Dios que pueda socorrerle, debe admitir un Dios personal, superior al mundo, y dotado de los santos atributos de bondad, justicia y sabiduría infinitas». ¡Elocuente confesión arrancada a un alma noble y sincera, atormentada por incesantes dudas!

El autor del Libro de los Cantares, genuino representante por tantos conceptos de nuestra época indecisa y perturbada, lo es también por el vacío que produce en los espíritus elevados la falta de fe religiosa, y por el afán generoso que los impulsa a reconstituir las perdidas creencias y recobrar sus esperanzas inefables.

La vida escolar permitió al joven Heine entregarse por completo a la poesía. En Bonn y en Goethinga halló compañeros y amigos que comprendían sus aficiones y participaban de ellas; en Berlín se ensanchó el círculo de sus relaciones literarias; conoció a los escritores más en boga, creyó llegado el momento de emular con ellos, y dio a la estampa (en 1821) su primera obra: la colección de poesías que tituló Cuitas juveniles (Jungen Leiden), y que pasó poco menos que inadvertida entre tantos otros ensayos sin interés de vates desconocidos. El joven poeta había soñado hacer una revolución con sus versos: ¡qué desengaño el suyo al ver que casi nadie se fijaba en ellos! Tomo entonces otro rumbo: dedicóse al teatro: la escuela shakspeariana reinaba sin rival en la escena germánica; admiraba a Immermann, imitador desordenado del gran dramático inglés, y quiso superar sus audacias. Escribió dos tragedias: Almanzor y William Ratcliff, y enamoróse tanto de ambas, que las juzgaba obras inmortales. En ellas había puesto toda su alma: Almanzor es un mancebo musulmán, refugiado en África a la caída de Granada, que vuelve a escondidas a buscar a su prometida Zuleima. Esta se ha hecho cristiana y va a casarse con un caballero castellano. El conflicto religioso es el alma del drama: el autor está por Mahoma contra Cristo, por el amor y la naturaleza contra la religión y la fe. «El asunto de este gran poema dramático -escribía a un editor ofreciéndole la obra-tiene el carácter de una polémica religiosa, y se refiere a cuestiones que están hoy a la orden del día». Guillermo Ratcliff es un estudiante escocés, que por amor a la hija de un laird, se hace capitán de bandidos, y provoca y mata a todos los que van a desposarse con ella. El pensamiento es una variante del antiguo fatum, de la Fuerza del sino, complicada con las pasiones más frenéticas y la intervención de espectros y apariciones.

De estas dos tragedias, sólo se representó la primera: los teatros de Brunswick no recuerdan grita más espantosa. Atribuyólo entonces el poeta al lapsus de un oficial de la guarnición, que organizó la silba, creyendo que el autor de la tragedia era cierto usurero judío del mismo apellido; pero el fracaso fue tal, que Almanzor no pudo salir de nuevo a las tablas, y Ratcliff no fue admitido en ningún teatro. Y es que, además de las tendencias reprobables de aquella tragedia, calificada de anticristiana por la crítica, notábase en ella bien a las claras que Heine carecía del genio de la dramática. En la clasificación que se hace ahora de poetas objetivos y subjetivos, pertenecía de lleno a los segundos. No se reflejaban en su espíritu la naturaleza y la humanidad: su alma, apasionada y borrascosa, se derramaba sobre el mundo y lo llenaba todo. En aquellas tragedias, como en las de Byron, no había más que un personaje verdadero: el autor. Almanzor, llorando la ruina de su pueblo y de su raza, disputando la hurí soñada de su paraíso sensual a la tétrica religión del Crucificado, escupiendo su odio y su sarcasmo a la frente de los cobardes sarracenos doblados al yugo del vencedor, es Enrique Heine. Ratcliff, que, víctima do un sangriento fatalismo, pobre, solo, desesperado, lucha igualmente contra todos los obstáculos humanos por aquella dulce María, cuyos amores le roban, es también Enrique Heine. Trazaba aquellas figuras románticas para animarlas con sus propios sentimientos. ¿Qué pasión contrariada, qué historia tristísima guardaba su corazón, engendrador de tan amargas inspiraciones? El poeta no nos lo ha dicho, y hasta ha protestado alguna vez contra los que buscaban en sus tragedias las huellas de su vida: «¡Cuántas veces sucede, escribía a Immermann, que no hay casi ninguna relación entre el aspecto exterior de nuestro destino y nuestra historia real, la historia íntima de nuestra alma! Por lo que a mí toca, esas relaciones nunca han existido». Negaba Heine, al decir esto, que tuviesen realidad objetiva las historias por él fantaseadas; pero no les negaba la realidad subjetiva (y dispense el lector que repita este tecnicismo filosófico, no impropio de nuestro vate hegeliano). No le habían acontecido a él las horrible desdichas atribuidas a sus personajes; pero era lo mismo para el caso, pues su impresionabilidad irritable se las hacía sentir; y después de todo, aquel tema del amor herido y contrariado no podía considerarse como accidental en sus tragedias, puesto que era también el inspirador de muchas de las poesías de sus Jungen Leiden y en especial de las que tituló Ensueños (Traumbilder), y en las que se complace en pintar la desesperación con que contempla el amante las bodas de su amada con un rival tan aborrecido como insignificante o insulso.

Nuestro poeta había sufrido, en verdad, ese tormento: no hablaba casi nunca de aquellas amarguras de su mocedad; pero en todas sus obras se transparentaba el recuerdo de una mujer idolatrada, de una hermosa hija del Rhin, de una niña ingenua y jovial, que llenó su vida con su cariño y envenenó su alma con su abandono, y a quien unas veces maldice y otra veces perdona, convirtiéndose para él en una forma ideal de la belleza, como Beatriz para el Dante, o Laura para el Petrarca. Un día, ya en su edad madura, dijo a Gerardo de Nerval, uno de sus mejores amigos de París, que sólo escribía versos para llorar unos amores sin esperanza, de su juventud, y que desde que perdió aquel paraíso del amor, esta pasión ya no fue para él más que un pasatiempo. Aquella mujer que tanto influyó en su vida, era una prima suya, Amalia Heine, hija del opulento banquero Salomón, el tío protector que le había llamado a Hamburgo, y a cuyo lado hizo tan infeliz ensayo de la profesión mercantil14. Tratóla y enamoróse de ella siendo muy niño; en 1821 la perdió para siempre; casáronla con un tal Juan Friedlander, de Konisberg. ¿Fue aquel casamiento una infidelidad y una traición? ¿O no habían sido los amores del vate infantil más que un sueño de su espíritu eminentemente poético, avivado por las precocidades del genio? Es éste un período obscuro de la vida de Heine, sobre el que derrama alguna luz una carta que en aquella época (Octubre de 1816) escribió a un amigo suyo, y que se ha publicado mucho después de su muerte15. Habla en ella con exaltación casi mística de su adorada Molly, a quien consagra culto secreto y respetuoso. Dice que en sus ojos hay algo de extraño, que le atrae y le repele al mismo tiempo; que recibe de ellos a la vez un dulce bienestar y una burla fría y áspera. «A pesar de tener, añade, pruebas evidentes e irrefutables de que nunca me ha de amar, mi pobre corazón enamorado no quiere convencerse todavía, y me dice: ¿Qué me importa tu lógica? Yo tengo mi lógica particular». Sigue dando rienda suelta a su pasión; dice que por el amor de aquella mujer daría su alma al diablo y su cuerpo al verdugo, y exclama: «¿No te estremeces de espanto, Cristián? Tiembla, tiembla, como yo tiemblo. Quema esta carta. ¡Apiádese Dios de mí! No he sido yo quien ha escrito esas palabras. Está sentado en mi silla un hombre pálido y demacrado que las ha escrito. Es que sonó media noche. El loco es irresponsable». Aquel amor quimérico era especialmente grato al soñador amante, porque engendraba en su alma una poesía vivificadora. «Desgarra mi corazón, dice en la misma carta, ver con qué sequedad y aspereza desdeña mis cantares, sólo para ella escritos, y cómo se burla de mí. Pero, ¿creerás que a pesar de todo, estimo ahora a mi Musa más que nunca? Es mi fiel y consoladora amiga; tiene una dulzura tan misteriosa, que siento por ella vivísimo amor».

Las creaciones de aquella Musa consoladora están encerradas en las breves páginas del Lyrischen Intermezzo (Entreacto o Intermedio lírico). Al proponer a un editor berlinés la impresión de sus dos tragedias, le ofrecía también «tres o cuatro pliegos de Lieder (cantares) humorísticos, de estilo popular, cuyos fragmentos, publicados en los periódicos, habían provocado, por su originalidad, vivo interés, elogios y censuras anticipadas». El editor aceptó, y como la coleccioncilla de cantares se intercaló entre las dos tragedias, el autor le dio el título algo extravagante que llevan. Cuando el libro estuvo impreso, escribió a Immermann: «Acaban de salir a luz mis tragedias, sé que hincarán en ellas el diente; pero te diré en confianza que son buenas, muy buenas, mejores que mi colección de poesías, que no vale ni una carga de polvo». El público, por de pronto, sólo se conformó con la opinión del autor en la segunda parte: las tragedias le parecieron malas; las poesías insignificantes.

Y aquellas canciones desdeñadas, eran, no ya la revelación de su genio, sino su obra magistral y superior. Hoy forman, con El Regreso, su complemento natural, la corona eterna del gran poeta. En todas sus producciones resplandecen los rayos sorprendentes de su ingenio felicísimo: en ninguna como en esas breves poesías están armonizadas sus cualidades múltiples y al parecer contradictorias: sentimiento y fantasía, entusiasmo y reflexión, jovialidad y tristeza, ilusión y escepticismo, ternura y sarcasmo. Es el Intermezzo una serie de notas sueltas y aisladas, que forman, sin embargo, deliciosísimo concierto; de pinceladas menudas y ligeras, que nos hacen ver o adivinar un cuadro de horizontes infinitos. El asunto no puede ser más sencillo, más común, manoseado y trivial. Canta el poeta una pasión eterna, universal, inmutable en el corazón del hombre: el amor. Pero la canta de una manera nueva y original. Su amada no es ninguna princesa encantada, no es ninguna diosa, no es ningún ángel bajado exprofeso para él de las alturas sidéreas, ni tan siquiera es la más hermosa de las mujeres, como hasta entonces habían sido las Dulcineas de los Yates enamorados: es una muchacha cualquiera, bonita, agradable y coquetuela, cuyo cariño le extasía, cuya frivolidad le encanta, cuya traición le irrita, y, sin embargo, se la disculpa y casi se la perdona, porque no puede dejarla de amar. Esto, tan frecuente y vulgar en el mundo, expresado de una manera admirable, con tono deliciosamente familiar y con arte exquisito, que desecha todo inútil atavío para presentarnos el pensamiento poético en la hermosa sencillez de su concepción espontánea, es el fondo de esas dos obras inmortales, que han dado a la literatura de nuestro siglo un nuevo raudal de inspiración.

La verdad del sentimiento y la naturalidad de la expresión: esas eran las dos armas poderosas que esgrimía Enrique Heine contra la sensiblería afectada y la ampulosidad pedantesca que en su época dominaban; pero esas cualidades no hubieran bastado para elevar tan alto su numen, si éste no hubiera volado con las alas de águila de la poesía. El secreto de la poesía es encontrar siempre lo ideal en lo real. Pocos lo han poseído como el autor del Intermezzo. Cada una de sus composiciones líricas, de muy pocas líneas casi todas, refleja una impresión del momento, impresión a veces pasajera, accidental, insignificante, fútil, al parecer; y, sin embargo, sorprendida por el poeta en su palpitación vigorosa, nos causa efecto irresistible. «Al leer el Intermezzo, dice Gerardo de Nerval, su traductor francés, experimentáis una especie de espanto, os ruborizáis como si sorprendiesen vuestro secreto, y palpita vuestro corazón al compás de sus breves estrofas, Las lágrimas que habéis derramado a solas en el fondo de vuestro cuarto, las encontráis allí, entretejidas y cristalizadas en una trama inmortal. Parece que el poeta haya sorprendido vuestros sollozos, y son los suyos los que encerró en sus versos16».

El sentimiento de la naturaleza se une siempre en Enrique Heine al grito del corazón. Es el Petrarca moderno, y su pasión anima el universo, como la del amante de Valclusa. Este invocaba sin cesar las flores, las cristalinas fuentes, los duros riscos y las verdes selvas: el poeta del Intermezzo hace intervenir también en su delirio poético a la creación entera, pero ésta reviste a sus ojos aspecto más misterioso y fantástico: la imaginación germánica se revela en su modo de ver y sentir la naturaleza. En las estrellas y en las flores que simpatizan con el amante y le sonríen, y le hablan, y le consuelan, en los frondosos tilos que guardan sus secretos; en la claridad de la luna, que guía sus pasos; en las olas del mar, que mecen sus sueños, en los crepúsculos melancólicos que evocan sus recuerdos y avivan sus tristezas, parece que haya algo de encantamiento, de maravilla y de supernaturalismo; algo que contrasta de una manera extraña, sin disonar nunca, sin embargo, con la perfecta realidad de los sentimientos expresados, como si el mundo exterior y el interior se compenetrasen y fundiesen por la magia suprema del amor.

El Intermezzo, como queda indicado, tiene un complemento: El Regreso (Die Heimkehr). Obras son de igual índole, pero la primera está concebida en los momentos palpitantes de la pasión amorosa; la segunda está inspirada por sus recuerdos, dulcemente melancólicos unas veces, acerbos y desgarradores otras. El amante ausente vuelve a su país y se goza en su dolor, contemplando los sitios de sus breves dichas, evocando las imágenes de su bien soñado, reflexionando a veces sobre la vanidad de sus ilusiones. La duda, la ironía y el sarcasmo, que como ralea de víboras avivaba ya su corazón receloso en los días felices, crecen y se multiplican ahora, y hacen que llamen algunos a este libro el poema de la amargura.

Los primeros Lieder de Heine causaron poca impresión en el público, aquellas estrofas tan sencillas, tan ligeras tan tenues como alas de mariposa, parecieron quizás indignas de la majestad de la poesía. Tuvieron en poco los ingenios pretenciosos tan leves frivolidades. Para el vulgo, el arte aparatoso es el que produce más efecto17. Pero al fin prevalece la belleza, y no pasó mucho tiempo sin que el autor silbado de Almanzor fuese, no sólo considerado como un gran poeta, sino como el jefe de la nueva escuela, triunfante del empalagoso y desprestigiado romanticismo. Contribuyeron mucho a su victoria, y quizás la decidieron, sus Cuadros de viaje (Reisebilder), artículos escritos en prosa, y que son la obra maestra del humorismo germánico. Ni puede producir la fantasía nada más caprichoso, ni la sátira nada más sangriento. Unas veces pinta el autor con toques de sorprendente verdad los países, los tipos, los hábitos y las costumbres que describe y estudia; otras veces los ridiculiza y caricatura con bufonería que, no por ser estupenda, deja de ser ática y graciosísima; otras, lanza a volar la imaginación y construye en las nubes alcázares aéreos, que parecen obra de las hadas, y en medio de esas soñadas quimeras, nos hace enternecer y llorar con los recuerdos de la infancia o con la evocación de aquella cabecita rubia que en todas partes veía, o derriba de pronto todo aquel palacio encantado con una estrepitosa carcajada. Obra literaria y política a la vez, arma de combate en uno y otro sentido, el implacable satírico flagelaba lo mismo a los malos poetas y a los doctores pedantescos, que a los reyes absolutos y a los ministros reaccionarios; el éxito ruidoso de la obra, tanto como a su mérito literario, debióse a sus atrevimientos políticos.

En uno de esos Cuadros de viaje cuenta Enrique Heine la excursión que hizo siendo estudiante a las montañas del Herz, en las que se encumbra el Brocken, punto de reunión de las brujas y duendes, famoso siempre en las leyendas alemanas, y que Goethe ha coronado con los esplendores de la epopeya. En ese relato, entre una continua rechifla de los profesores de Goethinga y de los vulgares y prosaicos ciudadanos que van a admirar aquellos paisajes, surgen delicadas flores de una poesía idílica. Estos versos intercalados en la prosa del texto, forman la última parte del Libro de los Cantares (Buch der Lieder), en el cual reunió todas sus poesías líricas publicadas hasta entonces. Como Dante había pasado del amor humano de la tierna Bice di Portinari a la espiritual adoración de su Beatriz celestial, nuestro poeta idealizaba también sus amores: su dama era la emancipación de la humanidad. En agreste choza, la hija del montañés, sentada a sus plantas, cruzando sobre sus rodillas las manos inocentes, clava en su rostro las estrellas azules de sus ojos, y le habla de los duendes de la soledad, de las consejas del castillo derruido y de la resurrección de las princesas hechizadas, y el poeta sonríe y acaricia a la cándida niña, y rasgando los velos de su credulidad, le revela que es uno de los Mil caballeros del Espíritu Santo, y le anuncia el advenimiento triunfal de su reinado.

El Mar del Norte (Die Nordsee), incluido en nuevas ediciones del Libro de los cantares, completa el ciclo de las poesías de la juventud de Heine. Destácase en estas fantasías, inspiradas por la majestad lóbrega del Océano en las costas alemanas, uno de los múltiples caracteres de su autor: cierta nostalgia de la antigüedad clásica, del firmamento sereno de Italia y de Grecia, de las ondas azules y transparentes del mar Tirreno y del Archipiélago. Había algo de gentílico en la Musa de Heine como en la de Goethe; figura de una y otra era aquella soñadora Mignon, que bajo el cielo pálido y brumoso de Alemania, recordaba los naranjos floridos y las columnatas de mármol del palacio paternal. Entre las negras oleadas y las espantosas trombas del mar del Norte, se presentan a la imaginación entristecida de nuestro vate los dioses helénicos, descoloridos, mustios, como espectros exánimes de un mundo aniquilado, de una poesía muerta.

Los Cuadros de Viaje y el Libro de los cantares, habían decidido la victoria completa de Enrique Heine: la joven Alemania le reconocía por su jefe. Entonces fue cuando, no contento con su gloria de escritor y de poeta, ansioso de acción y movimiento, irritado por la pasividad de su patria en la agitación revolucionaria que conmovía al mundo, volvióle la espalda y se dirigió a París. Veinticinco años vivió en la que había calificado de nueva Jerusalén, sin volver más que una sola vez a aquel país natal, al que había motejado de tierra de los Filisteos. ¡Cuán poco duraron sus ilusiones y sus esperanzas! ¡Cuán amargos fueron sus desengaños y también sus sufrimientos! Dedicóse al principio, henchido de entusiasmo, a la obra revolucionaria. El caballero andante del Espíritu Santo, tomó por lanza la pluma del periodista: en sus correspondencias a la Gaceta de Augsburgo y otros periódicos alemanes, narraba las luchas de los partidos, agitado él mismo por sus pasiones, y emponzoñada el alma con sus miserias. Unas veces era acusado de demagogo y sansimoniano, otras de reaccionario y servil, asalariado por Luis Felipe. Y era que vacilaba su espíritu; que el ideal generoso y humanitario que había entrevisto en sus ensueños de poeta, se perdía y eclipsaba en el fragor del combate. No le seguiremos en aquella tarea ingrata18; dejemos al político iluso, para acompañar al inspirado vate. El mismo año de su expatriación compuso otra serie de. Lieder, de índole parecida al Intermezzo y al Regreso; los tituló Nueva Primavera (Neuer Frühling). En: sus Memorias póstumas nos dice, como deducción positivista de toda una vida atormentada por la espantosa enfermedad del amor: «El mejor contraveneno respecto a las mujeres, son las mujeres mismas. Sin duda equivale esto a llamar a Belcebú para que exorcice a Satanás, y el remedio puede ser peor que la enfermedad. Pero hay que correr ese albur, porque, en los casos desesperados del amor, el cambio de inamorata es el único recurso». A él apeló nuestro poeta, no sólo en la vida práctica, sino en aquellas esferas ideales en que se nutría su inspiración. Nueva Primavera es el reverdecimiento y reflorescencia de la naturaleza y del alma. Pero aquellos nuevos amores no tienen ya el calor y la ternura de la primera pasión. Después, con el título de Varios (Verschieden), aparecen (de 1832 a 1839) otras series de Lieder, en los que el amor toma el tinte de la galantería, y dicta sucesivamente los nombres de Serafina, Angélica, Diana, Hortensia, Clarisa, Yolanda, María, Jenny, Emma... ¡Sombras pasajeras, que se borran sucesivamente en una imaginación aun apasionada, pero de día en día más caprichosa y delirante! La ironía y el sarcasmo toman cada vez mayor parte en sus inspiraciones; el poeta del sentimiento conmovedor y la delicadeza exquisita, se convierte en el vate soberano del humorismo fantástico.

En el verano de 1841, Enrique Heine estaba en Bareges buscando alivio al mal que minaba ya su naturaleza. Allí, en las faldas de los Pirineos, contemplando desdeñosamente desde aquellas alturas a los charlatanes de la revolución, escribió Atta Troll, sueño de una noche de estío. Un oso, que después de bailotear por el mundo, encadenado y flagelado por un sórdido montañés, rompe la cadena y vuelve a sus montañas, ese es Atta Troll. El zompo animal, aleccionado en su trato con los hombres, predica entre los suyos la libertad, el comunismo y la revolución social. No puede darse sátira más incisiva de la demagogia. Otra sátira implacable es su Germania, cuento de invierno, escrito en 1844, después del único viaje que hizo a Alemania desde que trasladó sus penates a París. Lejos de reconciliarse con la patria, ahondó más, con las mordaces burlas de ese poema, el abismo que le separaba de ella, y, sin embargo, abrigaba aún la ilusión de volver a su país natal. Lo que aborrecía sobre todo allende el Rhin era a la despótica Prusia, que esclavizaba a la buena Alemania, culpable solamente de su inercia perezosa. «Amaré y honraré vuestra bandera, decía a los que le acusaban de insultar el pabellón nacional, cuando no sea juguete de insensatos y de bribones, cuando la enarboléis en las cimas del pensamiento alemán. Amo la patria tanto como vosotros. Por eso vivo en el destierro, y moriré quizás en él, sin las contorsiones del mártir. Amo a los franceses como amo a todos los hombres, cuando son buenos y razonables. No quiero que los alemanes y los franceses, los dos pueblos predilectos de la civilización, se peleen en provecho de Inglaterra y de Rusia, y para satisfacción de todos los aristocratillos y de la clerigalla del universo. No temáis: no entregaré el Rhin a los franceses: el Rhin también es mío, porque nací en sus orillas; a nadie pertenece más que a sus hijos. Librémoslo de las garras de los prusianos y elijamos por sufragio universal algún buen muchacho que tenga tiempo para gobernar a un pueblo honrado y laborioso19». ¡Cuán lejos estaba Heine de pensar que aquella odiada Prusia, que recogía sus fuerzas y las ejercitaba con la severa disciplina del régimen autoritario y militar, tan antipático para él, estaba incubando la gran idea de la unidad germánica, y había de enarbolar en el mismo París el glorioso estandarte del imperio alemán!

Pocos años después, estalló de nuevo la revolución, en la que Heine cifraba tantas esperanzas: el movimiento de 1848 se propagó a la otra parte del Rhin; triunfaron por un momento los novadores, y en la Asamblea de Francfort creyó encontrar su cuna la nueva Alemania; pero entonces, precisamente, caía herido de alma y cuerpo su animoso paladín. Una enfermedad lenta y terrible, el reblandecimiento de la médula, postróle en el lecho, en el cual había de padecer años y años. La experiencia había amenguado su fe en la idea revolucionaria: la poesía, siempre bella y sonriente, era su último consuelo. «No puedo pensar sin viva emoción, escribía más adelante, en aquellas tardes de Marzo de 1848, cuando el buen Gerardo de Nerval venía todos los días, a buscarme en mi retiro de la barrera de la Santé, para trabajar tranquilamente conmigo en la traducción de mis inocentes fantasías alemanas, mientras vociferaban en torno las pasiones políticas y se hundía el mundo antiguo con espantoso estruendo, tan abismados estábamos en nuestras discusiones estéticas y aun idílicas, que no oíamos los alaridos de la mujerona de enormes pechos que corría por las calles de París aullando: ¡Des lampions! ¡Des lampions! marsellesa de la revolución de Febrero, de infausta memoria».

Clavado a la cruz, de la parálisis por los clavos del sufrimiento, como dice un escritor contemporáneo, el vate germánico continuaba fantaseando y delirando con mayor amargura en su alma y más ironía en su pensamiento. El Romancero, cuya primera parte se publicó en 1851, pinta a su manera en breves y aislados cuadros el movimiento de la humanidad: allí aparece el rey David al lado del rey Ricardo Corazón de León; junto a María Antonieta, la salvaje reina Pomaré. Una segunda serie del Romancero contiene el famoso Libro de Lázaro (escrito en 1854), expresión de los sufrimientos, de la duda, de las aspiraciones del poeta moribundo: los sueños más fantásticos, las sátiras más crueles, las burlas más desdeñosas, llenan aquellas breves páginas, en las que el estertor de la muerte parece unido a la ilusión, a que aún se agarra el agonizante, de los últimos goces de la vida. Como Aquiles en los Campos Elíseos, el martirizado poeta renunciaría a la gloria por vivir un día en la tierra como el más miserable de los siervos. ¡Grito desesperado de la mísera carne humana, deteniendo los nobles vuelos del espíritu! Termina el Romancero con las Melodías Hebraicas, en las que, evocando el recuerdo del rabino español Jebuda ben Halevi, reproduce las disputas teológicas de judíos, y cristianos, para mofarse de unos y otros: de esta manera, las primeras impresiones de su vida, las primeras luchas de su alma, vienen a llenar sus últimos momentos.

«¡Aristófanes se muesre!» exclamaron con dolor los hombres más ilustres de París al presenciar la agonía del poeta; la Revue des Deux Mondes excitaba la conmiseración de las gentes, publicando su efigie, extenuado, con la frente abatida, «como un Cristo de Morales». Coronábale la gloria, pero iba quedando solo y abandonado en el sillón donde pasaba las horas, postrado e inmóvil. Un día fue a verle Berlioz: -«Vos aquí, ¡siempre original!» le dijo el poeta: la chanzoneta se mezclaba al sarcasmo, hasta en sus últimos momentos.

Llegaron éstos el 17 de Febrero de 1856; murió él poeta, y el cementerio de Montmartre recibió sus despojos mortales, que fueron trasladados después a Hamburgo, cuna de sus primeros amores y sus primeras desventuras. Las apasionadas contiendas, las quejas y los rencores que suscitó su intervención violenta en las batallas de su tiempo, fueron calmándose y borrándose; su numen quedó triunfante, como aquellos astros eternos que a veces nos pinta, resplandeciendo esplendorosos sobre las pasajeras que obscurece en el firmamento y conmueven el mundo con sus huecos estampidos.

La fama de Enrique Heine creció con su muerte su poesía llenó el orbe literario, y tuvo, en todas partes, un tropel de imitadores. Su permanencia en París y su naturalización en aquel centro del movimiento intelectual de Europa, facilitaron la propaganda de su escuela. El vate alemán, conociendo muy bien el idioma francés, jamás lo usó para sus escritos: abominaba su amanerado estilo poético y su monótona metrificación. Pero ayudó eficazmente a buenos hablistas franceses, como Gerardo de Nerval y Teófilo Gautier, en la traducción de sus obras al idioma de Racine y de Moliére, empresa difícil por la originalidad y atrevimiento de su frase alemana. «Es intento arriesgadísimo siempre, escribía, reproducir en prosa y en una lengua de procedencia latina, una obra métrica compuesta en idioma de origen germánico. El pensamiento íntimo del original se evapora fácilmente en la traducción, y no queda más que algo parecido al resplandor de la luna disecado, como ha dicho un malicioso que se burla de mis poesías traducidas20».

Estas traducciones francesas, cuya deficiencia proclamaba el mismo autor, son las que le han dado a conocer en España, donde abundan poco los amantes y cultivadores de las letras que puedan leer su texto original. Pero, aun así, sin poder aspirar todo el aroma de esas flores, tan frescas y lozanas, contemplándolas secas y descoloridas, como las que guardan los botánicos en sus herbarios, han gustado tanto de ellas nuestros ingenios, que muchos se han dado a copiarlas y contrahacerlas. Y como las imitaciones suelen pecar de insípidas y pesadas, han puesto a uno de nuestros más vigorosos poetas en el caso de protestar contra «esos suspirillos líricos, de corte y sabor germánico, exóticos y amanerados, con los cuales expresa nuestra adolescencia poética sus desengaños amorosos, sus ternuras malogradas y su prematuro hastío de la vida21». Esta justa crítica del rebaño de los plagiarios no amengua el valor altísimo de las creaciones de Heine, ni puede referirse tampoco a los poetas que, con inspiración propia, han seguido su camino. Uno tenemos en España que figura con razón entre los primeros de nuestra época: el insigne y malogrado vate sevillano Gustavo Adolfo Bécquer. Por más que su biógrafo y panegirista22 haya negado que imitase al poeta alemán, basta leer las obras de uno y otro para convencerse de lo contrario. Sería el caso más extraordinario de inspiraciones coincidentes la igualdad del asunto principal, la analogía de sentimientos, la identidad de tono y la semejanza de formas métricas, que hay entre las Rimas de Bécquer y el Intermezzo. Intercaladas muchas de aquellas poesías en una perfecta traducción castellana del libro de Heine, no se notaría diferencia entre ambos autores. Esto basta para la gloria del poeta sevillano; no hay que atribuirle una originalidad difícil de sostener23.

Poesía que encontraba tanto eco en los corazones había de inspirar a sus admiradores el deseo de verterla al idioma castellano. Fue el primero que tentó la empresa quien más dotes tenía para darle glorioso remate. Don Eulogio Florentino Sanz, el autor de Don Francisco de Quevedo, que supo dar al gran satírico español algo del amargo humorismo de la poesía del Norte, se prendó de los Lieder de Heine, cuando su misión diplomática en Alemania le permitió estudiar de cerca aquella literatura. Al año siguiente de la muerte del gran poeta, el Museo Universal, de Madrid, publicaba algunas de sus composiciones puestas en verso castellano por tan concienzudo traductor. Aquel periódico las presentaba al público como un gratísima novedad y añadía: «Nadie mejor que el señor Sanz pudiera ser el intérprete español de Heine, por los muchos puntos de contacto que existen entre estos dos poetas, según podrán notarlo nuestros lectores, al repasar alguna de estas canciones, que, aun traducidas del alemán, parecen más bien originales del autor del Quevedo y Achaques de la vejez24». Las traducciones publicadas en el Museo Universal son excelentes, en efecto, y si el señor Sanz hubiese completado su obra, no hubiéramos tenido que probar fortuna los que luego, con menor aptitud, hemos acometido la misma empresa.

No he de juzgar yo los ensayos que desde entonces se han hecho en España para traducir a Heine: diré solamente que, si no todas, la mayor parte de estas versiones no proceden del original alemán, sino de la traducción francesa, lo cual, si no es obstáculo insuperable para el acierto, lo dificulta mucho25. El fallo supremo del público no ha sancionado como definitivas las traducciones hasta el día publicadas, y deja abierto el camino a los que, por afición a estos trabajos, aunque desconfiados de salir airosos donde otros tropezaron, emprendemos tan ardua tarea. Por lo que a mí toca, aliéntame la indulgencia con que ha sido tolerado mayor atrevimiento: en quien ha puesto la mano en el Fausto de Goethe, no parecerá tan grave desacato rehacer en nuestro idioma las poesías de Heine. Debo confesar, sin embargo, que la obra no es menos ardua: hay en el vate de Dusseldorf una difícil facilidad que engaña. Le caracterizan la naturalidad de la expresión, la limpidez del estilo, la sobriedad del lenguaje, la ausencia completa de toda ampulosidad, de toda afectación, de toda vana retórica. Son sus canciones, de muy pocos versos casi todas ellas, como diminutas y transparentas copas de purísimo cristal de Bohemia, con elegancia suma talladas, en las que brilla y centellea un sorbo de licor, dulce y embriagador unas veces, como la ambrosía de los dioses, amargo otras veces, como el absintio de los hombres. Servido en el rústico cacharro de una mala traducción, ha de perder la mitad de su atractivo, por lo menos. La dificultad de conservar el laconismo y la pulcritud de esta forma, tan artística y tan natural al mismo tiempo, es el escollo en que han tropezado todos los que han traducido a Heine en castellano. Tiene la lengua alemana copiosísimo caudal de palabras compuestas; expresa con una sola de ellas las ideas más complejas; pinta un cuadro con una sola pincelada. Esto le da cierta semejanza con la griega, y permite, como aquel idioma, enriquecer el lenguaje poético con frases de sorprendente belleza, que adquieren tanta flexibilidad como brillantez cuando maneja ese idioma un artista de la palabra como el autor del Intermezzo. Hed aquí un ejemplo: en El Mar del Norte nos dice que bebiendo en la taberna de Bremen, ve dentro del vaso todo lo que sueña su fantasía, y sobre todo ello la imagen de su amada: Das Engelköpfchen auf Rheinweingoldgrund, «Aquella cabeza-de-ángel, sobre el-fondo-de-oro del-vino-del-Rhin». Cuatro palabras no más, y un solo verso en el texto original: pruebe el lector a decir lo mismo en castellano, y verá cómo necesita dos versos por lo menos y una docena de palabras.

Una traducción rimada no puede ser más que una aproximación a la obra traducida; puede quedar el traductor a cien leguas de ella; puede acercarse mucho, pero nunca bastante para cumplir completamente su propósito. Hay también diversas maneras de hacer estas traducciones, desde la imitación y la paráfrasis, que sólo toma los pensamientos capitales del autor para darles expresión distinta, hasta la traducción ceñida y literal, que adopta la misma forma métrica del original y ligue su frase y su dicción, en cuanto es posible. En mi sentir la traducción poética exige la reproducción exacta de los pensamientos y las imágenes de la obra traducida, pero también la incubación propia de esas imágenes y esos pensamientos en el idioma del traductor. No basta poner palabras castellanas en lugar de las alemanas, ni substituir la sintaxis de una lengua por la de otra: hay que adivinar cómo hubiera dicho en castellano el autor alemán lo que se intenta traducir, si en lugar de su idioma natal hubiera hablado el nuestro. Este procedimiento es el que usé en la traducción del Fausto; y el mismo he seguido ahora, porque alguna objeción que se me ha hecho, no ha podido convencerme de que fuera vicioso e improcedente.

Un reputado crítico, benévolo siempre conmigo, al ocuparse de aquella obra26 con elogio que peca de extremado que revela cariñosa amistad, le puso un pero: parecióle que la traducción no conserva «la fisonomía típica del original de Goethe», porque hago hablar a Fausto «como un caballero español de capa y espada» y porque Mefistófeles se expresa «de un modo muy parecido al que emplean algunos maléficos personajes de los que salen en nuestras tragi-comedias». Pero, ¿es que he trocado los pensamientos que Goethe puso en la mente de esos personajes por otros de diverso carácter? No es que he hecho castellano el Fausto, así lo dice mi galante impugnador, porque tienen sabor calderoniano los versos que puse en su boca. Y para remachar su objeción, cita luego estos:

    La mozuela que hecha un pingo

barre el sábado mejor,

es la que con más primor

te acariciará el domingo.


«Traducción fidelísima del original en su fondo», es esta especie de cantar, según el crítico27, y sin embargo, le parece que más debe aplicarse a una mozuela de Tirso o de Bretón que a una muchacha tudesca. ¿Por qué? ¿Es que el habla castellana, neta y castiza, sólo nos trae a la imaginación figuras castellanas también? ¿Qué especie de idioma debemos usar, pues, para que nos haga pensar en cosas tudescas? ¿Sería buena traducción aquella qué, no por los pensamientos expresados, sino por la forma de la dicción, nos advirtiese y revelase de qué lengua estaba hecha? ¿Ha de conocerse, leyendo la versión castellana, si el original está en griego o en latín, en alemán o en sueco? No; esto sería, como vulgarmente se dice, «traducir del francés al gabacho».

Basta de este punto. Es de mal gusto rebelarse contra la crítica, y sentiría que se me atribuyese tal propósito. Defiendo mi modo de ver en materia de traducciones, y desconfiando de lograr mi intento, lisonjéame que literatos expertos, difiriendo de mi opinión, me acusen de «haber hecho castellano» al Fausto, que era precisamente lo que me propuse. Si éste fuere el único defecto de aquella traducción, ¡qué mayor gloria para mí!

Hacer castellano a Heine, en la palabra, no en la idea, es también el propósito de esta obra. Contiene las mejores producciones, en concepto mío, de aquel gran poeta, o por lo menos, las que me son más simpáticas, las que mejor expresan el alma soñadora, atormentada ya, pero no abatida, por las decepciones y las dudas, como lo estuvo después. Pocas supresiones he hecho en el texto del Libro de los Cantares, tal como se publicó la primera vez. Sólo he prescindido por completo de los Sonetos, porque en esta composición la forma es obligada, y encerrar en un soneto castellano cada uno de los diez y siete que hay en el libro, me parece dificilísimo sin notable alteración del texto.

Los Ensueños están todos en esta traducción; de los Cantares y Romances he substituido algunos pocos, que perdían su efecto al ser traducidos, por otros agregados en los Apéndices que publicó después el propio Heine. En el Intermezzo y El Regreso, sus obras capitales, no he querido quitar nada, ni aun aquellas composiciones que suprimió el mismo poeta al publicarlas en francés. Para el efecto artístico de la obra, quizás hubiera convenido hacer estas supresiones; para conocer al autor en todas sus fases, vale más dar el texto completo. También está completo el de las poesías del viaje al Hars.

Si gustase al público este libro, quizás me atrevería a completar en otro volumen la españolización de las poesías de Heine. El Mar del Norte, La Nueva Primavera algo del Romancero y de otras de sus últimas producciones, ofrecerían sabrosísima lectura a los amantes de la poesía, si acertara yo a conservar en la versión castellana alguna parte de la admirable belleza del original; e hicieran quizás amar a un poeta que tanto padeció y que, como dice discretamente uno de sus admiradores en España28, no fue el hombre de las contradicciones, sino el hombre de las contrariedades.

TEODORO LLORENTE.

1885.

Advertencia para esta edición

La favorable acogida que el público y la crítica dispensaron a mis versiones de Heine, alentó mi propósito, expresado en el párrafo último del prólogo anterior, y pronto puse manos a la obra, traduciendo El Mar del Norte y Nueva Primavera. Poco más había adelantado cuando cambiaron las circunstancias de mi vida, haciéndome intervenir, por mi mal, en la lucha activa de la política y privándome de tiempo y sosiego para mis trabajos predilectos.

Ahora, que de nuevo logré consagrarme a ellos, he repasado y corregido aquellas traducciones, he añadido algunas otras del famoso poeta alemán, y puedo ofrecer en esta nueva edición un traslado más completo de su obra a los lectores que en España muestran interés por conocerle y no pueden leer sus hermosos versos en el texto original.

T. LL.

1908.

Libro de los Cantares

Prólogo de la tercera edición29

Este es el viejo bosque aún hechizado:

los tilos aromáticos florecen;

para endulzar mi corazón hastiado

los rayos de la luna resplandecen.

   Penetró en él con indecisa planta;

oigo voz melodiosa en las alturas:

es el oculto ruiseñor que canta

amores y amorosas desventuras.

   Canta con melancólica alegría

tristes goces, pesares halagüeños;

y es tan dulce su voz, que al alma mía

vuelve otra vez los olvidados sueños.

   Sin detener el pie, sigo adelante;

y surge entre los árboles obscuros

un alcázar tan alto y arrogante

que al cielo tocan los audaces muros.

   Cerradas todas las ventanas miro,

y silencio tan hondo en él se advierte,

que parece ese lúgubre retiro,

la mansión misteriosa de la Muerte.

   A la puerta, una esfinge: forma horrible

y bella al par; amable y pavorosa:

el cuerpo y garras de león temible,

el busto y seno, de mujer hermosa.

   El ansioso deseo centellea

en sus inquietos ojos penetrantes;

sus rojos labios, que el deleite arquea,

sonríen satisfechos y triunfantes.

   Y entona el ruiseñor tan dulce trino

que ya el impulso resistir no puedo;

y al besar aquel rostro peregrino,

en la traidora red prendido quedo.

   La Esfinge sepulcral se agita y mueve;

respira el duro mármol y solloza;

cual vampiro voraz, mis besos bebe,

y absorbiendo mi sangre, triunfa y goza.

   Sedienta apura mi vital aliento,

y me abraza después de tal manera,

que en mis entrañas destrozadas siento

las implacables garras de la fiera.

   ¡Dolor que embriaga! ¡Dicha que sofoca!

¡Sin límites las penas y los goces!

¡Néctar del cielo en su incitante boca!

¡En su garra cruel ansias feroces!

   Y canta el ruiseñor: «¡Hermosa Esfinge!

¡Oh soberano Amor! ¿Qué ley tirana

toda ventura que nos das restringe

y con mortal tribulación la hermana?»

    Ese problema, que mi dicha trunca,

resuelve, Amor, causante de mis daños:

yo no he podido resolverlo nunca,

y estoy pensando en él millares de años.


Cuitas Juveniles

(1817-1821)

    Soñé un tiempo feliz mirtos y rosas,

tiernos halagos y febril pasión,

dulces labios, palabras engañosas,

y cantares de notas temblorosas

llenos de melancólica emoción.

   Disipáronse -¡ay Dios!- aquellos sueños

y la imagen triunfal, de ojos risueños,

que en ellos siempre, como reina, vi;

sólo quedan -¡recuerdos halagüeños!-

los que en mis rimas encerré y fundí.

   Vosotras ¡oh mis huérfanas canciones!

como aquellas soñadas ilusiones,

disipaos también, raudas volad;

y a las que tanto amé, dulces visiones,

este suspiro abrasador llevad.


   Tuve un sueño -¡extraño sueño!-

aterrador y halagüeño,

pavoroso y dulce al par;

en desecharlo me empeño,

y aún me está haciendo temblar.

   Era un jardín: más primores

en ninguno jamás vi;

sin afanes ni temores,

contemplaba yo las flores;

mirábanme ellas a mí.

   Las aves, en dulce coro,

cantaban himnos de amor;

rojo sol, de rayos de oro,

daba con triunfal decoro

un matiz a cada flor.

   Prestábale su ambrosía

al aire el fresco vergel;

todo brillaba y sonreía;

todo en él resplandecía,

todo enamoraba en él.

   En taza de mármol bella

brotaba allí un manantial;

hermosísima doncella

lavaba afanosa en ella

un blanco y luengo cendal.

   Llena su mirada amante

de luz estaba y candor;

trenzas de oro su semblante

coronaban, semejante

al de un ángel del Señor.

   La contemplaba y crecía

la grata ilusión en mí;

con interior alegría

reconocerla quería,

aun cuando nunca la vi.

    Cantaba con voz doliente,

con acento angelical:

«Lava, lava, clara fuente,

lava, límpida corriente,

lava este blanco cendal.»

   Acerquéme. conmovido,

y con ansioso interés,

le dije, casi al oído:

-«Ese lienzo, ángel querido,

¿me dirás para quién es?»

   -«Prepara el ánimo fuerte:

lo que estoy lavando yo,

es tu sudario de muerte.»

Y cuando habló de esta suerte,

al punto despareció.

   Por arte de hechicería

halléme en selva sombría

de arboleda secular;

asombrado, no sabia

ni qué hacer, ni qué pensar.

   Escuché lejanos ecos,

como golpes de hacha secos;

rompiendo breñas corrí,

y de la selva en los huecos

un claro espacioso vi.

   Encina altiva y pomposa

alzábase en medio de él;

y allí mi virgen hermosa

aquella encina frondosa

hería con hacha cruel.

   La hería con vivo empeño,

cantando extraño cantar:

-«Hacha de brillo risueño,

hiere, hiere el duro leño;

él las tablas me ha de dar.»

   Acerquéme sorprendido,

y con secreta emoción

le dije casi al oído:

«Las tablas, ángel querido,

¿me dirás para quién son?»

   -«Aproximase la hora:

tu propio féretro ves».

Tal, con voz aterradora,

contestó la encantadora;

y desapareció después.

   Llanura desierta y fría,

sin límites se extendía:

al verme en aquel lugar,

asombrado, no sabía

ni qué hacer, ni qué pensar.

   Caminando a la ventura,

Una imagen distinguí

de inmaculada blancura;

la doncella hermosa y pura

estaba también allí.

   Afanosa hería el suelo

con un pico brillador;

la miré con vivo anhelo,

y me dio grato consuelo

y a la vez vago estupor.

   Heria el suelo afanosa,

cantando extraño cantar:

-«Cava, buen pico, una fosa;

cava una fosa espaciosa,

cava, cava sin cesar.»

   Acerquéme estremecido,

y con creciente interés

le dije, casi al oído.

-«Esa fosa, ángel querido,

¿me dirás para quién es?»

   Contestóme breve y presto:

-«Está ya todo dispuesto:

esta fosa es para ti».

Y a mis pies, al decir esto,

abierta la fosa vi.

   Miré al fondo, y vi la fría

obscuridad con pavor;

me asustaba y me atraía,

y cuando en ella caía,

desperté lleno de horror.


   Vime en sueños a mí mismo,

ceremonioso y formal,

todo vestido de gala,

guante blanco y negro frac.

Encontrábame delante

de mi adorada beldad,

y haciéndole reverencia,

díjele afable y galán:

   -«Si sois vos, señora mía,

la hermosa que va al altar,

si sois vos, señora mía,

mis plácemes aceptad».

   Sentí, cuando así le hablaba,

escalofrío glacial;

se me anudó la garganta,

y no pude decir más,

Rompió la hermosa de pronto,

rompió de pronto a llorar,

y sus lágrimas borraron

su imagen angelical.

   ¡Ojos claros y serenos,

astros de amor y de paz,

mil veces en gratos sueños

me habéis engañado ya;

mil veces también, despierto,

me volvisteis a engañar,

y a pesar de tanto engaño,

por mi bien o por mi mal,

he de dar crédito a todo,

a todo cuanto queráis!


   Vi en sueños un hombrecillo

chiquitín y petulante,

que alargando bien las zancas,

andaba estirado y grave;

muy planchada la pechera,

muy acicalado el traje,

   Por dentro, tosco y grosero,

insolente y miserable;

por fuera, trazas ilustres,

ribetes de personaje;

en dichos, un Alejandro;

en hechos, un badulaque.

   -«¿Quién es, me preguntas? Mira

y te lo pondré delante».

Así el Dios de los Ensueños

me dijo y en los cristales

de un espejo, vi moverse

tropel de extrañas imágenes.

   Estaba el buen hombrecillo

al pie del altar; mi amante

también; al que él decía,

con otro contestábale;

y gritaban con gran bulla

todos los demonios: ¡Amen!


   ¿Qué inesperada fiebre me devora?

¿Qué ponzoñosa indignación me inflama?

Hierve en mis venas sangre abrasadora;

arde en mi pecho repentina llama.

   Un sueño -¡triste augurio del destino!-

mi pobre corazón hizo pedazos:

el hijo infausto de la Noche vino

y palpitante me llevó en sus brazos.

   Transportóme en sus brazos voladores

a una mansión magnífica y brillante;

todo eran luces, músicas y flores:

abierto un salón vi; pasé adelante.

   Allí, nupcial festín: mesa fastuosa

estaba ya servida y bien poblada.

A los novios miré: la nueva esposa

-¡qué sorpresa, gran Dios! -¡era mi amada!

   Era mi amada, como siempre, bella:

y era un desconocido el nuevo esposo.

acerquéme temblando, y detrás de ella

aguardé conmovido y silencioso.

   La música sonaba, y de amargura

llenaba, aún más, mi corazón herido:

ella estaba radiante de ventura;

él su mano estrechaba embebecido.

   Y llenando la copa transparente,

la probaba, y después se la ofrecía:

ella, al labio llevábala sonriente

y era mi sangre ¡ay Dios! lo que bebía.

    Una manzana de purpúreo brillo,

ella, amorosa, entonces le brindaba;

hincaba él en la fruta su cuchillo;

¡y era en mi corazón donde lo hincaba!

   Mirábala después con embeleso,

tendía a su cintura el brazo fuerte,

besábala por fin, ¡y el glacial beso

sentía yo de la aterida Muerte!

   Hablar quería, pero el labio mío

mudo estaba al reproche y a la queja;

la música rompió con mayor brío;

lanzóse al baile la feliz pareja.

   Giró en torno de mí vertiginosa

la multitud gentil y alborozada;

el esposo, en voz baja, habló a la esposa,

que encendida le oyó, más no enojada.

   Y huyendo la enfadosa compañía,

salieron del salón con pie furtivo;

yo les quise seguir, y no podía:

estaba medio muerto y medio vivo.

   Junté las fuerzas que el dolor nos roba,

y por palpar mi desventura cierta

llegué arrastrando a la nupcial alcoba,

y dos viejas horribles vi a la puerta.

   Era una la Locura, otra la Muerte,

espectros al umbral acurrucados,

que un dedo seco, tembloroso, inerte,

posaban en los labios descarnados.

   Horror, espanto y duelo, todo junto,

lanzó en un grito el alma desgarrada;

después, eché a reír, y en aquel punto

me despertó mi propia carcajada.


   En noche muda y sombría,

cuando yo dulce dormía,

a mi tranquilo aposento

vino la adorada mía

por arte de encantamiento.

   Contemplábala extasiado;

con igual placer y agrado

contemplábame ella a mí;

abrió al fin el labio osado

y de pronto dijo así:

   -«Tuya soy: desde este instante

me entrego a ti sin reproche;

seré tu dócil amante

desque suene media noche

hasta cuando el gallo cante.»

   Llenóme de asombro aquella

súbita proposición:

la hermosísima doncella

prosiguió, amorosa y bella:

-«Por mi amor, tu salvación.»

   -«De mi voluntad rendida

dispón, oh prenda querida,

y gózate en la victoria;

te doy mi sangre y mi vida;

mas no el reino de la gloria.»

   Oyó la gentil doncella

mi firme contestación;

y más amante y más bella,

volvió a su extraña querella:

-«Por mi amor, tu salvación.»

   Siniestra y lúgubremente

su voz para mí sonaba;

un volcán era mi frente,

la angustia me sofocaba

y me faltaba el ambiente.

   Entonces vi aparecer

serafines y querubes

ceñidos de rosicler;

y entre borrascosas nubes

ministros de Lucifer.

   Luchaban éstos, armados

contra la grey celestial,

y por ella rechazados,

huían por todos lados

los negros genios del mal.

   Yo, en tanto, a la amada mía

contra mi pecho oprimía

cual cervatilla amorosa;

y ella en mis brazos gemía,

tan bella cual quejumbrosa.

   Gemía, y yo penetraba

la causa de su dolor;

sus dulces labios besaba,

y al fin, rendido, exclamaba:

-«Ya es tuyo todo mi amor».

   Tal dije, con loco anhelo;

y en aquel momento mismo,

sentí mi sangre hecha un hielo;

tembló a mis plantas el suelo;

se abrió delante un abismo.

   Por ese abismo surgía

la legión triste y sombría;

pálida a mi hermosa vi,

y aunque ansioso la oprimía;

disipóse y la perdí.

   Y giraba alrededor

el tropel aterrador,

cada vez menos distante;

y lanzaba mofador

su carcajada insultante.

   Y estrechando más y más

los hijos de Satanás

su cadena de vestigios,

gritaban: -«Nuestro serás

por los siglos de los siglos.»


   Cobrada tienes la paga,

¿por qué tardar, seor Demonio?

Sentado en mi triste cuarto,

aguardo inquieto y ansioso:

a sonar va media noche;

falta la novia tan sólo.

   Ráfagas del Camposanto,

leves y callados soplos,

¿habéis visto a mi adorada?

Tal digo, y surgen de pronto

descoloridos fantasmas,

que envolviéndome en su corro,

-«La hemos visto, la hemos visto»-

exclaman a un tiempo todos.

   Tú, el de la roja librea,

¿qué embajada traes, buen mozo?

-«Anuncia Su Señoría

que vendrá dentro de poco:

por los aires va su coche;

dos dragones son su tronco».

   Tú, peliblanco vejete,

¿qué quieres? ¿Con qué propósitos

vienes, mi difunto dómine,

tan lúgubre y melancólico?

¿Por qué mudo me contemplas

y levantando los hombros,

te vas? Y tú, ¿por qué chillas,

velludo y horrible mono?

¿Por qué así, negro gatazo,

chisporrotean tus ojos?

¿Por qué, brujas desgreñadas,

alborotáis de ese modo?

¿Por qué de nuevo repites

con canturreo monótono

¡oh locuaz ama de leche!

tus cuentos burdos y tontos?

   Vete a casa, ama de leche;

los romances y coloquios

no son, vieja charlatana,

de las circunstancias propios:

hoy mis bodas solemnizo;

y engalanados y orondos

vienen ya los convidados

a honrar el fausto consorcio.

   ¡Salud, caballeros! ¡Eso

es cortesía y buen tono!

La cabeza por sombrero

lleváis en la mano todos.

¡Chusma de piernas colgantes!

¡Racimos de horca gloriosos!

¿Por qué, si el viento ha cesado,

venís tan tardos y zompos?

   También, montada en la escoba,

has venido, vejestorio;

tu hijo soy yo, Marizápalo,

y tu bendición imploro.

Abriendo las secas fauces

en el carcomido rostro,

gruñe la pícara bruja:

-«Per secula seculorum!»

   Dando tumbos vienen luego

doce músicos indómitos,

incansables rascatripas,

regocijo de los sordos;

vestido de colorines,

va el payaso, haciendo el bobo;

y el sepulturero inquieto

corre de un lugar a otro.

Van detrás doce beatas

bailando con doce acólitos;

lleva el compás Celestina,

y entonan a voz en coro,

con música de salmodia

cantares escandalosos.

   Calla tú, ropavejero,

¡no te desgarres los bronquios!

Guarda ese ropón de pieles;

pues, aquí, en el Purgatorio,

fuego tenernos de balde,

en cuyo ardiente rescoldo

huesos de rey y mendigo

calientan del mismo modo.

   Gibosas y patizambas

son las floristas: ¡qué monstruos!

Y vienen cabeza abajo,

dando vueltas en redondo.

¡Pasad, caras de mochuelo!

¡Basta de zambra y holgorio!

¡Descanso dad a los huesos,

que crujen secos; y rotos!

   El infierno está de huelga;

sueltos andan los demonios;

la música de los réprobos

toca el rigodón diabólico.

¡Calla, tropa alborotada,

que ya viene el bien que adoro!

¡Lárgate, canalla! Apenas

mis propias palabras oigo.

   ¿No escucháis el traqueteo

de un coche que pasa próximo?

¿En dónde estás, cocinera?

Corre y abre el portal pronto.

   ¡Bienvenida, hermosa mía!

¿Cómo estás, dulce tesoro?

También vino el celebrante:

sentaos, señor canónigo,

el de la pata de cabra,

el de las barbas de choto;

vuestra mano humilde beso

y a vuestras plantas me postro.

   ¿Por qué tan pálida y muda,

mi amor? Está el desposorio

dispuesto; caro me cuesta,

pago bien los vidrios rotos;

pero, porque seas mía,

-ya lo ves- me avengo a todo.

Arrodíllate a mi lado.

¡Oh momento venturoso!

En mi seno palpitante

busca tu cabeza apoyo;

y en mis brazos convulsivos

te estrecho anhelante y loco.

juntos nuestros corazones.

palpitan, ebrios de gozo,

y suben al quinto cielo

nuestros audaces propósitos.

Bogan en mar de venturas

nuestras almas, y hasta el trono

llegan de Dios, cuando súbito,

cual nubarrón espantoso,

su negra mano el Infierno

extiende sobre nosotros.

   El hijo triste y sombrío

de la Noche, el matrimonio

bendice; en libro de fuego

el formulario estrambótico

deletrea; sus plegarias

son blasfemias, y a sus votos

los condenados responden

con infernal alborozo.

Silban, graznan, gritan, rugen

con tal fuerza y de tal modo

que atrás dejan huracanes

borrascas y terremotos.

Tenue vislumbre azulada

rasga el horizonte lóbrego,

y Marizápalos gruñe:

«Per secula secolurum».


   De la casa yo volvía

donde tengo mis amores,

vagando entre las fantásticas

sombras de la media noche.

   Pasé junto al Camposanto;

miré adentro, y parecióme

que las tumbas, entreabiertas,

me llamaban sin dar voces.

   Acerquéme hacia el sepulcro

del juglar, en cuyos bordes

quebraba incierta la luna

sus pálidos resplandores.

   Un espectro vaporoso

surgió a mis ojos entonces,

y me dijo: «¡Bienvenido,

hermano! Acércate y oye».

   Era el juglar en persona:

sobre el sepulcro sentóse:

pulsé con diestra convulsa

vihuela de ásperos sones

y así comenzó sus trovas,

con voz agria y desacorde.

   «Cítara, ¿la canción ya no recuerdas

que hizo vibrar tus palpitantes cuerdas

y encendió el alma en fuego abrasador?

La llama el ángel beatitud celeste;

suplicio eterno, la precita hueste;

      La humanidad, ¡amor!»

   Todas las tumbas se abrieron

al pronunciar este nombre;

alzáronse mil espectros;

acercáronse veloces,

y cantaron, dando vueltas,

en espantoso desorden.

   «Tú los ojos nos cerraste;

tú a la huesa nos echaste,

¡amor, implacable amor!

¿Por qué, ni en la noche obscura

de la misma sepultura,

nos dejas en paz, traidor?»

   Así gruñían y aullaban,

dando alaridos feroces;

y el Juglar, en medio de ellos,

sentado en la tumba, inmóvil,

arañaba la vihuela

con extrañas contorsiones.

   «¡Qué baraúnda! ¡Qué ruido!

¡Qué tropel! ¡Qué confusión!

Gentes sin ley ni sentido,

bien habéis obedecido

mi mágica evocación.

   Cual marmota en su guarida,

en la tumba aborrecida

yacemos sin respirar;

hoy recobramos la vida;

¡a reír, pues, y a gozar!

   Fueron nuestro afán las bellas,

y corrimos tras sus huellas

on rabioso frenesí:

venid; hablaremos de ellas:

no nos oye nadie aquí.

   Cada cual su historia cuente;

cada cual su mal lamente,

y refiera sin temor

cuándo y cómo le hincó el diente

la jauría del amor».

   Una escuálida estantigua

salió del tropel indócil:

avanzó unos cuantos pasos;

y dijo así con voz torpe.

   «Aprendiz era de sastre;

siempre dale que le das,

con el dedal y la aguja,

con la aguja y el dedal.

   Hábil era cual ninguno

en zurcir y en remendar,

con el dedal y la aguja,

con la aguja y el dedal.

   La sobrina del maestro

me pareció una deidad,

con el dedal y la aguja,

con la aguja y el dedal.

   El corazón traspasóme

y aquí he venido a parar,

con el dedal y la aguja,

con la aguja y el dedal».

   Con tremendas carcajadas

acogieron sus razones:

con paso grave y solemne

otro espectro adelantóse.

   «El bandido generoso

era mi noble ideal;

de su gloria estaba ansioso:

turbaba, a más, mi reposo

una mujer celestial.

   Lloré su arrogancia austera,

y turbada la razón,

mi mano -¿quién lo dijera?-

hundióse en la faltriquera

de un vecino ricachón.

   Un sayón de bajo vuelo

atrapóme, sin pensar

que quise en mi desconsuelo,

los lloros con el pañuelo

de mi vecino enjugar.

   ¡No fue ligero el bromazo!

doblar me hizo el espinazo,

y en la casa negra di,

que abrió el maternal regazo

benéfica para mí.

   Áspero cordel tejiendo,

allí me fui consumiendo,

pensando siempre en mi amor:

tomé un berrinche tremendo,

y reventé a lo mejor».

   Con tremendas carcajadas

acogieron sus razones:

muy pintado y relamido

salió otro fantasma entonces.

   «Yo fui rey de las tablas: cifré todo mi anhelo

en los papeles tiernos de amante y de galán:

los bofes arrojaba, gritando: '¡Santo Cielo!'

y suspiraba flébil después: '¡Mi dulce imán!'

   Era María Stuardo mi amor: ¡oh, cuán hermosa

brilló siempre a mis ojos! Constante Mortimer,

la devoré sediento con mi pupila ansiosa;

mas ella jamás quiso mis guiños comprender.

   Un día, medio loco, grité con voz ahogada:

'¡María! ¡Oh santa! ¡Oh mártir! Contigo también voy'.

Saqué el puñal del cinto; me di la puñalada;

se me escapó la mano convulsa, y aquí estoy!»

   Con tremendas carcajadas

acogieron sus razones:

un estudiante afligido

vino después dando voces.

   «En su sitial peroraba

el tétrico profesor;

a su lado yo, en un banco,

dormía como un lirón,

soñando siempre con su hija,

que era más bella que el sol.

   Mil veces en su ventana

cariñosa me miró:

¡Hermosa flor de las flores!

¡Prenda de mi corazón!

   Un majadero muy rico

cogió aquella hermosa flor.

Invoqué a todos los dioses

contra la infiel y el traidor;

eché solimán al vino;

mis ruegos la muerte oyó;

y cual buenos camaradas

nos abrazamos los dos».

   Con tremendas carcajadas

acogieron sus razones:

y salió al frente otro espectro

arrastrando soga innoble.

   «De dos cosas se alababa

el conde cuando bebía:

de las joyas que guardaba

y de la hija que tenía.

Tus joyas guarda y esconde;

no te las roben jamás:

la hija que tienes, buen conde,

es lo que me gusta más.

   Bajo llaves y cerrojos

guardaba sus dos amores;

iban siempre con cien ojos

rondando sus servidores.

Pero, cerrojos y llaves,

¿qué me importaban a mí?

La escala de cuerdas suaves

arrojé al muro, y subí.

   Penetré por la ventana

de la hermosa prenda mía;

y escuché al punto cercana

una voz que así rugía:

'¿Te faltan acompañantes?

Conmigo, infame, vas bien:

si te gustan los diamantes,

a mí me gustan también.'

   Era el conde, y al momento

puso en mi sus toscas manos

el enjambre turbulento

de esbirros y de villanos.

'Nadie me toque ni ofenda:

no soy cobarde ladrón;

sólo he robado una prenda,

es un tierno corazón.'

   Nadie mis explicaciones

escucha, ni por mí aboga;

ya sus bárbaros sayones

échanme al cuello la soga.

Y al asomar por Oriente

el astro matutinal,

mi cadáver vio pendiente

del travesaño fatal».

   Con tremendas carcajadas

acogieron sus razones:

con la cabeza en las manos,

otra sombra presentóse.

   «Bajo el brazo la escopeta,

y el alma de amor, repleta,

a cazar al monte fui;

¡Qué graznidos en la umbría!

Era el cuervo que decía:

'¡Ay desdichado de ti!'

   Buscaba de loma en loma

una cándida paloma

para obsequiar a mi amor;

y en los troncos y en las ramas,

y en jarales y en retamas

clavaba el ojo avizor.

   Oí suspiros distantes:

'Serán tórtolas amantes'

pensé, y en su busca fui.

Al llegar a un bosquecillo,

miré y preparé el gatillo:

¡cielos santos, lo que vi!

   Era la tórtola mía

y en sus brazos la oprimía

un doncel con tierno afán.

'¡Ojo cazador certero!'

sonó el tiro justiciero;

rodó por tierra el galán.

   Entre esbirros inhumanos,

agarrotadas las manos,

pasé después por allí:

¡qué graznidos en la umbría!

Era el cuervo que decía:

'¡Ay desdichado de ti!'»

   Con tremendas carcajadas

acogieron sus razones:

y el juglar con esta copla

dio al concierto fin y postre:

   «Hechicera canción cantaba un día;

la hechicera canción acabó ya:

helóse el corazón que ella encendía,

y cuando el nido maternal se enfría,

      el pájaro se va».

   Sonaron las carcajadas

más fuertes y más feroces;

dieron vueltas y más vueltas

fantasmas y fantasmones;

tocó la campana la una

en el reloj de la torre;

y cada espectro en su huesa

aullando precipitóse.


   Dulce y tranquilo dormía,

sin zozobras y sin ansias,

y en sueños vi una doncella

de hermosura sobrehumana.

Era hechicero su rostro;

su tez como el mármol blanca;

luminosas sus pupilas;

luenga su crencha y rizada.

   A mí vino blandamente,

cual vaporoso fantasma,

y en mi pecho reclinóse

la virgen hermosa y pálida.

   Como late conmovido

por temores esperanzas,

a su contacto latía

mi corazón, hecho un ascua.

   El corazón de la hermosa

no ardía ni palpitaba:

era de nieve su pecho,

y de hielo sus entrañas.

   -«Mi corazón no palpita,

mi sangre está congelada;

mas también conozco y siento

de amor la celeste llama.

   No arde la vida en mis venas,

ni mis mejillas inflama;

pero como dulce amiga

vengo a ti: no temas nada».

   Dijo, y me estrechó en sus brazos

con tal brío y fuerza tanta,

que en ellos aprisionado

me oprimía y sofocaba.

   Cantó el gallo en aquel punto,

vigía de la mañana,

y desapareció al oírlo

la virgen hermosa y pálida


   Muchos cadáveres yertos,

todos a mi voz despiertos,

saqué de la sepultura;

y hoy no quieren esos muertos

volver a la noche obscura.

   Me hizo olvidar el terror

las provechosas lecciones

del experto profesor,

y me asedia espantador

ejército de visiones.

   ¡Déjame, turba sombría!

¡No me acoses sin cesar!

El placer y la alegría,

a la clara luz del día

aún puedo en el mundo hallar.

   Lucharé con insistencia

hasta respirar la esencia

de la ambicionada flor;

¿qué me importa la existencia,

si ha de faltarme el amor?

   En mis brazos estrecharla

una vez, sólo una vez!

¡Ceñirla y acariciarla,

y apasionado besarla

con amorosa embriaguez!

   ¡Oír el palpitante

de su labio celestial!

Eso, espectros, es bastante

consígalo, y al instante

os sigo al antro infernal.

   Lo sabe la grey impía,

y me llama noche y día

con gestos de Belcebú:

¡Oh dulce enemiga mía!

no me importa: ¿me amas tú?


    Todos los días digo al levantarme:

   ¿Vendrá mi dulce bien?

Todas las noches digo al acostarme:

   engañóme hoy también.

Paso insomne la noche, en el quebranto

   de mi tenaz dolor;

paso el día dormido, en el encanto

   de un sueño burlador.


   En la quietud de la noche

mi mal a solas lamento,

de la vana muchedumbre

los regocijos huyendo.

   A solas corren mis lágrimas,

corren sin tregua ni término;

enjugarlas no consigo

con mis suspiros de fuego.

   Un día, niño inocente,

cifré mi dicha en los juegos;

gozaba el don de la vida

sin saber lo que son duelos.

    Jardín alegre era el mundo

de lozanas flores lleno;

rosas, lirios y violetas

mis únicos pasatiempos.

   Soñando en verde floresta

vi juguetón arroyuelo;

miréme en sus claras linfas;

estaba pálido y tétrico.

   Estaba tétrico y pálido

desque mis ojos la vieron:

trocóse en pena mi júbilo

sin sentirlo ni saberlo.

   De los cielos descendida,

dulce paz llenó mi pecho;

de los cielos descendida,

huyó otra vez a los cielos.

   Tinieblas llenan mis ojos,

sombras me van persiguiendo;

escucho sobresaltado

dentro de mí extraño acento.

   Acométenme furiosos

ignotos padecimientos,

y mis entrañas quemando,

me consume extraño incendio.

   Y esta hoguera que me abrasa,

y este dolor, del que muero,

amor, amor soberano,

míralo bien, ¡tú lo has hecho!


   Sobre mi pecho pon tu manecita ;

lo sentirás latir con inquietud:

un traidor carpintero en él habita,

y está claveteando mi ataúd.

   Golpea sin descanso el día entero,

y mi sueño robó su golpear:

acaba pronto, infame carpintero,

y déjame morir y descansar.


   Cada cual con su pareja

pasea bajo los tilos;

yo, abandonado de todos,

solo voy conmigo mismo.

   El corazón me da un vuelco

cuando esas parejas miro:

pareja también yo tengo;

pero lejos de estos sitios.

   Mucho tiempo estoy sufriendo

y más tiempo, no resisto:

cierro la breve maleta;

tomo el bastón de camino.

   Andaré leguas y leguas,

y a la boca de un gran río

la ciudad veré que encumbra

tres torres por obeliscos.

   Allí serán mis angustias

trocadas en regocijos,

y mi dulce parejita

llevaré bajo los tilos.


   Cuna de mi pena ansiosa,

sepulcro donde reposa

mi tranquilo bienestar,

ciudad querida y hermosa,

¡adiós! te voy a dejar.

   ¡Adiós, umbral consagrado

por la huella de su pie!

¡Adiós, sitio afortunado,

donde primero, extasiado,

su hermosura contemplé!

   ¡Ojalá nunca te viera,

reina de mi corazón!

No, atribulado, sufriera

esta suerte lastimera

que ha de ser mi perdición!

   Perturbar no quise tu alma,

ni la victoriosa palma

de tu ansiado amor ceñir;

a tu lado, en dulce calma,

soñé tan sólo vivir.

   Pero tú no lo has querido:

con tus palabras de hiel

me arrojas; pierdo el sentido,

y el corazón malherido

sucumbe a la prueba cruel.

   Iré, incierto caminante,

llevando a cuestas mi mal;

hasta que en tierra distante

pose la sien delirante

sobre la tumba glacial.


   El esquife detén, rudo barquero;

aún vuela al puerto el alma acongojada;

de dos hermosas despedirme quiero;

      de Europa y de mi amada.

   Sangre brotan mis ojos escaldados,

sangre también mi corazón herido;

con sangre escribiré los prolongados

      tormentos que he sufrido.

   ¡Ahora, cuando la sangre ves que vierto,

¿ahora tiemblas, mi bien, y palideces?

Tú, que convulso, agonizante, yerto,

      me viste tantas veces!

   ¿La historia sabes del Edén perdido,

de Eva y la sierpe que a la estirpe humana

tentó con falso halago? ¡Siempre ha sido

   don fatal la manzana!

   ¡Muerte en las manos de Eva cariñosas;

incendio, en las de París, de Ilión fuerte;

en las tuyas, mi amor, entrambas cosas:

      incendio, y después, muerte!


   Los montes y castillos de su orilla

copia el Rhin en sus móviles espejos,

y avanza jubilosa mi barquilla

que inunda el sol de luces y reflejos.

   Contemplo los cristales brilladores

en blandas olas de oro convertidos,

y renacen de nuevo los dolores

dentro del corazón adormecidos.

Me halaga, me enamora y me seduce

el brillante raudal; mas no me engaña:

la tersa linfa, que falaz reluce,

sombra y muerte en su fondo sólo entraña.

   ¡Perfidia oculta y aparente halago!

Eres, oh Rhin, imagen de mi hermosa:

escondiendo, cual tú, su horrible estrago,

dulce también sonríe y cariñosa.


   Al pronto, desesperado,

dije, al verme en tal estado:

soportarlo no podré.

Pero, al fin, lo he soportado:

el cómo, yo me lo sé.


   En el vergel paterno

vivió lánguida vida

durante el crudo invierno

la flor descolorida.

Sopló el alegre Mayo

sus ráfagas de amor:

siguió en triste desmayo

la moribunda flor.

   La flor descolorida

habló y me dijo así:

«Del vástago cogida

quisiera ser por ti.

-No atenderé tu ruego,

pues voy, loco de amor,

buscando sin sosiego

la purpurina flor».

   -«La flor que de esa suerte

tú buscas, no hallarás;

tras ella hasta la muerte

desconsolado irás.

No cogerá tu mano

la purpurina flor:

lo mismo que yo, hermano,

enfermo estás de amor».

   La flor descolorida

habló, temblando, así;

con mano conmovida

del tallo la cogí.

Calmó al instante el alma

su afán devorador,

y gozo en dulce calma

angelical amor.


   Cual ataúd que mano lastimera

orna de rosas y hojas de ciprés,

aqueste libro engalanar quisiera,

y en él mis versos sepultar después,

   ¡Ojalá mis fantásticos amores

pudiese con mis versos sepultar!

En el sepulcro del amor las flores

del sosiego feliz suelen brotar.

   Abriendo allí su cáliz, nos envían

sus aromas de mágica virtud:

¡para mí, sólo florecer podrían

ocupando yo mismo el ataúd!

   ¡Ved aquí mis cantares, encendidos

cual roja lava del Vesubio ayer,

que en el volcán del corazón fundidos,

fueron brillante ráfaga al nacer!

   Mudos y tristes hoy, mustias sus galas,

yacen yertos, sin vida y sin calor;

mas revivir aún pueden, si sus alas

sobre ellos bate el genio del amor.

   Aunque lejos estás, amada mía,

este libro a tus manos llegará;

y la pasión que lo dictaba un día,

melancólica en él renacerá.

   Y perdiendo las letras su sentido,

te mirarán con plácida avidez;

y de olvidado amor blando gemido

suspirarán mis versos otra vez.


El triste

    A compasión mueve a todos

triste y pálido mancebo,

que en el rostro lleva escritos

sus callados sufrimientos.

   Sus sienes calenturientas

refresca piadoso el viento;

doncellas bien desdeñosas

le ven con ojos benévolos.

   Huyendo de todos, corre

al bosque, donde risueños

los pájaros y las hojas

forman alegre concierto.

   Pero enmudecen las aves

y ruge el bosque siniestro

apenas ven que se acerca

el afligido mancebo.


Dos hermanos

   Allá, en el monte, el castillo

envuelto en la noche obscura;

espadas acá, en el valle,

que chocan y que fulguran.

   Embístense dos hermanos

con igual cólera y furia;

¿Por qué, manos fraternales

con tan fiero enojo luchan?

   Laura, la linda condesa,

es la que tiene la culpa:

ambos en amor se abrasan,

sedientos de su hermosura.

   ¿A quién la dama prefiere?

Nadie resolvió esa duda;

decididla, pues, vosotras;

fallad, espadas desnudas.

   Los tenaces combatientes

sin piedad ni tregua pugnan;

apenas suena un mandoble,

otro mandoble retumba.

   Id con tiento en las tinieblas,

aceros que el odio empuña;

sombras, visiones y ardides

la traidora noche oculta.

   ¡Oh fratricidas hermanos!

¡Valle infausto! ¡Negra tumba!

El uno al otro en el pecho

la espada a la vez sepultan.

   Muchos siglos han pasado

y generaciones muchas;

y aún el desierto castillo

mira hacia la honda llanura.

   Por ella, de noche, vagan

dos sombras, leves y mudas,

y apenas suenan las doce,

otra vez la espada cruzan.


El pobre Pedro

I

   Con placer que el baile excita

danzan Juan y Margarita;

Pedro inmóvil, cejijunto,

de ellos los ojos no quita,

más pálido que un difunto.

   Margarita es ya de Juan,

y en traje de bodas van

orondos y relucientes;

Pedro, con rabioso afán,

hinca en los puños los dientes.

   Contemplando a la pareja

habla en voz baja, y se queja,

y prorrumpe al cabo así

«¡Como Dios no me proteja,

no sé qué será de mí!»

II

   «Siento una pena aquí dentro

que me oprime el corazón;

do quiera vaya, me encuentro

siempre fuera de mi centro,

siempre en la misma aflicción.

   »A mi amada busco loco,

cual si pudiera calmar

la angustia en que me sofoco;

y -¡ay Dios! -no puedo tampoco

su presencia soportar.

   »Trepo al monte que hasta el cielo

se encumbra y hallo el consuelo

de que nadie me ha de ver:

allí, al menos sin recelo

podéis, lágrimas, correr!»

III

   El pobre Pedro va errante,

macilento, vacilante,

más muerto que vivo: al verle

sorprendido el caminante

se para a compadecerle.

   Dice la doncella hermosa:

«De la fosa éste vendrá».

Doncella de faz de rosa,

no es que viene de la fosa;

es -¡ay!- que a la fosa va.

   Le llama la tumba pía,

porque ha perdido a su amor:

allí en paz y sin porfía,

aguardará el postrer día:

¿dónde estuviera mejor?


Los granaderos

   A Francia dos granaderos,

allá en Rusia prisioneros,

vuelven ya: ¡suerte feliz!

Al llegar una mañana

a la frontera alemana

doblan ambos la cerviz.

   Nueva oyeron lastimera;

está ya la Francia entera

en poder del invasor;

deshecho y roto el altivo

Gran Ejército; ¡cautivo!

¡cautivo el Emperador!

   Escuchan, mudos de espanto,

la nueva fatal: el llanto

baña su curtida tez;

y con ansias reprimidas

uno dice: «Mis heridas

se abren todas otra vez».

   Dice el otro: «¡Acabó todo!

¡Morir! fuera el mejor modo

de dar término a este afán,

Mas, ¡los pobres pequeñuelos!...

¡La mujer!... ¡Oh santos cielos!

si les falto yo, ¿qué harán?»

   -«¿La mujer?... ¿Y qué me importa?

¿Los hijos?... El alma absorta

llora desdicha mayor.

¿Pan les falta?... ¡Por Dios vivo!

¡Que lo mendiguen!... ¡Cautivo!

¡Cautivo el Emperador!»

   «Una súplica sagrada

he de hacerte, ¡oh camarada!

¡Compadécete de mi!

Para abrir mi humilde huesa,

llévame a tierra francesa,

dormiré mejor allí.

   »Esta cruz resplandeciente,

de roja cinta pendiente,

ponla sobre el corazón;

en su sitio, al diestro lado,

el fusil bien colocado;

la espada en el cinturón.

   »Así, a punto, y siempre en vela,

estaré, cual centinela

fijo siempre en su lugar;

hasta que oiga en feliz día

rechinar la artillería

y los caballos trotar.

   »Y el Emperador, al frente

de su ejército impaciente

cabalgará, y al clamor,

armado saldré de tierra,

y otra vez iré a la guerra,

detrás del Emperador».


Don Ramiro

   -«¡Doña Clara! ¡Doña Clara!

¡Tras tantos años de amor!

tu propia mano traidora

la puñalada me dio.

   »¡Doña Clara! ¡Doña Clara!

es la vida alegre don;

y el sepulcro obscuro y frío

me inspira miedo y horror!

»A Fernando das mañana

la mano y el corazón:

¿Me convidas a la boda?

¿Quieres que a ella asista yo?»

   -«¡Don Ramiro! ¡Don Ramiro!

amargos tus dichos son,

como la ley de los astros

que mis designios burló.

   »¡Don Ramiro! ¡Don Ramiro!

desecha ese negro humor;

piensa que hay muchas mujeres,

y que nos separa Dios.

   »Vencedor eres del moro;

sé tu propio vencedor:

ven a mi boda mañana

sin recelo ni aprensión».

   -«Iré a tu boda mañana;

te lo juro por quien soy:

iré, y bailaré contigo:

¡Adiós, Doña Clara! -¡Adiós!»

   Crujió la ventana al punto,

petrificado él quedó;

luego hundióse en las tinieblas,

cual lúgubre aparición.

   Cuando las nocturnas sombras

rasgó el matutino albor,

cual jardín lleno de flores,

Toledo resplandeció.

   Alcázares y palacios

brillan a la luz del sol;

las cúpulas de los templos

parece que de oro son.

   De las campanas al vuelo

suena el confuso clamor;

se elevan de los altares

el cántico y la oración.

   ¡Mirad, allá, en la capilla!

¡Allá, en la Plaza Mayor!

¡Mirad, mirad, qué gentío!

¡Qué tropel! ¡Qué confusión!

   Nobles damas, cortesanos,

hidalgos, hombres de pro;

y al clamor de las campanas

une el órgano su voz.

   La multitud abre paso:

ya la pareja salió:

Doña Clara y Don Fernando

los felices novios son.

   Hasta el palacio del novio

corren las gentes en pos;

celébrase allí la boda

con señorial esplendor.

   Tras el festín, el torneo;

todo es fiesta y diversión:

rápidas pasan las horas;

pronto la noche llegó.

   Congréganse para el baile

en la cámara de honor;

cien lámparas resplandecen

en el dorado artesón.

   El novio y la novia ocupan

altos sitiales los dos;

se están diciendo en voz baja

dulces palabras de amor.

   Muchedumbre engalanada

puebla el soberbio salón:

vibra aguda la trompeta

sordo redobla el tambor.

   -«¿Por qué, bellísima dama,

el esposo preguntó,

por qué la mirada fija

clavas en aquel rincón?»

   -«¿No ves allí un hombre envuelto

en su negra capa? -No;

es, replicó sonriendo,

sombra, quimera, ilusión».

   Y la sombra se acercaba,

y era un embozado ¡ay Dios!

y Clara, toda encendida,

a Ramiro saludó.

   Ha comenzado ya el baile;

vuelan, al acorde son,

los galanes y las damas

en vértigo embriagador.

   -«De buen grado, Don Ramiro,

bailaré contigo yo;

pero venir no debiste

con tan negro capotón».

   Él, los ojos penetrantes

fija en la que fue su amor;

ciñe su cintura, y dice:

«Me llamaste, y aquí estoy».

   En los giros de la danza

abrazados van los dos;

vibra aguda la trompeta,

sordo redobla el tambor.

   -«Pálido estás cual la nieve»

dice con trémula voz

la bella, y él le responde:

«Me llamaste y aquí estoy».

   Chisporrotean las luces;

brilla el soberbio salón:

¡Cómo vibra la trompeta!

¡Cómo redobla el tambor!

   ¡«Fría, cual hielo, es tu mano».

Clara, espantada, exclamó;

y él, con voz más tenebrosa,

-«Me llamaste, y aquí estoy».

   -«¡Suelta, suelta, don Ramiro!

¡Suéltame, por compasión!»

Siempre la misma respuesta:

«Me llamaste, y aquí estoy».

   Alegre suena la música,

y en torbellino veloz

gira y se revuelve todo

cual fantástica visión.

   -«¡Suéltame! ¡suéltame!» exclama

la novia, llena de horror;

y él replica: «Me llamaste,

me llamaste, y aquí estoy.»

   Ella, al fin, airada grita:

-«¡Suéltame, en nombre de Dios!»

y al pronunciar ese nombre,

Ramiro despareció.

    Quedó Clara inmóvil, yerta,

sin sentidos y sin voz;

bajó la siniestra imagen

a su lúgubre mansión.

   Ya retorna en sí la dama,

ya las pupilas abrió;

mas al punto se las cierra

espanto nuevo y mayor.

   Desque el baile comenzara

estuvo -no hay duda, no-

sentada junto a su esposo,

sin moverse del sillón.

   -«¿Por qué, pregunta Fernando,

se te ha quebrado el color?

¿Por qué, de tus bellos ojos,

se ha nublado el claro sol?»

   Clara, dudosa, espantada,

-«¿Y Ramiro?» -preguntó;

y no pudo más su lengua,

que paraliza el horror.

   Hondas, tempranas arrugas,

fruncen con ceño feroz

la frente del caballero,

y con gesto aterrador,

   -«Saberlo no quieras, dice:

¡Historias trágicas son!

-¿Pero Ramiro?... -Ramiro,

esta mañana murió!»


El mensaje

Paje, ensilla tu alazán,

y sin tregua ni reposo,

cabalga con vivo afán

hacia el soberbio y famoso

castillo del rey Duncán.

Albérgate en un rincón

de cualquier camaranchón,

y di a un mozo, de pasada:

«Dos las hijas del rey son;

de ellas ¿cuál la desposada?»

Si te responde -¡ojalá!-

«La morena», vuelve acá,

vuelve pronto, en son de fiesta;

si 'la rubia' te contesta,

entonces... no hay prisa ya.

Vuelve; mas compra primero

una soga al cordelero,

y después -¡la pena me ahoga!-

mudo y fatal mensajero,

ven y dame aquella soga.


Vuelta a casa

   -No quiero volver solo, amada mía;

conmigo ven al lúgubre aposento

de la triste mansión, obscura y fría,

mi madre, al umbral acurrucada,

espera con ansioso pensamiento

del hijo la llegada.

   -¡Suelta, déjame en paz, hombre sombrío!

¿Quién jamás te llamó? fuego es tu aliento;

tu diestra, hielo frío.

Ardiente llama en tus pupilas brilla;

mortal amarillez en tu mejilla.

Gozar quiero, con ansias amorosas,

la luz del sol, la esencia de las rosas.

   -Deja los resplandores

del sol y los perfumes de las flores:

arroja el velo que tu sien cubría,

pulsa las cuerdas de la lira de oro,

canta el himno nupcial, amada mía,

y el viento de la noche te hará coro.


Baltasar

   Aproxímase ya la media noche;

      duerme en paz Babilonia.

En las alturas del augusto alcázar

      chispean las antorchas.

   Va y viene de la regia servidumbre

      la innumerable tropa;

preside Baltasar regio banquete

      en su cámara propia.

   Los palaciegos, de su dueño en torno,

      siéntanse a la redonda;

apuran el licor que centellea

      en las fúlgidas copas.

   Gritan los bulliciosos comensales;

      los vasos entrechocan;

al monarca aburrido, la algazara

      deleita y alboroza.

   Sus marchitadas, pálidas mejillas

      el júbilo arrebola;

el vino, de su ingénita fiereza

      los ímpetus provoca.

   Crece su audacia; la blasfemia horrible

      al labio infame brota;

la cortesana turba la blasfemia

      repite, aplaude y loa.

   Llama altivo el monarca: un siervo acude

      parte, y al punto torna;

y trae, del templo del Señor robados,

      los vasos y las joyas.

   Con sacrílega diestra un cáliz de oro

      el impío rey toma;

lleno está ya del vino del banquete,

      tan lleno que rebosa.

   Hasta el fondo lo apura, y luego exclama

      con palabras de mofa:

«Mira, Dios de Judá, cual te saluda

      el rey de Babilonia».

   Dice, y al punto en sus entrañas siente

      fatídica zozobra;

silencio sepulcral súbito apaga

      las carcajadas locas.

   ¡Mirad! ¡Mirad! Sobre el brillante muro

      aparece una sombra;

es una mano que con fuego escribe

      palabras misteriosas.

   Baltasar en las letras encendidas

      clava la vista atónita;

tétrica palidez cubre su rostro

      sus rodillas se doblan.

   La cortesana grey, despavorida,

      queda inmóvil absorta;

vienen los Magos, y las letras miran:

      descifrarlas no logran.

   Aquella misma noche, antes que el alba

      aclarase las sombras,

a manos de los suyos cayó muerto

      el rey de Babilonia.


Los trovadores

   A disputar su valía

en la excelsa poesía

hoy los trovadores van:

¡grave será la porfía!

¡arduas las justas serán!

   La imaginación alada

les da fogoso corcel;

la palabra bien templada

les sirve de noble espada,

y es el arte su broquel.

   Hermosísimas doncellas

les miran desde el balcón;

lauros brindan todas ellas;

pero no está entre esas bellas

la que anhela el corazón.

   Llenos de salud y vida

van otros a combatir;

ellos, a la lid reñida,

van ya con mortal herida,

sin temblar y sin gemir.

   Y el que más doliente lanza

el canto desgarrador,

aquél la victoria alcanza,

y la más dulce alabanza

del labio más seductor.


En el balcón

   Pasaba, pálido y triste,

pálido y triste un mancebo:

la hermosa doncella estaba

en el balcón entreabierto.

La hermosa doncella, al verle,

decía: «¡Válgame el cielo!

Está ese desventurado

más pálido que un espectro».

   Alzó aquel desventurado

los ojos grandes y negros,

y de la doncella hermosa

miró el balcón entreabierto.

Sintió la hermosa doncella

extraño desasosiego,

y se puso de repente

más pálida que un espectro.

   Sintió la doncella hermosa

arder amorosos fuegos,

y estaba días y días

en el balcón entreabierto;

y tras los días ansiosos,

en los brazos del mancebo

caía todas las noches

a la hora de los espectros.


El caballero herido

   Muchas historias he oído;

ninguna, como ésta, cruel:

un hidalgo bien nacido

está de amor malherido,

y su dama le es infiel.

   Por infiel y por traidora,

a la que insensato adora

debiera menospreciar;

cual flaqueza infamadora

su propio dolor mirar.

   Quisiera mover querella

gritando en la justa así:

«Amo a una hermosa doncella;

quien encuentre falta en ella,

salga y cierre contra mí».

   Quizás todos callarían;

pero no su desazón:

y al fin sus armas tendrían

que herir, si luchar querían,

su mísero corazón.


Al zarpar

   En el inquieto mástil apoyado,

las olas cuento y sigo hasta la orilla:

¡Adiós, tierra natal, hogar sagrado!,

      ¡Qué aprisa vas, barquilla!

   Ante la casa paso de mi amante:

en su alegre ventana el sol destella;

casi me miro en su cristal brillante;

      mas ¡ay! ¡no hay nadie en ella!

   Reprimiré este lloro lastimero

que a mis pupilas da velo sombrío:

el mal que te amenaza, arrostra entero;

      ¡valor! corazón mío.


El cantar del arrepentimiento

    Galopa Ulrico en la selva;

susurra plácido el viento;

ve el hidalgo entre las ramas

bella imagen en acecho.

«Te conozco, bella imagen,

dice, y lo dice gimiendo;

eres mi perseguidora

en la ciudad y en el yermo.

   »Cual dos rosas son tus labios,

tan amorosos y frescos;

mas las palabras que lanzan

llenas están de veneno.

   »Por eso yo los comparo,

al rosal hermoso y pérfido,

que entre sus hojas obscuras

oculta el áspid horrendo.

   »Esos son de tus mejillas

los seductores hoyuelos,

la fosa a la cual me arrastran

mis insensatos deseos.

   »Esos son los blondos rizos

que se enroscan a tu cuello,

red del Enemigo malo,

que me aprisionó con ellos.

   »Esos tus ojos azules

como el estanque sereno,

que del cielo juzgué puertas,

y son puertas del infierno».

   Galopa Ulrico en la selva;

zumba pavoroso el viento;

otra imagen ve el hidalgo,

tan pálida que da miedo.

   «¡Madre mía! grita al punto;

¡Madre de mi amor primero!

¡Cuánto amargué yo tu vida

con mis dichos y mis hechos!

    »¡Secar quisiera tus lágrimas

con la llama de mis duelos!

¡Quisiera animar tu rostro

con la sangre de mi pecho!»

   Galopa y galopa Ulrico;

se obscurecen tierra y cielo;

sopla el viento del ocaso;

suenan extraños acentos.

   Sus palabras repetidas

oye el lloroso mancebo:

pájaros son de la selva

que están cantando y diciendo:

   «Hermoso cantar tú cantas,

el del arrepentimiento;

cuando lo hayas terminado,

vuelve a cantarlo de nuevo».


La canción de los florines

   ¿Qué te has hecho, mi tesoro,

que perdido busco y lloro?

¿Dónde estáis, florines de oro?

   ¿Estáis entre los dorados

pececillos esmaltados,

que surcan tranquilamente

los senos aljofarados

de la cristalina fuente?

   ¿Estáis entre las doradas

florecillas perfumadas,

que abren en vergel umbrío

sus corolas empapadas

en las perlas del rocío?

   ¿Estáis entre los dorados

pajarillas matizados,

que, robando al sol sus galas,

visos atornasolados

dan a sus abiertas alas?

   ¿Estáis entre las doradas

estrellas, siempre inflamadas,

que, para darnos consuelo,

tiernas y dulces miradas

nos dirigen desde el cielo?

   No estáis, dorados florines,

en las cristalinas fuentes,

ni en los umbrosos jardines,

ni del aire en los confines,

ni en los cielos transparentes.

   Para buscaras, en vano

registrara el orbe entero;

pues estáis -¡oh trance fiero!-

en las garras de milano,

de un implacable usurero.


A una cantante después de haberle oído una antigua canción romancesca

   Aquel poderoso hechizo

olvidar no podré nunca:

la oía por vez primera,

y era su voz suave música

que el pecho oprime, y los ojos

con dulces lloros enturbia,

sin que el alma se dé cuenta

del bienestar que la inunda.

   Un sueño llenó de pronto

mi imaginación confusa:

en la cámara materna,

que débil lámpara alumbra,

leía crédulo niño,

fabulosas aventuras,

mientras silbaban los vientos

entre las pálidas brumas.

   Cuerpo las fábulas toman:

levántanse de su tumba

los héroes; en Roncesvalles

estalla tremenda lucha;

allá cabalga Rolando;

allá van las huestes suyas;

allá van también con ellas

Ganelón, ¡que Dios confunda!

   Por él, a traición herido,

Rolando cae, y aún empuña

y al labio lleva la trompa,

que con tal clamor retumba,

que, allá lejos, al gran Carlos,

lleva su grito de angustia.

Rolando muere, y su muerte

mi sangriento sueño trunca.

   Clamorosa me despierta

tempestad de aplausos súbita:

cesó el poderoso hechizo;

dio fin la extraña aventura;

todos, batiendo las palmas,

exclamaban '¡bravo!' y 'hurra!'

y la artista saludaba

con reverencias profundas.


Ciertamente

   Cuando aviva la alegre primavera.

      del sol los resplandores,

abren en el jardín y en la pradera

      sus cálices las flores.

   Cuando la luna, de la noche obscura

      rasga el opaco velo,

brillan en torno de ella con luz pura

      las estrellas del cielo.

   Cuando vislumbra el soñador poeta

      dos pupilas radiantes,

brotan con más calor de su alma inquieta

      los versos palpitantes.

   ¡Lástima grande, sí, que ese tesoro

      de estrellas, versos, flores,

pálida luna, sol de fuego y oro,

      ojos deslumbradores;

   Toda esa fantasía deliciosa

      que tanto nos agrada,

en este mundo de mezquina prosa

      no sirve para nada!


Intermezzo lírico

(1822-1823)

    De mis ansías, tormentos y querellas

es este libro humilde panteón:

al hojear sus páginas, en ellas

aún sentiréis latir mi corazón.


   Era un hidalgo sombrío,

de faz adusta y siniestra,

que pálido y silencioso

vagaba con planta incierta,

lleno el pecho de suspiros,

llena el alma de quimeras.

Era tan arisco y fosco

que al verlo pasar, malévolas

mirábanse y sonreían

las flores y las doncellas.

   En el rincón más obscuro

de su lóbrega vivienda,

recatándose de todos,

pasaba la noche entera.

Ambos los brazos al cielo

levantaba con frecuencia,

sin decir una palabra,

sin murmurar una queja.

Pero al tocar media noche,

escuchábanse allá fuera

acordados instrumentos,

coros de voces angélicas,

y al poco rato llamaban,

blandos golpes a la puerta.

   Y cual sombra que resbala,

hermosa, ideal, aérea,

entraba su dulce amante,

en gasas de espuma envuelta.

Era el velo de su frente

de hilos de escarchadas perlas;

sus mejillas, cual la rosa

que la aurora colorea.

Caían sobre sus hombros

olas de doradas crenchas;

derramaban sus pupilas

apasionadas ternezas,

y -¡ay Dios!- ¡cómo se abrazaban

el caballero y la bella!

   Estrechábala el hidalgo,

y el mismo entonces ya no era:

el tímido se aventura,

el soñoliento despierta,

el arisco se enternece,

late el insensible y tiembla.

Y ella, le hostiga mimosa

y le provoca risueña,

y con el fúlgido velo,

envuélvele la cabeza.

   En alcázar diamantino

el caballero se encuentra;

tanta hermosura le asombra,

tanto resplandor le ciega.

Y aún en sus ansiosos brazos

a la encantadora estrecha,

y es su afortunado esposo,

y su dulce esposa es ella,

y en torno tañe la cítara

coro de sílfides bellas.

Tañe la cítara, canta

y el pie a las danzas apresta...

El amante desfallece,

y aún abraza a la hechicera;

pero, de pronto, las luces

se apagan, y en las tinieblas,

en el rincón más obscuro

de su lóbrega vivienda,

otra vez solo y sombrío

está el hidalgo, ¡el poeta!


   En Mayo, cuando las flores

abren todas el botón,

sentí nacer los amores

dentro de mi corazón.

   En Mayo, cuando las aves

rompen todas a cantar

les dije mis ansias graves

y mi oculto malestar.


   Vierto una lágrima, y miro

brotar al punto una flor;

y cuando exhalo un suspiro

se trueca en un ruiseñor.

   Si me quieres, esas flores

todas para ti serán;

y todos los ruiseñores

en tu reja cantarán.


   La paloma y la rosa, el sol y el lirio,

amaba en otro tiempo con delirio:

hoy, te amo solamente

a ti, mi niña hermosa,

a ti, de todo amor única fuente,

a ti, paloma y lirio, sol y rosa.


   Cuando dulces y tranquilas

me contemplan tus pupilas,

se disipa mi aflicción;

cuando, sin miedos ni agravios,

tus labios das a mis labios,

curado está el corazón.

   Cuando la cabeza inclino

en tu seno alabastrino,

el cielo siento bajar;

cuando tu labio sincero

exclama: «¡Cuánto te quiero!»

rompo entonces a llorar.


   Te vi hermosa, purísima, radiante,

en sueño halagador; hoy vuelvo a verte:

aún es tan bello y dulce tu semblante;

pero pálido está como la muerte.

   Sólo tus labios el carmín inflama,

y borra el beso sus matices rojos:

¡de aquella que admiré, celeste llama,

      nada queda en tus ojos!


   La frente inclina tú sobre mi frente,

y corran juntos nuestros lloros luego;

el pecho pon sobre mi pecho ardiente,

y los dos ardan en el mismo fuego.

   Caiga sobre esa hoguera devorante

nuestro copioso llanto en largo río;

oprímate en mis brazos, loco amante,

y moriré dichoso, dueño mío.


   Depositar quisiera el alma mía

en el cáliz gentil de un lirio en flor,

y que cantara el lirio noche y día

      canciones a mi amor.

   Y que se estremecieran palpitantes

esas canciones, como el beso aquel

que recibí en dulcísimos instantes

      de tus labios de miel.


   Están en el firmamento

inmóviles las estrellas,

y con dulce arrobamiento

se miran y hablan entre ellas.

   Se hablan con amor profundo

en lengua tan singular,

que ningún sabio del mundo

la ha podido descifrar.

   Yo la tengo descifrada

y jamás la olvidaré;

en el rostro de mi amada

el vocabulario hallé.


   Te llevaré en las alas de mi canto,

te llevaré muy lejos, dueño mío;

a la orilla feliz del Ganges santo

tengo un albergue espléndido y umbrío.

   A la luz de la luna, en valle ignoto,

floresta yace allí, fresca y lozana,

do la flor pura del sagrado loto

espera fiel a su amorosa hermana.

   Allí charlan las pálidas violetas

y a los astros sonríen cariñosas;

allí dicen, en pláticas discretas,

sus cuentos aromáticos las rosas.

   Allí, vagos rumores escuchando,

se para la gacela diligente;

allí, a lo lejos, con murmurio blando

fluye del Santo Río la corriente.

   Reclinados allí, mi dulce dueño,

a la trémula sombra de las palmas,

de paz y dicha celestial ensueño

disfrutarán unidas nuestras almas.


   A la lumbre del sol abrasadora

cierra la flor del loto el tierno broche;

      y aguarda, soñadora,

      la apetecida noche.

   La luna, que es su amante,

con sus pálidos rayos la despierta;

y la flor los recibe palpitante,

      la faz ya descubierta.

   Arde, fulgura, exhala su perfume,

      contempla ansiosa el cielo,

tiembla, suspira, llora y se consume

    en amoroso anhelo.


   El Rhin sagrado desata

su caudaloso raudal,

y en sus espejos de plata

Colonia copia y retrata

su famosa catedral.

   En la catedral aquella

hay, sobre cuero dorado,

pintada una imagen bella,

que en mi cielo encapotado

siempre fue benigna estrella.

   Es la Virgen, que triunfante

está de ángeles cercada;

sus ojos, su labio amante,

todo en ella es semejante

al rostro de mi adorada.


   ¿Por qué jurar y ofrecer?

Bésame con frenesí,

pues nunca, hermosa, creí

en palabras de mujer;

si tu voz me da placer,

más dulce tu beso siento;

que eres mía experimento,

y así mi ventura labras;

que lo demás son palabras,

palabras que lleva el viento.

   Pero, no; ¡promete y jura!

Una palabra, mi vida,

de tu boca bendecida

toda mi dicha asegura.

Alcanzo tanta ventura

cuando en tus brazos me ves,

que sueño yo -¡soñar es!-

que has de amarme, en puridad

por toda la eternidad,

y aún mucho tiempo después.


   No me quieres, no me quieres,

y soporto tu desdén;

tu rostro de cielo miro,

y soy más feliz que un rey.

   Me odias; de tus propios labios

lo escucho: ¡cómo ha de ser!

¡Deja que tus labios bese;

y así me consolaré!


   ¡Cuántas canciones dediqué a los rojos

      labios de mi adorada!

¡Cuántos tercetos a sus bellos ojos

      y a su dulce mirada!

   Y si mi hermosa corazón tuviera,

      también, fino y discreto,

a su sensible corazón hiciera

      un bonito soneto!


   El mundo está ciego y loco;

¡cuán vanos sus juicios son!

Dice, ¡oh bien a quien invoco,

que tienes mal corazón!

   El mundo está loco y ciego!

No te conoció jamás.

No sabe cómo arde el fuego

en los besos que me das.


   Dímelo tú, dueño mío:

¿Eres sueño halagador

que en una tarde de estío

forjó el dulce desvarío

del vate, loco de amor?

   ¡Oh! no: tus labios de rosa,

tu gracia alegre y donosa,

tu pupila, que arde inquieta,

no pueden ser, niña hermosa,

un ensueño del poeta.

   Basiliscos y dragones,

horripilantes visiones

y monstruosos disparates;

esas son las creaciones

permitidas a los vates.

   Pero tu dulce alegría,

tu travesura discreta,

tu genial coquetería,

no pueden ser, vida mía,

un ensueño del poeta.


   Como al nacer del mar Venus gloriosa,

hoy con todo el fulgor de su hermosura,

brilla mi dulce amada: tierna esposa,

amor a otro hombre jura.

   ¡Paciente corazón, tu enojo apaga!

no acuses su perjurio y su mancilla:

disculpa, pobre corazón, cuanto haga

      la adorable loquilla.


   No te acuso, al perderte, dueño mío:

no te acuso, aunque el alma me quebrantes:

¡Bella estás con tu espléndido atavío!

¿Podrá, empero, el fulgor de los diamantes

iluminar tu corazón sombrío?

   ¡Ah! lo sé todo: en dolorido ensueño

vi tu hondo corazón: ¡era morada

de noche obscura, horrible, encapotada!

Y víboras vi en él, ¡oh dulce dueño,

y vi que eras también desventurada!


   Desdichada eres tú, querida mía;

desdichados al par somos los dos;

desdichados seremos hasta el día

que cure nuestro mal la muerte pía,

      ¡hasta que quiera Dios!

   Brilla en tus labios risa de despecho,

y en tu mirar irónica altivez;

      glorioso y satisfecho,

late el orgullo en tu triunfante pecho;

y somos desdichados a la vez!

   Al arder más espléndidos tu ojos,

una lágrima en ellos asomó;

mueren las risas en tus labios rojos;

tu pecho esconde míseros enojos,

¡y eres tan desdichada como yo!


   Preludia el violín sonoro;

sigue la música toda;

la dulce niña que adoro

celebra el baile de boda.

   La flauta y el violonchelo

marcan su alegre compás:

los angelitos del cielo

lloran a no poder más.


   ¿Olvidar pudiste así

que tu corazón fue mío,

tu corazón -¡ay de mi!

el más dulce, falso y frío,

de cuantos yo conocí?

   ¿Así pudiste olvidar

mi querer y mi penar,

tan grandes ambos -¡ay Dios!-

que aún no he podido aclarar

cuál fue mayor de los dos?


   Si supieran las pobres florecillas

cuán vivo es mi dolor,

me ofrecieran, piadosas y sencillas,

      su aroma bienhechor.

   Si supieran los tiernos ruiseñores

      cuán grande es mi penar,

dieran algún alivio a mis dolores

      cantando sin cesar,

   Si supiesen los astros en el cielo

      cuán hondo es mi sufrir

dejaran para darme algún consuelo,

       su alcázar de zafir.

   Pero no saben ¡ay! la pena mía

      estrella, ave ni flor;

sábela sólo quien desdeña impía

      mi afán y mi dolor.


   ¿Por qué veo tan pálidas las rosas?

      ¡Dímelo, vida mía!

¿Por qué están las violetas pesarosas

      en la floresta umbría?

   ¿Por qué la alondra fúnebres clamores

      desde los cielos vierte?

¿Por qué aspiro en la esencia de las flores

      un hálito de muerte?

   ¿Por qué derrama el sol, lánguido y frío,

      lumbre incierta y obscura?

¿Por qué está el mundo tétrico y vacío,

      como una sepultura?

   ¿Por qué yo propio estoy tan muerto y triste?

      ¡Habla! ¡contesta! ¡di!

¿Por qué, mi amor, si un tiempo me quisiste,

      me abandonaste así?


   Hablaron mucho de mí

para robarte la calma;

mucho murmuraron, sí;

pero no ha llegado a ti

lo que me destroza el alma.

    Entre mucho «¡Guarda, Pablo!»

soltaban, haciendo el bú,

algún horrible vocablo;

decían que yo era el diablo,

y los escuchabas tú.

   Pero, entre tanto fiscal,

quedó lo más criminal,

lo más grave y de más bulto,

en el abismo fatal

de mi corazón oculto.


   El ruiseñor cantaba; florecía

el tilo, y fulguraba el sol radiante.

Entonces me besaste, vida mía,

y trémulo tu brazo me oprimía

contra tu ansioso pecho palpitante.

   La guirnalda cayó, que el tilo viste;

graznaba el cuervo; desmayado y triste

se hundía el sol; con fría indiferencia

nos dijimos 'adiós' y tú me hiciste

la más ceremoniosa reverencia.


   ¡Mucho, en verdad, los dos hemos sentido

tú por mí, yo por ti!... ¡y hemos vivido

llevándonos tan bien!... y hemos jugado

a marido y mujer, sin que arañado

nos hayamos jamás, ni sacudido.

   Juntos en risa y regodeo y broma

supimos tiernamente

jugar a beso-daca y beso-toma.

   Y -¡cosas de muchachos!- de repente

jugar al escondite resolvimos;

y tal jugado habemos,

y tal maña nos dimos,

y tan rebién, por fin, nos escondimos,

que ya nunca jamás nos hallaremos.


   Con cariñosa afición

y con obsequios seguros

respondiste a mi pasión;

y en una y otra ocasión

me hiciste salir de apuros.

   Me diste -¡cómo ha de ser!

de comer y de beber;

me arreglaste el equipaje,

y hasta te hube de deber

el pasaporte del viaje.

   El cielo te guarde pío

en invierno y en estío;

el cielo te guarde... Mas

lo que hiciste en favor mío,

no te lo pague jamás.


   Fue crudo y mucho duró

el triste invierno infecundo;

pero, al fin, Abril llegó:

alegróse todo el mundo,

¡todo el mundo, menos yo!

   Abriéronse flores suaves;

el cencerro del rebaño

sonó con acentos graves;

y como en tiempo de antaño,

hablaron todas las aves.

   No quise atender, adusto,

su idioma revelador:

tachábalo todo, injusto;

no escuchaba a nadie a gusto,

ni aun al amigo mejor.

   Esto recuerdo que fue

en aquella época en que

comenzó la gente, odiosa,

a llamar 'Señora de...'

a mi niña veleidosa.


   Mientras yo en tierras extrañas

soñaba mil despropósitos,

el tiempo se le hizo largo

a la niña a quien adoro;

cosió el vestido de bodas,

y abrazó, cual dulce esposo,

de todos sus pretendientes

al pretendiente más tonto.

   Más hermosa cada día

la veo, y admiro absorto

las rosas de sus mejillas,

las violetas de sus ojos;

y esforzarme en olvidarla

ha de ser -bien lo conozco-

de todos mis desatinos

el desatino más tonto.


   Las azules violetas ruborosas

de su pupila, que serena brilla;

las delicadas rosas

de su fresca mejilla;

las blancas azucenas de su mano:

todo, para robarme dicha y calma,

todo aún florece espléndido y lozano:

nada hay marchito en ella, más que el alma.


   Es hoy tan bello el mundo; la alta esfera

tan azul; tan sereno el claro río;

tan blando el viento; se abre en la pradera

tanta flor empapada de rocío;

bulle tan jubilosa y placentera

la feliz muchedumbre en torno mío,

que estar quisiera en el sepulcro helado,

a su yerto cadáver abrazado.


   Cuando en la tumba yazgas, dueño mío,

en el lecho de sombra y de reposo,

iré a buscarte en su regazo frío,

y allí por fin te abrazaré dichoso.

   Te abrazaré, te besaré incesante,

pálida, inmóvil, silenciosa, muerta;

estremecido, extático, anhelante,

te oprimiré a mi pecho, muda y yerta.

   Tocará media noche; irán los muertos

a danzar, de sus tumbas evocados;

y por la losa funeral cubiertos,

estaremos los dos bien abrazados.

   La trompeta final sonará un día;

acudirán al juicio los difuntos;

y sordos a sus ecos, vida mía,

seguiremos allí, quietos y juntos.


   Envuelto en frío sudario

de hielo, sobre un peñón,

se alza un pino solitario

del árido septentrión,

Sueña con una palmera

que en el oriental edén,

en abrasada ribera

suspira y sueña también.


La cabeza

   ¡Si fuera yo el escabel

de tus plantas, vida mía!

Por más que golpease en él

tu pie caprichoso y cruel,

nunca, amor, me quejaría.

El corazón

¡Si el acerico yo fuera

do tu mano clava fiera

la aguja de tu labor!

¡Cuántas más veces me hiriera

fuera mi gozo mayor!

La copla

   ¡Si fuera yo el retorcido

papel, al bucle prendido

que tu sien ha de adornar!

¡Cómo dijera a tu oído

lo que hoy tengo que callar!


   Huyó la risa de mis labios tristes,

hermosa infiel, cuando te vi partir;

escucho sin cesar bromas y chistes;

      ¡y no puedo reír!

   El llanto huyó de mis cansados ojos,

hermosa infiel, cuando te vi marchar;

rasgan mi corazón duelos y enojos

      ¡y no puedo llorar!


   ¡Ay! de mis penas más graves

compongo breve canción,

y agitando plumas suaves,

va a posarse (tú lo sabes)

en tu ingrato corazón.

   Penetra en su oculto centro,

y volviendo luego atrás

viene llorando a mi encuentro,

sin que me diga jamás

qué es lo que ha visto allá dentro.


   Horteras endomingados

triscan por selvas y prados

cual cabrito en la maleza,

admirando alborozados

la feraz naturaleza.

   Los matorrales floridos

contemplan embebecidos;

y el cantar de los gorriones

causa en tus toscos oídos

románticas emociones.

   Cubre mi ventana en tanto

negra cortina, y así,

en las alas del encanto,

los fantasmas que amé tanto

vienen de nuevo hasta mí.

   Viene mi perdido amor,

rompiendo el sepulcro frío;

me abraza consolador

y sucumbe a su dolor

el pobre corazón mío.


   A veces, una imagen ilusoria

      del bien que ya perdí,

renace, por traer a mi memoria

aquellos tiempos en que fue mi gloria

      estar cerca de ti.

   De día, por la calle, a la ventura,

      vagaba soñador;

la gente, sospechando mi locura,

contemplaba mi extraña catadura

      con sorpresa y temor,

   De noche, era mejor; lóbrega, fría,

      desierta la ciudad;

yo, con mi sombra, en grata compañía,

silencioso y pausado recorría

      la muda soledad.

   Lento cruzaba el extendido puente,

      resonante a mis pies;

y rasgando el nublado transparente

me mandaba la luna complaciente

      salutación cortés.

   Delante de tu casa embebecido,

por fuerza incontrastable conducido,

      paréme veces mil;

alcé los ojos, agucé el sentido,

      delirante, febril.

   Yo sé que te asomaste a la ventana

      en más de una ocasión;

y me viste, triunfante soberana,

inmóvil, en la esquina más cercana,

      como un guardacantón.


   Un doncel ama a una bella;

ésta adora a otro galán;

el preferido por ella

enamora a otra doncella,

y al altar felices van.

   La víctima de su amor

al primer pobre señor

que encuentra, le da la mano;

el joven que la amó en vano,

sufre y calla su dolor.

   Este es un antiguo cuento,

que siempre nuevo será;

y aunque es común el evento

¡ay de quien sufre el tormento

que al alma sensible da!


   Cuando escucho la canción

que cantaba mi adorada,

me da un vuelco el corazón,

y por la amarga emoción

siento el alma desgarrada.

   Un indefinible anhelo

me conduce; corro, vuelo,

y en el bosque voy a dar;

allí encuentro algún consuelo;

¡pero, a fuerza de llorar!


   Soñé con una princesa:

huella de mortal dolor

llevaba en el rostro impresa:

bajo la enramada espesa

la abracé, loco de amor.

   -«¡Ah princesa! No ambiciono

corona, cetro ni trono;

guárdelos tu padre, sí;

todo el resto lo abandono,

si lograrte puedo a ti.

   -No puede ser: ¡triste suerte!

ya es la tumba mi mansión:

sólo de noche, por verte,

vengo, burlando a la muerte:

¡ve si es grande mi pasión!»


   El piélago sin ribera

surcábamos, dulce bien,

una noche placentera,

mecidos por el vaivén

de nuestra barca ligera,

   Isla encantada a lo lejos

divisábamos perplejos;

oíamos dulces sones:

y entre pálidos reflejos,

danzaban blancas visiones.

   Y cada vez el cantar

era más dulce, y al par

más fantástica la danza;

y por el inmenso mar

íbamos sin esperanza.


   Un añejo y dulce cuento

lleva el alma enamorada,

en las alas del portento,

hacia una tierra encantada.

   Do, al abrirse, cada flor,

del ocaso al blando arrullo

contempla, llena de amor,

a otro entreabierto capullo.

   Donde todo árbol murmura

y habla su lenguaje incierto;

donde toda fuente pura

toma parte en el concierto:

   Y es tan dulce la armonía,

y es tan grata la ilusión,

que rinde su poesía

al más duro corazón.

   ¡Ah! ¡Si en tan bello lugar

lograse feliz reposo,

y mis penas olvidar,

y ser libre, y ser dichoso!

   Mas, si esa tierra encantada

logro de noche entrever,

borra su imagen soñada

el sol al amanecer.


   Te amé, y mi pobre corazón aun te ama;

y aunque se hundiera el universo un día,

de sus escombros la triunfante llama

de mi insensato amor renacería.


   Era hermosa y brillante la mañana;

era el jardín espléndido y fecundo;

la flor charlaba con la flor galana:

      yo iba meditabundo.

   La flor charlaba con la flor galana,

y decía, mirándome el semblante:

-«¡No guardes, no, rencor a nuestra hermana,

      hosco y pálido amante!»


   Fulgura mi loco amor,

fogoso al par y sombrío,

cual canto conmovedor

que refiere un trovador

en una noche de estío.

   En jardín lleno de flores

gozan, solos, su fortuna

dos rendidos amadores:

¡Cuál cantan los ruiseñores!

¡Cuál resplandece la luna!

   Detiénese la doncella;

póstrase el galán ante ella;

entra, de pronto, en el huerto

el Gigante del desierto;

y huye aterrada la bella.

   Cae el caballero herido,

y a su antro vuelve el gigante.

Lo mismo me ha sucedido;

la fosa abridme al instante,

y está ya el cuento concluido.


   Me han atormentado el alma,

me han descolorido el rostro,

los unos con sus cariños,

con sus rencores los otros.

   Me han envenenado el agua

que bebo y el pan que como,

con sus cariños los unos,

con sus rencores los otros.

   Pero la que me ha causado

más tormentos, entre todos,

esa, ni jamás me quiso,

ni me odió nunca tampoco.


   Brilla el ardoroso estío,

¡adorado dueño mío!

en tu rostro floreciente;

y el invierno, siempre frío,

en tu pecho indiferente.

   Mas no pasa el tiempo en vano:

tu rostro el invierno cano

mustiará sin compasión;

y entonces ¡ay! el verano

arderá en tu corazón.


   Cuando se dan la mano dos amantes,

por siempre separándose quizás,

los sollozos, las quejas delirantes

      no terminan jamás.

   Nosotros, en tan críticos momentos,

ni un ¡ay! tuvimos; pero, ya lo ves,

los suspiros, los lloros, los lamentos

      han venido después.


   Tomaban té y platicaban

a la vez sobre el amor,

ellos, con tono dogmático,

ellas, con dulce emoción.

   -«Amor debe ser platónico»

el mustio corregidor

dijo, y exclamó sonriendo

la corregidora: -«¡Ay Dios!»-

    -«El amor intemperante

es nocivo» prorrumpió

el doctoral, y una joven

-«¿Por qué?» -dijo a media voz.

   -«Amor», dijo la marquesa

«es invencible pasión»,

miró al conde de soslayo

y una taza le ofreció.

   Aun cabías tú en el corro,

mi bien, y seguro estoy

de que mucho mejor que ellos

dijeras lo que es amor.


   ¡Están emponzoñadas mis canciones!...

      ¿No lo han de estar, mi amor?

Tú mataste mis dulces ilusiones

      con tósigo traidor.

   ¡Mis canciones están emponzoñadas!...

      ¿No lo han de estar, mi bien?

Llevo en el alma sierpes enroscadas;

      ¡te llevo a ti también!


   Soñé: ¡mi sueño de siempre!

estaba a solas contigo;

eterno amor nos jurábamos

a la sombra de los tilos.

   Después de los juramentos,

de largos besos seguidos,

en la mano por memoria,

me clavaste los colmillos.

   Niña, la de ojos azules,

la de los dientes blanquísimos,

bastábame el juramento;

de más estaba el mordisco.


   Subí a la cumbre altanera;

estaba sentimental.

«¡Si pajarito yo fuera...»

dije, pensando en mi mal.

   Si fuera -¿qué más placer?

golondrina, bien querido,

pronto me vieras tejer

en tu ventana mi nido.

   Si fuera yo ruiseñor,

iría a darte un concierto,

himnos cantando de amor

en los tilos de tu huerto.

   Si fuera canario, a verte

también, y a cantarte, iría,

ya que tanto te divierte

tu canario, vida mía.


   ¡Anda que andarás! Corría

sin detenerse el carruaje:

vivo el sol resplandecía,

y animación y alegría

daba al hermoso paisaje.

   Iba yo triste y mohíno,

recordando de contino

a mi dulce amor ausente:

tres fantasmas, de repente,

me salieron al camino.

   Al pasar, me saludaron,

y horribles muecas hicieron,

y los brazos levantaron,

y gimieron y silbaron,

y a lo lejos se perdieron.


   Lloraba en sueños con horrible espanto

soñé que estabas muerta, vida mía;

      desperté, y aun el llanto

      por mi rostro corría.

   Lloraba en sueños: con mortal despecho

soñé que me dejabas, bien que adoro;

      desperté y largo trecho

      corrió amargo tu lloro.

   Lloraba en sueños: con anhelo suave

soñé, mi dulce amor, que aún eras mía;

      desperté, y -¡Dios lo sabe!-

      hoy lloro todavía!


   Todas las noches, en feliz ensueño,

hermosa y melancólica te miro;

tú me sonríes, y con loco empeño,

me prosterno a tus pies, lloro y suspiro.

   Contemplas dolorida mi quebranto,

doblas después la cabecita rubia;

y las divinas perlas de tu llanto

tus ojos vierten en copiosa lluvia.

   Y me das de ciprés rama siniestra,

y una palabra dejas en mi oído;

y despierto azorado, y en la diestra

falta la rama y la palabra olvido.


   ¡Horrible noche! Un torrente,

vierten las lluvias sonoras;

silba el ábrego inclemente:

¿qué estará haciendo a estas horas,

mi pobre niña inocente?

   Viéndola estoy, asomada

al balcón, meditabunda,

la faz en lloros bañada,

y perdida la mirada

en la obscuridad profunda.


   El cierzo silba en las ramas;

húmeda y fría es la noche;

envuelto en mi capa negra,

cabalgo a través del bosque.

   Delante de mí cabalgan

mis pensamientos indóciles,

y a la mansión de mi amante

me conducen al galope.

   Ladran los perros; con luces

salen ya los servidores;

van sonando mis espuelas

al subir los escalones.

   En cámara que tapizan

estofas de mil colores,

mi dulce amante me aguarda

y entre sus brazos me acoge.

   Y el viento silba en las ramas,

y me dice el viejo roble:

-«¿Adónde vas, loco hidalgo,

con tus locas ilusiones?»


   Una estrella pura y bella

caía, sin dejar huella,

en la inmensidad sombría:

del amor era la estrella,

la estrella que así caía.

   En lluvia de hojas y flores

al viento, verde manzano

daba sus galas mejores,

y en sus giros voladores

las llevaba el aire vano.

   Blanco cisne en limpia fuente

bogaba con blandas plumas,

cantando armoniosamente:

y se hundía en las espumas

de su tumba transparente.

   Todo, ¡ay mis tristes amores!

obscuro y mudo quedó:

volaron hojas y flores;

perdió el astro sus fulgores;

el blanco cisne calló.


   A un maravilloso alcázar

transportóme el Dios del sueño,

lleno de mágicas luces

y de vapores siniestros.

   Tropel confuso de gente

iba con pasos inciertos

por el largo laberinto

de cámaras y aposentos.

La puerta buscaban todos,

dudosos, pálidos, trémulos;

gritos angustiosos dando,

manos convulsas tendiendo.

Mezclábanse en el tumulto

señoras y caballeros,

y en el obscuro gentío

encontrábame yo envuelto.

   Hállome de pronto a solas;

miro en torno, y no comprendo

cómo pudo disiparse

la turba en tan breve tiempo.

Solo, enteramente solo,

echo a andar, sin rumbo cierto;

pero plomo son mis plantas,

plomo mi angustiado pecho:

la salida busco en vano,

y de hallarla, desespero.

De pronto llegó a la puerta,

mas, cuando a la puerta llego,

encuentro en ella... ¡Dios mío!

¿Cómo decir lo que encuentro?

   Era mi hermosa tirana,

era mi adorado dueño

con el suspiro en los labios

y en la frente el desconsuelo.

Vuelvo atrás despavorido,

y ella me llama en silencio

con un ademán, que ignoro

si es de súplica o imperio;

pero en sus ojos celestes

brilla dulcísimo fuego,

que en la frente y las entrañas

sentí arder al mismo tiempo.

Me miraba y me miraba

con aire amante y severo,

y a lo mejor de mirarme,

me hallé, de pronto, despierto..


   La noche es negra y fría;

por la selva sombría

arrastro sollozando mi tristeza;

a los robles despierta la voz mía,

y mueven, compasivos, la cabeza.


   En cualquier encrucijada

dan sepultura ignorada

a quien se quita la vida:

nace una flor azulada;

la flor del alma perdida.

   Era de noche, y en una

encrucijada escondida

paréme; ¡negra fortuna!

¿Que vi? ¡Brillar a la luna

la flor del alma perdida!


   ¡Ah! doquiera que voy, triste y sombrío

cíñeme obscuridad llena de enojos,

desde que no me alumbra, vida mía,

      el rayo de tus ojos.

   Apagóse la luz tan clara y pura

la estrella de amor plácida y tierna;

abre a mis pies horrible sepultura;

      ¡trágame, noche eterna!


   Mis ojos todo eran sombra;

mi boca, pesado plomo:

la sien fría, el pecho inmóvil,

yacía en sepulcro lóbrego.

   Cuánto tiempo allí dormía

es un misterio que ignoro;

desperté porque en la tumba

me llamaban, no sé cómo.

-«¿No te levantas, Enrique?

Ya despunta venturoso

el día eterno, y los muertos

se alzan del sepulcro todos.

-Mi bien; no puedo moverme:

aún están ciegos mis ojos;

tanto su desdén lloraron,

que los cegaron los lloros.

-Verás cómo el velo, Enrique,

a fuerza de besos rompo;

y aparecerá a tu vista

todo el celestial emporio.

-Mi bien, moverme no puedo:

el corazón tengo roto;

aún mana sangre la herida

que le hicieron tus antojos.

-Sobre el corazón, Enrique,

la piadosa mano pongo,

y ya no duele la herida

ni mana sangre tampoco.

-Mi bien, moverme no puedo.

las sienes tengo hechas trozos;

yo mismo las destrozaba

al saber que tú eras de otro.

-Venda, Enrique, de tus sienes

haré con mis rizos propios,

restañando de tu sangre

los derramados tesoros».

   Resistir más ya no pude

el halagüeño coloquio;

por levantarme y seguirla

hice un esfuerzo espantos.

   Abriéronse las heridas;

y saltó la sangre a chorros;

al verme anegado en ella,

grité y desperté de pronto.


   Quiero enterrar mis cantares,

quiero enterrar mis ensueños;

y un ataúd voy buscando

donde quepan todos ellos.

   ¡Cuántas cosas, cuántas cosas

he de meter allí dentro!

Como el tonel de Heidelberga

habrá de ser, por lo menos.

   Para conducirle a cuestas

necesito dos maderos:

como el puente de Maguncia

han de ser largos y recios.

   Buscaré doce gigantes,

los doce tan corpulentos

como aquel santo Cristóbal

que es de Colonia portento.

   En hombros han de llevarlo

a orillas del mar revuelto;

han de arrojarlo al abismo:

¡tal fosa para tal féretro!

   ¿Preguntáis por qué tan grande

la caja fúnebre quiero?

¡Porque he de encerrar en ella

mi amor y mis sufrimientos!


Apéndice al «Intermezzo lírico»

Puras, doradas, fúlgidas estrellas,

saludad gratas a mi dueño cruel;

decidle que soy siempre, luces bellas,

tierno y sumiso, desgraciado y fiel.


   Encadéname en tus brazos,

mujer, estréchame más;

aprieta bien tus abrazos,

y anuda tanto esos lazos,

que no se rompan jamás.

   ¡Así! ¡logré mi ambición!

Ya ceñido, corazón,

por la más bella serpiente,

gozarás perpetuamente

las dichas de Laocón.


   Aunque me lo diga el cura,

no creo en el cielo, no;

creo en tus radiantes ojos,

que mi único cielo son.

   Aunque me lo diga el cura,

no creo en Dios padre, no;

en tu corazón yo creo,

tu corazón, que es mi Dios.

   No creo, no, en el infierno;

solamente creo yo

en tus bellísimos ojos

y en tu infame corazón.


   Eterna y dulce memoria

me roba sosiego y calma,

recuerdo -¡dicha ilusoria!-

que en breves días de gloria

fuiste mía en cuerpo y alma.

   Aún tu cuerpo palpitante

tan mórbido y arrogante,

estrechara, de amor loco;

el alma me importa poco;

alma, tengo yo bastante.

   Partirla quisiera, si,

y en abrazo sin igual

la mitad dártela a ti;

y de cuerpo y alma, así

fuera el conjunto cabal.


   Oí elogiar por igual

tres cosas de gran valor;

la piedra filosofal

y la amistad y el amor.

   Ansioso tras ellas fui;

pero, ¿existen?; no lo sé.

He de deciros, de mí,

que jamás las encontré.


(1823-1824)

    Fulguró en mi vida obscura

imagen de excelsa prez;

pero huyó esa imagen pura,

y a ciegas voy otra vez.

   El niño, cuando camina,

por tenebroso lugar,

el terror que le domina

vence a fuerza de cantar,

   Niño soy, que a obscuras canto;

poco vale mi canción;

pero nada alivia tanto

mi doliente corazón.


   Estoy triste, muy triste, sin que entienda

      la razón ni el por qué:

fija tengo en la mente una leyenda

      que en la infancia escuché.

   Era frío el crepúsculo; rodaba

      tranquilo el Rhin; el sol

las cúspides remotas alumbraba

      con su último arrebol.

   Allá, en la cima, en trono diamantino,

      en fúlgido sitial,

peinaba sus cabellos de oro fino

      doncella celestial,

   Peinábalos con peine también de oro,

      cantando una canción,

cuyo eco singular, triste y sonoro,

      turbaba el corazón.

   Surcó un barquero la corriente undosa;

      oyó el dulce cantar:

y contemplando a la doncella hermosa,

       fue en el escollo a dar.

   Tragó el río la barca y el barquero:

      y esa tirana ley

sufre siempre quien oye el lisonjero

      cantar de Loreley.


   Mi corazón está triste;

Abril alegre y florido:

al pie de los viejos muros,

sobre un tronco me reclino.

   Encerrado en cauce estrecho,

corre silencioso el río;

pasa, en ligera barquilla,

cantando y silbando un niño.

   A lo lejos se dibujan

en risueño laberinto,

quintas, huertos, labradores,

vacas, prados, selvas, riscos.

   Lavan las mozas y tienden

en la hierba el blanco lino;

suena el batán, y las aguas

trueca en espumosos rizos.

   Hay una estrecha garita

sobre el torreón sombrío;

va y viene el fiel centinela,

todo de rojo vestido.

   Con el fusil, que al sol brilla,

haciendo está el ejercicio:

¡apunta bien, centinela,

y descerrájame un tiro!


   Voy por la selva, y lloro sin sentirlo:

      ¡Y así pasan las horas!

Salta de rama en rama el negro mirlo:

       y dice: «¿Por qué lloras?

   -La golondrina azul, tu tierna hermana,

      decírtelo pudiera,

pues tiene puesto el nido en la ventana

      de mi niña hechicera».


   La noche está borrascosa;

no hay en el cielo una estrella;

todos los árboles silban

cuando cruzo por la selva.

   Una luz en la cabaña

del cazador centellea;

pero no llama a los ojos

su claridad macilenta.

   Sentada en sillón de cuero

está la abuelita ciega,

inmóvil y silenciosa,

como una imagen de piedra.

   El hijo del guardabosque

viene y va con planta inquieta;

cuelga el arcabuz al muro,

y una carcajada suelta.

   Baña el lino con sus lágrimas

la bellísima hilandera;

gruñe el mastín de su padre,

gruñe y a sus pies se acuesta.


   Si encuentro en mis excursiones

la familia de mi amada,

padre, madre y hermanitas

me reconocen y abrazan.

   Me saludan, me interrogan,

y todos a un tiempo charlan;

dícenme que estoy lo mismo,

aunque más flaco de cara.

   Pregunto a mi vez por tías,

por sobrinas y cuñadas,

y hasta por aquel cachorro

que tan juguetón ladraba.

   Pregunto también por ella,

con otro -¡ay cielos!- casada,

y me dicen, muy gozosos,

que recién parida se halla.

   Les doy mil enhorabuenas

con la sonrisa más grata,

y les digo balbuceando

que me pongan a sus plantas.

   La hermanita, de repente,

dice: «Al perro le entró rabia,

y lo llevaron al río,

y lo arrojaron al agua».

    La pequeña cuando ríe

es retrato de su hermana,

y tiene los mismos ojos

causantes de mis desgracias.


   En la choza del barquero,

contemplábamos el mar;

las neblinas de la tarde

llenábanlo todo ya.

   Encendió el próximo faro

su antorcha providencial;

allá a lo lejos, muy lejos,

un buque vimos pasar.

   Hablábamos del marino

y de su incesante afán,

siempre en continua borrasca,

siempre en incierta ansiedad.

   De lueñas tierras, del Polo

Austral y del Boreal;

de pueblos de extraña raza

y de vida singular.

   En el Ganges todo ríe;

selvas perfumadas hay,

y adora la flor del loto,

gente dichosa y jovial.

   En Laponia, grey escuálida

de ancha boca y sucia faz,

cuece arenques, y temblando

se acurruca en pobre hogar.

   Escuchaban las doncellas;

nadie dijo nada más;

y la nave que pasaba

se perdió en la obscuridad.


   Graciosa pescadorcilla,

tu barca, de audaces remos,

atraca a esta mansa orilla,

y mano a mano hablaremos

sin temor y sin mancilla.

   En mi pecho reclinar

bien puedes tú la cabeza:

¿no fías, sin vacilar,

en la bonanza o fiereza

del alborotado mar?

   Mi corazón, dulce bien,

es un mar inmenso y hondo,

tiene su eterno vaivén,

sus escollos, y también

blancas perlas en el fondo.


   Arde la luna, lámpara bendita,

      y al mar da su fulgor;

abrazo a mi adorada, y fiel palpita

      en nuestro pecho amor.

   Solo estoy, en los brazos de mi hermosa:

      -«¿Qué es lo que escuchas, di,

en la voz de los vientos misteriosa?

      ¿Por qué tiemblas así?

   -No es el viento, es la voz de mis hermanas,

      hoy vírgenes del mar,

que en cavernas profundas y lejanas

      suspiran, sin cesar».


   La luna, colosal manzana de oro,

rasga el nublado en la celeste cumbre

y derrama en el piélago sonoro su

      brilladora lumbre.

   Por la extendida playa, do refrenan

su furor las corrientes, voy a solas,

y oigo las voces que incesantes suenan

      en las revueltas olas.

   Con grave lentitud la noche avanza

y el pecho estalla con pujante brío:

venid, ondinas, y en alegre danza

      girad en torno mío.

   Reciban vuestros brazos palpitantes

mi frente moribunda y dolorida;

y halle yo en vuestros ósculos amantes

      raudal de eterna vida.


   ¡Cuánta nube! En sus mullidos

pliegues duermen las deidades;

y en los orbes conmovidos,

al compás de sus ronquidos,

estallan las tempestades.

   El huracán turbulento

estrella al frágil bajel:

¿quién el ímpetu violento

podrá detener del viento

y del loco mar infiel?

   Pues nadie puede enfrenar

de los vientos y del mar

las furiosas tempestades,

me echo a dormir y a roncar,

lo mismo que las deidades.


   Suena el huracán la trompa;

corren sobre el mar sus ráfagas;

y al son de los latigazos

rugen las olas y saltan.

   Abre el firmamento lóbrego

sus inmensas cataratas:

el Océano y la Noche

riñen su mayor batalla.

   Detiénese una gaviota

en el palo de mesana:

las plumas bate y da un grito

que mil desastres presagia.


   Crece la borrasca: brilla

el lampo en la obscuridad;

brama el viento, ruge y chilla.

¡Cómo danza la barquilla!

¡Qué noche! ¡Qué tempestad!

   La mar a cada momento,

forma un monte turbulento;

húndese luego a mis pies,

y hasta el alto firmamento

encabrítase después.

   En la bodega sombría

suenan el rezo apocado

o la maldición bravía;

y al mástil bien agarrado

sueño en ti, ¡casita mía!


   Anochece; las pálidas neblinas

cubren el vasto piélago; siniestras

gimen las ondas y visión gallarda

      miro surgir entre ellas.

   El hada es de los mares, que a la orilla

viene, y callada junto a mí se sienta,

dejando ver su seno alabastrino

      la túnica entreabierta.

   Los brazos abre, y me los echa al cuello

con tal empuje, que respiro apenas:

-«Muy fuertes son, exclamo, tus abrazos,

      bellísima Sirena!

   -Si mis brazos te oprimen tan ansiosos,

si a mi seno te estrecho con tal fuerza,

es porque sopla congelado el cierzo

      y el frío me penetra».

   Entre las nubes lóbregas asoma

la luna, siempre triste y macilenta:

-«¡Tus ojos se humedecen y se enturbian,

      bellísima Sirena!»

   -«No se enturbian mis ojos ni humedecen:

salgo del mar que protector me alberga;

de sus olas amargas una gota

      en mis pupilas queda».

   Lanza un grito agorero la gaviota;

bate el mar espumoso la ribera:

-«¡Cuál tu agitado corazón palpita,

      bellísima Sirena!

   -¡Si así palpita mi azorado pecho,

si salta el corazón y arden mis venas,

es, gallardo mortal, porque te adoro

      con ansiedad frenética!»


   Paso por tu casa y miro,

cuando brilla la mañana:

¡cuán dulcemente suspiro

niña hermosa, si te admiro

asomada a la ventana!

   En mí clavas complacientes

los ojos, negros y ardientes,

y que preguntas infiero:

-«¿Quién eres? ¿Qué es lo que sientes,

melancólico extranjero?»

   -«¿Quién soy?... Un vate alemán;

y allí me conocen bien:

si citan con noble afán

nombres que gloria les dan,

citan el mío también.

   «¿Qué siento?... Lo que yo siento

lo sienten muchos allí;

cuando citan un portento

de infortunio y sufrimiento,

también me citan a mí».


   El mar brillaba con la luz extraña

que da el ocaso a las dormidas olas:

los dos, del pescador en la cabaña,

silenciosos estábamos y a solas.

   Remontábase lenta nube obscura;

audaz tendía la gaviota el vuelo;

y una lágrima hermosa, tibia y pura,

bañó tus ojos y nubló su cielo.

   Miré, ansioso, rodar por tu mejilla

y caer en tu mano aquella perla;

y doblé conmovido la rodilla,

y con ardiente labio fui a beberla.

   Desde entonces la frente doblo triste,

y sufre el corazón rudo quebranto:

mira, desventurada, lo que hiciste;

envenenóme el corazón tu llanto.


   Hay en las cumbres aquellas

un castillo encantador,

y en el castillo tres bellas:

me han probado todas ellas,

me han probado bien su amor.

   Gocé el lunes los abrazos

de Amalia; en los mismos lazos

me estrechó el martes María,

y el miércoles Rosalía

me descoyuntó en sus brazos.

   El jueves, gran recepción

tuvieron: ¡soberbia noche!

¡Qué lujo! ¡Qué ostentación!

Iba en larga procesión

gente a caballo y en coche.

   No me invitaron; y a fe

que el ardid inútil fue:

mi ausencia se hizo notar,

y hubo la que yo me sé

de reír y murmurar.


   Cual nube confusa y vaga,

la ciudad se ve a lo lejos

entre sombras y reflejos

de la tarde que se apaga.

   Riza el agua el viento leve;

mi barquero, acompasados

alza los remos pesados

y la negra lancha mueve.

   Y el sol su postrer fulgor

aún lanza para alumbrar

el malhadado lugar

que fue tumba de mi amor.


   ¡Bien hayas, oh bulliciosa

inexcrutable ciudad!

Entre la turba afanosa

guardaste un día a la hermosa

que era mi felicidad.

   Torres y puertas, ¿qué fue

de la bella a quien adoro?

En prenda os la confié,

y cuentas os pediré,

de mi perdido tesoro.

   Mas, no sois culpables, no,

viejas torres, de sus tretas;

pues hubisteis de estar quietas

cuando la loquilla huyó

con sus cofres y maletas.

   Tú, que la debiste ver,

negro portal, ¿qué me dices?

Que nunca sabes qué hacer

cuando nos da una mujer

con la puerta en las narices31.


   Sigo la antigua senda acostumbrada

      la calle que solía;

y me llevan los pies a su morada,

      hoy lóbrega y vacía.

   ¡Cuán angosta es la calle! El pavimento

      ¡cuán escabroso y duro!

-Las paredes caer sobre mí siento,

      y la marcha apresuro.


   Entré en la estancia de la hermosa mía,

juróme amor con lágrimas fervientes:

do cayeron sus lágrimas, bullía

      enjambre de serpientes.


   Tranquila está la noche; silenciosa

la calle; éste es el sitio; aquí vivía.

Ha mucho tiempo huyó la niña hermosa:

la casa aún está allí, triste y vacía.

   ¡Y un hombre miro al pie, sombra importuna

que los brazos levanta delirante!...

¡Santos cielos! ¡Al rayo de la luna

descubro en su semblante mi semblante!

   Pálido espectro de mis penas propias,

¿por qué, dándome inútiles reproches,

el loco afán en las tinieblas copias,

que así llenó mis anhelantes noches?


   ¿Y puedes dormir en calma

sabiendo que aún vivo yo?

¡Renace la ira en el alma

que su yugo sacudió!

   ¿Recuerdas lo que decía

la canción? Murió un doncel,

volvió, y a la tumba fría

llevóse a su amada infiel.

   Niña hermosísima, advierte

lo que a recordarte voy:

aún vivo, aún vivo, y más fuerte

que todos los muertos soy.


   La hermosa duerme en su cuarto:

entra en él la luna pálida;

dulce música de valses

oye sonar en la plaza.

   «¿Quién turba mi sueño?» dice,

y se asoma a la ventana:

¡es un horrible esqueleto

que toca a la vez y canta!

   -«Un vals tú me prometiste,

y has faltado a la palabra:

ven conmigo al Camposanto:

esta noche, allí es la danza».

   La hermosa salta del lecho,

la hermosa sale de casa,

la hermosa sigue al espectro,

que al par toca, brinca y marcha.

   Marcha, brinca, toca y hace

con su horrenda frente calva

al resplandor de la luna

mil reverencias extrañas.


   Yo contemplaba su retrato en sueños,

      su imagen bendecida,

y vi brotar de súbito, halagüeños,

      los signos de la vida,

   Dulce sonrisa, de indecible encanto,

      abrió sus labios rojos;

gota feliz de cariñoso llanto

apareció en sus ojos.

   Y corría también por mi semblante

      lloro mal contenido;

y «¡No puedo, exclamaba delirante,

      creer que la he perdido!»


   ¡Atlante soy, cansado y dolorido!

A cuestas llevo un mundo, el del dolor.

Llevo lo que llevar nadie ha podido;

y ya sucumbo al peso abrumador.

   ¡Soberbio corazón, tú lo quisiste!

Pedías todo el bien o todo el mal;

no puedes pretender sino más triste;

cumplida está tu aspiración fatal.


   Los años vienen y van

se abre y se cierra la tumba,

y no logro que sucumba

este apasionado afán.

   Y no querrá nunca Dios

que feliz llegue a su lado,

y exclame, a sus pies postrado:

«Señora, muero por vos».


   ¡Oh dulce ensueño! Brilla desmayada

la luna, y me conducen sus reflejos

a la ciudad do vive mi adorada

      allá, lejos, muy lejos.

   Contemplo su morada embebecido,

y un beso en el umbral mi labio sella,

en el umbral que roza su vestido

      y su breve pie huella.

   Larga es la noche y fría cual ninguna:

frío el umbral, do extático me postro;

y en la ventana, al rayo de la luna,

      resplandece su rostro.


   Oh solitaria lágrima ¿qué quieres?

      ¿Por qué enturbias mis ojos?

Ultimo resto y único tú eres

      de pasados enojos.

   ¡Muchas hermanas, lágrima, tuviste!

      ¡Todas se evaporaron!

Con mi breve ilusión y mi afán triste,

      cayeron y pasaron.

   Pasaron los fantásticos reflejos

      que en larga noche obscura

alumbraban falaces a lo lejos

      mi soñada ventura.

   Pasó el ansiado amor, cual soplo leve

      de la fortuna varia:

¡pasa, cual ellos, silenciosa y breve,

      lágrima solitaria!


   Brilla la menguante luna

entre nubarrones pardos;

solitaria la abadía

está junto al Camposanto.

   La Biblia estudia la madre;

mira la luz el muchacho;

la hermana mayor dormita;

dice la otra bostezando:

   «¡Todos los días lo mismo!

¡Qué fastidio y qué cansancio!

han de enterrar algún muerto

para ver nosotros algo».

   Sin dejar la madre el libro,

dice: «Ya trajeron cuatro

desde el día en que a tu padre,

(que en paz descanse) enterraron».

   La hermana mayor exclama:

«De pasar hambre me canso:

iréme a casa del conde,

que es rico y apasionado».

   Y el mozo: «Tres cazadores

vi en la venta, echando un trago:

van esparciendo doblones,

y han de enseñarme a buscarlos.»

   La Biblia le arroja al rostro

la madre, y con grito amargo,

prorrumpe: -«¡Facineroso

quieres ser, hijo malvado!»

   Y llaman a la ventana,

y signos hace una mano,

y está allí el padre difunto

envuelto en sus negros hábitos.


   ¡Cuánta nieve! ¡Cuánto frío!

¡Qué noche! ¡Qué tempestad!

Ruge el huracán bravío,

y en la ventana, sombrío,

contemplo la obscuridad.

   ¿Qué es aquel fulgor lejano

que pálida luz refleja?

Una pobrecilla vieja,

con la linterna en la mano,

pausadamente se aleja.

   Va a comprar regocijada

manteca, huevos y miel;

y a su niña idolatrada

le hará el que tanto le agrada

jugoso y dulce pastel.

   Reclinada en sillón blando

la hija, con plácido hechizo,

la luz mira dormitando,

y un dorado y suelto rizo

baja, sus hombros rozando.


   Dicen que amor inclemente

abrió a mis pies un abismo;

tanto lo dice la gente,

que acabaré, finalmente,

por creérmelo yo mismo.

   Muchas veces te juré

amor y constante fe,

niña de rasgados ojos,

y te dije mis enojos,

y que por ti moriré.

   Mas no, solo, en tu aposento

te declaré lo que siento;

cuando en tu presencia me hallo

cuanto más decir intento,

más vacilo, tiemblo y callo.

   Angeles malos mi boca

cerraron -¡aprensión loca!-

y por ello sufro así:

¡ángeles malos, cuán poca

piedad hubisteis de mí!


   ¡Pudiera yo tu mano de azucena

      besar sólo una vez!

¡Llevarla al corazón, que por ti pena,

y morir de amorosa languidez!

   Tus ojos de violeta ruborosa

fulguran día y noche para mí:

ese problema azul, que así me acosa,

       ¿qué significa? Di.


   -«¿Y tu amorosa dolencia

no habrá llegado a entender?

¡No pudiste en ella ver

señal de correspondencia!

¿Cuando estás en su presencia,

nada del fuego interior

te revela el resplandor

de sus pupilas hermosas,

a ti, que en tan dulces cosas

eres maestro y doctor?»


   Ambos se amaban, y ninguno quiso

      confesar su pasión;

¡cual si enemigos fueran, se miraban,

      muriéndose de amor!

   Separáronse al fin; no más en sueños

      el uno al otro vio;

estaban ambos muertos, sin saberlo

      ninguno de los dos.


   Cuando con hondos lamentos

les dije mis sufrimientos,

nadie los quiso escuchar:

hoy cuento los mismos males

en renglones desiguales;

y me aplauden a rabiar.


   Llamé al diablo, y vino al punto.

¡No fue pequeño mi asombro!

no es, como dice la gente,

feo, cornudo ni cojo.

   Es simpático, elegante,

bastante joven, buen mozo,

muy cortés, hombre de mundo,

complaciente y obsequioso.

Es, además, consumado

político, y en sus ocios

sobre el Estado y la Iglesia

diserta con gran aplomo.

Tiene la color quebrada,

y mas no es extraño tampoco,

y pues ahora estudia el sanscrito

y los modernos filósofos

Su poeta predilecto siempre es Fouqué32. Gusta poco

de los críticos, y evita

debates contradictorios.

   Alegráse cuando supo

que estudié en años remotos

jurisprudencial y me dijo

que él cursó los prolegómenos.

Añadióme que estimaba

mi trato, como un tesoro;

e inclinándose repuso:

«Os vi, si no me equivoco,

en la embajada española».

Y, mirando bien su rostro,

caí al fin en que hace tiempo

conocía yo al demonio.


   Acuérdate del diablo y de sus cuernos;

      la humana vida es breve:

y la caldera que arde en los infiernos,

      no es cuento de la plebe.

   Paga las deudas, y el Señor te asista;

      larga es la vida humana,

y tendrás que acudir al prestamista

      quizá otra vez mañana.


   Preguntan los magos venidos de Oriente

a todos aquellos que encuentran y ven:

«Decid, gente honrada, decid, buena gente,

¿cuál es el camino que va hacia Belén?»

   Si nadie contesta, si nadie lo sabe,

no el séquito regio su marcha paró:

estrella divina de luz pura y suave

les marca la ruta que el cielo trazó.

   Detiénese el astro de luz bienhechora

encima del santo y humilde portal;

el buey allí muge, y el Niño-Dios llora,

y entonan los Magos el himno triunfal.


   Inocentes niños éramos33,

inocentes niños ambos;

solíamos en la paja

del gallinero ocultarnos.

   Al gallo y a las gallinas

tanto y tan bien remedábamos,

que oír la gente pensaba

a las gallinas y al gallo.

    Con unos tapices rotos

y unos cajones del patio,

para vivir los dos juntos,

fingíamos un palacio.

   Una gata vieja y flaca

venia de vez en cuando:

¡cuántos saludos le hicimos,

reverencias y agasajos!

   ¡Cuántas afables preguntas

sobre su salud y estado!

¡Ay! ¡con cuántas gatas viejas

habremos hecho otro tanto!

   Como personas formales

hablábamos algún rato,

echando siempre de menos

el feliz tiempo de antaño.

   «Amor, buena fe, constancia,

se van, como por ensalmo;

está el café por las nubes;

¿y el dinero?... ¡no hay un cuarto!»

   Pasaron aquellos juegos,

y también -¡ay Dios- pasaron

amor, buena fe, constancia

ilusión, vida y encanto.


   Me oprime anhelo profundo,

si pienso en la antigua edad:

¡cuán deleitoso era el mundo!

¡Qué manantial tan fecundo

de amor y felicidad!

   Hoy, un mal va de otro en pos;

y por rendir testimonio

de su impotencia los dos,

muerto, allá arriba, está Dios;

muerto, allá abajo, el demonio.

   ¿Qué de nosotros sería

en esta Babel sombría,

do lucha todo sin calma,

a no guardar, vida mía,

un poco de amor el alma?


   Como en el negro cielo encapotado

surge la luna plácida y serena,

así del fondo obscuro del pasado

brota imagen de amor que me enajena.

   Surcábamos el Rhin: pausadamente

empujaba la barca el patrio río:

brillaba en la ribera floreciente

tarde feliz de luminoso estío.

   A las plantas sentado de mi amante,

el bien gozaba que perdido lloro;

el sol, arrebolando su semblante,

daba a su blanca frente nimbo de oro.

   Coro de bellas vírgenes cantaba:

todo era amor y encanto y alegría:

el pecho ¡cuán feliz se dilataba!

el cielo !cuán azul resplandecía!

   Aldeas y castillos, selva y prados,

pasaban en visión esplendorosa,

y yo los contemplaba retratados

en las claras pupilas de mi hermosa.


   Hallé en sueños a mi amada:

¡cuán desdichada criatura!

Encorvado está su cuerpo

y todas sus gracias mustias.

Lleva un niño de la mano,

otro en los brazos, y anuncian

mirada, ademán y traje

flaquezas y desventuras.

   Por la plaza del mercado

va errante y meditabunda;

me mira, y así le digo

con voz pausada y convulsa:

   «Enferma estás y abatida;

ven, mujer, mi casa es tuya»;

con mi auxilio y mi trabajo

no ha de faltarte pan nunca.

   De esos dos niños que llevas,

curaré, si Dios me ayuda;

y de ti, más que de todos,

¡desventurada criatura!

   Para contar que te quise

ha de ser mi boca muda,

y una lágrima piadosa

verteré en tu sepultura».


   ¿Siempre repetirás, oh caro amigo,

      una misma canción?

¿Siempre estarás inmóvil empollando

los huevos rancios de tu añejo amor?

Los polluelos la cáscara quebrantan;

pían, brincan después, corren al sol;

y atrapándoles tú -¡pobres polluelos!-

en tus libros les das jaula y prisión.


   No te impacientes, cariñoso amigo,

      porque al añejo afán

responda con monótonos acentos

      cada nuevo cantar.

   Aguarda, aguarda a que se pierda el eco

      de mi pasión fatal,

y los trinos de nueva primavera

      del alma brotarán.


   Ya es hora, sí, ya es sazón

de apartar del corazón

la locura que lo asedia;

bastante, cual pobre histrión,

representé la comedia.

   Eran góticos salones

bambalinas y telones;

purpúreo manto mi traje;

novelescas mis pasiones;

romántico mi lenguaje.

   Di fin a tal fingimiento;

pero el mal no se remedia:

las mismas angustias

siento: parece que represento todavía la comedia.

   Es que, burlando, decía

mi afán secreto y profundo:

la muerte en el alma mía

llevaba cuando fingía

al luchador moribundo.


   Reza, suspira, ayuna y se flagela

      Wiswamitra, el gran rey34,

porque la vaca de Wasista anhela

      ganar en buena ley.

   Pues de ese modo atormentarte quieres,

      Wiswamitra, gran rey,

por una vaca mísera, no eres

      más que un solemne buey.


   Corazón, corazón, calla y espera;

sufre sin quejas el destino eterno

renacerá otra vez la primavera

      tras el áspero invierno.

   Aún no agotó la vida sus mercedes:

¡Bello es el mundo, luminoso el día!

y todo aquello que te plazca, puedes

      amarlo todavía.


   Hermosa, sencilla y pura

eres tú, cómo una flor;

cuando admiro tu hermosura

mi pobre pecho tortura

indefinible dolor.

   Y mi diestra cariñosa

sobre tus sienes se posa,

y a Dios pido, para ti,

que siempre seas así:

pura, sencilla y hermosa.


   Niña, por tu salvación

pido al ángel de tu guarda

que tu puro corazón

en la insensata pasión.

que abrasa el mío, no arda.

   Y de tan cumplido modo

acoge Dios mi querella,

que a tanto no me acomodo,

y a veces exclamo: ¡si ella

me amase, a pesar de todo!


   Siempre que en la noche obscura

el lecho tranquilo y blando

sosiego y paz me procura,

pasa, mis sienes rozando,

una imagen bella y pura.

   El sueño con su beleño

cierra mis ojos risueño;

y esa imagen, pura y bella,

en lo mejor de mi sueño

su apacible luz destella.

   Y cuando el alba tardía

borra de la fantasía

toda nocturna visión,

aún la llevo todo el día

dentro de mi corazón.


   ¡Niña de las pupilas brilladoras

      y el labio de rubí!

¡Niña, niñita mía! a todas horas,

      estoy pensando en ti.

   La luenga noche del invierno helado

      me retiene en tu hogar,

y feliz puedo, junto a ti sentado,

      charlar y más charlar.

   ¡Si pudiera rozar con labio ardiente

      tu mano ¡oh dulce bien!

y derramar en ella juntamente

      mis lágrimas también!


   Caiga la nieve a montones,

llueva y granice sin fin,

haga el viento en mis ventanas

todos los vidrios crujir:

poco el temporal me importa,

llevando dentro de mí

la imagen de mi adorada

y los céfiros de abril.


   A San Pedro o San Pablo rezan unos;

otros, devotos de la Virgen son;

yo sólo a ti consagro mis plegarias,

      a ti, plácido sol!

   Sé para mí benéfica y piadosa;

dame besos y abrazos, dame amor,

entre adorados soles, virgen bella,

entre vírgenes bellas, áureo sol!


   ¿No te basta que pálido el semblante

te revele mi afán y mi dolor?

¿Quieres tú que mendigue suplicante

mi propio labio tu altanero amor?

   Altanero es también el labio mío:

sólo sabe besar o sonreír

y fingirá quizás mofa o desvío

cuando estaré sintiéndome morir.


   «¡Ay! amigo, nuevamente

ama tu espíritu ardiente

con insensata pasión;

no la define aún tu mente;

mas late en tu corazón.

   »Tú protestas: ¡Dios me guarde!

¡Yo enamorado!... ¡Embeleco!

y tu corazón tal arde,

cuando eso dices cobarde,

que se te quema el chaleco».


   Mi corazón anhelante

buscó reposó y placer

a tu lado; tú, inconstante,

te separaste al instante:

¡tenías mucho que hacer!

   Te dije, prenda adorada,

que era tuya el alma mía;

y tú, esquiva y asombrada,

soltando la carcajada,

me hiciste una cortesía.

   La herida que me abre el pecho

después más profunda has hecho,

y un agravio de otro en pos,

me ha negado tu despecho

hasta el beso del adiós.

   ¿Piensas que una bala cruel

fin a mis ansias dará?

Cuesta tragar tanta hiel;

pero eso, mi hermosa infiel,

me ha pasado otra vez ya.


      Espléndidos zafiros

son tus azules, celestiales ojos:

      ¡Feliz, feliz el hombre

a quien miren extáticos y absortos!

      Purísimo diamante,

es tu fiel corazón, como no hay otro:

       ¡Feliz, feliz el hombre

por quien irradie sus destellos todos!

      Son fúlgidos rubíes

tus dulces labios, que me vuelven loco:

      ¡Feliz, feliz el hombre

a quien sonrían tiernos y amorosos!

      Si en apartada selva

yo, frente a frente, le encontrara, y solo,

      ¡cuán poco sus venturas

      duráranle, cuán poco!


   Tu corazón perseguí

con vanas galanterías;

pero en mis redes caí,

trocándose para mi

en veras las burlas mías.

   Tú, con faz galante y leda,

puedes en igual moneda

pagar mi tardo suspiro;

y a mí un recurso me queda

radical... ¡pegarme un tiro!


   El mundo, el alma, la vida,

son descosidos fragmentos:

buscando voy un filósofo,

germánico, por supuesto,

que un buen sistema me hilvane

atando esos cabos sueltos.

Con su bata y con su gorro,

ya, orondo y grave, le veo

tapando todas las grietas

y fallas del Universo.


   Quebréme la cabeza noche y día

con mil problemas de áridos enojos;

y descubrí la incógnita, alma mía,

      al contemplar tus ojos.

   Todo mi ser del resplandor brillante

de tu dulce pupila está suspenso:

desde que soy tu afortunado amante,

      en nada más ya pienso.


   Está toda la casa iluminada:

      gran fiesta tienes hoy:

pasar veo una sombra por el claro

      del abierto balcón.

   Tú no ves que abismado en las tinieblas

      aquí, a tus pies, estoy;

y menos podrás ver lo que escondido

      guardo en el corazón.

   Mi corazón palpita y se destroza,

      loco por ti de amor;

mi corazón te adora y se desangra;

      mas tú, no lo ves, no.


   Para dárselas al viento,

y que el viento las llevara,

quisiera encerrar mis penas

en una sola palabra.

   A ti te la llevaría,

hermosísima tirana,

para que a cada momento

la oyeras y la escucharas.

   Y cuando cierra la noche

tus pupilas adoradas,

aún la estarías oyendo

en los ensueños del alma.


   Tienes perlas, diamantes, todo cuanto

      vosotras anheláis;

tienes ojos hermosos cual ningunos:

      dime, ¿qué quieres más?

   Millares dediqué de dulces versos,

      que nunca morirán,

a tus ojos, hermosos cual ningunos:

      dime, ¿qué quieres más?

   Y esos ojos hermosos cual ningunos,

      pagáronme tan mal,

que a tus plantas exánime fallezco:

      dime, ¿qué quieres más?


   El que ama por vez primera,

aunque amado ser no espera,

es grande, cual Dios, quizá;

pero el que así otra vez quiera

un majadero será.

   Yo soy ese majadero,

que otra vez amo y no espero:

sol, luna y estrellas, todo

se ríe de mí a su modo;

yo río también... ¡y muero!


   Diéronme con insistencia

consejos -¡aún los escucho!-

y con gran benevolencia

inculcáronme paciencia:

¡oh, me protegieron mucho!

   Mas, protegiéndome así,

en la tumba dan conmigo,

si al verme cerca de allí,

un valiente, un buen amigo,

no se interesa por mí.

   El me sostuvo y salvó;

jamás habré de olvidarlo:

una cosa me afligió;

no poder nunca abrazarlo,

porque ese amigo... era yo.


   Este gentil mozalbete

me encanta y hace feliz:

a veces toma conmigo

ostras, licores y Rhin.

   Temprano, en paños menores,

bata y gorro de dormir,

viene todas las mañanas,

y se interesa por mí.

   Me habla de mi excelsa gloria,

de mi ingenio y de mi vis,

pronto siempre a complacerme

en cuanto pueda servir.

   Por la noche, en la tertulia,

con sonoro retintín

mis versos a las señoras

hace escuchar y aplaudir.

   ¡Qué fortuna haber hallado

un mozo de tanto esprit,

en el tiempo que corremos

tan envidioso y tan ruin!


   Soñé que era el señor Dios,

y que estaba allá en el cielo;

circundábanme los ángeles

cantando a coro mis versos.

   Hartábame a todas horas

de merengues y buñuelos;

bebía Jerez y Málaga,

y a nadie adeudaba un céntimo.

   Era feliz: ¡me aburría!

a la tierra hubiera vuelto;

y a no ser Dios en persona,

a los demonios me entrego.

   «Gabriel, ángel zanquilargo,

ponte las botas corriendo;

busca a mi amigo Perico;

tráemelo sin perder tiempo.

   »No lo busques en las aulas,

ni en la iglesia mucho menos;

en casa de Juana búscalo,

en la taberna o el juego».

   Abre sus alas de gallo

el ángel, y emprende el vuelo;

dentro de pocos minutos

vuelve con mi amigo Pedro.

   «Dios soy, amigo Perico;

factótum del Universo.

¿No te dije muchas veces

que era mozo de provecho?

   »Cada día hago un milagro:

y ahora, para tu recreo,

voy a convertir en Jauja

a Berlín por un momento.

   »Se abrirán los adoquines,

y al abrirse todos ellos,

una, ostra, fresca y sabrosa,

aparecerá allí dentro.

   »Lloverá sidra y cerveza;

e irá manando y fluyendo

el mejor vino del Rhin

por todos los sumideros.

   »¡Cuál corren los berlineses!

¡Cómo doblan el pescuezo

y en el arroyo se abrevan

los áulicos consejeros!

   »¡Cuánto deleita a los vates

el celestial refrigerio!

Alféreces y tenientes

chupan y lamen los suelos.

   »Alféreces y tenientes

piensan, cual gente de seso,

que no se repiten todos

los jueves estos portentos».


   En Agosto os dejé, señora mía,

y en el glacial Enero os vuelvo a ver;

en vuestro pecho es hoy ceniza fría

lo que era lava de volcán ayer.

   Os dejo: cuando vuelva nuevamente,

ni frío ni calor sentiréis ya;

hollaré vuestra tumba indiferente

muerto también mi espíritu estará.


   ¡Arrancado a tus labios de ambrosía!

¡A tus abrazos, que tan dulces son!

      Detenerme quería;

pero impaciente el látigo esgrimía

      el fiero postillón.

   ¡Esa es la vida, sí! ¡Continuo llanto,

continuo adiós, continuo padecer!

      ¿Por qué, si me amas tanto,

no tuvieron tus ojos más encanto,

no tuvieron tus brazos más poder?


   Era noche bien obscura

la que en la posta pasamos;

abrazaba tu cintura,

y con alegre locura,

reímos y bromeamos.

   Cuando el matinal albor

brilló alegre y placentero,

vimos con mudo estupor

sentado otro pasajero

entre los dos: el Amor.


   ¡Dios sabe dónde esa loca

chiquilla se habrá hospedado!

Toda la ciudad, lloviendo,

he corrido, y renegando.

   Pregunté de fonda en fonda;

y en todas me desahuciaron

mayordomos desabridos

y camareros zanguangos.

   De pronto, al balcón la veo,

y suelta a la risa el trapo:

¡quién pensara que vivieras,

niña, en tan regio palacio!


   Cual fantásticas figuras,

a un lado y al otro lado

se extienden casas obscuras:

en negra capa embozado

marcho tras dulces venturas.

   Doce campanadas toca

la vieja torre sombría:

con mil besos en la boca,

me aguarda, de amores loca,

la querida niña mía.

   La luna brilla oportuna,

y sus pálidos raudales

iluminan mi fortuna;

llego a los gratos umbrales

y exclamo: «¡Propicia luna!

   »¡Astro piadoso y bendito!

Yo tu constancia acredito,

pues no me engañas jamás;

ahora, no te necesito;

brilla para los demás.

   »Y si al recorrer los cielos,

ves algún amante triste

llorando amargos anhelos,

dale los dulces consuelos

que en otros tiempos me diste».


   Y cuando seas mi feliz esposa,

      amada niña mía,

tu vida será cielo de oro y rosa,

      de amor y de alegría.

   Sufriré tus caprichos más perversos

      con cachazudo aguante;

mas, si no elogias tú todos mis versos,

      divórciome al instante.


   La sien ardorosa inclino

sobre tus hombros de nieve,

y sorprendo y adivino

otro cambio repentino,

en tu corazón aleve.

   Suena trompeta cercana,

y se acerca presurosa

tropa de húsares galana;

ya sé, niña veleidosa,

que me dejarás mañana.

   Mañana me dejarás;

pero aún eres hoy mi encanto:

y te estrecho más y más,

y en tu! brazos gozo tanto

corno no gocé jamás.


   Suena trompeta cercana;

¡Cuál trota la compañía

de los húsares galana!

Toma esta rosa temprana;

tómala, querida mía.

   ¡Qué estruendo! ¡Qué confusión!

¡Qué animado movimiento!

¡Gallardos mancebos son!

¡Cuántos en tu corazón

tendrán ya su alojamiento!


   También en mis dulces años

placeres y desengaños

del amor, niña sentí.

Hoy la hoguera está apagada

no arde la leña mojada;

y ¡pardiez! más vale así.

   Enjuga, pues, niña bella,

esa lágrima, y con ella

borra un recuerdo a la vez.

Deja cerrarse la herida,

y el antiguo amor olvida

entre mis brazos ¡pardiez!


   ¿Por qué tan duro rigor?

¿Cómo mudanza tan breve?

Todos, ¡oh mujer aleve,

han de escuchar mi clamor!

   Tus labios, amante impía,

¿qué quejas pueden tener

del que con tanto placer

los besaba noche y día?


   Esos son, esos son los claros ojos

que me daban la alegre bienvenida;

esos son, esos son los labios rojos

      que endulzaban mi vida.

   Esa es la blanda voz que el alma absorta

oyó en sueños de vago idealismo;

pero ¿qué importa ¡ay misero! qué importa,

      si yo no soy el mismo?

   Aún son dulces y tiernos sus abrazos,

aún me encadena su flexible nudo;

pero yo estoy inmóvil en sus brazos,

      inmóvil, hosco y mudo.


   Ni pudisteis comprenderme,

ni os pude yo comprender;

cuando en el fango caímos

nos comprendimos muy bien.


   ¡Cuánto se alarmaron, cuánto

los eunucos, ¡cielo santo!

cuando levanté la voz!

¡Dijeron que era mi canto

grosero, incivil, atroz!

Unieron en sutil coro

sus vocecitas de grillo,

y con el mayor decoro

cantaron rancio estribillo,

sentimental y sonoro!

   Era amorosa canción,

llena de tiernas querellas,

y la escuchaban las bellas

con tan sensible emoción,

que lloraban todas ellas,


   Salamanca, en tus afueras

es el aire puro y fresco;

allí, en las tardes de estío,

con mi dama me paseo.

   Su deliciosa cintura

con brazo atrevido estrecho;

y mi diestra feliz siente

el palpitar de sus pechos.

   Pero suena en la arboleda

murmurio vago y siniestro;

ronco molino repite

fatales presentimientos.

   ¡Mal presagio, hermosa mía!

Próximo miro el encierro:

afueras de Salamanca,

dieron fin nuestros paseos.


   El gallardo caballero

le llaman a don Enríquez;

junto al mío está su cuarto;

sólo hay por medio un tabique.

   Las damas de Salamanca

por mirarlo se desviven

cuando cruza calle abajo,

con sus galgos y mastines.

   Mas él la tranquila noche

pasa, solitario y triste,

los dedos en la vihuela,

y el alma en los imposibles.

   Sus ensueños y canciones

llevan los vientos sutiles:

¡compasión me das y grima,

don Enríquez, don Enríquez!


   Nos vimos, y en tus ojos al instante

comprendí que a mi afán correspondías;

si tu madre cruel no está delante,

estallan, sí, tus ansias y las mías

      en beso delirante.

   Tu hogar tranquilo dejaré mañana;

seguiré solitario mi sendero;

saldrás, hermosa rubia, a la ventana;

y yo te mandaré, desde lejana

      cumbre, mi adiós postrero.


   En la lejana cúspide el sol brilla

despertando al aprisco balador:

¡si antes de abandonar la hermosa villa,

pudiera verte, dulce corderilla,

sol matutino, idolatrado amor!

   Alzo los ojos: ¡esperanza vana!

¡Adiós! Marcho, mi bien, ¡lejos de ti!

Quieta está la cortina en la ventana:

aún duerme mi querida soberana:

¡quién sabe si estará soñando en mí!


   Hay en Halle, en la plaza del Mercado,

dos leones gigantes y soberbios:

¡leones ferocísimos del Halle,

cómo os domaron ya! ¡cómo os pusieron

   Hay en Halle, en la plaza del Mercado,

un figurón fornido y corpulento;

espada empuña pero no la esgrime:

inmoble está; petrificólo el miedo.

   Hay en Halle, en la plaza del Mercado,

una iglesia tan grande, que allí dentro

todas las cofradías y hermandades

tienen sitio y lugar para sus rezos35.


   Inunda bosque y pradera

la noche de primavera,

hermosa como ninguna:

brilla en Oriente la luna

dorada en la azul esfera.

   Junto a la mansa corriente

el grillo chilla estridente;

y en la tranquila extensión

algo el pasajero siente,

cual vaga palpitación.

   Allá, en fuente cristalina,

báñase la hermosa ondina;

y con plácidos asombros,

la tibia luna ilumina

su blanca espalda y sus hombros.


   La noche cubre campos y senderos;

lacio está el cuerpo, enfermo el corazón.

Vierte, oh luna, tus rayos placenteros,

      como una bendición.

   Calmen tus luces puras y tranquilas

de las tinieblas el pavor fatal,

y derramen en mi alma y mis pupilas

      rocío celestial.


   Dura jornada es la vida,

noche fresca, bendecida

lo que el mundo muerte nombra;

duerme, duerme, alma rendida:

lo llena todo la sombra.

   Árbol de eterno verdor

crece ya sobre mi tumba;

trina en él un ruiseñor,

y en mis sueños aún retumba

un postrer canto de amor.


   Dime, dime ¿qué fue de aquella hermosa

que inspiró tu dulcísimo cantar?

¿Qué fue de aquella hoguera esplendorosa

donde tu corazón iba a estallar?

   Murió la hoguera, tan voraz un día;

cansado late el pecho y sin calor;

y este mísero libro es la urna fría

que guarda las cenizas de mi amor.


Ocaso de los dioses

   Mayo llegó, con sus doradas lumbres,

sus tibios soplos y perfumes suaves;

y abriendo de las pálidas violetas

las azules pupilas, nos saluda.

De hebras de luz y perlas de rocío

teje verde tapiz, bordando flores

la Primavera, y a los hombres llama,

que al llamamiento dóciles acuden.

Calzón de dril y chupa dominguera

el galán viste, con botones de oro;

traje ostenta de cándida blancura

la dama; el boquirrubio mozalbete

se atusa el bozo; y la doncella libre

deja ondular el oprimido seno.

Mete en la faltriquera el vate urbano

los espejuelos, el papel y el lápiz;

y al abierto portal lánzanse todos.

Sobre el césped acampan; los renuevos

admiran de los árboles; arrancan

pintadas flores; los gorjeos oyen

de las alegres aves, y gozosos

lanzan su grito a la cerúlea esfera.

   Mayo llegó: ¡también para mí vino!

llamó tres veces a la puerta, y -«Abre:

Mayo soy, dijo; acariciarte quiero,

pálido soñador». Pasé el cerrojo,

rodé la llave, y contestéle: -«En vano,

en vano llamarás, pérfido huésped;

te conozco: conozco el artificio

del mundo; he visto tanto, que ya el alma

perdió toda ilusión y la atormenta

dolor eterno. Los cerrados muros

pasa mi vista del hogar humano

y del humano corazón, y dentro

hallo farsa y ardid, miseria y dolo.

Leo los pensamientos en las frentes;

¡pensamientos infames! El rosado

rubor de la doncella, esconde el ansia

secreta del placer; y en la orgullosa

sien del mancebo audaz, miro el birrete

multicolor de la locura; sólo

mamarrachos deformes o enfermizas

sombras veo en la tierra, y me pregunto

si es manicomio u hospital. Penetro

la corteza. terrestre; cual si fuera

de transparente vidrio; en hoyo estrecho

veo los muertos, con las manos juntas,

las pupilas abiertas, blanco el rostro,

blanco el sudario, y en los secos labios

amarillentas larvas. ¡Y contemplo

sentado al hijo, con su alegre amante

en coloquio trivial, sobre la tumba

de su padre infeliz! Los ruiseñores

cantan mordaces; maliciosas ríen

las flores doctas; tiembla el padre muerto

en su féretro obscuro, y dolorida,

se estremece también la madre Tierra.

    ¡Mísera Tierra! ¡tu dolor comprendo!

Arder el fuego en tus entrañas miro,

abrirse tus arterias, y a torrentes

llamaradas lanzar y verter sangre.

Veo salir a los soberbios hijos

de los Titanes, de las negras simas,

rojas antorchas agitando; yerguen

su escala férrea, y a la eterna cumbre

trepan con sordo estrépito; tras ellos

negros enanos van, y al rudo choque

caen hechas trizas las estrellas de oro.

Con mano audaz desgarran del divino

tabernáculo el velo, y acometen

con feroces aullidos, a la santa

angélica legión. Pálido y mudo,

está Dios en su trono: la corona

arranca de las sienes, y se mesa

la cabellera augusta. Los titanes

avanzan; las antorchas encendidas

dentro del reino celestial arrojan;

y los enanos negros, con azotes

flamígeros, castigan las espaldas

de los vencidos ángeles, que ruedan,

se encorvan, se retuercen, y arrastrados

por las guedejas son. ¡Y estaba entre ellos

mi ángel también; el de dorados bucles

y dulce rostro; el que el amor eterno

lleva en los labios, y en la azul pupila

la dicha celestial! Y un duende negro,

hediondo y espantable, álzalo en brazos,

contempla ansioso su gentil belleza

y con muelle deleite lo acaricia.

Y suena entonces pavoroso grito,

que agita al Universo; sus pilastras

rechinan y se tuercen; cielo y tierra

húndense juntos, y lo llenan todo

la antigua noche y la perpetua sombra».


    En el jardín, al declinar la tarde,

pasea la hija del alcaide a solas:

música suena, fuera del alcázar,

      de atabales y trompas.

   -«¡Cuál me fatigan las insulsas danzas!

¡Cómo me aburre la trivial lisonja,

y ese tropel de insípidos donceles

      que al sol me parangonan!

   »¡Cómo me aburre y me fatiga todo

desde que, al rayo de la luna, absorta,

al galán vi, cuyo laúd el alma

      me conmueve y trastorna.

   » Gallardo, altivo, pálido el semblante,

y ardiendo en él pupilas luminosas,

juzgué, cuando le vi, ver a San Jorge

      bajando de la gloria».

   Así, clavando en tierra la mirada,

piensa la bella; cuando en sí retorna,

el gallardo galán desconocido

      a sus plantas se postra.

   A la luz de la luna, de las manos

cogidos van en plática amorosa;

el céfiro los besa y acaricia;

      les saludan las rosas.

   Las rosas les saludan, cual si fueran

mensajeros de amor, y se arrebolan.

-«¿Por qué, mi bien, tu seductor semblante

      vivo carmín colora?

   -» Picáronme mosquitos, dulce dueño,

y en verano me irritan y trastornan,

cual si fuesen de hebreos narigudos

      abominable tropa.

   -»Déjate de mosquitos y de hebreos,

dice el galán que tierno la enamora:

en blanquísimos copos los almendros

      sus pétalos deshojan.

   » En blanquísimos copos los almendros

te dan, mi bien, su delicioso aroma:

dime, tu corazón ¿es todo mío?

      ¿Es mía tu alma toda?

   -»¡Toda, sí! Te lo juro, dulce dueño,

por el Dios Redentor que mi alma adora,

por aquél a quien pérfidos judíos

      dieron muerte afrentosa.

   -» Deja al Dios Redentor y a los judíos,

dice el galán que tierno la enamora:

mira los lirios, que en fulgor bañados,

      columpian sus corolas.

   » Mira los lirios, que en fulgor bañados,

contemplan las estrellas brilladoras.

Di, mi bien, en tus tiernos juramentos,

      ¿de falsedad no hay sombra?,

   -» No hay en mí falsedad, oh dulce dueño,

como en mi sangre, que mi estirpe abona,

de sangre de judíos ni de moros

      no hay siguiera una gota».

   -«Déjate de judíos y de moros».

dice el galán que tierno la enamora

y a un bosquecillo de frondosos mirtos

      en brazos la transporta.

   En las redes de amor ya está prendida:

largos los besos, las palabras cortas,

con fuerza igual en ambos corazones

      la pasión se desborda.

   El ruiseñor amante, en la enramada

ya los nupciales cánticos entona;

las luciérnagas saltan y en el césped

      fingen danzas de antorchas.

   Escúchase, no más, en el silencio,

como apagadas y furtivas notas

el susurro discreto de los mirtos

      y el beso de las rosas.

   Suena de pronto en el vecino alcázar

música de atabales y de trompas;

despierta la doncella, y de los brazos

      huye que la aprisionan.

   -«Las músicas me llaman, dulce dueño;

pero no marches, sin que el labio rompa

del nombre tuyo el pertinaz secreto,

      que a tu amante ya enoja».

   Apacible sonríe el caballero;

besa después la mano de la hermosa;

besa después su nacarada frente;

       besa después su boca.

   Y dice -«Yo, tu amante, noble dama,

el hijo soy de quien las gentes honran;

del docto y venerable gran rabino,

      Jacob de Zaragoza».


-I-

    Hay mil trescientas columnas

en la catedral de Córdoba;

hay mil trescientas columnas

que la cúpula soportan.

   Muros, columnas y cúpula

versos del Korán decoran,

grabados entre arabescos

de guirnaldas caprichosas.

   Reyes moros levantaron

ese templo, de Alá en honra;

las mudanzas de los tiempos

a otros usos lo acomodan.

   En la torre en que vibraba

la voz del muecín sonora,

hoy tañen tristes y lúgubres

las campanas melancólicas.

   En las gradas do se oyeron

las palabras de Mahoma,

hacen tonsurados prestes

sus extrañas ceremonias.

Ante imágenes pintadas

se arrodillan y se postran;

humo de tristes candelas

mancha las bruñidas bóvedas.

   Está Almanzor-ben-Abdala

en la catedral de Córdoba,

y las columnas contempla,

y de este modo razona:

   -«Para el gran Alá os labraron,

columnas firmes y sólidas,

y al culto odiado de Cristo

dais vuestro homenaje ahora.

   »Si así aceptáis la mudanza

que os humilla y os deshonra,

¿qué ha de hacer el hombre débil,

columnas firmes y sólidas?»

   Y con semblante sereno

la gallarda frente dobla

en las pilas bautismales

de la catedral de Córdoba.

-II-

   De la catedral ya sale,

y al punto que sale, monta

en un selvático potro,

que rozagante galopa.

   Camino va de Alcolea,

y sueltas al viento flotan

sus guedejas aún mojadas

y las plumas de su gorra.

   Camino va de Alcolea,

do al Guadalquivir coronan

almendros de flor nevada,

naranjos de dulce aroma.

   El venturoso jinete

canta y ríe, triunfa y goza;

trinos de aves le acompañan

y murmurios de las ondas.

   En Alcolea reside

doña Clara de Mendoza;

mientras su padre guerrea,

vive alegre y sin zozobras.

   Almanzor oye lejanos

sonar timbales y trompas;

ve al través de la arboleda

resplandecer las antorchas.

   ¡Oh castillo de Alcolea!

¡Gran baile esta noche logras!

Bailan doce caballeros

con otras tantas hermosas.

   Apuestos son los galanes,

son las damas seductoras;

Almanzor, el más gallardo

entre todos y entre todas.

   Feliz va de dama en dama

con la sonrisa en la boca;

para todas cuantas mira

tiene a punto una lisonja.

   A Isabel la mano besa;

la deja luego por otra;

se sienta a los pies de Elvira

y en sus pupilas se arroba.

   Si hoy merece sus bondades

le pregunta a Leonora,

y le muestra la cruz de oro

que su capotillo adorna.

   A fe de cristiano viejo

les jura que las adora,

y el juramento repite

treinta veces en tres horas.

-III-

   El castillo de Alcolea

envuelven silencio y sombra;

ya no hay damas ni galanes,

ya no hay músicas ni antorchas.

   Almanzor y doña Clara

están callados y a solas;

el último candelabro

su último fulgor arroja.

   Ella, en el sitial sentada;

él, a sus plantas, apoya

en sus trémulas rodillas

la cabeza soñadora.

   En sus obscuras guedejas

un frasco de agua de rosas

ella solícita vierte;

él, dormitando, solloza.

   En sus obscuras guedejas

los labios amantes posa

ella, y un ósculo imprime;

nublada la sien él dobla.

   En sus obscuras guedejas

ella, las que tierna llora

dulces lágrimas, derrama;

él, se estremece de cólera.

   Sueña: está, la sien rendida,

en la catedral de Córdoba,

y sus guedejas gotean,

y oye voces que le asombran.

   Las colosales columnas

su carga ya no soportan;

se agitan y bambolean,

se tuercen y se desploman.

   Los clérigos palidecen,

se hunde con fragor la bóveda,

y los sonantes escombros

las imágenes destrozan.


-I-

    El hijo en el lecho está;

la madre, junto al balcón:

-«Hijo, levántate ya;

ahora mismo pasará

la sagrada procesión».

   -«¡Ay, madre, madre bendita!

crecen mi mal y mi cuita;

ni oigo ya, ni puedo ver:

en la pobre Margarita

pienso, y lloro sin querer.»

   -»Toma el libro y el rosario;

vendrás conmigo al santuario

de la Virgen pura y bella;

y quizás obtengas de ella

el alivio necesario».

   Y avanzan al grave són

de triste lamentación,

cruces, banderas sin fin;

y a Colonia sobre el Rhin

va la santa procesión.

   La madre amorosa y pía

marcha en pos y con afán

al hijo sostiene y guía;

y todos cantando van:

«¡Gloria a vos, Santa María!»

-II-

   Hoy la Madre del Señor

viste su manto mejor,

y largo trabajo tiene:

un tropel conmovedor

de enfermos al templo viene.

   Y con devoción sincera

la multitud lastimera

se acerca a depositar

brazos y piernas de cera

en el milagroso altar.

   No la implora nadie en vano:

quien le consagra una mano,

la suya curada ve;

y si es un pie, bueno y sano

se va por su propio pie.

   Alguien con muletas vino

que en la cuerda brinca ya;

y hay manco -¡poder divino!-

que tañendo en el camino

la vihuela, volverá.

   La madre, de blanca cera

labró un tierno corazón

-«¡Hijo, la Virgen te espera!

llévale esta ofrenda, y quiera

tener de ti compasión».

   El hijo suspira en tanto;

toma el exvoto, y sin calma

penetra en el templo santo;

de sus ojos brota el llanto,

y esta oración de su alma:

   -«¡María! ¡Reina y Señora

de los cielos! ¡Bienhechora

madre de Dios! escuchad

a un desdichado, que implora

vuestra infinita piedad.

   »Con mi madre, que aun contemplo,

vivía, de dicha ejemplo,

en Colonia, ciudad santa,

donde a cada paso un templo

en vuestro honor se levanta.

   »Nuestra vecina ¡ay Dios! era

Margarita, y muerte fiera

hiriéla sin compasión:

traigo un corazón de cera:

¡curad vos mi corazón!

   »Curad vos el alma mía,

y con religiosa fe,

sollozando noche y día,

¡Gloria a vos! repetiré,

¡Gloria a vos, Santa María!»

-III-

   El hijo y la madre amante

en su cuarto se han dormido;

y la Virgen al instante

aparece deslumbrante

y entra sin hacer ruido.

   Inclínase sobre el lecho;

al enfermo infeliz mira;

pónele la mano al pecho,

y su intento satisfecho,

dulce y lenta se retira.

   Todo, en visión transparente,

lo ve la madre, y más ve;

y despierta de repente.

¡Ay! ¿Por qué ladran, por qué

los perros lúgubremente?

   Pálido, rígido, yerto,

está el hijo, ¡el hijo muerto!

y la renaciente aurora

con su fulgor aún incierto

su blanca frente colora.

   Y ambas las manos juntando

la madre amorosa y pía,

con acento triste y blando,

cae de hinojos, exclamando:

«¡Gloria a vos, Santa María!»


En las montañas del Harz

(1824)

    Elegancia, distinción,

muchas flores, muchos lazos,

muy dulce conversación,

muchas sonrisas y abrazos...

¡Si tuviera corazón!

      ¡Corazón dentro del pecho,

y amor verdadero en él!

Cáusame grima y despecho

el canto falso y contrahecho

de una pasión de oropel.

      Subir quiero a la montaña,

do la virtud inocente

vive en humilde cabaña;

do libre corre el ambiente

que mi libre frente baña.

      Trepar a la sierra quiero

do el raudal fluye ligero,

el abeto al cielo sube,

canta el pájaro parlero

y altiva flota la nube.

      ¡Adiós, salones brillantes!

¡Adiós, damas rozagantes!

¡Adiós, sociedad cortés!

Desde estas cumbres gigantes

os contemplaré a mis pies.


En el Hardenberge

    ¡Despertad, antiguos sueños!

¡Corazón, abre tus puertas!

¡Sonad de nuevo, cantares!

¡Corred, lágrimas deshechas!

      Vagar quiero entre los árboles,

do manan fuentes risueñas,

do el ufano ciervo trisca,

y el vivaz mirlo gorjea.

      Trepar quiero a la montaña

en cuyas rocas enhiestas

su roto muro el castillo

a la luz del sol aún muestra.

      Allí pensaré tranquilo

en generaciones muertas,

en extinguidas estirpes,

en apagadas grandezas.

      El humilde jaramago

cubre la liza soberbia

donde el paladín glorioso

ganó la ansiada presea.

      La hiedra esconde la ojiva

donde la hermosa doncella

vengo con una mirada

a aquél que a todos venciera.

      El vencedor poderoso

y la vencedora espléndida

entrambos fueron vencidos

por campeón de más fuerza:

      Que siempre en la humana justa

nos hace medir la arena

el pálido caballero

de la guadaña siniestra.


Idilio en la montaña

-1-

    Hay una choza en el monte;

viejo montañés la ocupa:

allí silban los abetos

y resplandece la luna.

      Un sillón hay en la choza

tallado en la encina dura

¡Feliz quien en él se sienta!

Hoy gozo yo esa fortuna.

      En el escaño a mis plantas,

descansa la niña rubia;

los brazos alabastrinos

sobre mis rodillas cruza.

      Cual dos estrellas azules

brillan sus pupilas fúlgidas;

como el botón de la rosa

su boca, fresca y menuda.

      Y las estrellas azules

clava en mí, cándida y pura,

y al labio el dedo de nieve

lleva con pueril astucia.

      Pero la madre está hilando;

ni nos ve, ni nos escucha;

tañe el padre la vihuela

y vieja canción modula.

La doncella, en voz muy baja, charla, gozosa

y confusa, revelándome los graves secretos

que la atribulan.

      -«Desde que murió la abuela

no vamos al pueblo nunca;

ni a las fiestas del mosquete,

que son las que más me gustan.

      »Aquí estamos, siempre solos,

en estas cumbres adustas

donde entre nieves y escarchas

el invierno nos sepulta.

      »Niña soy y tengo miedo

a la noche negra y muda,

y a los espíritus malos

que en sus tinieblas se ocultan».

      Calla la niña: sus propias

revelaciones la asustan,

y extiende sobre sus ojos

las manecitas ebúrneas.

       El torno rueda y rechina;

el viento en las ramas zumba;

pulsa el viejo la vihuela

y canta al són de la música:

      «¡Oh niña, no tengas miedo

a duendes, trasgos ni brujas:

un angelito del cielo

de día y noche te escuda!»

-2-

      El abeto a la vidriera

llama con trémulas manos;

la luna, mudo testigo,

la traspasa con sus rayos.

      En la alcoba, padre y madre

durmiendo están y roncando;

en delicioso coloquio

los dos a solas velamos.

      -«Creer que a menudo rezas

me cuesta mucho trabajo;

aunque tus labios se mueven,

no mueve el rezo tus labios.

      »Ese mudo movimiento

me causa miedo y espanto;

mas después me tranquilizan

tus ojos dulces y claros.

      »Pero aún dudo que tú creas,

como todo fiel cristiano,

en el Padre y en el Hijo

y en el Espíritu Santo».

      -«Cuando, niño, a un reposaba

en el materno regazo,

creí también en Dios-Padre,

infinito, bueno y sabio;

      »El que creó cielo y tierra,

y al noble linaje humano;

el que dio luz a los soles;

el que dio rumbo a los astros.

      »Después crecí; fue mi mente

más perspicaz, vi más claro:

y entonces creí en el Hijo,

el hijo amante y amado;

      »El que con amor inmenso

amó a los hombres, que ingratos

le dieron según costumbre,

por recompensa el Calvario.

      »Crecí más, crecí del todo:

mucho he visto y he observado,

y hoy, con toda el alma, creo

en el Espíritu Santo.

      »El es quien obró y aún obra

los más pasmosos milagros;

rompe todas las cadenas;

vence a todos los tiranos;

      »Cura todas las heridas;

da a las leyes fin más alto;

y hace, de los hombres todos,

una familia de hermanos.

       »El rasgó nieblas y brumas,

y ahuyentó duendes y trasgos,

que traidores nos persiguen,

al bien y al amor contrarios.

      »Un millar de caballeros

armó ese Espíritu Santo,

y les dio tesón y bríos

para cumplir sus mandatos.

      »Su estandarte al viento ondea,

su espada lanza relámpagos:

¡cuánto dieras, niña mía,

por verlos y contemplarlos!

      »Contémplame, pues, y bésame,

porque yo soy, dueño amado,

uno de esos caballeros

que armó el Espíritu Santo».

-3-

      La luna tras los abetos

se ha escondido, y melancólica

la lámpara en nuestro cuarto

el campo cede a las sombras.

      Pero aún mis astros azules,

aún la purpurina rosa

resplandecen, y así dice

la niña que me enamora:

      -«Diminutos duendecillos

nos cercan y nos acosan;

aunque cerrada esté el arca,

el pan, del arca, nos roban.

      »De la azucarada leche

sorben la nata sabrosa,

y en el destapado cazo

la gata apura las sobras.

      »Está embrujada la gata,

y de noche corre loca

al torreón demolido

de la montaña diabólica.

      »Hubo allí soberbio alcázar

do, a la luz dé las antorchas,

con gallardos caballeros

bailaban damas hermosas.

      »Maldíjolo una hechicera;

y hoy son sus hundidas bóvedas

montón de escombros, do el búho

se guarece y arrincona.

      »Pero contaba la abuela

que si en cierto sitio y hora,

alguien pronuncia y repite

cierta palabra simbólica;

      »Júntanse otra vez las piedras,

resplandecen las antorchas;

con sus gallardos galanes

bailan las damas hermosas;

      »Y es todo para el que dijo

la palabra exacta y propia,

y pífanos. y atambores

su señorío pregonan».

      Así, encantadas imágenes

sus dulces labios evocan,

mientras sus ojos azules

celestes fulgores copian.

      Trenza en mis manos sus bucles;

mis dedos cuenta y los nombra;

juega y charla, canta y ríe;

calla al fin, grave y absorta.

      Todo, en el mudo aposento,

dulcemente me impresiona;

miro cual viejos amigos

la mesa y las sillas toscas.

      Me habla el reloj, la vihuela

vibra y suena por sí sola,

y entre sueños vagarosos

mi espíritu incierto flota.

      Sin duda, niña querida,

éstos son el sitio y la hora,

y ésta, que en mis labios tiembla

la palabra exacta y propia.

      Porque suena media noche

y todo late en las sombras,

y el viejo bosque despierta

y el negro abeto solloza.

      Sones de citara salen

de las quiebras de las rocas,

cantos de gnomos y enanos

llenan las cavernas lóbregas.

      Y cual florescencia extraña

de una primavera loca,

maravillosos jardines

por arte mágico brotan.

      Flores de inflamadas tintas,

de embriagadores aromas,

resplandecen y fulguran

en las palpitantes frondas.

      Entre ellas, cual llamaradas,

arden encendidas rosas;

y el cáliz yerguen los lirios

como cristalinas copas.

      Estrellas grandes cual soles

los contemplan amorosas,

y un raudal de luces vierten

en sus abiertas corolas.

      También a nosotros llega

el prodigio, y nos transforma:

todo en torno es seda y oro,

todo lámparas y antorchas.

       Imperial princesa es ella;

regio alcázar esta choza,

do con sus bellos galanes,

danzan las damas hermosas;

      Y para mí es la princesa,

y alcázar, y sus pompas;

y pífanos y atambores

mi señorío pregonan.


    Rey es el zagal errante:

verde colina es su trono;

a su frente ruda y libre

da el sol su corona de oro.

      Tiene en los mansos corderos

cortesanos meritorios;

arrogantes adalides

en los becerros indómitos.

      Comediantes de su corte

son los juguetones chotos;

música le dan las aves

y los esquilones broncos.

      Los árboles le acompañan,

las cascadas le hacen coro;

y con tan dulce concierto,

se duerme el rey poco a poco.

      Gobierna entre tanto el reino,

ministro fiel y celoso,

un mastín, cuyos ladridos

llenan aquellos contornos.

      -«¡Oh! ¡cuán pesado es el cetro!»

dice el rey con un sollozo:

estar quisiera ya en casa

con la reina a quien adoro.

       «En sus brazos mi cabeza

encuentra el mejor apoyo,

y mi vasta monarquía

está encerrada en sus ojos».


En el Brocken

    La naciente luz del día

rasgó triunfal las tinieblas;

pero aún, opaca y sombría,

inunda la serranía

la avalancha de las nieblas.

      ¡Ah! Si las alas del viento

me diera un encantador,

veloz como el pensamiento

volara al grato aposento

donde reposa mi amor,

      Apartando suavemente

la cortina transparente

de su lecho virginal,

te besaría la frente

y los labios de coral.

      Y acercándome a su oído,

con aliento reprimido,

le dijera luego así:

«Sueña que no te he perdido,

y que aún vives para mí».


La princesa Ilsa36

    Soy Ilsa, la princesa que hechizada

guarda el río en sus antros misteriosos;

ven conmigo a mi espléndida morada,

y seremos felices y dichosos.

      Ven a bañar en mi raudal fecundo

tu frente atribulada y abatida;

y olvidarás, oh joven moribundo,

todas las amarguras de la vida.

      Ven a dormir entre mis blancos brazos,

ven a yacer sobre mi blanco seno;

y soñarás, prendido en estos lazos,

otro mundo mejor, de hechizos lleno.

      Al goce y al placer roto ya el dique,

te abrazaré, te besaré anhelante,

como al glorioso emperador Enrique,

que fue mi fiel y apasionado amante.

      Pero la muerte su sepulcro sella,

e inmóvil yace en el sombrío lecho;

yo antojadiza soy, joven y bella,

y aún ansioso de amor, late mi pecho.

      Ven a mi oculto alcázar cristalino:

allí, galanes, que el amor engríe,

bailan con damas de esplendor divino

y el tropel de los pajes canta y ríe.

      Allí crujen las túnicas de seda,

allí rechinan las espuelas de oro;

y tocan los pigmeos de faz leda

la trompa grave y el timbal sonoro.

      Como al glorioso emperador un día

te estrecharán mis brazos encendidos:

cuando el marcial clarín le estremecía,

con besos le tapaba los oídos.


El Mar del Norte

(1825-1826)

Ciclo primero

    ¡Cantares! ¡Cantares míos!

¡En marcha! En marcha otra vez!

Sonad trompas y añafiles;

ceñid vuestras armas bien;

y a la encantadora niña,

que rindió todo mi ser,

como reina y soberana,

alzadla sobre el pavés.

      ¡Salud, bellísima reina!

por ti el sol escalaré,

y arrancándole la aureola

de oro y luz y rosicler,

daré la mejor diadema

a tu consagrada sien.

De la seda azul del cielo,

do con viva nitidez

los diamantes de la noche

centellean en tropel,

rico jirón desgarrando,

imperial manto he de hacer,

y verás tus regios hombros

engalanados con él.

      Formarán tu servidumbre

y tu cortesana grey

aristocráticas odas,

y por mayor honra y prez,

almibarados sonetos

y madrigales también.

      Por batidores, discretas

agudezas te daré;

mi fantasía estrambótica

tu bufón habrá de ser;

y mi agridulce humorismo

tu heraldo de buena ley,

llevando risas y lágrimas

por divisa en el broquel.

      Y yo mismo, reina mía,

arrodillado a tus pies,

en cojín de terciopelo,

mi razón te ofreceré,

mi razón, o lo que de ella,

por compasiva merced,

dejóme la que en el trono

tu predecesora fue.


    A solas voy pensativo

por la playa triste y húmeda;

el cárdeno sol poniente

rojos destellos fulgura.

Ruedan olas espumosas

que escondida fuerza impulsa,

y a mis plantas avanzando,

trémulo canto preludian.

      Misteriosas voces fingen

que en el corazón retumban,

silbidos, risas, sollozos,

suspiros, llantos y súplicas;

y brota de su armonía

embelesadora música,

cual las plácidas canciones

que columpiaron mi cuna,

cual los olvidados cuentos,

cual las leyendas confusas,

que aprendí, niño inocente,

a la luz de ocaso turbia,

cuando del umbral paterno

sentado en las piedras duras,

a otros niños escuchaba

con la boca abierta y muda,

los ojos fijos y absortos

y el alma llena de angustia;

mientras las niñas mayores,

vírgenes bellas y puras,

formando un grupo de rosas

con sus cabecitas rubias,

entre los tiestos de flores

que la ventana perfuman,

brillaban y sonreían

al resplandor de la luna.


Puesta del sol

    El sol radiante y purpúreo

declina con pompa regia

hacia la mar, que se extiende

nacarada y cenicienta;

enfrente la opaca luna,

entre nubes que la velan,

el rostro descolorido

temerosa transparenta,

y en pos, cual dorado enjambre,

vienen todas las estrellas.

      Juntos un día y felices

cruzaron la azul esfera,

luna y sol, fieles esposos,

dioses de la luz él y ella

y de los menores astros

las muchedumbres espléndidas

tiernos hijos inocentes,

su común séquito eran.

      Malas lenguas atizaron

disensiones y querellas;

y al fin, a los dos esposos

separaron malas lenguas,

      Hoy, durante el claro día,

con solitaria grandeza,

el astro-rey los espacios

celestiales señorea;

y el hombre feliz y altivo

lo adora, canta y celebra.

Pero en la lóbrega noche

aparece triste y bella

la luna, madre infelice,

con toda su prole huérfana;

y en éxtasis melancólico

le dan lágrimas y endechas

la doncella enamorada

y el pensativo poeta.

      ¡La pálida luna! siempre

constante, amorosa y tierna,

a su celestial consorte

dulce cariño conserva.

Cuando la tarde se apaga

asoma indecisa y trémula,

entre las nacientes brumas,

y al lejano sol contempla.

Quizás afligida exclama:

-«Ven, nuestros hijos te esperan!»

pero el astro soberano,

avivando más su hoguera

con las rojas llamaradas

del despecho y la soberbia,

busca en el piélago frío

lecho de viudez perpetua.

      Malas lenguas ponzoñosas

sembraron de esa manera

en los eternos esposos

cuita y amargura eterna.

Y los dos míseros astros

surcan la región etérea

desconsolados siguiendo

la interminable carrera;

y como son inmortales,

continuo, voraz, sin tregua,

entre luces y fulgores

su duelo espléndido llevan.

      ¡Más dichoso yo mil veces,

hijo infeliz de la tierra!

¡más dichoso, pues, al menos,

tendrán término mis penas!


Noche en la playa

    Obscura y fría es la noche ;

gruñe el mar alborotado;

sobre las aguas tendido

el aquilón boca abajo,

como un viejo que chochea,

les cuenta cuentos extraños,

guerras, ardides y burlas

de gigantes y de endriagos,

y a la vez canta y aúlla,

en su gaznate mezclando

con evocaciones rúnicas

conjuros escandinavos;

y es tan feroz su alegría,

tan grotesco su sarcasmo,

que surgiendo del abismo

en tropel desordenado,

saltan y gritan gozosos

los hijos del Océano.

      Por la playa tenebrosa

que humedece el mar amargo,

desconocido extranjero

avanza altivo y gallardo.

Si hay borrasca en mar y viento,

aun es mayor la de su ánimo.

En donde fija la planta

saltan rojizos chispazos,

y las conchas de la orilla

crujen rotas a su paso,

Avanza entre negras sombras

envuelto en su obscuro manto,

y su fijo rumbo guía

débil resplandor lejano,

que en una mísera choza

fulgura trémulo y vago.

      Allá en el mar está el padre,

allá en el mar el hermano;

joven, sin madre, la hija

en el hogar solitario,

joven, sin madre, y hermosa

como un ensueño fantástico.

Cerca del fogón sentada,

halagadores presagios

oye en la negra caldera

que hierve lenta, y va echando

ramas que chisporrotean

al fuego medio apagado.

Sopla después, e iluminan

llamas de fulgores cárdenos

su bello rostro encendido

y sus hombros de alabastro,

que descubre mal ceñido

el corpiño grueso y áspero,

y sus manos hacendosas,

sus breves y blancas manos

que al mórbido talle anudan

el desprendido refajo.

      De pronto se abre la puerta,

entra el extranjero, y ávido

clava en la cándida niña

dulces los ojos huraños.

Estremécese la hermosa

cual lirio en trémulo vástago,

y él sonríe y se adelanta,

la capa al suelo arrojando.

-«Mira, cumplí mi palabra»

dice, entre tierno y ufano;

«Vine, y vinieron conmigo

los buenos tiempos de antaño,

los tiempos en que los dioses

bajaban enamorados.

y a las hijas de los hombres

se unían, y de esos lazos

nacían reyes gloriosos

y héroes, de la tierra pasmo.

No te asombres, pues oh niña,

al ver mi celeste rango;

prepárame una caliente

taza de té, y de ron cárgalo,

porque en la maldita playa

sopla un cierzo de mil diablos,

y también en estas noches

las deidades atrapamos

un inmortal garrotillo

o algún divino catarro».


    La luz del sol resplandeciente brilla

sobre el móvil cristal del mar inquieto,

y allá, a lo lejos, en la abierta rada,

espera dócil el bajel velero,

para llevarme a los perdidos lares,

soplo feliz del suspirado viento.

Yo, reclinado en la arenosa duna,

que de la árida playa se alza en medio,

leyendo estoy los cantos inmortales,

eternamente hermosos de Odiseo

en los que suenan las revueltas olas,

y aspiro de los dioses el aliento,

gozo la aurora del linaje humano,

y el cielo azul de la Hélada contemplo.

      Leal mi corazón, sigue afanoso

en los azares de su rumbo incierto,

al hijo de Laertes. Afligido

con él, extraño huésped, tomo asiento

en el dichoso hogar, donde las reinas

hilan purpúrea lana. A sus esfuerzos

uno mi afán cuando sagaz escapa

del antro del Gigante, o de los tiernos

abrazos de la ninfa apasionada;

en las ciméreas sombras con él entro

y le sigo en borrascas y naufragios,

sus cuitas y peligros compartiendo.

      Y suspirando exclamo:-«¡Cuán terribles

tus iras son, engañador Poseidón!

Temblando estoy por el retorno». Digo,

y el espumoso mar hierve al momento;

la frente, que coronan verdes juncos,

saca del agua, y su robusto pecho,

el poderoso Dios; mírame esquivo,

y me habla así con mofador acento:

      -«Nada temas, poetilla,

      de las olas ni los vientos;

      no es digno de tempestades

      tu mísero barquichuelo,

      ni tu inocente existencia

      de afanes, sustos y duelos.

      No encendiste, pobre vate,

      jamás mi rencor tremendo,

      ni en las murallas de Troya

      la menor brecha has abierto;

      ni una pestaña arrancaste

      al ojo de Polifemo,

      ni Palas, la sabia diosa,

      fue tu consejera y Méntor».

Dice así el dios con desdeñoso labio,

y en el hirviente mar se hunde de nuevo;

y suenan bajo el agua carcajadas,

y es que a sus toscas befas hacen eco

Amfitrite, la diosa pescadera,

y las hijas idiotas de Nereo.


Declaración

    Comienza el mar a gemir,

la sombra empieza a caer;

sentado en la extensa playa

miro con triste avidez

danzar las revueltas olas

en espumoso tropel;

y mi corazón con ellas

alborótase también.

Memorias y anhelos vagos

surgen y crecen en él,

porque tu voz y tu imagen

oigo y miro, dulce bien;

tu imagen que sobre todo

flota siempre, pura y fiel;

tu voz, que en todo la escucho,

y en todo la escucharé,

en el viento que solloza,

en la ola, muerta a mis pies,

y hasta en el propio suspiro

de mi recóndito ser.

      Con ligera caña escribo

en la arena: «Te amo, Inés».

Y suspirando traidora,

mansa viene la ola infiel,

y al punto borra la dulce

declaración de mi fe.

      ¡Caña frágil! ¡Leve arena!

¡Pérfida mar! ¡Ola cruel!

Para nada os quiero; nunca

a engañarme volveréis.

En la selva escandinava

crece altivo, entre otros cien,

abeto, que al cielo sube,

ese abeto arrancaré,

En las entrañas del Etna

fuego eterno se ve arder;

en las entrañas del Etna

hundiré el tronco después.

Con esa tremenda pluma

y esa tinta escribiré

en la bóveda enlutada

de la noche: «Te amo, Inés».

      Entre los vívidos astros

las cifras de mi querer

brillarán todas las noches

hoy y mañana y después.

Generaciones de ángeles

veránlas resplandecer,

y por siglos de los siglos

repetirán: «Te amo, Inés».


Noche en el camarote

    El cielo azul tiene estrellas

de hermosísimo fulgor,

el hondo mar perlas bellas;

yo, un tesoro mejor que ellas,

en mi corazón: su amor.

      Mayor es que cielo y mar

mi corazón proceloso;

astros y perlas al par

son bellos, a no dudar;

pero es mi amor más hermoso.

      Niña, aunque es muy pobre don,

acepta mi corazón.

Corazón, y mar, y cielo,

funden en igual anhelo,

su amorosa adoración.

      Si en la celestial esfera

do brillan los astros de oro,

posar los labios pudiera!

¡Cuán dulce y plácido lloro

por mis mejillas corriera!

      ¡Estrellas! sois sus pupilas,

que a través del negro tul,

en desordenadas filas

me saludáis intranquilas

desde el firmamento azul.

      Y hacia el azul firmamento

levanto calenturiento

los brazos con hondo afán,

y a vosotras siempre van

espíritu y pensamiento.

      ¡En mi sien, astros de amor,

derramad vuestro fulgor,

y roto el lazo del alma,

en ese mundo mejor

dadme vida, luz y calma!

      Así en lóbrego y pequeño

camarote sueño a solas,

mecido en el frágil leño

por el vaivén de las olas,

por la ilusión de mi ensueño.

      Y por la abierta escotilla

miro ansioso y soñador

cómo allá, en el cielo, brilla

la luz pura y sin mancilla

de tus ojos, dulce amor.

      Y tus pupilas hermosas,

diciéndome tiernas cosas,

a través del negro tul,

me sonríen cariñosas

desde el firmamento azul.

      Hacia esa altura divina

sin temor y sin enojos

mi espíritu se avecina,

hasta que blanca neblina

pasa y me roba tus ojos.

      Y en la tabla do indolente

recliné feliz la frente,

se estrella la mar obscura;

y así misteriosamente,

a mis oídos murmura:

      «Remontas mucho tu afán;

cortos tus brazos serán

para alcanzar tu tesoro:

clavados al cielo están

los astros con clavos de oro.

      »¡Inútil es el fervor

de tu anhelo engañador!

Amigo, si quieres creerme,

cierra los ojos y duerme:

¡Eso será lo mejor!»

      Dormí, soñé; la nieve se extendía

sobre una inmensa y árida llanura,

y bajo aquella alfombra blanca y fría

estaba yo en estrecha sepultura.

      Brillaban las estrellas rutilantes

vertiendo en mi sepulcro su fulgor;

mirábanme tranquilas y triunfantes,

con la plácida luz de inmenso amor.


    Ruge la negra borrasca;

ruge con terrible cólera;

latigazos de los vientos

encabritan a las olas;

y como grandes montañas

pasan en carrera loca.

El mísero barquichuelo

bríos busca, fuerzas toma,

sube a la líquida cumbre,

y apenas la cumbre dobla,

abre la mar negro abismo,

y en él se hunde y se desploma.

      ¡Pérfida mar! ¡fiera madre

de la deidad más hermosa,

la que entre rizos de espumas

nació en tus entrañas hondas!

¡Abuela del Amor-niño!

bien tu condición denotas.

Ya con alas palpitantes,

vuela siniestra gaviota;

ya el sangriento pico aguza

en el mástil codiciosa;

ya husmea voraz la presa,

y esa presa ¡mar traidora!

es mi corazón, que llena

de tu bella hija la gloria,

y tu nieto, el rapazuelo,

por juguete pueril toma.

      ¡Toda súplica es inútill

¡Toda plegaria es ociosa!

Olas y vientos en guerra

mi voz apagan y ahogan,

y como tropel de orates

silban, rugen y alborotan.

Pero ¿qué vago murmurio

llega al alma soñadora?

Es la vibración del arpa,

es voz dulce y melancólica,

canto que el alma desgarra,

canto que el alma transporta,

y de esa voz y ese canto

conozco todas las notas.

      En la escocesa ribera

álzanse cortadas rocas,

y en las rocas una torre,

de mar y playa señora.

Hay en la soberbia torre

ventana de estrecha bóveda,

hay en la estrecha ventana,

dama pálida y hermosa.

Soberana es su hermosura

y es su palidez marmórea;

y canta y el arpa pulsa,

y las brisas bulliciosas

sus blondos bucles agitan,

y sus cantares arrojan

a la inmensidad sombría

de las turbulentas olas.


    Está la mar encalmada;

el sol en las aguas brilla;

verde surco de esmeraldas

en ellas abren las quillas.

      Junto al timón, el piloto

ronca, echado panza arriba;

bajo el mástil, el grumete

zurce velas descosidas.

      Tiemblan sus labios; se encienden

bajo el hollín sus mejillas;

sus hermosos ojos negros

no se sabe adonde miran,

      Pues el capitán, airado,

se yergue ante él y le grita:

«Mala pécora, un arenque

me has birlado de esa pipa».

      Está la mar encalmada;

la dorada cabecita

saca un pez y sus aletas

el móvil cristal agitan.

      La gaviota de los aires

rápida se precipita,

y con el pez en el pico

vuela y se pierde de vista.


Visión en el mar

    De bruces sobre la banda

del buque, inmóvil y absorto,

en las aguas cristalinas

ávidos clavo los ojos.

Más adentro y más adentro

van entrando codiciosos,

hasta que sombras inciertas

me velan el negro fondo.

Pero las inciertas sombras

acláranse poco a poco,

y con pálidos matices,

y con trémulos contornos,

dibujan torres y cúpulas,

portales, muros y fosos.

Antigua ciudad flamenca

contemplo, por fin, atónito;

pero animada y viviente

con sus moradores todos.

      Ancianos de noble traza

con la negra capa al hombro,

con blanquísima gorguera,

cadenas y dijes de oro,

la luenga espada en el cinto,

la gravedad en el rostro,

van y vienen por la plaza

del mercado bullicioso,

por el ancho graderío

del popular Consistorio,

donde imperiales imágenes,

labradas por rudo escoplo,

velan calladas e inmóviles,

con acero, cetro y globo.

      Ante las casas, que lucen

vidrieras de alegres tonos,

y en largas y rectas filas

se extienden a un lado y otro,

pasan con crujir de seda

bajo los tilos frondosos,

damiselas de buen talle,

de semblante ruboroso

que ciñe negra toquilla,

cárcel de sus rizos blondos;

y a la castellana usanza

engalanados los mozos,

las siguen y las obsequian

con sonrisas y piropos.

Nobles matronas y dueñas

con holgantes mantos lóbregos,

y en las descarnadas manos

rosario y libro devoto,

hacia el templo se encaminan,

y avivan sus pasos cortos

repiques de las campanas

y vibraciones del órgano.

      ¡También en el alma mía

retumbáis, ecos sonoros!

Anhelo infinito y vago,

afán secreto y recóndito,

del corazón mal curado

todas las fibras han roto.

Paréceme que su herida

besan labios cariñosos,

y las cicatrices saltan

y mana sangre de pronto,

y la sangre va cayendo

gota a, gota y poco a poco;

va cayendo al mar profundo,

va cayendo al negro fondo,

va cayendo en una casa,

una casa que conozco,

una casa, que, desierta,

tristeza inspira y enojos;

y a la ventana, una hermosa

imagen del abandono,

la frente apoya en la diestra

y en el alféizar el codo;

¡y esa niña triste y sola

es la hermosa, que yo adoro!

      ¡Así te ocultaste, ingrata,

a mi amor inmenso y loco!

¡Así te ocultaste, ingrata,

por un femenil antojo,

en otro mar, aun más grande,

en otro mar, aun más hondo!

Y regresar ya no puedes,

y allí vives, no sé cómo,

para ti, todos extraños,

y tú extraña para todos.

      Yo te busco sin sosiego,

yo te busco sin reposo,

te busco por todas partes,

te busco de todos modos,

amor que siempre idolatro,

ilusión que siempre lloro,

ventura que siempre anhelo,

felicidad que hoy recobro.

      Sí, te hallo al fin, y de nuevo

miro tu espléndido rostro,

y tu radiante sonrisa

y tus soñadores ojos;

y jamás he de perderte,

pues todas mis dichas logro,

y con los brazos abiertos

a tus dulces brazos corro.

      Digo así, y al tiempo mismo,

ya doblando el cuerpo todo,

del capitán que me agarra

siento el brazo vigoroso,

y su voz oigo, que grita:

-«Doctor, ¿os lleva el demonio?»


Purificación

    ¡Bien estáis en el abismo

insondable de la mar!

Imágenes engañosas,

¡bien en el abismo estáis!

Disteis a mis luengas noches

sueños de dicha falaz,

y aún, al resplandor del día,

me perseguís sin cesar.

¡Yaced, yaced sepultadas

por toda la eternidad!

Al abismo que os esconde,

quiero también arrojar

mis amarguras y enojos,

mi anhelo y mi tierno afán,

el gorro de cascabeles

de mi locura fatal,

que tanto tiempo en mis sienes

su música hizo sonar,

y el infame disimulo

de mi ser, triste disfraz

del alma mía, que enferma

de loca incredulidad,

de Dios renegó y los ángeles,

y maldecida aún está.

      ¡Hurra! soplaron las brisas;

todas las velas soltad;

tersas, crujientes e hinchadas,

comienzan a palpitar.

La móvil nave resbala

sobre el rizado cristal,

y gozosa el alma mía

recobra la libertad.


Segundo Ciclo

Saludo al mar

    ¡Thalatta, sí, thalatta!37

¡Oh mar, oh eterno mar, yo te saludo

con animoso pecho y con voz grata!

Diez mil veces, oh mar, mi labio rudo

te aclama, como un día,

cuando el hogar cercano aparecía,

te aclamaron, con himnos de victoria,

tras luenga y ruda y desigual porfía,

los diez mil combatientes de la historia.

      Las olas espumantes

rodaban y mugían altaneras;

el sol con arreboles deslumbrantes

teñía las riberas;

volaban espantadas las gaviotas

al aire dando sus discordes notas;

relinchaban gozosos los corceles;

chocaban los broqueles;

y en la extensión, que inmensa se dilata,

sonaba el grito salvador: ¡Thalatta!

      ¡Oh mar, eterno mar, yo te saludo!

Como voz del hogar, en mis oídos

suena tu voz, cuando a tu orilla acudo;

en tu móvil cristal mi fantasía

finge de la niñez sueños queridos;

y otra vez vuelve a la memoria mía

el recuerdo de aquellas

de la infancia dichosa joyas bellas,

de aquellos sorprendentes

de Noche-Buena espléndidos presentes,

conchas pintadas, pececillos de oro,

nítidas perlas, ramas purpurinas

de brillante coral, todo el tesoro

que escondes en tus urnas cristalinas.

      ¡Cuánto en extraña tierra

sufrí! Como arrancada

flor, que en su bote de latón estrecho

el botánico encierra,

mustióse el corazón dentro del pecho;

y como enfermo soy, que en triste lecho

pasó el invierno, en lóbrega morada,

y luego, el mal curado, de repente

goza de Primavera, al esplendente

rayo del sol de Abril, alborozada;

y con blandos arrullos

le saludan los ramos cimbradores

cubiertos de capullos;

y con sus ojos llenos de fulgores

contémplanle las flores;

y todo arde y palpita,

y alienta, y resplandece y canta y grita;

y en la bóveda azul, con trinos suaves,

¡Thalatta! dicen las canoras aves.

      ¡Corazón que en la noble retirada

triunfas cual los diez mil! ¡Cuántas, en duras

contiendas, te acosaron de la odiada

bárbara grey, temibles hermosuras!

Cayeron sobre mí como saetas,

de sus rasgados, vencedores ojos,

las miradas inquietas;

mi espíritu intranquilo

hería su palabra engañadora,

arma de doble filo;

y aumentaban mis duelos insensatos

sus cartas, en mal hora

llenas de deliciosos garabatos.

En vano, en vano tras el fuerte escudo

me guarecí: silbaba el dardo agudo;

los golpes a los golpes sucedían,

y las beldades ¡ay! del Norte rudo

hasta tu playa, oh mar, me perseguían;

hasta tu playa, donde al fin aliento,

y con pecho animoso y con voz grata

el grito de victoria doy al viento:

¡Thalatta, oh mar libertador, Thalatta!


    Sobre la mar tenebrosa

yace la hinchada tormenta;

murallón de obscuras nubes

el turbio horizonte cierra,

y con angulosas ráfagas

resplandece el rayo entre ellas;

resplandece y se disipa,

cual luminosa ocurrencia

que cruzó del padre Jove

por la olímpica cabeza.

Sobre las desiertas olas

el trueno retumba y rueda;

desenfrenados galopan

con las blancas crines sueltas,

corceles que engendró el Bóreas

en las erictonias yeguas;

y las marítimas aves

lúgubres revolotean,

cual las sombras de los muertos

en las estigias riberas,

cuando Carón las rechaza

de su barca ya repleta.

      ¡Ay, desdichada barquilla!

¡Ay, infeliz barquichuela,

que la danza estás danzando

más peligrosa y siniestra!

Eolo burlador envía

porque su juguete seas,

los músicos más sonoros

de su estrepitosa orquesta.

Unos silban, otros soplan,

otros te acosan y obsequian

con figles que se acatarran

o trompas que se destemplan,

y el piloto dando tumbos,

junto al timón, siempre en vela,

fija la vista en la brújula,

alma del bajel inquieta,

alza las manos y exclama:

«¡Acudid en mi defensa,

Cástor, triunfador jinete,

Pólux, invencible atleta!»


El naufragio

    ¡Esperanza y amor! ¡Todo perdido,

deshecho y roto!... Y yo ¡desventurado!

como un cadáver soy, que embravecido

a la ribera el mar ha vomitado.

El piélago desierto miro enfrente;

duelos detrás, congojas y amarguras;

y nubes sobre mí, nubes obscuras,

hijas deformes del pesado ambiente.

Sus odres en el mar continuamente

llenan, y sin sosiego,

llevándolas en hombros afanosas,

en el mar otra vez los vierten luego:

labor interminable, aborrecida,

y a pesar de sus ansias trabajosas,

estéril ¡ay! como mi propia vida.

      Gimen las olas, lanzan sus graznidos

las gaviotas, y surgen halagüeños

recuerdos de otra edad medio perdidos.

Imágenes borradas, vagos sueños,

llenos al par de encantos y de enojos,

tristemente risueños,

brillan de nuevo a mis cansados ojos.

      Allá en el Septentrión vive una hermosa,

de beldad soberana y deslumbrante

su talle esbelto, como palma airosa,

ciñe cándida túnica flotante.

De su frente, de trenzas coronada,

bajan en luengos rizos sus cabellos,

tan negros y tan bellos

como noche feliz y sosegada.

Su pálido semblante pensativo

esos obscuros rizos embellecen,

y los ojos en él con fulgor vivo

como dos soles negros resplandecen.

      ¡Soles negros! ¡Cuán dulce el alma mía

en vuestros resplandores

bebió la ardiente inspiración un día!

Y al fijaros en mí fascinadores,

¡cómo ¡ay Dios! vacilaba y sucumbía!

Una sonrisa púdica, inocente,

abría entonces tierna y cariñosa

el labio de mi bella displicente,

una sonrisa tan tranquila y pura

como rayo de luna en noche obscura,

tan dulce como aliento de una rosa;

y encumbrando mi espíritu su anhelo

cual águila caudal volaba al cielo.

      ¡Callad, olas del mar embravecido!

Roncas aves, callad! ¡Todo perdido,

dicha, esperanza, amor! Triste y doliente

náufrago yazgo en playa sin guarida,

y en la infecunda arena aborrecida

llorando escondo la ardorosa frente.


Los dioses de Grecia

    Luna, tu luz brillante

en fúlgido raudal de oro fundido

trueca el mar, y en la playa

tan clara como el día rutilante,

pero más dulce y tímida desmaya.

En el sereno cielo esclarecido

no brilla ningún astro,

y pasan a través de sus cristales

blancas nubes, fingiendo colosales

ídolos de alabastro.

      Mas ¿qué miro? No son blancos vapores;

son ellos, sí, son ellos;

los de la antigua edad dulces señores,

los de Grecia risueña, dioses bellos.

¡Las deidades de ayer! vencidas, muertas,

vanos espectros hoy, sombras inciertas,

que, con vano reproche,

cruzan sin par las bóvedas desiertas

de la enlutada noche.

      Asombrado contemplo

convertidos los cielos luminosos

en soberano templo;

y en movimiento blando

los pálidos colosos

tristes y pensativos van pasando.

      Cronos, el rey de la celeste esfera,

aparece el primero; escarcha fría

cubrió su cabellera,

que el olimpo, al moverse, estremecía;

con cansado desmayo

empuña ya su diestra inútilmente

el apagado rayo;

infortunio y dolor nublan su frente;

pero aún augusta huella

de la antigua soberbia miro en ella.

      Eran tiempos mejores,

Zeus, los tiempos en que ninfa bella

saciaba, o hecatombe ensangrentada,

tus divinos furores;

mas no hay eterno nada:

sucede el joven dios al dios anciano;

tu mismo, tú, con temeraria mano

¿no despojaste en desigual partida,

a los titanes y a tu padre cano,

Júpiter parricida?

      Aún la soberbia Juno está a tu lado,

¡vanos fueron, oh diosa tus desvelos!

otro el cetro ha empuñado,

y no eres ya la reina de los cielos.

Tus grandes ojos, que el dolor apena,

cierras, penden tus brazos de azucena

mustios, y ya no alcanza

a la virgen que a un dios abrió los brazos,

ni al héroe que nació de sus abrazos,

tu implacable venganza.

      ¡Cuán triste vienes tú, Palas prudente;

a las deidades defender no pudo

tu poderoso escudo,

ni preservarlas tu perspicua mente.

      ¡Tú, Afrodites, también! Hoy plata pura

son tus dorados rizos;

espanto me da y miedo tu hermosura,

a pesar de que aún miro en tu cintura

el ceñidor falaz de tus hechizos.

Si obtuviera tu amor, tan grato. un día,

¡oh Venus voluptuosa!

espantado en tus brazos moriría,

cadavérica diosa.

Te convirtió la suerte

en deidad pavorosa de la muerte.

      Marte de ti se aparta, y con celosa

pasión ya no te mira;

aburrido suspira

Febo-Apolo, el divino mozalbete,

y de su floja mano cae la lira

que alegraba el olímpico banquete.

      Y aún suspiras tú más, cojo Vulcano,

al ver que la ambrosía perfumada

no sirves al Congreso soberano,

y que llevó por siempre el viento vano

de los dioses la eterna carcajada.

      No os amé nunca, dioses altaneros:

no fueron mi ilusión los inconstantes

griegos jamás, ni los romanos fieros;

más siento grima y compasión al veros,

vencidos, tristes, pálidos y errantes.

Y al pensar cuán hipócritas y crueles

los tristes dioses son, que os han vencido,

y rigen hoy a los humanos fieles;

zorros, que de cordero blancas pieles,

por mejor dominarlos han vestido,

combatir por vosotros yo quisiera,

llena el alma de cólera sombría,

y los nuevos altares destruyera

y vuestro buen derecho defendiera

perfumado de amor y de ambrosía.

Yo los antiguos templos renovara,

poblándolos de víctimas y flores,

y a los pies de vuestra ara,

a los profundos cielos brilladores

los suplicantes brazos levantara.

      Cierto es que al revolver de las edades,

en toda fiera lid, los vencedores

os tuvieron propicias ¡oh deidades!;

pero es más noble el corazón humano,

y yo, en vuestros combates repetidos,

tomo parte, aunque en vano,

por los dioses vencidos.

      Digo así; los espectros se enrojecen;

míranme tristes con supremo anhelo,

y súbitos después desaparecen.

Cubre la luna tenebroso velo;

brama la mar, y triunfadoras, bellas,

rasgando nubes brillan en el cielo

las eternas estrellas.


    Llena la mente de dudas,

llena el alma de tristezas,

un mancebo contemplaba

la mar profunda y desierta,

y a las inconstantes olas

decía de esta manera:

      «Explicadme el tenebroso

misterio de la existencia,

el inescrutable enigma,

el viejísimo problema,

el que ocupó noche y día,

tantas humanas cabezas,

unas de asiáticas mitras

o de turbantes cubiertas,

otras, de negro birrete

o de peluca tremenda

y fue, por siglos y siglos,

tormento de todas ellas.

¿Qué es él hombre? ¿Cuál su origen?

¿Cuál su fin? ¿Qué hace en la tierra?

¿Cuál ser es el ser que vive

tras las cerúleas esferas?»

      Y las olas inconstantes

gemían su queja eterna:

pasaban las pardas nubes,

soplaba la brisa inquieta,

indiferentes y mudas

fulguraban las estrellas;

¡y allí estaba el pobre loco

aguardando una respuesta!


    Pasó un ave, volando del ocaso,

      volando hacia el oriente,

volando hacia los límites remotos

      de sus patrios vergeles,

hacia el bello país donde los árboles

      balsámicos florecen;

donde airosas las palmas se columpian

      y brotan frescas fuentes;

y así, volando, el ave prodigiosa

      cantaba dulcemente.

      -«Le ama la hermosa, le ama sin saberlo;

      sin saberlo le quiere;

siempre lleva su imagen en el alma;

       pero escondida siempre.

Sólo en la vaga sombra de sus sueños

      gentil se le aparece,

y ella entonces, le besa entrambas manos,

      suspira, llora, ruégale,

lo llama por su nombre y al nombrarlo

      despierta de repente;

los blancos dedos por los ojos pasa

      y de sí misma teme,

y es que la hermosa le ama sin saberlo,

      sin saberlo le quiere».

      Al pie del mástil del velero buque,

      inmóvil sobre el puente,

escuchaba feliz el dulce canto

      del peregrino fénix.

Las alteradas olas, cual si fueran

      verdinegros corceles,

luengas crines de plata sacudían,

      a lo lejos perdiéndose;

tropel de cisnes con abiertas alas

      fingían los bajeles;

en el eterno azul, blancas brillaban

      las nubecillas tenues,

y en medio de ellas la encendida hoguera

      del luminar celeste,

rosa inmortal del firmamento puro,

      faro resplandeciente,

a quien brindan los cielos y los mares

      espejos y doseles.

Y los cielos y el mar y el alma mía

      en concierto solemne,

formaban solo un eco repitiendo:

      «¡Le quiere, sí, le quiere!»


En el puerto

    ¡Feliz quien al puerto llega

y a la mar la espalda vuelve,

y libre ya de sus riesgos,

se sienta cómodamente

en el abrigado sótano

de la taberna de Bremen!

      ¡Cuán bello y sereno el mundo

en mi copa resplandece!

y ese inquieto microcosmo

que en la roja linfa hierve,

del labio al sediento pecho,

¡cuán dulce y grato desciende!

Todo en el cristal brillante

a mis ojos aparece:

cosas de antaño y de hogaño,

lo pasado y lo presente,

griegos y otomanos juntos,

Gans discutiendo con Hégel.

Allá, bosques de naranjos,

aquí militantes huestes;

Túnez al lado de Hamburgo,

Berlín tocando con Memfis,

y en medio de todas esas

imágenes esplendentes,

la angelical cabecita

de mi amada brilla siempre,

sobre el fondo de oro fino

del vino del Rhin alegre.

      ¡Cuán hermosa, vida mía,

cuán hermosa y gentil eres!

Eres rosa: no la rosa

de Shiraz, que allá en Oriente

ama el ruiseñor; no aquella

rosa de Sarón celeste,

que los profetas cantaron

en sus místicos vergeles.

Eres la rosa más bella

de cuantas fueron y fueren,

rosa de las rosas, ¡rosa

de la taberna de Bremen!

Cuanto más los días pasan

más espléndida floreces;

y tu aroma me extasía

me transporta, de tal suerte

que en el duro suelo diera

¡ay Dios! a no sostenerme

en sus fraternales brazos

el tabernero de Bremen.

      ¡Valeroso camarada!

Mano a mano y frente a frente

bebemos y discutimos

cuanto nos viene a las mientes,

las cuestiones más abstrusas

los problemas más rebeldes.

Después dulces suspiramos,

y haciendo unas cuantas eses,

o voy a dar en sus brazos

o en mis brazos a dar viene.

El, en mis santos propósitos

me confirma y me sostiene;

por mis propios enemigos

bebo y brindo alegremente;

perdono a los malos vates

(¡logre yo iguales mercedes!),

y al fin llanto de ternura

mis pupilas humedece.

Abrense entonces las puertas

que guardan discretamente

la bodega sacrosanta

¡para mí la gloria! y vense

en fila los doce Apóstoles

(¡doce soberbios toneles!)

que, mudos, a todo el mundo

catequizan y convierten,

pues su universal idioma

todos los hombres entienden.

¡Cuán hermosos personajes!

de tosco roble vistiéronse;

mas tanto por dentro brillan,

fulguran y resplandecen,

cual los ufanos levitas

que en el templo alzan la frente;

como aquellos cortesanos,

que lucían insolentes

en el palacio de Herodes

sus brocados y joyeles.

¡Dios del cielo y de la tierra!

¡Señor! He pensado siempre

que, al vivir en este mundo,

vuestros compañeros fieles

fueron personas de viso,

no grosera y zafia plebe.

      ¡Aleluya! Verdes palmas

de Bethel, ¡cómo trasciende

y me halaga vuestro aroma!

Mirra de Hebrón ¡qué bien hueles!

Santo Jordán, ¡cómo ondula

y desmaya tu corriente!

Ondulante yo desmayo

también, y trémulo y débil

ondula el buen tabernero,

y a empellones y vaivenes

me hace subir la escalera

al sol y al aire volviéndome.

      Contempla, buen tabernero

de la taberna de Bremen,

tropel de angelitos rubios

en los tejados de enfrente;

por sus cantos y sus risas

cuán ebrios están se advierte.

Mira el sol allá en el fondo

de la bóveda celeste;

nariz es que victoriosa

la borrachera enrojece,

del espíritu del mundo

nariz tremenda y solemne,

y el universo beodo

en torno suyo se mueve.


    Como en fértil campiña mies lozana,

así brotan en haces apretados

los pensamientos en la mente humana,

y aquéllos que inspiraron los amores,

son como las que veis en los sembrados

rojas o azules flores.

      ¡Flores rojas o azules! Displicente

os deja el segador; el campesino

sin piedad os destroza;

y el mismo pasajero indiferente,

aunque alegráis su vista en el camino,

os llama «estéril broza».

Mas la doncella del lugar, que goza

tejiendo su guirnalda,

ávida os busca con sus ojos bellos,

os recoge en su falda,

os coloca después en sus cabellos,

y, así adornada, vuela

a la plaza, do en ecos repetidos

resuenan el rabel y la vihuela,

o al matorral espeso, que ella sabe,

donde escucha otra voz, a sus oídos

más que el rabel y la vihuela suave.


Nueva primavera

(1831)

    En los palacios y los museos

veréis pintado paladín rudo,

que revistiendo nobles arreos,

embraza ufano lanza y escudo.

      Pero risueña tropa de amores

lo envuelve en giros de alegre danza,

échale al cuello lazos de flores

y le despoja de escudo y lanza.

      Así, entre dulces cadenas muero,

llorando inútil vanas porfías,

mientras esgrimen otros su acero

en los combates de nuestros días.


      Blanco está el árbol que asiento

te da glacial a sus pies,

y escuchas gemir el viento,

y en el cielo ceniciento

pardas nubes pasar ves.

      Todo está yerto y helado;

monte y valle, selva y prado;

y con mortal desazón,

ves al invierno albergado

en tu propio corazón.

      De pronto, el ramaje mueve

sobre ti el árbol llueve

ráfagas alabastrinas,

y tú, que son imaginas

copos de escarcha y de nieve.

      Pero, a los pocos instantes,

ves con risueños asombros,

que son pétalos fragantes

los que dispersos y errantes

cayeron sobre tus hombros.

      ¡Oh prodigio halagador!

Diciembre truécase en Mayo,

la nieve cámbiase en flor,

y tu corazón a un rayo

se abre otra vez, del amor.


      Reverdece la pradera

al soplo de blanda brisa,

y el sol en la azul esfera

dice, con dulce sonrisa:

-«¡Bienvenida, oh Primavera!»

      Te oigo otra vez, ruiseñor,

ora alegre y trinador,

ora triste y quejumbroso;

pero, doliente o gozoso,

¡tu canto siempre es de amor!


      La hermosa noche del Abril florido

abre sus ojos apacibles ya;

el amor te ha postrado y abatido;

      ¡él te levantará!

      Entre las hojas, en la muda calma,

trina feliz el tierno ruiseñor,

y ensancha el corazón y eleva el alma

      su canto halagador.


      Amo a una hermosa flor; no sé a cuál de ellas,

      y por eso suspiro.

Un alma busco, y sus corolas bellas

      una por una miro.

      La flor trasciende al expirar el día;

      cantan los ruiseñores;

un alma busco, como el alma mía,

      rendida a los amores.

      Cantan los ruiseñores y comprendo

      sus ayes desmayados;

estamos por igual, a lo que entiendo,

medrosos y azorados.


      Llegó el alegre Mayo;

brillan el árbol y la flor hermosa;

y resbalan con lánguido desmayo

allá en el cielo azul nubes de rosa.

      El ruiseñor sencillo

canta dichoso en la flexible rama;

ligero brinca el rubio cabritillo

sobre la alfombra de mullida grama.

      Yo, con las ansias mías,

doliente yazgo en el vergel risueño;

oigo sonar lejanas armonías,

y sueño sin saber qué es lo que sueño,


      Resuena en el alma mía

placentera melodía

como un eco celestial;

hiende la región vacía

¡oh canción primaveral!

      Vuela a la floresta umbrosa,

y entre las flores, allí,

encontrarás una rosa;

saluda a la flor hermosa,

salúdala tú por mí.


      La bella mariposa ama a la rosa

y vuela en torno de sus rojas galas;

ama el sol a la bella mariposa

y su brillante luz quiebra en sus alas.

      Pero la esquiva rosa ¿por quién arde?

Si he de deciros la verdad, lo ignoro.

Quizás ama a la estrella de la tarde;

ama quizás al ruiseñor canoro.

      No sé a quien ama la encendida rosa;

mas yo amo a todos con igual amor;

estrella de la tarde, mariposa,

rosa, rayo de sol y ruiseñor.


      Todo canta en la floresta,

la rama, el nido y la flor.

¿Quién es, en la alegre fiesta

el experto director

que tan bien rige la orquesta?

      ¿Es la formal ave fría

quien el dulce coro guía?

¿Es la abubilla pedante

que nos cansa todo el día

con su cut-cut incesante?

      ¿Es la cigüeña quizás

la que, con su larga pata,

lleva el seguro compás,

y hace callar o desata

las voces de los demás?

      ¡Ah! no; el docto profesor

que así preside la fiesta,

lo llevo yo en mi interior:

es gran director de orquesta,

creo que se llama Amor.


      « El ruiseñor dio comienzo

cantando sus dulces coplas,

y brotaron verdes céspedes,

lirios, alelís y violas.

Con el pico abrióse el pecho

y saltó la sangre roja;

surgió un rosal de la sangre;

se llenó el rosal de rosas,

y el ruiseñor a esas flores

su amor cantó y sus congojas.

Su hermoso canto a las aves

unió en fraternal concordia;

pero si cesa algún día

su voz, moriremos todas,

y morirá juntamente

la selva que nos aloja».

      En el nido que la encina

guarda oculto entre sus frondas,

así a los gorrioncetes

el gorrión alecciona.

Dice mientras pío, pío,

la maternal gorriona,

que, como ama de la casa,

en sitio de honor reposa.

Es pájara muy casera,

muy buena cobijadora,

que jamás, cuidando el nido,

se altera ni se alborota.

En tanto, el pájaro viejo

fácil pasatiempo logra

dándoles a sus hijuelos

educación religiosa.


      Tibia noche de Abril en dulce calma

abre todas las flores; si se aduerme

en descuidados éxtasis el alma,

¡cuán fácil al Amor será el prenderme!

      Mas ¿cuál de tantas deliciosas flores

rendir podrá mi voluntad serena?

dícenme los parleros ruiseñores:

«Guárdate de la cándida azucena».


      Crece el afán, estallan los enojos,

y el seso otra vez siento transtornado.

La primavera y dos hermosos ojos

contra mi corazón se han conjurado.

      ¡Primavera! ¡Pupilas amorosas!

¿Por qué me habéis robado la razón?

¡Ay! también -o sé poco de estas cosas-

andan los ruiseñores y las rosas

      en la conjuración.


      Mi corazón ansía

llorar, llorar con amoroso llanto,

con llanto de tristeza y alegría.

      ¡Cómo temo, alma mía,

que al fin consigas lo que anhelas tanto!

      ¡Ay! la amarga ventura

del amor y su dulce sufrimiento,

      penetrar en la hondura

del mal curado corazón ya siento.


      Entre las verdes hojas indiscretas

los ojos brillan del Abril florido,

y son las azuladas violetas

que para hacerte un ramo he recogido.

      En ti pienso, y las miro dulcemente,

y todos mis ensueños seductores

conforme van brotando de mi mente,

publicándolos van los ruiseñores.

      Publicándolos van, y el fugaz viento

los esparce después en vuelo suave;

mira cómo mi oculto pensamiento

toda la selva lo conoce y sabe.


      Si pasas cerca de mí

y me roza tu vestido,

siento loco frenesí,

y se lanza en pos de ti

mi corazón atrevido.

      Mas si en movimiento leve

fijas en mí la atención,

tal tu mirar me conmueve,

que a seguirte no se atreve

mi cobarde corazón.


      Abre el cáliz hermoso

      la flor de la laguna,

y un ósculo callado y amoroso

      le da la blanca luna.

      La frente avergonzada

      la flor baja al instante,

y en el agua la faz ve retratada

      de su pálido amante.


      Si tienes ojo avizor,

a través de mi cantar,

siempre, cual sombra de amor,

verás con vago fulgor

hermosa joven pasar.

      Si tienes fino el oído

escucharás su querido

acento con embeleso,

y canto, risa o gemido,

ha de trastornarte el seso.

      Su voz, su mirada amante

te robarán paz y calma;

e irás por la selva errante,

llevando siempre delante

los dulces sueños del alma.


      -« En noche de primavera,

poeta, ¿qué haces aquí?

las flores de la pradera

se han vuelto locas por ti.

      »Están las púdicas rosas

encendidas; azoradas

las violetas; las medrosas

azucenas desmayadas».

      -«¡Luna, me cuentas horrores!

raza bien sentimental

es la raza de las flores!

¡Hice mal; pero muy mal!

      »Mas ¿quién hubiera creído

que escuchaban todas ellas

cuando mi amor, conmovido,

declaraba a las estrellas?»


      Con tus azules pupilas

me miras tan tierna y dulce,

que ni abrir puedo los labios,

trastornado por sus lumbres.

      De tus azules pupilas

todos mis anhelos surgen,

y mi alma inunda un torrente

de pensamientos azules.


      Ya está otra vez mi corazón vencido;

domada está otra vez su estéril ira;

el soplo del Abril lo ha enternecido

y nuevo esclavo del amor, suspira.

      Sigo las alamedas del paseo,

atento a mi ilusión camino errante;

si un sombrero de paja lejos veo

pienso encontrar su celestial semblante.

      Recorriendo las márgenes del río,

al viejo puente voy con mis antojos,

por si pasa en su coche el dueño mío

y se encuentran sus ojos con mis ojos.

      Y en el sordo rumor de la cascada

una voz oigo, para mí elocuente,

y traduzco en el alma apasionada

lo que dice esa voz de la corriente.

      Cruzo el parque soñando sin sentirlo,

y me pierdo en su dédalo intrincado,

y oculto en la maleza silba el mirlo

burlándose del loco enamorado.


      ¿Percibe la hermosa flor

la esencia, que entrega al viento?

¿Sabe el diestro ruiseñor

el halago embriagador

que nos produce su acento?

      No lo sé, y es grave cosa

averiguar la verdad:

si mienten pájaro y rosa

¡qué mentira tan sabrosa

y de cuánta utilidad!


      No te enojes, querida;

porque te adoro tanto, huyo de ti.

¿Cómo elevar mi frente dolorida

junto a tu rostro floreciente? di.

      Tal me ha puesto el amor que doy espanto;

y al verme, te apartaras tu también.

Huyo de ti porque te adoro tanto;

      no te enojes, mi bien.


      Entre las flores voy, hermoso dueño,

y florece a la par mi corazón;

voy vacilante, como en vago sueño,

      como en fugaz visión.

      Sosténme, dulce bien. Turba mi mente

la embriaguez del amor, que estalla ya;

y me postro a tus plantas, y de gente

      lleno el jardín está.


      La imagen de la luna se estremece

en las olas del mar, tristes y obscuras;

y lejano su disco resplandece

      tranquilo en las alturas.

      Así tú pasas plácida y tranquila,

¡oh dulce amor! en inocente calma,

y tu imagen triunfal tiembla y vacila

      en el fondo de mi alma.


      Santa alianza celebraron

nuestros dos pechos también;

cariñosos se estrecharon

y se comprendieron bien.

      Pero tu confederada,

la que tu pecho adornó,

la fresca rosa, aplastada

en el abrazo quedó.


      Dime, dime, ¿quién era

el que inventó el reloj,

y en horas y minutos

el tiempo dividió?

Hombre frío sería,

frío y calculador.

Las noches del invierno

insomnes las pasó,

contando uno por uno

los pasos del ratón

y el rechinar del triste

gusano roedor,

que, oculto en la madera,

excava su prisión.

      Dime, ¿quién el primero

los besos inventó?

Hombre feliz seria,

de ardiente corazón,

que, al inventar el beso,

sólo en besar pensó.

¡Era en el dulce Mayo;

abríase la flor,

trinaban los jilgueros,

resplandecía el sol!


      ¡Cómo los frescos alelís trascienden!

El cielo es de azul pálido y en él

son las estrellas, que su luz encienden,

abejas de oro en volador tropel.

      Blanca, alegre, feliz, quinta cercana

miro entre negros árboles brillar;

rechina la vidriera en la ventana,

y la querida voz oigo charlar.

      ¡Dulce y viva emoción que inunda el pecho!

¡tierno y tímido abrazo del amor!

¡y están las rosas nuevas en acecho!

¡y preludia su canto el ruiseñor!


      ¿No he soñado ya estos sueños?

¿no he amado ya estos amores?

¿no eran ¡ay! tan halagüeños

aquellos besos risueños

y aquellas fragantes flores?

      Luz de luna mal velada

¿no entraba también filtrada

en nuestro nido de yedra?

¿no velaban a la entrada,

cual hoy, deidades de piedra?

      ¡Ah! Bien sé que en giro leve

huye siempre la ilusión;

y al soplar el cierzo aleve,

cubre una capa de nieve

los campos, y el corazón.

      Y mañana olvidaremos

la ventura que hoy gozamos

hoy, que tanto nos queremos

y con tan dulces extremos

¡ay de mí! nos abrazamos.


      ¡Oh dulces besos en la sombra hurtados,

y que en la sombra el labio devolvió!

¡Cuán dulces vuestros goces regalados

son para el alma que constante amó!

      Extasiados en plácidas memorias

y en esperanzas de mayor placer,

pensamos nuevas dichas y victorias

de venideros días entrever.

      Mas cuando el beso estalla delirante

¿quién puede discurrir y razonar?

¡Llora, mi bien; nada hay en ese instante

      más dulce que llorar!


      Era un rey triste y anciano,

un rey de cabello cano,

de alma enferma y pesarosa;

a niña muy hermosa dióle

trono, cetro y mano.

      Era un paje alegre y bello,

de suelto y rubio cabello,

de alma amorosa y lozana;

llevaba, orgulloso de ello,

la cola a su soberana.

      ¿Sabes esa historia cruel?

Siempre en mi pecho

llagado triste y dulce ha resonado.

Murieron reina y doncel;

se querían demasiado.


      Agólpanse otra vez al pensamiento

las bellas sombras que borró el olvido.

¿Qué es lo que tiene tu amoroso acento,

      que así me ha conmovido?

      No digas que me quieres. Todo cuanto

brilla en el mundo y seductor florece,

primavera y amor, vida y encanto,

      todo expira y fenece.

      ¡No digas que me quieres, dulce dueño!

bésame silenciosa: así me agradas.

Y sonríe mañana, si te enseño

las rosas frescas hoy, ya deshojadas.


      -«A los serenos fulgores

de la luna abren los tilos

sus aromáticas flores;

llenan los bosques tranquilos

gorjeos de ruiseñores.

      »Ven aquí, mi fiel amante,

y veremos sin congojas

cómo tiembla palpitante

el rayo puro y brillante

de la luna entre las hojas.

      »Mira, como un corazón

las hojas del tilo son;

por eso los que bien quieren

en la más dulce ocasión

su grata sombra prefieren.

      »Mas tú en la región vacía

tiendes incierta mirada,

desatento a la voz mía.

Di, ¿qué nueva fantasía

surge en tu alma enamorada?»

      -«Yo te lo diré, bien mío:

quisiera que el cierzo frío

tremendo turbión trajera,

y que ese turbión sombrío

de nieve el campo cubriera.

»Y en un trineo, en ropón

envueltos, de blandas pieles,

por la nevada extensión

resbaláramos al són

de látigo y cascabeles».


      A la luz de la luna, en selva umbría,

los elfos voladores vi pasar

en corceles blanquísimos, y oía

      sus trompas resonar.

      Llevaban sus corceles cuernos de oro

y trotaban con loco frenesí,

como los cisnes que en tropel sonoro

      volar a veces vi.

      La reina, con sonrisa leve y fría,

en volador escape me miró.

¿A mis nuevos amores aludía,

      o mi cercana muerte presagió?


      Voy al campo, y violetas ruborosas

busco y te envío todas las mañanas;

vuelvo al campo al ocaso, y de las rosas

elijo para ti las más lozanas.

      ¿Sabes tú lo que dicen, vida mía,

esas flores, galantes mensajeras?

Que me quieras constante todo el día,

y por la noche, que también me quieras.


      Tu carta cruel de recibir acabo,

      querida, y no me amarga.

Dices que ya no me amas; pero, al cabo,

      ¡tu epístola es tan larga!

      ¡Doce planas completas! Y es, hermosa,

      tu letra bien metida.

Nadie ha gastado nunca tanta prosa

      para una despedida.


      No temas que ante la gente

descubra yo mi ansiedad,

aunque afanoso y ardiente

hable hiperbólicamente

mi labio de tu beldad.

      Bajo ese inmenso montón

de metafóricas flores,

que disfrazan mi pasión,

velan su conspiración

nuestros secretos amores.

      Y si chispas sospechosas

estallan entre esas rosas,.

no te alarmes, vida mía;

nadie cree en estas cosas

y dirán: «Es poesía».


      Los rumores de Abril en pleno día

penetran en mis noches halagüeños,

cual ecos de una verde melodía

que se deslizan en mis dulces sueños.

      Pero, como en Edén maravilloso,

trinan entonces más los ruiseñores,

es el aire más blando y delicioso,

y son más aromáticas las flores.

Las rosas hermosísimas contemplo

con sus nimbos de luz en la corola,

cual los querubes que en antiguo templo

pintó el artista con dorada aureola.

      Yo mismo entonces imagino y siento

que soy cual otro ruiseñor, y canto,

y el amoroso afán que experimento

digo a las rosas con secreto encanto.

      Hasta que me despiertan los fulgores

de la aurora y la tropa charlatana

de esos otros amantes ruiseñores,

que vienen a cantar a mi ventana.


      Con sus piececitos de oro

por el firmamento el coro

de los astros lento va.

Despertar no quiere al mundo

que en el regazo profundo

de la noche duerme ya.

      Los bosques humedecidos

se vuelven todos oídos;

y silenciosos también,

en contorsiones extrañas

se estremecen las montañas

que allá a lo lejos se ven.

      ¿Qué es ese trémulo acento

que en el corazón yo siento

con encanto halagador?

¿Suena la voz de mi hermosa,

o no es quizás otra cosa

que el trino del ruiseñor?


      La primavera está pálida y fría,

hay en sus sueños inquietud sombría;

      hay tristeza en sus flores;

      vaga melancolía

en la voz de sus tiernos ruiseñores.

      ¡Hermosa niña, a quien adoro tanto!

no me sonrías con alegre encanto.

      Llora, querida, llora;

      quiero enjugar tu llanto

besándote la faz encantadora.


      Al corazón que amo tanto

el mío debo arrancar...

¡viviera aquí tan dichoso

sin dejarte a ti jamás!

      Rueda el coche, cruje el puente;

¡oh, cuán turbio el río va!

¡Adiós! ¡De ti me despido,

de ti, mi felicidad!

      Dispérsanse las estrellas,

huyendo de mi quizás...

¡Adiós, mi amor! Por muy lejos

que me lleve hado fatal,

en mi corazón tu imagen

por siempre florecerá.


      Florece ilusión temprana

y mustia en seguida está;

vuelve a florecer lozana,

y así va la vida humana

hasta que en la tumba da.

      Esas leyes del destino

nubes de mi dicha son;

y, de su mal adivino,

desángrase de contino

gota a gota el corazón.


      Paréceme hoy el cielo

      rostro de anciano,

con guedejas de pelo

      mugriento y cano;

      y turbio, rojo,

en medio de la frente

      no más un ojo.

      Hacia la tierra mira

      con honda angustia,

y todo al punto expira,

      todo se mustia;

      mueren las flores

      y en el alma con ellas

      risas y amores.


      Tétrico y meditabundo

voy al azar por el mundo

      triste y frío;

Otoño a morir camina,

y la pálida neblina

desplega el manto sombrío.

      El cierzo las sueltas hojas

que yacen mustias y rojas,

      lento mueve;

suspira el pino en el monte,

enlútase el horizonte,

y lo peor es que llueve.


      Pardas brumas otoñales

inundan selvas y prados,

y álzanse por todos lados,

cual espectros funerales,

los árboles deshojados

      Uno entre ellos solamente

tierno siempre y floreciente,

con silenciosa armonía

columpia su verde frente,

que dulce llanto rocía.

      Mi corazón parecido

es a ese campo aterido

por tormenta destructora,

y el árbol fresco y florido

es vuestra imagen, señora.


      Un cielo gris, triste, soso;

la ciudad siempre la misma,

contemplándose en el Elba

pesarosa y aburrida;

narizotas que, al sonarse,

gruñen como antes gruñían,

y que se inclinan hipócritas

o que petulantes se hinchan...

      ¡Tierras del sol! ¡Cielo claro

y azul! ¡Deidades benignas!

os adoro más que nunca

desde que otra vez soy víctima

de esta grotesca gentuza

y este insoportable clima.


I

    Las redes evitad, buenos cristianos,

      que Satanás os tienda;

os contaré la historia de Tannhauser,

      para que estéis alerta.

      Sintió Tannhauser, noble caballero,

de amor y de placer ansias frenéticas;

fue a la montaña de la hermosa Venus;

      siete años vivió en ella.

      -«Señora Venus, mi gentil Señora,

pásalo bien, idolatrada reina,

voy a marchar de aquí; dejarte quiero,

      y te pido licencia».

      -«Tannhauser, noble caballero mío,

aún tus besos mis labios hoy esperan.

      Bésame cariñoso,

y explícame las faltas que en mí encuentras.

      »¿No te escanció jovial todos los días

el mejor vino, como dulce néctar?

Todos los días, a tu noble frente,

      ¿no ciño rosas frescas?»

      -«Señora Venus, mi gentil Señora,

tósigo son, que suave me envenena,

tus dulces besos y tu dulce vino.

Hoy amarguras ansia mi alma enferma.

      »Jugamos y reímos demasiado;

lágrimas sólo mi dolor anhela,

en vez de frescas rosas, ceñir quiero

      de espinas mi cabeza».

      -«Tannhauser, noble caballero mío,

      ¿por qué así te querellas?

No dejarme jamás, mil y mil veces,

      me ha jurado tu lengua.

      »A mi cámara ven, y gozaremos

las emociones del amor secretas;

allí tu sangre encenderá mi cuerpo

      blanco cual azucena».

      -«Señora Venus, mi gentil Señora,

florecerá por siempre tu belleza;

      ardieron por ti muchos,

y arderán otros muchos en tu hoguera.

      »Al pensar en los dioses y en los héroes

a quienes fue tu amor fácil ofrenda,

casi me causa repulsión tu cuerpo,

      blanco cual azucena.

      »Tu cuerpo, sí, cual azucena blanco,

me espanta aún más, si en multitud inmensa

imagino tus nuevos gozadores

      de la edad venidera».

      -«Tannhauser, noble caballero mío,

      no hables de esa manera;

prefiero que iracundo me golpees,

      como tú me golpeas.

      »Prefiero que iracundo me golpees

a que me insultes, y mejor quisiera

que para mí, cristiano adusto y frío,

tu corazón cerrase la soberbia.

      »Porque mucho te amé, recibo y oigo

      semejantes ofensas.

Pásalo bien; ya tienes mi permiso.

      Ve; yo te abro la puerta».

II

      ¡A Roma! ¡A Roma! En la ciudad bendita

suenan campanas, cánticos y rezos.

      La procesión avanza,

y el augusto Pontífice va en medio.

      Es el justo y piadoso Papa Urbano.

Tres coronas le sirven de ornamento;

      de púrpura es su manto;

llevan su cola nobles caballeros.

      -«Escucha, Padre Santo, Papa Urbano,

      tranquilo no te dejo,

hasta que oyendo en confesión mis culpas,

      me salves del infierno».

      Cesan los cantos místicos; se aparta

      formando corro el pueblo.

¿Quién es el peregrino? Ante el Pontífice

      él se arrodilla, trémulo.

      -«Escucha, Padre Santo, Papa Urbano,

puedes atar y desatar. Benévolo

sálvame de las llamas infernales,

      sálvame del Protervo.

      »Soy el noble Tannhauser; sentí un día

de amor y de placer el voraz fuego;

la montaña de Venus busqué ansioso,

y siete años viví bajo su imperio.

      »¡Venus es una hermosa encantadora

que hechiza el alma y encadena el cuerpo;

es más dulce que aroma de las flores

      y luz del sol, su acento.

      »Como, sobre la flor, la mariposa,

revolotea, y en su cáliz tierno

liba la miel, volaba el alma mía

sobre sus labios, cual las rosas frescos.

      »Ciñen su noble frente

crenchas rizadas de cabellos negros;

cuando nos miran sus rasgados ojos

      el hálito perdernos.

      »Cuando nos miran sus rasgados ojos,

cautivos somos, en sus redes presos.

Para escapar de la fatal montaña

      hice un supremo esfuerzo.

      »Pude escapar de la fatal montaña;

pero me van buscando y persiguiendo

      los ojos de la hermosa,

y por señas me dice: -'Ven de nuevo'.

      »De día soy cual mísero cadáver;

cobro de noche vida y sentimiento;

sueño en mi hermosa, y viene, y feliz ríe

      sentándose en mi lecho.

      »Ríe feliz, regocijada, loca,

y me muestra, al reír, al descubierto

sus blancos dientes y suspiro y lloro

      cuando en sus risas pienso.

      »Amóla con amor irresistible,

      que reprimir no puedo;

es tremenda cascada, que destroza

      los diques a ella opuestos.

      »De roca en roca salta con blanquísimos

borbotones de espuma y bronco estruendo;

      se quiebran sus raudales,

mas sigue audaz su curso turbulento.

      »El cielo a mi hechicera le daría,

si fuera mío el cielo,

el sol, la luna y las estrellas todas

que hay en el firmamento.

»Amóla con amor irresistible,

en cuya viva hoguera estoy ardiendo...

¿Son éstas ya las infernales llamas?

¿Los tizones eternos?

»Escucha, Padre Santo, Papa Urbano;

puedes atar y desatar; benévolo

sálvame de las llamas infernales;

      líbrame del Protervo».

      Alzó la mano majestuosa el Papa,

y le habló en estos términos:

-«Tannhauser infeliz; es imposible

      romper tu encantamiento.

      »Es el peor de los demonios todos

      el que apellidas Venus;

para arrancate a sus hermosas garras,

      facultades no tengo.

      »Debe pagar por siempre el alma tuya

los goces de la carne pasajeros.

Estás ya condenado al perdurable.

      suplicio del infierno».

III

      Corrió Tannhauser el mundo

llagados los pies tenía.

Al monte de Venus vuelve;

media noche es cuando arriba

      Despierta la hermosa Venus;

salta del lecho tranquila;

le tiende los blancos brazos;

le estrecha cariñosísima.

      De su nariz brota sangre,

y lloro de sus pupilas;

con la sangre y con el lloro

el rostro al galán le pinta.

      El, sin desplegar los labios,

en el lecho se reclina;

ella al fogón se dirige,

y buena sopa le guisa,

      La sopa y el pan le ofrece;

los pies le cura y le limpia;

le peina bien el cabello;

le alegra con sus sonrisas.

      -«Tannhauser, mi caballero,

larga fue tu correría.

Las tierras que has visitado

quiero que tú me las digas».

      -«Para el país de los celtas

fue mi primera visita;

asuntos en Roma tengo,

y allá fui con ansias vivas.

      »Roma, junto al río Tíber,

se encumbra en siete colinas;

hablé con el Padre Santo,

y me dio para ti albricias.

      »De regreso, vi a Florencia

y a Milán, ciudad magnífica;

y entré por los vericuetos

de la selvática Suiza.

      »Trepé animoso, a los Alpes;

desde allí, ¡qué hermosa vista!

Volaba graznando el águila;

un lago azul sonreía.

      »Cuando llegué al San Gotardo,

la Germania hallé dormida,

de sus treinta y seis monarcas

bajo la guardia solícita.

      »Vi la escuela de los vates

en Suavia: ¡menuda y mísera

ralea! con chichoneras

resguardan las cabecitas.

      »En Dresde vi el mejor perro

que he visto en toda mi vida;

perdió los dientes; no muerde;

pero ladra todavía.

      »En Weimar, grato a las Musas,

tristes lamentos se oían:

      '-¡Ha muerto Goethe!' clamaban;

'¡Y Eckermann aún vive y triunfa!'

      »Oí en Berlín fuertes gritos,

y pregunté: -'¿Por qué gritan?'

-'Gans, desde el siglo pasado

lección igual nos explica'.

      » Florecen todas las ciencias,

mas no dan fruto, en Gotinga,

al llegar en noche obscura,

no vi una luz encendida.

      »Vi el correccional de Celle;

sólo Hannover lo utiliza;

un correccional nos falta

que a toda Alemania sirva.

      »La honrada ciudad de Hamburgo

es de bandidos guarida;

y cuando llegué a la Bolsa

aún en Celle me creía.

      »Estuve en Altona luego;

tiene hermosa perspectiva.

Lo que me pasó en Altona,

te lo contaré otro día».


Romances y otras poesías

El caballero Olao


    Dos hombres hay ante la iglesia, y visten

      los dos traje purpúreo.

Es uno de ellos el monarca; el otro...

      el otro es el verdugo.

      Dice al verdugo el rey: -«Ya las postreras

      oraciones escucho;

están cumplidos los nupciales ritos:

      el hacha ten a punto».

      Suena el órgano, suenan las campanas;

      sale el pueblo en tumulto;

y salen entre el séquito brillante

      los esposos en triunfo.

      Pálida, cual la muerte, va la hermosa

      hija del rey adusto;

el bravo Olao, impávido y sereno,

      con sonrisa de júbilo.

      Con sonrisa de júbilo le dice

      al rey: -«Yo te saludo,

suegro y señor; aguarda mi cabeza

      el hacha del verdugo.

      »He de morir; pero hasta media noche

      no sea, y como es justo,

a la boda banquetes y cantares

      y danzas den tributo.

      »Permitidme vivir hasta que apure

      mi labio moribundo

la última copa; hasta que alegre marque

      el baile el compás último».

      -«Sea como lo pide el noble yerno»

      dice el rey, y al verdugo,

-«Viva hasta media noche», y luego añade:

      -«el hacha ten a punto».

II

      Olao, con regio banquete

sus tristes bodas celebra,

y apura de un solo sorbo

la fatal copa postrera.

En los hombros del mancebo

dobla la hermosa cabeza

la hija del rey sollozando...

y está el verdugo a la puerta.

      Nuncia música festiva

que ya las danzas comienzan,

y Olao el talle flexible

de su desposada estrecha.

En rápido remolino,

trazando círculos vuelan,

y es el círculo postrero...

y está el verdugo a la puerta.

      ¡Cómo suspiran las flautas!

¡cuál sollozan las vihuelas!

¡Todos asombrados miran

la hermosísima pareja;

asombrados miran todos,

y el corazón se les vuelca.

Van bailando, van bailando...

y está el verdugo a la puerta.

      Como un ascua resplandece

la sala del baile espléndida,

y así en voz baja le dice

Olao a su compañera

      -«¡Cuánto te quiero, alma mía!

¡si comprenderlo pudieras!

¡Cuán frío estará el sepulcro!!!»

Y está el verdugo a la puerta.

III

      Olao, tu vida concluye,

ha sonado media noche;

sedujiste a una princesa

con tus livianos amores.

      Ya van cantando los prestes

las últimas oraciones;

ya el verdugo junto al tajo,

se apoya en el hacha inmóvil.

      Ya desciende el caballero

hacia el ancho patio donde

brillan espadas y antorchas

con siniestros resplandores.

      Y aún la sonrisa a su rostro

da triunfales arreboles,

y aún extasiado y radiante,

va diciendo estas razones:

      -«Bendigo, al sol y a la luna

y a las estrellas menores,

al luminar de los días

y a los astros de la noche.

      »Bendigo a las avecillas

que al aire dan sus canciones,

bendigo al mar y a la tierra,

a los campos y a las flores.

      » Bendigo a las azuladas

violetas que allá en el bosque

copian de sus ojos claros

los matices y fulgores.

      »Bendigo esos ojos claros,

tumba de mis ilusiones,

y el árbol a cuya sombra

gocé, oh bella, tus favores».


Godofredo Rudel y Melisenda de Trípoli

    ¡Oh castillo de Bley! Tus aposentos

aún con flotantes pliegues cubren hoy

viejos tapices, que con diestra mano

la condesa de Trípoli bordó.

      Los bordó con la aguja y con el alma,

bañándolos en lágrimas de amor;

de las escenas de su propia vida

traslado exacto las figuras son.

      Moribundo, en la playa, la condesa

halla a Rudel, el bello trovador,

y al punto mira en él estremecida

al ideal amante que soñó.

      Rudel mira anhelante a la condesa,

y como celestial aparición,

por vez primera y última contempla

la imagen fiel de su soñado amor.

      Ella se inclina sobre el yerto joven

y lo estrecha con trémula emoción,

besando, mudo y lívido, aquel labio

que dijo tantas trovas en su honor.

      Y ese beso feliz de bienvenida

será a la vez el ósculo de adiós,

y apuran juntos en el mismo cáliz

el mayor goce y el mayor dolor.

      ¡Oh castillo de Bley! todas las noches

se oye en tus aposentos vago són,

y en los viejos tapices las figuras

vida recobran, movimiento y voz.

      Los fantásticos miembros sacudiendo,

saltan del muro dama y trovador;

y por las anchas salas van y vienen,

y vuelven a pasar juntos los dos.

      ¡Dulces suspiros!¡inocentes juegos!

¡tiernos secretos de infeliz pasión!

¡galanterías de los dulces tiempos

del gay-saber, desconocidas hoy!

      -«¡Godofredo! a tu acento cariñoso

se despierta mi muerto corazón;

de sus frías cenizas una chispa

brota del fuego aquel que me abrasó».

      -«¡Melisenda! mirándome en tus ojos

vida y sentido recobrando voy;

sólo en mí ser murieron para siempre

humano afán y terrenal dolor».

      -«¡Godofredo! primero nos quisimos

en sueños de dulcísima ilusión;

hoy en la fría muerte nos amamos:

¡portento es este del flechero dios!»

      -«¡Melisenda! ¡Mi bien! ¿Qué son los sueños?

¿Qué es la muerte? Palabras sin valor.

amor sólo es verdad, y eternamente

me has de amar tú y he de adorarte yo».

      -«¡Godofredo! ¡Cuán dulce y deleitoso

es de la luna el tibio resplandor!

Bien estamos aquí; nunca salgamos

a la importuna claridad del sol».

      -«¡Melisenda! ¡tú eres, prenda mía,

sol, claridad y ráfaga y fulgor!

Donde estás allí están la primavera

y la luz, y la dicha y la ilusión!»

      Así diciendo, las gentiles sombras,

de sala en sala van, juntas las dos,

y a través de la gótica ventana

la luna acecha su vagar veloz.

      Hasta que al fin las viejas galerías

inunda y dora el matutino albor,

y en los tapices de flotantes pliegues

escóndese la doble aparición.


El rey Haraldo

    En brazos de fada hermosa

yace el noble rey Haraldo;

en el fondo del mar yace,

y los días van pasando.

      Ni vivir ni morir puede,

tal la fada lo ha hechizado;

y en ese dulce martirio

lleva ya doscientos años.

      La cabeza el rey descansa

sobre el seductor regazo,

y los bellos ojos mira,

sin acabar de mirarlos.

      Plata son ya sus cabellos,

su cuerpo está enfermo y flaco;

los pómulos amarillos

saltan de su rostro escuálido.

      A veces turban sus sueños

estremecimientos vagos,

cuando bate la borrasca

su cristalino palacio.

      A veces oye, allá arriba,

gritos de guerra normandos

y alza los brazos de pronto,

para volver a bajarlos.

      A veces mira a lo lejos

marinos que van cantando;

lo que cantan los marinos

glorias son del rey Haraldo.

      Y entonces profundo gime,

y la hechicera, al notarlo,

se inclina, y risueña estampa

beso de fuego en sus labios.


    Al jardín todas las tardes,

cuando quiere anochecer,

la hija del sultán hermosa

baja y pasea por él.

Junto a la fuente sonora

detiene el paso tal vez

y los limpios surtidores

ve saltar y oye caer.

      Al jardín todas las tardes,

cuando quiere anochecer,

viene el esclavo gallardo,

e impasible se le ve

junto a la fuente escuchando

los surtidores también.

Cada tarde, de su rostro,

es mayor la palidez.

      Una tarde la princesa

llega presurosa ante él:

-«¿Cuál es tu nombre? le dice,

tu patria, esclavo, ¿cuál es?

-Arabia me dio la cuna;

llamáronme Mohamet.

Soy de aquellos azraítas

que mueren cuando aman bien».


Fiesta primaveral

    ¡Cuán tristes, oh Primavera,

cuán tristes son hoy tus goces!

Vírgenes atribuladas

en ansioso tropel corren,

la túnica desceñida,

los cabellos en desorden,

y con ayes lastimeros

«¡Adonis!» gritan «¡Adonis!»

      La luz apaga el ocaso,

y ellas, por valles y bosques,

agitando rojas teas,

van buscando y dando voces.

Y entre lágrimas y risas,

y lamentos y clamores,

el eco apesadumbrado

¡Adonis!» repite «¡Adonis!»

      El más gallardo mancebo,

el más amoroso joven,

tendido entre rosas yace

helado, lívido, inmóvil;

la púrpura de sus venas

colora todas las flores,

y llena todos los aires

el grito «¡Adonis! ¡Adonis!»


A la madrugada

    Esta mañana, lóbrega envolvía

la niebla el arrabal de San Marcelo,

tarda niebla otoñal, pálida y fría,

cual noche clara en despejado cielo.

      Envuelto en su penumbra misteriosa,

vagaba yo al azar, cuando asombrado

imagen femenil leve y hermosa

cual rayo de la luna, vi a mi lado.

      Cual un rayo apacible de la luna

deslizábase muda, tenue y bella,

no vi en Francia jamás mujer alguna

tan gallarda y airosa como aquella.

      ¿Era la misma luna, que del carro

nacarado bajó, y al mundo vino,

porque halló, más hermoso y más bizarro,

otro Endimión en el Cuartel latino?

      Marché a casa pensando: temerosa

de mi se recataba y se escondía:

sin duda me tomó la casta diosa

por Febo, el boquirrubio, que el sol guía.


Un astro caído

    Era un astro, y tan fúlgido brillaba

que a fuerza de brillar cayó del cielo.

¿Qué es el amor, oh niña, me preguntas?

Astro caído en un montón de estiércol.

      Como roñoso can, muerto y corrupto,

de podredumbre hedionda está cubierto;

el gallo canta; gruñe y en el fango

su lascivia feroz revuelca el cerdo.

      Caiga yo en el jardín, donde las flores

me aguardan ya con impaciente anhelo;

y encuentre allí, como anhelante imploro,

pulcra la muerte y perfumado el féretro.


    Se amaban con frenética pasión;

ella era una ramera; él un ladrón;

cuando él fraguaba alguna fechoría,

se echaba ella en la cama, y se reía.

      Pasaba el día en huelga y sin afán,

y la noche en los brazos del galán;

cuando se lo llevó la policía,

del balcón lo miraba, y se reía.

      Él, de la cárcel, le mandó decir

que no podía sin su amor vivir;

a un lado y otro lado ella movía

la cabeza fisgona, y se reía.

      A las seis lo colgaron; al sonar

las siete, lo llevaron a enterrar;

cuando daban las ocho el mismo día,

ella se emborrachaba, y se reía.


La desconocida

    Sé que a los jardines regios

de las Tullerías va

todas las tardes la hermosa

rubia, que es mi dulce imán,

y que bajo sus frondosos

castaños la he de encontrar.

La acompañan dos odiosas

damas de madura edad.

¿Son sus tías? ¿son dragones

con femenino disfraz?

Las dos dueñas bigotudas

horrible miedo me dan,

y aun mi corazón inquieto

más miedo me hace pasar;

y así, cuando en los jardines

me cruzo con mi beldad,

ni el más mínimo requiebro

me decido a pronunciar,

y apenas en mis pupilas

arde el interior volcán.

      Hoy he sabido su nombre

por pura casualidad;

se llama Laura, lo mismo

que la hermosa provenzal,

por el excelso poeta

amada con loco afán.

      ¡Se llama Laura!, ¡Qué dicha!

me encuentro en el caso igual

que el Petrarca, cuando ansioso

consagraba a su deidad

de sonetos y canciones

inagotable raudal.

      ¡Se llama Laura! y lo mismo

que Petrarca, he de gozar

la platónica delicia,

la pura felicidad

de embriagarme en la dulzura

de su nombre celestial.

      Al fin y al cabo, Petrarca

no consiguió nada más.


    ¡Ah, señora Fortuna! inútilmente

desdeñosa te muestras. Tus favores

conquistaré con ánimo valiente

como todos los bravos luchadores.

      En la reñida lid caerás domada;

ya forjo el yugo al que serás uncida;

pero al verte a mis plantas desarmada,

siento en el corazón mortal herida.

      La roja sangre brota en largo río

y el dulce soplo del vital aliento...

y cuando el triunfo que anhelé, ya es mío,

ceder mis fuerzas y morir me siento.


    Alí Bey, el más heroico

paladín de los creyentes,

en los brazos de una hermosa

disfruta el mayor deleite,

y el mismo Alah poderoso

se complace y goza viéndole

disfrutar del Paraíso

anticipados placeres.

Odaliscas le rodean

bellas como hurís celestes;

una las barbas le riza,

otra le ha ungido las sienes,

otra la cítara pulsa,

baila y canta alegremente,

y el pecho le besa, en donde

todas las delicias hierven.

      Suenan trompetas de pronto,

fragor de encontradas huestes,

choque de espadas y alfanjes,

estampidos de mosquetes,

y entre ellos voces que gritan:

-«¡Gran señor, los francos vienen!»

En su caballo de guerra

intrépido monta el héroe;

como en sueños, corre al campo

del combate, porque siempre

de los brazos de su hermosa

los dulces halagos siente,

y mientras caen a sus golpes

cabezas de los infieles,

cual feliz enamorado

sonríe tranquilamente.


Primavera

   La corriente resbala brilladora;

cuán vivo es el amor en Primavera!

Teje fresca guirnalda la pastora

y sonríe sentada en la ribera.

      Las flores dan al viento su ambrosía;

¡cuán vivo en Primavera es el amor!

-«¿A quién esta guirnalda yo daría?»

¿dice la hermosa llena de rubor?

      Un caballero pasa galopando;

la saluda con júbilo al pasar.

La bella lo contempla palpitando,

y una pluma a lo lejos ve ondular.

      Arroja al río las brillantes flores,

y prorrumpe en un llanto agobiador.

¡Cómo cantan los tiernos ruiseñores!

¡cuán vivo en Primavera es el amor!