Siguiente
Sus mejores versos
Heinrich Heine
A Juan Fastenrath,
de Colonia. Gran amigo de España, y propagador de
las letras españolas en Alemania, dedica esta traducción
como afectuoso homenaje de agradecimiento.
Teodoro Llorente
Era en Mayo de 1831: la revolución, triunfante en
París, conmovía a la Europa entera. Las jornadas
de julio habían sido como la explosión de un
volcán, que lanzaba y esparcía en ríos
de lava el fuego largo tiempo sofocado. El pueblo francés,
inquieto y tornadizo, fatigado de las convulsiones revolucionarias
con que dio fin el siglo XVIII, y de las colosales campañas
con que comenzó el XIX, pudo someterse por un momento
a la disciplina paternal de la Restauración; pero
pronto surgió de nuevo el espíritu innovador.
Rebrotaban los principios del Ochenta y nueve y del Noventa
y tres; agrandábase y embellecíase, con la
distancia, la leyenda napoleónica; sufría el
orgullo nacional la estrechez de los límites impuestos
a Francia en el Congreso de Viena; buscaba el pensamiento
nuevos horizontes; soñaba el patriotismo nuevas glorias;
y cuando la suspicacia del gobierno de Carlos X quiso ahogar
aquél movimiento, saltaron todas las válvulas
y estalló hecha añicos la monarquía
restauradora. La: revolución, victoriosa otra vez,
enarbolaba en las barricadas la bandera tricolor. La Fayette,
el gran ciudadano, último resto viviente de 1789,
proclamaba rey en el Hotel de Ville al hijo Felipe Igualdad ,
presentando como el mejor régimen político
«un trono popular rodeado de instituciones republicanas».
La tribuna parlamentaria, en la que había sido sofocada
la elocuencia fogosa de Manuel volvía a ser la cátedra
suprema, qué difundía por toda Europa en lenguas
de fuego el verbo abrasador, prendiendo acá y allá
súbitos incendios. Alzábase el pueblo belga
en, Bruselas, creando una nueva nacionalidad; reclamaba su
antigua independencia la infeliz Polonia, enarbolando el
estandarte del águila blanca; la joven Italia alzaba
también banderas en Bolonia contra el legado pontificio;
los archiduques austríacos huían espantados
de Módena, de Parma y de Plasencia; y parecía
que todas las naciones estaban envueltas ya en las llamaradas
de aquella general conflagración. París era
a la vez el Sinaí y el Tabor de los fervientes apóstoles
que con entusiasmo tribunicio predicaban la buena nueva:
allí, entre los rayos de las barricadas, había
recibido otra vez el hombre las tablas de sus derechos; allí,
entre los resplandores de un soñado paraíso,
aparecía la humanidad transfigurada por la virtud
del progreso indefinido. Vértigo de ilusiones generosas
y de novedades insensatas trastornaba todas las cabezas:
la literatura y la ciencia, la filosofía y el arte,
todo pugnaba por abrir nuevos caminos y alcanzar desconocidos
ideales. Triunfaban los románticos y los revolucionarios
en toda la línea: Víctor Hugo, olvidado de
las odas serenas en que cantaba piadosamente el altar y el
trono, invocaba «la Musa indignada, que con sus puños
irresistibles encadena a los reyes en su trono, como en una
picota, convirtiendo su diadema en infamante argolla1 1 », y
después de imponer al teatro, entre las tempestades
de la crítica, la apoteosis de la cortesana en su
Marión Delorme, preparaba la condenación de
los devaneos regios en Le Roi s'amuse, mientras que Alejandro
Dumas, ostentando en el pecho la cruz de julio, lanzaba a
la escena su famoso Antony para enloquecer al público
palpitante y frenético de la Porte-Saint Martin.
En aquellos días azarosos de renovación social,
política y literaria, llegaba a París, anhelante,
ilusionado, estremecido, un joven alemán, como en
las mejores olimpiadas de la Grecia, de allá lejos,
del fondo tenebroso de la Escitia, Anacarsis, ávido
de admirar y de saber, se encaminaba respetuoso y deslumbrado
a Atenas, a Delfos y a Corinto, en demanda de la ciencia
de los filósofos y los oráculos de los dioses.
Pero ¿pueden compararse con las semibárbaras selvas
escíticas de aquellos tiempos, los campos y las ciudades
de la moderna Alemania, a los que volvía la espalda
sin remordimiento alguno, nuestro peregrino? No haremos esta
ofensa a la docta nación que había sido proclamada
algunos años antes «patria del pensamiento» por la
más ilustre de las escritoras francesas, oponiendo
la profundidad de su ciencia y la inspiración de su
poesía a la frivolidad intelectual de la patria de
Voltaire2 2 El orbe entero admiraba a Goethe y Schiller, a Lessing
y Schlegel, a Kant y a Hegel, y en aquellos mismos instantes,
el glorioso poeta de Weimar, octogenario, pero eternamente
joven, sorprendía al mundo con la publicación
de la segunda parte del Fausto, en la que trazó los
cuadros más grandiosos la épica moderna. Y
sin embargo, aquel joven alemán, en cuya frente brillaba
la inspiración, no volvía los ojos atrás,
al dejar un país tan rico en soñadoras fantasías,
o, si los volvía, fulminaba en ellos el relámpago
de la cólera y asomaba a sus labios la sonrisa del
desdén.
¿Por qué dejaba su patria? ¿Por qué
corría a París? «La libertad es una religión
nueva, la religión de nuestros tiempos. Si el Cristo
no es su Dios, es por lo menos un sacerdote sublime de ese
culto, y su nombre ilumina con resplandor celeste el alma
de sus discípulos. Los franceses son el pueblo elegido
de la nueva religión; en su idioma se han formulado
sus primeros evangelios y sus primeros dogmas; París
es la nueva Jerusalén, y el Rhin es el Jordán
que separa de los filisteos la Tierra Santa de la libertad3 3 ».
Estas palabras, escritas en 1828, nos dicen con toda claridad
por qué dejaba la Alemania, por qué iba a Francia
aquel joven poeta, cuyo nombre, que apenas había sonado
a esta parte del Rhin, era Enrique Heine.
Su viaje era una
expatriación; enamorado de la libertad, de la revolución
francesa y de la epopeya del Imperio; imbuido del fanatismo
antimonárquico y anticlerical; adversario acérrimo
de lo tradicional y consuetudinario, habíase puesto
en reñida pugna, no sólo con la organización
política de su patria, donde la Confederación
germánica conservaba trabajosamente los restos del
Sacro Imperio, sostenidos por la rutina cancilleresca, sino
también con el sentimiento popular, opuesto por antagonismo
étnico a la Francia, y que, para vengar los desastres
de Jena y de Austerlitz, buscaba inspiración propia
en las entrañas de la nacionalidad y en las peculiaridades
del genio teutónico. De este impulso patriótico
había nacido un movimiento literario: el romanticismo
alemán. No era aquel romanticismo innovador y revolucionario,
como en Francia y en las demás naciones neo-latinas;
no era el desbordamiento de la imaginación y el extravío
de las pasiones, rompiendo las vallas de la moralidad común
y del Ars poetica reglamentario: los románticos alemanes
eran tradicionalistas y conservadores; huyendo de influencias
extranjeras, buscaban su inspiración en la historia
patria, en las leyendas de la Edad media, en la mitología
germánica, en los amores de los minnesinger, en los
lieder populares; y con todos estos elementos, verdaderamente
poéticos, rehacían un pasado caballeresco y
sentimental. Pero, en literatura, toda escuela exclusivista
decae precisamente, y cuando Heine apareció, aquellos
cuadros de antaño habíanse convertido en una
especie de fantasmagoría insulsa, sin vida y sin calor.
El castillo feudal, el gótico monasterio, el bosque
alumbrado por la luna, no eran más que una decoración
de teatro; el trovador y la princesa, el caballero y la aldeana;
el altivo conde y el humilde penitente, títeres inanimados,
a los que prestaba el autor ideas trasnochadas y sentimientos
triviales. Heine, al par que de la libertad, estaba prendado
del arte y de la belleza; pero el arte era para él
una emoción íntima y profunda, que ensanchaba
el pecho y acaloraba la fantasía; la belleza, ajena
a todo amaneramiento, libre de todo convencional perifollo,
surgía a sus ojos, con delicioso naturalismo, del
fondo obscuro de la realidad. Era nuestro descontentadizo
mancebo como un poeta griego, para quien, de la espesura
de la Selva Negra; de los riscos encantados del Brocken,
de las pesadas olas y de las pálidas neblinas del
mar del Norte, saliese otra vez la eterna Venus, enteramente
desnuda y maravillosamente hermosa; y con aquella visión
en el alma, se revolvía contra el artificio pedantesco
de una literatura aparatosa y muerta.
Luchaba, pues, Enrique
Heine con juvenil arranque contra toda autoridad; contra
la autoridad política y contra la autoridad literaria;
y el arma que esgrimía no era la docta disertación,
la exégesis erudita y el análisis minucioso;
no combatía more germanica con el cachazudo razonamiento,
sino con el estoque afilado y ligero de la ironía
aristofanesca. Nada podía mortificar más a
los políticos graves y ceremoniosos, y a los doctores
rígidos y malhumorados, que guardaban la Acrópolis
del Estado y del Arte. Heridos por sus flechazos ponzoñosos,
declararon guerra a muerte a aquel vándalo sin ley
ni Dios. No le faltaron partidarios: buena parte de la juventud
púsose a su lado; la joven Alemania, bando entusiasta
de innovadores impacientes, le proclamó su paladín;
y cuando la conmoción revolucionaria de 1830 se extendió
por toda Europa, miraba ya cercano el triunfo; pero aquellos
esfuerzos irreflexivos se estrellaban contra la ineptitud
práctica que atribuía después nuestro
desengañado poeta a la Alemania soñadora; y
convencido de que el país sosegado de los tilos y
las encinas no era capaz de engendrar un Bruto, lo abandonó
desdeñosamente, llevando, sin embargo, en el fondo
del corazón una secreta nostalgia, que en vano ocultaban
las burlas y los epigramas.
París recibió
con los brazos abiertos al emigrado alemán. Los periodistas
y los poetas, triunfantes entonces, admitieron contentísimos
en su cenáculo a aquel nuevo apóstol de la
propaganda revolucionaria: había mucho de ático,
y de parisién por tanto, en su carácter y en
su genio, impresionable, novelesco, sensible en el fondo,
pero frívolo en la apariencia; y a la vez, para dar
a estas condiciones el interés del contraste imprevisto,
conservaba de su país natal una extraña mezcla
de delicada ternura, de abstracción sutil y de quimérica
fantasía, elementos contrapuestos, de cuyo choque
nacía quizás el acerbo sarcasmo que era la
nota final de casi todas sus inspiraciones4 4 . Teófilo
Gautier, uno de sus grandes amigos y admiradores, decía
de él que el resplandor de la luna alemana plateaba
su fisonomía por un lado, y el sol alegre de Francia
la doraba por el otro. Ese mismo escritor, que le conoció
a los pocos años de llegar a París, pinta con
estos rasgos su personalidad física y moral.
«Era
un varón gallardo y arrogante, que rebosaba robustez
y salud: su frente, elevada y blanca, tersa y limpia, como
una tabla de mármol, y sombreada por espesos mechones
de cabellos rubios, hacía pensar en un Apolo germánico.
Fulguraban en sus pupilas la luz y la inspiración;
sus mejillas, llenas y de un contorno elegante, no tenían
el sello de la lividez romántica, entonces en boga.
Lejos de eso, rosas purpúreas florecían clásicamente
en ellas. Una leve curvatura hebraica impedía que
su nariz fuese enteramente griega, aunque sin alterar su
corrección; sus labios armoniosos, acoplados como
dos rimas exactas, para emplear una frase suya, tenían,
en su reposo, expresión dulce y agradable; pero, cuando
hablaba, despedía aquel arco carmesí flechas
aceradas y dardos sarcásticos, que siempre daban en
el blanco. Nadie fue tan cruel como él para la necedad:
a la sonrisa celestial del Musageta sucedía la fisgona
carcajada del Sátiro. Redondeaba sus formas gentílica
gordura, no muy pronunciada, que debía trocarse luego
en escualidez ascética: no llevaba barbas, bigote
ni patillas; no fumaba, no bebía cerveza, y, como
Goethe, tenía horror a tres cosas: estaba en la plenitud
del fervor hegeliano: repugnábale creer que Dios se
había hecho hombre, pero, en cambio, admitía
sin dificultad que el hombre se había hecho Dios,
y ajustaba su conducta a esta convicción5 5 .»
Este propio
endiosamiento del poeta, convencido de su misión sagrada,
nos lo describe él mismo, medio en burlas, medio en
veras, refiriendo su vida, cuando se habían desvanecido
aquellas ilusiones.
«Era yo mismo, dice, la ley viva de
la moral; era impecable; era la pureza encarnada. Las Magdalenas
más comprometidas quedaron purificadas por las llamas
de mi pasión, y recobraron su virginidad en mis brazos.
Esta restauración de virginidades estuvo a punto de
agotar algunas veces mis sagrados bríos. En mí,
todo era amor; no había ni asomo de odio: no me vengaba
de mis enemigos, porque, tratándose de mi divina persona,
no podía admitir que hubiese enemigos; no había
más que incrédulos, y el daño que me
hacían era un sacrilegio, así como sus injurias
se convertían en blasfemias. Había que reprimir
de vez en cuando tales excesos de impiedad, pero aquello
no era venganza, hija de humanos rencores, sino castigo celeste
impuesto al pecador. A mis amigos, tampoco los aceptaba como
tales amigos; no eran más que fieles y creyentes,
a quienes protegía y honraba. Los gastos de representación
de un Dios, que no tenía nada de tacaño, y
que no regateaba su salud ni su dinero, habían de
ser enormes. Para representar aquel papel magnífico,
se necesitaba una bolsa muy repleta y una robustez a toda
prueba; y sucedió que una hermosa mañana de
Febrero, en el año 1848, me faltaron ambas cosas,
y de tal manera se conmovió mi divinidad, que vino
a tierra del modo más lastimoso6 6 .»
Veía el
poeta desplomarse su divinidad hegeliana dentro de sí
mismo; pero al compás de sus desengaños y sus
desdichas, crecían su fama y su prestigio. «Después
de Byron y de Goethe, escribía Saint-René Taillandier,
no tienen las literaturas extranjeras otro nombre que oponer
al de Heine, y la misma Alemania, que lo maldice, admirándolo,
ha experimentado su influjo más de lo que cree»7 7 .
Pero ¿cómo se formó el extraño numen
de aquel poeta, tan complejo y al parecer tan contradictorio,
que alguien ha dicho, con apariencias de razón, que
su carácter consiste en no tener ninguno8 8 ? Esto es
lo que vamos a ver repasando su niñez y su juventud,
y examinando las circunstancias que en ellas influyeron.
Estaba terminando el escéptico siglo XVIII, cuando
nació Enrique Heine a las orillas del Rhin, en Dusseldorf9 9 .
Pero, si era alemán por su nacimiento, no lo era por
su raza. Toda su familia paterna era israelita, y estaba
dedicada al comercio. Su padre, procedente de Hannover, se
casó en aquella ciudad con una señora distinguida
e inteligente, algún tanto filósofa, que había
leído a Rousseau, y amoldaba a las lecciones del Emilio
la educación de sus hijos, de la que se preocupaba
poco su padre, más atento a sus negocios. Nacer judío
no era cosa indiferente a principios de este siglo; no lo
es aún en sus últimas décadas: bien
lo comprueba, en la misma Alemania, la actual agitación
antisemítica, hija de odios inveterados y origen de
sangrientos conflictos. Hay algo de acerbo y de irritable
en el carácter de Heine, que responde, a la suspicacia
constante de una raza eternamente proscrita y odiada. Para
mayor desdicha, con el estigma de su origen, no recibió
la fe viva e inquebrantable de sus antecesores. En su familia
la religión de Moisés había llegado
a ser una exterioridad sin eficacia íntima: su padre
la subordinaba al interés supremo, el negocio. Dijéronle
un día que su hijo Enrique, mozalbete entonces, había
negado la existencia de Dios, y aunque era hombre de pocas
palabras, llamólo y le hizo esta arenga, la más
larga, dice el poeta, que pronunció en su vida: «Hijo
mío, tu madre te permite estudiar filosofía
en las aulas del rector Schallmeyer. Bien está; es
incumbencia suya. Por mi parte. no gusto de filosofías,
que son puras supersticiones: negociante soy, y necesito
poner en los negocios mis cinco sentidos. Puedes ser tan
filósofo como gustes; pero una cosa te ruego, y es
que no digas a las claras lo que pienses, porque se resentirán
mis operaciones, si los parroquianos saben que tengo un hijo
que no cree en Dios. Los judíos, en particular, no
comprarían felpas en mi almacén, y son gente
honrada, que paga al contante; hay que concederles el derecho
de tener apego a su religión. Soy tu padre; tengo
más años y más experiencia que tú:
créeme; el ateísmo es un pecado muy gordo10 10 .»
Pero, aun arrancada la fe en el corazón de un judío
queda en él una vaga esperanza del Mesías prometido.
Esa esperanza es el patrimonio imperecedero de su raza; la
proscripción en que vive, alimentando su odio a todos
los otros pueblos, la aviva aún más. Para Heine,
que mamó con la leche materna las ideas enciclopedistas,
había un Mesías terrenal, la Revolución,
que arrastrándolo y renovándolo todo, redimiría
a todas las víctimas de las injusticias históricas.
La revolución se le había presentado en su
niñez con el aparato más propio para impresionarle:
un día extendióse la mayor consternación
por la pacífica ciudad de Dusseldorf; corrían
las gentes azoradas, y leían estupefactas una proclama
del Gran Elector despidiéndose de sus amados súbditos.
Parecía que el mundo se hundiese y el cielo se viniera
abajo. Al día siguiente salió el sol como de
costumbre, engalanóse la ciudad, y el niño
judío vio entrar, a los redobles del tambor los regimientos
franceses, «aquellas tropas alegres y gloriosas, que cruzaron
el mundo cantando y tocando la música, con sus granaderos
graves y tranquilos, de peludas gorras y chispeantes bayonetas;
sus jinetes, intrépidos y galanes, y el enorme tambor
mayor, todo galoneado de plata, que arrojaba su bastón
de puño de oro a la altura de los primeros pisos,
y hasta los segundos sus miradas, sonriendo a las muchachas
en ventanas y balcones». Pusieron un escudo nuevo en la Casa
de la Ciudad; no hubo escuela por la fiesta del juramento,
y Heine estaba contentísimo, porque tenía militares
alojados en su casa. Un tambor, mostachudo y vivaracho, le
enseñó a chapurrear el francés, a tocar
la Marsellesa y a admirar las glorias de Napoleón.
¡Qué gran día aquel en que pudo ver al emperador
en persona! En uno de los capítulos más primorosos
de sus Cuadros de viaje 11 11 , nos describe él vivísimo
recuerdo que guardaba de aquella impresión de la infancia:
Napoleón, con todo su Estado Mayor, avanzaba por la
alameda central del jardín de la corte. «Llevaba un
uniforme verde muy sencillo y su breve tricornio histórico;
montaba una jaquilla blanca, cuyo cuello acariciaba con una
mano, teniendo las riendas en la otra: ¡aquellas manos, blancas
y resplandecientes como el mármol, que habían
domeñado al monstruo de la anarquía y reglamentado
el duelo de las naciones! Su rostro brillaba también
con el matiz de las estatuas griegas y romanas, y en sus
facciones, noblemente regulares, se leía: No tendrás
otro Dios que yo. Sonreían familiarmente sus labios,
aquellos labios que no tenían más que soplar,
y desaparecía la Prusia o se desplomaba el Vaticano.
Sonreían también sus pupilas, claras y luminosas,
como el cielo, que leían en el corazón de los
hombres y veían presentes y a la vez todas las cosas
del mundo, que los demás sólo vemos una tras
otra, obscuras y confusas. Su frente no estaba tan serena:
cerníase en ella el genio de las batallas, y fulminaba
los pensamientos rápidos, que cruzaban el mundo en
todas direcciones; uno solo de ellos hubiera dado materia
a un escritor alemán para estar escribiendo toda su
vida». Después de todo, lo que más asombraba
al hijo del almacenista de felpas de Dusseldorf, era que
el emperador cabalgase, con todos los suyos, por la alameda
central del jardín de la corte, sin que los guardias
municipales le detuviesen por infracción del bando
de buen gobierno.
Aquel deslumbramiento de la gloria napoleónica
inspiró a Heine una de sus primeras y aún más
famosas poesías, Los Granaderos, escrita a los diez
y seis años. Habíase hundido el imperio en
Waterlóo, y cuando Alemania entera lanzaba un grito
de júbilo, el poeta hebreo lloraba su caída,
con los veteranos de la guardia imperial, y anunciaba su
resurrección. A este antagonismo con el genio de su
patria, uniéronse, para agriar su carácter,
las contrariedades que desde los primeros años se
opusieron a su vocación. Lo que su madre temía,
sobre todo, era que su hijo fuese poeta; no podía
sucederle, en su concepto, cosa peor. «En aquellos tiempos,
el nombre de poeta no respondía a una idea noble y
honrosa; un poeta era un pobre diablo descamisado, que por
un par de thalers componía versos de ocasión,
y acababa irremisiblemente en el hospital». La madre de nuestro
poeta soñaba, como es natural, un gran porvenir para
aquel niño inteligente y precoz: primero, seducida
también por el prestigio de Napoleón, fantaseó
convertirle en un mariscal del Imperio; en el liceo de Dusseldorf
atragantaron al joven alumno de geometría, estática,
hidrostática, álgebra, y le hicieron cobrar
horror a los logaritmos. Cayó el Imperio; pero si
se hundía el astro de la gloria militar, alboreaba
otra gloria, más positiva, la gloria de la banca,
cuyo espléndido sol era la casa Rothschild, relacionada
mercantilmente con la casa Heine. ¡Qué dicha hacer
del querido Enrique una potencia financiera! Cambio de estudios,
pues: geografía, lenguas extranjeras, teneduría
de libros, aprendizaje en los almacenes y escritorios. «Un
célebre comerciante, en cuya casa quise ser aprendiz
de millonario, dice en sus Memorias póstumas, decidió
que carecía de toda aptitud para los negocios, y le
confesé sonriendo que quizás tenía razón12 12 ».
Estalló por entonces una crisis mercantil: el padre
del poeta quedó arruinado; hubo que pensar en nueva
carrera, y su madre escogió la jurisprudencia. Había
llegado la época del parlamentarismo: los abogados,
por su hábito de discurrir ante el público,
ocupan casi siempre los primeros puestos en este régimen
de locuacidad. Siete años siguió Heine los
cursos de las universidades alemanas: primero en la de Bonn,
después en la de Goethinga, y por último en
Berlín. La jurisprudencia le inspiraba la misma repulsión
que el álgebra y la partida doble; odiaba, sobre todo,
el derecho romano: «¡Qué horripilante libro, exclamaba,
el Corpus juris, Biblia del egoísmo! He aborrecido
siempre el código de los romanos, y a los romanos
mismos. Estos bandidos querían poner en seguro su
botín, y se esforzaban en garantizar con las leyes
lo que habían robado con la espada: el romano era,
a la vez, soldado y jurisconsulto. A aquellos ladrones debemos
el derecho romano, que alcanza tanta estima y que está
en oposición flagrante con la religión, la
moral, la humanidad y la razón». Completó,
sin embargo, sus estudios; recibió en Goethinga el
grado de doctor; pero, convencido de que cualquier picapleitos
le aventajaría en argucias y triquiñuelas,
colgó el birrete doctoral.
De todos estos estudios,
solamente le habían interesado los que hizo en Berlín,
los años últimos de su carrera. Dedicóse
con ardor a la filosofía, que se acomodaba bien a
sus fantasías novadoras. Hegel fue su maestro predilecto,
el que dio un cuerpo de doctrina a sus vagas aspiraciones
humanitarias y a su escepticismo religioso. Y en aquella
época, precisamente, hízose bautizar y se llamó
luterano13 13 . La fe hebrea estaba muerta en su alma desde sus
primeros años; fue, así que tuvo uso de razón,
librepensador: pero no parecía bien que un doctor
en derecho careciese de religión. Tomando a broma
su conversión, contaba después que renunció
al judaísmo «para quitar al señor Rothschild
el derecho de tratarle famillonariamente». Hablando otras
veces en serio, decía que se decidió por la
religión reformada porque era el cristianismo liberal
y el punto de partida de la revolución. Pero, luterano
de nombre, continuó siendo racionalista y escéptico:
nuevo motivo de inquietud y angustia para él, porque,
entre todos los incrédulos, ninguno debe ser tan desdichado
como el judío, por lo mismo que este pueblo parece
creado para la tenacidad de su fe. La divinidad panteísta
de Spinoza y de Hegel no llenaba el corazón del poeta,
enamorado de vagos ideales, que veía desvanecerse
conforme iba ganando en años y en experiencia; y en
el último período de su vida proclamaba la
necesidad de un Dios personal. «He vuelto a Dios, escribía
en 1851, como el hijo pródigo, después de haber
guardado puercos en la piara de Hegel... No he podido habituarme
al Dios del panteísmo, pobre ente quimérico,
entretejido en la trama del universo, nacido de la materia,
en la materia aprisionado, y que, sin fuerza ni voluntad,
nos mira bostezando. Para tener voluntad, hay que tener personalidad,
y para que aquélla se manifieste, es necesaria libertad
completa. Quien aspira a un Dios que pueda socorrerle, debe
admitir un Dios personal, superior al mundo, y dotado de
los santos atributos de bondad, justicia y sabiduría
infinitas». ¡Elocuente confesión arrancada a un alma
noble y sincera, atormentada por incesantes dudas!
El autor
del Libro de los Cantares, genuino representante por tantos
conceptos de nuestra época indecisa y perturbada,
lo es también por el vacío que produce en los
espíritus elevados la falta de fe religiosa, y por
el afán generoso que los impulsa a reconstituir las
perdidas creencias y recobrar sus esperanzas inefables.
La vida escolar permitió al joven Heine entregarse
por completo a la poesía. En Bonn y en Goethinga halló
compañeros y amigos que comprendían sus aficiones
y participaban de ellas; en Berlín se ensanchó
el círculo de sus relaciones literarias; conoció
a los escritores más en boga, creyó llegado
el momento de emular con ellos, y dio a la estampa (en 1821)
su primera obra: la colección de poesías que
tituló Cuitas juveniles (Jungen Leiden), y que pasó
poco menos que inadvertida entre tantos otros ensayos sin
interés de vates desconocidos. El joven poeta había
soñado hacer una revolución con sus versos:
¡qué desengaño el suyo al ver que casi nadie
se fijaba en ellos! Tomo entonces otro rumbo: dedicóse
al teatro: la escuela shakspeariana reinaba sin rival en
la escena germánica; admiraba a Immermann, imitador
desordenado del gran dramático inglés, y quiso
superar sus audacias. Escribió dos tragedias: Almanzor
y William Ratcliff, y enamoróse tanto de ambas, que
las juzgaba obras inmortales. En ellas había puesto
toda su alma: Almanzor es un mancebo musulmán, refugiado
en África a la caída de Granada, que vuelve
a escondidas a buscar a su prometida Zuleima. Esta se ha
hecho cristiana y va a casarse con un caballero castellano.
El conflicto religioso es el alma del drama: el autor está
por Mahoma contra Cristo, por el amor y la naturaleza contra
la religión y la fe. «El asunto de este gran poema
dramático -escribía a un editor ofreciéndole
la obra-tiene el carácter de una polémica religiosa,
y se refiere a cuestiones que están hoy a la orden
del día». Guillermo Ratcliff es un estudiante escocés,
que por amor a la hija de un laird, se hace capitán
de bandidos, y provoca y mata a todos los que van a desposarse
con ella. El pensamiento es una variante del antiguo fatum,
de la Fuerza del sino, complicada con las pasiones más
frenéticas y la intervención de espectros y
apariciones.
De estas dos tragedias, sólo se representó
la primera: los teatros de Brunswick no recuerdan grita más
espantosa. Atribuyólo entonces el poeta al lapsus
de un oficial de la guarnición, que organizó
la silba, creyendo que el autor de la tragedia era cierto
usurero judío del mismo apellido; pero el fracaso
fue tal, que Almanzor no pudo salir de nuevo a las tablas,
y Ratcliff no fue admitido en ningún teatro. Y es
que, además de las tendencias reprobables de aquella
tragedia, calificada de anticristiana por la crítica,
notábase en ella bien a las claras que Heine carecía
del genio de la dramática. En la clasificación
que se hace ahora de poetas objetivos y subjetivos, pertenecía
de lleno a los segundos. No se reflejaban en su espíritu
la naturaleza y la humanidad: su alma, apasionada y borrascosa,
se derramaba sobre el mundo y lo llenaba todo. En aquellas
tragedias, como en las de Byron, no había más
que un personaje verdadero: el autor. Almanzor, llorando
la ruina de su pueblo y de su raza, disputando la hurí
soñada de su paraíso sensual a la tétrica
religión del Crucificado, escupiendo su odio y su
sarcasmo a la frente de los cobardes sarracenos doblados
al yugo del vencedor, es Enrique Heine. Ratcliff, que, víctima
do un sangriento fatalismo, pobre, solo, desesperado, lucha
igualmente contra todos los obstáculos humanos por
aquella dulce María, cuyos amores le roban, es también
Enrique Heine. Trazaba aquellas figuras románticas
para animarlas con sus propios sentimientos. ¿Qué
pasión contrariada, qué historia tristísima
guardaba su corazón, engendrador de tan amargas inspiraciones?
El poeta no nos lo ha dicho, y hasta ha protestado alguna
vez contra los que buscaban en sus tragedias las huellas
de su vida: «¡Cuántas veces sucede, escribía
a Immermann, que no hay casi ninguna relación entre
el aspecto exterior de nuestro destino y nuestra historia
real, la historia íntima de nuestra alma! Por lo que
a mí toca, esas relaciones nunca han existido». Negaba
Heine, al decir esto, que tuviesen realidad objetiva las
historias por él fantaseadas; pero no les negaba la
realidad subjetiva (y dispense el lector que repita este
tecnicismo filosófico, no impropio de nuestro vate
hegeliano). No le habían acontecido a él las
horrible desdichas atribuidas a sus personajes; pero era
lo mismo para el caso, pues su impresionabilidad irritable
se las hacía sentir; y después de todo, aquel
tema del amor herido y contrariado no podía considerarse
como accidental en sus tragedias, puesto que era también
el inspirador de muchas de las poesías de sus Jungen
Leiden y en especial de las que tituló Ensueños
(Traumbilder), y en las que se complace en pintar la desesperación
con que contempla el amante las bodas de su amada con un
rival tan aborrecido como insignificante o insulso.
Nuestro
poeta había sufrido, en verdad, ese tormento: no hablaba
casi nunca de aquellas amarguras de su mocedad; pero en todas
sus obras se transparentaba el recuerdo de una mujer idolatrada,
de una hermosa hija del Rhin, de una niña ingenua
y jovial, que llenó su vida con su cariño y
envenenó su alma con su abandono, y a quien unas veces
maldice y otra veces perdona, convirtiéndose para
él en una forma ideal de la belleza, como Beatriz
para el Dante, o Laura para el Petrarca. Un día, ya
en su edad madura, dijo a Gerardo de Nerval, uno de sus mejores
amigos de París, que sólo escribía versos
para llorar unos amores sin esperanza, de su juventud, y
que desde que perdió aquel paraíso del amor,
esta pasión ya no fue para él más que
un pasatiempo. Aquella mujer que tanto influyó en
su vida, era una prima suya, Amalia Heine, hija del opulento
banquero Salomón, el tío protector que le había
llamado a Hamburgo, y a cuyo lado hizo tan infeliz ensayo
de la profesión mercantil14 14 . Tratóla y enamoróse
de ella siendo muy niño; en 1821 la perdió
para siempre; casáronla con un tal Juan Friedlander,
de Konisberg. ¿Fue aquel casamiento una infidelidad y una
traición? ¿O no habían sido los amores del
vate infantil más que un sueño de su espíritu
eminentemente poético, avivado por las precocidades
del genio? Es éste un período obscuro de la
vida de Heine, sobre el que derrama alguna luz una carta
que en aquella época (Octubre de 1816) escribió
a un amigo suyo, y que se ha publicado mucho después
de su muerte15 15 . Habla en ella con exaltación casi mística
de su adorada Molly, a quien consagra culto secreto y respetuoso.
Dice que en sus ojos hay algo de extraño, que le atrae
y le repele al mismo tiempo; que recibe de ellos a la vez
un dulce bienestar y una burla fría y áspera.
«A pesar de tener, añade, pruebas evidentes e irrefutables
de que nunca me ha de amar, mi pobre corazón enamorado
no quiere convencerse todavía, y me dice: ¿Qué
me importa tu lógica? Yo tengo mi lógica particular».
Sigue dando rienda suelta a su pasión; dice que por
el amor de aquella mujer daría su alma al diablo y
su cuerpo al verdugo, y exclama: «¿No te estremeces de espanto,
Cristián? Tiembla, tiembla, como yo tiemblo. Quema
esta carta. ¡Apiádese Dios de mí! No he sido
yo quien ha escrito esas palabras. Está sentado en
mi silla un hombre pálido y demacrado que las ha escrito.
Es que sonó media noche. El loco es irresponsable».
Aquel amor quimérico era especialmente grato al soñador
amante, porque engendraba en su alma una poesía vivificadora.
«Desgarra mi corazón, dice en la misma carta, ver
con qué sequedad y aspereza desdeña mis cantares,
sólo para ella escritos, y cómo se burla de
mí. Pero, ¿creerás que a pesar de todo, estimo
ahora a mi Musa más que nunca? Es mi fiel y consoladora
amiga; tiene una dulzura tan misteriosa, que siento por ella
vivísimo amor».
Las creaciones de aquella Musa consoladora
están encerradas en las breves páginas del
Lyrischen Intermezzo (Entreacto o Intermedio lírico).
Al proponer a un editor berlinés la impresión
de sus dos tragedias, le ofrecía también «tres
o cuatro pliegos de Lieder (cantares) humorísticos,
de estilo popular, cuyos fragmentos, publicados en los periódicos,
habían provocado, por su originalidad, vivo interés,
elogios y censuras anticipadas». El editor aceptó,
y como la coleccioncilla de cantares se intercaló
entre las dos tragedias, el autor le dio el título
algo extravagante que llevan. Cuando el libro estuvo impreso,
escribió a Immermann: «Acaban de salir a luz mis tragedias,
sé que hincarán en ellas el diente; pero te
diré en confianza que son buenas, muy buenas, mejores
que mi colección de poesías, que no vale ni
una carga de polvo». El público, por de pronto, sólo
se conformó con la opinión del autor en la
segunda parte: las tragedias le parecieron malas; las poesías
insignificantes.
Y aquellas canciones desdeñadas,
eran, no ya la revelación de su genio, sino su obra
magistral y superior. Hoy forman, con El Regreso, su complemento
natural, la corona eterna del gran poeta. En todas sus producciones
resplandecen los rayos sorprendentes de su ingenio felicísimo:
en ninguna como en esas breves poesías están
armonizadas sus cualidades múltiples y al parecer
contradictorias: sentimiento y fantasía, entusiasmo
y reflexión, jovialidad y tristeza, ilusión
y escepticismo, ternura y sarcasmo. Es el Intermezzo una
serie de notas sueltas y aisladas, que forman, sin embargo,
deliciosísimo concierto; de pinceladas menudas y ligeras,
que nos hacen ver o adivinar un cuadro de horizontes infinitos.
El asunto no puede ser más sencillo, más común,
manoseado y trivial. Canta el poeta una pasión eterna,
universal, inmutable en el corazón del hombre: el
amor. Pero la canta de una manera nueva y original. Su amada
no es ninguna princesa encantada, no es ninguna diosa, no
es ningún ángel bajado exprofeso para él
de las alturas sidéreas, ni tan siquiera es la más
hermosa de las mujeres, como hasta entonces habían
sido las Dulcineas de los Yates enamorados: es una muchacha
cualquiera, bonita, agradable y coquetuela, cuyo cariño
le extasía, cuya frivolidad le encanta, cuya traición
le irrita, y, sin embargo, se la disculpa y casi se la perdona,
porque no puede dejarla de amar. Esto, tan frecuente y vulgar
en el mundo, expresado de una manera admirable, con tono
deliciosamente familiar y con arte exquisito, que desecha
todo inútil atavío para presentarnos el pensamiento
poético en la hermosa sencillez de su concepción
espontánea, es el fondo de esas dos obras inmortales,
que han dado a la literatura de nuestro siglo un nuevo raudal
de inspiración.
La verdad del sentimiento y la naturalidad
de la expresión: esas eran las dos armas poderosas
que esgrimía Enrique Heine contra la sensiblería
afectada y la ampulosidad pedantesca que en su época
dominaban; pero esas cualidades no hubieran bastado para
elevar tan alto su numen, si éste no hubiera volado
con las alas de águila de la poesía. El secreto
de la poesía es encontrar siempre lo ideal en lo real.
Pocos lo han poseído como el autor del Intermezzo.
Cada una de sus composiciones líricas, de muy pocas
líneas casi todas, refleja una impresión del
momento, impresión a veces pasajera, accidental, insignificante,
fútil, al parecer; y, sin embargo, sorprendida por
el poeta en su palpitación vigorosa, nos causa efecto
irresistible. «Al leer el Intermezzo, dice Gerardo de Nerval,
su traductor francés, experimentáis una especie
de espanto, os ruborizáis como si sorprendiesen vuestro
secreto, y palpita vuestro corazón al compás
de sus breves estrofas, Las lágrimas que habéis
derramado a solas en el fondo de vuestro cuarto, las encontráis
allí, entretejidas y cristalizadas en una trama inmortal.
Parece que el poeta haya sorprendido vuestros sollozos, y
son los suyos los que encerró en sus versos16 16 ».
El
sentimiento de la naturaleza se une siempre en Enrique Heine
al grito del corazón. Es el Petrarca moderno, y su
pasión anima el universo, como la del amante de Valclusa.
Este invocaba sin cesar las flores, las cristalinas fuentes,
los duros riscos y las verdes selvas: el poeta del Intermezzo
hace intervenir también en su delirio poético
a la creación entera, pero ésta reviste a sus
ojos aspecto más misterioso y fantástico: la
imaginación germánica se revela en su modo
de ver y sentir la naturaleza. En las estrellas y en las
flores que simpatizan con el amante y le sonríen,
y le hablan, y le consuelan, en los frondosos tilos que guardan
sus secretos; en la claridad de la luna, que guía
sus pasos; en las olas del mar, que mecen sus sueños,
en los crepúsculos melancólicos que evocan
sus recuerdos y avivan sus tristezas, parece que haya algo
de encantamiento, de maravilla y de supernaturalismo; algo
que contrasta de una manera extraña, sin disonar nunca,
sin embargo, con la perfecta realidad de los sentimientos
expresados, como si el mundo exterior y el interior se compenetrasen
y fundiesen por la magia suprema del amor.
El Intermezzo,
como queda indicado, tiene un complemento: El Regreso (Die
Heimkehr). Obras son de igual índole, pero la primera
está concebida en los momentos palpitantes de la pasión
amorosa; la segunda está inspirada por sus recuerdos,
dulcemente melancólicos unas veces, acerbos y desgarradores
otras. El amante ausente vuelve a su país y se goza
en su dolor, contemplando los sitios de sus breves dichas,
evocando las imágenes de su bien soñado, reflexionando
a veces sobre la vanidad de sus ilusiones. La duda, la ironía
y el sarcasmo, que como ralea de víboras avivaba ya
su corazón receloso en los días felices, crecen
y se multiplican ahora, y hacen que llamen algunos a este
libro el poema de la amargura.
Los primeros Lieder de Heine
causaron poca impresión en el público, aquellas
estrofas tan sencillas, tan ligeras tan tenues como alas
de mariposa, parecieron quizás indignas de la majestad
de la poesía. Tuvieron en poco los ingenios pretenciosos
tan leves frivolidades. Para el vulgo, el arte aparatoso
es el que produce más efecto17 17 . Pero al fin prevalece
la belleza, y no pasó mucho tiempo sin que el autor
silbado de Almanzor fuese, no sólo considerado como
un gran poeta, sino como el jefe de la nueva escuela, triunfante
del empalagoso y desprestigiado romanticismo. Contribuyeron
mucho a su victoria, y quizás la decidieron, sus Cuadros
de viaje (Reisebilder), artículos escritos en prosa,
y que son la obra maestra del humorismo germánico.
Ni puede producir la fantasía nada más caprichoso,
ni la sátira nada más sangriento. Unas veces
pinta el autor con toques de sorprendente verdad los países,
los tipos, los hábitos y las costumbres que describe
y estudia; otras veces los ridiculiza y caricatura con bufonería
que, no por ser estupenda, deja de ser ática y graciosísima;
otras, lanza a volar la imaginación y construye en
las nubes alcázares aéreos, que parecen obra
de las hadas, y en medio de esas soñadas quimeras,
nos hace enternecer y llorar con los recuerdos de la infancia
o con la evocación de aquella cabecita rubia que en
todas partes veía, o derriba de pronto todo aquel
palacio encantado con una estrepitosa carcajada. Obra literaria
y política a la vez, arma de combate en uno y otro
sentido, el implacable satírico flagelaba lo mismo
a los malos poetas y a los doctores pedantescos, que a los
reyes absolutos y a los ministros reaccionarios; el éxito
ruidoso de la obra, tanto como a su mérito literario,
debióse a sus atrevimientos políticos.
En
uno de esos Cuadros de viaje cuenta Enrique Heine la excursión
que hizo siendo estudiante a las montañas del Herz,
en las que se encumbra el Brocken, punto de reunión
de las brujas y duendes, famoso siempre en las leyendas alemanas,
y que Goethe ha coronado con los esplendores de la epopeya.
En ese relato, entre una continua rechifla de los profesores
de Goethinga y de los vulgares y prosaicos ciudadanos que
van a admirar aquellos paisajes, surgen delicadas flores
de una poesía idílica. Estos versos intercalados
en la prosa del texto, forman la última parte del
Libro de los Cantares (Buch der Lieder), en el cual reunió
todas sus poesías líricas publicadas hasta
entonces. Como Dante había pasado del amor humano
de la tierna Bice di Portinari a la espiritual adoración
de su Beatriz celestial, nuestro poeta idealizaba también
sus amores: su dama era la emancipación de la humanidad.
En agreste choza, la hija del montañés, sentada
a sus plantas, cruzando sobre sus rodillas las manos inocentes,
clava en su rostro las estrellas azules de sus ojos, y le
habla de los duendes de la soledad, de las consejas del castillo
derruido y de la resurrección de las princesas hechizadas,
y el poeta sonríe y acaricia a la cándida niña,
y rasgando los velos de su credulidad, le revela que es uno
de los Mil caballeros del Espíritu Santo, y le anuncia
el advenimiento triunfal de su reinado.
El Mar del Norte
(Die Nordsee), incluido en nuevas ediciones del Libro de
los cantares, completa el ciclo de las poesías de
la juventud de Heine. Destácase en estas fantasías,
inspiradas por la majestad lóbrega del Océano
en las costas alemanas, uno de los múltiples caracteres
de su autor: cierta nostalgia de la antigüedad clásica,
del firmamento sereno de Italia y de Grecia, de las ondas
azules y transparentes del mar Tirreno y del Archipiélago.
Había algo de gentílico en la Musa de Heine
como en la de Goethe; figura de una y otra era aquella soñadora
Mignon, que bajo el cielo pálido y brumoso de Alemania,
recordaba los naranjos floridos y las columnatas de mármol
del palacio paternal. Entre las negras oleadas y las espantosas
trombas del mar del Norte, se presentan a la imaginación
entristecida de nuestro vate los dioses helénicos,
descoloridos, mustios, como espectros exánimes de
un mundo aniquilado, de una poesía muerta.
Los Cuadros
de Viaje y el Libro de los cantares, habían decidido
la victoria completa de Enrique Heine: la joven Alemania
le reconocía por su jefe. Entonces fue cuando, no
contento con su gloria de escritor y de poeta, ansioso de
acción y movimiento, irritado por la pasividad de
su patria en la agitación revolucionaria que conmovía
al mundo, volvióle la espalda y se dirigió
a París. Veinticinco años vivió en la
que había calificado de nueva Jerusalén, sin
volver más que una sola vez a aquel país natal,
al que había motejado de tierra de los Filisteos.
¡Cuán poco duraron sus ilusiones y sus esperanzas!
¡Cuán amargos fueron sus desengaños y también
sus sufrimientos! Dedicóse al principio, henchido
de entusiasmo, a la obra revolucionaria. El caballero andante
del Espíritu Santo, tomó por lanza la pluma
del periodista: en sus correspondencias a la Gaceta de Augsburgo
y otros periódicos alemanes, narraba las luchas de
los partidos, agitado él mismo por sus pasiones, y
emponzoñada el alma con sus miserias. Unas veces era
acusado de demagogo y sansimoniano, otras de reaccionario
y servil, asalariado por Luis Felipe. Y era que vacilaba
su espíritu; que el ideal generoso y humanitario que
había entrevisto en sus ensueños de poeta,
se perdía y eclipsaba en el fragor del combate. No
le seguiremos en aquella tarea ingrata18 18 ; dejemos al político
iluso, para acompañar al inspirado vate. El mismo
año de su expatriación compuso otra serie de.
Lieder, de índole parecida al Intermezzo y al Regreso;
los tituló Nueva Primavera (Neuer Frühling).
En: sus Memorias póstumas nos dice, como deducción
positivista de toda una vida atormentada por la espantosa
enfermedad del amor: «El mejor contraveneno respecto a las
mujeres, son las mujeres mismas. Sin duda equivale esto a
llamar a Belcebú para que exorcice a Satanás,
y el remedio puede ser peor que la enfermedad. Pero hay que
correr ese albur, porque, en los casos desesperados del amor,
el cambio de inamorata es el único recurso». A él
apeló nuestro poeta, no sólo en la vida práctica,
sino en aquellas esferas ideales en que se nutría
su inspiración. Nueva Primavera es el reverdecimiento
y reflorescencia de la naturaleza y del alma. Pero aquellos
nuevos amores no tienen ya el calor y la ternura de la primera
pasión. Después, con el título de Varios
(Verschieden), aparecen (de 1832 a 1839) otras series de
Lieder, en los que el amor toma el tinte de la galantería,
y dicta sucesivamente los nombres de Serafina, Angélica,
Diana, Hortensia, Clarisa, Yolanda, María, Jenny,
Emma... ¡Sombras pasajeras, que se borran sucesivamente en
una imaginación aun apasionada, pero de día
en día más caprichosa y delirante! La ironía
y el sarcasmo toman cada vez mayor parte en sus inspiraciones;
el poeta del sentimiento conmovedor y la delicadeza exquisita,
se convierte en el vate soberano del humorismo fantástico.
En el verano de 1841, Enrique Heine estaba en Bareges buscando
alivio al mal que minaba ya su naturaleza. Allí, en
las faldas de los Pirineos, contemplando desdeñosamente
desde aquellas alturas a los charlatanes de la revolución,
escribió Atta Troll, sueño de una noche de
estío. Un oso, que después de bailotear por
el mundo, encadenado y flagelado por un sórdido montañés,
rompe la cadena y vuelve a sus montañas, ese es Atta
Troll. El zompo animal, aleccionado en su trato con los hombres,
predica entre los suyos la libertad, el comunismo y la revolución
social. No puede darse sátira más incisiva
de la demagogia. Otra sátira implacable es su Germania,
cuento de invierno, escrito en 1844, después del único
viaje que hizo a Alemania desde que trasladó sus penates
a París. Lejos de reconciliarse con la patria, ahondó
más, con las mordaces burlas de ese poema, el abismo
que le separaba de ella, y, sin embargo, abrigaba aún
la ilusión de volver a su país natal. Lo que
aborrecía sobre todo allende el Rhin era a la despótica
Prusia, que esclavizaba a la buena Alemania, culpable solamente
de su inercia perezosa. «Amaré y honraré vuestra
bandera, decía a los que le acusaban de insultar el
pabellón nacional, cuando no sea juguete de insensatos
y de bribones, cuando la enarboléis en las cimas del
pensamiento alemán. Amo la patria tanto como vosotros.
Por eso vivo en el destierro, y moriré quizás
en él, sin las contorsiones del mártir. Amo
a los franceses como amo a todos los hombres, cuando son
buenos y razonables. No quiero que los alemanes y los franceses,
los dos pueblos predilectos de la civilización, se
peleen en provecho de Inglaterra y de Rusia, y para satisfacción
de todos los aristocratillos y de la clerigalla del universo.
No temáis: no entregaré el Rhin a los franceses:
el Rhin también es mío, porque nací
en sus orillas; a nadie pertenece más que a sus hijos.
Librémoslo de las garras de los prusianos y elijamos
por sufragio universal algún buen muchacho que tenga
tiempo para gobernar a un pueblo honrado y laborioso19 19 ». ¡Cuán
lejos estaba Heine de pensar que aquella odiada Prusia, que
recogía sus fuerzas y las ejercitaba con la severa
disciplina del régimen autoritario y militar, tan
antipático para él, estaba incubando la gran
idea de la unidad germánica, y había de enarbolar
en el mismo París el glorioso estandarte del imperio
alemán!
Pocos años después, estalló
de nuevo la revolución, en la que Heine cifraba tantas
esperanzas: el movimiento de 1848 se propagó a la
otra parte del Rhin; triunfaron por un momento los novadores,
y en la Asamblea de Francfort creyó encontrar su cuna
la nueva Alemania; pero entonces, precisamente, caía
herido de alma y cuerpo su animoso paladín. Una enfermedad
lenta y terrible, el reblandecimiento de la médula,
postróle en el lecho, en el cual había de padecer
años y años. La experiencia había amenguado
su fe en la idea revolucionaria: la poesía, siempre
bella y sonriente, era su último consuelo. «No puedo
pensar sin viva emoción, escribía más
adelante, en aquellas tardes de Marzo de 1848, cuando el
buen Gerardo de Nerval venía todos los días,
a buscarme en mi retiro de la barrera de la Santé,
para trabajar tranquilamente conmigo en la traducción
de mis inocentes fantasías alemanas, mientras vociferaban
en torno las pasiones políticas y se hundía
el mundo antiguo con espantoso estruendo, tan abismados estábamos
en nuestras discusiones estéticas y aun idílicas,
que no oíamos los alaridos de la mujerona de enormes
pechos que corría por las calles de París aullando:
¡Des lampions ! ¡Des lampions ! marsellesa de la revolución
de Febrero, de infausta memoria».
Clavado a la cruz, de
la parálisis por los clavos del sufrimiento, como
dice un escritor contemporáneo, el vate germánico
continuaba fantaseando y delirando con mayor amargura en
su alma y más ironía en su pensamiento. El
Romancero, cuya primera parte se publicó en 1851,
pinta a su manera en breves y aislados cuadros el movimiento
de la humanidad: allí aparece el rey David al lado
del rey Ricardo Corazón de León; junto a María
Antonieta, la salvaje reina Pomaré. Una segunda serie
del Romancero contiene el famoso Libro de Lázaro (escrito
en 1854), expresión de los sufrimientos, de la duda,
de las aspiraciones del poeta moribundo: los sueños
más fantásticos, las sátiras más
crueles, las burlas más desdeñosas, llenan
aquellas breves páginas, en las que el estertor de
la muerte parece unido a la ilusión, a que aún
se agarra el agonizante, de los últimos goces de la
vida. Como Aquiles en los Campos Elíseos, el martirizado
poeta renunciaría a la gloria por vivir un día
en la tierra como el más miserable de los siervos.
¡Grito desesperado de la mísera carne humana, deteniendo
los nobles vuelos del espíritu! Termina el Romancero
con las Melodías Hebraicas, en las que, evocando el
recuerdo del rabino español Jebuda ben Halevi, reproduce
las disputas teológicas de judíos, y cristianos,
para mofarse de unos y otros: de esta manera, las primeras
impresiones de su vida, las primeras luchas de su alma, vienen
a llenar sus últimos momentos.
«¡Aristófanes
se muesre!» exclamaron con dolor los hombres más ilustres
de París al presenciar la agonía del poeta;
la Revue des Deux Mondes excitaba la conmiseración
de las gentes, publicando su efigie, extenuado, con la frente
abatida, «como un Cristo de Morales». Coronábale la
gloria, pero iba quedando solo y abandonado en el sillón
donde pasaba las horas, postrado e inmóvil. Un día
fue a verle Berlioz: -«Vos aquí, ¡siempre original!»
le dijo el poeta: la chanzoneta se mezclaba al sarcasmo,
hasta en sus últimos momentos.
Llegaron éstos
el 17 de Febrero de 1856; murió él poeta, y
el cementerio de Montmartre recibió sus despojos mortales,
que fueron trasladados después a Hamburgo, cuna de
sus primeros amores y sus primeras desventuras. Las apasionadas
contiendas, las quejas y los rencores que suscitó
su intervención violenta en las batallas de su tiempo,
fueron calmándose y borrándose; su numen quedó
triunfante, como aquellos astros eternos que a veces nos
pinta, resplandeciendo esplendorosos sobre las pasajeras
que obscurece en el firmamento y conmueven el mundo con sus
huecos estampidos.
La fama de Enrique Heine creció
con su muerte su poesía llenó el orbe literario,
y tuvo, en todas partes, un tropel de imitadores. Su permanencia
en París y su naturalización en aquel centro
del movimiento intelectual de Europa, facilitaron la propaganda
de su escuela. El vate alemán, conociendo muy bien
el idioma francés, jamás lo usó para
sus escritos: abominaba su amanerado estilo poético
y su monótona metrificación. Pero ayudó
eficazmente a buenos hablistas franceses, como Gerardo de
Nerval y Teófilo Gautier, en la traducción
de sus obras al idioma de Racine y de Moliére, empresa
difícil por la originalidad y atrevimiento de su frase
alemana. «Es intento arriesgadísimo siempre, escribía,
reproducir en prosa y en una lengua de procedencia latina,
una obra métrica compuesta en idioma de origen germánico.
El pensamiento íntimo del original se evapora fácilmente
en la traducción, y no queda más que algo parecido
al resplandor de la luna disecado, como ha dicho un malicioso
que se burla de mis poesías traducidas20 20 ».
Estas traducciones
francesas, cuya deficiencia proclamaba el mismo autor, son
las que le han dado a conocer en España, donde abundan
poco los amantes y cultivadores de las letras que puedan
leer su texto original. Pero, aun así, sin poder aspirar
todo el aroma de esas flores, tan frescas y lozanas, contemplándolas
secas y descoloridas, como las que guardan los botánicos
en sus herbarios, han gustado tanto de ellas nuestros ingenios,
que muchos se han dado a copiarlas y contrahacerlas. Y como
las imitaciones suelen pecar de insípidas y pesadas,
han puesto a uno de nuestros más vigorosos poetas
en el caso de protestar contra «esos suspirillos líricos,
de corte y sabor germánico, exóticos y amanerados,
con los cuales expresa nuestra adolescencia poética
sus desengaños amorosos, sus ternuras malogradas y
su prematuro hastío de la vida21 21 ». Esta justa crítica
del rebaño de los plagiarios no amengua el valor altísimo
de las creaciones de Heine, ni puede referirse tampoco a
los poetas que, con inspiración propia, han seguido
su camino. Uno tenemos en España que figura con razón
entre los primeros de nuestra época: el insigne y
malogrado vate sevillano Gustavo Adolfo Bécquer. Por
más que su biógrafo y panegirista22 22 haya negado
que imitase al poeta alemán, basta leer las obras
de uno y otro para convencerse de lo contrario. Sería
el caso más extraordinario de inspiraciones coincidentes
la igualdad del asunto principal, la analogía de sentimientos,
la identidad de tono y la semejanza de formas métricas,
que hay entre las Rimas de Bécquer y el Intermezzo .
Intercaladas muchas de aquellas poesías en una perfecta
traducción castellana del libro de Heine, no se notaría
diferencia entre ambos autores. Esto basta para la gloria
del poeta sevillano; no hay que atribuirle una originalidad
difícil de sostener23 23 .
Poesía que encontraba
tanto eco en los corazones había de inspirar a sus
admiradores el deseo de verterla al idioma castellano. Fue
el primero que tentó la empresa quien más dotes
tenía para darle glorioso remate. Don Eulogio Florentino
Sanz, el autor de Don Francisco de Quevedo , que supo dar
al gran satírico español algo del amargo humorismo
de la poesía del Norte, se prendó de los Lieder
de Heine, cuando su misión diplomática en Alemania
le permitió estudiar de cerca aquella literatura.
Al año siguiente de la muerte del gran poeta, el Museo
Universal , de Madrid, publicaba algunas de sus composiciones
puestas en verso castellano por tan concienzudo traductor.
Aquel periódico las presentaba al público como
un gratísima novedad y añadía: «Nadie
mejor que el señor Sanz pudiera ser el intérprete
español de Heine, por los muchos puntos de contacto
que existen entre estos dos poetas, según podrán
notarlo nuestros lectores, al repasar alguna de estas canciones,
que, aun traducidas del alemán, parecen más
bien originales del autor del Quevedo y Achaques de la vejez 24 24 ».
Las traducciones publicadas en el Museo Universal son excelentes,
en efecto, y si el señor Sanz hubiese completado su
obra, no hubiéramos tenido que probar fortuna los
que luego, con menor aptitud, hemos acometido la misma empresa.
No he de juzgar yo los ensayos que desde entonces se han
hecho en España para traducir a Heine: diré
solamente que, si no todas, la mayor parte de estas versiones
no proceden del original alemán, sino de la traducción
francesa, lo cual, si no es obstáculo insuperable
para el acierto, lo dificulta mucho25 25 . El fallo supremo del
público no ha sancionado como definitivas las traducciones
hasta el día publicadas, y deja abierto el camino
a los que, por afición a estos trabajos, aunque desconfiados
de salir airosos donde otros tropezaron, emprendemos tan
ardua tarea. Por lo que a mí toca, aliéntame
la indulgencia con que ha sido tolerado mayor atrevimiento:
en quien ha puesto la mano en el Fausto de Goethe, no parecerá
tan grave desacato rehacer en nuestro idioma las poesías
de Heine. Debo confesar, sin embargo, que la obra no es menos
ardua: hay en el vate de Dusseldorf una difícil facilidad
que engaña. Le caracterizan la naturalidad de la expresión,
la limpidez del estilo, la sobriedad del lenguaje, la ausencia
completa de toda ampulosidad, de toda afectación,
de toda vana retórica. Son sus canciones, de muy pocos
versos casi todas ellas, como diminutas y transparentas copas
de purísimo cristal de Bohemia, con elegancia suma
talladas, en las que brilla y centellea un sorbo de licor,
dulce y embriagador unas veces, como la ambrosía de
los dioses, amargo otras veces, como el absintio de los hombres.
Servido en el rústico cacharro de una mala traducción,
ha de perder la mitad de su atractivo, por lo menos. La dificultad
de conservar el laconismo y la pulcritud de esta forma, tan
artística y tan natural al mismo tiempo, es el escollo
en que han tropezado todos los que han traducido a Heine
en castellano. Tiene la lengua alemana copiosísimo
caudal de palabras compuestas; expresa con una sola de ellas
las ideas más complejas; pinta un cuadro con una sola
pincelada. Esto le da cierta semejanza con la griega, y permite,
como aquel idioma, enriquecer el lenguaje poético
con frases de sorprendente belleza, que adquieren tanta flexibilidad
como brillantez cuando maneja ese idioma un artista de la
palabra como el autor del Intermezzo. Hed aquí un
ejemplo: en El Mar del Norte nos dice que bebiendo en la
taberna de Bremen, ve dentro del vaso todo lo que sueña
su fantasía, y sobre todo ello la imagen de su amada:
Das Engelköpfchen auf Rheinweingoldgrund, «Aquella cabeza-de-ángel,
sobre el-fondo-de-oro del-vino-del-Rhin». Cuatro palabras
no más, y un solo verso en el texto original: pruebe
el lector a decir lo mismo en castellano, y verá cómo
necesita dos versos por lo menos y una docena de palabras.
Una traducción rimada no puede ser más que
una aproximación a la obra traducida; puede quedar
el traductor a cien leguas de ella; puede acercarse mucho,
pero nunca bastante para cumplir completamente su propósito.
Hay también diversas maneras de hacer estas traducciones,
desde la imitación y la paráfrasis, que sólo
toma los pensamientos capitales del autor para darles expresión
distinta, hasta la traducción ceñida y literal,
que adopta la misma forma métrica del original y ligue
su frase y su dicción, en cuanto es posible. En mi
sentir la traducción poética exige la reproducción
exacta de los pensamientos y las imágenes de la obra
traducida, pero también la incubación propia
de esas imágenes y esos pensamientos en el idioma
del traductor. No basta poner palabras castellanas en lugar
de las alemanas, ni substituir la sintaxis de una lengua
por la de otra: hay que adivinar cómo hubiera dicho
en castellano el autor alemán lo que se intenta traducir,
si en lugar de su idioma natal hubiera hablado el nuestro.
Este procedimiento es el que usé en la traducción
del Fausto; y el mismo he seguido ahora, porque alguna objeción
que se me ha hecho, no ha podido convencerme de que fuera
vicioso e improcedente.
Un reputado crítico, benévolo
siempre conmigo, al ocuparse de aquella obra26 26 con elogio que
peca de extremado que revela cariñosa amistad, le
puso un pero: parecióle que la traducción no
conserva «la fisonomía típica del original
de Goethe», porque hago hablar a Fausto «como un caballero
español de capa y espada» y porque Mefistófeles
se expresa «de un modo muy parecido al que emplean algunos
maléficos personajes de los que salen en nuestras
tragi-comedias». Pero, ¿es que he trocado los pensamientos
que Goethe puso en la mente de esos personajes por otros
de diverso carácter? No es que he hecho castellano
el Fausto, así lo dice mi galante impugnador, porque
tienen sabor calderoniano los versos que puse en su boca.
Y para remachar su objeción, cita luego estos:
La mozuela que hecha un pingo
barre el sábado mejor,
es la que con más
primor
te acariciará el domingo.
«Traducción
fidelísima del original en su fondo», es esta especie
de cantar, según el crítico27 27 , y sin embargo,
le parece que más debe aplicarse a una mozuela de
Tirso o de Bretón que a una muchacha tudesca. ¿Por
qué? ¿Es que el habla castellana, neta y castiza,
sólo nos trae a la imaginación figuras castellanas
también? ¿Qué especie de idioma debemos usar,
pues, para que nos haga pensar en cosas tudescas? ¿Sería
buena traducción aquella qué, no por los pensamientos
expresados, sino por la forma de la dicción, nos advirtiese
y revelase de qué lengua estaba hecha? ¿Ha de conocerse,
leyendo la versión castellana, si el original está
en griego o en latín, en alemán o en sueco?
No; esto sería, como vulgarmente se dice, «traducir
del francés al gabacho ».
Basta de este punto. Es
de mal gusto rebelarse contra la crítica, y sentiría
que se me atribuyese tal propósito. Defiendo mi modo
de ver en materia de traducciones, y desconfiando de lograr
mi intento, lisonjéame que literatos expertos, difiriendo
de mi opinión, me acusen de «haber hecho castellano»
al Fausto, que era precisamente lo que me propuse. Si éste
fuere el único defecto de aquella traducción,
¡qué mayor gloria para mí!
Hacer castellano
a Heine, en la palabra, no en la idea, es también
el propósito de esta obra. Contiene las mejores producciones,
en concepto mío, de aquel gran poeta, o por lo menos,
las que me son más simpáticas, las que mejor
expresan el alma soñadora, atormentada ya, pero no
abatida, por las decepciones y las dudas, como lo estuvo
después. Pocas supresiones he hecho en el texto del
Libro de los Cantares, tal como se publicó la primera
vez. Sólo he prescindido por completo de los Sonetos,
porque en esta composición la forma es obligada, y
encerrar en un soneto castellano cada uno de los diez y siete
que hay en el libro, me parece dificilísimo sin notable
alteración del texto.
Los Ensueños están
todos en esta traducción; de los Cantares y Romances
he substituido algunos pocos, que perdían su efecto
al ser traducidos, por otros agregados en los Apéndices
q ue publicó después el propio Heine. En el
Intermezzo y El Regreso, sus obras capitales, no he querido
quitar nada, ni aun aquellas composiciones que suprimió
el mismo poeta al publicarlas en francés. Para el
efecto artístico de la obra, quizás hubiera
convenido hacer estas supresiones; para conocer al autor
en todas sus fases, vale más dar el texto completo.
También está completo el de las poesías
del viaje al Hars .
Si gustase al público este libro,
quizás me atrevería a completar en otro volumen
la españolización de las poesías de
Heine. El Mar del Norte, La Nueva Primavera algo del Romancero
y de otras de sus últimas producciones, ofrecerían
sabrosísima lectura a los amantes de la poesía,
si acertara yo a conservar en la versión castellana
alguna parte de la admirable belleza del original; e hicieran
quizás amar a un poeta que tanto padeció y
que, como dice discretamente uno de sus admiradores en España28 28 ,
no fue el hombre de las contradicciones, sino el hombre de
las contrariedades.
TEODORO LLORENTE.
1885.
Advertencia
para esta edición
La favorable acogida que el público
y la crítica dispensaron a mis versiones de Heine,
alentó mi propósito, expresado en el párrafo
último del prólogo anterior, y pronto puse
manos a la obra, traduciendo El Mar del Norte y Nueva Primavera.
Poco más había adelantado cuando cambiaron
las circunstancias de mi vida, haciéndome intervenir,
por mi mal, en la lucha activa de la política y privándome
de tiempo y sosiego para mis trabajos predilectos.
Ahora,
que de nuevo logré consagrarme a ellos, he repasado
y corregido aquellas traducciones, he añadido algunas
otras del famoso poeta alemán, y puedo ofrecer en
esta nueva edición un traslado más completo
de su obra a los lectores que en España muestran interés
por conocerle y no pueden leer sus hermosos versos en el
texto original.
T. LL.
1908.
Este es el viejo bosque aún hechizado:
los tilos aromáticos florecen;
para endulzar mi
corazón hastiado
los rayos de la luna resplandecen.
Penetró en él con
indecisa planta;
oigo voz melodiosa en las alturas:
es
el oculto ruiseñor que canta
amores y amorosas desventuras.
Canta con melancólica
alegría
tristes goces, pesares halagüeños;
y es tan dulce su voz, que al alma mía
vuelve
otra vez los olvidados sueños.
Sin
detener el pie, sigo adelante;
y surge entre los árboles
obscuros
un alcázar tan alto y arrogante
que al
cielo tocan los audaces muros.
Cerradas
todas las ventanas miro,
y silencio tan hondo en él
se advierte,
que parece ese lúgubre retiro,
la
mansión misteriosa de la Muerte.
A
la puerta, una esfinge: forma horrible
y bella al par;
amable y pavorosa:
el cuerpo y garras de león temible,
el busto y seno, de mujer hermosa.
El
ansioso deseo centellea
en sus inquietos ojos penetrantes;
sus rojos labios, que el deleite arquea,
sonríen
satisfechos y triunfantes.
Y
entona el ruiseñor tan dulce trino
que ya el impulso
resistir no puedo;
y al besar aquel rostro peregrino,
en la traidora red prendido quedo.
La
Esfinge sepulcral se agita y mueve;
respira el duro mármol
y solloza;
cual vampiro voraz, mis besos bebe,
y absorbiendo
mi sangre, triunfa y goza.
Sedienta
apura mi vital aliento,
y me abraza después de tal
manera,
que en mis entrañas destrozadas siento
las implacables garras de la fiera.
¡Dolor
que embriaga! ¡Dicha que sofoca!
¡Sin límites las
penas y los goces!
¡Néctar del cielo en su incitante
boca!
¡En su garra cruel ansias feroces!
Y
canta el ruiseñor: «¡Hermosa Esfinge!
¡Oh soberano
Amor! ¿Qué ley tirana
toda ventura que nos das restringe
y con mortal tribulación la hermana?»
Ese problema, que mi dicha trunca,
resuelve,
Amor, causante de mis daños:
yo no he podido resolverlo
nunca,
y estoy pensando en él millares de años.
(1817-1821)
Soñé un tiempo feliz mirtos
y rosas,
tiernos halagos y febril pasión,
dulces
labios, palabras engañosas,
y cantares de notas temblorosas
llenos de melancólica emoción.
Disipáronse
-¡ay Dios!- aquellos sueños
y la imagen triunfal,
de ojos risueños,
que en ellos siempre, como reina,
vi;
sólo quedan -¡recuerdos halagüeños!-
los que en mis rimas encerré y fundí.
Vosotras ¡oh mis huérfanas canciones!
como aquellas soñadas ilusiones,
disipaos también,
raudas volad;
y a las que tanto amé, dulces visiones,
este suspiro abrasador llevad.
Tuve un sueño -¡extraño
sueño!-
aterrador y halagüeño,
pavoroso
y dulce al par;
en desecharlo me empeño,
y aún
me está haciendo temblar.
Era
un jardín: más primores
en ninguno jamás
vi;
sin afanes ni temores,
contemplaba yo las flores;
mirábanme ellas a mí.
Las
aves, en dulce coro,
cantaban himnos de amor;
rojo sol,
de rayos de oro,
daba con triunfal decoro
un matiz a cada
flor.
Prestábale su ambrosía
al aire el fresco vergel;
todo brillaba y sonreía;
todo en él resplandecía,
todo enamoraba en
él.
En taza de mármol
bella
brotaba allí un manantial;
hermosísima
doncella
lavaba afanosa en ella
un blanco y luengo cendal.
Llena su mirada amante
de luz
estaba y candor;
trenzas de oro su semblante
coronaban,
semejante
al de un ángel del Señor.
La contemplaba y crecía
la grata
ilusión en mí;
con interior alegría
reconocerla quería,
aun cuando nunca la vi.
Cantaba con voz doliente,
con acento angelical:
«Lava, lava, clara fuente,
lava, límpida corriente,
lava este blanco cendal.»
Acerquéme.
conmovido,
y con ansioso interés,
le dije, casi
al oído:
-«Ese lienzo, ángel querido,
¿me
dirás para quién es?»
-«Prepara
el ánimo fuerte:
lo que estoy lavando yo,
es tu
sudario de muerte.»
Y cuando habló de esta suerte,
al punto despareció.
Por
arte de hechicería
halléme en selva sombría
de arboleda secular;
asombrado, no sabia
ni qué
hacer, ni qué pensar.
Escuché
lejanos ecos,
como golpes de hacha secos;
rompiendo breñas
corrí,
y de la selva en los huecos
un claro espacioso
vi.
Encina altiva y pomposa
alzábase
en medio de él;
y allí mi virgen hermosa
aquella encina frondosa
hería con hacha cruel.
La hería con vivo empeño,
cantando extraño cantar:
-«Hacha de brillo risueño,
hiere, hiere el duro leño;
él las tablas
me ha de dar.»
Acerquéme
sorprendido,
y con secreta emoción
le dije casi
al oído:
«Las tablas, ángel querido,
¿me
dirás para quién son?»
-«Aproximase
la hora:
tu propio féretro ves».
Tal, con voz aterradora,
contestó la encantadora;
y desapareció después.
Llanura desierta y fría,
sin límites se extendía:
al verme en aquel
lugar,
asombrado, no sabía
ni qué hacer,
ni qué pensar.
Caminando
a la ventura,
Una imagen distinguí
de inmaculada
blancura;
la doncella hermosa y pura
estaba también
allí.
Afanosa hería
el suelo
con un pico brillador;
la miré con vivo
anhelo,
y me dio grato consuelo
y a la vez vago estupor.
Heria el suelo afanosa,
cantando
extraño cantar:
-«Cava, buen pico, una fosa;
cava
una fosa espaciosa,
cava, cava sin cesar.»
Acerquéme
estremecido,
y con creciente interés
le dije, casi
al oído.
-«Esa fosa, ángel querido,
¿me dirás
para quién es?»
Contestóme
breve y presto:
-«Está ya todo dispuesto:
esta fosa
es para ti».
Y a mis pies, al decir esto,
abierta la fosa
vi.
Miré al fondo, y vi
la fría
obscuridad con pavor;
me asustaba y me atraía,
y cuando en ella caía,
desperté lleno de
horror.
Vime en sueños a mí
mismo,
ceremonioso y formal,
todo vestido de gala,
guante blanco y negro frac.
Encontrábame delante
de mi adorada beldad,
y haciéndole reverencia,
díjele afable y galán:
-«Si
sois vos, señora mía,
la hermosa que va al
altar,
si sois vos, señora mía,
mis plácemes
aceptad».
Sentí, cuando así
le hablaba,
escalofrío glacial;
se me anudó
la garganta,
y no pude decir más,
Rompió
la hermosa de pronto,
rompió de pronto a llorar,
y sus lágrimas borraron
su imagen angelical.
¡Ojos
claros y serenos,
astros de amor y de paz,
mil veces en
gratos sueños
me habéis engañado ya;
mil veces también, despierto,
me volvisteis a engañar,
y a pesar de tanto engaño,
por mi bien o por mi
mal,
he de dar crédito a todo,
a todo cuanto queráis!
Vi en sueños un hombrecillo
chiquitín y petulante,
que alargando bien las zancas,
andaba estirado y grave;
muy planchada la pechera,
muy
acicalado el traje,
Por dentro, tosco
y grosero,
insolente y miserable;
por fuera, trazas ilustres,
ribetes de personaje;
en dichos, un Alejandro;
en hechos,
un badulaque.
-«¿Quién es, me preguntas?
Mira
y te lo pondré delante».
Así el Dios
de los Ensueños
me dijo y en los cristales
de un
espejo, vi moverse
tropel de extrañas imágenes.
Estaba el buen hombrecillo
al pie del
altar; mi amante
también; al sí que él
decía,
con otro sí contestábale;
y
gritaban con gran bulla
todos los demonios: ¡Amen!
¿Qué inesperada fiebre me
devora?
¿Qué ponzoñosa indignación
me inflama?
Hierve en mis venas sangre abrasadora;
arde
en mi pecho repentina llama.
Un
sueño -¡triste augurio del destino!-
mi pobre corazón
hizo pedazos:
el hijo infausto de la Noche vino
y palpitante
me llevó en sus brazos.
Transportóme
en sus brazos voladores
a una mansión magnífica
y brillante;
todo eran luces, músicas y flores:
abierto un salón vi; pasé adelante.
Allí, nupcial festín: mesa
fastuosa
estaba ya servida y bien poblada.
A los novios
miré: la nueva esposa
-¡qué sorpresa, gran
Dios! -¡era mi amada!
Era mi amada,
como siempre, bella:
y era un desconocido el nuevo esposo.
acerquéme temblando, y detrás de ella
aguardé
conmovido y silencioso.
La música
sonaba, y de amargura
llenaba, aún más, mi
corazón herido:
ella estaba radiante de ventura;
él su mano estrechaba embebecido.
Y
llenando la copa transparente,
la probaba, y después
se la ofrecía:
ella, al labio llevábala sonriente
y era mi sangre ¡ay Dios! lo que bebía.
Una manzana de purpúreo brillo,
ella, amorosa, entonces le brindaba;
hincaba él
en la fruta su cuchillo;
¡y era en mi corazón donde
lo hincaba!
Mirábala después
con embeleso,
tendía a su cintura el brazo fuerte,
besábala por fin, ¡y el glacial beso
sentía
yo de la aterida Muerte!
Hablar
quería, pero el labio mío
mudo estaba al reproche
y a la queja;
la música rompió con mayor brío;
lanzóse al baile la feliz pareja.
Giró
en torno de mí vertiginosa
la multitud gentil y alborozada;
el esposo, en voz baja, habló a la esposa,
que encendida
le oyó, más no enojada.
Y
huyendo la enfadosa compañía,
salieron del
salón con pie furtivo;
yo les quise seguir, y no
podía:
estaba medio muerto y medio vivo.
Junté las fuerzas que el dolor
nos roba,
y por palpar mi desventura cierta
llegué
arrastrando a la nupcial alcoba,
y dos viejas horribles
vi a la puerta.
Era una la Locura,
otra la Muerte,
espectros al umbral acurrucados,
que un
dedo seco, tembloroso, inerte,
posaban en los labios descarnados.
Horror, espanto y duelo, todo
junto,
lanzó en un grito el alma desgarrada;
después,
eché a reír, y en aquel punto
me despertó
mi propia carcajada.
cuando yo dulce dormía,
a mi tranquilo aposento
vino la adorada mía
por arte de encantamiento.
Contemplábala extasiado;
con igual placer y agrado
contemplábame ella a mí;
abrió al fin el labio osado
y de pronto dijo así:
-«Tuya soy: desde este instante
me entrego a ti sin reproche;
seré tu dócil
amante
desque suene media noche
hasta cuando el gallo cante.»
Llenóme de asombro aquella
súbita proposición:
la hermosísima
doncella
prosiguió, amorosa y bella:
-«Por mi amor,
tu salvación.»
-«De mi
voluntad rendida
dispón, oh prenda querida,
y gózate
en la victoria;
te doy mi sangre y mi vida;
mas no el reino
de la gloria.»
Oyó la gentil
doncella
mi firme contestación;
y más amante
y más bella,
volvió a su extraña querella:
-«Por mi amor, tu salvación.»
Siniestra
y lúgubremente
su voz para mí sonaba;
un
volcán era mi frente,
la angustia me sofocaba
y
me faltaba el ambiente.
Entonces
vi aparecer
serafines y querubes
ceñidos de rosicler;
y entre borrascosas nubes
ministros de Lucifer.
Luchaban éstos, armados
contra
la grey celestial,
y por ella rechazados,
huían
por todos lados
los negros genios del mal.
Yo,
en tanto, a la amada mía
contra mi pecho oprimía
cual cervatilla amorosa;
y ella en mis brazos gemía,
tan bella cual quejumbrosa.
Gemía,
y yo penetraba
la causa de su dolor;
sus dulces labios
besaba,
y al fin, rendido, exclamaba:
-«Ya es tuyo todo
mi amor».
Tal dije, con loco anhelo;
y en aquel momento mismo,
sentí mi sangre hecha
un hielo;
tembló a mis plantas el suelo;
se abrió
delante un abismo.
Por ese abismo
surgía
la legión triste y sombría;
pálida a mi hermosa vi,
y aunque ansioso la oprimía;
disipóse y la perdí.
Y
giraba alrededor
el tropel aterrador,
cada vez menos distante;
y lanzaba mofador
su carcajada insultante.
Y
estrechando más y más
los hijos de Satanás
su cadena de vestigios,
gritaban: -«Nuestro serás
por los siglos de los siglos.»
¿por
qué tardar, seor Demonio?
Sentado en mi triste cuarto,
aguardo inquieto y ansioso:
a sonar va media noche;
falta
la novia tan sólo.
Ráfagas
del Camposanto,
leves y callados soplos,
¿habéis
visto a mi adorada?
Tal digo, y surgen de pronto
descoloridos
fantasmas,
que envolviéndome en su corro,
-«La hemos
visto, la hemos visto»-
exclaman a un tiempo todos.
Tú,
el de la roja librea,
¿qué embajada traes, buen mozo?
-«Anuncia Su Señoría
que vendrá dentro
de poco:
por los aires va su coche;
dos dragones son su
tronco».
Tú, peliblanco vejete,
¿qué quieres? ¿Con qué propósitos
vienes, mi difunto dómine,
tan lúgubre y melancólico?
¿Por qué mudo me contemplas
y levantando los hombros,
te vas? Y tú, ¿por qué chillas,
velludo y
horrible mono?
¿Por qué así, negro gatazo,
chisporrotean tus ojos?
¿Por qué, brujas desgreñadas,
alborotáis de ese modo?
¿Por qué de nuevo
repites
con canturreo monótono
¡oh locuaz ama de
leche!
tus cuentos burdos y tontos?
Vete
a casa, ama de leche;
los romances y coloquios
no son,
vieja charlatana,
de las circunstancias propios:
hoy mis
bodas solemnizo;
y engalanados y orondos
vienen ya los
convidados
a honrar el fausto consorcio.
¡Salud,
caballeros! ¡Eso
es cortesía y buen tono!
La cabeza
por sombrero
lleváis en la mano todos.
¡Chusma de
piernas colgantes!
¡Racimos de horca gloriosos!
¿Por qué,
si el viento ha cesado,
venís tan tardos y zompos?
También, montada en la escoba,
has venido, vejestorio;
tu hijo soy yo, Marizápalo,
y tu bendición imploro.
Abriendo las secas fauces
en el carcomido rostro,
gruñe la pícara bruja:
-«Per secula seculorum!»
Dando tumbos
vienen luego
doce músicos indómitos,
incansables
rascatripas,
regocijo de los sordos;
vestido de colorines,
va el payaso, haciendo el bobo;
y el sepulturero inquieto
corre de un lugar a otro.
Van detrás doce beatas
bailando con doce acólitos;
lleva el compás
Celestina,
y entonan a voz en coro,
con música de
salmodia
cantares escandalosos.
Calla
tú, ropavejero,
¡no te desgarres los bronquios!
Guarda ese ropón de pieles;
pues, aquí, en
el Purgatorio,
fuego tenernos de balde,
en cuyo ardiente
rescoldo
huesos de rey y mendigo
calientan del mismo modo.
Gibosas y patizambas
son las floristas:
¡qué monstruos!
Y vienen cabeza abajo,
dando vueltas
en redondo.
¡Pasad, caras de mochuelo!
¡Basta de zambra
y holgorio!
¡Descanso dad a los huesos,
que crujen secos;
y rotos!
El infierno está de huelga;
sueltos andan los demonios;
la música de los réprobos
toca el rigodón diabólico.
¡Calla, tropa
alborotada,
que ya viene el bien que adoro!
¡Lárgate,
canalla! Apenas
mis propias palabras oigo.
¿No
escucháis el traqueteo
de un coche que pasa próximo?
¿En dónde estás, cocinera?
Corre y abre el
portal pronto.
¡Bienvenida, hermosa mía!
¿Cómo estás, dulce tesoro?
También
vino el celebrante:
sentaos, señor canónigo,
el de la pata de cabra,
el de las barbas de choto;
vuestra
mano humilde beso
y a vuestras plantas me postro.
¿Por
qué tan pálida y muda,
mi amor? Está
el desposorio
dispuesto; caro me cuesta,
pago bien los
vidrios rotos;
pero, porque seas mía,
-ya lo ves-
me avengo a todo.
Arrodíllate a mi lado.
¡Oh momento
venturoso!
En mi seno palpitante
busca tu cabeza apoyo;
y en mis brazos convulsivos
te estrecho anhelante y loco.
juntos nuestros corazones.
palpitan, ebrios de gozo,
y
suben al quinto cielo
nuestros audaces propósitos.
Bogan en mar de venturas
nuestras almas, y hasta el trono
llegan de Dios, cuando súbito,
cual nubarrón
espantoso,
su negra mano el Infierno
extiende sobre nosotros.
El hijo triste y sombrío
de la
Noche, el matrimonio
bendice; en libro de fuego
el formulario
estrambótico
deletrea; sus plegarias
son blasfemias,
y a sus votos
los condenados responden
con infernal alborozo.
Silban, graznan, gritan, rugen
con tal fuerza y de tal
modo
que atrás dejan huracanes
borrascas y terremotos.
Tenue vislumbre azulada
rasga el horizonte lóbrego,
y Marizápalos gruñe:
«Per secula secolurum» .
donde tengo mis amores,
vagando entre las fantásticas
sombras de la media noche.
Pasé
junto al Camposanto;
miré adentro, y parecióme
que las tumbas, entreabiertas,
me llamaban sin dar voces.
Acerquéme hacia el sepulcro
del
juglar, en cuyos bordes
quebraba incierta la luna
sus pálidos
resplandores.
Un espectro vaporoso
surgió
a mis ojos entonces,
y me dijo: «¡Bienvenido,
hermano!
Acércate y oye».
Era el juglar
en persona:
sobre el sepulcro sentóse:
pulsé
con diestra convulsa
vihuela de ásperos sones
y
así comenzó sus trovas,
con voz agria y desacorde.
«Cítara, ¿la canción
ya no recuerdas
que hizo vibrar tus palpitantes cuerdas
y encendió el alma en fuego abrasador?
La llama
el ángel beatitud celeste;
suplicio eterno, la precita
hueste;
La humanidad,
¡amor!»
Todas las tumbas se abrieron
al pronunciar este nombre;
alzáronse mil espectros;
acercáronse veloces,
y cantaron, dando vueltas,
en espantoso desorden.
«Tú
los ojos nos cerraste;
tú a la huesa nos echaste,
¡amor, implacable amor!
¿Por qué, ni en la noche
obscura
de la misma sepultura,
nos dejas en paz, traidor?»
Así gruñían
y aullaban,
dando alaridos feroces;
y el Juglar, en medio
de ellos,
sentado en la tumba, inmóvil,
arañaba
la vihuela
con extrañas contorsiones.
«¡Qué
baraúnda! ¡Qué ruido!
¡Qué tropel!
¡Qué confusión!
Gentes sin ley ni sentido,
bien habéis obedecido
mi mágica evocación.
Cual marmota en su guarida,
en la tumba
aborrecida
yacemos sin respirar;
hoy recobramos la vida;
¡a reír, pues, y a gozar!
Fueron
nuestro afán las bellas,
y corrimos tras sus huellas
on rabioso frenesí:
venid; hablaremos de ellas:
no nos oye nadie aquí.
Cada cual
su historia cuente;
cada cual su mal lamente,
y refiera
sin temor
cuándo y cómo le hincó el
diente
la jauría del amor».
Una
escuálida estantigua
salió del tropel indócil:
avanzó unos cuantos pasos;
y dijo así con
voz torpe.
«Aprendiz era de sastre;
siempre dale que le das,
con el dedal y la aguja,
con
la aguja y el dedal.
Hábil era
cual ninguno
en zurcir y en remendar,
con el dedal y la
aguja,
con la aguja y el dedal.
La sobrina
del maestro
me pareció una deidad,
con el dedal
y la aguja,
con la aguja y el dedal.
El
corazón traspasóme
y aquí he venido
a parar,
con el dedal y la aguja,
con la aguja y el dedal».
Con tremendas carcajadas
acogieron
sus razones:
con paso grave y solemne
otro espectro adelantóse.
«El bandido generoso
era mi noble
ideal;
de su gloria estaba ansioso:
turbaba, a más,
mi reposo
una mujer celestial.
Lloré
su arrogancia austera,
y turbada la razón,
mi mano
-¿quién lo dijera?-
hundióse en la faltriquera
de un vecino ricachón.
Un sayón
de bajo vuelo
atrapóme, sin pensar
que quise en
mi desconsuelo,
los lloros con el pañuelo
de mi
vecino enjugar.
¡No fue ligero el bromazo!
doblar me hizo el espinazo,
y en la casa negra di,
que
abrió el maternal regazo
benéfica para mí.
Áspero cordel tejiendo,
allí
me fui consumiendo,
pensando siempre en mi amor:
tomé
un berrinche tremendo,
y reventé a lo mejor».
Con tremendas carcajadas
acogieron sus
razones:
muy pintado y relamido
salió otro fantasma
entonces.
«Yo fui rey de las tablas:
cifré todo mi anhelo
en los papeles tiernos de amante
y de galán:
los bofes arrojaba, gritando: '¡Santo
Cielo!'
y suspiraba flébil después: '¡Mi dulce
imán!'
Era María Stuardo
mi amor: ¡oh, cuán hermosa
brilló siempre
a mis ojos! Constante Mortimer,
la devoré sediento
con mi pupila ansiosa;
mas ella jamás quiso mis guiños
comprender.
Un día, medio loco,
grité con voz ahogada:
'¡María! ¡Oh santa!
¡Oh mártir! Contigo también voy'.
Saqué
el puñal del cinto; me di la puñalada;
se
me escapó la mano convulsa, y aquí estoy!»
Con tremendas carcajadas
acogieron
sus razones:
un estudiante afligido
vino después
dando voces.
«En su sitial peroraba
el tétrico profesor;
a su lado yo, en un banco,
dormía como un lirón,
soñando siempre
con su hija,
que era más bella que el sol.
Mil
veces en su ventana
cariñosa me miró:
¡Hermosa
flor de las flores!
¡Prenda de mi corazón!
Un
majadero muy rico
cogió aquella hermosa flor.
Invoqué
a todos los dioses
contra la infiel y el traidor;
eché
solimán al vino;
mis ruegos la muerte oyó;
y cual buenos camaradas
nos abrazamos los dos».
Con tremendas carcajadas
acogieron sus
razones:
y salió al frente otro espectro
arrastrando
soga innoble.
«De dos cosas se
alababa
el conde cuando bebía:
de las joyas que
guardaba
y de la hija que tenía.
Tus joyas guarda
y esconde;
no te las roben jamás:
la hija que tienes,
buen conde,
es lo que me gusta más.
Bajo
llaves y cerrojos
guardaba sus dos amores;
iban siempre
con cien ojos
rondando sus servidores.
Pero, cerrojos y
llaves,
¿qué me importaban a mí?
La escala
de cuerdas suaves
arrojé al muro, y subí.
Penetré por la ventana
de la hermosa
prenda mía;
y escuché al punto cercana
una
voz que así rugía:
'¿Te faltan acompañantes?
Conmigo, infame, vas bien:
si te gustan los diamantes,
a mí me gustan también.'
Era
el conde, y al momento
puso en mi sus toscas manos
el enjambre
turbulento
de esbirros y de villanos.
'Nadie me toque ni
ofenda:
no soy cobarde ladrón;
sólo he robado
una prenda,
es un tierno corazón.'
Nadie
mis explicaciones
escucha, ni por mí aboga;
ya sus
bárbaros sayones
échanme al cuello la soga.
Y al asomar por Oriente
el astro matutinal,
mi cadáver
vio pendiente
del travesaño fatal».
Con
tremendas carcajadas
acogieron sus razones:
con la cabeza
en las manos,
otra sombra presentóse.
«Bajo
el brazo la escopeta,
y el alma de amor, repleta,
a cazar
al monte fui;
¡Qué graznidos en la umbría!
Era el cuervo que decía:
'¡Ay desdichado de ti!'
Buscaba de loma en loma
una cándida
paloma
para obsequiar a mi amor;
y en los troncos y en
las ramas,
y en jarales y en retamas
clavaba el ojo avizor.
Oí suspiros distantes:
'Serán
tórtolas amantes'
pensé, y en su busca fui.
Al llegar a un bosquecillo,
miré y preparé
el gatillo:
¡cielos santos, lo que vi!
Era
la tórtola mía
y en sus brazos la oprimía
un doncel con tierno afán.
'¡Ojo cazador certero!'
sonó el tiro justiciero;
rodó por tierra
el galán.
Entre esbirros inhumanos,
agarrotadas las manos,
pasé después por allí:
¡qué graznidos en la umbría!
Era el cuervo
que decía:
'¡Ay desdichado de ti!'»
Con
tremendas carcajadas
acogieron sus razones:
y el juglar
con esta copla
dio al concierto fin y postre:
«Hechicera
canción cantaba un día;
la hechicera canción
acabó ya:
helóse el corazón que ella
encendía,
y cuando el nido maternal se enfría,
el
pájaro se va».
Sonaron
las carcajadas
más fuertes y más feroces;
dieron vueltas y más vueltas
fantasmas y fantasmones;
tocó la campana la una
en el reloj de la torre;
y cada espectro en su huesa
aullando precipitóse.
Dulce y tranquilo dormía,
sin zozobras y sin ansias,
y en sueños vi una doncella
de hermosura sobrehumana.
Era hechicero su rostro;
su
tez como el mármol blanca;
luminosas sus pupilas;
luenga su crencha y rizada.
A mí
vino blandamente,
cual vaporoso fantasma,
y en mi pecho
reclinóse
la virgen hermosa y pálida.
Como
late conmovido
por temores esperanzas,
a su contacto latía
mi corazón, hecho un ascua.
El
corazón de la hermosa
no ardía ni palpitaba:
era de nieve su pecho,
y de hielo sus entrañas.
-«Mi corazón no palpita,
mi sangre
está congelada;
mas también conozco y siento
de amor la celeste llama.
No arde la
vida en mis venas,
ni mis mejillas inflama;
pero como dulce
amiga
vengo a ti: no temas nada».
Dijo,
y me estrechó en sus brazos
con tal brío y
fuerza tanta,
que en ellos aprisionado
me oprimía
y sofocaba.
Cantó el gallo en aquel
punto,
vigía de la mañana,
y desapareció
al oírlo
la virgen hermosa y pálida
todos a mi voz despiertos,
saqué de la sepultura;
y hoy no quieren esos muertos
volver a la noche obscura.
Me hizo olvidar el terror
las
provechosas lecciones
del experto profesor,
y me asedia
espantador
ejército de visiones.
¡Déjame,
turba sombría!
¡No me acoses sin cesar!
El placer
y la alegría,
a la clara luz del día
aún
puedo en el mundo hallar.
Lucharé
con insistencia
hasta respirar la esencia
de la ambicionada
flor;
¿qué me importa la existencia,
si ha de faltarme
el amor?
En mis brazos estrecharla
una vez, sólo una vez!
¡Ceñirla y acariciarla,
y apasionado besarla
con amorosa embriaguez!
¡Oír
el sí palpitante
de su labio celestial!
Eso, espectros,
es bastante
consígalo, y al instante
os sigo al
antro infernal.
Lo sabe la grey
impía,
y me llama noche y día
con gestos
de Belcebú:
¡Oh dulce enemiga mía!
no me
importa: ¿me amas tú?
Todos los días digo al levantarme:
¿Vendrá
mi dulce bien?
Todas las noches digo al acostarme:
engañóme
hoy también.
Paso insomne la noche, en el
quebranto
de mi tenaz dolor;
paso el
día dormido, en el encanto
de un
sueño burlador.
En la quietud de la noche
mi
mal a solas lamento,
de la vana muchedumbre
los regocijos
huyendo.
A solas corren mis lágrimas,
corren sin tregua ni término;
enjugarlas no consigo
con mis suspiros de fuego.
Un día,
niño inocente,
cifré mi dicha en los juegos;
gozaba el don de la vida
sin saber lo que son duelos.
Jardín alegre era el mundo
de lozanas
flores lleno;
rosas, lirios y violetas
mis únicos
pasatiempos.
Soñando en verde floresta
vi juguetón arroyuelo;
miréme en sus claras
linfas;
estaba pálido y tétrico.
Estaba
tétrico y pálido
desque mis ojos la vieron:
trocóse en pena mi júbilo
sin sentirlo ni
saberlo.
De los cielos descendida,
dulce
paz llenó mi pecho;
de los cielos descendida,
huyó
otra vez a los cielos.
Tinieblas llenan
mis ojos,
sombras me van persiguiendo;
escucho sobresaltado
dentro de mí extraño acento.
Acométenme
furiosos
ignotos padecimientos,
y mis entrañas quemando,
me consume extraño incendio.
Y
esta hoguera que me abrasa,
y este dolor, del que muero,
amor, amor soberano,
míralo bien, ¡tú lo
has hecho!
Sobre mi pecho pon tu manecita ;
lo sentirás latir con inquietud:
un traidor carpintero
en él habita,
y está claveteando mi ataúd.
Golpea sin descanso el día entero,
y mi sueño robó su golpear:
acaba pronto,
infame carpintero,
y déjame morir y descansar.
pasea
bajo los tilos;
yo, abandonado de todos,
solo voy conmigo
mismo.
El corazón me da un vuelco
cuando esas parejas miro:
pareja también yo tengo;
pero lejos de estos sitios.
Mucho tiempo
estoy sufriendo
y más tiempo, no resisto:
cierro
la breve maleta;
tomo el bastón de camino.
Andaré
leguas y leguas,
y a la boca de un gran río
la ciudad
veré que encumbra
tres torres por obeliscos.
Allí
serán mis angustias
trocadas en regocijos,
y mi
dulce parejita
llevaré bajo los tilos.
sepulcro
donde reposa
mi tranquilo bienestar,
ciudad querida y hermosa,
¡adiós! te voy a dejar.
¡Adiós,
umbral consagrado
por la huella de su pie!
¡Adiós,
sitio afortunado,
donde primero, extasiado,
su hermosura
contemplé!
¡Ojalá
nunca te viera,
reina de mi corazón!
No, atribulado,
sufriera
esta suerte lastimera
que ha de ser mi perdición!
Perturbar no quise tu alma,
ni
la victoriosa palma
de tu ansiado amor ceñir;
a
tu lado, en dulce calma,
soñé tan sólo
vivir.
Pero tú no lo has
querido:
con tus palabras de hiel
me arrojas; pierdo el
sentido,
y el corazón malherido
sucumbe a la prueba
cruel.
Iré, incierto caminante,
llevando a cuestas mi mal;
hasta que en tierra distante
pose la sien delirante
sobre la tumba glacial.
El esquife detén, rudo barquero;
aún vuela al puerto el alma acongojada;
de dos hermosas
despedirme quiero;
de
Europa y de mi amada.
Sangre brotan
mis ojos escaldados,
sangre también mi corazón
herido;
con sangre escribiré los prolongados
tormentos
que he sufrido.
¡Ahora, cuando
la sangre ves que vierto,
¿ahora tiemblas, mi bien, y palideces?
Tú, que convulso, agonizante, yerto,
me
viste tantas veces!
¿La historia
sabes del Edén perdido,
de Eva y la sierpe que a
la estirpe humana
tentó con falso halago? ¡Siempre
ha sido
don fatal la manzana!
¡Muerte en las manos de Eva cariñosas;
incendio, en las de París, de Ilión fuerte;
en las tuyas, mi amor, entrambas cosas:
incendio,
y después, muerte!
Los montes y castillos de su orilla
copia el Rhin en sus móviles espejos,
y avanza jubilosa
mi barquilla
que inunda el sol de luces y reflejos.
Contemplo los cristales brilladores
en
blandas olas de oro convertidos,
y renacen de nuevo los
dolores
dentro del corazón adormecidos.
Me halaga, me enamora y me seduce
el brillante
raudal; mas no me engaña:
la tersa linfa, que falaz
reluce,
sombra y muerte en su fondo sólo entraña.
¡Perfidia oculta y aparente halago!
Eres, oh Rhin, imagen de mi hermosa:
escondiendo, cual
tú, su horrible estrago,
dulce también sonríe
y cariñosa.
dije,
al verme en tal estado:
soportarlo no podré.
Pero,
al fin, lo he soportado:
el cómo, yo me lo sé.
vivió
lánguida vida
durante el crudo invierno
la flor
descolorida.
Sopló el alegre Mayo
sus ráfagas
de amor:
siguió en triste desmayo
la moribunda flor.
La flor descolorida
habló
y me dijo así:
«Del vástago cogida
quisiera
ser por ti.
-No atenderé tu ruego,
pues voy, loco
de amor,
buscando sin sosiego
la purpurina flor».
-«La flor que de esa suerte
tú
buscas, no hallarás;
tras ella hasta la muerte
desconsolado
irás.
No cogerá tu mano
la purpurina flor:
lo mismo que yo, hermano,
enfermo estás de amor».
La flor descolorida
habló,
temblando, así;
con mano conmovida
del tallo la
cogí.
Calmó al instante el alma
su afán
devorador,
y gozo en dulce calma
angelical amor.
Cual ataúd que mano lastimera
orna de rosas y hojas de ciprés,
aqueste libro engalanar
quisiera,
y en él mis versos sepultar después,
¡Ojalá mis fantásticos
amores
pudiese con mis versos sepultar!
En el sepulcro
del amor las flores
del sosiego feliz suelen brotar.
Abriendo allí su cáliz,
nos envían
sus aromas de mágica virtud:
¡para
mí, sólo florecer podrían
ocupando
yo mismo el ataúd!
¡Ved
aquí mis cantares, encendidos
cual roja lava del
Vesubio ayer,
que en el volcán del corazón
fundidos,
fueron brillante ráfaga al nacer!
Mudos y tristes hoy, mustias sus galas,
yacen yertos, sin vida y sin calor;
mas revivir aún
pueden, si sus alas
sobre ellos bate el genio del amor.
Aunque lejos estás, amada
mía,
este libro a tus manos llegará;
y la
pasión que lo dictaba un día,
melancólica
en él renacerá.
Y
perdiendo las letras su sentido,
te mirarán con plácida
avidez;
y de olvidado amor blando gemido
suspirarán
mis versos otra vez.
A compasión mueve a todos
triste y pálido mancebo,
que en el rostro lleva
escritos
sus callados sufrimientos.
Sus
sienes calenturientas
refresca piadoso el viento;
doncellas
bien desdeñosas
le ven con ojos benévolos.
Huyendo de todos, corre
al bosque, donde
risueños
los pájaros y las hojas
forman alegre
concierto.
Pero enmudecen las aves
y
ruge el bosque siniestro
apenas ven que se acerca
el afligido
mancebo.
Allá, en el
monte, el castillo
envuelto en la noche obscura;
espadas
acá, en el valle,
que chocan y que fulguran.
Embístense
dos hermanos
con igual cólera y furia;
¿Por qué,
manos fraternales
con tan fiero enojo luchan?
Laura,
la linda condesa,
es la que tiene la culpa:
ambos en amor
se abrasan,
sedientos de su hermosura.
¿A
quién la dama prefiere?
Nadie resolvió esa
duda;
decididla, pues, vosotras;
fallad, espadas desnudas.
Los tenaces combatientes
sin piedad ni
tregua pugnan;
apenas suena un mandoble,
otro mandoble
retumba.
Id con tiento en las tinieblas,
aceros que el odio empuña;
sombras, visiones y ardides
la traidora noche oculta.
¡Oh fratricidas
hermanos!
¡Valle infausto! ¡Negra tumba!
El uno al otro
en el pecho
la espada a la vez sepultan.
Muchos
siglos han pasado
y generaciones muchas;
y aún el
desierto castillo
mira hacia la honda llanura.
Por
ella, de noche, vagan
dos sombras, leves y mudas,
y apenas
suenan las doce,
otra vez la espada cruzan.
I Con placer que
el baile excita
danzan Juan y Margarita;
Pedro inmóvil,
cejijunto,
de ellos los ojos no quita,
más pálido
que un difunto.
Margarita es ya
de Juan,
y en traje de bodas van
orondos y relucientes;
Pedro, con rabioso afán,
hinca en los puños
los dientes.
Contemplando a la
pareja
habla en voz baja, y se queja,
y prorrumpe al cabo
así
«¡Como Dios no me proteja,
no sé qué
será de mí!»
II «Siento
una pena aquí dentro
que me oprime el corazón;
do quiera vaya, me encuentro
siempre fuera de mi centro,
siempre en la misma aflicción.
»A
mi amada busco loco,
cual si pudiera calmar
la angustia
en que me sofoco;
y -¡ay Dios! -no puedo tampoco
su presencia
soportar.
»Trepo al monte que hasta
el cielo
se encumbra y hallo el consuelo
de que nadie me
ha de ver:
allí, al menos sin recelo
podéis,
lágrimas, correr!»
III El
pobre Pedro va errante,
macilento, vacilante,
más
muerto que vivo: al verle
sorprendido el caminante
se para
a compadecerle.
Dice la doncella
hermosa:
«De la fosa éste vendrá».
Doncella
de faz de rosa,
no es que viene de la fosa;
es -¡ay!- que
a la fosa va.
Le llama la tumba
pía,
porque ha perdido a su amor:
allí en
paz y sin porfía,
aguardará el postrer día:
¿dónde estuviera mejor?
A Francia dos granaderos,
allá en Rusia prisioneros,
vuelven ya: ¡suerte feliz!
Al llegar una mañana
a la frontera alemana
doblan
ambos la cerviz.
Nueva oyeron
lastimera;
está ya la Francia entera
en poder del
invasor;
deshecho y roto el altivo
Gran Ejército;
¡cautivo!
¡cautivo el Emperador!
Escuchan,
mudos de espanto,
la nueva fatal: el llanto
baña
su curtida tez;
y con ansias reprimidas
uno dice: «Mis
heridas
se abren todas otra vez».
Dice
el otro: «¡Acabó todo!
¡Morir! fuera el mejor modo
de dar término a este afán,
Mas, ¡los pobres
pequeñuelos!...
¡La mujer!... ¡Oh santos cielos!
si les falto yo, ¿qué harán?»
-«¿La
mujer?... ¿Y qué me importa?
¿Los hijos?... El alma
absorta
llora desdicha mayor.
¿Pan les falta?... ¡Por Dios
vivo!
¡Que lo mendiguen!... ¡Cautivo!
¡Cautivo el Emperador!»
«Una súplica sagrada
he
de hacerte, ¡oh camarada!
¡Compadécete de mi!
Para
abrir mi humilde huesa,
llévame a tierra francesa,
dormiré mejor allí.
»Esta
cruz resplandeciente,
de roja cinta pendiente,
ponla sobre
el corazón;
en su sitio, al diestro lado,
el fusil
bien colocado;
la espada en el cinturón.
»Así, a punto, y siempre en vela,
estaré, cual centinela
fijo siempre en su lugar;
hasta que oiga en feliz día
rechinar la artillería
y los caballos trotar.
»Y el
Emperador, al frente
de su ejército impaciente
cabalgará,
y al clamor,
armado saldré de tierra,
y otra vez
iré a la guerra,
detrás del Emperador».
-«¡Doña Clara!
¡Doña Clara!
¡Tras tantos años de amor!
tu propia mano traidora
la puñalada me dio.
»¡Doña
Clara! ¡Doña Clara!
es la vida alegre don;
y el
sepulcro obscuro y frío
me inspira miedo y horror!
»A Fernando das mañana
la mano y el corazón:
¿Me convidas a la boda?
¿Quieres que a ella asista yo?»
-«¡Don Ramiro! ¡Don Ramiro!
amargos tus
dichos son,
como la ley de los astros
que mis designios
burló.
»¡Don Ramiro! ¡Don Ramiro!
desecha ese negro humor;
piensa que hay muchas mujeres,
y que nos separa Dios.
»Vencedor eres
del moro;
sé tu propio vencedor:
ven a mi boda mañana
sin recelo ni aprensión».
-«Iré
a tu boda mañana;
te lo juro por quien soy:
iré,
y bailaré contigo:
¡Adiós, Doña Clara!
-¡Adiós!»
Crujió la ventana
al punto,
petrificado él quedó;
luego hundióse
en las tinieblas,
cual lúgubre aparición.
Cuando las nocturnas sombras
rasgó el matutino albor,
cual jardín lleno
de flores,
Toledo resplandeció.
Alcázares
y palacios
brillan a la luz del sol;
las cúpulas
de los templos
parece que de oro son.
De
las campanas al vuelo
suena el confuso clamor;
se elevan
de los altares
el cántico y la oración.
¡Mirad,
allá, en la capilla!
¡Allá, en la Plaza Mayor!
¡Mirad, mirad, qué gentío!
¡Qué tropel!
¡Qué confusión!
Nobles damas,
cortesanos,
hidalgos, hombres de pro;
y al clamor de las
campanas
une el órgano su voz.
La
multitud abre paso:
ya la pareja salió:
Doña
Clara y Don Fernando
los felices novios son.
Hasta
el palacio del novio
corren las gentes en pos;
celébrase
allí la boda
con señorial esplendor.
Tras
el festín, el torneo;
todo es fiesta y diversión:
rápidas pasan las horas;
pronto la noche llegó.
Congréganse para el baile
en la
cámara de honor;
cien lámparas resplandecen
en el dorado artesón.
El
novio y la novia ocupan
altos sitiales los dos;
se están
diciendo en voz baja
dulces palabras de amor.
Muchedumbre
engalanada
puebla el soberbio salón:
vibra aguda
la trompeta
sordo redobla el tambor.
-«¿Por
qué, bellísima dama,
el esposo preguntó,
por qué la mirada fija
clavas en aquel rincón?»
-«¿No ves allí un hombre envuelto
en su negra capa? -No;
es, replicó sonriendo,
sombra,
quimera, ilusión».
Y la sombra
se acercaba,
y era un embozado ¡ay Dios!
y Clara, toda
encendida,
a Ramiro saludó.
Ha
comenzado ya el baile;
vuelan, al acorde son,
los galanes
y las damas
en vértigo embriagador.
-«De
buen grado, Don Ramiro,
bailaré contigo yo;
pero
venir no debiste
con tan negro capotón».
Él,
los ojos penetrantes
fija en la que fue su amor;
ciñe
su cintura, y dice:
«Me llamaste, y aquí estoy».
En los giros de la danza
abrazados
van los dos;
vibra aguda la trompeta,
sordo redobla el
tambor.
-«Pálido estás cual
la nieve»
dice con trémula voz
la bella, y él
le responde:
«Me llamaste y aquí estoy».
Chisporrotean
las luces;
brilla el soberbio salón:
¡Cómo
vibra la trompeta!
¡Cómo redobla el tambor!
¡«Fría,
cual hielo, es tu mano».
Clara, espantada, exclamó;
y él, con voz más tenebrosa,
-«Me llamaste,
y aquí estoy».
-«¡Suelta, suelta,
don Ramiro!
¡Suéltame, por compasión!»
Siempre
la misma respuesta:
«Me llamaste, y aquí estoy».
Alegre suena la música,
y en torbellino
veloz
gira y se revuelve todo
cual fantástica visión.
-«¡Suéltame! ¡suéltame!»
exclama
la novia, llena de horror;
y él replica:
«Me llamaste,
me llamaste, y aquí estoy.»
Ella,
al fin, airada grita:
-«¡Suéltame, en nombre de Dios!»
y al pronunciar ese nombre,
Ramiro despareció.
Quedó Clara inmóvil, yerta,
sin sentidos y sin voz;
bajó la siniestra imagen
a su lúgubre mansión.
Ya
retorna en sí la dama,
ya las pupilas abrió;
mas al punto se las cierra
espanto nuevo y mayor.
Desque
el baile comenzara
estuvo -no hay duda, no-
sentada junto
a su esposo,
sin moverse del sillón.
-«¿Por
qué, pregunta Fernando,
se te ha quebrado el color?
¿Por qué, de tus bellos ojos,
se ha nublado el claro
sol?»
Clara, dudosa, espantada,
-«¿Y
Ramiro?» -preguntó;
y no pudo más su lengua,
que paraliza el horror.
Hondas, tempranas
arrugas,
fruncen con ceño feroz
la frente del caballero,
y con gesto aterrador,
-«Saberlo no quieras,
dice:
¡Historias trágicas son!
-¿Pero Ramiro?...
-Ramiro,
esta mañana murió!»
y sin tregua ni reposo,
cabalga con vivo afán
hacia el soberbio y famoso
castillo del rey Duncán.
Albérgate en un rincón
de cualquier camaranchón,
y di a un mozo, de pasada:
«Dos las hijas del rey son;
de ellas ¿cuál la desposada?»
Si te responde -¡ojalá!-
«La morena», vuelve acá,
vuelve pronto, en son de fiesta;
si 'la rubia' te contesta,
entonces... no hay prisa ya.
Vuelve; mas compra primero
una soga al cordelero,
y después -¡la pena me ahoga!-
mudo y fatal mensajero,
ven y dame aquella soga.
-No quiero volver
solo, amada mía;
conmigo ven al lúgubre
aposento
de la triste mansión, obscura y fría,
mi madre, al umbral acurrucada,
espera con ansioso pensamiento
del hijo la llegada.
-¡Suelta, déjame
en paz, hombre sombrío!
¿Quién jamás
te llamó? fuego es tu aliento;
tu diestra, hielo
frío.
Ardiente llama en tus pupilas brilla;
mortal
amarillez en tu mejilla.
Gozar quiero, con ansias amorosas,
la luz del sol, la esencia de las rosas.
-Deja
los resplandores
del sol y los perfumes de las flores:
arroja el velo que tu sien cubría,
pulsa las cuerdas
de la lira de oro,
canta el himno nupcial, amada mía,
y el viento de la noche te hará coro.
Aproxímase ya la
media noche;
duerme
en paz Babilonia.
En las alturas del augusto alcázar
chispean las antorchas.
Va y viene de la regia servidumbre
la innumerable
tropa;
preside Baltasar regio banquete
en
su cámara propia.
Los palaciegos,
de su dueño en torno,
siéntanse
a la redonda;
apuran el licor que centellea
en
las fúlgidas copas.
Gritan
los bulliciosos comensales;
los
vasos entrechocan;
al monarca aburrido, la algazara
deleita
y alboroza.
Sus marchitadas, pálidas
mejillas
el júbilo
arrebola;
el vino, de su ingénita fiereza
los
ímpetus provoca.
Crece
su audacia; la blasfemia horrible
al
labio infame brota;
la cortesana turba la blasfemia
repite,
aplaude y loa.
Llama altivo el
monarca: un siervo acude
parte,
y al punto torna;
y trae, del templo del Señor robados,
los vasos y las
joyas.
Con sacrílega diestra
un cáliz de oro
el
impío rey toma;
lleno está ya del vino del
banquete,
tan
lleno que rebosa.
Hasta el fondo
lo apura, y luego exclama
con
palabras de mofa:
«Mira, Dios de Judá, cual te saluda
el rey de Babilonia».
Dice, y al punto en sus entrañas
siente
fatídica
zozobra;
silencio sepulcral súbito apaga
las
carcajadas locas.
¡Mirad! ¡Mirad!
Sobre el brillante muro
aparece
una sombra;
es una mano que con fuego escribe
palabras
misteriosas.
Baltasar en las letras
encendidas
clava
la vista atónita;
tétrica palidez cubre su
rostro
sus rodillas
se doblan.
La cortesana grey,
despavorida,
queda
inmóvil absorta;
vienen los Magos, y las letras miran:
descifrarlas no
logran.
Aquella misma noche, antes
que el alba
aclarase
las sombras,
a manos de los suyos cayó muerto
el
rey de Babilonia.
en la excelsa poesía
hoy los trovadores van:
¡grave
será la porfía!
¡arduas las justas serán!
La imaginación alada
les
da fogoso corcel;
la palabra bien templada
les sirve de
noble espada,
y es el arte su broquel.
Hermosísimas
doncellas
les miran desde el balcón;
lauros brindan
todas ellas;
pero no está entre esas bellas
la que
anhela el corazón.
Llenos
de salud y vida
van otros a combatir;
ellos, a la lid reñida,
van ya con mortal herida,
sin temblar y sin gemir.
Y el que más doliente lanza
el
canto desgarrador,
aquél la victoria alcanza,
y
la más dulce alabanza
del labio más seductor.
pálido y triste un mancebo:
la hermosa
doncella estaba
en el balcón entreabierto.
La hermosa
doncella, al verle,
decía: «¡Válgame el cielo!
Está ese desventurado
más pálido que
un espectro».
Alzó aquel desventurado
los ojos grandes y negros,
y de la doncella hermosa
miró
el balcón entreabierto.
Sintió la hermosa
doncella
extraño desasosiego,
y se puso de repente
más pálida que un espectro.
Sintió
la doncella hermosa
arder amorosos fuegos,
y estaba días
y días
en el balcón entreabierto;
y tras
los días ansiosos,
en los brazos del mancebo
caía
todas las noches
a la hora de los espectros.
Muchas historias
he oído;
ninguna, como ésta, cruel:
un
hidalgo bien nacido
está de amor malherido,
y su
dama le es infiel.
Por infiel y por traidora,
a la que insensato adora
debiera menospreciar;
cual flaqueza
infamadora
su propio dolor mirar.
Quisiera
mover querella
gritando en la justa así:
«Amo a
una hermosa doncella;
quien encuentre falta en ella,
salga
y cierre contra mí».
Quizás
todos callarían;
pero no su desazón:
y al
fin sus armas tendrían
que herir, si luchar querían,
su mísero corazón.
En el inquieto mástil
apoyado,
las olas cuento y sigo hasta la orilla:
¡Adiós,
tierra natal, hogar sagrado!,
¡Qué
aprisa vas, barquilla!
Ante la
casa paso de mi amante:
en su alegre ventana el sol destella;
casi me miro en su cristal brillante;
mas
¡ay! ¡no hay nadie en ella!
Reprimiré
este lloro lastimero
que a mis pupilas da velo sombrío:
el mal que te amenaza, arrostra entero;
¡valor!
corazón mío.
El cantar del arrepentimiento
Galopa
Ulrico en la selva;
susurra plácido el viento;
ve el hidalgo entre las ramas
bella imagen en acecho.
«Te conozco, bella imagen,
dice, y lo
dice gimiendo;
eres mi perseguidora
en la ciudad y en el
yermo.
»Cual dos rosas son tus labios,
tan amorosos y frescos;
mas las palabras que lanzan
llenas
están de veneno.
»Por eso yo los
comparo,
al rosal hermoso y pérfido,
que entre sus
hojas obscuras
oculta el áspid horrendo.
»Esos
son de tus mejillas
los seductores hoyuelos,
la fosa a
la cual me arrastran
mis insensatos deseos.
»Esos
son los blondos rizos
que se enroscan a tu cuello,
red
del Enemigo malo,
que me aprisionó con ellos.
»Esos
tus ojos azules
como el estanque sereno,
que del cielo
juzgué puertas,
y son puertas del infierno».
Galopa Ulrico en la selva;
zumba pavoroso
el viento;
otra imagen ve el hidalgo,
tan pálida
que da miedo.
«¡Madre mía!
grita al punto;
¡Madre de mi amor primero!
¡Cuánto
amargué yo tu vida
con mis dichos y mis hechos!
»¡Secar quisiera tus lágrimas
con
la llama de mis duelos!
¡Quisiera animar tu rostro
con
la sangre de mi pecho!»
Galopa y galopa
Ulrico;
se obscurecen tierra y cielo;
sopla el viento del
ocaso;
suenan extraños acentos.
Sus
palabras repetidas
oye el lloroso mancebo:
pájaros
son de la selva
que están cantando y diciendo:
«Hermoso
cantar tú cantas,
el del arrepentimiento;
cuando
lo hayas terminado,
vuelve a cantarlo de nuevo».
La canción de los florines
¿Qué
te has hecho, mi tesoro,
que perdido busco y lloro?
¿Dónde estáis, florines de oro?
¿Estáis
entre los dorados
pececillos esmaltados,
que surcan tranquilamente
los senos aljofarados
de la cristalina fuente?
¿Estáis entre las doradas
florecillas
perfumadas,
que abren en vergel umbrío
sus corolas
empapadas
en las perlas del rocío?
¿Estáis
entre los dorados
pajarillas matizados,
que, robando al
sol sus galas,
visos atornasolados
dan a sus abiertas alas?
¿Estáis entre las doradas
estrellas, siempre inflamadas,
que, para darnos consuelo,
tiernas y dulces miradas
nos dirigen desde el cielo?
No estáis, dorados florines,
en
las cristalinas fuentes,
ni en los umbrosos jardines,
ni
del aire en los confines,
ni en los cielos transparentes.
Para buscaras, en vano
registrara
el orbe entero;
pues estáis -¡oh trance fiero!-
en las garras de milano,
de un implacable usurero.
A una cantante después de haberle oído una
antigua canción romancesca
olvidar no podré nunca:
la
oía por vez primera,
y era su voz suave música
que el pecho oprime, y los ojos
con dulces lloros enturbia,
sin que el alma se dé cuenta
del bienestar que la
inunda.
Un sueño llenó de
pronto
mi imaginación confusa:
en la cámara
materna,
que débil lámpara alumbra,
leía
crédulo niño,
fabulosas aventuras,
mientras
silbaban los vientos
entre las pálidas brumas.
Cuerpo
las fábulas toman:
levántanse de su tumba
los héroes; en Roncesvalles
estalla tremenda lucha;
allá cabalga Rolando;
allá van las huestes
suyas;
allá van también con ellas
Ganelón,
¡que Dios confunda!
Por él, a traición
herido,
Rolando cae, y aún empuña
y al labio
lleva la trompa,
que con tal clamor retumba,
que, allá
lejos, al gran Carlos,
lleva su grito de angustia.
Rolando
muere, y su muerte
mi sangriento sueño trunca.
Clamorosa
me despierta
tempestad de aplausos súbita:
cesó
el poderoso hechizo;
dio fin la extraña aventura;
todos, batiendo las palmas,
exclamaban '¡bravo!' y 'hurra!'
y la artista saludaba
con reverencias profundas.
Cuando aviva la alegre
primavera.
del
sol los resplandores,
abren en el jardín y en la
pradera
sus cálices
las flores.
Cuando la luna, de
la noche obscura
rasga
el opaco velo,
brillan en torno de ella con luz pura
las
estrellas del cielo.
Cuando vislumbra
el soñador poeta
dos
pupilas radiantes,
brotan con más calor de su alma
inquieta
los versos
palpitantes.
¡Lástima grande,
sí, que ese tesoro
de
estrellas, versos, flores,
pálida luna, sol de fuego
y oro,
ojos deslumbradores;
Toda esa fantasía deliciosa
que tanto nos
agrada,
en este mundo de mezquina prosa
no
sirve para nada!
(1822-1823)
De mis ansías, tormentos y querellas
es este libro humilde panteón:
al hojear sus páginas,
en ellas
aún sentiréis latir mi corazón.
de faz adusta y siniestra,
que pálido y silencioso
vagaba con planta incierta,
lleno el pecho de suspiros,
llena el alma de quimeras.
Era tan arisco y fosco
que
al verlo pasar, malévolas
mirábanse y sonreían
las flores y las doncellas.
En el rincón
más obscuro
de su lóbrega vivienda,
recatándose
de todos,
pasaba la noche entera.
Ambos los brazos al cielo
levantaba con frecuencia,
sin decir una palabra,
sin murmurar
una queja.
Pero al tocar media noche,
escuchábanse
allá fuera
acordados instrumentos,
coros de voces
angélicas,
y al poco rato llamaban,
blandos golpes
a la puerta.
Y cual sombra que resbala,
hermosa, ideal, aérea,
entraba su dulce amante,
en gasas de espuma envuelta.
Era el velo de su frente
de hilos de escarchadas perlas;
sus mejillas, cual la rosa
que la aurora colorea.
Caían sobre sus hombros
olas de doradas crenchas;
derramaban sus pupilas
apasionadas
ternezas,
y -¡ay Dios!- ¡cómo se abrazaban
el caballero
y la bella!
Estrechábala el hidalgo,
y el mismo entonces ya no era:
el tímido se aventura,
el soñoliento despierta,
el arisco se enternece,
late el insensible y tiembla.
Y ella, le hostiga mimosa
y le provoca risueña,
y con el fúlgido velo,
envuélvele la cabeza.
En alcázar
diamantino
el caballero se encuentra;
tanta hermosura le
asombra,
tanto resplandor le ciega.
Y aún en sus
ansiosos brazos
a la encantadora estrecha,
y es su afortunado
esposo,
y su dulce esposa es ella,
y en torno tañe
la cítara
coro de sílfides bellas.
Tañe
la cítara, canta
y el pie a las danzas apresta...
El amante desfallece,
y aún abraza a la hechicera;
pero, de pronto, las luces
se apagan, y en las tinieblas,
en el rincón más obscuro
de su lóbrega
vivienda,
otra vez solo y sombrío
está el
hidalgo, ¡el poeta!
En Mayo, cuando las flores
abren
todas el botón,
sentí nacer los amores
dentro
de mi corazón.
En Mayo,
cuando las aves
rompen todas a cantar
les dije mis ansias
graves
y mi oculto malestar.
Vierto una lágrima, y miro
brotar al punto una flor;
y cuando exhalo un suspiro
se
trueca en un ruiseñor.
Si
me quieres, esas flores
todas para ti serán;
y todos
los ruiseñores
en tu reja cantarán.
La paloma y la rosa, el sol y el
lirio,
amaba en otro tiempo con delirio:
hoy, te amo
solamente
a ti, mi niña hermosa,
a ti, de todo amor
única fuente,
a ti, paloma y lirio, sol y rosa.
Cuando dulces y tranquilas
me
contemplan tus pupilas,
se disipa mi aflicción;
cuando, sin miedos ni agravios,
tus labios das a mis labios,
curado está el corazón.
Cuando
la cabeza inclino
en tu seno alabastrino,
el cielo siento
bajar;
cuando tu labio sincero
exclama: «¡Cuánto
te quiero!»
rompo entonces a llorar.
Te vi hermosa, purísima, radiante,
en sueño halagador; hoy vuelvo a verte:
aún
es tan bello y dulce tu semblante;
pero pálido está
como la muerte.
Sólo tus
labios el carmín inflama,
y borra el beso sus matices
rojos:
¡de aquella que admiré, celeste llama,
nada
queda en tus ojos!
La frente inclina tú sobre
mi frente,
y corran juntos nuestros lloros luego;
el
pecho pon sobre mi pecho ardiente,
y los dos ardan en el
mismo fuego.
Caiga sobre esa hoguera
devorante
nuestro copioso llanto en largo río;
oprímate
en mis brazos, loco amante,
y moriré dichoso, dueño
mío.
Depositar quisiera el alma mía
en el cáliz gentil de un lirio en flor,
y que cantara
el lirio noche y día
canciones
a mi amor.
Y que se estremecieran
palpitantes
esas canciones, como el beso aquel
que recibí
en dulcísimos instantes
de
tus labios de miel.
inmóviles las estrellas,
y con dulce arrobamiento
se miran y hablan entre ellas.
Se
hablan con amor profundo
en lengua tan singular,
que ningún
sabio del mundo
la ha podido descifrar.
Yo
la tengo descifrada
y jamás la olvidaré;
en el rostro de mi amada
el vocabulario hallé.
Te llevaré en las alas de
mi canto,
te llevaré muy lejos, dueño
mío;
a la orilla feliz del Ganges santo
tengo un
albergue espléndido y umbrío.
A
la luz de la luna, en valle ignoto,
floresta yace allí,
fresca y lozana,
do la flor pura del sagrado loto
espera
fiel a su amorosa hermana.
Allí
charlan las pálidas violetas
y a los astros sonríen
cariñosas;
allí dicen, en pláticas
discretas,
sus cuentos aromáticos las rosas.
Allí, vagos rumores escuchando,
se para la gacela diligente;
allí, a lo lejos, con
murmurio blando
fluye del Santo Río la corriente.
Reclinados allí, mi dulce
dueño,
a la trémula sombra de las palmas,
de paz y dicha celestial ensueño
disfrutarán
unidas nuestras almas.
A la lumbre del sol abrasadora
cierra la flor del loto el tierno broche;
y
aguarda, soñadora,
la
apetecida noche.
La luna, que
es su amante,
con sus pálidos rayos la despierta;
y la flor los recibe palpitante,
la
faz ya descubierta.
Arde, fulgura,
exhala su perfume,
contempla
ansiosa el cielo,
tiembla, suspira, llora y se consume
en amoroso anhelo.
su caudaloso
raudal,
y en sus espejos de plata
Colonia copia y retrata
su famosa catedral.
En la catedral
aquella
hay, sobre cuero dorado,
pintada una imagen bella,
que en mi cielo encapotado
siempre fue benigna estrella.
Es la Virgen, que triunfante
está de ángeles cercada;
sus ojos, su labio
amante,
todo en ella es semejante
al rostro de mi adorada.
¿Por qué jurar y ofrecer?
Bésame con frenesí,
pues nunca, hermosa,
creí
en palabras de mujer;
si tu voz me da placer,
más dulce tu beso siento;
que eres mía experimento,
y así mi ventura labras;
que lo demás son
palabras,
palabras que lleva el viento.
Pero,
no; ¡promete y jura!
Una palabra, mi vida,
de tu boca bendecida
toda mi dicha asegura.
Alcanzo tanta ventura
cuando en
tus brazos me ves,
que sueño yo -¡soñar es!-
que has de amarme, en puridad
por toda la eternidad,
y
aún mucho tiempo después.
No me quieres, no me quieres,
y soporto tu desdén;
tu rostro de cielo miro,
y
soy más feliz que un rey.
Me odias;
de tus propios labios
lo escucho: ¡cómo ha de ser!
¡Deja que tus labios bese;
y así me consolaré!
¡Cuántas canciones dediqué
a los rojos
labios
de mi adorada!
¡Cuántos tercetos a sus bellos ojos
y a su dulce mirada!
Y si mi hermosa corazón
tuviera,
también,
fino y discreto,
a su sensible corazón hiciera
un
bonito soneto!
El mundo está ciego y loco;
¡cuán vanos sus juicios son!
Dice, ¡oh bien a quien
invoco,
que tienes mal corazón!
El
mundo está loco y ciego!
No te conoció jamás.
No sabe cómo arde el fuego
en los besos que me das.
¿Eres sueño halagador
que en una
tarde de estío
forjó el dulce desvarío
del vate, loco de amor?
¡Oh!
no: tus labios de rosa,
tu gracia alegre y donosa,
tu pupila,
que arde inquieta,
no pueden ser, niña hermosa,
un ensueño del poeta.
Basiliscos
y dragones,
horripilantes visiones
y monstruosos disparates;
esas son las creaciones
permitidas a los vates.
Pero tu dulce alegría,
tu travesura
discreta,
tu genial coquetería,
no pueden ser, vida
mía,
un ensueño del poeta.
Como al nacer del mar Venus gloriosa,
hoy con todo el fulgor de su hermosura,
brilla mi dulce
amada: tierna esposa,
amor a otro hombre jura.
¡Paciente corazón, tu enojo apaga!
no acuses su perjurio y su mancilla:
disculpa, pobre corazón,
cuanto haga
la
adorable loquilla.
No te acuso, al perderte, dueño
mío:
no te acuso, aunque el alma me quebrantes:
¡Bella estás con tu espléndido atavío!
¿Podrá, empero, el fulgor de los diamantes
iluminar
tu corazón sombrío?
¡Ah!
lo sé todo: en dolorido ensueño
vi tu hondo
corazón: ¡era morada
de noche obscura, horrible,
encapotada!
Y víboras vi en él, ¡oh dulce
dueño,
y vi que eras también desventurada!
Desdichada eres tú, querida
mía;
desdichados al par somos los dos;
desdichados
seremos hasta el día
que cure nuestro mal la muerte
pía,
¡hasta
que quiera Dios!
Brilla en tus
labios risa de despecho,
y en tu mirar irónica altivez;
glorioso y satisfecho,
late el orgullo en tu triunfante pecho;
y somos desdichados
a la vez!
Al arder más
espléndidos tu ojos,
una lágrima en ellos
asomó;
mueren las risas en tus labios rojos;
tu
pecho esconde míseros enojos,
¡y eres tan desdichada
como yo!
Preludia el violín sonoro;
sigue la música toda;
la dulce niña que adoro
celebra el baile de boda.
La
flauta y el violonchelo
marcan su alegre compás:
los angelitos del cielo
lloran a no poder más.
que tu corazón fue mío,
tu corazón
-¡ay de mi!
el más dulce, falso y frío,
de
cuantos yo conocí?
¿Así
pudiste olvidar
mi querer y mi penar,
tan grandes ambos
-¡ay Dios!-
que aún no he podido aclarar
cuál
fue mayor de los dos?
Si supieran las pobres florecillas
cuán vivo es mi dolor,
me ofrecieran, piadosas
y sencillas,
su
aroma bienhechor.
Si supieran
los tiernos ruiseñores
cuán
grande es mi penar,
dieran algún alivio a mis dolores
cantando sin cesar,
Si supiesen los astros en el cielo
cuán hondo
es mi sufrir
dejaran para darme algún consuelo,
su alcázar
de zafir.
Pero no saben ¡ay! la
pena mía
estrella,
ave ni flor;
sábela sólo quien desdeña
impía
mi
afán y mi dolor.
¿Por qué veo tan pálidas
las rosas?
¡Dímelo,
vida mía!
¿Por qué están las violetas
pesarosas
en la
floresta umbría?
¿Por qué
la alondra fúnebres clamores
desde
los cielos vierte?
¿Por qué aspiro en la esencia
de las flores
un
hálito de muerte?
¿Por qué
derrama el sol, lánguido y frío,
lumbre
incierta y obscura?
¿Por qué está el mundo
tétrico y vacío,
como
una sepultura?
¿Por qué
yo propio estoy tan muerto y triste?
¡Habla!
¡contesta! ¡di!
¿Por qué, mi amor, si un tiempo me
quisiste,
me abandonaste
así?
para robarte la calma;
mucho murmuraron, sí;
pero
no ha llegado a ti
lo que me destroza el alma.
Entre mucho «¡Guarda, Pablo!»
soltaban,
haciendo el bú,
algún horrible vocablo;
decían
que yo era el diablo,
y los escuchabas tú.
Pero, entre tanto fiscal,
quedó
lo más criminal,
lo más grave y de más
bulto,
en el abismo fatal
de mi corazón oculto.
El ruiseñor cantaba; florecía
el tilo, y fulguraba el sol radiante.
Entonces me besaste,
vida mía,
y trémulo tu brazo me oprimía
contra tu ansioso pecho palpitante.
La
guirnalda cayó, que el tilo viste;
graznaba el cuervo;
desmayado y triste
se hundía el sol; con fría
indiferencia
nos dijimos 'adiós' y tú me hiciste
la más ceremoniosa reverencia.
¡Mucho, en verdad, los dos hemos
sentido
tú por mí, yo por ti!... ¡y hemos
vivido
llevándonos tan bien!... y hemos jugado
a
marido y mujer, sin que arañado
nos hayamos jamás,
ni sacudido.
Juntos en risa y regodeo
y broma
supimos tiernamente
jugar a beso-daca y beso-toma.
Y -¡cosas de muchachos!- de repente
jugar al escondite resolvimos;
y tal jugado habemos,
y
tal maña nos dimos,
y tan rebién, por fin,
nos escondimos,
que ya nunca jamás nos hallaremos.
y con obsequios seguros
respondiste a mi pasión;
y en una y otra ocasión
me hiciste salir de apuros.
Me diste -¡cómo ha de ser!
de comer y de beber;
me arreglaste el equipaje,
y hasta
te hube de deber
el pasaporte del viaje.
El
cielo te guarde pío
en invierno y en estío;
el cielo te guarde... Mas
lo que hiciste en favor mío,
no te lo pague jamás.
el triste invierno infecundo;
pero, al fin, Abril llegó:
alegróse todo el mundo,
¡todo el mundo, menos yo!
Abriéronse flores suaves;
el cencerro
del rebaño
sonó con acentos graves;
y como
en tiempo de antaño,
hablaron todas las aves.
No
quise atender, adusto,
su idioma revelador:
tachábalo
todo, injusto;
no escuchaba a nadie a gusto,
ni aun al
amigo mejor.
Esto recuerdo que fue
en
aquella época en que
comenzó la gente, odiosa,
a llamar 'Señora de...'
a mi niña veleidosa.
Mientras yo en tierras extrañas
soñaba mil despropósitos,
el tiempo se le
hizo largo
a la niña a quien adoro;
cosió
el vestido de bodas,
y abrazó, cual dulce esposo,
de todos sus pretendientes
al pretendiente más tonto.
Más hermosa cada día
la veo, y admiro absorto
las rosas de sus mejillas,
las
violetas de sus ojos;
y esforzarme en olvidarla
ha de ser
-bien lo conozco-
de todos mis desatinos
el desatino más
tonto.
Las azules violetas ruborosas
de su pupila, que serena brilla;
las delicadas rosas
de
su fresca mejilla;
las blancas azucenas de su mano:
todo,
para robarme dicha y calma,
todo aún florece espléndido
y lozano:
nada hay marchito en ella, más que el alma.
Es hoy tan bello el mundo; la alta
esfera
tan azul; tan sereno el claro río;
tan
blando el viento; se abre en la pradera
tanta flor empapada
de rocío;
bulle tan jubilosa y placentera
la feliz
muchedumbre en torno mío,
que estar quisiera en el
sepulcro helado,
a su yerto cadáver abrazado.
Cuando en la tumba yazgas, dueño
mío,
en el lecho de sombra y de reposo,
iré
a buscarte en su regazo frío,
y allí por fin
te abrazaré dichoso.
Te
abrazaré, te besaré incesante,
pálida,
inmóvil, silenciosa, muerta;
estremecido, extático,
anhelante,
te oprimiré a mi pecho, muda y yerta.
Tocará media noche; irán
los muertos
a danzar, de sus tumbas evocados;
y por la
losa funeral cubiertos,
estaremos los dos bien abrazados.
La trompeta final sonará
un día;
acudirán al juicio los difuntos;
y sordos a sus ecos, vida mía,
seguiremos allí,
quietos y juntos.
de hielo, sobre un peñón,
se alza un pino
solitario
del árido septentrión,
Sueña con una palmera
que en el
oriental edén,
en abrasada ribera
suspira y sueña
también.
La cabeza
de tus plantas, vida mía!
Por más que golpease
en él
tu pie caprichoso y cruel,
nunca, amor, me
quejaría.
El corazón ¡Si
el acerico yo fuera
do tu mano clava fiera
la aguja de
tu labor!
¡Cuántas más veces me hiriera
fuera
mi gozo mayor!
La copla ¡Si fuera
yo el retorcido
papel, al bucle prendido
que tu sien ha
de adornar!
¡Cómo dijera a tu oído
lo que
hoy tengo que callar!
Huyó la risa de mis labios
tristes,
hermosa infiel, cuando te vi partir;
escucho
sin cesar bromas y chistes;
¡y
no puedo reír!
El llanto
huyó de mis cansados ojos,
hermosa infiel, cuando
te vi marchar;
rasgan mi corazón duelos y enojos
¡y no puedo llorar!
¡Ay! de mis penas más graves
compongo breve canción,
y agitando plumas suaves,
va a posarse (tú lo sabes)
en tu ingrato corazón.
Penetra en su oculto centro,
y volviendo luego atrás
viene llorando a mi encuentro,
sin que me diga jamás
qué es lo que ha visto
allá dentro.
triscan
por selvas y prados
cual cabrito en la maleza,
admirando
alborozados
la feraz naturaleza.
Los
matorrales floridos
contemplan embebecidos;
y el cantar
de los gorriones
causa en tus toscos oídos
románticas
emociones.
Cubre mi ventana en
tanto
negra cortina, y así,
en las alas del encanto,
los fantasmas que amé tanto
vienen de nuevo hasta
mí.
Viene mi perdido amor,
rompiendo el sepulcro frío;
me abraza consolador
y sucumbe a su dolor
el pobre corazón mío.
A veces, una imagen ilusoria
del bien que ya
perdí,
renace, por traer a mi memoria
aquellos tiempos
en que fue mi gloria
estar
cerca de ti.
De día, por
la calle, a la ventura,
vagaba
soñador;
la gente, sospechando mi locura,
contemplaba
mi extraña catadura
con
sorpresa y temor,
De noche, era
mejor; lóbrega, fría,
desierta
la ciudad;
yo, con mi sombra, en grata compañía,
silencioso y pausado recorría
la
muda soledad.
Lento cruzaba el
extendido puente,
resonante
a mis pies;
y rasgando el nublado transparente
me mandaba
la luna complaciente
salutación
cortés.
Delante de tu casa
embebecido,
por fuerza incontrastable conducido,
paréme
veces mil;
alcé los ojos, agucé el sentido,
delirante, febril.
Yo sé que te asomaste a
la ventana
en
más de una ocasión;
y me viste, triunfante
soberana,
inmóvil, en la esquina más cercana,
como un guardacantón.
Un doncel ama a una bella;
ésta
adora a otro galán;
el preferido por ella
enamora
a otra doncella,
y al altar felices van.
La
víctima de su amor
al primer pobre señor
que encuentra, le da la mano;
el joven que la amó
en vano,
sufre y calla su dolor.
Este
es un antiguo cuento,
que siempre nuevo será;
y
aunque es común el evento
¡ay de quien sufre el tormento
que al alma sensible da!
Cuando escucho la canción
que cantaba mi adorada,
me da un vuelco el corazón,
y por la amarga emoción
siento el alma desgarrada.
Un indefinible anhelo
me conduce; corro,
vuelo,
y en el bosque voy a dar;
allí encuentro
algún consuelo;
¡pero, a fuerza de llorar!
huella de mortal dolor
llevaba en el rostro impresa:
bajo
la enramada espesa
la abracé, loco de amor.
-«¡Ah princesa! No ambiciono
corona,
cetro ni trono;
guárdelos tu padre, sí;
todo
el resto lo abandono,
si lograrte puedo a ti.
-No
puede ser: ¡triste suerte!
ya es la tumba mi mansión:
sólo de noche, por verte,
vengo, burlando a la muerte:
¡ve si es grande mi pasión!»
surcábamos, dulce bien,
una noche placentera,
mecidos
por el vaivén
de nuestra barca ligera,
Isla
encantada a lo lejos
divisábamos perplejos;
oíamos
dulces sones:
y entre pálidos reflejos,
danzaban
blancas visiones.
Y cada vez el
cantar
era más dulce, y al par
más fantástica
la danza;
y por el inmenso mar
íbamos sin esperanza.
lleva el alma enamorada,
en las alas del portento,
hacia
una tierra encantada.
Do, al abrirse,
cada flor,
del ocaso al blando arrullo
contempla, llena
de amor,
a otro entreabierto capullo.
Donde
todo árbol murmura
y habla su lenguaje incierto;
donde toda fuente pura
toma parte en el concierto:
Y
es tan dulce la armonía,
y es tan grata la ilusión,
que rinde su poesía
al más duro corazón.
¡Ah! ¡Si en tan bello lugar
lograse feliz
reposo,
y mis penas olvidar,
y ser libre, y ser dichoso!
Mas, si esa tierra encantada
logro de
noche entrever,
borra su imagen soñada
el sol al
amanecer.
Te amé, y mi pobre corazón
aun te ama;
y aunque se hundiera el universo un día,
de sus escombros la triunfante llama
de mi insensato amor
renacería.
Era hermosa y brillante la mañana;
era el jardín espléndido y fecundo;
la flor
charlaba con la flor galana:
yo
iba meditabundo.
La flor charlaba
con la flor galana,
y decía, mirándome el
semblante:
-«¡No guardes, no, rencor a nuestra hermana,
hosco y pálido
amante!»
fogoso
al par y sombrío,
cual canto conmovedor
que refiere
un trovador
en una noche de estío.
En
jardín lleno de flores
gozan, solos, su fortuna
dos rendidos amadores:
¡Cuál cantan los ruiseñores!
¡Cuál resplandece la luna!
Detiénese
la doncella;
póstrase el galán ante ella;
entra, de pronto, en el huerto
el Gigante del desierto;
y huye aterrada la bella.
Cae
el caballero herido,
y a su antro vuelve el gigante.
Lo
mismo me ha sucedido;
la fosa abridme al instante,
y está
ya el cuento concluido.
Me han atormentado el alma,
me han descolorido el rostro,
los unos con sus cariños,
con sus rencores los otros.
Me
han envenenado el agua
que bebo y el pan que como,
con
sus cariños los unos,
con sus rencores los otros.
Pero la que me ha causado
más
tormentos, entre todos,
esa, ni jamás me quiso,
ni me odió nunca tampoco.
Brilla el ardoroso estío,
¡adorado dueño mío!
en tu rostro floreciente;
y el invierno, siempre frío,
en tu pecho indiferente.
Mas no pasa el tiempo en vano:
tu rostro el invierno cano
mustiará sin compasión;
y entonces ¡ay! el verano
arderá en tu corazón.
Cuando se dan la mano dos amantes,
por siempre separándose quizás,
los sollozos,
las quejas delirantes
no
terminan jamás.
Nosotros,
en tan críticos momentos,
ni un ¡ay! tuvimos; pero,
ya lo ves,
los suspiros, los lloros, los lamentos
han
venido después.
a la vez sobre el amor,
ellos, con tono dogmático,
ellas, con dulce emoción.
-«Amor
debe ser platónico»
el mustio corregidor
dijo, y
exclamó sonriendo
la corregidora: -«¡Ay Dios!»-
-«El amor intemperante
es nocivo» prorrumpió
el doctoral, y una joven
-«¿Por qué?» -dijo a media
voz.
-«Amor», dijo la marquesa
«es invencible pasión»,
miró al conde de
soslayo
y una taza le ofreció.
Aun
cabías tú en el corro,
mi bien, y seguro estoy
de que mucho mejor que ellos
dijeras lo que es amor.
¡Están emponzoñadas
mis canciones!...
¿No
lo han de estar, mi amor?
Tú mataste mis dulces ilusiones
con tósigo
traidor.
¡Mis canciones están
emponzoñadas!...
¿No
lo han de estar, mi bien?
Llevo en el alma sierpes enroscadas;
¡te llevo a ti
también!
Soñé: ¡mi sueño
de siempre!
estaba a solas contigo;
eterno amor nos
jurábamos
a la sombra de los tilos.
Después
de los juramentos,
de largos besos seguidos,
en la mano
por memoria,
me clavaste los colmillos.
Niña,
la de ojos azules,
la de los dientes blanquísimos,
bastábame el juramento;
de más estaba el
mordisco.
Subí a la cumbre altanera;
estaba sentimental.
«¡Si pajarito yo fuera...»
dije, pensando
en mi mal.
Si fuera -¿qué
más placer?
golondrina, bien querido,
pronto me
vieras tejer
en tu ventana mi nido.
Si
fuera yo ruiseñor,
iría a darte un concierto,
himnos cantando de amor
en los tilos de tu huerto.
Si fuera canario, a verte
también,
y a cantarte, iría,
ya que tanto te divierte
tu
canario, vida mía.
¡Anda que andarás! Corría
sin detenerse el carruaje:
vivo el sol resplandecía,
y animación y alegría
daba al hermoso paisaje.
Iba yo triste y mohíno,
recordando de contino
a mi dulce amor ausente:
tres fantasmas,
de repente,
me salieron al camino.
Al
pasar, me saludaron,
y horribles muecas hicieron,
y los
brazos levantaron,
y gimieron y silbaron,
y a lo lejos
se perdieron.
Lloraba en sueños con horrible
espanto
soñé que estabas muerta, vida
mía;
desperté,
y aun el llanto
por
mi rostro corría.
Lloraba
en sueños: con mortal despecho
soñé
que me dejabas, bien que adoro;
desperté
y largo trecho
corrió
amargo tu lloro.
Lloraba en sueños:
con anhelo suave
soñé, mi dulce amor, que
aún eras mía;
desperté,
y -¡Dios lo sabe!-
hoy
lloro todavía!
Todas las noches, en feliz ensueño,
hermosa y melancólica te miro;
tú me sonríes,
y con loco empeño,
me prosterno a tus pies, lloro
y suspiro.
Contemplas dolorida
mi quebranto,
doblas después la cabecita rubia;
y las divinas perlas de tu llanto
tus ojos vierten en copiosa
lluvia.
Y me das de ciprés
rama siniestra,
y una palabra dejas en mi oído;
y despierto azorado, y en la diestra
falta la rama y la
palabra olvido.
¡Horrible noche! Un torrente,
vierten las lluvias sonoras;
silba el ábrego inclemente:
¿qué estará haciendo a estas horas,
mi pobre
niña inocente?
Viéndola
estoy, asomada
al balcón, meditabunda,
la faz en
lloros bañada,
y perdida la mirada
en la obscuridad
profunda.
El cierzo silba en las ramas;
húmeda y fría es la noche;
envuelto en mi
capa negra,
cabalgo a través del bosque.
Delante
de mí cabalgan
mis pensamientos indóciles,
y a la mansión de mi amante
me conducen al galope.
Ladran los perros; con luces
salen ya
los servidores;
van sonando mis espuelas
al subir los escalones.
En cámara que tapizan
estofas
de mil colores,
mi dulce amante me aguarda
y entre sus
brazos me acoge.
Y el viento silba en
las ramas,
y me dice el viejo roble:
-«¿Adónde vas,
loco hidalgo,
con tus locas ilusiones?»
Una estrella pura y bella
caía,
sin dejar huella,
en la inmensidad sombría:
del
amor era la estrella,
la estrella que así caía.
En lluvia de hojas y flores
al
viento, verde manzano
daba sus galas mejores,
y en sus
giros voladores
las llevaba el aire vano.
Blanco
cisne en limpia fuente
bogaba con blandas plumas,
cantando
armoniosamente:
y se hundía en las espumas
de su
tumba transparente.
Todo, ¡ay
mis tristes amores!
obscuro y mudo quedó:
volaron
hojas y flores;
perdió el astro sus fulgores;
el
blanco cisne calló.
transportóme el Dios del sueño,
lleno de
mágicas luces
y de vapores siniestros.
Tropel
confuso de gente
iba con pasos inciertos
por el largo laberinto
de cámaras y aposentos.
La puerta buscaban todos,
dudosos, pálidos, trémulos;
gritos angustiosos
dando,
manos convulsas tendiendo.
Mezclábanse en
el tumulto
señoras y caballeros,
y en el obscuro
gentío
encontrábame yo envuelto.
Hállome
de pronto a solas;
miro en torno, y no comprendo
cómo
pudo disiparse
la turba en tan breve tiempo.
Solo, enteramente
solo,
echo a andar, sin rumbo cierto;
pero plomo son mis
plantas,
plomo mi angustiado pecho:
la salida busco en
vano,
y de hallarla, desespero.
De pronto llegó
a la puerta,
mas, cuando a la puerta llego,
encuentro en
ella... ¡Dios mío!
¿Cómo decir lo que encuentro?
Era mi hermosa tirana,
era mi adorado
dueño
con el suspiro en los labios
y en la frente
el desconsuelo.
Vuelvo atrás despavorido,
y ella
me llama en silencio
con un ademán, que ignoro
si
es de súplica o imperio;
pero en sus ojos celestes
brilla dulcísimo fuego,
que en la frente y las entrañas
sentí arder al mismo tiempo.
Me miraba y me miraba
con aire amante y severo,
y a lo mejor de mirarme,
me
hallé, de pronto, despierto..
La noche es negra y fría;
por la selva sombría
arrastro sollozando mi tristeza;
a los robles despierta la voz mía,
y mueven, compasivos,
la cabeza.
dan
sepultura ignorada
a quien se quita la vida:
nace una flor
azulada;
la flor del alma perdida.
Era
de noche, y en una
encrucijada escondida
paréme;
¡negra fortuna!
¿Que vi? ¡Brillar a la luna
la flor del
alma perdida!
¡Ah! doquiera que voy, triste y sombrío
cíñeme obscuridad llena de enojos,
desde
que no me alumbra, vida mía,
el
rayo de tus ojos.
Apagóse
la luz tan clara y pura
la estrella de amor plácida
y tierna;
abre a mis pies horrible sepultura;
¡trágame,
noche eterna!
Mis ojos todo eran sombra;
mi
boca, pesado plomo:
la sien fría, el pecho inmóvil,
yacía en sepulcro lóbrego.
Cuánto
tiempo allí dormía
es un misterio que ignoro;
desperté porque en la tumba
me llamaban, no sé
cómo.
-«¿No te levantas, Enrique?
Ya despunta venturoso
el día eterno, y los muertos
se alzan del sepulcro
todos.
-Mi bien; no puedo moverme:
aún están
ciegos mis ojos;
tanto su desdén lloraron,
que los
cegaron los lloros.
-Verás cómo el velo, Enrique,
a fuerza de besos rompo;
y aparecerá a tu vista
todo el celestial emporio.
-Mi bien, moverme no puedo:
el corazón tengo roto;
aún mana sangre la
herida
que le hicieron tus antojos.
-Sobre el corazón,
Enrique,
la piadosa mano pongo,
y ya no duele la herida
ni mana sangre tampoco.
-Mi bien, moverme no puedo.
las
sienes tengo hechas trozos;
yo mismo las destrozaba
al
saber que tú eras de otro.
-Venda, Enrique, de tus
sienes
haré con mis rizos propios,
restañando
de tu sangre
los derramados tesoros».
Resistir
más ya no pude
el halagüeño coloquio;
por levantarme y seguirla
hice un esfuerzo espantos.
Abriéronse
las heridas;
y saltó la sangre a chorros;
al verme
anegado en ella,
grité y desperté de pronto.
Quiero enterrar mis cantares,
quiero enterrar mis ensueños;
y un ataúd
voy buscando
donde quepan todos ellos.
¡Cuántas
cosas, cuántas cosas
he de meter allí dentro!
Como el tonel de Heidelberga
habrá de ser, por lo
menos.
Para conducirle a cuestas
necesito
dos maderos:
como el puente de Maguncia
han de ser largos
y recios.
Buscaré doce gigantes,
los doce tan corpulentos
como aquel santo Cristóbal
que es de Colonia portento.
En hombros
han de llevarlo
a orillas del mar revuelto;
han de arrojarlo
al abismo:
¡tal fosa para tal féretro!
¿Preguntáis
por qué tan grande
la caja fúnebre quiero?
¡Porque he de encerrar en ella
mi amor y mis sufrimientos!
Puras, doradas, fúlgidas
estrellas,
saludad gratas a mi dueño cruel;
decidle que soy siempre, luces bellas,
tierno y sumiso,
desgraciado y fiel.
Encadéname en tus brazos,
mujer, estréchame más;
aprieta bien tus abrazos,
y anuda tanto esos lazos,
que no se rompan jamás.
¡Así! ¡logré mi ambición!
Ya ceñido, corazón,
por la más bella
serpiente,
gozarás perpetuamente
las dichas de Laocón.
Aunque me lo diga el cura,
no
creo en el cielo, no;
creo en tus radiantes ojos,
que mi
único cielo son.
Aunque me lo diga
el cura,
no creo en Dios padre, no;
en tu corazón
yo creo,
tu corazón, que es mi Dios.
No
creo, no, en el infierno;
solamente creo yo
en tus bellísimos
ojos
y en tu infame corazón.
me roba
sosiego y calma,
recuerdo -¡dicha ilusoria!-
que en breves
días de gloria
fuiste mía en cuerpo y alma.
Aún tu cuerpo palpitante
tan mórbido
y arrogante,
estrechara, de amor loco;
el alma me importa
poco;
alma, tengo yo bastante.
Partirla
quisiera, si,
y en abrazo sin igual
la mitad dártela
a ti;
y de cuerpo y alma, así
fuera el conjunto
cabal.
tres cosas de gran valor;
la piedra filosofal
y la amistad
y el amor.
Ansioso tras ellas fui;
pero,
¿existen?; no lo sé.
He de deciros, de mí,
que jamás las encontré.
(1823-1824)
Fulguró en mi vida obscura
imagen de excelsa prez;
pero huyó esa imagen pura,
y a ciegas voy otra vez.
El niño,
cuando camina,
por tenebroso lugar,
el terror que le domina
vence a fuerza de cantar,
Niño
soy, que a obscuras canto;
poco vale mi canción;
pero nada alivia tanto
mi doliente corazón.
Estoy triste, muy triste, sin que
entienda
la
razón ni el por qué:
fija tengo en la mente
una leyenda
que
en la infancia escuché.
Era
frío el crepúsculo; rodaba
tranquilo
el Rhin; el sol
las cúspides remotas alumbraba
con
su último arrebol.
Allá,
en la cima, en trono diamantino,
en
fúlgido sitial,
peinaba sus cabellos de oro fino
doncella celestial,
Peinábalos con peine también
de oro,
cantando
una canción,
cuyo eco singular, triste y sonoro,
turbaba el corazón.
Surcó un barquero la corriente
undosa;
oyó
el dulce cantar:
y contemplando a la doncella hermosa,
fue en el escollo
a dar.
Tragó el río
la barca y el barquero:
y
esa tirana ley
sufre siempre quien oye el lisonjero
cantar
de Loreley.
Abril alegre y florido:
al pie de los viejos muros,
sobre
un tronco me reclino.
Encerrado en cauce
estrecho,
corre silencioso el río;
pasa, en ligera
barquilla,
cantando y silbando un niño.
A
lo lejos se dibujan
en risueño laberinto,
quintas,
huertos, labradores,
vacas, prados, selvas, riscos.
Lavan
las mozas y tienden
en la hierba el blanco lino;
suena
el batán, y las aguas
trueca en espumosos rizos.
Hay una estrecha garita
sobre el torreón
sombrío;
va y viene el fiel centinela,
todo de rojo
vestido.
Con el fusil, que al sol brilla,
haciendo está el ejercicio:
¡apunta bien, centinela,
y descerrájame un tiro!
Voy por la selva, y lloro sin sentirlo:
¡Y así
pasan las horas!
Salta de rama en rama el negro mirlo:
y dice: «¿Por qué
lloras?
-La golondrina azul, tu
tierna hermana,
decírtelo
pudiera,
pues tiene puesto el nido en la ventana
de
mi niña hechicera».
La noche está borrascosa;
no hay en el cielo una estrella;
todos los árboles
silban
cuando cruzo por la selva.
Una
luz en la cabaña
del cazador centellea;
pero no
llama a los ojos
su claridad macilenta.
Sentada
en sillón de cuero
está la abuelita ciega,
inmóvil y silenciosa,
como una imagen de piedra.
El hijo del guardabosque
viene y va con
planta inquieta;
cuelga el arcabuz al muro,
y una carcajada
suelta.
Baña el lino con sus lágrimas
la bellísima hilandera;
gruñe el mastín
de su padre,
gruñe y a sus pies se acuesta.
Si encuentro en mis excursiones
la familia de mi amada,
padre, madre y hermanitas
me reconocen
y abrazan.
Me saludan, me interrogan,
y todos a un tiempo charlan;
dícenme que estoy lo
mismo,
aunque más flaco de cara.
Pregunto
a mi vez por tías,
por sobrinas y cuñadas,
y hasta por aquel cachorro
que tan juguetón ladraba.
Pregunto también por ella,
con
otro -¡ay cielos!- casada,
y me dicen, muy gozosos,
que
recién parida se halla.
Les doy
mil enhorabuenas
con la sonrisa más grata,
y les
digo balbuceando
que me pongan a sus plantas.
La
hermanita, de repente,
dice: «Al perro le entró rabia,
y lo llevaron al río,
y lo arrojaron al agua».
La pequeña cuando ríe
es
retrato de su hermana,
y tiene los mismos ojos
causantes
de mis desgracias.
En la choza del barquero,
contemplábamos
el mar;
las neblinas de la tarde
llenábanlo todo
ya.
Encendió el próximo
faro
su antorcha providencial;
allá a lo lejos,
muy lejos,
un buque vimos pasar.
Hablábamos
del marino
y de su incesante afán,
siempre en continua
borrasca,
siempre en incierta ansiedad.
De
lueñas tierras, del Polo
Austral y del Boreal;
de
pueblos de extraña raza
y de vida singular.
En
el Ganges todo ríe;
selvas perfumadas hay,
y adora
la flor del loto,
gente dichosa y jovial.
En
Laponia, grey escuálida
de ancha boca y sucia faz,
cuece arenques, y temblando
se acurruca en pobre hogar.
Escuchaban las doncellas;
nadie dijo
nada más;
y la nave que pasaba
se perdió
en la obscuridad.
tu barca,
de audaces remos,
atraca a esta mansa orilla,
y mano a
mano hablaremos
sin temor y sin mancilla.
En
mi pecho reclinar
bien puedes tú la cabeza:
¿no
fías, sin vacilar,
en la bonanza o fiereza
del alborotado
mar?
Mi corazón, dulce
bien,
es un mar inmenso y hondo,
tiene su eterno vaivén,
sus escollos, y también
blancas perlas en el fondo.
Arde la luna, lámpara bendita,
y al mar da su
fulgor;
abrazo a mi adorada, y fiel palpita
en
nuestro pecho amor.
Solo estoy,
en los brazos de mi hermosa:
-«¿Qué
es lo que escuchas, di,
en la voz de los vientos misteriosa?
¿Por qué
tiemblas así?
-No es el
viento, es la voz de mis hermanas,
hoy
vírgenes del mar,
que en cavernas profundas y lejanas
suspiran, sin
cesar».
La luna, colosal manzana de oro,
rasga el nublado en la celeste cumbre
y derrama en el piélago
sonoro su
brilladora
lumbre.
Por la extendida playa,
do refrenan
su furor las corrientes, voy a solas,
y oigo
las voces que incesantes suenan
en
las revueltas olas.
Con grave
lentitud la noche avanza
y el pecho estalla con pujante
brío:
venid, ondinas, y en alegre danza
girad
en torno mío.
Reciban vuestros
brazos palpitantes
mi frente moribunda y dolorida;
y halle
yo en vuestros ósculos amantes
raudal
de eterna vida.
¡Cuánta nube! En sus mullidos
pliegues duermen las deidades;
y en los orbes conmovidos,
al compás de sus ronquidos,
estallan las tempestades.
El huracán turbulento
estrella al frágil bajel:
¿quién el ímpetu
violento
podrá detener del viento
y del loco mar
infiel?
Pues nadie puede enfrenar
de los vientos y del mar
las furiosas tempestades,
me
echo a dormir y a roncar,
lo mismo que las deidades.
Suena el huracán la trompa;
corren sobre el mar sus ráfagas;
y al son de los
latigazos
rugen las olas y saltan.
Abre
el firmamento lóbrego
sus inmensas cataratas:
el
Océano y la Noche
riñen su mayor batalla.
Detiénese una gaviota
en el palo
de mesana:
las plumas bate y da un grito
que mil desastres
presagia.
Crece la borrasca: brilla
el
lampo en la obscuridad;
brama el viento, ruge y chilla.
¡Cómo danza la barquilla!
¡Qué noche! ¡Qué
tempestad!
La mar a cada momento,
forma
un monte turbulento;
húndese luego a mis pies,
y
hasta el alto firmamento
encabrítase después.
En la bodega sombría
suenan el
rezo apocado
o la maldición bravía;
y al
mástil bien agarrado
sueño en ti, ¡casita
mía!
Anochece; las pálidas neblinas
cubren el vasto piélago; siniestras
gimen las ondas
y visión gallarda
miro
surgir entre ellas.
El hada es
de los mares, que a la orilla
viene, y callada junto a mí
se sienta,
dejando ver su seno alabastrino
la
túnica entreabierta.
Los
brazos abre, y me los echa al cuello
con tal empuje, que
respiro apenas:
-«Muy fuertes son, exclamo, tus abrazos,
bellísima
Sirena!
-Si mis brazos te oprimen
tan ansiosos,
si a mi seno te estrecho con tal fuerza,
es porque sopla congelado el cierzo
y
el frío me penetra».
Entre
las nubes lóbregas asoma
la luna, siempre triste
y macilenta:
-«¡Tus ojos se humedecen y se enturbian,
bellísima
Sirena!»
-«No se enturbian mis
ojos ni humedecen:
salgo del mar que protector me alberga;
de sus olas amargas una gota
en
mis pupilas queda».
Lanza un grito
agorero la gaviota;
bate el mar espumoso la ribera:
-«¡Cuál
tu agitado corazón palpita,
bellísima
Sirena!
-¡Si así palpita
mi azorado pecho,
si salta el corazón y arden mis
venas,
es, gallardo mortal, porque te adoro
con
ansiedad frenética!»
cuando
brilla la mañana:
¡cuán dulcemente suspiro
niña hermosa, si te admiro
asomada a la ventana!
En mí clavas complacientes
los ojos, negros y ardientes,
y que preguntas infiero:
-«¿Quién eres? ¿Qué es lo que sientes,
melancólico
extranjero?»
-«¿Quién soy?...
Un vate alemán;
y allí me conocen bien:
si
citan con noble afán
nombres que gloria les dan,
citan el mío también.
«¿Qué
siento?... Lo que yo siento
lo sienten muchos allí;
cuando citan un portento
de infortunio y sufrimiento,
también me citan a mí».
El mar brillaba con la luz extraña
que da el ocaso a las dormidas olas:
los dos, del pescador
en la cabaña,
silenciosos estábamos y a solas.
Remontábase lenta nube
obscura;
audaz tendía la gaviota el vuelo;
y una
lágrima hermosa, tibia y pura,
bañó
tus ojos y nubló su cielo.
Miré,
ansioso, rodar por tu mejilla
y caer en tu mano aquella
perla;
y doblé conmovido la rodilla,
y con ardiente
labio fui a beberla.
Desde entonces
la frente doblo triste,
y sufre el corazón rudo quebranto:
mira, desventurada, lo que hiciste;
envenenóme el
corazón tu llanto.
Hay en las cumbres aquellas
un castillo encantador,
y en el castillo tres bellas:
me
han probado todas ellas,
me han probado bien su amor.
Gocé el lunes los abrazos
de Amalia;
en los mismos lazos
me estrechó el martes María,
y el miércoles Rosalía
me descoyuntó
en sus brazos.
El jueves, gran
recepción
tuvieron: ¡soberbia noche!
¡Qué
lujo! ¡Qué ostentación!
Iba en larga procesión
gente a caballo y en coche.
No
me invitaron; y a fe
que el ardid inútil fue:
mi
ausencia se hizo notar,
y hubo la que yo me sé
de
reír y murmurar.
Cual nube confusa y vaga,
la
ciudad se ve a lo lejos
entre sombras y reflejos
de la
tarde que se apaga.
Riza el agua
el viento leve;
mi barquero, acompasados
alza los remos
pesados
y la negra lancha mueve.
Y
el sol su postrer fulgor
aún lanza para alumbrar
el malhadado lugar
que fue tumba de mi amor.
¡Bien hayas, oh bulliciosa
inexcrutable
ciudad!
Entre la turba afanosa
guardaste un día
a la hermosa
que era mi felicidad.
Torres
y puertas, ¿qué fue
de la bella a quien adoro?
En
prenda os la confié,
y cuentas os pediré,
de mi perdido tesoro.
Mas, no
sois culpables, no,
viejas torres, de sus tretas;
pues
hubisteis de estar quietas
cuando la loquilla huyó
con sus cofres y maletas.
Tú,
que la debiste ver,
negro portal, ¿qué me dices?
Que nunca sabes qué hacer
cuando nos da una mujer
con la puerta en las narices
31 31 .
Sigo la antigua senda acostumbrada
la calle que solía;
y me llevan los pies a su morada,
hoy
lóbrega y vacía.
¡Cuán
angosta es la calle! El pavimento
¡cuán
escabroso y duro!
-Las paredes caer sobre mí siento,
y la marcha apresuro.
Entré en la estancia de la
hermosa mía,
juróme amor con lágrimas
fervientes:
do cayeron sus lágrimas, bullía
enjambre de serpientes.
Tranquila está la noche; silenciosa
la calle; éste es el sitio; aquí vivía.
Ha mucho tiempo huyó la niña hermosa:
la
casa aún está allí, triste y vacía.
¡Y un hombre miro al pie, sombra
importuna
que los brazos levanta delirante!...
¡Santos
cielos! ¡Al rayo de la luna
descubro en su semblante mi
semblante!
Pálido espectro
de mis penas propias,
¿por qué, dándome inútiles
reproches,
el loco afán en las tinieblas copias,
que así llenó mis anhelantes noches?
¿Y puedes dormir en calma
sabiendo
que aún vivo yo?
¡Renace la ira en el alma
que su
yugo sacudió!
¿Recuerdas
lo que decía
la canción? Murió un doncel,
volvió, y a la tumba fría
llevóse
a su amada infiel.
Niña
hermosísima, advierte
lo que a recordarte voy:
aún
vivo, aún vivo, y más fuerte
que todos los
muertos soy.
La hermosa duerme en su cuarto:
entra en él la luna pálida;
dulce música
de valses
oye sonar en la plaza.
«¿Quién
turba mi sueño?» dice,
y se asoma a la ventana:
¡es un horrible esqueleto
que toca a la vez y canta!
-«Un
vals tú me prometiste,
y has faltado a la palabra:
ven conmigo al Camposanto:
esta noche, allí es la
danza».
La hermosa salta del lecho,
la
hermosa sale de casa,
la hermosa sigue al espectro,
que
al par toca, brinca y marcha.
Marcha,
brinca, toca y hace
con su horrenda frente calva
al resplandor
de la luna
mil reverencias extrañas.
Yo contemplaba su retrato en sueños,
su imagen bendecida,
y vi brotar de súbito, halagüeños,
los
signos de la vida,
Dulce sonrisa,
de indecible encanto,
abrió
sus labios rojos;
gota feliz de cariñoso llanto
apareció
en sus ojos.
Y corría también
por mi semblante
lloro
mal contenido;
y «¡No puedo, exclamaba delirante,
creer
que la he perdido!»
¡Atlante soy, cansado y dolorido!
A cuestas llevo un mundo, el del dolor.
Llevo lo que llevar
nadie ha podido;
y ya sucumbo al peso abrumador.
¡Soberbio corazón, tú lo
quisiste!
Pedías todo el bien o todo el mal;
no
puedes pretender sino más triste;
cumplida está
tu aspiración fatal.
se abre y se cierra la tumba,
y no logro que sucumba
este
apasionado afán.
Y no querrá
nunca Dios
que feliz llegue a su lado,
y exclame, a sus
pies postrado:
«Señora, muero por vos».
¡Oh dulce ensueño! Brilla
desmayada
la luna, y me conducen sus reflejos
a la
ciudad do vive mi adorada
allá,
lejos, muy lejos.
Contemplo su
morada embebecido,
y un beso en el umbral mi labio sella,
en el umbral que roza su vestido
y
su breve pie huella.
Larga es
la noche y fría cual ninguna:
frío el umbral,
do extático me postro;
y en la ventana, al rayo de
la luna,
resplandece
su rostro.
Oh solitaria lágrima ¿qué
quieres?
¿Por
qué enturbias mis ojos?
Ultimo resto y único
tú eres
de
pasados enojos.
¡Muchas hermanas,
lágrima, tuviste!
¡Todas
se evaporaron!
Con mi breve ilusión y mi afán
triste,
cayeron
y pasaron.
Pasaron los fantásticos
reflejos
que en
larga noche obscura
alumbraban falaces a lo lejos
mi
soñada ventura.
Pasó
el ansiado amor, cual soplo leve
de
la fortuna varia:
¡pasa, cual ellos, silenciosa y breve,
lágrima
solitaria!
entre
nubarrones pardos;
solitaria la abadía
está
junto al Camposanto.
La Biblia estudia
la madre;
mira la luz el muchacho;
la hermana mayor dormita;
dice la otra bostezando:
«¡Todos los
días lo mismo!
¡Qué fastidio y qué
cansancio!
han de enterrar algún muerto
para ver
nosotros algo».
Sin dejar la madre el
libro,
dice: «Ya trajeron cuatro
desde el día en
que a tu padre,
(que en paz descanse) enterraron».
La
hermana mayor exclama:
«De pasar hambre me canso:
iréme
a casa del conde,
que es rico y apasionado».
Y
el mozo: «Tres cazadores
vi en la venta, echando un trago:
van esparciendo doblones,
y han de enseñarme a buscarlos.»
La Biblia le arroja al rostro
la madre,
y con grito amargo,
prorrumpe: -«¡Facineroso
quieres ser,
hijo malvado!»
Y llaman a la ventana,
y signos hace una mano,
y está allí el padre
difunto
envuelto en sus negros hábitos.
¡Cuánta nieve! ¡Cuánto
frío!
¡Qué noche! ¡Qué tempestad!
Ruge el huracán bravío,
y en la ventana,
sombrío,
contemplo la obscuridad.
¿Qué
es aquel fulgor lejano
que pálida luz refleja?
Una
pobrecilla vieja,
con la linterna en la mano,
pausadamente
se aleja.
Va a comprar regocijada
manteca, huevos y miel;
y a su niña idolatrada
le hará el que tanto le agrada
jugoso y dulce pastel.
Reclinada en sillón blando
la hija, con plácido hechizo,
la luz mira dormitando,
y un dorado y suelto rizo
baja, sus hombros rozando.
Dicen que amor inclemente
abrió
a mis pies un abismo;
tanto lo dice la gente,
que acabaré,
finalmente,
por creérmelo yo mismo.
Muchas
veces te juré
amor y constante fe,
niña de
rasgados ojos,
y te dije mis enojos,
y que por ti moriré.
Mas no, solo, en tu aposento
te declaré lo que siento;
cuando en tu presencia
me hallo
cuanto más decir intento,
más vacilo,
tiemblo y callo.
Angeles malos
mi boca
cerraron -¡aprensión loca!-
y por ello sufro
así:
¡ángeles malos, cuán poca
piedad
hubisteis de mí!
¡Pudiera yo tu mano de azucena
besar sólo
una vez!
¡Llevarla al corazón, que por ti pena,
y morir de amorosa languidez!
Tus
ojos de violeta ruborosa
fulguran día y noche para
mí:
ese problema azul, que así me acosa,
¿qué significa?
Di.
no
habrá llegado a entender?
¡No pudiste en ella ver
señal de correspondencia!
¿Cuando estás en
su presencia,
nada del fuego interior
te revela el resplandor
de sus pupilas hermosas,
a ti, que en tan dulces cosas
eres maestro y doctor?»
Ambos se amaban, y ninguno quiso
confesar su pasión;
¡cual si enemigos fueran, se miraban,
muriéndose
de amor!
Separáronse al
fin; no más en sueños
el
uno al otro vio;
estaban ambos muertos, sin saberlo
ninguno
de los dos.
Cuando con hondos lamentos
les
dije mis sufrimientos,
nadie los quiso escuchar:
hoy cuento
los mismos males
en renglones desiguales;
y me aplauden
a rabiar.
Llamé al diablo, y vino al
punto.
¡No fue pequeño mi asombro!
no es, como
dice la gente,
feo, cornudo ni cojo.
Es
simpático, elegante,
bastante joven, buen mozo,
muy cortés, hombre de mundo,
complaciente y obsequioso.
Es, además, consumado
político, y en sus
ocios
sobre el Estado y la Iglesia
diserta con gran aplomo.
Tiene la color quebrada,
y mas no es extraño tampoco,
y pues ahora estudia el sanscrito
y los modernos filósofos
Su poeta predilecto siempre es Fouqué
32 32 . Gusta poco
de los críticos, y evita
debates contradictorios.
Alegráse cuando supo
que estudié
en años remotos
jurisprudencial y me dijo
que él
cursó los prolegómenos.
Añadióme
que estimaba
mi trato, como un tesoro;
e inclinándose
repuso:
«Os vi, si no me equivoco,
en la embajada española».
Y, mirando bien su rostro,
caí al fin en que hace
tiempo
conocía yo al demonio.
Acuérdate del diablo y de
sus cuernos;
la
humana vida es breve:
y la caldera que arde en los infiernos,
no es cuento de
la plebe.
Paga las deudas, y el
Señor te asista;
larga
es la vida humana,
y tendrás que acudir al prestamista
quizá otra
vez mañana.
Preguntan los magos venidos de Oriente
a todos aquellos que encuentran y ven:
«Decid, gente honrada,
decid, buena gente,
¿cuál es el camino que va hacia
Belén?»
Si nadie contesta,
si nadie lo sabe,
no el séquito regio su marcha paró:
estrella divina de luz pura y suave
les marca la ruta que
el cielo trazó.
Detiénese
el astro de luz bienhechora
encima del santo y humilde portal;
el buey allí muge, y el Niño-Dios llora,
y entonan los Magos el himno triunfal.
Inocentes niños éramos
33 33 ,
inocentes niños ambos;
solíamos en la paja
del gallinero ocultarnos.
Al gallo y
a las gallinas
tanto y tan bien remedábamos,
que
oír la gente pensaba
a las gallinas y al gallo.
Con unos tapices rotos
y unos cajones
del patio,
para vivir los dos juntos,
fingíamos
un palacio.
Una gata vieja y flaca
venia
de vez en cuando:
¡cuántos saludos le hicimos,
reverencias
y agasajos!
¡Cuántas afables preguntas
sobre su salud y estado!
¡Ay! ¡con cuántas gatas
viejas
habremos hecho otro tanto!
Como
personas formales
hablábamos algún rato,
echando siempre de menos
el feliz tiempo de antaño.
«Amor, buena fe, constancia,
se van,
como por ensalmo;
está el café por las nubes;
¿y el dinero?... ¡no hay un cuarto!»
Pasaron
aquellos juegos,
y también -¡ay Dios- pasaron
amor,
buena fe, constancia
ilusión, vida y encanto.
Me oprime anhelo profundo,
si
pienso en la antigua edad:
¡cuán deleitoso era el
mundo!
¡Qué manantial tan fecundo
de amor y felicidad!
Hoy, un mal va de otro en pos;
y por rendir testimonio
de su impotencia los dos,
muerto,
allá arriba, está Dios;
muerto, allá
abajo, el demonio.
¿Qué
de nosotros sería
en esta Babel sombría,
do lucha todo sin calma,
a no guardar, vida mía,
un poco de amor el alma?
Como en el negro cielo encapotado
surge la luna plácida y serena,
así del fondo
obscuro del pasado
brota imagen de amor que me enajena.
Surcábamos el Rhin: pausadamente
empujaba la barca el patrio río:
brillaba en la
ribera floreciente
tarde feliz de luminoso estío.
A las plantas sentado de mi amante,
el bien gozaba que perdido lloro;
el sol, arrebolando su
semblante,
daba a su blanca frente nimbo de oro.
Coro de bellas vírgenes cantaba:
todo era amor y encanto y alegría:
el pecho ¡cuán
feliz se dilataba!
el cielo !cuán azul resplandecía!
Aldeas y castillos, selva y prados,
pasaban en visión esplendorosa,
y yo los contemplaba
retratados
en las claras pupilas de mi hermosa.
Hallé en sueños a mi
amada:
¡cuán desdichada criatura!
Encorvado
está su cuerpo
y todas sus gracias mustias.
Lleva
un niño de la mano,
otro en los brazos, y anuncian
mirada, ademán y traje
flaquezas y desventuras.
Por la plaza del mercado
va errante y
meditabunda;
me mira, y así le digo
con voz pausada
y convulsa:
«Enferma estás y abatida;
ven, mujer, mi casa es tuya»;
con mi auxilio y mi trabajo
no ha de faltarte pan nunca.
De esos
dos niños que llevas,
curaré, si Dios me ayuda;
y de ti, más que de todos,
¡desventurada criatura!
Para contar que te quise
ha de ser mi
boca muda,
y una lágrima piadosa
verteré
en tu sepultura».
¿Siempre repetirás, oh caro
amigo,
una
misma canción?
¿Siempre estarás inmóvil
empollando
los huevos rancios de tu añejo amor?
Los polluelos la cáscara quebrantan;
pían,
brincan después, corren al sol;
y atrapándoles
tú -¡pobres polluelos!-
en tus libros les das jaula
y prisión.
No te impacientes, cariñoso
amigo,
porque
al añejo afán
responda con monótonos
acentos
cada nuevo
cantar.
Aguarda, aguarda a que
se pierda el eco
de
mi pasión fatal,
y los trinos de nueva primavera
del alma brotarán.
Ya es hora, sí, ya es sazón
de apartar del corazón
la locura que lo asedia;
bastante, cual pobre histrión,
representé
la comedia.
Eran góticos
salones
bambalinas y telones;
purpúreo manto mi
traje;
novelescas mis pasiones;
romántico mi lenguaje.
Di fin a tal fingimiento;
pero
el mal no se remedia:
las mismas angustias
siento: parece
que represento todavía la comedia.
Es
que, burlando, decía
mi afán secreto y profundo:
la muerte en el alma mía
llevaba cuando fingía
al luchador moribundo.
Reza, suspira, ayuna y se flagela
Wiswamitra, el
gran rey
34 34 ,
porque la vaca de Wasista anhela
ganar
en buena ley.
Pues de ese modo
atormentarte quieres,
Wiswamitra,
gran rey,
por una vaca mísera, no eres
más
que un solemne buey.
Corazón, corazón, calla
y espera;
sufre sin quejas el destino eterno
renacerá
otra vez la primavera
tras
el áspero invierno.
Aún
no agotó la vida sus mercedes:
¡Bello es el mundo,
luminoso el día!
y todo aquello que te plazca, puedes
amarlo todavía.
eres
tú, cómo una flor;
cuando admiro tu hermosura
mi pobre pecho tortura
indefinible dolor.
Y
mi diestra cariñosa
sobre tus sienes se posa,
y
a Dios pido, para ti,
que siempre seas así:
pura,
sencilla y hermosa.
pido al ángel de tu guarda
que tu puro corazón
en la insensata pasión.
que abrasa el mío,
no arda.
Y de tan cumplido modo
acoge Dios mi querella,
que a tanto no me acomodo,
y a
veces exclamo: ¡si ella
me amase, a pesar de todo!
Siempre que en la noche obscura
el lecho tranquilo y blando
sosiego y paz me procura,
pasa, mis sienes rozando,
una imagen bella y pura.
El sueño con su beleño
cierra mis ojos risueño;
y esa imagen, pura y bella,
en lo mejor de mi sueño
su apacible luz destella.
Y cuando el alba tardía
borra de la fantasía
toda nocturna visión,
aún la llevo todo el día
dentro de mi corazón.
¡Niña de las pupilas brilladoras
y el labio de
rubí!
¡Niña, niñita mía! a todas
horas,
estoy pensando
en ti.
La luenga noche del invierno
helado
me retiene
en tu hogar,
y feliz puedo, junto a ti sentado,
charlar
y más charlar.
¡Si pudiera
rozar con labio ardiente
tu
mano ¡oh dulce bien!
y derramar en ella juntamente
mis
lágrimas también!
Caiga la nieve a montones,
llueva
y granice sin fin,
haga el viento en mis ventanas
todos
los vidrios crujir:
poco el temporal me importa,
llevando
dentro de mí
la imagen de mi adorada
y los céfiros
de abril.
A San Pedro o San Pablo rezan unos;
otros, devotos de la Virgen son;
yo sólo a ti consagro
mis plegarias,
a
ti, plácido sol!
Sé
para mí benéfica y piadosa;
dame besos y abrazos,
dame amor,
entre adorados soles, virgen bella,
entre vírgenes
bellas, áureo sol!
¿No te basta que pálido el
semblante
te revele mi afán y mi dolor?
¿Quieres
tú que mendigue suplicante
mi propio labio tu altanero
amor?
Altanero es también
el labio mío:
sólo sabe besar o sonreír
y fingirá quizás mofa o desvío
cuando
estaré sintiéndome morir.
ama
tu espíritu ardiente
con insensata pasión;
no la define aún tu mente;
mas late en tu corazón.
»Tú protestas: ¡Dios me
guarde!
¡Yo enamorado!... ¡Embeleco!
y tu corazón
tal arde,
cuando eso dices cobarde,
que se te quema el
chaleco».
buscó reposó y placer
a tu lado; tú,
inconstante,
te separaste al instante:
¡tenías mucho
que hacer!
Te dije, prenda adorada,
que era tuya el alma mía;
y tú, esquiva y
asombrada,
soltando la carcajada,
me hiciste una cortesía.
La herida que me abre el pecho
después más profunda has hecho,
y un agravio
de otro en pos,
me ha negado tu despecho
hasta el beso
del adiós.
¿Piensas que
una bala cruel
fin a mis ansias dará?
Cuesta tragar
tanta hiel;
pero eso, mi hermosa infiel,
me ha pasado otra
vez ya.
son tus azules, celestiales ojos:
¡Feliz,
feliz el hombre
a quien miren extáticos y absortos!
Purísimo
diamante,
es tu fiel corazón, como no hay otro:
¡Feliz, feliz el
hombre
por quien irradie sus destellos todos!
Son
fúlgidos rubíes
tus dulces labios, que me
vuelven loco:
¡Feliz,
feliz el hombre
a quien sonrían tiernos y amorosos!
Si en
apartada selva
yo, frente a frente, le encontrara, y solo,
¡cuán poco
sus venturas
duráranle,
cuán poco!
con vanas galanterías;
pero en mis redes caí,
trocándose para mi
en veras las burlas mías.
Tú, con faz galante y leda,
puedes
en igual moneda
pagar mi tardo suspiro;
y a mí un
recurso me queda
radical... ¡pegarme un tiro!
El mundo, el alma, la vida,
son descosidos fragmentos:
buscando voy un filósofo,
germánico, por supuesto,
que un buen sistema me
hilvane
atando esos cabos sueltos.
Con su bata y con su
gorro,
ya, orondo y grave, le veo
tapando todas las grietas
y fallas del Universo.
Quebréme la cabeza noche y
día
con mil problemas de áridos enojos;
y descubrí la incógnita, alma mía,
al contemplar
tus ojos.
Todo mi ser del resplandor
brillante
de tu dulce pupila está suspenso:
desde
que soy tu afortunado amante,
en
nada más ya pienso.
Está toda la casa iluminada:
gran fiesta tienes
hoy:
pasar veo una sombra por el claro
del
abierto balcón.
Tú
no ves que abismado en las tinieblas
aquí,
a tus pies, estoy;
y menos podrás ver lo que escondido
guardo en el corazón.
Mi corazón palpita y se
destroza,
loco
por ti de amor;
mi corazón te adora y se desangra;
mas tú,
no lo ves, no.
y que el viento las llevara,
quisiera encerrar mis penas
en una sola palabra.
A ti te la llevaría,
hermosísima tirana,
para que a cada momento
la
oyeras y la escucharas.
Y cuando cierra
la noche
tus pupilas adoradas,
aún la estarías
oyendo
en los ensueños del alma.
Tienes perlas, diamantes, todo cuanto
vosotras anheláis;
tienes ojos hermosos cual ningunos:
dime,
¿qué quieres más?
Millares
dediqué de dulces versos,
que
nunca morirán,
a tus ojos, hermosos cual ningunos:
dime, ¿qué
quieres más?
Y esos ojos
hermosos cual ningunos,
pagáronme
tan mal,
que a tus plantas exánime fallezco:
dime,
¿qué quieres más?
El que ama por vez primera,
aunque amado ser no espera,
es grande, cual Dios, quizá;
pero el que así otra vez quiera
un majadero será.
Yo soy ese majadero,
que otra
vez amo y no espero:
sol, luna y estrellas, todo
se ríe
de mí a su modo;
yo río también...
¡y muero!
consejos -¡aún los escucho!-
y con gran benevolencia
inculcáronme paciencia:
¡oh, me protegieron mucho!
Mas, protegiéndome así,
en la tumba dan conmigo,
si al verme cerca de allí,
un valiente, un buen amigo,
no se interesa por mí.
El me sostuvo y salvó;
jamás habré de olvidarlo:
una cosa me afligió;
no poder nunca abrazarlo,
porque ese amigo... era yo.
me encanta
y hace feliz:
a veces toma conmigo
ostras, licores y Rhin.
Temprano, en paños menores,
bata
y gorro de dormir,
viene todas las mañanas,
y se
interesa por mí.
Me habla de mi
excelsa gloria,
de mi ingenio y de mi vis ,
pronto siempre
a complacerme
en cuanto pueda servir.
Por
la noche, en la tertulia,
con sonoro retintín
mis
versos a las señoras
hace escuchar y aplaudir.
¡Qué
fortuna haber hallado
un mozo de tanto esprit ,
en el tiempo
que corremos
tan envidioso y tan ruin!
Soñé que era el señor
Dios,
y que estaba allá en el cielo;
circundábanme
los ángeles
cantando a coro mis versos.
Hartábame
a todas horas
de merengues y buñuelos;
bebía
Jerez y Málaga,
y a nadie adeudaba un céntimo.
Era feliz: ¡me aburría!
a la tierra
hubiera vuelto;
y a no ser Dios en persona,
a los demonios
me entrego.
«Gabriel, ángel zanquilargo,
ponte las botas corriendo;
busca a mi amigo Perico;
tráemelo
sin perder tiempo.
»No lo busques
en las aulas,
ni en la iglesia mucho menos;
en casa de
Juana búscalo,
en la taberna o el juego».
Abre
sus alas de gallo
el ángel, y emprende el vuelo;
dentro de pocos minutos
vuelve con mi amigo Pedro.
«Dios
soy, amigo Perico;
factótum del Universo.
¿No te
dije muchas veces
que era mozo de provecho?
»Cada
día hago un milagro:
y ahora, para tu recreo,
voy
a convertir en Jauja
a Berlín por un momento.
»Se
abrirán los adoquines,
y al abrirse todos ellos,
una, ostra, fresca y sabrosa,
aparecerá allí
dentro.
»Lloverá sidra y cerveza;
e irá manando y fluyendo
el mejor vino del Rhin
por todos los sumideros.
»¡Cuál
corren los berlineses!
¡Cómo doblan el pescuezo
y en el arroyo se abrevan
los áulicos consejeros!
»¡Cuánto deleita a los vates
el
celestial refrigerio!
Alféreces y tenientes
chupan
y lamen los suelos.
»Alféreces
y tenientes
piensan, cual gente de seso,
que no se repiten
todos
los jueves estos portentos».
En Agosto os dejé, señora
mía,
y en el glacial Enero os vuelvo a ver;
en vuestro pecho es hoy ceniza fría
lo que era lava
de volcán ayer.
Os dejo: cuando
vuelva nuevamente,
ni frío ni calor sentiréis
ya;
hollaré vuestra tumba indiferente
muerto también
mi espíritu estará.
¡Arrancado a tus labios de ambrosía!
¡A tus abrazos, que tan dulces son!
Detenerme
quería;
pero impaciente el látigo esgrimía
el fiero postillón.
¡Esa es la vida, sí! ¡Continuo
llanto,
continuo adiós, continuo padecer!
¿Por
qué, si me amas tanto,
no tuvieron tus ojos más
encanto,
no tuvieron tus brazos más poder?
la que
en la posta pasamos;
abrazaba tu cintura,
y con alegre
locura,
reímos y bromeamos.
Cuando
el matinal albor
brilló alegre y placentero,
vimos
con mudo estupor
sentado otro pasajero
entre los dos: el
Amor.
¡Dios sabe dónde esa loca
chiquilla se habrá hospedado!
Toda la ciudad, lloviendo,
he corrido, y renegando.
Pregunté
de fonda en fonda;
y en todas me desahuciaron
mayordomos
desabridos
y camareros zanguangos.
De
pronto, al balcón la veo,
y suelta a la risa el trapo:
¡quién pensara que vivieras,
niña, en tan
regio palacio!
Cual fantásticas figuras,
a un lado y al otro lado
se extienden casas obscuras:
en negra capa embozado
marcho tras dulces venturas.
Doce campanadas toca
la vieja torre sombría:
con mil besos en la boca,
me aguarda, de amores loca,
la querida niña mía.
La
luna brilla oportuna,
y sus pálidos raudales
iluminan
mi fortuna;
llego a los gratos umbrales
y exclamo: «¡Propicia
luna!
»¡Astro piadoso y bendito!
Yo tu constancia acredito,
pues no me engañas jamás;
ahora, no te necesito;
brilla para los demás.
»Y si al recorrer los cielos,
ves algún
amante triste
llorando amargos anhelos,
dale los dulces
consuelos
que en otros tiempos me diste».
Y cuando seas mi feliz esposa,
amada niña
mía,
tu vida será cielo de oro y rosa,
de
amor y de alegría.
Sufriré
tus caprichos más perversos
con
cachazudo aguante;
mas, si no elogias tú todos mis
versos,
divórciome
al instante.
sobre
tus hombros de nieve,
y sorprendo y adivino
otro cambio
repentino,
en tu corazón aleve.
Suena
trompeta cercana,
y se acerca presurosa
tropa de húsares
galana;
ya sé, niña veleidosa,
que me dejarás
mañana.
Mañana me
dejarás;
pero aún eres hoy mi encanto:
y
te estrecho más y más,
y en tu! brazos gozo
tanto
corno no gocé jamás.
¡Cuál
trota la compañía
de los húsares galana!
Toma esta rosa temprana;
tómala, querida mía.
¡Qué estruendo! ¡Qué
confusión!
¡Qué animado movimiento!
¡Gallardos
mancebos son!
¡Cuántos en tu corazón
tendrán
ya su alojamiento!
También en mis dulces años
placeres y desengaños
del amor, niña sentí.
Hoy la hoguera está apagada
no arde la leña
mojada;
y ¡pardiez! más vale así.
Enjuga, pues, niña bella,
esa
lágrima, y con ella
borra un recuerdo a la vez.
Deja cerrarse la herida,
y el antiguo amor olvida
entre
mis brazos ¡pardiez!
¿Cómo mudanza tan breve?
Todos, ¡oh mujer aleve,
han de escuchar mi clamor!
Tus
labios, amante impía,
¿qué quejas pueden tener
del que con tanto placer
los besaba noche y día?
Esos son, esos son los claros ojos
que me daban la alegre bienvenida;
esos son, esos son los
labios rojos
que
endulzaban mi vida.
Esa es la
blanda voz que el alma absorta
oyó en sueños
de vago idealismo;
pero ¿qué importa ¡ay misero!
qué importa,
si
yo no soy el mismo?
Aún
son dulces y tiernos sus abrazos,
aún me encadena
su flexible nudo;
pero yo estoy inmóvil en sus brazos,
inmóvil,
hosco y mudo.
Ni pudisteis comprenderme,
ni
os pude yo comprender;
cuando en el fango caímos
nos comprendimos muy bien.
¡Cuánto se alarmaron, cuánto
los eunucos, ¡cielo santo!
cuando levanté la voz!
¡Dijeron que era mi canto
grosero, incivil, atroz!
Unieron en sutil coro
sus vocecitas de grillo,
y con
el mayor decoro
cantaron rancio estribillo,
sentimental
y sonoro!
Era amorosa canción,
llena de tiernas querellas,
y la escuchaban las bellas
con tan sensible emoción,
que lloraban todas ellas,
Salamanca, en tus afueras
es
el aire puro y fresco;
allí, en las tardes de estío,
con mi dama me paseo.
Su deliciosa cintura
con brazo atrevido estrecho;
y mi diestra feliz siente
el palpitar de sus pechos.
Pero suena
en la arboleda
murmurio vago y siniestro;
ronco molino
repite
fatales presentimientos.
¡Mal
presagio, hermosa mía!
Próximo miro el encierro:
afueras de Salamanca,
dieron fin nuestros paseos.
le llaman
a don Enríquez;
junto al mío está su
cuarto;
sólo hay por medio un tabique.
Las
damas de Salamanca
por mirarlo se desviven
cuando cruza
calle abajo,
con sus galgos y mastines.
Mas
él la tranquila noche
pasa, solitario y triste,
los dedos en la vihuela,
y el alma en los imposibles.
Sus
ensueños y canciones
llevan los vientos sutiles:
¡compasión me das y grima,
don Enríquez,
don Enríquez!
Nos vimos, y en tus ojos al instante
comprendí que a mi afán correspondías;
si tu madre cruel no está delante,
estallan, sí,
tus ansias y las mías
en
beso delirante.
Tu hogar tranquilo
dejaré mañana;
seguiré solitario mi
sendero;
saldrás, hermosa rubia, a la ventana;
y
yo te mandaré, desde lejana
cumbre,
mi adiós postrero.
En la lejana cúspide el sol
brilla
despertando al aprisco balador:
¡si antes de
abandonar la hermosa villa,
pudiera verte, dulce corderilla,
sol matutino, idolatrado amor!
Alzo
los ojos: ¡esperanza vana!
¡Adiós! Marcho, mi bien,
¡lejos de ti!
Quieta está la cortina en la ventana:
aún duerme mi querida soberana:
¡quién sabe
si estará soñando en mí!
Hay en Halle, en la plaza del Mercado,
dos leones gigantes y soberbios:
¡leones ferocísimos
del Halle,
cómo os domaron ya! ¡cómo os pusieron
Hay en Halle, en la plaza del Mercado,
un figurón fornido y corpulento;
espada empuña
pero no la esgrime:
inmoble está; petrificólo
el miedo.
Hay en Halle, en la
plaza del Mercado,
una iglesia tan grande, que allí
dentro
todas las cofradías y hermandades
tienen
sitio y lugar para sus rezos
35 35 .
la noche
de primavera,
hermosa como ninguna:
brilla en Oriente la
luna
dorada en la azul esfera.
Junto
a la mansa corriente
el grillo chilla estridente;
y en
la tranquila extensión
algo el pasajero siente,
cual vaga palpitación.
Allá,
en fuente cristalina,
báñase la hermosa ondina;
y con plácidos asombros,
la tibia luna ilumina
su blanca espalda y sus hombros.
La noche cubre campos y senderos;
lacio está el cuerpo, enfermo el corazón.
Vierte, oh luna, tus rayos placenteros,
como
una bendición.
Calmen tus
luces puras y tranquilas
de las tinieblas el pavor fatal,
y derramen en mi alma y mis pupilas
rocío
celestial.
noche
fresca, bendecida
lo que el mundo muerte nombra;
duerme,
duerme, alma rendida:
lo llena todo la sombra.
Árbol
de eterno verdor
crece ya sobre mi tumba;
trina en él
un ruiseñor,
y en mis sueños aún retumba
un postrer canto de amor.
Dime, dime ¿qué fue de aquella
hermosa
que inspiró tu dulcísimo cantar?
¿Qué fue de aquella hoguera esplendorosa
donde tu
corazón iba a estallar?
Murió
la hoguera, tan voraz un día;
cansado late el pecho
y sin calor;
y este mísero libro es la urna fría
que guarda las cenizas de mi amor.
Mayo llegó, con sus
doradas lumbres,
sus tibios soplos y perfumes suaves;
y abriendo de las pálidas violetas
las azules pupilas,
nos saluda.
De hebras de luz y perlas de rocío
teje
verde tapiz, bordando flores
la Primavera, y a los hombres
llama,
que al llamamiento dóciles acuden.
Calzón
de dril y chupa dominguera
el galán viste, con botones
de oro;
traje ostenta de cándida blancura
la dama;
el boquirrubio mozalbete
se atusa el bozo; y la doncella
libre
deja ondular el oprimido seno.
Mete en la faltriquera
el vate urbano
los espejuelos, el papel y el lápiz;
y al abierto portal lánzanse todos.
Sobre el césped
acampan; los renuevos
admiran de los árboles; arrancan
pintadas flores; los gorjeos oyen
de las alegres aves,
y gozosos
lanzan su grito a la cerúlea esfera.
Mayo
llegó: ¡también para mí vino!
llamó
tres veces a la puerta, y -«Abre:
Mayo soy, dijo; acariciarte
quiero,
pálido soñador». Pasé el cerrojo,
rodé la llave, y contestéle: -«En vano,
en
vano llamarás, pérfido huésped;
te
conozco: conozco el artificio
del mundo; he visto tanto,
que ya el alma
perdió toda ilusión y la atormenta
dolor eterno. Los cerrados muros
pasa mi vista del hogar
humano
y del humano corazón, y dentro
hallo farsa
y ardid, miseria y dolo.
Leo los pensamientos en las frentes;
¡pensamientos infames! El rosado
rubor de la doncella,
esconde el ansia
secreta del placer; y en la orgullosa
sien del mancebo audaz, miro el birrete
multicolor de la
locura; sólo
mamarrachos deformes o enfermizas
sombras
veo en la tierra, y me pregunto
si es manicomio u hospital.
Penetro
la corteza. terrestre; cual si fuera
de transparente
vidrio; en hoyo estrecho
veo los muertos, con las manos
juntas,
las pupilas abiertas, blanco el rostro,
blanco
el sudario, y en los secos labios
amarillentas larvas. ¡Y
contemplo
sentado al hijo, con su alegre amante
en coloquio
trivial, sobre la tumba
de su padre infeliz! Los ruiseñores
cantan mordaces; maliciosas ríen
las flores doctas;
tiembla el padre muerto
en su féretro obscuro, y
dolorida,
se estremece también la madre Tierra.
¡Mísera Tierra! ¡tu dolor comprendo!
Arder el fuego en tus entrañas miro,
abrirse tus
arterias, y a torrentes
llamaradas lanzar y verter sangre.
Veo salir a los soberbios hijos
de los Titanes, de las
negras simas,
rojas antorchas agitando; yerguen
su escala
férrea, y a la eterna cumbre
trepan con sordo estrépito;
tras ellos
negros enanos van, y al rudo choque
caen hechas
trizas las estrellas de oro.
Con mano audaz desgarran del
divino
tabernáculo el velo, y acometen
con feroces
aullidos, a la santa
angélica legión. Pálido
y mudo,
está Dios en su trono: la corona
arranca
de las sienes, y se mesa
la cabellera augusta. Los titanes
avanzan; las antorchas encendidas
dentro del reino celestial
arrojan;
y los enanos negros, con azotes
flamígeros,
castigan las espaldas
de los vencidos ángeles, que
ruedan,
se encorvan, se retuercen, y arrastrados
por las
guedejas son. ¡Y estaba entre ellos
mi ángel también;
el de dorados bucles
y dulce rostro; el que el amor eterno
lleva en los labios, y en la azul pupila
la dicha celestial!
Y un duende negro,
hediondo y espantable, álzalo
en brazos,
contempla ansioso su gentil belleza
y con muelle
deleite lo acaricia.
Y suena entonces pavoroso grito,
que
agita al Universo; sus pilastras
rechinan y se tuercen;
cielo y tierra
húndense juntos, y lo llenan todo
la antigua noche y la perpetua sombra».
En el jardín, al declinar la
tarde,
pasea la hija del alcaide a solas:
música
suena, fuera del alcázar,
de
atabales y trompas.
-«¡Cuál
me fatigan las insulsas danzas!
¡Cómo me aburre la
trivial lisonja,
y ese tropel de insípidos donceles
que al sol me
parangonan!
»¡Cómo me aburre
y me fatiga todo
desde que, al rayo de la luna, absorta,
al galán vi, cuyo laúd el alma
me
conmueve y trastorna.
» Gallardo,
altivo, pálido el semblante,
y ardiendo en él
pupilas luminosas,
juzgué, cuando le vi, ver a San
Jorge
bajando
de la gloria».
Así, clavando
en tierra la mirada,
piensa la bella; cuando en sí
retorna,
el gallardo galán desconocido
a
sus plantas se postra.
A la luz
de la luna, de las manos
cogidos van en plática amorosa;
el céfiro los besa y acaricia;
les
saludan las rosas.
Las rosas les
saludan, cual si fueran
mensajeros de amor, y se arrebolan.
-«¿Por qué, mi bien, tu seductor semblante
vivo
carmín colora?
-» Picáronme
mosquitos, dulce dueño,
y en verano me irritan y
trastornan,
cual si fuesen de hebreos narigudos
abominable
tropa.
-»Déjate de mosquitos
y de hebreos,
dice el galán que tierno la enamora:
en blanquísimos copos los almendros
sus
pétalos deshojan.
» En
blanquísimos copos los almendros
te dan, mi bien,
su delicioso aroma:
dime, tu corazón ¿es todo mío?
¿Es mía
tu alma toda?
-»¡Toda, sí!
Te lo juro, dulce dueño,
por el Dios Redentor que
mi alma adora,
por aquél a quien pérfidos
judíos
dieron
muerte afrentosa.
-» Deja al Dios
Redentor y a los judíos,
dice el galán que
tierno la enamora:
mira los lirios, que en fulgor bañados,
columpian sus
corolas.
» Mira los lirios, que
en fulgor bañados,
contemplan las estrellas brilladoras.
Di, mi bien, en tus tiernos juramentos,
¿de
falsedad no hay sombra?,
-» No
hay en mí falsedad, oh dulce dueño,
como en
mi sangre, que mi estirpe abona,
de sangre de judíos
ni de moros
no
hay siguiera una gota».
-«Déjate
de judíos y de moros».
dice el galán que tierno
la enamora
y a un bosquecillo de frondosos mirtos
en
brazos la transporta.
En las redes
de amor ya está prendida:
largos los besos, las palabras
cortas,
con fuerza igual en ambos corazones
la
pasión se desborda.
El
ruiseñor amante, en la enramada
ya los nupciales
cánticos entona;
las luciérnagas saltan y
en el césped
fingen
danzas de antorchas.
Escúchase,
no más, en el silencio,
como apagadas y furtivas
notas
el susurro discreto de los mirtos
y
el beso de las rosas.
Suena de
pronto en el vecino alcázar
música de atabales
y de trompas;
despierta la doncella, y de los brazos
huye
que la aprisionan.
-«Las músicas
me llaman, dulce dueño;
pero no marches, sin que
el labio rompa
del nombre tuyo el pertinaz secreto,
que
a tu amante ya enoja».
Apacible
sonríe el caballero;
besa después la mano
de la hermosa;
besa después su nacarada frente;
besa después
su boca.
Y dice -«Yo, tu amante,
noble dama,
el hijo soy de quien las gentes honran;
del
docto y venerable gran rabino,
Jacob
de Zaragoza».
-I-
Hay mil trescientas columnas
en
la catedral de Córdoba;
hay mil trescientas columnas
que la cúpula soportan.
Muros,
columnas y cúpula
versos del Korán decoran,
grabados entre arabescos
de guirnaldas caprichosas.
Reyes
moros levantaron
ese templo, de Alá en honra;
las
mudanzas de los tiempos
a otros usos lo acomodan.
En
la torre en que vibraba
la voz del muecín sonora,
hoy tañen tristes y lúgubres
las campanas
melancólicas.
En las gradas do
se oyeron
las palabras de Mahoma,
hacen tonsurados prestes
sus extrañas ceremonias.
Ante imágenes
pintadas
se arrodillan y se postran;
humo de tristes candelas
mancha las bruñidas bóvedas.
Está
Almanzor-ben-Abdala
en la catedral de Córdoba,
y
las columnas contempla,
y de este modo razona:
-«Para
el gran Alá os labraron,
columnas firmes y sólidas,
y al culto odiado de Cristo
dais vuestro homenaje ahora.
»Si así aceptáis la mudanza
que os humilla y os deshonra,
¿qué ha de hacer el
hombre débil,
columnas firmes y sólidas?»
Y con semblante sereno
la gallarda frente
dobla
en las pilas bautismales
de la catedral de Córdoba.
-II- De la catedral
ya sale,
y al punto que sale, monta
en un selvático
potro,
que rozagante galopa.
Camino va
de Alcolea,
y sueltas al viento flotan
sus guedejas aún
mojadas
y las plumas de su gorra.
Camino
va de Alcolea,
do al Guadalquivir coronan
almendros de
flor nevada,
naranjos de dulce aroma.
El
venturoso jinete
canta y ríe, triunfa y goza;
trinos
de aves le acompañan
y murmurios de las ondas.
En
Alcolea reside
doña Clara de Mendoza;
mientras su
padre guerrea,
vive alegre y sin zozobras.
Almanzor
oye lejanos
sonar timbales y trompas;
ve al través
de la arboleda
resplandecer las antorchas.
¡Oh
castillo de Alcolea!
¡Gran baile esta noche logras!
Bailan
doce caballeros
con otras tantas hermosas.
Apuestos
son los galanes,
son las damas seductoras;
Almanzor, el
más gallardo
entre todos y entre todas.
Feliz
va de dama en dama
con la sonrisa en la boca;
para todas
cuantas mira
tiene a punto una lisonja.
A
Isabel la mano besa;
la deja luego por otra;
se sienta
a los pies de Elvira
y en sus pupilas se arroba.
Si
hoy merece sus bondades
le pregunta a Leonora,
y le muestra
la cruz de oro
que su capotillo adorna.
A
fe de cristiano viejo
les jura que las adora,
y el juramento
repite
treinta veces en tres horas.
-III- El castillo de Alcolea
envuelven silencio
y sombra;
ya no hay damas ni galanes,
ya no hay músicas
ni antorchas.
Almanzor y doña Clara
están callados y a solas;
el último candelabro
su último fulgor arroja.
Ella,
en el sitial sentada;
él, a sus plantas, apoya
en
sus trémulas rodillas
la cabeza soñadora.
En sus obscuras guedejas
un frasco de
agua de rosas
ella solícita vierte;
él, dormitando,
solloza.
En sus obscuras guedejas
los
labios amantes posa
ella, y un ósculo imprime;
nublada
la sien él dobla.
En sus obscuras
guedejas
ella, las que tierna llora
dulces lágrimas,
derrama;
él, se estremece de cólera.
Sueña:
está, la sien rendida,
en la catedral de Córdoba,
y sus guedejas gotean,
y oye voces que le asombran.
Las
colosales columnas
su carga ya no soportan;
se agitan y
bambolean,
se tuercen y se desploman.
Los
clérigos palidecen,
se hunde con fragor la bóveda,
y los sonantes escombros
las imágenes destrozan.
-I-
El hijo en el lecho está;
la madre, junto al balcón:
-«Hijo, levántate
ya;
ahora mismo pasará
la sagrada procesión».
-«¡Ay, madre, madre bendita!
crecen mi mal y mi cuita;
ni oigo ya, ni puedo ver:
en
la pobre Margarita
pienso, y lloro sin querer.»
-»Toma el libro y el rosario;
vendrás
conmigo al santuario
de la Virgen pura y bella;
y quizás
obtengas de ella
el alivio necesario».
Y
avanzan al grave són
de triste lamentación,
cruces, banderas sin fin;
y a Colonia sobre el Rhin
va
la santa procesión.
La
madre amorosa y pía
marcha en pos y con afán
al hijo sostiene y guía;
y todos cantando van:
«¡Gloria a vos, Santa María!»
-II- Hoy la Madre del Señor
viste su
manto mejor,
y largo trabajo tiene:
un tropel conmovedor
de enfermos al templo viene.
Y con devoción
sincera
la multitud lastimera
se acerca a depositar
brazos
y piernas de cera
en el milagroso altar.
No
la implora nadie en vano:
quien le consagra una mano,
la
suya curada ve;
y si es un pie, bueno y sano
se va por
su propio pie.
Alguien con muletas
vino
que en la cuerda brinca ya;
y hay manco -¡poder divino!-
que tañendo en el camino
la vihuela, volverá.
La madre, de blanca cera
labró
un tierno corazón
-«¡Hijo, la Virgen te espera!
llévale esta ofrenda, y quiera
tener de ti compasión».
El hijo suspira en tanto;
toma
el exvoto, y sin calma
penetra en el templo santo;
de sus
ojos brota el llanto,
y esta oración de su alma:
-«¡María! ¡Reina y Señora
de los cielos! ¡Bienhechora
madre de Dios! escuchad
a
un desdichado, que implora
vuestra infinita piedad.
»Con mi madre, que aun contemplo,
vivía,
de dicha ejemplo,
en Colonia, ciudad santa,
donde a cada
paso un templo
en vuestro honor se levanta.
»Nuestra
vecina ¡ay Dios! era
Margarita, y muerte fiera
hiriéla
sin compasión:
traigo un corazón de cera:
¡curad vos mi corazón!
»Curad
vos el alma mía,
y con religiosa fe,
sollozando
noche y día,
¡Gloria a vos! repetiré,
¡Gloria
a vos, Santa María!»
-III- El
hijo y la madre amante
en su cuarto se han dormido;
y la
Virgen al instante
aparece deslumbrante
y entra sin hacer
ruido.
Inclínase sobre
el lecho;
al enfermo infeliz mira;
pónele la mano
al pecho,
y su intento satisfecho,
dulce y lenta se retira.
Todo, en visión transparente,
lo ve la madre, y más ve;
y despierta de repente.
¡Ay! ¿Por qué ladran, por qué
los perros
lúgubremente?
Pálido,
rígido, yerto,
está el hijo, ¡el hijo muerto!
y la renaciente aurora
con su fulgor aún incierto
su blanca frente colora.
Y ambas
las manos juntando
la madre amorosa y pía,
con acento
triste y blando,
cae de hinojos, exclamando:
«¡Gloria a
vos, Santa María!»
(1824)
muchas flores, muchos lazos,
muy dulce conversación,
muchas sonrisas y abrazos...
¡Si tuviera corazón!
¡Corazón dentro
del pecho,
y amor verdadero en él!
Cáusame
grima y despecho
el canto falso y contrahecho
de una pasión
de oropel.
Subir quiero
a la montaña,
do la virtud inocente
vive en humilde
cabaña;
do libre corre el ambiente
que mi libre
frente baña.
Trepar
a la sierra quiero
do el raudal fluye ligero,
el abeto
al cielo sube,
canta el pájaro parlero
y altiva
flota la nube.
¡Adiós,
salones brillantes!
¡Adiós, damas rozagantes!
¡Adiós,
sociedad cortés!
Desde estas cumbres gigantes
os
contemplaré a mis pies.
¡Despertad, antiguos sueños!
¡Corazón, abre tus puertas!
¡Sonad de nuevo, cantares!
¡Corred, lágrimas deshechas!
Vagar
quiero entre los árboles,
do manan fuentes risueñas,
do el ufano ciervo trisca,
y el vivaz mirlo gorjea.
Trepar
quiero a la montaña
en cuyas rocas enhiestas
su
roto muro el castillo
a la luz del sol aún muestra.
Allí pensaré
tranquilo
en generaciones muertas,
en extinguidas estirpes,
en apagadas grandezas.
El
humilde jaramago
cubre la liza soberbia
donde el paladín
glorioso
ganó la ansiada presea.
La
hiedra esconde la ojiva
donde la hermosa doncella
vengo
con una mirada
a aquél que a todos venciera.
El
vencedor poderoso
y la vencedora espléndida
entrambos
fueron vencidos
por campeón de más fuerza:
Que siempre en la humana justa
nos hace medir la arena
el pálido caballero
de
la guadaña siniestra.
-1-
Hay una choza en el monte;
viejo montañés la ocupa:
allí silban
los abetos
y resplandece la luna.
Un
sillón hay en la choza
tallado en la encina dura
¡Feliz quien en él se sienta!
Hoy gozo yo esa fortuna.
En el escaño a mis
plantas,
descansa la niña rubia;
los brazos alabastrinos
sobre mis rodillas cruza.
Cual
dos estrellas azules
brillan sus pupilas fúlgidas;
como el botón de la rosa
su boca, fresca y menuda.
Y las estrellas azules
clava
en mí, cándida y pura,
y al labio el dedo
de nieve
lleva con pueril astucia.
Pero
la madre está hilando;
ni nos ve, ni nos escucha;
tañe el padre la vihuela
y vieja canción
modula.
La doncella, en voz muy baja, charla, gozosa
y
confusa, revelándome los graves secretos
que la atribulan.
-«Desde que murió la
abuela
no vamos al pueblo nunca;
ni a las fiestas del mosquete,
que son las que más me gustan.
»Aquí
estamos, siempre solos,
en estas cumbres adustas
donde
entre nieves y escarchas
el invierno nos sepulta.
»Niña
soy y tengo miedo
a la noche negra y muda,
y a los espíritus
malos
que en sus tinieblas se ocultan».
Calla
la niña: sus propias
revelaciones la asustan,
y
extiende sobre sus ojos
las manecitas ebúrneas.
El torno rueda y rechina;
el viento en las ramas zumba;
pulsa el viejo la vihuela
y canta al són de la música:
«¡Oh
niña, no tengas miedo
a duendes, trasgos ni brujas:
un angelito del cielo
de día y noche te escuda!»
-2- El
abeto a la vidriera
llama con trémulas manos;
la
luna, mudo testigo,
la traspasa con sus rayos.
En
la alcoba, padre y madre
durmiendo están y roncando;
en delicioso coloquio
los dos a solas velamos.
-«Creer
que a menudo rezas
me cuesta mucho trabajo;
aunque tus
labios se mueven,
no mueve el rezo tus labios.
»Ese
mudo movimiento
me causa miedo y espanto;
mas después
me tranquilizan
tus ojos dulces y claros.
»Pero
aún dudo que tú creas,
como todo fiel cristiano,
en el Padre y en el Hijo
y en el Espíritu Santo».
-«Cuando, niño, a un
reposaba
en el materno regazo,
creí también
en Dios-Padre,
infinito, bueno y sabio;
»El
que creó cielo y tierra,
y al noble linaje humano;
el que dio luz a los soles;
el que dio rumbo a los astros.
»Después crecí;
fue mi mente
más perspicaz, vi más claro:
y entonces creí en el Hijo,
el hijo amante y amado;
»El que con amor inmenso
amó a los hombres, que ingratos
le dieron según
costumbre,
por recompensa el Calvario.
»Crecí
más, crecí del todo:
mucho he visto y he observado,
y hoy, con toda el alma, creo
en el Espíritu Santo.
»El es quien obró y
aún obra
los más pasmosos milagros;
rompe
todas las cadenas;
vence a todos los tiranos;
»Cura
todas las heridas;
da a las leyes fin más alto;
y hace, de los hombres todos,
una familia de hermanos.
»El rasgó nieblas y
brumas,
y ahuyentó duendes y trasgos,
que traidores
nos persiguen,
al bien y al amor contrarios.
»Un
millar de caballeros
armó ese Espíritu Santo,
y les dio tesón y bríos
para cumplir sus
mandatos.
»Su estandarte al
viento ondea,
su espada lanza relámpagos:
¡cuánto
dieras, niña mía,
por verlos y contemplarlos!
»Contémplame, pues,
y bésame,
porque yo soy, dueño amado,
uno
de esos caballeros
que armó el Espíritu Santo».
-3- La
luna tras los abetos
se ha escondido, y melancólica
la lámpara en nuestro cuarto
el campo cede a las
sombras.
Pero aún mis
astros azules,
aún la purpurina rosa
resplandecen,
y así dice
la niña que me enamora:
-«Diminutos
duendecillos
nos cercan y nos acosan;
aunque cerrada esté
el arca,
el pan, del arca, nos roban.
»De
la azucarada leche
sorben la nata sabrosa,
y en el destapado
cazo
la gata apura las sobras.
»Está
embrujada la gata,
y de noche corre loca
al torreón
demolido
de la montaña diabólica.
»Hubo
allí soberbio alcázar
do, a la luz dé
las antorchas,
con gallardos caballeros
bailaban damas
hermosas.
»Maldíjolo
una hechicera;
y hoy son sus hundidas bóvedas
montón
de escombros, do el búho
se guarece y arrincona.
»Pero contaba la abuela
que
si en cierto sitio y hora,
alguien pronuncia y repite
cierta
palabra simbólica;
»Júntanse
otra vez las piedras,
resplandecen las antorchas;
con sus
gallardos galanes
bailan las damas hermosas;
»Y
es todo para el que dijo
la palabra exacta y propia,
y
pífanos. y atambores
su señorío pregonan».
Así, encantadas imágenes
sus dulces labios evocan,
mientras sus ojos azules
celestes
fulgores copian.
Trenza en
mis manos sus bucles;
mis dedos cuenta y los nombra;
juega
y charla, canta y ríe;
calla al fin, grave y absorta.
Todo, en el mudo aposento,
dulcemente me impresiona;
miro cual viejos amigos
la mesa
y las sillas toscas.
Me habla
el reloj, la vihuela
vibra y suena por sí sola,
y entre sueños vagarosos
mi espíritu incierto
flota.
Sin duda, niña
querida,
éstos son el sitio y la hora,
y ésta,
que en mis labios tiembla
la palabra exacta y propia.
Porque
suena media noche
y todo late en las sombras,
y el viejo
bosque despierta
y el negro abeto solloza.
Sones
de citara salen
de las quiebras de las rocas,
cantos de
gnomos y enanos
llenan las cavernas lóbregas.
Y
cual florescencia extraña
de una primavera loca,
maravillosos jardines
por arte mágico brotan.
Flores
de inflamadas tintas,
de embriagadores aromas,
resplandecen
y fulguran
en las palpitantes frondas.
Entre
ellas, cual llamaradas,
arden encendidas rosas;
y el cáliz
yerguen los lirios
como cristalinas copas.
Estrellas
grandes cual soles
los contemplan amorosas,
y un raudal
de luces vierten
en sus abiertas corolas.
También
a nosotros llega
el prodigio, y nos transforma:
todo en
torno es seda y oro,
todo lámparas y antorchas.
Imperial princesa es ella;
regio alcázar esta choza,
do con sus bellos galanes,
danzan las damas hermosas;
Y
para mí es la princesa,
y alcázar, y sus pompas;
y pífanos y atambores
mi señorío pregonan.
verde colina es su trono;
a su frente ruda y libre
da
el sol su corona de oro.
Tiene
en los mansos corderos
cortesanos meritorios;
arrogantes
adalides
en los becerros indómitos.
Comediantes
de su corte
son los juguetones chotos;
música le
dan las aves
y los esquilones broncos.
Los
árboles le acompañan,
las cascadas le hacen
coro;
y con tan dulce concierto,
se duerme el rey poco
a poco.
Gobierna entre tanto
el reino,
ministro fiel y celoso,
un mastín, cuyos
ladridos
llenan aquellos contornos.
-«¡Oh!
¡cuán pesado es el cetro!»
dice el rey con un sollozo:
estar quisiera ya en casa
con la reina a quien adoro.
«En sus brazos mi cabeza
encuentra
el mejor apoyo,
y mi vasta monarquía
está
encerrada en sus ojos».
rasgó triunfal las tinieblas;
pero aún, opaca
y sombría,
inunda la serranía
la avalancha
de las nieblas.
¡Ah!
Si las alas del viento
me diera un encantador,
veloz como
el pensamiento
volara al grato aposento
donde reposa mi
amor,
Apartando suavemente
la cortina transparente
de su lecho virginal,
te besaría
la frente
y los labios de coral.
Y
acercándome a su oído,
con aliento reprimido,
le dijera luego así:
«Sueña que no te he
perdido,
y que aún vives para mí».
Soy Ilsa, la princesa que
hechizada
guarda el río en sus antros misteriosos;
ven conmigo a mi espléndida morada,
y seremos felices
y dichosos.
Ven a
bañar en mi raudal fecundo
tu frente atribulada y
abatida;
y olvidarás, oh joven moribundo,
todas
las amarguras de la vida.
Ven
a dormir entre mis blancos brazos,
ven a yacer sobre mi
blanco seno;
y soñarás, prendido en estos
lazos,
otro mundo mejor, de hechizos lleno.
Al
goce y al placer roto ya el dique,
te abrazaré, te
besaré anhelante,
como al glorioso emperador Enrique,
que fue mi fiel y apasionado amante.
Pero
la muerte su sepulcro sella,
e inmóvil yace en el
sombrío lecho;
yo antojadiza soy, joven y bella,
y aún ansioso de amor, late mi pecho.
Ven
a mi oculto alcázar cristalino:
allí, galanes,
que el amor engríe,
bailan con damas de esplendor
divino
y el tropel de los pajes canta y ríe.
Allí crujen las túnicas
de seda,
allí rechinan las espuelas de oro;
y tocan
los pigmeos de faz leda
la trompa grave y el timbal sonoro.
Como al glorioso emperador
un día
te estrecharán mis brazos encendidos:
cuando el marcial clarín le estremecía,
con
besos le tapaba los oídos.
(1825-1826)
¡Cantares! ¡Cantares míos!
¡En marcha! En marcha otra vez!
Sonad trompas y añafiles;
ceñid vuestras armas bien;
y a la encantadora niña,
que rindió todo mi ser,
como reina y soberana,
alzadla sobre el pavés.
¡Salud,
bellísima reina!
por ti el sol escalaré,
y arrancándole la aureola
de oro y luz y rosicler,
daré la mejor diadema
a tu consagrada sien.
De
la seda azul del cielo,
do con viva nitidez
los diamantes
de la noche
centellean en tropel,
rico jirón desgarrando,
imperial manto he de hacer,
y verás tus regios hombros
engalanados con él.
Formarán
tu servidumbre
y tu cortesana grey
aristocráticas
odas,
y por mayor honra y prez,
almibarados sonetos
y
madrigales también.
Por
batidores, discretas
agudezas te daré;
mi fantasía
estrambótica
tu bufón habrá de ser;
y mi agridulce humorismo
tu heraldo de buena ley,
llevando
risas y lágrimas
por divisa en el broquel.
Y
yo mismo, reina mía,
arrodillado a tus pies,
en
cojín de terciopelo,
mi razón te ofreceré,
mi razón, o lo que de ella,
por compasiva merced,
dejóme la que en el trono
tu predecesora fue.
por la playa triste y húmeda;
el cárdeno
sol poniente
rojos destellos fulgura.
Ruedan olas espumosas
que escondida fuerza impulsa,
y a mis plantas avanzando,
trémulo canto preludian.
Misteriosas
voces fingen
que en el corazón retumban,
silbidos,
risas, sollozos,
suspiros, llantos y súplicas;
y
brota de su armonía
embelesadora música,
cual las plácidas canciones
que columpiaron mi cuna,
cual los olvidados cuentos,
cual las leyendas confusas,
que aprendí, niño inocente,
a la luz de ocaso
turbia,
cuando del umbral paterno
sentado en las piedras
duras,
a otros niños escuchaba
con la boca abierta
y muda,
los ojos fijos y absortos
y el alma llena de angustia;
mientras las niñas mayores,
vírgenes bellas
y puras,
formando un grupo de rosas
con sus cabecitas rubias,
entre los tiestos de flores
que la ventana perfuman,
brillaban
y sonreían
al resplandor de la luna.
El sol radiante y purpúreo
declina con pompa regia
hacia la mar, que se extiende
nacarada y cenicienta;
enfrente la opaca luna,
entre nubes
que la velan,
el rostro descolorido
temerosa transparenta,
y en pos, cual dorado enjambre,
vienen todas las estrellas.
Juntos un día
y felices
cruzaron la azul esfera,
luna y sol, fieles esposos,
dioses de la luz él y ella
y de los menores astros
las muchedumbres espléndidas
tiernos hijos inocentes,
su común séquito eran.
Malas
lenguas atizaron
disensiones y querellas;
y al fin, a los
dos esposos
separaron malas lenguas,
Hoy,
durante el claro día,
con solitaria grandeza,
el
astro-rey los espacios
celestiales señorea;
y el
hombre feliz y altivo
lo adora, canta y celebra.
Pero en
la lóbrega noche
aparece triste y bella
la luna,
madre infelice,
con toda su prole huérfana;
y en
éxtasis melancólico
le dan lágrimas
y endechas
la doncella enamorada
y el pensativo poeta.
¡La pálida
luna! siempre
constante, amorosa y tierna,
a su celestial
consorte
dulce cariño conserva.
Cuando la tarde
se apaga
asoma indecisa y trémula,
entre las nacientes
brumas,
y al lejano sol contempla.
Quizás afligida
exclama:
-«Ven, nuestros hijos te esperan!»
pero el astro
soberano,
avivando más su hoguera
con las rojas
llamaradas
del despecho y la soberbia,
busca en el piélago
frío
lecho de viudez perpetua.
Malas
lenguas ponzoñosas
sembraron de esa manera
en los
eternos esposos
cuita y amargura eterna.
Y los dos míseros
astros
surcan la región etérea
desconsolados
siguiendo
la interminable carrera;
y como son inmortales,
continuo, voraz, sin tregua,
entre luces y fulgores
su
duelo espléndido llevan.
¡Más
dichoso yo mil veces,
hijo infeliz de la tierra!
¡más
dichoso, pues, al menos,
tendrán término mis
penas!
Obscura y fría es
la noche ;
gruñe el mar alborotado;
sobre las
aguas tendido
el aquilón boca abajo,
como un viejo
que chochea,
les cuenta cuentos extraños,
guerras,
ardides y burlas
de gigantes y de endriagos,
y a la vez
canta y aúlla,
en su gaznate mezclando
con evocaciones
rúnicas
conjuros escandinavos;
y es tan feroz su
alegría,
tan grotesco su sarcasmo,
que surgiendo
del abismo
en tropel desordenado,
saltan y gritan gozosos
los hijos del Océano.
Por
la playa tenebrosa
que humedece el mar amargo,
desconocido
extranjero
avanza altivo y gallardo.
Si hay borrasca en
mar y viento,
aun es mayor la de su ánimo.
En donde
fija la planta
saltan rojizos chispazos,
y las conchas
de la orilla
crujen rotas a su paso,
Avanza entre negras
sombras
envuelto en su obscuro manto,
y su fijo rumbo guía
débil resplandor lejano,
que en una mísera
choza
fulgura trémulo y vago.
Allá
en el mar está el padre,
allá en el mar el
hermano;
joven, sin madre, la hija
en el hogar solitario,
joven, sin madre, y hermosa
como un ensueño fantástico.
Cerca del fogón sentada,
halagadores presagios
oye en la negra caldera
que hierve lenta, y va echando
ramas que chisporrotean
al fuego medio apagado.
Sopla después,
e iluminan
llamas de fulgores cárdenos
su bello
rostro encendido
y sus hombros de alabastro,
que descubre
mal ceñido
el corpiño grueso y áspero,
y sus manos hacendosas,
sus breves y blancas manos
que
al mórbido talle anudan
el desprendido refajo.
De
pronto se abre la puerta,
entra el extranjero, y ávido
clava en la cándida niña
dulces los ojos
huraños.
Estremécese la hermosa
cual lirio
en trémulo vástago,
y él sonríe
y se adelanta,
la capa al suelo arrojando.
-«Mira, cumplí
mi palabra»
dice, entre tierno y ufano;
«Vine, y vinieron
conmigo
los buenos tiempos de antaño,
los tiempos
en que los dioses
bajaban enamorados.
y a las hijas de
los hombres
se unían, y de esos lazos
nacían
reyes gloriosos
y héroes, de la tierra pasmo.
No
te asombres, pues oh niña,
al ver mi celeste rango;
prepárame una caliente
taza de té, y de ron
cárgalo,
porque en la maldita playa
sopla un cierzo
de mil diablos,
y también en estas noches
las deidades
atrapamos
un inmortal garrotillo
o algún divino
catarro».
La luz del sol resplandeciente brilla
sobre el móvil cristal del mar inquieto,
y allá,
a lo lejos, en la abierta rada,
espera dócil el bajel
velero,
para llevarme a los perdidos lares,
soplo feliz
del suspirado viento.
Yo, reclinado en la arenosa duna,
que de la árida playa se alza en medio,
leyendo
estoy los cantos inmortales,
eternamente hermosos de Odiseo
en los que suenan las revueltas olas,
y aspiro de los dioses
el aliento,
gozo la aurora del linaje humano,
y el cielo
azul de la Hélada contemplo.
Leal
mi corazón, sigue afanoso
en los azares de su rumbo
incierto,
al hijo de Laertes. Afligido
con él, extraño
huésped, tomo asiento
en el dichoso hogar, donde
las reinas
hilan purpúrea lana. A sus esfuerzos
uno mi afán cuando sagaz escapa
del antro del Gigante,
o de los tiernos
abrazos de la ninfa apasionada;
en las
ciméreas sombras con él entro
y le sigo en
borrascas y naufragios,
sus cuitas y peligros compartiendo.
Y suspirando exclamo:-«¡Cuán
terribles
tus iras son, engañador Poseidón!
Temblando estoy por el retorno». Digo,
y el espumoso mar
hierve al momento;
la frente, que coronan verdes juncos,
saca del agua, y su robusto pecho,
el poderoso Dios; mírame
esquivo,
y me habla así con mofador acento:
-«Nada
temas, poetilla,
de
las olas ni los vientos;
no
es digno de tempestades
tu
mísero barquichuelo,
ni
tu inocente existencia
de
afanes, sustos y duelos.
No
encendiste, pobre vate,
jamás
mi rencor tremendo,
ni
en las murallas de Troya
la
menor brecha has abierto;
ni
una pestaña arrancaste
al
ojo de Polifemo,
ni
Palas, la sabia diosa,
fue
tu consejera y Méntor».
Dice así el
dios con desdeñoso labio,
y en el hirviente mar se
hunde de nuevo;
y suenan bajo el agua carcajadas,
y es
que a sus toscas befas hacen eco
Amfitrite, la diosa pescadera,
y las hijas idiotas de Nereo.
la sombra empieza a caer;
sentado en la extensa playa
miro con triste avidez
danzar las revueltas olas
en espumoso
tropel;
y mi corazón con ellas
alborótase
también.
Memorias y anhelos vagos
surgen y crecen
en él,
porque tu voz y tu imagen
oigo y miro, dulce
bien;
tu imagen que sobre todo
flota siempre, pura y fiel;
tu voz, que en todo la escucho,
y en todo la escucharé,
en el viento que solloza,
en la ola, muerta a mis pies,
y hasta en el propio suspiro
de mi recóndito ser.
Con ligera caña
escribo
en la arena: «Te amo, Inés».
Y suspirando
traidora,
mansa viene la ola infiel,
y al punto borra la
dulce
declaración de mi fe.
¡Caña
frágil! ¡Leve arena!
¡Pérfida mar! ¡Ola cruel!
Para nada os quiero; nunca
a engañarme volveréis.
En la selva escandinava
crece altivo, entre otros cien,
abeto, que al cielo sube,
ese abeto arrancaré,
En las entrañas del Etna
fuego eterno se ve arder;
en las entrañas del Etna
hundiré el tronco
después.
Con esa tremenda pluma
y esa tinta escribiré
en la bóveda enlutada
de la noche: «Te amo, Inés».
Entre los vívidos
astros
las cifras de mi querer
brillarán todas las
noches
hoy y mañana y después.
Generaciones
de ángeles
veránlas resplandecer,
y por siglos
de los siglos
repetirán: «Te amo, Inés».
El cielo azul tiene estrellas
de hermosísimo fulgor,
el hondo mar perlas bellas;
yo, un tesoro mejor que ellas,
en mi corazón: su
amor.
Mayor es que
cielo y mar
mi corazón proceloso;
astros y perlas
al par
son bellos, a no dudar;
pero es mi amor más
hermoso.
Niña,
aunque es muy pobre don,
acepta mi corazón.
Corazón,
y mar, y cielo,
funden en igual anhelo,
su amorosa adoración.
Si en la celestial
esfera
do brillan los astros de oro,
posar los labios pudiera!
¡Cuán dulce y plácido lloro
por mis mejillas
corriera!
¡Estrellas!
sois sus pupilas,
que a través del negro tul,
en
desordenadas filas
me saludáis intranquilas
desde
el firmamento azul.
Y
hacia el azul firmamento
levanto calenturiento
los brazos
con hondo afán,
y a vosotras siempre van
espíritu
y pensamiento.
¡En
mi sien, astros de amor,
derramad vuestro fulgor,
y roto
el lazo del alma,
en ese mundo mejor
dadme vida, luz y
calma!
Así
en lóbrego y pequeño
camarote sueño
a solas,
mecido en el frágil leño
por el
vaivén de las olas,
por la ilusión de mi ensueño.
Y por la abierta escotilla
miro ansioso y soñador
cómo allá,
en el cielo, brilla
la luz pura y sin mancilla
de tus ojos,
dulce amor.
Y tus
pupilas hermosas,
diciéndome tiernas cosas,
a través
del negro tul,
me sonríen cariñosas
desde
el firmamento azul.
Hacia
esa altura divina
sin temor y sin enojos
mi espíritu
se avecina,
hasta que blanca neblina
pasa y me roba tus
ojos.
Y en la tabla
do indolente
recliné feliz la frente,
se estrella
la mar obscura;
y así misteriosamente,
a mis oídos
murmura:
«Remontas
mucho tu afán;
cortos tus brazos serán
para
alcanzar tu tesoro:
clavados al cielo están
los
astros con clavos de oro.
»¡Inútil
es el fervor
de tu anhelo engañador!
Amigo, si quieres
creerme,
cierra los ojos y duerme:
¡Eso será lo
mejor!»
Dormí,
soñé; la nieve se extendía
sobre una
inmensa y árida llanura,
y bajo aquella alfombra
blanca y fría
estaba yo en estrecha sepultura.
Brillaban
las estrellas rutilantes
vertiendo en mi sepulcro su fulgor;
mirábanme tranquilas y triunfantes,
con la plácida
luz de inmenso amor.
ruge con terrible cólera;
latigazos de los vientos
encabritan a las olas;
y como grandes montañas
pasan en carrera loca.
El mísero barquichuelo
bríos
busca, fuerzas toma,
sube a la líquida cumbre,
y
apenas la cumbre dobla,
abre la mar negro abismo,
y en
él se hunde y se desploma.
¡Pérfida
mar! ¡fiera madre
de la deidad más hermosa,
la que
entre rizos de espumas
nació en tus entrañas
hondas!
¡Abuela del Amor-niño!
bien tu condición
denotas.
Ya con alas palpitantes,
vuela siniestra gaviota;
ya el sangriento pico aguza
en el mástil codiciosa;
ya husmea voraz la presa,
y esa presa ¡mar traidora!
es
mi corazón, que llena
de tu bella hija la gloria,
y tu nieto, el rapazuelo,
por juguete pueril toma.
¡Toda súplica es inútill
¡Toda plegaria es ociosa!
Olas y vientos en guerra
mi
voz apagan y ahogan,
y como tropel de orates
silban, rugen
y alborotan.
Pero ¿qué vago murmurio
llega al alma
soñadora?
Es la vibración del arpa,
es voz
dulce y melancólica,
canto que el alma desgarra,
canto que el alma transporta,
y de esa voz y ese canto
conozco todas las notas.
En
la escocesa ribera
álzanse cortadas rocas,
y en
las rocas una torre,
de mar y playa señora.
Hay
en la soberbia torre
ventana de estrecha bóveda,
hay en la estrecha ventana,
dama pálida y hermosa.
Soberana es su hermosura
y es su palidez marmórea;
y canta y el arpa pulsa,
y las brisas bulliciosas
sus
blondos bucles agitan,
y sus cantares arrojan
a la inmensidad
sombría
de las turbulentas olas.
el sol en las aguas brilla;
verde surco de esmeraldas
en ellas abren las quillas.
Junto
al timón, el piloto
ronca, echado panza arriba;
bajo el mástil, el grumete
zurce velas descosidas.
Tiemblan sus labios; se encienden
bajo el hollín sus mejillas;
sus hermosos ojos negros
no se sabe adonde miran,
Pues
el capitán, airado,
se yergue ante él y le
grita:
«Mala pécora, un arenque
me has birlado de
esa pipa».
Está la
mar encalmada;
la dorada cabecita
saca un pez y sus aletas
el móvil cristal agitan.
La
gaviota de los aires
rápida se precipita,
y con
el pez en el pico
vuela y se pierde de vista.
del buque, inmóvil
y absorto,
en las aguas cristalinas
ávidos clavo
los ojos.
Más adentro y más adentro
van entrando
codiciosos,
hasta que sombras inciertas
me velan el negro
fondo.
Pero las inciertas sombras
acláranse poco
a poco,
y con pálidos matices,
y con trémulos
contornos,
dibujan torres y cúpulas,
portales, muros
y fosos.
Antigua ciudad flamenca
contemplo, por fin, atónito;
pero animada y viviente
con sus moradores todos.
Ancianos
de noble traza
con la negra capa al hombro,
con blanquísima
gorguera,
cadenas y dijes de oro,
la luenga espada en el
cinto,
la gravedad en el rostro,
van y vienen por la plaza
del mercado bullicioso,
por el ancho graderío
del
popular Consistorio,
donde imperiales imágenes,
labradas por rudo escoplo,
velan calladas e inmóviles,
con acero, cetro y globo.
Ante
las casas, que lucen
vidrieras de alegres tonos,
y en largas
y rectas filas
se extienden a un lado y otro,
pasan con
crujir de seda
bajo los tilos frondosos,
damiselas de buen
talle,
de semblante ruboroso
que ciñe negra toquilla,
cárcel de sus rizos blondos;
y a la castellana usanza
engalanados los mozos,
las siguen y las obsequian
con
sonrisas y piropos.
Nobles matronas y dueñas
con
holgantes mantos lóbregos,
y en las descarnadas manos
rosario y libro devoto,
hacia el templo se encaminan,
y avivan sus pasos cortos
repiques de las campanas
y vibraciones
del órgano.
¡También
en el alma mía
retumbáis, ecos sonoros!
Anhelo
infinito y vago,
afán secreto y recóndito,
del corazón mal curado
todas las fibras han roto.
Paréceme que su herida
besan labios cariñosos,
y las cicatrices saltan
y mana sangre de pronto,
y la
sangre va cayendo
gota a, gota y poco a poco;
va cayendo
al mar profundo,
va cayendo al negro fondo,
va cayendo
en una casa,
una casa que conozco,
una casa, que, desierta,
tristeza inspira y enojos;
y a la ventana, una hermosa
imagen del abandono,
la frente apoya en la diestra
y en
el alféizar el codo;
¡y esa niña triste y
sola
es la hermosa, que yo adoro!
¡Así
te ocultaste, ingrata,
a mi amor inmenso y loco!
¡Así
te ocultaste, ingrata,
por un femenil antojo,
en otro mar,
aun más grande,
en otro mar, aun más hondo!
Y regresar ya no puedes,
y allí vives, no sé
cómo,
para ti, todos extraños,
y tú
extraña para todos.
Yo
te busco sin sosiego,
yo te busco sin reposo,
te busco
por todas partes,
te busco de todos modos,
amor que siempre
idolatro,
ilusión que siempre lloro,
ventura que
siempre anhelo,
felicidad que hoy recobro.
Sí,
te hallo al fin, y de nuevo
miro tu espléndido rostro,
y tu radiante sonrisa
y tus soñadores ojos;
y jamás
he de perderte,
pues todas mis dichas logro,
y con los
brazos abiertos
a tus dulces brazos corro.
Digo
así, y al tiempo mismo,
ya doblando el cuerpo todo,
del capitán que me agarra
siento el brazo vigoroso,
y su voz oigo, que grita:
-«Doctor, ¿os lleva el demonio?»
¡Bien estáis en el
abismo
insondable de la mar!
Imágenes engañosas,
¡bien en el abismo estáis!
Disteis a mis luengas
noches
sueños de dicha falaz,
y aún, al resplandor
del día,
me perseguís sin cesar.
¡Yaced,
yaced sepultadas
por toda la eternidad!
Al abismo que os
esconde,
quiero también arrojar
mis amarguras y
enojos,
mi anhelo y mi tierno afán,
el gorro de
cascabeles
de mi locura fatal,
que tanto tiempo en mis
sienes
su música hizo sonar,
y el infame disimulo
de mi ser, triste disfraz
del alma mía, que enferma
de loca incredulidad,
de Dios renegó y los ángeles,
y maldecida aún está.
¡Hurra!
soplaron las brisas;
todas las velas soltad;
tersas, crujientes
e hinchadas,
comienzan a palpitar.
La móvil nave
resbala
sobre el rizado cristal,
y gozosa el alma mía
recobra la libertad.
¡Thalatta, sí, thalatta! 37 37
¡Oh mar, oh eterno mar, yo te saludo
con animoso pecho
y con voz grata!
Diez mil veces, oh mar, mi labio rudo
te aclama, como un día,
cuando el hogar cercano aparecía,
te aclamaron, con himnos de victoria,
tras luenga y ruda
y desigual porfía,
los diez mil combatientes de la
historia.
Las olas
espumantes
rodaban y mugían altaneras;
el sol con
arreboles deslumbrantes
teñía las riberas;
volaban espantadas las gaviotas
al aire dando sus discordes
notas;
relinchaban gozosos los corceles;
chocaban los broqueles;
y en la extensión, que inmensa se dilata,
sonaba
el grito salvador: ¡Thalatta!
¡Oh
mar, eterno mar, yo te saludo!
Como voz del hogar, en mis
oídos
suena tu voz, cuando a tu orilla acudo;
en
tu móvil cristal mi fantasía
finge de la niñez
sueños queridos;
y otra vez vuelve a la memoria mía
el recuerdo de aquellas
de la infancia dichosa joyas bellas,
de aquellos sorprendentes
de Noche-Buena espléndidos
presentes,
conchas pintadas, pececillos de oro,
nítidas
perlas, ramas purpurinas
de brillante coral, todo el tesoro
que escondes en tus urnas cristalinas.
¡Cuánto
en extraña tierra
sufrí! Como arrancada
flor,
que en su bote de latón estrecho
el botánico
encierra,
mustióse el corazón dentro del pecho;
y como enfermo soy, que en triste lecho
pasó el
invierno, en lóbrega morada,
y luego, el mal curado,
de repente
goza de Primavera, al esplendente
rayo del sol
de Abril, alborozada;
y con blandos arrullos
le saludan
los ramos cimbradores
cubiertos de capullos;
y con sus
ojos llenos de fulgores
contémplanle las flores;
y todo arde y palpita,
y alienta, y resplandece y canta
y grita;
y en la bóveda azul, con trinos suaves,
¡Thalatta! dicen las canoras aves.
¡Corazón
que en la noble retirada
triunfas cual los diez mil! ¡Cuántas,
en duras
contiendas, te acosaron de la odiada
bárbara
grey, temibles hermosuras!
Cayeron sobre mí como
saetas,
de sus rasgados, vencedores ojos,
las miradas inquietas;
mi espíritu intranquilo
hería su palabra
engañadora,
arma de doble filo;
y aumentaban mis
duelos insensatos
sus cartas, en mal hora
llenas de deliciosos
garabatos.
En vano, en vano tras el fuerte escudo
me guarecí:
silbaba el dardo agudo;
los golpes a los golpes sucedían,
y las beldades ¡ay! del Norte rudo
hasta tu playa, oh mar,
me perseguían;
hasta tu playa, donde al fin aliento,
y con pecho animoso y con voz grata
el grito de victoria
doy al viento:
¡Thalatta, oh mar libertador, Thalatta!
yace la hinchada tormenta;
murallón de obscuras
nubes
el turbio horizonte cierra,
y con angulosas ráfagas
resplandece el rayo entre ellas;
resplandece y se disipa,
cual luminosa ocurrencia
que cruzó del padre Jove
por la olímpica cabeza.
Sobre las desiertas olas
el trueno retumba y rueda;
desenfrenados galopan
con las
blancas crines sueltas,
corceles que engendró el
Bóreas
en las erictonias yeguas;
y las marítimas
aves
lúgubres revolotean,
cual las sombras de los
muertos
en las estigias riberas,
cuando Carón las
rechaza
de su barca ya repleta.
¡Ay,
desdichada barquilla!
¡Ay, infeliz barquichuela,
que la
danza estás danzando
más peligrosa y siniestra!
Eolo burlador envía
porque su juguete seas,
los
músicos más sonoros
de su estrepitosa orquesta.
Unos silban, otros soplan,
otros te acosan y obsequian
con figles que se acatarran
o trompas que se destemplan,
y el piloto dando tumbos,
junto al timón, siempre
en vela,
fija la vista en la brújula,
alma del bajel
inquieta,
alza las manos y exclama:
«¡Acudid en mi defensa,
Cástor, triunfador jinete,
Pólux, invencible
atleta!»
¡Esperanza y amor! ¡Todo
perdido,
deshecho y roto!... Y yo ¡desventurado!
como
un cadáver soy, que embravecido
a la ribera el mar
ha vomitado.
El piélago desierto miro enfrente;
duelos detrás, congojas y amarguras;
y nubes sobre
mí, nubes obscuras,
hijas deformes del pesado ambiente.
Sus odres en el mar continuamente
llenan, y sin sosiego,
llevándolas en hombros afanosas,
en el mar otra
vez los vierten luego:
labor interminable, aborrecida,
y a pesar de sus ansias trabajosas,
estéril ¡ay!
como mi propia vida.
Gimen
las olas, lanzan sus graznidos
las gaviotas, y surgen halagüeños
recuerdos de otra edad medio perdidos.
Imágenes
borradas, vagos sueños,
llenos al par de encantos
y de enojos,
tristemente risueños,
brillan de nuevo
a mis cansados ojos.
Allá
en el Septentrión vive una hermosa,
de beldad soberana
y deslumbrante
su talle esbelto, como palma airosa,
ciñe
cándida túnica flotante.
De su frente, de
trenzas coronada,
bajan en luengos rizos sus cabellos,
tan negros y tan bellos
como noche feliz y sosegada.
Su
pálido semblante pensativo
esos obscuros rizos embellecen,
y los ojos en él con fulgor vivo
como dos soles
negros resplandecen.
¡Soles
negros! ¡Cuán dulce el alma mía
en vuestros
resplandores
bebió la ardiente inspiración
un día!
Y al fijaros en mí fascinadores,
¡cómo ¡ay Dios! vacilaba y sucumbía!
Una sonrisa
púdica, inocente,
abría entonces tierna y
cariñosa
el labio de mi bella displicente,
una sonrisa
tan tranquila y pura
como rayo de luna en noche obscura,
tan dulce como aliento de una rosa;
y encumbrando mi espíritu
su anhelo
cual águila caudal volaba al cielo.
¡Callad, olas del mar embravecido!
Roncas aves, callad! ¡Todo perdido,
dicha, esperanza, amor!
Triste y doliente
náufrago yazgo en playa sin guarida,
y en la infecunda arena aborrecida
llorando escondo la
ardorosa frente.
en fúlgido raudal de oro fundido
trueca el mar,
y en la playa
tan clara como el día rutilante,
pero
más dulce y tímida desmaya.
En el sereno cielo
esclarecido
no brilla ningún astro,
y pasan a través
de sus cristales
blancas nubes, fingiendo colosales
ídolos
de alabastro.
Mas ¿qué
miro? No son blancos vapores;
son ellos, sí, son
ellos;
los de la antigua edad dulces señores,
los
de Grecia risueña, dioses bellos.
¡Las deidades de
ayer! vencidas, muertas,
vanos espectros hoy, sombras inciertas,
que, con vano reproche,
cruzan sin par las bóvedas
desiertas
de la enlutada noche.
Asombrado
contemplo
convertidos los cielos luminosos
en soberano
templo;
y en movimiento blando
los pálidos colosos
tristes y pensativos van pasando.
Cronos,
el rey de la celeste esfera,
aparece el primero; escarcha
fría
cubrió su cabellera,
que el olimpo,
al moverse, estremecía;
con cansado desmayo
empuña
ya su diestra inútilmente
el apagado rayo;
infortunio
y dolor nublan su frente;
pero aún augusta huella
de la antigua soberbia miro en ella.
Eran
tiempos mejores,
Zeus, los tiempos en que ninfa bella
saciaba,
o hecatombe ensangrentada,
tus divinos furores;
mas no
hay eterno nada:
sucede el joven dios al dios anciano;
tu mismo, tú, con temeraria mano
¿no despojaste en
desigual partida,
a los titanes y a tu padre cano,
Júpiter
parricida?
Aún la soberbia
Juno está a tu lado,
¡vanos fueron, oh diosa tus
desvelos!
otro el cetro ha empuñado,
y no eres ya
la reina de los cielos.
Tus grandes ojos, que el dolor apena,
cierras, penden tus brazos de azucena
mustios, y ya no
alcanza
a la virgen que a un dios abrió los brazos,
ni al héroe que nació de sus abrazos,
tu
implacable venganza.
¡Cuán
triste vienes tú, Palas prudente;
a las deidades
defender no pudo
tu poderoso escudo,
ni preservarlas tu
perspicua mente.
¡Tú,
Afrodites, también! Hoy plata pura
son tus dorados
rizos;
espanto me da y miedo tu hermosura,
a pesar de que
aún miro en tu cintura
el ceñidor falaz de
tus hechizos.
Si obtuviera tu amor, tan grato. un día,
¡oh Venus voluptuosa!
espantado en tus brazos moriría,
cadavérica diosa.
Te convirtió la suerte
en deidad pavorosa de la muerte.
Marte
de ti se aparta, y con celosa
pasión ya no te mira;
aburrido suspira
Febo-Apolo, el divino mozalbete,
y de
su floja mano cae la lira
que alegraba el olímpico
banquete.
Y aún suspiras
tú más, cojo Vulcano,
al ver que la ambrosía
perfumada
no sirves al Congreso soberano,
y que llevó
por siempre el viento vano
de los dioses la eterna carcajada.
No os amé nunca, dioses
altaneros:
no fueron mi ilusión los inconstantes
griegos jamás, ni los romanos fieros;
más
siento grima y compasión al veros,
vencidos, tristes,
pálidos y errantes.
Y al pensar cuán hipócritas
y crueles
los tristes dioses son, que os han vencido,
y
rigen hoy a los humanos fieles;
zorros, que de cordero blancas
pieles,
por mejor dominarlos han vestido,
combatir por
vosotros yo quisiera,
llena el alma de cólera sombría,
y los nuevos altares destruyera
y vuestro buen derecho
defendiera
perfumado de amor y de ambrosía.
Yo los
antiguos templos renovara,
poblándolos de víctimas
y flores,
y a los pies de vuestra ara,
a los profundos
cielos brilladores
los suplicantes brazos levantara.
Cierto
es que al revolver de las edades,
en toda fiera lid, los
vencedores
os tuvieron propicias ¡oh deidades!;
pero es
más noble el corazón humano,
y yo, en vuestros
combates repetidos,
tomo parte, aunque en vano,
por los
dioses vencidos.
Digo así;
los espectros se enrojecen;
míranme tristes con supremo
anhelo,
y súbitos después desaparecen.
Cubre
la luna tenebroso velo;
brama la mar, y triunfadoras, bellas,
rasgando nubes brillan en el cielo
las eternas estrellas.
llena el alma de tristezas,
un mancebo contemplaba
la
mar profunda y desierta,
y a las inconstantes olas
decía
de esta manera:
«Explicadme
el tenebroso
misterio de la existencia,
el inescrutable
enigma,
el viejísimo problema,
el que ocupó
noche y día,
tantas humanas cabezas,
unas de asiáticas
mitras
o de turbantes cubiertas,
otras, de negro birrete
o de peluca tremenda
y fue, por siglos y siglos,
tormento
de todas ellas.
¿Qué es él hombre? ¿Cuál
su origen?
¿Cuál su fin? ¿Qué hace en la tierra?
¿Cuál ser es el ser que vive
tras las cerúleas
esferas?»
Y las olas
inconstantes
gemían su queja eterna:
pasaban las
pardas nubes,
soplaba la brisa inquieta,
indiferentes y
mudas
fulguraban las estrellas;
¡y allí estaba el
pobre loco
aguardando una respuesta!
Pasó un ave, volando
del ocaso,
volando
hacia el oriente,
volando hacia los límites remotos
de
sus patrios vergeles,
hacia el bello país donde los
árboles
balsámicos
florecen;
donde airosas las palmas se columpian
y
brotan frescas fuentes;
y así, volando, el ave prodigiosa
cantaba
dulcemente.
-«Le ama
la hermosa, le ama sin saberlo;
sin
saberlo le quiere;
siempre lleva su imagen en el alma;
pero
escondida siempre.
Sólo en la vaga sombra de sus
sueños
gentil
se le aparece,
y ella entonces, le besa entrambas manos,
suspira,
llora, ruégale,
lo llama por su nombre y al nombrarlo
despierta
de repente;
los blancos dedos por los ojos pasa
y
de sí misma teme,
y es que la hermosa le ama sin
saberlo,
sin
saberlo le quiere».
Al
pie del mástil del velero buque,
inmóvil
sobre el puente,
escuchaba feliz el dulce canto
del
peregrino fénix.
Las alteradas olas, cual si fueran
verdinegros
corceles,
luengas crines de plata sacudían,
a
lo lejos perdiéndose;
tropel de cisnes con abiertas
alas
fingían
los bajeles;
en el eterno azul, blancas brillaban
las
nubecillas tenues,
y en medio de ellas la encendida hoguera
del
luminar celeste,
rosa inmortal del firmamento puro,
faro
resplandeciente,
a quien brindan los cielos y los mares
espejos
y doseles.
Y los cielos y el mar y el alma mía
en
concierto solemne,
formaban solo un eco repitiendo:
«¡Le
quiere, sí, le quiere!»
¡Feliz quien al puerto llega
y a la mar la espalda vuelve,
y libre ya de sus riesgos,
se sienta cómodamente
en el abrigado sótano
de la taberna de Bremen!
¡Cuán
bello y sereno el mundo
en mi copa resplandece!
y ese inquieto
microcosmo
que en la roja linfa hierve,
del labio al sediento
pecho,
¡cuán dulce y grato desciende!
Todo en el
cristal brillante
a mis ojos aparece:
cosas de antaño
y de hogaño,
lo pasado y lo presente,
griegos y
otomanos juntos,
Gans discutiendo con Hégel.
Allá,
bosques de naranjos,
aquí militantes huestes;
Túnez
al lado de Hamburgo,
Berlín tocando con Memfis,
y en medio de todas esas
imágenes esplendentes,
la angelical cabecita
de mi amada brilla siempre,
sobre
el fondo de oro fino
del vino del Rhin alegre.
¡Cuán
hermosa, vida mía,
cuán hermosa y gentil eres!
Eres rosa: no la rosa
de Shiraz, que allá en Oriente
ama el ruiseñor; no aquella
rosa de Sarón
celeste,
que los profetas cantaron
en sus místicos
vergeles.
Eres la rosa más bella
de cuantas fueron
y fueren,
rosa de las rosas, ¡rosa
de la taberna de Bremen!
Cuanto más los días pasan
más espléndida
floreces;
y tu aroma me extasía
me transporta, de
tal suerte
que en el duro suelo diera
¡ay Dios! a no sostenerme
en sus fraternales brazos
el tabernero de Bremen.
¡Valeroso
camarada!
Mano a mano y frente a frente
bebemos y discutimos
cuanto nos viene a las mientes,
las cuestiones más
abstrusas
los problemas más rebeldes.
Después
dulces suspiramos,
y haciendo unas cuantas eses,
o voy
a dar en sus brazos
o en mis brazos a dar viene.
El, en
mis santos propósitos
me confirma y me sostiene;
por mis propios enemigos
bebo y brindo alegremente;
perdono
a los malos vates
(¡logre yo iguales mercedes!),
y al fin
llanto de ternura
mis pupilas humedece.
Abrense entonces
las puertas
que guardan discretamente
la bodega sacrosanta
¡para mí la gloria! y vense
en fila los doce Apóstoles
(¡doce soberbios toneles!)
que, mudos, a todo el mundo
catequizan y convierten,
pues su universal idioma
todos
los hombres entienden.
¡Cuán hermosos personajes!
de tosco roble vistiéronse;
mas tanto por dentro
brillan,
fulguran y resplandecen,
cual los ufanos levitas
que en el templo alzan la frente;
como aquellos cortesanos,
que lucían insolentes
en el palacio de Herodes
sus brocados y joyeles.
¡Dios del cielo y de la tierra!
¡Señor! He pensado siempre
que, al vivir en este
mundo,
vuestros compañeros fieles
fueron personas
de viso,
no grosera y zafia plebe.
¡Aleluya!
Verdes palmas
de Bethel, ¡cómo trasciende
y me halaga
vuestro aroma!
Mirra de Hebrón ¡qué bien hueles!
Santo Jordán, ¡cómo ondula
y desmaya tu corriente!
Ondulante yo desmayo
también, y trémulo y
débil
ondula el buen tabernero,
y a empellones y
vaivenes
me hace subir la escalera
al sol y al aire volviéndome.
Contempla, buen tabernero
de la taberna de Bremen,
tropel de angelitos rubios
en
los tejados de enfrente;
por sus cantos y sus risas
cuán
ebrios están se advierte.
Mira el sol allá
en el fondo
de la bóveda celeste;
nariz es que victoriosa
la borrachera enrojece,
del espíritu del mundo
nariz tremenda y solemne,
y el universo beodo
en torno
suyo se mueve.
Como en fértil campiña
mies lozana,
así brotan en haces apretados
los
pensamientos en la mente humana,
y aquéllos que inspiraron
los amores,
son como las que veis en los sembrados
rojas
o azules flores.
¡Flores rojas
o azules! Displicente
os deja el segador; el campesino
sin piedad os destroza;
y el mismo pasajero indiferente,
aunque alegráis su vista en el camino,
os llama
«estéril broza».
Mas la doncella del lugar, que goza
tejiendo su guirnalda,
ávida os busca con sus ojos
bellos,
os recoge en su falda,
os coloca después
en sus cabellos,
y, así adornada, vuela
a la plaza,
do en ecos repetidos
resuenan el rabel y la vihuela,
o
al matorral espeso, que ella sabe,
donde escucha otra voz,
a sus oídos
más que el rabel y la vihuela
suave.
(1831)
En los palacios y los museos
veréis pintado paladín rudo,
que revistiendo
nobles arreos,
embraza ufano lanza y escudo.
Pero
risueña tropa de amores
lo envuelve en giros de alegre
danza,
échale al cuello lazos de flores
y le despoja
de escudo y lanza.
Así,
entre dulces cadenas muero,
llorando inútil vanas
porfías,
mientras esgrimen otros su acero
en los
combates de nuestros días.
Blanco está el
árbol que asiento
te da glacial a sus pies,
y escuchas gemir el viento,
y en el cielo ceniciento
pardas
nubes pasar ves.
Todo
está yerto y helado;
monte y valle, selva y prado;
y con mortal desazón,
ves al invierno albergado
en tu propio corazón.
De
pronto, el ramaje mueve
sobre ti el árbol llueve
ráfagas alabastrinas,
y tú, que son imaginas
copos de escarcha y de nieve.
Pero,
a los pocos instantes,
ves con risueños asombros,
que son pétalos fragantes
los que dispersos y errantes
cayeron sobre tus hombros.
¡Oh
prodigio halagador!
Diciembre truécase en Mayo,
la nieve cámbiase en flor,
y tu corazón a
un rayo
se abre otra vez, del amor.
al soplo de blanda brisa,
y el sol en la azul esfera
dice,
con dulce sonrisa:
-«¡Bienvenida, oh Primavera!»
Te oigo otra vez, ruiseñor,
ora alegre y trinador,
ora triste y quejumbroso;
pero,
doliente o gozoso,
¡tu canto siempre es de amor!
La hermosa noche del
Abril florido
abre sus ojos apacibles ya;
el amor te
ha postrado y abatido;
¡él
te levantará!
Entre
las hojas, en la muda calma,
trina feliz el tierno ruiseñor,
y ensancha el corazón y eleva el alma
su
canto halagador.
Amo a una hermosa flor;
no sé a cuál de ellas,
y
por eso suspiro.
Un alma busco, y sus corolas bellas
una
por una miro.
La flor
trasciende al expirar el día;
cantan
los ruiseñores;
un alma busco, como el alma mía,
rendida
a los amores.
Cantan
los ruiseñores y comprendo
sus
ayes desmayados;
estamos por igual, a lo que entiendo,
medrosos
y azorados.
brillan el árbol y la flor hermosa;
y
resbalan con lánguido desmayo
allá en el cielo
azul nubes de rosa.
El
ruiseñor sencillo
canta dichoso en la flexible rama;
ligero brinca el rubio cabritillo
sobre la alfombra de
mullida grama.
Yo,
con las ansias mías,
doliente yazgo en el vergel
risueño;
oigo sonar lejanas armonías,
y sueño
sin saber qué es lo que sueño,
placentera melodía
como un eco celestial;
hiende
la región vacía
¡oh canción primaveral!
Vuela a la floresta
umbrosa,
y entre las flores, allí,
encontrarás
una rosa;
saluda a la flor hermosa,
salúdala tú
por mí.
La bella mariposa ama
a la rosa
y vuela en torno de sus rojas galas;
ama
el sol a la bella mariposa
y su brillante luz quiebra en
sus alas.
Pero la
esquiva rosa ¿por quién arde?
Si he de deciros la
verdad, lo ignoro.
Quizás ama a la estrella de la
tarde;
ama quizás al ruiseñor canoro.
No sé a quien ama la
encendida rosa;
mas yo amo a todos con igual amor;
estrella
de la tarde, mariposa,
rosa, rayo de sol y ruiseñor.
Todo canta en la floresta,
la rama, el nido y la flor.
¿Quién es, en la alegre
fiesta
el experto director
que tan bien rige la orquesta?
¿Es la formal ave fría
quien el dulce coro guía?
¿Es la abubilla pedante
que nos cansa todo el día
con su cut-cut incesante?
¿Es la cigüeña
quizás
la que, con su larga pata,
lleva el seguro
compás,
y hace callar o desata
las voces de los
demás?
¡Ah! no; el
docto profesor
que así preside la fiesta,
lo llevo
yo en mi interior:
es gran director de orquesta,
creo que
se llama Amor.
« El ruiseñor
dio comienzo
cantando sus dulces coplas,
y brotaron
verdes céspedes,
lirios, alelís y violas.
Con el pico abrióse el pecho
y saltó la sangre
roja;
surgió un rosal de la sangre;
se llenó
el rosal de rosas,
y el ruiseñor a esas flores
su
amor cantó y sus congojas.
Su hermoso canto a las
aves
unió en fraternal concordia;
pero si cesa algún
día
su voz, moriremos todas,
y morirá juntamente
la selva que nos aloja».
En
el nido que la encina
guarda oculto entre sus frondas,
así a los gorrioncetes
el gorrión alecciona.
Dice mientras pío, pío,
la maternal gorriona,
que, como ama de la casa,
en sitio de honor reposa.
Es
pájara muy casera,
muy buena cobijadora,
que jamás,
cuidando el nido,
se altera ni se alborota.
En tanto, el
pájaro viejo
fácil pasatiempo logra
dándoles
a sus hijuelos
educación religiosa.
Tibia noche de Abril
en dulce calma
abre todas las flores; si se aduerme
en descuidados éxtasis el alma,
¡cuán fácil
al Amor será el prenderme!
Mas
¿cuál de tantas deliciosas flores
rendir podrá
mi voluntad serena?
dícenme los parleros ruiseñores:
«Guárdate de la cándida azucena».
Crece el afán,
estallan los enojos,
y el seso otra vez siento transtornado.
La primavera y dos hermosos ojos
contra mi corazón
se han conjurado.
¡Primavera!
¡Pupilas amorosas!
¿Por qué me habéis robado
la razón?
¡Ay! también -o sé poco de
estas cosas-
andan los ruiseñores y las rosas
en
la conjuración.
llorar, llorar con amoroso
llanto,
con llanto de tristeza y alegría.
¡Cómo
temo, alma mía,
que al fin consigas lo que anhelas
tanto!
¡Ay!
la amarga ventura
del amor y su dulce sufrimiento,
penetrar
en la hondura
del mal curado corazón ya siento.
Entre las verdes hojas
indiscretas
los ojos brillan del Abril florido,
y son
las azuladas violetas
que para hacerte un ramo he recogido.
En ti pienso, y las
miro dulcemente,
y todos mis ensueños seductores
conforme van brotando de mi mente,
publicándolos
van los ruiseñores.
Publicándolos
van, y el fugaz viento
los esparce después en vuelo
suave;
mira cómo mi oculto pensamiento
toda la selva
lo conoce y sabe.
y me roza tu vestido,
siento loco frenesí,
y se
lanza en pos de ti
mi corazón atrevido.
Mas
si en movimiento leve
fijas en mí la atención,
tal tu mirar me conmueve,
que a seguirte no se atreve
mi cobarde corazón.
la
flor de la laguna,
y un ósculo callado y amoroso
le
da la blanca luna.
La
frente avergonzada
la
flor baja al instante,
y en el agua la faz ve retratada
de
su pálido amante.
a través de mi cantar,
siempre, cual sombra de amor,
verás con vago fulgor
hermosa joven pasar.
Si tienes fino el oído
escucharás su querido
acento con embeleso,
y canto,
risa o gemido,
ha de trastornarte el seso.
Su
voz, su mirada amante
te robarán paz y calma;
e
irás por la selva errante,
llevando siempre delante
los dulces sueños del alma.
-« En noche de primavera,
poeta, ¿qué haces aquí?
las flores de la
pradera
se han vuelto locas por ti.
»Están
las púdicas rosas
encendidas; azoradas
las violetas;
las medrosas
azucenas desmayadas».
-«¡Luna,
me cuentas horrores!
raza bien sentimental
es la raza de
las flores!
¡Hice mal; pero muy mal!
»Mas
¿quién hubiera creído
que escuchaban todas
ellas
cuando mi amor, conmovido,
declaraba a las estrellas?»
me miras tan tierna y dulce,
que ni abrir puedo los labios,
trastornado por sus lumbres.
De
tus azules pupilas
todos mis anhelos surgen,
y mi alma
inunda un torrente
de pensamientos azules.
Ya está otra vez
mi corazón vencido;
domada está otra vez
su estéril ira;
el soplo del Abril lo ha enternecido
y nuevo esclavo del amor, suspira.
Sigo
las alamedas del paseo,
atento a mi ilusión camino
errante;
si un sombrero de paja lejos veo
pienso encontrar
su celestial semblante.
Recorriendo
las márgenes del río,
al viejo puente voy
con mis antojos,
por si pasa en su coche el dueño
mío
y se encuentran sus ojos con mis ojos.
Y en el sordo rumor de la
cascada
una voz oigo, para mí elocuente,
y traduzco
en el alma apasionada
lo que dice esa voz de la corriente.
Cruzo el parque soñando
sin sentirlo,
y me pierdo en su dédalo intrincado,
y oculto en la maleza silba el mirlo
burlándose
del loco enamorado.
la esencia, que entrega al viento?
¿Sabe el diestro ruiseñor
el halago embriagador
que nos produce su acento?
No lo sé, y es grave
cosa
averiguar la verdad:
si mienten pájaro y rosa
¡qué mentira tan sabrosa
y de cuánta utilidad!
porque te adoro tanto, huyo de ti.
¿Cómo elevar
mi frente dolorida
junto a tu rostro floreciente? di.
Tal me ha puesto el amor que
doy espanto;
y al verme, te apartaras tu también.
Huyo de ti porque te adoro tanto;
no
te enojes, mi bien.
Entre las flores voy,
hermoso dueño,
y florece a la par mi corazón;
voy vacilante, como en vago sueño,
como
en fugaz visión.
Sosténme,
dulce bien. Turba mi mente
la embriaguez del amor, que estalla
ya;
y me postro a tus plantas, y de gente
lleno
el jardín está.
La imagen de la luna
se estremece
en las olas del mar, tristes y obscuras;
y lejano su disco resplandece
tranquilo
en las alturas.
Así
tú pasas plácida y tranquila,
¡oh dulce amor!
en inocente calma,
y tu imagen triunfal tiembla y vacila
en
el fondo de mi alma.
nuestros dos pechos también;
cariñosos se
estrecharon
y se comprendieron bien.
Pero
tu confederada,
la que tu pecho adornó,
la fresca
rosa, aplastada
en el abrazo quedó.
el que inventó el reloj,
y en horas y minutos
el tiempo dividió?
Hombre frío sería,
frío y calculador.
Las noches del invierno
insomnes
las pasó,
contando uno por uno
los pasos del ratón
y el rechinar del triste
gusano roedor,
que, oculto en
la madera,
excava su prisión.
Dime,
¿quién el primero
los besos inventó?
Hombre
feliz seria,
de ardiente corazón,
que, al inventar
el beso,
sólo en besar pensó.
¡Era en el
dulce Mayo;
abríase la flor,
trinaban los jilgueros,
resplandecía el sol!
¡Cómo los frescos
alelís trascienden!
El cielo es de azul pálido
y en él
son las estrellas, que su luz encienden,
abejas de oro en volador tropel.
Blanca,
alegre, feliz, quinta cercana
miro entre negros árboles
brillar;
rechina la vidriera en la ventana,
y la querida
voz oigo charlar.
¡Dulce
y viva emoción que inunda el pecho!
¡tierno y tímido
abrazo del amor!
¡y están las rosas nuevas en acecho!
¡y preludia su canto el ruiseñor!
¿No he soñado
ya estos sueños?
¿no he amado ya estos amores?
¿no eran ¡ay! tan halagüeños
aquellos besos
risueños
y aquellas fragantes flores?
Luz
de luna mal velada
¿no entraba también filtrada
en nuestro nido de yedra?
¿no velaban a la entrada,
cual
hoy, deidades de piedra?
¡Ah!
Bien sé que en giro leve
huye siempre la ilusión;
y al soplar el cierzo aleve,
cubre una capa de nieve
los
campos, y el corazón.
Y
mañana olvidaremos
la ventura que hoy gozamos
hoy,
que tanto nos queremos
y con tan dulces extremos
¡ay de
mí! nos abrazamos.
¡Oh dulces besos en la
sombra hurtados,
y que en la sombra el labio devolvió!
¡Cuán dulces vuestros goces regalados
son para el
alma que constante amó!
Extasiados
en plácidas memorias
y en esperanzas de mayor placer,
pensamos nuevas dichas y victorias
de venideros días
entrever.
Mas cuando
el beso estalla delirante
¿quién puede discurrir
y razonar?
¡Llora, mi bien; nada hay en ese instante
más
dulce que llorar!
Era un rey triste y anciano,
un rey de cabello cano,
de alma enferma y pesarosa;
a
niña muy hermosa dióle
trono, cetro y mano.
Era un paje alegre
y bello,
de suelto y rubio cabello,
de alma amorosa y lozana;
llevaba, orgulloso de ello,
la cola a su soberana.
¿Sabes esa historia cruel?
Siempre en mi pecho
llagado triste y dulce ha resonado.
Murieron reina y doncel;
se querían demasiado.
Agólpanse otra
vez al pensamiento
las bellas sombras que borró
el olvido.
¿Qué es lo que tiene tu amoroso acento,
que
así me ha conmovido?
No
digas que me quieres. Todo cuanto
brilla en el mundo y seductor
florece,
primavera y amor, vida y encanto,
todo
expira y fenece.
¡No
digas que me quieres, dulce dueño!
bésame
silenciosa: así me agradas.
Y sonríe mañana,
si te enseño
las rosas frescas hoy, ya deshojadas.
de la luna abren los tilos
sus aromáticas flores;
llenan los bosques tranquilos
gorjeos de ruiseñores.
»Ven aquí,
mi fiel amante,
y veremos sin congojas
cómo tiembla
palpitante
el rayo puro y brillante
de la luna entre las
hojas.
»Mira, como
un corazón
las hojas del tilo son;
por eso los que
bien quieren
en la más dulce ocasión
su grata
sombra prefieren.
»Mas
tú en la región vacía
tiendes incierta
mirada,
desatento a la voz mía.
Di, ¿qué
nueva fantasía
surge en tu alma enamorada?»
-«Yo te lo diré, bien
mío:
quisiera que el cierzo frío
tremendo
turbión trajera,
y que ese turbión sombrío
de nieve el campo cubriera.
»Y en un trineo,
en ropón
envueltos, de blandas pieles,
por la nevada
extensión
resbaláramos al són
de látigo
y cascabeles».
A la luz de la luna,
en selva umbría,
los elfos voladores vi pasar
en corceles blanquísimos, y oía
sus
trompas resonar.
Llevaban
sus corceles cuernos de oro
y trotaban con loco frenesí,
como los cisnes que en tropel sonoro
volar
a veces vi.
La reina,
con sonrisa leve y fría,
en volador escape me miró.
¿A mis nuevos amores aludía,
o
mi cercana muerte presagió?
Voy al campo, y violetas
ruborosas
busco y te envío todas las mañanas;
vuelvo al campo al ocaso, y de las rosas
elijo para ti
las más lozanas.
¿Sabes
tú lo que dicen, vida mía,
esas flores, galantes
mensajeras?
Que me quieras constante todo el día,
y por la noche, que también me quieras.
Tu carta cruel de recibir
acabo,
querida,
y no me amarga.
Dices que ya no me amas; pero, al cabo,
¡tu
epístola es tan larga!
¡Doce
planas completas! Y es, hermosa,
tu
letra bien metida.
Nadie ha gastado nunca tanta prosa
para
una despedida.
No temas que ante la
gente
descubra yo mi ansiedad,
aunque afanoso y ardiente
hable hiperbólicamente
mi labio de tu beldad.
Bajo ese inmenso montón
de metafóricas flores,
que disfrazan mi pasión,
velan su conspiración
nuestros secretos amores.
Y si chispas sospechosas
estallan entre esas rosas,.
no te alarmes, vida mía;
nadie cree en estas cosas
y dirán: «Es poesía».
Los rumores de Abril
en pleno día
penetran en mis noches halagüeños,
cual ecos de una verde melodía
que se deslizan en
mis dulces sueños.
Pero,
como en Edén maravilloso,
trinan entonces más
los ruiseñores,
es el aire más blando y delicioso,
y son más aromáticas las flores.
Las rosas hermosísimas contemplo
con sus nimbos
de luz en la corola,
cual los querubes que en antiguo templo
pintó el artista con dorada aureola.
Yo
mismo entonces imagino y siento
que soy cual otro ruiseñor,
y canto,
y el amoroso afán que experimento
digo
a las rosas con secreto encanto.
Hasta
que me despiertan los fulgores
de la aurora y la tropa charlatana
de esos otros amantes ruiseñores,
que vienen a cantar
a mi ventana.
Con sus piececitos de
oro
por el firmamento el coro
de los astros lento va.
Despertar no quiere al mundo
que en el regazo profundo
de la noche duerme ya.
Los
bosques humedecidos
se vuelven todos oídos;
y silenciosos
también,
en contorsiones extrañas
se estremecen
las montañas
que allá a lo lejos se ven.
¿Qué es ese
trémulo acento
que en el corazón yo siento
con encanto halagador?
¿Suena la voz de mi hermosa,
o
no es quizás otra cosa
que el trino del ruiseñor?
La primavera está
pálida y fría,
hay en sus sueños
inquietud sombría;
hay
tristeza en sus flores;
vaga
melancolía
en la voz de sus tiernos ruiseñores.
¡Hermosa niña,
a quien adoro tanto!
no me sonrías con alegre encanto.
Llora,
querida, llora;
quiero
enjugar tu llanto
besándote la faz encantadora.
el mío debo arrancar...
¡viviera aquí
tan dichoso
sin dejarte a ti jamás!
Rueda
el coche, cruje el puente;
¡oh, cuán turbio el río
va!
¡Adiós! ¡De ti me despido,
de ti, mi felicidad!
Dispérsanse las estrellas,
huyendo de mi quizás...
¡Adiós, mi amor!
Por muy lejos
que me lleve hado fatal,
en mi corazón
tu imagen
por siempre florecerá.
y mustia en seguida está;
vuelve a
florecer lozana,
y así va la vida humana
hasta que
en la tumba da.
Esas
leyes del destino
nubes de mi dicha son;
y, de su mal adivino,
desángrase de contino
gota a gota el corazón.
rostro
de anciano,
con guedejas de pelo
mugriento
y cano;
y
turbio, rojo,
en medio de la frente
no
más un ojo.
Hacia
la tierra mira
con
honda angustia,
y todo al punto expira,
todo
se mustia;
mueren
las flores
y en el alma con
ellas
risas
y amores.
voy al azar por el mundo
triste
y frío;
Otoño a morir camina,
y la pálida
neblina
desplega el manto sombrío.
El
cierzo las sueltas hojas
que yacen mustias y rojas,
lento
mueve;
suspira el pino en el monte,
enlútase el
horizonte,
y lo peor es que llueve.
inundan selvas y prados,
y álzanse por todos lados,
cual espectros funerales,
los árboles deshojados
Uno entre ellos solamente
tierno siempre y floreciente,
con silenciosa armonía
columpia su verde frente,
que dulce llanto rocía.
Mi corazón
parecido
es a ese campo aterido
por tormenta destructora,
y el árbol fresco y florido
es vuestra imagen, señora.
Un cielo gris, triste,
soso;
la ciudad siempre la misma,
contemplándose
en el Elba
pesarosa y aburrida;
narizotas que, al sonarse,
gruñen como antes gruñían,
y que se
inclinan hipócritas
o que petulantes se hinchan...
¡Tierras del sol! ¡Cielo claro
y azul! ¡Deidades benignas!
os adoro más que nunca
desde que otra vez soy víctima
de esta grotesca
gentuza
y este insoportable clima.
I
Las redes evitad, buenos
cristianos,
que
Satanás os tienda;
os contaré la historia
de Tannhauser,
para
que estéis alerta.
Sintió
Tannhauser, noble caballero,
de amor y de placer ansias
frenéticas;
fue a la montaña de la hermosa
Venus;
siete
años vivió en ella.
-«Señora
Venus, mi gentil Señora,
pásalo bien, idolatrada
reina,
voy a marchar de aquí; dejarte quiero,
y
te pido licencia».
-«Tannhauser,
noble caballero mío,
aún tus besos mis labios
hoy esperan.
Bésame
cariñoso,
y explícame las faltas que en mí
encuentras.
»¿No te
escanció jovial todos los días
el mejor vino,
como dulce néctar?
Todos los días, a tu noble
frente,
¿no
ciño rosas frescas?»
-«Señora
Venus, mi gentil Señora,
tósigo son, que suave
me envenena,
tus dulces besos y tu dulce vino.
Hoy amarguras
ansia mi alma enferma.
»Jugamos
y reímos demasiado;
lágrimas sólo mi
dolor anhela,
en vez de frescas rosas, ceñir quiero
de
espinas mi cabeza».
-«Tannhauser,
noble caballero mío,
¿por
qué así te querellas?
No dejarme jamás,
mil y mil veces,
me
ha jurado tu lengua.
»A
mi cámara ven, y gozaremos
las emociones del amor
secretas;
allí tu sangre encenderá mi cuerpo
blanco
cual azucena».
-«Señora
Venus, mi gentil Señora,
florecerá por siempre
tu belleza;
ardieron
por ti muchos,
y arderán otros muchos en tu hoguera.
»Al pensar en los
dioses y en los héroes
a quienes fue tu amor fácil
ofrenda,
casi me causa repulsión tu cuerpo,
blanco
cual azucena.
»Tu
cuerpo, sí, cual azucena blanco,
me espanta aún
más, si en multitud inmensa
imagino tus nuevos gozadores
de
la edad venidera».
-«Tannhauser,
noble caballero mío,
no
hables de esa manera;
prefiero que iracundo me golpees,
como
tú me golpeas.
»Prefiero
que iracundo me golpees
a que me insultes, y mejor quisiera
que para mí, cristiano adusto y frío,
tu
corazón cerrase la soberbia.
»Porque
mucho te amé, recibo y oigo
semejantes
ofensas.
Pásalo bien; ya tienes mi permiso.
Ve;
yo te abro la puerta».
II ¡A
Roma! ¡A Roma! En la ciudad bendita
suenan campanas, cánticos
y rezos.
La
procesión avanza,
y el augusto Pontífice va
en medio.
Es el justo
y piadoso Papa Urbano.
Tres coronas le sirven de ornamento;
de
púrpura es su manto;
llevan su cola nobles caballeros.
-«Escucha, Padre Santo,
Papa Urbano,
tranquilo
no te dejo,
hasta que oyendo en confesión mis culpas,
me
salves del infierno».
Cesan
los cantos místicos; se aparta
formando
corro el pueblo.
¿Quién es el peregrino? Ante el
Pontífice
él
se arrodilla, trémulo.
-«Escucha,
Padre Santo, Papa Urbano,
puedes atar y desatar. Benévolo
sálvame de las llamas infernales,
sálvame
del Protervo.
»Soy
el noble Tannhauser; sentí un día
de amor
y de placer el voraz fuego;
la montaña de Venus busqué
ansioso,
y siete años viví bajo su imperio.
»¡Venus es una hermosa
encantadora
que hechiza el alma y encadena el cuerpo;
es
más dulce que aroma de las flores
y
luz del sol, su acento.
»Como,
sobre la flor, la mariposa,
revolotea, y en su cáliz
tierno
liba la miel, volaba el alma mía
sobre sus
labios, cual las rosas frescos.
»Ciñen
su noble frente
crenchas rizadas de cabellos negros;
cuando
nos miran sus rasgados ojos
el
hálito perdernos.
»Cuando
nos miran sus rasgados ojos,
cautivos somos, en sus redes
presos.
Para escapar de la fatal montaña
hice
un supremo esfuerzo.
»Pude
escapar de la fatal montaña;
pero me van buscando
y persiguiendo
los
ojos de la hermosa,
y por señas me dice: -'Ven de
nuevo'.
»De día
soy cual mísero cadáver;
cobro de noche vida
y sentimiento;
sueño en mi hermosa, y viene, y feliz
ríe
sentándose
en mi lecho.
»Ríe
feliz, regocijada, loca,
y me muestra, al reír, al
descubierto
sus blancos dientes y suspiro y lloro
cuando
en sus risas pienso.
»Amóla
con amor irresistible,
que
reprimir no puedo;
es tremenda cascada, que destroza
los
diques a ella opuestos.
»De
roca en roca salta con blanquísimos
borbotones de
espuma y bronco estruendo;
se
quiebran sus raudales,
mas sigue audaz su curso turbulento.
»El cielo a mi hechicera
le daría,
si fuera mío el cielo,
el
sol, la luna y las estrellas todas
que hay en el firmamento.
»Amóla con amor irresistible,
en cuya viva
hoguera estoy ardiendo...
¿Son éstas ya las infernales
llamas?
¿Los tizones eternos?
»Escucha, Padre
Santo, Papa Urbano;
puedes atar y desatar; benévolo
sálvame de las llamas infernales;
líbrame
del Protervo».
Alzó
la mano majestuosa el Papa,
y le habló en estos términos:
-«Tannhauser infeliz; es imposible
romper
tu encantamiento.
»Es
el peor de los demonios todos
el
que apellidas Venus;
para arrancate a sus hermosas garras,
facultades
no tengo.
»Debe pagar
por siempre el alma tuya
los goces de la carne pasajeros.
Estás ya condenado al perdurable.
suplicio
del infierno».
III Corrió
Tannhauser el mundo
llagados los pies tenía.
Al
monte de Venus vuelve;
media noche es cuando arriba
Despierta
la hermosa Venus;
salta del lecho tranquila;
le tiende
los blancos brazos;
le estrecha cariñosísima.
De su nariz brota sangre,
y lloro de sus pupilas;
con la sangre y con el lloro
el
rostro al galán le pinta.
El,
sin desplegar los labios,
en el lecho se reclina;
ella
al fogón se dirige,
y buena sopa le guisa,
La
sopa y el pan le ofrece;
los pies le cura y le limpia;
le peina bien el cabello;
le alegra con sus sonrisas.
-«Tannhauser,
mi caballero,
larga fue tu correría.
Las tierras
que has visitado
quiero que tú me las digas».
-«Para
el país de los celtas
fue mi primera visita;
asuntos
en Roma tengo,
y allá fui con ansias vivas.
»Roma,
junto al río Tíber,
se encumbra en siete colinas;
hablé con el Padre Santo,
y me dio para ti albricias.
»De regreso, vi a Florencia
y a Milán, ciudad magnífica;
y entré
por los vericuetos
de la selvática Suiza.
»Trepé
animoso, a los Alpes;
desde allí, ¡qué hermosa
vista!
Volaba graznando el águila;
un lago azul
sonreía.
»Cuando llegué
al San Gotardo,
la Germania hallé dormida,
de sus
treinta y seis monarcas
bajo la guardia solícita.
»Vi la escuela de los vates
en Suavia: ¡menuda y mísera
ralea! con chichoneras
resguardan las cabecitas.
»En
Dresde vi el mejor perro
que he visto en toda mi vida;
perdió los dientes; no muerde;
pero ladra todavía.
»En Weimar, grato a las Musas,
tristes lamentos se oían:
'-¡Ha
muerto Goethe!' clamaban;
'¡Y Eckermann aún vive
y triunfa!'
»Oí en
Berlín fuertes gritos,
y pregunté: -'¿Por
qué gritan?'
-'Gans, desde el siglo pasado
lección
igual nos explica'.
» Florecen
todas las ciencias,
mas no dan fruto, en Gotinga,
al llegar
en noche obscura,
no vi una luz encendida.
»Vi
el correccional de Celle;
sólo Hannover lo utiliza;
un correccional nos falta
que a toda Alemania sirva.
»La
honrada ciudad de Hamburgo
es de bandidos guarida;
y cuando
llegué a la Bolsa
aún en Celle me creía.
»Estuve en Altona luego;
tiene hermosa perspectiva.
Lo que me pasó en Altona,
te lo contaré otro día».
Dos hombres hay ante la
iglesia, y visten
los
dos traje purpúreo.
Es uno de ellos el monarca; el
otro...
el
otro es el verdugo.
Dice
al verdugo el rey: -«Ya las postreras
oraciones
escucho;
están cumplidos los nupciales ritos:
el
hacha ten a punto».
Suena
el órgano, suenan las campanas;
sale
el pueblo en tumulto;
y salen entre el séquito brillante
los
esposos en triunfo.
Pálida,
cual la muerte, va la hermosa
hija
del rey adusto;
el bravo Olao, impávido y sereno,
con
sonrisa de júbilo.
Con
sonrisa de júbilo le dice
al
rey: -«Yo te saludo,
suegro y señor; aguarda mi cabeza
el
hacha del verdugo.
»He
de morir; pero hasta media noche
no
sea, y como es justo,
a la boda banquetes y cantares
y
danzas den tributo.
»Permitidme
vivir hasta que apure
mi
labio moribundo
la última copa; hasta que alegre
marque
el
baile el compás último».
-«Sea
como lo pide el noble yerno»
dice
el rey, y al verdugo,
-«Viva hasta media noche», y luego
añade:
-«el
hacha ten a punto».
II
Olao,
con regio banquete
sus tristes bodas celebra,
y apura de
un solo sorbo
la fatal copa postrera.
En los hombros del
mancebo
dobla la hermosa cabeza
la hija del rey sollozando...
y está el verdugo a la puerta.
Nuncia
música festiva
que ya las danzas comienzan,
y Olao
el talle flexible
de su desposada estrecha.
En rápido
remolino,
trazando círculos vuelan,
y es el círculo
postrero...
y está el verdugo a la puerta.
¡Cómo
suspiran las flautas!
¡cuál sollozan las vihuelas!
¡Todos asombrados miran
la hermosísima pareja;
asombrados miran todos,
y el corazón se les vuelca.
Van bailando, van bailando...
y está el verdugo
a la puerta.
Como un ascua
resplandece
la sala del baile espléndida,
y así
en voz baja le dice
Olao a su compañera
-«¡Cuánto
te quiero, alma mía!
¡si comprenderlo pudieras!
¡Cuán frío estará el sepulcro!!!»
Y
está el verdugo a la puerta.
III
Olao,
tu vida concluye,
ha sonado media noche;
sedujiste a una
princesa
con tus livianos amores.
Ya
van cantando los prestes
las últimas oraciones;
ya el verdugo junto al tajo,
se apoya en el hacha inmóvil.
Ya desciende el caballero
hacia el ancho patio donde
brillan espadas y antorchas
con siniestros resplandores.
Y
aún la sonrisa a su rostro
da triunfales arreboles,
y aún extasiado y radiante,
va diciendo estas razones:
-«Bendigo, al sol y a la luna
y a las estrellas menores,
al luminar de los días
y a los astros de la noche.
»Bendigo
a las avecillas
que al aire dan sus canciones,
bendigo
al mar y a la tierra,
a los campos y a las flores.
»
Bendigo a las azuladas
violetas que allá en el bosque
copian de sus ojos claros
los matices y fulgores.
»Bendigo
esos ojos claros,
tumba de mis ilusiones,
y el árbol
a cuya sombra
gocé, oh bella, tus favores».
Godofredo Rudel y Melisenda de Trípoli
¡Oh castillo de Bley! Tus
aposentos
aún con flotantes pliegues cubren hoy
viejos tapices, que con diestra mano
la condesa de Trípoli
bordó.
Los bordó
con la aguja y con el alma,
bañándolos en
lágrimas de amor;
de las escenas de su propia vida
traslado exacto las figuras son.
Moribundo,
en la playa, la condesa
halla a Rudel, el bello trovador,
y al punto mira en él estremecida
al ideal amante
que soñó.
Rudel
mira anhelante a la condesa,
y como celestial aparición,
por vez primera y última contempla
la imagen fiel
de su soñado amor.
Ella
se inclina sobre el yerto joven
y lo estrecha con trémula
emoción,
besando, mudo y lívido, aquel labio
que dijo tantas trovas en su honor.
Y
ese beso feliz de bienvenida
será a la vez el ósculo
de adiós,
y apuran juntos en el mismo cáliz
el mayor goce y el mayor dolor.
¡Oh
castillo de Bley! todas las noches
se oye en tus aposentos
vago són,
y en los viejos tapices las figuras
vida
recobran, movimiento y voz.
Los
fantásticos miembros sacudiendo,
saltan del muro
dama y trovador;
y por las anchas salas van y vienen,
y
vuelven a pasar juntos los dos.
¡Dulces
suspiros!¡inocentes juegos!
¡tiernos secretos de infeliz
pasión!
¡galanterías de los dulces tiempos
del gay-saber, desconocidas hoy!
-«¡Godofredo!
a tu acento cariñoso
se despierta mi muerto corazón;
de sus frías cenizas una chispa
brota del fuego
aquel que me abrasó».
-«¡Melisenda!
mirándome en tus ojos
vida y sentido recobrando voy;
sólo en mí ser murieron para siempre
humano
afán y terrenal dolor».
-«¡Godofredo!
primero nos quisimos
en sueños de dulcísima
ilusión;
hoy en la fría muerte nos amamos:
¡portento es este del flechero dios!»
-«¡Melisenda!
¡Mi bien! ¿Qué son los sueños?
¿Qué
es la muerte? Palabras sin valor.
amor sólo es verdad,
y eternamente
me has de amar tú y he de adorarte
yo».
-«¡Godofredo! ¡Cuán
dulce y deleitoso
es de la luna el tibio resplandor!
Bien
estamos aquí; nunca salgamos
a la importuna claridad
del sol».
-«¡Melisenda! ¡tú
eres, prenda mía,
sol, claridad y ráfaga y
fulgor!
Donde estás allí están la primavera
y la luz, y la dicha y la ilusión!»
Así
diciendo, las gentiles sombras,
de sala en sala van, juntas
las dos,
y a través de la gótica ventana
la luna acecha su vagar veloz.
Hasta
que al fin las viejas galerías
inunda y dora el matutino
albor,
y en los tapices de flotantes pliegues
escóndese
la doble aparición.
En brazos de fada hermosa
yace el noble rey Haraldo;
en el fondo del mar yace,
y
los días van pasando.
Ni
vivir ni morir puede,
tal la fada lo ha hechizado;
y en
ese dulce martirio
lleva ya doscientos años.
La
cabeza el rey descansa
sobre el seductor regazo,
y los
bellos ojos mira,
sin acabar de mirarlos.
Plata
son ya sus cabellos,
su cuerpo está enfermo y flaco;
los pómulos amarillos
saltan de su rostro escuálido.
A veces turban sus sueños
estremecimientos vagos,
cuando bate la borrasca
su cristalino
palacio.
A veces oye, allá
arriba,
gritos de guerra normandos
y alza los brazos de
pronto,
para volver a bajarlos.
A
veces mira a lo lejos
marinos que van cantando;
lo que
cantan los marinos
glorias son del rey Haraldo.
Y
entonces profundo gime,
y la hechicera, al notarlo,
se
inclina, y risueña estampa
beso de fuego en sus labios.
Al jardín todas las
tardes,
cuando quiere anochecer,
la hija del sultán
hermosa
baja y pasea por él.
Junto a la fuente sonora
detiene el paso tal vez
y los limpios surtidores
ve saltar
y oye caer.
Al jardín
todas las tardes,
cuando quiere anochecer,
viene el esclavo
gallardo,
e impasible se le ve
junto a la fuente escuchando
los surtidores también.
Cada tarde, de su rostro,
es mayor la palidez.
Una
tarde la princesa
llega presurosa ante él:
-«¿Cuál
es tu nombre? le dice,
tu patria, esclavo, ¿cuál
es?
-Arabia me dio la cuna;
llamáronme Mohamet.
Soy de aquellos azraítas
que mueren cuando aman
bien».
¡Cuán tristes, oh
Primavera,
cuán tristes son hoy tus goces!
Vírgenes
atribuladas
en ansioso tropel corren,
la túnica
desceñida,
los cabellos en desorden,
y con ayes
lastimeros
«¡Adonis!» gritan «¡Adonis!»
La
luz apaga el ocaso,
y ellas, por valles y bosques,
agitando
rojas teas,
van buscando y dando voces.
Y entre lágrimas
y risas,
y lamentos y clamores,
el eco apesadumbrado
¡Adonis!»
repite «¡Adonis!»
El
más gallardo mancebo,
el más amoroso joven,
tendido entre rosas yace
helado, lívido, inmóvil;
la púrpura de sus venas
colora todas las flores,
y llena todos los aires
el grito «¡Adonis! ¡Adonis!»
Esta mañana, lóbrega
envolvía
la niebla el arrabal de San Marcelo,
tarda niebla otoñal, pálida y fría,
cual noche clara en despejado cielo.
Envuelto
en su penumbra misteriosa,
vagaba yo al azar, cuando asombrado
imagen femenil leve y hermosa
cual rayo de la luna, vi
a mi lado.
Cual un
rayo apacible de la luna
deslizábase muda, tenue
y bella,
no vi en Francia jamás mujer alguna
tan
gallarda y airosa como aquella.
¿Era
la misma luna, que del carro
nacarado bajó, y al
mundo vino,
porque halló, más hermoso y más
bizarro,
otro Endimión en el Cuartel latino?
Marché a casa pensando:
temerosa
de mi se recataba y se escondía:
sin duda
me tomó la casta diosa
por Febo, el boquirrubio,
que el sol guía.
Era un astro, y tan fúlgido
brillaba
que a fuerza de brillar cayó del cielo.
¿Qué es el amor, oh niña, me preguntas?
Astro
caído en un montón de estiércol.
Como roñoso can, muerto
y corrupto,
de podredumbre hedionda está cubierto;
el gallo canta; gruñe y en el fango
su lascivia
feroz revuelca el cerdo.
Caiga
yo en el jardín, donde las flores
me aguardan ya
con impaciente anhelo;
y encuentre allí, como anhelante
imploro,
pulcra la muerte y perfumado el féretro.
Se amaban con frenética
pasión;
ella era una ramera; él un ladrón;
cuando él fraguaba alguna fechoría,
se echaba
ella en la cama, y se reía.
Pasaba
el día en huelga y sin afán,
y la noche en
los brazos del galán;
cuando se lo llevó la
policía,
del balcón lo miraba, y se reía.
Él, de la cárcel,
le mandó decir
que no podía sin su amor vivir;
a un lado y otro lado ella movía
la cabeza fisgona,
y se reía.
A
las seis lo colgaron; al sonar
las siete, lo llevaron a
enterrar;
cuando daban las ocho el mismo día,
ella
se emborrachaba, y se reía.
Sé que a los jardines
regios
de las Tullerías va
todas las tardes
la hermosa
rubia, que es mi dulce imán,
y que bajo
sus frondosos
castaños la he de encontrar.
La acompañan
dos odiosas
damas de madura edad.
¿Son sus tías?
¿son dragones
con femenino disfraz?
Las dos dueñas
bigotudas
horrible miedo me dan,
y aun mi corazón
inquieto
más miedo me hace pasar;
y así,
cuando en los jardines
me cruzo con mi beldad,
ni el más
mínimo requiebro
me decido a pronunciar,
y apenas
en mis pupilas
arde el interior volcán.
Hoy
he sabido su nombre
por pura casualidad;
se llama Laura,
lo mismo
que la hermosa provenzal,
por el excelso poeta
amada con loco afán.
¡Se
llama Laura!, ¡Qué dicha!
me encuentro en el caso
igual
que el Petrarca, cuando ansioso
consagraba a su deidad
de sonetos y canciones
inagotable raudal.
¡Se
llama Laura! y lo mismo
que Petrarca, he de gozar
la platónica
delicia,
la pura felicidad
de embriagarme en la dulzura
de su nombre celestial.
Al
fin y al cabo, Petrarca
no consiguió nada más.
¡Ah, señora Fortuna!
inútilmente
desdeñosa te muestras. Tus
favores
conquistaré con ánimo valiente
como
todos los bravos luchadores.
En
la reñida lid caerás domada;
ya forjo el yugo
al que serás uncida;
pero al verte a mis plantas
desarmada,
siento en el corazón mortal herida.
La
roja sangre brota en largo río
y el dulce soplo del
vital aliento...
y cuando el triunfo que anhelé,
ya es mío,
ceder mis fuerzas y morir me siento.
paladín de los creyentes,
en los brazos
de una hermosa
disfruta el mayor deleite,
y el mismo Alah
poderoso
se complace y goza viéndole
disfrutar del
Paraíso
anticipados placeres.
Odaliscas le rodean
bellas como hurís celestes;
una las barbas le riza,
otra le ha ungido las sienes,
otra la cítara pulsa,
baila y canta alegremente,
y el pecho le besa, en donde
todas las delicias hierven.
Suenan
trompetas de pronto,
fragor de encontradas huestes,
choque
de espadas y alfanjes,
estampidos de mosquetes,
y entre
ellos voces que gritan:
-«¡Gran señor, los francos
vienen!»
En su caballo de guerra
intrépido monta
el héroe;
como en sueños, corre al campo
del combate, porque siempre
de los brazos de su hermosa
los dulces halagos siente,
y mientras caen a sus golpes
cabezas de los infieles,
cual feliz enamorado
sonríe
tranquilamente.
La corriente resbala brilladora;
cuán vivo es el amor en Primavera!
Teje fresca guirnalda
la pastora
y sonríe sentada en la ribera.
Las flores dan al viento su
ambrosía;
¡cuán vivo en Primavera es el amor!
-«¿A quién esta guirnalda yo daría?»
¿dice
la hermosa llena de rubor?
Un
caballero pasa galopando;
la saluda con júbilo al
pasar.
La bella lo contempla palpitando,
y una pluma a
lo lejos ve ondular.
Arroja
al río las brillantes flores,
y prorrumpe en un llanto
agobiador.
¡Cómo cantan los tiernos ruiseñores!
¡cuán vivo en Primavera es el amor!