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Velasquita la villana

(Leyenda histórica)

Eusebio Martínez de Velasco

Pilar Vega Rodríguez (ed. lit.)

I

QUE DEBIERA SER INTRODUCCIÓN

Corría el año de gracia

de novecientos ochenta

y tres -poco más o menos,

si es exacta nuestra cuenta.

El fiero Almanzor reinaba

en Córdoba, la agarena1,

y Don Bermudo, el Gotoso2

dos años hacía apenas

que de Asturias y León

ceñía la insignia regia.

Si corría noble sangre

de cien héroes por sus venas,

si sombrearon su cuna —156—

los laureles de cien guerras

¿quién duda que el rey tenía

según las crónicas cuentan,

mucha altivez y bravura,

mucha hidalguía y nobleza?

Pero también el monarca,

al lado de tales prendas,

como hombre mortal tenía

sus lunares y flaquezas.

El buen rey, siempre acosado

por fastidiosa dolencia,

y no hallando, en las boticas

de aquellos tiempos, recetas

para aliviar sus dolores

y consolarse en sus penas,

donde menos se pensaba

dióse a buscarlas tal priesa,

que perdió a menudo el seso

por lo que muchos... ¡por ellas!

Dicen las historias.- Roncos

los añafiles3 de guerra

sonaban ya en los linderos

de la castellana tierra,

y abandonando el monarca

don Bermudo la defensa4

de León a don Guillén

de González -cuyas tropas5... —157—

no pasaban de mil bravos

leoneses, dos banderas

de Galicia y unos pocos

asturianos, gente fiera

y leal, y arrojada, pero

que representaba apenas

una vigésima parte

de la hueste cordobesa-

marchó el buen rey, con algunos

cortesanos, y la regia

insignia, y cien ballesteros,

entre interminable hilera

de monjas, curas y frailes,

con reliquias, cruz enhiesta,

incensarios y blandones6,

nada menos que a la iglesia

de San Salvador de Oviedo

(memoria del rey don Fruela),

para orar ante el sepulcro

del Rey Casto, a la manera7

de popular peregrino

que cumple una penitencia,

por mover a Dios (decía)

con oraciones más tiernas, —158—

e izar el pendón sagrado

de Covadonga y Auseba.

Y estorbólo el diablo.- A Mieres

llegó el peregrino apenas,

cuando un audaz cortesano

de esta suerte le interpela:

-Señor ¡he visto una chica!

-¿Linda?

-Como una azucena.

-¿Y pura?

-Como un arcángel.

-¿Joven?

-Quince primaveras.

-¿Buena moza?

-¡Ya lo creo!

-¿Es noble?

-Villana a secas.

-¿Llámase, pues?

-Velasquita.

-¿A dónde mora?

-Aquí cerca.

-Por buen bocado la tienes

-¡Buen bocado es la pechera!8

-¡Ampáreme Dios!... ¡La gota!...

-No está lejos la receta.

-¿Y si las gentes murmuran?

-¿Y si otro agarra la presa?

-¿Y si los días se pasan

y avanza el Califa mientras?

-Más si olvidáis el remedio

y los dolores arrecian —159—

Me convences, Fernán-Díaz:

esa chica es brava pesca.

Ténganse las procesiones,

y al diablo todo por ella.

Desde entonces, al monarca

se le agravó la dolencia

y en Mieres fijó los reales9

para tomar las recetas.

Y se olvidó de los curas

y de funciones de iglesia,

y de cirios y reliquias,

y de preces lastimeras;

viniendo a perder el seso,

no obstante sus bellas prendas

y el bordón de peregrino,

por lo que muchos, ¡por ellas!

Entretanto, por Castilla

resonaba la tormenta

¡Ay de Bermudo el Gotoso

si se aduerme en la indolencia!10 —160—

II

CUYAS PALABRAS ENCANTAN

Es una noche de otoño

callada, pura y serena,

sin nubes en el espacio,

sin rumores en la tierra.

Levántanse sobre el mundo

la luna y miles de estrellas

de luz esplendente, límpidos

faros que la Providencia

colocó en el firmamento,

cuyas azules y etéreas

gasas ricos pabellones

y cortinajes semejan,

bordados, cual regio manto,

de brillantes y de perlas.

Hacia la villa de Mieres,

por una torcida senda,

dirigen dos encubiertos

caballeros la carrera

de sus corceles; y en anchas

y oscuras capas envueltas

sus formas, y sus facciones

guardadas tras la visera

de férreo yelmo, dos sombras

de amedrentadora esencia,

al través de la penumbra,

los negros bultos semejan. —161—

Los arranques impetuosos

de sus trotones11 refrenan,

que con gentil gallardía

rebotan y se impacientan;

y estos, de nevada espuma

tiñendo el peto y las riendas,

y bajo el herrado casco

desenterrando centellas,

ya van por angosto valle,

ya por alto risco trepan,

ya cruzan secos arroyos,

ya en llano caracolean.

A lo lejos una casa

se descubre, de apariencia

pobre, oculta entre el follaje

de silenciosa arboleda:

de tímida tortolilla

la blanca imagen presenta,

en bello jardín de amores

¡dormida sobre azucenas!

Y, al distinguirla, el jinete

que lleva la delantera

se vuelve sobre su asiento

y al otro así le interpela:

-Fernán-Díaz, ¿la morada

de Velasquita es aquella?

-Cabal, señor.

El llamado

respetuoso le contesta. —162—

Y presuroso el primero

su bravo corcel sujeta,

le atusa la crin, se inclina

sobre el alto arzón12, se apea,

y arroja a su compañero

con gran altivez las riendas,

a la par que le dirige

razones iguales a estas:

-«Sabéis ya que en esa casa

ventilar debo una cuenta:

testigos no me hacen falta

con que esperad a que vuelva.

Si alguno va, y os conoce,

sin deteneros la seña;

más si lo ignora, y pregunta

¡cuidado y guardad la lengua!

Ea, adiós, y no dormirse,

¡Que en ello os va la cabeza!».

Y dejando al infelice

Fernán con la boca abierta

de puro miedo, el hidalgo

se perdió tras la arboleda.

[...]

Entre las toscas paredes

de aquella humilde vivienda,

dos labradores pasaban

su trabajosa existencia. —163—

Él nombrábase Mantello

y Olalla nombrábase ella,

y ambos en edad ¡guales

e iguales en genios eran.

Matrimonio venturoso,

a pesar de su pobreza,

sin títulos ni blasones

de encopetada ascendencia,

nunca del desdén quejóse

de la fortuna ligera

que con ceñudos enojos

miróle la vida entera.

Mas no se hallaba una viuda,

ni desmayada doncella,

ni huérfano desvalido,

ni lisiado de la guerra,

si acaso se aparecían

en el umbral de su puerta,

a quien consuelos no diese,

o edificantes sentencias,

o abrigo en sus pobres lares,

o cariñosa asistencia.

Mas no solos: una niña,

de quince abriles apenas,

las privaciones y angustias

partía de su pobreza.

ídolo de los esposos,

y arcángel de su existencia,

desde sus años pueriles —164—

alzábase la pechera

como el viento casquivana,

como los necios soberbia,

como las aves alegre,

pero como nadie, bella.

Como nadie; que envidiara

su blanca tez la azucena;

el coral, sus labios rojos;

su dentadura, las perlas;

su airoso talle, los lirios,

y el sol naciente, sus trenzas.

Siempre que al umbral salía

de su escondida vivienda,

los nobles y los pecheros

parábanse a conocerla;

siempre que entraba, buscando

sermón o misa, en la iglesia,

los hombres, al fin, perdían

sermón y misa por ella;

siempre que daba la mano

en giraldillas y fiestas13,

los mozos, ante el concejo,

la aclamaban por su reina.

Y sin quererlo, inspirando

con su extremada belleza,

a los mancebos ternura,

y a los decrépitos quejas, —165—

y celos a las casadas,

y envidias a las solteras,

y admiración a los niños,

y sentimiento a las viejas,

era la hermosa villana

de Asturias la mejor perla.

Y con tal hija, felices

en medio de su pobreza,

pasaban los dos ancianos

su trabajosa existencia.

En retirado aposento

de su morada sencilla,

que alumbra una lamparilla

con pálida claridad,

medio escondida entre el hueco

de una rústica ventana

está la linda villana

sentada en la oscuridad.

Apoya sobre una mano

su picaresco semblante,

con otra el velo flotante

sostiene de su brial14,

y, acaso a molesto sueño

o a dulce ilusión rendida,

reclínase adormecida

sobre campestre sitial.

Al verla así, sobre el pecho

su bella barba apoyada —166—

y su brillante mirada

velando también al par,

diríase que la niña,

fingiendo la soñolencia,

la imagen de la indolencia

se gozaba en retratar.

Delante de ella, en racimos

que enlazan gruesas ligas,

de amarillentas espigas

se ve ordenado montón,

que con destreza sus dedos

menudamente enriestraron15

y en torno las colocaron

del reducido salón.

Súbito la errante brisa,

que afuera gime liviana,

por la entreabierta ventana

penetra en fugaz desliz,

y, entre los pliegues flexibles,

de su aromático aliento,

desconocido un acento

-¿Velasquita? -apenas diz.

A cuya voz la villana

su inmóvil postura deja,

alzándose hasta la reja

con altanero desdén;

y al par que tiende la vista —167—

por la sombría espesura,

con voz argentina y pura

tímida interroga: -¿Quién?

Y aun corría su eco débil

en las ráfagas del viento,

cuando un hidalgo, al momento,

miró Velasquita allí;

y ella asomada a la reja

y él delante de la casa,

los dos, con prudencia escasa,

diálogo hicieron así:

-¿Qué quiere el galán aquí?

-Hablar con la hermosa dama.

-¡Franco sois! ¿Cómo se llama?

-Don Bermudo.

-¿A secas?

-Sí.

-¡Por mi fe, que no es de ley

nombre tan estrafalario!

¿Con el don?

-Es necesario.

-¿Tan noble?

-Deudo del rey.

-¡Jesús! ¿Qué loco abandono

os conduce a una villana?

-¡Tente! La hermosura allana

hasta las gradas del trono.

-¿Lisonjero?

-Enamorado.

-¡Pláceme vuestra razón!

¿Sois de Asturias?

-De León —168—

y aquí, por verte, he llegado.

-¡Chist!... Más bajo

-¿Cómo?

-Es tarde,

y este silencio no auxilia.

-¿Qué temes?

-Que mi familia

nos oiga, y sospechas guarde.

-¿Te persigue?

-Mucho.

-¿Mucho?

-¡Ni a sol ni a sombra me deja!

Si una vez salgo a la reja,

detrás pisadas escucho.

-¡Pobre niña!

-Y ¿saber puedo

adonde echáis vuestra planta?

-Hacia la Cámara Santa

de San Salvador de Oviedo16.

-¿Por capricho?

-En romería.

-¡Devoto sois, don Bermudo!

-Un clérigo carrilludo,

por mis pecados, me envía:

allá me manda el buen cura,

a guisa de penitencia,

porque a un villano, en pendencia,

despaché a la sepultura.

¡Qué risa!

-Mas, si un secreto

quieres oír ¡de interés!

-Con mucho gusto: hablad pues.

-Pero...

-¿Y bien?

-Salvo el respeto

que tú, niña, te mereces,

di: ¿con precaución no escasa,

entrar no puedo en tu casa?

-¡Deteneos!

-¿Te enfureces?

-¡Insensata es vuestra mira!

¿Sabéis quién soy yo, señor?

-Un ángel ¡ángel de amor

que sólo pureza inspira!

-¡Así me gusta! Hablad, pues.

-Aquí, en retiro profundo,

jamás la dicha del mundo

ni tú comprendes, ni ves.

Di: si un joven, seductor,

rico, bravo y de nobleza,

prendado de tu belleza

te jurase eterno amor;

y de tu rostro algún día

el ruin tocado arrancase,

y en su lugar te adornase

con sedas y pedrería;

y a Oviedo te condujera

vestida de ricas galas,

para que en doradas salas

tu gracia resplandeciera;

y allí bizarros torneos —170—

se hiciesen por ti, y hazañas,

por ti sortijas y cañas17,

festines y galanteos;

por ti funciones ruidosas

los próceres celebrasen,

y en ellas te proclamasen

la reina de las hermosas

-¡Callad, callad!

-¿Qué dirías

si ese joven seductor

eso te diese y su amor?

Dime, niña: ¿le amarías?

-¿Podrá ser cierto?

-Lo juro.

-Pero ese hombre ¿dónde está?

¿conocéisle vos?

-Quizá.

-¡Sacadme, por Dios, de apuro!

Yo no le conozco...

-¿No?

¿Si le vieses?

-Le amaría.

-¿Mucho?

-¡Mucho!

-¡Vida mía!

Pues ámame, que soy yo.

Y el galán que las paredes,

mientras decía, escalaba,

cuando esta frase acababa

sobre la reja se halló;

y, alzándose de repente,

en la pálida mejilla

de la pechera sencilla...

sonoro beso estampó.

-¿Conque vos sois, don Bermudo?

-¿Y oyes tú mi amante lloro?

-¡Virgen María!... ¡Os adoro!

-¿Me seguirás?

-¡Ah! No dudo.

-¡Bien haya, hermosa, tu amor

que por mi dicha se afana!

¿Cuándo, pues?

-Venid mañana,

venid sin ningún temor.

-Al caer la tarde te espero.

-No faltaré, no, a la cita.

-¡Adiós, gentil Velasquita!

-¡Adiós, gentil caballero!

Cerróse en breve la reja

y huyó la rendida amante,

y el encubierto al instante

montó a caballo, y se fue.

-Diz que mientras galopaba

decía así por lo bajo:

-«Esto es hecho: sin trabajo

¡buena receta encontré!».

Desapareció.- La puerta

se abría en aquel momento,

y en el pequeño aposento —172—

Olalla trémula entró;

quien, al hallar de la reja

las maderas entornadas,

con voces descompasadas,

de esta suerte prorrumpió:

-¿Qué es esto, niña? ¿Qué miras?

-¡Ah!.. Yo... nada. Aquí... señora...

-¿Con quién hablas a tal hora?

-Si no hablaba

-¡Más mentiras!

¿Qué besabas?

-Esta cruz

que tengo en el cuello puesta.

-¡Ya!... ¡me gusta la respuesta!

A ver, acerca esa luz

¡Pronto, pronto!

-¡Qué manía!

Lo digo yo, y es bastante

-¿Me replicas?

-Al instante,

pero...

-¿Me traes la bujía?

-Madre, si nada ha pasado

-¡Silencio!... Lo dicho, dicho.

-Tomad ¡Jesús, qué capricho!;

¡Ay!

-¡Infeliz!

-Se ha apagado

Iba ya a coger Olalla

la sedienta lamparilla,

cuando la joven ¡sencilla!

dejóla al suelo caer.

Y aunque la opaca arboleda

miró al fulgor de la luna

la pobre madre, ninguna

sombra humana pudo ver. —173—

Eso te probará, lector querido,

que el mundo siempre ha sido

y siempre habrá de ser, año tras año,

lo mismo que es hogaño.

Siempre el señor dinero,

favorito sin par de las bellezas,

será el gran caballero

que asedia, y acomete, y avasalla,

las más altas y esquivas fortalezas.

sin riesgo ni batalla.

Y habrá siempre deslices,

aunque nunca prescriban los deberes;

y padres o maridos infelices

que, tocante a sus hijas o mujeres,

no verán más allá de sus narices.

Y yo, lector, me fundo

en esta conclusión irrefutable:

achaques son del mundo,

y, como ves, el mundo es invariable.

III

EL HONOR DE UN VILLANO

¡Cuán grato es de la vida

cruzar el ciclo breve,

sin mancha deshonrosa

que amengüe su valor,

y, ante la necia hablilla

del vulgo ruin y aleve,

mostrar siempre en el rostro

la marca del honor!

¡Cuán grato es del sepulcro

llegar a los confines,

sin que el pasado traiga

al corazón pesar,

y en el umbral oscuro

de eternidad sin fines,

a Dios, con el aliento,

la honra pura dar!

¡Ay, sí, de quien temiendo

del mundo los engaños,

el lustre de sus lares

atento custodió,

y limpio y sin mancilla

guardóle muchos años

y acaso en breve instante

manchado ya le vio!

¡Ay, sí, de quien sus horas

contando ya cercanas,

dirige hacia la tumba

desfallecido pie,

y en lecho de agonía

al reclinar sus canas,

teñidas con la mengua

del deshonor las ve!

Guardaba el buen Mantello,

cual oro entre dobleces,

en sus modestos lares

la prenda de su amor,

y aunque olvidó por ella

mundanas brillanteces,

cuando apartó los ojos

¡hallóla sin honor!

«¿Acaso -murmuraba-

librar no puedo mi honra

de la procaz licencia

de un noble seductor,

y ruin y envilecido,

lamiendo mi deshonra,

besar debo de hinojos

su pie profanador?

¿Acaso nada vale

la humillación de un hombre,

y soportarla es fuerza

de ignominiosa ley?

¿Acaso es menos digna

la fama de su nombre —176—

que el timbre o la corona

del prócer o del rey?

¡Jamás! Si escarnecido

Mantello sufre y gime,

y lleva en sus espaldas

el sello del baldón,

ante los sacros ojos

de Dios, Verdad sublime,

el prócer y el pechero

son nada ¡iguales son!

Mas, ¡ay!... en vano elevo

quejosa la voz mía

Justicia demandando

me arrastraré a sus pies,

y del vapor y ruido

de licenciosa orgía,

¡mi tímido lamento

se perderá al través!».

¡Ay, sí, de quien sus horas

contando ya cercanas,

camina hacia la tumba

con vacilante pie,

y en lecho de agonía

al reclinar sus canas,

teñidas con la mengua

del deshonor las ve!

¡Ay, sí, del buen Mantello

que alegre custodiaba,

en sus modestos lares,

la prenda de su amor;

y pura y sin mancilla

risueño la juzgaba,

y un día, el desdichado,

hallóla sin honor!

A los pocos días, juntos

a la puerta de una casa,

varios vecinos de Mieres

de esta guisa platicaban:

-¿Nada sabe, tío Nuño?

-Dígamelo, tía Sancha.

-¿Conocéis a Velasquita?

-Doncella más resalada

no recoge los alientos

en el país de las Xanas18.

-¡Habráse visto!

-Y ¿qué es ello?

-Pues qué ha de ser ¡que se casa!

-¡Por mi lebrel, que le envidio

al novio tan buena caza!...

-¡Miren el tío Nuño!

-Es cierto.

¡Qué bella es la tal muchacha!

Cuando en sus ojos azules

se sorprende una mirada

y su boquita menuda

dulce sonrisa retrata

¡ay, comadre!... yo me tiemblo,

y los ojos se me bailan,

y el corazón me golpea,

y la boca se me hace agua

-¡Jesús, qué malo el tío Nuño!

-Pase por broma, tía Sancha.

Pero ¿con quién?

-¡Ahí está ello!

Discurrid tres horas largas.

-¿Yo? ¡Si siempre de razones

mi cabeza estuvo calva!

¿Con Juancho el labriego?

-¡Claro!

Pues eso solo faltaba:

que los fríos y calores

curtiesen su linda cara

No es villano.

-¿Con un noble?

-¡Y de alcurnia encopetada!

Más que los Solís y Pinos,

más que Bernaldos y Omañas

Pero...

-Aquí viene Santiago,

corredor de los mancebos

y espía de las rapazas19.

-Dios guarde.

-Santiago, diga:

¿Velasquita no se casa?

-No hay tal cosa.

-Sí, repito.

-Yo repito que no hay nada.

-¡Cosa como ella!

-Dejadle.

¡Sea de Rey su palabra! —179—

-Escuchad: ha pocas noches,

cuando yo volvía a casa,

topé con dos caballeros,

ocultos en anchas capas,

que el paso de sus corceles

hacia las huertas guiaban.

«¡Canastos! -dije yo al verlos:

¿Hay gato encerrado, o gata?

A estas horas ¿quién lo duda?

lance de amor o de espadas».

Y, como astuta serpiente,

librándome a sus miradas,

ya acurrucado en un árbol,

ya a la sombra de una mata,

observé que un caballero

se dirigía a la casa

de Velasquita. Se acerca,

taimado silbido lanza,

óyense dos cerraduras,

entreábrese una ventana

y, a través de los barrotes,

distingo una forma blanca,

con amoroso abandono

sobre el dintel apoyada

-¿La Velasquita?

-Ella misma.

Arroja al punto una escala,

cógela el mozo en el aire,

la afirma, sube, entra y ¡nada!

Pintáronse en las paredes

dos sombras que se abrazaban,

y, entre el rumor del espacio,

creo que oí estas palabras: —180—

-«¡Dios os guarde, don Bermudo!».

-«¡Bendita seas, mi amada!».

Y luego la hermosa niña

cerró astuta la ventana,

las rendijas se apagaron

y a oscuras quedó la casa.

-¡Jesús! Si es cosa de cuento

-¡Si parecía una santa

que, a pesar de quince abriles,

no había roto una paja!

-¡Quién lo creyera, tío Nuño!

-¡Quién lo pensara, tía Sancha!

-¡Yo me hago cruces! Me acuerdo

de haberla visto en su casa

con aquel aire sencillo

y humilde de mojigata

¡Jesús! ¡Jesús!

-Pues, señores,

no hay que fiarse en las santas.

Y, a más ver.

-Pero, Santiago,

diga quién es él.

-¡Caramba!

¿Así, sin más ni más?... ¡hombre!

No es cosa de andar con chanzas

¡Punto en boca! ¡Hay de por medio

una persona de alcázar!

Si se dicen los pecados,

los pecadores se callan.

Es... ¡cazador que lo entiende

para apresar tales garzas!

-¡Pues no es ella mala trucha,

cuando se enreda en tal malla! —181—

¡Quién lo creyera, tío Nuño!

-¿Quién lo pensara, tía Sancha?

Mientras que de este modo peregrino

el malicioso vulgo murmuraba,

un labriego infeliz se presentaba

ante el ayo del rey, señor del Pino20.

Era el tal un optimate21 asturiano,

hidalgo y caballero;

y aunque achacoso anciano

que al fin de la existencia caminaba,

aún el fuego en sus ojos chispeaba

del triunfador guerrero

que añadiera a su escudo sin mancilla

lauros cien en las guerras de Castilla.

Y el buen conde, ofendido

al contemplar del moro la insolencia,

bramaba de coraje,

mirando a don Bermudo adormecido,

con mengua del honor de su linaje,

en brazos del placer, y en la indolencia.

Víctima de cruel desasosiego

el viejo conde a la sazón se hallaba

leyendo un largo pliego.

-«¡Socorrednos! -un bravo así exclamaba-

Talando a sangre y fuego

las tierras de León y de Castilla

el mahometano ejército se acerca

Si Bermudo el Gotoso no acaudilla

sus tropas a la lid, o débil huye,

el califa Almanzor la corte cerca

y la asalta, la arruina y la destruye

¡Socorrednos!... Diezmados mis leones

por el hambre, las rotas y las penas,

transidos de pavor los corazones

y arrasadas o abiertas las almenas,

no hay fuerza que se oponga

del terrible caudillo a las legiones

¡Corred, que jura izar en Covadonga

sobre la cruz de Asturias sus pendones!»22 —183—

Leyó el hidalgo conde silencioso

la misiva fatal, y en el instante

de llanto doloroso

apareció regado su semblante;

pero estrujando el pliego

y ahogando los enojos,

miró con turbios ojos

el semblante apenado del labriego,

y, con rápida voz y lastimera,

interrogóle al par de esta manera:

-¿Quién sois? ¿A qué venís?... Hablad.

-De Mieres

soy; me nombran, señor, Mantello Peres,

y me presento a vos con la esperanza

de conseguir justicia y aun venganza.

-Dárosla juro yo, si está en mi mano

Decid.

-¡Al cielo plegue23

que a vuestro oído llegue

el quejumbroso acento de un villano!

Mi gratitud.

-Seguid.

-No de aquí lejos

a solitario albergue reducidos,

y siempre en las faenas

del hogar o del campo entretenidos,

mi esposa Olalla y yo, débiles viejos,

morábamos, señor, libres de penas24. —184—

Guardaba en mis alcores25

con vigilante aliño

una prenda de amor: ¡hija querida

que el cielo concediera a mi cariño,

para dar un alivio a mis dolores!

Objeto de mi idólatra ternura

y arcángel bienhechor de mi existencia,

¡si lo supieseis vos!... era tan pura

que un ángel parecía de inocencia

-¿Murió quizás?

-¡Dios mío!... vive!...

-¿Entonces...?

-Aleve un caballero

mis canas mancilló con la deshonra

Vive, sí, la hija mía, vive empero

permitidme llorar ¡vive sin honra!

-¡Infeliz!

-¡Oh! ¡Justicia!... Yo la imploro

de rodillas ¡a vuestros pies postrado! —185—

Muévaos a piedad el triste lloro

de un anciano y un padre deshonrado

¡Justicia contra el rico y caballero,

un infeliz pechero

os pide en su deshonra!...

¡Que no la pida en vano,

señor porque un villano,

si ejecutorias26 no, también tiene honra!...

-Cálmate, noble anciano:

yo mismo vengaré tan vil ultraje.

¿Quién es el seductor?

-De alto linaje.

-¿De Asturias?

-De León...

-¿Y va...?

-Camino

de la Cámara Santa

-¿Vino...?

-Vino

con las tropas del rey

-¡Cielos!... ¡Su nombre!

-Pero...

-¿Qué te detiene?

-Que os asombre.

-¡Asombrarme un aleve27 nunca pudo!

¡Su nombre!

-Don Bermudo.

-¡Ira de Dios!...

Cual rayo

que despedaza el árbol altanero,

cayó en el corazón del regio ayo

el nombre del nocturno caballero. —186—

Y, arrojando centellas su mirada,

el buen conde del Pino

volvióse hacia una mesa repentino,

calóse el casco, se ciñó la espada,

ocultó en su escarcela el pergamino

y díjole al atónito vasallo:

-¡Seguidme, y a caballo!

IV

QUE EMPIEZA DULCE, Y CONCLUYE AMARGO

Tendiendo va ya la noche

su lóbrega caperuza

por los riscos y jardines

de montañas y llanuras;

pero, cercada de estrellas

y envuelta en diáfana bruma,

por el azulado espacio

boga la argentina luna.

Y, al través de la neblina,

un hidalgo se vislumbra

que hacia la mansión de Olalla

su bravo alazán empuja.

Y si se para la vista

en sus ostentosas plumas,

en su tabardo de grana

y en su plateada montura,

sin discursos ni razones —187—

el más imbécil preludia,

que tan rico caballero

caballero es de alta alcurnia.

Dirige al fogoso bruto

con tal destreza y cordura,

por los fosos y breñales

de aquella azarosa ruta,

que ni en los llanos galopa,

ni en las montañas recula,

ni se enreda con los brezos,

ni de las rocas se asusta;

y a trote corto avanzando

por vereda tan inculta,

salva el alazán peñascos,

valles, montes y llanuras.

Más bien pronto la vivienda

de Velasquita columbra

el caballero, alumbrada

por el fulgor de la luna:

y refrena su caballo,

se apea, a un árbol le anuda,

se resguarda misterioso

bajo un castaño, y modula

quizá conocida seña,

con voz taimada y aguda.

Y al poco rato se advierte

que cruje la cerradura

de una ventana, se entreabren

las dos maderas, por cuyas

anchas grietas y rendijas —188—

la luz brota, y se dibuja

en el alféizar, sentada

con abandono y dulzura,

la forma de una villana

de las montañas de Asturias.

Y se oyen estas palabras,

entre las sombras nocturnas,

a guisa de quien espera

y apasionado saluda:

-¡Guárdete el cielo, amor mío!

-Venís más tarde que nunca.

-¿Cuándo es tarde si te veo?

-¡Ay!... Más bajo.

-¿Pues?

-¡Si escuchan

mis padres!

-¿Eh?, ¡que me empalen

si hoy no cenan con las brujas!

-¡Jesús!

-No temas: arroja

la escala, su cabo anuda

y verás cómo te olvidas

de esas quimeras absurdas.

Y al poco tiempo, una escala

sobre el muro se columpia,

que en las gruesas maderas

la incauta niña asegura;

y por ella el caballero

trepando, cual sierpe astuta

que acecha a las avecillas —189—

tras de las flores oculta,

presto a la ventana sube,

pisa los umbrales, cruza

por ellos, entra en la sala,

la reja entorna y ¡a oscuras!

Distínguese a Velasquita,

alegre, radiante y bella,

en apartado recinto

de su rústica vivienda.

Por bajo de nívea toca

salen sus doradas trenzas,

que a través de la garganta

graciosamente se enredan;

de suaves tintas bañadas

las sienes, puras y frescas,

que imitan por la blancura

del nácar la trasparencia;

naciendo con la alegría

en sus pupilas inquietas,

cual diamantinos quilates,

más que lágrimas, dos perlas;

estaba la hermosa niña

como nunca alegre y bella,

del galante don Bermudo

oyendo amorosas quejas.

Ceñíale el caballero

su talle con mano trémula, —190—

y giraba sus miradas,

de amor y deseo llenas,

desde un hechizo a otro hechizo,

de esta perfección a aquella,

de primorosos contornos

a líneas vagas y esbeltas,

cual pintor que, arrebatado

por ilusión halagüeña,

en su ardiente fantasía

mágicas obras contempla.

Y al ver que gozoso llanto

los tiernos párpados sueltan

de la niña, con un beso

roba las líquidas perlas,

y de su ardiente suspiro

bebe la sabrosa esencia,

y en sus animados ojos

sorprende miradas tiernas,

cual si estuviera excitado

por ilusión hechicera

que el demonio del deleite

en su memoria presenta.

Y díjole entre sonrisas

al caballero la hermosa:

-¿Marcharemos, sí?

-Al instante:

cuando aparezca la aurora,

en mi litera, amor mío —191—

de Oviedo el camino tomas.

-¿De Oviedo?

-Justo: Almanzor

hacia la corte galopa,

y acaso en estos momentos

bajo sus muros se aloja.

-¡Ay! ¿Y vos?

-Hoy te acompaño,

pero mañana me roba

a tus caricias la patria

-¿Y así me dejáis tan sola?

¡Ay, Dios mío!

-No te asustes:

previenes más dulces horas,

con oraciones de arcángel

pidiendo a Dios la victoria.

-¡Vanos ruegos!

-Siendo tuyos

¿quién habrá que no los oiga?

-¿Volveréis?

-Pronto, y no envidies

a la reina su corona,

si en el combate cercano

triunfar de Almanzor se logra.

-¿Es verdad?

-¡Dulce esperanza!

Volveré con la victoria,

en busca de tu cariño.

-¡Ay, señor!... ¿y si os le roban? —192—

-Pues tornaré más amante

si tú lo quieres, hermosa,

buscando el amor ardiente

del ángel que me enamora.

-¿Le buscareis?

-¡Vaya!

-¿Dónde?

-En tus ojos.

-¿Qué se logra?

-En tu frente.

-Ahí no le guardo.

-¿En tus sonrisas?

-¿Qué importan?

-¿En tus labios?

-¡Vaya un dulce!

-¿En tus alientos?

-¡Gran cosa!

-¿Si lo hallaré, prenda mía?

-Buscadlo, que aquí se aloja.

-Pues yo me doy por vencido.

-Pues yo me lo guardo sola.

-¿Serás tan cruel, ingrata?

-Serélo, y razón me sobra.

-¿Por qué? -

-Porque el buen amante

lo halla pronto, y sin zozobra.

-Espera, que ya presumo

de haberlo encontrado, hermosa:

en tus brazos...

Y la niña

en los del galán se arroja...

[...]

Súbito en aquel instante

retumban cien voces sordas,

y al par se escucha un silbido

que alígero28 el aire corta;

y óyense los breves pasos

de corceles que galopan,

y el metálico chirrido

de armaduras que se rozan. —193—

Y de repente, en la casa

resuena aldabada ronca,

y adviértese el sordo ruido

de puertas que se desploman,

y estruendo, y algarabía,

y pasos, y voces próximas

de cien hombres que por fuerza

la casa atrevidos toman.

Y todo fue en un minuto,

en un momento no ahogan

los sorprendidos amantes

ni un ¡ay! siquiera en la boca.

-¡Piedad, don Bermudo!

-Díjole

al caballero la hermosa,

ante el peligro cobrando

fuerzas; y con voz furiosa

grita él, cubriéndose el rostro

y empuñando la tizona:

-¡Alienta!... ¡De esos malvados

beberé la sangre toda!

-¡Sangre aquí!

-¿Sangre de viles?.. —194—

-¡Hasta la última gota!

-¡Piedad!

-¡Ay si en los umbrales

sus plantas aleves tocan!

-¿Oís?

-¡Alienta!

-Ese quicio

tiembla, cruje se desploma

¡Ay!

-¡Atrás, bandidos!

-¡Plaza

a la justicia y la honra!...

-Exclama el conde del Pino

con voz que la rabia ahoga,

alzándose en los escombros

de puerta y paredes rotas.

Y detrás se ve a Mantello

y Olalla, su pobre esposa,

con lágrimas en los ojos

y en el corazón zozobras,

que, presintiendo una escena

de violencia y deshonra,

maldicen al caballero

y por la hija suya lloran.

Y entran después los soldados

en tropel, la sala angosta

inundan y de los jóvenes

enamorados se mofan;

y entre ellos va Fernán-Díaz,

atado con fuertes sogas, —195—

pálido, sin voz ni aliento,

manchado con sangre propia.

Mas don Bermudo, valiente,

-cual tigre que, perseguido

por quebraduras angostas,

vuélvese a los cazadores

y a ruda lid les provoca-,

mientras sostiene en sus brazos

a la desmayada hermosa,

dirige al conde del Pino

su mirada y su tizona,

y, demostrando en su acento

fiero que la saña arrostra

de todos, con estas frases,

aunque exaltado, razona:

-¡Teneos ante el dolor,

o temed la saña mía!

¿Quién sois vos?

-¡Soy la hidalguía

en defensa del honor!

-Mal la hidalguía se afana

si en el amor no hay deshonra...

¡Atrás!

-¿Quién insulta la honra?

¡El mismo que la profana!

-¡Víbora, ese labio ten,

o le arranco con tu lengua!

-¡Arrancadle antes que mengua

consienta en mi honor también!

¡Sois preso!...

-¡Audacia mentida! —196—

¿Quién soy yo sabéis acaso?

-¿Qué me importa?

-¡Dad un paso,

y respondéis con la vida!

-¡Sois preso!

-¿A vos?

-¡A la ley!

-¿Qué ley me obliga jamás?

-¡A él, soldados!

-¡Atrás!

¡Plaza al rey!

-¡El rey!

-¡¡El rey!!

[...]

Poco después, galopaban

de Mieres por el camino,

el rey y el conde del Pino

y sus soldados en pos.

Mas Velasquita, que en brazos

del buen Mantello quedaba,

así llorando exclamaba:

«¡Adiós, amor mío, adiós!...».

V

QUE DEBIERA SER EPÍLOGO

¡Todo en el tiempo se cambia!

¡Todo se muda y trastorna!

Donde hoy hallamos placeres

dolores mañana brotan.

Pedimos tal vez al mundo... —197—

su dulce y mentida copa,

y en los labios... ¡cuántas veces

se emponzoña!

¡Cuántas veces, sí, miramos

galana flor en la aurora,

a los besos de las auras

inclinando su corola!

Y al desvanecerse el día

dañinos hálitos soplan,

y la débil florecilla

¡cae sin hojas!...

¡Cuántas, sí, con dulces sueños

el corazón se ilusiona,

y en éxtasis delicioso

nuestros sentidos se arroban!

Y acaso luego en la mente

tristes presagios se agolpan,

que eternidad de dolores

nos pregonan...

¡Infeliz que acariciado

por sueños de amor y gloria,

que, como el humo en los aires,

a lo mejor se evaporan,

eterna dicha esperabas

y esa dicha te abandona,

como visión que se huye

vaporosa!

Desgraciada Velasquita,

más aún que ayer dichosa. —198—

que miras como se truecan

tus delicias en congojas;

si en el amor esperabas

y ese amor ¡ay! te abandona

¿qué ya te resta en el mundo?

¡Llora, llora!...

Diz que apenas se escondieron

el rey y el conde en su tienda,

los dos reñida contienda

por largo espacio tuvieron,

Y ujieres y centinelas,

que en la antesala servían,

ante las voces que oían

callaban sus cantinelas,

Sin que el más leve murmullo

soltasen los habladores,

para atrapar pormenores

de tal riña y tal barullo.

Por eso crónicas viejas

dicen que siempre en palacio

hay ojos en el espacio

y en las paredes, orejas.

Mas nada oyeron quizá

por más que atentos seguían,

y admirados se decían:

«¿Qué será? ¿Qué no será?...». —199—

Bien pronto el ayo arrogante

salió del regio aposento,

mostrando gozo y contento

en su arrugado semblante,

Y, al atravesar veloz

por las turbas asombradas,

sin detener sus pisadas,

dijo con áspera voz:

«Si avanza la hueste mora,

¡soldados, Dios con nosotros!

Aprestad armas y potros,

y a Castilla con la aurora».

Y cuando la luz del día,

a la mañana siguiente,

de púrpura refulgente

los horizontes bañó,

un jinete castellano,

armado y con faz cubierta,

en el umbral de la puerta

de Velasquita paró.

Reconocióla, acercóse

sin apearse el jinete,

y con férreo guantelete

lanzó el pesado aldabón:

aún los ecos repetía

del golpe el aire lejano,

cuando Mantello, el villano,

abría el ancho portón. —200—

«-¡En nombre del rey! -le dijo

el hidalgo desde luego:

-Tomad, Mantello, este pliego,

enhorabuena, y adiós».

Saludó, picó la espuela,

partió el corcel desbocado,

y a su aposento, admirado,

volvióse el villano en pos.

Con vacilante mirada

y con mano temblorosa,

al par de su hija y esposa,

rompió la misiva allí,

y halló noble ejecutoria

en letra del rey escrita,

y una carta a Velasquita

que en suma decía así:

«Perdóname, prenda mía:

si hoy te abandona el que te ama,

a los combates le llama

de caballero la ley;

más si una tumba de gloria

no rompe estos dulces lazos,

espérale, que a tus brazos

volverá amoroso —el rey.

Y diz que el franco Mantello,

presa de angustias mortales,

rasgó los títulos reales

con ademan de furor, —201—

y, clavando en Velasquita

su centellante mirada,

díjole con voz airada:

«Honores, sí; ¡nunca honor!»29.


FUENTE

Martínez de Velasco, Eusebio, «Velasquita la villana. Leyenda Histórica», en Ecos de Gloria, 1880, [s. l.], [s. n.], Madrid, Estab. Tip. de M. Minuesa de los Ríos, pp. 184-201.

Edición: Pilar Vega Rodríguez.