—225→

Amantes somos ¿a qué, negarlo? de las antiguas costumbres españolas, de los usos y tradiciones que nos han dado en la historia un sello característico, distinto por su austeridad y nobleza del de los demás pueblos europeos. Plácenos, en verdad, recordar aquella manera de ser peculiar de los españoles en los tiempos de su grandeza; sufridos en las adversidades, discretos en la fortuna, inclinados a la piedad, modestos en el saber, y siempre a la autoridad obedientes. Pero no es tan ciego en nosotros este amor, que desconozcamos lo perjudicial de algunas preocupaciones muy admitidas en nuestra antigua sociedad, las cuales han ido desapareciendo, por fortuna, en la presente época de renovación y reforma, sin que por esto se crea tampoco que santificamos, ni mucho menos, todas las llamadas conquistas de la civilización contemporánea.
Sugiérenos y nos trae a las mientes tales consideraciones y otras análogas que fuera prolijo enumerar, la memoria de una cosa que recordamos haber oído decir a respetables ancianos que ya duermen en la paz del sepulcro. Es, a saber, que en el pasado siglo había, sobre todo en provincias, marcada tendencia a no enseñar a leer y escribir a las jóvenes, temerosos los padres de que hiciesen mal uso de sus conocimientos en asuntos poco dignos de su buen nombre, o nocivos a su bienestar. Este sentimiento de previsión, fundado en sanos principios, degeneraba, sin embargo, a su aplicación en funestas consecuencias de ignorancia que hoy ve claramente definidas nuestro adelantamiento actual. Para evitar los riesgos de una lectura inconsiderada o perniciosa, que era lo que principalmente se trataba de precaver, se ha comprendido hoy que no es el medio más oportuno el apuntado arriba, sino el asiduo cuidado de una vigilante educación, basada en sólidos principios de religión y cultura.
Tanto es así, que para las jóvenes, aunque no en el mismo grado que para —226→ los varones, por sus circunstancias especiales, es hoy requisito indispensable de perfeccionamiento una constante lectura de libros útiles que deje en su entendimiento ricos gérmenes de nociones que le ilustren y engrandezcan. La historia sagrada y la profana, la geografía, las ciencias naturales, el arte, los viajes y otros conocimientos por el estilo, en la escala proporcionada a la misión de la mujer, son para ella, no sólo recreos honestos que pueden apartar de su naturaleza sensible y apasionada locas imaginaciones, sino dotes legítimas, cuyo realce es compatible con el ejercicio de sus santos deberes, y cuya posesión puede transmitir a sus hijas en el día de mañana.
Pues si esto decimos hablando de la necesidad de una prudente e instructiva lectura, cuando tratamos de la hermosa mitad del género humano destinada a lucir solamente en el sagrado del hogar, ¿que no podremos indicar sobre el mismo punto si nos referimos a la educación de los jóvenes, destinados a su vez a vivir en el tráfago y agitación de la vida social externa, y entre las tempestades que se forman en la esfera política de los pueblos modernos? Para ellos se puede decir que toda instrucción es poca. Por desgracia, o por fortuna, según otros opinan, el hombre no se encuentra hoy asentado en la sociedad sobre fundamentos inamovibles. Aquellas profesiones, artes y oficios que de un modo limitado y uniforme se heredaban antes de generación en generación, de familia en familia, ya casi no existen. Hoy pocos hijos siguen en esto la senda abierta por sus padres. Y hay más: aún después de adoptada una profesión, suele ésta variarse en el curso de la vida, obligando así al hombre a variar también de trabajos y ocupaciones, yendo a veces de polo a polo por lo que se refiere a la diferencia de su índole y naturaleza. De aquí la necesidad de un caudal previo de conocimientos generales que le habiliten para estas mudanzas, nada extraordinarias. ¿Y cómo consiguen tales conocimientos sin una lectura constante, sin un estudio habitual de obras y escritos donde puedan fácilmente beberlos, con el mismo placer con que el fatigado viajero apaga su sed en la fresca fuente cristalina?
A coadyuvar a estos fines laudables y necesarios, a instruir deleitando la inteligencia de los jóvenes, no con los tratados serios y meramente didácticos de los institutos, colegios y universidades, sino con los someros y pintorescos artículos de los periódicos y revistas, se dirigieron desde un principio los propósitos y esfuerzos de la nuestra muy querida, de LOS NIÑOS. Y perdónesenos que hablemos de causa propia, pues no lo hacemos impulsados por necia vanidad, sino por la dulce satisfacción de haber contribuido con lealtad al logro de un objeto honrado cuanto ineludible. Nuestra publicación ha tocado, aunque siempre en el tono ligero del periódico, diversos conocimientos que pueden esclarecer la inteligencia de un niño, y aún la de muchos que se hallan en la edad adulta, o en su madurez. Para conseguirlo hemos procurado y obtenido el eficaz auxilio de escritores amenos, de hombres de ciencia, de excelentes poetas, de artistas muy notables. Imitando con paciencia y modestia publicaciones extranjeras de esta índole, nos hemos —227→ aprovechado a veces de los frutos de su experiencia. Siempre honestos, siempre cultos, siempre católicos, en medio del escándalo de otras publicaciones que arroja frecuentemente la imprenta, nunca creemos haber faltado (al menos a sabiendas) a lo que exigen la religión, la sociedad y la familia. Vulgarizando difíciles conocimientos, hemos pasado los trabajos de aquel que regala una rosa después que para cortarla del rosal y quitarle las espinas se ha ensangrentado con ellas las manos.
Todo esto hemos hecho, y más que pudiéramos decir. Y ahora nos preguntamos a nosotros mismos: ¿hemos recibido del público toda la protección a que aspirábamos? No, en verdad, aunque estamos muy honrados con la hasta aquí alcanzada. Cierto es que tenemos muchos favorecedores, y sobre todo clientela de personas selectas y distinguidas, pero vemos con sentimiento, no por el propósito de la ganancia, sino por otros propósitos más nobles y elevados, que mucha mayor fortuna alcanzan, por desgracia, otros libros y publicaciones que, lejos de curar, hieren; lejos de ilustrar, embrutecen; lejos de edificar, destruyen.
A los padres, a los jefes de familia, a los maestros, nos dirigimos, por lo tanto, excitándoles para que, recordando nuestras intenciones, tan provechosas a los que tienen bajo su cuidado y tutela (intenciones justificadas en los cuatro volúmenes ya publicados), conociendo la verdad de la teoría establecida al principio de este artículo, y cooperando cada uno en su esfera a difundir entre los tiernos niños, que han de ser mañana ciudadanos y madres de familia, lecturas de grata instrucción y lícito recreo, sigan prestándonos su apoyo y nos procuren el de sus amigos, el de todos aquellos que abriguen las mismas salvadoras ideas.
Corto es nuestro valer, exiguas nuestras fuerzas, pero téngase presente que no debe despreciarse ninguna piedra, ¡por insignificante y pequeña que parezca, si queremos reconstruir el venerando edificio de nuestra buena sociedad española, después de hallarse tan quebrantado y aportillado como se halla, al embate de furiosos y destructores huracanes.

ANTONIO ARNAO.
—229→

Emilio era hijo de una viuda, que habitaba cerca de una herrería; las ventanas de la casa de la viuda daban al campo, y desde ellas se veía un río, que, dividido por una especie de presa, una parte de sus aguas penetraba en el interior de las tierras, en donde siguiendo las sinuosidades del terreno, ya formaban un lago, o se dividían en pequeños arroyuelos, o caían formando cascadas.
A la entrada de esta especie de canal, las aguas, contenidas por un malecón, movían la gran rueda de la herrería.
Esta rueda, de tres metros de largo por siete de diámetro, movía un gran árbol de madera, que penetrando en el interior de la herrería, levantaba y dejaba caer un enorme martillo. Este martillo estaba formado por una masa de hierro de doscientos o trescientos kilogramos, y se conoce vulgarmente con el nombre de martinete.
—230→Se comprende que en aquel sitio la corriente del río era mucho más rápida, y que mientras más se aproximaba a la rueda, corría con mayor violencia.
En efecto, las aguas se precipitaban sobre la rueda y sobre el malecón con una impetuosidad grandísima, formando nubes de blanca espuma al chocar con aquellos obstáculos que encontraban a su paso.
Cerca de este canal se hallaba la casa en que vivía la madre de Emilio.
Este amaba con ternura a su madre, y cuando se encontraba a su lado, nunca le daba ni el más pequeño disgusto; pero no la respetaba como debía, y cuando no estaba a su lado, no se ocupaba de los reproches que podía merecer.
Emilio tenía un defecto: era desobediente.
Cuando salía de la escuela se iba a jugar con otros niños aturdidos y mal intencionados, con los que su madre le había prohibido que se reuniera.
Para impedir esto, su pobre madre le conducía todos los días hasta la puerta del colegio, y a la hora en que la clase concluía, volvía a buscarle.
Los jueves no había clase, y su madre hubiera querido tenerle en casa; pero Emilio se ponía a llorar y su madre lo dejaba salir, después que le prometía que no haría ninguna locura.
Le dejaba, pues, ir a divertirse un poco corriendo por el campo, pero con la condición de que no se había de aproximar al canal, y sobre todo, que no tocara a una barquilla que estaba amarrada junto a la orilla.
Emilio se lo prometió, y durante algunos jueves lo hizo así; se entretenía jugando con algunos niños, pero sin aproximarse al río.
Pero llegó un jueves en que su madre tuvo que salir para un asunto indispensable, y Emilio pensó que podía muy bien ir a jugar a la orilla del río, sin que su madre supiera nada.
Ésta volvió a su casa al cabo de un rato, y su primer cuidado fue asomarse a la ventana y mirar al río, porque conocía la inclinación que tenía su hijo a la desobediencia y siempre se hallaba inquieta temiendo que le sucediera una desgracia.
Al dirigir sus miradas hacia el río, vio un niño en una barquilla que se esforzaba por atravesar el río.
-¡Dios mio! exclamó, ¿quién habrá permitido que ese niño se entregue a una diversión tan peligrosa?
Pero ¡cuál sería su sorpresa cuando vio que era su hijo Emilio el cine iba en la barca! ¡Emilio, a quien había prohibido terminantemente que se aproximara al agua! ¡Emilio, que en su vida había manejado un remo!
Efectivamente, era Emilio, que había desatado la barquilla, e ignorando el peligro a que se exponía, se figuró que podría conducirla a su antojo y se abandonó a la corriente, cantando lleno de alegría, sin ver el abismo que se lo iba a tragar, ni oír el ruido de la rueda de la herrería, ni el del agua al estrellarse contra el malecón.
Al verle, su madre, lanzó un grito, un grito tan terrible, tan lleno de angustia, que a pesar del estruendo de los martillos, los que trabajaban en la herrería lo oyeron y salieron a las puertas de sus talleres. Pero ¿qué socorro podían prestar al desobediente niño? Ninguno; y mientras, la corriente le arrastraba con vertiginosa rapidez hacia la rueda.
Él seguía cantando, sin comprender —231→ el peligro; pero cuando oyó los gritos de su madre y vio a los obreros sujetar a la desgraciada para que no se lanzara al río, comprendió el peligro que le amenazaba, y contempló con espanto la terrible rueda. Entonces extendió los brazos, envió el último beso a su madre, cruzó las manos, se puso de rodillas y encomendó su alma a Dios.
Así pereció Emilio, víctima de su desobediencia.
TEODORO BARRAU.
Volvemos en este artículo a tratar de una cosa ya conocida en parte. Vosotros, queridos niños, recordáis sin duda, el olvido que tuvo mi amiguito, antes de tratar de los triángulos, de no mencionar nada de los polígonos, olvido que subsanó después, dándoos yo cuenta de esto en el décimo artículo de este trabajito.
Hoy me toca, pues, contaros cómo Carlitos volvió a tratar de este punto, del que había ya hablado tan ligeramente como visteis cuando os conté el modo con que supo remediar el olvido cometido.
Ya había terminado mi amiguito la explicación de los cuadriláteros, y debía entrar de lleno en la de las diversas particularidades que concurren en los polígonos, tratados en general, y cualquiera que fuera el número de sus lados.
Carlitos, pues, al empezar a tratar de esta cuestión tomó la palabra y se expresó así:
-Vengo de nuevo, compañeros, a tratar hoy de los polígonos.
¿Recordáis lo que esta palabra significa?
Sí, seguramente; no podéis haber olvidado que se da este nombre a toda figura cerrada por tres o más lados.
En los polígonos, como en el triángulo y como en el cuadrilátero, que son polígonos también, hay que considerar su base, como también su altura.
¿Qué es base? Ya lo sabéis hace mucho tiempo: se llama así el lado sobre que descansa una figura. En cuanto a la altura, también visteis esto en los triángulos.
Debo dejar, pues, sentado que se llama base de un polígono al lado sobre que descansa; y altura, a la perpendicular, bajada a la base desde el vértice a ella más distante.
Ahora bien: ¿necesitaré deciros qué es lo que se llama lado de un polígono?
No, seguramente; vosotros no podéis haber olvidado que ya hablamos de esto en los triángulos, y que dijimos que dábamos este nombre a las líneas que, cierran una figura.
Pero si bien sabréis esto, no sucederá así con otra cosita que tenemos que considerar.
¿Otra más? me diréis.
—232→-Sí, otra, y aún otras más nos quedan que conocer todavía.
Ahora vamos a conocer al perímetro.
-¿Perímetro? ¿quién es ese caballero? interrumpió Luisito.
-Ya voy a presentártelo al momento: se llama perímetro al conjunto, a la suma de los lados de un polígono. Por esto os será muy fácil averiguar el perímetro de cualquier figura que se os dé; no tendréis para ello más que ver la longitud de sus lados, y el total de ellos os presentará la realización de vuestro deseo.
-De modo, continuó Luis, que en este cenador que tiene ocho lados, el suelo nos presenta un polígono, quiero decir, un octógono, y la línea que vemos sobre el suelo, todo alrededor, será el perímetro: ¿es así?
-Efectivamente; así es.
Pasemos a otra cosa; vamos a ver si nos presentan alguna particularidad los ángulos de los polígonos.
Desde luego es así, si queremos sabor el valor total de todos ellos.
¿Cuál será éste?
Voy a explicároslo, pero quiero antes indicaros los diferentes modos de que podemos dividir un polígono cualquiera.
Es esta una cosa sumamente sencilla, pues basta tirar las diagonales posibles desde un mismo vértice o señalar un punto cualquiera dentro de la figura, y tirar desde él líneas a todos los vértices: en ambos casos nos resulta una serie de triángulos.
Y Carlitos, al decir esto, trazó en la mesa las siguientes figuras:

Ya veis aquí representado lo que os decía; y debéis notar que en el primer polígono nos resultan cuatro triángulos, teniendo aquel seis lados; mientras, que en el segundo, el número de triángulos es el mismo que el de lados que cierran la figura: seis líneas, seis triángulos.
De aquí debemos sacar una deducción, y es la siguiente:
Todo polígono puede dividirse en tantos triángulos como lados tenga, o en tantos como lados tenga, menos dos.
Para obtener la primera división se hace lo que, hemos hecho con el primer hexágono; y la operación practicada en el segundo, nos muestra claramente la segunda.
Era necesario hablaros de esto para haceros ver claramente el valor de todos los ángulos de un polígono. Veréis ahora cuan fácilmente sacamos Rafael y yo dicho valor. Todo esto es muy interesante.
—233→Tomamos el primer hexágono: ya lo tenemos aquí:

Dime, Rafael, ¿cuántos triángulos nos resultan?
-Cuatro.
-¿Y qué notas en los ángulos de todos ellos?
-Que o son los de la figura o parte de ellos; es decir, que los ángulos de los triángulos nos darán, si los sumamos, los ángulos del polígono.
-Ciertamente: era esto lo que yo deseaba.
Vamos a ver: ¿cuál es el valor de los tres ángulos de un triángulo?
-Dos rectos, y como en el hexágono tenemos cuatro triángulos, el valor de los ángulos de todos estos será cuatro veces dos rectos, es decir, ocho rectos.
-Cuatro veces dos rectos valen dos ángulos de un polígono de seis lados; y bien: ¿qué diferencia hay entre seis, que es el número de lados de la figura, y cuatro, que es el número de rectos que nos da el valor de sus ángulos?
-6 menos 4 igual 2. Dos es, pues, la diferencia que pides.
-Pues yo te pregunto ahora: si aplicamos esta regla a todos los casos que se nos puedan presentar, ¿qué principio general obtendremos?
-Que la suma de todos los ángulos de un polígono es igual a tantas veces dos rectos como lados tenga menos dos.
-Bravísimo, amigo mío, vas haciéndote un geómetra consumado. Quiero ahora ver si tus compañeros han comprendido bien esto de que tratamos.
Empezaré por Ricardo. Dime: si yo te preguntase el valor de los ángulos de un pentágono, ¿qué me responderías?
-¡De un pentágono! ¿y qué es eso?
Una hilaridad general siguió a la pregunta del pequeño Ricardo; todos los niños reían, y todos decían a la vez:
-¡Se llama pentágono al polígono de cinco lados!
-¡Ay, qué tonto! decían unos; ¡qué torpe! exclamaban otros. Cada uno daba al pobre niño el calificativo que mejor le parecía, y seguramente hubieran hecho llorar a su compañero, si mi amiguito, el joven profesor, no hubiese impuesto silencio a sus discípulos.
-No es malo, dijo, el no saber; Ricardo viene, como vosotros, a aprender la geometría, y más digna de censura es vuestra conducta al burlaros de él, que su ignorancia. No quiero que se repita otra vez una cosa semejante, pues todos debéis a vuestros compañeros cariño y aprecio, que no burla y risa por sus pequeñas faltas.
Volvamos a nuestra tarea. Esteban nos dirá el valor de los ángulos de un pentágono.
-Seis rectas, es decir, tres veces dos rectas.
-Bien, y ahora tú, Ricardo, ¿cuál será el de los de un polígono de trece lados?
-Once veces dos rectas; por lo tanto, será veintidós rectas el valor de los ángulos del polígono que propones.
—234→-Ya veis, queridos compañeros, continuó Carlitos, como Ricardo sabe esto, como no teníais motivo para burlaros de él porque en aquel momento no recordase lo que era un pentágono. No todos sabemos, no todos podemos mofarnos de los demás; la burla no es a nadie, permitida, y mucho menos a aquel que puede cometer la misma falta que quiere ridiculizar.
Por hoy terminamos aquí, dejando para mañana concluir con los polígonos, que nos ofrecerán todavía algunas particularidades que poder considerar.
E. THUILLIER.
La ira es un acto de la voluntad, con que el hombre se mueve impetuosamente a la venganza. La ira tiene distintos grados: el primero consiste en un ímpetu ligero hacia la venganza, que se llama enfado; el segundo es ya un movimiento fuerte, con que el hombre es llevado a vengarse, que se llama enojo; y el tercero es un ímpetu violento y sumamente desmedido de venganza, que se llama ira. Como todos los hombres aman tanto los bienes que poseen, es muy grande el dolor que sienten cuando injustamente se ven desposeídos de ellos, y por eso la injuria los excita a la ira y a la venganza. Como también solemos amarnos a nosotros mismos tanto, que nos figuramos ser merecedores de grande atención, también nos enfada vernos despreciados. Así la ira tiene por objeto la injuria o el desprecio que hacen de nosotros los demás hombres.
El hombre poseído del vicio de la ira, inmediatamente que recibe una injuria o un desprecio, se le enciende el rostro; unas veces prorrumpo en desprecios desmedidos y frases descompuestas, otras calla, imaginando la venganza, y le ocupa tanto esta idea que no atiende a los que le hablan, ni piensa en otra cosa. El que le habla de algún asunto o le pide algo, va mal despachado, porque todo le inquieta y enoja; no hay respetos ni consideraciones que por entonces le puedan contener; tanto, que el silencio le irrita y con las satisfacciones se pone más airado. Su cara se pone o muy encendida o amarilla; los ojos parece se van a salir de las órbitas; la frente se arruga, los cabellos se erizan, los labios se engruesan, la boca se seca, las venas de la frente y sienes se hinchan, el pulso se acelera, y el corazón le palpita; y si la ira llega al sumo grado, da golpes con las manos sobre los muebles, sobre su mismo cuerpo, patadas en el suelo y suspiros fuertes y profundos. He aquí el retrato de un hombre en un acceso de ira; es bien feo, por cierto, y él os hará comprender la fealdad del vicio.
Decían los filósofos peripatéticos que no pudiendo el ánimo dejar de alterarse, o para seguir el bien o para apartar el mal, son inevitables los primeros movimientos que el objeto de la ira excita en nosotros, y que sólo nos toca moderarlos según la recta razón. Así, cuando uno recibe una injuria o le hacen un desprecio, puede apartar de sí lo que lo daña, con tal que lo haga sin perjuicio de nadie, lo que está en —235→ armonía con la recta razón, pero no vengarse haciendo daño al que le ha molestado; la religión manda que nadie puede tomarse por sí mismo la venganza de los agravios. Debe, pues, el que quiera usar de la razón, ejercitar en todo la paciencia, virtud que enseña a sufrir y tolerar los infortunios y trabajos en las ocasiones que irritan o conmueven, porque con ella aprende el hombre a defenderse de todos y de sí mismo, y estorba los ímpetus desmedidos de ira, que algunos sabios han considerado como una locura transitoria.
Para evitar este vicio, se deben dar a los niños los castigos con calma, y por consiguiente, entregarlos a preceptores o maestros que no sean crueles, sino de blanda condición y mucho agrado. Es necesario que los niños aprendan desde muy temprano a guardar moderación, que en su alma se arraigue la generosidad necesaria para despreciar todos los bienes de que, puedan verse privados, y al contrario, dar una gran importancia a la libertad y al absoluto dominio sobre sí mismos, de modo que sea sólo el desprecio o cuando más la indignación su única venganza de las injurias que tanto ofenden a los demás. Se les hará considerar la fealdad horrible y la deformidad que presenta el semblante y los gestos del colérico, semejantes a los del demente. Se evitará que sean testigos de la cólera de sus padres, y sobre todo, se debe proscribir esa costumbre que tienen algunos padres, que por apaciguar a sus hijos, no sólo figuran que dan golpes a las personas que han causado su irritación, sino que también excitan a los niños a castigar a los objetos inanimados, donde se han lastimado, pues este ejemplo los hace vengativos.
J. ALONSO Y RODRÍGUEZ.
| Del opaco Diciembre en noche fría | ||||
| un padre con sus hijos en mi aldea | ||||
| al calor de la humilde chimenea | ||||
| las perezosas horas divertía | ||||
| a su lado el menor se entretenía | ||||
| de naipes fabricando un edificio, | ||||
| con más cuidado y atención severa | ||||
| que el famoso Ribera | ||||
| trazando el plan del madrileño | ||||
| hospicio; el mayor repasaba | ||||
| (pues ya en la edad de la razón rayaba) | ||||
| una mugrienta historia, | ||||
| depósito de cuentos y dislates, | ||||
| su lengua atormentando y su memoria | ||||
| con nombres mil de reyes y magnates. | ||||
| Mas juicioso notando | ||||
| que unos llamaba el libro fundadores | ||||
| y otros conquistadores, | ||||
| -«¿Cuál es, dijo al papá, la diferencia?» | ||||
| Aquí llegaban, cuando | ||||
| con feliz inocencia | ||||
| su travieso hermanito, | ||||
| que acababa gozoso | ||||
| de coronar su alcázar ostentoso, | ||||
| saltaba de alegría y daba un grito. | ||||
| Colérico el mayor se alza violento | ||||
| al verse interrumpido, | ||||
| y de un solo revés arroja al viento | ||||
| el palacio pulido, | ||||
| dejando al pobre niño el desconsuelo | ||||
| de ver su amada fábrica en el suelo. | ||||
| El padre entonces con amor le dijo: | ||||
| «La respuesta mejor está en tu mano: | ||||
| el fundador de imperios es tu hermano, | ||||
| y tú el conquistador. ¿Lo entiendes, hijo?» | ||||
JUAN NICASIO GALLEGO.
—236→

La pobre madre ha estado muy malita y todavía no está completamente fuera de cuidado, y los niños lo saben, como que días pasados oyeron decir a las vecinas que su madre se iba a morir. El padre tiene que ir a trabajar para ganar el pan de su mujer y sus hijos, y no puede cuidar de aquella como quisiera; pero los dos niños han dado tregua a sus juegos; ya no bajan al patio ni a la calle a divertirse con otros chicos, porque están todo el día, mientras su padre trabaja, al lado de su madre, cuidándola, dándole las medicinas, el caldo, todo lo que se lo ofrece.
Estos niños son muy pobrecitos, pero si continúan con tan buenos sentimientos, y son laboriosos y aplicados, puede que logren buena suerte, y bien merecida por cierto; y a fe que, si fueran malos, holgazanes, ingratos con su madre, no se les podría augurar tranquilos y dichosos días.
-¿Sabéis, querido tío, dijo Berta, que vuestro relato va haciéndose interesante?
-Y lo será mucho más todavía.
-¡Oh! continuad, continuad, exclamaron todas las jóvenes; vos sois causa de que nos alegremos ya de la lluvia.
-Acepto el cumplimiento, y para merecerle continuó: el bordado, queridas —237→ mías, hace un papel importante en la industria rural. Ya sabéis que se cuentan en Europa unas setecientas mil obreras dedicadas a bordar la muselina, la batista y las chaconadas. No hablemos de Suiza, Inglaterra, ni Alemania, que en vano intentarían luchar con nosotros en esta parte; sólo os diré que en Francia hay cuatro departamentos sobre todo, que se consagran de una manera exclusiva a esta industria, de los cuales uno, el de los Vosgos, cuenta más de treinta mil bordadoras.
Nancy, esa graciosa y bonita población, debe gran parte de su prosperidad al comercio de bordados. Conviene que lo sepáis, y que yo os lo diga: una mujer, una joven diestra e inteligente es quien ha dotado a su país de esa industria, que forma a la vez su gloria y su riqueza.
La historia de esa mujer, aunque sencilla, es, sin embargo, de las más interesantes, y creo, no poder terminar mejor mi relato que dándoosla a conocer.
Había en Nancy, a fines del décimo siglo, un hombre honrado, que, vivía de una corta pensión, producto de su trabajo y de sus ahorros. Su familia se componía de su mujer, enferma, de un hijo idiota, y como en compensación, de una hija, cuyo celo y actividad eran como la Providencia de la casa. Magdalena Didion tenia quince años, cuando reveses inesperados vinieron a destruir el bienestar de su familia. En vez de abatirse con esta desgracia. Magdalena redobló su actividad; sólo ella podía trabajar para sostener la casa y no vaciló; fue resueltamente a presentarse en un almacén de bordados.
Activa, inteligente, laboriosa y dueña de unos dedos elegantes y ágiles, que, después se han llamado dedos de hada, Magdalena llegó a ser muy pronto una de las más notables oficialas del almacén en que había entrado sólo como aprendiza. Toda su ambición consistía en llegar a reunir un pequeño capital, y lo hubiera logrado, si una nueva y cruel desgracia no hubiera venido a contrariarla.
Hacia once años enriquecía la casa en que había sido admitida, cuando su padre murió, no dejándole más herencia que a su madre enferma y a su hermano privado de la razón. Su modesto jornal era insuficiente para las más precisas necesidades de los dos enfermos, que no tenían otros recursos que su ternura y su actividad. Resolvió, en vista de su situación, establecer un almacén por su cuenta, y para ello vendió cuanto poseía, empeñó algunas alhajas que habían sido de su padre, y llegó a reunir la suma de 800 francos.
Llamó a todas las jóvenes que quisiesen encontrar en un trabajo honroso los medios de subsistencia; les enseñó sus secretos en el arte; les dio ejemplo de celo y de perseverancia, y muy pronto repartió por todo el comercio verdaderos modelos de obra en bordados, que se buscaban y admiraban por todas partes. Apenas establecida la casa de Magdalena, adquirió una grande nombradía, y muy pronto París, Nueva-York, San Petersburgo y Viena se disputaban sus productos. En muy pocos años, diez mil mujeres a quienes daba el pan tuvieron un oficio honroso y lucrativo en los obradores y talleres fundados alrededor de Nancy por la entendida y generosa fabricante.
Bondadosa y compasiva, acogía y salvaba de la miseria y de la desesperación —238→ a todas aquellas que recurrían a su amparo. Decía, como otro personaje:
«He conocido la desgracia y sé compadecerla.»
Dios protegió tanto a la buena Magdalena, que después de haber dotado a una multitud de pobres de un oficio que les aseguraba una subsistencia tranquila, se encontró dueña de 300.000 francos.
Mas para llegar a tan brillante resultado había necesitado desplegar una energía y un valor que agotaron sus fuerzas. Conociendo que su salud declinaba de día en día, pensó en traspasar su establecimiento a un sucesor inteligente. Rica ya, aún más de lo que deseara, se disponía a retirarse al campo para disfrutar del producto de su trabajo y consagrarse al servicio de Dios, de su madre enferma y de su desgraciado hermano, cuando la muerte la arrebató súbitamente.
Aunque prematura la muerte, no pudo sorprender a una mujer tan previsora como Magdalena; por su testamento había provisto a todo y dado a su riqueza, tan noble y laboriosamente ganada, un destino que prueba a la vez su rectitud y su bondad de corazón. Después de muchos legados, acompañados de expresiones de gratitud para antiguos y verdaderos amigos, y de dos mandas de 1.000 francos cada una a favor de la Virgen en la iglesia del Espíritu Santo y de los hermanos de la doctrina cristiana de Nancy, Magdalena aseguró la suerte de su hermano y dejó a su madre de por vida el usufructo de sus bienes, cuya propiedad reservó a su ciudad natal.
El testamento de esta mujer, cuyo nombre será siempre respetable y bendecido en Lorena, es un modelo de prudencia y de generosidad. Voy a citaros una parte que os hará apreciar la previsión de aquel espíritu generoso. Escuchad y admirad:
«Instituyo heredera universal de los bienes que poseo a la ciudad de Nancy.
»Debiendo toda mi fortuna al comercio de bordados, y como mi más sincero deseo sea que esta industria se perpetúe en la expresada ciudad, quiero que cada cinco años se elijan dos jóvenes de quince a diez y ocho de edad, un varón y una hembra, el uno escogido entre hijos de comerciantes que hubieron sufrido reveses de fortuna, o en su defecto de comerciantes poco acomodados, y la otra entre las huérfanas del Hospicio; estos dos jóvenes serán enviados por dos años a Lyon; uno a la escuela de dibujo, y la otra a un obrador o a casa de una maestra donde aprenda a conocer y bordar toda clase de telas. Después de haber pasado dos años en Lyon, irán todavía por dos años a París para perfeccionarse en su industria, y al quinto año volverán a Nancy. Durante estos cinco años la renta de mis bienes servirá para su aprendizaje y manutención.
»Si el producto total de mis propiedades permitiese igual beneficio para un tercer joven, la elección se hará con preferencia entre hijos de comerciantes de Nancy. Y si todavía quedase remanente, se entregará a dichos jóvenes pensionados para ayudarlos a establecerse.
»La elección de estos jóvenes queda a cargo de M. Parisot, antiguo y honrado comerciante, confiándole al mismo tiempo la administración y recaudación de todos mis bienes hasta su fallecimiento, y ocurrido este pasarán sus funciones al presidente del Tribunal de —239→ Comercio, al cura párroco de la iglesia del Espíritu Santo y al mairie de la ciudad.
»Si los jóvenes pensionados observasen mala conducta, las personas encargadas de la elección, jueces siempre para apreciar si ha lugar o no para el castigo, podrán privarles de los beneficios concedidos y otorgárselos a otros más dignos.
»Los jóvenes agraciados que aceptaren el beneficio deberán venir después a establecerse en Nancy, defraudando, si no lo hicieren, mis esperanzas y propósitos.
»Si pasados veinticinco años después de mi muerte se observase que no se llenaba el objeto de este testamento, después de deliberar reunidas las personas encargadas de cumplir lo que en él establezco, podrán vender mis bienes y destinarlos a crear una casa de asilo o de mendicidad en Nancy.»
Como veis, señoritas, esta noble y digna mujer nada había olvidado; ni el interés de su familia, ni el de las pobres mujeres a quienes con su celo, con su ejemplo, con sus cuidados y con sus consejos había sacado de la miseria; hasta el último momento de su vida pensó en la felicidad de sus compañeras.
¡Oh, señoritas! cuando por distracción bordéis esos adornos que tanto os embellecen, pensad un poco en la buena y virtuosa Magdalena Didion, y bendecid la memoria, de la que supo convertir ese pasatiempo, ese agradable entretenimiento en fuente de riqueza y de felicidad.
(Traducción de Enrique P. de Ibiza.)

Muchas veces he visto yo en la calle niños mal criados y de perversa intención, que al ver una viejecita como esa han comenzado a hacer mofa de ella, y alguno, de peor índole que los otros; ha empujado a la anciana, poniéndola en peligro de caer y sufrir grave daño. No podéis figuraros que repugnancia me inspiran a mí niños tan malos. Burlarse de la vejez es abominable acción, y os encarezco mucho, queridos lectores, que jamás caigáis en ese vicio.
—240→
¡Y con vestido nuevo!
¡Qué risa!
Funesta afición a la pintura
¡Qué miedo!
El Almanaque de LOS NIÑOS está a disposición de nuestros queridos suscritores. Para no retrasar su reparto quince días lo menos, hemos aplazado repartir la lamina cromolitografiada, de que ya tienen noticia, para el final del presente volumen. Esta lámina, que contiene una alegoría de nuestra publicación, será una novedad muy agradable para nuestros lectores. En ella habrá el hueco necesario para que los niños puedan poner, por ejemplo, lo siguiente: «Este libro de LOS NIÑOS es obsequio que hace su... (mamá, o papá, o tío, o hermano) a... (el nombre del niño o de la niña). Esta lámina servirá de portada al presente tomo.
Pueden, pues, nuestros suscritores renovar el abono, si no lo han hecho ya, e inmediatamente recibirán el Almanaque.



