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Era este mes el noveno del calendario romano, y de aquí la etimología de su nombre; es el penúltimo del año civil desde la reforma ejecutada por Numa Pompilio; estaba dedicado a la diosa Diana.
Las fiestas más notables de este mes eran los juegos plebeyos en el circo, las termales y otras.
El año 79 dio principio en este mes la terrible erupción del Vesubio, que destruyó las ciudades de Pompeya y Herculano.
Correspondo a este mes el signo de Sagitario, el centauro Chiron, que enseñó a Aquiles el uso del arco, y fue colocado entro las constelaciones.
Entre las diversas festividades instituidas por cada uno de los días del año, ninguna más solemne que la de Todos los Santos, porque en ella se refunden todas las demás. El pontífice Bonifacio IV fue quien ordenó sil celebración el día 13 de Mayo, hasta que fundado un templo suntuosísimo bajo la advocación de Santa María la Rotunda, dispuso el papa Gregorio IV su traslación al 1.º de Noviembre, siendo siempre muy solemnizado tal aniversario. Más consolador que triste es, si bien se considera, bajo el aspecto religioso, el día de Todos los Santos, en que la Iglesia nos recuerda la dicha que disfrutan en el cielo los bienaventurados, según el texto del Evangelio, que hoy nos dice: «Feliz aquel cuyas lágrimas borrarán de la memoria del mismo Dios la historia de sus pecados. Feliz también el que sabe contener sus deseos y pasiones dentro de los límites de la ley de Dios, porque éste poseerá una tierra más durable que el imperio del universo.»
Los sucesos históricos de mayor importancia que tienen su aniversario en este mes son los siguientes:
Nacimiento del célebre poeta Lucano, en 39. -Muerte de Omar (padre de Mahoma), rebelde en un principio a la doctrina del Korán; hizo cruda guerra a sus sectarios, hasta que reducido por su primo Abdallah, ocupó el trono —194→ por espacio de diez años, en 644. -Nace Alfonso IV de Castilla, en 1155. -Conquista de Sevilla, por Fernando III, el Santo, en 1248. -Nace en Medina del Campo Fernando I, en 1380. D. Juan II da a Antequera el título de ciudad, en 1411. -Entrada de este monarca en Barcelona, en 1458. -Nace en Toledo la reina doña Juana la Loca, en 1467.-Muerte del cardenal Jiménez de Cisneros, en 1517. -Nace en Madrid el fénix de los ingenios, Lope de Vega, en 1562. -La ilustre española Santa Teresa de Jesús toma el velo de religiosa, en 1572. -Es bautizado en Fuente de Cantos el notable pintor Zurbarán, en 1598. -Los españoles toman a los moros la fortaleza de Larache, en 1610. -Muere el rey de España Carlos II, en 1700. -El duque de Anjou es declarado y reconocido rey de España en Versalles, en 1700. -Fúndase en Sevilla un real colegio de abogados, en 1706. -Nace en Barcelona el filólogo Capmany, en 1742. -Temblor de tierra en Lisboa, que destruyó la mayor parte de la población, pereciendo 30.000 personas, en 1755. -Nace en Oviedo el gran historiador conde de Toreno, en 1786. -Coloca Jovellanos en Gijón la primera piedra del instituto de Asturias, en 1797. -Se establece en Madrid la escuela de taquigrafía, en 1802. -Nace el infante D. Sebastián de Borbón, en 1811, y muere el mismo mes y año en Vega el ilustre D. Gaspar Melchor de Jovellanos. -Recuperan los españoles a Pamplona, en 1813. -Muere en el mismo mes y año en Cádiz el literato y filólogo Capmany. -Victoria de los españoles en Ciudad-Rodrigo, contra los franceses, en 18 12. -Establécense cátedras de agricultura en Valencia, en 1818. -Doña Isabel II es declarada mayor de edad, en 1843. -Muere en el inmediato pueblo de Chamberí el célebre poeta D. Ventura de la Vega, en 1865.
Madrid 1.º de Noviembre de 1871.
M. J. PASCUAL.
| J. C. M. | ||
El mundo, en sus manifestaciones infinitas, está subordinado a leyes inflexibles.
Nada hay que pueda oponerse al poder de esas leyes supremas, porque ellas son las relaciones necesarias que se derivan de la naturaleza de las cosas, son, digámoslo así, el modo de ser, la sustancia, la esencia de todo lo creado.
Y por eso, los seres de organización, ora pertenezcan al reino vegetal, ora al animal, tienen su esfera propia y privativa, dentro de la cual viven, y fuera de la cual sucumben.
—195→No hay para qué decir la importancia que entraña el conocimiento de la esfera natural de todos los seres, porque de ese conocimiento dependen las grandes y fecundas aplicaciones de la verdad científica.
Pero concretándonos a la vida orgánica del hombre, es indudable que para conservarla y robustecerla es preciso conocer las condiciones naturales a que está subordinada: y he aquí el misterio de la higiene.
Si el hombre, desconoce las causas que influyen constantemente en el modo de ser y en su modo de funcionar; sino se sujeta en todos y en cada uno de sus actos a determinados principios y a inflexibles reglas, es muy seguro que se perturbará su economía, que se paralizará o entorpecerá el fuego de sus órganos y que se comprometerá su vida. Así es que el instinto de conservación se anticipa en el hombre a las conquistas de la ciencia; y puede decirse que la higiene espontánea es anterior a la higiene reflexiva; que la voz de la naturaleza advierte al individuo los riesgos que corre y los peligros que le amenazan dentro de la esfera en que se agita su existencia. Y tanto la voz de la naturaleza como la voz de la ciencia dicen al hombre lo que debe hacer para conservar en su mayor integridad el bien precioso de la vida; bien inapreciable, no sólo por lo que humanamente, vale, sino por los misterios que encierra en sus relaciones con el porvenir eterno que en la región del más allá está reservado al hombre. Prescindamos ya de la higiene física, y estudiemos la higiene del alma.
¡Ay! si el elemento material del hombre esconde secretos inescrutables y entraña importancia inmensa, ¿qué secretos no esconderá y qué importancia no entrañará el elemento espiritual?
Es, pues, indudable: si el conocimiento de las condiciones dentro de las cuales vivo y crece el cuerpo del hombre es la higiene física, el conocimiento de las condiciones dentro de las cuales realiza el espíritu sus fines augustos, es la higiene del alma.
Y ¿dónde encontraremos los principios sublimes a los cuales debe subordinarse el alma? ¿Dónde hallaremos la fórmula dogmática de esa higiene admirable que determina las reglas de nuestra conducta como seres racionales? ¿Será posible que la insensatez del hombre sea tan grosera que pretenda encontrar dentro de sí mismo la luz divina que lo deje ver las relaciones que le ligan a su origen y a su destino? Pues esa insensatez tan absurda y tan repugnante, es la idea capital del funesto sistema conocido con el dictado de materialismo. ¿Cómo es posible, que el hombre se eleve a su origen con el débil vuelo de su deleznable razón? ¿Cómo es posible que con su limitada inteligencia alcance los horizontes ilimitados de la eternidad? Se comprende muy bien que el criterio humano investigue y penetre las relaciones del orden material, porque son relaciones sensibles y tangibles, pero no se comprende sino como una aberración monstruosa que lo humano quiera con su poder pequeño elevarse a lo divino, comprenderlo y juzgarlo: y esa monstruosidad se ve en el racionalismo. Es evidente: la religión verdadera ha de ser revelada, porque la religión natural, tal como la comprenden los racionalistas, es la negación de todo principio dogmático y la protesta de toda verdad axiomática. En una palabra: el alma, para —196→ responder a su misión, es preciso que se inspire en una doctrina tan fundamental como el cristianismo y en una ley tan infalible, como el catolicismo; porque la religión verdadera es la que regula las pasiones del espíritu y exalta en el hombre el amor al bien, porque, esa religión es la higiene del alma.
JUAN CANCIO MEYA.

No hay novelista que haya inventado más cuentos que esta pobre y buena abuelita, a quien sus nietos le están diciendo siempre:
-¡Un cuento, abuelita!
Y la abuelita es una especialidad para cuentos. No se los cuenta nunca de esos terribles en que los gigantones se comen a los chicos, sino cuentos de acciones buenas, heroicas, de virtudes, de afectos dulces y tiernos, cosas, en fin, que hacen pensar a los niños en ser buenos siempre, y en amar a Dios, y a sus padres, y al prójimo.
—197→

| Dos peregrinos un día | |||
| una gran ostra encontraron, | |||
| y a disputar comenzaron | |||
| sobre a quién pertenecía. | |||
| -«Antes que tú yo la vi | |||
| y me la debo comer.» | |||
| «No; cuando vino a caer | |||
| a mis pies yo la sentí.» | |||
| -«Es mia.» -«No, señor, mía.» | |||
| «Yo no la cedo.» -«Ni yo.» | |||
| En esto un sabio llegó | |||
| curioso a ver qué ocurría. | |||
| La ocasión de aquel disgusto | |||
| minuciosos le contaron, | |||
| y su árbitro le nombraron, | |||
| creyéndole recto y justo. | |||
| —198→ | |||
| Cogió el marisco en sus manos, | |||
| lo abrió con mucha limpieza, | |||
| y dijo con entereza: | |||
| -«Ésta es mi opinión, hermanos.» | |||
| Y dándole a cada cual | |||
| una concha, él, que en el centro | |||
| estaba, lo que halló dentro | |||
| se lo comió muy formal. | |||
| Y uno y otro peregrino, | |||
| por su soberbia maldita, | |||
| se quedaron sin la ostrita, | |||
| que un extraño a comer vino. | |||
| No disputes con tu hermano | |||
| y cede siempre que puedas, | |||
| que tú serás, como cedas, | |||
| más humilde y menos vano. | |||
C. FRONTAURA.
Dejé para este número el manifestaros la causa por que nuestro amiguito Carlos fue tan repentinamente llamado. Tengo, pues, empeñada con vosotros mi palabra, y debo hacer lo que os prometí, siquiera sea porque no es de caballeros faltar a la fe prometida.
Ya alguno de vosotros, mis queridos lectores, habrá para sí hecho mil suposiciones, como si quisiera adivinar lo que yo solo manifestar podía. Yo solo, sí, que sólo yo conservo en mi memoria las lecciones de mi amiguito, y por tanto, nadie más podría manifestaros lo que en ellas aconteció; pero no tengáis cuidado; he tomado sobre mí la tarea de cronista, y no soy de aquellos que abandonan las empresas, por muchas que sean las dificultades que presenten. Ninguna presenta este trabajito, y ademas, vosotros, queridos niños, debéis ser muy buenos, y como tal muy acreedores a que yo escriba esto para que lo leáis, y para que de ello podáis sacar la enseñanza que pueda contener. ¿Quién de vosotros no habrá querido, siquiera una vez, parecerse a mi amiguito Carlos? ¿Quién no habrá deseado sabor lo que él, poder, como él, enseñar a vuestros compañeros, ya la geometría, ya otra cualquier ciencia? ¿Será esto así?
Quiero suponerlo; quiero creer que todos sois dignos de que os llame mis amiguitos, y de que procuro escribir este trabajito del modo que pueda seros más agradable.
Pero me olvidaba de la promesa pendiente: voy a deciros por qué el papá de Rafael llamó al joven profesor.
No podréis vosotros, tal vez, haceros cargo de lo que había sucedido; no podréis vosotros suponer que los estudiantes habían sido malos y harto ingratos con la persona que tan generosa y cariñosamente los recibía en su casa todos los días.
¿Malos, ingratos?
Sí, malos, porque ellos, en su afán de saber, en su afición a la geometría, apenas llegaban al jardín, que ya con lápices que traían, ya con pedacillos de carbón, ya con otra cosa cualquiera, —199→ se ponían a dibujar sobre las paredes ángulos, líneas, figuras, en fin, de todas clases, de las que habían visto en sus lecciones anteriores.
Suponeos, queridos niños, si a ese paso habría pared suficiente a contener los muñecos de los geómetras, como también podéis haceros cargo de lo que pasaría por el dueño de la casa al ver las tapias de su jardín convertidas en planos geométricos, no ya correctos y ordenados, sino de tal modo confusos e irregulares, que más parecían una aglomeración de líneas diferentes, que figuras aisladas hechas con conocimiento y regularidad. Naturalmente, los noveles dibujantes no habían cuidado sino de expresar cada uno, en el sitio que más próximo tenía, la figura que más había llamado su atención, o aquella cuya representación más fácil consideraba, y esto había sido causa de aquel abigarramiento de curvas y de rectas, de ángulos y cuadriláteros, que había necesariamente llamado la atención del padre de Rafael, ocasionándole el natural disgusto.
He aquí explicada la causa de la llamada de Carlitos; he aquí descifrado el enigma. Ahora bien: ¿qué creéis que diría a mi amigo el profesor, el padre de Rafael? Pues se limitó a pedirle que hablase a los niños en su nombre, suplicándoles no volviesen a manchar las paredes del jardín, ya que eso no era bonito ni representaba en los niños una buena educación.
¿Creéis ahora que yo tenía razón al deciros que los niños habían sido malos e ingratos?
Sí la tenía: habían sido malos, en cuanto nunca debieron manchar paredes de una casa en que con tal benevolencia eran recibidos; habían sido ingratos, en cuanto pagaban de mala manera los favores recibidos de la enseñanza que se les daba por Carlitos, mi amigo queridísimo.
Éste, al saber lo hecho por los niños, prometió formalmente al padre de Rafael, en nombre de aquellos, que semejante cosa no volvería a suceder, pues si tal ocurriese, él no volvería a explicar geometría a los niños.
Ved, lectores queridos, cómo los jóvenes estudiantes se habían expuesto hasta a perder las explicaciones, que tanto les gustaban; ved cómo las malas acciones no tienen nunca un satisfactorio resultado.
No quiero yo con esto deciros que los estudiantes habían hecho intencionalmente las figuras en la pared; no quiero yo tampoco haceros creer que ellos habían tenido al ejecutarlas ningún mal deseo, no; sólo su afición a la geometría, sólo su anhelo de aprender y de manifestar lo que habían aprendido ejercitándose en ello, era la causa del disgusto que habían dado al padre de Rafael.
En verdad que podían ser dispensados por su falta en atención al objeto que la motivaba; ¿quién de vosotros no habrá ya, después de leer los artículos que de este trabajito os he escrito, cogido un papel y un lápiz y hecho lo mismo que los estudiantes habían hecho en las paredes del jardín?
Era, pues, más bien inadvertencia que falta la que habían cometido los geómetras, y comprendiéndolo así el padre de Rafael, se había limitado a pedir a Carlitos hiciese comprender a los niños que no debían hacerlo más.
Así, en efecto, lo hizo mi amiguito; y para ello sólo volvió al cenador donde, como os dije, habían quedado sus —200→ compañeros esperando su vuelta y haciéndose mil preguntas sobre la misteriosa llamada.
Carlos volvió no como amigo; era la primera vez que había tomado para sus, compañeros el carácter de maestro, olvidándose de su habitual amabilidad, y revistiéndose de cierta autoridad pedagógica que desde luego llamó la atención de todos los que en el cenador estaban.
-«Algo ha pasado.» He aquí lo que todos se dijeron; he aquí lo que hizo que cada uno se pusiese, podemos decirlo, en guardia.
Carlos empezó a hablar, no ya como de costumbre, sino serio, como quien quiere dar a sus palabras la autoridad de que no aparecen revestidas. Empezó manifestando a los niños el disgusto que habían ocasionado a la persona que tan benévolamente les recibía en su casa; siguió, expresando su participación en dicho sentimiento, y terminó asegurándoles que si volvían a cometer semejante falta, ésta sería causa segura e indefectible de la conclusión de la cátedra de geometría.
No tengo para qué deciros que los niños prometieron ser buenos en adelante, empeñando formalmente su palabra de no volver a pintar la más pequeña raya sobre las paredes. Quedaron conformes en que si alguno faltase a esta promesa fuese ignominiosamente despedido al frente de sus compañeros de clase.
Carlitos descansó en esta promesa, y también confió en ella el papá de Rafael. Las paredes fueron blanqueadas, y todo volvió a quedar en el mismo estado que antes. Yo sé que alguno, olvidándose de su promesa quiso más de una vez copiar las figuras que Carlitos presentó en lo sucesivo; pero ya hubo quien le recordase la palabra empeñada, si él no la recordó a tiempo.
La clase volvió a continuar, y el joven profesor siguió en la siguiente tarde explicando los cuadriláteros. Nosotros veremos esta lección en el siguiente número.
E. THUILLIER.

ANTONIO ARNAO.
—202→
El uso de la sal se remonta a los primeros años del mundo; la historia nos ha conservado el nombre de Phidippas de Grecia, el primero que imaginó aplicarla a la conservación de las viandas y carnes; todos los pueblos de la antigüedad se formaron de la sal ideas erróneas y hasta supersticiosas. Su verdadera naturaleza fue ignorada hasta mediados del siglo XVIII, en que Margraff, químico prusiano, a quien se debe también el importante y productivo descubrimiento del azúcar en la remolacha, demostró científicamente que la sal común es un compuesto de dos cuerpos simples; cloro y sodio. Así, pues, no hay duda que haciendo reaccionar directamente el cloro, sobre el metal sodio, obtendríamos nuestra sal de cocina, o sea el cloruro de sodio. Pero afortunadamente no tenemos necesidad de esa operación de laboratorio, puesto que la pródiga naturaleza nos la suministra con tanta abundancia y bajo dos estados diferentes; en capas más o menos considerables en el seno de la tierra, y en disolución en las aguas de los mares y de ciertos manantiales y lagos.
En el primer estado, esto es, en el estado de sal gemma, se presenta generalmente muy blanca y pura; pero algunas veces está teñida de amarillo, encarnado, violeta, azul, verde, por arcillas, óxidos de hierro y de manganeso, materias orgánicas, animales microscópicos y fósiles. Cuando la sal gemma es pura, se extrae inmediatamente del terreno, ya haciendo una explotación a cielo abierto cuando se encuentra muy cerca de la superficie, ya construyendo pozos y galerías como en las minas de carbón de piedra. Las explotaciones más notables de sal gemma son las de Cardona, en Cataluña, y las de Vielizka, en Polonia. En esta última, hoy día se trabaja a más de 400 metros de profundidad y a 65 del nivel del mar. Es una continuación de vastos subterráneos, una ciudad inmensa con sus casas, calles, plazas e iglesias para los mineros y sus familias, de cuyos individuos muchos allí nacen y allí acaban sus días.
Cuando la sal gemma es impura, se perfora la tierra hasta llegar al medio de la masa de sal, se echa agua por el agujero, y cuando está saturada, se la trasiega por medio de bombas a unos calderos, donde aquellas aguas son evaporadas por ebullición, a fin de que depositen la sal de que se habían apoderado.
De la misma manera se explotan las aguas de los lagos y fuentes salobres después de haberlas concentrado por medio de la evaporación espontánea en los llamados edificios de graduación, que consisten en unos muros de fajinas o armazones de madera llenos de espinos y ramajes. Al caer a las aguas por entre ellos, se esparcen, y sus puntos de contacto con el aire se multiplican infinitamente, y por consiguiente se evaporan en una gran porción, mayormente si el viento reinante es seco y caliente. Las aguas así concentradas caen en un estanque, de donde pasan sucesivamente a otros cuatro o cinco, edificios de graduación.
—203→Las aguas de los mares, sobre todo las del Mar Muerto y las del Mediterráneo, contienen en disolución una multitud de sales varias, entre las cuales la más abundante es el cloruro de sodio. La extracción de la sal marina se ejecuta por dos procedimientos, ambos en condiciones climatológicas diametralmente opuestas. En el primero, que es exclusivo de las regiones septentrionales (costas del mar Blanco), se utiliza el frío que reina en ellas para congelar el agua del mar, con lo cual se forma una costra sólida de agua pura, y la restante contiene la totalidad de la sal, habiendo adquirido de este modo suficiente grado de concentración para poderlas someter económicamente a la evaporación por medio del fuego. El segundo procedimiento es el que se emplea en los países cálidos y aún en los templados, como España, Francia meridional y costas del Mediterráneo. Llámanse saladares unas vastas superficies establecidas a orillas del mar, y en las cuales se cuaja la sal por evaporación al aire libre. Se hallan divididos en varios compartimientos, o estanques, de muy poca altura, y que el agua va recorriendo con suma lentitud; de modo que cuando llega al término de su curso y permanece algún tiempo en los últimos compartimientos, deposita la mayor parte de la sal que contenía en disolución. Llegada la época de la cosecha, que se verifica en los primeros meses de estío, vense los trabajadores trascurrir por las estrechas y resbaladizas calzadas O tabiques que separan los compartimientos para amontonar y escurrir la sal en su pendiente. Con estos montoncitos se forman unas pirámides alrededor de los saladares, con el objeto de secar y purificar la sal.
Respecto de la sal marina, reina una preocupación tan general como rara y absurda. Creese que dicha sal, tal como sale de los alfolíes, agrisada o impura, sala más que después de refinada y blanca, y aún más que la sal gemma. Este error proviene de que la sal gris o marina encierra, ademas de arcillas y otras materias, sales de magnesia cuyo sabor amargo parece que realza o da más energía al sabor salado. Pero es así que esta impureza ocupa el lugar de una cantidad igual de cloruro de sodio puro; luego es evidente que en una libra de sal marina habrá menos cloruro de sodio que en una de sal gemma, y por lo tanto esta salará más.
El cloruro de sodio es sin duda el cuerpo que ha recibido más numerosas e importantes aplicaciones en agricultura, en las artes industriales, en medicina y en economía doméstica. En varias localidades se aprovechan las arenas y las arcillas que se hallan impregnadas de sal, residuos de saladares, etc., para fertilizar los campos. Los metarlugistas lo usan a menudo como fundente, o sea como medio de acelerar la fusión de los metales. Los alfareros echan puñados de sal en sus hornos, porque al volatilizarse ésta se adhiere en polvo fino a las paredes de las vasijas que se están cociendo, donde bajo la influencia del calor, de la arcilla y del vapor acuoso que se esparce al echarla, se forma una delgada cubierta o capa vítrea. Las fábricas de productos químicos consumen anualmente enormes cantidades de sal común para preparar el ácido clorhídrico (sal fumante), el cloro, sulfato y carbonato de sosa, cloruros, etc., etc. —204→ La sal se ha propinado bajo mil formas y en mil diversas enfermedades desde los tiempos más remotos; empero más antiguo y universal es su empleo para sazonar y condimentar los alimentos. No sólo la usa el hombre, sea cualquiera su precio, sino que también la da a las bestias en los lugares en que puede proporcionársela a poca costa, pues es muy favorable a su salud: varios animales rumiantes, como el carnero, la vaca, la cabra, guiados por su instinto, van a lamer con avidez las piedras salobres que encuentran por los campos. Sin la sal la mayor parte de los alimentos, y en particular las verduras y legumbres, serían indigestos y nos causarían la muerte. Determina una abundante secreción de los jugos del estómago, animando saludablemente la digestión; mas esta secreción es tan fuerte cuando se han comido manjares muy salados, que la digestión no se termina sin experimentar una sed insoportable. El abuso de este condimento puede ocasionar varias enfermedades cutáneas, herpes y el escorbuto. Así se explica el desarrollo que toma este terrible azote en las tripulaciones que durante una larga navegación se ven precisadas a alimentarse de sustancias conservadas por la sal.
WALFRIDO NOEL
Nociones y conocimientos útiles y recreativos para la infancia y la juventud
-¿Qué es un pararrayo? -Es una barra metálica que se eleva sobre un edificio, en contacto con un conductor metálico también que baja hasta el agua de un pozo, o hasta el suelo húmedo.
El pararrayo fue inventado por Franklin.
-¿Cuál es el mejor metal para el pararrayo? -El cobre rojo.
-¿Por qué el cobre es mejor que el hierro? -Porque su poder conductor es mayor que el del hierro, está menos expuesto a fundirse por la acción del rayo, y resiste más a la acción del tiempo.
Las cifras siguientes indican la conductibilidad de los diversos metales:
Plomo, 1; estaño, 2; hierro 3 ½; cobre, 5.
-¿Cuál es el efecto de un pararrayo? -La punta metálica que lo termina, atrae la electricidad de las nubes que cruzan sobre ella, y el conductor la trasmite a la tierra.
-¿Hasta qué distancia se extiende la influencia protectora del pararrayo? - —205→ Protege eficazmente contra el rayo un espacio circular de un radio doble de su altura. Así, pues, un edificio largo o cuadrado de veinte metros no necesita más que un pararrayo de cinco metros de altura.
-¿No han ocurrido accidentes nunca por efecto del rayo en las casas protegidas por pararrayos? -Sí, ocasionados por la imperfecta construcción de esos aparatos, o por falta de la vigilancia necesaria para conservarlos siempre en buen estado.
-¿Cómo pueden ocasionarse esos accidentes donde hay pararrayos? -Si el conductor metálico está roto por vejez o por otra causa, o si no existe su comunicación inmediata con el suelo húmedo, el rayo, que encuentra el paso interceptado, puede hacer destrozos en el edificio.
-Si el conductor no se rompe, y la comunicación con la tierra húmeda está corriente, ¿pueden ocurrir accidentes? -No, a menos que, la descarga eléctrica sea tan fuerte que no pueda ser trasmitida por el conductor. La punta o el conductor pueden ser rotos o fundidos, y el rayo entonces puede causar grandes daños.
-¿Qué diámetro debe tener un pararrayo? -El diámetro de una barra de cobre debe ser de cuatro centímetros y el de una barra de hierro de algo más.
-¿Por qué un pararrayo debe terminar en punta? -Porque una punta atrae imperceptiblemente y sin ruido la electricidad de las nubes que, pasan por encima, mientras que una bola la descargaría por pequeñas explosiones sucesivas, que podrían ser peligrosas; las puntas descargan las nubes a una distancia más grande; por ejemplo, la punta de una aguja colocada a ocho centímetros de la botella de Leyde, la descargará sin peligro y sin explosión, y una bola no produciría ciertamente el mismo efecto.
-¿Cuál es el mejor sistema de pararrayos? -El de Sir Snow Harris, que establece la comunicación directa con el suelo, no por medio de cadenas más o menos flotantes, sino por medio de planchas de cobre incrustadas en el techo y los muros del edificio, o en los mástiles y vergas de los buques, sin que el contacto de las planchas sucesivas pueda ser interrumpido; también es muy bueno el pararrayo de múltiples puntas afiladas de M. Perrot, que protege una zona circular de un diámetro mucho mayor.
El trueno.
-¿Qué es el trueno? -El ruido o fenómeno acústico que acompaña al rayo. La descarga eléctrica, dotada por una parte, de un gran poder mecánico, apta por otra a enfriar una masa de vapor y a condensarla, como también a dilatarla súbitamente por una elevación de temperatura, formada, en fin, de electricidad, cuya naturaleza es determinar atracciones o repulsiones sucesivas, posee evidentemente en sí misma todo lo preciso para poner el aire en movimiento o en vibración, es decir, para producir un ruido de una gran intensidad.
-¿Cuándo se hace o oír el trueno como un estruendo parecido a la detonación de muchos fusiles juntos? -Cuando la descarga eléctrica es única o formada de descargas parciales, que llegan todas a un mismo tiempo y a un mismo punto del espacio.
-¿Cuándo se oye el trueno como un fuerte redoble? -Cuando la descarga —206→ eléctrica es múltiple y las descargas parciales estallan sucesivamente y a desiguales distancias. La descarga eléctrica, o el relámpago, abraza frecuentemente un arco inmenso en el cielo; y así hay casos en que el trueno dura treinta, cuarenta y aún cincuenta segundos.
-¿Cuáles son los ruidos que llegan más pronto hasta nosotros? -Los que se producen en las regiones más bajas de la atmósfera. Así puede suceder que las últimas descargas eléctricas sean las primeras que oigamos.
-¿Por qué puede ser eso? -Porque la velocidad de propagación de la descarga eléctrica y de la luz en el espacio es muy grande, con relación a la velocidad de propagación del sonido. La aparición de los relámpagos indica los puntos precisos donde se producen las descargas y su orden de sucesión; no sucede lo mismo con el trueno. El ruido producido por la primera descarga, si la tempestad se ha aproximado al observador, debe llegar a su oído después que el ruido de la última descarga; la diferencia de tiempo infinitamente pequeña está compensada por la diferencia de las distancias.
-¿Por qué no se percibe el ruido del trueno sino más o menos tiempo después que se ha visto el relámpago? -Porque la velocidad de la luz es muy grande y traspasa la distancia comprendida entre la nube más lejana y nuestros ojos en menos de una milésima parte de segundo; vemos, pues, el relámpago en el momento en que nace. Por el contrario, la velocidad de la propagación del sonido es relativamente muy pequeña, y le hace falta un tiempo relativamente considerable para llegar a nuestros oídos; por esto no percibimos el ruido del trueno sino uno o más segundos después de producirse; se han contado hasta setenta y dos segundos entre la aparición del relámpago y la percepción del ruido. El sonido recorre apenas 340 metros por segundo, mientras que la luz en un segundo recorre una distancia de 80.000 leguas, o sea ocho veces la circunferencia del globo terrestre.
-Midiendo el tiempo que pasa entre la aparición del rayo y el sonido del trueno, ¿puede el observador calcular aproximadamente la distancia máxima que le separa del punto en que se ha verificado la descarga eléctrica? -Le bastará para eso multiplicar el número entero o fraccionario de segundos por 340, velocidad del sonido; el producto será la distancia máxima en metros. Si, por ejemplo, el ruido no llega hasta cinco segundos después del relámpago, la nube estará a lo más a 1.700 metros; estará a 340, 168, 135, 65, 34 metros si el intervalo entre los dos fenómenos es de un segundo, de medio segundo, de cuatro décimas partes de segundo, de tres o, de dos o de una décima parte de segundo. Si se mide o calcula además el ángulo que forma con el horizonte el rayo visual llevado a la extremidad del relámpago más próximo, se podrá calcular la distancia máxima a la tierra o su altura máxima en la atmósfera.
-¿Hay lugares donde no truena jamás? -No hay relámpagos ni truenos en Lima, en el Perú, país muy cálido. Parece que más allá del 75 grado de latitud Norte no truena jamás, ni en el mar ni en las islas.
-¿Cuáles son los lugares donde truena más? -Mientras que en Francia, —207→ en Inglaterra y en Alemania el número medio anual de los días de tormenta llega a 20, en Río-Janeiro o en la India hay más de 50. Un observador colocado en el Ecuador y dotado de órganos bastante sensibles, oiría cada día casi constantemente el ruido del trueno, porque las descargas eléctricas son casi continuas en la atmósfera.
-¿Influyen las circunstancias locales en la frecuencia del fenómeno? -Sin duda, y es probable que exista cierta relación entre la naturaleza geológica de los terrenos y el número y la fuerza de las tempestades.
-¿Son más o menos frecuentes las tempestades ahora que en otros tiempos? -El conjunto de las observaciones recogidas da cierta probabilidad a la idea de que desde los tiempos antiguos acá ha disminuido mucho la intensidad de las tempestades.
Disponiéndonos estábamos a escribir un artículo examinando el nuevo libro de nuestro estimado colaborador Sr. Guerrero, Lecciones familiares, segundo de los que, dedicados a la infancia, ha escrito aquel autor, y del cual se ha ocupado la prensa con justo encomio; pero habiendo sabido que Fernán Caballero, el tierno y popular Fernán Caballero, había escrito al señor Guerrero una delicada carta a propósito del citado libro, hemos creído que mejor y más autorizada era esa carta que nuestro artículo, y hemos suplicado reiteradamente al Sr. Guerrero que nos la facilite. He aquí, pues, la opinión, delicadamente expresada, que Fernán Caballero ha formado del libro Lecciones familiares4.
«Sr. D. Teodoro Guerrero:
Mi buen amigo: Doy a V. las gracias por su libro Lecciones familiares, y después de haberlo leído, la más sentida enhorabuena por ser el autor de esta obra, que una vez más viene a probar a los incautos y a los mal intencionados cuán perfectamente se unen la cultura y el saber con las santas doctrinas cristianas, que son las legítimas fuentes de aquellas.
Valeroso contra las precauciones vulgares, que la impiedad ha esparcido sin cortapisas, dice V. en sus escritos, así como lo prueba en su vida privada, que el ideal del hombre en este mundo es el que forman los divinos preceptos religiosos, que hacen al buen hijo, al buen marido y al buen padre, que constituyen la familia, base de la sociedad humana.
No añado más, porque cuanto yo pudiera decir lo han dicho ya magistralmente el señor D. Joaquín Santos Suárez, en nombre de la junta superior de Instrucción pública de Cuba, y el Sr. D. José María Lluch, en nombre de la de Puerto-Rico, así como el prólogo de la señora doña Luisa Pérez de Zambrana. Mi insignificante opinión, después de aquellas tan autorizadas, es como un débil reflejo respeto de la luz. Lo que sí haré de todo corazón es dar la enhorabuena a su padre, mujer e hijos, por serlo de quien tan noble, sentida y cristiana manera sabe ser hijo, marido y padre.
De V. su más amiga y S. S. Q. B. S. M.,
FERNÁN CABALLERO.
Sevilla 24 de Octubre de 1871.»
—208→

Más contentos que en los salones, gozando de los placeres del mundo que su posición les permite, están estos esposos en el sagrado de su hogar, contemplando embebecidos los juegos e inocentes travesuras de su hijo y pensando en su porvenir, y gloriándose ya con la esperanza de verle hombre de provecho, útil a la sociedad.
Del 20 al 25 del actual estará el magnífico Almanaque de LOS NIÑOS para 1872. Este Almanaque se regalará a los suscritores que terminando su abono en noviembre o en diciembre del actual, o en enero o febrero de 1872, lo hayan renovado o lo renueven antes de terminar el presente año. Los señores suscritores de provincias deberán remitir un sello de medio real sobre el precio del abono, para remitirles certificado el Almanaque.
—209→

Todos estamos de acuerdo en que para comer bien y a gusto, es cosa esencialísima que el mantel esté blanco y hermoso, que los platos estén limpios, que no haya pelos en la sopa, que el cuchillo esté seco y reluciente y no le hayan quedado restos de lo que cortó el día antes. También me parece que a todos nos gusta que el vaso en que bebemos esté limpito, y que el agua sea clara y límpida, y todavía nos parecerá mejor si es acabada de coger en la fuente que si nos la presentan extraída del fondo de una vasija poco limpia.
Pues, niños míos, si os gusta que os sirvan la comida con la limpieza, y no os gusta beber agua sucia, también os debe gustar estar siempre muy limpios vosotros mismos, ¿no es verdad?
¿Os parece un poco inconveniente mi pregunta? Creed que mejor quisiera hablaros de otro asunto, porque es difícil tratar delicadamente de la... ¿cómo diré?... de la porq... no, no diré esa palabra... de la suci... vamos, diré de la falta de limpieza.
Puede que digáis:
-¿Y qué nos viene V. a decir a nosotros de ese asunto?...
Enhorabuena; si a vosotros, lectores míos, no hay para qué hablaros de ese asunto, mejor que mejor para vosotros; figuraos entonces que hablo con un niño cochi... digo, pue... es decir, poco limpio, y me parece que tampoco perderéis nada por saber lo que le digo a ese niño, que tiene la desgracia, o mejor dicho, el feo vicio de ser un grandísimo coch... digo, de ser poco limpio.
¿Por qué no eres limpio?... pregunto al niño que no lo es; y ya sabemos que no aludo a ningún lector de LOS NIÑOS.
¿Por qué esta mañana no te has lavado más que la punta de la nariz?... ¿Por qué gastas con tanta economía el agua?... En tu cuello veo ciertas sombras sospechosas, que sin duda proceden... —210→ de que no te has lavado bien.
Pero, hombre, ¿y esas orejas?... Aunque no es muy agradable que digamos, voy a tomarme el trabajo de examinar tus sombrías orejas. Bien se conoce que haces de ellas poquísimo caso, y en verdad te digo que no hay nada más feo que unas orejas sucias, las tuyas, por ejemplo. La más bonita oreja es fea y asquerosa si no está limpia como el nácar sonrosado.
Puede que me digas que las orejas, por el sitio que ocupan en la cabeza, escondidas entre el pelo, nadie las ve; ya supongo yo que tú no te las ves, pero todos los demás te las ven al momento, como tú se las ves a los demás.
Tu mamá y tu papá, cuando estés comiendo con ellos, te las verán muy bien, y también los convidados, si los hay, y estos no manifestarán su disgusto, porque serán bien educados y tolerantes, pero no podrán menos de pensar: -¡Jesús! ¡qué niño tan puer... tan poco limpio!
Chico, chico, ven acá, que te voy a decir lo que has tomado esta mañana; todavía tienes en el labio una manchita de chocolate, y esa amarillenta que tienes en la barba debe ser de huevo seguramente. Quien te vea así ya podrá contar que has almorzado chocolate y huevo.
¿Por qué ocultas el rostro con las manos? ¡Ah! ya adivino; para que vea yo que estás muy disgustado, muy triste, y no tienes humor de pensar en nada, ni en ti mismo. ¿Quién te se ha muerto, hombre, que hasta las uñas las llevas enlutadas?
¡Ah! ¿te incomodas ahora... y me haces observar que no te cuidas de ti mismo, porque no eres presumido como Futanito y Zutanito? Bien, no serás presumido; pero una cosa es ser presumido y otra es ser puer... digo, poco limpio. La presunción es, sin duda, un defecto, pero la falta de limpieza es otro.
Y si a ti no te importa no estar limpio, les importa mucho que lo estés a los que viven contigo, a los que te aman, a los que sufren viendo tus imperfecciones, y se alegrarían muchísimo de hallar en ti reunidas todas las buenas cualidades.
Si a ti no te enojan tus defectos, no es esa una razón para conservarlos. No tienes derecho a ese abuso; eso fuera bueno si vivieras solo, si estuvieras en una prisión celular, o si fueras otro Robinson, y aún de ese modo también sería un gran defecto la falta de limpieza.
¿Te gustan a ti, por ventura, los defectos de los demás, de tus amigos, por ejemplo? No. ¿Les aconsejarías tú que, no se corrigiesen nunca de los defectos que a ti te parecen insoportables? Seguramente que no. Les aconsejarías, por el contrario, que los abandonasen prontamente.
Pues, entonces, ¿por qué quieres tú conservar un defecto que enoja e incomoda a los demás?
Suponte tú que tu madre estuviese enferma y tuvieras que prepararle una tisana, azucararle un vaso de agua, presentarle una medicina; ¿no te parece que la vista de unas manos tan poco limpias, desagradaría grandemente a tu pobre madre?
Es preciso que el niño y el hombre, que todos, en fin, en todas las clases de la sociedad, sean limpios y agraden y sean simpáticos a sus semejantes.
La limpieza es la virtud del cuerpo.
Cinco minutos después de levantarte —211→ debes lavarte perfectamente, sin tener miedo al agua fresca, que es sumamente saludable.
Lo mismo para estar en casa que para salir, debe un niño ponerse limpio, lavarse bien y no dejar esto para cuando va a ir de visita. La limpieza es una costumbre fácil y provechosa que debe adquirirse desde la más tierna edad; de lo contrario, se adquiere la de no ser limpio, y esta sí que es perjudicial al buen concepto y a la salud de la persona.
El agua es una gran cosa, y hay que amar, que adorar al agua. Así como riegas el rosal de tu ventana, debes regar también las rosas de tus mejillas. En la naturaleza todo necesita agua. Los ríos contienen el agua con que se limpia el universo: cuando sube el agua de los ríos en vapores al cielo, cuando estos se condensan en nubes, no lo hacen con otro objeto que con el de bajar a limpiar la tierra. Las nubes son las esponjas que lavan los bosques, las montañas y los valles. Si la tierra se viese privada de agua, la tierra perecería. ¿Y tú tienes la pretensión de sustraerte a esa ley de la purificación por medio del agua, que es la ley universal?
Un niño feo, es menos feo si es limpio un niño hermoso, como tú, parece mucho más hermoso.
La belleza, si no es limpia, no es belleza, y es tanto más odiosa, cuanto que desfigura la obra de Dios, lo que Dios ha hecho hermoso.
¿Hay nada más interesante, que mejor inspire la caridad y la simpatía, que la pobreza limpia?... Por el contrario, no hay nada más ridículo que un rico desaseado, sucio.
La limpieza, hijo mio, es la única de las apariencias que es preciso conservar con cuidado.
A nadie le gusta acercarse a una casa que exhala olores fétidos. La casa que tu alma habita es tu cuerpo; es preciso que la casa no haga pensar mal del habitante.
En fin, niño, ningún sacrificio tienes que hacer para corregirte de ese defecto; no necesitas tener otra cosa que buena voluntad y un jarro bien grande de agua, que, no faltará en tu casa, y aún puede que tengas tu lavabo bien acondicionado, con el jabón correspondiente, que también te recomiendo, y el cepillito para las uñas, y todo lo necesario.
Niños, si tenéis algún amiguito como ese a quien yo me he dirigido en este artículo, no dejéis de leérselo, a ver si se corrige del defecto de ser un grandísimo cochi... es decir, de ser poco limpio.
Y no le debéis recomendar solamente la limpieza en las manos, en la cara, en las orejas, sino también la limpieza en el traje, por modesto y por viejo que este sea.
No hay nada más feo que un traje con manchas, que indican que sobre él se han puesto los dedos sucios, o que el niño tiene horror, no sólo al agua, tan saludable para el cuerpo, sino también al cepillo, tan saludable para el vestido.
Además, es una gran falta de consideración a los pobres padres, que tantos gastos tienen sobre sí, no cuidar el traje para que dure más.
Concluyo, repitiendo que un niño puer... digo, cochi... digo, poco limpio, a nadie puede inspirar simpatías.
—212→

Seguramente habrán oído y leído muchas veces este nombre mis jóvenes lectores; como que es el de uno de los más notables fabulistas españoles, y todos hemos aprendido de memoria sus fábulas, recitándolas en la escuela o en familia.
Nació este ingenioso poeta en 1750 y murió en 1791. Corta fue, por desgracia, su vida, pero no estéril para la enseñanza y para gloria de las letras españolas.
Compuso D. Tomás algunas comedias dignas de aplauso, un poema nominado La música, una copiosa colección de Epístolas y Églogas y poesías de otros géneros, sobresaliendo especialmente en las fábulas, género muy difícil, como lo demuestra la poca abundancia de fabulistas de mérito.
| Mira, le dijo a Sebastián su hermano, | ||||
| mira ese tosco espino; | ||||
| nadie a sus ramas llevará la mano; | ||||
| vive solo en la linde del camino. | ||||
| ¿Sabes por qué sus flores azuladas | ||||
| no llegan a coger las campesinas? | ||||
| Porque están rodeadas | ||||
| de agudas y durísimas espinas. | ||||
| ¡Ay! Sebastián, el niño mal criado | ||||
| es como el tosco espino abandonado. | ||||
| Y aunque tenga algo bueno, considera | ||||
| que estando de defectos rodeado, | ||||
| no habrá quizá ni quien lo bueno quiera. | ||||
JUAN A. VIEDMA.
—213→
Mi amiguito Carlos suspendió su lección en la tarde en que fue llamado por el papá de Rafael, al ir a explicar lo que son las diagonales de los paralelogramos; pero tuvo ocasión a la tarde siguiente de reanudar su tarea, siguiendo su interrumpida peroración. Vosotros sabéis, lectores queridísimos, lo que es diagonal: ya lo vimos cuando tratamos de los polígonos, y lo mismo que visteis entonces, fue lo que Carlitos repitió a sus discípulos para que estos lo recordasen.
Si no recuerdo mal, os representé en un hexágono dos diagonales, y por si esto pudiese traeros alguna duda, voy a representaros estas líneas en un cuadrilátero.
Sea en un rectángulo: voy a tiraros en él las únicas dos diagonales que puede tener. Mirad qué bonitamente, queda dividido el rectángulo:

Sucede en los paralelogramos que los diagonales los dividen en triángulos iguales; y de esto iba a tratar nuestro joven profesor primeramente. Tomó, pues, la palabra y empezó así:
-Sabiendo, queridos compañeros, lo que es una diagonal, vamos hoy a considerar esta línea, no sólo en los paralelogramos, sino también en el trapecio y trapezoide.
Tomando un rectángulo o un cuadrado, y tirando una diagonal, ésta le divide en dos partes: en efecto, mirad esta figura de madera; es un rectángulo que está partido en dos pedazos, como expresa esta figura:

Si yo separo estas dos mitades, me resultan dos figuras que, todos vosotros conocéis. ¿No es verdad, Luis, que tú sabes su nombre?
—214→-Sí; son dos triángulos rectángulos.
-¿Y qué propiedad tienen? ¿no lo adivinas?
Creo que son iguales, porque por lo menos sus lados lo son necesariamente.
-En efecto, continuó Carlitos, son dos triángulos perfectamente iguales. Voy a hacéroslo ver ahora mismo.
Mi amiguito tomó las dos medias figuras, y poniendo una sobre la otra resultaron ser iguales exactamente: no sobraba a la una ni la más pequeña porción fuera de la otra; parecían una sola pieza de madera, tal era la exactitud con que estaban sobrepuestas.
Carlos las colocó sobre la mesa, y colocadas, presentaban la siguiente figura:

Ya veis, continuó, cómo las diagonales del rectángulo le dividen en dos triángulos iguales. Lo mismo sucede en el cuadrado y en los otros dos paralelogramos, existiendo también la circunstancia de que en los cuatro se cortan por la mitad justamente. Además presentan estas líneas otra particularidad en el cuadrado y en el rombo. Yo quiero que veáis esto por vuestros mismos ojos.
Ved lo que os dibujo aquí:

Carlos hizo estas figuras sobre la tapa de la mesa, y después siguió así:
-¿Qué observáis en las diagonales de estos dos cuadriláteros?
Vamos; tú, Luis, qué observas?
-Yo veo en ellas, dijo Luisito, lo que tú has manifestado hace poco; que son iguales las partes en que quedan divididas, es decir, que se cortan por mitad.
-¿Y nada más?
-¿Quieres que lo diga yo? exclamó Gonzalito.
-Sí; con mucho gusto.
—215→-Pues bien; esas diagonales son perpendiculares entre sí.
-Efectivamente, continuó Carlitos, Gonzalo ha comprendido muy bien esta particularidad. Ahora voy a reasumir lo que se ha dicho sobre las diagonales; es lo siguiente:
1.º Que dividen a todo cuadrilátero en dos triángulos.
2.º Que estos son iguales en los paralelogramos, cortándose en estos las diagonales en su punto medio.
3.º Que en el cuadrado y rombo son los diagonales respectivamente perpendiculares en su punto medio.
Queda concluido con todo esto, queridos niños, lo que mi amiguito Carlos habló de las diagonales, y con ello también hubiera concluido la lección sino hubiese tenido algo más que tratar respecto a las figuras de cuatro lados. Quedábale todavía que explicar los casos en que son iguales los diferentes cuadriláteros que conocéis, y de esto quiso seguir hablando mi querido amiguito.
Empezó explicando los casos de igualdad de los paralelogramos, expresándose así:
-Vamos a ver cuándo serán iguales dos cuadrados: después lo iremos viendo respecto de las demás figuras que se comprenden bajo el nombre general de cuadriláteros.
Dos cuadrados serán iguales siempre que tengan un lado igual. Esto es evidente, sin que necesite demostración. Vosotros sabéis que estas figuras tienen sus ángulos rectos y sus lados iguales, de modo que basta la enunciada circunstancia para que sean perfectamente iguales dos cuadrados.
En el rectángulo no sucede lo mismo; ya en esta figura sólo son iguales los lados dos a dos, y por esta circunstancia es necesario que dos rectángulos iguales tengan iguales dos lados adyacentes.
-¡Adyacentes! ¿Qué significa esta palabra? dijo Esteban.
Significa, dijo Rafael, que están juntos: lados adyacentes viene a ser lo mismo que lados que se tocan.
-Eso es, efectivamente, dijo Carlos; y puesto que me habéis interrumpido, seguiré diciéndonos que serán idénticos dos rectángulos siempre que reúnan la ya dicha propiedad de tener iguales dos lados adyacentes.
Pasemos al rombo; estos paralelogramos serán iguales siempre que tengan iguales un lado y un ángulo. Ya sabéis que esta figura se diferencia del cuadrado en que no tiene iguales y rectos sus ángulos. Como los cuatro lados son iguales, basta que dos rombos tengan dicha propiedad en dos lados, y también en dos ángulos, uno de cada uno, por supuesto, para que no exista entre ellos la menor diferencia.
Por último, tenemos al romboide y a los trapecios y trapezoides. En esto tenemos que considerar a estos dos últimos separados del primero. Analicemos desde luego al romboide.
Se diferencia esta figura del rombo en que éste tiene los lados iguales y el romboide los tiene solamente iguales dos a dos. Esto es causa de que para que dos de ellos sean idénticos, sea necesario que reúnan las condiciones que se necesitaban para el rombo, y además tengan otro lado igual. Puedo, pues, manifestaros que dos romboides serán iguales siempre que tengan dos lados con esta propiedad, siendo igual el ángulo que forman, o, si queréis, por ellos comprendido.
—216→Sólo nos queda considerar la igualdad de los trapecios y trapezoides. Existirá entre dos de los unos o de los otros siempre que, divididos en triángulos, resulten estos iguales y del mismo modo colocados.
Hemos dado cima a esta parte de nuestra tarea, y para concluir de un todo con los cuadriláteros, sólo resta manifestaros a cuánto es igual la suma de los ángulos en estas figuras.
Esto no quiero yo decíroslo; prefiero que vosotros solos lo comprendáis.
Considerad un cuadrilátero dividido en dos triángulos: los ángulos de estos son en conjunto los de la figura dividida, y como ya sabéis cuál es el valor de los tres ángulos de un triángulo, saber podréis fácilmente el de los cuatro de un cuadrilátero.
-No hay más que sumar, dijo Teodoro, dos y dos rectos son cuatro rectos.
-Así es efectivamente, continuó el joven profesor; los cuatro ángulos de un cuadrilátero valen cuatro rectos.
Con esto concluyo todo lo que tengo que deciros de las figuras de cuatro lados, que nos han dado bastante que considerar; pasaremos mañana a los polígonos otra vez, puesto que sólo tratamos de ellos como cuestión incidental. Creo, por lo demás, que nuestra lección de esta tarde no ha sido corta, ni ha dejado tampoco de tener importancia. Podemos ir a descansar, satisfechos de nuestra tarea.
(Fábula)
|
||||
| Antón, el molinero, cargó un día | ||||
| con un costal de harina su borrico, | ||||
| y dijo a un hijo suyo:-«Mira, chico, | ||||
| coge este burro, y ve en un periquete | ||||
| a llevar a la tía Calandanga | ||||
| este costal de harina. Corre, vete.» | ||||
| Enjugó con la manga | ||||
| una lágrima el chico, y dijo:-«Padre, | ||||
| yo no voy, pues discurro | ||||
| que me voy a ver negro | ||||
| si en el camino se me cae el burro, | ||||
| o, como suele, hace en el polvo cama.» | ||||
| -«Eso, repone Antón, no te dé pena; | ||||
| si te sucede, llama | ||||
| a la Necesidad, que irá al momento | ||||
| y en un Jesús te cargará el jumento.»- | ||||
| Atizó cuatro lapos en las ancas | ||||
| el chico al burro, y emprendieron ambos | ||||
| su camino por zancas y barrancas; | ||||
| pero al llegar a un sitio donde había | ||||
| mucho polvo, el borrico | ||||
| dijo, rabiando por soltar la carga: | ||||
| -«¡Ay, qué polvo tan rico | ||||
| para dormir la siesta!»- | ||||
| Y así diciendo, se tumbó a la larga. | ||||
| Palo va, palo viene, | ||||
| tantos el chico al jumentillo pega, | ||||
| que aún en las ancas las señales tiene; | ||||
| pero viendo que brega | ||||
| inútilmente, le soltó la carga, | ||||
| y sólo así se levantó el jumento. | ||||
| -«¡Necesidad! exclama el pobre chico, | ||||
| ¡Necesidad! hágame usted la gracia | ||||
| de venir a cargarme este borrico.»- | ||||
| Espera un rato, pero nadie acude; | ||||
| vuelve a llamar, y nadie le responde, | ||||
| y convencido al fin de que no hay nadie | ||||
| que en tan penosa situación le ayude, | ||||
| -«La industria, dice, ayudará mi brazo.» | ||||
| Y ¿qué hace? el asno arrima | ||||
| enseguida a un ribazo, | ||||
| y llevando el costal hasta allí a vueltas, | ||||
| por fin al asno se le planta encima, | ||||
| y a casa de la tía Calandanga, | ||||
| más alegre llegó que una charanga. | ||||
| Cuando volvió al molino | ||||
| le preguntó su padre si le había | ||||
| sucedido algún lance en el camino, | ||||
| y el muchacho al momento | ||||
| le contó la ocurrencia del jumento. | ||||
| «Llamé, dice, cien veces | ||||
| a la Necesidad, pero no vino.»- | ||||
| Y Antón replica: -«Te equivocas mucho, | ||||
| pues ella fue quien te cargó el pollino.» | ||||
ANTONIO DE TRUEBA.
—217→
Tenemos en nuestro cuerpo una cosa que anda sin cesar, que continuamente marcha, sin que un solo instante deje de correr.
¿Es un animalito?
No.
¿Pues qué es eso que corre y corre, que marcha y marcha, que siempre está girando en nosotros, sin parar un solo momento, sin tener un instante de descanso?
¿Qué será ello?
No es una máquina de vapor que con su caldera encendida se mueve sin cesar; no es tampoco ningún ser ajeno a nosotros, que por una circunstancia cualquiera pudiera hallarse, como la solitaria, en nuestro cuerpo: no es nada de esto, y sin embargo, es lo cierto que en nosotros hay algo que se mueve continuamente, que no deja un momento de dar vueltas.
Vedlo: sale de un punto, sigue su camino sin necesitar guía alguno, da mil vueltas por nuestro cuerpo, no hay sitio a que no llegue, y después de esto vuelve desde todos los puntos a donde llegó, vuelve para llegar al punto de salida.
¿Habéis visto en las ferias esos pequeños ferro-carriles que dentro de un círculo andan, para paseo de los niños de vuestra edad? ¿No habéis querido pasearos en ellos?
Si así lo habéis hecho, habréis notado que salíais de un punto para volver a él, y que esto se verificaba hasta que el tren en miniatura paraba para dar descanso a los pequeños viajeros.
Aquí tenéis representada esa cosa misteriosa que anda sin cesar en vuestro cuerpo.
En efecto, queridos niños, tenemos en nosotros una sustancia que, constituyendo nuestro principio vital, sigue la misma marcha que el pequeño ferro-carril de que os he hablado.
Comprendo que estaréis impacientes por saber qué cosa es esa de que os hablo, y que ya estaréis discurriendo sobre qué será.
No os impacientéis; yo voy a decíroslo, aunque tal vez no corresponda mi confesión a lo que hayáis podido figuraros.
Lo que anda en nosotros es la sangre.
¡La sangre!
Comprendo, queridísimos lectores, vuestra admiración; vosotros no pudierais tal vez haber comprendido que esos latidos, esos golpecitos que sentís cuando ponéis vuestra mano sobre el corazón, fuesen ocasionados por la entrada en él de vuestra sangre.
Bien; me diréis, y ya que nos habláis de esto, ¿por qué no nos decís lo que, es ese líquido que anda sin cesar en nuestro cuerpo?
Voy a satisfacer vuestra curiosidad, explicándoos lo que sin duda deseáis saber.
No es la sangre un líquido en la verdadera acepción de la palabra, no; es un líquido en que nadan unos cuerpos muy pequeñitos que, se llaman glóbulos.
Vosotros habéis visto la sangre siempre roja, y no comprendéis, tal vez, que sólo sean de dicho color los mencionados globulitos. Son estos tan —218→ pequeños, que con nuestra vista no los distinguimos; tan numerosos, que creemos ver sangre roja cuando es en realidad un líquido blanquecino en que nadan esas cositas coloradas.
Ahora voy a deciros los nombres de estas dos partes que componen nuestra sangre.
La líquida se llama plasma; la sólida ya sabéis que la constituyen esos cuerpecillos, que llamamos glóbulos.
Creo que, os vais interesando en esto que os cuento; es, sin duda alguna, de mucha importancia, ya que la sustancia de que tratamos es esencial para la vida.
Quedamos, pues, en que anda en nosotros ese viajero infatigable, existiendo para él dos diferentes caminos.
¡Dos caminos! Parte el uno del corazón, y por infinitas ramificaciones va a todas las partes del cuerpo; es el camino de ida, teniendo otro de vuelta que también por muchísimos ramales va de todos los órganos al punto de salida.
Los dos nombres de esas dos carreteras de primera clase y sus ramificaciones respectivas son los que falta decir: tienen un nombre peculiar: arterias, venas.
Las primeras van del centro a todos los puntos; en ellas verifica la sangre su viaje de ida: las segundas de todas las partes del cuerpo al punto de salida de las primeras, son las que sirven para el viaje de vuelta.
¿Vais comprendiendo el movimiento de nuestra sangre?
Supongo que sí, si os acordáis del pequeño ferro-carril en que habréis paseado: el movimiento de que os hablo tiene también su nombre: circulación.
¡Cuántas cosas vamos sabiendo, y qué bonita es esta lección!
Efectivamente, es una de las más importantes en la parte de la historia natural que trata del conocimiento del hombre.
La circulación de la sangre ha empezado con nuestra vida y concluirá con ella: el día en que nuestro incansable caminante se pare, pararemos nosotros, es decir, concluirá nuestra existencia.
De suerte que tenemos dentro un pequeño tirano que dispone de nosotros a su antojo; y tanto es así, que no podemos rebelarnos contra él: de ningún modo se nos permite el derecho de insurrección contra nuestro tiranuelo.
Hay, por lo tanto, queridos niños, que resistir todo lo que él quiera hacer de nosotros.
¡Vaya, que es buena cosa no poder disponer de lo que es nuestro, estar sujetos al capricho de la sangre!
No os impacientéis, lectores queridos; soportamos esa tiranía sin sentirla, sin acordarnos siquiera de ella; tal es la fuerza de la costumbre, tal la de la necesidad.
Os he dicho que teníamos dos caminos para el tirano de nuestro cuerpo, y habéis de saber que este señor varía según el camino por donde viaja. Parece que es amigo de la variación, y como que se muda de vestido a cada nuevo viaje.
¡Qué ocurrencias las de nuestra sangre!
Pues así es: se muda de vestido, como si cada vez que empieza a caminar viese sucio el que tenía puesto; y en esto hace muy bien, porque es fiel observadora de las reglas de la higiene.
—219→Veamos, pues, dónde se encuentra el guardarropa de nuestro viajero.
En un órgano que tenemos y que se llama el pulmón.
Voy a explicaros esto:
La sangre sale pura del corazón, llamándose entonces arterial, calificativo que la ennoblece y conserva en todo el viaje de ida: entonces el caminante, como acaba de salir de su casa, va perfectamente vestido de limpio. Sucede que la sangre va soltando parte de sus principios constitutivos y quedándose viciada; se parece en este caso al viajero que ve manchada su ropa por el sudor y por el polvo del camino; la sangre viciada, como os he dicho, vuelve hacia arriba a adquirir una cosa que lo da el aire y que la pone hermosa y bella como cuando salió; la sangre era venosa y vuelve a ser arterial. El caminante llega de vuelta a su casa, y lavándose vuelve a salir ya limpio.
La sangre ha llegado al pulmón y allí ha tomado oxígeno del aire, sustancia que ha adquirido, gracias a nuestra respiración. Ya en el pulmón, no tiene más que pasar al corazón para volver otra vez a caminar.
El agua que lava a nuestro viajero es el oxígeno, y esto ya lo sabréis si habéis leído un articulito titulado El carbono, que escribí para este periódico, y que se encuentra en el tomo anterior. ¿Qué pensáis ahora de nuestro infatigable caminante?
Tal vez creáis que se cansa; efectivamente; pero cuando así sucede no puede parar, y resiste hasta lo último; entonces si para, ya no hay remedio, no vuelve más a viajar.
Voy a manifestaros ahora quién descubrió el movimiento de circulación de la sangre.
Allá, por el siglo XVI, los españoles Miguel Serveto y Francisco Reina mencionaron este movimiento, pues el primero en una obra suya explicaba el curso de la sangre en los pulmones, y el segundo decía en un tratado de veterinaria, que la sangre anda en torno y en rueda por todos los miembros y venas5. Esto no obstante, atribúyese generalmente este descubrimiento a un célebre médico inglés que vivió en el siglo XVII y que se llamó Guillermo Harwey.
Esto, que al explicároslo os habrá parecido muy sencillo, era completamente desconocido en los primeros quince siglos de nuestra era. Vosotros tenéis la dicha de haber nacido ahora, cuando muchas cosas se saben; pero mayor la tendrán los que vengan tras de nosotros, porque entonces serán conocidas muchísimas que ahora se ignoran.
La sangre ocupa en nuestro cuerpo el primer puesto, nos gobierna y hace de nosotros lo que tiene por conveniente; no queráis, pues, queridos niños, descuidar nunca cualquier herida por donde vuestro líquido vital pudiese salir con abundancia; y si alguna vez veis a algún desgraciado herido cuya sangre corra abundantemente, acudid a restañarla, aunque sea con vuestro pañuelo, aunque para ello tuviereis que emplear el último girón de vuestra camisa. No os apuréis por esto, que vale muy poco si se compara con el valor inapreciable de la vida de un hombre; además que con ello haríais una obra de misericordia aliviando la —220→ desgracia de un hermano; sí, porque todos somos hermanos, todos debemos amarnos y socorrernos.
Ya os he dicho lo que puede seros hoy más importante respecto a la circulación, respecto a ese ferro-carril que tenéis en vuestro cuerpo y que no deja un momento de caminar.
Cuando vayáis al campo y corráis mucho, llevaos la mano al corazón; si palpita fuertemente, debéis descansar, puesto que habéis excitado vuestra sangre y circulará entonces con más velocidad; hacedlo así, para que vuestro ferro-carril ande como debe y no corra riesgo de descarrilar.
Por lo demás, dejad a vuestro viajero, que él sabe perfectamente su misión, y no se equivoca nunca en su continuo y no interrumpido viaje.
E. THUILLIER.

¿No habéis visto algunas veces, pasando por delante de un cuartel, un ranchero que reparte las sobras caritativamente a los pobres?...
Pues entre estos pobres habréis visto también algunos niños, sucios, desarrapados, descalzos, que sin duda habrán excitado vuestra compasión; pero algunos de ellos son bien poco dignos de inspirarla, porque, a estar sujetos en un taller, aprendiendo a trabajar para ser luego útiles a sus padres y a sí mismos, prefieren la vida de la vagancia y el rancho del cuartel.
No son ellos, sin embargo, los más culpables, porque suele suceder que sus padres los tienen poco menos que abandonados, y no se cuidan de su porvenir dándoles alguna educación, que alguna educación se puede dar a los hijos, por muy pobres que estén los padres.
¡Bendecid, niños míos, a los vuestros, que os dan ese supremo bien, base de vuestra futura felicidad, y agradecedles debidamente, siendo buenos, sumisos y aplicados, los grandes beneficios que os dispensan, y que comprenderéis bien cuando vosotros mismos seáis hombres y tengáis hijos.
—221→

| Apenas aparece por Oriente | |||
| la temblorosa luz de la mañana, | |||
| cuando por la alta cima se dibuja, | |||
| como cinta de plata, | |||
| y a su tibio falgor el negro manto | |||
| de la noche se rasga; | |||
| cuando ya palidecen las estrellas | |||
| de mirar a la aurora avergonzadas; | |||
| cuando se abren las flores, | |||
| y las aves al nuevo día cantan; | |||
| cuando aromas y trinos lleva el viento | |||
| de montaña en montaña, | |||
| para anunciar el día que amanece | |||
| y la noche que acaba... | |||
| un niño, un pastorcito de seis años, | |||
| abre también sus ojos con el alba, | |||
| y con traje de pieles mal sujeto | |||
| y el zurrón a la espalda, | |||
| sale a llevar al monte su rebaño, | |||
| que impaciente le aguarda, | |||
| y, a una seña del niño, por la puerta | |||
| del redil le acompaña. | |||
| Ya libres por el campo los corderos, | |||
| en alegre manada, | |||
| unos tras otros corren y se agrupan | |||
| siempre en torno del niño que les guarda. | |||
| Libres están, pudiera a otros lugares | |||
| escapar una oveja descarriada, | |||
| sin que el niño pastor, en su carrera, | |||
| detenerla lograra. | |||
| Mas no es así; cuando el rebaño unido, | |||
| que en libertad se ve, sabe apreciarla, | |||
| para hacerle seguir la buena senda, | |||
| un débil niño basta. | |||
| Dichosos son los padres cuyos hijos | |||
| nunca la senda del deber traspasan, | |||
| y al paternal consejo siempre atentos, | |||
| tan dulce y blanda autoridad acatan. |
RICARDO SEPÚLVEDA.
—222→
La mañana estaba tempestuosa y el cielo amenazador y cubierto de negros nubarrones; de tiempo en tiempo caían anchas gotas de lluvia, percibiéndose a lo lejos el ruido sordo del trueno. Cuatro encantadoras jóvenes, unas de cabellos negros y otras que los tenían rubios y sedosos, dejábanse ver entre las clemátides, los jazmines de Virginia y las rosas que festonaban las ventanas del palacio de Nucourt. Sus bellos ojos interrogaban de continuo y con ansiedad al cielo de plomo, que, insensible a sus miradas dulces y expresivas, presentaba un aspecto cada vez más triste y sombrío.
-¡Ah, Dios mio, qué mal tiempo! exclamó la señorita Bertha.
-Parece dispuesto de propósito, añadió la joven Luisa; hace ocho días no ha llovido, y lo hará hoy precisamente...
-Sí; dijo Blanca, hoy, que debíamos ir de campo al bosque de Ranconiere.
-Otro día iremos, repuso la melancólica Emma.
-¡Oh! ¡tú tomas siempre fácilmente tu partido: tienes tanto miedo a fatigarte! Pero aquí llega el señor Ambrosio, el jardinero; vamos a preguntarle.
-¡Señor Ambrosio, señor Ambrosio! gritaron todas a un tiempo.
-¿Qué hay, señoritas? ¿en qué puedo servirlas?
-Señor Ambrosio, ¿hará buena tarde?
-Ya lo creo que hará buena tarde; hará un tiempo soberbio, magnífico; lloverá a más y mejor, por dos días lo menos.
-¡Decís que va a llover! ¿y llamáis a eso buen tiempo?
-Sí, por cierto; pero es que las señoritas ignoran que lo que va a caer son alcachofas, judías, patatas, manzanas, albaricoques, rosas; y todo, sin necesidad de que yo lo riegue; ¿y aún queréis que no lo llame buen tiempo?
-Vos sois un pájaro de mal agüero, y para dejaros mal veréis cómo no llueve.
-Mirad al mar; ved qué verde está y cómo las ánades se espulgan, graznan y baten las alas; eso indica lluvia. Esperad, mirad otra señal más segura todavía; aquel palomo que se cierne sobre el palomar como diciendo a las palomas: entraos, porque la lluvia está cercana.
Oído esto por las jóvenes, todas dieron una estrepitosa carcajada.
-Reíd, reíd, cuanto queráis, niñas, dijo el conde de... que llegó al mismo tiempo: reíd, pero Ambrosio tiene razón, y antes de media hora veréis caer un buen chaparrón, que podrá desbaratar nuestros planos, pero que en cambio refrescará nuestros jardines y dará a las flores su brillo natural y su frescura; preciso os será permanecer en el salón toda la tarde.
-¡Y será ciertamente divertido! exclamaron las jóvenes viéndose contrariadas.
-¡Bah! hablaréis, y sin perjuicio de la conversación, ejercitaréis vuestros dedos, bordaréis.
-¡El bordado es tan enfadoso!
-No maldigáis de ese arte, que tiene para vosotras el doble mérito de —223→ acreditar vuestra destreza y vuestro gusto; verdaderamente sería una ingratitud. Y sobre todo, si la lluvia os retiene prisioneras, yo deseo reconciliaros con esa habilidad que exige buen gusto y elegancia. En ese ramo, ni Inglaterra, ni Italia, ni Alemania compiten con Francia, especialmente en los bordados delicados y de mucho esmero.
El tiempo vino a dar la razón a las ánades, al mar verde, a las palomas y a Ambrosio; la tormenta estalló, y el agua obligó a las jóvenes a reunirse en derredor de la mesa del salón y a emprender de nuevo sus bordados, destinados a adornar manteletas, pañuelos de mano, cuellos y otras prendas.
El conde de... leía tranquilamente su diario, cuando Bertha, su sobrina, le dijo:
-Debéis estar contento, querido tío; esta lluvia nos acredita vuestra experiencia en cuanto al temporal; pero nos habéis prometido, si llovía, hacernos una apología del bordado; llueve, y por consiguiente, tenéis la palabra: nosotras os escuchamos.
-¿Creéis, sin duda, producirme con eso disgusto? pues os engañáis.
No participo de la opinión de Alfonso Karr, que pregunta en una de sus obras por qué las mujeres gastan el tiempo en hacer agujeros en las telas, bajo pretexto de bordar; creo, por el contrario, que es una de sus ocupaciones más encantadoras, y que para huir de la ociosidad nunca pudo inventarse mejor entretenimiento.
El origen de ese arte, porque para mí es un arte, se remonta hasta la más remota antigüedad; la mitología griega atribuye su invención a Minerva, diosa de la sabiduría. También se habla de ella en los primeros libros de la Biblia. Practicada desde luego entre las princesas de la alta Asia, se introdujo en la Grecia por la Frigia. Gozaba entre estos pueblos, amigos de las artes, de un grande favor. Leed a Homero, y las descripciones que hace de las túnicas y de los mantos bordados por las princesas atestiguan que entre las mujeres griegas esta clase de labores estaba ya en grande estima. No os hablará de los bordados de Elena y de Penélope, de los cuales ha llegado la fama hasta nosotros a través de muchos siglos.
Arranquemos, por abreviar, de los tiempos caballerescos, de esos tiempos heroicos en que los guerreros no iban al combate, ni se presentaban en los torneos, sino adornados con los colores de su dama. ¡Cuántos grandes hechos de armas y cuántos rasgos sublimes no han reconocido otra causa ni otro objeto que la esperanza de merecer como premio de la victoria, la banda bordada por una mano querida!... Os citaré aquel caballero que, sin armadura ni defensa alguna, se lanzó a la arena, donde bramaban luchando dos toros furiosos, para recoger el guante bordado que había dejado caer la hermosa que quiso por este medio asegurarse del poder de sus encantos. Excitaré vuestro enternecimiento hacia aquel otro caballero que, al servirse, para restañar sus heridas, de la banda blanca que le había dado una noble y digna catalana, exclamaba con entusiasmo. «¡Ah! ¡si mi dama me viese!...» «Nuestra historia suministra muchos rasgos parecidos, que os probarían la influencia del bordado sobre las costumbres y sobre la bizarría de aquellos brillantes caballeros, cuya fama y —224→ cuyo valor son inolvidables. Si me detuviera en su enumeración, emprendería una tarea sobrado larga, y lo que al presente quiero es solamente demostraros que el arte de que tratamos, frívolo alguna vez, puede conducir a la fortuna y a la consideración, y proporcionar poderosos recursos y bienestar a poblaciones numerosas.
(Se continuará.)

Esta niña es el tipo más acabado y perfecto de la indolencia; ahí la tenéis, con los libros por el suelo, los muñecos rotos o desnudos (¡con este frío!) y aburrida grandemente, como se aburre siempre la persona que no hace nada.
Creedme, niños y niñas, la indolencia es un vicio feísimo, y quien lo tiene se aburre, se cansa... de no hacer nada, mucho más que se cansaría de trabajar.
Desde el día 25 empezaremos a remitir este magnífico libro a los señores suscritores que han renovado su abono por una parte siquiera del tomo V, que empezará el año próximo. Los señores suscritores cuyo abono termina en noviembre o en diciembre, tienen que renovarle si desean el Almanaque, precioso libro, y el mejor de los de su clase que se han publicado en España y aún en el extranjero.