—241→

Por ser el décimo mes del año en el calendario de Rómulo, tomó el nombre de Diciembre. Hallábase bajo la protección de Vesta, y era representado por la figura de un esclavo jugando a los dados y con una tea encendida, alusiva a las fiestas saturnales, que se celebraban hasta el 17 del mismo mes. A esta circunstancia era sin duda debido el estar dedicado también a Saturno.
Las diversiones más impúdicas, inmorales y licenciosas tenían lugar durante el mes que nos ocupa, y de los desórdenes que se cometían llevaron a ocuparse Séneca y algunos de sus contemporáneos de gran fama y nombradía.
El último período de aquellos días expansivos y bulliciosos de las fiestas saturnales llamábase Sigillaria, cuya etimología procede de ciertas figuras con que los señores obsequiaban a sus hijos y a sus sirvientes, por lo que se colige que es inmemorial la costumbre de lo que hoy conocemos con el nombre de aguinaldos.
En cuanto a la parte astronómica, corresponde a este mes la constelación llamada Capricornio, uno de los signos del Zodiaco, bajo cuya influencia se presenta la aurora en Diciembre entre las brumas densas que oscurecen el horizonte, produciendo en las regiones del septentrión un frío glacial: el agua condensada en la atmósfera, cae sobre la tierra en espesos copos blancos, tenues y ligeros, esmaltando la campiña de plateada nieve, que no sólo presenta un paisaje bello, sino que al deshacerse fertiliza los campos y los prepara para pingües cosechas.
Considerado Diciembre bajo el punto de vista religioso, y concretándonos al día en que comienza, aparte de las diversas y notables festividades que encierra, se nos presenta en primer término una heroína digna del más ferviente y merecido elogio.
—242→Nunca se vieron aunados el valor y la resignación cristiana, ni en unión tan íntima, en grado tan superlativo, como en la ilustre mártir Santa Natalia.
Decretado el exterminio de todos los que se negaron a prestar adoración a los ídolos, presos ya veinte y tres confesores, entre ellos San Adriano, esposo de la Santa, se presentó ésta al emperador Maximiano, a quien habló con respeto, dignidad y energía.
Tan pronto, como supo que iban a ser atormentados, acudió a la cárcel y exhortó a su marido y a todos los demás que con él se hallaban a que sufrieran con fe y conformidad cristiana sus trabajos, confiando en la felicidad suprema y eterna.
Tuvo esta mujer la suficiente presencia de espíritu para verlos en el potro, hasta que fueron descuartizados.
Siendo ya viuda, solicitó su mano un distinguido oficial del imperio; pero la Santa huyó a Constantinopla, donde reposaban los cuerpos de los ilustres mártires, y allí, al lado del sepulcro de su esposo San Adriano, exhaló su último suspiro. Ambos se encuentran depositados en el monasterio de la orden de San Benito en San Pedro de Eslonza, cerca de León.
Pasando, por último, a los sucesos históricos que tienen su aniversario en el mes que nos ocupa, se nos ofrece en primer término el gran concilio de Toledo, durante el reinado de Rocesvinto, en 656. -Nace el Cid Campeador, en 1026. -Entrada en Zaragoza de Alfonso (el Batallador), en 1118. -Los Reyes Católicos recobran la ciudad de Antequera en 1470, y la de Baza, en 1480. -Tentativa de regicidio contra D. Fernando el Católico, en 1492. -Muerte del Gran Capitán Gonzalo de Córdoba, en 1515. -Médicis, hijo de Laurencio X, nacido en la opulenta Florencia, que al ascender al Pontificado supo con su política colocar las llaves de San Pedro sobre las águilas alemanas y francesas, haciendo celebre el período de su pontificado, por la protección que dio a las ciencias y a las artes en aquel siglo XVI en que florecieron tan ilustres varones como Carlos V, Francisco I, Enrique VIII, Soliman I, León X y otros, murió en 1521. -Nace en Granada D. Álvaro Baza, reputado por el primer marino de su siglo, en 1527. -Muerte del notable teólogo alemán Juan Oecolampade, en 1531. -Muero el pintor español Juan de Juanes, en 1579. -La plaza de Salces, que defendían los franceses, es ocupada por los españoles, en 1639. -Revolución de Portugal, por la cual se separó de España proclamando rey al duque de Braganza, en 1640. Felipe V entra triunfante en Brihuega y en aquel mes y año da la gran batalla de Villaviciosa, en 1710. -Inglaterra declara la guerra a España, en 1718. -Nace en Madrid el célebre etimologista Álvarez de Cienfuegos, en 1764. -Muere el rey Carlos III, en 1788. Doña María Isidra de Guzmán, que desempeñaba la cátedra de historia, recibe el grado de doctora, en 1785. -Muere el entendido historiador Jerónimo Blanco, en 1790. -Nace en Quel (provincia de Logroño) el insigne poeta D. Manuel Bretón de los Herreros, en 1800; en Tortosa el general carlista D. Ramón Cabrera, en 1806. -Es abolida la Inquisición en España, en 1808. Proyecto de Constitución en Cádiz, formulado por las Cortes, en 1810. -Nace el notable pintor andaluz José Utrera —243→ en 1827. -Muerte del general Espoz y Mina, en 1836. -Batalla de Luchana, ganada por el general Espartero, al que se concede este título, en 1836. Muerte del esclarecido obispo de Astorga, Sr. Torres Amat, en 1847, y del célebre profesor de guitarra D. Dionisio Aguado, autor de magníficos y armoniosos estudios, en 1849.
Hemos terminado con el presente artículo los doce correspondientes a los meses de este año, que ofrecimos a los suscritores de esta Revista, considerados bajo sus diversos aspectos etimológico, astronómico, religioso e histórico.
Madrid 1.º de Diciembre de 1871.
MANUEL JOAQUÍN PASCUAL.

Pensamientos7
Fugut irreparabite tempus.
La adolescencia es el breve período de la vida en que el hombre, semejante a un tallo verde y lozano, empieza a coronarse de misteriosos capullos, que muy luego han de convertirse en odoríferas flores, y más tarde en sazonados frutos. Pero ¿qué frutos podrá dar en el estío el árbol que en primavera no echó flores ni capullos?... ¡Ah! Semejante a la esterilidad de ese árbol es la del hombre cuya adolescencia transcurre despojada de los capullos misteriosos del candor y la inocencia, de las perfumadas flores de la virtud. ¡Cuán bien dice el sabio en sus proverbios: guarda, hijo mío, con cuidado sumo tu corazón, porque de él es de donde procede la vida!
El tiempo es precioso en todas las edades, pero lo es más en aquella que más podemos adquirir. Y ¿qué edad puede ser comparada bajo este punto de vista con la adolescencia? El cuerpo con el alma en este período se someten más fácilmente que nunca a las exigencias de la educación. Es la edad del trabajo, de la actividad y del bullicio. Como la abeja en la primavera debe, pues, el adolescente en el colegio aprovechar la bella estación que Dios le depara, libando con avidez el néctar de la ciencia para producir a tiempo la miel del saber y de la virtud.
Quien siembra coge y quien no siembra no puede coger. Cuando se acerca el tiempo de enterrar la semilla en el campo, el labrador aprovecha el buen tempero para remover profundamente y surcar en todas direcciones la tierra humedecida y blanda. Y el adolescente ¿esperará a cultivar su espíritu a que éste se endurezca con los rigores de la helada estación o con los ardientes y abrasadores rayos de la pasión y del vicio? ¿Qué podría esperar entonces que brotase de su espíritu sino una cosecha de abrojos y de espinas? ¡Ah! Muchas son las cosas que perdidas pueden recobrarse, pero el tiempo que una vez se pierde no se recobra jamás.
Cuando un árbol es joven, todas las direcciones toma. Dócil a la mano que lo dirige, a todos sus impulsos se sujeta. Ni la violencia lo quiebra, ni la blandura lo encuentra inflexible. Mas cuando su corteza se halla endurecida ¿quién es capaz de enderezar el árbol torcido?
Así como las raíces penetran en la tierra, penetra la maldad en el corazón. Las superficiales —244→ imperfecciones de la adolescencia conviértense en defectos en la juventud, truécanse en vicios en la edad madura, y en la vejez degeneran en hábitos profundos ¡ay! imposibles de desarraigar. Si extirpar una ligera imperfección desde un principio tanto esfuerzo cuesta, aguardando a que la voluntad se fortifique ¿qué alcanzaremos sino que el mal ahonde y la dificultad se robustezca?...
Esforzarse es preciso desde la más temprana edad. Esforzarse es vencerse: vencerse es triunfar. El triunfo de sí mismo es el que al hombre más enaltece.
Para alcanzarla gloria de vencer es preciso tomarse el trabajo de luchar. Quien se dobla al trabajo endereza su espíritu. Quien se aplica al estudio aprende a vivir. Si aprovecha el tiempo, duplicará la vida.

Casilda, es hija de un pastor muy bueno, y tiene gran cariño a las pobres ovejuelas. Cuando alguna se pone mala, ella la cuida con singular esmero, separándola de las demás, y constituyéndose en su enfermera, atenta y vigilante.
Así quieren tanto las ovejuelas a Casilda, y así Casilda demuestra que su corazón es bueno y sensible, y promete ser una mujer digna esposa y amantísima madre.
—245→

Este insigne varón fue uno de los hombres de más talento nacidos en nuestro hermoso país. Como crítico, literato e historiador, alcanzó gran fama, dando pruebas de una erudición inmensa, de un exquisito gusto literario, y de una facilidad extraordinaria. Su Fray Gerundio Campazas es una obra de primer orden que estimarán siempre las personas doctas. Su Compendio de Historia de España no os será desconocido seguramente.
El padre Isla era jesuita, y fue, por consiguiente, expulsado de España con todos sus hermanos, pasando con este motivo muchos trabajos y grandes privaciones, pero siempre fue su ánimo entero y enérgico, y grande su fortaleza para los mayores sufrimientos. Como que el padre Isla era, antes que todo, buen cristiano, y la fe cristiana es la que más fuerza da al ánimo y más aliento a los corazones.
Trasladose a Italia, y allí terminó su laboriosa vida en 2 de Noviembre de 1781, a los setenta y ocho años de su edad.
El padre Isla fue un hombre bueno, sabio y virtuoso, y su bondad, su sabiduría y su virtud se reflejan en sus obras claramente, y sobre todo, en las donosísimas Cartas que escribió desde su destierro, donde al cabo halló nobles y dignos protectores, que hicieron justicia a los talentos del insigne jesuita español.
—246→
En una de las noches más tempestuosas del invierno, cuatro inocentes niños rodeaban a su anciana abuelita, quien para distraer la atención de sus hermosos nietos y ahuyentar el terror que les inspiraba la tormenta, les refería uno de esos encantadores cuentos que, tanto agradan a los niños, y que, por decirlo así, educan su imaginación.
Los tiernos párvulos la escuchaban con el mayor recogimiento, y el cuadro que una y otros presentaban era bellísimo.
He aquí, queridos niños míos, lo que la bondadosa abuela contaba a sus nietecitos:
«En una pequeña población de Andalucía, les dijo, había una posada donde por fuerza tenían que alojarse los viajeros, y en la época de que os hablo se celebraban las fiestas del patrón de la aldea.
Por este tiempo tomaban la primera comunión los niños, y el posadero llevó por primera vez a su hija Antonia, niña de trece años, para que recibiese al Señor, obsequiando con este motivo a sus amigos y a sus huéspedes con una espléndida comida.
Se reunieron todos debajo de un emparrado, y entre los convidados había una señora inglesa y un caballero, a quien numerosos criados llamaban señor conde.
Reinaba entre todos la más cordial franqueza, y durante la comida tuvieron lugar diferentes y animadas conversaciones.
Cuando se hallaban a los postres tomaron un giro que llenó de pavor a todos los circunstantes.
Se habló de los bandidos que tenían atemorizados aquellos contornos, y la señora inglesa refirió que había estado muy expuesta a caer en sus manos, salvándose de un robo seguro por la ligereza de sus caballos y el acierto del conductor, puesto que habían intentado detenerla, descargando, no lejos de ella, algunos tiros para atemorizarla.
El conde, a su vez, y lamentándose, de este asunto, contó el peligro en que también se había encontrado. Según él dijo, no muy lejos del pueblo, en la noche anterior le asaltaron una porción de hombres armados de escopetas, y le pidieron el dinero o la vida.
Por fortuna, tuvo lugar de apoderarse de sus pistolas, y descargándolas sobre el primero, que parecía jefe de los demás, logró, con la ayuda de sus criados, ponerlos en dispersión.
Amedrentados todos con los dos sucedidos que acababan de escuchar, se deshacían en tristes comentarios, y todos, unos tras otros, fuéronse retirando, porque ya era muy entrada la noche. Sólo quedaron en la puerta la señora inglesa y la inocente niña, quien al verla medrosa la prometió no separarse de ella y dormir cerca de su habitación. Esta oferta fue aceptada con el mayor cariño, y la inglesa, que pertenecía a una familia católica, no temió ya, porque veía en Antonia un ángel de su guarda. Algunos momentos después subieron al cuarto donde iban a pasar la noche.
—247→Antes de llegar a la estancia de la señora inglesa, había un pequeño cuarto rodeado de grandes armarios, que no servían hacía mucho tiempo, y en él dispusieron que dormiría la niña, dando órdenes a los criados para que trasladaran allí su lecho.
Verificada esta ligera operación las dos quedaron solas, cada una en su cuarto.
Sonaron las doce en el reloj de la iglesia, y todos los rumores cesaron, quedando la posada y sus alrededores en el mayor silencio.
Todo continuaba en calma.
De repente se abre uno de los armarios de la habitación de Antonia, y asoma una cabeza... se cerciora de que ésta duerme, va a salir, pero el acento dulce de la protectora de la inglesa, resuena en la estancia pronunciando una sentida oración, y el armario vuelve a cerrarse, causando sólo un ligero ruido.
Algunos momentos después se repitió la misma operación.
Los labios de Antonia respiraron de nuevo estas palabras:
«Mi buen ángel tutelar, veía siempre por mí, y libra a mis hermanos de los males del mundo.»
El hombre de la barba, creyéndola despierta, tornó a encerrarse en su escondrijo. Hasta tres veces aconteció lo mismo, y cuando las tintas de la aurora penetraron en la habitación y se escuchó el canto de las aves, se despertó la hija del posadero, abrió las ventanas, y penetró en el cuarto de la inglesa, despertándola para elevar juntas a Dios su plegaria del nuevo día.
Después de la fiesta del Patrón se celebraba la feria, y por consiguiente aquel día llevó el posadero a su hija para que visitase las hileras de pintorescas covachas, donde estaban expuestos los juguetes y demás objetos feriables. Antonia se detuvo como por instinto delante de una tienda de imágenes y libros de devoción, y mientras que ella examinaba un precioso devocionario, dos hombres que cuchicheaban cerca de ella, murmuraron irónicamente la misma frase que la niña durante su sueño había elevado él ángel de su guarda en la noche anterior. Antonia refirió a su padre lo que acababa de oír, y lo aconsejó que siguiera a aquellos hombres, porque le inspiraban recelo sus palabras.
Hízolo así éste, y colocándose sin ser visto a su lado, escuchó la conversación que tenían con otros a quienes se habían reunido. Por su contenido pudo saber el peligro en que había estado su familia la noche anterior, porque aquellos hombres murmuraban del que escondido en el armario no había dado el golpe por temor de una niña que rezaba. Este se defendía de las inculpaciones, y prometió acabar su obra en la noche siguiente. El posadero, asombrado de este descubrimiento, iba a retirarse para oponerse a los designios de aquellos malvados, cuando miró acercarse al corro un nuevo personaje, en el que reconoció a uno de los criados del conde, y oyó que les daba en su nombre distintas instrucciones, dignas del más famoso capitán de bandidos.
Nuestro buen hombre, sin querer oír más, apostó en su posada a los guardias civiles que pudo hallar, los ocultó en la habitación de la inglesa, y sin —248→ noticiar nada de lo que iba a suceder ni a su familia ni a los viajeros, reunió a sus criados, los dio armas, y después de haber visto entrar al conde en su cuarto se puso en acecho para estorbarle que saliera.
Dios protege los planes de los buenos, y el de posadero se realizó a las mil maravillas.
Los ladrones que estaban escondidos en el armario fueron capturados, y el conde y sus criados cayeron en la red.
Registrada su maleta y oídas las primeras declaraciones de los presos, supieron el posadero y la inglesa que su huésped y su amigo era nada menos que el mismo Niño de Écija, que tanto terror había infundido en aquellos contornos.
La justicia divina quitó la máscara a los malhechores, y la humana alejó para siempre de la sociedad a uno de sus miembros corrompidos; los demás, como cómplices, fueron sentenciados a cadena perpetua, y el país se vio libre de unos bandidos tan desalmados, y sonrió como el náufrago al pisar el suelo que le vio nacer, después de haber sufrido los horrores de la borrasca.
Cuando la inglesa pudo comprender el peligro a que había estado expuesta, toda su gratitud por haberse salvado se dirigió a la Providencia y al ángel de su guarda en aquel riesgo, a la inocente Antonia. Esta virtuosa niña, contenta por haber alcanzado el favor de los cielos para libertar a muchos de los puñales de los bandidos, dio gracias a Dios con toda la fe, de su corazón, y desde entonces al acostarse, al levantarse, al emprender cualquier trabajo, repetía el divino versículo que había ahuyentado a los malvados:
«Mi buen ángel tutelar, decía con el mayor fervor, vela siempre por mí, y libra a mis hermanos de los males del mundo.»
Así terminó la cariñosa abuela su narración, y los siete nietecitos, que no habían separado su atención ni un instante de sus palabras, exclamaron a una:
-¡Ay, abuelita! nosotros también rezaremos siempre como Antonia, para que Dios no nos desampare.
-Sí, hijos míos, sí, repitió la anciana. El poder de la oración es el más grande de todos los poderes, porque abre las puertas de la bienaventuranza, y logra los consuelos del Señor para los que le dirigen fervorosas plegarias.
JULIO NOMBELA.
Iba a terminar la lección de los polígonos en esta tarde de que vengo a hablaros; algo restaba aún por decir de las figuras en general, y Carlitos para ello se había provisto en el taller de su amigo y vecino de algunas figuritas de madera. No siempre podía él presentarlas, por el poco tiempo que para su construcción podía dedicar, si —249→ bien había procurado hacer a su discípulo Rafael constructor de las tales figuritas, para poder por ese medio presentarlas siempre en sus explicaciones. Ya veremos más adelante si Rafaelito supo adelantar en el arte de la carpintería.
Mi amiguito el profesor, al empezar su tarea explicativa, mostró a sus amigos y discípulos dos figuritas que, si mi lápiz acierta a representar bien, eran iguales a las que tengo el gusto de presentaros a continuación, ligeramente dibujadas:

Enseñadas estas dos figuras de madera, se dirigió a Gonzalito, diciéndole:
-Dime, querido compañero, ¿qué diferencia notas entre estos dos pedazos de madera?
-Yo no sé bien qué diferencia habrá entre ellos, pero seguramente uno es muy igualito, y el otro nos presenta varios picos y muchas desigualdades en sus lados.
-Vas comprendiendo lo que yo deseo, pero es necesario que aclaremos este punto.
Veamos cómo son los lados del que tú dices ser muy igualito.
-Son iguales todos ellos, dijo al momento el buen Gonzalo.
-¿Reúne el segundo esta circunstancia?
-No, seguramente: en él son unos lados mayores que otros.
-Efectivamente, es así: ahora Luisito nos dirá lo que nota en los ángulos de los dos polígonos que ve representados por estos pedacitos de madera.
-Que en el uno parecen iguales, y en el otro se ve claramente que no lo son.
-Tenemos, pues, continuó el joven catedrático, dos polígonos: el uno tiene iguales sus lados y sus ángulos; el otro tiene ambas cosas desiguales. Esto ocasiona que admita cada uno un calificativo diferente: vosotros sabréis, gramática y comprenderéis lo que significa la palabra calificativo: puedo, por esto, designar las dos figuras que os he enseñado del modo siguiente:
Primera. Polígono regular.
Segunda. Polígono irregular.
Me resta deciros la definición que les corresponde: es la siguiente:
Polígono regular es el que tiene iguales sus ángulos y sus lados, llamándose irregular el que carezca de alguna de estas dos condiciones.
Vosotros os acordaréis de los triángulos, y sabréis por lo tanto lo que es triángulo equilátero: dijimos a su tiempo que era llamado así el que tenía sus lados iguales. Pues bien, también tenemos aquí polígonos equiláteros; y —250→ no sólo así, sino equiángulos además.
Cuáles serán estos, es muy fácil comprenderlo: los que tienen sus lados iguales son equiláteros; los que tienen sus igualdad en sus ángulos, equiángulos. Los regulares han de reunir, como hemos visto, ambas circunstancias; los irregulares pueden, cuando más, tener una de ellas.
Aquí podía terminar si no quisiese hablaros de la igualdad y semejanza de los polígonos.
Es difícil encontrar dos polígonos iguales, pues es necesario que puestos uno sobre otro coincidan perfectamente; es decir, que parezcan uno solo, sin sobrar nada por ningún lado, para que sean iguales. Esto sólo puede pasar en figuras de un mismo número de lados.
En la semejanza de los polígonos no pasa lo mismo, pues basta que tengan la misma forma para que sean semejantes. Quiero representaros esto para que lo entendáis bien.
Ved aquí estos dos hexágonos:

Son perfectamente iguales, porque teniendo la misma extensión tienen respectivamente iguales sus lados y sus ángulos.
-Y si fuera más pequeño, interrumpió Esteban, cualquiera de ellos, ¿serían iguales?
-No, interrumpió a su vez Teodoro; ¿no recuerdas que ha dicho Carlos que han de tener la misma extensión, es decir, el mismo tamaño?
-Tiene razón Teodoro: sólo son iguales los polígonos que, teniendo la misma extensión, tengan iguales sus lados y sus ángulos.
-Pues, entonces, volvió a decir Esteban, ¿cómo se llamarán esas figuras?
-Se llamarían semejantes, pero nunca iguales.
-Pues qué, dos cuadrados, o dos rombos, o dos rectángulos ¿no serán siempre iguales? ¿no tendrán la misma forma?
-Tendrán la misma forma, pero no serán iguales; casualmente para que comprendieseis la semejanza de las figuras he traído varias de madera que os harán ver claramente la verdad de mis palabras.
Todos los discípulos miraron con más atención.
Las explicaciones de Carlitos les parecían cada vez más curiosas, y por consiguiente, cada día era mayor su deseo de aprender.
Carlos continuó:
-Mirad todos; y tú, Esteban, repara atentamente estas dos figuritas:
—251→
-Tú dices, querido Esteban, que son iguales, y voy a hacerte ver que no es así. Es cosa tan sencilla, que la sola superposición de las dos tablitas no lo hace ver.
Pongo, pues, la una sobre la otra:

Nos demuestra claramente que no son iguales: es más pequeña la que está delante.
Ahora bien: ¿qué nombre daremos a estas figuras que tanto se parecen pero que no son iguales?
Semejantes: es decir, que se parecen, que hay entre ellas cierta semejanza.
Ya sabemos lo que son figuras iguales y figuras semejantes; quédame por manifestaros que hay semejanza entre todos los polígonos regulares de un mismo número de lados.
Todos los cuadrados, todos los triángulos equiláteros, todos los pentágonos, hexágonos, etc., regulares son indefectiblemente semejantes.
Con esto terminaría la parte concerniente a los polígonos en general, si no quisiese que recordaseis los nombres diferentes que según sus lados pueden admitir. Ayer Ricardo no recordó el de uno de ellos, y esto fue causa de que alguno de vosotros quisiera injustamente burlarse de él. Voy, pues, a empezar por él, seguro de que hoy lo sabrá perfectamente.
Ven, Ricardito, ven, y escríbeme sobre la tabla de la mesa los nombres de los polígonos, desde el triángulo hasta el dodecágono.
El niño se levantó, y tomando un lápiz blanco escribió resueltamente lo que sigue:
«Polígono de tres lados, triángulo.
Id. de cuatro, cuadrilátero.
Id. de cinco, pentágono.
Id. de seis, hexágono.
Id. de siete, heptágono.
Id. de ocho, octógono.
—252→Id. de nueve, eneágono.
Id. de diez, decágono.
Id. de once, endecágono.
Id. de doce, dodecágono.»
-Ya sabía yo, dijo Carlitos, que mi amigo Ricardo sabía esto perfectamente: creo que habrá alguno que no lo sepa, y tal vez debiera convencerme de ello; pero aunque, si tal hiciese, la demostración de su ignorancia sería el mejor castigo a la falta cometida ayer al querer burlarse de un compañero, desisto de ello, seguro de que ya no habrá entre todos más que cariño y sincero y mutuo afecto.
Hoy termina, pues, la lección, y mañana habremos de tratar de otras cosas muy bonitas y que seguramente llamarán vuestra atención. Salgamos ahora a pasear.
Así lo hicieron los niños; y ya que yo no puedo hacerlo en vuestra compañía, mis queridos lectores, permitid que me despida de vosotros hasta el siguiente artículo.
E. TRUILLIER.
El asturiano
—253→
Oración
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||||
| Blanca azucena del jardín del cielo, | ||||
| místico vaso de pureza henchido, | ||||
| astro de eterna luz, dulce consuelo, | ||||
| de aquel que vaga por la mar perdido, | ||||
| heme aquí prosternado ante tus aras, | ||||
| contrito el corazón, mi ruego escucha. | ||||
| Si al que te invoca, bondadosa amparas, | ||||
| no me abandones en la horrenda lucha. | ||||
| Mi salvación en ti cifro tan sólo, | ||||
| Virgen a quien adoro, Virgen pura, | ||||
| no permitas jamás que negro dolo | ||||
| manche del alma la inmortal blancura. | ||||
| No permitas que el ángel de mi guarda | ||||
| de mí se aleje ruboroso y triste, | ||||
| ni se envilezca con pasión bastarda | ||||
| el que tú, dulce Madre, redimiste. | ||||
| ¡Mira que débil soy!... ¡Mi incierto paso | ||||
| por los eriales de este mundo guía, | ||||
| para que allá do el sol no tiene ocaso | ||||
| pueda en tus brazos reposar un día! | ||||
ÁNGELA GRASSI.
Nociones y conocimientos útiles y recreativos para la infancia y la juventud
-¿Cómo el ejercicio de la acción o de la afinidad produce el calor? -El ejercicio de la acción química es una combinación entre dos o más sustancias; quien dice combinación dice unión íntima y como penetración de las moléculas que se combinan. Esta unión íntima es la que produce el calor.
-¿Y cómo sucede esto? -La unión íntima equivale a una disminución de volumen; en la naturaleza, en general, toda disminución de volumen va acompañada del calor, como todo aumento de volumen o dilatación produce el frío.
-¿Por qué se produce un gran calor cuando se vierte agua fría sobre cal viva? -Porque el agua se combina con la cal y se hace sólida, y todas las veces que un líquido se convierte en sólido, se desprende todo el calor que necesitaba en el estado fluido.
La elevación de la temperatura, que se desprende durante la combinación del agua con la cal viva es tan considerable que puede determinar la inflamación en la pólvora.
-¿De dónde procede el calor que se desprende del agua y de la cal en esa operación? -Existía ya en ambas sustancias, pero en el estado latente.
Calórico latente.
-¿Qué es el calórico en el estado latente en un cuerpo? -El calor o el calórico de que el termómetro no acusa la más mínima parte, o que es absolutamente insensible a nuestro tacto.
—254→-¿-De qué modo puede ser el calor latente? -El calor, como toda otra fuerza, no puede producir a la vez varios efectos; cuando está empleado en mantener o conducir a cierta distancia las moléculas de los cuerpos, no puede obrar al mismo tiempo sobre los otros cuerpos, sobre el termómetro, por ejemplo, o el órgano del tacto. He aquí por qué la gran cantidad de calor absorbida por un cuerpo a su paso del estado sólido al estado líquido, o del estado líquido al estado sólido, no eleva su temperatura y no se manifiesta en el termómetro.
-¿Cómo se sabe que el calórico existe si no es sensible ni aún en el termómetro? -Porque se sabe, por una parte, que ha sido absorbido por el cuerpo, y por otra, que no aparece en el termómetro. Así, por ejemplo: un kilo de hielo a la temperatura de 0 y un kilo de agua a la temperatura de 75 grados, dan, después de unidos y de la fusión completa del hielo, dos kilos de agua a 0; los 75 grados de calor del kilo de agua caliente, están, pues, en el estado latente, en los dos kilos de agua a 0; han separado las moléculas del hielo para hacerle pasar al estado líquido, y no aparecen, por consiguiente, en el termómetro; un kilo de vapor a 100 grados, volviendo al estado líquido, eleva un grado la temperatura de 643 kilos de agua; luego, para hacer pasar un kilo de agua a 100 grados al estado de kilo de vapor también a 100 grados, es preciso hacerle absorber el calor necesario para elevar un grado la temperatura de 643 kilos de agua, o 643 veces el calor necesario para elevar un grado la temperatura de un kilo de agua.
-¿Hay calor en el hielo y en la nieve? -Sí; todos los cuerpos contienen cierto calor; el hielo más frío, lo que el fuego más vivo; el calor es el que mantiene las moléculas de los cuerpos a distancia; así, pues, donde hay distancia de moléculas o volumen, hay calor.
-El calor ¿es absoluto o relativo? -En sí mismo o como fuerza empleada en mantener a distancia las moléculas de los cuerpos, el calor tiene algo de absoluto; pero en sus manifestaciones exteriores, resultado de cambios incesantes entre los cuerpos más cálidos y los más fríos, el calor no es evidentemente más que un fenómeno relativo; lo que naturalmente parece frío puede, colocado en otras condiciones, parecer cálido. Así, por ejemplo, la nieve, en sí misma muy fría, puede ser caliente.
-¿De qué manera? -En un litro de nieve poned medio litro de sal, y si metéis las manos en esa mezcla sentiréis un frío tan intenso, que la nieve misma os parecerá, en comparación muy caliente.
-¿Es más fría que la nieve una mezcla de nieve y sal? -Cuatro o cinco grados más fría. Esta producción del frío es debida a una absorción del calor de la nieve producida por la sal, que, disolviéndose, pasa del estado sólido al estado líquido, y hace latente, por consecuencia, cierta cantidad de calor.
-¿Por qué el vapor hace una quemadura más fuerte que la del agua hirviendo? -Si dos cantidades iguales, la una de agua hirviendo y la otra de vapor a 100 grados, tocaran a la piel, la quemadura producida por el vapor, sería más fuerte porque encierra más calórico; pero como en razón de su débil densidad, la masa de vapor —255→ en contacto con la piel es siempre mucho más pequeña, la quemadura de agua hirviendo es más temible.
Combustión.
-¿Qué es la combustión? -La combustión en la acepción más general de la palabra, es una combinación química acompañada de calor y de luz. En su acepción vulgar, se llama combustión a las combinaciones químicas con luz y calor, cuyo principal agente es el aire atmosférico, o el oxígeno de aire.
-¿Cuál es en la combustión el origen real del calor y de la luz? -El calor de la combustión es producido por la acción química; la luz de la combustión tiene su origen en la intensidad del calor. En toda combustión hay pues, una sustancia que arde y una sustancia que hace arder; la sustancia que arde se llama combustible y la que hace arder comburente.
-¿Cuáles son los elementos principales o esenciales de la combustión ordinaria? -En las materias que hacemos arder habitualmente, los elementos combustibles principales son el carbono y el hidrógeno; el elemento comburente es el oxígeno del aire.
-¿Cuáles son los elementos del aire atmosférico? -El aire atmosférico es esencialmente una mezcla de oxígeno y de ázoe, en las proporciones, poco más o menos, de 4 volúmenes de ázoe por un volumen de oxígeno.
J. F. SANMARTÍN Y AGUIRRE.
—256→

Jazmín era un gato de muy buena familia, gallardo y buen mozo como pocos, pero tan osado, tan desvergonzado, tan temerario, que escandalizada tenía toda la casa y la calle entera. Siempre se le veía por los tejados, haciendo el lindo y elegante, requebrando a las gatas más decentes, y comprometiéndose en aventuras peligrosas.
Ocurriósele requebrar a Zoraida, una gata muy linda y emperejilada, hija de un honradísimo gato, y era de ver cómo la paseaba el tejado cabalgando en un mono que tenía a su servicio, y así distraía a la inocente Zoraida, que no atendía a las obligaciones de su casa ni acompañaba a su padre en la caza de ratones. Advirtió el anciano aquellos excesos, y prometió castigar al imprudente que iba a introducir la perturbación en su hogar. Y... Pero la continuación de tan tremenda historia quede para otro día, que hoy ya he escrito bastante.
(Se continuará.)
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Hace treinta años, el párroco de San Servando, pequeña población de Bretaña, concibió una idea filantrópica, que sin recursos de ningún género y sin más auxilio que la caridad, ha dado ya tales resultados, que, o el espíritu del siglo es menos egoísta de lo que se supone, o la Providencia, interviniendo con su protección eficaz e inmediata, se interesa en el buen éxito de la obra iniciada por el virtuoso sacerdote. Una congregación de mujeres, que voluntariamente renuncian a los placeres de la vida para dedicarse a la asistencia y sostenimiento de los ancianos desvalidos, recorre la Europa, creando, sin propiedad alguna, sin poseer nada, asilos para los viejos, en la mayor parte de las ciudades de importancia. Para alquilar esos edificios, para edificar algunos, para subvenir a las necesidades diarias de tan costosos establecimientos, aquellas buenas mujeres, que han aceptado con júbilo el nombre de Hermanitas de los pobres y pronunciado votos solemnes, pasan su vida en el trabajo más penoso y se humillan implorando limosna para los ancianos, sin descansar nunca, sin arredrarse ante los obstáculos de idiomas y costumbres desconocidas, y prosiguiendo su santa obra con una confianza que infunde por lo menos admiración y respeto.
Unos cinco años hace que una comisión de Hermanitas de los pobres llegó a Madrid para fundar un establecimiento, el noveno, si no nos equivocamos, que poseen en España; la mayor parte de los madrileños ignora la existencia del asilo humanitario que, para honra de sus fundadoras, han logrado crear, si bien humildemente todavía y en pequeño. Lectoras, si queréis experimentar unas de esas emociones gratas que pocas veces se sienten en la vida, suprimid el paseo una sola tarde, y dirigíos a la calle de Hortaleza, número 148. Allí voy a conduciros mentalmente, contándoos lo que he visto, —258→ y de cuya verdad podéis prácticamente convenceros.
Cuando entré, a los pocos meses de abrirse el establecimiento, en compañía de dos amigos, la superiora nos recibió con una amabilidad, con un agrado y cortesía tal, que nos animó a hacer algunas preguntas minuciosas, mientras visitábamos todas las habitaciones. Habla correctamente el español, así como la hermana que iba en su compañía, la cual desempeña el oficio de postulante, recorriendo las casas en demanda de socorro.
-Gracias a Dios, hoy pueden los pobres ofrecer a Vds. asiento, dijo, enseñándonos un ancho sofá y algunas sillas, que eran regalo de personas diferentes, según la diversidad pintoresca de sus clases. Las primeras visitas que recibimos, hace algunos meses, hubieron de permanecer en pie, porque no teníamos sillas. Hoy.. la caridad nos ha proporcionado estas comodidades.
-Hay en el establecimiento un aseo, una limpieza y un orden, que hacen la estancia allí sumamente agradable.
Así se lo hice entender a la superiora, que me contestó sonriendo:
-La limpieza es el lujo de los pobres.
-Y ¿quiénes son los protectores de este asilo? preguntó a las dos hermanitas.
-Muchos: pero San José es el más eficaz, el que continuamente nos ayuda. Por eso está su efigie en todas las habitaciones. Y me enseñó una pequeña capilla de piedra, con la imagen del santo. Estas capillas son obra de uno de los acogidos, y aunque algo toscas, tienen mucho mérito; la gratitud ha hecho escultor a un pobre que no tiene ni conocimiento del dibujo.
Y dijo la superiora, enseñándonos unas cortinas o cuadros que cubrían los cristales de la galería:
-Los pobres viejos no teman con qué resguardarse del sol en verano. Un caballero que visitó el establecimiento, nos hizo observar la falta que ya habíamos notado.
«San José se cuidará sin duda de remediarla,» añadió el caballero; y en efecto, al día siguiente se presentó un mozo, trayendo las cortinas de parte del bendito patriarca.
-No es eso sólo, añadió la otra hermana: el milagro se repite con mucha frecuencia; todo el mobiliario que poseen los pobres ha venido como llovido del cielo, sin saber casi nunca quién envía los regalos; la caridad que hace prosperar el establecimiento es la más pura y legítima, la que se oculta para hacer el bien, la que se ruboriza al practicarle. Un día llamaron a la puerta y se presentó un carpintero: nos hacia falta una escalera para comunicar interiormente el piso principal donde están las mujeres, con el más alto, en el que habitan los hombres: el maestro tomó medidas, y pocos días después la obra estaba terminada: no sabemos quién es el alma benéfica a la que debemos este obsequio: lo mismo ha sucedido con el lavadero y con los cuadros, y con todo, en fin, lo que ven Vds. en las habitaciones.
Entramos en la cocina; la estaban blanqueando las hermanas: también vimos allí a San José presidiendo la sopa de los pobres, que hervía en anchas marmitas.
-Y la comida ¿se reduce a eso solamente? preguntó uno de mis compañeros.
-¡Oh! no, señor, contestó con cierta —259→ vanidad la superiora; y destapó una cacerola colocada a corta distancia del fuego.
Todos contemplamos con curiosidad su contenido.
Era un condimento particular, hecho de huevos, que despedía un olor agradable y sustancioso.
-Es tortilla, dijo con orgullosa sonrisa la superiora.
Francamente, confieso, que aquello no me pareció tortilla, o poco entiendo del arte culinario; sin embargo, comprendí que era una cosa buena, y que, condimentada por aquellas manos caritativas, debía saber a gloria.
-Procuramos variar, repuso una hermanita, y hasta ahora la caridad nos lo ha permitido.
-Pero, ¿cómo se hace ese milagro?
-De un modo muy sencillo: la hermanita encargada de comprar, recorre todas las mañanas las plazuelas: el pueblo español es generoso y responde siempre a los sentimientos nobles: viera V. a los vendedores cubrir de verduras, de legumbres, de carne a veces el carrito destinado a conducir el alimento diario. Los pobres compran sin dinero. Un día preguntamos a la decana de nuestras viejecitas, que tiene 104 años, qué cosa la apetecía más, por si podíamos procurársela: nos respondió que la gustaba mucho la gallina; ya sabe V. que están caras.
Hice señal de asentimiento, aunque a la verdad, siempre he ignorado el precio de esas aves.
-Pues bien, prosiguió, salió a la plaza la hermanita, y ha de saber usted que cada día de la semana variamos de mercado, para no fatigar: aquella mañana parece que Dios había comprendido nuestros deseos. Un pollero se acercó a la hermana, con una hermosa gallina en las manos. «Tome usted, la dijo, para que den caldo a los viejos. ¿Quién sabe, si con el tiempo habré menester que otros hagan conmigo esta caridad?» No puede usted figurarse la alegría con que recibimos aquel oportunísimo presente.
-¿Y es regalo también ese carro? preguntó uno de mis amigos.
-¡Oh! sí, señor. Pero antes, la hermanita tenía que fatigarse mucho para traer la compra. Una mañana nos enviaron un regalo, que de seguro no adivinará V. fácilmente.
-No es probable.
-Pues bien, nos regalaron un borriquito para que facilitase el abastecimiento en la plaza, y el mozo que nos lo trajo acude todos los días y se encarga de su manutención. No sabemos quién es el protector al cual debemos tan utilísimo regalo.
Confieso que íbamos de sorpresa en sorpresa, al ver la caridad tan bien comprendida, experimentando cierto orgullo con los elogios que de la generosidad española hacia aquellas buenas señoras, cuyo pensamiento secundan cuantos acuden a visitar el asilo hospitalario.
Vimos la pieza destinada a lavadero: los dormitorios de las ancianas, la enfermería y el oratorio donde se celebra una misa diaria que oyen todos los pobres, aunque la asistencia no es obligatoria para ellos.
Inútil es decir que la pequeña sacristía, el modesto, pero bonito altar, los candelabros de madera, algunos cuadros, dos lámparas y cuanto compone el ornamento de la capilla, es obra de la caridad. La regla prohíbe el oro y la plata en los adornos: todo es —260→ allí de una sencillez primitiva. Una lámpara de cristal arde siempre colgada en el techo del oratorio.
Pasamos al comedor, donde estaban las acogidas, en número de veintiséis, asistidas por una hermana, y con los trajes que buenamente han podido proporcionarlas, aseados y pulcros, y obedeciendo al aspecto general de la casa, todos eran distintos. Allí la uniformidad no existe, sino en los dormitorios; todo lo demás es variado: cada silla de su clase; cada mueble de su época; los hay de una antigüedad respetable, y modernos, todos en distinto uso, sin guardar otra simetría que la del buen orden con que se hallan colocados. Parece como que el establecimiento ha sido surtido en un puesto de ferias.

Las ancianas, cuya edad no baja de sesenta años, parecían contentas y reinaba entre ellas una cordialidad conmovedora: comían cada cual en su asiento, porque el local no permite una mesa grande para todas. El aspecto de aquella habitación, la observación de los diversos tipos que se veían allí reunidos, y la buena armonía que reinaba, nos impresionaron vivamente.
—261→Salimos de aquel cuarto, y nos enseñaron el ropero, que es un pequeño almacén de ropa, numerado según la pertenencia, y con estantes sin numeración para significar la propiedad de todos; después subimos por la escalera interior, que se llama San José, para visitar el departamento de los hombres. En el piso alto se reprodujo el mismo cuadro: igual aseo y cuidado en las habitaciones: los acogidos son diez y nueve, y notamos en el comedor que los hombres disfrutan una ventaja, la de tener dos mesas. Lo demás corre parejas con el departamento ya descrito. También hallamos una novedad digna de mencionarse. Entre los ancianos a quienes las vicisitudes de la vida han conducido al establecimiento, nos sorprendió uno sobre todo. Es un italiano, vicecónsul en otro tiempo, y hoy pobre de solemnidad. El decano es un hombre de ochenta años: las mujeres llevan en esta parte veinticuatro años de ventaja. El bello sexo ha de ser siempre para la naturaleza el más favorecido.
He dicho impremeditadamente bello sexo: allí no hay sexos ya; allí no hay sino ruinas. La última transformación del ser humano en su estado más triste. Allí todos son viejos sin familia, sin afecciones en el mundo, donde vivían abandonados hasta que la caridad les dio familia. Suprimid la casa de las Hermanitas de los pobres, y veréis a aquellos infelices mendigar el sustento a la puerta de las iglesias, sin saber a dónde retirarse por las noches, temblando de frío en el invierno, abrasados por el sol en los meses de verano, y solos, siempre solos. Destruid el caritativo establecimiento, y privareis de la paz que hoy disfrutan a cuarenta y cinco desgraciados.
Cuando nos aproximamos a la puerta de salida, todos ibamos pensativos.
¡Quién sabe lo que el porvenir reserva a cada cual! ¡Pobres de los que llegan a la vejez y sólo encuentran soledad y no tienen a dónde refugiar su corazón abandonado, en la edad en que es tan necesario el afecto como en la infancia! La falta de ese consuelo es la mayor de las pobrezas, y ese consuelo ese cariño, esa dulzura es el objeto de la fundación del virtuoso párroco de San Servando.
Al lado de la puerta vimos un cepillo con la siguiente inscripción: «Bendita sea de Jesús y María la mano que aquí deja algo para los pobres.» ¿Quién resiste a tan caritativo y justo llamamiento?
-¡Ah, caballeros! dijo la buena religiosa al despedirnos, nuestras primeras oraciones serán para vosotros y para vuestras familias. No olvidéis que aquí todo se admite y se aprovecha. Lo más inútil de las casas es para el establecimiento útil, y muchas veces necesario: trajes usados, calzado de desecho, telas y muebles, todo lo recibimos con gratitud y lo empleamos en beneficio de los pobres. Decídselo a vuestros amigos; muchas personas se ven privadas de contribuir a nuestra obra por ignorar hasta la existencia de esta casa. El frío se aproxima, la ropa de invierno es cara, y son cuarenta y cinco los pobres.
La hermana colectora nos enseñó una obra de aguja digna de mencionarse: era un pañuelo de abrigo, formado de retazos, todos de color diferente, y cosidos con esmero.
-Ya dijimos a V. que aquí todo se aprovecha.
—262→Lectoras, os declaro que contemplé con respeto aquel pañuelo, y aún las manos que consumaron aquella obra maestra de paciencia.
Mis compañeros estaban conmovidos, y eso que tienen el corazón algo duro: yo encontré mi conciencia más turbia que de costumbre. ¡Oh, humanidad! ¡si sólo obedecieses a ciertos arranques generosos y honrados que ahogas por un rubor mal entendido y funesto!...
Si en aquel momento alguien lograse leer en nuestros pensamientos, nos hubiera tomado por trapenses.
Creedme, amables lectoras, dejad un día el paseo y visitad aquella casa hospitalaria, seguras de que hallaréis en ella más satisfacciones que en vagar sin objeto ante las verjas del Botánico. Si en mí, que no tengo como vosotros, y lo siento, las lágrimas en el bolsillo, ha producido tal emoción una visita al establecimiento de las buenas Hermanitas de los pobres, a vosotras, de corazón más bello y sensible y de más delicados instintos, os procurará mayores goces. No temáis el aspecto de la miseria: allí no existe sino pobreza, pero aseada, simpática, no en forma desagradable. Allí puede ejercerse la caridad sin riesgo de alimentar el vicio, como sucede con la mendicidad ambulante. Vuestros adornos y vuestros trajes de seda, es verdad que formarán contraste raro con la modestia y sencillez de aquella santa casa, pero os recibirán con agasajo, porque al veros entrar, calcularán sin duda las nueve religiosas que comparten las tareas del establecimiento, que no dejaréis de acercar vuestras lindas manos al cepillo de los pobres.
JOSÉ FERNÁNDEZ BREMÓN.
