Diálogo de Las Españas. [s.a.], núm. 4 - 5, octubre 1963
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Ingeniería política
Así pensaba Joaquín COSTA
DOCTRINA DEL PUEBLO
La doctrina política del pueblo español, revelada en su refranero, en sus costumbres jurídicas y fazañas, en los poemas del Cid, en los romances, en las cartas-pueblas, en los cuadernos de Cortes, en el Privilegio general, en las Observancias aragonesas, en la Carta castellana de 1282, en el proyecto de Constitución de la Santa Junta, etc., no trae en poco ni en mucho origen exótico, carece de ascendencia conocida, brota directamente, ora en raudal purísimo, ora enturbiado por impurezas nacidas de los hechos, de las entrañas mismas de la sociedad... (1884).
EL ROMANCERO Y EL REFRANERO
Hasta aquí se ha analizado la poesía popular española bajo el aspecto filosófico, estético y literario, de su origen, desarrollo y decadencia, caracteres que ostenta, significación y valor que puede concedérsele como elemento de la historia, etc., etc.; pero apenas ha sido utilizada de un modo intencional y sistemático para penetrar el pensamiento ético, religioso, jurídico y político que animó al pueblo, y que el pueblo consignó en ese gran repertorio de su sabiduría, y ni siquiera para infundir un soplo de vida en las rígidas facciones de la Historia, mediante los vivos y animados relatos de su vida íntima, hechos en ese candoroso libro de sus Memorias. Bajo entrambos respectos, son el Romancero y el Refranero veneros casi del todo vírgenes (1881).
Pablo Picasso
ROMANCES VIEJOS
Todos ellos proclaman la independencia del orden civil enfrente del eclesiástico, con la áspera y ruda franqueza propia de guerreros y juglares de la Edad Media, pero sin descender a los abismos de impiedad, de grosería y de cinismo a que descendió la musa del Romancero, fuera ya de la jurisdicción del pueblo, en las centurias XVI y XVII, cuando hasta los sacramentos de la Iglesia se utilizan para esconder las más repugnantes torpezas (1884).
(Pasa a la pág. 18)
Por Enrique RIOJA
El tibio sol invernal de Cataluña ilumina una triste escena.
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| («Sol de Invierno») | ||
Y allí el poeta, sereno, camina al destierro; con él siguen la misma desdichada ruta otras personas, reunidas por azar del destino. En trance de abandonar sus lares, sienten la íntima desazón del próximo e inevitable desarraigo.
En los rostros el gesto de amargura de la derrota. No se sienten, sin embargo, vencidos; la vencida es su España; es ella la que les duele al igual que le doliera a aquel Don Miguel de Salamanca.
La España de ellos es la vencida: la del romancero, la de San Juan, Santa Teresa y Fray Luis, la de los fueros y las cortes, la de las comunidades castellanas y aragonesas, la de la increíble hazaña americana, la del Siglo de Oro, la del Caballero de la Mancha, sometido, como ella, al engañoso arbitrio del bachiller Sansón Carrasco.
Entonces, como ahora, las aguas corren hacia el Caballero de la Blanca Luna: atuendo de oropel, títere resplandeciente que con armadura, adarga y lanza no logrará empañar los claros destellos alcanzados, por singular paradoja, ayer, hoy y siempre, por los españoles en derrota. De ellos es símbolo y paradigma el de la Triste Figura que cinceló con su brazo peregrina e imperecedera historia, a prueba de bachilleres y barberos.
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De los que aparecen en esta histórica fotografía, y el que la obtuvo, que como es natural no está en ella, sólo dos sobrevivimos. Don Antonio, su hermano José, el doctor José Sacristán, neurólogo de claro nombre, y el doctor José Royo Gómez, geólogo que dejó tras de sí una gran labor, y que fue el fotógrafo, son todos idos. El profesor Juan Roura y yo quedamos aún para contarlo; y esto es precisamente
(Sigue en la pág. 32)
—2→Editorial
Todo indica que la tabla de valores del hombre medio español ha sufrido cambios tan de sustancia y fundamento que sólo en la frontera de nuestros siglos XV y XVI pueden hallarse otros igualmente profundos y de trascendencia comparable. Quedan, es verdad, sobre lo inmovilizado aún a contrahistoria, los que más contaron ayer, pero como sarro de inercias casi todos cuando no como parapeto, como refugio, como máscara. Y es, entre otras cosas, que nuestro esperpéntico siglo XIX ha muerto. Con él van a borrarse -ya están quedando atrás- muchas presencias de pasados, impasados colectivamente por la especie de inmovilismo mental que ha padecido España.
Sobre esa inmovilidad de fondo han discurrido tiempos y reflejados modos de pensar como el agua sobre la piedra. De ahí tanta y tan honda contradicción entre realidades y conceptos; entre actitudes, hechos y propósitos; entre los calcos temporales y nuestra propia manera detenida; lo último, no tanto, quizá, por presión de los primeros Austria como por la mezcla de dislocamientos y deslumbres que producen América, el Imperio, aquel imaginar al español «pueblo elegido», «brazo de Dios» en este mundo. Pero quede aquí.
La explicación de cuatro siglos de acronía casi común no puede intentarse a vuela pluma, a menos de atenerse a lo lineal estereotipado por los elementales. Señalar sus efectos es distinto. A causa de ella hemos carecido de rumbos nacionales, de ideas propias o naturalizadas, es decir, vivas, fluyentes, no fijas en la quietud del calco; de una dinámica nacional, por ende. Y cuando en términos colectivos no se sabe hacia donde ir ni hay ideas timón, se encalla. Eso hemos hecho, encallar repetidamente. Y permanecer encallados siempre que una crecida histórica exterior no nos arrastra; a trompicones, en remolinos furibundos, entrechocando bandos, fracciones, sectas, el hombre mismo en sus adentros.
Evidente es que nuestro siglo XIX nace a tirón y desgarradura de una guerra y que, luego de prolongarse treinta y seis años dentro de la centuria presente, muere lo mismo y de lo mismo. El siglo que acaba de nacernos, tiene, también, huellas de fórceps.
UNA REVOLUCIÓN TAN HONDA COMO INSOSPECHADA
Es demasiado pronto para tener idea de si los cambios mentales que se observan en las nuevas generaciones españolas implican una dimisión en profundidad, una entrega absoluta al practicismo europeo y a cuanto ese practicismo sin contrapeso ni contraste entraña, o van a permitir la necesaria síntesis que lo español, vuelto a su ser, podría dar. Indicios hay de inclinación a lo primero; mas, de una parte, el proceso de modificación no ha concluido; de otra, pueden darse a su término clarificaciones y tomas en cuenta que permitan apreciar mejor la magnitud real de los valores subestimados o desmesurados hoy por imperio de la circunstancia.
Por lo pronto, es menester caracterizar ambas posibilidades ante la conciencia española en desperezo; hacer evidente que constituyen, no un dilema entre tantos, sino el dilema clave, ese por el que, al decidir, al optar, se define una manera de entender la vida; vale decir, una actitud ante los problemas del hombre y de los hombres. Pero caracterizar algo supone conocerlo. ¿Se sabe cómo está siendo el español actual?
En España, el contraste con lo claramente de o en ayer hace sentir al español en hoy que su manera de valorar es otra. Otra es, sin duda. Lo prueba su evidente desdén por el arbitrismo, la fabulación, el politiqueo ochocentista., y el que le apeste la cohetería retórica que atronó los oídos de la generación anterior, fronteriza, pese a nacer en este siglo.
Y es que la guerra, además de aventar cuanto de carcomido y polvoriento había sobre la realidad España, quitó yesos, arrancó pústulas, desgarró vendajes -sucios, rancios, costrosos- e hizo fluir tanta sangre y tanto pus revueltos que ha quedado toda en carne viva. De verla tal cual es y cotejarla con Europa viene este descabalgar en los adentros, el mudo, tácito, ¡pie a tierra! de las nuevas generaciones, su entender molinos los molinos... En suma: una revolución mental tan honda como insospechada, de la que los mismos en que se desarrolla, por lo común, no saben con certeza sino qué ha derribado en ellos.
Verdad es que está en la primera fase y que actúa de abajo arriba, del subsuelo ideológico, condicionador de todo concepto político, social, humano, a la superficie en que los conceptos cuajan y tienen vigencia transitoria... allí donde la pereza mental no los convierte en minerales. Por lo demás, esta revolución de fondo arranca de la misma necesidad vital que abrió el proceso de la otra, de la que no supimos hacer en 1931 y represaron, después, nuestros detritus históricos murándola con un millón de muertos.
Hasta aquí lo visible, cuanto es dado advertir bajo el revoltijo de errores, dudas, atisbos, deseos, certidumbres en que se mueve, punto menos que a tientas, el español actual.
La confusión que sufre es lógica. A solas, por sí, sin alguna referencia válida, ha tenido que zafarse del légamo de embustes y falsificaciones en que España fue sumergida. Pero salir de él no era bastante. En sus mismas lindes esperaban otras formas de error y de abstracción, otros anacronismos y, en torno a todo, infinidad de mitos y de lugares comunes seculares.

Con tanto malsaber y tantos vacíos de conocimiento, el antecedente de la guerra -abrumador, además- antes oscurecía que alumbraba. Lo único en claro eran los caracteres del franquismo encaramado en el poder -ferocidad, vileza, estulticia, fariseísmo-; la incapacidad de los hombres y de los partidos que dieron base a la República; los resultados de esa incapacidad; la sorda amargura de los derrotados; la decepción de quienes se imaginaron vencedores.
Arrancarse a la común estampida hacia lo oscuro del adentro, plantarse, mirar y no ser anegado, tuvo que resultar difícil; incluso en gentes de raíz tan tercamente vital como es la nuestra. De ella vino, sin duda, la voluntad de construir otra esperanza y la energía que ha sido menester
(Pasa a la pág. 34)
—3→Para un examen de problemas
Por Pedro BOSCH-GIMPERA

Sentimos todos la obsesión del problema de España y de su futuro. Ha llegado la hora de entablar un diálogo en que sin acritud, sin reproches, examinando sinceramente los motivos de fricción entre opiniones encontradas, con examen de conciencia emprendido sinceramente, valorando el pro y el contra, pueden hallarse soluciones para un futuro sin luchas fratricidas y con tolerancia para todos.
Habría que empezar por intentar ponernos de acuerdo sobre lo que es España. Lo hemos repetido muchas veces: es imposible encontrar una respuesta concordante a la pregunta porque cada sector español tiene un concepto distinto de lo que es y de lo que representa su país y considera como hereje al que lo tiene diferente.
¿Es España una unidad «uniforme» en lo esencial y toda variedad no es sino geográfica o folklórica? O bien ¿es España una comunidad de pueblos con personalidades distintas y con tradiciones con las que es imposible no sentirse solidario? Y, en tal caso, ¿no es la única solución integrar los distintos pueblos en una unidad superior, sin renunciar cada uno a sus características y a sus tradiciones? ¿No es contraproducente ignorar las diversidades y tratar de suprimirlas, lo que no se logra sino aparentemente, fomentando con ello la escisión espiritual si no material?
Somos muchos los que creemos que debería ser posible una integración respetuosa con las variedades y que por ello sería más fuerte, pues tendría el respaldo voluntario y una colaboración decidida sin reservas.
Para llegar a tal fin es preciso partir de una realidad que, con todas sus posibles deformaciones e ignorancias, es lo que existe durablemente y tiene profundas raíces en la Historia, y llegar a constituir España de acuerdo con esa realidad. Porque, sin duda, la raíz de muchos de nuestros problemas se halla en que se ha tratado de organizarla ignorando o forzando su existencia real.
La premisa necesaria es una revisión y una mejor inteligencia de la historia de España que cada tendencia ha deformado a su guisa, pretendiendo que su España es la única posible.
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España, en el punto de intersección de distintos mundos históricos, ha recibido invasiones e influencias de todos ellos que han dejado profunda huella en sus pueblos. Y éstos, instalados en una geografía complicada y muchas veces organizada en compartimientos estancos, han mantenido una diversidad variadamente matizada que resulta irreductible. En otros países, las diversidades se funden o desaparecen por la fuerza que imponen unas a otras o por una evolución natural, lo que no sucede en España, donde a la larga todo permanece casi intacto, resurgiendo constantemente. Si las razas se han fundido, no los pueblos, cuya personalidad se perpetúa a pesar de las mezclas, de los contactos de sus tradiciones. Ello puede ser fuente de energías, pero también motivo de estancamiento.
Hemos concebido la historia de España como un largo proceso en el que en cierto momento aparecen fuertemente arraigadas en su territorio formaciones étnicas que persisten absorbiendo todo lo adventicio y que resurgen constantemente. En esta diversidad se han superpuesto dominios extranjeros -cartagineses, romanos, godos, musulmanes- u organizaciones que pretenden abarcar todo el conjunto peninsular y que no tienen en cuenta la realidad de los pueblos a que se superponen o la de sus tradiciones y caracteres, y que por ello fracasan, desviando la trayectoria natural de su historia y constituyendo una fuente perpetua de conflictos. Esto es lo que he llamado las superestructuras de la historia de España, que no han logrado fundirse con su realidad. En cambio, cuando en el desarrollo natural de los pueblos españoles no se han superpuesto estas superestructuras, todos tienden a comprenderse mutuamente, a buscar una coordinación de sus diversidades y a cooperar en empresas comunes.
El enorme impacto de la civilización romana -preparado por relaciones seculares con el mundo mediterráneo y por el impacto anterior de la civilización griega que hizo surgir la espléndida cultura ibérica con su arte, el de más alto nivel de la Europa no clásica- no logró borrar las diversidades étnicas, como tampoco el dominio visigótico. Roma se impuso después de casi dos siglos de duras luchas. Los godos, una casta guerrera superpuesta a la sociedad hispanorromana, después de una larga etapa en que su dominio sólo alcanzaba a partes de la Península -las otras en poder de otros pueblos germánicos o del Imperio bizantino- logran someter España, y no del todo tampoco, a su estado. Su dominio se deshace con la invasión islámica que triunfa venciendo al ejército visigodo, y también ante la fácil adaptación de los pueblos españoles al nuevo estado de cosas. Entonces reaparecen las antiguas formaciones étnicas, de momento en los núcleos reconquistadores del norte, con su mosaico de reinos y condados independientes, cada uno actuando por su cuenta y sólo temporalmente tendiendo a una coordinación.
—4→El esplendor del Califato se consigue en medio de continuas rebeliones de los pueblos que ha sometido y sin lograr reducir a los estados independientes del norte; y, después del siglo X se pulveriza en los reinos de taifas que, a pesar de sus regentes de origen extranjero algunas veces, reproducen los límites de antiguas comunidades prerromanas, y en ellos resurgen sus pueblos.
En el siglo XI, por algún tiempo, parece haberse llegado a una organización de los pueblos de España, agrupados en unidades estatales de acuerdo con su naturaleza y afinidades: Galicia, Asturias-León, Castilla, las comunidades vascas, Navarra, el Aragón pirenaico y la Cataluña vieja entre los núcleos cristianos; Sevilla, que poco a poco logra la hegemonía sobre los estados andaluces, Toledo, Badajoz, Valencia, los reinos musulmanes pero de raíz hispánica de Zaragoza y Lérida. Se tiende a una relación pacífica y se concluyen vasallajes o alianzas. España tiene dos centros de gravedad, uno alrededor de los estados que se consolidarán en los reinos de León y de Castilla, y otro en las relaciones de Barcelona y Sevilla. La política intemperante de Alfonso VI, después de fortificar su reino con la conquista de Toledo, lleva al rey de Sevilla a pedir el auxilio de los almorávides del otro lado del Estrecho; y su invasión, al mismo tiempo que destruye el reino de Sevilla, avanza amenazando con un nuevo dominio de toda España, a duras penas contenido, superado el peligro, vuelve a lucharse por la conquista de los territorios musulmanes, tomando la contienda de los ejércitos, si no de los pueblos, el carácter de guerra religiosa con la influencia de las Cruzadas europeas para la reconquista de los Santos Lugares.
Se consolidan al fin los cinco reinos de León, Castilla, Portugal -ya independiente-, Navarra y Aragón -ya unido a Cataluña-, que se mantienen independientes fracasado el intento de imperio de Alfonso VII -imperio que sólo representaba el reconocimiento de un vasallaje feudal para solventar cuestiones litigiosas por la posesión de territorios limítrofes, pero no un verdadero dominio del rey de León y Castilla. A pesar de lo que celosamente se mantiene la independencia de los reinos -incluso León y Castilla se resisten a la unión- se establecen colaboraciones y matrimonios reales, se delimitan las zonas de reconquista de Castilla y Aragón y se unen sus ejércitos para hacer frente al nuevo peligro de la invasión almohade en las Navas de Tolosa. La reconquista parece a punto de terminarse en el siglo XIII cuando Jaime el Conquistador gana Mallorca y Valencia, y San Fernando Sevilla. Habrá de paralizarse por las luchas civiles castellanas durante siglo y medio, hasta que los Reyes Católicos conquistarán Granada, que ya se había reconocido como vasalla de Castilla y cuyos reyes asistían a las cortes castellanas. Entonces ya no es posible hablar de cruzada ni de odios de razas: no sólo convivían cristianos, judíos y musulmanes en los territorios reconquistados, sino que los bandos castellanos en lucha no vacilaban en pedir ayuda a los «moros», como en la lucha entre Alfonso el Sabio y su hijo Sancho en que el rey llegó a declararse vasallo del emperador de Marruecos, mientras Sancho buscaba el apoyo de Granada.
Cataluña, que había intentando formar un imperio pirenaico y logrado la unión con Provenza y el vasallaje de los condes de Tolosa, tuvo que renunciar a aquellos dominios después de la muerte de Pedro el Católico en Muret cuando ayudaba a sus vasallos albigenses contra el rey de Francia, sellando la renuncia el tratado de Corbeil entre Jaime el Conquistador y San Luis. Comienza la expansión mediterránea, y el conde de Barcelona y rey de Aragón será el dueño de Sicilia y Cerdeña, redondeándose al fin este imperio mediterráneo con la conquista de Nápoles por Alfonso V. En este proceso se insertaba la aventura de la expedición de catalanes y aragoneses a Oriente, en que por un momento fueron árbitros del Imperio bizantino; fracasada al fin, logró por algún tiempo la posesión del ducado de Atenas, aun después de su pérdida la expansión del comercio catalán con los consulados de Levante, y que sus reyes fuesen la más influyente potencia mediterránea. Se entablan relaciones con Abisinia y, ante el avance de los turcos, el rey de Aragón es la esperanza de todos, declarándose vasallos suyos príncipes balcánicos y combatiendo sus soldados en el sitio final a Constantinopla. En Rodas, la Orden de sus caballeros, que fueron el último baluarte contra los turcos, tenía maestres catalanes.
España parecía organizarse en una comunidad de pueblos cada vez más estrecha y era más que un juego de alianzas dinásticas o de intereses económicos. Jaime el Conquistador, al ayudar militarmente a su yerno Alfonso el Sabio, decía: «Nos ho fem, la primera cosa per Deu, l'altra per salvar Espanya». Y en medio del entusiasmo por las conquistas de Oriente el cronista Ramón Muntaner decía que con ellas se honraba a toda España. Ni la independencia política, ni la diversidad de lenguas eran obstáculos para la inteligencia: las traducciones catalanas de la Divina Comedia circulaban en Castilla, y hasta castellanos escribían en catalán. Florecían todos los órdenes de la cultura y el arte. España había transmitido a Europa, con la ciencia musulmana, la filosofía no sólo de musulmanes y judíos sino el conocimiento de Aristóteles que renovaba la filosofía europea.
Las Cortes españolas son la expresión de un espíritu democrático, escuela de ciudadanía; y de las de Cataluña sale un verdadero poder ejecutivo, expresión de la soberanía popular coordinada con la del rey que sólo lo es por el consentimiento del pueblo, que se cree con derecho a desposeerlo de la corona si no respeta las leyes del país.
La trama de los enlaces principescos preparaba las uniones de los reinos y ello culmina con el casamiento de Fernando e Isabel, y si hubiese vivido su hijo la unión con Portugal se hubiera realizado. Parecía que la unión de los pueblos, con sus propios gobiernos y sus propias leyes, coordinados por la persona del soberano y por la colaboración de sus instituciones -como la reunión conjunta de las Cortes de la Corona de Aragón- preparaba una integración definitiva, respetando las diversidades, coordinándolas. Que ello era posible lo demostraba la experiencia, ya de varios siglos, de la comunidad de los pueblos de la Corona de Aragón, que se extendía incluso a otros tan distintos como Cerdeña y Sicilia en los que nunca se manifestaron tendencias a una nueva separación.
Con las inclinaciones absolutistas de los reyes del Renacimiento y la fatalidad de la falta de sucesión masculina de los Reyes Católicos se desvía la evolución natural de la comunidad española y aparecen nuevas estructuras que comprometen la solidez del conjunto y que, bajo la brillantez de los éxitos, encubren el germen de una decadencia y de un fracaso. Si en un principio subsisten las libertades de los reinos, poco a poco van limitándose hasta suprimirse. La entronización de la dinastía austriaca, si coincide con la perfección de la epopeya americana y con la obtención de un imperio inmenso, hace también que España se vea envuelta en imposibles aventuras europeas de las que sale empobrecida y quebrantada y en las que se malogran las riquezas americanas para sostener guerras que no son de los pueblos de España sino de la dinastía. Castilla es la primera en perder sus libertades y en tener que soportar los sacrificios que la nueva política impone; sigue luego Aragón; comienza el atentado a las libertades catalanas que culmina con la —5→ política del Conde Duque, que trata sistemáticamente y con turbios procedimientos -véase el memorial a Felipe IV- de constituir un estado uniformado en el que toda variedad quede anulada, y con ella provoca la separación de Portugal, por fin unida su corona a las demás de España, y la guerra de Cataluña, a la vez que en el exterior se pierde definitivamente el prestigio de las armas españolas hasta entonces invencibles, que ya había comprometido el desastre de la Armada contra Inglaterra. Si España ha llegado al máximo de su florecimiento cultural y vive su Siglo de Oro, la superestructura habsburguesa termina con España empobrecida y la monarquía representada por un imbécil, en la corona de Carlos II. Para resolver la sucesión es preciso luchar en la propia España, y la contienda termina en la consolidación de una nueva dinastía extranjera que impondrá de manera durable una nueva superestructura, con la pérdida de las libertades de Cataluña, Valencia y Mallorca y la imposición de un centralismo absorbente.
La España de la superestructura que se había aislado de Europa, después de haber influido en ella con la cultura creada por sus pueblos, reconstruye trabajosamente su economía, y su política la convierte en satélite de los Borbones franceses. La resistencia de los sectores de la sociedad española contagiados de las tendencias heredadas de las superestructuras a la introducción de las corrientes del Iluminismo francés no impide que, a pesar de todo, se produzca un resurgimiento. Si se restañan algunas heridas en el cuerpo y en el alma de España quedan los gérmenes de un divorcio entre los sectores reaccionarios y los progresistas que será fatal en el futuro, cuando, después de la lucha heroica contra la invasión napoleónica, la España del siglo XIX se debatirá en la lucha política por un constitucionalismo de tendencias liberales, a través de la resistencia de la monarquía y de las convulsiones de guerras civiles, revoluciones y pronunciamientos. Entre tanto la perpetuación de un dominio colonial que no supo comprender que en América habían nacido nuevas naciones que querían su libertad produjo su pérdida. En España cada vez se sentía más el peso opresor del centralismo y resurgía el espíritu de sus pueblos, creándose el problema catalán, el vasco, el gallego, que se agudizaban más y más ante la incomprensión de la superestructura gubernamental, que constituía una nueva casta opresora; y aparecía la conciencia de la diversidad también en otros pueblos españoles. Se proponían soluciones federales o autonómicas que se tildaban de «separatistas». No se lograba crear un Estado eficaz, capaz de enfrentarse con los problemas insolutos del pasado, a los que se juntaban los que creaba la vida moderna que se imponía poco a poco, y las cortas etapas renovadoras -impulsadas por un renacer de los pueblos de España que lograban nuevos florecimientos de la civilización española; frenadas por la incompetencia y la incomprensión de los elementos dirigentes de las oligarquías gobernantes- a la larga se esterilizaban a través de nuevas luchas y de reacciones que frecuentemente no tenían otro ideal que el afán de poder o añoranzas de pretéritas y falaces grandezas.
La literatura vivificada por el Romanticismo renovó la poesía española y junto con la castellana resurgieron la catalana y la gallega, con florecer ininterrumpido hasta los tiempos recientes, y desarrollos paralelos en la novela y el teatro, en el arte, la pintura, la escultura y la música. En los ambientes universitarios, a pesar de la burocratización de la universidad, con sus métodos memoristas y su carácter de fábrica de títulos, surgían voces renovadoras en la pugna contra la reacción; y de la expulsión de los profesores liberales habría de salir la Institución libre de Enseñanza de don Francisco Giner y el señor Cosío que aclimataría métodos modernos y crearía fermentos de inquietud espiritual y de progreso. Con la Junta para la ampliación de estudios y el envío de pensionados al extranjero -que reunió en torno de ella las grandes figuras que había producido la heroica voluntad individual trabajando muchas veces en el aislamiento y que habían de ser las orientadoras de las nuevas generaciones- se producía un florecimiento científico en todos los órdenes que acabaría por renovar la misma universidad, a veces a pesar de ella misma. A raíz del desastre de 1898, el movimiento de la «generación del 98» planteaba el problema de España, de sus valores y de sus ideales. En Cataluña, paralelamente al renacimiento de su lengua y de su literatura seguía el de la conciencia de su personalidad que buscaba nuevas fórmulas políticas de estructuración y lograba crear instituciones que organizaban un vigoroso florecer de todos los aspectos de la cultura.
A pesar de todo, las superestructuras del pasado y del presente encubren energías inagotables anestesiadas que habrán de desarrollarse algún día. Entonces no deberán desaprovecharse las lecciones de esa larga y trágica experiencia histórica. Los valores creados por los pueblos y la civilización española tienen un papel que representar en el mundo moderno. Para ello es condición previa constituir definitivamente España tal como ella realmente es; y en un clima de tolerancia y de comprensión, aprovechando las lecciones del pasado, sin volverse de espaldas al mundo exterior, hacer resurgir aquellas energías y aquellos valores.

En prensa ya este número ha fallecido don Enrique Rioja y Lo Bianco. Con su muerte, que ha causado profundo dolor en la Redacción de Las Españas, pierde la Revista a uno de sus más destacados colaboradores y mejores amigos. Vaya con la publicación de su último artículo, en las presentes páginas, nuestra emocionada despedida a esta noble figura de la España desterrada.
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In pectore
Por Pedro ABARCA
«Soy el pobre Papa Juan», dijo más de una vez, y no por lástima de sí ni por alguna forma de malicia. Se sabía pobre de tiempo, de capacidades y saberes frente a la indigencia y necesidad de los rebaños. ¡Cuántas hambres y cuánta sed, Señor, y qué ignorada y progresiva ceguedad! El caudal de la palabra viva había venido a ser como un hilillo de agua en el desierto. Lo demás, superstición, rutina, formulismo.
Lobos con alma de pastor, hombres de engrudo en escolástica y almas de cántaro llenas de frío teologal fueron cegando los veneros. Y cuando el amor no fluye, falta la levadura de lo humano. Sin ella, el barro, es denso, oscuro y todo horizonte visceral.
El viejo pastor Angelo, sabía, también, que nada puramente externo añade sustancialidad al hombre. Así, cuando fue ascendido a rabadán de rabadanes sintió multiplicada su pobreza. No se trataba ya de complejas misiones diplomáticas ni de pastorear al piño veneciano. Ahora, la Iglesia dos veces milenaria iba a gravitar sobre sus hombros, y no convertidos en insensibilizado sillar por obra de la investidura. Los suyos permanecerían de carne y hueso vivos, y sobre sostener la inmensa fábrica había que intentar volverla a sus perdidos cimientos naturales. Y no era todo aún. Fuera de los apriscos de la Iglesia hay cachos, trizas de cristiandad -la porción desprendida y fragmentada cuando arriba y en torno a la propia silla de Pedro todo era podredumbre-; están cuantos creen en un Padre común, nombrado y entendido de una u otra manera, y más allá, los confundidos, los desesperados, los estériles, las almas sin roturar por la inquietud o la palabra viva. Todos le conciernen a él, a todos pertenece, y más, si cabe, a los de necesidad mayor. Porque en verdad olvidada, la tiara no puede ser relumbrante culminación de una carrera, sino cáliz vuelto hacia este mundo.
Recristianización, paz fraterna entre creyentes y noticia válida de Cristo a todos los hombres de la Tierra, era el triple quehacer que el viejo pastor Angelo tenía por indispensable. ¡Cuántos siglos perdidos! -debió pensar. Sin embargo, aún hay sol en las bardas. Mísero sol de angustia, en buena parte, pero sin contradicción, sin necesidad contradictora, la angustia de ser es imposible.
Por lo demás, era tiempo de furia, de hedonismo, de soberbia que hacía aparecer enana a la de los confundidos en Babel, de que la Biblia cuenta, y las palabras de Jesús habían servido demasiados siglos como ganzúa y como afeite enmascarador para que no sonara a hueco su verdad. De ahí que se sintiera pobre.
Cierto que la fuente de todo poder está en el Padre, y que si Él quisiera... pero no se trata de hacer trampas. Dispuesto está que el hombre ha de ganarse por sí mismo. De otra manera, ¿cómo tendría realidad su ser?
El pobre Papa Juan pidió a Dios lo único que es lícito pedirle: fuerzas para el buen hacer. Y buscó dentro de sí maneras nuevas para el tiempo nuevo, palabras que llegaran a tocar vivamente en lo vivo, que es el alma.
De aquel mirar y remirar en todo estrujándose el entendimiento no resultó fruto visible. Quizá acendró cuanto sentía; acaso lo liberó, sólo, de hábitos de obediencia y lo dejó fluir, pero es evidente que no pudo hallar concepto ni palabra que no hubiera empañado o desvaído la malicia. En último término -debió decirse-, los Evangelios encierran la verdad. Y comenzó a decirla.
Nada nuevo. ¿Nada? Aquello se había dicho y repetido a lo largo de veinte siglos, casi, y venía sonando a hueco, a trasnochado, a falaz. De ahí que fuese oído como quien oye llover. Pero he aquí que ahora... ¿Por qué no sonaba igual ahora? ¿Qué ponía en ello este viejecillo de figura vulgar? Nada era visible en él que anunciase al iluminado. A no saberlo Papa se diría uno de esos curas de aldea que asisten a los inocentes jolgorios campesinos y se regocijan en ellos; que amonestan, si es menester, al casado como al imberbe, a la moza como a la mujer encanecida, y que cuando llegan días amargos para alguno, con él está haciéndole sentir que con él siente.
Pronto se cayó en cuenta de qué ponía en su decir este Papa andariego y cercano, ¡tan afable! Amor era; ponía amor en ese poco de aire modulado que es cada palabra; por eso le nacían tibias, transparentes, iluminadoras, como trasunto vivo de las que en labios de Jesús fueron levadura y sal, cuando la recreación del hombre.
Oírle llevaba a oír lo insospechado o soterrado en uno mismo; era reencontrar la propia veta humana y cuanto hay en ella de ternura; era redescubrir a los hombres, ver claro que bajo cualquier corteza su esencia es una siempre, como unos son su debilidad, su sed, su fuerza, su esperanza...
En fin, con la verdad humanísima del viejo pastor Angelo podían comulgar todos los hombres de este mundo; cuantos acertaron a oírla comulgaron.
Ese fue su propósito, abrir un hondo desgarrón en el babelismo venido de soberbia, de avidez, de furia. Haberlo conseguido es su milagro. Le floreció cándido y simple, sin magias ni prestidigitaciones, como al labriego la sudada y procurada anunciación de la cosecha.
Verdad es que en el corazón del «Pobre Papa Juan» el Amor tenía manadero.
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Motivos de diálogo
Por Enrique RUIZ GARCÍA
1. El punto de partida
Está cada día más claro que el centro de gravitación político de España está dentro, en el interior de las fronteras ibéricas del toro. Lo que se haga fuera -de no deshacer- tiene que tener una función de concurso de voluntades. Acaso ello será la demostración de que España tiene, todavía, capacidad moral suficiente para comprender cuál es lo primero y esencial y cuál, a su vez, lo accesorio y periférico.
Para aceptar este punto de partida se necesita, antes que nada, valor. Es decir, reconocimiento de algo que constituye la servidumbre y el balance del sistema: que han pasado 25 años de la Guerra Civil Española y que existen unas generaciones nuevas que buscan, desde la realidad, y harto dramática y noblemente, el punto clave por donde se perforará la vieja piel de la dictadura y se dará paso al nivel nuevo de los tiempos. Pero existe ya, radicalmente, otra España que la de 1939 y otro lenguaje.
En la España actual -que es la nuestra, la de todos- existirá descontento y deseo y temor -todo al tiempo- de salir de la aventura de ese larvado enigma de 25 años, pero con los viejos gritos, con los viejos odios, con los prehistóricos esquemas políticos del pasado no se mueve un junco en el país. ¿No está claro a través del tiempo y en la repetida y sorda letanía del viejo clero político que no ha querido reconocer eso que era elemental y sencillo?
2. La España que queremos
Yo digo que la España actual es la nuestra. No importa que luchemos contra muchas de sus lacras políticas, contra sus viejos absurdos del refranero reaccionario y del disparate esperpéntico. Pero justamente por ello, en virtud de esa discordia secular, no podemos quedarnos con una imagen de España que es tan anacrónica como la de Franco. Es preciso, al revés, buscar la España real, esa España real no se lleva ni en la suela de los zapatos ni en la filigrana folklórica -de corazonada- de los emigrantes que siguen, aún, creyendo que el orden es la garantía de sus veraneos felices. Nosotros creemos, al revés, que España está allí -y tal como es- necesitada de que el «orden» se transforme en orden social profundo -aunque espante a los necios-, y de que la vida sea vida autentica.
La España que queremos arranca de la imagen del mundo occidental. Somos un país cristiano -no confundamos las cosas y no saquemos el ejemplo del cura con querida o el obispo que ha permanecido de espaldas al dolor español de estos años- y viejo. Somos un país necesitado de reformas y de transformaciones que, sólo al enumerarlas, se siente cierta vergüenza. Pero estas mutaciones históricas, sociales y económicas que hemos de atravesar no son figuras de retórica, sino hechos. Hechos que no es posible falsificar diciendo que «yo soy republicano» o «yo soy monárquico». Esta doble ficción, con muchas otras más del pelo de la dehesa, no cambian la imperiosa necesidad de saber cuáles son esos supuestos.
Y la mayor parte de los políticos del pasado se empeñan en desconocer, en todo momento, ese punto de partida. Si usted les dice que el crecimiento económico de España ha sido rápido en los últimos años y que otro nivel de gobernantes ha terminado por llegar a los ministerios le miran a uno con sospecha y después, cuando nos marchamos, susurran al oído: franquismo.
Y no existe nada de eso, sino todo lo contrario. Lo que ocurre es que nosotros comenzamos a tener ya -como cada generación- una idea peculiar de nuestro mundo. Cuando se lee a los escritores del Noventa y ocho o a los del siglo XVI se percibe, entre las grandes madejas de las líneas, una idea especial de España. ¿Era exacta o era una aproximación de la realidad la que tenían Lope de Vega o Azorín? Sin embargo, para aquel pueblo y en aquel momento, Lope inventa el teatro nacional con el pueblo de protagonista. Azorín, como un arqueólogo, nos proporciona el clima, paisaje y silencio de un pueblo que espera.
Nosotros tenemos, también, nuestra idea de España, que hemos vivido. Nosotros aspiramos a la objetividad. Parece simple el esquema y, sin embargo, retrata actitudes humanas, dolores y presiones sin número porque justamente en la España donde menos posible parecía que nacieron hombres objetivos -con esa tendencia, al menos- así ha sido. ¿Por qué? Porque tenemos detrás de nosotros una guerra civil, incalculablemente abominable por su ferocidad, y algo no menos grave y posterior: la falta de respeto por la verdad, por el testimonio auténtico, por la humildad sencilla del equivocarse y repetir otros intentos por otros caminos o por los mismos con mejores instrumentos.
Entre grandes santones dogmáticos y entre nobles personas que querían desconocer -en el exterior- que España seguía viviendo a su aire y superando, cada día, los conflictos, hemos vivido nosotros. El resultado es que en la aparente atonía española late -en su subsuelo, en la vena misteriosa de las grandes corrientes subterráneas- una profunda y completa serenidad que nos invita a pensar que hay futuro y que hay esperanza. Más aún, en esa España real, se ha creado una gran escuela pública de saberes, autónomos de la superestructura oficial, que lanzan a la superficie unas gentes nuevas y objetivas ante las cuales, se pueden producir, dos curiosas reacciones: primero, que les llamen comunistas en el interior; segundo, que les llamen comunistas o franquistas en el exterior.
Hay en ese lenguaje nuevo, que se escapa a los gustos de la prehistoria de nuestra Guerra Civil y del amargo látigo de vencedores y vencidos, una manera inédita de enfrentarse con los problemas sin anteponer, a éstos, prevenciones o prejuicios personales. No sé bien por qué, pero los españoles empezamos a comportarnos como hombres libres.
—8→3. Los hombres libres
España es sorprendente. Quien no esté dispuesto a asombrarse limpiamente, con humildad, que se evite el viaje a España cuando, al fin, pongan el «the end» a la dictadura.
El panorama vital de España ha elegido, en los últimos años, el encuentro con el país. La cosa no es tan fácil, sino muy compleja. No sé bien por qué -o no es este el momento-, pero el caso es que el siglo XIX, e incluso el XX, por las razones del entontecimiento oficial a que se libró pasmosamente durante dos décadas el ministro de Información -señor Arias Salgado-, nos eran regularmente desconocidos. Había, además, la fenomenal historia de los buenos y los malos acampando, a sus anchas, por todos esos años.
De repente, como hombres libres, hemos ido a lo hondo del problema -el Régimen no permitía que se tocara la superficie de las cosas donde todo ocupaba un lugar en la ficción retórica- para encontrarnos con las estructuras reales de nuestro país. Así hemos sabido cómo se divide nuestra renta nacional y cuánta es. Así hemos investigado en su crecimiento real y en el esquema monopolístico. Así hemos inventariado lo auténtico -que era lo peligroso y lo socialmente explosivo- en tanto que el Régimen no nos permitía decir que la República también había intentado jugar limpiamente.
Hacerse libre -aunque uno esté en la cárcel, expulsado o mirando las cosas desde la Gran Vía- no ha sido fácil, pero la libertad la hemos recobrado cuando hemos sentido claramente que empezábamos a comprender, de muy gran manera, cuestiones que nos parecían un laberinto y que, en su sentido estricto, tal eran: el lío de los partidos y el esperpento de quién fue primero si «la provocación de los monárquicos» en la calle Alcalá o la «quema de los conventos»; de si fue primero el asesinato de Calvo Sotelo o las balas de la Falange. Ahora, incluso en medio de todo, sabemos que esa superestructura de palabras y sangre elude, en el fondo, el espectro real, la radiografía veraz de una sociedad que procedía así en razón de su subdesarrollo y en virtud de sus estructuras feudales.
En este momento, claro está, la gente comienza a inquietarse porque nos creen excesivamente a la izquierda y nos hacen rápido examen de conciencia. Porque una de las cosas curiosas y trágicas de estos años es que solamente en España se puede encontrar una izquierda moderna española. Fuera -salvo en nobles y clarividentes casos aislados- los españoles han evolucionado como es bien sabido hacia peculiares formas de reaccionarismo que asombran a la gente joven. Sin embargo, ese reaccionarismo tiene, como superestructura, el antifranquismo. Por lo tanto, y psicológicamente, se producen distintas situaciones. La primera de ellas es que el diálogo es incoherente porque es preciso ya, de una vez, separar para siempre las cuestiones, es decir, que ser antifranquista -o republicano de placenta como dice Maura- no es siempre señal segura de que estamos ante fuerzas proyectadas hacia el futuro, es decir, en el nivel de las transformaciones sociales y políticas de la época.
4. La necesidad del encuentro
Hay que ser limpios de mente, serenos y racionales. Es ostensible que el franquismo de Franco, es decir, la dinastía del poder personal, se acaba en España. Es igual que sea un poco antes o un poco después. Ahora bien, para comprender la próxima etapa es preciso reconocer -de manera previa- que Franco no ha vivido y ha gobernado sólo sobre la fuerza de las bayonetas. Esto es tan pueril como su propia afirmación -por el otro lado- «de que los españoles son tan bravos que no hubieran tolerado una dictadura».
No, la verdad posible, la verdad aproximada, descansa en el hecho real de que las estructuras sociales, económicas y psicológicas de España eran franquistas. Es decir, estaban obligadas a encontrar en Franco la llave de su seguridad. Franco representaba el status de esa realidad.
Pero igual que el hombre está hecho de un material que supera, en sí mismo, todos los despotismos, no menos verdad es que en estos años -sobre todo en los últimos- el franquismo que creaba una industria a medida de sus intereses ha terminado por forjar -por vía irremediable- todo lo contrario: una industria y un nuevo sector obrero que necesitan, para sobrevivir, el encuentro y la negociación con Europa y con nuevas instituciones políticas.
Y esto, que es una verdad insustituible e insumisa a los tópicos, ha ocurrido allí, en la España real, en la España física. Y esa profunda transformación determinará, sin duda, cambios peculiares e inéditos en razón de esa evolución casi sismológica y en profundidad. Si no se presentaba nada más que batalla al franquismo y se olvidaba el carácter viviente de la sociedad podía ocurrir lo que en parte ha ocurrido: que cuando se desmonte la película humana de Franco mucha gente no alcanzará a comprender que, debajo, estaba el país con sus cambios, con sus pasiones y con su propio lenguaje lleno de matices nuevos, misteriosos, flexibles, atentos a perforar dialécticamente el globo sin que, aparentemente, ocurriera nada.
Ese encuentro con la realidad es necesario. Yo diría mas aún: es preciso ir a España.
5. El ir hacia España
Seamos sinceros. El exilio español es una de esas grandes tragedias que no ocurren nada más que a pueblos dejados de la mano de Dios, porque el hecho de que, de pronto, abandonen una nación pobre gran parte de sus maestros naturales o sus intelectuales más enérgicos -con cientos de miles de personas- no puede ser considerado nada más que como una gran desgracia. Ello explica, en parte, la rutinaria e insólita atonía española de la década primera de la postguerra. Cuanto más se gritaba más solos parecíamos. En otras palabras, el vasto y cuajado exilio español ha sido un inmenso y fabuloso regalo que España hizo al mundo por la doble real gana de la intolerancia senil de los vencedores y por el orgullo -justificado para un español que es enemigo de esa innoble tortura que es el llenar papeles vergonzantes explicando su historia pasada a unos funcionarios consulares que, en los más de los casos, también sentían su propio ridículo porque nobleza obliga- de los exiliados al negarse a volver si tenían que pasar por ese estrecho aro. Es obvio que gran parte de los héroes de un lado y del otro siguen en sus trece, pero reconocido el gigantesco despilfarro que ha representado ese éxodo ahora hay que hacerse, gravemente, una pregunta: ¿Cuántos van a regresar? A esta pregunta, con el corazón en la mano y sin que esté detrás el viejo clero político de cualquier esquelético partido prehistórico, muy pocos responderían de verdad diciendo: «yo regresaré a trabajar a España». Serán contados los casos porque la vida es irreversible y no se comienza cuando se quiere, y por la real gana, sino que posee sus etapas características, sus puentes, sus testigos y sus amores.
Hay que ir a España porque es en España donde se va a dilucidar -y creo que para bien- el futuro. Pero hay que tener el lúcido espíritu, la gallarda valentía de hacerse aquella pregunta acompañándola de otra no menos grave: ¿Qué sé yo de la España real de este instante y en qué puedo servirla para terminar con un pasado que realmente a todos por igual, con sus luchas fratricidas e inútiles, debiera avergonzarnos? A esta interrogación no es válido contestar, por supuesto, hablando del antifranquismo y de viejos resentimientos. —9→ Los resentimientos, los dolores, las penalidades, tenemos que tener el coraje de enterrarlos para prestar a las jóvenes generaciones -sean quienes sean sus hombres- la sensación y el clima, al menos, de la serenidad.
Es seguro que después de 25 años gran parte del exilio va a quedarse en sus ya respectivos países donde han formado y estructurado nuevas vidas. Pero es que hay muchas maneras de ir, como hay muchas maneras de quedarse. Una manera de ir es comprender los cambios del tiempo, percibir que existen nuevas generaciones en marcha y ayudar y colaborar -con grandeza de alma- en su instalación real sobre la vida española. Esa sensación de compañía, de aliento y de experiencia será de enorme valor para la España interior. Es duro decirlo, cierto, pero es imprescindiblemente necesario. Comprendo que disgustaré a muchos amigos empeñados, todavía, en el espíritu parcial, en la vieja historia del pasado, pero tengo por ellos tan viva esperanza que sé comprenderán que esto que digo, y cuanto digo, arranca de la realidad.
6. La moral del futuro
Es verdad que desde España, desde el interior, se han podido hacer pocas cosas de cara a la presentación -en orden a lo factible- de una oposición nacional de carácter democrático.
Lo reconozco. Las dificultades han sido notorias para ello. Pero incluso así también es verdad que en todas las líneas y en todos los niveles de la vida española ha madurado, con esfuerzo, una España crítica y serena. A veces, aunque no se crea, en las mismas áreas del poder. De una u otra forma esa lucha, ese estado de tensiones, ha suscitado la aparición de líderes naturales. Los que hemos estado en España sabemos que eso es verdad y que incluso desde el nivel de la represión o desde el nivel del Gobierno se sabía. ¿Qué eran y qué comenzaban a ser esos hombres y esos grupos? Antes que nada, actitudes morales.
De una u otra forma, en un lenguaje sin palabras y en las estructuras donde la retórica oficial es menos opresiva, el diálogo vital de las distintas opiniones españolas se realiza y germina. Poco a poco se adquiere conciencia de que es preciso instaurar el futuro.
¿Y cómo se instaura el futuro? Rápidamente se contesta diciendo que «nos pueden dar el futuro hecho, y como continuación del franquismo, sin que nadie pueda intervenir». Esta verdad simplifica enormemente los hechos. La realidad es que es la España real la España evolucionada -sea el que fuere el sitio en que esté- quien nos va a dar respuestas concretas, porque nada se continúa como si tal cosa cuando todo el mundo comprende, y de manera clara, que no se trata de inventar, sino de vivir. Y esto último no es posible si no se entra en un cuadro racional, si no se acepta que España no puede quedar al margen de las grandes transformaciones europeas. Y puedo asegurar que a todos los niveles españoles esto es evidente.
7. Lo que queda por delante
¿De qué forma es posible colaborar, con humildad, grandeza y paciencia en la próxima evolución de los acontecimientos españoles?
Durante una larga conversación que sostuve en Estoril con don Juan apareció, no recuerdo bien la causa, el hilo del «continuismo». Yo le contesté que eso no era la gran cuestión. Sigo creyendo lo mismo. ¿Por qué? Porque continuará, a menos que seamos bárbaros, todo lo que sea real, es decir, todo lo que objetivamente se ha establecido como un progreso, séase en el área social o económica. Recuérdese que Mattei transformó las estructuras de la Italia postfascita haciendo lo contrario de lo que le habían ordenado. Es sabido que tenía por misión liquidar el organismo impulsor de la industria y de la energía creados por Mussolini. Hizo todo lo contrario: los clarificó, los dinamizó y los puso en marcha.
Sigue sin responderse, lo sé, la primera y delicada interrogación. Digamos, por ejemplo, que es posible colaborar en el futuro de España, en la evolución psicológica y política del país, teniendo la valentía de denunciar todo lo que ha perecido con el tiempo y constituye no sólo una rémora coloquial para entenderse, sino también un peso muerto que en algún momento es preciso tirar por la borda.
En España se sabe que su destino está en su inserción vital con Europa puesto que no nos es posible volver a perder el tren histórico de una Segunda Revolución Industrial como perdimos el de la primera. En España se vive, no sin cierta angustia, entre la conciencia de que las instituciones políticas del Régimen son una farsa y la contenida y latente seguridad de que no es posible volver a un simple pasado parlamentario... y a ver qué pasa.
Es en este punto donde el exilio puede tener una función de primer orden superando -como nosotros- el antifranquismo para situarse -como hacemos nosotros- en la otra orilla, en el futuro inmediato. Si damos ese salto y nos situamos en la línea de los hombres libres, pero en la línea de los hombres de nuestro tiempo, nos encontraremos todos en un punto cero que ya es, por serlo, un gran punto cardinal: un Norte.
¿Con qué nos encontraremos? Sin duda con la necesidad de replantear la función de una vida política y de las Instituciones. Apenas hay duda de que el mundo ha sufrido transformaciones gigantescas y de que es preciso acomodarse a ellas asumiendo, con valor, la aniquilación y despedida de instrumentos que ya no sirven para nada.
Hay que hacer una España democrática que asegure la función misma de la democracia en el mundo moderno. Es preciso, por tanto, alterar los moldes prehistóricos y, en este punto, el exilio puede ser determinante porque sobre él se mantienen, con muchas de las calidades morales de la dignidad española y el derecho, esqueletos políticos que no son sólo inválidos, sino que impiden a las estructuras interiores de España, ya desarrolladas, su aparición en la escena con todo el peso de la responsabilidad.
Es obvio que, en un momento dado, es preciso ir hacia adentro, hacia el interior para entregar las llaves a las nuevas promociones que, de una forma u otra, van remodelando ya -de cara a su realidad insobornable- los nuevos esquemas políticos de la futura democracia española.
La creación de una organización nueva del exilio en que se valoraran, debidamente, estos pros y contras del problema sería de gran utilidad porque, en el fondo, se actúa con la misma psicología de los continuistas del franquismo. Éstos quieren seguir, sin más. No se dan cuenta de que ello es imposible y menos en los actuales momentos de España-Europa. Los otros siguen dando cuerda a los relojes anacrónicos de partidos o instituciones vacías de significado.
8. No hay derecha sin izquierda
La historia de los cien últimos años de España parece ser, o al menos así emerge, como una sucesiva serie de pronunciamientos. En realidad se trata de sucesivas evasiones de la realidad. La «acción» -como la tertulia- era una manera de eludir el contorno concreto de los acontecimientos.
Hay que interrumpir ese proceso. ¿Cómo? Por lo pronto no queriendo que España nos proporcione respuestas contrarias a su verdadero condicionamiento psicológico o estructural. Es decir, si aspiramos -y lo deseamos hondamente- a que España pase a comportarse —10→ de otra forma tenemos que manipular la realidad y no la fantasía. Por lo tanto hemos de reconocer que es ahora, por la evolución natural de los acontecimientos mundiales, cuando es preciso suscitar una derecha progresista.
Esa derecha progresista comienza a ser válida y ostensible en las esferas del joven clero español. Está patente, también, en sectores industriales nuevos y en otros menos transformistas, pero que comienzan a advertir que no hay futuro sin negociar con el futuro. A mí me gusta decir que a la España que tenía escasamente 3000 millones de Kwh de energía eléctrica en 1935 la queríamos exigir la presencia de una derecha que no fuera santurrona y feudal. Era pedir peras al olmo y, en las más de las ocasiones, ejemplo ostensible de nuestro desconocimiento de España pues las nociones que de ella teníamos eran «imaginarias», a nuestro modo, es decir, ambiguas. Casi me gustaría apuntalar este problema añadiendo, con palabras del profesor Tierno Galván, que la ambigüedad es un resultado del subdesarrollo. En la España ambigua, que se acostaba monárquica y amanecía republicana, se podían pedir peras al olmo.
Pedir, pues, la creación de una derecha moderna es aspirar a la existencia, también, de un país moderno en el cual la izquierda juegue el gran papel histórico que está teniendo en Italia donde, con su apoyo a la democracia cristiana, ha hecho irrenunciables las reformas de unas estructuras que, por sí sola, la derecha italiana no hubiera podido realizar ni cumplir.
Ya sabemos que hay distancias y diferencias, pero señalo ese aspecto para que no nos encontremos, por incapacidad para asistir al parto de una derecha apta para el diálogo, con una izquierda delirante hablando en términos de lo imposible. Y no es que lo imposible deba asustarnos, sólo que es conveniente advertir, una vez más, que lo revolucionario es lo posible.
9. La flexibilidad
En el espacio de dos décadas de censura absolutista, pueril y despótica, los españoles han adquirido una gran desconfianza por la letra impresa. Se han empeñado -en sus núcleos mejores y no conformistas- por la información exacta, meticulosa. Nunca, como hasta ahora, se han manejado tanto los datos, los números, los esquemas internos y de valoración sistemática y precisa.
Todo ello, que ha nacido de una amplia marxistización de la vida española -al menos en el área de lo concreto-, hace más necesario el asalto a la zona de lo aparentemente más imposible: la flexibilidad. Ser flexible, en un país de rigideces espartanas que cada década nos llevan a callejones sin salida, debiera ser uno de los aprendizajes dialécticos del español libre.
Y no, el ser flexible, para ser inocuo, sino para permitir que se produzca, dentro de nosotros, lo mejor y más noble. El triste espectáculo de estos años españoles donde todo era malo -para unos- y todo era bueno -para otros- resulta un renglón de vomitorio.
10. La hora presente del mundo
Es manifiesto que muchos de los reformistas españoles, lo hemos dicho, desconocen la realidad española tal cual es -al margen de nuestros gustos o de nuestros deseos y esperanzas- y ello ocurre, también, en otras áreas de la simplificación política.
Es muy corriente tener, primero, una «imagen imaginada» de España, pero después suele ocurrir que ese maniqueísmo continúa su elucubración llegando a creer que España está en el «afuera de la realidad mundial».
España está en Europa y su comercio, su derrotero económico y vital, hacia ella se dirige en gran parte. Pero estar hoy en el mundo es vivir en el interior de determinados complejos y es inocente y pueril creer que se puede inventar una política internacional o un comercio exterior para que salgan salvados los principios. Al revés, el hombre, los políticos, la sociedad política, conoce -y no desconoce- esas leyes y consigue que ellas trabajen a su favor. Alfred Sauvy ha dicho, muy certeramente, que los ingenieros no eluden las leyes de la gravedad, sino que las utilizan, como un material plástico, en su propia obra.
Quiero decir, con ello, que estamos dentro de una impresionante mutación social y económica del mundo moderno y que es inútil intentar movernos, dentro de ese gran dilema, como si fuésemos una estrella desprendida, por azar, de una fabulosa y lejana galaxia.
En mi opinión personal el primer paso a cumplir es el acuerdo con Europa -cuanto antes mejor- para que ello sitúe al país, de manera irreversible, de cara a unas reformas que en el mundo occidental no pueden ser realizadas sin el nivel democrático. Infortunadamente para nuestro país -y para todos- ese aprendizaje costoso y difícil de la vida política ha sido cortado tantas veces como ha intentado emerger, pero apenas cabe duda de que, por ello mismo, tenemos que hacer, de cara al futuro, un extraordinario esfuerzo por acertar colectivamente, como pueblo, y no como individuo para decir luego, catastróficamente: «Ya lo decía yo».

La mayor parte de la tirada de nuestras publicaciones circula dentro de España sin que estos ejemplares proporcionen ingreso alguno. Somos los españoles del destierro quienes debemos pagar la Revista, sin excluir a los residentes en Europa, muchos de los cuales tienen hoy posibilidades de participar en este empeño.
—11→
Por Arturo SÁENZ DE LA CALZADA
Investigar e interpretar racionalmente el desarrollo histórico de las distintas culturas creadas por el hombre, ha sido uno de los temas más sugestivos y apasionantes entre los muchos que, a lo largo de generaciones enteras, han ocupado y preocupado a los hombres de meditación y estudio. Poderosos esfuerzos de concepción y síntesis han producido brillantes, aunque discutibles, teorías que suelen presentarse magníficamente arropadas en ingentes despliegues de erudición.
Pero lo que, hasta ayer, era únicamente motivo de cultivo intelectual y estético, ha adquirido, en los últimos tiempos y en sus aspectos más triviales, una extensa difusión. Nunca, como ahora, se había hablado tanto y tan falazmente de la cultura, especialmente y sobre todo de la llamada «occidental o europea». Los grupos políticos organizados, percatados de la fuerza emocional de las invocaciones culturales y del poder de sugestión que sobre la opinión pública pueden ejercer, las utilizan, por error o por táctica, con escaso o nulo rigor y en forma claramente tendenciosa.
Refiriéndose a la palabra «democracia», en su «Meditación de Europa», nos dice Ortega y Gasset que ciertas palabras, al ser usadas por distintas personas con diferentes e incluso antagónicos significados, acaban envileciéndose, porque su sentido se torna equívoco y pueden ser usadas en forma fraudulenta.
Ayudaría mucho a un mejor entendimiento entre los hombres que, quienes vayan a manejar vocablos como libertad, cultura, democracia, revolución, justicia, etc., que se han vuelto ambiguos y escurridizos de tanto andar en boca de sectarios y demagogos, trataran de explicarnos, previamente, el alcance y significación con que van a ser utilizados.
Como yo voy a hablar de la cultura, y creo que se debe predicar con el ejemplo, comenzaré por intentar hacer lo que propugno. Dentro, claro está, de mis propias limitaciones, y del margen de imprecisión que el uso del idioma lleva consigo.
*
Entiendo por cultura, en su sentido fluyente y vivo, el proceso continuo, ascendente y siempre inacabado de humanización del hombre, que consiste en el cultivo eficaz y fructífero de su totalidad viviente en aspiración fervorosa de perfección. Se trata de un proceso lento y acumulativo, susceptible de estancamientos y regresiones, durante el cual todos los hechos, descubrimientos, experiencias y creaciones, de cada generación o época, van sedimentando sus más valiosas esencias en el acervo común, originando así, nuevos y progresivos niveles de vida humana.
Considerada la cultura como resultado y efecto, consistirá en la estructura de ideas, creencias, estimaciones y usos en que, heredada de las anteriores, cada generación emerge, y que, dentro de un amplio margen de posibilidades, condiciona y orienta sus libres actividades.
Una estrecha y prolongada convivencia de grupos humanos -con sus alternativas de acercamiento y pugna- impondrá tareas comunes, originará determinados y peculiares usos y costumbres, dará lugar a creaciones colectivas, e irá formando, paulatinamente, un repertorio de caracteres propios que, reflejados diversamente y con mayor o menor intensidad y riqueza por todas y cada una de sus partes, nos proporcionarán la singular fisonomía del conjunto.
Es cualidad inmanente a la cultura, su íntima vinculación al proceso histórico, del cual es, a un mismo tiempo, determinante y consecuencia.
Incurren, pues, en lamentable confusión o amaño, quienes apellidan a la cultura con adjetivos sociales o políticos, y cometen imperdonable pecado los que tratan de ponerla al servicio de la ideología política, en el vano y descabellado propósito de supeditar el todo a uno de sus precipitados menos egregios.
Es, también, característica esencial de toda auténtica cultura la amplia y, en parte, contradictoria diversidad de sus componentes, cuyas diferencias y oposiciones crean las tensiones necesarias a su dinamismo dialéctico. En última instancia, toda cultura, en cuanto realidad concreta e inmediata, se manifiesta y diversifica en los seres individuales, siempre singulares y únicos, con su vida propia y su privativa particularidad.
Considerada, en el aspecto antedicho, como conformación integral de la totalidad del hombre, la cultura será, como dice Max Scheler, «una categoría del ser y no del saber o del sentir».
Recuerdo, a este propósito, haber oído decir a don Miguel de Unamuno, en cierta y lejana ocasión, que en España los hombres más cultos eran los analfabetos. Despojando a la frase de toda su carga de paradoja y exageración, a que don Miguel era tan aficionado, nos queda un residuo no desprovisto de sentido. Supongo que Unamuno pensaba, mientras lo decía, en la manera de conducirse y estar en el mundo de tantos hombres humildes de España, con su señorial hombría y su integridad moral, y con esa milenaria y no aprendida sabiduría que brota, en ellos, en forma natural, espontánea y «culta», porque no ha sido deformada y corrompida por la insufrible pedantería de un pseudosaber mal digerido.
Nadie puede dudar que la alfabetización tiene que ser un poderoso recurso para la liberación del hombre. Por ello hay que denunciar su empleo como instrumento de sumisión, cuando a los redimidos de su analfabetismo sólo se les proporciona un único pasto intelectual estupefaciente y monocorde.
*
También con la palabra civilización resulta, a veces, que no se sabe bien a qué atenerse. En su acepción spengleriana sería, en lógica secuencia, la plenitud y término de una cultura. Hay quienes la utilizan, frecuentemente, como sinónimo de cultura, y hay otros que, invirtiendo los conceptos, consideran a la cultura como añadido ornamental y supremo refinamiento de la civilización.
Para mí la civilización es una parte integrante de la cultura. La que se relaciona con el bienestar material del hombre y ordena y regula su vida social.
En su primer aspecto tiene tanto que ver con la técnica que casi podría identificarse con ella. Y acontece que, en menos de siglo y medio, ha adquirido la técnica tal importancia, —12→ hegemonía y necesidad, que por una anormal hipertrofia de la civilización, se ha producido en la cultura un peligroso desequilibrio que está amenazando la vida del hombre hasta en sus mismas raíces.
La civilización ha ampliado y fortalecido de tal manera sus fueros que, así como la ciencia se desgajó, hace siglos, del tronco de la filosofía, del cual era una rama, la civilización ha llegado a independizarse de la cultura e incluso a enfrentarse a ella. Así se ha podido llegar a la existencia de hombres y pueblos muy civilizados pero muy poco cultos, y a poder hablar del hombre civilizado en oposición al hombre culto.
El esoterismo de los fundamentos espirituales (científicos) de la técnica contrasta con el universal exoterismo del uso y manipulación de sus productos. Y así como la cultura es de lenta y difícil asimilación, la incorporación a la vida civilizada de hombres y pueblos de cultura incipiente suele ser fácil y rápida.
En el discurso que Jean Paul Sartre pronunció en Moscú, hace aproximadamente un año, con ocasión del «Congreso para el desarme y la paz», dijo, entre otras cosas, lo siguiente: «Estoy entre los que prefieren una vida humana a la catedral de Chartres. Porque la Catedral, si muriésemos por ella, no va a rehacer hombres para sustituirnos, y porque los hombres, si alguno quedase, y en el caso de que la Catedral se derrumbara, podrían rehacerla, como lo prueba el ejemplo de Varsovia».
El dilema planteado por Sartre es un sofisma tan evidente que resulta impropio de tan extraordinaria inteligencia. La catedral de Chartres, al igual que el Partenón, el Moisés, Las Meninas, la Quinta Sinfonía o el Quijote, es un «producto de cultura», y como tal no puede enfrentarse, de ninguna manera y en ninguna circunstancia, a una vida humana que estimula, favorece y contribuye a formar. Los productos de cultura, contrariamente a lo que Sartre opina, son únicos, insustituibles e irreproducibles, y su pérdida siempre es irreparable.
Sartre podía haber planteado un dilema mucho más acertado y lícito si hubiera relacionado la vida humana con los «productos de civilización», que, a diferencia de los anteriores, no son únicos y sí son sustituibles y reproducibles. Además -por la aberración, tan extendida, de hacer de los medios, fines-, dificultan e incluso ponen en peligro las posibilidades de una vida mejor.
Yo estoy entre los que prefieren una vida humana a todos los cohetes y cosmonaves habidos y por haber.
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Intereses materiales o amenazas comunes, exclusivamente, pueden inducir a los pueblos a asociarse circunstancialmente en régimen transitorio. Pero esta clase de uniones o alianzas, concertadas en el plano de la vida elemental para el logro o defensa de fines primordiales, durarán lo que duraren las causas originarias. Una auténtica comunidad de naciones perdurable y fecunda tendrá que asentarse, además y esencialmente, sobre la base indispensable de una cultura común. Solamente una clara conciencia de pertenecer a un mismo ámbito cultural e histórico y de estar, en consecuencia, solidariamente comprometidos en quehaceres esenciales y decisivos para la vida del hombre, puede conducir, trascendiendo las necesidades inmediatas, a una unidad orgánica, libremente aceptada, de seres o colectividades irreductiblemente individuales.
Una sociedad humana y justa -enteramente liberada de la opresión y el miedo- que proporcione a cada individuo las condiciones y los medios necesarios para que pueda desarrollar su peculiar vocación y encontrar su propio camino, es decir, realizarse a sí mismo, jamás podrá lograrse a través de unificaciones y uniformismos impuestos y mantenidos con recursos de violencia. Tendrá que consistir, por el contrario, en la armonía y concordancia de seres y entidades que, sin enajenar su personal autonomía, estén empeñados, no obstante, en empresas convergentes y complementarias, en las que, por participación activa y responsable en la vida de los demás, pueda alcanzar el privativo e inalienable destino de cada hombre su significación y cumplimiento.
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Es indudable que además de un contorno geográfico, es Europa una milenaria cultura que lleva muchos siglos creando, sin cesar, valores espirituales del más alto rango, y proponiendo normas de vida al resto del mundo. Y a lo que parece, y contrariando los negros augurios de tanto fariseo de la decadencia, ha de seguir haciéndolo durante mucho tiempo.
La apasionante aventura histórica que actualmente vive ha venido a demostrar que el llamado viejo continente dista mucho de ser un continente viejo. Su prodigiosa capacidad de recuperación y superación, su asombrosa e intrépida vitalidad y la confirmación, siempre renovada, de su genio creador denotan, más bien, una lozana y saludable juventud. Juventud es, precisamente, esa condición de ánimo, inmune a la desesperanza y abierta al entusiasmo, que es capaz, por sí misma, de transmutar en felices las más adversas emergencias. Y no cabe la menor duda de que el destino ha sometido a la Europa de los últimos tiempos a las más radicales y catastróficas adversidades que registra la historia.
Sus más sólidos fundamentos y sus más arraigadas creencias y seguridades, fueron sacudidos con increíble violencia e inmisericordia, y aquel continente satisfecho y seguro de sí mismo se sintió, por primera vez, a la deriva, y tuvo que presenciar y padecer el ocaso de todas las ilusiones, el derrumbe de todas las utopías y la inanidad de todos los principios. Pero Europa no quiso morir sino seguir viviendo, y pudo y supo resurgir de entre tanta ruina, miseria, iniquidad y desolación, con sus resortes vitales más tensos y mejor templados.
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Lo que sí se ha ido para siempre son los tiempos modernos de su historia. Esa tradicional Europa, brillante, expansiva y hegemónica, cuya crisis de disolución se inicia con la revolución francesa y culmina y acaba con el último y brutal conflicto bélico.
Despidámosla sin nostalgia, pero haciéndole los debidos honores. Fue una edad maravillosa, de gran fecundidad y de extraordinaria invención y aventura, creadora de un sistema de valores, normas y estilos de vida, que han alcanzado universal vigencia.
Todos los pueblos del orbe se han organizado, o están tratando de organizarse, con base en creaciones típicamente europeas (ciencia, técnica, industria, teorías económicas y doctrinas políticas). La proporción existente entre lo que, en cada uno de ellos, sea asimilación o mimetismo podría darnos el índice de autenticidad y el grado de falsificación en que viven, porque cabe sospechar que, en algunos casos, la adopción de ciertos principios no ha respondido a una previa y comprensiva identificación con ellos, sino que se ha hecho pragmáticamente, como supuesta premisa de éxito.
Sin embargo, el mejor y más eminente legado que ha hecho Europa, al resto del mundo, es la estimulante ejemplaridad de su permanente autoexigencia de superación que, a lo largo de tantos siglos, mantuvo tensas sus energías, su imaginación activa y encendido su espíritu, y le impuso, cada día, la ininterrumpida tarea de descubrir nuevos horizontes y realizar nuevas proezas.
No quisiera que esta apología, esta justa constatación de hechos evidentes, pudiera ser interpretada, en modo ninguno, como postulación de superioridades culturales en las que no creo. Para mí, ninguna cultura humana es superior o inferior a cualquiera otra. Son distintas y están en distinto grado de evolución y desarrollo, y cualquier juicio de valor acerca de cada una de ellas tendrá que ser hecho, si ha de ser justo, desde sus propios supuestos y sus peculiares aspiraciones. Por otra parte, no se pueden olvidar ni subestimar las influencias y aportaciones recíprocas entre culturas coexistentes, que nunca han vivido totalmente aisladas y que no han sido nunca totalmente independientes.
Además, lo que en definitiva importa y vale en una cultura, no son sus realizaciones materiales, por muy asombrosas que éstas sean, sino algo más sutil y profundo, que son los valores morales que la caracterizan. Siempre, claro está, que puedan ser mantenidos en su integridad como preceptos vivos, sin ser vulnerados hipócritamente por intereses materiales, ni sacrificados suicidamente a triunfos unilaterales y, por ende, antivitales.
Bajo este fundamental aspecto, es indudable que algo muy esencial ha fallado en la cultura europea, puesto que sus más preclaras virtudes y sus más encumbrados méritos fueron, al fin, vencidos y arrollados por sus muchos errores, insuficiencias y pecados.
—13→*
El más grave y culpable error de los últimos siglos consistió en romper el equilibrio del hombre, al cargar todo el acento vital en el intelecto y la razón, con notorio y fundamental olvido de que, el hombre, antes que un animal racional, es un ser que tiene afectos, voliciones, sentimientos, pasiones, es decir, que tiene alma. Y el alma ha sido y será siempre el núcleo central y decisivo de la personalidad humana.
Se llegó a concebir un universo desprovisto de misterio, sujeto a un transparente orden racional, obediente a leyes inmutables, y se creyó, con la ciega fe del carbonero, que todas las cosas del mundo, incluso la vida, podían ser transformadas por la razón.
El fulgurante desarrollo de la ciencia experimental y el incontenible avance de la técnica ensoberbecieron al hombre occidental y le inculcaron la falaz y optimista presunción de que sus supuestas y parciales verdades eran absolutas y universales.
Su ilimitada fe en la razón y en la segura eficacia de sus métodos, le condujo a la funesta convicción de que la felicidad del género humano podía ser alcanzada, de una vez por todas, mediante la aplicación de fórmulas y ordenaciones, especulativamente elaboradas y lógicamente perfectas.
Pero la razón, por sí sola obedece a sus propias leyes y opera sólo sobre abstracciones. Las teorías sociales y los programas políticos fueron concebidos y formulados como sistemas rigurosamente lógicos. Y al tratar de ser aplicados en nombre y provecho de una humanidad abstracta e inexistente, se cometieron con el hombre concreto, viviente y real, los más brutales atropellos y los crímenes más horrendos. Millones de seres humanos fueron fríamente sacrificados -por la rígida e inflexible necesidad de todo dogmatismo- en aras de un futuro, conceptualmente próspero, pero históricamente problemático e imprevisible.
La técnica reclamó su autonomía, y el hombre europeo, hechizado por el mito del progreso, se supeditó a ella, y en lugar de aprovecharla como fuerza liberadora, al servicio del hombre, la convirtió en fuente de opresión. El enorme y desconocido poder que iba creando quedó a la merced y al servicio de la ilimitada ambición humana de dominio. Y así surgieron las mayores concentraciones de poder, y los regímenes más autoritarios y despóticos de todos los tiempos, y la tiránica sumisión del hombre pudo ser impuesta y ejercida, con una amplitud y una eficacia nuevas en la historia.
Mientras aumentaba, progresivamente, la peligrosa desproporción entre el nuevo poder así creado y el nivel moral de sus detentadores, la sociedad europea se fue llenando de graves problemas insolubles. Sus numerosas y agudas contradicciones martirizaron su espíritu y laceraron su alma en tal manera que, en su irreprimible desvarío, acabó renunciando a la razón y sometiéndose al oscuro dominio de la sangre y del instinto.
Y llegó inexorablemente el día en que las fuerzas ciegas de la animalidad hicieron irrupción sin freno ni medida, y los cuatro fatídicos jinetes, frenéticos y enloquecidos, volvieron a galopar por la historia.
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Cuando las crisis son totales y profundas sobrevienen tiempos de confusión, inseguridad, desilusión y escepticismo. El ser humano, abrumado por el congruo castigo de sus culpas, no encuentra suelo firme en que apoyarse ni escala de valores con que normar su vida, y un letal sentimiento de «angustia, desesperación y náusea» lo anega y lo domina.
Pero la vida tiene que seguir su indescifrable curso y exige a los hombres -nuevos Lázaros- que se levanten y anden.
Y es entonces cuando los componentes de las generaciones que presenciaron y vivieron la incubación, el estallido y la consumación del gran cataclismo, parten sus caminos.
Aquellos que, a pesar de todo, quisieron seguir viviendo en plenitud, porque ni la decepción ni el sufrimiento habían podido envejecer sus almas, supieron comprender y aprovechar la dura enseñanza del castigo y acabaron asimilando el pasado -que con tanta pasión vivieron- como hecho histórico que ya era. Volvieron la espalda a la ruinosa orilla, soltaron las amarras, y se adentraron, decididos, por el mar incógnito de una nueva esperanza.
Otros, los aquejados por esa grave dolencia de la voluntad que es el pesimismo, se dejaron llevar a la deriva, indiferentes, amargados y escépticos, sembrando por doquier el pernicioso veneno de su crítica corrosiva y paralizante.
Los menos generosos, los faltos de caridad, se instalaron, con ciega obstinación, en la engañosa creencia de que ellos fueron los sin pecado, los que tenían toda la razón. En su obcecado y tenaz convencimiento de haber sido víctimas de una gran injusticia -que son incapaces de perdonar- siguen rumiando sus odios y sus resentimientos y permanecen ligados al trágico y doloroso pasado por un innoble deseo de revancha.
En su lastimoso vivir desazonado, impulsado por la turbia y agresiva energía que todo rencor engendra, participan -activamente o con su tácito apoyo- en todos los movimientos que enarbolan la bandera de la violencia.
Su aferramiento al pasado, su inconcebible certeza de que siguen en pie, y planteados bajo idénticas premisas, los mismos problemas por cuya solución lucharon inútilmente, y su atávica ceguera para todos los cambios y transformaciones del mundo en torno que no encajen en su petrificado esquema mental, los delatan -opuestamente a lo que ellos creen y proclaman- como fuerzas regresivas y anacrónicas.
Con sus diversos matices y colores constituyen los residuos inerciales de un mundo ido. Pero sería imprudente desdeñar su existencia, poder y peligrosidad.
Del resto, formado por los inertes, por los que ni sienten, ni padecen, ni de nada se enteran, ni para bien ni para mal merece la pena hablar.
Sólo los primeros pudieron advertir que el arco iris de la devastadora tormenta era presagio de la nueva era que se está gestando y de la nueva forma de vida que ha comenzado a germinar.
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Las nuevas generaciones dieron sus primeros pasos y recibieron sus primeras experiencias entre los escombros, materiales y morales, de un mundo en completa ruina y desmoralización.
Habían surgido a la confusión, la incredulidad y la desesperanza y tuvieron que padecer la angustiosa desorientación vital y la metafísica inseguridad de quienes no encuentran ni principios ni paradigmas válidos a que referir sus vidas.
Ningún valor se sostenía en pie. Los grandes ideales, por los que sus antecesores habían ofrendado sus vidas, se habían desplomado estrepitosamente. El agudo y acusador contraste entre sus exaltaciones retóricas y la mísera realidad -que su hueca y frenética fraseología, y su patética gesticulación, ya no podían seguir ocultando- había puesto en evidencia su mendacidad y ficción.
La juventud europea se negó, justamente, a conllevar el pesado lastre del gran fracaso, cuyas consecuencias habría de sufrir, pero en el que no había tenido ni arte ni parte. Su reacción ante el inmediato pasado fue de rotunda y definitiva recusación. Se desentendió de él y le volvió la espalda, quedándose únicamente con la evidencia de su vida, y con la necesidad y el deseo de seguir viviendo. Renunció al hermoso heroísmo tradicional -breve en el tiempo aunque inmortal en la leyenda-, y se acogió al humilde y callado heroísmo cotidiano. Desconfió de la plausible apariencia de las abstractas generalizaciones que remiten al hombre a un futuro hipotético, y se atuvo a lo concreto, a lo eficaz, y a lo presente.
Sintiéndose incapaz -por falta de vocación y deseo- de intervenir en la vida pública, se situó en un conformismo fatalista y en un funcionalismo acomodaticio.
Pero joven, al fin y al cabo -a pesar de que con su actividad desdeñosa y prudente pretendiera hacernos creer que estaba de vuelta de muchas cosas-, ya ha comenzado a sentir la acuciosa necesidad de abrirse al mundo y de poner su vida a empresas y tareas que puedan actualizar su potencial capacidad de ilusión y entusiasmo.
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El abandono del idealismo filosófico y la superación del racionalismo moderno están conduciendo al hombre hacia un nuevo modo o estilo de pensar y de sentir, que tiende, en lo esencial, a la integración de ambas actividades.
—14→Se trata de que el corazón piense y la cabeza sienta. Hay que redimirse de la tiranía de la lógica formal para intentar alcanzar la insospechada libertad mental de una lógica de la vida.
Tendremos que acostumbrarnos a referir constantemente nuestra percepción y nuestra intelección al sentimiento, para poder templar la fría perfección de la razón con el humano calor de la encendida emoción del alma.
Pero cuando se piensa con el corazón, la humanidad desaparece y sólo nos queda el hombre que vive, sufre y espera. Y ya no se puede pertenecer a ninguna secta, ni cobijarse bajo ningún dogma no trascendente.
Se tiene que partir de la vida como realidad primaria y preferente, en su única forma -actual y concreta- de vida individual. Y se cae en la cuenta de que Pompeyo estaba equivocado. Vivir es mucho más importante que navegar. Es, en última instancia, lo único que importa. Lo que sucede es que, como la acción es la más valiosa esencia de la vida, vivir tiene que consistir, ineludiblemente, en hacer muchas cosas, una de las cuales ha de ser, naturalmente, correr los riesgos que la navegación implica.
Pero la vida no es una realidad dada, sino que consiste en estar siendo hecha por el hombre, en incesante devenir y proyecto. De donde resulta que el auténtico destino del ser humano es tener que hacerse su propia vida, que es, por ello, consubstancialmente libre y constitutivamente responsable.
Ahora bien, la libertad -como todo lo humano-, tampoco es una realidad dada, sino algo que requiere ser impulsado desde su estado germinal a su realidad plena, por la propia e incesante determinación del hombre.
Ser libre consiste, primordialmente, en adquirir plena y clara conciencia de los intraspasables límites de la libertad -más allá de los cuales se conculcan y traicionan las exigencias y necesidades del ser- y en aceptar sus términos como único principio posible de actividad creadora.
El ámbito en que la humana libertad se mueve, discurre, en su dimensión individual y profunda -en la que es explícita y cumple el imperativo de autodeterminación personal que hace que el hombre pueda llegar a ser lo que su específica particularidad exige que sea-, entre el impulso humano hacia la perfección y los fines morales propuestos para lograrla; y en su dimensión social -porque los seres humanos no son entes aislados que puedan vivir en sí y para sí, sino expresiones complementarias de una colectividad- entre las demás libertades que sobre ella influyen y actúan en reciprocidad, y que, al condicionarla y limitarla, y precisamente por ello, la hacen posible.
Si el siglo de las luces, en su genérica concepción del hombre, llegó a pensar y creer que la finalidad de la libertad era la desaparición de todas las desigualdades, hoy sabemos que es, por el contrario, la afirmación de todas las diferencias. Con lo que se da un nuevo sentido a la humana igualdad, cuando se llega a descubrir la interna armonía de lo distinto.
La libertad tiene que ser propuesta y acatada como supremo valor humano por ser condición sine qua non de todos los demás, incluso de la justicia.
Sin libertad no puede haber justicia alguna, porque la mayor injusticia que contra el hombre puede ser cometida, es privarle de su libertad, ya que con ello se mutila y desvía el proceso irreversible de su vida, sin posible remedio ni compensación. La injusticia que padece un hombre libre, no sólo no le quita ni le merma su dignidad humana, sino que la enaltece, mientras que la privación o mengua de la libertad hunde a los hombres en la abyección, por muy equitativo y «justo» que pretenda ser el trato que graciosamente les otorguen los que puedan hacerlo.
Cuando Ortega y Gasset dijo que: «el hombre no tiene naturaleza sino que tiene historia», incurrió en una de sus sugerentes simplificaciones, que tan pródigamente utilizó como recursos de claridad. Pero si la confrontamos con otros escritos suyos advertimos, al punto, su alcance y sentido. El hombre, en cuanto animal, posee, ciertamente, naturaleza, pero lo propiamente humano consiste, precisamente, en su dramática y oscilante fuga de la animalidad en el proyecto de vida que tiene que llevar a cabo. Y «esto es lo que sentimos como nuestro verdadero ser, lo que llamamos nuestra personalidad, nuestro yo».
Las cosas son lo que son, pero la vida es estar siendo en el fluyente presente en que está, el cual, a su vez, es y consiste en evocación y conformación del pasado y en proyecto y expectación del futuro.
Si nos situamos en este vital punto de vista, veremos cambiar la tradicional perspectiva de la historia. La cual ya no consistirá -como pretendía el historicismo decimonónico- en una evolución lineal y progresiva animada por un abstracto impulso teleológico -que ignoraba o desechaba cuanto discurría por opuestos o diferentes caminos-, sino que se nos presentará en toda su espléndida diversidad de múltiples aconteceres, en incesante formación, transformación y acabamiento.
El pretérito dejará de ser realidad petrificada para convertirse en substancia cambiante y lábil, que cada nueva emergencia del presente puede modificar y transformar.
Si ahora giramos dos cuadrantes para tratar de imaginar -presintiéndolo- el futuro, podremos inferir que, así como lo que ya ha sido burla y escapa a todo sistema racional que pretenda constreñirlo en la estrechez de sus esquemas preconcebidos, lo que va a ser -contingente y aleatorio por esencia- desbordará, como ha desbordado siempre, cualquier intento de someterlo a la lógica interna de concepciones unilaterales.
El nuevo humanismo de los tiempos nuevos, ya no remitirá al hombre a la idealizada ejemplaridad de un legendario pasado, como el humanismo clásico, ni a la meta radiante de un utópico porvenir, como el progresismo y el marxismo, ni al futuro prosaicamente humano del existencialismo, sino que lo afirmará en el presente, como ser libre, responsable y creador.
Y ya no habrá «carisma», ni «necesidad histórica» que valgan. La inhumana violencia de todas las tiranías -pasadas, actuales y venideras-, privada de todo posible sentido de «salvación» o «redención» que pueda cohonestarla, se nos presentará -ya desenmascarada- como lo que en realidad es: como un repugnante desfile de infames despojos y crímenes horrendos.
«El humanismo verdaderamente nuevo y verdaderamente humanitario será -como ha dicho J. L. Aranguren- aquel que, por primera vez en la historia, luche, sin apelar a la violencia, contra todas las violencias: contra las violencias establecidas y contra las violencias que se quieran establecer».
Un humanismo que oponga a la brutalidad y a la barbarie la fuerza irresistible de la verdad inerme, de la piedad y del ejemplo.
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No deja de ser curiosa la ominosa insistencia con que algunos escritores, de los más diversos pelajes y latitudes, decretan, por sí y ante sí y con mal disimulada complacencia, el definitivo fracaso y el virtual acabamiento de Europa. Y resulta, por demás, extraño, que sean, principalmente, europeos quienes hayan pronosticado -en una especie de extravagante masoquismo- su irremediable descenso a la triste condición de colonial servidumbre, bajo la férula de uno de los dos colosos que la flanquean o de ambos a la vez en sendas particiones.
Y es raro y sorprendente porque, si en los años siguientes a la salvaje conflagración mundial pudieron tener algún fundamento tales premoniciones, resulta difícil, hoy en día, encontrarles justificación y apoyo. Europa occidental, por sí sola, supera demográficamente a Estados Unidos y a Rusia, es, relativamente a su tamaño, la región más industrializada del planeta, y continúa siendo la de mayor densidad e intensidad de vida culta. Si a su mayor madurez cultural y política -sólidamente cimentadas en su riquísima tradición histórica- añadimos su extraordinaria expansión económica, no nos quedará más asidero, para poder conceder alguna beligerancia a sus contumaces enterradores, que su variada pluralidad de estados diferentes.
Como en esto, y sólo en esto, radica su actual debilidad política, se está esforzando Europa en tratar de alcanzar, contra viento y marea, esa unidad orgánica, de que al principio hablamos.
Porque el mayor estímulo para su imaginación creadora y su audaz fantasía, ha consistido siempre en esa plural diversidad, tiene Europa que seguir eludiendo, si ha de salvar su esencia, el desierto espiritual de una unificación forzada. En lugar de reducir y aminorar sus múltiples diferencias debe, por el contrario, despertar, estimular y fomentar, todas sus actuales y latentes particularidades. Como ya hace siglos, dijo Nicolás de Cusa, «la más hermosa armonía consiste, justamente, en la mayor diversidad».
Porque siempre ha luchado -en pendular forcejeo- por la libertad del hombre, tiene que aspirar Europa a la —15→ consecución de una justa y efectiva distribución del poder que, haciendo imposible su peligrosa concentración permita, al fin, que la democracia pueda ser la agonía sin esperanza del despotismo y no su mejor caldo de cultivo, como ha solido ser hasta ahora.
Porque siempre ha creído -entre amaneceres y ocasos- en la inmanente dignidad de la condición humana, tendrá que conciliar Europa, la heredada antinomia entre «una igualdad política proclamada» y «una desigualdad económica manifiesta», que el viejo liberalismo -pletórico de ideales, pero congénitamente ciego para lo segundo- apenas pudo percibir, y que el comunismo pretende haber resuelto suprimiendo caprichosamente uno de los términos, sin haber logrado, con ello, cambiar el otro.
Para el cumplimiento de este triple imperativo no parece que haya otro camino que aquel que conduce a una total descentralización y autonomía en todos los planos de la vida.
La nueva Europa tendrá que ejercitar al máximo su capacidad de inventiva y su agilidad de arbitrio para poder promover una revolución, profunda, continua e irreversible, que oponga: el Estado de justicia al Estado de Poder; la múltiple variedad de formas de vivir y de pensar, y de métodos y soluciones en continuo cambio y transformación, al desesperantemente aburrido uniformismo y al inmovilismo letal de las dictaduras; el equilibrio de «la fuerza dispersora de la particularidad» y «la fuerza unitiva de una fe solidaria», al tradicional «equilibrio de poderes»; la disciplina ciudadana de quien conoce el porqué, al servilismo de quien lo ignora; la obediencia activa a la pasiva; y la propiedad directa de las fuentes de riqueza por sus respectivas comunidades de trabajo, a su actual asignación a un capitalismo voraz, o a un Estado omnipotente.
Ya sé que todo lo anterior no pasa de ser un conjunto de vagas e inoperantes generalizaciones teñidas de subjetivismo; pero la cosa no tiene remedio. El dominio de lo previsible es tan estrechamente limitado que no tolera anticipaciones precisas.
Europa será lo que los europeos quieran que sea, y lo que su cambiante y aleatorio devenir le permita ser, pero creo que los partidos políticos harían muy bien sustituyendo sus elaborados programas, minuciosamente previsores, por esquemáticos prospectos de orientaciones y tendencias.
Ni qué decir tiene que no he utilizado la palabra «revolución» en su tópica, superficial y falsa acepción de «subversión del orden establecido y cambio violento y alborozado de una forma de gobierno por otra», sino en su sentido más auténtico de «mudanza y novedad en la conformación y gobierno de la sociedad y alteración y cambio en sus usos, estimaciones, ideas y creencias».
Ahora bien, la historia de las revoluciones es lo suficientemente larga, y muestra experiencia acerca de ellas lo bastante nutrida, para poder afirmar con certidumbre que el éxito de una revolución estará, siempre, en razón inversa de la violencia que emplee, y que, por consiguiente, las únicas revoluciones dignas de tal nombre serán las incruentas.
Claro está que, a lo largo de la detentación del poder por los promotores y seguidores de revoluciones sangrientas, pueden producirse -y de hecho se han producido- importantes cambios y progresos. Pero serán precisamente aquellos que, por estar latentes y en trance de irrupción, las hicieron posibles, y que la violencia -que sólo sirve a la desaforada ambición de poder de exiguas minorías- no hace sino retrasar, deformar y constreñir, al tiempo que bloquea y aniquila otros cambios, quizás más prometedores, que también pugnaban por surgir.
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Los artífices de la «Comunidad Económica Europea», han realizado un magnífico trabajo, al establecer las bases materiales de una restringida «Unión Europea», con un éxito que, por el momento, va superando a todas las predicciones. Pero aunque sí son todos los que están, no están todos los que son. La gran península occidental del continente eurásico, que es Europa, se extiende desde Finisterre hasta los Urales, y una «Unión Europea» deseable, nunca será completa mientras no comprenda a la totalidad de sus naciones. Aun lograda, la unión de toda la Europa occidental -única accesible, por ahora, a tal propósito- seguiría siendo una unidad fragmentaria.
Es evidente, no obstante, que mientras subsista la actual línea divisoria -unilateralmente establecida- del «telón de acero», se verá obligado el occidente europeo a recorrer los caminos que hacia oriente se le cierran en opuesta y marinera dirección. Y habrá motivos y razones para que se pueda seguir hablando de una «Edad Europea», recién acabada, como intermedia entre una, ya lejana «Edad Mediterránea», que la precedió, y una actual «Edad Atlántica», que la sigue, y que parece proponer una nueva realidad histórica dividida en dos porciones, mutuamente trasatlánticas.
Me parece, sin embargo, que, aunque América sea una prolongación cultural de Europa, y la acción recíproca entre ambos continentes uno de los hechos fundamentales de la historia de los últimos cuatro siglos, su evolución histórica independiente -en un medio y bajo unas condiciones totalmente diferentes- le ha conferido características singulares y propias. Y aunque las mutuas relaciones y dependencias sean cada vez más estrechas, existen, a mi entender, poderosas razones históricas, geográficas, políticas y sociales que no parecen propiciar -al menos en un futuro próximo- una asociación política intercontinental.
En cuanto a Rusia -cuyas relaciones y conexiones con el resto de Europa nunca han sido insignificantes, y que desde el reinado de Pedro el Grande ha venido participando activamente, y en calidad de gran potencia, en el concierto europeo-, es una pieza irrenunciable en una total integración europea.
A pesar de los múltiples hechos diferenciales de su curso histórico, el pueblo ruso siempre se ha considerado perteneciente a Europa.
«Nuestra madre», la llamó Dostoievski -el gran visionario de una Rusia mesiánica regeneradora de Europa-, y no deja de ser significativo que, el tradicional debate entre «eslavófilos» y «occidentalistas» quedara radicalmente zanjado por el advenimiento del régimen comunista, que fue, en definitiva, un triunfo evidente del racionalismo y de la técnica occidentales. Aunque -por ese extraño paradojismo inherente a todo lo europeo y por otras razones de orden cronológico- fuera la causa y el principio de su cerrado y hostil aislamiento.
Una Rusia, ya descargada de su imperio colonial asiático, y desentendida -por rompimiento de la imposición coactiva- de la «teoría general» del partido imperante (filosóficamente regresiva, políticamente reaccionaria y socialmente anacrónica), y una Europa superadora de su etapa capitalista, podrían encontrarse, coincidentes, en el punto de indiferencia de sus actuales oposiciones.
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España -el gran enigma histórico- es también parte de Europa, a cuya formación y conformación ha contribuido siempre -bien que con desacordado ritmo- con carácter variable, entre marginal y hegemónico.
A todo lo largo de su escisión medieval, su mitad cristiana hizo posible, con su multisecular sacrificio, el normal desenvolvimiento del centro europeo, y su mitad islámica -tan española, cuando menos, como la otra- irradió, mientras pudo, conocimientos y gayo saber a la, todavía, bárbara e inculta Europa.
Al finalizar el siglo XV, da fin España a su gran empresa medieval y acomete su gran aventura moderna: el descubrimiento y colonización del Nuevo Mundo. Acontecimiento, sin duda alguna, el más importante de la nueva edad moderna, con el que España inicia y cumple una acción de trascendencia universal y eterna.
El siglo XVI es el siglo español por excelencia de la historia occidental y todo él está lleno del soberbio gesto hispánico. Pero en la lucha entablada entre el alma y la razón, tomó España el partido de la primera y se quedó sola. Y fracasó rotundamente en su imperial misión de crear una «universitas cristiana», fundada y soldada por la fe y no por la conquista.
Como ha escrito don Ramón Menéndez Pidal: «el imperio de Carlos V es la última gran construcción histórica que aspira a tener sentido de totalidad». Y más adelante: «Después de él, toda universalidad quedó excluida. Sólo ahora algunos hombres vuelven a buscar afanosos un principio unificador que pueda restaurar en el mundo la deshecha ecumenicidad. Si cualquier día la humanidad emprende tal restauración, entonces, sin duda, España, la de —16→ los tardíos frutos del Renacimiento, tendrá algo que hacer en el abnegado camino de este ideal».
Si señalamos el año 1600 como la línea de separación entre el período humanista, plenamente señoreado por España, y el que se inspira en la naciente filosofía racionalista y presencia el desarrollo de la investigación científica, podríamos decir que, a partir de esta fecha abandona España todo interés en la moderna ciencia natural y se encastilla en un rígido dogmatismo y en un extraño misoneísmo que casi paraliza su intelecto.
España vuelve a ser -prescindiendo de algunas fulgurantes y aisladas llamaradas- un país tangencial a Europa. Y así comienza lo que se ha dado en llamar su decadencia.
Pero este término es relativo a las estimaciones desde las cuales se juzgue, y si éstas cambian -como al parecer están cambiando- y si el presente puede modificar al pasado, las nuevas generaciones de españoles, si se lo proponen y son capaces de descubrir y desarrollar con plenitud las cualidades latentes que una hermetización disidente ha guardado en potencia, podrían hacer el milagro de transmutar en inspirada y previsora discrepancia una lamentable y lamentada declinación.
Sea lo que fuere, y querámoslo o no, España es una parte considerable de la cultura europea. Y como el pertenecer a una determinada cultura no es motivo de elección, sino acontecer y sino ineluctables, el auténtico destino de España -ya se presente amenazante o risueño- está en Europa.
Los pueblos hermanos de América que hace apenas siglo y medio lograron su independencia, y que han tenido que sufrir posteriores colonialismos, económicos y culturales, ya se han encontrado a sí mismos, y ya han descubierto su específica originalidad, motivada, en gran parte, por el elemento indígena subyacente en ella. En los momentos actuales se están esforzando, con tesón, en desarrollar por sí mismos, sus propios recursos, y en afirmar su propia personalidad. Se encuentran, pues, en ese grado especial de evolución que hace necesaria, a los primeros efectos, la creación, ya iniciada, de una asociación económica continental, pero en el que una asociación política anticipada podría malograr la libre manifestación y desenvolvimiento de sus innatas modalidades.
España no puede tener acerca de ellos ni tan siquiera la módica pretensión de ser correspondida en sus sentimientos y actos fraternales, y los españoles no deben olvidar, en ningún momento, que si estas naciones dejaron de pertenecer a España, España, como viejo solar común, pertenece a ellas, y les pertenecerá siempre. Y no creo que pueda haber otro sentido hispánico de hispanidad.
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Una misma tradición, con glorias y arrepentimientos comunes, y una gran empresa a realizar, constituyen un buen punto de partida hacia la «Unión Europea». Lo que se lleva hecho hasta el presente es en extremo valioso pero insuficiente. Todo ha sido planteado técnicamente como una gran empresa industrial y mercantil que aspira a convertirse, en corto plazo y a través de una primera etapa confederativa, en la gran «Federación de Estados Europeos».
Pero hay que conseguir además, en un gran esfuerzo de siembra intelectual, que la idea de unión penetre hasta en los más recónditos estratos del viejo continente, y hacer que emerja de ellos convertida ya en una ilusionada y entusiasta fe común.
Para que esta trascendental empresa unitiva sea digna de la gran tradición europea y adquiera el elevado rango cultural que tanto Europa como el resto del mundo están necesitando, será necesario conjugar todos los anhelos, afanes y abnegaciones que puedan hacerla llegar a ser la gran «Empresa cultural e histórica» de todos los europeos.

HOMENAJE A DON PEDRO BOSCH GIMPERA
Con motivo del cumplimiento de sus setenta años, el eminente Preshitoriador don Pedro Bosch Gimpera (decano de nuestros colaboradores y amigos) ha sido objeto de un homenaje internacional organizado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia de la Universidad Nacional Autónoma de México, que ha editado en su honor un grueso volumen, copiosamente ilustrado, con colaboraciones en castellano, catalán, portugués, francés, italiano, inglés y alemán de los más destacados antropólogos y prehistoriadores del mundo. La obra «A Pedro Bosch-Gimpera en el septuagésimo aniversario de su nacimiento», dirigida por el antropólogo hispanomejicano Santiago Genovés, lleva una presentación de don Pablo Martínez del Río (el más ilustre de los prehistoriadores mejicanos, recientemente fallecido) y va precedida de un estudio bio-bibliográfico de don Pedro por el también antropólogo hispanomejicano (y colaborador nuestro) don Juan Comas.
Para hacer pública entrega de la obra a él dedicada, la Universidad Nacional Autónoma, el Instituto Nacional de Antropología e Historia y el Institut d'Estudis Catalans ofrecieron al Dr. Bosch-Gimpera un banquete, el 26 de julio, con gran concurrencia de mejicanos y españoles.
Las Españas se suma muy cordialmente a este homenaje y felicita con respeto y profundo afecto a su ilustre colaborador y decano.
—17→Balcón a la poesía española actual

EL REGRESO | ||||
| He elegido este día. | ||||
| Aquí va a comenzar otra vez el otoño. | ||||
| Allí, la primavera. | ||||
| He elegido este día. | ||||
| Aquí todas las hojas se preparan | ||||
| para morir. Una neblina tierna, | ||||
| movida por el viento, | ||||
| va a hacer más delicada su caída. | ||||
| Allí, seguramente, | ||||
| ya están listas las hojas y las flores | ||||
| y preparado el cielo | ||||
| y ensayados los pájaros | ||||
| para cantar su entrada. | ||||
| ¡Adiós, adiós, pequeña casa mía, | ||||
| casa mía de rubias maderas como un barco | ||||
| bello y tranquilo, anclado dulcemente | ||||
| en el remanso umbroso de los bosques! | ||||
| ¡Adiós, negros cipreses impasibles, | ||||
| álamos carolinos, casuarinas | ||||
| musicales, oídas arboledas | ||||
| en los lentos nocturnos de párpados insomnes! | ||||
| No os abandono, os dejo. | ||||
| He elegido este día. | ||||
| Vuelvo a ti sin espada. | ||||
| Una sola canción es todo mi equipaje. | ||||
| Amor. | ||||
| Amor. | ||||
| Amor. | ||||
| Mi mano abierta, | ||||
| y en su palma, una flor. | ||||
| Llamo, hermano, a tu puerta, | ||||
| con amor. | ||||
| Amor. | ||||
| Amor. | ||||
| Amor. | ||||
| Tu mano abierta, | ||||
| y en su palma, una flor. | ||||
| Abre, hermano, tu puerta, | ||||
| con amor. | ||||
| ¿En dónde está mi casa? Dímelo. No la encuentro. | ||||
| Pero todo es mi casa... ¿En dónde mi jardín? | ||||
| Mas todo es mi jardín... ¿Y mi fuente de mármol? | ||||
| Pero todo es mi fuente... ¿Y mi azotea? | ||||
| Todas tus azoteas son la mía... ¿Y Mis cielos? | ||||
| Sé que todos tus cielos también me pertenecen... | ||||
| Pero ¿y mis muertos? Dime. Sí, mis muertos | ||||
| son los tuyos también... Dejé mi espada... | ||||
| Tú también has dejado la tuya... Descansemos. | ||||
| Pero dime, ¿aquí es ya la primavera? | ||||
| ¿Corren claros los ojos de los ríos? | ||||
| ¿No bate el mar su puño de venganza? | ||||
| He elegido este día. | ||||
| Empecemos lavándonos las manos. | ||||
| Allí ya ha comenzado otra vez el otoño... | ||||
| Allí todas las hojas ya tiemblan preparadas | ||||
| para morir. Aquí, seguramente... | ||||
| Perdona, hermano mío, | ||||
| pero no sé si aquí llegó la primavera, | ||||
| si están listas las hojas y las flores | ||||
| y preparado el cielo | ||||
| y ensayados los pájaros | ||||
| para cantar su entrada. | ||||
| Igual que un fruto lento, | ||||
| dura y difícil, sigue madurando... | ||||
| Permanezco en mi sitio, por ahora, | ||||
| soñando en este día, como tantos | ||||
| otros de otros otoños, | ||||
| la feliz primavera del regreso. | ||||
Rafael ALBERTI
REVOLUCIÓN | ||||
| Siempre habrá nieve altanera | ||||
| que vista al monte de armiño | ||||
| y agua humilde que trabaje | ||||
| en la presa del molino. | ||||
| Y siempre habrá un sol también | ||||
| -un sol verdugo y amigo- | ||||
| que trueque en llanto la nieve | ||||
| y en nube el agua del río. | ||||
León FELIPE
| MES | |||
| Dame un vasito de sed, | |||
| que me estoy muriendo de agua. |
Anónim
Carles RIBA
CANZÓN PRA QUE UN NENO NON DURMA | ||||
| Non durmas | ||||
| meu neno pequeno... | ||||
| Bule, berra, chora. | ||||
| Teu pai está fora. | ||||
| Racha cos pes | ||||
| esta sábena | ||||
| de medo. | ||||
| Non peches os ollos | ||||
| neno pequeno. | ||||
| O vento zoa, | ||||
| non peches os ollos. | ||||
| A morte | ||||
| rolda por fora. | ||||
| Vexo o río mouro | ||||
| e unha folla morta. | ||||
| Bule, berra, chora. | ||||
| Teu pai está fora. | ||||
Luis PIMENTEL
EL AMOR | ||||||||||||||||||||
II | ||||||||||||||||||||
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| ||||||||||||||||||||
José HIERRO
(Pasa a la pág. 27)
—18→(Viene de la pág. 1)

SOÑARRERA INTELECTUAL
País que tenga dormido o atrofiado el pensamiento, no puede ser y llamarse con justicia nación civilizada; para ello, ha de tomar parte activa en la formación de la historia contemporánea, contribuir a aumentar el caudal intelectual de Europa, como lo hacen Francia, Italia, Bélgica, Inglaterra, Alemania, Rusia... y esto será imposible en España mientras no cambie radicalmente el temperamento de nuestro profesorado, más pagado de la retórica que de la reflexión; más dado a vivir del pensamiento ajeno que del propio (1895).
ESCRÚPULOS
No hay derecho para alegar escrúpulos constitucionales. Las revoluciones se hacen... revolucionariamente o no se hacen de ningún modo. Los Parlamentos sirven para consagrarlas, mas no para hacerlas (1899).
EL CULTIVO DEL CEREAL Y LA MORTALIDAD EN ESPAÑA
Es otro lugar común también, que los españoles son muy holgazanes y que duermen mucho; y yo abrigo la convicción de que son tan desdichados porque trabajan con exceso, porque remueven demasiado la tierra, porque consagran sus esfuerzos al cultivo de una planta que no sabe crecer y transformarse sola, que requiere la constante presencia e intervención del hombre: la agricultura española sufre una dolencia que podríamos llamar intemperancia del arado (1880).
PSICOLOGÍA Y DECADENCIA ESPAÑOLAS. INTROSPECCIÓN NECESARIA
Necesitamos conocernos; necesitamos conocer nuestra psicología colectiva, la psicología del pueblo español, que apenas si ha principiado a ser esbozada en la ciencia, y sin la cual la política española carece de base objetiva científica; camina a tientas, dando tumbos; es política de lazarillo de ciego; qué es España, cuál su valor y significación en el mundo, cuáles los caracteres de su historia y qué vocación y qué aptitudes ha demostrado en ella, para qué sirvió un día, en qué a la causa de la humanidad y puede volver a servirla, a qué causas obedeció la desviación de su historia, su retraso, su decadencia y ha obedecido su caída; por qué esas causas han persistido hasta hoy y cómo podrían ser combatidas con esperanza de éxito, si es que pueden serlo, y restaurada la personalidad nacional, y restaurada no desde fuera, por iniciativa y presión de extraños, sino por acción propia y en un medio tan exigente como el del siglo XX, cuando la civilización, en su carrera vertiginosa, sólo por milagro, podría dar tiempo a los pueblos rezagados para redimir su rezago y reintegrarse a la corriente (1899).
ALMA Y VERBO DE ESPAÑA
Ha concluido el áureo reinado de los Augustos, y empieza la férrea y homicida labor de los Trajanos y de los Teodosios. No será ya desde hoy el Poder una satisfacción: será un sacrificio y una cruz. Quien no sienta vocación más que para el Capitolio, quien no vea en el Poder sino sus esplendores, eso que de ordinario se ha mirado en él, instrumento para decorar el miserable minuto presente del gobernante; quien no haya de gobernar por amor de Dios, puestos los ojos en la fosa y en el olvido que le aguardan para la hora siguiente, no nos sirve. Necesitamos en el gobierno «impersonales»; Bismarcks injertos en San Francisco de Asís, con más de San Francisco que de Bismarck. ¿Los hay? Puede dudarse, aunque son muchos los que lo creen. Pero, de todos modos, no se lo preguntemos a nadie; inquirámoslo por nosotros mismos. Veamos si es verdad que hay un alma nueva en España y verbo que la sepa encarnar (1898).
NECESIDAD DE EDUCACIÓN
Hoy más que nunca se necesita educar a la juventud destinada a la lucha; hoy más que nunca se necesita amamantarla con las santas ideas de caridad, de justicia y de abnegación; escribir en su alma el «Amad al prójimo como a vosotros mismos», hacerle leer en su conciencia lo que allí está escrito desde el principio, el resumen de la ley: «No hagas a otro lo que no quieras que otro haga contigo». Hoy más que nunca se necesita desengañar a los pueblos y convencerles de que no todo es lectura y aritmética en la vida; que el hombre no vive sólo de pan, y que con gran facilidad se tuerce el árbol en los primeros años si con particular cuidado no se le dirige (1869).
ESCUELA Y MUNICIPIO
La mitad de la República está en la escuela, pero la otra mitad en el Municipio (1906)1.
SOBRE LA DESCENTRALIZACIÓN DEL ESTADO
Debe darse satisfacción a lo que la protesta (contra los poderes centrales) tiene de justo, reconociendo la personalidad natural o histórica de las regiones que todavía la conserven (Navarra, Vizcaya2, Asturias, Cataluña, Aragón, etc.); supliéndola transitoriamente en las demás por la artificial que recibieron de la ley...; y dejando así a regiones o provincias como a municipalidades y concejos la libertad de movimientos que a todo ser vivo corresponde... Supone esto repartir la vida del cuerpo social por todos sus miembros, trasladando a la periferia una parte de la que ahora se halla acumulada en el centro y lo tiene congestionado, sin retener más que la estrictamente precisa para la subsistencia y buen orden del todo...; y, dicho en términos históricos, reponer las cosas, no precisamente al ser y estado que tenían el día en que la organización regional fue desbaratada por el legislador, sino al estado en que esa organización debió quedar, hecha la prudente reforma que sin duda alguna demandaba (1900).
*
Los trabajos firmados manifiestan la opinión personal de sus autores. La de Las Españas viene expresada en los artículos editoriales y en las notas de la Redacción.
—19→
Motivos de diálogo
Por Anselmo CARRETERO
Una de las cuestiones que más preocupan hoy a los españoles con inquietud política es la unión europea y la posibilidad y conveniencia del ingreso de España en ella. Por otra parte es hecho conocido que las concepciones económicas socialistas han ganado muchos adeptos entre las nuevas generaciones. Planeación económica; nacionalización del crédito, de los recursos no renovables y de los servicios públicos; creación de empresas estatales o de economía mixta para la expansión de importantes ramas de la industria; reformas agraria y fiscal; mayor productividad; más justa distribución de la riqueza, y otros semejantes son temas que interesan hoy a muchos jóvenes españoles, incluidos importantes sectores de la juventud católica. Ambas preocupaciones, la europeísta y la socializadora de la economía, se entrelazan y con frecuencia su examen debe abordarse en conjunto. Así, la revista «Tribuna Socialista», que edita en París un grupo de jóvenes compatriotas de las generaciones posteriores a la guerra civil, dedica la mayor parte de su último número (febrero-mayo de 1963) al estudio de la cuestión europea desde un punto de mira socialista.
Su lectura me ha inducido a escribir este artículo que suscribo con carácter estrictamente personal, entre otras razones porque el denominador político común de quienes hacemos Las Españas no es específicamente socialista sino genéricamente liberal y democrático.
*
Comenzaré por tratar de exponer en pocas líneas mi concepción del socialismo. Militante desde la mocedad en las organizaciones políticas y sindicales del socialismo español, declaro llanamente de antemano que a estas alturas ya estoy harto en demasía (o «hasta el copete», como se dice en Méjico) de dogmas, sagradas escrituras y excomuniones de marxistas y marxólogos de diversas sectas o partidos; por no hablar de los marxistas-leninistas... los marxistas-leninistas-estalinistas... y los marxistas-leninistas-estalinistas-maoístas; y que me tiene completamente sin cuidado coincidir o no con el pensamiento de Marx o los de sus principales epígonos.
Eso de la «ciencia del marxismo», como lo de la «ciencia política», nombre ahora en boga, me parece una manera, como otra cualquiera, de bautizar estudios o ramas del saber que carecen en absoluto del rigor científico de la filosofía natural, o ciencias físicomatemáticas, dentro de cuyo campo ya está plenamente la química y va entrando a grandes pasos la biología.
Los problemas actuales del socialismo hay que abordarlos sin prejuicios doctrinarios, con claridad intelectual y honradez de propósitos y, sobre todo, con conocimiento de la realidad y sentido práctico para obrar dentro de ella; con el mismo conocimiento de la realidad e igual sentido práctico con que el ingeniero debe hacer un estudio técnico de transcendencia social... y con el conocimiento de esa realidad humana que es el pueblo, saber fundamental en la sabiduría del político.
Seré, pues, marxista en cuanto mi pensamiento coincida con las ideas y enseñanzas -que son muchas, y algunas de ellas muy valiosas- de aquellos grandes pensadores y revolucionarios cuyo «Manifiesto comunista» tuve en mi juventud por libro de cabecera; y no lo seré, o dejaré de serlo, en cuanto no esté de acuerdo con ellas por parecerme erróneas, inadecuadas para nuestro día o en contradicción flagrante con el curso de la historia. Porque el gran pensador y revolucionario de las barbas bíblicas, si levantó grandes fervores como predicador de una nueva fe, en la anunciación del futuro resultó mal profeta, al grado de que sus inmediatas y principales predicciones se derrumbaron con estrépito y en cambio alzaron su figura por bandera revoluciones triunfantes dónde y cómo él nunca había imaginado.
El socialismo no es ninguna ciencia abstrusa ni saber que requiera largos años de estudio tras especial preparación, y por lo tanto asidua dedicación profesional, sino una concepción de la sociedad al alcance del ciudadano común. Cualquier persona de mediana inteligencia y cultura, y desde luego todo universitario o intelectual (historiador o filósofo, matemático o escritor, médico o ingeniero...) puede ser socialista, con pleno conocimiento de lo que es el socialismo, sin haber dedicado años enteros al estudio de las doctrinas socialistas. De lo contrario el socialismo sería sabiduría exclusiva de una aristocrática minoría especializada en su estudio cuyas exposiciones y dictámenes tendríamos que aceptar la inmensa mayoría de los ciudadanos con la misma fe en tales sabios con que un arquitecto admite el diagnóstico de un cardiólogo o éste da por buenos los cálculos del hospital construido por aquél. Huelga decir que el conocimiento de tal socialismo quedaría vedado a la clase obrera que precisamente es la llamada por la historia a defender con mayor denuedo las ideas socialistas.
Quienes sin ser teóricos del socialismo ni haber estudiado las obras completas de Marx, Engels, Plejanov, Kautsky (el «calumniado» Kautsky), Lenin, Bujarin, Rosa Luxemburgo, Trotsky (fácil de leer por su talento literario y su cultura), Stalin (tedioso como él solo), Laski, Strachey y otros, hemos dedicado no pocos ratos a la lectura de algunas de ellas, sin olvidar las de los viejos maestros del socialismo español (Vera, Iglesias, Meabe) ni desdeñar las de pensadores anarquistas de gran valía, hemos podido formarnos una idea sencilla y clara del socialismo al alcance del común de los mortales.
Para mí el socialismo es una manera de concebir la propiedad y la economía social con determinadas miras morales, políticas y técnicas: —20→El fin moral del socialismo es, sobre todo, de justicia: abolir la explotación del hombre por el hombre y evitar que los parásitos se beneficien del esfuerzo ajeno. Su fin político, crear una sociedad verdaderamente democrática en la que se respete, ante todo, la dignidad de la persona humana y, en lo posible, la libertad individual; se reconozcan a todos los ciudadanos iguales derechos y se les ofrezcan las mismas oportunidades para su instrucción y el desarrollo de sus aptitudes. El propósito técnico del socialismo es organizar las actividades económicas para aprovechar sabiamente y en beneficio de todos los recursos de la naturaleza y el trabajo de los hombres. Por último, no admito ningún camino para llegar al socialismo que contradiga sus nobles fines. Los procedimientos sucios o brutales, los ardides viles son impropios de socialistas. |
En esto debemos seguir el dignísimo ejemplo de los fundadores del socialismo español. Por despreciar estas normas éticas sentó Lenin, sin proponérselo, las bases del despotismo estaliniano3, de cuyos efectos corruptores parece haberse librado una parte muy viva de la actual juventud soviética4.
*
Un punto al que como socialista español concedo suma importancia es el de las relaciones entre liberalismo y socialismo. Sobre él he escrito recientemente, en otro lugar, y espero poder insistir en el futuro más veces.
El verdadero liberalismo tiene sus raíces históricas y semánticas en España. Somos los españoles quienes hemos inventado el vocablo liberal y por lo tanto a nosotros nos corresponde definir su primera y mejor acepción por sobre otras connotaciones de escuelas extranjeras. El adjetivo liberal (del latín liberalis, lo propio del hombre libre) se empleó en la Europa occidental desde la Edad media con varias acepciones. En los siglos XVI y XVII el adjetivo liberal era en España sinónimo de justo, clemente, dadivoso, abierto, y en este sentido lo emplea, con sus contemporáneos, Cervantes. Significa por lo tanto generosidad y atención con el prójimo, respeto, en suma, por la dignidad de la persona humana. Es, pues, de limpia estirpe española y tiene significación ética completamente ajena al oficio de mercader. Como sustantivo político nació en Andalucía, en las Cortes de Cádiz del año 1810. El público que asistía a las sesiones de aquellas memorables asambleas comenzó a llamar liberales a los partidarios de las reformas y del progreso, los defensores de la libertad y la igualdad políticas y de los derechos del hombre proclamados por la Revolución francesa, que nuestros constitucionalistas enlazaban moral y políticamente con las viejas libertades de Castilla y Aragón. De allí se expandió por todo el mundo.
Los comerciantes ingleses primero y el capitalismo internacional después han tratado de identificar a la libertad política con las llamadas «libertad de comercio» y «libertad de empresa» (de presa se debería decir mejor en algunas ocasiones) que ninguna relación tienen con nuestro liberalismo político de raíces morales, pues son nombres con que frecuentemente se trata de disfrazar lo que es pura codicia o afán inmoderado de riquezas (En esto de poner bonitos nombres a las peores cosas caben todas las fantasías. Franco llama a su dictadura «democracia orgánica»; y el gobierno de Alemania oriental «democracia popular» al régimen que encierra a su pueblo tras muros y alambradas para que ni siquiera le quede el democrático y popular recurso de huir a la parte occidental de su patria5).
Para nuestros primeros liberales la propiedad privada y el derecho de ejercer sin trabas el comercio y la industria eran garantías de libertad del ciudadano frente a la servidumbre feudal y el absolutismo regio. Con el mismo criterio de pura esencia liberal propugnamos hoy los socialistas la propiedad social de la gran industria como garantía de libertad del obrero frente a la servidumbre proletaria.
Pero ya en las Cortes de Cádiz, al tratarse de la desamortización de los bienes concejiles, varios diputados se opusieron a ella. Tal don Francisco Gutiérrez de la Huerta, diputado por Burgos, que fundaba su oposición a la venta de las tierras de los pueblos porque se hallaban íntimamente ligadas a la existencia política de éstos y vinculadas a las necesidades del común, y su enajenación transtornaría el gobierno económico de las localidades causando un mal permanente a cambio de una utilidad momentánea. Y don Francisco González y Fernández, diputado por el reino de Sevilla, defendió la institución de la propiedad colectiva como racional y necesaria. «Con el repartimiento de tales tierras y montes -decía -, el hombre del pueblo venderá su suerte aun antes de que le haya sido adjudicada, y vendrán a ser los únicos los poderosos, quedándose los infelices sin tierra donde criar animal alguno, donde sembrar y donde proveerse de leña, según he visto por experiencia en pueblos de la provincia de Segovia, en los cuales, con pretexto de socorrer a los pobres, lograron el repartimiento los poderosos, para venir en breve a hacerse dueños de todo»6.
Uno de los padres de nuestro liberalismo, acaso el de más destacada y auténtica personalidad española, el asturiano don Álvaro Flórez Estrada, hombre de espíritu amplio, no dogmático, despierto y atento a la realidad de las cosas y previsor del futuro, se opuso en 1836 a la venta de los bienes nacionales procedentes de la desamortización por considerar que con ella «sólo ganaban quienes especulaban con la miseria y la ignorancia del pueblo». Proponía, en cambio, su arriendo enfitéutico a los colonos con pago de una contribución al Estado para crear con ellos «una clase de individuos tan industriosos y ricos como si fueran propietarios», en lugar de formar «un patrimonio escandaloso para una clase ociosa». La administración de estos contratos de arriendo al Estado correría a cargo de los órganos de la administración provincial con lo cual ésta sería un elemento activo en la vida administrativa de la nación. Y argumentaba así su oposición a la venta de los bienes nacionales: «Sin crear intereses materiales en favor de las grandes masas de cultivadores cuya suerte en el día es tan desgraciada, en vano esperaremos que triunfe la causa de la libertad». He aquí un gran liberal español que, antes de que se conociera el nombre de Marx, defendía en nuestra patria la propiedad social de la tierra para que con ella triunfara «la causa de la libertad»; y tanta importancia atribuía a esta cuestión que a su juicio «de ella dependía la prosperidad de España»7. Flórez Estrada, que reputa inmoral y opresivo el sistema social que priva al trabajador de la mayor parte del fruto de su trabajo para que de él se apropien quienes no contribuyen a la producción con ninguna labor, fue el primer economista moderno que propugnó la propiedad común de la tierra. A estos ilustres compatriotas los socialistas españoles debemos llamarles con respecto nuestros buenos abuelos liberales.
El proyecto sometido por Flórez Estrada a las Cortes de 1836 que extendía los beneficios de la desamortización a toda la clase pobre labradora, haciéndola condueña del Estado, apenas pudo reunir un puñado de votos. Prevaleció la opinión de los partidarios de la venta libre de los bienes nacionales, que despojó a los pueblos de sus tierras en provecho de una nueva clase de terratenientes reaccionarios que sin contribuir al fomento de la agricultura esquilmaron la riqueza forestal. Como después ocurriría otras veces, dominó la pereza mental y por no estudiar la realidad nacional para llevar a cabo las transformaciones que ésta requería se remedó al vecino. Entusiasmados con las doctrinas de la Revolución francesa y deslumbrados por la grandiosidad de ella, aquellos liberales creyeron dogmáticamente que las revoluciones y cambios sociales que la historia exigía tenían que realizarse en todas partes copiando el patrón francés, sin tener en cuenta las condiciones particulares y los antecedentes históricos de cada pueblo. Al sacar a venta los llamados bienes de manos muertas, buscando lo que en Francia había sido un indiscutible progreso que acabó con la propiedad feudal de los nobles y la Iglesia para crear una clase de burgueses labradores, aquellos progresistas -cuando no especuladores- —21→ fueron causa de un retroceso político, económico y social en muchos aspectos de la vida nacional, concretamente en los países de tradición comunera y foral. Gran lección que, con el ejemplo de nuestra propia historia, nos enseña que si bien las ideas deben tener curso universal sin trabas de fronteras, en las realizaciones políticas, económicas y sociales son de tener muy en cuenta las circunstancias propias de cada pueblo y de su desarrollo histórico; sobre la que sería muy conveniente que meditaran quienes hoy, con igual cerrado y menos disculpable dogmatismo, pretenden imponer en nuestra patria nuevos patrones extranjeros.
Otras figuras del liberalismo español han preconizado después la propiedad social como más conveniente que la privada en muchos casos para sustentar la democracia. Entre ellos destacan el catalán Pi y Margall, uno de los políticos más medularmente españoles del siglo XIX y un clásico de la lengua castellana, que ponía los derechos del trabajo por delante de los de la propiedad y cuyo respeto fundamental por la libertad le empujaba hacia un comunalismo mutualista y federal afín al proudhoniano como meta ideal; y Costa, el gran aragonés entusiasta del colectivismo agrario, uno de los fundadores de la Institución Libre de Enseñanza.
No es posible tratar del liberalismo español y pasar por alto la extraordinaria personalidad del andaluz Giner de los Ríos, moralista y pedagogo de acción, alma creadora de la «Institución» citada, para quien la riqueza tenía una función social en beneficio no sólo del propietario sino de todos. Entre los más destacados y consecuentes socialistas españoles cuentan algunos discípulos de Giner que fundieron la moral liberal de su maestro con las concepciones económicas del socialismo.
Es preciso acabar terminantemente con la falsa incompatibilidad entre liberalismo y socialismo. No hay ninguna contradicción entre ambos (por lo menos no debe haberla para un español) aunque algunos hablen doctoralmente de ella. Libertad, democracia y socialismo no solamente no son cosas incompatibles entre sí, sino que las tres se complementan y cada una es consecuencia natural de la anterior.
Para mí la concepción política democrática del socialismo va a la par de la económica e indisolublemente unida a ella; hasta el punto de no admitir la aplicación del adjetivo socialista a ningún estado o sociedad -cualesquiera que sean sus estructuras económicas- en que los individuos no gocen plenamente de todos los derechos y libertades ciudadanas. Donde no hay libertad, donde no impera la democracia, no puede haber socialismo8. Es más, estas libertades y estos derechos han de ser en cualquier régimen socialista mayores y más completos que en el más liberal de los estados burgueses, porque el socialismo, con su justicia económica, debe enriquecer y hacer más efectivas las virtudes de la democracia política. Un régimen socialista al que se haya privado de sus esencias humanistas podrá dar una estructura económica no burguesa (capitalismo de Estado, comunismo autoritario, etc.) pero nunca será verdadero socialismo.
Este era el espíritu de los fundadores del socialismo español, tanto obreros como intelectuales (el tipógrafo gallego Pablo Iglesias -que en 1921 rechazó el carácter antidemocrático del bolchevismo-, el médico leonés Jaime Vera, el vasco Meabe, fundador de las Juventudes Socialistas...). Y el de sus inmediatos sucesores como el madrileño Besteiro, en quien se unen las enseñanzas de don Francisco Giner con el marxismo democrático austroalemán, y el andaluz de los Ríos, otro «institucionista», autor de «El sentido humanista del socialismo».
En ocasión memorable para la historia del socialismo español, dijo Lenin a don Fernando de los Ríos, que salió de la entrevista espantado: «Libertad, ¿para qué?». Pocos lustros después, si ambos hubieran resucitado, nuestro compatriota, señalando la inmensa cauda de crímenes e infamias dejada por Stalin a su muerte, podría haber respondido: «para evitar eso». Y tal vez el gran Vladimiro Ilich (otro profeta fallido9) no hubiera sido ahora el menos horrorizado.

El socialismo español es el fruto natural, en el ambiente político y económico del siglo XX, del pensamiento y las aspiraciones de nuestro liberalismo del XIX; el cual, al mismo tiempo que adoptaba con entusiasmo los avances de la Revolución francesa, se declaraba heredero de las viejas libertades españolas. No forzamos la interpretación de la historia si afirmamos que los socialistas españoles debemos constituir el eslabón actual de esa magnífica cadena de tradiciones democráticas forjada con dificultades y dolores sin cuento por el pueblo español, entre las que destacan creaciones tan auténticas y valiosas como el concejo abierto y el municipio; las comunidades de Castilla y Aragón; el árbol de Guernica y las repúblicas vascongadas; la incorporación voluntaria de éstas, con sus fueros por delante, a la corona de Castilla (uno de los acontecimientos de más alta significación de la historia de España); las Cortes; la confederación catalanoaragonesa (tal vez la más enseñadora de todas nuestras viejas instituciones políticas) que, adelantándose a los modernos estados de estructura federal, señaló camino autóctono para la constitución de la España (o Iberia) de todos sus pueblos; rumbo desgraciadamente torcido después por azares de la historia...
Liberalismo y socialismo son, pues, para nosotros, socialistas españoles, etapas sucesivas de un mismo camino, de ese largo, difícil y doloroso camino hacia una humanidad mejor que nunca acabaremos de recorrer, juntos con los liberales hemos andado la primera; solos, si no nos siguen, estamos dispuestos a continuar la marcha, sin retroceder ni cambiar el rumbo.
*
Si el liberalismo en algunos lugares se ha desviado de sus originales rumbos españoles para convertirse en una doctrina político-económica que defiende los derechos de la propiedad y la empresa privadas a extremos con frecuencia reaccionarios, el socialismo europeo es claramente humanista, e inconcebible de otro modo como más alto concepto de la sociedad humana formado a partir de la razón griega y el espíritu fraternal cristiano, los dos grandes cimientos intelectuales y morales de nuestra civilización. La fe en el hombre, en su razón y en su dignidad, que han sido los rasgos fundamentales de la actitud del europeo ante la vida, son también los fundamentos del pensamiento socialista. Y de hecho el socialismo europeo, desde los precursores premarxistas hasta nuestros días, ha sido medularmente humanista. Humanismo (estudiado por de los Ríos en su libro antes citado) que ya hemos encontrado en los fundadores del socialismo español, y que está vivo en toda la gran corriente del pensamiento socialista en Europa. Bástenos citar el nombre de Jean Jaurés, tomado entre los de otros muchos pensadores y hombres de acción igualmente significativos.
En cuanto a Marx, siempre he querido ver en el trasfondo de su pensamiento el latido de un humanista. Que tal ocurre realmente es lo que Erie Fromm (socialista americano de buena ley) opina en su reciente obra «Marx y su concepto del hombre»10. El socialismo de Marx se propone librar al hombre de todas las cadenas económicas y —22→ sociales, no la implantación de un comunismo gregario. Es muy significativo el hecho de que las concepciones dictatoriales, y aun despóticas, del socialismo surjan en la Rusia autocrática de los zares y se apoderen de un pueblo apenas salido de medioeval servidumbre; que después triunfen en China y, contra doctrinas y predicciones, se extiendan preferentemente por los países menos cultos y desarrollados; y que precisamente sean los europeos los partidos comunistas de tendencias más liberales.
En esto, el socialismo español, con sus características peculiares (entre ellas su gran pulcritud moral, sólo empañada a última hora por algunos advenedizos), ha sido siempre europeo. Y el humanismo europeo, obra en parte de preclaros espíritus e ingenios de España, es el camino hacia el socialismo que los españoles hemos de transitar, con nuestro propio paso y nacional talante.
*
Uno de los gritos clásicos en la lucha tradicional de los obreros contra el capitalismo burgués (el sistema económico de los países llamados «socialistas» es, fundamentalmente, capitalismo de Estado) ha sido el de «¡abajo las fronteras!», que más de una vez, en nuestros años mozos rayanos con la infancia, oímos en mítines y manifestaciones socialistas y anarcosindicalistas, especialmente en las del primero de mayo; grito revolucionario, versión popular de aquel «¡proletarios de todos los países, uníos!» que en la segunda mitad del siglo XIX retumbó en toda Europa al paso del «fantasma del comunismo».
No dudaban quienes entonces querían una auténtica paz universal, ni dudamos quienes persistimos hoy en el empeño, que la abolición de las fronteras estatales era un paso gigantesco hacia la hermandad de todos los hombres que en el mundo viven de su trabajo. Por eso tal grito era unánimemente coreado por socialistas y anarquistas, y aun por muchos liberales; como también lo fue en tiempos de Lenin por los hombres de la III Internacional que aclamaron su famoso llamamiento por una «paz sin anexiones ni indemnizaciones» basada en la «autodeterminación de los pueblos democráticamente expresada»11.
La supresión de las barreras fronterizas por libre voluntad de los ciudadanos siempre ha sido considerada por los socialistas como una condición fundamental para la paz definitiva entre los pueblos.
Hoy, entre las muchas aberraciones que la actual crisis del mundo nos ha hecho presenciar, contemplamos, sin asombro porque ya estamos curados de toda clase de espantos, el fomento de menguados sentimientos nacionalistas en nombre de la paz y del socialismo. Para combatir viejos imperialismos en agonía, cuando no yacentes bajo epitafios históricos (aunque más parece que por defender otros de nuevo cuño), se azuza a unos pueblos contra otros, se atizan odios raciales y fanatismos religiosos (iberoamericanos contra yanquis, negros contra blancos, islamitas contra judíos...) y se atacan y sabotean esfuerzos encaminados a superar viejos rencores y unir libremente a los pueblos dentro de más amplias fronteras (como la unión europea ya en marcha, la Alianza para el Progreso12 y la proyectada unión iberoamericana).
A este género pertenecen algunas de las opiniones que ahora se manifiestan contra el ingreso de España en una Europa unida, expuestas por plumas en apariencia obedientes, más que a seria y espontánea reflexión, a mal entendida disciplina revolucionaria. Escritores que nos recuerdan a aquellos que, años atrás y por igual motivo, cantaron encendidas loas al entonces semidiós del Cremlin; a quienes corearon las acusaciones de los famosos procesos de Moscova, sobre cuya tenebrosa realidad ha arrojado luz Jruschiov, audaz revelador de tremendas verdades; y a los que injuriaron con furor a Las Españas porque algunos de sus editores mostramos simpatía por Tito cuando, a la cabeza del comunismo yugoslavo, se enfrentó a Stalin para impedir el avasallamiento político y la explotación económica de su pueblo por el gobierno de la U. R. S. S., proeza que hoy comienza a verse en su alcance histórico. Estos intelectuales que, creyendo cumplir superior deber revolucionario -pasamos por alto otras plumas sometidas a más mezquinos intereses-, escriben con obediencia a un partido, harían bien en no olvidar que ante el lector de buena fe, a quien el escritor se debe sobre todas las cosas, su primera obligación es decir lo que en verdad piensan y sienten. Y si esta obligación no siempre es exigible, porque no todos ni en todo momento tenemos madera de héroes, antes que la mentira está el silencio, el digno silencio de Pasternak, que se abstuvo de escribir o se dedicó a traducir honradamente a los clásicos por no cantar alabanzas al tirano. Y en cuanto a lo de servir a la revolución -revolución que merezca ser servida-, hace ya mucho tiempo que concluimos esto: nada hay más revolucionario en la labor de un intelectual que proclamar la verdad en un ambiente de errores y mentiras.
Claro está que, como repetidamente ha ocurrido en ocasiones pasadas, tales escritores cesarían sus ataques a la unión europea, y aun trocarían con piruetas «dialécticas» su oposición en aplauso, si así lo dispusiera su partido por convenir a los intereses de la política internacional a que éste en último término obedece. Ello dependerá principalmente en nuestro caso del resultado de las discusiones que, mientras escribo estas líneas, sostienen en Moscova los rusos con los comunistas chinos, por un lado, y con los enviados de Londres y Washington, por otro.
Las contiendas entre estados que reiteradamente han asolado a Europa y sobre todo la última guerra -decían los socialistas en la tercera década del siglo en curso- fueron provocadas por los antagonismos entre las oligarquías capitalistas de las grandes potencias. La desaparición de las fronteras estatales con la unión de las naciones suprimirá las guerras internacionales; acabará además con los nacionalismos reaccionarios que siembran la confusión entre las clases trabajadoras y hará ver a éstas dónde están sus verdaderos enemigos. El día en que las naciones de Europa se federen no se podrá presentar al obrero francés como enemigo del alemán, ni a éste de aquél, sino que uno y otro se enfrentarán juntos al explotador común. La fuerza de los proletarios unidos sin fronteras será sin duda mucho mayor, y mayores serán sus posibilidades de triunfo. Así razonaban entonces, en buena doctrina, quienes entre las dos guerras se esforzaban por servir a la causa universal de la paz y del socialismo.
Ahora, el panorama mundial es muy diferente al de entonces. Los viejos imperios se han derrumbado, y las que ayer eran colonias son hoy nuevas naciones independientes (mientras que otras que fueron libres -Polonia, las naciones bálticas, Checoeslovaquia, Hungría, etc.- se hallan convertidas en satélites de la U. R. S. S. o incorporadas a ella). China, el pobre gigantón esclavizado, se yergue con arrogancia, desafía a los antiguos dominadores y ataca a sus vecinos transformado en agresivo coloso. Las naciones de Europa se dan cuenta de que sus guerras en el viejo solar eran luchas fratricidas (y aun suicidas) y, rehechas de la última, las más libres y vigorosas inician con ventura un renacimiento de la gran familia. Las mejoras que los trabajadores de Europa pedían hace un par de generaciones están ya rebasadas, la democracia política impera en los países más avanzados de occidente y la justicia económica progresa en ellos manifiestamente. El mundo en su conjunto ha experimentado en medio siglo transformaciones políticas, sociales, económicas y técnicas que han superado las más audaces previsiones. Los últimos adelantos científicos proporcionan al hombre portentosas máquinas que tanto pueden servir para elevarlo a alturas antes inconcebibles como para la total aniquilación de la especie.
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En estas condiciones, ¿qué deben hacer hoy los españoles, y especialmente los socialistas?
Ante todo abrir bien los ojos, examinar con suma atención la realidad presente, recapacitar sin prejuicios sobre todo lo acaecido, ponerse al día y prepararse para obrar en el inmediato futuro con más acierto que en el próximo pasado.
—23→El importantísimo papel que en esta trascendental tarea corresponde a las nuevas generaciones me viene preocupando desde hace mucho tiempo (por lo menos con anterioridad al día en que, años atrás, un conocido ex ministro socialista acogió con escéptica sonrisa a los compañeros de inquietudes que le presentaron el tema como, ya entonces, de la mayor importancia); porque los viejos grupos se están extinguiendo, en parte principal por ineluctable razón biológica y también porque lo que queda se muestra incapaz de evolución.
Quien lee sus escritos o establece diálogo personal con los jóvenes españoles de pensamiento socialista queda convencido de que comprenden claramente la necesidad de renovar a fondo el socialismo español para ponerlo a la altura de su misión. Pero los generosos esfuerzos que muchos de ellos hacen por sacarlo del atolladero en que languidece pueden resultar vanos por tomar las más veces equivocados rumbos políticos que en el pasado ya condujeron al fracaso y llevarían de nuevo a él. Corren estos jóvenes grave peligro de caer en las viejas órbitas, de cerrarse en los viejos dogmatismos, aparentemente renovados. Quieren contemplar otros panoramas, desde los mismos oteros; visitar otros lugares, transitando los mismos caminos; buscan nuevos metales en filones agotados. Alguno, deseando reforzar su fe... se acerca a maestro desanimado.
Un grupo de los más estudiosos trata de avanzar en la historia notoriamente armado de doctrinas ya superadas, sin reparar en que una herramienta inservible es lastre para quien con ella carga. ¿Es que la Europa de 1963 es la del «Manifiesto comunista» de 1848?, ¿o la de «El Estado y la Revolución» de 1917? ¿Por qué, pues, empeñarse en examinarla con criterios nacidos en tan pasadas circunstancias y adecuados a ellas, cuando no en aplicar sin más las fórmulas de entonces?
Porque no sirve modernizarse a medias reparando viejos y anticuados instrumentos. El momento exige una actitud más profundamente renovadora, en verdad revolucionaria: es preciso utilizar los nuevos; y aun crearlos, si no existen los necesarios.
La razón y el sentido práctico nos mandan aprovechar todo lo útil; y fundir los hierros viejos, que en su día fueron valiosas máquinas, para convertirlos en nuevo y mejor acero. Mandato inexorable que la realidad nos dicta a todos los españoles, que los jóvenes sin prejuicios deben comprender tan bien como los maduros cargados de experiencia, y unos y otros cumplir con las facultades y los bríos propios de la edad.
Aquí, en esa obra creadora, que debe comenzar por retirar muchos ídolos de sus viejos altares para depositarlos en los museos de la historia, es donde más se necesita el empuje y el entusiasmo de la juventud.
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Hecho que observo con alarma en algunos nuevos socialistas, más escasos de vigor moral que sobrados de ideas, es un dejar de lado, como cosas sin importancia, los principios y los fines del socialismo mientras se enfrascan en discusiones más o menos bizantinas en torno a la mejor interpretación de textos y teorías sobre la evolución de las sociedades humanas y el advenimiento del socialismo; como si se tratara de sagradas escrituras y fuera ofensa al nombre de Dios contradecir a sus autores. Lo único sagrado, si queremos aplicar esta palabra al vivir de los hombres, es el respeto a esos principios morales que no son de ayer, de hoy o de mañana, ni pasan de moda porque tienen valor perenne, mayor y más alto a medida que el ser humano se eleva y más se diferencia de las bestias.
GUERNICA: Casa de Juntas (Batzar-Etxia)
Principios y fines. A ellos es deber atenerse. Aquí es donde hay que hacerse fuertes. Lo otro, los procedimientos, el proceso... cuestión de ingeniería política, en otro lugar se dice, que, como toda ingeniería, no se concibe rígida, inmutable y dogmática, sino flexible, cambiante y adaptada a las condiciones específicas para que el ingenio creador pueda sacar en cada caso el mayor provecho de las realidades (físicas, económicas y sociales) que le son dadas. En esto (en la flexibilidad de los procedimientos políticos, no en los principios morales) los españoles, excesivamente inclinados a confundir la política con la teología (olvidemos por ahora la picaresca), tenemos no poco que aprender del pragmatismo anglosajón, de esos ingleses por quienes don Antonio Machado mostraba un respeto que yo he tardado mucho en comprender.
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En opinión hace tiempo formada en el seno de Las Españas -con la enconada enemiga de los furibundos de unos y otros antis que dan calor a la «guerra fría»-, el mundo necesita una síntesis de las concepciones y logros de ambos bandos antagónicos (Ya está aquí el «pastel» de los eclécticos, dirán al punto tales furibundos). Cosa nada ecléctica, si por eclecticismo se entienden las medias tintas, el quedarse a mitad de camino entre lo uno y lo otro, la verdad a medias, no pocas veces peor que la mentira; sino fusión o combinación fecunda de lo que en unos y otros pueda haber de válido, que vitalmente conjugado tendrá validez mayor que la de una simple suma; y rechazo de cuanto en cada lado haya de negativo. Síntesis que si antes convenía al progreso, las armas de aniquilación en masa imponen ahora ineludiblemente por razones de mera supervivencia. Proceso de síntesis, repito, cuya primera etapa es la pacífica convivencia, que no paz infame impuesta por el terror.
Los llamados estados capitalistas de occidente, con los Estados Unidos a la cabeza, no son hoy tan burgueses como nos los presenta el Cremlin, y menos aún Pequín; ni tanto como lo eran hace cincuenta años. Las intervenciones del estado democrático en la economía nacional, desde los impuestos que en algunos casos rebasan el 80% de los beneficios del capitalista hasta la legislación sobre el trabajo, son tan grandes que muchas de las antiguas reivindicaciones de los socialistas están incorporadas en las leyes y en las concepciones políticas del hombre común, a pesar de que la palabra socialismo todavía es tabú para muchos. Todos estos progresos de la justicia económica en los países más avanzados del mundo occidental no se han realizado por fácil triunfo del buen sentido, ni menos por generosa cesión de privilegios. No pocos se deben a que, con la Revolución rusa, el capitalismo le ha visto las orejas al lobo y ha preferido retroceder inteligentemente a obstinarse en una cerril reacción a la larga catastrófica. Las tremendas privaciones despiadadamente impuestas al pueblo ruso por sus dictadores no sólo han dado frutos en su patria, sino también en las naciones occidentales. El martirio de los rusos nos ha servido a todos. Este pueblo, cuyo profundo espíritu cristiano veía con penetración Machado, ha hecho -o mejor dicho: le han obligado a hacer- de Cristo redentor de la humanidad entera.
El ruso por su parte, que nunca renunciará a las legítimas conquistas de la revolución de las que se siente orgulloso, como fruto de su esfuerzo, desea paz y libertad. El intelectual, científico o literato, nieto de Tolstoi o Dostoievski —24→ o hijo de Pasternak, llámese Evtuschenco o Voznesenski, el artista mira a occidente ansioso de libertad. El ciudadano soviético, descendiente de los hombres que hicieron la revolución, sea intelectual o trabajador manual, joven o viejo, ex combatiente o no de la guerra mundial, conozca los campos de trabajos forzados estalinianos sólo por referencias o haya vivido, como el matemático y escritor Solyenitsin y tantísimos otros, su trágica realidad, ama la paz. No esa paz de ciertos congresos belicosos donde se condenan los estallidos de diez megatones, si son yanquis, y se aplauden los de cien, si son rusos, sino la paz pacífica -que a tan perogrullescas redundancias nos obliga la degradación del lenguaje por la propaganda de masas-, paz fraternal, que es la paz de Cristo y del socialismo.
De lo que sobre la paz acuerden Jruschiov y Kennedy en las negociaciones iniciadas en Moscova por sus representantes está hoy pendiente el mundo entero. Queremos creer que ambos, muy distanciados ideológicamente, se encaminan hacia esa conjugación de antagonismos que la historia impone. El primero tiene bien ganados méritos desde que, con transcendental decisión, reveló las infamias de Stalin y de manera airada sacó su momia del sagrado recinto que alberga a la de Lenin, hazaña aún no bien ponderada, y gran paso hacia la verdadera liberación del pueblo ruso; el segundo, mayor estadista que sus inmediatos antecesores en la presidencia de los Estados Unidos, parece contar con el apoyo de lo más valioso de su nación.
La verdad y la paz tratan de abrirse paso en el mundo, tanto entre «bloques» antagónicos como dentro de ellos.
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Pero el crisol indicado para esa fusión de la libertad, la razón y la dignidad, apreciadas sobre todo por el hombre occidental, con la propiedad social de los medios de producción y la solidaridad en el trabajo de los soviéticos, que producirá un auténtico socialismo, está en Europa; por muchas razones históricas, entre otras la de haber concebido y predicado la idea originalmente. No se puede ignorar, porque tiene profunda significación, el hecho de que mientras muchos americanos son enemigos de la U. R. S. S. porque la identifican con el socialismo, millones de europeos se oponen a ella por considerar que la dictadura cremliniana es incompatible con la democracia socialista.
El socialismo, contra lo que algunos afirman, no está en quiebra, sino en continuo progreso. «Ya ve usted -dicen estos reaccionarios-, cada día lucha menos gente por las reivindicaciones socialistas. Los mismos jóvenes rusos quieren modificar su sistema por uno más liberal». A lo que debemos responder que si muchas de las viejas reivindicaciones socialistas han dejado de reclamarse es porque en los países social y económicamente más adelantados ya están implantadas (¡Dios nos dé muchos de estos fracasos!); y lo que los jóvenes rusos quieren modificar, en busca de mayor libertad, no es lo que su gobierno tiene de socialista, sino lo que de tal precisamente no tiene. El capital en aquellos países, lejos de concentrarse en manos de pocos burgueses cada vez más ricos -como predijo Marx-, se les escapa de ellas, bien por los impuestos y otros medios de distribuir la riqueza, bien por la nacionalización de importantes sectores de la economía; y los trabajadores, en vez de sumirse en creciente miseria, alcanzan más altos niveles de bienestar con menos trabajo.
En Iberoamérica, a pesar de la cerril oposición de las oligarquías reaccionarias, se abren paso fuertes corrientes renovadoras que pretenden cambios de las estructuras económicas, no pocas veces con tendencias socialistas (nacionalización de las minas, el petróleo y algunas industrias básicas, bancos estatales, formas no burguesas de tenencia de la tierra por los campesinos, etc.). Y en los países más atrasados, recién nacidos a la independencia, sus nuevos gobiernos tratan de encauzar la economía por vías más o menos socialistas. Para algunos de ellos la independencia nacional -según declaraciones de sus propios líderes- no ha sido más que el primer paso hacia el socialismo.
Hasta la Iglesia defiende hoy como cristianas muchas de las reclamaciones tradicionales de los socialistas; para lo cual no ha tenido que apartarse de los Evangelios, sino atenerse con mayor fidelidad al espíritu de éstos.
El nuevo fantasma del hambre que se columbra en el futuro de la humanidad no parece estar escondido en las estructuras económicas y sociales sino en el crecimiento demográfico; y habrá que ahuyentarlo más que en los sindicatos y en los ministerios de la economía en los de instrucción pública y sanidad.
Vistas así las cosas, la unión europea está llamada a ser un factor de primer orden en el proceso de una síntesis socialista.
Comenzada, sobre el buen cimiento de la reconciliación francoalemana, con reducidos límites, la Europa unida debe extenderlos gradualmente hasta incluir a todas las naciones de su ámbito geográfico, en el mejor de los casos desde Irlanda hasta Rusia. Y desde luego una Europa sin España sería una Europa gravemente mutilada, algo así como una España sin Cataluña o Andalucía (harto rota está ya Iberia por la frontera portuguesa). No podemos concebir una federación de las naciones europeas que excluya para siempre a nuestra patria.
Tampoco es posible contemplar a Europa conformada definitivamente por de Gaulle y Adenauer, y con los únicos rumbos políticos que el patriota francés le señale. La Europa que algún día gobiernen los socialistas no será ciertamente igual a la de sus actuales dirigentes. Y la creación de una unión europea democrática aumentará indudablemente las posibilidades del socialismo europeo sobre las de otra dividida y con importantes fragmentos reaccionarios. Ayudemos, pues, a formar una Europa democrática unida; y procuremos realizar en ella los ideales socialistas. Tal es hoy el primer deber internacional del socialismo europeo, «piedra fundamental en el edificio del socialismo mundial».
Además -y para muchos esto es lo más importante-, la Europa unida a que desde el primer momento se aspira no es solamente un mercado común. Éste ha sido el comienzo más eficaz y hacedero que se ha encontrado para llegar a algo de mucha mayor transcendencia económica y moral. El propósito de sus fundadores ha sido sentar las bases de una gran Europa que, sin perder su puesto de vanguardia en la técnica, responda en lo posible a sus ideales humanistas, y pueda irradiarlos de manera pacífica a los otros continentes (En esto los socialistas hemos sido y somos los primeros europeístas). El porvenir político, económico y cultural que, dentro de ella y en el ámbito mundial, se ofrece a una Europa unida en paz no puede ser idealmente más esplendoroso. Lo que en realidad se logre, es cuestión de los propios europeos... si las máquinas infernales, por su genio inventadas, no dicen antes la última palabra en Washington o Moscova.
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Si en principio todos los socialistas debemos apoyar la unión de los pueblos de Europa en un gran estado democrático, que para respetar la personalidad de cada uno de sus integrantes ha de ser federal, el ingreso de España en ella ofrece claras ventajas para nosotros -es decir para los intereses de la gran mayoría del pueblo español- que debemos tener muy en cuenta.
En primer lugar, la España franquista no puede ser admitida en una unión europea democrática -sola unión europea que nos interesa. Toda labor encaminada al ingreso de España en dicha unión implica, pues, una acción internacional en contra de la dictadura franquista.
Por otra parte, y sin necesidad de entrar en los aspectos técnicos de la cuestión, puede afirmarse que el mercado común europeo se creó con el propósito de favorecer a todos sus miembros, de acuerdo con el criterio -para un socialista particularmente grato- de que la asociación en comunidad de esfuerzos y propósitos es beneficiosa para todos los comuneros; y que, en mayor o menor proporción para cada uno, así ha ocurrido realmente en este caso. Y no será imposible —25→ encontrar fórmulas y arreglos técnicos adecuados que también permitan el ingreso de España en condiciones generalmente satisfactorias.
Una de las armas preferidas por la reacción española para mantener al pueblo bajo su dominio ha sido el aislamiento cultural. El español común fue aislado del progreso europeo en siglos pasados y lo ha sido durante años por Franco. Hoy ese aislamiento lo han roto los miles de obreros españoles que salen temporalmente a trabajar en varios países de Europa escasos de mano de obra y los turistas extranjeros que entran en España, movimientos fomentados por el gobierno porque son importante fuente de divisas.
Nada más profundamente revolucionario para España que esa corriente de hombres y mujeres de las clases trabajadoras que entran en contacto con Europa, con sus altos salarios y seguros sociales, sus sindicatos, su instrucción pública, su prensa, sus libertades políticas y derechos democráticos, su ejército al servicio del poder civil, su tolerancia religiosa... ¿Se dan cuenta los que a la ligera hablan de la Europa conservadora y burguesa cuya compañía no interesa a España lo que para el futuro de nuestra patria suponen esos miles y miles de trabajadores desperdigados por las ciudades y campos de nuestra península después de una larga estancia en esa Europa? ¿Qué propaganda clandestina sobre la necesidad de hondas transformaciones o de una revolución en España puede compararse con este contacto real del español con las naciones democráticas más adelantadas? ¿Cómo pueden negar esos aislacionistas, africanistas -de qué África, pregunta con razón Fernández Santos-, orientalistas, o lo que sean, las ventajas que para España tendría una asociación con las naciones de Europa occidental -y mejor de toda Europa, si fuera posible- que permitiera a nuestro pueblo, al mismo tiempo que el ingreso en un mercado común, la libre relación política y cultural con ellas?
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Claro está que la incorporación de España a la unión europea no nos resolvería por sí sola todos los problemas; ni Europa nos va a ofrecer la mesa puesta para que los españoles nos dignemos honrarla sentándonos a ella.
Grande es la ayuda que una España liberada podría encontrar en las restantes naciones de la Europa occidental (moralmente en deuda con ella), como éstas la encontraron después de la guerra en los Estados Unidos. Ayuda que mucho podría contribuir a un auge económico y cultural de nuestra patria si los españoles fuésemos capaces de concertarnos para realizar el esfuerzo necesario.
Por otra parte no todo es economía en la tragedia española. Con esa tendencia en el español a bascular hacia los extremos, los jóvenes de las nuevas generaciones (que mirando varios lustros atrás perciben el exceso de oratoria de los gobernantes republicanos de 1931, más dados a pronunciar grandilocuentes discursos sobre las glorias nacionales, los teólogos españoles y los ideólogos de la Revolución francesa que a atacar sobriamente y con eficacia los urgentes problemas económicos y sociales del día) parecen convencidos de que todos nuestros males se pueden curar con fórmulas técnicas a base de hectáreas, kilovatios/hora, mm/año de precipitación pluvial, índices demográficos, ingreso per cápita y otras cantidades de sustancial significación económica. Sin desconocer la importancia de tales fórmulas (sería negar mi propio oficio y única base de sustento, muy ligado a la regla de cálculo y totalmente ajeno a la tribuna del orador) y alérgico a la retórica parlamentaria, me parece gravísimo error confiar excesivamente en ellas. Nadie ignora que el uso de la técnica es hoy fundamental en toda labor de gobierno -y de gobernar bien, llegado el día, se trata-, que los asesores técnicos son indispensables al político; pero el oficio de éste y su papel rector son insustituibles.
Hay problemas políticos, de los que depende la vida misma de España, cuya solución no encontraremos en ninguna fórmula técnica porque únicamente podrá hallarse en el espíritu y la razón de los españoles. Tales, entre otros, el de lograr la convivencia ciudadana y la tolerancia religiosa con ella íntimamente relacionada, y el de dar al estado una estructura adecuada a la naturaleza de la nación española.
Del primero de ellos viene ocupándose persistentemente Las Españas desde que por primera vez lo planteó ante la indignación de muchos y la aprobación de los menos. Su solución está tan lejos de los aferrados al rencor y los obstinados en su única y absoluta razón cuanto de los del «borrón y cuenta nueva» y el «aquí no ha pasado nada».
Lo uno, porque, sin ignorar que también hemos sido víctimas de fuerzas extranjeras, sin olvidar crímenes y felonías, ¿quién, en nuestra catástrofe, puede sentirse libre de culpa, siquiera sea por error u omisión?, puesto que como ciudadanos no podemos inhibirnos ante los males de la patria. Quienes por una causa y quienes por otra, unos más y otros menos, todos somos culpables; incluso los que pusieron tierra o mar por medio, entre su persona y el solar en llamas, que aquí la huida tampoco y menos vale. Ya lo dijo hace tiempo la Revista: los males que afligen a España son la consecuencia de una larga cadena de errores colectivos y nadie tiene el derecho de sacudirse la parte, grande o pequeña, que en ellos le corresponda para descargar toda la culpa sobre las espaldas del adversario.
Lo otro, porque tan desorbitada ha sido nuestra trayectoria nacional, tanto y tan grave lo acontecido, tan horrenda la tragedia que, siquiera por respeto a las víctimas más generosas de ella, porque su sacrificio no haya sido estéril, lo menos que podemos hacer es aprender las tremendas lecciones que la historia nos ha dado.
La segunda cuestión fundamental a que me refiero en este punto era ya (por curiosidad heredada) objeto de mi atención cuando, en 1948, preparé para los «Suplementos de Las Españas» la primera edición de «Las nacionalidades españolas», y desde entonces no he cesado de ocuparme de ella, la mayoría de las veces en trabajos editados por la Revista. A ellos remito al lector particularmente interesado13, limitándome aquí a enunciar sus conclusiones más importantes:
España, o Iberia, no es una nación homogénea, sino una comunidad o familia de pueblos con caracteres comunes pero con personalidad propia cada uno de ellos, a ninguno de los cuales corresponde el calificativo de español con mayor razón que a cualquiera de los restantes. Todo fuero constitucional democrático auténticamente español tendrá que basarse en el reconocimiento de esta realidad nacional. La fórmula política que dentro de un estado armoniza la unión con la variedad es el federalismo. Si hay alguna nación en el mundo llamada por su geografía, su tradición, su cultura y el carácter de sus hombres a constituir un estado de estructura federal firmemente trabada, ninguna más que España. En principio y como base para la descentralización administrativa y la constitución federal se considerarán las regiones o pueblos tradicionales: Galicia, Asturias, León, Extremadura, Andalucía, Castilla, La Mancha-Toledo (viejo reino de Toledo o Castilla la Nueva), País vascongado o Euzcadi, Navarra, Aragón, Cataluña, Valencia, Murcia, Islas Baleares e Islas Canarias (Si algunos de éstos quisieran unirse para formar una sola entidad, a sus ciudadanos, y solamente a ellos, correspondería decidir). |
La constitución federal deberá tener sus puertas fraternalmente abiertas a Portugal, sin cuya integración en la familia hispánica el nuevo estado no podría llamarse con plenitud España (o Iberia). El federalismo es también la fórmula política teóricamente aceptada por los socialistas para la integración nacional de los pueblos de España; aunque en 1931 el Partido socialista español cometió el grave error de no tomar una actitud clara y firme en este punto. En lugar de defender decididamente los derechos autonómicos de todos los pueblos hispánicos y la igualdad política entre ellos dentro de una estructura federal de la república (por menospreciar la importancia del asunto y considerar —26→ que lo único interesante para el socialismo era la lucha de clases), los socialistas españoles fueron entonces a remolque de los republicanos con aquella híbrida solución de los «estatutos» regionales. Esta falta de visión del problema fue la causa del fracaso del Partido socialista español en Cataluña, a pesar de ser ésta la región más industrial de España, donde la cuestión nacional determinó el crecimiento del P. S. U. C., apoyado por Moscova, cuyas filas engrosaron miles de catalanes que creyeron encontrar en él el partido socialista que Cataluña necesitaba, muchos de los cuales lo abandonaron después, al darse cuenta de que más que un partido catalán defensor del socialismo y vínculo de unión con los demás socialistas españoles, era mero instrumento de la política del Cremlin. La falta de un vigoroso pensamiento federal en el socialismo español determinó también que muchos vascos de pensamiento socialista no hayan sido atraídos por él y se hayan incorporado a otros partidos, menos socialistas, que han tenido en cuenta sus sentimientos nacionales.
Un gran partido que realmente quiera unir a todos los socialistas españoles ha de estructurarse como federación de partidos socialistas de los diversos pueblos de España (o de Iberia, que tanto vale uno como otro nombre), autónomo cada uno de ellos en su vida interna y disciplinados todos a los órganos federales en los asuntos de transcendencia española o internacional. Unión socialista ibérica en la que desde al primer momento deben tener un puesto señalado los hermanos de Portugal14.
El mismo criterio deben aplicar los socialistas en la concepción de una gran Europa como federación democrática de todas las naciones europeas, muchas de ellas (Alemania, España, Suiza, Yugoslavia...) integradas a su vez en forma federativa.
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Nuestro futuro europeo no consiste en recibir pasiva y unilateralmente. También, y no poco, España puede aportar a Europa.
El derecho de gentes, la paz y la concordia entre las naciones son asuntos que siempre interesaron a los mejores espíritus de España. Ya en el siglo XVI insignes humanistas españoles (el valenciano Juan Luis Vives, el vasco Francisco de Vitoria, el andaluz Francisco Suárez...) descollaron en la cristiandad por sus doctrinas fundadas en tales principios. Y en los últimos años, antes de que la idea de la unión europea comenzara a cristalizar en realidades, entre los escritores que de manera distinguida han contribuido con su pensamiento o su diligencia a la concepción intelectual de Europa o preconizado su unión política figuran dos compatriotas de internacional renombre: el madrileño Ortega y el gallego Madariaga, que sigue actuando en los círculos europeístas.
Hoy, además de enriquecer el conjunto de su economía y su cultura con la contribución de un pueblo de tanta vitalidad, capacidad intelectual y genio artístico como el español, Europa recibiría de España un gran refuerzo de energía espiritual. Se ha escrito muchas veces que el pueblo español guarda parte importante del tesoro moral de la humanidad, y creo que es cierto. En mi parecer, la famosa exclamación «¡qué cultos son estos analfabetos españoles!» elogia en el fondo, más que la sabiduría popular, la integridad moral del español. Energía espiritual y fibra moral de que otras naciones más cultas, ricas e industrializadas no andan, en apariencia, muy sobradas.
Por último, Iberia tendrá especialmente reservada en la unión europea una honrosa e importante misión. Así como Francia, debido a una inteligente política colonizadora cuyos mejores frutos se han puesto de manifiesto con la independencia de los países coloniales, es el gran lazo de unión, cultural y económica, entre Europa y las nuevas naciones del África negra de lengua francesa, y las del Magreb; e Inglaterra, con América del Norte y muchos países de otros continentes; la historia ha designado a los pueblos de la Península ibérica como puente europeo con las naciones iberoamericanas. Grandioso conjunto de pueblos de lengua hispánica (castellana y portuguesa) cuya unión económica y política (otra de las grandes federaciones en que ha de constituirse el mundo) los españoles debemos estimular con cariño y ayudar con desinterés.
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(Viene de la pág. 17)
OÑAZEZ | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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GANBOA tar'Jokin
CON DOLOR | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
(Versión castellana) | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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Joaquín de GAMBOA
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Lector amigo (conocido o desconocido, de cualquier punto de España o del destierro): Las Españas atenta a percibir la opinión de nuestro pueblo en la apreciación de sus problemas fundamentales y propicia al diálogo con todo compatriota de buena fe, recibirá con interés tus comentarios sobre lo que has leído en estas páginas.
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Cine
Por Juan ARANA
Desde el último aparecer de esta revista ha transcurrido un largo lapso en el cual el cine español de fuera de España ha obtenido más de una mención internacional. Dos vale la pena señalar: la correspondiente al escándalo «Viridiana», de Buñuel; y la silenciada, que no silenciosa, «En el balcón Vacío», de García Ascot. De la cinta de Luis Buñuel, nada vamos a decir, por ahora. Más interesante nos parece comentar el «film» de José Miguel García Ascot que ha obtenido, entre otros, el Premio de la Crítica del Festival de Locarno.
Para aquellos que con justificada razón desconfían del valor de los premios que se otorgan en los «festivales», valga un pequeño paréntesis a guisa de información.
Harto sabido es que la mayoría de estos «festivales» cinematográficos, que se celebran en balnearios o ciudades más o menos importantes, cumplen la función, tácita o expresa, de plataformas publicitarias para las producciones que en ellos se presentan. Flujo y reflujo de figurines y figurones, con sus correspondientes séquitos de publicistas, fotógrafos, vividores y retrasados mentales. Luces y fiestas, escandalitos y premios adjudicados generalmente por motivos extracinematográficos. Quizá, y como excepción a la regla consabida, el Festival de Locarno se puede catalogar como el más serio de los que se efectúan en el mundo, y dentro de él, el galardón más importante para un cineasta es el que concede la crítica internacional especializada. Es este trofeo, el de la Crítica, el ganado por García Ascot en Locarno.
El nombre de García Ascot debe de ser muy poco conocido en España. Resaca de la guerra civil, niño entonces, ha contado con muy escasos medios para producir su película. Con una pobre cámara, un fino argumento de su mujer, María Luisa Elío, y la excelente colaboración de José María Torre como fotógrafo, se hizo «En el Balcón Vacío». Ayudados por amigos y simpatizantes consiguieron localizaciones y un poco de dinero para completar gastos. Y al paso de un año largo, durante el cual dedicaron los domingos a la filmación de la cinta, lograron con grandes penurias la conclusión de su trabajo. Huelga decir que todos los actores carecían de experiencia profesional y su aparición en la pantalla no requirió de remuneración alguna.
De la cinta «En el balcón vacío», de García Ascot
Aunque no sean estas exiguas líneas el lugar adecuado para intentar un análisis de los valores específicamente cinematográficos del film, sí señalaremos que, por su realización de tipo experimental, se permite una serie de «audacias» en lo formal que corresponden íntima y estrechamente a la contenida y a la vez trascendente subjetividad del relato.
Como ha dicho el mismo García Ascot: «En el Balcón Vacío», no es una cinta de guerra; nosotros diríamos que es la guerra misma, pero vista, no en la trinchera, ni en las largas peroratas pretendidamente moralizadoras o partidistas, sino en la confrontación del ojo limpio de odio de una niña con el encarnizamiento en la barbarie de la sinrazón humana. En esta confrontación de los hechos que la provocan, surge el destierro y, con los años, la nostalgia. Sin odio, sin rencor, sólo niñez truncada, juego interrumpido, miedo y muchas preguntas sin respuesta. Todo ello conforma un relato que trasciende su intimidad primaria y en elíptica trayectoria nos hace retornar a la común intimidad de todas las conciencias, de todos los hombres, en todos los tiempos.
Pues bien: esta bellísima cinta de nostalgia, no ha podido ser exhibida ni en el país donde fue realizada, ni en el país que le dio origen. En Méjico, una peculiar situación en los sistemas gremiales y de distribución no permite la proyección comercial de la cinta; y en España, donde el régimen no desea que se extingan los rescoldos del odio, no será proyectada, al menos mientras el actual impere.
La nostalgia ha sido silenciada.

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Por Isidoro ENRÍQUEZ CALLEJA
El vasto contenido y la magistral forma de tratarlo, prestaríanse a tantas críticas, por lo menos, como capítulos tiene este libro15; porque es una rigurosa revisión de valores políticos, filosóficos y literarios de los últimos tiempos. Para ser exactos: de la Generación del 98 a nuestros días; una muestra de lo que debiera ser la conciencia limpia, con vista objetiva que juzgase primero, y después planteara los más urgentes problemas partiendo de las raíces del español; apagando a los veintitantos años de la melée, el furor de los hijos de la ira y encendiendo la llama sagrada de las buenas intenciones y de los acuerdos más viables.
Estudia los temas hondos en torno al ser del español. Incluso trata antiguos mitos ibéricos -rescoldos que restan en las cuevas de algunas regiones- que dan unidad y puntos de arranque para asentar los sedimentos del alma tradicional y comprenderla mejor. Y aunque parecen independientes, están estrechísimamente relacionados: pero no resistimos el deseo de acusar los matices capitales de la hermosa estructura de esta obra, que servirán, en un futuro, como hitos para el enfoque de nuevos juicios. Porque son de antología, subrayamos los referentes al krausismo español y a la figura y significación de Joaquín Costa:
Dice Araquistáin: «Una de las características de los krausistas españoles, fue en efecto su gran moral estoica y austeridad que a veces, contradiciéndose con la vida, lindaba en lo ridículo. Yo recuerdo que un día, en una casa de las afueras de Madrid, cuyo dueño descendía de uno de los primeros krausistas españoles, bebíamos unas botellas de deliciosos vinos andaluces, cuando alguien, mirando por la ventana que daba al jardín, exclamó aterrado: ¡Que viene el señor Cossío!...»
Esta mística de la conducta, de renunciación, en cierto modo, a la alegría del vivir, más dirigía la mirada hacia el pasado -«la mística es propia de pueblos pobres», ¡como la picaresca!- que hacia los horizontes del progreso, y era ciertamente una mirada triste, asaz desconsoladora. Porque el krausismo no floreció en España a modo de filosofía -lo que posee de ecléctico casi le quitaba ese cariz- sino o un método: los krausistas, más que filósofos fueron pedagogos ávidos «ante todo de hacer santos de los españoles». Y efectivamente, esa ética «hizo muchos santos y buen número de juristas doctrinarios: pero malos políticos, políticos demasiado cándidos y confiados en la buena fe internacional».
Aquel espíritu de selección parecía ignorar que un Estado lo constituyen desde el encopetado intelectual al modesto trabajador. Por eso creemos oportunas estas palabras: «El krausismo, preocupado de la reforma del hombre y de las instituciones políticas sociales, nunca se interesó por el gran problema de España: por la reforma de nuestra economía, por la revolución industrial y agrícola del país. Yo creo que si la mitad de los pensionados por la junta o por otra Institución hubieran sido hijos de campesinos, enviados a Dinamarca, a Suiza, a los Estados Unidos y, a otros países donde la ganadería, derivados de la leche, avicultura, horticultura, etc., se explotan con la máxima eficacia, la riqueza de España se hubiera duplicado en pocos años... Enriquecimos la cabeza de la nación y nos olvidamos de su estómago...».
A Joaquín Costa -«celtíbero cuya alma alcanza más vibraciones por segundo»-, precursor de hartas cosas que aún esperan la mano que las ponga en turno, le dedica este libro uno de los análisis más claros que sobre el león de Graus hemos alcanzado a leer en mucho tiempo. Para no alargar esta deshilvanada nota, nos limitaremos, por ahora, a repetir con Araquistáin que quizás su visión política (es de Costa), la más certera de cuantos han pensado en la liberación definitiva de España, sea algún día el programa de la tercera República española.
En estas ciento ochenta y nueve páginas, que ninguna tiene desperdicio, aprendemos cómo el general Franco es descendiente de judíos conversos o marranos, que se les denominaba entonces. ¡Gotas humorísticas que dan al libro una alegría de sonrisa interior, pues lo de marrano a un vendedor de patrias, tiene tanta gracia como justicia, porque es escapar del ghetto para refugiarse en la pocilga!
Luis Araquistáin, muerto en el exilio, con este libro se nos revela como prototipo de escritor que sincroniza el dinamismo del político con la parsimoniosa profundidad del intelectual, por cómo baraja airoso los quehaceres de la calle y los de la minoría selecta. Ello invita a la meditación: estábamos habituados a ver frente a frente, como enemigos con las uñas afiladas para el zarpazo, a políticos e intelectuales. Parece que los primeros tienen la convicción de que el intelectual no «comprometido», cual se dice ahora, traiciona la causa de los menesterosos, desde su torre de marfil, y el intelectual opina que el político es un malogrado que se quedó a medio camino en la marcha de las disquisiciones elevadas.
Quienes seguimos la trayectoria socialista de Luis Araquistáin, leyendo sus artículos y ensayos, ya desde Leviatán, nunca pusimos en tela de juicio sus dotes extraordinarias que unían al político con el pensador; y si existiera duda, en nuestras manos descansa su libro para sacarnos de ella, aún aplicando una crítica de máximo rigor. Porque son años de minuciosa observación los que han gestado estas páginas serenas, de alta madurez intelectual, en las que una objetividad total preside las consideraciones sobre el momento español. El acre dialéctico que fuera Araquistáin, tórnase al final de la jornada en excelente expositor, de estilo, al par que sesudo, gracioso. Tenía razón Marañón -Cuadernos Nº39- que dijo: «Me sorprendió la profunda agudeza con que Araquistáin juzgaba y discurría sobre todos aquellos problemas, rigurosamente científicos. En nada se conoce la agudeza y el equilibrio de un hombre como en el modo de juzgar aquello que no corresponde a sus habituales conocimientos».
Se percibe en él un señorío cultural que no tenían los socialistas españoles -las escasas excepciones quedan hechas de antemano-, algunos de los cuales creyeron que la mayoría parlamentaria -¡la célebre aplanadora gravemente averiada a la hora de la gran tarea!- los aupaba a categorías insospechadas. Nuestro autor, por sobre la imaginada «prepotencia» de su partido, era un espíritu fino y un singular talento. Por eso, en el trance de las grandes verdades, —30→ el polemista enérgico, modera lo temperamental y partidista para soltar el borbotón analítico creador, fijando los juicios derivados de la ecuanimidad intelectual, para catalogar metódicamente aconteceres y personajes que otrora combatió con saña.
«Siendo yo embajador en París -copiamos para afirmar un entero carácter- todos los días venía cierto agente de la Komintern a ofrecerme no sé cuantos reinados políticos y sociales en España. Hasta que, cansado de tanta fastidiosa lisonja, tuve que acabar por decirle. No se canse usted. NI SOY MACBETH, NI CREO EN BRUJAS». Algunos antiguos camaradas suyos debieran hacer culto de esta frase para luchar por sus propios valeres, y no saltar a la palestra de los hombres interesantes con el aventón de los hombres interesados. ¡Qué uno debe conformarse con su mediocridad antes que comprometerse por un plato de falsas lentejuelas!
Con la impronta de su ser político-intelectual, en este libro desborda la capacidad admirativa de que están ayunos los que piensan que un acta de diputado es patente de genialidad. Es, precisamente, el ejemplo de El pensamiento español contemporáneo: Araquistáin está lejos de la ideología de Menéndez y Pelayo, pongamos por caso; mas la discrepancia no le tapa los ojos y ve la grandiosidad del santanderino, cuando afirma que «no pertenece ni puede pertenecer a la España de Franco, del mismo modo que esa España tampoco pertenece ni puede pertenecer a la república de las letras de Menéndez y Pelayo, que es también la nuestra». Esta actitud es privativa de los grandes hombres, sobre todo en una época que convierte en sistema la subestimación del que no milita en nuestras filas. ¡Como si quisiéramos tapar el sol con un dedo!
No sólo la vida del político, sino el libro concienzudo del intelectual Luis Araquistáin, son una lección modelo ofrecida a las futuras generaciones españolas. ¡Quiera Dios que éstas la digieran fácilmente y sepan aplicarla bien para entre todos, rehacer a España!

Toda condena dictada sin que hayan contado debidamente las garantías procesales que salvaguardan los derechos del hombre y del ciudadano, constituye un delito en el que incurren los encargados de administrar justicia, una afrenta a la dignidad de la Nación, un atentado contra el fundamento mismo de la sociedad y una amenaza a la seguridad de cuantos forman el común. Cuando la condena es a muerte y se ejecuta, constituye un asesinato, y ello, independientemente de que el acusado sea culpable o no.
Un país en el que tales hechos no provoquen indignaciones y repulsas capaces de trascender, siquiera sea en abstenciones y silencios debidamente concertados, evidencia, al menor, que no cuenta aún con minorías capaces de oponer a la barbarie oficial ni una actitud civil serena y firme ni una política reconstructora del espíritu de ciudadanía,
*
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—31→
Habla Frederic Rossif

Morir por Madrid16
Por F. BARCINO
La televisión francesa cuenta entre sus colaboradores de más destacada y singular personalidad a Federico Rossif. Sus creaciones en la pequeña pantalla, con temas tan dispares como «Cinepanorama», «La vida de los animales» o «Retrospectivas», permiten catalogarlo, en sentido estricto, como uno de los mejores cineastas naturalistas de nuestro tiempo.
Con «Le temps du ghetto», que trataba de la exterminación de los judíos de Varsovia, a cargo de determinadas unidades del ejército alemán, el realizador galo completó la serie de documentales-testimonio iniciada por su compatriota Alain Resnais, con «Guernica» y «Noche y Niebla». Es más, no obstante haber montado su película, casi exclusivamente, a base de documentos fotográficos y de fragmentos de películas de época, Rossif consiguió vertebrar y vivificar su requisitoria contra el racismo con una perfección y una intensidad raramente alcanzadas en este género de producciones.
Ahora, con «Morir en Madrid», el cineasta francés intentará relatar lo que en realidad fue, a su entender, la última guerra civil española. Démosle la palabra.
A Rossif le atraen, particularmente, los grandes temas históricos. Considera que debieran interesarnos a todos. Tratar las guerras y sus secuelas es tarea eminentemente constructiva, cree, porque marcan indefectiblemente nuestras existencias. Piensa que no es saludable que haya gente que no se sienta concernida por los grandes conflictos humanos.
No comprende por qué en torno a «Mein Kampf» y al nazismo se han rodado tantas películas y que no se haya intentado, hasta la fecha, evocar y explicar seriamente la guerra de España. Opina que «Sierra de Teruel» («L'Espoir»), de André Malraux, constituye una aportación apreciable para su entendimiento, pero que se trata de una cinta limitada a un episodio de dicha guerra.
Agradece las facilidades que le han dado las cinematecas de Londres, Berlín, París, Moscú, Nueva York y Méjico para que sus indagaciones fueran fructuosas. Nos precisa que en ellas ha encontrado las tres cuartas partes de las películas rodadas en España entre julio de 1936 y marzo de 1939.
Nos subraya que sus gestiones en los medios exiliados españoles le permitieron recoger unos tres mil metros de filmes completamente inéditos, pero que las profundas divergencias entre los principales núcleos del exilio dificultaron sobremanera su misión.
Anhela poder demostrar que la última guerra de España no es, ni más ni menos, que el resultado de todas las otras guerras españolas. Que España ha sido, durante muchos años, el teatro ideal para tal género de matanzas. Nos confiesa que uno de los testimonios que más le han impresionado fue el de Saint-Exupéry. El célebre aviador-escritor señaló que en España se estaba fusilando a la gente con idéntica inconsciencia con la que, decenios antes, se habían talado los bosques.
Para poder rodar libremente en España, Rossif tuvo que inventar la existencia de un guión titulado «La España eterna», lo que le obligó a filmar gran número de iglesias, museos y otros monumentos artísticos. Ante la abundancia de película impresionada es muy fácil que se decida a transformar el guión-pretexto en documental.
Nos explica que para operar una primera selección ha tenido que asistir a la proyección de unos cuantos kilómetros de película. Llama la atención, dice, el hecho de que todo lo filmado en la zona franquista lleva, por lo general, el sello de lo impersonal. Transpira una frialdad que choca con el calor humano de que están impregnadas las imágenes filmadas en la zona republicana. Se ve, nos precisa, a Ciano, inspeccionando las tropas expedicionarias italianas, discursear y gesticular como un títere desarticulado. Todo lo cual desentona, en grado superlativo, con la severidad del paisaje castellano.
Rossif afirma que las imágenes, en punto a belleza, poseen su propia verdad y que, contra ella, el hombre es impotente.
Se esforzará por darnos una explicación visual de la guerra. Por ejemplo: para el cineasta francés las murallas de Ávila son más elocuentes que todos los manuales de historia existentes. ¡Se ve a la legua que dicha ciudad es franquista desde hace más de mil años!17
Quisiera que las imágenes de 1962: un campesino que camina hacia la feria de Somosierra, un evocador patio granadino o el legendario árbol de Guernica, fueran una prolongación natural de los documentos realizados en 1936. Tratará de que los textos de Bernanos, de Malraux o de Hemingway adquieran una pureza alambicada y pondrá de relieve la trágica e insospechada actualidad de la famosa frase de Unamuno: «venceréis, pero no convenceréis».
Nos confiesa que esta película será muy distinta de las que ha realizado hasta ahora, pues el cielo y la tierra de España imponen al cineasta un determinado estilo y un lenguaje extremadamente sobrio.
Afortunados, dice, los que murieron por Madrid, porque fueron los últimos hombres que sabían por qué morían.
Considera como un deber ineludible comunicar al mundo el incalculable potencial humano que aún atesora ese país marginado de Europa, que es España, cuyo pasado aplasta, inexorablemente, su presente.
Se trata, repite, de una película objetiva y, por consiguiente, de una creación partidaria, porque es incontestable que, pese a todos los errores y los desórdenes que pueden ser reprochados a los republicanos, eran ellos quienes, en verdad, defendían la libertad.
El fin de la guerra de España, termina diciendo, fue el fin del romanticismo revolucionario y de los grandes entusiasmos colectivos.
—32→Último sol en España
(Viene de la pág. 1)
lo que me pide el amigo Anselmo Carretero, un recuerdo de aquellos días de hondas zozobras. Me pliego a su deseo ya que tiene indudable interés el evocar los momentos y las circunstancias en que se tomaron ésta y otra fotografía, ambas en el mismo día, hora y sitio. Las dos, quizás las últimas del poeta, ya que median pocas jornadas entre ellas y el final presentido en versos proféticos, tan conocidos.
| Y cuando llegue el día del último viaje | |||
| y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, | |||
| me encontraréis a bordo, ligero de equipaje, | |||
| casi desnudo, como los hijos de la mar. |
Nunca quise relatar lo acontecido en estos últimos días en España que me tocó pasar cerca de Machado. Todo estaba impregnado de emoción, en los demás, en mí, que no me creí facultado para darla a todos los vientos. He leído varios relatos, pero ninguno desde luego exacto, y me temo que tampoco lo sea éste; los años y la lejanía han desvanecido recuerdos que se pierden o desdibujan.
La fotografía fue tomada el 25 ó 26 de enero de 1939 en Cerviá de Ter, en la provincia de Gerona, en el alto que hizo una expedición de profesores y escritores organizada gracias a la atención cordial del doctor Puche. La mayor parte de los componentes de ella fuimos en unas ambulancias de Sanidad Militar. Poco antes de llegar a Cerviá se nos sumó un coche en el que venían Machado con su madre, su hermano y otros familiares. Juntos proseguirnos al pueblo en el que permanecimos hasta el día 28 al anochecer, alojados en una masía. Estos días transcurrieron en torno al lugar fotografiado, en medio de tribulaciones y negros pensamientos, fáciles de imaginar. Don Antonio todavía, de vez en vez, hacía gala de un humorismo que dejaba translucir su estoicismo y la serenidad plena de su espíritu. La mayoría de nosotros estábamos despedazados. Era sin duda el que más dominio tenía sobre sí.

En una de esas gratas conversaciones que de vez en cuando podemos tener con don Enrique Rioja, comentando la muerte de don José Royo y Gómez, le mostramos una fotografía tomada por éste, camino del destierro por el Pirineo catalán, en la que figura él con don Antonio Machado y otras personas; la cual, enviada por el propio Royo, guardamos desde hace muchos años. Don Enrique, que no la conocía, recordó y, nos refirió, con su habitual animación de narrador, las circunstancias en que fue tomada. Como nos pareció interesante esta versión directa del paso al destierro de don Antonio, rogamos a nuestro buen amigo que sobre tal recuerdo escribiera un artículo que, publicado junto con la fotografía, sería un homenaje de Las Españas, tanto a la memoria del poeta como a la del geólogo (uno de los amigos que con mayor entusiasmo ayudó a la Revista); a lo que accedió gustoso. Tales son el origen del artículo «último sol en España», las fotografías que lo ilustran y los propósitos de su publicación. -A. G. J. |
La noche del 27 al 28 llega uno de los doctores Trías, creo que Joaquín, con la triste y esperada nueva de que no quedaba otra opción que pasar la frontera. Venía con autorizaciones del Gobierno republicano para cada uno de nosotros y nuestros familiares, documentos visados por los representantes consulares franceses en territorio republicano. Algunos de los que todavía estábamos en situación militar recibimos autorización expresa de que podíamos salir de España. Al atardecer del día 28 nos vendrían a recoger algunas ambulancias de Sanidad Militar, como así fue.
En el momento de partir nos tocó ver cómo en las sombras del crepúsculo, y bajo la copa de añoso árbol, unos payeses procedían, prudentes, a quemar banderas republicanas y catalanas. El éxodo de gentes, los rumores, el tronar de bombardeos y nuestra presencia, y marcha eran augurios inequívocos del próximo fin.
Después de unas horas de camino llegamos a una amplia y típica masía catalana, que después supe se llamaba Mas Faixat, deparada por la previsión del doctor Puche para que varias expediciones análogas a la nuestra se reunieran y pasaran en ella la última noche en la patria. En ella, catalanes y castellanos, comulgamos en el mismo y común dolor. Allí, en un viejo diván, Don Antonio conversaba, pausado y sereno, con Navarro Tomás, Corpus Barga y otros. En algún otro lugar Carlos Riba hablaba, en un ambiente de tristeza, con un grupo de escritores. La luz mortecina, la desesperanza mucha y la fatiga que se apoderaba de nosotros, pese al inaudito y cordial esfuerzo de la familia Puche que se desvivía por entibiar trance tan amargo, creaban un ambiente que imagino es el de todas las retiradas ante el acoso de los vencedores que avanzan.
Al alba se emprendió la marcha, en varias ambulancias, hacia la frontera. Fue preciso rectificar varias veces la ruta ante las noticias que llegaban de ataques y evitar el paso por la congestionada Figueras. En este avanzar lento y vacilante la madre del poeta daba muestras de indudable y creciente desvarío, que dejaba al descubierto su maternal ternura. A la vista de un prado en el que quedaba algún ganado, tal vez en el momento en que el avanzar de los vehículos era más penoso y las circunstancias más apremiantes, intercedía con las señoras sentadas a su lado para que la caravana se detuviese. «¿Por qué no paramos? En aquel prado hay unas vacas. Antonio, el pobre, podría tomar un vaso de leche»: y, como éstas, otras expresiones, en las que el amor maternal perduraba en las tinieblas de la mente, surgidas al fragor de luchas, riesgos y azares.
Así prosiguió la marcha, subrayada por las incidencias habituales, según supongo, en toda retirada: unas trágicas, otras risibles y no pocas estúpidas, nacidas del miedo y el nerviosismo.
—33→PRAT DE MOLLÓ,
GERONA: Casa de campo.
(Foto Royo Gómez. Enero de
1939.)
En la tarde soleada del 29 de enero llegamos a la frontera que por la parte alta de Port Bou está en una loma. Por ser más exactos a unos cientos de metros de ella. Los vehículos detenidos comenzaban ya a formar el tapón que más tarde fue extensísimo.
Royo Gómez, algún otro que no recuerdo y yo, nos dirigimos al pueblo para darnos cuenta de cuáles eran las posibilidades del paso a Francia. José y Joaquín Xirau, con Corpus Barga, se dirigieron al pues, al puesto fronterizo con igual misión.
Al regresar de la indagación infructuosa encontramos a Carlos Riba y a otros compañeros que optaban por pasar a Francia por otro lugar. Algunos incidentes con el personal de las ambulancias habían creado una situación tensa, propia del nerviosismo ambiente, que terminó por alarmarles.
Los Xirau y Corpus Barga nos comunicaron que las autoridades francesas permitían nuestro paso y en el puesto fronterizo estaban los nombres de los expedicionarios que podíamos cruzar la frontera. Para no agravar la impaciencia de las gentes que esperaban pasar a Francia, que eran muchas, aguardamos al caer de la noche para salvar el medio kilómetro o poco más que nos separaba de la frontera. Llegado el momento cada uno de nosotros avanzó con sus familiares. A Don Antonio y a los suyos se les hizo pasar apenas llegaron; a muchos de los demás se los fue llamando nominalmente. Recuerdo que no era nada acogedor, dado el estado de ánimo nuestro, el tener al otro lado de la cadena que separaba los dos países rostros senegaleses; es justo confesar, sin embargo, que no hubo en ninguno de ellos ni desatención ni brusquedad molesta en el cumplimiento del deber, establecido por las ordenanzas, en circunstancias tan poco habituales. Ya en Francia, después de llenar unos documentos con nuestros datos nos dirigimos al pueblo de Cerbère. Para don Antonio y los suyos se consiguió un camión de carga abierto en el que dudo hubiera asiento alguno. En tal medio de transporte no estuvieron a cubierto de la llovizna que hacía la noche desapacible y húmeda, aunque no cruda, a pesar del buen tiempo de la tarde.
Los demás, para evitar las vueltas prolongadas de la carretera, que alargaban el camino, fueron guiados hasta un atajo que se hacía más áspero de lo que era por lo desapacible de la noche y nuestra sombría situación.
En el grupo mío iban delante Navarro Tomás, que llevaba con garbo y prestancia sus años, que empezaban a pesar, y Ricardo Vinós, deseosos de alcanzar, como así lo hicieron, un tren que les condujo hasta donde estaban los suyos. Joaquín Xirau y Royo Gómez venían después, y en retaguardia íbamos el doctor Sacristán y su esposa y yo con la mía. Las dotes nulas de alpinistas de Sacristán y de mi esposa fueron la causa de que llegáramos los últimos a Cerbère.
Con don Pedro Carrasco, su esposa y su hijo buscamos cobijo en un cuchitril que conseguimos en una taberna las familias de Royo Gómez, Sacristán y la mía. Al día siguiente nuestro afán fue ponernos en contacto con los demás compañeros de desdichas.
Don Antonio pasó aquella noche, como las restantes de Cerbère, en una silla, frente a una mesa, en el café de la estación del ferrocarril. Nunca le vimos más al igual que como lo describiera Rubén Darío:
| Misterioso y silencioso | |||
| iba una y otra vez. | |||
| Su mirada era tan profunda | |||
| que apenas se podía ver. | |||
| . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . | |||
| . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . | |||
| Y la luz de sus pensamientos | |||
| casi siempre se veía arder. |
Sus ojos reflejaban indecible tristeza, más honda aún que la de la noche anterior. Su porte sereno y su expresión tranquila daban a su gesto austero la típica dimensión castellana, que en él se fundía, de modo sorprendente, con su profundo espíritu andaluz.
Cinco años en la tierra de Soria, hoy para mí sagrada -allí me casé; allí perdí a mi esposa, a quien adoraba- orientaron mis ojos y mi corazón hacia lo esencial castellano. |
Cambiamos pocas palabras, que es lo que acontece cuando hay mucho que decir. No me atreví siquiera a ofrecerle el chiribitil donde pasé, en compañía de otros, la primera noche de expatriado.
Mutuamente inquirimos noticias de los amigos. Supe entonces que Corpus Barga había salido para París: había ido en busca de mejor acomodo para el poeta.
Así transcurrieron un par de días. Corpus Barga regresó para conducir a don Antonio a la casita de Colliure, donde pocos días después encontraría su «barca amarrada a la otra orilla».
La despedida fue sobria y honda; a la puerta del café de la estación, que recogió su primer sentir de desterrado; pocas palabras, cargadas de emoción, y se fue apoyado en su bastón, aquel que le acompañaba en sus andanzas solitarias madrileñas. Marchó hacia el tren con los suyos y con Corpus Barga. Este momento fue de tanta emoción, y tan amargo, como el de transponer la línea fronteriza. Una estela de humo y un punto negro que desaparece en la lejanía. Esto fue todo, el recuerdo de este instante nos lleva al de aquellas disquisiciones del poeta entorno al cero integral, en las que, al alcance de su pensar sutil, y lejano, mezcla cierto tono de zumba, con lo que, tal vez, busca situar al lector en un plano, desvanecido e incierto, entre lo trágico y lo burlesco.
|
| (De un cancionero apócrifo. Al Gran Cero) | ||
—34→
(Viene de la pág. 2)
Editorial
para darle cimientos y nervaduras racionales; pero hizo falta más: fue necesario que cada hombre metido a esa labor tuviera tanta grandeza de alma como para sallar sobre el privilegio y la soberbia, en unos casos; en otros, sobre el resentimiento y la injusticia padecida, por veces, sobre desgarraduras que sólo un conmovedor sentido humano pudo cicatrizar.
SI CADA RADIOGRAFÍA VERBAL MUESTRA UN ADENTRO, ¿CUÁL ES EL VERDADERO?
Si los árboles impiden ver al bosque, malo: malo también, si es a la inversa. Sabido es a qué nadas conduce la primera de estas formas de ceguedad. A la segunda hay que cargarle en cuenta aquel tiempo de aberración totalitaria en que sobraron motivos para sentir vergüenza de ser hombre, más la especie de filosofía visceral ahora en curso y en crescendo.
En lo que a España toca, hay que mirar y remirar en todo -incluso en uno mismo-, pero con firme voluntad de ver individuos, grumos, tensiones, cifras, desplantes, actitudes... pueden decir no poco de su significación en sí y, relacionados adecuadamente, de la procesión y la germinación que andan por dentro.
El bosque, como tal, apenas es visible aún. Lo tapan y se emboza. Cierto que algo se puede deducir del cómo y para qué salen a escena ciertas porciones suyas y, más acaso, de su decidido hacer oídos sordos a doctrinarismos y politiquerías de ayer, pero esa deducción, si rigurosa, no alumbra hasta lo hondo: da luz, únicamente, sobre lo roturado por escarmientos y experiencias colectivamente padecidos.

Desde esta orilla no se alcanza a ver más. ¿Y en España? ¿Ven más de nuestro pueblo los que viven con él o junto a él y se preocupan de mirarlo? Si del plural se pasa al singular, no es imposible. Entre los valores nuevos ha podido darse el hombre de penetración poco común y mirada limpia de aprioris; es decir, el capaz de discurrir con la cabeza y la raíz a una. Acaso está su voz entre las que vienen a decirnos cómo es España ahora, pero, ¡son tantas las que llegan y es tan diverso lo que dicen! Además, salvo las que abren serios interrogantes ante lo ignorado u oscuro, todas dan impresión de confundir el sumando a que pertenecen con la suma.
Si es tal como parece, apreciaciones y experiencias limitadas a un grupo o una capa social, habrán pasado a sustituir la visión de la realidad entera, forzosamente más compleja y más vasta. Ello explicará por qué donde no ven unos sino indiferencia o conformismo, advierten, otros, serenidad, rigor, marxistización, concierto inteligente y, los de más allá, el pulso acelerado que antecede a las explosiones populares.Procede preguntarse: ¿Si cada radiografía verbal muestra un adentro, cuál es el verdadero?
La indiferencia del español común ante la gama canovista, es decir, ante el repertorio político de ayer, es evidente. También lo es el conformismo, si se entiende como tal la especie de resignación de quienes han aprendido que por el mismo camino se llega siempre a las mismas partes y no ven aún camino nuevo.
El término marxistización nos parece oscuro. ¿Quiere decir, literalmente, que la concepción materialista de la Historia priva hoy en España? ¿O es que de un concepto de los problemas económicos entre milagrero y moralista se ha pasado a otro más objetivo, más complejo, en el que cuentan cifras, no palabras?
Pero entender con Sancho aquello de «tripas llevan piernas, que no piernas tripas» y obrar en consecuencia, en nada estorba para sentir con nuestro máximo don Miguel que lo humano no para ahí. Supo, éste, a dura ciencia, la verdad del decir de Sancho y a imperativo de su hombría la verdad no menor que en labios del caballero puso: «...con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la Tierra ni el mar encubre: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida».
Esa es nuestra actitud natural; al menos, esa ha sido desde que hay memoria del carácter de nuestros pueblos. La radicalmente contraria no vendría de haber descubierto a Marx a estas alturas, sino de capitular ante un sentido intrascendente de la vida en el que la falta de esencialidad lleva al desentendimiento de cuanto justifica al hombre; por ende, a un vivir en externidades, prisas, avideces, todo huidas de su propia nada.
Si es esta la tendencia, no hay duda de que se toma por marxistización algo que andando el tiempo puede llevar, cuando no a la náusea, a lo ex humano.
En fin, dicho término, referido concretamente a España, no esclarece mucho a nuestros ojos: falta saber si a causa de limitaciones nuestras o porque el concepto que pretende expresar no se ha formado con el rigor político debido.
Al apuntar lo último, no ponemos en duda el decir de quienes atribuyen a las generaciones nuevas una actitud mental más rigurosa que la de las inmediatamente anteriores. En cuanto guarda relación con lo directo y contundente de la realidad, el ejercicio de ese rigor es indudable; pero sabido es que no hay realidades planas.
Subestimar determinantes no económicas de la manera de estar siendo, e incluso de la razón de ser, no es raro en nuestros días, pese a que la concepción simplista en que se intentó embutir al hombre ha empezado a resquebrajarse a empuje interno de lo humano.
También se habla de serenidad. ¿Cómo estado de ánimo sosegado, tranquilo, al que nada conturba esencialmente? ¿Ha desaparecido la pasión? ¿No solivianta la arbitrariedad? ¿No indigna ya lo injusto? Ese mirar y ver serenamente, ¿es fenómeno multitudinario? Por último, ¿se trata de serenidad de fondo, venida de imperativos racionales, o resulta de la camisa de fuerza y la sangría cuando no de vacíos, ausencias o desentendimientos?
A nuestro parecer, frente o en torno a tanta afirmación escueta, tajante, generalizadora, no distintas, en esto, a las que en otro tiempo hicimos, se imponen cercos de preguntas: que de interrogar e interrogarse a fondo vienen, o han de venir, las diferencias entre la España de la generación encanecida y otra mejor, posible ahora si lo nuevo no se reduce a sustitución de calcos y a un barullero cambio de simplismos.

En orden a serenidades colectivas, algo dicen los comportamientos obreros en mayo y junio del 62. Por el momento, no todo ese decir es descifrable. Lo sin lugar a dudas es que hubo en ellos tanta racionalidad como es precisa para ajustar perfectamente cada paso a los términos de la realidad en que se opera. Falta saber si esa actitud es transitoria, impuesta por la circunstancia; si respondió a encuadramientos teóricos inteligentemente sumergidos o si tanto acaecer derrumbes y transformaciones ha originado, también, otros conceptos sobre la relación de intereses en la actual dinámica económica.
Por otro lado, la existencia de grandes desniveles económicos y culturales en la clase obrera —35→ de nuestro país, autoriza a suponer en ella distintos grados de serenidad. Si en determinados casos llega a bajo cero, la contradicción entre quienes sólo serenidades miran y los que perciben altas temperaturas revolucionarias bajo la costra del franquismo no estribaría en otro error que el de confundir la parte con el todo, según vieja manera nuestra.
DOS TIEMPOS SIN FRONTERA COMÚN
Entre la generación que presidió la guerra y las que venimos llamando nuevas generaciones, hay una especie de vacío, de bache profundo, por mejor decir, que ha tenido y tiene perturbadoras consecuencias. A una y otra orilla están dos tiempos sin frontera temporal común. Falta, entre ambos, la parte inmensamente mayor y más vital de la generación sacrificada: los muertos, los desterrados de España y del presente, quietos en la derrota; cuantos marginó el vencimiento y la frustración ha derruido; la ingenua peonada de nuestros detritus históricos, vencida, a su vez, de otra manera.
De aquella juventud, sin fruto apenas que no sea de sangre, se sabe poco ahora, pese a que este hoy esperanzado es hijo suyo. Es hora de decirlo: hacía siglos que no tenía España una generación de nervadura espiritual tan fuerte, tan rica en sueños, en capacidad de entrega, de rebelión contra lo mixtificado y lo inerte. Tuvo, como signo común, el querer una patria viva, no un pudridero de ímpetus sin más desagües que la envidia, la renunciación y la amargura. Por ese querer puso la vida en el tablero. ¿A ciegas, casi? Tal parece a esta luz, de amanecida. Por lo demás, ninguna generación debuta en escenario propio y con libreto suyo; si es fronteriza, menos. Ocupar la línea divisoria entre dos épocas implica un cierto mestizaje mental; la presencia, al menos, de conceptos determinados por la situación que agoniza o la inminente. De otra parte, el encuentro entre lo que va a dejar de ser y lo que pugna por ser ya, genera insoslayables remolinos. En los de aquel ayer, al entrechoque e intrachoque de las contradicciones españolas se unieron las pestes totalitarias del momento.
Quede claro: lo antedicho no tiene como fin exaltar a la juventud de entonces; menos aún justificarla. Jugarse la vida «por Dios» o «por la dignidad y la libertad de todos los hombres», en un mundo enloquecido de corduras, dice, por sí, lo necesario. Nuestro propósito es advertir a las nuevas generaciones de que cerrar o volver los ojos frente a un hecho capital de nuestra Historia -la voladura de sarros y murallas tres o cuatro veces seculares- constituye tremendo error. No sólo significa privarse de mirar todo adentro de España en momentos de descarnadura, sino también, dar de lado inapreciables experiencias sobre factores y elementos amenazadoramente presentes en el subsuelo de nuestro panorama vital. Por otra parte, ese ignorar qué y cómo fue la generación sacrificada, produce una idea folklórica, se podría decir, a la Merimée, hasta cierto punto, del proceso que nos llevó a la guerra, más ciertas apreciaciones erróneas sobre la novedad de conceptos comunes ya, básicamente, a los partidos y organizaciones obreras hace bastante más de medio siglo.
Son en verdad, consecuencias lógicas de no haber tenido ante los ojos sino felipismo medio encamisado en azul sobre un fondo de momificaciones canovistas. Entre éstas y todo pensamiento en hoy. falta el contenido de aquella juventud llegada en la frontera de dos tiempos. Cuanto fue, casi, está sumergido en el tremedal de nuestra guerra, y es evidente cómo asusta mirar en él. Asusta, esa es la palabra. De ahí que mientras unos lo borran, como las avestruces el peligro, otros, quienes se ven forzados a nombrarlo, lo aluden tratando de eludirlo, de pasada y barulleramente.
Un doble, contrapuesto, anecdotario, alucinante y sin sentido al margen de sus causas, sirve, como harpillera de horror, para tapar los vacíos de conocimiento que resultan de ese miedo a mirar en lo que, harto significativamente, se ha llamado «prehistoria de nuestra guerra civil» y en el hecho mismo de la guerra. Pero el horror que con sobrado motivo pudo sentirse cuando todo estaba en carne viva y no había al alcance de los ojos sino ferocidad, náusea, cinismo... no puede quedar en lo que está viniendo a ser: tiene que convertirse en contrición nacional; en fundamento de una conciencia política enemiga de objetivizar al hombre al punto de despersonalizarlo en una idea, en aleccionador y reintegrador nuestro, por ser común a todos.
Se trata de enterarse para entender, no de regresar a un «laberinto» que no ha existido nunca fuera de la mentira sistematizada. Tampoco de averiguar quién disparó primero: sabido es y sin lugar a dudas, pero esto, sólo como dato para el futuro historiador importa. Hemos dicho y repetido machaconamente que en la entraña de nuestra guerra hay tantas culpas y tantos errores nacionales como la insensatez y la pereza mental de casi todos pudieron acumular en cuatro siglos. Ese pavoroso déficit histórico fue -si es que no es- la carga explosiva que los hombres de la República no supieron neutralizar. De haber tenido conciencia de aquel momento histórico o, más modestamente, de nuestros tres o cuatro problemas capitales, hubieran podido hacerlo entre abril y mayo de 1931. No la tuvieron; no se hizo.
A ese pasivo histórico, añadió la circunstancia no poca materia combustible: decidida inconformidad de la nuestra generación con las estructuras de nuestro país; tanto ímpetu como inmadurez, encuadrados en un medio político bronco, monologal, decimonónico; demagogia o contabilidad electorera en vez de pedagogía política; caciques y jefes, no rectores; un clero islamizado; una derecha obtusa, jaquetona, amenazada por primera vez, siquiera fuese verbalmente...
En lo que vino después -y en que viniera- tuvieron menos que ver el odio, la crueldad y la barbarie que aquel miedo, científicamente promovido en que naufragaban por entonces la razón y la dignidad de casi toda Europa. «Fascismo o comunismo» era, o parecía ser, el dilema acorralador.
De la bestialidad totalitaria y su irracionalismo racionalizado, apenas quedan en Europa más que tumbas, residuos y escarmientos. Mucho es distinto ahora.
¿Y España? ¿Es distinta, también, España? Ya hemos dicho que la tabla de valores del hombre medio español ha sufrido cambios sustanciales, pero no está en claro su sentido. Plantarse en la realidad para seguir el juego dialéctico, no es igual que dar en ella a la manera del cascote.

Nada prueba que nuestro pueblo esté volviendo por su pie al cauce de la corriente histórica: más parece que la crecida remueve y arrastra a sus partículas. ¿Qué es un parecer erróneo? Bien, tanto mejor.
Pero es el caso, que así como para rezagarse y quedar inmóvil no son menester ni proyectos ni voluntad que a ello conduzcan, sino al revés, falta de voluntad y de proyectos, para que un pueblo, como tal, marche en dirección determinada, unos y otra son precisos.
¿Han cuajado ideas claras y ceñidas a las realidades españolas, sobre las necesidades, las maneras básicas de ser y los anhelos multitudinarios? ¿Hay, en consecuencia, proyectos de vida en común, nacionalmente compartidos?
—36→«CAMADAS DEL FRANQUISMO»
La generación confundida en el mal saber con la que presidió la guerra, tuvo las calidades que hemos dicho. Su falla mayor, aparte las que en todo caso resultan de la inmadurez, vino de tomar por causas los efectos; cosa difícil cuando observación y discurso son facultades en activo. No lo eran y deslizose por los toboganes de la pereza mental en que se han descalabrado tantas posibilidades españolas.
Dio, como las generaciones anteriores, en los pantanos del lugar común, pero no de espaldas, de pie: mal suelo para caminar hacia el futuro. En él perdió mucha virtud innovadora y no poca eficacia.
Estamos lejos de pensar que las nuevas generaciones adolecen del mal que padecimos; de esa pereza mental tan densa como inadvertida18 en la que toda idea que ha conseguido penetrarnos se para y endurece hasta adquirir impermeabilidad, o ferocidad, de dogma.
Las que, con significativo error, fueron llamadas «camadas del franquismo» han empleado la cabeza en algo mejor que la embestida: primero, en desembarazarse de una inmensa, tupida, red de embustes y mixtificaciones; después para horadar la especie de limbo en que las embutía el régimen y poner pie fuera, en la viva temporalidad.

Si fuese el nuestro un país sano, de robusto esqueleto y arraigados hábitos civiles, bastaría con lo acreditable ya a la generación de turno para estar ciertos de que podría cumplir su quehacer histórico de manera satisfactoria. No es este el caso: España, desdichadamente, está lejos de ser ese país. Apenas convalece de la crisis más grave de su Historia. Del pueblo, se sabe a dónde va cada domingo, cuántas calorías consume, cómo viste... no qué piensa, qué aguarda, y ni siquiera, si como pueblo, piensa y aguarda alguna cosa. Lo sacaron del escenario político de la peor manera y, él, a la suya, ha creado un vacío en el que flota todo: artilugios, proyectos, grumos, figuras, instituciones...
De un pueblo que se va hacia adentro, algo puede esperarse: lo mejor, incluso. Del que se va a ninguna parte, es decir, del que se reduce a estar como los chopos o las berzas, nada. Igual ocurre con lo bordado en el vacío; con todo pensar y todo hacer en el que el pueblo, además de vivo cañamazo, no es inspiración, motivo, nervio y fin de cuanto se piensa, sueña y hace.
En cuanto queda dicho, la inquietud no estorba a la esperanza, pero aquélla crece y se agudiza con el tiempo. En éste, tan dado a inventariar recursos como a olvidar esencias, obligado es saber con qué contamos en materia de ingeniería política.
NUESTRO INDIVIDUALISMO INSOCIABLE
Antes de preguntar desde estas páginas, nos hemos preguntado larga, acuciosamente, qué hay de nuevo y de válido en el pensamiento político de las nuevas generaciones; más exactamente, en lo destacado y visible de las generaciones nuevas.
Ya hemos dicho que su manera de valorar es otra, distinto el tiempo y la experiencia de nuestras desmesuras no del todo perdida, pero esto, que puede ser materia con, en y sobre la que cuajar el pensamiento necesario, no es, en sí, más que un conjunto de factores que determinan, tiñen o condicionan al pensamiento político propiamente dicho: es decir, orgánico, con fundamento en una manera de entender al hombre, idea clara de las realidades nacionales, concepto arquitectural de la sociedad que se pretende, forma de alcanzar cada propósito...
¿Hay algo, debidamente formulado, que reúna estas condiciones básicas o, cuando menos, que responda a viva inquietud por todas ellas?
No nos corresponde contestar. Preguntamos para que quienes muestran vocación, o sentido del deber político se pregunten con verdadero rigor si sus juegos de ideas son homogéneos y están debidamente articulados; si tocan tierra y humanidad españolas; si abarcan el campo de nuestra problemática o giran, sólo, sobre uno de sus nudos; si tienen, en fin, concepto claro de qué es indispensable hacer y cómo hacerlo.
Cuando se trata de catar lo propio, el contraste con otros conceptos y otras experiencias puede servir de mucho. A este fin y al de llenar algún vacío de conocimiento que conduce a deducciones inexactas, responde cuanto sigue; sea pregunta. puntualización o comentario.
El primero que interesa hacer, toca a un ensayo bellamente escrito, a cuyo mérito junta el singular, ahora, de no perder de vista al hombre en esta riada de «estructuras», «tasas de crecimiento» «balances!, «informes», «renta nacional per cápita», «programas de desarrollo», etc., etc. En cambio, su fijo, inmovilizado mirar en la maraña nuestra, en el íntimo enmarañamiento español, separa al hombre del suelo histórico real y del entorno, al punto de recortarlo en el vacío. De ahí que sus hechos, sus comportamientos y actitudes se atribuyan a natural forma de ser y no a ésta sometida a gravitaciones desintegradoras de las que resulta determinada manera de estar siendo.
Tal parece como si algún defecto ocular nos impidiera ver el medio y la atmósfera del cuadro cuando escrutamos la figura, y a la inversa; pero la causa es otra: Probablemente, nuestra acusada inclinación a los determinismos -sobrenaturales, biológicos, económicos-, excelentes garrochas para saltarse toda complejidad a la torera.
En este comentado mirar de qué padece España, el defecto mayor está en cómo se mira. No es mirada directa, de adentro a dentro, se podría decir. Los ojos siguen trayectos recorridos, trillados, rotulados; calas que parten de alguna sublimación intelectual y paran en la dermis. En ella, encuentran lo previsto: insociable individualismo ibérico, y ya está. El espectador, pues tal es quien mira desde fuera, cree tener en claro a España.

Es extraño que de tanta meditación sobre lo mismo no hayan surgido estas o parecidas preguntas: Esa insociabilidad, ¿es ingénita o viene de alguna calidad hipertrofiada? ¿Hablan de espíritu antisocial, los concejos rurales abiertos, las comunidades castellanas y aragonesas, la voluntaria federación vasco-castellana, la federación de valencianos, catalanes y aragoneses, lo ejemplar del compromiso de Caspe... por no traer a cuento sino asociaciones libérrimas y de carácter positivo? ¿Da, Bernal Díaz, testimonio de insociabilidad en Cortés y sus capitanes? ¿Qué inspiró a Lope su famoso «todos a una»? ¿De dónde saca Calderón a Pedro Crespo? ¿Tenía o no espíritu civil el alcalde —37→ de Galapagar? ¿Era antisocial el de Móstoles? ¿No se liga y religa nuestro pueblo frente a la invasión napoleónica? Y desde otra ángulo: ¿Se ha escindido en sectas el catolicismo español? ¿Andan, entre sí, a farolazos los obispos? El ejército, franquista aún, ¿está compuesto de suizos o de anglosajones? ¿Dónde nacieron la Compañía de Jesús y el Opus Dei? ¿No hubo en Nuestras Cortes una minoría de ciento y pico diputados a la que apellidaron de cemento? La Unión General de Trabajadores, ¿no fue, incluso en circunstancias bien adversas, modelo insuperado de sociabilidad y disciplina? Las huelgas de solidaridad mantenidas por la C. N. T., ¿dicen que nuestro individualismo es insociable?
Frente a esta línea medular, hay el nutrido anecdotario en que la desintegración muestra sus catastróficas resultas, pero claro está que sólo lo tejido es destejible.
Lo dicho, aprisa y en hilván, prueba que cuando hay razones de unión comúnmente entendidas, nuestro individualismo se atempera, vuelve a su ser y da base a sólidas integraciones fundadas en la convicción, no en gregarismo de manada.
«UNA NUEVA SENSIBILIDAD POR LO ECONÓMICO»

Cuando leímos por primera vez «prehistoria de nuestra guerra», no alcanzamos a penetrar el verdadero sentido de esta frase. Nos pareció un tanto retórica, producto de esa sensación de estreno de todas las cosas de este mundo que la juventud suele tener. Nos equivocamos; no hay retórica en ella. Expresa, literalmente, el concepto formado por las nuevas generaciones del tiempo anterior a 1939: especie de oscuro prólogo, violento, confuso, elemental, del que el hombre común no sabe nada ni le importa.
No faltaban indicios de que nuestra guerra significaba para muchos un tremebundo tajo que partió el acontecer español en dos edades. Ahora tenemos prueba.
En un artículo sobre la expansión actual de la economía española, se intenta explicar de dónde vino a los españoles «una nueva sensibilidad por lo económico». Piensa, su autor, que fue «del mercado negro de los alimentos» y que esa sensibilidad, extendida, pronto, «a los mercados de otros productos» acabó transformándose en un «instinto especial para los negocios».
Aduce, en apoyo de su tesis, una imagen de España que supone de los años 30; a nuestro creer, demasiado parecida a los amargos bocetos del 98 para que no sea directa consecuencia suya.
«Las clases adineradas -dice- consideraban contrario a los ideales religiosos y aristocráticos una excesiva preocupación por lo crematístico».
Pues se habla de «clases», no de una clase sola, es lógico suponerles diferencias de mentalidad. Sin ningún esfuerzo eran visibles. La alta burguesía catalana, vasca y de no importa qué puntos de la geografía peninsular, mal podía coincidir en ese orden de prejuicios con la gente de sangre azul y el hidalgüelo amodorrado en la miniatura azoriniana. Pero vamos a hilar más fino: una cosa es no mostrar «excesiva preocupación por lo crematístico» y otra, muy otra, no tenerla. La tuvieron a su manera estática, parasitaria, de grupo que permanece a contrahistoria. Díganlo, si no, los jornaleros de Extremadura, de Andalucía, de la Mancha... Pero esta falta de precisión es lo de menos. Por lo que no podemos pasar viene después. Vamos a tratar de situarlo:
Los hombres del 98 reflejaron en mezclas de estupor, de rabia y amargura, la imagen de España que en ellas se odia ver. Captaron del pueblo lo mismo que es visible ahora: la cáscara o la máscara; distintas, ciertamente, en uno y otro tiempo, pero ocultadoras, en ambos, de silenciosos procesos interiores. Por lo demás, cargan las tintas: en parte, porque miran negro; en otra, como quien pone una cantárida. Hay en su decir mucho de acoso irritador, buscando que el toro se revuelva. Lo malo es, entre nosotros, que lo simple y fácil, si afilado.. alcanza pronto estatura de lugar común. El de la gandulería española quizá no nace entonces, pero, ¡qué propicia le es la circunstancia y cómo medra en ella! Sin embargo, para confundir la «cansera», venida de infinitas desesperanzas, con afición desmedida al ocio, hace falta mucho enceguecimiento o ningún deseo de mirar. En fin, he aquí el eco de aquellas sean semiceguedades:
«Los trabajadores, por su parte, coincidían en ese espíritu19 de la vida económica, puesto que su preferencia por el ocio era muy acusada».
Y luego de haber cimentado así su teoría: «Forzado por el mercado negro a incrementar el horario de trabajo, para alcanzar ingresos que permitieran adquirir una dieta suficiente, el obrero advirtió posteriormente que podía conseguir muchos otros bienes de consumo o de uso durable por el mismo sistema».
Además del común saber sobre ese tiempo, alguien hay en la redacción de Las Españas con experiencia directa de cómo eran los trabajadores españoles en los años que van de 1918 a la liquidación de la segunda República. Antes, cuando niño, había visto deslomarse a los labriegos de su tierra y llegar, a pie, cuadrillas de segadores gallegos, murcianos y andaluces buscando la fortuna de cocerse de sol a sol en destajos agotadores. Otra muestra de nuestra «preferencia por el ocio» pudo verla en las espigadoras, de cuyo esfuerzo en cosechar una haldada de espigas nada se dirá aquí: es drama demasiado hondo para que la palabra mejor no suene a hueco.
Casi dos décadas en tajos, fábricas, talleres y oficinas, es decir, dentro, entre las gentes de labor, y en diversos puntos de nuestra geografía industrial, dan fuerza y peso a lo que sigue:
«Quedarse a velar», no podía ser antes del Diluvio tan desesperadamente deseado como lo fue después, bajo la doble tiranía del «mercado negro» y del franquismo, en razón única de que el mínimo vital no estaba en juego. No obstante, era ambicionado, ¡y mucho! Significaba, en unos casos reequilibrar su economía; en otros ahorrar unas pesetas para los malos tiempos; en los más, vestir a la familia, calzarla, adquirir un reloj, comprar un mueble...
Prueba la afición al ocio de los trabajadores y, desde otro ángulo, lo insolidario de su individualismo, el acuerdo sindical que prohibía terminantemente destajos y horas extraordinarias... siempre que hubiera en paro forzoso obreros del mismo oficio.

Lo visto y practicado por nuestro compañero de labores en importante fábrica de Barcelona, lleva de la afirmación genérica a una serie de hechos concretos, comprobables aún, que nadie puede refutar. Durante los años de la Dictadura, los turros adscritos a la fundición -«hornos», «cubilotes», «pozo» y «gasistas»-, trabajaban 12 horas diarias y de sábado a domingo o de domingo a lunes, para cambiar de turno, 18. Pues bien, el afán más vivo era lograr alguna de esas plazas, siquiera fuese de suplente. Y es que entre el 6 X 8, 48, de la jornada normal y el 7 X 12, 84, de aquella —38→ forma de esclavitud legalizada, había 36 pesetas: ellas hacían el milagro de que nuestra «preferencia por el ocio» no se viera por ninguna parte.
En los trenes de laminación, cada tonelada que alcanzaban a producir sobre la norma significaba algunos céntimos de «prima»: había que sudarlos a conciencia; sin embargo, ¡cómo se ambicionaban! Allí, «doblar» no era infrecuente. Quien tenía ocasión de hacerlo trabajaba 16 horas de un tirón, pero ganaba en un sólo día dos jornales.
Todo ese hacer y desear eran comunes a una mayoría abrumadora, compuesta, en parte mayor de valencianos murcianos, aragoneses y andaluces. El dato a nuestro parecer, importa.
Tampoco es de hoy el que los empleados de Banca recurran a un segundo empleo. Antaño, llevar una contabilidad luego de 9 ó 10 horas con el pecho contra un pupitre o despitojándose inclinado sobre una mesa, era una suerte que muchos buscaban con ahínco.
En resumen: mucho antes de que «el mercado negro» pudiera ejercer sobre el viejo «espíritu económico» la acción pedagógica o terapéutica supuesta en dicho artículo, los trabajadores españoles tenían ojos en la cara; es decir, advertían, al menos, lo evidente. Evidente había llegado a ser -entre tantos y tantas cosas- que en la carrera de precios y salarios, los últimos, sólo de tarde en tarde lograban ver la espalda a los primeros. La única forma, pues, de conseguir más bienes, era vendiendo mayor cantidad de esfuerzo y tiempo propios: lo que solía faltar era demanda.

Por lo demás, asombra que en tiempo de «rigor», cuando tanto se habla de «ir al fondo de las cosas» no se haya ido, en este caso, ni un milímetro más allá de la vieja estampa amarillenta en que un castizo de alpargata empeña el colchón20 para ver matar a Machaquito. No asombra, menos, sino más, el que pueda atribuirse a un factor sólo -simple consecuencia de rupturas y desquiciamientos- cambios mentales tan profundos como son menester para que un pueblo que prestaba «muy escasa atención a los negocios» haya adquirido en pocos años un «instinto especial» para los mismos.
Entre los cambios producidos, únicamente aquellos a que forzó la circunstancia y en ella tienen límite, son obra de la guerra. Los llamados a permanecer, es decir, los que engendrara el desarrollo histórico, sólo le deben paso y ciertas crudezas iniciales. En verdad, bajo cuanto choca medio a ciegas y su tremendo anecdotario, están la fuerza y la exigencia de la nueva realidad, largamente negada o desoída. La guerra es último instrumento: ella rompe, conmueve o resquebraja viejas eternidades; descarna anacronismos, hace mirar tras las cortinas, arrumba o derrumba cuanto se opone al paso de la corriente histórica, y ello, en superficie o dentro, bajo la costra en que derivan los tiranos.
La presencia de una nueva generación no hace lo nuevo, en todo caso, si sus valores bastan, lo modela... para un tiempo y hasta cierto punto.
Con esta evidencia ante los ojos, la verdadera humildad no es muy difícil.
NI BARULLO NI LUGAR COMÚN
Se alude a un «lenguaje nuevo» que «escapa a los gustos» y a la percepción, o al alcance, de toda mentalidad en ayer. Algo habíamos advertido, mas sin sospecharlo cosa de lenguaje: quizá porque, pese a sus notables diferencias, ninguno de los dos nos suena extraño. Nuestro fue el viejo o, mejor aún, suyos nosotros, hasta que empezamos a ganar la guerra como corresponde ganarla a los vencidos: venciendo, para empezar, al vencimiento. Las raíces del otro, del que habla, aún, la parte audible de las generaciones nuevas, nos son bien conocidas. Por lo demás, el «nuevo» y el envejecido entroncan con algo de que vienen sus respectivas, contrarias, desmesuras.
En el «nuevo» lenguaje -se nos dice-, hay «una manera inédita de enfrentarse a los problemas sin anteponer, a estos, prevenciones o prejuicios personales». ¿Consistirá sólo en lo último esa manera inédita? Es difícil creerlo.
Para afirmar que por primera vez han surgido en España hombres capaces de enfrentarse a los problemas del común en iguales términos que el investigador científico puede enfrentarse a los modos de la materia, haría falta estar a cien mil leguas de las realidades de este mundo. Nadie lo afirma, claro; pero sin extremar el supuesto, la manera inédita no aparece por ninguna parte. Porque no es de ahora el que todo hombre de recta intención e inteligencia suficiente aspire a eso que, con exactitud más que dudosa, llamamos objetividad. Si el deseo de acercarse a ella barre todo prejuicio -personal, de cuerpo, casta, lengua, grupo, comunión, clase, e incluso los que pueden venir de ciertos grados de cultura o de unilateralidad en ésta- quedará, aún, algo a todas luces subjetivo, que es imposible eliminar: una manera más o menos humana de sentir o de entender la vida -por ende, de valorar al hombre- de la que resulta una actitud. Sabido es que para enfrentarse a los problemas colectivos hay que tener alguna, y ella, básicamente, lo condiciona todo: juicios, conceptos, puntos de mira, formas... De ahí que una misma idea tenga calor humano en el humano y fuese en el de entraña helada como de hielo y pedernales.
No hay duda de que el deseo de objetividad es condición inexcusable para entender algo, pero por sí sólo no basta. La prueba está en los espejismos que la simplificadora «paz franquista» propicia cuando no produce.
Tratemos de ver claro:
A un ayer en el que el raigón teologal aparecía en casi todo; es decir, a un tiempo enfrentador, tajante, doctrinario, ha sucedido el hoy adoctrinal, suturador y practicista. En la Europa del Mercomún, cansancios y electrónica ayudan a coser la profunda desgarradura causada por el proceso de capitalización en su momento más terrible. También el escarmiento hace lo suyo.
De una manera u otra, por raciocinio o por amasamientos que no es preciso adjetivar, la reintegración, verdadero imperativo histórico, se cumple. Donde no aún, como en España, la camisa de fuerza hace sus veces.

De España, concretamente, hablamos. Somos gente europea, cierto, y de honda raíz greco-cristiana, pero hemos carecido de alguna dinámica española, nacional, durante cuatro siglos. ¿Cuatro siglos de atraso? No, propiamente; pero sí más de dos de vegetar entre ruinas, telarañas y momificaciones, y uno y medio de calcar todo o casi todo, excepto racionalidades y mesuras.
—39→No hay duda de que el hombre español es europeo21, pero tampoco puede haberla de que España no es una nación de la Europa fecundadora, irradiadora, vital, sino en pasado y en potencia. La contradicción entre la europeidad del español común y el balcanismo y rifeñismo de nuestras maneras de acción y de inhibición en términos de comunidad histórica, está gritando en qué consiste el mal generador de tantos males.
No es probable que España haya tenido alguna vez un pensamiento nacional, unos proyectos claros de cómo y para qué vida en común. Ni siquiera el imperio, y el ser «brazo de Dios» fueron programa para todos. La gente labriega y artesana, cuantos no viven de la sopa boba, del Estado o de dar y recibir mandobles, dicen, mientras pueden y como pueden, que el rumbo español nada tiene que ver con la problemática imperial de los Habsburgo. Las esperas e interminables regateos que las Cortes de cuatro o cinco reinos españoles hacen sufrir a Carlos V, permiten verlo claramente
Bajo Felipe II, el espíritu foral colea aún, pero llevan tiempo en vía muerta las instituciones de origen popular o en alguna medida democráticas: en la vía muerta de un localismo que, probablemente, los caracteres de la Reconquista no permitieron romper y superar.
Pero si en ese tiempo no existe una idea de España propia de las Españas, ni, por tanto, una política española, el austracismo hace la suya en nombre nuestro y hay un propósito, un cauce, un gran quehacer que el español acepta con fervor o resignadamente. Cuando aquél fulgurante, súbito, poderío, llega a su cenit, el deslumbre no es un mal común: se extiende, hasta abarcar a casi todos, con sus reflejos últimos, por saturación, por torcedura y disgregamiento de lo propio.

Que estamos vivos -desaforadamente vivos- se manifiesta sólo en negaciones. No nacional a Bonaparte en 1808. No nacional a los Borbón en 1868. No nacional a la Monarquía en 1931. En toda nuestra Historia no hay un Sí de dimensiones parecidas. La República -pues se pensará en ella- nace de la indignación que el perjurio y las felonías del rey ha producido en todos los sectores del país, comenzando por los monárquicos no palaciegos y por el propio Ejército.
Las llamadas «masas neutras» votan la significación antimonárquica de la candidatura republicano-socialista. Es un voto moral, sancionador, sin más contenido positivo que una ilusionada espera de rectitudes, renovaciones, eficacias.
Los secularmente explotados aguardan más: todas las justicias y descuajes que los honderos de la oposición han prometido. Esta, sin concepto claro, articulado, de la realidad entera, no podía prefigurar para sí misma y en la conciencia de las multitudes una República nacionalizable, es decir, nacionalizadora de conciencias. Lo impide, ante todo, su heterogeneidad. Actitudes, intereses, necesidades, temporalidad mental, están lejos de un mínimo en común. Aparte el bizantinismo de los propiamente republicanos -¡qué prodigiosas exactitudes galdosianas!-, la oposición quiere lo por hacer de tan diversos y hasta contrarios modos, que cuando la República adquiere forma, nadie la siente suya. Ha resultado híbrida, como hecha de recortar y coser calcos en componenda y compromisos desentendidos, casi todos, de la intrincada realidad de las Españas.
De las Españas, y el plural no se reduce en este caso a las de inconfundible personalidad histórica. Otras hay con tan tremendos desniveles entre sí como para producir «otredad» imposibilitadora de conceptos básicos comunes; es decir, de vértebras y ligamentos nacionales.
La universitaria y la analfabeta, o punto menos, ¿son una misma España? ¿No es una la España orgánica y otra la que pudiera decirse en estado molecular? Latifundio y nadafundio, ¿no hacen Españas antitéticas? En el tiempo, arado romano y luz de aceite están demasiado lejos de maquinismo y electrónica para que no delimiten dos Españas. En ciertos órdenes, la España de tradición oral es una y otra la de tierras de señorío.
Hay que añadir las Españas propiamente dichas; no sólo las que advierten que el artilugio unitario está fuera y no dentro, como caparazón paralizadora y no como esqueleto vivo, sino también las impregnadas de centralismo borbónico. En éstas, las contradicciones entre idea superpuesta, manera natural de ser y efectos del aparato anquilosador, han ayudado decisivamente a disolver el espíritu de ciudadanía o a producir en el insospechadas regresiones. Lo contrahecho por la concepción borbónica del Estado, da una visión genérica de éste que suele inducir a separatismo individual, bien en forma de aversión y deslumbramiento conformista, sea a la manera pueril de quienes quisieran destruirlo y lo procuran... siempre que el tiempo no lo impide.
Por otra parte, están la Iglesia, el Ejército y, ahora, el capital monopolista; tres potencias que, tras un cuarto de siglo de vacíos y trituraciones, han quedado en el panorama español sin algún contrapeso orgánico. Habituados los dos primeros a cuanto atonía y disgregamiento propiciaban, es decir, a quebrar todo gobierno indócil y a destruir regímenes de supremacía civil, sus respectivos procesos de renacionalización -parece que el de la Iglesia está iniciándose- requerirán bastante tiempo y un ahormador entorno de ciudadanía concertada.
Ninguna de estas Españas ha dejado de ser.
Pero el español de hoy es distinto, se dirá.
Sí, en cierto modo. No valora igual que el de la década de los treinta, no vive la misma circunstancia, no está en la misma Europa. Falta saber si los niveles de pereza mental han descendido, si empieza a entenderse que no hay realidades planas, si hay voluntad de vida en común y conciencia de lo que esto exige.

-Además, la asociación con Europa...
¡Ah, claro! La Europa en germen, mucho más vasta que la de las concepciones actuales, esa que prevemos y queremos como síntesis reintegradora, puede ser una puerta en nuestro cegado laberinto. —40→ El problema está en cómo cruzarla. ¿Desintegrados, en entrechoques furibundos? ¿Como tullidos y a remolque?
España, lo que se dice España, sólo la podrá cruzar sobre sus piernas, y no hay piernas ni tronco ni cabeza cuando no se está constituido.
Constituir es lo primero. No hablamos de Cortes que «constituyan», otro régimen, sino de constituir en las conciencias, en las voluntades una idea básica de España, es decir, un entendimiento común de lo que somos y de lo que en verdad estamos siendo, del que resulte, tan matizado como la vida pide, un concepto nacional de ser.
Hagámonos esa doble pregunta: ¿Qué es España? ¿Cómo es España? Retórica y geografía aparte, no habrá muchas respuestas. De éstas, la mayor parte confundirá los efectos-causa con las causas originales, las estructuras modificadas con cuanto ha restado al español capacidad modificadora. Ahí es donde duele.
El que las fuerzas populares hayan llegado seis veces al poder en poco más de un siglo y tengamos que hablar de lo que hablamos, ¿no significa nada?

Ciertamente, hay que modificar las estructuras. En eso estaban la clase obrera y, hasta cierto punto, la pequeña burguesía liberal hace treinta y dos años; pero no bastó, no basta, con estar en ello; hace falta más. Hace falta que los problemas, las deficiencias y las insuficiencias nacionales sea nacionalizados, esto es, entendidos como partes de un todo que afecta al común y le concierne; es menester enfrentarse a cada uno de nuestros pasivos -políticos, sociales, económicos- teniendo en cuenta sus vinculaciones con todos los restantes; es preciso establecer en cada momento exacta ecuación entre necesidad y posibilidad; es indispensable conocer a fondo la anatomía histórica de España, su actual estado fisiológico y anímico, sus recursos, sus capacidades, su crédito posible, el clima y las corrientes exteriores... En suma: para enfrentarse con los problemas de una manera inédita hay que cuajar una manera española que vaya en punto con el meridiano ideal de la Europa de las integraciones y la futura síntesis.
LA MONSERGA DETERMINISTA
Entre los hombres de significación liberal dentro de las generaciones nuevas, asoma, por veces, la marxistización de que se habla: unas, como delgada capa de barniz muy siglo nuestro; otras, como puntal. Estas presencias tienen poco que ver con el materialismo dialéctico. Pertenecen, salvo excepciones raras, a una especie de formulario vulgar en el que pasan por marxismo desmesuras y deformaciones de sus claves.
Lo económico, por ejemplo, ha saltado de condicionador a determinante de cuanto el hombre es, hace, siente, piensa, sueña e imagina. Es lógico. Semejante determinismo libera a muchos de la tensión humana: por otra parte, todo lo simplifica y esclarece, a todo da respuesta. A casi todo, será mejor decir: acaso no baste para explicar por qué mientras unos pueblos toman todos los trenes de la Historia, otros duermen en el andén o se dedican a partirse el alma.
VIEJA Y NUEVA RETÓRICA
La falla mayor de los políticos de antaño, fue, probablemente, su común juzgar lo hondo por lo externo, el todo por la parte, lo ignorado o a medio saber por lo sabido. De ahí el que, total o parcialmente, tuvieran un concepto retórico de España; los doctrinarios, por partida doble.
Hoy, retórica y doctrinarismo apestan... en sus formas siglo XIX. En las nuevas, en las de este siglo, ni una ni otro suelen advertirse, rebozados, como van, en cifras.
A que España no tuviese en 1936 más que 3.000 millones de KWH de energía eléctrica, se atribuye, al parecer, la presencia de una derecha santurrona y feudal; por lo visto, pues se dice una, económica y mentalmente homogénea. He aquí el determinismo en voga, simplificador a base de eliminar factores; antidiálectico, por ende.
España, se nos viene a decir, tenía fiebre porque estaba enferma. Bien, pero ¿de qué adolecía? ¿De esa derecha feudal? Entonces, el rigor exige que miremos el porqué de sus caracteres y, sobre todo, qué permitía su presencia. ¿Era, por el contrario, de nuestra pobreza en KWH? Pues hay que saber qué nos impidió multiplicarlos.
Por lo demás, si la mecánica es esa, no entendemos de dónde salió la derecha alemana que a través de Von Papen fue a dar en Hitler; no hay manera de explicarse a los seguidores de Laval y la Rocque en Francia; de Dollfus en Austria, de Mussolini en Italia, de Degrelle en Bélgica... países todos mucho más ricos en KWH que nuestra pobre España.
No, en ese momento, todos los países escindidos, mal integrados o en trance de desintegración, buscan con espíritu viejo, a ciegas, por modos más o menos bárbaros, las suturas y reintegraciones que el desarrollo histórico exige, y que sólo la razón humana puede dar.
En la misma línea simplificadora se ha escrito que la «verdad posible, la verdad aproximada» de lo ocurrido en nuestro país, «descansa en el hecho real de que las estructuras sociales, económicas y psicológicas de España eran franquistas». Por lo tanto, «estaban obligadas a encontrar en Franco la llave de su seguridad».
Llegado aquí, el lector, si atento, piensa que no ha leído bien. Vuelve atrás. Recomienza. No, no hubo error. Tras un momento de perplejidad, piensa en las estructuras políticas. ¿Eran franquistas también las estructuras políticas? Si no lo eran, ¿a qué o a quién representaban? ¿Habían sido impuestas desde fuera?
Convendría saber qué se entiende por franquismo en este caso y qué valor se asigna al término estructura; pero sólo a determinado efecto.
Los hechos, claros, incontrovertibles, muestran absoluto paralelismo entre el acontecer español entonces y cuanto ocurre en la década de los treinta en la parte enferma de Europa.
A lo largo del proceso de polarización, casi todas las capas sociales fueron sacadas de sus quicios, vale decir, a estilo de lo comentado, de sus correspondientes estructuras. La palanca de los desquiciadores fue llamada de diversos modos, pero su verdadero nombre es miedo.

Miedo sistemáticamente provocado empujó a buena parte del centro y a casi toda la derecha a buscar en la capitanía de nuestras escorias nacionales «la llave de su seguridad». La derecha vasca contradijo significativamente la simplicidad determinista.
Partes de nuestra estructura social eran al parecer, la Unión General de Trabajadores, la Confederación Nacional del Trabajo y Solidaridad de Obreros Vascos, con más de dos millones de obreros en sus filas; los Colegios de Abogados y de Médicos, etc.
—41→¿Es imaginable una estructura psicológica común a todos nuestros pueblos, clases y sectores en sus diversos niveles de cultura? Pues más difícil nos parece que fuesen varias estructuras psicológicas distintas y un solo franquismo verdadero.
En fin, no acertamos a ver cómo la de los trabajadores españoles podía buscar la llave de su seguridad en Franco, es decir, en el sometimiento absoluto a sus enemigos seculares. No la buscó como es sabido.
Decir que algunas deformaciones y determinados estados psicológicos han tenido parte principal en larga serie de culpas y errores nacionales de los que el franquismo en el poder es consecuencia, sería muy distinto. ¿Que objetivamente es igual? No. Porque no lo es hubo una guerra. ¡Vituperable, horrible!... ¡Claro!, siempre lo son los fratricidios; pero cuando la pereza mental crea retardadoras resistencias más allá de lo tolerable o inmovilizados pretéritos ciegan el cauce de la corriente histórica, cuanto tiene voluntad de vida obedece a su imperativo vital y empuja, rompe se precipita en torbellinos.
Porque no es igual la presencia o no de subjetividad humana como factor dinámico de historia, hay vencedores que se han pasado a la verdad esencial de los vencidos y reaparece en hombres de las generaciones nuevas la vela más genuina de España, esa que nos ha llevado tantas y tantas veces a combatir, «no por el huevo, sino por el fuero».
Hijos y deudos de beneficiarios del régimen -¿dónde se vio otro tanto?- han salido, a todo costo personal, por los fueros de la dignidad humana; para poder hacer lo mismo, otros han tenido que superar hondas, indecibles desgarraduras.

Creemos que el derecho del hombre a equivocarse sólo puede ser negado por mentalidades bárbaras o enfermas. Viene ese derecho de tres imperativos humanos: pensar, sentir, hacer.
En los españoles jóvenes, cualquier error de apreciación se explica por los vacíos de conocimiento a que el régimen ha forzado. Lo raro, lo conmovedor para nosotros, es que hayan acertado a desembarazarse por sí mismos, sin ayudas que eran obligadas, de la incesante red de mentiras y mixtificaciones tejida diariamente, año tras año, por el odio.
El error no nos inquieta en estos casos, pero sí y de vivísima manera, la presencia en hombres de alta calidad humana del concepto deshumanizador que lo produce.
Obsérvese el gigantismo de la deformación determinista. Tal es, que de todo aquel inmenso hervor -ideas, sueños, odios contradicciones, entregas, esperanzas...- sólo emerge un nombre, personificación, no de algún concepto político propiamente dicho, sino de una fuerza utilizada como razón política.
Así, los verdaderos protagonistas de aquel drama no son de carne y hueso; vienen a ser las estructuras y una fría herramienta: Franco.
Claro es que éste «no ha gobernado sólo sobre lo fuerza de las bayonetas». Con ella no hubiera bastado para dictar su voluntad a todos más allá de 1945. Por otra parte, es dudoso que de habérsele planteado al Ejército alguna seria posibilidad de optar hubiese preferido seguir siendo un ejército ocupador de España y no el ejército de España.
La verdadera base de Franco fue, inicialmente, el odio de las viejas oligarquías y el miedo polarizador que anegó a Europa. Después, cuando pasó la histeria, su apoyo fundamental era el vacío; un vacío de voluntad, de fe, de convicciones, de ideas válidas. Lo creó el fracaso común, de todos y de todo, incluso, en muchos, de un valor vinculado o sin vincular a las raíces de la Iglesia, pero de idéntica sustancia.
LA ESPAÑA ACTUAL ES MODELABLE
El posible hacer histórico de la generación en turno no está condicionado por alguna presencia considerable de la generación anterior. Aparte rótulos y sombras, de los viejos partidos queda poco. Probablemente, sólo la tradición de uno que fue durante muchos años escuela nacional de integración y austeridades. Al rebrotar cristiano en ciertos jóvenes católicos vino a juntarse la palabra evangélica, es decir, humanísima de Juan XXIII, el Papa recristianizador.
Todo dice que las viejas rodadas se han borrado y que cuanto no es caduco está en potencia o sin cuajar.
España, en un cierto sentido informe y dúctil como nunca, es como nunca modelable... para hombres que piensen con la cabeza y la raíz a un tiempo.
Sólo esta forma de pensar lleva a lo hondo de la realidad entera. Con toda ella ante los ojos, es difícil que efectos y causas se confundan, que la herramienta teórica suplante a lo fluyente y vivo, que la levadura de lo humano -esa inconformidad que empuja y alza- ceda y se doble inadvertidamente ante la representación ahumana de la Historia que entraña la deformación determinista.
EN FIN...
Las Españas ha pugnado reiteradamente por un «Movimiento de Reintegración Nacional para llevar a término una serie de quehaceres inexcusables, anteriores, según prudencia y experiencia dicen, a la futura edificación política de España.
Hemos explicado sus fundamentales diferencias con la reconciliación táctica y con el sucio «borrón y cuenta nueva» de la puerilidad o de la prisa.
Dijimos oportunamente que la reconciliación con el franquismo neto era claro imposible; imposible por partida doble: ni España ni el franquismo cabal la aceptarían nunca. Pedir la reconciliación entre españoles era un tanto anacrónico. Hecha estaba. Los hijos de los combatientes ayer, es decir, los hombres con futuro, se habían reconciliado ya.
Lo de «borrón y cuenta nueva» nos ha indignado siempre. Significa tirar a la basura nuestro millón de muertos; dejar a medio hacer, como otras veces, lo a tan alto precio comenzado; hacernos trampas a nosotros mismos.

En vez de emborronar la vieja cuenta hay que ponerla en claro, saber cuánto debemos: porque mientras no estemos dispuestos a pagar a escote -en esfuerzo, en racionalidad, en disciplina- la deuda del común, nada esencial será distinto.
Nuestro nonato «Movimiento de Reintegración Nacional» fue imaginado como respuesta lógica a unas necesidades nacionales en el cuadro de la realidad España 1956, hecha cuenta de los siguientes factores: escarmiento, contrición nacional, necesidad común de una patria habitable, presencia de generaciones nuevas. —42→
Hoy, la situación es otra. Lo varado por o en el franquismo ha empezado a moverse. Anda a remolque físico e intelectual del practicismo europeo, pero anda y hay que ponerse al paso.
En este andar, como consecuencia o como causa, hay un hecho revolucionario -de conceptos, de ritmo, de estructuras- que los rectores de la oposición no perciben o no valoran adecuadamente: la aparición de una derecha dinámica, forzosamente eliminadora de la inmovilizada en el tiempo final de los Habsburgo.
Este factor de desarrollo surge con notorio retraso en cuanto a Europa, y no por modo natural, no por convergencia y condensación de ímpetus y de intereses individuales. Resulta, entre nosotros, de un pensamiento anterior a esa concentración de poderíos: él reúne y canaliza lo disperso, lo inmóvil en formas de estabilidad pasada. La finalidad última de este pensamiento puede no ser el predominio temporal a la manera ambicionada comúnmente, pero ese es un cantar distinto. Un cantar para inquisidores laicos, que también existen y también prejuzgan.
En nuevo y buen hacer, no se trata de adivinar intenciones y menos aún de rotularlas: se trata de registrar hechos, de calibrarlos y, calcular sus consecuencias.
«Por sus frutos les conoceréis, dice el Evangelio. En política, los frutos son históricos. Instrumentalmente, una derecha dinámica es útil; puede ser positiva, pese o no a sus finalidades propias. El que pueda serlo depende menos de sí misma que de la talla de sus opositores.
Si a lo vivo se opone vida, no retórica, y a una obra otro hacer, todo será más vital, más hacedor, más al servicio del hombre y de los hombres.
¿Qué pensamiento vivo se opone hoy, ahora, al de esa derecha dinámica?
Coja ayer de la derecha, no hizo España durante siglo y medio más que renquear y dar de bruces. Ahora cojea de la izquierda.
Imágenes aparte, nuestro repertorio de posibilidades políticas no puede ser más reducido. Dos fuerzas hay con voluntad de acción e ideas claras: una y otra saben a dónde van, qué hacer y cómo hacerlo. Fuera de ellas, se diría que todo es dispersión y confusión, nuevos remedos, nuevos calcos o calcos viejos, enlucidos con apabulladora retórica estadística.
Urge, pues, que la «inquietud cristiana» y las «tendencias socialistas» de la juventud cuajen en pensamiento político: en pensamiento, no en cánones ni moldes.
Cristianismo y socialismo son cosa viva, de sustancia. De esas sustancias se han de nutrir los dos grandes partidos del futuro. Sus modos y maneras deben ser españoles; su pulsación la de este tiempo; su meta una España habitable en libertad y dignidad, aportadora de sus grandes valores conservados al acervo de la comunidad humana.

Viñetas de Juan ARANA



