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He aquí algunos párrafos de aquella histórica proclama que tuvo gran difusión en los primeros años de la Revolución rusa y que después se trató de relegar al olvido:

«El gobierno obrero y campesino considera como paz equitativa o democrática una paz sin anexiones (es decir, sin conquistas de territorios extranjeros, sin la incorporación de pueblos extranjeros por la fuerza) ni indemnizaciones...

»Por anexión o conquista de territorios extranjeros el gobierno entiende -conforme a la concepción del derecho de la democracia en general y de las clases trabajadoras en particular- toda incorporación a un estado grande o poderoso de una nacionalidad pequeña o débil, sin el consentimiento o deseo formales, clara y libremente expresados por esta última...

»Si una nación cualquiera es mantenida por la fuerza dentro de los límites de un estado... si no se le concede el derecho a decidir mediante votación libre, después de la retirada de las tropas de la nación conquistadora, la cuestión de las formas políticas de su existencia, la incorporación de esta nación al estado constituye una anexión, es decir, una conquista y un acto de violencia».

Compare el lector estas condiciones leninistas de paz con las que la U. R. S. S. impuso a las naciones por ella conquistadas a la terminación de la guerra mundial, o en sus preludios, cuando Hitler y Stalin se engulleron Polonia y los países bálticos en banquete de compadres.

 

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Como en su día se combatió al Plan Marshall que sirvió de base para la reconstrucción de Europa.

 

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«Las nacionalidades españolas», por Luis Carretero y Nieva. Edición ampliada y anotada por Anselmo Carretera y Jiménez (Colección Aquelarre. Méjico, 1952). «La integración nacional de las Españas» (Ediciones de Las Españas. Méjico, 1957). «Cataluña, Castilla, España», por Pedro Bosch Gimpera y «La personalidad de Castilla en el conjunto de los pueblos hispánicos» (Ediciones de Las Españas, Méjico, 1960). «Las nacionalidades ibéricas» (Ediciones de Las Españas. Méjico 1962).

 

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«El socialismo español y la cuestión de las nacionalidades» (El Socialista. Méjico, 1953).

 

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El pensamiento español contemporáneo, Luis Araquistáin, Ed. Losada, Buenos Aires, 1962.

 

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Esta crónica data de octubre de 1962. La película de Rossif a que se refiere se ha exhibido recientemente en París con éxito extraordinario.

 

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Rossif no parece familiarizado con la historia medioeval de Castilla. La ciudad de Ávila (como Segovia, Soria y otras) fue cabeza de una «comunidad de ciudad y tierra», verdadera república autónoma dentro del reino de Castilla, con vida democrática sin par en la Europa ultrapirenaica de aquellos tiempos. En la guerra llamada de las «comunidades» Ávila tomó decididamente partido por los «populares», contra el emperador. No deben confundirse las murallas de una vieja ciudad castellana con las de una fortaleza de la Francia feudal. En 1936 los campesinos de la provincia de Ávila formaron espontáneamente milicias republicanas. (Nota de la Redacción.)

 

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Hoy, ni más ni menos que en la «prehistoria» de nuestra guerra, el sarcoma español es diagnosticado individualismo insociable. Craso error, a nuestro parecer. Si la pereza mental, de raíz probablemente teológica, no hace papel de virus disociador y paralizador de España, le anda cerca. En todo caso, ella impide a nuestras defensas naturales, presentes en todo cuerpo vivo, entrar debidamente en acción.

 

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El espíritu que el autor atribuye a los trabajadores en los años 30, es el del antiguo decir castellano que expresamente cita: «El no vivir de rentas no es trato de nobles».

 

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Es extraño que cuando casi todo discurrir se apoya en datos estadísticos, no haya alguna noticia de cuántos metros cúbicos de colchón per cápita y año empeñaban, en tiempo de nuestros abuelos, los trabajadores de las 49 provincias españolas.