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Desde sus orígenes conocidos (y aceptados), la historia de ese rico y complejo fenómeno que se ha dado en llamar «literatura infantil» o «para niños» (y que en verdad engloba a más de una literatura), ha sido un rosario de intolerancias hacia los autores, las obras, los personajes y, por supuesto, los niños.
Y la paradoja surge porque siempre, los adultos -con las mejores intenciones del mundo- se han estado preguntando con demasiada frecuencia y perseverancia ¿qué debe o qué no deben leer los niños? Este desmedido interés ha traído aparejada una intolerancia tácita (y a veces francamente terrible) hacia aquello que consumen los menores, ya sea por su propia elección o porque les fuere dado por esas mentes lúcidas, que han existido siempre y que buscaron para la infancia una literatura más acorde a sus gustos, preferencias y necesidades, que a los objetivos educadores de los grandes.
Si ya Charles Perrault, el creador de El gato con botas, Caperucita Roja y otros cuentos que deleitaron y deleitarán a la infancia, significó una puerta por donde los pequeños pudieran escaparse cada vez que les agobiaba su realidad, inmediatamente vendría toda una oleada de madames con aires doctos y educacionales que imprimieron al quehacer destinado a la infancia un tono moralizante que distaba de sus intereses. Baste citar a Madame de Genlis y a Madame Leprince de Beaumont (esta última demostró que a veces la literatura supera los propósitos de sus gestores al regalarnos su inmortal La Bella y la Bestia). Ellas y otras de su especie, acompañadas de abates, preceptores e institutrices —38→ poblaron los anaqueles de los niños con cargantes obras que solamente pretendían enseñar, moralizar, en fin «domesticar» a una infancia que siempre ha sido indomesticable. ¡Por suerte!
Los niños, sin embargo, como dijera Paul Hazard en Los libros, los niños y los hombres, siempre se defienden y son, a su vez, intolerantes hacia aquella literatura que nos les dice nada o pretende, por el contrario, decirles todo, sin dejar que ellos descubran, imaginen, se inventen otra historia paralela a la de la letra impresa. Los libros que por aburridos caen de sus manos quedarán siempre dormidos en un rincón y aquellos que los mayores pretendan ocultarles, de alguna manera correrán a ellos. Así, quizás, a la luz de la luna, ocultos en un altillo o entre las ramas de un árbol, con ojos ávidos y mente febril, los niños devorarán esas historias que, tal vez sin ser escritas para ellos, les cuentan de su verdad eso que desean conocer.
Abundan los ejemplos de libros que, sin ser escritos especialmente para los niños, constituyeron un predio para que estos exaltaran su fantasía y hay casos de otros sí pensados para la infancia pero que, por su óptica poco conservadora, más valiente y desprejuiciada, resultaron poco tolerados por la crítica, los pedagogos, editores, mientras se volvían verdaderos best-sellers entre los chicos. Pienso, por ejemplo, en Pippa Mediaslargas, de Astrid Lindgren, un libro que según algunos «arañaba el corazón» y que, desde su publicación, ha constituido una especie de decálogo para esos chiquillos independientes que aspiran a llevar una vida organizada, sobre todo cuando pueden organizársela ellos mismos.
Por raro que parezca, esta intolerancia hacia aquello que leen los niños se prolonga hasta nuestros días y en dos formas bastante contradictorias: están de una parte esos adultos que minimizan y niegan todo el valor que puede tener un libro infantil y se sustraen así de entrar en contacto con verdaderas obras maestras, sin tiempo ni edad. De la otra están aquellos que defienden una literatura tan infantil en sí misma que niega al niño la posibilidad de enriquecer su espíritu y entender que en definitiva este, su mundo, no es el mejor de los mundos posibles, sino un sitio imperfecto y contradictorio, que, sin embargo, también con la ayuda de un niño se puede mejorar.
En su ensayo «El adulto, mediador en la relación niño-literatura»14, Jaime García Padrino ha dicho que «Cuando el adulto se preocupa, ante todo y —39→ sobre todo, por lo que le gusta al niño, por qué es lo mejor o lo más conveniente para la infancia, o bien trata de determinar cuáles son las condiciones más adecuadas en una obra dirigida a esos destinatarios, está favoreciendo, de algún modo, la marginación de la literatura infantil».
Esta literatura demasiado infantil corre el peligro de ser evasiva, de no gustar al público al que supuestamente se destina y aún estará hundiéndose el puñal a sí misma y se convertirá en algo intrascendente, preconcebido, poco original.
María Gripe introduce un elemento interesante en tan polémico tema al plantear que ella no escribe propiamente para niños, sino para personas, concepto por demás bastante discutido por los editores quienes son fieles a sus perfiles (que se estructuraban en el mayor de los casos sobre bases extraliterarias y más bien de índole comercial en unos países o siguiendo pautas ideológicas en otros). Generalmente, los editores prefieren que los protagonistas de un libro para niños tengan la misma edad de sus posibles lectores. Según esta idea, ningún niño debería leer a Verne jamás o a Salgari, tampoco a London o a Dickens, a May o a Grey, protegidos afortunadamente por la santidad que confiere el ser ya un clásico.
Il. de Juan Ramón Alonso Díaz-Toledo para Viernes o la vida salvaje, de Michel Tournier (Barcelona: Noguer, 1981, p. 43)
Como Astrid Lingren en su momento, —40→ María Gripe ha sufrido la crítica de muchos que no fueron capaces de entender que el libro infantil llevara conflictos de la vida diaria, situaciones incómodas o difíciles de sortear por un niño. Incluso, alguna que otra vez, ha debido responder a esa pregunta tan «infantil» e impertinente que a todos los que escribimos para niños nos suelen hacer: «¿por qué no escribe también para adultos?»
La famosa Christine Nöstlinger, otra abanderada de los temas difíciles y otrora poco tolerados en la literatura para menores, aboga porque los libros para niños den un margen a cualquier lector:
Por eso suscribo que los mejores libros para niños pueden resultar aquellos que el autor escribe con mayor sinceridad, tal vez con la idea de quedar bien con el niño que fue o aún es, con eso que soñó o que una mano misteriosa le hizo escribir. Solamente los libros insinceros, que tanto criticaba Paul Hazard, resultan a la postre poco aceptados por el lector, trátese de un niño o un adulto.
La historia de la intolerancia en la literatura para niños tiene ejemplos tan notables como el del autor francés Michel Tournier, premio Goncourt, que después del éxito que le supuso la publicación de su magistral novela Viernes o los limbos del Pacífico, pasó las «mil y una noches» para conseguir que algún editor juvenil se arriesgara a publicarle Viernes o la vida salvaje, esa poética novela que se conoce en nuestra lengua gracias a Noguer. Tournier afirma que las editoriales especializadas viven bajo el terror que significa la censura y vigilancia de las asociaciones de padres de familia y los libreros, cierto tipo de periódicos y otros. El que una editorial se arriesgue con determinado libro, opina él, significa que la tomen como sospechosa y ya se comience a desconfiar de toda su producción posterior.
—41→En realidad, editar libros para niños deviene gran responsabilidad pues de aquello que haga el editor de una obra podrá depender mañana el buen juicio, la amplitud de criterios y hasta la proyección vital del que en el futuro será un adulto. Esa responsabilidad se asume a veces tan en serio que los editores, lejos de convertirse en promotores de cuanto surge, estímulos de la buena literatura, devienen censores represivos, que sólo velan por mantener lo establecido y no se arriesgan ante propuestas más novedosas. Para usar una imagen figurada, diría que son una puerta pero que, lejos de franquear el paso, lo obstaculizan.
En sentido general los escritores con obras «diferentes» y que se salen de la media o norma establecida, sólo acceden a las editoriales cuando las avala un gran premio y, si al fin logran poner «una pica en Flandes» dentro de alguna colección, tal vez ya tengan abierto el camino.
Joel Franz Rosell, un compatriota residente en París, escribía hace poco en la revista Alacena algo que da otro matiz a la intolerancia que existe en este campo. Por su experiencia ha constatado que aquello que puede constituir el mayor atractivo de los grandes valores de la literatura iberoamericana para adultos, se convierte en defecto cuando se trata de la infantil, es decir, lo exótico, autóctono y peculiar que no necesariamente tienen que carecer de universalidad.
Por eso, siguiendo una idea que para mi quehacer autoral representa una especie de credo, afirmo que no se podrá hablar de que la literatura infantil sea un espacio para la tolerancia, mientras las infraestructuras que la rigen en todas partes no resalten más flexibles y dinámicas, mientras no nos preguntemos -viendo fantasmas por todas partes- qué puede ser más pernicioso que lean los niños.
Creo que casi todos los buenos autores de literatura infantil somos un poco locos y anticonvencionales. Nos gusta lo oculto, lo improbable y hasta puede que aquello mismo que más nos han prohibido. Ese sentimiento de rebeldía innata, ¿no es acaso lo más infantil que nos queda adentro? Solemos ir contra la lógica de las cosas y encontramos en lo absurdo o el disparate más razones y fundamentos convincentes para enriquecer de nuevas experiencias nuestras vidas. Como ha dicho Tormod Haugen: «escribir significa luchar para —42→ hacer un sueño realidad. De vez en cuando tiene lugar un momento mágico: visión-persona se hacen una. Es como tocar un unicornio, pero muy dulcemente».
Tal vez los libros para niños esgriman la tolerancia como un arma para que esos adultos del mañana sean mejores y nos procuren una hermosa vejez; mas, realmente, detrás del mundo de la literatura infantil no suele haber a menudo más que incomprensión, intolerancia e intereses bien poco altruistas.
Así, si debemos dar un margen a la intolerancia en nosotros, debe ser a la que luche contra la guerra, la especulación con los más puros sentimientos humanos, la envidia, la falta de amor, de solidaridad y de cuanto represente un paso de avance para este planeta, cuyo desarrollo científico y técnico nos lleva a las más remotas galaxias con prontitud, aunque aún, sin que consigamos entenderlo, existan seres con sentimientos muy propios del hombre de las cavernas.
Entonces, sólo queda ir en pos del unicornio soñado de la tolerancia. Como sueño que es al fin y al cabo, vive lejos y a veces no se deja ver aunque esté ahí mismo. Cuantos escriben para niños, cuantos defienden su literatura y los propios niños lo saben bien porque alguna vez lo han visto. Yo también.
(Fragmento de una ponencia-clausura pronunciada en el I Encuentro de Literatura Infantil, celebrado en el Castillo de Butrón, Bilbao, 1995).
