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ArribaAbajo ¿El sexo en la literatura infantil?

Luis Cabrera Delgado15


La actividad sexual, en lo referente a su carácter biológico, es normal y natural en la vida del hombre. Esta perogrullada viene avalada no sólo por modernos tratados de sexología, sino por un libro tan antiguo y universal como lo es la Biblia. En el capitulo I del Génesis, en el principio de todas las cosas, y en su versículo 27, aparece la reafirmación de esta condición en el más y mejor organizado organismo vivo de la creación: «Creó, pues, Dios al hombre a su imagen, macho y hembra los creó. Y los bendijo Dios y díjoles: Procread y multiplicaos». Pero el sexo no es tan sólo esto, es también expresión de los sanos sentimientos espirituales que pueden, y deben, unir a la pareja.

La respuesta sexual biológica es innata, pero la conducta sexual en toda su gran gama de requerimientos, es aprendida. Dos sujetos, varón y hembra, como lo fueron Adán y Eva, criados en un hipotético sitio al estilo de La isla azul, sin que nadie los enseñe, sabrán acoplarse y reproducirse, pero no sabrán aspectos puramente convencionales como que «los varones no lloran» o que «las muchachas esperan hasta que se les enamore»; por lo tanto, niéguese o no, existe una educación sexual, transmisora de ideas, valores y conducta.

La literatura como hecho social, que es como una de las formas de la conciencia social, refleja la vida del hombre y, por lo tanto, en mayor o menor medida, refleja también la cultura sexual de una época. Basta oír a Bernarda Alba exclamar, enérgica y autoritaria, el último parlamento de la obra de Federico García Lorca: «Nos hundiremos todas en un mar de luto. Ella, la hija menor de Bernarda Alba ha muerto virgen», para percibir toda la represión social que sobre la vida del individuo ejercía una España enclaustrada y detenida en el tiempo.

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Quiérase o no -¿y por qué no?-, la literatura que leen los niños, como literatura al fin y al cabo, es un espejo en el que se percibirá la apropiación estética del autor acerca de aspectos vinculados, directa o indirectamente, con la actitud sexual. Cuando Martí, en el cuento La muñeca negra, nos habla de la labor del padre: «Hoy el padre no trabajó mucho, porque tuvo que ir a una tienda», o refiere la alegría de la madre: «La madre a todo dice que sí, y se puso el vestido nuevo, y le abrió la jaula al canario», va a dejar entrever los roles y las relaciones interpersonales de una familia en determinado estrato social.

Antón Seminovich, en su artículo «Acerca de la literatura infantil», escribía: «Es difícil imaginarse un tema que no pueda ser ofrecido a los niños. Incluso el amor, el corriente amor sexual, no puede quedar excluido de la esfera temática infantil».

En la literatura infantil, ajustados a los requerimientos del género, están, y pueden estar como cualquier otro tema, aquellos relacionados con aspectos de la vida sexual; no sólo, ¡y por favor!, de la semillita y de los socorridos animalitos, sino también de la del hombre.

Franz tiene el pelo lleno de rizos rubios, los ojos como la flor de trigo, la boquita de cereza y las mejillas muy sonrosadas. Por eso, la mayoría de la gente le ve como a una niña (...) Entonces a Franz no se le ocurrió nada mejor que desabrocharse los pantalones y dejarlos caer.

Después se bajó los calzoncillos hasta las rodillas. (Christine Nöstlinger, Historias de Franz).



El sexo en la literatura infantil no ha sido manejado de fama monocorde, sino que este asunto aparece en ella con diferentes enfoques ideotemáticos y formales, diferentes pianos y diferentes voces.

La primera fuente en la que se nutriera la imaginación infantil, lo fue el relato oral de la tradición; cuentos estos que por su procedencia popular estaban muchas veces cargados de picardía y «doble sentido» por relatar conductas, comportamientos y percances que giraban alrededor del sexo. Cito, de República Dominicana, el cuento «Juan Bobo y el secreto de la princesa», aparecido en la colección Cuentos picarescos de América Latina, «publicada   —45→   (según sus editores) para difundir la literatura infantil propia de nuestro entorno». A las preguntas de la princesa con respecto al precio de los cerdos que vende el protagonista de la historia, este responde invariablemente: «Yo no lo vendo ni lo fío (...) pero si usted me enseña...» Y progresivamente va pidiendo a cambio de cada uno de sus tres cerdos, una zona del cuerpo: «...desde el tobillo hasta la mitad del muslo» (...) «desde la mitad del muslo hasta la cadera» (...) «desde la cadera hasta el pecho».

El contenido sexual en la literatura infantil va a satisfacer en muchos casos el interés de información de los niños con respecto a ese maravilloso y sorprendente fenómeno de la procreación; fenómeno este que ha sido abordado de forma más o menos realista en el mundo animal. En algunos casos, como este que cito a continuación, con un extraordinario ahorro de recursos, la autora cubana Nersys Felipe en su libro Cuentos de Guane, plantea el proceso por el que siempre debiera transcurrir la procreación: sentimiento-sexo (implícito en este caso) -nacimiento:

...o el tío va en el caballo a los hoyos del río, o Lolo viene en la yegua de Guane. Y parece que de tanto verse, el caballo y la yegua se enamoraron, y ahora la pintada va a tener un potrico.



Ahora bien, los creadores de literatura infantil no seríamos totalmente honestos, sinceros ni valientes, si no expulsáramos de nuestros libros a la falaz cigüeña cuando en ellos hablamos de seres humanos.

Mi padre y mi madre me habían explicado cómo pasa todo, desde el momento en que la tripa comienza a crecer: la pequeña, la invisible semilla colocada allí por el padre, el óvulo que se desarrolla día a día dentro, eso yo lo sabía. Me acuerdo de que un día hasta me hizo gracia ver moverse la tripa de mi madre. -Es el bebé que se mueve aquí dentro -dijo ella.

-Con tanta patada hasta es posible que tengamos un jugador de fútbol -dijo mi padre. (Alise Vieira, Rosa, mi hermana Rosa).



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Las diferencias anatómicas entre varones y hembras preocupan sobremanera en determinadas edades a aquellos niños que por carencia de experiencia desconocen cómo son unos y otros. Utilizo un ejemplo en el que aparece esta indagación tomado de mi libro inédito Catalina la maga.

A la hora del receso, Catalina se hizo invisible y entró. Afuera quedaron sus ansiosas compañeras, pues al fin lo sabrían. La espera no fue larga.

Catalina regresó enseguida y, aún antes de hacerse totalmente visible, su voz resonó en medio del grupo.

-¡Orinan para dos!



Pero el sexo no es sólo lo anatómico; él es basamento para la aparición de determinados sentimientos que se van descubriendo a medida que estos se forman en el contacto humano, primero con un matiz mayoritariamente sensorial:

Y, mientras él me contaba yo me daba cuenta de que tenía unos ojos negros muy lindos y de que me gustaba mucho cómo se le resbalaba el pelo de la frente (...) Yo no supe qué decirle porque nunca entendí bien qué quiere decir gustar de alguien. Yo lo que sé es que cuando lo veo me entra una especie de calorcillo, como cuando una vuelve a casa en el invierno y se acerca a la estufa, y en la mesa hay tostadas con manteca y dulce. También sé que a veces no lo veo con los ojos, pero sé que está, como si pudiese verlo con el cuerpo. Y que, si se me acerca de sopetón, me equivoco toda, se me caen las cosas y se me mezclan las palabras. (Graciela Montes, Tengo un monstruo en el bolsillo).



El amor conduce al deseo de estar juntos. La forma social y tradicionalmente establecida para que las personas que se aman lo estén, es el matrimonio. En la literatura infantil, con mayor frecuencia que en la realidad, nos vamos a encontrar la referencia a la familia completa y felizmente establecida: padre y madre que se quieren, e hijos: «Vivía (...) con su papá (...) y su mamá (...) y su hermanita Ida» (Astrid Lindgren, Miguel el travieso).

A partir de la década del sesenta se ha ido produciendo un vuelco significativo en las reglas tradicionales de organización de la vida familiar, en

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Il. de Raúl Pérez y Luis Lorenzo para Oros viejos, De Herminio Almendros (La Habana: Gente Nueva, 1989, p.21)

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favor de una diversificación de formas de unión, y no es el matrimonio ya la única posibilidad de realización para la mujer.

(El señor Egon)... se trataba familiarmente con la señora Bartolotti dos veces por semana (...) Iban al cine o al teatro, después a cenar. Luego tomaban una copa o tomaban un café. Dos veces por semana el señor Egon llamaba a la señora Bartolotti Bertita. Y dos veces por semana la señora Bartolotti llamaba al señor Egon Egoncito. Pero el resto de los días de la semana (...) ella lo llamaba Señor y él la llamaba Señora (...) Los días de familiaridad eran siempre los martes y los sábados. (Christine Nöstlingler, Konrad, el niño que salió de una lata de conservas).



Pero ni aún así la vida es tan sencilla, el amor tan mecánico ni la felicidad tan fácil. Cuando, en el cuento Adiós, de la brasileña Lygia Bojunga Nunes, la madre le comunica a la hija que se va a separar del papá de esta, le dice: «Me he enamorado de otro hombre, Rebeca. Estoy sintiendo algo por él que nunca, ¡nunca!, había sentido antes (...) esas cosas nunca se saben bien, pero sé que me fui sintiendo sola... vacía... vacía de amor».

Las relaciones de pareja en la literatura infantil no quedan sólo en sus aspectos más sentimentales, sino que también han abarcado otras cuestiones, digamos, más prácticas del asunto. El sexo es acto de fundación, y ello no se cuenta sólo en el texto bíblico; de manera sutil e inteligente, con un nivel de sugerencia que motiva a la imaginación. Ricardo Mariño, de Argentina, y sin que este sea el objetivo central del cuento, remeda el pasaje agregándole ingenio y humor en La isla de los narigones: «...sólo pudieron nadar hasta la isla un hombre y una mujer, de quienes únicamente se sabe que tenían dos enormes narices (...) y el pelo verde».

Los náufragos echan una botella al mar con un mensaje para que los rescaten; mil años después, y tras una azarosa odisea por todo el planeta, el mensaje es descubierto por una persona que organiza una expedición para rescatar a la pareja; cuando llega a la isla se encuentra «...todo lo que hay en cualquier ciudad menos a los náufragos del mensaje», y comenta: «Lo único que resultó raro fue que todos los habitantes eran narigones y tengan el pelo verde».

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Hay otros aspectos, como la homosexualidad -y recuerdo el magnifico libro Jim en el espejo, de la sueca Inger Edelfeldt-, la prostitución, los divorcios, las violaciones, y otras conductas relacionadas con el sexo que también han sido recogidas por la literatura infantil; pero trataré otro aspecto interesante y candente: el tratamiento de los sexos. Considero que la igualdad entre los sexos es uno de los asuntos más difíciles y peliagudos del tema. Existen, ¿quién lo duda?, diferencias anatomifisiológicas entre el hombre y la mujer, pero no es sólo eso; hay otras características más allá de lo puramente físico o biológico, que los distingue: mayor sensibilidad en unos, menos agresividad en otros.

Era ella como la luna alta y quieta (...) graciosa (...) clara y fresca como las gotas de rocío (...) Bella (...) hermosa (...) suave como la brisa (...) El príncipe Canek era valeroso y tenaz de corazón. (La princesa Sac-nicté. Leyenda maya).



La igualdad, la total y verdadera igualdad entre los sexos, no se alcanza si el rasante a usar no cruza sin contemplación alguna por encima de todos y cada uno de los factores que intervienen en el asunto; no siempre, cuando de igualar a hembras y varones se trata, se ha sido lo totalmente abarcador y sincero, profundo y radical que se necesita.

Andrés, cuando volvía de la mar, traía el jornal y un cubo lleno de pescado (...) Entonces Manuela cocinaba (...) Luego, Manuela volvía a casa y cocinaba la cena para todos mientras Andrés se dejaba caer por la taberna. (Juan Farias, Los corredeiras).



Una y otra vez, en la literatura infantil de todos los tiempos, nos vamos a encontrar el reflejo de la cultura de superioridad del hombre sobre la que está edificado el mundo actual, partiendo de su célula fundamental: la familia.

En el país de Letrilandia había unos reyes: un rey y una reina. Tenían tres hijos preciosos: un niño y dos niñas; un príncipe y dos princesas (...) junto a Letrilandia se extendía el país de los gigantes: Gigantilandia (...)   —50→   El país de Gigantilandia lo gobernaba el mago Catapún, que estaba casado con la maga Catapana. Tenían un hijo y una hija: Catapán y Catapina. (Aurora Usero, Letrilandia).



Mientras que el padre se ubica siempre en la literatura como figura principal o el primero en una enumeración, la madre aparece relegada a un segundo plano o, sencillamente, no aparece.

En el camino de la costa de Varadero, cerca de Carboneras, vivía un cochero, llamado Martín Colorín, que tenía dos hijos, un perro sato, un caballo blanco y un coche. (Dora Alonso, El cochero azul).



El carácter prioritario del hombre, determina que históricamente se haya establecido el deseo de que el primer hijo sea varón, y es raro encontrar ejemplos, o al menos están en una gran desproporción, de obras de la literatura infantil donde el primogénito no pertenezca al supuesto sexo fuerte. «Delante marchaba Vasia. Y detrás de todos (...) a pasitos cortos Niuska, la hermana pequeña de Vasia.» (Y. Sótnils, Cosas de muchachos)

La igualdad entre los sexos implica abolir la división del trabajo en función del sexo, tanto público como doméstico, pues la práctica discriminatoria de la mujer al servicio del hombre existe desde los tiempos en que los dioses habitaban la tierra.

...(Ochún) iba todos los días a la corriente y le traía piedras a su futuro esposo. Piedras y raíces de mangle, que a él (Changó) le gustaba mucho comer. (Changó y la jicotea. Leyendas africanas en versión de Miguel Bamet).



Otro aspecto interesante por analizar es el relativo a los personajes y su conformación psicológica. En muchos casos, la literatura infantil ha recurrido a caracterizaciones simplificadas, normalizadas por la costumbre y fácilmente identificables, en las que, por lo general, se presenta a las mujeres en sus roles clásicos de esposa, madre o hermana y virtuosa joven.

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Il. de Jesús Gabán para Los corredoiras, de Juan Farias (Madrid: SM, 1988, p. 73)

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Debo casarme contigo y tu padre consiente en ello, más antes de que me contestes, escucha la petición que te hago. ¿Te comprometes a obedecerme siempre en todo lo que yo te pida sin ponerme nunca mala cara? (...) No soy digna de la honra que me otorgas, señor, pero te aseguro que tu voluntad será siempre la mía... mejor moriría que darte motivo de queja. (Godofredo Chaucer, Griselda y Gualterio).

Gabriel siempre había sido un buen chico. Pero, cuando nació el bebé, dejó de serlo. Su mamá pensó que, a lo peor, tenía sus razones para portarse así de mal. Ella había estado muy ocupada preparando la llegada del nuevo niño y no le había hecho mucho caso.

Un día, la mamá fue a la cocina y le dio el biberón al bebé. Después preparó un bizcocho con harina, leche, huevos y trocitos de naranja, y lo metió en el horno (...) Lo preparó con una sola mano, porque con la otra acunaba al bebé. Así que al terminar estaba cansada, pero no le sirvió de nada porque Gabriel no quiso probar el pastel. (Asun Balzola, Por los aires).

La más joven le concedió el don de ser la persona más bella del mundo; la segunda, que tendría alma de ángel (...) que todo lo que hiciera tendría una gracia admirable (...) que bailaría bien (...) que cantaría como un ruiseñor. (Charles Perrault, La bella durmiente).



En la literatura infantil de los últimos tiempos, de acuerdo con todo el movimiento contrario a la discriminación de la mujer, se han estado poniendo algunas cartas sobre la mesa, y recuerdo al héroe y protagonista de La historia interminable, de Michel Ende -Bastián Baltasar Bus-, quien a pesar de la fuerza de su nombre, es descrito como miedoso, torpe, débil y flojo, entre otros adjetivos por el estilo; mientras que en una inversión de los roles establecidos, la escritora sueca Astrid Lindgren trajo al mundo literario esa estrafalaria y poco presumida figura -adorable personaje- que rompe los ya anacrónicos cánones de la femineidad cuando, con su fuerza e independencia, Pippa Mediaslargas, que así es su nombre, exclama: «No te preocupes por mí que yo sé cuidarme solita».

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Sé que todos los argumentos expuestos en este artículo son discutibles, pues hay numerosos puntos de vista que avalan o rebaten estos criterios, ya que alrededor del sexo gravitan los más variados aspectos tradicionales, éticos, filosóficos, científicos, religiosos, económicos y políticos, pero el objetivo que persigo es precisamente, estimular el análisis. Solamente me atrinchero en una verdad y es, a mi modo de ver, que la literatura infantil, hablando con un término sexual, nunca ha sido, como tampoco los niños, ni tan casta ni tan pura; que ha respondido también a la ética sexual de la época y de su autor, y que, a pesar de su disfraz de ingenua, partidista como es, va a influir, en uno u otro sentido, en la formación de los componentes de relación de la personalidad de sus lectores.


OBRAS CITADAS EN EL TEXTO.

ALMENDROS, H.: «La princesa Sac-nicté. Leyenda maya», en Oros Viejos. Ciudad de La Habana: Gente Nueva, 1976.

ALONSO, D.: El cochero azul. Ciudad de La Habana: Gente Nueva, 1984.

ANDRADE, J. M.: Cuentos picarescos de América Latina. Juan Bobo y el secreto de la princesa. Coedición Latinoamericana. Brasil: Editorial Ática, 1983.

BALZOLA, A.: Por los aires. Madrid: S. M., 1991.

BARNET, M.: Akeké y la jutíá. Changó y la jicotea. Ciudad de La Habana: Gente Nueva, 1989.

CABRERA DELGADO, L.: Catalina la maga. Inédito.

CHAUCER, G.: Cuentos de Canterbury. Griselda y Gualterio. Madrid: Aguilar, 1962.

EDELFELDT, I.: Jim en el espejo. Salamanca: Lóguez, 1983.

ENDE, M.: La historia interminable. Madrid: Alfaguara, 23a ed., 1986.

FARIAS, J.: Los corredeiras. Madrid: S. M., 1988.

FELIPE, N.: Cuentos de Guane. Casa de las Américas: La Habana, 1976.

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GARCÍA LORCA, F.: «La casa de Bernarda Alba», en Obras completas. Madrid: Aguilar, 4ª ed., 1962.

LINDGREN, A.: Miguel el travieso. Barcelona: Juventud, 2a ed., 1988.

Pippa Mediaslargas. Ciudad de La Habana: Gente Nueva, 1986.

MAKARENKO, A. S.: «Acerca de la Literatura Infantil», en Literatura Infantil. Selección y prólogo de César Leante. Ciudad de La Habana: Ministerio de Cultura, 1979.

MARIÑO, R.: Cuentos ridículos. La isla de los narigones. Ciudad de La Habana: Gente Nueva, 1989.

MARTÍ, J.: «La Edad de Oro», en Obras completas, t. 18. Ciudad (le La Habana: Editora Nacional de Cuba, 1986.

MONTES, G.: Tengo un monstruo era el bolsillo. Buenos Aires: Libros de Ouirquincho, 1988.

NÖSTLINGER, C.: Konrad, o el niño que salió de una lata de conservas. Ciudad de La Habana: Gente Nueva, 1987.

— Historias de Franz Madrid: S. M., 6ª ed., 1989.

PÉREZ DÍAZ, E.: Cuentos sin edad. Adiós, de Ligia Bojunga Nunes. Ciudad de La Habana: Gente Nueva, 1987.

PERRAULT, C.: «La bella durmiente», en Cuentos de Perrault. Barcelona: Noguer, 1967.

SAGRADA Biblia. Madrid: Editorial Católica, 4ª ed., 1977.

SÓTNILS, Y.: Cosas de muchachos. Ciudad de La Habana: Gente Nueva, 1987.

USERO ALIJARDE, A.: Letrilandia. Zaragoza: Edelvives, 1988.

VIEIRA, A.: Rosa, mi hermana Rosa. Madrid: S. M., 1988.