El Café de las Flores
Comedia en tres actos1
Víctor Ruiz Iriarte
Berta Muñoz Cáliz (ed. lit.)
El estreno de
El Café de las Flores tuvo lugar en el Teatro Reina
Victoria de Madrid, la noche del 9 de octubre de 1953, por la
compañía de Tina Gascó y Fernando Granada;
compañía que había apostado por el autor desde
su primer estreno en 1945, El puente de los suicidas, y
que volvería a escenificar varias obras suyas en los
años sucesivos. El propio Ruiz Iriarte destacaría,
con su habitual generosidad, el importante papel que Tina
Gascó y Fernando Granada habían desempeñado en
su trayectoria al señalar, hacia 1955, que «En realidad, a ellos les debo el poder contarme
como autor entre los que hoy lo son»
(Orta 1955, 32).
Centrándonos en El Café de las Flores, se
puede decir que tuvo un éxito de público bastante
aceptable, ya que estuvo en cartel durante dos meses, y
alcanzó 67 funciones, según datos del Centro de
Documentación Teatral.
Los
críticos del momento, por lo general, se mostraron muy
elogiosos al valorar su primer acto, pero valoraron en menor medida
los dos restantes. Entre los más entusiastas se encontraba
el cronista de la revista Teatro, quien escribió:
«Si se aclara primero que El
Café de las Flores es una excelente comedia, y que,
como es habitual en su autor, se entremezclan en ella la agudeza y
la poesía, y tiene un brillante diálogo, podremos
decir después que esta obra ha estado a punto de ser la
mejor comedia de Ruiz Iriarte, pero no lo ha sido. Y, en
consecuencia, que su primer acto es probablemente el mejor primer
acto de Ruiz Iriarte, pero que los otros dos no quedan a tan alto
nivel»
(Teatro 9 [sept.-dic.
1953]: 5). Más severo se mostraba Luis Calvo, quien
coincidió en destacar la brillantez del planteamiento, pero
criticó duramente el posterior desarrollo de la
acción y los diálogos: «Me
placía el arranque de la nueva comedia de Víctor Ruiz
Iriarte. Me recordaba su farsa El puente de los suicidas y
la de Casona, La sirena varada. Presentía que el
autor, hombre ingenioso, fértil en recursos imaginativos,
buen dialoguista, propenso a la exudación humorística
y al regate lírico; presentía una atmósfera
jugosa, aunque fantástica, colmada de tipos humanos, aunque
descarriados y lunáticos. Veía venir el sainete y la
farsa, entreverados. Y a fe que lo celebraba, porque uno
también acude a los estrenos con el ánimo abierto a
la esperanza. Pero poco a poco me fui desilusionando»
(ABC, 10 oct. 1953).
Por no multiplicar
los ejemplos, añadiremos únicamente las palabras de
Gonzalo Torrente Ballester, por entonces crítico teatral de
Arriba, quien valoraba tanto el planteamiento como el
desenlace final: «La comedia de Ruiz Iriarte arranca de un
sentimiento verdadero y profundo, y todo su primer acto, una vez
que descubre su línea, permanece fiel a ella». Para
Torrente, la obra decaía en el acto segundo, aunque se
recuperaba posteriormente: «Quizá
sea que nos hemos hecho demasiadas ilusiones; pero la verdad es que
un primer acto tan bonito, transcurrido en un escenario tan bonito,
con unos personajes llenos de posibilidades, daban pie a esperarlo.
Hubo un momento de peligro: cuando llegó el "marido".
Afortunadamente, el tercer acto se recobra, y sin alcanzar la
altura del primero, da, sin embargo, solución satisfactoria
a los cinco destinos congregados una noche de estío en el
Café de las Flores»
(Arriba, 10 oct.
1953).
El autor escogió como título de su obra el nombre de uno de los espacios en los que transcurre la acción, espacio que, en verdad, adquiere un papel protagónico, sobre todo en el celebrado acto primero, que transcurre enteramente en él. La terraza de El Café de las Flores -que el boceto del decorado presentaba como un espacio arbolado, con veladores y un columpio- se nos presenta como un lugar abierto, nocturno, bohemio, propicio para el amor y para las grandes ilusiones, donde «vienen muchos estudiantes, y artistas, y parejas de novios». El propio Ruiz Iriarte, al igual que otros escritores de su generación, compartía en cierto modo esta idea de los cafés como espacios asociados a la bohemia y a la creación literaria, tal como él mismo escribió tan solo unos meses antes de estrenar esta comedia:
| (Ruiz Iriarte 1952, 45) | ||
Pero el espacio del café no solo está asociado a las grandes ilusiones; también lo está a las expectativas frustradas. En esta obra de Ruiz Iriarte, el único artista que aparece, César, es un pintor fracasado, que no acude al café para crear, sino para dormir, por eso ha de hacerlo cuando este ya ha cerrado, y por eso los camareros lo echan cuando amanece. Pero no solo el artista aparece como un personaje derrotado. Si el café era espacio para el amor y las ilusiones de juventud (representados por El Muchacho y La Muchacha), también lo es para las citas a las que nunca llega uno de los amantes (Marta), y para la nostalgia de quienes fueron abandonados (Laura). También para quienes han de trabajar por la noche, porque no les alcanza con lo conseguido durante el día, como la vendedora de tabaco o el taxista. No es precisamente una realidad idealizada en un típico «decorado de tresillo» -tan común en la comedia española de los años cincuenta- la que presenta esta obra, al menos en su planteamiento.
Frente a este atípico café, el otro espacio en el que transcurre la acción de El Café de las Flores, la casa de la protagonista, representa un provisional oasis, un espacio seguro y confortable -el boceto del decorado nos muestra un espacio muy en línea, ahora sí, con el de las comedias «de evasión» de la época-, donde toda la felicidad parece posible. Los solitarios personajes que una noche se encontraron en la terraza del café acuden a la casa de Laura gracias a la generosidad de esta, que se atreve a alterar el rumbo de unas vidas que parecían condenadas a una soledad irremediable. En el acto tercero, la acción transcurre igualmente en casa de Laura, aunque ahora la llegada de Gonzalo deja en evidencia lo ilusorio de la situación en que viven los invitados de aquella, la mayoría de los cuales se verán obligados a volver a ese espacio de soledad e incertidumbre que constituía la terraza del café.
En cierto modo, El Café de las Flores es la historia de la gestación de una utopía, su puesta en marcha y la constatación de su fracaso. Laura, la protagonista, no se resigna a aceptar ni su propia adversidad ni la de sus semejantes, y se rebela fabricándose su pequeña y doméstica utopía. Laura no cree «en la lucha de clases», tal como ella misma afirma, y reúne en su casa a personajes de distintos estratos sociales, unidos por su soledad. De algún modo, frente a ese otro teatro conservador empeñado en demostrar la imposibilidad de la reconciliación y la culpabilidad de una clase social -ejemplo significativo sería El cóndor sin alas, de Juan Ignacio Luca de Tena, estrenada el año anterior a El Café de las Flores-, Ruiz Iriarte hace abstracción de las circunstancias históricas y sociales, y hace un llamamiento al sentimiento de fraternidad entre las personas, sean de la clase social que sean. El planteamiento, dentro de su ingenuidad, no carece de cierta valentía.
Pero tampoco crea el lector que se encuentra ante una obra «subversiva», como dirían los censores franquistas. Para los invitados de Laura sus problemas no están relacionados con su frágil economía, ni con ningún otro aspecto que tenga que ver con el sistema político y social en el que viven. Su principal problema no es otro que la soledad, y la solución que se propone sería tan sencilla como imposible de llevar a la práctica. Sencilla porque parece depender, únicamente, de la buena voluntad de un personaje «superior» (con más iniciativa, más bondad y más recursos económicos que el resto) y de la capacidad de aceptar este regalo por parte de los más desvalidos. E imposible de llevar a cabo porque esta solución choca con el orden establecido, orden que parece inalterable por naturaleza -al menos, en lo fundamental- y capaz de ahogar cualquier iniciativa «revolucionaria». Los problemas que se plantean, pues, son individuales, nunca sociales, y lo mismo sucede con las soluciones propuestas. El autor, como su heroína, da por hecho que la vida es «sucia, fea y triste», y ante tal situación, propone una salida fantasiosa y alejada de la lógica cotidiana que, previsiblemente, no podía durar demasiado. En la España sucia, fea y triste de los años cincuenta, la obra de Ruiz Iriarte presentaba a unos personajes que, siquiera temporalmente, habían conseguido olvidarse de la realidad y ser felices, tal vez como el público que asistía a la representación de El Café de las Flores.
Tampoco es «subversiva» esta obra en los aspectos formales. Cabe destacar aquí que el autor expresa lo que opina sobre el arte más renovador de su tiempo a través del personaje de César, quien parece haberse creído los discursos más o menos «revolucionarios» sobre la sociedad y sobre el arte, y que expone sus opiniones de una forma que roza el ridículo. Significativamente, César fracasará en todos sus intentos. No obstante, se diría que, en el fondo, la figura del artista bohemio despertaba en el dramaturgo una cierta simpatía, aunque se tratara de un artista de vanguardia, y en lugar de condenarlo sin más, le concede nada menos que el cariño, y puede que hasta cierto enamoramiento, de la protagonista.
En consecuencia con lo dicho, la arquitectura de esta función es bastante tradicional, una comedia «bien hecha», como no podía ser de otro modo en un autor que deja bien claro en esta obra lo que piensa del arte más avanzado y que gusta de pintar su terraza «con árboles» (a diferencia del impulsivo César, que quiere talar el jardín de Laura para pintarlo): estructurada en tres actos, que se corresponden con el planteamiento, nudo y desenlace de la acción dramática; los diálogos fluyen hábiles e ingeniosos; los personajes se expresan con arreglo a las leyes del «decoro», esto es, según su condición social; su trama está bien calculada y las informaciones se van desvelando de acuerdo con una estrategia pensada para mantener el interés y la sonrisa del espectador, es decir, estamos ante una obra construida con una espléndida «carpintería» teatral, como es habitual en la producción de Ruiz Iriarte. De hecho, una de las críticas que le hizo Torrente Ballester a esta comedia residía en su peligrosa proximidad a una «fórmula» que por entonces el autor, ya con unos cuantos estrenos y varios éxitos a sus espaldas, manejaba con destreza.
Desde la óptica de los lectores del siglo XXI, tal vez uno de los aspectos que nos pueden resultar más chocantes es la imagen que se ofrece de la mujer a través de la muy desvalida Marta, por la excesiva dependencia hacia una relación amorosa que la empuja a abandonar su trabajo y a dejarlo todo por esa relación. Más aún si tenemos en cuenta que esa actitud se presenta como «normal» frente a la particular rebelión de Laura, que sí se presenta como extraordinaria. Lo cierto es que los tiempos eran así, y el autor muestra esa realidad sin ejercer crítica alguna, pero sin proponerla tampoco como modelo a seguir.
En efecto, no es a la sumisa Marta a la que el autor presenta como heroína de esta obra, sino a la más vital, atrevida y generosa Laura. La generosidad es lo que principalmente define a este personaje, y no solo en el aspecto económico, ya que también es tremendamente comprensiva con quienes tienen ideas opuestas a las suyas, e incluso con su rival amorosa. De hecho, si algún «mensaje» se desprende de la obra es una invitación a ser más generosos y más comprensivos, ya que, en última instancia, la soledad y el desvalimiento nos aquejan a todos; no solo a quienes lo expresan de forma explícita (Marta, Cris, la propia Laura), sino incluso a quienes no son conscientes de ello (el Señor Pepe) y a quienes los disimulan con su soberbia (César); e incluso a los más afortunados (Gonzalo) pueden tocarles en suerte en algún momento de sus vidas.
Finalmente, a la idealista Laura no le queda más remedio que volver a la dura realidad, que, según como se mire, le resultará ahora un poquito menos dura, gracias a Cris y a la «redención» de Gonzalo; o tal vez algo más, ya que ha quedado sugerido un cierto cariño por César, el pintor que había sido capaz de entusiasmarse y de revivir las esperanzas perdidas gracias a ella; pero tiene que volver con un hombre que no espera ya grandes cosas de la vida ni del amor. Recuerda este final al de Tres sombreros de copa, la obra maestra de Miguel Mihura estrenada el año anterior a El Café de las Flores, pues también aquí la protagonista renuncia a la aventura y a las grandes pasiones y se somete a la fea y rutinaria cotidianidad, si bien en la obra de Ruiz Iriarte el desenlace es algo más reconfortante, pues admite la posibilidad de leerlo de forma más positiva. Al menos al permitir esta doble lectura, este final se despega ligeramente de los típicos -siempre felices y «digestivos»- en su género.
Berta Muñoz Cáliz
Centro de Documentación Teatral. Madrid
- Orta, Domingo «Gente de teatro en España (I). Víctor Ruiz Iriarte». Teatro 17 (sept.-dic. 1955): 29-32 y 76-77.
- Ruiz Iriarte, Víctor. «Viaje alrededor de un escenario. Cómo surge un escritor novel». Teatro 2 (dic. 1952): 42-47.
Esta comedia se estrenó en el Teatro Reina Victoria, de Madrid, la noche del 9 de octubre de 1953, con el siguiente reparto:
| PERSONAJES |
ACTORES |
| LAURA. | TINA GASCÓ. |
| MARTA. | ANTONIA MÁS. |
| CRIS. | VICTORIA RODRÍGUEZ2. |
| RITA. | CONCHITA SARABIA. |
| UNA MUCHACHA. | LOLITA GÓMEZ. |
| CÉSAR. | CARLOS CASARAVILLA. |
| GONZALO. | JUAN CORTÉS. |
| EL SEÑOR PEPE. | JULIO SANJUÁN. |
| EL CHICO. | ARTURO GONZÁLEZ. |
| UN MUCHACHO. | AGUSTÍN GONZÁLEZ. |
Decorados: Emilio Burgos.
Dirección: Fernando Granada.
|
Es de noche. Una suave madrugada de los primeros días del verano. La terraza de un café instalada entre los árboles viejos de un paseo público. La fachada del café se pierde allá, en la oscuridad, muy a lo lejos. Solo unas lucecitas lejanas, puntos luminosos en la penumbra que lo inunda todo, dan la sensación de un fondo confuso. Varias pequeñas mesitas, con sus mantelitos de distintos colores, están distribuidas de un modo irregular. A la izquierda -espectador- y, casi en primer término, hay un par de mesitas. A la derecha, pero más hacia el fondo, otras dos o tres mesitas. Una sola, aislada, en el centro. Cada una de las mesitas tiene en torno dos o tres butacas de mimbre. Algún pequeño toldo rectangular, o en forma de sombrilla, a rayas verdes y blancas. Un farol, a la derecha, en primer término. De las ramas de los árboles cuelgan, por aquí y por allá, algunas diminutas bombillas de diversos colores: rojas, verdes, azules... |
||||
|
(Cuando se levanta el telón, junto a una mesa de la zona de la izquierda, en primer término, está sentado CÉSAR. Un raro individuo de poco más de cuarenta años, cuyo aspecto denota una mezcla confusa de bohemio y de gran señor. Estos matices de la personalidad de CÉSAR no se perciben, de momento, por la particular postura que mantiene nuestro personaje: bien repantingado en una butaca, con los pies descansando en otra, se ha echado el sombrero sobre los ojos de modo que casi le oculta el rostro; tiene las manos en los bolsillos y, por su absoluta inmovilidad, parece que duerme. Muy lejos de CÉSAR, al otro lado, en las sombras que rodean las mesitas de la derecha, está MARTA. Es una mujer joven que viste como una de esas empleadas que visten bien; está sentada sola junto a una mesita. A su lado, en el suelo, descansa un maletín de viaje. Durante unos segundos, después de alzarse el telón, llega hasta aquí la melodía de moda que toca la orquestina de una «boîte» próxima. Cesa la música y, casi a continuación, se apagan las lucecitas de colores que penden de los árboles. Un gran silencio. Es ese silencio que, a ratos, en la madrugada, envuelve a toda la gran ciudad... Al fin, por la derecha, llegan el MUCHACHO y la MUCHACHA. Son dos jóvenes que, cogidos del brazo, caminan muy juntos y muy despacio; ambos tienen un acusadísimo y casi tierno aire provinciano. Él lleva, con notable galanura ciertamente, un viejísimo sombrero de paja de los que se usaban en 1925. Vienen en actitud de curiosearlo todo con muchísima atención. Al llegar a la solitaria mesita del centro se miran muy risueños y, con un mudo guiño de complicidad, se sientan muy satisfechos. Al unísono, giran las cabezas en torno. De pronto, la MUCHACHA, casi en éxtasis, se vuelve hacia el MUCHACHO.) |
||||
|
MUCHACHA.- ¡Hay que ver! |
||||
|
MUCHACHO.- ¿Cómo? |
||||
|
MUCHACHA.- ¡Hay que ver lo divertido que es Madrid de noche! |
||||
|
MUCHACHO.- (Convencidísimo.) Mucho, mucho. |
||||
|
MUCHACHA.- (Con enorme entusiasmo.) Pero ¿te das cuenta? ¿Eh? ¿Te das cuenta? |
||||
|
MUCHACHO.- ¡Digo! Como que no me pierdo un detalle. Ahora veo que tenía razón mi padre. Aquí, en Madrid, la gente no piensa más que en divertirse... |
||||
|
MUCHACHA.- ¿Estás seguro de que este es «El Café de las Flores»? |
||||
|
MUCHACHO.- ¡Segurísimo! Lo he visto en la «Guía». Aquí vienen muchos estudiantes y artistas y parejas de novios... Gente muy alegre. ¿Sabes? |
||||
|
MUCHACHA.- ¡Ay, lo que nos vamos a divertir! |
||||
|
MUCHACHO.- Mucho, mucho... |
||||
|
(El MUCHACHO, muy decidido, da unas enérgicas palmadas llamando al Camarero. En el acto, CÉSAR, como movido por un resorte, sin levantarse, se vuelve hacia la pareja irritadísimo.) |
||||
|
CÉSAR.- ¡Silencio! |
||||
|
(El MUCHACHO y la MUCHACHA, muy asustados, se ponen en pie casi de un brinco.) |
||||
|
MUCHACHA.- ¡Ay! |
||||
|
MUCHACHO.- ¡Caballero! |
||||
|
CÉSAR.- ¿Qué escándalo es este? ¿No saben ustedes la hora que es? |
||||
|
MUCHACHO.- Sí... Sí, señor. |
||||
|
CÉSAR.- Ya han cerrado el café. Se han ido los camareros... ¡No alboroten! |
||||
|
MUCHACHO.- (Muy azarado3.) ¡No, señor! Usted disculpe. |
||||
|
(CÉSAR los mira con indignada altanería, se cubre de nuevo la cara con el sombrero, recupera su primitiva postura y trata de dormir. El MUCHACHO y la MUCHACHA se sientan otra vez y se miran muy confusos. Ella se abanica. Él también se abanica con su sombrero.) |
||||
|
MUCHACHA.- ¡Je! |
||||
|
MUCHACHO.- ¡Je! |
||||
|
MUCHACHA.- ¡Qué calor! |
||||
|
MUCHACHO.- ¡Mucho! Mucho calor. |
||||
|
(De pronto, procedente de la izquierda, se oye un largo silbido. E inmediatamente, cruza la escena, por el primer término, de izquierda a derecha, corriendo como una exhalación, el CHICO. Es un muchacho de unos diecisiete o dieciocho años. Un golfo nocturno, sin atenuantes. El MUCHACHO y la MUCHACHA, sobresaltadísimos, le contemplan atónitos hasta que desaparece.) |
||||
|
MUCHACHA.- ¡Ayyy! |
||||
|
MUCHACHO.- ¿Te... te has asustado? |
||||
|
MUCHACHA.- Yo no. ¿Y tú? |
||||
|
MUCHACHO.- Un poquito. |
||||
|
MUCHACHA.- ¡Je! |
||||
|
MUCHACHO.- ¡Je! |
||||
|
(Se miran. Se callan. Se abanican. Otro silbido mayor que el anterior, que ahora viene de la derecha. Los MUCHACHOS se ponen en pie, más asustados todavía. Surge otra vez el CHICO, que cruza corriendo a una velocidad increíble, ahora de derecha a izquierda. Desaparece. Los MUCHACHOS se miran en la mayor de las confusiones. Después, en silencio, se miran, se sientan otra vez y se abanican.) |
||||
|
MUCHACHA.- ¡Je! |
||||
|
MUCHACHO.- ¡Je! |
||||
|
MUCHACHA.- (Muy bajito.) Te advierto que si yo tenía tantas ganas porque nos casáramos era, precisamente, para venir a Madrid en viaje de novios y hacer vida nocturna... |
||||
|
MUCHACHO.- (Un suspiro.) No me choca. Las mujeres os casáis para correr aventuras y ponerle a uno en cada compromiso... Pues, para que lo sepas: yo soy muy corto. |
||||
|
MUCHACHA.- (Generosamente.) Bueno. Pero yendo conmigo, no tienes nada que temer... |
||||
|
MUCHACHO.- (Con evidente consuelo.) Eso me dijo tu madre en la estación... |
||||
|
MUCHACHA.- (Muy natural.) Es que mi madre siempre tiene razón. |
||||
|
MUCHACHO.- (Algo escéptico.) Anda, anda. Tanto como siempre... |
||||
|
MUCHACHA.- ¡Ah! ¿No? (Picadísima.) ¿Es que vas a aprovechar la ocasión para meterte con mi madre? |
||||
|
MUCHACHO.- Pero, mujer... |
||||
|
CÉSAR.- (Gritando.) ¡Basta! |
||||
|
(Los MUCHACHOS se ponen en pie sobresaltadísimos.) |
||||
|
MUCHACHA.- ¡Ay! |
||||
|
MUCHACHO.- ¡Señor mío! |
||||
|
CÉSAR.- (Furioso.) ¡Basta! ¿Es que no saben hablar un poco más bajo? ¿Es que no les merece a ustedes algún respeto el descanso de los demás? (Muy cargado de razón.) ¿Es que un hombre decente no tiene derecho a dormir? |
||||
|
MUCHACHO.- Sí, señor. |
||||
|
CÉSAR.- ¿Qué libertinaje es este? |
||||
|
MUCHACHO.- ¡Sí, señor! |
||||
|
CÉSAR.- ¡A callar! |
||||
|
MUCHACHO.- Como usted mande... Sí, señor. |
||||
|
(El juego de antes. CÉSAR se vuelve y, con la mayor dignidad y con todo ahínco, trata de conciliar el sueño. El MUCHACHO y la MUCHACHA se miran francamente sobrecogidos.) |
||||
|
MUCHACHA.- ¡Je! |
||||
|
MUCHACHO.- ¡Je! Mira... Lo mejor será que demos otra vueltecita. |
||||
|
(Se cogen de la mano e inician la salida hacia la derecha, andando de puntillas y mirando a CÉSAR con muchísimo recelo.) |
||||
|
MUCHACHA.- Oye... |
||||
|
MUCHACHO.- (Inquietísimo.) ¡Chiss! No grites... |
||||
|
MUCHACHA.- (Muy bajito. Pero dichosísima.) Oye. Estoy pensando en la cara que pondrán todos cuando volvamos a casa y les contemos lo que nos estamos divirtiendo en Madrid haciendo vida nocturna... |
||||
|
MUCHACHO.- Pero ¿se lo vamos a contar? |
||||
|
(Salen. En el fondo surge CRIS. Una chica muy joven. Viste con modestia. Pero, sin embargo, hay en ella cierta salada y limpia coquetería. Lleva una cajita abierta que contiene varios paquetes de tabaco americano de distintas marcas. Lleva, además, un décimo de lotería.) |
||||
|
CRIS.- ¡Hay tabaco! Tabaco rubio. Me queda un veinticuatro mil que va a tocar... (Al pasar junto a MARTA se detiene muy amable.) ¡Señorita! ¿Me compra usted un paquete? |
||||
|
MARTA.- No, gracias. |
||||
|
CRIS.- ¿Se queda usted con el veinticuatro mil? |
||||
|
MARTA.- No... |
||||
|
CRIS.- Pues a mí me da el corazón que va a tocar... |
||||
|
MARTA.- (Sonríe.) A mí no. |
||||
|
CRIS.- ¡Qué desconfiada es la señorita! (Sonríe y marcha. Descubre a CÉSAR y va hacia él muy contenta.) ¡Ay! Pero si está aquí el señorito... Buenas noches, señorito. ¿Cómo está usted? Ya, ya se ve. Tan cómodo y tan ricamente. ¿Se acuerda usted de mí? Yo soy Cristina, la Cris. Anoche me compró usted cigarrillos y me dijo que me iba a pintar en un cuadro. Con una paloma en una mano, una guitarra en la otra y en la otra la bandera de las Naciones Unidas. (Se calla.) ¡Señorito! ¿Me compra usted algo? (Silencio. CÉSAR no se mueve.) ¡Oiga! Le advierto que, si no lleva pesetas, se admite el pago en dólares... |
||||
|
(CÉSAR se agita indignadísimo. Casi en un brinco.) |
||||
|
CÉSAR.- ¡Largo! |
||||
|
CRIS.- (Huyendo.) ¡Ayyy! |
||||
|
CÉSAR.- ¡Descarada! |
||||
|
CRIS.- Oiga, oiga... |
||||
|
CÉSAR.- ¡Fuera de aquí! (En pie. Con gesto de desesperación y los ojos puestos en el cielo.) ¡Santo Dios! Pero ¿es que en este país no se puede dormir? ¿En qué está pensando el Ayuntamiento? |
||||
|
(Se vuelve a sentar y se acomoda otra vez. La chica, en su huida, ha llegado junto a MARTA.) |
||||
|
CRIS.- ¿Ha visto usted? ¡Vaya un genio! Como si no supiera una que lleva tres noches durmiendo aquí, al aire libre... |
||||
|
MARTA.- (Con timidez.) Oye, pequeña. ¿Qué hora es? |
||||
|
CRIS.- Ya han dado las tres, señorita.4 |
||||
|
MARTA.- ¡Dios mío! ¿Tan tarde? |
||||
|
CRIS.- Sí, señorita. (Mirándola con curiosidad.) ¿Esperaba a alguien la señorita? |
||||
|
MARTA.- Sí... |
||||
|
CRIS.- ¡Qué romántico! Una cita en este café a la luz de la luna... (Transición.) ¿Y no ha venido? |
||||
|
MARTA.- No... No ha venido. |
||||
|
CRIS.- El muy sinvergüenza... |
||||
|
MARTA.- Mujer... |
||||
|
CRIS.- ¿Qué señas tenía? |
||||
|
MARTA.- Unos cuarenta años. Es alto, moreno, tiene los ojos azules... |
||||
|
CRIS.- (Boquiabierta.) ¡Mi madre! |
||||
|
MARTA.- ¿Le has visto? |
||||
|
CRIS.- ¡Ca! Esta noche todo lo que ha habido por aquí ha sido muy corrientito... (Mirándola con pena.) ¡Cuánto lo siento, señorita! |
||||
|
(MARTA sonríe y se seca una lágrima.) |
||||
|
MARTA.- Bueno. Me parece que la culpa ha sido mía. ¿Comprendes? Seguramente me he equivocado de café. |
||||
|
CRIS.- Sí, señorita. Eso será. Es lo que nos pasa siempre a las mujeres... |
||||
|
MARTA.- Buenas noches. |
||||
|
CRIS.- Buenas noches, señorita. (MARTA toma su maletita y sale despacio, como sin rumbo. CRIS se queda quieta viéndola marchar.) ¡Pobrecilla! |
||||
|
(Suspira melancólicamente y se va. En la terraza solo queda CÉSAR, inmóvil, en actitud de durmiente. Un silencio. Y surge entre las sombras del fondo una figura de mujer. Avanza despacio, muy despacio. Es una mujer joven todavía y muy atractiva que viste de oscuro con un lujo delicado. Unas pieles le protegen el cuello y los hombros. Se llama LAURA. Cuando llega a la mesa del centro se detiene, mira en torno y, al fin, se sienta. Sin querer, hace un pequeño ruido al mover la butaca para tomar asiento. Esto es suficiente para que CÉSAR se sobresalte y, con su indignación habitual, gire sobre sí mismo, dispuesto a proferir una tremenda exclamación. Pero al descubrir a LAURA, frente a él, y muy próxima, se queda sorprendidísimo y mudo: como petrificado. Hay un fugacísimo silencio. Ella sonríe y, un poco azorada por la insistente mirada de CÉSAR, murmura muy bajito.) |
||||
|
LAURA.- Buenas noches. |
||||
|
CÉSAR.- (Casi sin voz por la sorpresa.) Buenas noches... |
||||
|
(Él continúa mirándola fijamente, fascinado. Al fin, en una violenta transición, casi con coraje, le vuelve la espalda. Se acomoda de nuevo con mucha dignidad y con un afectadísimo aire de independencia. Se cubre la cara con el sombrero, se sube el cuello de la chaqueta... Ella le observa muy sorprendida. De pronto, CÉSAR pega un respingo y se queda mirando otra vez a LAURA de hito en hito. Ella sonríe débilmente y baja los ojos.) |
||||
|
LAURA.- ¿Le... molesto? |
||||
|
CÉSAR.- (Con severidad.) Si se está usted callada, no. |
||||
|
LAURA.- (Sonríe.) Esté tranquilo. No hablaré. |
||||
|
CÉSAR.- ¿Palabra? |
||||
|
LAURA.- (Sonriendo.) ¡Palabra! |
||||
|
CÉSAR.- Bien... Eso es otra cosa. (Transición. Excitándose.) Es que yo necesito dormir. ¿Se entera? ¡Tengo derecho a dormir! ¡Soy un ciudadano libre! |
||||
|
LAURA.- (Sonríe.) Naturalmente... |
||||
|
CÉSAR.- Entonces, buenas noches. ¡Hasta mañana! |
||||
|
LAURA.- (Amablemente.) ¡Que usted descanse! |
||||
|
(CÉSAR, con muchísimo empeño, se vuelve y adopta de nuevo su postura habitual. De un manotazo se cubre la cara con el sombrero. Y se queda quieto. Pero es inútil. Al poco rebulle inquietísimo. Hasta que se incorpora y se encara de nuevo con LAURA.) |
||||
|
CÉSAR.- Oiga usted, señora... O señorita. |
||||
|
LAURA.- (Sonríe.) ¿Qué más da? |
||||
|
CÉSAR.- Por mí... Pero como de algún modo tengo que dirigirme a usted... |
||||
|
LAURA.- Bueno. Si de verdad no tiene más remedio que dirigirse a mí, llámeme por mi nombre... Me llamo Laura. |
||||
|
CÉSAR.- ¡Laura! |
||||
|
LAURA.- Sí. |
||||
|
CÉSAR.- (Con cierta altanería.) Yo me llamo César Morell. ¿No le dice nada mi nombre? |
||||
|
LAURA.- No, no... De momento, no. |
||||
|
CÉSAR.- (Muy indignado.) ¡De momento no! ¡De momento no! Y eso es todo lo que se le ocurre. Cuando pienso que en Montparnasse todo el mundo sabe quién es César Morell... (Se la queda mirando de arriba abajo con enorme piedad.) ¡Pobre España! |
||||
|
LAURA.- (Muy tímida.) ¿Es usted artista? |
||||
|
CÉSAR.- (Gritando.) ¡Sí! |
||||
|
LAURA.- (Humildísima.) ¡Ay, Dios mío! Soy una ignorante. |
||||
|
CÉSAR.- ¡Oiga! ¿Piensa usted continuar ahí sentada durante mucho tiempo? |
||||
|
LAURA.- ¿Por qué no? (Mira alrededor y sonríe con nostalgia.) Es una hermosa noche de verano. Y se está bien aquí, debajo de estos árboles. Además, usted me resulta muy agradable... |
||||
|
CÉSAR.- (Casi en un brinco.) ¿Yo? |
||||
|
LAURA.- Sí, sí... Usted. |
||||
|
CÉSAR.- (Furioso.) ¡Señora! |
||||
|
LAURA.- ¡Ay! ¿Qué? |
||||
|
CÉSAR.- (Dominándose.) ¿Sabe que han cerrado el café hace rato? No puede usted tomar nada. |
||||
|
LAURA.- ¡Bah! No tengo sed. |
||||
|
CÉSAR.- Bien. Pero si se retrasa tendrá dificultades para volver a casa. A esta hora no circulan ni autobuses, ni tranvías, ni nada... |
||||
|
LAURA.- No se preocupe. Tomaré un taxi. |
||||
|
CÉSAR.- (Como último recurso.) De todos modos, me parece una imprudencia que una mujer como usted ande sola por la calle de madrugada... |
||||
|
LAURA.- Pero si no estoy sola... |
||||
|
CÉSAR.- ¡Ah! ¿No? |
||||
|
LAURA.- No, no... Estoy con usted. |
||||
|
CÉSAR.- (Con franca desesperación.) ¡Oh! Es el colmo. Por favor. Sea razonable. ¡Márchese! ¡Márchese! |
||||
|
LAURA.- Pero ¿por qué tiene tanto empeño en que me vaya? |
||||
|
CÉSAR.- ¡Señora! Usted tiene una alcoba. |
||||
|
LAURA.- ¡Claro! |
||||
|
CÉSAR.- Usted tiene una alcoba preciosa, con cortinas y espejos y una gran alfombra. Tiene usted una cama enorme con dos colchones riquísimos y una manta suavecita, de esas que no pesan nada, por si refresca al amanecer... |
||||
|
LAURA.- Oiga. ¿Cómo lo sabe? Porque yo juraría que usted no ha entrado nunca en mi alcoba... |
||||
|
CÉSAR.- No es necesario. Cuando me quedo aquí solo, a la intemperie, y cierro los ojos no hago más que soñar con alcobas y alcobas y alcobas... Y con una cama grande de dos colchones en la que sería maravilloso dormir todas las noches, toda la vida. Sobre todo, cuando pienso en los dos colchones es que me vuelvo loco. (Indignado.) ¡Señora! Su presencia aquí constituye para mí una provocación burguesa... |
||||
|
LAURA.- (Ríe bajo.) ¡Oh! |
||||
|
CÉSAR.- Conque no me provoque más y lárguese. (Ella, inmóvil, sonríe y le mira. Él espera.) ¿Qué? ¿Se va? |
||||
|
LAURA.- No, no. Yo no creo en la lucha de clases. Me quedo con usted. |
||||
|
CÉSAR.- ¡Y dale! Pero yo quiero dormir. ¡Tengo derecho a dormir! La ley está de mi parte... |
||||
|
LAURA.- Pero, hombre, si puede usted dormir todo lo que guste. Yo no se lo impediré. |
||||
|
CÉSAR.- ¡Señora! |
||||
|
LAURA.- (Casi maternal.) Vamos, no sea niño. Duerma, duerma. ¿A qué hora quiere que le llame? |
||||
|
CÉSAR.- (A gritos.) ¡Señora! |
||||
|
LAURA.- ¡Ay! |
||||
|
CÉSAR.- Si intento dormir estando usted ahí, fracasaré. Su presencia me inquieta, me perturba, me solivianta. Pero, señora... ¿De veras cree usted que un hombre como yo puede dormir tranquilo al lado de una mujer como usted? ¿Por quién me ha tomado? |
||||
|
(Ella baja los ojos. Una transición. Con otra voz, con una súplica honda.) |
||||
|
LAURA.- Por Dios... Déjeme estar aquí. No me eche de su lado. ¿No comprende que le necesito? |
||||
|
CÉSAR.- (Asombradísimo.) ¿A mí? |
||||
|
LAURA.- ¡Sí! A usted. |
||||
|
CÉSAR.- Pero ¡si no nos conocemos! |
||||
|
LAURA.- Bueno... Eso no tiene importancia. |
||||
|
CÉSAR.- ¡Oiga! (Muy suspicaz.) ¿Es que ha cometido usted un crimen? ¿No? ¿Se ha metido en algún conflicto? ¡Ah! Pues si pretende usted que yo me pegue con otro por su culpa, ni hablar. Sería un abuso. ¿Tampoco es eso? Entonces, ¿por qué dice que me necesita? ¿Qué es lo que quiere usted de mí? |
||||
|
LAURA.- Casi nada... Pero ¿aún no ha comprendido que soy una pobre mujer muerta de miedo? |
||||
|
CÉSAR.- (Impresionado.) Señora... |
||||
|
LAURA.- (Con angustia y súplica.) ¿Sabe usted lo que es la soledad? ¿Sabe usted lo que es sentirse a solas, horas y horas, en una habitación cerrada, precisamente en una alcoba como la que usted sueña?5 ¿Sabe usted lo que es conocer, de pronto, en esa soledad, el miedo a enloquecer de angustia y de pena? Hay que huir, ¿comprende?, hay que huir de esa alcoba y salir a la calle y buscar refugio en cualquier parte, aunque sea en la terraza de un café cerrado, junto a un desconocido que tiene sueño y está de mal humor y nos arroja de su lado porque no comprende que solo le pedimos la limosna de su compañía, por un poco de tiempo, hasta que se haga de día... (Se inclina sobre la mesa y llora suavemente con la cara entre las manos. Él, en pie, a su lado, la contempla callado. Al fin, ella se seca las lágrimas, alza los ojos y le mira.) ¿Sabía usted que era así la soledad? |
||||
|
CÉSAR.- (Sonríe, pero con enorme amargura.) ¿Cómo no voy a saberlo? Estoy solo desde que era un niño... |
||||
|
LAURA.- ¿Usted también? |
||||
|
CÉSAR.- (Transición, brusco.) Bueno. Por mí, puede usted quedarse aquí todo el tiempo que guste. Está usted en su casa... |
||||
|
LAURA.- Muchas gracias. Es usted muy amable. |
||||
|
CÉSAR.- No, no soy amable. Yo voy a dormir. No tengo más remedio. ¡Ah! Le advierto que no es necesario que me despierte. A las ocho vienen los camareros del café y me echan... (Ya está acomodado otra vez en su butaca con los pies en otra y de espaldas a LAURA. Un silencio.) ¿Cómo dijo usted que se llamaba? |
||||
|
LAURA.- Laura... |
||||
|
CÉSAR.- Ya... Me gusta. (Una pausa.) ¿Puedo hacerle una pregunta? |
||||
|
LAURA.- ¿Por qué no? |
||||
|
CÉSAR. - ¿Es esta su primera noche de soledad? |
||||
|
LAURA.- Sí... |
||||
|
(Un silencio. Siguen hablando sin mirarse.) |
||||
|
CÉSAR.- ¡Laura! (Muy bajo.) ¿Es usted una aparición? |
||||
|
LAURA.- No, querido. Soy una pobre mujer. |
||||
|
CÉSAR.- Buenas noches, Laura. |
||||
|
LAURA.- Buenas noches, César. |
||||
|
(Se callan. Y en seguida surge CRIS.) |
||||
|
CRIS.- ¡Hay tabaco! Tabaco rubio... |
||||
|
LAURA.- (Rápidamente.) ¡Chiss! |
||||
|
(CRIS, apresurada, se planta junto a LAURA, ilusionadísima por la inminente venta.) |
||||
|
CRIS.- ¡Señorita! ¿Qué va a ser? Tengo «Filis» y «Chesterfield», cerillas y piedras para los mecheros. ¡Hay lotería! Me queda un veinticuatro mil que va a tocar... |
||||
|
LAURA.- ¡Chiss! No grites. Dame cigarrillos... |
||||
|
CRIS.- Sí, señorita. Ahí van. Diez pesetas. Baratito. ¡Ay, Dios se lo pague! Porque se estaba poniendo la noche que ya, ya... |
||||
|
LAURA.- (Súbitamente.) ¡No! ¡No te vayas! No me dejes sola... |
||||
|
CRIS.- (Sorprendida.) Pero señorita... |
||||
|
LAURA.- (Con precipitación.) Ven aquí. ¡Dame otro paquete! |
||||
|
CRIS.- ¿Otro? |
||||
|
LAURA.- Sí, sí... Y ese. Y ese también. Dámelos todos. |
||||
|
CRIS.- ¿Todos? |
||||
|
LAURA.- ¡Todos! |
||||
|
CRIS.- ¿Y el décimo también? |
||||
|
LAURA.- También. Trae, trae... |
||||
|
CRIS.- (Deslumbrada.) ¡Dios mío! (Muy aprisa. Como para sí misma.) Cuatro paquetes a diez que hacen cuarenta. Con uno a once, cincuenta y una. Además, dos duros del décimo y la voluntad... |
||||
|
LAURA.- (Dándole un billete.) Toma, toma. Todo para ti. Pero no te vayas... |
||||
|
CRIS.- ¡Ayyy! |
||||
|
LAURA.- (Asustada.) ¡No chilles! |
||||
|
CRIS.- (Emocionadísima: con el billete en la mano.) ¡Veinte duros! ¡Veinte duros sin vuelta! ¡Ay, señorita de mi alma! ¡Ay! ¡Ay, qué buenísima es la señorita! ¿Me permite usted que la dé un beso? |
||||
|
LAURA.- (Conmovida.) Claro que sí, mujer... (La pequeña se lanza impulsivamente hacia LAURA y la besa.) ¡Chiquilla! |
||||
|
CRIS.- (Nerviosísima.) Bueno... Lo primero de todo es el balance... (Deposita sobre la mesa, y con mucha solemnidad, el billete de cien pesetas. A este añade un manojo de pequeños billetitos que extrae de un bolsillo.) Los veinte duros de la señorita con cuarenta y dos pesetas que llevaba de venta hacen un total de ciento cuarenta y dos. Lo cual, entre utilidades y propinas, quiere decir que hay lo menos, lo menos, doce duros para mí... ¡Ay, Virgen, qué día! Digo, qué noche. Mañana le llevo una vela de dos pesetas a la Virgen de la Paloma. Y me paso la tarde en un cine de sesión doble. Y me compro una de Ágata Cristy6. Y una barra de labios de diez pesetas. Y, aun así, descontado lo de la cena7, porque a medio día me arreglo con cualquier cosita, me quedan casi, casi, cuatro duros para el día de mañana. (Se vuelve vivamente hacia LAURA.) Ya tengo setecientas pesetas ahorradas, ¿sabe usted? Pero no se lo digo a nadie, porque no quiero que los hombres me hagan la corte por interés... Claro que lo que la señorita estará pensando: ¿quién se va a fijar en una pobre chica como esta? Bueno... Pues fijarse, sí que se fijan. Pero no quiera saber la señorita con qué intenciones. ¡Huy! Más de un sopapo tengo dado... Y bien a punto. Pero, con tanta decencia, ¿sabe usted lo que me pasará? Que me quedaré soltera como mi madre. |
||||
|
(CÉSAR se pone en pie y casi pega un grito.) |
||||
|
CÉSAR.- ¡Señora! |
||||
|
CRIS.- (Desconcertada.) ¡Anda! ¿Es que se ha asustado usted? |
||||
|
CÉSAR.- (Conteniéndose a duras penas.) ¡Señora! Como estoy segurísimo de que mientras esta señorita no termine de contar su vida privada yo no voy a pegar un ojo... ¿Me permiten ustedes que las haga compañía? |
||||
|
LAURA.- (Encantada.) ¡Naturalmente! Pero, hombre, si lo que usted quería era charlar un ratito, ¿por qué no lo ha dicho antes? |
||||
|
CÉSAR.- ¡Oh! |
||||
|
LAURA.- Venga, venga. Siéntese con nosotras. |
||||
|
CRIS.- (Muy contenta. Palmoteando.) Eso, eso. Siéntese aquí... ¡Ay, qué bien lo vamos a pasar! Con lo charlatana que yo soy... |
||||
|
CÉSAR.- ¡Soberbio! (Se sienta con ellas en la mesa del centro. La muchacha queda entre CÉSAR y LAURA.) ¡Adelante! Puede usted seguir con la interesante historia de su mamá... |
||||
|
CRIS.- (Tiernamente.) Si la hubieran ustedes conocido... Tenía un pelo y unos ojos... (Orgullosísima.) ¡Y era más limpia que los chorros del oro! |
||||
|
CÉSAR.- (Casi con un escalofrío.) ¡Admirable mujer! |
||||
|
LAURA.- ¿Quién fue tu padre? |
||||
|
CRIS.- Pues seguro, seguro, no lo sé. |
||||
|
LAURA.- ¡Criatura! ¿Qué dices? |
||||
|
CRIS.- La verdad. Dicen que murió joven... Mi madre nunca hablaba de él, ¿sabe usted? Ella se ganaba la vida como yo, en la calle; vendía flores. De la Gran Peña al Casino de Madrid...8 Por allí se tropezaría con mi padre, digo yo. Por eso estoy segura de que mi padre era un gran señor. Porque no cabe duda de que la Peña y el Casino tienen muy buen público9. |
||||
|
LAURA.- ¡Ah! Eso sí. Puedes estar orgullosa. |
||||
|
CRIS.- (Modestamente.) Pues ya ve... No me gusta darme importancia. |
||||
|
CÉSAR.- (Olímpico.) ¡Viejo Madrid de la calle de Alcalá! Señoritos desocupados que hacen el amor a las floristas. ¡Bah! Mundo burgués. Mundo caduco10. |
||||
|
(CRIS se pone en pie, indignadísima.) |
||||
|
CRIS.- ¡Oiga! Si eso de caduco lo dice por mi padre, le suelto una bofetada... |
||||
|
CÉSAR.- ¡Oh! |
||||
|
LAURA.- (Deteniéndola.) Pero, mujer... Estate quieta. |
||||
|
CRIS.- (Chillando.) ¡Que de mi padre nadie tiene que decir nada! ¿Se entera usted? ¡Que ya quisieran parecerse a él muchos que presumen! ¡Eso es! |
||||
|
LAURA.- Pero, hija mía... Si no le has conocido. |
||||
|
CRIS.- ¿Y eso qué importa? (Transición.) Si de tanto pensar en él, aunque no le he conocido, ya sé cómo era... |
||||
|
LAURA.- ¿De veras? |
||||
|
CRIS.- Sí, señorita. |
||||
|
LAURA.- Oye... ¿Y cómo era? |
||||
|
CRIS.- (Tiernísima.) Un granuja. |
||||
|
LAURA.- ¿Tú crees? |
||||
|
CRIS.- Pero muy «salao»... |
||||
|
LAURA.- ¡Ah! Entonces... |
||||
|
CRIS.- A veces, como soy tan fantástica, cierro los ojos y veo a mi padre y a mi madre que vienen a buscarme muy cogiditos del brazo. Y si viera la señorita qué buena pareja hacen... Los veo muy a menudo. Pero, sobre todo, cuando llego a casa de madrugada y me encuentro tan sola... Porque vivo sola, ¿sabe usted?, desde hace dos años que murió mi madre. Una casa pequeñita, en la calle de la Ballesta. Tres habitaciones, ochenta pesetas. Renta antigua, ya se ve... Entonces, me acuesto y cierro los ojos y veo a mi madre tan buena moza. Y veo a mi padre como yo me lo figuro, con su bigote y su bastón, que estoy segurísima de que era así, diciéndole a mi madre piropos y más piropos, y mi madre, venga a reírse porque está chifladísima por él... Pero, de pronto, me doy cuenta de que todo son imaginaciones mías y me echo a llorar como una tonta... Hasta que me quedo como un tronco. |
||||
|
(Se calla. Inconscientemente, están los tres muy juntos.) |
||||
|
LAURA.- ¡Chiquilla! ¿Quieres... darme otro beso? |
||||
|
CRIS.- ¡Huy! (Dichosa.) Con muchísimo gusto... ¡Anda! Pero ¿es que se ha emocionado la señorita? ¿Por qué llora la señorita? |
||||
|
LAURA.- Porque yo también estoy sola como tú... |
||||
|
CRIS.- (Contentísima.) ¿De veras? (Vuelve la cabeza y se queda mirando a CÉSAR.) ¿Y el artista también? |
||||
|
CÉSAR.- Sí... (Muy bajo.) También. |
||||
|
CRIS.- ¡Ay, qué suerte! |
||||
|
LAURA.- (Con sobresalto.) ¡Hija! ¿Tú crees? |
||||
|
CRIS.- (Entusiasmadísima.) ¡Ay, qué suerte habernos encontrado aquí los tres! |
||||
|
(Aparece MARTA. Viene en la misma actitud de desaliento con que se fue. Al entrar -por la derecha- se detiene un instante y, con los ojos, recorre todas las mesas. No encuentra lo que busca y se deja caer con desmayo en una butaca junto a una mesita de las situadas a la derecha. Apoya los brazos sobre la mesa, esconde en ellos la cabeza y llora... Llora sin consuelo: para sí misma, no se la oye. LAURA, CRIS y CÉSAR, que, en silencio y sorprendidos, han seguido todos los movimientos de MARTA, se miran entre sí... Una cortísima pausa.) |
||||
|
LAURA.- (Muy bajo.) ¡Esa mujer está llorando! |
||||
|
CRIS.- Sí, señora. Para mí que la pobre está viviendo un drama... |
||||
|
CÉSAR.- ¡Oh! (Desesperado.) Ya no dormiré nunca. ¡Nunca! |
||||
|
(Entra, también por la derecha, el SEÑOR PEPE. Es un viejo chófer de taxi y viste uniforme como tal. Muy madrileño, muy campechano, muy risueño. Siempre tiene un brillo alegre en los ojillos cansados. Trae consigo el maletín que llevaba MARTA en su primera escena. Se dirige a ella muy presuroso y servicial, muy sonriente.) |
||||
|
SEÑOR PEPE.- ¡Señorita! ¡Je! ¿Me oye? ¿Me oye usted? La señorita se había dejado su maletín en el taxi... Aquí está. ¡Je! Oiga, ¿por qué no me dice dónde vive, y un servidor, que para eso está, la lleva en un vuelo y la señorita se acuesta, y la señorita se duerme, y mañana verá la señorita que todas las penas se pasan, por muy grandes que sean; que sí que lo deben ser, porque hay que ver cómo llora la señorita... ¡Je! ¡Hala, hala, señorita, que se lo digo yo! Usted no sabe lo que sabe un viejo con cuarenta años de taxista. Ahí está el «Citroën» de testigo. Si él hablara... Pobrecito. Matrícula veinte mil de Madrid. No tiene refrigeración. Pero pega unos resoplidos... |
||||
|
MARTA.- (Con sofoco.) ¡Déjeme! ¡Déjeme en paz! Se lo suplico... |
||||
|
SEÑOR PEPE.- Pero, señorita... |
||||
|
CRIS.- (De pronto.) ¡Anda! Si es el señor Pepe... |
||||
|
SEÑOR PEPE.- (Se vuelve.) ¿Quién me llama? |
||||
|
CRIS.- ¡Señor Pepe! |
||||
|
(La chica, muy alegre, avanza hacia el SEÑOR PEPE. Él también da unos pasos. Y cuando llegan el uno al otro se abrazan.) |
||||
|
SEÑOR PEPE.- (Muy contento.) ¡Hola! Si es la Cris. ¡Cristinilla! ¡Chica! ¡Qué guapa te has puesto! Cuando pienso que te conocí en brazos de tu madre... |
||||
|
CRIS.- Venga usted que le presente, señor Pepe. La señora es una amiga mía de toda la vida. Este caballero es un artista. |
||||
|
SEÑOR PEPE.- (Respetuosísimo.) ¿Un artista? |
||||
|
CRIS.- Sí, sí... |
||||
|
SEÑOR PEPE.- ¿Del circo o de las varietés? |
||||
|
CÉSAR.- (Se pone en pie frenético.) ¡Un cuerno! |
||||
|
LAURA.- ¡Dios mío! |
||||
|
CRIS.- ¡Ay, Virgen! |
||||
|
SEÑOR PEPE.- Oiga, oiga. |
||||
|
(LAURA avanza. CÉSAR marcha hacia el fondo y pasea.) |
||||
|
LAURA.- ¿Quieren ustedes callarse? Esa muchacha sigue llorando... |
||||
|
SEÑOR PEPE.- Sí, señora. A mí me tiene muy preocupado... Hace un rato que esa señorita me ha alquilado en esta esquina y me ha mandado que fuera hacia el centro. Yo, la verdad, como la veía llorar y llorar y venga llorar, me dije para mí: ¡Pepe! Lo que esta señorita quiere es que la dejes cerca del Viaducto. Y, en vista de eso, he tirado para los Nuevos Ministerios, que está todo llano... |
||||
|
CRIS.- ¡Muy bien hecho! |
||||
|
SEÑOR PEPE.- A mí es que me gusta servir bien al público... Pero la pobre no se daba cuenta de nada. Yo creo que no sabe qué hacer, ni adónde ir. Ahora me ha mandado volver a este café... Y ahí está. |
||||
|
LAURA.- ¡Espere! No podemos dejarla así... (LAURA va hacia MARTA.) ¡Señorita! ¡Por favor! ¿No podemos ayudarla? ¿Está usted segura? ¡Señorita! (MARTA se incorpora y contempla a los demás personajes, que ya rodean su mesa.) Vamos. ¿De verdad, de verdad no quiere usted decirnos por qué llora? |
||||
|
MARTA.- (Con enorme desconsuelo. Entre sollozos.) ¡Porque estoy sola en el mundo! |
||||
|
LAURA.- ¡Ay! ¿De veras? (Muy contenta.) ¿Has oído, Cris? ¡Está sola en el mundo! |
||||
|
CRIS.- (Palmoteando.) ¡Bravo! ¡Bravo! |
||||
|
MARTA.- (Estupefacta.) ¡Dios mío! Pero ¿es que se alegra de que yo esté sola en el mundo? |
||||
|
CRIS.- ¡Claro! |
||||
|
MARTA.- (Con desconsuelo.) ¡Ay! ¿Por qué? |
||||
|
LAURA.- Porque nosotros también estamos solos... |
||||
|
MARTA.- ¿Todos? |
||||
|
TODOS.- ¡Sí! |
||||
|
MARTA.- ¡Esto es fantástico! |
||||
|
LAURA.- Vamos, vamos. Deje de llorar y venga con nosotros. |
||||
|
CRIS.- Hala, hala. Póngase cómoda. Con toda confianza... |
||||
|
(Entre LAURA y CRIS, con dulzura, pero con toda energía, toman a MARTA y la conducen hasta la mesa central que ellas ocupan. Sientan a MARTA en el centro, frente al público, y la rodean. CÉSAR toma asiento con ellas. El SEÑOR PEPE, en pie, ve y oye todo lo que sucede con el mayor interés.) |
||||
|
LAURA.- Séquese esas lágrimas. Serénese. Díganos qué le ocurre. ¡Confíese a nosotros! |
||||
|
MARTA.- Pero, señora... Si no los conozco. ¡Si no sé quiénes son ustedes! |
||||
|
LAURA.- ¡Ay! ¿Y eso qué importa? Tampoco nosotros nos conocíamos hace unos minutos y, sin embargo, ya ve usted qué unidos estamos ahora... Cuente, cuente. |
||||
|
CRIS.- Eso, eso. ¡Que lo cuente todo! |
||||
|
(MARTA los mira de uno en uno y se echa otra vez a llorar.) |
||||
|
MARTA.- ¡Ay, Dios mío! |
||||
|
TODOS.- ¡Oh! |
||||
|
LAURA.- ¡Pobre muchacha! |
||||
|
CRIS.- (Muy maternal.) Ea, ea... |
||||
|
MARTA.- Si se empeñan ustedes, se lo contaré. Me llamo Marta. Estoy empleada en «Mariluz», una tienda de la calle de Serrano. Es una de esas tiendas pequeñitas que no tienen más que un sombrero, unos guantes, un pañuelo y un bolso... ¿Comprenden? Cuando se vende el sombrero nos dan una gratificación. (Un suspiro.) Allí le conocí. Una mañana, hace tres meses, entró a comprar un pañuelo. Al otro día volvió y se llevó los guantes. Y empezó a hacerme el amor. Yo soy tan infeliz, tan poquita cosa... Le creía... ¿Por qué no iba a creerle? Me hacía falta su cariño. La vida sin amor es tan estúpida... Yo era muy feliz. Me traía a este café todas las tardes... |
||||
|
LAURA.- ¿A usted también? |
||||
|
MARTA.- ¿Cómo? ¿Es que a usted también le han hecho el amor en este café? |
||||
|
LAURA.- ¡Sí! |
||||
|
MARTA.- (Casi llorando.) ¿Verdad que es estupendo? |
||||
|
LAURA.- Era maravilloso. Aquí he vivido tantas horas de felicidad... (Con una suave nostalgia.) En verano, nos sentábamos entre estos árboles, debajo de estas estrellas. En invierno, en el diván rojo, junto al piano, en el rincón... |
||||
|
MARTA.- ¡En el rincón! Como yo... |
||||
|
LAURA.- ¡Ay! ¿Sí? |
||||
|
MARTA.- Sí, sí. ¡Qué casualidad! |
||||
|
LAURA.- Verdaderamente, es una casualidad... |
||||
|
(Un silencio fugacísimo. De pronto, MARTA se agita en un sollozo.) |
||||
|
MARTA.- ¡Canalla! |
||||
|
LAURA.- ¡Marta! |
||||
|
MARTA.- Esta noche estábamos citados aquí para marcharnos a Barcelona en su coche... |
||||
|
LAURA.- ¡Esta noche! |
||||
|
MARTA.- ¡Sí! (Con una rara mezcla de rubor y desaliento.) Yo no podía negarme. Le quiero. Solo le tengo a él. Estoy sola. Él es toda mi vida. Le dije que sí, y esta mañana me despedí de la tienda. Pero ¡no ha venido! Le he esperado durante toda la noche. He vuelto con la esperanza de encontrarle, y tampoco está. Y ahora estoy sola, sola otra vez. Y mañana ni siquiera puedo volver a la tienda, porque me moriría de vergüenza... |
||||
|
(Se echa sobre la mesa y solloza. Un silencio.) |
||||
|
CRIS.- (A LAURA.) ¡Señorita! ¿En qué está usted pensando? |
||||
|
LAURA.- Estaba pensando en él... |
||||
|
(De pronto, el SEÑOR PEPE, que desde hace un rato está escuchando, muy caviloso, dice para sí.) |
||||
|
SEÑOR PEPE.- ¡Caray! Ahora que caigo... |
||||
|
(Todos, sorprendidos, vuelven la cabeza hacia él.) |
||||
|
TODOS.- ¿Qué? |
||||
|
SEÑOR PEPE.- (Consternado.) Resulta que yo también estoy solo en el mundo... |
||||
|
(Todos, muy diligentes, se ponen en pie, van hacia el SEÑOR PEPE y le rodean.) |
||||
|
LAURA.- ¿Usted también? |
||||
|
CRIS.- ¡Señor Pepe! |
||||
|
MARTA.- ¿De verdad que está usted solo? |
||||
|
SEÑOR PEPE.- (Preocupadísimo.) ¡Toma! Y tan solo. Lo que pasa es que hasta ahora no me había dado cuenta... |
||||
|
LAURA.- ¡Ay, Dios mío! Pobre viejo... |
||||
|
CRIS.- ¡Pobrecito señor Pepe! |
||||
|
LAURA.- A ver, a ver... Cuéntenos. |
||||
|
MARTA.- Eso, eso. ¡Que lo cuente! ¡Ay! Pues resulta que es verdad, que esto consuela mucho... |
||||
|
CRIS.- Aquí, aquí... Siéntese. |
||||
|
(Entre las tres han sentado al SEÑOR PEPE, que está muy preocupado y se seca el sudor con un pañuelo. CÉSAR continúa sentado en la mesa del centro.) |
||||
|
SEÑOR PEPE.- ¡Ay, madre mía! A mi edad y solo en el mundo, y con lo mal que estoy del reuma... ¿Qué va a ser de mí? |
||||
|
LAS TRES.- ¡Oh! |
||||
|
SEÑOR PEPE.- Pero ¿cómo no me he dado cuenta antes de esta soledad, si ya hace seis años que murió la Felisa, mi mujer? ¡Toma! Ya lo sé. Porque todavía no me acabo de creer que se haya muerto. Porque no hago más que pensar en ella. Porque la tengo todo el día a mi lado, como mi sombra. Porque los muertos, si nos quieren, no se van de nosotros. Se quedan aquí para protegernos, para ayudarnos. ¡Je! Y vaya si ella me quería. Todavía me parece verla cuando salíamos juntos de paseo y se metía en el taxi, y se sentaba a sus anchas, como una señorona, y me decía, muerta de risa: «¡Hala, hala, chófer! Más aprisa...». (Se calla. Un silencio. El SEÑOR PEPE se pasa el pañuelo por los ojos. Luego los mira a todos, de uno en uno, y se sonroja. Y de pronto, en una transición, se pone en pie, muy decidido.) ¡Je! Vaya... Con permiso. |
||||
|
LAURA.- ¿Adónde va usted? |
||||
|
SEÑOR PEPE.- ¡Je! A encerrar. |
||||
|
LAURA.- ¡No! ¡No se vaya! ¿Por qué huye? ¿Para esconderse en un rincón y llorar a solas? |
||||
|
SEÑOR PEPE.- (Sonrojado, como un niño.) ¡Je! ¡Señora! |
||||
|
(LAURA, en el centro, se encara con los demás. Tiene en los ojos algo como una súplica.) |
||||
|
LAURA.- Pero ¿no comprenden ustedes que nosotros ahora no debemos separarnos? |
||||
|
(Todos, en suspenso, la miran atónitos.) |
||||
|
MARTA.- ¡Señora! |
||||
|
CÉSAR.- (Alza la cabeza.) ¿Qué quiere decir? |
||||
|
LAURA.- Pero si es tan sencillo... ¿No creen ustedes que algo que está por encima de nosotros nos ha reunido esta noche en la terraza de El Café de las Flores? ¿Por qué no creer en un milagro? ¿No son como milagros pequeñitos muchas grandes casualidades? Marta, Cris, César... Y usted. Mírense a sí mismos. Mírenme a mí. ¿Qué somos nosotros? Cinco solitarios. ¿Qué nos espera a cada uno de nosotros cuando nos separemos de los demás? ¡La vida! La vida con su cara huraña y amarga, porque la vida solo sonríe a los otros, a los que tienen compañía, a los que van por el mundo de dos en dos, cogidos del brazo. (Se vuelve.) ¡Cris! ¿Qué hallarás esta noche en tu casa? Tu desamparo, tus lágrimas, tu miedo, como todas las noches. Pero será peor todavía cuando, un día cualquiera, al cruzar una calle, encuentres un hombre simpático y alegre que te engañe, como otro engañó a tu madre, sin que tú puedas hacer nada para evitarlo, porque estás sola, sola y eres una niña... Y usted, Marta, ¿adónde irá esta noche? ¿Qué hará mañana? ¿Y después? Y ese pobre viejo. Y usted, que duerme como un vagabundo en un paseo público... ¡Ah! No. No podemos separarnos. ¿Es que no sienten ustedes que, desde hace un rato, desde que el azar nos ha reunido aquí, cada uno de nosotros se siente menos desgraciado que antes? ¿Saben ustedes por qué? Porque todos hemos encontrado en los demás lo que más necesitábamos esta noche. ¡Un poco de compañía! ¿Y vamos a renunciar a esa compañía que nos hace menos desdichados, que puede hacernos un poco dichosos? No, no, no. Yo no quiero, no puedo renunciar. ¡No podemos decirnos adiós! Sería horrible para todos... |
||||
|
CÉSAR.- Pero, ¿adónde va usted a parar? ¿Qué pretende? |
||||
|
LAURA.- (Con decisión.) ¡Quiero que vengan ustedes conmigo! |
||||
|
CÉSAR.- (Absorto.) ¿Con usted? |
||||
|
LAURA.- ¡Sí! Conmigo... |
||||
|
(Todos, estupefactos, dan un paso hacia ella.) |
||||
|
TODOS.- ¿Cómo? |
||||
|
MARTA.- ¡Señora! |
||||
|
CRIS.- Pero, ¿todos? |
||||
|
LAURA.- ¡Todos! |
||||
|
CRIS.- (Con los ojos muy abiertos.) ¿Yo también? |
||||
|
LAURA.- ¡Sí, sí! Todos, todos... |
||||
|
CRIS.- (Emocionadísima.) ¡Ay, madre mía! |
||||
|
(LAURA está en el centro. Todos la miran incrédulos e indecisos. Ella los mira con los ojos velados por una súplica emocionada.) |
||||
|
LAURA.- ¡Vamos! ¡Decídanse! Si ustedes supieran cuánto les necesito... |
||||
|
(Un rapidísimo silencio. De pronto, CRIS, impetuosamente, avanza unos pasos hacia LAURA.) |
||||
|
CRIS.- ¡Señorita! |
||||
|
LAURA.- ¡Cris! |
||||
|
CRIS.- Yo no sé quién es usted. Pero no me importa. Me iría con usted para toda la vida... |
||||
|
LAURA.- (Gozosa.) ¡Chiquilla! |
||||
|
CRIS.- (Arrojándose en sus brazos.) Lléveme con usted, señorita. ¡Lléveme! |
||||
|
LAURA.- (Emocionada.) Claro que sí... |
||||
|
MARTA.- (Después de un segundo de vacilación.) Yo... Yo también voy. |
||||
|
LAURA.- ¡Marta! |
||||
|
MARTA.- (Con ansiedad.) Y gracias... Porque usted no sabe, no sabe. |
||||
|
LAURA.- Calle, calle. |
||||
|
(LAURA tiene abrazadas a las dos muchachas. De pronto, CRIS se suelta y grita.) |
||||
|
CRIS.- ¡Señor Pepe! No lo piense más y venga. ¡Aprovéchese! |
||||
|
SEÑOR PEPE.- ¡Chica! (Muy confuso.) ¿Tú crees que debo? |
||||
|
CRIS.- ¡Que sí, señor Pepe! ¡Que está usted ya para pocos trotes y esto es mejor que el Montepío! ¡Señor Pepe! ¡Que esta señorita es un ángel que nos ha caído del cielo! |
||||
|
SEÑOR PEPE.- Bueno, bueno. Por probar... |
||||
|
LAURA.- (Contentísima.) ¡Bravo! |
||||
|
SEÑOR PEPE.- ¡Demonio! Pero qué cosas me pasan a mí esta noche. ¡Je! Andando. Ahí tengo el «Citroën». ¿Adónde vamos? |
||||
|
LAURA.- (Suave.) César... |
||||
|
CÉSAR.- (Huraño.) No. |
||||
|
LAURA.- ¡Oh, César! |
||||
|
CÉSAR.- Yo me quedo. |
||||
|
LAURA.- ¡No sea rebelde! No le abandonaré aunque se empeñe... |
||||
|
CÉSAR.- ¡No, no y no! No siga... He dicho que me quedo. Yo siempre he sido un solitario. No tengo miedo. Soy orgulloso. |
||||
|
LAURA.- Pero ¿adónde irá usted con su orgullo y su miseria? |
||||
|
CÉSAR.- ¡Pche! Tanto como miseria... No hace más que tres días que me han echado del hotel. |
||||
|
LAURA.- ¡Oh! |
||||
|
CÉSAR.- Además, yo no me doy por vencido. ¿Se entera? Quiero luchar y lucharé. En París decían que tengo talento. Triunfaré. Lo sé. (Irritado.) ¡Déjeme usted en paz! ¡Váyase! ¡Váyanse todos! |
||||
|
LAURA.- (Un silencio.) ¡Buenas noches! |
||||
|
(Sale LAURA, seguida de CRIS, MARTA y el SEÑOR PEPE. Queda solo en escena CÉSAR. Una pequeñísima pausa. Mira en torno, se sube el cuello de la chaqueta. Tiene frío. En este instante entra por la izquierda el CHICO. Viene parsimoniosamente, con las manos en los bolsillos y silbando. Se queda mirando a CÉSAR y pega un silbido morrocotudo.) |
||||
|
CHICO.- Psss... ¿Busco un taxi? |
||||
|
CÉSAR.- (Airado.) ¡Un cuerno! |
||||
|
CHICO.- A la orden. |
||||
|
(Con el mayor desparpajo y la mayor tranquilidad y sin dejar de silbar, se sienta en la butaca que al principio del acto ocupaba CÉSAR. Cruza los brazos sobre la mesa, esconde en ellos la cabeza y trata de dormir. CÉSAR, que le observa, no se puede contener y grita.) |
||||
|
CÉSAR.- ¡No! Así, no. No tienes idea de lo que es dormir en la vía pública... |
||||
|
(El CHICO se vuelve, muy sorprendido.) |
||||
|
CHICO.- Oiga, oiga. ¡Sin faltar! |
||||
|
CÉSAR.- ¡Siéntate! Estira esos pies. Échate para atrás. (El CHICO le obedece, impresionado. Y queda colocado en la misma postura y en el mismo sitio en que estaba CÉSAR al comienzo del acto.) Ahora todo es un problema de imaginación. ¡Concéntrate! Piensa en lo que yo te diga... |
||||
|
CHICO.- (Dócilmente.) Sí, señor. |
||||
|
CÉSAR.- Piensa en una alcoba con cortinas y alfombras. En el centro hay una cama grande, blandísima, con dos colchones. |
||||
|
CHICO.- ¡Sopla! |
||||
|
CÉSAR.- ¿Qué pasa? |
||||
|
CHICO.- ¡Que me está entrando sueño! |
||||
|
CÉSAR.- Ya estás acostado. ¿Qué sientes? |
||||
|
CHICO.- ¡Que se ha levantado fresco! |
||||
|
CÉSAR.- Échate esa manta que tienes a los pies... |
||||
|
CHICO.- ¡Huy! ¿No le daría igual que fuera un edredón? Es un capricho. |
||||
|
CÉSAR.- Bueno. Pero tápate bien. |
||||
|
CHICO.- (Sin moverse siempre.) Sí, señor. ¡Je! |
||||
|
CÉSAR.- ¿De qué te ríes, idiota? |
||||
|
CHICO.- (Relamiéndose.) ¡Je! Es el edredón, que me hace cosquillas en la barba... ¡Ay, mi madre! |
||||
|
CÉSAR.- ¿Qué te ocurre? |
||||
|
CHICO.- (Un bostezo.) ¡Que me estoy quedando roque! |
||||
|
(Se calla. Sin ruido, vuelve de nuevo LAURA. Mira al CHICO, mira a CÉSAR y sonríe.) |
||||
|
LAURA.- Le ha quitado a usted el sitio... |
||||
|
CÉSAR.- (Mira al muchacho y sonríe.) Es verdad. Ya no me queda nada... |
||||
|
(Él baja los ojos. Ella sonríe.) |
||||
|
LAURA.- ¿Vamos? |
||||
|
CÉSAR.- (Un silencio. Mirándola.) Sí... Vamos. |
||||
|
(Él la coge del brazo. Andan. Antes de llegar a la salida, LAURA se detiene, inquieta.) |
||||
|
LAURA.- Pero ¿vamos a dejar aquí a ese desgraciado? |
||||
|
CÉSAR.- (Absorto.) ¡Laura! |
||||
|
LAURA.- Se queda tan solo, tan solo. Es un chiquillo. |
||||
|
CÉSAR.- (Aterrado.) Pero, Laura... ¿Este también? |
||||
|
LAURA.- (Sonríe, suplicante.) ¿Por qué no? |
||||
|
(CÉSAR suspira y cruza la escena. Llega hasta el CHICO y le zarandea.) |
||||
|
CÉSAR.- ¡Eh! Tú... Levántate. |
||||
|
CHICO.- (Sobresaltadísimo.) ¡Maldita sea! Me ha cogido en el primer sueño. |
||||
|
CÉSAR.- Vamos. Vente con nosotros. |
||||
|
CHICO.- ¿Quién, yo? ¡Ni hablar! |
||||
|
CÉSAR.- Te digo que vengas... |
||||
|
(CÉSAR coge al CHICO de un brazo y le conduce. El CHICO está aterrado.) |
||||
|
CHICO.- ¡Oiga! ¡Que no he hecho nada! ¡Le juro que soy inocente! En la Comisaría del Distrito me conocen y saben que, cuando soy yo, lo digo... |
||||
|
CÉSAR.- ¡No grites! |
||||
|
CHICO.- (A gritos.) ¡Soy inocente! ¡Soy inocente! Le juro que soy inocente... (Pero se lo llevan.) |
||||
|
TELÓN |
||||