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- CCXX -


(Al marqués del Vasto)


ArribaAbajo   Aquella luz que de la gloria vuestra,
invicto Alfonso, tanto resplandece,
mientra de otros errores oscurece
la fama, más que el sol clara se muestra.

   Animoso valor la mano diestra  5
os rige (antes a ella se engrandece),
y aquello que entre nos valor parece,
es hechura de vos, no cosa nuestra.

   Si así, como es razón, escrita en suma
vuestra tanta virtud ver os agrada,  10
y que escritor no usurpe vuestra gloria,

   a imitación de Cesar, con la pluma,
mientras que reposar dejáis la espada,
haced eterna vos vuestra memoria.




- CCXXI -


A la marquesa del Vasto


ArribaAbajo   Cual en la deseada primavera
suelen venir a nos Favonio y Flora,
cual se suele mostrar la bella Aurora
ante el rector de la celeste esfera,

   cual en aquella dulce edad primera  5
Diana en selva se mostró a deshora,
tal vos, excelentísima señora,
parecéis a este pueblo que os espera.

   Alégrate hora, pues, Liguria mía,
que si grande ocasión para gozarte  10
deseabas hallar, hoy es el día.

   Si de dolor te queda alguna parte,
sea por no haber visto en compañía
de la nueva Diana el nuevo Marte.




- CCXXII -


A don Juan de Guevara


ArribaAbajo   Ejemplo del valor de las Españas,
don Juan, si así supiese ahora alabarte,
cuanto tus obras dan de gloria a Marte
darían a mi pluma tus hazañas.

   Las francesas insidias y las mañas  5
que en falta de virtud sufren con arte,
acrecen en la tuya y de tu parte
cosas de admiración muy más extrañas.

   Gloriosa nación, pues que venciendo
el enemigo, su vencer os honra  10
mucho más que os pudiera honrar perdiendo.

   De ellos fue la victoria y la deshonra.
¡Dichosas vidas que ganáis muriendo
do se suelen perder la vida y honra!




- CCXXIII -


Dos sonetos a la muerte de Pedro Mexía


ArribaAbajo   «¿Quién yace muerto aquí?» «Pero Mexía.»
«¿Pero Mexía es muerto?» «Antes muriendo
comenzó ahora a vivir, porque viviendo
fuera de do hora vive, no vivía.»

   «¿Fue caballero?» «Sí.» «¿Y en qué entendía?»  5
«Ora el cielo, ora el mar, iba midiendo,
ora de Carlo Máximo escribiendo
la fama de ambos, que inmortal hacía.»

   «Pues si lloró Alexandre las memorias
famosas que de Aquiles escribió Homero,  10
¿cómo no llora Cesar tan gran falta?»

   «Por que lo que escribió de sus historias
basta para dar fe en el fin postrero
de lo que no alcanzó pluma tan alta.»




- CCXXIV -


ArribaAbajo   «¿Qué pérdida, qué mal, qué sentimiento,
qué voces, qué gemido es el que suena?
¿Qué gente, de color, de angustia llena,
llora sobre este triste monumento?»

   «Aquellas, que con tanto desatiento  5
muestran señales tristes de su pena,
las musas son, y aquél que el llanto ordena
Febo.» «Y este, ¿quién es?» «Conocimiento.»

   «Y la que llora más, ¿quién es?» «España.»
«¿Y aquel que muestra haber perdido tanto?»  10
«Carlo, cuya inmortal tela tejía.»

   «¿Quién la tejía, pues?» «¡Ay, pena extraña!
Lee el verso, que a mí me ahoga el llanto.»
Aquí reposa el gran Pero Mexía.




- CCXXV -


Sobre el sepulcro de doña Marina de Aragón


ArribaAbajo   «Marina de Aragón yace aquí. Espera,
detén el paso y apresura el llanto.»
«¿Y éste a quien el dolor aflige tanto
quién es?» «Muerto su bien ya no es el que era.»

   «¡Ay, rabioso pesar!, ¡ay pena fiera!  5
¿Es Amor el que cubre oscuro manto?»
«Sí, mas oye qué dice y nota cuánto
el cielo nos llevó, que no debiera»:

   Beldad, gracia, valor, virtud, cordura,
ingenio, honestidad, seso, arte y gloria,  10
linaje y todo el bien que da ventura,

   se ha llevado la muerte y por memoria
su nombre mostrará esta piedra dura;
yo tendré cargo de llorar su historia.




- CCXXVI -


Al sepulcro de Diego de Esquivel


ArribaAbajo   El despojo mortal yace aquí solo,
la beata alma es ya tornada al cielo,
del pastor Esquivel, que fue en el suelo
un émulo de Orfeo, un nuevo Apolo.

   Rabiosa muerte de entre nos llevólo;  5
inmortal fama con piadoso celo
haga su virtud, tendido el vuelo,
se manifieste al uno y otro polo.

   Mirad pues, ninfas, musas y pastores
no haya flor en Parnaso, ni Helicona  10
destile humor que el lauro os tenga verde.

   Y pues fue en el cantar de sus amores
el que puso más alta sus corona,
Amor lo llore, que es el que más pierde.




- CCXXVII -


En la muerte de la princesa doña María


ArribaAbajo   La gran dea de los partos envidiosa
de ver que haya en el cielo alguna estrella
de mayor resplandor y beldad que ella,
del marido y hermano está quejosa.

   Júpiter que agradar desea a la esposa,  5
si bien conoce injusta su querella,
«traigamos acá -dijo- otra más bella
y así Venus será menos hermosa.»

   Por el mundo la va Juno buscando,
y en Pincia, por común desaventura,  10
de una princesa al parto se destina.

   Mas no tan presto la ha mirado, cuando
al cielo se llevó su hermosura.
¡Ay, envidia cruel, fiera Lucina!




- CCXXVIII -


A la condesa Laura Gonzaga


ArribaAbajo   Laura, si cuando en la gran selva Idea
hizo el juicio aquel pastor troyano,
donde a Venus fue dado el soberano
premio a pesar de la una y otra dea,

   fuérades vos, ante vos fuera fea  5
la más hermosa, y presumiera en vano
haber lo que están vuestro y que tan llano
confesará cualquier dama que os vea.

   Si Zeúxis de vos sola tomara
cuanto bueno entre mil tomar pudiera,  10
cuando en Crotón la bella imagen hizo,

   más gracia, más beldad, más ser mostrara,
y a Juno más perfecta pareciera:
¡tanto el cielo de vos se satisfizo!




- CCXXIX -


(A doña María de Cardona)


ArribaAbajo   Ilustre honor el nombre de Cardona,
no décima a las nueve de Parnaso,
mas la primera del oriente a ocaso,
a quien rara beldad honra y corona;

   y a quien la Fama por sin par pregona  5
de virtudes colmado y rico vaso,
por elección, y no por suerte o caso,
dignísima de cetro y de corona.

   Perdería la pena y el trabajo,
donde la envidia su malicia enfrena,  10
si cantase de ti aun el más instruto;

   pues tu santa virtud tomó a destajo,
con pura caridad de afectos llena,
producir para el cielo eterno fruto.




- CCXXX -


ArribaAbajo   El amoroso piélago corría
la nave del curioso entendimiento,
y no sin ocasión miraba atento
las islas más hermosas que en él vía.

   Al fin de navegar arribé un día,  5
cansado ya de ver islas sin cuento,
en la bella Sicilia, do contento
quedé de aquel deseo que tenía.

   Y visto todo el bien que puede verse,
exclamaba diciendo: «¡Oh soberano  10
aquél que habrá de ti la alta corona!

   Si por milagro, Amor, puede hacerse,
haz que sea una hora siciliano,
ya que no puede ser de Barcelona.»




- CCXXXI -


ArribaAbajo   Vuestro nombre, señora, que asegura
cuanto vuestra beldad hace dudoso,
demás de aquel mirar dulce y piadoso
han sido la ocasión de mi tristura.

   Temía, y con razón, esta aventura,  5
puesto que fue el principio venturoso;
no era por mi parte temeroso,
mas de parte de vuestra hermosura.

   El alma, en el tormento ejercitada,
de nueva sujeción quería librarse,  10
del antiguo error escarmentada.

   Pero ¿cómo podía decir salvarse
quien tanto del primero mal se agrada
y no quiere de vos saber guardarse?




- CCXXXII -


A la princesa de Molfeta


ArribaAbajo   Como al rayo de sol nueva serpiente
en virtud del calor sale y se aviva,
muéstrase más lozana y más altiva
y el esfuerzo y valor doblado siente,

   y como mientra el sol no es tan caliente,  5
la falta del calor hace que viva
tímida, solitaria, obscura, esquiva,
do ni la puede ver ni vea la gente,

   tal ha sido de mí, señora mía,
que en virtud del calor de los favores  10
mientra el sol me duró, ledo vivía,

   hasta que los helados disfavores
hicieron encoger mi fantasía,
esconderme y huir de los amores.




- CCXXXIII -


A la princesa de Molfeta


ArribaAbajo   Como el que de escorpión fue ya mordido,
si de allí en algún tiempo se le acuerda,
se altera, se demuda y desacuerda
y pierde la color y aun el sentido,

   mi alma que improviso acaso vido  5
la beldad que a mi mal tan mal concuerda,
hizo que la color del rostro pierda
la memoria de haber sido ofendido.

   No fue flaqueza, no, ni son amores:
la injuria al corazón ha salteado  10
y dio de justa cólera testigo.

   No hace al caso, no, mudar colores,
señora, porque un hombre demudado
acomete mejor a su enemigo.




- CCXXXIV -


Soneto de Gutierre de Cetina, siendo enamorado en la corte, para donde Montemayor se partía


ArribaAbajo   Si como vas, Lusitano, yo fuese
do el alma dejé, que no debiera;
si como verás presto la ribera
del hermoso Pisuerga, así la viese;

   si como partirás do yo partiese,  5
y llegarás do yo llegar quisiera;
si el bien que verás tú, yo ver pudiera,
y el poder ir como tú vas , tuviese,

   estos húmidos ojos que llorando
te mueven a piedad, vieras gozosos  10
andar, su mayor bien manifestando.

   Mas ordenan los hados enojosos,
porque lo sienta más, irme alargando
los días del destierro trabajoso.




- CCXXXV -


A don Jerónimo de Urrea


ArribaAbajo   Ni la africana sierra excelsa y brava,
ni las bárbaras armas, crudas, fieras,
ni tu sangre esparcida en sus riberas,
que el cielo de la honra derramaba,

   ni la furia cruel que trastornaba  5
ante ti tantas naves y galeras,
ni el viento que en el campo las banderas
del fiero Marte a su pesar postraba,

   ni la gálida espada y torre fuerte,
ni en Dura el duro asalto y duro hado,  10
contra del cual no hay fuerza que resista,

   pudieron por más mal darte la muerte,
Iberino pastor desventurado,
y agora mueres de una dulce vista.




- CCXXXVI -


Al secretario Gonzalo Pérez


ArribaAbajo   «No más, como solía, jocundo y vago
te veo correr dorando tu ribera,
mas, turbio de mis lágrimas, la fiera
llama creer que yo llorando apago.

   Ya no te muestra el cielo aquel halago  5
con que suele adornar tu primavera,
ya no es tu claridad la que antes era.»
decía Pireno contemplando el Tago.

   «¿Qué será de ti, mísero Pireno,
-tornó a decir llorando- , si el pasado  10
tiempo no torna alegre cual solía?»

   Vandalio, que el dolor de mal ajeno
hacía recordar su propio estado,
lloraba de piedad mientras le oía.




- CCXXXVII -


Respuesta de Vandalio (a Cariteo)


ArribaAbajo   Ni la fuerza del mal, ¡oh Cariteo!,
ni estar lejos del bien desposeído,
ni la mente, verdugo del sentido
cuando más apretada es del deseo,

   atormenta tu alma, a lo que creo,  5
tanto, aunque tanto lo has encarecido,
que si te acuerdas quién la causa ha sido
no juzgues tu llorar por caso feo.

   Consuélate, ¡oh pastor tan venturoso!,
pues que estás del amor solas las flores  10
y sólo el ser ausente te atormenta.

   Déjame a mí llorar, que en los amores
un solo recelar fiero, rabioso,
hace que los demás apenas sienta.




- CCXXXVIII -


Al maestre de campo Luis Pérez Vargas


ArribaAbajo   Si saber del amor sola esta parte,
valeroso señor, tanto os agrada,
necesario será olvidar la espada
que tanta gloria ha dado al fiero Marte.

   Sabed por experiencia con cual arte  5
se transforma el amante en el amada,
y sabréis como el alma separada
parece que de nos mil veces parte.

   así sabréis, señor, que un accidente,
mientras su propio ser el alma olvida,  10
con tan grave dolor el cuerpo siente;

   y entonces sentiréis como la vida
se va exhalando así visiblemente
por no estar la virtud del alma unida.




- CCXXXIX -


A don Pedro de Sosa


ArribaAbajo   Señor, si vuestro andar continuo errando
por provincias remotas muy extrañas,
si atravesar la mar, bosques, montañas,
nuevas costumbres y hábitos mirando,

   pudiesen el ardor ir mitigando  5
que os convierte en ceniza las entrañas,
si los males de amor, iras y sañas,
pudiesen aliviarse caminando,

   no sólo sería poco un tal camino,
mas cuando Alcide anduvo en su conquista  10
debéis andar para hallar un medio.

   Pero, pues tanto bien niega el destino,
tornad, señor, a ver la amada vista,
que donde nace el mal nace el remedio.




- CCXL -


A don Luis de Cotes, Obispo de Empurias


ArribaAbajo   Ando siempre, señor, de pena en pena,
de llanto en llanto y de uno en otro fuego;
ni por andar ni por tener sosiego
dolor afloja o mi fortuna es buena.

   El alma de años ya y de daños llena,  5
que ciega nuestros apetitos ciego
debría volver de tan dañoso juego
a vida más tranquila y más serena.

   Si el alma misma es causa de su daño,
¿por qué la causa? Y si la fuerza el hado,  10
el arbitrio ¿qué es del?, ¿qué libre tiene?

   Pues yo no sé entender mal tan extraño,
suplícoos me digáis de este pecado
quién es primera causa o dónde viene.




- CCXLI -


A don Juan de Rojas Sarmiento, enviándole a pedir ciertos papeles que le pidió


ArribaAbajo   Cuando oro bajo y de grosera mina
suele hallar tal vez minero experto,
si con otro metal sale cubierto,
al fuego lo consagra y lo destina;

   Allí se purifica, allí se afina,  5
allí descubre su valor más cierto;
si del acaso está dudoso, incierto,
el fuego lo quilata y determina.

   Yo, que a pesar de Febo y de Parnaso,
de Helicona hallé, no digo vena,  10
mas cierto humor peor que de locura,

   para saber si debo dar más paso
en seguirla, o dejar tan loca pena,
consagro al fuego vuestro esta escritura.




- CCXLII -


A don Jerónimo de la Cerda sobre un retrato


ArribaAbajo   Si por prueba mayor de su victoria
mostrando va Perseo la peligrosa
cabeza de Medusa, y por tal cosa
fue consagrado a la inmortal memoria,

   ¡cuánto sois digno vos de mayor gloria,  5
que otra nueva Medusa y más hermosa
os ha vencido, y cuanto más honrosa
que fue su vencimiento, es vuestra historia!

   Estad, señor, con tal retrato ufano;
que si Perseo lo viese, él trocaría  10
en vos su vencimiento y sus loores.

   Pero no lo mostréis tan a la mano,
que si aquella mató mientras vivía,
la sombra de esta matará de amores.




- CCXLIII -


A una dama que le pidió alguna cosa suya para cantar


ArribaAbajo   No es sabrosa la música ni es buena,
aunque se cante bien, señora mía,
si de la letra el punto se desvía,
antes causa disgusto, enfado y pena.

   Mas si a lo que se canta, acaso suena  5
la música conforme a su armonía,
en lugar del pesar que el alma cría,
de un dulce imaginar la deja llena.

   Vos, que podéis mover al son del canto
los montes, no queráis cantar enojos  10
ni el secreto dolor de mi cuidado.

   Quédese para mí solo mi llanto;
vos cantad la beldad de vuestros ojos:
conformará el cantar con lo cantado.




- CCXLIV -


A una dama que lloraba un su servidor muerto


ArribaAbajo   De Menalca pastor la ninfa Flora
lloraba el duro caso extraño y fuerte,
y del hermoso rostro, ¡ay, dura suerte!
las rosas oscurece y descolora.

   Ya se hace llorar, ya vuelve y llora  5
y en gruesas perlas su llorar convierte,
ya queda muerta y fría, y si la muerte
la deja respirar, dice algún hora:

   «Parca si de mi bien te enamoraste,
cortarás de mi vida el hilo incierto,  10
gozarás del pastor, yo del engaño.

   Mas, ¡ay!, qué digo yo que no acertaste:
que por matarle a él, a mí me has muerto;
el golpe has hecho en él, yo siento el daño.»




- CCXLV -


A una dama quedando viuda


ArribaAbajo   Como joya oriental rica y preciosa
entre vil tierra envuelta y encerrada,
descubre su valor de ella sacada
y se muestra más clara y más hermosa;

   como parece el sol tras tenebrosa  5
nube, que su beldad tuvo ocupada;
cual va nave segura y descargada,
salida de tormenta peligrosa;

   como queda mejor el peregrino
que en bosque oscuro y con peligro ha entrado,  10
cuando, salido del, halla el camino;

   como oro de metal bajo apartado,
tal, señora, vuestro ánimo divino
queda, de sujeción baja librado.




- CCXLVI -


A un hombre loco llamado Carbón, que estando furioso arremetió a besar a una dama


ArribaAbajo   Atrevido Carbón, tan animoso
cuan falto de favor y de contento,
no se alabe Faetón de atrevimiento
pues fue el tuyo más alto y más famoso.

   Aquél, guiando al sol, de temeroso  5
hizo a los temerarios escarmiento,
tú pensaste gozar sin fundamento
de un nuevo sol más claro y más hermoso.

   ¿Cuál seso hay que iguale a tu locura?
¿Cuál esfuerzo llega al bien de aventurarte  10
si tuvieras más fuerza o más ventura?

   Aunque siendo Carbón, ponerte en parte
tan cerca de aquel sol de hermosura,
ya es ventura llegar y no abrasarte.




- CCXLVII -


ArribaAbajo   Carbón, si dar favor suele fortuna
a un fuerte corazón determinado;
¿quién como tú jamás fue tan osado
en cuanto rodea el sol y ve la luna?

   ¿Quién tuvo, di, jamás razón alguna  5
para quejarse, como tú, del hado,
viniendo así a perder, por desdichado,
una ocasión tan alta y oportuna?

   Mas ¿qué digo perderte?, si acometiste
gozar del mayor bien que hay en el cielo,  10
que ya el acometer fue gran ventura.

   Pero ¿cómo, Carbón, si te encendiste,
en medio de tu ardor quedaste un hielo?
¿Pudo más su beldad que tu locura?




- CCXLVIII -


A un lacayo muerto debajo de un carro en el cual iba Lucía Hariela


ArribaAbajo   Si puede honrar una famosa muerte
la más infame y deshonrada vida,
si la muerte con honra recibida
en gloria del que muere se convierte,

   venturoso lacayo, a quien la suerte  5
concedió tanto bien, tal homicida,
duélate que haya sido en su venida,
presurosa al pasar, pero no fuerte.

   ¡Morir debajo un peso tan hermoso,
que hace feo al que sostuvo Atlante!  10
¿Cuál vida debe ser tan estimada?

   ¡Ójala fuera yo tan venturoso!
Tan dulce muerte en un mísero amante
fuera con más razón bien empleada.




- CCXLIX -


Arriba   Musas italianas y latinas,
gentes en estas partes tan extraña,
¿cómo habéis venido a nuestra España,
tan nuevas y hermosas clavellinas?

   O ¿quién os ha traído a ser vecinas  5
del Tajo y de sus montes y campaña?
O ¿quién es el que os guía y acompaña
de tierras tan ajenas peregrinas?

   Don Diego de Mendoza y Garcilaso
nos trajeron, y Boscán y Luis de Haro,  10
por orden y favor del dios Apolo,

   los dos llevó la muerte paso a paso,
el otro Solimán, y por amparo
sólo queda don Diego, y basta solo.




 
 
FIN DE LOS SONETOS DE GUTIERRE DE CETINA
 
 


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