—59-61→
(Para el doctor Luis Alberto Reyes, amigo distante y presente.)
Resolvimos hacer un pic-nic para festejar el fin de los exámenes y el brote de una nueva época en nuestra existencia. Nada mejor que ir al parque, a orillas del lago, y aprontar todos los enseres necesarios para ejecutar una estupenda despedida a nuestros días de estudiantes. Más tarde ya vendría la profesión y la vida a rociarnos con sus cuotas de cefaleas. El gordo Pineda consiguió el camión de su viejo y juntos estuvimos toda la mañana y parte de la siesta cargando cosas en los mercados, carnicerías, pescaderías, fruterías, etc. Prácticamente el camión estaba repleto y para aligerarlo logramos ayuda de seis compañeras de curso que organizaron las numerosas minucias que habíamos hilvanado para esta suprema ocasión. Tuvimos en verdad mucha suerte, un sol radiante nos aportaba la certeza de que no necesitaríamos carpas; que todo podría hacerse como estaba programado, a la luz de las alturas. Lo importante era el asado, para lo cual trajimos -por cortesía de Uto Pereira- dos baqueanos de su establecimiento en Itá, que tomarían las medidas necesarias para que el lomito y las costillas salieran como era debido, con el gusto y el sabor de carne fresca que requieren dichas delicias culinarias. Rosita cargó en su camioneta como cien chorizos y panes para los panchos y había carbón y leña hasta para regalar. Nada faltaba: llegaron diez barras de hielo pues éramos cien —62→ en total y como treinta profesores y familiares, y no queríamos quedar cortos. Adquirimos vinos chilenos y de Mendoza, diversas bebidas gaseosas y agua abundante para hacer café o té. Además no nos faltaban los músicos de rigor y todo apuntaba hacia una total celebración que sería recordada como las bodas de Camacho. La cooperación de la perrada estuvo estupenda. Nadie faltó a la cita. Vino hasta García, el colombiano que tenía una fractura de fémur, al que trajeron en una ambulancia de la guardia.
El parque estaba resplandeciente y sereno. Las compañeras -Rosita Prieto a la cabeza- instalaron piolitas con banderillas multicolores como en las fiestas o kermeses, las que movidas por la brisa deleitaban la vista. El lago se veía calmo; pasaban botes con gente que nos miraba con curiosidad. Estoy seguro que vistos desde el lago, parecíamos un campamento de gitanos.
Empezamos temprano a hacer el fuego para el asado. Se necesitaba buena brasa y eso a veces -depende de la leña o carbón- toma tiempo. Pusimos las mesas en largos tablones levantados con piedras o ladrillos y las sillas llegaron tal como lo pedimos a la compañía que las rentaba, plegadizas y en buen estado.
El cuidador del parque, un moreno musculoso y reservado, nos miraba con atención y en cuanto pudo llegó hasta nosotros y se puso a las órdenes «para cualquier cosa que necesitáramos». En realidad quedó sorprendido. Nunca había visto -nos dijo- preparativos tan completos y abundantes. Le explicamos que una sola vez en la vida se recibe uno de médico. Y asintió.
—63→Eran ya las tres y media y algunos padres venían cayendo con sus hijos, pibes que en realidad lo que querían era correr por el parque, subirse a los árboles y jugar a la pelota. La fiesta estaba programada para las cinco, aunque a Omar (siempre tan cauto) le pareció temprano para horario de verano. Pero había que contar con la habitual impuntualidad de la gente y eso estaba en nuestros planes.
Además, no todo se haría al mismo tiempo y daríamos tiempo para abrir el apetito. Pasaron como dos horas. El sol brillaba y los árboles daban una hermosa sombra. Las sillas y las mesas fueron instaladas de manera que se aprovechara dicha coyuntura y los comensales que fueron cayendo gradualmente, se fueron sentando.
Por fin llegó el decano. Fuimos a saludarle como corresponde. Le asignamos un lugar de honor, en el centro mismo de la concurrencia. Le pregunté qué prefería tomar antes del asado.
-Una cerveza, por favor -me dijo.
Me puse inquieto pero no lo demostré. No teníamos cerveza. Contábamos con el vino para el asado. A nadie -¡es increíble!- se le ocurrió sugerir cerveza. Sin titubear le contesté:
-Cuestión de un minuto, doctor.
Fui corriendo a la máquina que estaba en el corredor de la casa del encargado y puse un billete de mil para obtener cambio y sacar la cerveza de la máquina automática. Puse como estaba indicado, con la cabeza del presidente mirándome. El rodillo de la máquina se movió perezosamente. Escuché un ruido metálico y no salió nada. Esperé un rato. Se escuchaba la —64→ algarabía de la gente en el trasfondo. Recordé en seguida el ofrecimiento del cuidador. Me llegué hasta su pieza y le expliqué el inconveniente.
-Trataré de ayudarlo -me dijo con calma.
Salió con una tenaza, un martillo y varios destornilladores. Puso un billete suyo en el aparato. El artefacto produjo exactamente la misma sucesión de ruidos y se tragó ceremoniosamente el billete. Me hizo un gesto con las manos indicando que no me afligiera.
Con un destornillador pequeño trató de abrir la parte frontal y no calzaba. Eran tornillos pequeños, en cruz y todos sus destornilladores eran lineales. Volvió a señalarme que no me angustiara, que todo tendría solución. Se fue a su pieza y volvió con un hacha enorme. Eso ya no me gustó: con un hacha se tumban árboles gigantes en un bosque, y para la máquina trancada, bueno, la cosa era excesiva.
-Esta porquería no me va a tragar mis pesos -dijo con rabia.
Tenía la cara congestionada y el ceño arrugado. Se puso de frente, escupió en las palmas de sus manos, se las frotó con energía y descargó un hachazo descomunal al centro de la máquina. Nada sucedió. El artefacto era de acero. Apenas se balanceó y estaba al parecer preparado para esta clase de asaltos violentos a su integridad mecánica. Volvió a los hachazos con insistencia. Los compañeros, al escuchar el ruido se acercaron. Lo miraban con extrañeza. Me cataban con curiosidad y sorpresa. Les expliqué lo sucedido y naturalmente nadie esperaba este ejemplo de respuesta para un percance de relativa frecuencia. Se sabe que las máquinas a —65→ veces fagocitan los billetes, y en esos casos se avisa al encargado de las mismas.
-Y así lo hice -expliqué-. ¡Y él es el encargado!
Me observaban con incredulidad. Uno de mis compañeros, creo que fue Omar, me dijo:
-Rajemos de aquí, este tipo está loco.
En ese mismo instante la máquina virtualmente explotó. Miles de monedas volaron desperdigadas por todos los costados al exacto tiempo que los billetes flotaban como hojas de otoño sopladas por los vientos. La maniobra de la máquina duró cerca de una hora. Como mejor pudimos juntamos los billetes, los íbamos colocando en una pila bajo un ladrillo. Reunir las monedas era labor imposible, pues se hallaban esparcidas en un radio como de diez metros. Además los pibes eufóricos las guardaban «como recuerdo» y no era factible conocer el total para hacer una decorosa devolución. Me acerqué al encargado, quien todavía tenía el hacha en su mano y le dije con tristeza:
-Lo siento señor, le he creado un verdadero trastorno. Dígame cómo podemos ayudarlo para que usted no tenga problemas con la Municipalidad y le daremos nuestro apoyo. Pero antes, permítame obtener cambio de mil pesos.
Con seriedad, comprensible por cierto, y con ceño fruncido me dijo:
-Retire todo lo que sea suyo, que yo me encargaré con las autoridades y les sugeriré que no traigan más estas malditas máquinas al parque.
Con todo respeto y ansiedad, considerando que yo había sido el culpable de todo le hice una pregunta final:
—66→-Dígame señor, ¿dónde está la máquina de las bebidas? Quiero sacar una lata de cerveza ahora que tengo el cambio requerido.
Con una suspicacia e incredulidad pasmosa me miró con fijeza:
-¡Cerveza! -dijo-. Pero ¿no sabe acaso usted que no se colocan bebidas alcohólicas en los parques públicos?
Quedé totalmente aturdido y hasta titubeante. Recordé que el decano me estaba esperando y que todavía me estaría buscando entre mis compañeros.
Salí corriendo a dar las difíciles explicaciones. Una parte de la gente se había retirado ya. Generalmente vienen a las fiestas de los estudiantes por un momento, para hacer acto de presencia y quedar bien con los muchachos. Para sonreír un rato. Después desaparecen sigilosamente. Y el decano había hecho lo mismo. Lo busqué por todos lados. Al final miré si estaba su coche. Niente. «Qué le vamos a hacer» -me dije-. Me quedé en el pic-nic que tanto trabajo me costó y apenas tuve apetito.
Mi mujer seguía golpeando y pateando la puerta. Al parecer yo me había llaveado desde adentro cuando, entré a hacer la siesta. Escuché los ruidos. Me levanté con pereza, sudando y somnoliento. Gloria con premura me dijo:
-Teléfono. Es el decano. Te olvidaste de retornar la tarjeta RSVP y quiere saber si vamos a asistir al pic-nic de mañana en su quinta...
1986
—67-69→
-¡Una botella de caña y copas para todos! La voz de Martín Collado salió clara y fue vitoreada con entusiasmo por los amigos sentados alrededor de una mesa de mármol con un tablero de ajedrez incrustado en el medio. Las casillas blancas y azules se veían apagadas y rayadas. Pero en la mesa nadie jugaba al ajedrez esa noche. Más bien cubrían el tablero con cuadernos, papeles y vasos. «El Retorno» estaba repleto, No había una mesa disponible. Era el café de moda, pues a su vuelta de Buenos Aires su fundador y dueño don Alberto Ocaña -que escribía versos de tangos raras veces escuchados- fue atrayendo a los jóvenes de su edad (era del 89 más o menos) y gradualmente se creó una de las pocas peñas bohemias que existían en la somnolienta ciudad colonial. «El Retorno», estaba ubicado en una esquina céntrica, cerca del único teatro. Las noches de espectáculos reservaban varias mesas para los artistas que se unían a los parroquianos en una rara simbiosis de culturas e ideas diferentes pero con el deseo común de entretenerse un rato antes de ir al hotel y sufrir el calor asediante de los veranos interminables. Las piezas de los hoteles eran verdaderos hornos y el anémico soplo de los ventiladores repartía aire caliente que ni siquiera servía para ahuyentar los mosquitos.
Cuando circulaban los tranvías a mulas todos los comensales levantaban la voz y algunos hasta gritaban para hacer valer sus puntos de vista, y seguían por largo rato altisonantes sin darse —70→ cuenta de que el tranvía ya había pasado. Era una animación rítmica y medida por el tronido de los tranvías y el golpeteo de los cascos de las mulas en el empedrado, que por otro lado movía los cimientos y hacía que la gente se sintiese inquieta y molesta. Los mozos vestidos de blanco y con corbatitas negras de moñitos actuaban en forma profesional y cortés y siempre sonreían aunque fuesen las dos de la mañana. Eran tiempos remotos y no existía la premura de abandonar los bares o restaurantes a medianoche. La vida en algunos lugares duraba hasta las cuatro de la mañana.
Desde que volvió de Buenos Aires, Ocaña se sintió confortable. Había logrado un rincón ideal y tenía positiva ascendencia en el nutrido grupo de amigos despreocupados y errantes a quienes dominaba con la mirada. Los días que Ocaña estaba de malas pulgas la bohemia lo sabía y trataban de complacerle. Hasta Martín Collado le tenía respeto, pues sabía que una muchachada como la que se había formado allí, era única en todo sentido. Últimamente Ocaña andaba con bronca pues en la esquina del bar se habían instalado varias campesinas vendedoras de golosinas y, en forma muy curiosa, las moscas invadieron el café. Desde luego que él culpaba a las vendedoras y había redoblado sus esfuerzos para limpiar las mesas varias veces al día con fuertes substancias químicas que al decir del farmacéutico vecino eran eficaces para ahuyentar las moscas. Los parroquianos protestaban por ambas pestes, por las moscas y por el penetrante olor a farmacia que inundaba todos los rincones del café. Uno de los asiduos concurrentes, con filosofía, —71→ le dijo a Ocaña que a cualquier cosa se acostumbra el hombre y que ya vería que dentro de poco, la gente no se daría cuenta de nada. Y así fue. Gradualmente las protestas disminuyeron y los clientes se adaptaron hasta a una triple dosis de substancias químicas. Por las noches, para ayudar la limpieza, los empleados baldeaban las aceras donde durante el día la aglomeración urbana ensuciaba todo. Y podían verse las ratas y las cucarachas que corrían por doquier para fastidio de Ocaña. Era una conspiración, pero le advirtieron que tenía que acomodarse o perecer. Tan pronto como superaba un problema, venía otra molestia y el ciclo recomenzaba su cerco de ataques renovados.
«El Retorno» con el tiempo tuvo la aureola de ser un lugar de gente afluente y generosa. Y sufrió el castigo que asola las grandes urbes: una invasión de mendigos pertinaces que venían a horas fijas y en grupos compactos que dificultaban el movimiento de los mozos y que no se iban si no recibían una fuerte limosna de los ocupantes de cada mesa. La situación se tornaba difícil y bochornosa. Ocaña se vio obligado a llamar a la policía. Desde la central enviaron a varios agentes para despejar el café de los comensales no invitados. Eran momentos muy duros, pues los mendigos venían a horas cruciales y como en general causaban lástima, lo máximo que podían hacer los agentes policiales -que por otro lado también obstruían el paso de los mozos- era empujar sin violencia a los mendigos y repartirles algo de lo que Ocaña les daba con ese fin.
Con el correr del tiempo los agentes reclamaron —72→ su parte, ya que era una misión verdaderamente fastidiosa la que Ocaña les había asignado. Bastante tenían ellos -decían- con los problemas de la ciudad, que iba creciendo rápidamente con la afluencia de los inmigrantes alemanes, italianos y españoles. Alguien le insinuó a Ocaña que se mudara, pero él no quería bajo ningún concepto, recomenzar su vida en casa nueva. Le gustaba la esquina con todos sus defectos. Había aprendido a tolerarlos. Y además tenía las dudas de que a lo mejor si se mudase, la «barra» que lo escuchaba y respetaba, no lo seguiría y se sentiría más solo que en Buenos Aires. (Por eso volvió, decía siempre).
Pero «El Retorno» continuaba siendo el lugar preferido de los artistas, los poetas y los pintores. Don Pablo Morando, el célebre pintor de los lapachos, dio nuevo impulso al café: organizó sin la ayuda de nadie una exposición y colgó sus cuadros en las paredes. Fue todo un éxito. Asistieron diplomáticos, turistas, los ricachones de la ciudad y vendió todo. Los libreros instalaron vitrinas para exponer los últimos títulos llegados de España, y también tuvieron gran resonancia y mejor venta. Y así de a poco, pasando por alto las molestias de la vida tropical, Ocaña fue siendo conocido en la ciudad como un espíritu emprendedor y progresista.
-¡Otra botella de caña!
De nuevo la voz de Martín Collado rompió la calma de medianoche. Vino el mozo, destapó la botella con un tirabuzón y comenzó a servir a los integrantes de la tertulia. Al llegar a Riveros Soler, éste lo detuvo con voz bronca:
—73→-Un momento Percio, para mí una dosis doble.
Después de mirar a Martín Collado, como pidiendo anuencia, Percio agregó otra dosis a Riveros Soler; no entendía por qué le permitían siempre la dosis extra. Pensaba que Riveros Soler nunca dejaba propina. Pero no se lo echaba en cara. Jamás tenía un centavo. Martín Collado pagaba con gusto. Así le toleraban cuando traía algo para leer. Esa noche, cuando ya el conticinio dominaba y la bohemia era dueña de la sala, le pareció propicio a Collado el momento y sin requerir la atención de nadie se levantó y empezó a leer un poema lleno de sombras y lunas que en partes decía algo así (no lo recordamos con precisión):
| . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . | |||
| me conoces aunque nunca me viste | |||
| y esta noche presiento que muy cerca | |||
| el minuto del encuentro estará... |
Iba a seguir cuando Riveros Soler lo interrumpió con brusquedad:
-No pues Martín. ¡Ahí no está la clave! ¡Basta de endecasílabos cursis! ¿Por qué de una vez no leés los trabajos del Príncipe y te asomás al azul de su Orbe? Lo que estás ahí llorando ¡se dijo una y mil veces!
Raúl Pesoa Carlés, el uruguayo vendedor de loterías se levantó y expresó:
-¡Qué azul ni ocho cuartos! Aquí señores falta refinamiento. ¿Quién, díganme, quién leyó a Herrera y Reissig? ¿Cómo es posible que en esta bendita ciudad estén todavía hipando la luna —74→ cuando el simbolismo es ya una revelación universal? ¿Quién conoce a fondo a Rimbaud, que no sea el barbudo Óscar Ferreiro de noble ascendencia oriental?
Riveros Soler no se contuvo y terció con punzante mordacidad:
-¡No queremos herreros ni carpinteros aquí! «Tiempalia» expresa perfectamente nuestro ideario. Allí está nuestro modernismo. Los simbolistas -y los herreros- podrán ser todo lo oscuro que les dé la gana -su voz se ponía definitivamente agresiva- y no hacen falta aquí. Se sentó pesadamente y a los pocos minutos se quedó dormido. Los mozos lo pusieron en un sofá, como siempre ocurría y por cortesía de Ocaña, que lo dejaba allí hasta la mañana cuando lo despertaban.
Roggiano, el santafesino se levantó con decisión y se despidió:
-Señores, la mina me espera. Si no llego a tiempo, me raja.
Su voz era tajante, nerviosa. Al salir, desde la puerta lateral gritó:
-Si alguna vez me sale un número ganador -miró a Carlés- los invito a todos a Santa Fe. ¡Nos mudaremos al Palacio Sáenz!
Sus últimas palabras apenas se escucharon por la discusión que seguía.
Se siguió hablando de estética, de religión y de Rafael Barrett. Después de un rato, desde el mostrador, se acercó Ocaña, quien se dirigió a los tres últimos que quedaban (Martín Collado entre ellos), y les dijo:
-Mi último tango, señores. ¡Será todo un éxito!
—75→-Por favor ¿me escuchan?
Y había que dar oídos. La mínima urbanidad requiere respeto al dueño de casa. Leyó con devoción y calma una larga historia de amores y traiciones. Volvió a leerla, como siempre hacía, «para dar más sentimiento a mis penas...». Cuando concluyó estaba llorando.
Los demás miembros de la tertulia, yacían profundamente dormidos. La ciudad también conciliaba el sueño. Una brisa tenue había mejorado el sofocante ambiente de la tarde de fuego. Los pocos ladridos que se escuchaban parecían remotos, como originados en otro mundo...
Estaba amaneciendo y Martín Collado abrió los ojos. Al principio no se dio cuenta dónde estaba. Le crujían los huesos y tenía además un lacerante dolor de cabeza. Miró a su costado y vio a Ocaña que también se iba recuperando.
-Pedí el mate -fueron las primeras palabras de Martín Collado, que salieron lentas, pegajosas.
Ocaña se levantó de su silla y fue a la cocina. Al cabo de un rato volvió con una pava y el mate. Cebó uno espumoso. Hasta el rezongo de la bombilla no habló Martín.
-¿Y los demás?
-Rajaron mientras dormíamos. Para más dejaron la puerta abierta, lo que está mal, pues entran las ratas y hasta los perros vagabundos.
-Vamos al patio. Está bien fresco ahora.
Martín señaló la puerta de atrás y salieron con la pava y el mate.
Se sentaron en dos bancos.
Se levantó Ocaña y aspiró una bocanada de aire mañanero.
-Bueno, estas cosas se echan de menos —76→ cuando uno está lejos. Y el perfume de nuestras mañanas no tiene precio. En este mismo momento están quemando azúcar para el cocido. Y da gusto, ¿verdad?
1986
—77-79→
Llegó una tarde silenciosa en un auto de color marrón. El chófer, un moreno bajito de frondosa cabellera le ayudó a bajar varias maletas con numerosos rótulos multicolores pegados a ambos lados, algunos de ellos en idiomas extranjeros. El coche se detuvo frente al chalet de los Escobar, que estaba desocupado desde hacía varios meses. Las únicas veces que se veía luz y gente, era cuando a Ticio se le ocurría venir a escribir por las noches para huir del teléfono y para concentrarse en el temario de su último libro sobre cuestiones artísticas. Pero en realidad Ticio no era amigo de vivir en el chalet, ni siquiera durante la temporada de verano. Él prefería viajar y observar exposiciones en el exterior para vitalizar el ambiente de las muestras nacionales. Pero desde que se fue a Francia con una beca, el chalet quedó definitivamente vacante. Hasta la tarde en que llegó Cristina. Y pudieron verla: era alta, rubia, de paso más bien ágil y decidido. Antes de entrar, miró el patio, probó las llaves, abrió la puerta de la sala e hizo acarrear las valijas. Pagó al chófer y cerró la puerta del frente. Cuando el calor de la tarde se hubo disipado y el sol comenzó a desaparecer, salió a dar una vuelta por los alrededores de su casa. Iba vestida con una blusa azul liviana de algodón y una falda que combinaba acertadamente. Unos zapatos deportivos agregaban liviandad a su figura. Miraba los árboles, observaba las casas y mantenía cierto ritmo en su caminata. No iba ni rápido ni lento. Era —80→ indudablemente un tipo diferente al de los turistas que solían llegar a San Bernardino. Generalmente los asuncenos que venían durante los fines de semana, tenían un itinerario predecible. Iban al hotel del lago, visitaban la morada en que vivió Rafael Barrett, preguntaban en qué casa escribió Casaccia La Babosa y después retornaban. Cristina sin lugar a dudas no tenía ningún conocimiento del pueblo y hacía su paseo con holganza, sin que nada al parecer la urgiera.
Volvió a la casa, encendió las luces y se sentó en la sala. Abrió su cartera y sacó un cigarrillo. Comenzó a fumar y se sintió confortable, tranquila. De su valija sacó una radio y en forma casi inmediata comenzó a mover el dial hasta que logré captar una estación que transmitía en idioma extranjero.
Al otro día, a la mañana temprano, volvió a salir y llegó hasta la costa del lago. No había nadie. Caminó algunas cuadras subiendo la cuesta del pueblo y desde la parte alta, observó Areguá. Estaba tomando contacto con el ambiente. Indudablemente tenía una gran capacidad para vivir su mundo interior pues vino sola. Claro que estaba aún por verse. Bien podría suceder que al cabo de algunos días asomara alguien. Al menos eso podría esperarse, ya que los turistas nunca vienen sueltos ni actúan en forma huraña. Pero en realidad, ¿quién podría decir nada de Cristina, que llegó ayer? Claro que en pueblo pequeño, de ambiente más bien cerrado, el arribo de un ser como Cristina, llama la atención.
Como queriendo integrarse con el clima y el color del pueblo, comenzó a ir al lago. Se echaba —81→ en la arena durante horas, casi sin moverse. De vez en cuando, miraba la otra orilla y luego cambiaba de postura para volver a tenderse entre los pedruscos y la costa húmeda y musgosa.
Observada así a primera vista, pareciera que Cristina prefiriese evitar el contacto con la gente. Sin tratar de ser huidiza -salía de su casa con relativa frecuencia- resultaba quizá algo retraída y más bien amiga de la soledad. Le gustaba mirar los árboles enormes y siempre verdes que parecían engolfarse el pueblo. Ya llevaba varias semanas y nadie sabía qué hacía ni de qué recursos disponía. Era evidente que gozaba de una desahogada posición económica pues el alquiler del chalet era costoso. Desde luego que Ticio -quien comandaba en su casa- al decorarlo con cuadros auténticos de Colombino, Delpino, Careaga, Filártiga y Forte entre otros, no estaba dispuesto a mudar su sentir de acuerdo a la cara del cliente. Quien ocupara el chalet, debería estar a prueba de discusiones elementales y hasta profanas para él. Por eso, gran parte del año, permanecía silencioso y vacío. Lo que a Ticio le importaba un comino.
Desde La Asunción, le mandaron a Cristina una sirvienta o mejor, ama de llaves de origen alemán. Ello facilitaba enormemente los problemas de Cristina que poseía un fluido y nórdico acento alemán, sin ser alemana. Doña Paula, la compañía de Cristina, era metódica y eficiente. Cada mañana, limpiaba la casa calladamente, barría el patio y rastrillaba las hojas secas.
El jardín del chalet era diferente. Ticio había estudiado en Roma diversos diseños de aplicación —82→ en jardinería que eran completamente distintos a los que existían en La Asunción. Con un botánico, discípulo del doctor Rojas, logró hallar las plantas que resistían el clima húmedo y caliente del trópico y contrató a un jardinero profesional que a veces cuidaba las flores de la Embajada de España, quien utilizó la idea de Ticio y así nacieron animalitos floridos con una policromía alegre y vivaz, rebosando capullos entre avenidas de piedrecitas y pinos. Requería cuidado, y para eso estaba Marciano que recibía su estipendio mensual y mantenía todo como Dios manda. Con el tiempo, el recinto de ligustros y enredaderas se fue cerrando, de tal manera que el patio resultaba invisible desde afuera.
Por las mañanas, Cristina colocaba un sillón en el patio y leía durante horas. Era una de sus predilectas diversiones. Leía novelas en sueco y en alemán y tomaba notas con un lápiz rojo; a veces escribía frases, otras subrayaba y cerraba el libro como si estuviera meditando sobre lo que acababa de leer. Mientras leía, no quería ser molestada. Cuando llamaba a Paula, pedía té, que tomaba sin soltar el libro.
En cuanto el calor se hacía intolerable, salía al patio, desnuda. Para que no se la comiesen los mosquitos se untaba el cuerpo con aceites protectores o se rociaba con un pulverizador. Doña Paula se escandalizó el primer día que la vio salir desnuda. Después se fue acostumbrando a la broncínea y escultural presencia de su ama. Cristina lo hacía sin ningún afán de ostentación física. Lo que quería era tostarse uniformemente y de a poco lo iba logrando. Al principio el sol picaba bastante. Pero con la ayuda de bronceadores —83→ evitaba despellejarse. Lo había aprendido en el sur de Europa. Una vez hasta tuvo una fuerte fiebre producida por un abuso solar que la cogió de sorpresa. Era la primera vez que salía de Estocolmo y no conocía el peligro del sol en piel virgen como la suya. Después las amigas le fueron explicando la técnica de ganar el dorado sin sufrimientos bruscos. Venían desde Estocolmo en grupos numerosos y durante los meses de enero y febrero se hablaba más sueco y alemán que español, italiano o griego. Y los restaurantes tenían el menú en sueco y algunos de ellos hasta había llegado al extremo de anunciar «aquí se habla español».
Era una transición brusca para Cristina. Salir de su Nordens Venedig, su Venecia del Norte, donde, como ella solía decir, cualquier cosa puede suceder y nada pasa pues la gente se adapta a todo y nadie dice un tris y ahora súbitamente ser criticada en su propia casa por su dama de compañía, le producía cierta incomodidad. Sin embargo, sabía y sopesaba la existencia de diferencias culturales y tenía que mostrar tolerancia y resignación para detalles que en realidad no eran trascendentes.
Trataba de explicar a Paula la vida en Estocolmo y en Suecia en general. «En mi país el clima es inclemente. No digo que tengamos osos en las calles, pero los días de sol son contados. Y yo no voy a vivir todo el resto de mi existencia en este país. Aquí es innecesario andar vestida todo el día, es unnatürlich (hacía un fuerte énfasis cuando decía antinatural en alemán sabiendo que le hablaba a un muro). «La naturaleza exige una actitud, una costumbre menos —84→ formal, más liviana...». Hablaba en voz alta y sola, si bien lo hacía para que Paula la escuchara. Lo más probable es que ése fuera su sistema de diálogo, a no ser que pidiera cosas específicas, una taza de café, agua, whisky, lo que fuera, en cuyo caso Paula obedecía sin chistar.
En realidad lo que le molestaba a Paula -y se guardaba de decirlo- era su bien fundado temor de que algún vecino (los había muy curiosos) espiase a su patrona por alguna boquera de la cerca, lo que era remotamente posible pero más bien improbable. Y ese pequeño detalle la tenía casi obsesionada. Paula había venido de un pueblo cercano a San Bernardino, era una especie de astilla de un núcleo alemán que apareció a fines de siglo con Herr Förster y que a la muerte de este colono se mudó hacia Altos. Y bien poco conocía de otros mundos. Una mañana, en forma inesperada, pues respetaba a su patrona y no se animaba a decir ni jota, se atrevió a expresar:
-¿Por qué no sale en traje de baño señorita? -preguntó con recelo y ansiedad. La miraba con insistencia y con una rara curiosidad.
Para Paula, era sencillamente insólito ver a su patrona al natural.
Cristina tomó su pregunta sin inmutarse, sonrió y en tono controlado de voz, respondió:
-Paula, ¿cuál es tu preocupación?
«Ahora era la oportunidad -pensó Paula- de decirle mis temores».
-El cerco, señorita. Las enredaderas tienen agujeros y desde afuera la podrían estar mirando, ¿comprende?
—85→Cristina con cierta ansiedad contestó:
-Mira Paula, en Mallorca, ¿sabes dónde queda?
-No señorita.
-Bueno, es una isla del Mediterráneo que pertenece a España. En Mallorca -le decía-, todas en la playa andaban como yo y no llamábamos la atención. Claro que habrá existido algún curioso. Nunca falta un fisgón pero y eso, ¿qué importa? Cierto, las costumbres son tan diferentes, ya me lo dijeron. Cuando salgo así, desnuda, es porque quiero tener un color sin diferencias, homogéneo. En las piscinas de los hoteles de Europa e incluso hoy en algunos lugares de Río, esto es tan común que ya no molesta a nadie.
Calló Cristina, pues se dio cuenta de que hablar a Paula era sencillamente una pérdida de tiempo. «Las costumbres llegarán, tarde, pero se impondrán en el mundo». «Y además estoy en mi patio, en mi casa y el que mire, bueno, buena suerte...». Cristina no estaba dispuesta a cambiar su vida y menos aún para satisfacer a una pobre campesina alemana dejada de la mano de Dios en una aldea remota, desconectada de sus antepasados, adaptada a una existencia cerril. Y respetaba a Paula. Tenía el legítimo derecho de manifestar sus fobias y sus puntos de vista. Y sonreía Cristina. «En lo que gasta su tiempo esta gente...», pensaba. «Hay tantas cosas hoy día en el mundo que requieren nuestra atención...».
Los fines de semana tomaba el ómnibus que la dejaba en La Asunción. Llevaba un valijín —86→ pequeño, iba con ropa sencilla, a veces una blusa de color bordó que hacía resaltar su tez dorada y siempre un libro. Estaba «atacando» a Thomas Mann y gozaba con Buddenbrooks. Le interesaba cómo podía en cierta forma la espiritualidad reemplazar una vida de negocios. «Bueno, eso es en las novelas», pensaba. Pero era cautivante, pues en el fondo soñaba que Mann pudiera haber conocido a su familia, ya que muchas circunstancias de sus novelas, las habían vivido sus antepasados en Suecia. Sentada en el ómnibus, cuando algún pasajero le hablaba contestaba amablemente; después se retraía a su habitual mutismo. Una vez le tocó tomar asiento junto a Herr Kulack, un vecino de los alrededores de San Bernardino, de mucha cultura, de modales muy circunspectos, que había emigrado de lo que es hoy Yugoeslavia, después de la guerra del 14. Su alemán era impecable y conocía literatura alemana y curiosamente, había leído a los clásicos brasileños. Mencionaba a Coelho Netto y hablaba con entusiasmo de sus creaciones. Cristina no sabía nada, absolutamente nada de la literatura de la América del Sur. Insistía Herr Kulack en prestarle libros de autores argentinos, colombianos o brasileros y Cristina se mostró poco interesada en aceptar tan amable oferta. Trataba de justificarse explicando a Herr Kulack que los autores por él mencionados, no habían sido traducidos ni al sueco ni al alemán y que su español era precario. También aclaró que a ella le gustaba leer a un autor sin necesidad de preocuparse del significado de las palabras, y que era por eso que no se metía a leer autores franceses o españoles en el original. —87→ Estaban llegando a La Asunción y Herr Kulack le ofreció transporte, pues tenía su hijo con auto esperándolo en la Plaza Uruguaya. Ella agradeció y explicó que a ella también la esperaban. No dijo quién, pero era evidente que entrando en aspectos relacionados con su vida, prefería no decir nada. Herr Kulack comprendió y reconoció su deseo de intimidad. Y así se perdía todo rastro de Cristina hasta el próximo lunes o martes cuando retornaba a San Bernardino.
Pasaron varias semanas. El tiempo a veces no existe. Todo es tan relativo, pensaba Cristina. Seguía en el pueblo. Se iba adaptando al raro silencio de las noches. Le inquietaban las estrellas. Casi las podía tocar con la mano. Un cielo despejado era tan bello para ella como un día de sol. Tantas veces en Estocolmo sólo se veía un gris triste y hasta agresivo, inmutable. Pero era su tierra y en el fondo, sentía nostalgia. Recordaba las plazas, su corazón medieval al que llaman Gamla Staten -el viejo pueblo- las calles estrechas en la parte vieja de la ciudad donde el espacio se mide a milímetros, y en el fondo le gustaba la vastedad de los pueblos pequeños como San Bernardino, sin la angustia de un pasado de siglos y con la esperanza de un porvenir por hacer...
Y tenía -vivía- una legendaria añoranza de lugares elementales, de fuerza cósmica donde todo era nuevo y el entusiasmo -esa fuerza real, transformadora, restaurante- pendía del hilo de un párpado, del recuerdo arrastrado por furias escondidas y que a lo mejor nada más estaban en la gema de un brote por nacer...
—88→Una mañana diferente, de llovizna y de nubes precipitadas, decidió salir. Llegó hasta la choza en que vivía Herr Bauer. Lo hizo porque todos en San Bernardino le inquirían sobre su visita a Herr Bauer. Y ella, que no creía en adivinos ni astrólogos, siempre respondía «no, no fui todavía». Y ésta era la oportunidad, ya que una inesperada lluvia la hubiese obligado a quedarse en su casa sin hacer otra cosa que seguir leyendo. Y necesitaba algo diferente. Golpeó la puerta y al cabo de un largo rato, en alemán del sur, le contestó una voz de anciano:
-¡Ya voy!
Arrastrándose, se presentó en el vano de la puerta un viejecito pequeño con barba roja llena de canas y un aspecto realmente desastrado.
-Ya la conozco -le dijo Herr Bauer-. Ya estuve con Herr Kulack y me contó de usted.
-Yo sólo vengo a saludarlo -dijo Cristina y le traigo comida para sus gatos.
Le entregó un paquete envuelto con papel de diario y el viejo sonrió con un sonoro:
-¡Dank!
Herr Bauer en seguida le pidió ver las palmas de sus manos. Ella resistió. Con toda franqueza le dijo:
-No creo en las predicciones ni me interesa el futuro. Lo viviré de a poco, como venga.
-Siquiera deme la fecha de su nacimiento, déjeme saber de usted.
Cristina dudó un instante, no quiso ser ruda con él y casi por conmiseración le dijo:
-18 de octubre de 19...
El viejo pensó un rato, consultó unos libracos ajados. Para llegar hasta ellos tuvo que ir —89→ esquivando gatos y cestos con vegetales. No comía carne y era estrictamente adicto a las tradiciones hindúes. La miró fijamente y concluyó:
-La próxima semana ya no estará aquí.
-Claro, todas las semanas viajo a la ciudad y usted lo sabe, ¿verdad?
-No, ya no estará aquí.
La saludó con cortesía, le tomó las manos y concluyó:
-¡Auf Wiedersehen!
Salió del chamizo de Herr Bauer y sintió un gran alivio.
Algo en ese ambiente le producía una sofocación inaguantable. Quizá fuese el viejo mismo. O los gatos. O la choza con su techo de zinc y sus paredes llenas de agujeros. Precipitadamente llegó a su casa y se puso a mirar un cuadro de Filártiga, raro, tremendo. Nunca se había fijado antes. Eran varias manos entrecruzadas y un látigo teñido de sangre en una de ellas. Se preguntó para qué el dueño de casa ponía cosas tan tristes en la sala. Buscó refugio para su vista en un xilograbado de Colombino, también raro: una piedra negra, rota, exudando aceites de gotas oscuras, pegajosas. Cerró los ojos. Y empezó a pensar en Herr Bauer. Nunca había visto un ser más insólito y le pareció imposible estar en un pueblecito en el corazón de la América del Sur tan lleno de hallazgos inesperados.
Llamó a Paula y pidió un whisky. Prendió un cigarrillo y lentamente fue saboreando la bebida. No le gustaba tomar los tragos solos, pero no le quedaba otro recurso, al menos por —90→ ahora. Recordaba a un tío que terminó borracho y siempre temía que algo similar pudiera sucederle. Pero hoy necesitaba un whisky. Llamó de nueva a Paula:
-¿A qué distancia vives de acá? -le preguntó.
-A una hora de camino, yendo a pie.
-¿Y qué hacías antes de venir a ayudarme?
-Trabajaba en la chacra con mis hermanas y un hermano que es dueño de un aserradero.
La conversación siguió sobre temas triviales, nada desde luego se podía profundizar entre seres tan diametralmente diferentes. Para sorpresa de ambas, alguien golpeó la puerta. Al principio no hicieron caso, creyeron que era afuera. Pero tres golpes dieron exactamente la certeza de que era la puerta de la sala. Cristina se levantó y abrió sin titubear.
Frente a ella estaba un hombre que habló en español:
-Yo soy Hermann Gunther, el comisario del pueblo.
Naturalmente, tan inesperada circunstancia produjo una reacción defensiva y silenciosa de parte de Cristina. Se repuso sin embargo y con dominio de sí misma respondió:
-Adelante.
Paula se había esfumado como por arte de magia. Siempre que la policía llegaba a la chacra era por algo que había sucedido. No podía sin embargo imaginarse qué pudo haber hecho su patrona. Entró un hombre enorme, de movimientos algo torpes, joven y rubio.
-Tome asiento por favor -dijo Cristina y prosiguió:
—91→-¿Podríamos hablar en alemán?
-Claro, con mucho gusto -dijo Hermann ya en alemán. Se sentó en la punta del sofá de cuero, como si no estuviese seguro de sí mismo.
-Póngase cómodo, señor -dijo Cristina, y continuó-. Perdón, un minuto -y se dirigió a la cocina. No vio a Paula por ningún lado. Puso agua en la pava y volvió a la sala después de prender el gas.
Cuando retornó, sonrió. Sus dientes parecían más luminosos y blancos. Era por el contraste de la piel bronceada y la luz algo apagada de la sala.
El comisario, después de acomodarse se sintió algo más tranquilo y dijo:
-Le parecerá extraño, señorita, pero vine solamente para saludarla y ponerme a sus órdenes. Usted vive sola y es posible que alguna vez necesite ayuda. Le aseguro que éste es un pueblo muy tranquilo y no creo que llegue en ese sentido a tener quejas, pero de cualquier manera, si en algo puedo servirla, por favor, hágame saber...
Cristina quedó pensativa. Qué clase de ayuda -pensaba- podría ofrecerle el comisario a ella, que no conocía a nadie en el pueblo y apenas salía de su casa al lago. Para ella el pueblo era seguro. No necesitaba ningún tipo de protección.
-¿Café? -preguntó. Una sonrisa se insinuó en su rostro.
-Muchas gracias, sí por favor.
Volvió Cristina, con dos tazas de café y cigarrillos. Invitó a Hermann con uno, prendió el suyo. Después de la primera bocanada, se acomodó en otro sillón.
—92→-¿Cuándo vinieron sus antepasados de Alemania?
Gunther no estaba acostumbrado a este tipo de preguntas a quemarropa. En forma algo incierta, contestó:
-Creo que a fines de siglo -y prosiguió, siempre con un poco de incertidumbre-. Hace cerca de sesenta años. Mi padre nació en este pueblo. Mi madre es paraguaya, hija de españoles. De pequeños se mudaron al pueblo y ella aprendió el alemán, que es el idioma que se habla en casa.
Después de haberse roto el hielo inicial logró al fin sentirse más tranquilo. Sonrió y tomó un sorbo de café.
-¿No se siente sola, señorita?
Su alemán resultaba algo desteñido y con un raro acento adquirido entre la gente humilde que vivía en el pueblo, hijos, como él, de colonos llegados del sur de Alemania.
-Mire señor, yo no pienso en la soledad. Hay quienes no la aguantan, que sufren con ella. Pero le diré que en mi caso, como en muchas otras personas -no soy excepcional bajo ningún sentido- vivir sola no me molesta en lo más mínimo. Y me permito pensar que cuando ella nos domina, no es sino nuestro propio reflejo. Yo diría falta de imaginación. O quizá inseguridad.
Hermann la miraba como hipnotizado. Indudablemente la respuesta de Cristina lo había impresionado. Y siguió hablando:
-Yo, por mi parte podría sobrevivir tranquilamente y hacer una vida feliz sin ayuda de nadie.
—93→-Pero perdone que insista -dijo Hermann en voz pausada-. Y usted ¿no tiene miedo?
Cristina hizo un gesto de extrañeza:
-Yo, ¿miedo? ¿De qué o de quién?
-Bueno -explicó Gunther-, de muchas cosas.
Cristina, sin tratar de ser brusca, acertó a decir:
-Perdone que le repita, yo me siento sin temores de ninguna clase. ¿Qué puedo yo temer en este mundo que sea tan peligroso?
Gunther quedó desarmado. En realidad, en el pueblo nunca había pasado nada serio y la última fechoría de la que se guardaba memoria databa de tres décadas atrás. Se produjo un silencio difícil. No existía entre ellos ninguna vinculación que los pudiese unir y la conversación iba adquiriendo un tono forzado, una especie de decrecer rayano en el aburrimiento.
De repente, Cristina preguntó:
-¿Qué tal son los paraguayos?
Sentía curiosidad por saber cómo eran los nativos por boca de alguien que, como ella, era de origen nórdico.
-No me dan trabajo -comenzó Hermann-. En el verano viene gente de La Asunción que se porta correctamente. Nosotros no nos metemos con ellos. Hay una separación entre los hijos de los colonos y ellos, que vienen por un tiempo y después se van. Para mí, lo confieso, son presuntuosos y a veces tratan de menospreciarnos. Pero es lógico, no se puede juzgar por un grupo pequeño, ¿verdad?
Cristina escuchaba con atención. Le interesaba lo que acababa de escuchar. «Estos países de —94→ la América del Sur están llenos de gente de todo el mundo. Con el tiempo se han de homogeneizar», pensaba. Miró fijamente a Hermann y con una inflexión más bien suave dijo:
-Yo llevo varios años en países mediterráneos y a veces pienso que no los entiendo. Son respetuosos, pero prefiero a los míos. No digo que sean mejores ni peores.
Sin buscarlo, estaban hablando de algo que los acercaba, en cierta forma. Gunther prendió otro cigarrillo y preguntó:
-¿Qué ve en los mediterráneos o qué reserva siente por ellos?
Sin ninguna demora y con palabras precisas respondió Cristina:
-Son muy curiosos. Sí, muy curiosos y la generalidad piensa que somos de una madera muy diferente. Y lo que sucede es que sencillamente nos desconocen. Estamos quizá muy lejos, geográficamente hablando. Claro, hay muchas otras cosas que nos acercan.
Cristina razonaba con bastante apasionamiento y expresaba interés en ser comprendida. Tenía gran orgullo de ser sueca y lo demostraba al enfatizar las diferencias. Eran las doce de la noche. Gunther se despidió después de haber pedido disculpas por su inesperada visita.
-Vuelva a visitarme cuando quiera -dijo Cristina y cerró la puerta lentamente.
Afuera reinaba una música de grillos enloquecidos. La inmensa noche, rica de estrellas, había abrazado el pueblo. Cristina salió al patio. Aspiró hondo el perfume de la alta noche y se sentó en la hamaca del jardín. Se quedó dormida por varias horas. La —95→ despertó el relente que había humedecido la ropa de la hamaca. Fue al dormitorio y continuó durmiendo de un tris hasta el día siguiente.
Era una mañana radiante. Cristina había decidido dar una vuelta por el pueblo. La estimulaba el sol y la brisa reconfortante. Casi no había gente en el pueblo y se sentía renovada. Tenía ganas de saltar, correr y estaba segura de que ello se debía al clima agradable de fines de marzo. Los calores intensos estaban pasando y era una nueva sensación para ella la existencia de un sol no agobiante y con suave brisa. Divisó un largo caminito bordeado de matas tropicales y subió al cerro que dominaba la vista del valle. Se veía el lago y hacia el fondo, un río pequeño. Se tendió en un respaldar natural de piedra. Amaba la naturaleza y allí, en ese rincón escondido, vibra lo que más placer le producía: la belleza intocada de lo distante, el perfume de lo arcano. Largas horas de sol. Cantos de cigarras... Cerró los ojos y se hundió en su mundo de ensueños. Pensó en lo que dejó allá lejos. Allende el Atlántico. Se movía voluptuosamente y sonreía con los ojos cerrados. Sus fines de semana en Copenhagen. Los amigos daneses y los festivales en el Tívoli. Después, el ferry-boat hasta Malmö y el retorno a la rutina. La cara le ardía y se iba moviendo para tostarse las mejillas y la frente simétricamente. Quiso, de repente, volver a su casa. Ansiaba darse un baño de sol, que las fibras de oro tocasen todo su cuerpo, toda la piel sin dejar marcas. Bajó la montañita de una carrera y en pocos minutos llegó a su refugio. Entró a su pieza y se desnudó. —96→ Salió al patio y se acostó en el césped, esta vez de espaldas. Después de un largo rato, una o dos horas quizá -el tiempo no contaba para ella- fue hasta el baño y se dio una ducha con agua fría. Renovada, se puso talco por todo el cuerpo y salió de nuevo a caminar. Se sentía diferente. Le gustaba la serenidad y el verde cerrado. Apreciaba la gente humilde y acogedora. El pueblo estaba entrando en su mundo de afectos. ¡Había vivido tantos lugares! Y su imaginación prendió relámpagos retrospectivos de un pasado feliz. Todo volvió a tener vida. De repente pensó que retornaba de un largo viaje. Tenía casi la certeza de que toda esa atmósfera la había visto alguna vez, pero no recordaba cuándo. Desde lejos -¿estaba soñando?- alguien le hablaba.
-¡Cristina! ¿Dónde estuviste todo este tiempo? Te busqué por todos lados.
-Óscar, ¡no puedo creerlo! ¿Cómo supiste de mí? ¡No hubieras venido! ¿No ves que estoy tratando de huir? Tienes que irte. Un mar de diferencias nos separan.
Volvió a su casa caminando. Un exótico paisaje de silencios y jardines.
De nuevo escuchó como si le hablaran:
-Cristina. Debemos volver. ¡Tú lo sabes!
-No puedo Óscar. Es absurdo. Déjame, te lo suplico.
Se abrió la puerta y entró Paula.
-Señorita, ¿hay alguien aquí con usted? Me pareció que hablaba usted con otra persona.
Cristina, como si hubiese despertado de un largo sueño, se sintió molesta por la intromisión de Paula y contestó irritada:
—97→-¡No me vengas aquí Paula con tus antojos!
Era rara esa falta de control de Cristina. Pero no siempre está uno en su mejor día. Para Paula, había en la pieza un hálito extraño. Los muebles estaban movidos y quedaban más de dos colillas de cigarrillos en el cenicero. ¿Serían de Cristina? Pero, ¿no lo había limpiado acaso esta mañana? Las dudas la dejaron algo distante y silenciosa. Con calma cerró la puerta de la sala y dejó a Cristina pensativa. Parecía lejana, como si estuviera retirada de la realidad de todos los días...
Hermann Gunther sabía que existían grandes diferencias culturales entre él y Cristina. Él había ido hasta el tercer año del Deutsche Schule en La Asunción. Después tuvo que abandonar sus estudios debido a una crisis familiar. Y lo que entendía de la vida, lo había aprendido en libros, revistas y periódicos. Siempre sintió no haber podido concluir el colegio, pero no se echaba la culpa. En el colegio había conocido varios hijos de diplomáticos y en realidad le interesaba saber de otros mundos, de diferentes costumbres y culturas. Pero eso súbitamente se acabó cuando abandonó sus estudios.
Volvió a San Bernardino para dar sus hombros a la faena diaria y en poco tiempo se olvidó de La Asunción y de la gente que había tratado allá. En el balance de sus conocimientos, como único aspecto positivo que podía contar, era el idioma alemán, que lo había perfeccionado con gramática y lecturas. Pero nunca le sirvió para nada, excepto para hablar en la casa con sus padres y —98→ amigos colonos. El resto: pura lucha, y en la mueblería de sus padres lo que contaba sobre todo eran los músculos. Supo de la presencia de Cristina por los rumores en la despensa de Herr Disse y decidió ir a saludarla. En su calidad de comisario, podía muy bien justificar las razones. Y así lo hizo. Al salir, quedó asombrado de la presencia y madurez de Cristina. Indudablemente nunca había conocido una persona igual a ella. Y decidió cultivar su amistad. El viernes de la misma semana, fue de nuevo a su casa. Por la tarde, la invitó a salir en bote alrededor del lago, después fueron al hotel a tomar unos tragos reconfortantes. Esa noche caminaron por la avenida de los eucaliptos. La luna exhibía una deslumbrante claridad: se podía distinguir hasta los matices de las piedras de los edificios. La acompañó a su casa y ella se despidió hasta el martes. Hermann sentía esa ausencia de tres días inexplicables para él, pero no era inquisitivo ni poseía el coraje de preguntarle qué hacía ni adónde iba en La Asunción. Era algo que tarde o temprano lo sabría, aunque no quería íntimamente admitirlo por si hubiera algún factor negativo en ello. Se imaginaba muchas cosas: que tenía un amante, que era casada o divorciada, que era sencillamente una mujer misteriosa. Y él deseaba creer esto último y estaba seguro de que el secreto de su vida lo sabría bien pronto. Se despidieron a la puerta y al poco rato vio las luces de las diferentes piezas por donde él suponía que Cristina iba pasando que se prendían y brillaban, dando vida al chalet. Gradualmente se fue alejando y se dirigió hacia la casa de sus padres. No dormía en la comisaría. —99→ Nunca pudo hallar cama más confortable que la que le hizo Herr Gunther.
Para sorpresa de los vecinos del pueblo, Cristina llevaba ya cerca de tres meses en San Bernardino y su rutina era sin mayor variaciones, la misma. Hizo ciertos cambios en la decoración de la sala. Con todo cuidado removió los cuadros de autores contemporáneos de las paredes y de a poco fue colocando vistas de los países mediterráneos, de Estocolmo y de Río. Indudablemente prefería las visiones reales a los estudios abstractos de Ticio. Y entendía que era cosa de volver a colocarlos el día que tuviera que salir del chalet. Además le dio horas precisas a Marciano y le explicó que ella necesitaba el patio para sus ejercicios solares a horas bien definidas. Marciano aceptó sin reparos los cambios. Total, a él le pagaban desde La Asunción desde hacía años y no tenía contacto con Cristina.
Un miércoles de fines de marzo vino Hermann en su coche. Raramente lo usaba en el pueblo, pues él prefería caminar y hacer ejercicios. La mueblería de sus padres quedaba a pocas cuadras de la comisaría. Golpeó la puerta de entrada. Abrió Cristina. Saludó a Hermann con agrado.
-¿Vamos a dar una vuelta a La Asunción, Cristina?
Ella pensó un rato antes de contestar.
-En realidad, llegué ayer de allá y no tengo ganas de volver tan pronto. Pero si quieres, damos un paseo por los alrededores, te acompaño.
-Magnífico. Volveremos antes del anochecer.
—100→Cristina fue al dormitorio, trajo un paquete de cigarrillos y entró en el coche.
Salieron del pueblo por una angosta avenida de árboles enormes que bordeaba el lago. Cristina sonreía y Hermann estaba contento. Después de varios meses, era la primera vez que se les había ocurrido viajar juntos en coche. Hermann aceleró con cierta impetuosidad y en pocos minutos el pueblo quedó atrás. Hasta llegar a la carretera tenían un camino de arcilla. Una estela de polvo rojo indicaba el rastro del coche. A los costados se veían pajares y un césped verde. Los nidos rojos de hormigas parecían puntos sólidos, inconmovibles. Se cruzaron con varios camiones que llevaban mercaderías, pero el tránsito era muy liviano. Una vez llegados al asfalto se hizo más suave el viaje. Tornaron hacia la derecha, cruzaron varios pantanos orillados por árboles frondosos. Se presentaba ante ellos un panorama placentero. Hablaban poco. Cristina le tocó el hombro y dijo:
-Para un momento, vamos a ver el paisaje con calma. En realidad es todo tan callado.
Hermann detuvo el coche al costado del camino. Bajaron y comenzaron a caminar. Cristina iba abrazada a Hermann. Estaban solos y les rodeaba un silencio de follajes. Hermann se sintió intranquilo.
-¿Qué te pasa Hermann?
-No, sé Cristina. Me siento raro y necesito hablarte con entera franqueza.
Sonrió Cristina y se acercó más a Hermann.
-Yo también quisiera hablarte.
Se notaba inseguridad en Hermann. Trató de adoptar una actitud de calma:
—101→-Me daría vergüenza pasar por tonto, pero casi imposible dejar de serlo, o al menos aparentarlo, cuando se van a decir cosas simples.
-¿Qué quieres decirme Hermann?
Se acercó a ella y tomándola del brazo con ternura se animó a hablar:
-Cristina: me gusta estar a tu lado. Eres una mujer maravillosa y diferente. No hace falta que prosiga, ¿verdad?
Quedaron callados por un rato. A lo lejos se veían bandadas de garzas desplegándose en forma simétrica y ordenada. Algunos graznidos rompían el silencio. Los tañidos guturales se escuchaban muy lejos y perdidos. Soplaba un vientecillo suave que refrescaba los poros.
Cristina acarició el rostro de Hermann y le dijo con una suavidad que pocas veces había demostrado antes en su trato con él:
-Hermann, dime la verdad, ¿qué puedes hallar en la compañía de una mujer como yo a quien apenas conoces?
Hermann sonrió algo confundido pero feliz:
-Piensa como quieras. Pero no analices estos momentos, te lo suplico...
En su voz existía una mezcla de ruego y pasión. Cristina lo escuchó en silencio. Le tomó de la mano y dijo:
-La noche que me visitaste por vez primera, ¿te acuerdas? Bueno, yo me imaginé que te sentías solo. Y que eras tú en realidad quien buscaba ayuda o compañía...
Hermann estuvo un largo rato sin hablar. Cristina desnudaba su corazón y la entendía. Ella era para él un complejo de entidades. Quería ser preciso, claro, explicarle lo que gradualmente —102→ se había apoderado de él -una especie de obsesión quizá-, manifestarle por fin mil cosas. Pero llegado el momento, todo huía de su mente. Algo logró decir:
-Cristina: has cambiado la dirección de muchas cosas en mi vida en un tiempo tan corto. ¡Quisiera que te quedaras para siempre a mi lado!
-Hermann. No soy para ti. Yo vivo un mundo de recuerdos muy alejados y soy prisionera de ellos. No seríamos felices...
Hermann quedó triste y silencioso. En la hondura de sus sentimientos juzgaba que Cristina tenía razón. Y odiaba la verdad que apenas se iba insinuando. Tomó de la mano a Cristina y le acarició suavemente la frente... Las horas pasaron y el tiempo no tuvo medidas para el mundo enardecido que surgió esa tarde.
-Hermann.
-¿Sí?
-¿No tienes una hora fija para volver?
-Cristina, estas son nuestras horas. ¡No las toques!
El sol se había puesto y venía la noche; el cielo tenía un color denso, entre rojizo y anaranjado hacia el poniente. Un vientecillo apacible movía los arbustos del atajo, mientras las caricias y suspiros arrojaban su nota vital. Era la vida misma, que, a toda costa, seguía su antigua huella de retornos.
1975
—103-105→
A veces uno se pregunta la infancia de las personas, especialmente cuando éstas llegan a adquirir después cierta trascendencia en la vida o más tarde en el remoto plano de la muerte. Un tránsito heroico hace que los supervivientes averigüen u olfateen los rastros, tratando de hallar aclaraciones siempre tardías para actos inexplicables. Y una vida gloriosa, requiere su textura, su imagen o su recuadro para la necesaria justificación de la misma. La gente no acepta que en forma extemporánea pueda brotar el genio o el héroe. E indaga los mitos, que siempre surgen y resplandecen y se agrandan. Y en este caso, la verdad resulta sencillamente desconcertante. Nadie sabía nada del teniente. Pero los historiadores, gradualmente fueron enlazando cabos y descubriendo documentos en forma totalmente inesperada. Hoy podemos verificar algunos, pero dejando desde luego enormes lagunas que quedarán desiertas para siempre, pues él se llevó sus secretos, que no tuvo ganas de compartirlos con nadie. Su actitud fue la de siempre, antes y durante la guerra: «estamos aquí, Dios sabrá para qué. Y una vez en tierra, aceptemos lo que somos: apenas un montoncito de arena para el mañana».
Era bien formado, fuerte y alto. Más crecido que la generalidad de sus amigos y compañeros de colegio. Se presentó al distrito militar como voluntario. Le pidieron su partida de nacimiento. Catorce años. No poseía la edad militar y no podían aceptarlo. Recordó que en el Registro —106→ Civil trabajaba un vecino suyo y allí concentró toda su atención. ¿Cómo convencer a Leovigildo que él necesitaba documentos nuevos? Sencillamente papeles fraudulentos, que adulterasen su edad por pocos años.
El resto quedaría lo mismo: no habría cambios en la filiación de su madre ni de su padre. Tan poca cosa. Pero conocía a Leo: no era hueso fácil de roer y tendría que elaborar la estratagema para el ablande. Si le decía la verdad, estaba perdido. Si le pedía como amigo, también. Durante varios días pasó cavilando y llegó a la conclusión de que en la Capital no podría romper la ley, ya que los riesgos para todos eran muy serios. Y la geografía vino en su ayuda: iría a Capiatá, pueblo muy cercano donde vivía Ezequiel que era jefe del Registro Civil. Y le explicaría claramente que sus documentos se habían extraviado y que necesitaba reemplazarlos. En el camión de Caacupé logró pasaje hasta Capiatá. La antigua ruta cordillerana llena de pozos y barriales fue dando paso al gimiente camión de pasajeros. Iba pensando que estaba bien lo que hacía, ya que nada tenía que realizar en La Asunción. En realidad poca cosa lo detenía y necesitaba ejecutar algo digno de sí mismo. Para él era cuestión de autorrespeto. No concebía su existencia de otra forma. El camión se detuvo y bajaron varias campesinas con canastos vacíos y le tocó el turno. No le costó llegar hasta el Registro Civil. Ezequiel estaba con su cara de gato y su bigote rubio. Lo recibió con cordialidad. Cuando Amílcar le explicó su problema, cogió la lapicera, mojó la plumilla en el tintero y comenzó a escribir.
—107→-Ahora tenés 19 años -le dijo-. Te andan buscando en todo el Paraguay pues te necesitan.
Una sonrisa amplia brilló en la cara de Amílcar Fernández. Le dio la mano a Ezequiel quien lo abrazó:
-Comprendo todo. Pero te aclaro: no sos el primero. Hay mucha gente incluso más joven que vos que está haciendo lo mismo; de todas formas, te deseo buena suerte, y te felicito. Y te recuerdo algo más: nadie sabe cuánto va a durar esta farra con Bolivia...
Amílcar salió calladamente. Sabía que si le pedían documentos en ese mismo instante -con sus nuevos papeles- lo llevaban al distrito militar número uno, le pelaban el cabello y comenzaba la nueva vida que andaba soñando.
En el ómnibus a la vuelta, iba recordando su vida en La Asunción. Y en otros lugares. En forma casi velada por el tiempo y las circunstancias evocaba los pueblos dormidos y pequeños donde le había tocado vivir. ¡Ese silencio agobiante de las tardes! Y por las noches, la luna llena y el aullido de perros perdidos en algún rancho de paja. Y en esos pueblos casi no tuvo amigos. Y los pocos que él recordaba, lo fueron por corto tiempo. Sus padres no vivían juntos y conocía a ambos muy superficialmente. Unos días en Caacupé, otros en Itauguá, un fin de semana en La Asunción, siempre cambiando ambientes y recorriendo distintos escenarios; nunca le dieron asidero real a un lugar, a una casa. Estaba llegando a San Lorenzo. Recordaba cuando quiso ser aviador. Esa memoria la tenía bien clara. Vio unos aviones en fila volando un 14 de mayo en La Asunción. Y le entraron ganas de —108→ volar. Hizo avioncitos de madera, les puso rueditas con frutos de ybapürú, les pintó la bandera paraguaya. Miraba todas las mañanas el cielo de su rancho en Villa Aurelia y sentía un inusitado anhelo de tener alas... Y volar. Cuanto más lejos, mejor. Seguía sin poder comunicarse con nadie: un día lo llevaron a otro pueblo que no recordaba. Había muerto su padre y fue con el acompañamiento hasta el cementerio. Un grupo compacto y silencioso. Después los estudios en una escuelita de barrio pobre donde aprendió los rudimentos de las cosas que abren el horizonte de los niños inocentes. Se habían mudado a la ciudad y concluida la primaria, ingresé en el Colegio Nacional. Estando en el tercer año explotó la guerra del Chaco. En el colegio conoció gente distinta. Allí experimentó por vez primera el valor de la camaradería. Los estudiantes venían de todos los lugares del país pero la mayoría eran asuncenos. Los sábados se reunían en el Parque Caballero para enfrentarse con equipos de fútbol de los demás colegios. Eran momentos inolvidables: la camiseta blanca de su equipo portaba las insignias CNC y al verlas se ponía orgulloso. Y estudiaba con verdadera dedicación. Ya había pasado los monstruos de las matemáticas y el camino se hacía más fácil. La culminación era cuestión de pocos años y después elegiría la carrera por la cual sintiese verdadera vocación. Todo corría muy rápido. Los profesores habían sido reclutados y el colegio fue clausurado de la noche a la mañana. Lo habían convertido en hospital. Eso le suscitaba una gran tristeza. El mundo con el cual estaba integrándose por vez primera en su vida lo alteraron —109→ totalmente. Como no conocía dónde vivían sus compañeros de colegio, se eclipsaron las relaciones que comenzaban a atarlo a la vida social. No quería darse por vencido y, cual era su costumbre, todos los días bajaba por la calle Iturbe. Veía a los heridos por las ventanas. Algunos mostraban la pierna vendada y los paños teñidos de rojo. Otros con la cara tapada movían las manos con ansiedad. Se veían piernas descubiertas con úlceras y costras amarillentas. Quejidos y llantos de mujeres por doquier, quizá madres o novias. El fin de la vida estudiantil. Con pena recordaba que él no lo había querido así. Y el ómnibus no podía avanzar en medio de los espantosos caminos con lodazales y remiendos con maderos...
La frescura de ella se apoderó, se posesionó de su hastiada imaginación. ¡Cuántos planes compartidos con Marina! ¡Cuán bellos momentos! Las plácidas y tibias tardes del Jardín Botánico asidos de las manos, bajo la sombra de los eucaliptos. A lo lejos el viejo caserón de don Carlos poblado de flores y recuerdos centenarios... El paseo hasta la orilla del Río Paraguay y la visión de la otra costa -que ahora conocería de verdad- el Chaco, siempre insinuante, verde, denso, profundo, repleto de misterios. Recordaba el rincón que habían descubierto donde el mundo desaparecía y se mordían a besos y gemidos. Después, el retorno a la ciudad por las callejas silenciosas de Trinidad, mirando hasta sin quererlo, las casas abandonadas o desconocidas, con flores y jardines de una policromía exótica y deslumbrante. Caminaban despacio. No era cuestión de concluir este sosiego —110→ tibio y dulce. Las veredas con remiendos y agujeros, con vecinos aburridos sentados en sillones de mimbre. Ya estaba llegando. No se despediría de su madre. Mejor sería que lo supiese de una vez por carta, que la escribiría en Puerto Pinasco. O desde Puerto Casado, desde donde fuese. No estaba en condiciones emocionales de enfrentarse con ella. Además corría el riesgo de que lo delatase como menor de edad. Pero Marina... bueno, Marina evocaba otras cosas. Tenía que verla. El tiempo era cada vez más crítico y ya no podía salir a cualquier hora a no ser que llevase sus documentos reales. Pero iría a despedirse. Su única amiga en esta vida y la unían a ella las más agradables experiencias. Y tenían hermosos planes para el mañana de paz. No bien bajó del ómnibus, comenzó su caminata a la casa de Marina. Tenía que verla. Era perentorio. Sus latidos se agolpaban cada vez que veía oficiales del ejército requiriendo documentos. Sólo pensaba y rogaba que le dieran tiempo, un poquito más de tiempo.
Golpeó el portón y salió el padre de Marina. Lo hizo pasar. No estaba Marina. Se había ido a Villeta a casa de sus tíos. Volvería dentro de quince días. Pidió un trozo de papel y dejó un mensaje. Los padres sabían los serios propósitos de Amílcar así que él no tuvo reparos en expresarse con entera sinceridad: «No me busques. Debo irme. Alguna vez, quizá bien pronto, te explicaré. No muestres esta nota a mamá. Tuyo, siempre...».
En pleno marzo de 1933, el teniente Fernández se dirigió a la tropa:
—111→-Necesito tres voluntarios. La misión es peligrosa. Prefiero gente sin compromisos. Ni casados ni padres. Iremos a la retaguardia del Fortín Gondra y quizá no volvamos.
No bien hubo concluido de hablar, siete soldados pasaron a primera fila.
-Yo dije sólo tres... -la voz salió clara y alta. El denso silencio de la noche se tragó las últimas palabras del teniente.
Después de una semana sin novedades, el Coronel Franco quiso saber quién era el teniente Amílcar Fernández. Nadie supo darle una respuesta satisfactoria. Lo conocían poco. Era callado y cordial. Pero datos de índole personal, otros que los de su breve hoja de servicios, no existían. Hasta hoy sigue siendo un misterio y una leyenda su nombre y su vida.
1986
—112-115→
Estoy tratando de recordar. No es fácil. Los escombros de las ráfagas perdidas retoñan y no me dejan tranquilo. Debo, no obstante, reconstruir esta enmarañada existencia. Levantaré las costras y volarán las legañas que obstruyen mi vista. Ya está: era una antigua edición de Suetonio. Quizá un ejemplar incunable perdido en el bosque. Veo más claro. La casa estaba rodeada de árboles frondosos que cada día crecían más y más, tratando de expandirse a costa de los muros y de las ventanas. Sí. Gaius Tranquillus Suetonius. Sin fecha y con una tapa de pergamino. El título borroso con la pasta de los siglos, y una tinta de colores imprecisa, quizá marrón. De vita caesarum. Todas las mañanas, cuando despertaba miraba el forro amarillo cubierto de polvo denso y ancestral. Sin embargo ese día estaba dispuesto a leer la obra. Escrita en latín con traducciones al español antiguo a contrapágina. Las polillas se habían tragado varias vidas romanas pero no se animaron con Nerón. Al poco rato empecé a toser. ¡El polvo! Esa ceniza de los libros viejos me hace tanto daño. En el fondo los libros añosos tienen su mecanismo defensivo y acuden al polvo. Comprendo. Quieren dormir, buscan la paz después de tantos siglos. Y trato de huir. Debo hallar una solución. ¿No habrá un ejemplar editado por la colección Austral? Rastreo ansiosamente listas y muestrarios. No hay nada. Voy a escribir a la Biblioteca del Congreso. Ellos poseen todo pero me llevará tiempo y para cuando me respondan mi interés ya se habrá desvanecido como las —116→ ondas de los lagos en la arena clara de las costas. No. Debo seguir leyendo el libro con polvos irritantes y cuando algún texto español lo halle roto o destruido por el tiempo y las polillas, lucharé con mi herrumbrado latín. Pero, ¿para qué leer a Suetonio precisamente? Existen numerosas versiones de vidas romanas no paralelas escritas hoy día y vertidas al español contemporáneo. Y ahora llega todo claro, como si despertara de un sueño. Quise poner de vuelta el Suetonio con su lomo arrugado y sus serrines milenarios. Y no entraba. El espacio se había encogido. O el libro se había hinchado.
Traté de hacer un lugar empujando con ambas manos. Me faltaba una tercera mano para colocar el libro en su hueco habitual. No me fue posible. Y el libro quedó fuera del estante. Abierto en la página 787, Nerón. Comencé a leer la vida de este curioso monstruo. Lentamente, con algunas preocupaciones. En seguida recordé la orden «quemen París, incendien todo» y debo confesar que me corrió un frío por el espinazo. Quise cerrar el libro pero no pude. Me rodeaban cerca de veinte militones con sus ropas marciales, sus lanzas puntiagudas y prominentes rodillas. Las lanzas (parecían alabardas) progresivamente acumuladas, me cercaron. Estaban resueltos a todo. Cualquier movimiento falso de mi parte era mi fin. Finis vitae. Dejé el libro en el suelo. Fui violentamente empujado hasta la puerta. Con las lanzas me herían la espalda y no me quedaba más recurso que morder el absurdo y evitar todo tipo de defensa. Me esperaba una carroza. A golpes me tiraron al asiento de atrás, un espacio pequeño. Me obligaron a encogerme y quedé de rodillas.
—117→-¡Cristiano, cristiano! -me gritaban desde la plaza del foro las multitudes enloquecidas mientras la carroza se desplazaba a gran velocidad. La guardia pretoriana fustigaba los caballos sin compasión. La vista a veces se me nublaba y no podía distinguir las formas ni precisar los lugares. Y no quería negarlo. Era cristiano. Me bautizaron en las catacumbas y eso hoy es pecado.
-¡Perro cristiano! -Los improperios zumbaban a mi paso y no me daban tiempo para organizar mis pensamientos. Pero... ¿Qué había hecho? Yo sólo quise leer un poco de historia romana escrita por un discípulo de Plinio. Examinar la verdad narrada por un testigo. Me hice de coraje. La muerte es la vida eterna. Miré a las masas aullantes con desprecio. Era un trecho largo. Me empujaron a patadas por pasadizos secretos, se abrieron puertas enormes de maderos imponentes, pasamos por salas resguardadas por robustos quintos imperiales. Por fin llegamos. Estaba frente a Nerón. Su cuello muscular con venas prominentes, irradiando vitalidad, me amedrentó, debo confesarlo sin vergüenza.
-Leyendo a Suetonio ¿Verdad?
-Sí.
-¿No sabe que me deja mal ante la historia?
-No llegué aún al final de su vida.
-¡Ese final es sólo mío!
Nerón estaba exasperado y sulfuroso. Dio la orden sin hablar. El pulgar fue suficiente. Me sacaron a bandazos brutales y a tumbos llegué a un sótano donde me soltaron como a una bestia. Allí estaban mis amigos hacinados y mudos. Eran despojos humanos.
—118→-Nos van a quemar -murmuró Corina.
-No, nos lanzarán a los leones.
Una cruz toscamente labrada hendía un gran espacio en la pared. Nos unía el símbolo y nos ayudaba a llegar al final llenos de esperanzas. Yo no pensaba nada. Un blanco total. ¿Qué puedo añadir? Miré a los que me rodeaban. Caras tristes y entregadas, definitivamente resueltas a soportarlo todo. Agucé el oído.
-¡Escuchen, los leones! -Eran rugidos alarmantes.
Un frío silencioso y una augusta resignación. ¡Dios mío! ¡Hermanos judíos, cristianos hagamos algo!
Estaba rodeado de espectros llenos de polvos sepulcrales. Con gran resignación, empujé el libro en su lugar. Tenía las manos empapadas de aceite y barro. Me levanté agotado. Afuera soplaba un vientecillo muy suave. Se habían ido los abortos pretorianos. La casa quedó en silencio. Me dejaron solo. Respiré hondo. Sí. Estaba libre. Por un rato pensé que tenía los dedos llenos de sarna. Aprendí que hasta los libros eran peligrosos. Por eso los queman los dictadores. Y si se libran de éstos, existe el acecho secular de las polillas. La verdad es que hacen falta nuevas ediciones. Sin polillas, sin ratas, ni gusanos ni cucarachas repulsivas. ¿Para qué sirven las ediciones princeps y los incunables si están llenos de infamias y de relatos horrorosos? Convendría tener una caja de fósforos, ya que a veces las cerillas conducen a una ruta luminosa...
1987