Incunables
Rodrigo Díaz-Pérez


—5→
La literatura, se nos ha hecho creer, es un discurso inefable elaborado sobre la intimidad más exclusiva de que nos pueda proveer la conciencia de ser dueños de una sensibilidad inexpresable en términos racionales por cuanto supone otra forma de conocimiento. Esa verdad interior se podría resumir diciendo que existen tantas historias como individuos, tantas sensibilidades como personas. Es decir, que somos piezas de un puzzle con límites semejantes a los del resto de las piezas, pero con un interior siempre distinto. Cada uno asume su propia y exclusiva historia (de su vida, de su sensibilidad), mediante un artilugio ideológico al que llamamos «memoria» que, concebido como un arma de doble filo, tiene su salida de emergencia en el «olvido».
Dentro de este engranaje puede adelantarse que Incunables, colección de diez relatos de la más variada temática, uno de los cuales le da título al libro, es la obra de un escritor, Rodrigo Díaz-Pérez, especialmente sensible, quien guardando memoria de sus impresiones vitales, les da forma e impregna de su propio espíritu (¿mensaje?) con el fin de expresar sus sobrecogimientos más profundos, asombros éstos que —6→ ha venido explorando obsesivamente en toda su obra anterior -poesía y prosa- con «la misma preocupación, (con) el mismo estado de ánimo... (con) idéntico sentimiento hacia su país, el Paraguay... arrasado por guerras y revoluciones, y sus secuelas...», como ha dicho su editor, Luis Ripoll, al referirse a su segundo libro de relatos titulado Ruidos y leyendas.
El valor de esta expresión, pues, reside en la indefinible armonía que existe entre aquello que se dice y aquello que ha sido; en ese «adiós perfecto» que pretende recuperar todo lo buscado y todo lo vivido, otorgando a lo que toca una calidad distinta, universal, unas veces ajena y otras pegada al curso cotidiano de la historia. Y, precisamente en este asalto que el autor perpetra en el ámbito de la memoria, empieza a hacerse claro el poder iluminador de su discurso. Tomemos como ejemplo el primer cuento del libro, La sequía, donde el milagro de la enajenación de «la vieja» y la perplejidad o el hechizo de un tiempo y unos sucesos mitificados (por un lado Colá -nieto de la vieja- mártir de la Guerra del Chaco; por el otro, los agentes de la autoridad tratando de llevar a cabo una conscripción imposible; y, al final, la pesadumbre de los soldados y la generosidad del jefe), se rompen inesperadamente al asumirlos recreando el ámbito del conocimiento -el lugar del texto- con el apasionamiento de la experiencia -que es el vacío. Lo que llama la atención es la dignidad inquebrantable, la fortaleza de carácter y la fibra moral de «la vieja» en medio de la hostilidad del medio ambiente -«la sequía»- y de los agentes del poder.
—7→Rodrigo Díaz-Pérez no está fascinado por los hombres como miembros de una comunidad sino por el hombre en la comunidad, por el individuo como unidad final en sí mismo. Éste es el caso del teniente Amílcar Fernández en No hay rastros, quien no vacila en obtener una nueva certificación de nacimiento adulterando su edad de 14 a 19 años para poder inscribirse como voluntario en el ejército durante el conflicto del Chaco. Después, la muerte heroica en campaña...; pero «nadie supo nada del teniente Fernández, quien sigue siendo un misterio y una leyenda hasta hoy». Este cuento es una digna contrapartida de «La sequía», pero no obstante su conmovedor dramatismo, los protagonistas de estas dos narraciones no tienen nada en común con la tragedia griega, pues se dirigen a su destino inexorable por pasiones heredadas o causadas por la tradición o por el entorno, pasiones que se expresan en una súbita explosión o por medio de una lenta liberación de, tal vez, restricciones de varias generaciones. Sin embargo, aunque no son textos de un engagement al uso, pues no hay mensaje explícito ni recetas ni optimismo progresista, a veces llevan la denuncia hasta términos escalofriantes con un humor que no es ni fácil ni superficial, sino humillante. Idénticos parámetros se les puede aplicar a «El maestro» con ese final inesperado: «Seguimos luchando... NO PASARÁN» (esta última frase tomada a préstamo del título de un cuento de Ingavi y otros cuentos), el cual, más que el texto de una tarjeta postal, suena con la rotundidad de un grito rebelde lleno de coraje y de rabia en el contexto en que está usado. Y también a —8→ Incunables, donde la crítica solapada al discurso del poder omnímodo se hace a través de un gigantesco salto al absurdo en la figura de Nerón. En este caso no puede olvidarse que el relato fantástico deviene el discurso comunitario más amplio y más inverosímil, en donde se concentra todo lo que no puede decirse en la literatura oficial. Además, en esta realidad ambigua sobre la que está construido el cuento, el fuego, como agente purificador, es un símbolo fundamental, gracias al cual se producirá -eventualmente- el rito de liberación del protagonista acosado por las huestes pretorianas; o del hombre en su agonía existencial tratando de sobrevivir en un mundo desfavorablemente adverso.
En Te acordás hermano se nos habla de una peña bohemia del año 98 reunida en el entonces café de moda llamado «El retorno» (el retorno a la patria después de un exilio árido), por cuyo salón, además de autores de tangos, pintores de lapachos, libreros y poetas romántico-modernistas repletos de decadencia finisecular, se concentran y pasan campesinos vendiendo golosinas, mendigos, plagas de moscas y la policía de turno en busca de la mordida propicia. Toda esta revelación discontinua de hechos despoja a la trama de su estructura de suspense a la que ya estábamos acostumbrándonos, pues la tensión nace no de la progresiva complicación de la acción -que no la hay-, sino a través de la colocación de los fragmentos anecdóticos y descriptivos, que en definitiva reflejan un mundo que se desintegra moral y estéticamente.
Por otra parte, puede decirse que «La sueca —9→ y el lago» es un cuento de atmósfera en el cual a veces cuesta distinguir entre el sueño y la realidad. El autor se vale de procedimientos poéticos y oníricos que se cruzan con las anécdotas realistas y las cubren o transfiguran. Es un trasmundo que tiene una existencia propia, que en definitiva implica y revela un mundo exterior, el de San Bernardino. La prosa descriptiva, preciosista, morosa, acompañada de largos viajes mentales, puede inducir al lector a creer que la narración es un sueño largo e ininterrumpido, una cadena de sucesos, experiencias y sensaciones, que nacen, viven y mueren en la imaginación de Cristina la protagonista. Sin embargo, esa gran capacidad que posee para vivir su mundo interior goza de un referente fiel, real e histórico porque, en última instancia, el Paraguay está expresado en ésta y en casi todas las narraciones del autor.
Como en toda muestra de arte que se precie de tal, no falta en este volumen lo autobiográfico o los autorretratos, esas esferas de la identidad que se miran a sí mismas desde sus propios restos, desde el residuo, de sus reproducciones simuladas, esos desechos minúsculos fuera de serie en la serie. Para el caso «El temporal de verano» (también con un final imprevisto), con la presencia paternal e ineludible de don Viriato, «sus ojos azules y remotos», sus archivos, su enorme colección de cartas, hasta los documentos de don Nicolás Díaz y Pérez (el cronista de Badajoz); y, «Después del diluvio» con los gemelos alemanes Rudy y Willy, compañeros de juego del narrador-niño, son un fiel exponente de esta modalidad.
—10→Dos cuentos muy similares en técnica, en los cuales el arte de dar verosimilitud a lo absurdo a través de lo onírico, son: «Ruelle des colombes» y «Pic-nic». Rodrigo Díaz-Pérez captura los sueños, los embalsama, los resucita y los suelta luego en el mundo de la vigilia. En ambos cuentos (y también de muchas maneras en «Incunables»), el escritor consigue que el orbe cotidiano se afloje del todo y por los intersticios se cuelen ráfagas de una realidad extra-humana, de un universo de cosas que empiezan a asediarnos casi de contrabando, casi sin que nos demos cuenta, ya que no hay ni un solo gesto de asombro en las narraciones que indiquen diferencias entre lo real y lo quimérico.
En fin, que una vez recorridos los caminos que nos propone este libro, se produce una revelación: toda la textura narrativa se convierte en una especie de lugar sagrado dispuesto siempre para el encuentro entre la perplejidad y el misterio. El escritor aplica entonces -sobre la memoria hecha imagen, sobre aquella fijación de lo fugaz y perecedero- una visión más ceremoniosa. Entiende el recuerdo como una magnitud superior llena de posibilidades y sugestiones; mas, en muchas coyunturas no puede sustraerse a certificar el drama íntimo que por ella circula, su implacable fluir más allá de la soledad, del vacío, de la muerte y de la nada.
Por supuesto que esta revelación dista mucho de ser la última palabra ni estas interpretaciones terminan aquí. Es necesario que el lector establezca una conversión auténtica con todos y cada uno de los relatos, que los escuche y permita que salga a flote lo que cada uno tenga que —11→ decir. Pues, es precisamente en la confrontación de la otredad del texto, en la relación dialógica texto/lector-intérprete, en oír su diferente punto de vista, desde donde podremos avanzar en su conocimiento e ir modificando perspectivas hacia una comprensión cada vez más liberada de prejuicios. Este acercamiento o aún enfrentamiento con otros horizontes es el único que nos va a hacer conscientes de nuevas asunciones que de otra manera podrían no producirse.
Elizabeth, New Jersey, 13 de marzo de 1987.
—12-15→
No se movía ni una hoja. Los árboles del patio subsistían suspendidos en el silencio brillante del verano untuoso y cruel. Los pájaros con los picos entreabiertos oteaban la tierra escudriñando ilusoriamente algún vestigio de humedad. La capa del suelo rojo exponía grietas enormes que parecían agrandarse más cada día y dibujaba en forma caprichosa un raro mapa de una geografía exótica y polvosa. ¡Esta sequía que acompaña esta guerra, tan interminable como la guerra misma!
La vieja se tambaleaba a causa de sus múltiples achaques y por el peso de sus años incontables. Con un gran esfuerzo y hasta con dolor, se arrastraba con una palangana desportillada llena de agua para regar las pocas plantas que aún no habían perecido. El batallar del riego parecía cansarla cada vez más y más. Pero le gustaba observar algún vestigio de verde en la casa.
La trajeron de muy pequeña, hacia fines de la guerra grande, de la lejana Villa de Curuguaty, que antes había servido de refugio a Artigas, pero durante la guerra sucumbió al igual que muchas otras poblaciones del interior del país por donde asolaron los rapai.
Con la ayuda de Colá, su nieto, logró levantar un rancho en Villa Aurelia y entre los dos hicieron una huerta donde sembraron tomates, repollos y lechugas. Después, quedó sola y siguió cuidando su huerta, cada vez más pequeña, al alcance de sus fuerzas.
—16→Esa noche no pudo dormir por el calor. Las paredes del rancho rezumaban un agua de color marrón. Miró el nicho de barro pintado de azul, y por un rato se quedó en profundo trance. Oraba con unción. Desde el techo de paja caían gotas. Era el barro mezclado con escarcha. Un desmoronamiento gradual que no le preocupaba. En última instancia un poco de rocío era siempre una ayuda para sus plantas. Se levantó temprano para ver sus repollos y los otros almácigos. Las hojas estaban alicaídas y habían soportado hasta el día anterior los fogonazos constantes e implacables del sol. La vieja sabía que los repollos estaban muy débiles, menudos, y de ahí a que arrepollasen sólo Dios podría decir.
Miraba la huerta impasible. Los surcos profundos de su cara morena, los cabellos grises y lisos, su cuerpo pequeño y arrugado vigilaban la existencia del rancho. Mejor, daban savia en cierta forma a su kulata-jobai, su rancho rodeado de laureles, timbós y lapachos.
Llegaba hasta el pozo lentamente con la marcha imprecisa de sus pasos pequeños, y descargaba los baldes de agua en la sufrida palangana. La tarea casi ritual de rociar apenas con algunas gotas de agua fresca las plantas de su huerta, le producía gran placer. Se podía adivinar en su rostro algo así como una sonrisa o un gesto apacible.
Una tarde de calor enervante fue al pozo. Lanzó el balde y al levantarlo escuchó un crujido diferente al de la roldana. Notó que el peso que iba tirando era muy superior al de otras veces. Con desfalleciente dificultad logró desaguar el balde y arrojó el contenido en la palangana, que —17→ en vez de agua, era un lodo gris, denso y mucilaginoso; la vieja no quiso creer. Miró el pozo desde el brocal y no vio el brillo familiar del cielo o el reflejo del sol. Frente a sus ojos, un ciego túnel le robó sus esperanzas. Miró arriba. Una bóveda azul, clara e impasible. El sol estaba entrando y el arrebolado vespertino con todos sus matices del naranja al rojo, iluminaba el patio... «Si estuviera mi nieto ¡cuánto hubiese hecho!». Volvió despacio al huerto y miró sus verduras con tristeza. «Alguna vez va a llover, no es posible que esta sequía dure toda la vida...».
Pensaba o rezaba. Era difícil saberlo. Pareciera que hablase a sus almácigos sedientos. «Mi nieto querido, no llueve, el patio se pone más triste cada día, se va secando todo...».
Serían las cuatro de la tarde cuando varios uniformados de cara entre hosca e indiferente golpearon al portón. La vieja tardó mucho rato en llegar hasta ellos. Vino arrastrándose y tratando de ver con su ceño arrugado lo que sucedía en la calle. Al principio vio bultos indefinidos y no pudo distinguir muy bien las formas. Después comprendió que era un grupo de personas que hablaban. Uno de ellos en forma brusca gritó:
-Aquí vive un emboscado y tenemos orden de llevarlo.
La vieja no entendió de qué hablaban ni qué significaba la imprevista aparición de tanta gente. Calladamente levantó el alambre enrollado que trancaba el portón.
-Pasen -dijo-, como si comprendiera que era una obligación ceder ante la autoridad.
—18→Varios soldados y un policía local empujaron el portón que se abrió con dificultad. Los palos de abajo arañaban la tierra. Tuvieron que alzar el portón para que cediese y después levantarlo de nuevo para cerrarlo. Una vez dentro del patio, el que actuaba de jefe del grupo se dirigió a la anciana y le dijo:
-Vamos a revisar toda la casa. Por la comisaría local sabemos que usted guarda a un emboscado.
La vieja no dijo nada. Miraba a los soldados que estaban uniformados de verde oliva, al policía y al jefe, con cierto dejo de perplejidad. Y no perdió la calma en lo más mínimo.
-Pasen che karaí kuéra -les dijo-, y miren todo lo que quieran.
Hablaba con cierta tristeza y muy quedamente.
Los soldados entraron en el rancho, fueron al patio, examinaron la huerta, registraron los alambrados, el laurel centenario con sus ramas exuberantes y florecidas, el tatakuá medio arruinado y con restos de ceniza remota. Entraron después en las piezas y precipitadamente husmearon los cajones, los armarios desvencijados, los colchones, las basuras, en fin todo lo que existía en el rancho. Uno de los soldados salió trayendo un pantalón gris y un saco roto en el lomo.
-Y esto, ¿a quién pertenece? -inquirió en forma triunfal, como queriendo decir que por fin había hallado algo comprometedor.
El policía agregó:
-Yo sabía que había más gente en esta casa. No trate de embromarnos. Cuéntenos de —19→ una vez por todas a qué hora vuelve el que buscamos y lo esperaremos aquí.
La vieja no contestó enseguida. Pensó un largo rato. Como si se esforzara por hallar una respuesta adecuada. No le salían las palabras con facilidad. Cerraba los ojos y movía la cabeza.
-Conteste de una vez y no nos haga perder el tiempo -dijo un soldado.
La vieja seguía como dudando sin responder. Finalmente mirando al policía pudo balbucear confusamente algunas palabras:
-Colá suele venir por las noches, especialmente cuando hay amenazo. No siempre es posible que venga. Depende de muchas cosas -y calló.
El policía habló con los soldados. El jefe, articulando claramente las palabras, se dirigió a la vieja:
-Tráiganos unas sillas y tereré pues vamos a esperar a Colá. Seguro que él viene cada noche. Y usted no nos quiere contar la verdad. En todo el país hay gente que se esconde, hasta en los aljibes. Tenemos orden de llevar a todos los que se hallen en edad militar. ¿No sabe usted que estamos en guerra con Bolivia?
La vieja no contestó. Después de un rato, se escuchó el clas clas de su zapatilla de tela cuadriculada llena de remiendos. Volvió empujando una silla. Uno de los soldados la ayudó y trajo otra.
-Es todo lo que tengo. No me las rompan por favor.
Retornó a su pieza y trajo yerba, una guampa y una bombilla:
-En el cántaro hay agua.
—20→Un soldado trajo el cántaro de la cocina. Se pasaban la guampa por turno, casi sin hablarse entre ellos.
-A veces vale la pena esperar -dijo el policía-, pues ya van siendo escasos los que logran esconderse. Últimamente en la campaña reclutamos varios miles y la guerra no lleva trazas de terminar.
El jefe, que sin dudas tenía prisa, se levantó y volvió a dirigirse a la vieja:
-Mire abuela, ¿por qué no nos cuenta de una vez dónde está Colá? Si usted nos ayuda, todos saldremos ganando.
La vieja al parecer no comprendió lo que acababa de oír y contestó como hablando consigo misma:
-Y sigue sin llover. ¡Qué difícil la vida! ¡Antes me ayudaba Colá pero ahora estoy tan sola!
El policía que estaba atento a lo que decía la vieja le contestó con brusquedad:
-Todas las noches la escuchan a usted hablar con alguien. Tenemos informes, así que no trate ahora de esconder la verdad... ¿Entiende?
Pasó un largo rato de quietud. El tereré corría y se notaba impaciencia en el policía y en el jefe.
Súbitamente la vieja miró el cielo y se puso eufórica: a lo lejos se escuchaban truenos y se veían relámpagos. Iba a llover y bien pronto.
-¡Va a venir Colá! -gritó-. Siempre que llueve viene a verme. ¡Qué alegría, me hallo tanto! -exclamó mirando a los soldados, al jefe y al policía.
—21→Al cabo de un rato un aguacero violento arremetió con furia y tuvieron que entrar al rancho, hacinados, pues no había espacio para todos. El techo de paja tenía enormes goteras y en ciertas partes de la pieza en que dormía la anciana era como estar dentro de una jaula de alambres. El jefe miró la pared de barro del rancho y leyó algo que estaba enmarcado. Parecía un recorte a primera vista. Le tocó el hombro al policía. Y éste, a medida que leía, se iba quedando serio. Los colores de su cara fueron reemplazados por un amarillo verdoso. No era un recorte sino una comunicación del alto comando del ejército. La firma era ilegible pero el texto estaba claro. Los demás soldados por orden del jefe fueron leyendo lo mismo. El chubasco iba disminuyendo gradualmente y al poco tiempo el sol volvió a brillar. De a uno, fueron saliendo todos del rancho. El jefe se acercó a la vieja y con raro acento le tendió un billete de cien pesos y le dijo:
-Perdone abuela.
Al salir cerraron el portón y escucharon a la vieja que gritaba llena de júbilo:
-¡Colá, mi querido nieto, por fin viniste! ¡Tanta falta hacías en medio de la sequía!
En el patio las plantas de tomate habían ganado algún color. La tierra olía a yerbas, a vientos y a flor de laurel...
1986
—22-25→
Estábamos fastidiados, inquietos y desvelados. Era ya medianoche y seguía lloviendo sin cesar. Siquiera la granizada había concluido, pero el temporal no tenía trazas de acabarse. Las goteras no respetaban ninguna pieza y en el escritorio eran verdaderos hoyos. Habíamos resguardado los libros importantes con mantas y diarios viejos. La verdad es que yo por experiencia del verano anterior, sabía que teníamos por delante una de esas largas noches. Miré hacia afuera y no se veía nada. Solamente con la ayuda de los refusilos se vislumbraba en forma errática en la calle el raudal tempestuoso llevándose los árboles y los troncos añosos hacia el bajo. Todo comenzó a eso de las seis y media de la tarde al llegar mi padre de la ciudad. Por cierto que entró empapado pues el tren de chispas se detuvo seis cuadras antes debido a un inesperado descarrilamiento que felizmente no produjo mayores trastornos. Se quitó el saco. Tenía la camisa pegada a las carnes, hecha una sopa. Puso lo que traía sobre una silla y con calma, sin decir una palabra, fue al ropero donde guardaba sus cosas. Al cabo de un rato volvió con ropa seca y miró con cuidado cada uno de los cuartos. La desazón le embargaba el ánimo pero no se entregaba. «En cuanto llegue el buen tiempo, retecharemos todo, no se puede vivir a expensas de los caprichos de la naturaleza...». Sus ojos azules y remotos parecían otear a lo lejos y no se notaba ni un ápice de desaliento. Miraba los cajones y su archivo. Una enorme colección de —26→ cartas, alguna de ellas amarillas, por las que sentía un gran apego. Otras eran del archivo de su padre, el cronista de Badajoz. De vez en cuando hablaba solo: «La verdad es que la vida es una gran novela y no hace falta buscarla en los libros...». Al azar, cogió una de ellas. «Filomena», dijo y cuando ya se aprestaba a leerla fue interrumpido. Quedamos sin luz. Posiblemente a causa del último trueno que se hizo sentir en la sub usina de la esquina. Buscó la caja de fósforos y recordó que la tenía en la chaqueta. Trató de encenderlos. Vano esfuerzo. Todos humedecidos y adheridos unos con otros, eran una masa gris y pegajosa. Desde la cocina doña Alé trajo una vela de sebo que alumbró precariamente el rincón en que estaba mi padre. Las facciones de la fiel compañera de la casa denotaban su rancia y sufrida estirpe nativa. Al poco rato apareció Hermann con la lámpara de kerosén y su tubo rajado pero todavía usable. Con la ayuda de la vela Hermann prendió la lámpara y se agregó más luz al escritorio. Mi padre cerró los cajones con cuidado. El agua había respetado algunas cosas y su archivo madrileño no había sido aún víctima de las agresiones climáticas, si bien las cucarachas y las polillas infames ya iban mostrando sus rastros destructores. Los álbumes de tarjetas postales se habían ido adelgazando con el correr de los años y hoy sólo quedaban algunas vistas, desleídas, de ciudades remotas y nunca soñadas. Las demás postales, en colores brillantes, se las llevaron a escondidas los sirvientes como un recuerdo de su paso por la casona.
Me animé a mirar afuera, con la esperanza —27→ de que en algo hubiese mejorado la tormenta. Cuando los relámpagos agregaban luz al escenario -una luz fantasmal y breve con su tono azuloso- en el patio se podían observar los árboles empujados por vientos briosos y el crujido de las ramas indicaba que la inclemencia de la tormenta no había cesado ni disminuido.
Mi padre nos miraba con calma y nos tranquilizaba con gestos suaves. Su dominio emocional era único. De una percha descolgó un tapado viejo y me lo puso en la espalda.
-Trata de dormir. Mañana será un nuevo día y saldrás a jugar con los barquitos.
Comenzó a gotear con mayor intensidad en el rincón en que yo estaba; me trajo un paraguas. Lo abrió.
-Ya lo sé. Dicen que es mala suerte hacerlo dentro de la pieza. Pero en este caso no vale la pena recordar dichas supercherías.
Lo puso sobre el abrigo que me cubría. El golpeteo de las gotas sobre la tela del paraguas me sirvió como una canción de cuna. Me ayudó a dormir con su arrullo monótono y constante. Soñé que volaba hacia regiones remotas y vaporosas. Por la mañana me levanté mojado.
1986
—28-31→
El bajo que estaba a tres cuadras de casa se había sumergido y la huerta de don Crescencio Caballero desapareció. Un enorme lago había reemplazado el patio de naranjos y los alambrados eran invisibles. Esa noche los pobladores del vecindario se unieron a don Crescencio y ña Conché y se desplazaron a la parte alta de Villa Aurelia. Abandonaron todo. Ya volverían cuando las aguas lo permitieran. Una tormenta así viene cada tres o cuatro años y no era cosa de dejar valiosos espacios de tierra por sucesos tan infrecuentes. Además el comité del barrio había estudiado la posibilidad de hacer canales y desagües, en cuyo caso ya no sucederían semejantes calamidades.
Saturado de una rara alegría y ansiedad fui a casa de mis vecinos alemanes. Rudy y Willy, los mellizos, me estaban esperando. Eran mis compañeros de juego desde que llegaron a Villa Aurelia. Salimos corriendo y contemplamos el lago recién formado. Tuvimos una idea simple y lógica: hacer una balsa y lanzarnos al lago. Volvimos a casa de los Werner y en el galpón hallamos varios maderos largos que los unimos con trozos de piolas. Estiramos nuestra barca hasta la orilla del lago y con gozo inmenso vimos que flotaba. Rudy fue el primero en subir y con rara euforia nos dio la mano para nuestro ascenso, que lo hicimos con cierto temor. Pero no había razón para ello. Nuestro engendro marítimo tenía fuerza para mantenernos a flote. Y la balsa comenzó a avanzar hacia el medio del lago.
—32→Se veían las puntas de los postes de los alambres que separaban los lotes. Podíamos tirar de las ramas de los árboles y nos sentíamos independientes, exentos al fin del lodo y de la tierra. Recordé que no sabía nadar. Ello indudablemente agregaba más emoción, diría que hasta una especie de exaltación a mis raros instintos azarosos, llenos de inexperiencia y de afanes de nuevas hazañas. La costa se fue alejando gradualmente. Cierta corriente existía y empujaba la balsa. En medio de eufóricos gritos izamos una bandera roja de uno de los palos que servía de remo. Era la camisa de Rudy, quien en ningún momento cesó de alentarnos en nuestra andanza fluvial.
Estábamos llegando a la otra orilla que era más honda. Los palos que llevábamos de remo no tocaban fondo. De común acuerdo, decidimos retornar a la costa de embarque. Algún recelo se había adueñado de nosotros. No puedo decir que fuera precisamente miedo, sino algo más bien indefinido, una mezcla entre apremio de volver y de concluir el juego. Y no era fácil el retorno. Los «remos» no valían para nada y el agua parecía pesada. La contracorriente nos dificultaba el movimiento. Rudy descubrió que las palmas de las manos movidas entre todos ayudaban en cierta forma el movimiento de la balsa. Muy despacio pero avanzábamos por milímetro. No perdimos la sangre fría. Hubo un instante en que quedamos suspendidos, totalmente varados en el medio del lago. Las costas aparecían a igual distancia a un lado y al otro. Probamos con los palos y tocábamos fondo, lo que en cierta forma nos alegró. Una brisa suave que en —33→ poco tiempo se transformó en viento nos devolvió a la playa. Noté a Rudy preocupado y algo pálido. En tierra nos estaba esperando Frau Werner quien nos gritaba.
-¿Qué dice tu abuela? -le pregunté a Willy que estaba más cerca.
-Está furiosa. Siempre es así.
Cuando la balsa tocó por fin la playa, me di cuenta de la irritación de la abuela. Tronaba en alemán y naturalmente me tocó algo a mí pues me miraba con una frialdad glacial y me decía cosas con raros acentos y entonaciones que no acertaba a entender. Finalmente para que no tuviese dudas me espetó en un duro castellano, con acento nórdico:
-Estúpido, usted, sí, usted. Todo esto es por su culpa. Usted vino con esta idea peligrosa. ¡Estúpido!
Debo confesar que me intimidó, pues miré sus manos y cargaban un látigo de cuero trenzado. Podía hasta ligar de rebote. Y sentía lástima por Rudy y Willy, quienes con toda certeza sufrirían los descargos de la vieja. Ya la conocía. Aunque no existían razones precisas, no me podía ver ni pintado. Algo en mí le producía una reacción negativa y sabía que me insultaba por la inflexión poco afectuosa de su voz, que a veces sonaba a ladrillazos. Las raras ocasiones en que logramos escapar su control de hierro, las festejábamos con mucho contento y nos permitíamos burlarnos de ella, imitándola yo con supuestas palabrotas en alemán ficticio que hacían reír a los mellizos.
Compartíamos las siestas con los lagartos y salíamos al campo a buscar nidos de pájaros —34→ o simplemente a pescar a orillas del arroyo Montero o a bañarnos en la laguna. Para grata sorpresa mía, con el tiempo la abuela se suavizó algo y me fue aguantando.
Llegó un momento (habían pasado varios meses) en que me esperaba con sus deliciosos kuchen. Para esa época yo había aprendido bastante alemán y hasta podía entender las frases elementales, saludar y participar precariamente en las conversaciones de los mellizos. Como hablaban entre ellos siempre en alemán, pude, por lógica de gestos y circunstancias, captar muchas frases y las repetía para alegría de ellos. Me acercaba a la abuela y la saludaba en alemán y eso indudablemente agregaba puntos en mi favor. Me sentaban a la mesa, tomaba el té con ellos y en forma categórica a las cinco de la tarde me rajaban, pues los mellizos iban a la cama sin excusas. Volvía a casa y no sabiendo qué hacer, me ponía a leer cuentos de Calleja o abría la Enciclopedia Espasa y en los mapas en colores me hacía ilusiones de travesías por regiones remotas.
Esa mañana mi padre fue al dormitorio y me despertó como de costumbre. Me levanté, tomé el desayuno y al salir del comedor me dijo:
-No vas a jugar con los Werner estos días.
La voz de mi padre que era más persuasiva que autoritaria, me llamó, la atención. Me fue difícil entender su decisión, ya que él raramente se metía en mis diversiones. Claro que siempre sabía lo que yo hacía y por dónde andaba. Hice un rápido análisis y decidí que lo mejor era no preguntar nada y calladamente asentí. Sin embargo, la curiosidad me inquietaba y comencé a —35→ recordar como en una película retrospectiva qué o quiénes eran los Werner. Todo lo que apunto lo supe mucho después pero ahora va junto a estos recuerdos para dar lógica a esta especie de memoria. Al final de la primera guerra mundial -contaba Herr Werner- decidieron abandonar la parte norte de Alemania donde ellos vivían desde fines de siglo. A veces eran daneses, otras alemanes, dependiendo de los arreglos que tramaban los políticos en Europa. Herr Werner era muy vivaz y hablaba como el resto de su familia, ambos idiomas. Al concluir la guerra supo, por unos parientes que vivían en Villa Aurelia, que la tierra era barata allí y decidió traer a sus padres, a su esposa y a los mellizos a probar otra vida en tierras lejanas. Una vez instalado en Villa Aurelia, logró una favorable posición en el Banco de Londres debido a su fluidez en varios idiomas y a su conocimiento de contabilidad. Aprendió el español en tiempo récord y logró construir su casa, una especie de fortaleza donde solamente se admitía a algunos amigos de los mellizos -yo entre ellos- y a nadie más. Nunca supe las razones de reclusión o encierro que se imponían pero presumo que ello era debido nada más que a diferencias culturales y a un poco de timidez.
Los domingos iban a una iglesia protestante y por las tardes nos visitaban y pasábamos momentos agradables hablando de cosas diversas y en especial de sus experiencias en la guerra europea. Herr Werner sentía por los ingleses cierta velada admiración. Era para mí una gran alegría verlos llegar. Willy, Rudy y yo formábamos campamento aparte y correteábamos por —36→ toda la casa, subíamos a los árboles y tirábamos naranjos a un muñeco de barro que nos había regalado mi hermano Hermann, quien por cierto poseía buen alemán y hablaba con ellos siempre que se ofrecía la oportunidad de hacerlo.
No hallaba en realidad ninguna explicación racional a la súbita prohibición de mi padre. Eran las nueve de la mañana de un día domingo. Lo recuerdo como si fuera hoy mismo. Me llamó la atención ver pasar a otros alemanes hacia la casa de los Werner. Iban hablando en voz baja en alemán, de modo que yo no podía entender lo que decían. Salí a la calle y noté una aglomeración en la esquina que tocaba la casa de los Werner. No me costaba nada llegar hasta allí. Lo haría por el camino de atrás, el de los guayabales, pues no quería ser sorprendido por mi padre. Y así lo hice.
Calladamente di una carrera de dos cuadras y me detuve. Una carroza fúnebre con las puertas abiertas y varios señores que cargaban un féretro de color blanco me paralizaron; no podía ni quería seguir adelante. Algo terrible había sucedido. El cajón -desde lejos- no me pareció muy grande. Me dio un vuelco el corazón. Precipitadamente volví a casa. Esa noche no pude dormir. Tuve miedo no sé de qué. El lunes por la mañana, vino mi padre con mi tía Alicia y con Hérib y me explicaron que yo iría a Guarambaré de vacaciones a casa de mis primos. Rápidamente prepararon mis valijas y llamaron un taxi que llegó dando tumbos por un camino infame de tierra y barro. Esa noche dormí fuera de casa. A la mañana siguiente me llevaron a —37→ dar una vuelta por el pueblo. Un lugar tranquilo, apacible donde no veía gente por las calles de pasto y tierra. Visitamos la azucarera y la iglesia. A la tarde fuimos a caballo por el camino que conduce a Villeta del Guarnipitán -tierra del cuate Rubén- y retornamos. Trataban de entretenerme pero yo seguía ensimismado y hablaba poco, casi lo imprescindible. Sabía que me iba a acostumbrar con el tiempo pero confieso que era tremendamente dura para mí esa nueva vida, este cambio tan inesperado. Al cabo de tres meses, hacia marzo, volví a casa. Salí a caminar por Villa Aurelia; el bajo estaba seco; don Crescencio y su familia se habían posesionado de nuevo de sus terrenos. Sin decir nada a nadie, me largué a casa de los Werner. Yo temía la verdad, pero no podía con esa obsesión de no saber con exactitud el misterio que me separó tan súbitamente del mundo que yo me había creado con Rudi y Willi. Por fin llegué y como era habitual, golpeé al portón. No podía atajar los latidos de mi corazón. Llamé con insistencia. Finalmente apareció un peón de patio que yo no conocía. Me explicó que los Werner habían vendido todo y que se habían mudado. No sabía dónde -me dijo- pero posiblemente habían emigrado a la Argentina. Me hice de fuerzas y pregunté por los mellizos y el peón me dijo que no sabía nada. Nunca comprendí por qué no tuve el coraje de inquirirle a mi padre acerca de lo sucedido. Son esas cosas que uno no quiere saber.
Hasta hoy me pregunto cuál de ellos andará por el mundo. Definitivamente esa mañana, ese domingo hoy ya lejano, uno de los mellizos se —38→ fue para siempre. Yo los quería a ambos por igual, pero recuerdo la camisa roja de Rudy en la balsa, volando en medio de una tormenta apenas dominada...
1986
—39-41→
Esa noche me acosté agotado. Ya no recuerdo bien. Todo es tan confuso. Tuve apenas tiempo para dejar una nota breve. «Parto mañana para La Rochelle, los espero en el Hôtel Maritime, como convinimos anoche en la farra del Guarnipit Barbudo». Di dos o tres vueltas y sentí que el mundo se borraba lentamente; todo fue adquiriendo un ritmo veloz y diferente. ¡Al fin libre! Salí precipitadamente con un valijín con mis cosas más elementales. Y esta vez sin olvidarme del traje de baño ni del pijama. Y mi cepillo de dientes. Como me había dejado crecer la barba, me liberé del armamento de rutina; lo que cabía en el valijín era más que suficiente. Con el correr de los años, aprendí que Europa era, por sobre todas las cosas, el lugar donde más alegría me daba pasar inadvertido. Después de varios revuelos por el Metro, llegué a la agencia de automóviles y alquilé un Simca; pensé que a lo mejor era el último que restaba en todo París. La salida de la ciudad me fue difícil. En medio del desorden, París tiene un ritmo en la conducción que obliga a ser meticuloso y a la larga uno se abre paso y logra «palpar» el cinturón que rodea la ciudad. Es inevitable lanzar improperios, pues ello contribuye a eliminar parte de la rabia que viene concentrada. ¡Y el calor de julio! Cuesta creer que París sea un pozo, pero una vez dentro, lo esencial para mí era salir. Guardé como pude las energías, ya que aún me faltaban cerca de quinientos kilómetros hasta la costa. Ansiaba estar ya en la autopista —42→ y comenzar a correr libre y solo, con el viento a favor y la ancha esperanza enfrente. Con gran esfuerzo fui dejando los camiones y las grúas, las aglomeraciones y las callejuelas, para llegar por fin (parecía un sueño) a la autopista que, pasando por Orléans-Tours y Poitiers, concluía sus ondulosas curvas en la orilla del mar. El tráfico no estaba muy congestionado. No se había producido aún el desembarco masivo que precede al 14 de julio y yo era uno de los pocos afortunados ya que pude dejar la oficina a tiempo, por haber previsto que este verano sería horrible. Estaba cansado de ver caras ajadas, viejecitos arrastrándose por las mañanas, perros ensuciando las veredas y caras hoscas de parisinos rabiosos. Estoy convencido de que el verano los pone de humor perruno. ¡La autopista por fin! Comencé como siempre a una velocidad prudente de 80 a 90 kilómetros. Pero todos me pasaban; yo sabía que eso era el principio y no me irritaba. Todavía me duraba de París el manejar espasmódico de las esquinas, y mi visión no estaba aún adaptada a la ruta de campo abierto. A los costados, maizales y girasoles de un amarillo violento, especie de Van Gogh universal. La carretera, muy bien cuidada, con un asfalto impecable, hacía fácil el viaje. Y de a poco entré en la vorágine que afecta a todos. Al cabo de media hora, no bajaba de 120 a 130 kilómetros y todavía me seguían pasando. Me moví al carril de la derecha para manejar más tranquilo. La región, llena de castillos, era muy bonita. Pero apenas tenía tiempo para mirarla. Me detuve para pagar el peaje. Después de tres horas tuve sed. Hallé un restaurante y bajé a —43→ tomar un refresco. Estaba un poco entumido y me hizo bien dar unos pasos. Después de llenar el tanque de gasolina y verificar el nivel del aceite, volví a la carretera. Eran las ocho de la noche y todo estaba esplendoroso. Como si no fuera a anochecer. A remota distancia, alcancé a ver la sombra de otro castillo. No recuerdo el nombre. En realidad, no me hacía falta un castillo. Yo estaba contento con mi bulín de Montmartre. ¿Dos piecitas? ¿Para qué más? Después de todo Laura y yo nos veíamos solamente por las noches, ya que los dos trabajábamos todo el día.
Las señales camineras, no bien pasamos Niord, comenzaron a indicar que ya estaba llegando a La Rochelle. Me sentía realmente cansado de manejar solo tan largo trecho. Más de una vez creí que hubiera sido mucho mejor si todos hubiéramos podido venir juntos, en el mismo coche. Pero definitivamente Laura y sus amigos -una pareja de guatemaltecos que había conocido en la Unesco- no pudieron hacer mi jueguito y se quedaron atrapados en París. Las flechitas de indicación caminera se hacían cada vez más frecuentes y, por fin allí estaba la ciudad. Busqué el hotel y me fue liviano llegar. Estaba en la avenida costanera; parecía antiguo. Detuve el coche frente a la recepción del hotel. Bajé y me fue fácil identificarme. Ya estaban nuestras reservaciones y la mía tuve que adelantarla por tres días, que pensaba usarlos para escribir, para nadar o sencillamente para no hacer la misma rutina que siempre me persigue desde que vivo en París.
Me dieron una pieza con ventanas mirando —44→ al mar. La cama, de roble labrado era, sin lugar a dudas, centenaria, pero los elásticos -que los probé enseguida- estaban bien. Frente a la cama, unos austeros roperos de nogal y una mesa de patas torneadas y brillantes indicaban el gusto y el tono del hotel. Lo que no estaba mal, pues era diferente. Precisamente dejamos París para ver otras cosas. Hubiera sido ridículo que en la provincia tuviéramos muebles de Copenhagen... En la pared del costado colgaba un cuadro. Una vista marina. Podría ser cualquier lugar, pero las dos torres sugerían vagamente una escena local. Bajé al bar y pedí una cerveza. Sin cenar, me fui a dormir como un lirón. Después, lo de siempre: contemplar el mar y planear mis caminatas, que siempre me daban vistas nuevas y matices diferentes. El mar estaba muy calmado. Había mucha gente en la playa. Turistas, que los descubría por las chapas de los automóviles que indicaban países de toda Europa, en especial de Bélgica y Holanda.
Salí del margen marino y me adentré en la ciudad. Quería ver algo más reposado. Un ómnibus se detuvo y subí. Pedí un pasaje hasta Auberge au Mer, a pocos kilómetros de la ciudad, pueblecito de mil habitantes quizá, y muy tranquilo. Los parques que fuimos pasando eran arbolados, con olmos y robles centenarios. Salimos de la ciudad y comenzaron los sembrados. Supuse que debía haber una fuerte sequía, pues regaban los maizales, lo que me pareció raro. Los parches amarillos de los girasoles alegraban la mañana. Y las pilas de paja, reclinadas unas contra otras, producían una visión serena. Las casas de la pequeña villa a la que llegamos, después —45→ de una hora de serpentear la ruta provincial, eran de piedra. Algunas, cubiertas de un estuco grisáceo y, otras, con ventanas bajas, pintadas de colores brillantes, un verde esmeralda o un amarillo explosivo, que contrastaba con el tono triste de los viejos muros de piedra.
Los techos, de tejas rojas, parecían decirme que estaba en algún lugar del Mediterráneo. Sin embargo, el Atlántico estaba a una hora. Bajé del bus y caminé. Las calles se adelgazaban a medida que me adentraba en el pueblo. Llegué a lo que podría ser el corazón de la villa: una plaza con bancos pintados de verde bajo unos enormes nogales sigilosos. Un grupo de parroquianos estaba jugando a los bolos. La «pétanque» era la variación local de dicho entretenimiento. Parecía gente más bien taciturna, que no se dio por aludida de mi presencia. Los estuve observando durante largo rato. Apuntaban los resultados en unas pizarras y, de vez en cuando, prorrumpían en unos gritos de alegría colectiva. Decidí continuar. Es una extraña sensación estar o sentirse solo en un pueblecito de Francia.
El azar me llevó por callejas desiertas. Se veía a lo lejos, el fin del pueblo y el comienzo de las granjas, con sus sembradíos de maíz o de trigo. Las casitas eran de agradable presencia. El patio que las separaba, más bien pequeño. Un raro deseo de aglomerarse, teniendo a los cuatro costados todos los campos de Francia. Seguí perdiéndome en las callejas. Una de ellas me llamó la atención. Allí las casas se mostraban mejor cuidadas. Conservo su nombre: «Ruelle des Colombes». Hay lugares o momentos que se —46→ pegan; reaparecen después en los sueños. Comencé a escuchar trozos de Iberia de Albéniz, muy bien, casi diría excepcionalmente ejecutados. Fui caminando lentamente. Era evidente que la música venía de una casa muy próxima. Empecé a pensar en Albéniz y su viaje a Costa Rica. Al poco tiempo era Debussy. Un preludio, creo. Desde ese instante me puse a buscar la casa de la que provenía la música. No fue difícil hallarla. Sin saber qué recepción tendría mi intromisión, golpeé las aldabas. Cesó el piano. Unos ladridos poco amistosos anunciaron en la casa que alguien estaba allí. Una voz de mujer calmó al perro y, al poco tiempo, se abrió la puerta de enfrente.
-Señor, ¿qué desea?
La miré en silencio y al principio no atiné a responder con claridad. Traté de sonreír, pero la presencia de unos ojos negros, serios, penetrantes, en un rostro moreno y joven, impusieron un difícil silencio.
-Ese piano. Sí, ese piano...
-¿Qué le sucede con el piano?
Su voz no era precisamente desagradable sino más bien parecía la de una persona algo sorprendida. Me repuse como pude y le dije:
-Bueno, sencillamente es una ejecución perfecta.
No contestó. Me miró en forma inquietante y me dijo:
-Perdone. Vine aquí a buscar la paz que no existe en Londres. Vivo con una tía y debo seguir estudiando.
-¿Me dejaría escucharla?
-Yo estudio sola y mi tiempo vale mucho —47→ para mí. No sé quién es usted ni qué hace en este pueblo.
Me era en ese momento muy embarazoso hallar una respuesta que calmara su sequedad y reticencia. Me sentí incómodo. Pude sin embargo restablecerme:
-Bueno, vine a La Rochelle y hago lo de siempre: buscar ambientes distintos en lugares pintorescos. Soy escritor y de esa forma me renuevo. Y, para serle franco, no pude evitar mi emoción al escucharla.
Me miró otro rato, como sopesando mis palabras y en forma totalmente imprevista, dijo:
-Pase, todavía debo seguir mis estudios.
Entré a un austero salón, donde un piano de cola dominaba el ambiente. Ella volvió al asiento y siguió tocando. Esta vez «La catedral sumergida». Una interpretación que me pareció muy cerebral. Impecable. Prosiguió después con otros estudios impresionistas y concluyó cerrando el piano. Tornó hacia mí y dijo:
-Debo dar un concierto en Madrid en el mes de agosto, a finales. Ya ve que mi tiempo es realmente limitado.
Me despedí pues era obvio que mi estancia allí la molestaba; por mi parte, me sentía incómodo. Le di mi tarjeta, donde apunté las señas del hotel. No sé qué interés tuvo ella en aceptarla, pero lo hizo.
El calor era opresivo. Seguí durmiendo ese domingo hasta las diez de la mañana. Laura había dejado el long play con música de piano, un disco interpretado -creo- por Alicia de la Rocha, que por cierto no me permitía despertar. —48→ Las visiones más extrañas de España y Francia se aglomeraban en una sucesión de imágenes visuales y sonoras. Por último, logré volver a la realidad. Laura había puesto en marcha el motor del coche para asegurarse esta vez de que nuestro infame y viejo armatoste no nos haría de nuevo lo de otras veces, y para calmar el ruido, había encendido el tocadiscos. Por último desperté. Me sentía pegajoso, sudado. No sé cómo concluyó. Sólo recuerdo que volví caminando con música y que el sol picaba la piel.
¡Qué bellos árboles! Y el ómnibus gris que seguía las curvas del pueblo, ahora ya totalmente desconocido. Me quedaba la esperanza de anudar esta experiencia a algún otro episodio real, o al menos parecido. Como dice Josefina Pla, todo tiene su precio. Hasta los sueños... ¡Que también se acaban!
1985
—49-51→
Don Luis hablaba con calma y explicaba sus puntos de vista.
-En la India -nos decía-, cuando alguien menciona un bungalow se refiere a una casa. Los ingleses, que han traído muchas cosas buenas y malas de su antigua colonia, transformaron el concepto y si dicen bungalow muchas veces hablan de una pequeña vivienda que la usan para huéspedes y también la llaman cottage. Basta con haber leído media docena de novelas de Agatha Christie y uno descubre con frecuencia que los más horrendos crímenes y las cosas raras muchas veces suceden en dichas residencias asignadas a los huéspedes.
-Pero quiero llegar a algo práctico. En nuestra casa, cuando viene alguien a pasar unos días con nosotros, por no tener dicha bendita concepción existencial, pues debemos soportar a la gente en nuestras narices, en nuestra propia vivienda, lo que sencillamente es molesto. Yo voy a solucionar este problema de cuajo.
-¿Cómo? inquirió Esteban, que sabía que la casa estaba utilizada al extremo y no cabía un alfiler en la misma.
Don Luis lo miró con atención y contestó:
-No tenemos el dinero de un colono inglés. Pero nos queda algo al final de mes que puede ser utilizado en mi plan. Haremos un bungalow a nuestro estilo, o sea hagamos sencillamente un rancho, y la próxima vez que caiga una de esas visitas de ustedes que no se va más, la instalamos en nuestro bungalow. Sería más elegante si dijese cottage. ¿Verdad?
—52→-Pero cuando dices a «nuestro estilo» -preguntó Esteban-, ¿qué quieres proponer?
Don Luis, con mirada astuta explicó:
-Llamamos a Pablo Mora y le decimos que haga un ranchito con sus dependencias correspondientes en el patio de atrás. Allí instalamos una cama con los otros elementos primordiales, y ésa será nuestra casa de huéspedes, nuestro banga bengalí. Mañana busco a Pablo y le digo que me termine cuanto antes un rancho de paja en los mangales. Verás como queda mi idea. Y esto lo hago pensando en nuestro último huésped, que tardó seis meses en obtener su pasaje de vuelta a Francia. No se daba cuenta este bendito señor de lo apretados que vivíamos en esta casa, que en última instancia es suficiente para nosotros. Pero no es una casa de huéspedes. Tú sabes que cuando vas a París, no te abren la puerta por temor a que caigas con una valija. Y si llamas por teléfono, tienen una maquinita como la de Paco Feito, que registra tu llamada. Total, siempre se puede culpar a la máquina, elemento mecánico indefenso.
Durante la cena no se habló de otra cosa. Nos pareció admirable la idea de don Luis. Nadie osaría quedarse más de lo indispensable en un ranchito de paja y a la fuerza se iría. Era una idea que inexplicablemente no se nos había pasado por el magín. ¡Una colosal concepción defensiva!
Al otro día buscamos a Pablo Mora. Era mal momento. Principios de diciembre y se había ido en carreta hasta Caacupé para cumplir sus promesas con la Virgen. No volvería hasta el 15 de diciembre, la cual era una fecha crítica. Se nos —53→ venía encima la Navidad y el Año Nuevo y nunca fallaban los huéspedes en fechas tan sagradas. Yo, por mi parte, comprendía muy bien la popularidad de nuestra casa: era fresca, estaba en el campo y no lejos de la ciudad. Y además no había que pagar hospedaje. Los hoteles cobraban cifras para turistas norteamericanos y los nativos (the natives como decía Somerset Maugham) no disponían de dichas sumas exorbitantes. Esperamos con paciencia a don Pablo. Don Luis no daba el trabajo a otro. Don Pablito Mora era el más capaz y honesto de la zona. Además era liberal como él y eso ya era suficiente garantía. Los domingos venía a tomar su traguito de caña con don Luis y juntos recordaban la revolución del 22 cuando todos se refugiaron en su casa porque sabían que sería respetado por ambos bandos beligerantes, ya que él no era político activo. Don Pablo venía con su saco marrón y su pañuelo azul. Caía a eso de las once y almorzaba con nosotros. En la mesa era circunspecto y apenas hablaba, pues temía cometer errores en español. Le pedíamos que nos hablara en guaraní y se sentía entonces más confortable.
-Ya vy' á ko nde rógape1 -nos decía.
Sí. Era un hogar feliz. Y no sólo él lo sentía así.
Don Pablo, como era de esperar, volvió el 15 de diciembre. Don Luis le explicó sus planes y la premura del caso. Don Pablo no contestó de —54→ inmediato. Después, mirando con atención a don Luis, dijo:
-Por usted don Luis voy a hacer lo posible. Traeré a mis hijos para acelerar la obra. Para el 23 estará todo listo, si Dios y la Virgen lo permiten.
Esta tarde vinieron don Pablo y tres mozalbetes con palas, machetes, hachas, martillos y varias cajas de instrumentos y comenzaron la labor de tumbar arbustos, bananos y hasta una planta de mango que estaba en el lugar elegido. En un carro llegó la paja, en haces marrones que fueron colocados cerca del futuro lugar del rancho. Trabajaron hasta las nueve y media de la noche y era increíble la labor que sin ayuda de otros instrumentos que los mentados y las manos, habían realizado. Colocaron los horcones y las vigas. La armazón, que era lo principal, ya estaba concluida. Para el 22 de diciembre, habían cavado el espacio del bañito y el 23 estaba todo listo, incluso hasta el piso de ladrillo. Pusieron los laureles de rigor y se celebró hasta medianoche entre gritos y vivas. Era una sola pieza, donde don Luis puso una cama, un lavabo y una silla. «Lo esencial era sacarse de encima a quien fuere». Ya había dispuesto que comería con nosotros en la mesa. Eso no era ningún problema. Además entretenía tener un huésped en dichas condiciones.
Arribó la Navidad, pasó el Año Nuevo y llegó enero y nadie vino a vernos. El ranchito nos era útil. A veces Ernesto se encerraba para estudiar y para hacer la siesta. Otras, don Luis llevaba una mesita y escribía sus artículos sin ser distraído por los alborotos. Resultó una inversión —55→ que a todos terminó por gustarnos. Y estaba lejos de la casa. Su presencia no molestaba la estética de la misma ya que era casi invisible. Con el tiempo fuimos agregando los detalles que lo hacían habitable: pusimos un cántaro con agua, vasos, yerba, bombillas para el mate y un braserito para calentar el agua y lograr así cierta independencia de la casa grande, como bautizamos a la vivienda que habitábamos.
Pasaron los meses. Llegó el invierno con las típicas heladas de junio. Por las tardes la cerrazón que precedía a las tormentas daba un aspecto triste al patio. Don Luis se quejaba y decía en voz alta:
-Este país sin sol pierde parte de su encanto.
Para sorpresa de todos, a eso de las seis de la tarde, se dejó caer el maestro Suárez, quien había instruido a mis hermanos mayores. Y en forma directa, sin dar vueltas a sus palabras le dijo a don Luis:
-Me peleé con mi querida. Quiero estar con vosotros durante unos días, hasta que se aclaren las cosas.
Don Luis pensó que tendría gran placer en ofrecerle el ranchito de los mangales y le dijo:
-Mira lo que tenemos. Si te gusta, te quedas hasta que tus problemas se resuelvan.
Caminaron juntos hasta el fondo del patio. Don Luis abrió la puerta del ranchito. El maestro quedó satisfecho y le dijo:
-Mañana traigo mis enseres más inmediatos y trataré de ayudarte mientras dure mi estadía aquí.
—56→Esa noche durmió con nosotros en nuestra casa y a la mañana siguiente fue a la ciudad y volvió en un taxi. Bajaron dos valijas y varias perchas con ropas. El maestro estaría en sus cuarenta a todo tirar y era amigo de don Luis desde hacía mucho tiempo. Uno de los pocos amigos con quienes don Luis se tuteaba. Se acomodó como pudo, colgó las perchas en la pared (no tenía armario) y prendió la lámpara de kerosene. Esa noche no salió del rancho y no hizo ningún ruido. Indudablemente estaba cansado y se quedó dormido.
Como era habitual, hablamos de sobremesa con don Luis. Hizo un solo comentario referente al maestro Suárez:
-Este pobre hombre ha tenido líos con todas las mujeres con las que se ha metido. Y siempre termina así: lo echan a la calle. Felizmente podemos ayudarlo ahora sin que ello nos cree problemas. Es un hombre bueno, pero tiene sus debilidades...
La primavera estaba llegando a pasos rápidos. Las flores de los lapachos adornaban el patio y las hojas recobraban un raro brillo que parecía haberse eclipsado durante las heladas. Una mañana entró Fidelina al escritorio de don Luis y le dijo terminantemente:
-El maestro me anda faltando. No me gusta como me trata.
La fámula no tendría más de veinticinco años, era morena y de buenas proporciones, hasta se podría exagerar y decir que en su tipo era atractiva.
Don Luis que era un hábil conocedor del —57→ género humano, se puso serio y le preguntó detalles:
-Pero ¿qué te dijo? ¿Qué te ha hecho? ¿Por qué tanta furia repentina contra él?
Fidelina, sin ocultar su enojo le dijo:
-Señor, su amigo es un atrevido. ¡Un verdadero zafado! Todos los días me toca el culo y a mí no me gustan esas «bromas» como él las llama.
Fidelina salió y don Luis no supo qué hacer ni qué decirle a su querido amigo Suárez. «En estos casos -dijo para su coleto- lo mejor es no hacer ni decir nada, pues él no va a cambiar y no sé si a Fidelina realmente le disgusta el juego. Aunque me temo que sí, pues su amante la ha de tener vigilada...».
Cuando don Luis volvió de Buenos Aires (tuvo que ir a un Congreso de Historia y Geografía) al parecer nada había cambiado en la casa. Todo seguía en orden. Estaba muy feliz al notar los adelantos de Pedrito, que ya sabía leer y quería al maestro como a un hermano mayor.
El 10 de diciembre, el maestro se presentó con un dejo de tristeza y dijo:
-Todo tiene su fin, Luis. Me debo ir. Acabo de obtener una posición en Madrid. Me haré cargo de los niños evacuados a Barcelona. Hoy fui a la Legación de la República Española y me lo confirmaron. Así que los dejo. Y lo digo con pena.
Don Luis quedó perplejo. Y triste. Para él, Suárez era un amigo al que quería entrañablemente, el único en esta tierra de indianos. Lo —58→ abrazó. Lo estaba esperando el coche de la Legación de España con su bandera republicana. El ruido apagado del motor a la distancia le produjo una rara sensación de vacío...
El primer lunes de setiembre de 1937, el cartero trajo una postal fechada en Madrid. Tenía un breve mensaje: «Seguimos resistiendo. Los recordamos con cariño. NO PASARÁN. Fidelina...».
1986