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Mundo perdido y mundo rescatado


De los libros poéticos de la época final de Neruda dos revisten particular importancia, desde el punto de vista de la constante alternancia entre desaliento y esperanza: Fin de mundo y La espada encendida. El primero aparece en 1969; el segundo, en 1970.

Fin de mundo destaca la radical preocupación de Neruda por el destino del hombre. El título mismo atestigua la participación angustiada del poeta a la condición dramática de la humanidad al final del siglo XX, un siglo funestado por guerras atroces, dictaduras, campos de exterminio, delitos contra la persona y los estados. Más de una vez Neruda ha subrayado el significado de su poesía como participación activa a la lucha del hombre. Lo confirmaría también en 1971, en su discurso de agradecimiento al recibir el Premio Nobel:

Yo escogí el difícil camino de una responsabilidad compartida y, antes que reiterar la adoración hacia el individuo como sol central del sistema, preferí entregar con humildad mi servicio a un considerable ejército que a trechos puede equivocarse, pero que camina sin descanso y avanza cada día enfrentándose tanto a los anacrónicos recalcitrantes como a los infatuados impacientes. Porque creo que mis deberes de poeta no sólo me indicaban la fraternidad con la rosa y la simetría, con el exaltado amor y con la nostalgia infinita, sino   —90→   también con las ásperas tareas humanas que incorporé a mi poesía186.



Pasaje que alude también no solamente a las posibles equivocaciones populares, sino a las del poeta, problema que viene atormentando a Neruda desde que se declara asaltado por un improviso «concurso de tinieblas», que parece poner en duda muchas cosas, destacar sus errores de perspectiva en la individuación de los hombres que debían representar el bien187. El recuerdo de los versos dedicados a Stalin no deja de atormentar al poeta, que con insistencia vuelve a tratar el argumento, a partir del Memorial de Isla Negra188, a pesar de que en varias ocasiones había expresado su inconformidad con el sistema, denunciando su cansancio frente a las estatuas, a los «burros de la energía»189.

En Fin de mundo Neruda proclama su rechazo por las «caras sin sonrisa», los «terribles retratos», los hombres que, como Stalin y Mao, imponiendo el culto de su persona y una rígida organización del mundo, esclavizaban a la humanidad190. Él veía al hombre hundido en una atmósfera sombría, rodeado por señales terribles anunciando su destrucción; más que un ser poderoso, era un ser sitiado,   —91→   ya vencido, como lo había interpretado en la primera Residencia en la tierra191.

Frente a esta situación dramática Neruda reacciona, insistiendo una vez más acerca de la inevitabilidad de un cambio, cultivando la esperanza, razón primera de su ser poeta. Fin de mundo se desarrolla entre perspectivas de catástrofe y de salvación. El poeta consigna el sentido de su misión en un verso significativo: «Mi deber es vivir, morir, vivir»192. Él mismo explicó este verso, afirmando que con su participación en la vida del hombre el poeta vive y muere con él y vuelve a vivir porque se trata de un ser «infinito» y que, a pesar de las muchas muertes individuales, no termina; deber del poeta es, por consiguiente, seguir infundiendo esperanza193.

En su libro Neruda muestra la cara más negativa de la realidad, cuando el siglo ha llegado a su fin y gran parte de las ilusiones han fracasado; observa con angustia las cosas, interpreta negativamente el mensaje de una edad en la que las perspectivas positivas han ido borrándose progresivamente, dando paso a la desesperanza. La era de paz y de hermandad esperada después de la Segunda Guerra Mundial no tuvo siquiera comienzo, y en las décadas finales del siglo la muerte del Che, la desaparición de los líderes de la independencia africana, la larga y espantosa guerra en Viet Nam, los trágicos acontecimientos de Praga, ofuscaron el   —92→   significado positivo de acontecimientos como la revolución cubana. Todo fue fruto de una paz que brotó de la violencia: la bomba atómica dejada caer sobre Hiroshima.

De todo esto procede, según Neruda, el trastorno del mundo. De la «usina total de la muerte», del «núcleo desencadenado», salió la gran amenaza para el futuro, que lleva al suicidio el universo194. El poeta observa preocupado al hombre que procrea en el tormento y vive en la perspectiva de ser destruido por la bomba, devorado por mandíbulas de máquinas feroces, aplastado por un tanque. La máquina es el símbolo de la edad infeliz; la eficiencia aparente del mundo, mito engañoso de la modernidad, es la causa del agotarse de las cualidades humanas, motivo de infelicidad y de muerte.

Con dolor partícipe el poeta observa el fracaso miserable del siglo: la naturaleza es un bien perdido; la inocencia está sometida a martirio; los niños sucumben sin culpa en la recurrente enfermedad de la guerra; el bien supremo de la convivencia se pierde. La muerte vuelve a ser presencia dominante y acentúa el sentido de orfandad que domina al ser creado, ante el derrumbe de los mitos en los que había creído y la ausencia de Dios. Los objetos denuncian trágicamente la insignificancia del ser humano: un sombrero caído, un zapato quemado, un montón «póstumo» de anteojos, un hombre, una mujer, una ciudad vueltos ceniza, denuncian la locura del siglo que criminalmente fabrica las armas para su propia destrucción195.

En la enumeración morosa de los objetos, en la alusión a los cuerpos difuntos, a las construcciones lábiles y vanas ante   —93→   la furia destructora, la participación de Neruda en el drama se expresa con desgarrada ternura. En su visión del mundo acude a símbolos de larga tradición negativa en su poesía, cuyo significado revoluciona: es el caso de los anteojos, que siempre en la poesía nerudiana significaron lo repulsivo de la vida y que, al contrario, en Fin de mundo, pasan a expresar la fragilidad de la naturaleza humana; lo mismo se puede decir de zapatos y sombrero, que asumen un significado tierno, en cuanto objetos que pertenecieron a seres que la guerra ha destruido. La condición desamparada del hombre frente al desastre es eficazmente representada en la mención del juguete que sobrevive a la desaparición de la niña quemada por el napalm en Viet Nam; las cuencas vacías de la muñeca denuncian duramente el crimen:


Muñeca del Asia quemada
por los aéreos asesinos,
presenta tus ojos vacíos
sin la criatura de la niña
que te abandonó cuando ardía
bajo los muros incendiados
o en la muerte del arrozal196.



La imagen del fuego que destruye al hombre tiene larga tradición en la poesía nerudiana; su origen se encuentra en su temprana experiencia asiática. Pero en el poema «Las guerras», de Fin de mundo, el significado trágico se acentúa debido a la inocencia de la joven víctima. Neruda considera siempre el asalto de la muerte como improviso y traicionero, y con frecuencia añade al tema una nota aguda de tierna   —94→   melancolía, como cuando en «Fin de fiesta», de los Cantos ceremoniales197, contempla la triste ausencia en torno a la mesa de seres queridos. De la humanidad perseguida, hostigada y humillada, Neruda da en Fin de mundo una interpretación particularmente amarga. En «Walking around», de la segunda Residencia en la tierra198, la ropa colgada de un alambre lloraba negativas «lentas lágrimas sucias», y ahora, en el poema «Las guerras», del nuevo libro, la ropa puesta a secar pasa a denunciar con ternura la tragedia del ausente:


De ver la ropa tendida
a secar en el sol brillante
recuerdo las piernas que faltan,
los brazos que no las llenaron,
partes sexuales humilladas
y corazones demolidos.



La denuncia nerudiana va continuamente de lo exterior a lo interior. La consideración de la condición humana acentúa en el poeta también la conciencia de su culpa personal, que consiste en haber seguido viviendo «cuando mataban a los otros», y haberle acaso robado la vida a quien era mejor199.

Fin de mundo es un momento relevante de aquel hombre que en Estravagario se definió «claro y confundido», pero ya no «alegre»200. Neruda ha llegado a un momento   —95→   decisivo de su vida, en el cual se impone un balance, lo que implica un juicio sobre el tiempo que le ha tocado vivir. Más que nunca él se siente parte integrante del momento histórico y si el siglo se le presenta «tristísimo», si las negatividades se acumulan en la cuenta final -«Yo conté las manos cortadas / y las montañas de ceniza/ y los cabellos sin cabeza»201-, nada rechaza de su experiencia, feliz e infeliz, de dolor y de alegría, las linfas fortalecedoras del pasado, las raíces y la hojarasca, todo lo que le enseñó a entenderse a sí mismo, a «volar más alto»202.

Tampoco rechaza el hecho de haber «paseado de rama en rama»203, de haber identificado sus ojos con las hojas, para al final no haber aprendido nada definitivo204; siquiera la experiencia del exilio, la de haber amado profundamente al hombre a través de tantas manifestaciones de injusticia y de muerte, o la de haber pasado por la cruel experiencia de la guerra civil española205. Todo ha dado un significado a la vida del poeta, haciéndolo testigo del tiempo, intérprete angustiado del siglo. Lo que Neruda en realidad siente es no haber encontrado respuesta a las inquietantes preguntas que atormentaron su vida, no haber alcanzado la razón verdadera de las cosas:


Por qué tantas cosas pasaron
y por qué no pasaron otras?206



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La problemática nerudiana gira continuamente en torno al porqué del hombre y del mundo. El mar, símbolo de la eternidad del tiempo y de su indiferencia ante el transcurso humano, como ya lo había cantado en Estravagario207, vuelve en Fin de mundo a reconocer al poeta, pero sin aclararle con su fría lección el misterio de la vida, sin abrirse a ninguna respuesta concreta208. «Heroico y simultáneo», el mar no explica la complicada índole de los acontecimientos, permanece sólo testigo de sangre y de tormento209.

Debido a esta ansia de conocimiento nunca satisfecha, Neruda vuelve con más fuerza a afirmar la razón inevitable y el significado de su canto. Frente al abandono, a la soledad que rodea al hombre, el poeta siente que debe enarbolar su bandera de esperanzas, sin creerse superior a los demás, humillándose, más bien, con un sentimiento de culpa por la forzosa complicidad:


Cómplice de la humanidad
con mis hermanos asesinos210.



Fin de mundo se cierra sobre una fecha, 1970, y una perspectiva de otros treinta años inciertos. En Neruda permanece la duda en torno a si serán «flores» o «fuego», si reservarán cosas positivas o negativas211. Pero, por encima de angustias y dudas, él afirma el valor de su compromiso para conservar la ternura en el mundo y, por encima del crepúsculo del siglo negativo la permanencia del «hombre infinito»,   —97→   el hombre que, en otra época, había definido «más grande que el mar y que sus islas»212. Abandonarlo a sí mismo, dejarlo hundirse en el desaliento, sería traicionarle, faltar a su misión, la de indicarle «otros caminos incesantes»213.

La colección poética que sigue a Fin de mundo, La espada encendida, contrasta con la anterior en el sentido de que representa una recuperación positiva. El libro es el que menos han considerado los comentaristas y, sin embargo, es uno de los textos más significativos de Neruda desde el punto de vista ideológico. Él lo publicó con la ocasión de sus sesenta y cinco años; texto de particular relieve por los acentos dramáticos con que manifiesta su preocupación por el destino de la humanidad.

Fin de mundo debe considerarse como el punto de partida de La espada encendida, no tanto por el mensaje final de esperanza en el «hombre infinito» y en el encuentro, por encima de toda experiencia negativa214, con algo positivo -«encontraremos la alegría / en el planeta más amargo»215-, sino en cuanto reacción ulterior al panorama lóbrego del mundo. Triste planeta el nuestro, que tiene sin embargo el poder de dar vida al amor y que por ello en 2000216 Neruda considerará sagrado, en cuanto origen y sustento del hombre217.

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En La espada encendida el poeta chileno cuenta la fábula del último ser humano en la tierra, su nuevo nacimiento a través del amor, el alba nueva de la humanidad. El epígrafe al texto es un pasaje del Génesis218, donde se alude a la pareja que, por no haber respetado los mandamientos de Dios, llegó al conocimiento a través del pecado y fue expulsada del paraíso terrenal, a cuya custodia fueron puestos dos querubines con una espada de fuego para impedir el acceso al árbol de la vida.

En el texto de la «Vulgata»: Dios «Ejecitque Adam: et collocavit ante paradisum voluptatis Cherubin, et flammeum gladium atque versatilem, ad custodiendam viam ligni vitae».

No hay que olvidar que el primer hijo de la infeliz pareja fue Caín, el segundo Abel. La tragedia de la humanidad empieza allí. Cuando Adán es obligado a salir del Edén lo sigue, unida a él en la condena y la expiación, su compañera, causa de su pérdida por haber cedido a las seducciones de la serpiente. La pareja bíblica ingresa así en un mundo hostil, bajo el peso de la maldición divina.

En el poema nerudiano la situación es distinta y el epígrafe tiene la función de proyectar una luz en cierto modo sagrada sobre los protagonistas, hijos finales de un siglo atormentado, el denunciado en Fin de mundo. Con gran sensibilidad Neruda va presentando la segunda fundación de la humanidad en un halo sugestivo de misterio.

Antes de que inicie el poema, un breve pasaje en prosa expone el argumento y ofrece la clave interpretativa del texto. Mediante este recurso se aclara la condición de la segunda pareja humana destinada a la nueva fundación   —99→   del mundo. Rhodo es un fugitivo de las «grandes devastaciones» que acabaron con la humanidad; Rosía es una joven que se evadió de la áurea «Ciudad de los Césares»219. Para el lector no familiarizado con los mitos y las leyendas americanos una nota explicativa cierra el libro, en intencional relieve tipográfico, sacada de la obra de Julio Vicuña Cifuentes, Mitos y supersticiones de Chile, editada en Santiago en 1919; la nota tiene la función de acentuar el clima de misterio, el halo de leyenda, con la alusión a una ciudad encantada de la que durante siglos voló la fama, sin que fuera posible comprobar su existencia: perdida entre los cerros de los Andes, a orillas de un gran lago, en un sitio que ningún indígena podía revelar, so pena de muerte, el mito se hacía eco, acaso, de la misteriosa ciudad de los Incas que los españoles nunca encontraron y que sólo en época reciente se descubrió.

La atmósfera en la que el poema se libra va construyéndose a través de la acumulación de momentos igualmente míticos y fabulosos: los orígenes bíblicos, la leyenda renacentista de la ciudad áurea, la apocalíptica alusión a la catástrofe de la humanidad en el fin del segundo milenio, reflejo de una destrucción atómica. En este clima se desarrolla la fábula de Rhodo y Rosía, su predestinada historia.

Neruda da inicio a su canto presentando un panorama de civilizaciones difuntas, ecos remotos de un mundo reducido a escombros, días hundidos en las tinieblas:

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La voluntad de los motores se consumía lejos:
el humo de los trenes iba hacia las ciudades
y yo, el empecinado, minero del silencio,
hallé la zona sombra, el día cero,
donde el tiempo parecía volver
como un viejo elefante, o detenerse,
para morir tal vez, para seguir tal vez,
pero entre noche y noche se preparaba el siguiente,
el día sucesivo como una gota.



El poeta se siente llamado a ser testigo y cantor de la agonía del mundo. El dato autobiográfico en el poema, como siempre, domina. En los versos citados percibimos los ecos persistentes de otros momentos parecidos o que han sufrido una profunda transformación. Neruda es siempre el «empecinado», pero ya no del bosque, como en el Memorial de Isla Negra220, sino ahora del silencio y de la soledad; la imagen del tiempo que procede como paquidermo, no repite solamente la de Estravagario221, sino que recuerda la del pesado caminar de Neruda en las soledades marinas del Sur chileno, lo cual significa, sustancialmente, una postura preocupada frente a los problemas de la humanidad, la misma postura que destaca en las Odas elementales222. Además, la sucesión de los adverbios de duda, característica recurrente en la poesía nerudiana más meditativa, vuelve inquietante el entorno. Toda   —101→   la poesía anterior del poeta chileno parece resumirse en estos versos, en los interrogantes que implican la obsesión del tiempo en el destino del mundo. Un tiempo vuelto a sus orígenes, a la hora cero, y que se dispone a reanudar su marcha dando comienzo a la «sonata negra»223, canto de la destrucción, y simultáneamente al nuevo nacimiento de la humanidad.

El encuentro de Rhodo, «patriarca pétreo»224, antiguo y joven, con Rosía va marcado por un destino que todo lo gobierna: él «la vio sin verla»225; desde el segundo poema de La espada encendida Neruda afirma la predestinación del encuentro, mientras dedica el tercero a la aparición de la mujer226, y vuelve, en el cuarto, a Rhodo y sus orígenes, para contar su fuga de la catástrofe del mundo y su decisión de encerrarse en un reino solitario, único ser humano viviente, olvidados hasta los fantasmas de sus antiguos afectos227. Las fabulosas «setenta mujeres» son ahora estatuas hundidas en la tierra, confundidas con los minerales, oxidadas, quemadas por la nieve, o emergen siniestramente a la superficie, con pierna y senos cubiertos de musgo, roídas por raíces de árboles «imperiosos»228.

Rhodo, sin embargo, no puede olvidar del todo el mundo; al contrario, éste sigue bien presente en él cual motivo de repudio. Para anular sus llamadas el héroe se hace fuerza a sí mismo, cubre su corazón de lianas «indomables»,   —102→   decidido a respetar su deber primero: el de una «infinita soledad»229.

Situado el sobreviviente de la destrucción del mundo contemporáneo en un enrarecido ámbito de soledad, vuelto a ser el primer hombre, Neruda describe con amor antiguo el paisaje del extremo sur de Chile, mundo inolvidable de la infancia, paraíso perdido siempre añorado: el vuelo de las aves, a veces lóbregas en su canto -«La bandurria salpica con canto de cuchara / la dulzura de estas oceanías»230-, o tiernamente delicadas -con sugestiva imagen el poeta alude al pájaro carpintero que «reparte en los raulíes / una correspondencia con gotas de rocío»231-, la vida numerosa de la selva, los ríos torrenciales, el océano, los lagos cambiantes, los volcanes, la nieve constituyen un tesoro. A lo largo del poema nuevos aportes acentúan lo maravilloso del ambiente solitario, abriendo al lector una vez más la intimidad del poeta.

La soledad representa para el protagonista de La espada encendida una conquista fortalecedora; significa el acceso a la inocencia perdida, la vuelta a los orígenes incontaminados. El reino de Rhodo se levanta en un sitio de «fragancia fría»232, y se opone al negativo mundo difunto, que dejó a sus espaldas cuando huyó del crimen. Con su decisión deja de ser cómplice del delito, «de lo que había sido, de lo demás, de todos»233. El héroe alcanza así la razón de su destino: «volvió a ser primer hombre sin alma ensangrentada»234.

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La determinación de Rhodo de quedar solo responde a la finalidad de evitar que se repita la tragedia. Pero su decisión va contra las leyes de la tierra, que se siente frustrada frente a la perspectiva del vacío humano y a la inutilidad de su germinación235. En la protesta de la tierra está ya la derrota de Rhodo, o mejor, su rescate, y la inevitabilidad del encuentro con Rosía. A través del amor el personaje percibe la fría consistencia de la soledad. Para la mujer el amor es refugio por fin encontrado, camino hacia el conocimiento de sí. Para ambos es un nuevo comienzo de la vida, en la reconquistada inocencia, de la que Rosía como mujer nunca había salido236. La naturaleza percibe con estremecimiento la proximidad del milagro:



La escarcha del nuevo día se complicó en la hierba,
la nupcial platería que congeló el rocío
cubrió el inmenso lecho de Rosía terrestre,
y ella entreabrió entre sueños otra vez su delicia
para que Rhodo penetrara en ella.

Así fue procreando en la luz fría
un nuevo mundo interno
como un panal salvaje
y otra vez el origen del hombre remontó
todo el secreto río de las edades muertas
a regar y cantar y temblar y fundar
bajo la poderosa sombra blanca
de los volcanes y sus piedras magnéticas237.



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En este momento solemne el amor se manifiesta como alegría y como tormento: felicidad del encuentro y temor por la posible pérdida; ansia de poseer de la amada sus orígenes y su presente; temor por el futuro. Se explica así el recurso a una terminología aparentemente negativa, que el poeta proyecta sobre el amor. Todo, en realidad, es emoción, trepidación, angustia.

Sobre el eterno repetirse de la tragedia -Caín contra Abel-, el amor funda las premisas para que el universo recupere su ritmo y logre rescatarse del mal. En el poema la simbología bíblica aparece modificada, invertida, en evidente oposición a la concepción del castigo. En la Biblia Adán es expulsado con su compañera del jardín de las delicias, «paradisum voluptatis», y precipitado en el mundo hostil; en La espada encendida Rhodo sale de un mundo bien identificado en su negatividad para ingresar en un Edén feliz. En el texto sagrado Eva lleva sobre sí el peso de la maldición divina en cuanto responsable del pecado y esta maldición se hace concreta, según las palabras de Dios, en el dolor de la maternidad y la obligación de someterse a su marido: «in dolore paries filios, et sub viri potestate eris, et ipse dominabitur tui»238. Al contrario, en la relación entre Rosía y Rhodo se afirma un concepto de igualdad, una necesidad vital de unión, un mutuo construirse en el amor. Y si Rhodo afirma que ya no puede vivir sin su amada -eco de los conocidos acentos con que en los Cien sonetos de amor Neruda expresa su sentimiento239, acaso ahora sin pensar   —105→   ya en Matilde240- y que ella lo ha rescatado a la vida -«y los siete volcanes supieron / que sin tus ojos yo no podía vivir, / que sin tu cuerpo entraba en la agonía / y sin tu ser me sentía perdido»241-, Rosía protexta que al amor de su compañero le debe la conciencia de ser mujer, su verdadero nacimiento, su rescate de la condena a una unidad vacía:



Cuando hacia el mundo me llamaste
a ser mujer, y acudí
con los nueve sentidos que entonces me nacieron,
yo no sabía que tenía sangre.

Y fui mujer desde que me tocaste
y me hiciste crecer como si tú me hubieras
hecho nacer, porque de dónde
sino de ti salieron mis pestañas
nacidas de tus ojos y mis senos
de tus manos hambrientas, y mi cuerpo
que por primera vez se incendió hasta incendiarme?
Y mi voz no venía de tu boca?242



En el amor está, pues, la realización plena del hombre y la mujer, el triunfo de la vida no entendida bíblicamente como dolor y castigo, sino proyectada hacia una felicidad   —106→   que se funda -bien lo ha notado Alain Sicard243- en el trabajo, parte calificante de la «divinidad» del hombre. Rhodo y Rosía construyendo el arca de la salvación, aprendido el «oficio de metal y madera», serán «divinos»244.

Muy distinto lo que le había ocurrido a Adán, a quien Dios le dio como condena el trabajo, hasta su reducción a polvo: «In sudore vultus tui vesceris pane, donec revertaris in terram de qua sumptus es: quia pulvis es, et in pulverem reverteru»245. Castigo más duro no se le hubiera podido dar al ser creado. Pero Neruda no ignora el límite humano, como en varias ocasiones he subrayado246; su concepto positivo del trabajo responde a una visión distinta del hombre, que se ennoblece a través de sus obras.

Errantes y agobiados bajo la ira de Dios, Adán y Eva son destinados a procrear en Caín el delito; Rhodo y Rosía, al contrario, tienen una tarea común positiva, deberes «sobrehumanos», que consisten en el rescate definitivo del mundo, que vuelven a fundar desde una reconquistada inocencia:


persistir y crear el reino limpio,
paso a paso, cavando, sin pasado,
construyendo de nuevo el esplendor
sin sangre ni ceniza247.



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El penúltimo de los versos citados confirma la concepción nerudiana del mundo que, libre de sangre y ceniza, se transforma en «esplendor». Es ésta la empresa de la nueva pareja; llegados al conocimiento, Rhodo y Rosía -«Soy dueña de las olas que reparto / y empujo desde un pequeño abismo», dirá ella248-, alcanzan la conciencia de su deber: el de hacer florecer de nuevo el «árbol de la vida». Adán y Eva llegan al conocimiento a través de la desobediencia, en el pecado; para los nuevos progenitores el conocimiento es fruto positivo del amor y llegan a él en un estado de total inocencia.

El concepto que Neruda tiene del Dios bíblico es completamente negativo; su protesta va contra el propósito de venganza. También contra Rhodo y Rosía se desata la ira vengadora del dios, el volcán, enemigo de la raza humana. Su presencia aterradora llena varias páginas de La espada encendida, como ya en «Cataclismos», de los Cantos ceremoniales. En el poema la segunda mitad es dominada por la ira del volcán, que va creciendo. Doce poemas de los cincuenta y cinco últimos lo presentan, en un alternarse dramático y alucinante de escenas que dan al verso un ritmo agitado, prospectando su incumbente amenaza. El concepto de la muerte coincide, sin embargo, con el de la vida. La pareja, culpable de reanudar la marcha del mundo, perseguida por los elementos en vísperas de la erupción, rodeada del terror de animales y naturaleza, insegura hasta en el arca, que disputa al egoísmo de los animales, afirma su divinidad en el momento mismo en que el viejo dios, el volcán, pretendiendo destruir su obra, determina su propia muerte.

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El hombre es el nuevo Dios, puesto que da nuevo comienzo a la vida. En esta concepción reside la confianza nerudiana en el «hombre infinito», que cantó en Fin de mundo, destinado a renacer de todas las muertes.

En La espada encendida la pareja alcanza el árbol de la vida del cual la ira divina quería alejarla; conquista en la que el amor afirma su victoria sobre la muerte y en ella el significado del hombre, que


Puede morir, pero debe nacer
interminablemente:
no puede huir: debe poblar la tierra,
debe poblar el mar: sólo los nuevos dioses
mordieron la manzana del amor249.



En el poema el hombre se rescata plenamente de la culpa. La «espada de fuego» es una amenaza impotente. El hombre y la mujer gobiernan juntos el arca que tendrá que repoblar al mundo, conscientes de su tarea divina, «progenitores de la salvación»250. Victoriosos juntos, Rhodo y Rosía se sienten iguales entre sí y frente a la empresa que van a emprender. Todo concepto de superioridad o de dependencia ha sido anulado. Alcanzada la conciencia de su tarea, conciencia de sí, Rhodo repudia la soledad como estéril. La mujer es para él el infinito que comienza251 y su ternura lo despierta a la vida.

El final de La espada encendida restablece los valores originarios confirmando la bondad de la empresa. Afirma   —109→   Rosía: «Desde toda la muerte / llegamos al comienzo de la vida»252. La sugestiva aventura tiene el significado de un renovado acto de fe por parte del poeta y se opone a las perspectivas trágicas de Fin de mundo. Con toda probabilidad Neruda se encontraba, a pesar de sus años y de la enfermedad que progresaba, en un momento particular de su historia sentimental. Matilde se creía al centro de La espada encendida y desafortunadamente se equivocaba. La gran estación del amor para ella había terminado. El corazón del poeta, esa «interminable alcachofa», con hojas para «mujeres de carne y hueso, para amores verdaderos o sueños persistentes», pero también «para todas las tentaciones de la vida»253, había destinado una de sus hojas a otra mujer254.



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Celebración y heroicos furores


La participación de Neruda en los acontecimientos que han caracterizado el período temporal en el que ha vivido ha sido siempre intensa y ha encontrado amplio lugar en su poesía. Así ha ocurrido con la guerra civil española en España en el corazón, con la Segunda Guerra Mundial en los cantos a Stalingrado en Tercera Residencia en la tierra, con la historia sangrienta del continente americano en el Canto general, y sucesivamente con dos acontecimientos relacionados en modo directo con el mundo americano: la revolución cubana y la que él llamó la revolución chilena, es decir la victoria socialista con Salvador Allende.

Los dos libros poéticos, Canción de gesta e Incitación al nixonicidio y alabanza de la Revolución chilena no han tenido gran difusión, pero son importantes para detectar la posición de Neruda frente a dos de los sucesos más relevantes para el mundo americano en la segunda mitad del siglo XX.

Canción de gesta aparece en 1960255, año de gran actividad creativa del poeta. En este mismo año Neruda publica los Cien sonetos de amor y Las piedras de Chile. Curiosamente,   —112→   en la segunda edición de sus Obras Completas, de 1962, el texto citado, compuesto por XLII breves capitulillos poéticos, no va incluido.

Como resulta en el prólogo, el breve poema ya estaba concluido en abril de 1960: el poeta lo escribe el día 12 del mes indicado, a bordo del «paquebot» Louis Lumière, viajando hacia Cuba, en pleno océano, «entre América y Europa»256. Neruda dedica el poema a Fidel Castro y a Cuba; en la revolución cubana él veía un ejemplo fortalecedor, no solamente en cuanto liberación de la criminalidad de los déspotas, sino como realización de una verdadera independencia de los Estados Unidos, primer ejemplo en el Caribe y en todo el subcontinente americano.

En el prólogo, Neruda explica la génesis del poema. En un primer momento el autor proyectó un canto dedicado a la situación de Puerto Rico, en su condición de Estado Libre Asociado a los Estados Unidos, comedia dolorosa, según el poeta, puesto que no lograba ocultar la dependencia de la isla. Cuando en Cuba estalla la revolución y triunfa, Neruda modifica el plan inicial del poema extendiéndolo a la celebración de un único ideal de lucha por la libertad contra la constante amenaza estadounidense.

El significado de Canción de gesta es, básicamente, el de la participación del poeta en la lucha para la construcción de un nuevo mundo americano. Abiertamente Neruda formula un proyecto político y se proclama «poeta de utilidad pública», con la misma sinceridad con la que en otras ocasiones había reivindicado el derecho a su intimidad:

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Los que antes harto me reprochaban seguirán reprochándome mucho. Por mi parte aquí asumo una vez más, y con orgullo, mis deberes de poeta de utilidad pública, es decir de puro poeta. La poesía tuvo siempre la pureza del agua y del fuego que lavan o queman, sin embargo. Ojalá que mi poesía sirva a mis hermanos del Caribe en estos menesteres de honor. En América entera nos queda mucho por lavar y quemar. Mucho debemos construir.

Que cada uno aporte lo suyo con sacrificio y alegría. Tanto sufrieron nuestros pueblos que muy poco les habremos dado cuando se lo hayamos dado todo257.



En Canción de gesta Neruda vuelve a los tonos encendidos de la invectiva que caracterizaron España en el corazón y el Canto general. Ante todo, su repudio del gobernador del Estado Libre Asociado, en la época Luis Muñoz Marín, político y poeta, del cual modifica despectivamente el apellido en «Muñoz Gusano», insistiendo luego en el término negativo, «gordo gusano», para indicar su naturaleza de traidor al país. Los insultos que Neruda lanza contra el personaje son infamantes; el poeta chileno, escudándose en la razón política, insulta acudiendo a un eficaz proceso de acumulación, hasta lograr la destrucción del personaje258. Como su contemporáneo Miguel Ángel Asturias259, en su condena del mundo norteamericano del dinero, lo presenta sin alma. Para ambos escritores Chicago es la ciudad-símbolo del infierno y para Neruda este infierno se extiende al   —114→   palacio del gobernador de Puerto Rico: «era por fuera blanco / y adentro era infernal como Chicago»260.

Las figuras negativas en las que se compendia la tragedia americana son representadas en el poema nerudiano como fieras sangrientas o como gusanos de la tierra; desfilan así los Somoza, los Trujillo, Batista, Pérez Jiménez y hasta Rómulo Betancourt261, en contraste con los grandes protagonistas de la lucha por la libertad, entre ellos Sandino262, y ahora Fidel Castro.

Neruda considera el dólar fuente de todos los males de América; de él se origina una serie dañina de personajes políticos, «tristes familiares» del dólar, que fundan su poder en la persecución y el crimen:


los sangrientos caníbales caribes
disfrazados de heroicos generales:
un reino de ratones despiadados,
una herencia de escupos militares,
una caverna hedionda de mandones,
una acequia de barros tropicales,
una cadena oscura de tormentos,
un rosario de penas capitales263.



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Los colores trágicos de la farsa en que se consuma la vida de gran parte de los pueblos americanos se acentúan en el momento de enumerar tanta indignidad. La situación real de la época justifica la posición partícipe y noblemente indignada de Neruda. Hacia la mitad de su texto, como ya lo había hecho en el prólogo, él reivindica, por encima de una mal entendida pureza de la poesía, el derecho a reaccionar en cuanto hombre. El «Parnaso» es para Neruda símbolo de poesía superficial, desanclada de la realidad, y representa su vacío en la imagen de los poetas que viajan «como ratas en el queso»264.

El pacto de sangre que Neruda firma con los pueblos del continente le induce a continuar con los que considera «oficios» del poeta: la solidaridad con el hombre que sufre y lucha. Frente a los poetas «puros», que se desentienden aristocráticamente de los problemas de sus pueblos, proclama su diversidad:


Yo pertenezco a otra categoría
y sólo un hombre soy de carne y hueso,
por eso si apalean a mi hermano
con lo que tengo a mano lo defiendo
y cada una de mis líneas lleva
un peligro de pólvora o de hierro,
que caerá sobre los inhumanos,
sobre los crueles, sobre los soberbios265.



La sumisión de los países americanos a los Estados Unidos la denuncia Neruda en «Reunión de la O. E. A.» mediante la descripción grotesca de la realidad. Así, presenta   —116→   a los diplomáticos latinoamericanos como «mobiliario», deseoso cada uno de servir primero como escabel a las nalgas del representante estadounidense, para que «el Tío Sam pueda sentarse», un tipo que a nadie consulta y solamente manda. La indiferencia de los Estados Unidos hacia los países del área latina la representa el poeta eficazmente uniendo su voz a las numerosas que desde siempre se levantan contra el poderoso vecino del norte. A pesar de lo cual Neruda, como Asturias, no desconoce la sustancia democrática del pueblo estadounidense. Él distingue, en efecto, entre las fuentes y los instrumentos de la opresión y la parte sana del pueblo, proclamando una identidad humana y un mismo destino a través de una imagen corriente, «navegamos en la misma barca», por consiguiente la incitación:


carguémosla con pan y con manzanas,
carguémosla con blancos y con negros,
con el entendimiento y la esperanza266.



El significado simbólico de la revolución cubana lo define Neruda en los versos finales de «Un minuto cantado para Sierra Maestra»; se trata de una amenaza y una esperanza: «abrid los ojos, pueblos ofendidos, / en todas partes hay Sierra Maestra».

El poema concluye con un último canto, «Escrito en el año 2000», donde por encima de las numerosas experiencias negativas del hombre, con el cual el poeta se identifica, de los recuerdos sombríos que asoman desde su residencia en Asia y que se concretizan en imágenes   —117→   conocidas -un «cadáver oscuro de mujer / ardiendo en un brasero abandonado»-, por sobre las experiencias de la guerra civil española, y en ella del asesinato de los «ruiseñores» -Antonio Machado, Hernández, García Lorca-, por encima del peso de sombra y de sangre, se afirman los signos positivos de la aurora, de la «ciudad dichosa» de la que la revolución cubana ha puesto, en la opinión de Neruda, concretamente la primera piedra. Cuba confirma así su significado simbólico con relación a toda América:


Cuba es un mástil claro que divisan
a través del espacio y las tinieblas,
es como un árbol que nació en el centro
del mar Caribe y sus antiguas penas:
su follaje se ve de todas partes
y sus semillas van bajo la tierra,
elevando en la América sombría
el edificio de la primavera267.



El carácter vital de Canción de gesta consiste sobre todo en este mensaje, y, por encima de toda ideología y toda esperanza, en la pasión con que Neruda escribió su poema, en el ímpetu arrollador del verso, el esplendor de las metáforas y el halo poético de los símbolos sobre los cuales parece a punto de construirse la nueva primavera del mundo. No faltan momentos menos logrados y prosaísmos, pero el amplio tono lírico, la ternura de tantos versos, la sinceridad participativa ofrecen siempre a la poesía materia viva en vilo entre celebración y utopía.

  —118→  

Neruda se revela además, como siempre, intérprete extraordinario del mundo americano en su maravilla. Lo es cuando canta las aves del Caribe, donde los tonos normalmente esfumados y melancólicos de la poesía nerudiana, cambian de repente; celebrando las aves de Venezuela el poeta confiesa su límite frente a tanto esplendor colorista, pero, a pesar de esta confesión, el resultado es excepcional en cuanto a cromatismos.

La belleza de las metáforas con que Neruda ennoblece barrocamente el significado de tanta «pluma», de tanta «veloz vela del viento»268, introduce a un mundo maravilloso, solar, que contribuye a hacer concreta la certeza de un cambio radical para América. Si el quetzal es «rayo imperial del Paraíso», «pedrería del aire en el follaje», todas las aves son «piedras preciosas del Caribe», amasadas con «gotas de turquesa», «fulgores del semáforo celeste»269.

Además de todo esto interviene en Canción de gesta también una nota muy personal, que acentúa la dimensión interior del texto. No se trata solamente de la que se manifiesta en el poema XXII, «Así es mi vida», donde el poeta protesta el significado y la misión de su verso -«vengo del pueblo y canto para el pueblo: / mi poesía es cántico y castigo»-, expresa su repudio por la poesía pura, por los libros entendidos como fría selección, afirma la lección que le vino del contacto con los hombres, sino de la que desarrolla el tema obsesivo de la muerte. La «triste magnitud del tiempo» lleva a ella y proyecta sobre la poesía nerudiana una problemática que da dimensión profunda a todos los temas tratados. La lucha revolucionaria tiene como   —119→   finalidad primera la vida del hombre en la tierra, única realidad para Neruda; sólo la plenitud vital es capaz de contrarrestar la fría realidad del transcurrir humano, esa «agricultura de los huesos»270 de la que el poeta chileno, a pesar de todo, heredándola de Quevedo271, tiene estremecedora conciencia.

Muy lejos de ser solamente poesía política, Canción de gesta es un poema de problemática profunda. La celebración de la victoria de la revolución cubana no silencia los eternos problemas que atormentan al poeta, no los esconde su propósito de épico elogio, ni el desahogo de sus heroicos furores.

Con Incitación al nixonicidio y alabanza de la revolución chilena272 el «furor» nerudiano tiene motivo más que legítimo para manifestarse, en un nivel directamente personal, puesto que se trata de su país. Parecería que, con el triunfo de Alianza Popular, todo hubiera cambiado, que una época nueva se hubiese inaugurado para Chile. No era así, y el poeta veía claras las cosas, temía los desmanes de las derechas y las izquierdas y con ello el fracaso de tantas ilusiones.

No solamente había expresado sus preocupaciones en conversación privada, sino que en su nuevo poema lo hace duramente patente:


ultras de izquierda y ultras de derecha,
duros de la derecha y de la izquierda,
—120→
trabajan juntos en la misma brecha
para que la victoria conseguida
por un pueblo que lucha y que recuerda
(el cobre, el pueblo, la paz y la vida),
todo lo manden ellos a la mierda273.



En Incitación al nixonicidio el autor declara que su propósito es inducir «a un acto nunca visto», a través de «un libro destinado a que los poetas antiguos y modernos, extinguidos o presentes» pongan «frente al paredón de la Historia a un frío y delirante genocida», el presidente de los Estados Unidos274. Es un acto de heroico furor que la indignación justifica. Han pasado años desde el triunfo de la revolución cubana y ahora el triunfo de la que Neruda llama la «revolución chilena» corre peligro.

El acto al que incita el poeta pertenece a la esfera execrable del terrorismo, pero Neruda se declara contrario a este tipo de intervenciones eliminatorias, que siempre recaen sobre los inocentes, y sólo cree en la función demoledora de la poesía. Con relación a Nixon afirma:

Sólo los poetas son capaces de ponerlo contra la pared y agujerearlo por entero con los más mortíferos tercetos. El deber de la poesía es convertirlo, a fuerza de descargas rítmicas y rimadas, en un impresentable estropajo275.



Neruda es consciente de que este tipo de poesía no encontrará el favor de los «exquisitos estéticos»276 y acerca Incitación   —121→   al nixonicidio a Canción de gesta, puesto que, como este poema, «no tiene la preocupación ni la ambición de la delicadeza expresiva», ni «el hermetismo nupcial» de algunos de sus «libros metafísicos». Partícipe de la Historia de su país, el poeta se siente comprometido y acude a lo que cabe en sus posibilidades:

Conservo como un mecánico experimentado mis oficios experimentales: debo ser de cuando en cuando un bardo de utilidad pública, es decir, hacer de palanquero, de rabadán, de alarife, de labrador, de gásfiter o de simple chafataz de regimiento, capaz de trenzarse a puñete limpio o de echar fuego hasta por las orejas.

[...] Ésta puede ser una función efímera. Pero la cumplo. Y recurro a las armas más antiguas de la poesía, al canto y al panfleto usados por clásicos y románticos y destinados a la destrucción del enemigo277.



Entre los poetas americanos Neruda siempre manifestó su adhesión a Walt Whitman y en el nuevo poema a él se dirige como a su musa, pidiendo investidura para asumir sus «deberes de poeta / armado del soneto terrorista»278. Concluirá su obra dirigiéndose a otro poeta venerado, Alonso de Ercilla, y hasta aprovechará versos de La Araucana para conjurar la posibilidad de que la experiencia socialista chilena acabe, a consecuencia de una intervención externa que someta al país.

En su poema Ercilla celebraba de Chile no solamente la fertilidad y la fama, «en la región antártica famosa», sino su gente, «gallarda y belicosa», a la que nadie había podido   —122→   someter279; Neruda aprovecha la octava en su poema XLIII, para que el prestigioso poeta tome parte en su canto, «Habla don Alonso», y concluye en otro poema final con un canto celebrativo a dos voces, para reafirmar, con la grandeza de su país, la imposibilidad de que nadie llegue a dominarlo:


Y aunque sea atacada y agredida
Chile, mi Patria, no será vencida
NI A EXTRANJERO DOMINIO SOMETIDA280.



En Incitación al nixonicidio el presidente de los Estados Unidos es acusado de todos los crímenes que cometieron en su época las fuerzas armadas norteamericanas. Neruda ve «el concubinato del dinero», armado «para quemar jardín y jardinero / en países remotos y dorados»281, conjurado, en Viet Nam, para la destrucción de «pueblos de amor y de sabiduría»282 y somete al responsable al juicio de sus víctimas:



Al criminal emplazo y lo someto
a ser juzgado por la pobre gente,

por los muertos de ayer, por los quemados,
por los que ya sin habla y sin secreto,
ciegos, desnudos, heridos, mutilados,
—123→
quieren juzgarte Nixon, sin decreto283.



Vuelve a la memoria del lector la condena del general Franco en España en el corazón, y sobre todo la denuncia nerudiana del crimen de la guerra en Fin de mundo, con el recuerdo imborrable de la muñeca que sobrevivió a la niña quemada por el napalm284. Indignación y ternura se mezclan en la nueva denuncia; Neruda arremete contra el criminal para horadarlo «a verso limpio y corazón certero», para matarlo «con un disparo justiciero» de tercetos, concertado contra él con «hombres callados y severos / caídos en sangrientas primaveras»285.

Al furor se mezcla el desaliento frente a tanto crimen. En Fin de mundo Neruda había definido el siglo XX «la edad de la ceniza»286, un siglo «atiborrado de esqueletos»287; es natural que la experiencia negativa todavía domine al poeta. Incitación al nixonicidio, a pesar de su final, o incluso por su final, es un libro triste, que induce nuevamente a su autor a buscar la compañía de su maestro, Quevedo, y le dedica dos poemas. En el primero, «Leyendo a Quevedo junto al mar»288, el poeta castellano, con el mar definido dos «graves desmesuras», le aclara la razón de su lamento, que consiste en el miedo a la conjuración del   —124→   dinero contra su país289. El poema «Mar y amor de Quevedo»290 es más personal: leyendo su «verso favorito» frente al mar de Isla Negra, Neruda desahoga su melancolía, considerando el amor y la desventura del poeta y para sí reserva un destino diferente, el de combatiente por las «guerrillas del Estado» y «el Estatuto de la pobre gente».

Con Incitación al nixonicidio cumple Neruda de alguna manera con su función de «bardo de utilidad pública», pero revela nuevamente, con sus preocupaciones políticas, sobre todo su angustia personal.



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