—[58]→ —59→
El descubrimiento
de la mujer fue para Neruda, según leemos en Confieso
que he vivido, un hecho traumático, de orden
exclusivamente sexual y sorprendente. Escribe en sus memorias que
su primera experiencia ocurrió en la oscuridad de una noche
«clara, fría y
penetrante»
, una noche sin luna y con estrellas que
«parecían recién mojadas
por la lluvia»
y que, sobre el sueño de todos los
demás, «titilaban»
sólo para él «en el regazo
del cielo»119
.
Una aventura silenciosa, repentina y brutal, sin visión
alguna de la mujer que sorprendió a oscuras al tímido
personaje, el cual, a distancia de años, intenta rescatarla
de lo vulgar titulando «El amor junto al
trigo»120.
Muy distinto
había sido, a los catorce años, el primer encuentro
con el otro sexo. Lo evoca Neruda en un poema de
Estravagario, «¿Dónde estará la
Guillermina?»: al niño «orgullosamente oscuro, / delgado, ceñido
y fruncido, / funeral y ceremonioso»
, que «vivía con las arañas, /
humedecido por el bosque»
, el encuentro improviso con la
mujer -«entró el sol, entraron
estrellas, / entraron dos trenzas de trigo / y dos ojos
interminables»
- le dejó herido para siempre:
—60→
los ojos de la Guillermina, «dos
relámpagos azules»
, le atravesaron el pelo, y le
clavaron «como espadas / contra los
muros del invierno»
. No hubo ni deseo sexual, ni amor,
solamente sorpresa ante la entidad desconocida.
Anteriormente todavía, el pequeño Neftalí Ricardo había tenido, nos cuenta, otra sorprendente experiencia, a iniciativa de dos muchachas que vivían frente a su casa y cuyas miradas le ruborizaban: lo capturaron fundándose en su pasión por los nidos de pájaros, le llevaron a una panadería abandonada, hurgaron en sus ropas y todo se interrumpió al oír las pisadas de su padre que se acercaba121.
Vino más
tarde la angustiosa aventura erótica nocturna «junto al trigo»
y vinieron otros
amores, los que dieron materia los Veinte poemas de amor y una
canción desesperada, más tarde a El hondero
entusiasta y a determinados poemas de Residencia en la
tierra.
Insistentes
tentativas de aclarar quiénes fueran las mujeres objeto de
la poesía nerudiana en los Veinte poemas nunca
tuvieron éxito. En sus memorias Neruda sale ágilmente
del paso acudiendo a nombres ficticios, Marisol y Marisombra: la
primera, escribe, fue «el idilio de la
provincia encantada con inmensas estrellas nocturnas y ojos oscuros
como el cielo mojado de Temuco»
, y figura «con su alegría y su vivaz
belleza»
en casi todos los Veinte
poemas122;
la segunda fue la estudiante de la capital: «Boina gris, ojos suavísimos, el
constante olor a madreselva del errante amor estudiantil, el
sosiego físico de los apasionados encuentros en los
escondrijos de la urbe»123
.
Años
más tarde, muerto el poeta, una de las dos mujeres,
Albertina Rosa Azócar, «Marisombra»,
reveló su identidad publicando numerosas cartas de su
célebre enamorado, testimonio de un amor ardiente, a veces
casi desesperado desde la lejanía del Asia, donde Neruda
había ido a parar, en calidad de cónsul de
Chile124.
Pero en el Memorial de Isla Negra Neruda menciona
también otros nombres, igualmente ficticios:
«Terusa», amor «de la
primera luz del alba / del mediodía acérrimo / y sus
lanzas»125
y «Rosaura», mujer «de la
hora / diurna, erguida / en la hora resbalante / del
crepúsculo pobre, en la ciudad»126
.
¿Son ellas las mismas «Marisol» y
«Marisombra», o son otras mujeres? No hay
respuesta.
El tema del amor,
en los Veinte poemas, se aviene con la arraigada nota
romántica nerudiana, y aparece dominado, sin excluir el
«deseo sexual», por la melancolía y el
sentimentalismo, que el poeta entiende, «perfectos frutos impuros de maravillosa calidad
olvidada, dejados atrás por el frenético
libresco»127
.
En sus primeros
poemas, los de Crepusculario (1920-1923), el tema del amor
había ido desarrollándose entre leyendas
romántico-modernistas, es el caso de «Pelleas y
Melisanda», y sombrías perspectivas de decadencia y
amor desaprovechado: pensemos en «El nuevo soneto a
Helena», —62→
influido por Ronsard. Sin embargo, encontramos
también poemas de inédito atrevimiento
erótico, como «Morena, la besadora», donde se
celebran, no sólo la rodilla «desnuda»
, «apretada»
entre las rodillas del
amante, la «oferta redonda / de los
senos»
, sino la «comba del
vientre, escondida, / y abierta como una fruta / o una
herida»
.
La sexualidad no
es, para Neruda, «la respuesta a la
muerte»
, como entiende Octavio Paz128,
sino la muerte misma, en el momento en que se agota en el acto. En
Crepusculario temas dominantes son el amor y la
difícil experiencia existencial del joven y pobre estudiante
en Santiago, una suerte de exilio dentro de un medio hostil, que le
infunde terror: «Tengo miedo. La tarde
es gris y la tristeza / del cielo se abre como una boca de
muerto»129
.
El amor asume, por consiguiente, colores fúnebres: lo vemos
en la pura emoción sentimental que, partiendo de Maeterlink,
Neruda expresa en «Pelleas y Melisanda», una
emoción que concluye en un panorama de muerte.
Con El hondero
entusiasta estamos frente al producto poético de una
«intensa pasión
amorosa»
, a un poema escrito, como el autor confiesa,
«de una manera delirante, llegando tal
vez, como en uno de los pocos momentos de mi vida
-afirma-,
a sentirme totalmente poseído por una
especie de embriaguez cósmica»130
.
El tema del amor domina y es algo agónicamente vital,
insidiado constantemente por el dolor, la melancolía, la
tristeza. La mujer es —63→
un objeto pasionalmente deseado que trastorna al hombre de
manera irremediable y dolorosa: «es como
una marea, cuando ella está a mi lado»
. La
pasión crece y se desata en el poeta, que recorre con la
vista y el tacto el cuerpo de su amada «en las noches hambrientas»
, viendo en
su cuerpo una permanencia más allá de la muerte,
porque encierra «las pupilas sedientas
con que miraré cuando / estos ojos que tengo se me llenen de
tierra»
. Amor constante más allá de la
muerte, siguiendo originalmente a Quevedo.
En los Veinte
poemas de amor y una canción desesperada, el amor se
manifiesta como sentimiento trágico, en un paisaje astral y
marino. Amar quiere decir sufrir; el amor es expresión de un
dolor radical; en el cuerpo de la mujer, que el hombre desea con el
espíritu y los sentidos, se manifiesta la desgarradora
amargura de la insatisfacción. El amor consiste
únicamente en su recuerdo desilusionado; su atmósfera
es la melancolía, que, como ha escrito Amado Alonso, se
viste de nostalgia, de tristeza por un bien perdido131:
«Puedo escribir los versos más
tristes esta noche»
. En «La canción
desesperada» la pasión corona con sus últimos
destellos la atmósfera de soledad y angustia. El amante
llega a la desesperación, acaba naufragando en el
vacío:
|
El tema amoroso
sigue dominando con continuidad tonal la producción
artística de Neruda también después de los
Veinte poemas, empezando por esa curiosa novela breve
—64→
que es El habitante y su esperanza (1926), escrita
con declarada desgana. El tema es nuevamente el del amor, un amor
culpable, que acaba con una venganza. Lo que más interesa en
este escrito es la manifestación en el amante de una
complicada condición, dividida entre el deseo y la
indiferencia. Un amor en el que sólo lo sexual interesa, los
atractivos de un cuerpo femenino disponible: «amo tu cuerpo estrecho y sin egoísmo
completamente pronto a mi sed [...]»132
;
el amante es un hombre sometido a la fatalidad, convencido de que
«Todo sucede dentro de uno con
movimientos y colores confusos, sin
distinguirse»133
.
En las
Residencias en la tierra el clima de fondo donde se
desarrolla el tema del amor es el de un naufragio casi desesperado
en la pasión, debido a la ausencia física de la
mujer, un hundirse, a veces, en una suerte de vergüenza y
remordimiento por abyectas aventuras transitorias. En los poemas de
las primeras Residencias va abriéndose paso una
concepción amarga y desesperada de la vida -«el día de los desventurados»
de «Walking Around»-,
determinada, por más que Neruda lo niegue134,
por su experiencia en Asia, donde vivió obsesionado por la
luz, rodeado de soledad y muerte, exiliado de la presencia de las
mujeres amadas. Será también una honda lección
en torno al límite humano, como se aprecia en numerosos
textos, entre ellos «Entierro en el Este» y
«Sólo la Muerte», y que le dispondrá al
encuentro con la poesía filosófica de
Quevedo135.
Debido a este
clima, en las dos primeras Residencias en la tierra abunda
la materia erótica. Más que de amor, se trata del
recuerdo exasperado del amor, deseo del cuerpo femenino. Si en
«Alianza (Sonata)» parece vivir todavía un clima
sentimental, donde la amada es la «dueña del amor»
, su cuerpo una
recatada armonía, que resplandece en el marco de su «familia de oro»136
,
en realidad la lejanía vuelve tiránico el recuerdo,
difunde sabor a muerte. Pronto el sentimiento aparece dominado por
la necesidad de contacto carnal, no puro fin en sí mismo,
pues Neruda manifiesta, como vemos en «Colección
nocturna», por encima de su disgusto por «lenocinios de escaleras gastadas»
,
«lechos de niñas
desnudas»
, ambientes repugnantes de amor comprado,
entusiasmo por la pureza, presente en sorprendentes bellezas
juveniles: lo vemos en «Ángela adónica»,
donde la joven mujer acaba por imponerse en su «clima de oro»
que «maduraba apenas»
, «Su pecho como un fuego de dos
llamas»
, que arde «en dos
regiones levantado»
, su cuerpo se transforma en «frutas extendidas / y oculto
fuego»
.
En su
«destierro» asiático el poeta, tiranizado por el
recuerdo de imágenes eróticas, busca y encuentra
momentos de desahogo físico. Es el caso de Josie Bliss, a
quien Neruda canta en «Tango del viudo», poema cuyo
origen y significado explica en sus memorias137.
Obsesionado por esta especie de «pantera
birmana»138
,
extremadamente celosa, que le vigilaba amenazadora, en el momento
en que logra escapar de ella el engañoso amante siente
dramáticamente —66→
el vacío sexual e inmediatamente se pone a escribir
el que define «trágico
trozo»
de poesía dedicado a la mujer
abandonada139,
rescatando a la poesía los detalles eróticos:
La serie de poemas eróticos nerudianos en las Residencias es numerosa: vale recordar «Materia nupcial», «Agua sexual», de la segunda Residencia y especialmente la «Barcarola», donde la angustia, la desesperación, la furia del deseo se funden con el panorama natural dominado por figuras inquietantes y sonidos aterradores, reducido a una dura cárcel que aprisiona al poeta en la más absoluta soledad.
En el poema
«Alianza (Sonata)» de la Tercera residencia,
Neruda reivindica la sexualidad del amor como forma positiva de la
vida frente a la negatividad del mundo, celebra a la mujer cual
«inquebrantable hilo de
nieve»
, fuente de la «dulzura»
, transforma en alta
poesía lo erótico:
|
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
El largo poema
Las furias y las penas, inspirado en el verso de Quevedo
«Hay en mi corazón furias y
penas»
-perteneciente al soneto amatorio donde el poeta
«Finge dentro de sí un infierno»140-,
pone fin al canto del tema amoroso en Tercera residencia.
Como explica en «Reunión bajo las nuevas
banderas», Neruda pasa a otra concepción del mundo y
su propia razón de ser en la tierra. El clima de Las
furias y las penas es, por el momento, la última
manifestación de la angustia nerudiana; en el poema el
sentimiento amoroso se presenta como deseo irracional, tentativa
del protagonista de imponerse a sus fantasmas; el acto sexual se
caracteriza como lucha brutal e inútil para aturdirse,
puesto que luego todo vuelve a ser igual: la conciencia del
límite, del destino de dolor reservado al hombre. Intentando
huir de la angustia y la destrucción, ha observado Amado
Alonso141,
el poeta-amante acaba «interminablemente
exterminado»
.
De «estrellados amores / cuyo jazmín detiene
su transparencia en vano»
, resuena, a pesar de su
preeminente función testimonial y comprometida, el Canto
general, donde la amada sin nombre es definida de estructura
de —68→
polen142,
y donde se alude al «fuego
físico»
, que construye una figura «más dulce, más interminable / que
la dulzura, carnal enamorada entre las sombras»143
.
Por las fechas indicadas al lado de los dos poemas es posible
pensar en Terusa y Rosaura, amor del campo y amor de la ciudad.
Sabemos que el
encuentro con Matilde Urrutia fue para Neruda el encuentro con un
gran amor, según documentan Los versos del
Capitán, Estravagario, los Cien sonetos de
amor, libros poéticos que tienen un fundamento
común en la plenitud del sentimiento amoroso. Lo cual no
excluye otros amores pasajeros. En época lejana, la de
Crepusculario, él mismo había declarado, en
«Farewell», que le
gustaba el amor de los marineros, «que
besan y se van»
, un amor «que
puede ser eterno / y puede ser fugaz»
.
El anonimato
inicial de Los versos del Capitán (1952), su
legitimación años después, son bien
conocidos144.
El encuentro con Matilde significa una pasión ardiente e
improvisa y la poesía que brota de esta pasión, donde
sentimiento y sexualidad se funden, es a la vez delicada e
irruente, feliz y preocupada, documentando así el estado
espiritual del autor. En Matilde, Neruda encuentra su complemento
necesario y a través del amor ve abrirse la
comunicación con el universo. El paisaje, el de la isla de
Capri, es elemento determinante de la estación amorosa y su
expresión poética; cualquier aspecto de la naturaleza
remite —69→
a la amada; ella representa para el amante el universo: es
«cuerpo claro de la
Primavera»145
,
sus senos son «como dos panes hechos /
de tierra cereal y luna de oro»146
.
Una sección
significativa del libro lleva por título «El
deseo», otra «Las furias»: sexualidad y celos,
amor y temor. El amor triunfante no será obstáculo a
la misión del poeta comprometido, y la estación feliz
está destinada a confirmarse: «Yo
estoy con la miel del amor / en la dulzura vespertina»
,
escribe en Estravagario (1958), aunque muchas
habían sido y todavía eran las dificultades, antes de
que la pareja fuera aceptada. Se explican así los
ímpetus rebeldes presentes sea en Los versos del
Capitán, sea en Estravagario.
En este
último libro el tema amoroso se expresa sobre todo a
través del recuerdo de las dificultades encontradas, pero
igualmente como encuentro de sustancias insustituibles y
afirmación de una nueva estación positiva. A
través del amor de Matilde, Neruda alcanza las esencias
secretas de su mundo natal; su poesía se llena de aromas y
anuncia ya el Memorial de Isla negra. La mujer lleva al
amante hacia el mítico mundo de su infancia, resucita los
«secretos perfumes»
del Sur
remoto, la presencia vivificante de «antepasados manantiales»
, los bosques
de los orígenes del mundo, un paraíso que el
enamorado había perdido y que ahora reconquista.
Los Cien
sonetos de amor (1960) brotan de esta misma veta, constituyen
su ulterior desarrollo, y en el ámbito artístico una
transparente intención de rivalizar no solamente con el
Canzoniere de
Petrarca, sino con todos los cancioneros —70→
amorosos que ha habido. Lo cual significa también,
por parte del enamorado, darle a la mujer objeto del amor un puesto
destacado entre todas las mujeres. Nunca, antes, Neruda
había consignado en su poesía el nombre real de las
mujeres amadas: ahora lo hace con Matilde, distinguiéndola
entre todas. Sus versos rechazan la rima -para Neruda «platería, cristal y
cañonazo»147
-,
la forma clásica del soneto y con ella las elucubraciones
metafísicas, construyendo una poesía de
extraordinaria novedad y perfección, en la que la mujer
recupera su papel de criatura concreta y el transporte amoroso
vuelve a ser no un tema, sino un sentimiento.
Mujer y enamorado
se funden y se confunden, dentro del panteísmo nerudiano,
con los hilos de las hierbas; el cuerpo de la mujer amada confina
con el cielo y con la tierra; el agua circula como sangre en las
venas; en cada beso la naturaleza exhala su aroma. Desde la
región encantada donde el amor se legitima en su más
alta expresión asistimos, en los Cien sonetos, a
través de sus cuatro secciones -«Mañana»,
«Mediodía», «Tarde»,
«Noche»-, a la trayectoria del sentimiento, desde su
primera manifestación hasta su meridiano florecer. En todos
los sonetos de «Mañana» persiste el sentido de
un encuentro feliz; la mujer es greda, barro, trigo, harina,
pan, materia nutriticia para el amante, alimento
imprescindible que continuamente renace. Para celebrar su
«maravilla» Neruda acude, siendo ella pan, a
la imagen de un «horno de adobe
estupefacto»148
.
La plenitud del amor acentúa en el amante la necesidad
—71→
de la persona amada. La ausencia es, por consiguiente,
tormento y se manifiesta en el desorden de la casa del amor, que
vuelve a cobrar vida con la amada: «y el
orden establece su pan y su paloma»149
.
La nueva
estación sentimental afina la sensibilidad nerudiana hacia
la transparencia. Los días se le presentan al poeta «radiantes»
, «balanceados por el agua marina»
, pero
pronto, en la plenitud meridiana del sentimiento, se
insinúan hondas preocupaciones: el grupo de sonetos reunidos
en la sección «Tarde» contempla elementos
hostiles que resucitan la atmósfera de las primeras
Residencias en la tierra, vuelve el tema del tiempo y de
la muerte. La solución a la desesperanza la encuentra Neruda
en el panteísmo, que promete la eternidad del amor: «allí donde respiran los
claveles»
los dos amantes podrán fundar su
permanencia, «un traje que resista / la
eternidad de un beso victorioso»150
.
En el segundo de
los cinco libros del Memorial de Isla Negra, La luna
en el laberinto, la memoria nerudiana va a sus primeros
amores, los que poblaron los años de su adolescencia y
juventud. Terusa es uno de ellos y a esta mujer siguen otras, entre
ellas Rosaura. Si la primera representa un amor de «soledad»
adolescente151,
la segunda es la pasión ardiente, destinada a dejar huella
imborrable en la vida del poeta: refugio y reacción al
angustioso sentido de soledad que asalta al enamorado frente a la
hostilidad del mundo ciudadano.
Sobre el tema del amor Neruda adopta, en el Memorial, un sistema binario, evocación de lo que la mujer representó para él en una época, y reflexión, desde el momento actual, sobre lo que acabó por significar en su vida. Así en «Terusa (II)» se impone el sentido de un pasado que vive irrepetible en la memoria y en «Rosaura (II)» la lección consiste en una idea vitalista del amor, entendido como renovación inagotable. En este sentido se legitima el sentimiento por Matilde. El mismo concepto había expresado el poeta en Estravagario; aquí lo manifiesta con imágenes nuevas, como germinación y armonía.
Las aventuras
eróticas del período asiático evocadas en
«Rangoon» son de distinta naturaleza, representan
«el placer amargo de los
desesperados»152
.
Neruda lo ha denunciado varias veces y sigue ahora expresando su
disgusto por la mercancía sexual. Importante en su vida fue
en esta época sólo el encuentro con Josie Bliss y, en
el recuerdo, la pasión todavía vive. Sin embargo, al
amor cosmopolita orientalizante, celebrado por Rubén
Darío como refinada exaltación de los sentidos,
Neruda opone el puro deseo sexual, sin acudir a elaboraciones
refinadas.
A Josie Bliss el
poeta chileno dedica dos composiciones en el tercer libro del
Memorial, según el sistema ilustrado. En el primer
poema Neruda se pregunta dónde habrá ido a parar la
«furiosa»
: acaso siga
esperándole o bien haya muerto y esté sepultada en el
«gran cementerio»
de Rangoon,
o posiblemente hayan quemado su cuerpo a la orilla del Irrawadhy
«toda una tarde, mientras / el
río murmuraba / lo que llorando yo le hubiera
dicho»153
,
remordimiento —73→
tardío. En el segundo poema Josie Bliss es definida
«paloma de la hoguera»
y el
poeta repite los acentos de su pasión, por encima de la
negatividad de su experiencia, del paso destructor del tiempo y de
la inevitable perspectiva de «caderas
extinguidas»154
.
La voluntad de
justificarse domina también, en el libro cuarto del
Memorial, El cazador de raíces, en la
evocación de Delia del Carril, a la que Neruda dedica dos
poemas, celebrándola, en el primero, «luz de la ventana abierta / a la verdad, al
árbol de la miel»
, o sea orientadora de su
visión ideológica, «paloma»
en la experiencia de la
guerra civil española155.
El amor es considerado por el poeta, como en el caso de Matilde,
predestinado; pero en el segundo poema, Delia es sólo una
«pasajera / suavísima»
.
Lo que persiste, a pesar de cambiar de sujetos y de labios, es el
sentimiento; todo se legitima en este sentido: «nunca ha muerto una flor: sigue
naciendo»
, «no conoce el sol
las cicatrices»156
.
Se entiende bien la posición de Neruda, dedicado a celebrar en este período a Matilde; al final del Memorial vuelve a cantarla en un largo fragmento que luego incorporará como dije en La barcarola (1967). En «Amores: Matilde» el poeta pasa reseña a su ardiente historia de amor, reafirmando la predestinación del encuentro, estación sentimental definitiva de su vida.
En La barcarola aparecen varios de los símbolos aplicados a Matilde en los Cien sonetos de amor, se repite la alusión a las contrariedades encontradas, ya aludidas también en Las uvas y el viento (1954); el poeta-amante confirma el —74→ carácter vital del amor, la identificación plena de la mujer con la tierra en su función germinadora, como lo había hecho en Los versos del Capitán. En forma nueva, con nueva terminología, Neruda celebra el objeto de su sentimiento y hace una rápida síntesis, a través de episodios eminentes, de los momentos decisivos de su existencia. A los fragmentos que recoge del último libro del Memorial de Isla Negra añade, al comienzo de La barcarola, un nuevo fragmento, que titula «Viajeros», en el que recuerda la luz del Asia, la estepa, los territorios de Samarkanda y de Bokhara visitados con Matilde. De repente el canto de amor se interrumpe, debido a preocupaciones relativas a Chile y los amigos, a causa de un terremoto: la ternura nerudiana se manifiesta ahora ante la destrucción y la muerte, como lo había hecho en «Cataclismos», de los Cantos ceremoniales (1961).
La barcarola se desarrolla en doce episodios. Al canto de la felicidad del amor sucede el recuerdo siempre vivo de Francia, del pasado remoto y más reciente, iluminado por el amor, lo que permite continuar con el tema. El regreso a Chile y el temor por la ausencia de Matilde, temas que recuerdan a Los versos del Capitán y a los Cien sonetos de amor, dan motivo a la tristeza, a la reflexión en torno al paso de los años.
Entre expresiones
de amor e inquietudes por su país, la primavera vuelve a
insinuar colores delicados, aunque al poeta le asaltan de nuevo
recuerdos de muerte, al tratar el tema de Joaquín Murieta,
al que dedicará en el mismo año, 1967, la pieza
dramática, «melodrama,
ópera, pantomima»157
,
Fulgor y muerte de Joaquín Murieta, dando a las
—75→
gestas del bandido, matado en 1853 en Panoche Pass por los
Rangers, dimensión épica158.
La barcarola prosigue y concluye en «Solo de sal», con una nueva vuelta a la tristeza. El poema representa la purificación final del largo viaje afectivo cumplido por Neruda y Matilde a través de la geografía, las personas, las cosas, las dificultades, el recuerdo, el tiempo, hacia la felicidad, la plenitud. La repentina tristeza con la que el libro acaba, brota una vez más de los recuerdos de la infancia y de la juventud, de Asia y de un Viet Nam distinto, visitado en 1928, comparado ahora con el trágico espectáculo de ruinas debido a la guerra «americana». El siglo, en su crepúsculo negativo, tema dominante de Fin de mundo (1969), ya está presente con su nota trágica en el epílogo de La barcarola. No obstante el libro concluye con una nueva abertura hacia el futuro:
|
El «Memorial del amor» termina aquí y es un recuento de los numerosos amores160. La última etapa de este canto —76→ será La espada encendida (1970), poema en el cual la mujer que se esconde bajo el nombre de la protagonista, Rosía, ya no es Matilde.
Son para el poeta
los últimos destellos eróticos. Su cuerpo enfermo no
corresponde a la vitalidad de los sentimientos. Rehuyamos de la
imagen exageradamente negativa que ofrece Lafourcade del Neruda
final, este «niño enamorado del
amor»161
,
«cruel y egoísta, tantas
veces»162
,
que «necesitó siempre del
clandestinaje y la infidelidad»163
,
en sus últimos tiempos «gordo,
calvo, viejo, con flebitis, con un cáncer prostático,
hipertenso»
, aunque «cargado
de gloria, exaltado hasta el rango de divinidad poética
mayor del mundo»164
.
En realidad el gran poeta mantenía intacto su atractivo,
aunque es cierto que el que da vida a La espada encendida
fue a la fuerza su último amor.
—77→
En el largo
trayecto de la poesía nerudiana la piedra ha tenido una gran
importancia y como muchos de los símbolos utilizados por el
autor chileno ha ido experimentando en el tiempo una paulatina
transformación semántica. Sorprendía al
lector, en «Walking
around», de la segunda Residencia en la
tierra, el hecho de que el poeta, al manifestar su cansancio
radical, pidiera un descanso «de piedra
o de lana»
. Su exegeta, Amado Alonso, explicaría
más tarde que las piedras y la lana, junto
con la tierra, el vino, el fuego, el
trigo, el pan, el marfil, el
cuero, las espadas, eran «símbolos de lo elemental y
puro»
, en oposición a los vestidos, los
sastres, los notarios, los
establecimientos, al contrario «símbolos y ejemplos del descarrío
y falseamiento de la vida ciudadana»165
.
Y acudiendo a otro texto nerudiano añadía:
|
El mismo Neruda se encarga de decirnos en Unidad qué es lo que de valioso ve en las piedras: las piedras son algo quieto en sí mismo, y en su fina (valiosa) materia se acumula el tiempo; las piedras están hechas de la eterna materia primigenia (de la sal y del sueño -de la perpetua vida dormida- del mar). Cuando el poeta ahínca su mirada en la infinita variedad —78→ del mundo, y logra ver lo fijo en el cambiar, la sustancia de los accidentes, acude para expresarlo a la imagen de las piedras [...]166. |
La sugestión de la piedra no estaba destinada a agotarse en Neruda. Varios años después, en 1960, dedicaría un entero libro a Las piedras de Chile167 y a distancia de diez años publicaría otro dedicado a Las piedras del cielo168.
El primero de los libros poéticos citados aparece en edición lujosa, con fotografías de Antonio Quintana que reproducen aspectos singulares, humanos o animales, de las rocas chilenas a lo largo de la costa oceánica. Poesía y fotografía forman un único conjunto y es transparente la intención del poeta de rendir homenaje a su tierra.
En el prólogo leemos que el proyecto venía de lejos, originado por la aparición en París de un volumen de poesía de Pierre Seghers, ilustrado con fotografías de piedras de Francia, realizadas por la venezolana Fina Gómez. Neruda explica el significado que tienen para él los «seres de piedra»: lo que sobre todo le llama la atención es el testimonio de vida que se condensa en ellos, imponiéndose sobre el paso del tiempo y las generaciones:
|
Deber de los poetas es cantar con sus pueblos y dar al hombre: sueño y amor, luz y noche, razón y desvarío. Pero no olvidemos las piedras! No olvidemos los tácitos castillos, los erizados, redondos regalos del planeta. Fortificaron ciudadelas, avanzaron a matar o morir, condecoraron la existencia —79→ sin comprometerse, manteniendo su misteriosa materia ultraterrenal, independiente y eterna169. |
Para Neruda las
«portentosas presencias»
son
la sustancia misma de su país, y este sentido se agudiza
sobre todo a partir de 1939, cuando empieza a residir en su casa de
Isla Negra, levantada en el litoral chileno. Frente al
espectáculo del océano, siempre en lucha contra las
rocas de la costa, el poeta interpreta la incansable batalla como
un diálogo constante: las piedras «han conversado conmigo en un lenguaje ronco y
mojado, mezcla de gritos marinos y advertencias
primordiales»170
.
En los muchos
textos reunidos en Las piedras de Chile, odas sobre todo
por su estructura, Neruda celebra las piedras chilenas descifrando
su mensaje. El animismo nerudiano, aprovechando apariencias humanas
o animales, transforma las rocas en seres vivos, protagonistas, a
orillas del océano, de una tragedia que se cumplió
frustrando sus anhelos. Seres que alcanzaron la playa y allí
se detuvieron para siempre171;
o que salieron de las aguas del mar y en vano, como
náufragos, quedaron esperando ayuda de parte de los
terrestres, hasta que el olvido, «no un
olvido, sino todo el olvido»172
,
los convirtió en piedras. En la orilla marina, entre agua y
cielo, sacudidas por el viento, las rocas aprendieron el canto,
conquistando una eternidad que se expresa en inmóvil
movimiento, la «cristalina eternidad del
viaje»173
.
En Las piedras de Chile hay un halo intenso de poesía. Neruda vuelve a territorios queridos, reconstruye con participación el jardín maravilloso de sus orígenes, empapado en lluvia, fuente siempre de emoción. El viaje es sin fin hacia el mundo de la infancia, hacia el misterio y la magia, hacia un mundo que, como denuncia en La copa de sangre, constituye su mismo ser:
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pertenezco a un pedazo de pobre tierra austral hacia la Araucanía, han venido mis actos desde los más distantes relojes, como si aquella tierra boscosa y perpetuamente en lluvia tuviera un secreto mío que no conozco, que no conozco y que debo saber, y que busco, perdidamente, ciegamente, examinando largos ríos, vegetaciones inconcebibles, montones de madera, mares del Sur, hundiéndome en la botánica y en la lluvia, sin llegar a esa privilegiada espuma que las olas depositan y rompen, sin llegar a ese metro de tierra especial, sin tocar mi verdadera arena174. |
En su libro de
poemas Neruda parece haber llegado a esa «tierra especial»
, donde vive el
mensaje; «yo vengo de la
Araucanía»
, insiste, y «la piedra iluminó mi patria / con sus
estatuas naturales»175
.
La tensión de su poesía procede sobre todo del
sentido dramático con que penetra, a través de la
roca humanizada, en el destino del hombre. Es el caso del poema
«Donde cayó el sediento», donde Neruda ve en un
montón de piedras un posible homenaje en el tiempo de
imaginarios viajeros a un caminante muerto durante el viaje:
«No pudo más y se volvió silencio».
Pero no siempre la
roca sugiere tragedias; a veces, como en «El arpa»,
resucita atmósferas felices de mundos desaparecidos, cuando
la música se difundía sola, «temblaba como una vestidura»
. Sin
embargo el tono reflexivo domina en el poemario, y se aviene
perfectamente con el clima solitario, único ruido la batalla
de las olas. Neruda termina por sentirse legítimo centinela
de un reino precioso de soledad y muerte, único
intérprete de un lenguaje que no necesita
palabras176.
Mundo que remonta hacia atrás en los siglos y en el que el
poeta se encuentra a sí mismo177.
La espiritualidad de Neruda, la singularidad de su naturaleza se afirman en tres elementos inspiradores: la piedra, el aire, el océano. Las piedras de Chile se abre sobre indicios que permiten calar en profundidad en lo íntimo del poeta, estableciendo una directa conexión con Estravagario. En el tono amplio del verso nerudiano toma consistencia una vez más el sentido de opresión que, a partir de El habitante y su esperanza178, Neruda ha siempre denunciado en la lejanía del mar. La identificación entre el poeta y el paisaje alcanza su plenitud cuando vuelve a la nota personal más descubierta, particularmente visible en «Yo volveré». El reino pétreo representa un llamado sutil, un momento definitivo que se impone por encima del tiempo, en un destino último de silencio.
Neruda es llevado continuamente a reflexionar acerca de su propia muerte; ahora parece manifestar solamente —82→ nostalgia y en ella se esfuma, en preocupación vaga, el problema del más allá:
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El ritmo quebrado del poema, las localizaciones temporales y espaciales, el pasar de un genérico buscad a un más definido buscadme, la oposición entre perdido y encontrado, entre piedra y silencio, reflejan fielmente la conciencia del autor de encontrarse por fin a sí mismo en la muerte.
Las piedras hacen
volver a la memoria de Neruda también recuerdos de su
formación literaria y de sus autores preferidos. Uno de los
poetas con los que más se identificó fue sin duda
Victor Hugo, de quien siempre apreció la nota social y
humana. En «La tumba de Victor Hugo en Isla Negra» el
poeta chileno celebra la esencia espiritual del maestro. Un
círculo de rocas, un remanso de aguas y una piedra, como una
gran losa, sugieren a Neruda la idea de una tumba ideal, donde la
sustancia positiva del poeta francés comunica y nutre la
esencia de Chile y sobre todo de su poesía. El agua, con su
continuo y lento movimiento, parece acariciar la tumba del gran
Hugo, para el cual el chileno pide silencio y que «recen su padrenuestro las —83→
espumas»
. No se trata por cierto de una
adhesión de Neruda a la religión católica en
la forma más alta de oración, como interpretó
Silva Castro179,
sino únicamente de un recurso, de larga tradición
modernista, a lo sagrado para rendir culto al personaje.
En Las piedras de Chile confluyen todos los elementos espirituales sobre los que se funda la sensibilidad nerudiana. Abandonarse al canto de la soledad, del mar, del silencio, de las presencias de piedra no significa renunciar al compromiso activo. Y en efecto, en el poema que cierra la colección, «Nada más», Neruda vuelve a afirmar su participación en la lucha, la conciencia de una misión de restaurador de la «luz en la tierra». Pero también reivindica, como lo hizo muchas veces, las razones del sentimiento, así como la legitimidad de sus preocupaciones, el fruto de una lección continuamente aprendida acerca del límite puesto al hombre. En «El caminante» hay una nueva confesión en este sentido:
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A distancia de una década de Las piedras de Chile, la publicación de Las piedras del cielo invita al lector a ponerse el problema del por qué la reincidencia en el tema. En —84→ los diez años que median entre los dos libros Neruda publica un número notable de textos de gran significado: Cantos ceremoniales (1961), Plenos poderes (1962), Memorial de Isla Negra (1964), Arte de pájaros (1966), Una casa en la arena (1966), Fulgor y muerte de Joaquín Murieta (1967), La Barcarola (1967), Las manos del día (1968), Aún (1969), Fin de mundo (1969).
Una
temática compleja que va del amor a la memoria, de la
denuncia de la recurrente tragedia de la guerra a la de la
injusticia social, de la desgraciada condición humana bajo
todas las latitudes a la nota de una problemática personal
cada vez más apremiante. Es que entre Las piedras de
Chile y Las piedras del cielo existe una
íntima conexión. Concha Meléndez ha definido
el texto un libro «de tranquila
hermosura, de apaciguado ardor; llama que no quema y nos levanta a
una de las más bellas provincias de su residencia en la
tierra»180
.
Pero si Neruda ve reflejarse en las gemas la belleza del cielo y
canta su variedad luminosa -del cuarzo a la turquesa, de la
esmeralda al zafiro, del ágata marina al topacio, a la
cornalina, a la amatista...-, sin dejar de celebrar las piedras
sencillas del río y la roca, su verso se hace pronto
inquieto y se conecta con la problemática que domina en
Las piedras de Chile.
Para el poeta
chileno las piedras representan una lección de eternidad
negada a la fragilidad del hombre, el cual «se desploma y deshace su materia»
,
mientras «su palabra y su voz se
desmenuzan»181
.
La inquietud nerudiana vuelve a debatir temas que desde siempre
atormentan al poeta. —85→
Una vez más en su verso se impone el sentido de la
fragilidad humana como condena frente a la eternidad de la
piedra.
Mientras el tiempo discurre sin mellar la materia incorruptible, ejerce impiadoso su poder negativo sobre el hombre, en un rápido proceso que lo anonada, y
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Acentos que nos llevan nuevamente a Quevedo. En el crepúsculo de su vida Neruda comparte con íntima adhesión el mensaje de ultratumba del gran satírico español. Sin embargo, ante la perspectiva de una muerte que todo lo disuelve, el chileno vuelve a reaccionar; en el canto final rescata, con el valor en sí de la criatura humana el de su actividad en la tierra. La antigua pregunta del mundo precolombino acerca de la razón de haber nacido para tan pronto fenecer, parece encontrar una respuesta: lo que realmente importa es haber venido a ejercitar una «energía», no a vivir en vano:
—86→
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Dominado por esta problemática, por la permanente angustia del problema vida-muerte, sin embargo Neruda en Las piedras del cielo no cae en la negrura fúnebre, sino que da vida a una serie abundante de valores cromáticos inéditos, renovando radicalmente su poesía, más aún de lo que había hecho en Canción de gesta, con mayor luminosidad y transparencia: el color pierde materialidad y se transforma en luz.
El mundo vuelve a
ser para Neruda un milagro y, por encima de toda tragedia y de toda
preocupación material o metafísica, se ofrece como
afirmación positiva de la maravilla de la creación,
del valor en sí de la vida, del amor con que siempre el
poeta ha interpretado las cosas. Celebrando las piedras preciosas,
tesoro de la tierra, por el fulgor de sus luces, su resplandor, no
su valor económico, Neruda crea un mundo mágico en el
que anhela y al tiempo mismo teme perderse. En el poema XXIV, en
prosa, él describe una singular aventura, su descubrimiento
de la gruta del esplendor, y lo hace dando dimensión
fantástica a su narración. Cuenta que se
perdió en el laberinto rocoso de Trasmañán
buscando una «anémona de color
violentísimo»
, que años antes había
contemplado «adherida a los muros de
granito que la rompiente lava con sus estallidos
salados»
, y de repente da con una antigua puerta de
hierro frente a la cual —87→
se queda «inmovilizado»
; luego, empujando con
fuerza, penetra en el misterio, entra «en una gruta de piedra amarilla que se
alumbraba sola, tanta luz irradiaban grietas, estalactitas y
promontorios»
, y llamando en voz alta le contesta el eco
extendiendo la palabra piedras «con un aullido delirante, como venido de otro
planeta»
. Entonces, escribe:
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Un largo escalofrío me recorrió clavándome a la arena de la gruta. Apenas pude zafar los pies, lentamente, como si caminara bajo el mar, regresé hacia la puerta de hierro de la entrada. Pensaba durante el esforzado retorno que si miraba hacia atrás me convertiría en arena, en piedra dorada, en sal de estalactita. Fue toda una victoria aquella evasión silenciosa. Llegado al umbral volví la cabeza entrecerrando el ala oxidada del portón y de pronto oí de nuevo, desde el fondo de aquella oscuridad amarilla, el lamento agudo y redoblado, como si un violín enloquecido me despidiera llorando. |
Había
violado el misterio y era como si desde su entraña, reino de
la luz, le alcanzara un reclamo. «Nunca
me atreví a contar a nadie este suceso
-declara el
poeta- y desde entonces evito aquel lugar
salvaje de grandes rocas marinas que castiga el océano
implacable de Chile»184
.
De todos modos había dado con el útero luminoso de la
tierra que le llamaba. Neruda comprende el mensaje y en el poema
XXX ya no opone resistencia:
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Escribe Concha
Meléndez: «En el pensar del poeta
ser piedra limpia es el destino único que nos
pertenece»185
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