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Saint Thomas, junio 18 de 1878.

Señora Inda de Hostos.
Mayagüez.

¿Me has escrito ya, alma Inda? ¿Volverás a escribir? ¿Seguirás escribiéndome hasta que, estando ya embarcada, tengas la seguridad de que, con el consuelo total de tu presencia, no necesito ya del consuelo parcial de tus cartas? ¡Qué falta me hacen!, ¡qué falta me han hecho! Ha habido días, en Venezuela y aquí, en que, por leer una carta tuya, un renglón de tu mano, una sola palabra de las que tan dulcemente sabe dictar tu generoso corazón, habría yo dado la vida que en esos momentos me es odiosa. Hubo día, en Venezuela, el 17 de mayo, tarde del día en que llegó sin cartas el vapor alemán, en que, a fuerza de sufrir y de imaginar y de pensar, se me inflamó el cerebro y caí con un medio ataque cerebral. El éter que derramaron sobre mi cerebro me hizo bien; pero si no hubiera sido porque, al ir a buscarlo, me dejaron solo y llamándote lloré, no hubiera muerto, porque yo no he nacido para morir, sino para sufrir y hacer sufrir; pero hubiera quedado quebrantado de razón. Aun me queda la bastante para conocer que tú habrías sufrido también al pensar en el efecto que había de hacerme la falta de tus cartas, y te agradezco tus cuidados. Pero, ¡cuánto más te hubiera agradecido una carta!

Acabo de decir a papá que, con hambre de verlos, y con hambre y sed de verte y acariciarte y bendecirte, ni aun esa esperanza me quita de encima el peso abrumador de esta situación: sin embargo, estoy seguro de que tu sola presencia va a devolverme la calma que desde el 2 de abril he perdido en absoluto. Y necesito que me devuelvas la calma que te trajiste, esposa mía. La necesito entera, y además necesito de la tuya, para que salgamos de esta situación. Para que no espante, es necesario verla con ojos tranquilos, con los ojos que tiene la esposa por excelencia como tú. Sí: la situación es pésima; y si yo hubiera llegado a ella por mi culpa o por cualquiera otra causa que la sagrada a la cual sacrifiqué lo que ya sabrás tú que he sacrificado, la situación sería vergonzosa para mí. Aun habiendo caído en ella por tan santos motivos, me avergüenza.

No estoy abatido, y mientras más me doblegan las circunstancias, más fuerte me siento para luchar y para vencer; pero no sé; desde que nos separamos me dejaste sin tu luz, y la falta de tus cartas me enloqueció, perdí aquel reposo de ánimo que tú no me viste perder en ninguno de los momentos gravísimos que, desde tan poco después de unirnos presenciaste y valerosamente compartiste. Si este decaimiento en que tu ausencia me ha puesto es un tributo de amor, es una prueba de la virtud fortificante que tienes para mí, recibe la prueba y el tributo: nunca fueron más merecidos; nunca tampoco más sinceros, porque tan locamente amada por su esposo habrá tal vez alguna esposa; pero tan religiosamente adorada como tú, ninguna.

No te lo digo para darte seguridades de amor, que mi temerario viaje a Puerto Rico ha consagrado para siempre, te lo digo, al contrario, para hacer pesar sobre ti la responsabilidad que debe pesar y es justísimo que pese sobre una esposa tan amada. Pesa tú misma la responsabilidad, Inda, y ven con razón entera, con ánimo sereno, con espíritu cariñoso, con juicio de matrona, a deliberar y a resolver conmigo. Haz más; haz que papá, en quien siempre ha sido un mal su espíritu indeciso, no vacile ahora, ni en hacer el viaje, si es necesario; ni en abstenerse de hacerlo, si ha de ser un mal; ni en quedarse con nosotros si es tan necesario como creo. Prepáralo para resoluciones enérgicas. Si en ti, en Rosita y en mí ve firme resolución, él hará lo que sea bueno, y entonces nos habremos salvado; porque es frecuente, Inda, es muy frecuente que una vacilación empeore una situación mala y desespere una pésima. Yo no quisiera que ustedes vinieran aquí; primero, porque el viaje es costoso y puede ser peligroso para la salud de papá; segundo, porque quisiera recibirlos como no puedo; pero el viaje parece necesario para salir de esta situación que se prolonga demasiado, y es necesario hacerlo. Así, pues, una vez resuelto, hecho; y que no llegue el esperado día 30 para que salgan con otro aplazamiento de esperanza. Si yo no me hubiera resuelto ir a verlos, aun a riesgo de que se hubieran apoderado de mí, estaría loco en Puerto Cabello.

Como ustedes han de venir el día 30 y como el 28 te ganarás los diez mil pesos que corresponden de premio al medio billete que te tengo preparado, no pido más; pero como mandé a Puerto Cabello casi todo el dinero recibido, y he pagado ya este hotel, no me queda casi nada.

¿Misia Inda me quiere mucho? Pues yo no la quiero..., lejos, se entiende.

Con mil besos de tu

Hostos.



Saint Thomas, junio 23 de 1878.

Señora Inda de Hostos.
Mayagüez.

Inda querida de mi alma, verdadera Inda de Eugenio: Lléguente los besos que he dado a tus amadas esquelitas: no hace mucho he vuelto a leerlas; ahora acabo de besarlas; y mientras escribo esta carta, las saborearé. ¡Qué bien saben, esposa mía, tus palabras! ¡Y después de tanto tiempo...! De tanto tiempo, Inda todo y toda mía, que casi había perdido la memoria de tu acento bienhechor. ¡Y hasta de haberme precipitado a todo por acercarme a oír tu voz, hasta de eso se me culpa...! Si tú supieras el daño, el verdadero desastre moral que representa para mí el haberme privado de tus cartas... Pero no hablemos de mal: en día tan feliz, sólo de bien se debe hablar. Y es tanto el bien que tus cortas expresiones de afecto me hicieron, que, por primera vez desde hace mucho tiempo, me sentí ligero al andar, y por primera vez me acosté con sueño y dormí bien. Dormí tan bien, que soñé iba a recibirte y que te veía. No vengas tan seria como te vi en mis sueños, porque voy a traducir tu seriedad como descontento de estar a mi lado.

¿Por qué te quejas, alma mía? ¿Qué «dolores y pesadumbres» son esos que «he sufrido mientras he estado separado de ti?». Papá dice que una de las causas de los achaques a que has estado expuesta se debe a que «se conoce que no puede estar privada de tu compañía». Está bien, pero, ¿por eso has de haber sufrido y has de sufrir mientras estemos separados? Yo soy más conforme que tú: con una sola carta tuya me hubiera dado por contento cada mes, y suponiéndote feliz al lado de papá y Rosita, hubiera sido feliz con tu felicidad y la de ellos. Pero ni aun esa felicidad desinteresada se me consiente, y en cambio del sacrificio que ha sido para mí tu ausencia, se me han causado los dolores acaso más punzantes de mi vida.

Tú vendrás, alma Inda, tú vendrás en ese soñado y espoleado primero de julio, y todos mis males se acabarán, y todas mis heridas serán curadas.

¡Qué pruebas las tuyas chiquilla! ¡Con la carita de niño mimado con que, para probarme lo necesario qué te soy, me dices: «Desde que me separé de ti, no he tenido un día bueno; actualmente estoy mala, o mejor, convaleciente» de calenturas! ¿Por qué no has de darme prueba mejor de tu cariño? ¿Se opone acaso éste a la salud, cuando, al contrario, la favorece? En eso, además, hay una mentirilla de aduladora, porque papá me dice que estabas gruesísima hasta el día (vísperas de mi paso inútil por ahí) en que, después de pasarlo tocando el piano y cantando, y acaso por eso, digo yo, te enronqueciste. Se te inflamaron entonces las amígdalas, y en vez de seguir consejos cariñosos, te pusiste en manos de un médico que, con su torpeza, ayudado de la debilidad de papá y de tus caprichos, han estado a punto de hacer un mal irreparable, y aun te tienen convaleciente.

Dispensa que repita esto por duodécima vez y con la vehemencia cariñosa del principio; pero cada momento que recuerdo eso me irrito contra todo.

Volviendo a tus pruebas, ven bien resuelta a evitarme las de esa clase; te quiero buena y sana. Yo estoy resuelto, Inda, a que no vuelvas a enfermarte, y que sufras lo menos posible durante tu feliz y doloroso estado; estoy resuelto a que veamos realizada nuestra esperanza y desde ahora te prevengo que voy a ser tu único médico. Así, señora mía, deje los disparates, los caprichos, en la playa de Mayagüez. Cuanto más te amo, más decidido estoy a amarte: lo cual quiere decir, que cuanto más te ame, más perfecta en salud y en carácter te querré. ¡Ya no eres niña, Inda!

Que te guarde muchas cosas, ¿eh? Desde que nos separamos estoy haciendo acopio de cositas para ti y sólo ruego a nuestra felicidad que te parezcan tan buenas y tan cariñosas como el alma que ha estado preparándolas.

Mientras tú tomabas imprudentemente un trago amargo, y yo tomaba el acíbar de pasar a tu lado y no verte, parece que han ido a presentarme a tus ojos como perfectamente indiferente. Es un error: estaba tranquilo, porque cierto o exagerado, todo peligro me ha visto tranquilo; pero no estaba para comer frutas, sino para pensar en ti, dirigir la vista por encima de la Iglesia para ver si distinguía nuestra casa, y condenar a los que me quitan hasta el derecho de pisar mi tierra, de ir a mi casa y de abrazar a mi querida mujercita enferma. La única fruta que ahí se me llevó de tierra, fue un melón muy hermoso que Carlos me regaló y que el Capitán, a quien lo regalé, ni siquiera me dio a probar.

¡Bueno!, dispuesto estoy y resignado de antemano a los castigos que me impongas; pero ten cuidado con tus manecitas, porque por defenderme, puedo comérmelas. Como anticipo, cuenta cien besos.

Con alma, vida y corazón,

Tu

Eugenio.



La Vega, República Dominicana [...] ¿1878?

Inda de mi alma:

En este momento de llegar a La Vega, se presenta quien pueda llevarte pronto una carta mía a Santo Domingo.

En ella no puedo por ahora decirte sino que estoy tan bueno como anhelo que tú lo estés, que nuestro querido ser lo esté, que lo estén tus padres, y que pienso dormido y despierto, en campo y poblado, acompañado o solo, en ti, mi alma, mi delicia, mi ensueño continuo y mi continua esperanza. Nota que no digo esperanza única, porque aunque de ti me viene y en ti está la mejor de nuestras esperanzas, es la mejor, pero no la única.

El viaje, deplorable: caminos inaccesibles, fangales inagotables, vados imposibles por imposibles arroyos; y siguiendo en el empleo del adjetivo a que tu dulce boca acude cada vez que la imaginacioncita se te ve apurada, imposibles los cerros, imposibles los montes y bosques y breñas y derriscaderos que hemos tenido que salvar. Por lo que hace al objeto propio de mi viaje, mucha materia para un libro. En cuanto al temor que yo tenía de comprometerme contra mi voluntad y designio en la política, está salvado, porque está bien deslindada mi situación como simple compañero de viaje del Ministro de lo Interior y comisionado extraordinario del supremo gobierno cerca de los gobernadores y pueblos de las provincias del Cibao y de los distritos de Puerto Plata y Monte Cristy.

Si yo he omitido algún cargo, la omisión es involuntaria, y por lo tanto perdonable. Lo que no se me debe perdonar es que, por unos cuantos pesos seguros y algunos dudosos, haya puesto mi paciencia a prueba. Pero es bueno que la pruebe, y en realidad, no tengo que quejarme de nada.

Ahora, próximo a salir el posta que lleva esta carta, no me queda tiempo sino para recomendarte con el mayor encarecimiento, con las instancias más tiernas, que te cuides, que salgas, que no te impacientes, que no te alteres, y sobre todo, que no te entristezcas por nada. Acuérdate de que tenemos que tratar de ser felices en nosotros mismos para dar algún resplandor de felicidad al dulce ser que preparas para la vida.

Postrado ante ti, alma de mi alma, te beso en las manos que conocieron primero mis besos, en la frente y en el alma.

Recuerdos cariñosos a tus padres. Al doctor, que le llevaré dos plantas medicinales; y a Misia Lupita, que le llevo un remedio para pollos enfermos.

Otra vez a tus pies, querida de mi alma. Me embarcaré, si llego a tiempo a Puerto Plata.

Eugenio María.



Santo Domingo, R. D., febrero 16 de 1884.

Querido papá:

Habiéndoseme dicho que mañana 17, puede quizá llegar un vapor de la Línea Herrera, me pongo no a contestar su tremenda carta última, ni a decirle que ya hace cuatro años que le estoy diciendo que en eso vendríamos a parar; sino a comunicarle la esperanza que tengo de mandarle dinero bastante para que se venga de una vez. De los meses que en 1881 dejaron de pagarme, resulta un crédito a mi favor de unos $600: tal vez logre ahora que me los paguen, y se los mandaré, bien por el vapor del 27, bien por alguna goleta que pueda fletarse con parte de ese dinero, porque pienso que mejor sería que vinieran en buque de vela, no sólo por los cuarenta bultos de su equipaje, sino porque entraría en el río Ozama, hasta el muelle, operación que ahorraría riesgos y gastos.

Como que en ese malhadado negocio, nunca se sabe nada, no sé si usted estará en disposición de emprender viaje sin demora: siempre está usted pendiente de alguna esperanza que nunca se realiza, o de una amenaza, que todo lo impide.

Voy a ver al señor Vicini, un comerciante que ha mandado un buque a Ponce, para ver si puedo combinar con él la manera de que haga pasar la goleta a Mayagüez, con objeto de recoger a ustedes abordo y traérmelos más pronto. En ese barco ha ido un notario de aquí, el señor Joaquín María Pérez, amigo mío a quien también voy a escribir. Incluyo la carta, para que usted la utilice, según convenga, ya mandándola, ya reteniéndola.

Mil bendiciones,

Eugenio María.

P. S.- Acabo de saber que el buque en que va el señor Pérez pasa de Ponce a la Capital.



San Carlos, Santo Domingo, agosto 31 de 1887.

Queridísima Inda de mi alma: El 29 fue uno de los pocos días felices de mi vida, porque a las diez de su mañana me llegó tu anhelada carta, que ya he leído cuatro veces y que volveré a leer ahora, al paso que la conteste.

Pero antes de contestarla, déjame recordarte que las viruelas exigen que los niños se vacunen, y que si es verdad, como se dice, que la fiebre amarilla y el cólera están en Cuba, hay que disponerse a volver. Contra viruelas, vacuna. Y contra el cólera, regreso. Si lo del cólera se confirma, yo iré a buscarte.

Voy a mandarte los ciento cincuenta pesos de este mes, que ya me han pagado, en una letra de cambio sobre Nueva York o Londres, pues no hay giros ni billetes ni posibilidad de mandar dinero en plata.

Como tú, quisiera yo que mi palabra fuera intérprete de mi corazón, para decirte cuanto siento y cuanto pienso, y para hablarte de mi cariño, delicia y tormento de mi vida, lleno de recuerdos dulces y de memorias que te hacen cada día más amada y más digna de mi respeto y veneración, no sólo como la madre de mis hijos y la esposa fiel al compañero excéntrico, sino también a la noble mujer, ejemplo de su sexo en la virtud y en el entendimiento, aunque un poco injusta, un poco agria y un poco rencorosa. Pero ya tú sabes, alma mía, que yo no sé decir lo que siento ni hablar lo que pienso. Lo único que puede decirte es que no me acuerdo de nada que pueda entibiar mi idolatría y que tengo anhelos de tenerte a mi lado para ponerme a tus pies e idolatrarte. Con la mitad de mi amor había para hacer feliz a cualquier mujer; y con la mitad de mi idolatría, para tener contenta a cualquier santa menos exigente que Santa Inda.

Mucho te agradezco la tristeza que te ha producido la separación y la cariñosa equidad que demuestras al pensar y declarar que la separación ha sido (y sigue siendo, Inda mía) mucho más penosa para mí, que no tengo cerca de mí a los que me recordarían con su presencia el ser amado que los produjo. Pero de todo mi dolor y sacrificio me doy por compensado al saber que los niños me recuerdan, al verlos mentalmente como tú y papá dicen que están, al verte repuesta, recobrando tus colores y tu confianza en la salud, al ver felices a papá y Rosita, y al verme a mí mismo almacenando afectos para cuando vuelvan.

El restablecimiento portentoso de Adolfito, que me ha colmado de alegría, basta por sí solo para hacerme soportable el sacrificio. Pero es bien doloroso, Inda, y se me hace insoportable cuando veo que piensan en prolongarlo, pues me hablas así: «Si todos los meses mandas para los gastos», etc. Pero, ¿qué meses son ésos, Inda?, ¿hasta cuándo piensan ustedes estar lejos de mí? Por mi parte, si el trabajo a que vuelvo mañana a entregarme refrena mi impaciencia, de ningún modo consiento en que la separación se prolongue más allá de los días peligrosos del mes de octubre. En cuanto a lo que necesites para tus compras, lo tendrás. Y espero que con eso y lo que te guarde, bastará para todo.

Todo lo que has hecho está bien hecho, y te agradezco en el alma que hayas hecho frente a los compromisos en que veo, sin que por laudable reserva me lo digas, que encontraste a papá. ¡Muy bien, alma mía, muy bien! Eso se llama conducirse como digna matrona y digna compañera.

Mil gracias, con mil besos en los ojos.

Eugenio María.



San Carlos, Santo Domingo, R. D., octubre 4, de 1887.

Sra. doña Inda Ayala de Hostos.
Mayagüez.

Inda de mi alma: Como, aunque es la una de la tarde, todavía no ha llegado el vapor y tengo media hora para escribirte un poco más de lo mucho que va dicho en la otra carta ya certificada y mandada al correo, aprovecho el tiempo. Van ciento cincuenta y cinco pesos por conducto del joven señor Carlos Cámara, de ésa, recomendado por mi primo Eugenio Bonilla Cuevas; los lleva con todas las precauciones necesarias a fin de que no los resellen y pierdan el veinte por ciento. Va también la orden para que la casa consignataria del vapor francés entregue los pasajes que necesites.

Va, por último, mi ardiente esperanza de que el tiempo sea tan propicio que nada impida la salida de ahí el día 28 y la llegada aquí el 29.

Mucho me alucina esa esperanza; pero estoy seguro de que mi alegría será mucho más loca viéndolos aquí que pensando en que he de verlos.

Que dejen a tía Carmen Bonilla con el encargo de volver por la casa nuestra mientras dura la ausencia de papá.

¡Ea!, alma mía, la que estás dentro de mí y la que vives en Inda, ¡regocíjate! Ya pronto os reuniréis de nuevo y os confundiréis en una sola.

Mil besos y mil abrazos. Hasta el veintinueve, si el tiempo es bonancible.

Dios os bendiga.

Tu

Eugenio María.



En casa, San Carlos,
sábado 8 de octubre de 1887, 2 p. m.

Alma Inda: Ha sido tan honda la tristeza y es tan angustiosa la pesadumbre que me ha causado la noticia de la recaída de Adolfito que creo que si no me pongo a escribirte, no podría sobrellevarlas.

Es verdad que ahora estoy un poco más tranquilo, porque he vuelto a leer tu carta, y en ella no te muestras alarmada.

Pero aun así, pensando en mi hijito y en la prueba a que con sus nuevos achaques te sujeta y ahora, que estás lejos de mí, por él y por ti y por mí mismo me angustio. Hoy daría cualquier cosa por poder presentarme ahí, acompañarte y traeros. Mas como siempre se me ha acusado de violento en mis afectos, doy por legítimos los temores que tú y papá fundáis en la situación azarosa de mi pobre Isla y me resigno a esperar en la agonía los veintiún mortales días que faltan hasta la llegada del vapor francés y de mi sol, mi luna, mi cielo, mi gloria, mi fuerza y mi vida. Que eso, y más, sois tú y mis hijitos para mí; ellos, a quienes amo como parte de nuestro ser; tú, a quien amo con amor tanto más tierno y más piadoso, cuanto más peso los sacrificios que te cuesto.

A pesar de la creciente necesidad que tengo de veros a mi lado, de ningún modo convengo en que salgáis de ahí si el tiempo no está completamente bueno, como espero y deseo con vehemencia.

Para venirte, ya habrás recibido el dinero que te mandé con Carlos Cámara. En ningún caso tendrás que quedarte por falta de dinero para el pasaje, porque también habrás recibido la orden para que te lo dé ese consignatario de los vapores franceses, y con ella basta para que vengas. No compres ropa para mí sino para ustedes todos. Deja el dinero que sobre a papá.

Como la indisposición de Adolfo está, según tus palabras y las de papá, explicada por la dentición, es probable que, así como se mejoró al llegar ahí, se mejore al llegar aquí. De todos modos, quiero tenerlo a mi lado, y ese deseo aumenta el afán con que espero el día 29. ¡Ojalá que el vapor no se haga esperar, como ahora sucedió, hasta el 30!



Santiago, Chile, 14 enero, 1890. Noche.

Señora doña Inda A. de Hostos.
Chillán.

Inda mía: ¿Cómo estás? ¿Y los niños? ¿Has pasado el día levantada? Espejo dice que no debes tener temor ninguno. Cree que es rubiola, y no alfombrilla, lo que has tenido. En cuanto a la hinchazoncita de las muñecas, lo atribuye a la misma erupción.

De Eugenio Carlos dice que debemos mandarlo a la costa. A Adolfo hay que seguir dándole pepsina.

Como ya he hablado de lo que más quiero, puedo hablar de lo que ustedes más quieren.

Empecé el viaje muy distraído con la lectura de las cartas de Santo Domingo. Todas te distraerán; pero dos te interesarán mucho, y la de Peynado te hará reír y celebrar la victoria de mis hechuras sobre el que llama «eterno enemigo». Leídas las cartas, pasé a los diarios, y después a contemplar campos, sementeras, paisajes y rebaños, acordándome mucho de ti y pensando que, contemplando contigo todo aquello, me hubiera gustado más.

En Talca bajé a buscar a Segundo Gutiérrez Somavía y a Henríquez. A falta del primero, dejé al segundo el encargo de entregarle lo que le mandaba a Eugenio Carlos.

En Cudicó hice que almorzaba. En todo el viaje, que fue muy solitario, sólo crucé palabras con dos desconocidos.

Largo el viaje y caloroso el día, y polvoroso el camino, ya estaba impaciente cuando llegué a Santiago.

No esperaba a nadie, pero estaba Espejo31 que, desde entonces, hasta ahora, nueve y media pasado meridiano, no me ha dejado. Quiso que le acompañara a comer pero yo, cansado, le hice comer conmigo. Fuimos a ver a la familia Robinet, que estuvo cariñosísima, llena de afectuosas preguntas por todos y cada uno de ustedes. Después de comer fuimos a su propia casa. Carmela32 se acababa de recoger, atormentada por un dolor de cabeza, y me mandó excusas muy expresivas y exigió que le mandara a decir cuanto me hubieras dicho para ella. Su madre, afectuosísima, dando por segura nuestra próxima venida.

Mañana iré a almorzar con Carlos Toribio Robinet, su madre y su hermana. Allá irá a buscarme Espejo, con objeto de pasar al Ministerio. Si Errázuriz está, es probable que mañana quede todo arreglado. Seguiré tu consejo, y hablaré con total franqueza: como es improbable que acabe a tiempo para aprovechar tren ninguno, mañana tendré que estarme aquí, y comeré con la familia Espejo.

Como no haya necesidad de estar más, saldré el sábado, pues deseo llevarles algo, y necesito del viernes.

De modo, Inda querida, que el sábado volverá a ti tu esclavo.

Grato es cambiar de cuando en cuando el lugar en que se vive y el horizonte que se ve, pero sin la familia no hay lugar tranquilo ni horizonte risueño.

Estoy atendiendo al que me habla; me acuerdo de ustedes, y, ¡adiós, atención!

Recoge todos los besos que te envío y ponlos en la frente de cada uno de los niños. A ellos y a ti, buena noche, mil caricias y cambio de bendiciones. Mañana escribiré a todos; hasta a Adolfo, para imitar a Eugenio Carlos. Más besos de,

Eugenio María.



Chillán, Chile, marzo 1.º de 1890.

Señor Eugenio C. de Hostos.
Cauquenes.

Mi querido hijito: Por el empleado del señor Fernández, que fue a buscarte a Curanipe, y que me dirigió un telegrama, supe que mañana, domingo, salías con él para Cauquenes. Por eso te escribo a esa ciudad.

Como la epidemia de influenza se extiende por el país, se cierran las clases del Liceo hasta que pase el mal. Por eso tienen algunos días más de vacaciones. Veremos si aquí puedes ir a pasar en el campo esos días, para que el invierno te encuentre tan fuerte que no te haga impresión. Todos estamos con muchos deseos de verte y te esperamos para el día cuatro.

Tus abuelos maternos escribieron y te envían muchas caricias. De papá no he tenido carta en este mes.

Dale en mi nombre muchas gracias al señor González por su telegrama.

No te olvides de escribir al señor Soto Aguilar, dándole las gracias.

Ruega al señor Fernández que me avise cuando vaya a dejarte en Parral, para ir a buscarte. Pero si él viene a traerte hasta Chillán, tendremos mucho gusto en verlo y recibirlo en casa. A él y su familia, muchos recuerdos nuestros.

Tu mamá y los niños te mandan muchas caricias y yo otras muchas y la bendición.

Tu papá,

Eugenio María.



Santiago, abril 21 de 1890.

Srta. Luisa Amelia, y señores Eugenio Carlos, Bayoán y Adolfo de Hostos.

Hijitos míos: Esta noche hay aquí muchas fiestas en memoria de Blanco Encalada, que fue un hombre que sirvió mucho a su patria; pero yo no he ido a las fiestas, porque he querido escribir a mamá y a ustedes, y porque prefiero a todas las fiestas el pensar en ustedes. Mejor me parecería el estar viéndolos jugar y el contarles el cuento de la fiera y de Pepota.

Después que comimos, el señor Villarroel llamó a su hijo Lautaro y le hizo hacer ejercicios y contar en alemán, francés e italiano. Entonces pensé que si ustedes quieren aprender a jugar de un modo agradable y útil, tendremos que aprender a jugar como Lautaro.

Vamos a ver, hijitos míos, si ahora no mortifican a su mamá. Nunca deben los niños ser más juiciosos, respetuosos y obedientes que cuando su papá está lejos y su mamá está sola luchando con tantos picaritos.

Y usted, mi don Eugenio Carlos, corrija y modere a sus hermanitos, pero sin tratarlos con violencia.

Adiós, hijitos míos: quieran mucho a su papá, que los bendice.

Eugenio María.



Santiago, Chile, abril 21 de 1890.

Señora doña Inda Ayala de Hostos.
Chillán.

Inda mía: Después de las diez horas largas de viaje, hecho en compañía del que brinda a la salud de las señoras, y distraído con su charla, la de Donoso y la de uno de los Díaz, de San Fernando, a quienes debí antaño hospitalidad y afecto, llegué aquí a las cinco y media de la tarde. Vine a casa de Arturo Villarroel a buscar mi ropa, y me obligó a quedarme y ocupar el cuarto que desde la otra vez me tenía dispuesto.

Comimos muy frugalmente, nos pusimos a hablar, acabamos de conversar, y he venido a escribirte.

Oigo de lejos las músicas y las detonaciones de los fuegos artificiales con que celebran el centenario de Blanco Encalada, y pienso que mejor es conversar contigo y nuestros hijos.

A fines de esta semana estarán terminadas las reparaciones de la casa. Mañana iré a ver el papel que se ha de poner a las piezas que lo necesiten, y veré cómo y dónde he de comprar el medio amueblado que me encargaste.

Antes de que se me olvide: como parece que José pretende ir a ver a su familia, dile que de ninguna manera lo haga hasta que yo vuelva. Me parece que no es prudente que se vaya a viajar cuando más falta hace.

El jefe de la Estación de Chillán me dijo que si no bastaba con un carro para nuestros muebles, tendríamos dos. Los carros tienen llaves, y éstas deben entregarse al conductor para que a su vez las entregue a Villarroel (Bascuñán Guerrero, n.º 23), que será quien corra con recibirlos. A José, que cuando vaya a colocar los muebles en el carro lleve clavos y martillo y cordeles para asegurar los armarios a la pared del carro.

Sigue esforzándote por alimentarte bien, querida Inda. Tal vez convendría que hicieras algún paseíto para ir habituándote al aire libre.

Como no encontré a Segundo Gutiérrez en la estación de Talca, supongo que aun está aquí. Lo buscaré para decirle que no se moleste en ir a buscar a ustedes, como quería, porque ustedes no desean ir al campo. De todos modos, y por si se ha ido, le escribiré ahora mismo.

Cuídate, mi Inda, y cuida los niños.

Únelos en el abrazo y en la bendición que para todos manda

tu amantísimo

Eugenio María.



Chillán, agosto 11 de 1890.

Sr. Eugenio Carlos de Hostos,
c/o Sr. Segundo Gutiérrez Somavía.
Talca.

Hijito muy querido:

Tu mamá y yo estamos satisfechos de haberte proporcionado la ocasión de ser útil a tu hermanita y de mostrar que la quieres, pero te aseguro que nos ha costado un gran esfuerzo el no tenerlos a los dos a nuestro lado, y que nos costará mucho el no verlos en toda esta semana.

Pero como es para salud de Samela y para que tú aprendas a cuidarla solo, y también para que te distraigas un poco, nos resignamos.

Conque, mi amigo, ¿ya es usted un jinete de primera? Ganas tengo yo de verlo montar y correr.

Eso no es malo, al contrario: corre, pues, a caballo y a pie, y fortalécete un poco. Cuando vuelvas, yo haré que pasees a caballo.

Bayoán y Adolfo me tan hecho recogerte ya dos veces tus libros y papeles.

Tu mamá, ellos y yo te acariciamos. Dios te bendiga, hijo mío.

Eugenio María e Inda.



Chillán, enero 3 de 1891.

Querido hijo de mi alma: Al fin supe de ti, y salí de la inquietud en que estaba. Mucha pena nos ha dado a tu mamá y a mí el ver que te has enfermado casi al alejarte de nosotros, y cuando hicimos el sacrificio de dejarte salir para que te mejoraras. Pero, en fin, eso no ha sido nada. Aunque yo creo que no sea alfombrilla, sino rubiola, eso que has tenido, cuídate del sol y del aire húmedo. No te bañes por ahora. Si te sientes mal, avísame para ir a buscarte. En cuanto acabe mi tarea, pienso llevarte a la cordillera.

Mañana te mandaré dinero para que te compres camisas; pero han de ser de algodón, que son mejores para este clima.

Besos de los niños, y bendiciones de

Inda y Eugenio María.



Santiago de Chile, enero 20 de 1893.

Mi querido hijo Eugenio Carlos: Antenoche recibimos tu primera carta de Cobquecura, y ayer nos llegó el telegrama en que pides licencia para quedarte en esa hospitalaria casa del señor Ezequiel Rojas durante todo el próximo mes. Voy a contestar primero al telegrama, porque es lo más interesante para ti.

Ya que debemos tantas bondades para contigo a la buena familia que te hospeda y creyendo nosotros que, sin solicitud de tus huéspedes, tú no habrías pensado en prolongar el hospedaje, nos parece que estás en el deber de seguir aceptándolo, y nosotros en la obligación de concederte la licencia que nos pides. Pero entendiéndose que no pasarás ni un solo día más, si notas que tu permanencia se hace pesada.

Hay que ver cómo vuelves, porque el viaje en coche espanta de miedo a tu mamá, que ya me dijo no te habría consentido ir a saber que habías de andar en coche por caminos solitarios e inseguros.

Creo, si Cobquecura está cerca de Tomé, que lo mejor sería volver por mar, embarcándose en Tomé para Valparaíso, o ir a Concepción desde Tomé, y tomar el tren.

Si vuelves a Chillán, saluda personalmente en mi nombre a mis amigos, y especialmente al señor Puelma y su hermana Rosita.

Avísame si quieres ir a Concepción para escribir a Guillermo Matta.

Por tu última carta y por una del señor Laureano González a Alvarado, hemos sabido que estás bueno, engordando, divirtiéndote y preparándote para nuevas diversiones. Está muy bien: nada celebramos tanto tu madre y yo como el contemplarte desde lejos contento, satisfecho de ti mismo y de los otros, y entrando en la vida social por la puerta de la confianza y de la benevolencia. Ojalá, hijito querido, que siempre te encuentres tan bien entre los hombres, y que nosotros podamos contribuir a que la vida sea para ti y tus hermanas y hermanos tan dulce como ella debiera ser para todos los seres racionales.

Hemos tenido malita a la guagua33, cuya dentición es tan penosa como la de aquella enfermita que un doctor Yacao intentó curar; pero ya la querida criaturita está buena, y nosotros tranquilos.

No te he telegrafiado, porque tenía que decirte todo esto. Mañana volveré a escribirte, y escribiré al señor Sojas, a quien, como a toda su buena familia, saludarás afectuosamente en nuestro nombre.

Recuerdos al señor Alvarado.

Recibe las bendiciones de tus padres

Inda y Eugenio María.



Santiago, febrero 12 de 1893.

Mi querido hijito Eugenio Carlos: Anoche recibimos tu carta, que costó a tu madre mucho trabajo para leer: tal es la letra. Y como tu letra es de forma precisa, y, por lo tanto, es letra clara, se necesita que escribas muy deprisa. Ahora bien: escribir deprisa a sus padres, como para salir de un aprieto y no para cumplir con un deber, que el afecto y la gratitud hacen grato a un buen hijo; escribir deprisa a sus padres, repito, es una muestra de que se antepone a ellos la conversación o el paseo del momento.

No me parece bien. Yo querría que te divirtieras mucho, pero acordándote mucho de nosotros, y comunicándonos tu contento en cartas claras, escritas con tiempo y gusto, y dando cuenta minuciosa de todo. Esto último podría disculpársete que no lo hicieras porque como dices que escribes el diario, es de esperar que en él vendrá lo que no viene en la carta; pero que éstas sean ilegibles y den indicios de que las escribes por salir del paso, eso no se debe ni se puede disculpar.

Me gusta muchísimo que me hayas dado noticias del aspecto de Linares; pero más me gustará que vayas escribiendo en tu diario lo que has visto y hecho desde que saliste de casa. Esto te servirá para acostumbrarte a recordar lo que veas, sientas y hagas; te enseñará a atender y a observar; a expresar tus pensamientos y afectos; y, lo que para ti debe ser superior a toda otra consideración, servirá el diario para complacer a tu padre y a tu madre, que, quieren que lo escribas, no sólo para que te ejercites en pensar y en expresar, sino para que el diario sirva de lectura, conversación y reflexión cuando vengas y lo traigas.

Luisa Amelia, a quien fui a ver los otros días, a casa de Carlos A. Brull, probablemente no volverá hasta marzo, y entonces irá a San Bernardo, con la familia del general Holley, que la reclama, o a Valparaíso, a casa de Lubina Villanueva. Escribe hoy mismo, mandándole mil expresiones de cariño.

Dalas tú en nombre nuestro a esa buena familia de Rojas, y recibe de todos nosotros los afectos y bendiciones con que te cubrimos.

Eugenio María.



Santiago, febrero 18 de 1893.

Señor don Eugenio C. de Hostos,
c/o don Ezequiel Rojas.
Cobquecura.

Querido hijo mío: Recibimos con alegría y leímos con satisfacción tu última carta, o, dicho con más exactitud, tu última cartita, pues tú no escribes cartas sino cartitas, y bien te llama tu mamá, cuando te apoda don lacónico.

Aunque, bien pensado, no está bien puesto el cariñoso apodo que te da mamá: lacónicos, habitantes de Laconia, en el Peloponeso, peninsulita de Grecia, eran unos hombres con quienes te encontrarás este año en la clase de Historia y de Literatura, y que tenían el hábito de expresarse en los más breves términos. Pero como ellos se expresaban así por hábito adquirido en una educación que comenzaba en la infancia, su breve expresarse correspondía a una gran deferencia y no a indiferencia o a deseos de acabar pronto para irse a travesear. De todos modos a ese breve hablar con las palabras necesarias, y nada más, se ha llamado laconismo. De ahí el otro derivado lacónico, que se aplica a quien, como tú, habla o escribe con suma brevedad.

Eso no es malo: al contrario, siempre que no sea por pereza o indiferencia, es bueno expresar sus ideas en el más corto número de palabras.

Avisa si necesitas dinero, y cuánto, para mandártelo. Ya se va acercando el día de tu regreso, y no quiero que vayas a retrasarte por falta de dinero. En último caso, el señor Alvarado34 tiene orden de darte por mí cuanto tú necesites: él debe haberse ido ya a Linares. Por aquí no lo veo.

Caricias de los niños y bendiciones de tus padres.

Inda y Hostos.



Santiago, Chile, 14 de septiembre de 1894.

Sr. don Eugenio C. de Hostos,
c/o don Laureano González.
Linares.

Querido hijito:

Anoche recibimos tu carta, y es como si hubiéramos recibido una partida de viandas y de víveres, tan llena está ella de almuerzos, comidas, meriendas (once, lunch) y cenas.

Mientras Luisa Amelia leía la carta, todos los oyentes, que éramos tu mamá, Bayoán, Adolfo y yo, te acompañábamos en tus frecuentes colaciones celebrando que el aire del campo y la hospitalidad patriarcal de que gozas, y bendecimos nosotros, te tengan siempre con la boca abierta. Yo no apruebo, sin embargo, que te excedas en la comida, y mucho menos en la bebida de vino, que sabes cuánto detesto.

Ya sé que tú no me has hablado de excesos; pero como son fáciles de cometer, son mucho de temer.

Y en acabándose la comida, ya está acabada la carta, porque tú no hablas de otra cosa.

Aunque no: hablas también del cariño que te muestra esa bondadosa familia, y que nosotros agradecemos demasiado para no instarte de nuevo a que sigas mereciéndolo.

Hablas también en dos palabras del diario que llevas y de los libros que estudias. He celebrado y agradecídote mucho una y otra cosa.

Ya encontré los libros que pedía el señor González. Tradiciones Peruanas será regalo nuestro; Costumbres chilenas, tuyo: por lo tanto, pon en el primer tomo, primera página, una dedicatoria muy cariñosa para el señor y la señora de González, a quienes debes unir en tus expresiones de cariño. Nosotros ponemos la otra dedicatoria.

El señor Alvarado, que lleva esos libros, te los entregará, a fin de que seas tú mismo quien los presente en cuanto hayas dedicado el que te corresponde.

Caricias de todos y bendiciones de

Inda y Eugenio María.

P. S.- Tu mamá, los niños y yo saludamos muy cordialmente a don Laureano y su familia.



Santiago, 22 de septiembre de 1894.

Querido hijito Eugenio Carlos: Antier recibí tu última cartita. Aunque corta, como todas las tuyas, fue por todas oída con alegría, mientras le daba lectura Luisa Amelia, que es la lectora obligada de tus cartas y de las de nuestro buen amigo don Laureano González.

Mucho celebro haber dado motivo a nuestro reciente viejo amigo, con mis inquietudes del domingo pasado, para que te embrome «de lo lindo». Así he conseguido todas estas cosas buenas: que él esté alegre; que tú tengas que aprender a oír bromas; que te acostumbres a recibirlas, no sólo sin enfado (como sueles mostrarlo con tu hermana) sino con agradecimiento, pues claro es que nadie se chancea sino con aquellos a quienes quiere.

Bueno es, además, que pienses un poco en lo mucho que te queremos, cuando no vacilamos en dar ocasión a las chanzas, que, felizmente, siendo de persona tan buena como tu grande amigo no pueden tener mala intención.

Tentado he estado por mandar para allá la cría que se me pide, pues aquí no hay nada tan sobrante como los ladrones de todas cataduras, empaques, categorías y apariencias. De ellos estoy ya tan cansado, que si don Laureano me asegura que no los hay en Linares, me voy para allá.

Recibimos el pavo, el que con razón llamas tú «señor pavo». Ha estado sirviéndole al endiabladito Bayoán para los juegos de él que tú conoces. Con su compañero Adolfo y con la ayuda de Misia Ñaña, que tiene de ayuda lo que de chiquita, hicieron con él lo bastante para que el pobre animal se lamentara de la falta de salteadores en Linares, pues si los hubiera, lo habrían salteado antes de que llegara a manos de estos bandoleritos. Filipo se reía desde su cama, porque ha tenido un catarro que ha servido para que tu madre muestre una vez más lo buena madre que es.

Ella y yo te bendecimos: los niños te acarician y todos saludamos a esa buena familia.

Eugenio María.



Santiago, septiembre 26 de 1894.

Queridísimo hijo Eugenio Carlos: Recibimos tus dos últimas cartitas. Te agradezco especialmente la dirigida a tu mamá, a quien vi muy contenta con ella. Madre y hermana celebraron con tanta y tan cariñosa risa la firma de Solón, etcétera, que yo no pude menos de decirme sotto voce, o «pasito» (como decimos en Puerto Rico): «¡Ah!, si mi señor don Carlos siguiera siempre así las bromas inocentes de su hermana y las dignas de agradecimiento que con él emplea su mamá, otro gallo le cantara, otra sería la influencia que ejercería en el hogar».

Pero, en fin, ya es algo que reconozcas, al repetir las bromas, que nada tienen que sea capaz de justificar tus arrebatos.

Mucho también te he agradecido tu digna conducta con el hijo enfermo de tu bondadoso huésped. Así es, hijo mío, como se paga el afecto; así es como se cumple con el deber de ser útiles a nuestros semejantes. Por nada en el mundo daría la satisfacción que me ha causado el ver tu conducta con ese pobre joven; y no sé de cosa alguna que en mi vida me haya halagado tanto como las palabras afectuosas que me citas de doña Petita, la señora de la casa, y como las que el buen don Laureano emplea para hablar de ti.

Si nosotros pudiéramos ofrecer una hospitalidad ventajosa para la salud de ese joven, se la ofreceríamos de buen grado, ya que tu compañía le es tan útil. Y si fuera necesario para su salud, hasta haríamos el sacrificio de una más larga ausencia tuya.

Bueno es que experimentes lo fácil que con buen carácter es granjearse amigos; pero no todo lo atribuyas a ti; pues mucho, en ofrecimientos como los del caballero maulino, es obra de la sencillez de costumbres y de la fácil vida de los campos.

Antier falleció en la clínica de aquí, a que había venido, el señor Ezequiel Rojas: hoy lo acompañamos a su última morada. No necesito decirte que expreses tu condolencia a su buena familia. En general, no es muy de llorar la muerte de un hombre que ha vivido mucho, porque casi siempre es sufrir mucho el vivir largo; pero la muerte de un hombre que vivía dulcemente en un hogar dócil y benigno es deplorable.

Todas nuestras bendiciones y caricias.

Eugenio María.



Santiago, Chile, febrero 14 de 1895.

Señorita Luisa Amelia de Hostos.

Hijita muy querida:

Esta es la hora en que no hemos recibido carta de ustedes. Aunque don Laureano González me dice que ustedes están buenos y contentos, repitiendo así lo que decía el telegrama, no es fácil resignarse a ver pasar dos días enteros sin conversar con ustedes por medio de sus cartas.

Si no las han escrito por estar ocupados en divertirse, menos mal: hasta sería lo mejor que pudiera suceder para nosotros, que nada deseamos tan ardientemente como la alegría y el contento de ustedes. Anden, salten, corran, vivan en continuo movimiento y alegría: de ese modo, y respirando aire puro en la campiña, volverán ustedes bien preparados para el trabajo de este año.

Esfuérzate por conseguir que Adolfo madrugue cuanto pueda y esté en el mayor movimiento posible.

Había suspendido la carta para dar tiempo a que llegara Ramón, el criado, con Filipo, y para ver si daba resultado un nuevo envío al correo.

Dio resultado, hijita mía, y ya estoy contento, como de aquí a poco lo estará tu mamá; pero no me ha gustado que te eches a llorar cuando te dejamos ir para que te rieras a carcajadas, como conviene a todos, y principalmente a los niños.

Tu mamá te está manejando, como ella sabe, a la amiguita que tienes en el vecindario.

Anoche la llevó con la familia a casa, en donde les dio un té, comme il faut. Con esta amiguita para cuando vuelvas; con las que ahí vas a conquistar por tu bondad, y sobre todo, con tu alegría (porque la alegría es el mejor conquistador de amigos); con eso y con algún viajecito que hagamos, ya tendrás lo bastante para empezar a cambiar de vida; pero te repito que te dejes de llantos y tristezas.

Aquí va todo bien: tu mamá está buena de salud y dé ánimo, y yo también.

Todos te abrazamos y bendecimos.

Eugenio María.



Santiago, 17 de febrero de 1895.

Hijito muy querido Eugenio Carlos: Recibimos y leímos con mucho gusto tu cartita de antier.

Aunque nada nos dices de la vida y distribución del tiempo que tienes ahí en Linares, la indicación de que te duelen los músculos del brazo, al escribirme, me muestra que pasas entretenido todo el día. Muy bien está; sobre todo, si son entretenimientos y ejercicios en el campo, o al menos, al aire libre. Esta clase de ejercicios, así como la equitación, la natación y movimientos de fuerza, son indispensables a tu edad; y a ti, más indispensables que a nadie, porque creces demasiado, y porque has tenido la desgracia de no oírme, como espero que en lo sucesivo me oigas. El simple cambio de aire basta para producir cambios benéficos en el ánimo y en la salud, y espero que nuestra Luisa Amelia haya experimentado ya esos beneficios: así lo espero de Adolfo; pero de ambos, como de ti, deseo saber que se bañan en aire y agua puros, que cabalgan, que saltan, que se ríen a carcajadas, que comen bien, que se acuestan rendidos, que duermen como lirones y que madrugan como gallos. Además, hay que aprovechar para el entendimiento y para la voluntad esos buenos días que dan ustedes a su cuerpo, atendiendo a cuanto ven, observando cuanto les ofrezcan de nuevo, bello y bueno el campo y la ciudad, y llevando su diario, conciso, pero exacto y puntual. Un ratito de lectura bien razonada y bien charlada con toda esa buena familia, vendría muy bien.

Por acá, ligeras molestias de cerebro para mí, y veraneo para Bayoán y Filipo en el Liceo.

De él nos mudamos mañana. Tarde y mal, como se está haciendo todo aquí, ni mejoramos mucho en local, ni podremos empezar trabajo a tiempo, ni ahorrará dinero el Estado.

Abrazos y bendiciones para los tres.

Mamá y Papá.



Santiago, 18 de febrero de 1895.

Señorita Luisa Amelia de Hostos.
Linares.

Hijita mía querida:

La falta de cartas tuyas y de Eugenio Carlos, lejos de inquietarnos, nos tiene alegres, porque tu madre y yo traducimos el silencio por falta de tiempo y la falta de tiempo por contento y alegría y distracción.

¡Mil veces bien!, querida hijita: distráete y divierte, que tiempo te sobrará para echar de menos la expansión de la vida en esas buenas ciudades de provincia, y en estos risueños campos de Chile.

Antes de que se me olvide: di a Eugenio Carlos que el señor Alvarado le llevará el sombrero, porque Inda no ha querido que se le envíe por tren como él pidió, temiendo con razón que se lo magullaran y aplastaran.

Aunque te repito que no me disgusta el silencio de ustedes, pues que lo motiva la alegría, te aseguro que tampoco nos disgustaría de cuando en cuando una cartita, así no fuera más que como la de Adolfo.

Entre hoy y mañana se nos acaba a Filipo y a mí el veraneo en el jardín del Liceo, porque ya se está mudando para la casa que ha de ocupar, y me parece que no vamos a poder ir allá tan independientemente como veníamos acá.

Saluda con muchos afectos nuestros a toda esa buena familia, y tú reúnete a Eugenio Carlos y Adolfo para recibir la cariñosa bendición de

Mamá y Papá.



Santiago, marzo 9 de 1895.

Luisa Amelia, hijita querida:

Gracias por tu cartita y por las calorosas expresiones con que nos agradeces el telegrama de felicitación. Bien haces en agradecer, hija mía; pero esfuérzate para tu bien en no exagerar nada ni exaltar tu imaginación y tu sensibilidad por nada. Queriéndote y manifestándotelo, nada de extraordinario hacemos; por tanto, no es bueno que expreses un agradecimiento extraordinario. Hartas exageraciones en tu corta vida para que no sepas cuán peligrosas y perjudiciales son. En este mismo desastroso viaje a Chile, que es resultado de mi exagerada estimación por el país, ten una prueba de los males que causamos, y a que nos exponemos, dejándonos arrastrar de exageraciones.

Mucho me ha complacido el saber que Misia Petita recibió con gusto las noticias de Víctor qué para ella te daba. Dale ahora otra mejor: según el doctor Araya (que se dedica a la electropatía, o curación por medio de la electricidad), Víctor puede sanar completamente. Esa, sin ser médico, era mi opinión desde que conocí a ese interesante joven, a quien habría tomado por mi cuenta, si yo no viviera, en casa y fuera de ella, rodeado de niños, que son malos auxiliares en la curación de las neurosis todas.

De lo que te digo acerca de Víctor, tuve noticia por una de las hijas de Misia Eloísa, por quien, en nuestro nombre y en el de Eugenio Carlos, mandé ayer a saber, y por quien me acerqué a saber al pasar con Pipo (no Jerjes), camino del Liceo.

A propósito de la infección de la casa (pues sólo Víctor está bueno en ella) me dijo esa señorita que temblaba con la anunciada llegada de Emilio; y a propósito de este temor me acordé del regreso de ustedes, y casi me decidí a aplazarlo hasta algunos días más, cuando Santiago esté menos saturado de influenza. De todos modos, cuando vengan, que no sea el lunes, pues Inda piensa que ese es día de descarrilamientos, como es día de borracheras. Ténganlo presente.

Mucho celebramos que emplees bien tu tiempo, y que de su fruto participe una de las señoritas a quienes tan grata compañía debes.

Aunque ahora parece obligatorio nuestro viaje, mientras lo hacemos, te he mandado inscribir en el Liceo de Niñas.

Afectos a todos, con bendiciones para ustedes.

Mamá y Papá.



Santiago, 9 de marzo de 1895.

Querido hijo Eugenio Carlos:

Recibimos ayer tu carta y la de Luisa Amelia. Ya Adolfo no nos escribe, sin duda porque en su última larga y elocuente misiva me pedía sellos para Consuelo González, y aun no se los he mandado. Dile que los mandaré en cuanto tenga tiempo para recoger las cartas en casa y en el Liceo. Ahora, con la mudanza de éste, la matrícula de alumnos y las obras de la casa que ocupará el Liceo, y también, con la especie de desvanecimiento que me ha producido el estallido en Cuba, que esperaba, pero no tan pronto; con todas esas causas de ocupación y preocupación me ha faltado tiempo para rebuscar papeles viejos.

Mucho celebramos tu mamá y yo que te ocupen las noticias de Cuba. Si para todos los americanos es un deber el interesarse por el bien de los dos únicos pueblos de origen español que aun luchan con el mal gobierno de España en las Antillas, para los hijos de éstas, y especialmente para los hijos de aquellos que tanto hemos sacrificado a la independencia de aquellos pueblos, el deber es una obligación; pero entiende que es obligación que ha de cumplirse sin exaltación. Siendo una buena escuela el campo de batalla, y una excelente educación de la voluntad el propugnar por una causa tan alta y tan noble como la fundación de dos nuevos pueblos para el mejor servicio de la civilización humana, tu madre imitaría a su tía, y yo me iría contigo. Lo que antes hice con conciencia, hoy lo repetiría con conciencia y media.

Allá veremos cómo van las cosas y cómo puedo yo utilizarlas en favor de mis propósitos. En medio de la tristeza iracunda en que vivo, este nuevo despertar de Cuba ha sido una alegría, que crece y crece a medida que las noticias van mostrándome cuán viento en popa va mi sueño dorado.

En cuanto a lo de Argentina y Chile, no es más que una insania.

Antes de proseguir: es adjunto un boleto de paquete de libros remitidos en tren de esta mañana. Van los que te mencioné, y Derecho Constitucional y Moral Social, que tu mamá quiso que pusiera junto con todo lo otro de que he sido malaventurado autor. Pero como la Peregrinación y otros libracos míos están purgando el olvido de todos, incluso el mío, no me ha parecido que valen la pena de buscarlos. Estos van, porque estaban a mi alcance.

Pero, hijo, ¿qué has hecho tú para que ese buen don Laureano te quiera tanto? Lo que hacías hasta dos años ha, en que yo no sabía cómo ponderarte ni cómo agradecerte tu servicialidad, ¿no es cierto? Pues bueno, hijo querido: pues que ves lo fácil que es hacerte querer con sólo mostrarte tal cual eres, domina y maneja tu voluntad para ser con todos, especialmente con tu mamá y con tus hermanos lo que eres con don Laureano.

Cuba te bendiga.

Mamá y papá.



Santiago, marzo 20 de 1895.

Señorita Luisa Amelia de Hostos.
Linares.

Querida hija mía: «En Caracas, camino de Cuba libre», como dices con graciosa oportunidad, tendrás mejor letra, si te empeñas en mejorarla; si no, no. Pero, de todos modos, es de agradecerte el propósito, y será de celebrarse el que lo cumplas, porque, ¡qué mala letrecita va teniendo la andarieguita que se ve ya en Caracas, camino de Cuba libre...!

Si tu mamá vuelve a escribir a Caracas, lo mejor, y se lo diré, será que envíe tu carta. Así verán allí tus buenos deseos y sentimientos.

Mucho sentimos que don Laureano esté aún achacoso.

Misia Petita no tiene nada que agradecernos, pues ningún esfuerzo de voluntad ni de corazón nos cuesta el interesarnos por Víctor y el interpretar los sentimientos de una madre. Dile que la última noticia que hoy tengo y me ha mandado dar Misia Eloísa, es que él sigue bien. Deseo y espero darle pronto, por conducto tuyo, noticias completas.

Estás como tu señora madre, que ya no piensa más que en ir a reunirse con su madre y hermana en la amable ciudad en donde tantas amigas tiene y tanto supieron apreciar y estimar sus cualidades. Pero, hijita, si ustedes se van, ¿cómo voy yo a pasar solo estos meses de ausencia? Y si, desprendiéndome de mi egoísmo, cosa no difícil para mí, me resigno a que pasen el invierno en aquel clima sin igual, ¿cómo, señorita, cómo se hace el viaje? Pero, en fin, pensándolo como estoy, y si sale, irá usted a descansar del pícaro frío que en el invierno me la acoquina. A fe que tengo con quien quedarme, porque Marlina dice que no quielle irse: «Quiello quedarme con papá». Ya ves que no todos son hijos ingratos.

Mas aunque fuera ingratitud lo que sólo es un generoso sentimiento tuyo, te aseguro, hija mía, que haría con gusto el sacrificio, con tal de veros a tu madre y a ti, en mejor clima y en más grato medio.

¡Paz a los restos del pobre viejo que se iba a casar por cuarta vez!

Al señor don Adolfo, que ya no escribe sino a mamacita, dile que, en cuanto venga, acabaremos de formar la colección de sellos que él desea obsequiar a la señorita Consuelo.

A él y a ti, hija querida, bendiciones en caricias. A toda esa buena familia, afectos y agradecimientos.

Hasta luego,

Eugenio María.



Santiago, marzo 20 de 1895.

Querido hijo mío Eugenio Carlos: Contesto tu carta de antier, llegada anoche.

Todo en ella es placentero, menos la confusión de la letra. Si no la mejoras, aclarándola, por seguir el buen consejo que repetidamente te he dado, aclárala y mejórala para no fatigar la vista de tu madre, que ya sabes es quien lee de noche las cartas, y que no puede reprimir una expresión de disgusto cada vez que lee una carta así.

La letra buena no ha de tener adornos ni más rasgados que los indispensables, y ha de manifestar a quien la lee que la persona que escribe es sujeto recto, firme, sencillo y considerado. Ninguna de esas cualidades manifiesta mi letra ni la de la generalidad de las gentes, ¿verdad? Pues por lo mismo deben los niños, los adolescentes y los jóvenes esforzarse por conseguir que su letra despierte la idea de esas buenas cualidades. ¿No has oído decir que, «tanto cuesta hablar bien como hablar mal»? Pues oye ahora que «más cuesta escribir mal que escribir bien». En ambos casos, todo se hace con un poco de voluntad bien acostumbrada, o lo que es lo mismo, acostumbrando bien la voluntad.

Ese acostumbrar bien la voluntad es un ejercicio que debes hacer tú de continuo, tanto en el hablar y el escribir, como en el pensar, en el estudiar y en el proceder. Sin voluntad bien acostumbrada no hacemos, hijo mío, más que mal vivir a merced de los hechos y de los hombres. Y para vivir así en la sociedad, mejor es la soledad.

En todo lo demás, tu carta es grata. Gusta verte inclinado a nobles ideas, cuando muestras contento por los sucesos que aseguran la independencia de Cuba; y gusta verte inclinado a buenos sentimientos, cuando crees que no es delicado dejar en estado de quebranto al huésped bondadoso.

Está bien, hijo mío, sigue así y que Dios te bendiga.

Mamá y papá.



Santiago, 23 de marzo de 1895.

Hijo querido Eugenio Carlos: Anoche recibimos y leyó tu madre tus letras y las de tu hermana.

Oí leer con gusto tu carta, especialmente la noticia de que habías efectuado tu proyectada excursión a Yerbas Buenas, y la de que habías recogido datos útiles para el estudio. En cuanto a tu propósito de publicar tu trabajo, no malo si la Revista de los Liceanos es lo que yo quiero; pero no bueno, si va a satisfacer vanidades infantiles.

Por otra parte, hijo querido, ¡líbrete de toda publicidad tu suerte! El ignorado es el único hombre que vive bien o puede vivir bien en nuestro tiempo y sociedad. Por eso, lejos de sentirlo, veo con gusto que tienes más inclinación a las profesiones no literarias. Así debe ser para bien individual y para bien social. Nuestras sociedades no necesitan de sabios, ni de literatos, ni de escritores, sino de agricultores, de comerciantes, de arquitectos, de ingenieros, de mecánicos, de maquinistas.

Como no saben de otra cosa, no dan ni gloria ni nombradla ni fama. Y si la dan, ¡mal haya ella...!

Te repito lo que digo a Luisa Amelia. Con tal que no salgan el lunes, para no inquietar a mamá, vengan a principio o fin de semana.

Cariños y bendiciones.

Eugenio María.



Cavimbao, febrero 2 de 1896.

Hijito queridísimo Eugenio Carlos: Si en tu carta cupimos todos, bien puede que todos quepamos en la nuestra. Para saber si cabemos, todos te escribimos.

Hasta antier, día en que volvió de Melipilla el señor Brull, no llegó a nuestras manos tu cartita, y hasta hoy, día en que podemos contar con que la carta no se detendrá en el camino, nos ha sido imposible contestarte.

Mucho hemos agradecido a Misia Eloísa y su familia las atenciones que contigo tuvieron y mucho a don Laureano González y los suyos el recibimiento cariñoso con que ya contábamos.

Supongo que no habrás olvidado los libros y que estarás disponiéndote para volver a ellos.

Aunque yo quisiera que la familia y tú pasaran todo febrero distrayéndose, me parece que habremos de volver mucho antes, si se cumple con el propósito de aprovechar el resto del mes.

Tu mamá y nosotros todos estamos muy bien. Probablemente nos marcharemos para Santiago de aquí a ocho o diez días. Tan pronto como lleguemos allí te llamaremos. Trataré de prolongar cuanto pueda tus vacaciones; pero no serán tan largas como los deseos de bien que para ti tiene tu padre.

Dios te bendiga.

Eugenio María.



Santiago, febrero 15 de 1896.

Sr. Eugenio C. de Hostos.
Linares.

Querido hijo mío:

Tu carta de ayer me llegó en la mañana de hoy cuando ya iba yo a mandar el telegrama en que te llamaba para que, desde el lunes por la mañana, empezaras con tus co-graduandos tu reposo.

En vista de tu salida para el fundo y de tu propósito de regresar no antes del lunes retuve el telegrama, y decidí escribirte, que es indispensable tu venida en el primer tren del martes. Ya ayer se me presentaron Víctor Acevedo Lecaros y Arturo E. Ducoing, tus condiscípulos, y les dije que comenzarán desde el lunes.

De veras siento interrumpir tus honestas distracciones, principalmente ahora, que, yendo a campos dignos de estudios, puedes unir lo dulce a lo útil, el recreo al estudio, pero ya no es tiempo para otra cosa que prepararse a salir como conviene a ustedes, al Liceo, al nuevo régimen, y al país. Te esperamos a las tres del martes próximo.

Muy de veras siento la indisposición de don Laureano González, cuya salud, preciosa para su familia y para los que de veras lo estimamos, debe hoy ser preciosísima para el candidato a la presidencia de la República en cuyo favor esté él.

Dale mil recuerdos míos particulares.

A punto estuvimos de ir a buscarte. Al regresar de Cavimbao pensé en seguir viaje hasta Linares; desgraciadamente, llegamos cuando ya había salido el tren del Sud; pero lo que fue una desgracia para nosotros, fue una felicidad para la familia de don Laureano, que así se ha salvado de tal invasión.

A Bayoán y a Adolfo, por ruegos de Carlos A. Brull los dejé con él en Cavimbao (Melipilla). Afectos de todos para todos, y te bendecimos a ti,

Eugenio María.



Santiago, Chile, marzo 17 de 1897.

Sr. don Eugenio Carlos de Hostos y Ayala,
Cadete de la Escuela Militar.

Querido hijo: Me he propuesto escribirte todos los miércoles; y para no faltar a mi propósito, empiezo hoy, aunque sin tiempo ni solaz ni ánimo bueno.

Como te echamos tan de menos, es natural que nosotros, principalmente tu madre y yo, deseemos tenerte cerca; y ya que no puede ser en persona, que lo sea en idea.

Además, importa que no tengas motivos para sentirte más lejos de mí de lo que efectivamente estás, ni más abandonado de mis amonestaciones y consejos de lo que exige la distancia material que nos separa.

Voy a escribirte semanalmente, tratando de que mis cartas te sean útiles, y te acompañen como un amigo verdadero, no para estorbarte el paso, sino para señalarte el mejor camino.

Como te despediste de mí «para presentarte», y no para «recogerte», cuando Adolfito vino al Liceo a decirme que te habías ido, no pude contener esta exclamación: «¡Cómo! ¡Y mi hijo se ha ido sin que yo le dé un abrazo...!».

Me esperanzaron con la posibilidad de que volvieras por la noche; y, pasada la noche, con la probabilidad de que fueras a casa a pasar el domingo; pero, ¡nada!

Gustavo Adolfo Holley, con quien me hallé en la Quinta Normal de Agricultura en la mañana del domingo, me puso de muy buen humor, porque me dijo que, al ir a dejar a su hermano Eduardo, te había visto muy contento y muy rodeado de amigos.

Así te quiero, mi hijito; contento, y rodeado de amigos. El contento es la respiración de nuestra vida moral, y los amigos son los compañeros de camino en el viaje que hacemos por el mundo.

Así te quiero, mi hijito, así; contento y con amigos.

Consérvalos, y no te olvides de papá, ni mucho menos de mamá.

Ella, tu cariñosa hermana, los diablejos de tus hermanos y yo te saludamos.

Eugenio María.

P. S.- Envío la carta con Gregorio, a fin de que puedas pedir lo que necesites; dile a qué zapatería mandaste a hacer tus botines. Lo que no te mande hoy tu mamá, lo tendrás para el sábado.

OTRA.- Van prendidas las hojas de papel, para que vayas formando legajo con mis cartas.



Hoy, miércoles 24 de marzo de 1897.

Hijo querido Eugenio Carlos: Te van saludos y cariños de todos nosotros.

En estos días hemos sabido de ti, por conducto de tus compañeros los cadetes Eduardo Holley y Absalón González, y de ti mismo: tú, en tu única cartita y ellos dos de palabra, nos han hecho saber que estás bueno, contento, animado y buen dispuesto.

Es necesario que dediques una parte de tu voluntad a conseguir que siempre el estado de tu ánimo sea así. El contento con su suerte y la alegría del ánimo, además de ser necesarias para la vida, sirven para demostrar que sabemos hacer buen uso de nuestra vida. Especialmente en la edad en que estás, hay que estar contento y vivir alegre: tiempo viene después en que el exceso de trabajo y la falta de recursos; el exceso de buenos propósitos y la falta de justicia nos hacen taciturnos y tristes, aunque por naturaleza y por reflexión seamos sanos de corazón y de conciencia. Digo «sano de corazón y de conciencia», porque, en el fondo, el contento y la alegría son el resultado natural de la salud. Cuando sanos de cuerpo y alma, vivimos alegres, porque estamos contentos de la vida.

Tú, que no tienes motivos para estar descontento de ella, procede de tal modo, cada día, que no tengas ningún motivo para estar descontento de ti mismo. Eso, a tu edad, es fácil, porque los deberes son pocos y sencillos: con tratar de ser el más estimado de sus profesores, y el más querido de sus condiscípulos, ya basta para vivir contento de los otros y de sí mismo.

Pero, mira, si no cuidas escrupulosamente de tu cuerpo, sujetándolo a una higiene metódica, y dominándolo en absoluto, tendrás días de descontento y hasta de disgusto de ti mismo: si quieres ser hombre entero y verdadero, tienes que dominar tu cuerpo, tanto como tu alma, y ser tan saludable por fuera como por dentro.

Con esa felicidad de la primera edad está muy relacionado el buen humor; y con éste, el carácter. El mal humor, la impaciencia, la propensión a la cólera, la ira, la soberbia son defectos y vicios que pierden a los que los hemos contraído. En mi edad, todo eso da pena; pero en la tuya da horror. Eso quiere decir que el mal genio, que es base de debilidad de carácter en los viejos, y de injusticia y violencia en los jóvenes, hace temer sin respetar a éstos, y compadecer sin amar a los primeros.

La formación del carácter, a fin de que él nos ayude a realizar grandes cosas, y no nos estorbe en el camino de los buenos propósitos, es una ocupación que debemos tener desde el momento en que descubrimos que nuestra vida puede servir de algo a los hombres.

Pues bien: el que quiera formarse un carácter que lo ayude a ser útil, bueno, grande y poderoso, tiene que poner toda su voluntad, y todos los días en dominar los defectos, pasiones y vicios de cuerpo y alma que nos hacen desagradables a los otros y a nosotros mismos.

Piensa en esto, y decídete a no consentir que el mal carácter te impida ser lo que, para tu bien, quiere que seas tu padre,

Eugenio María.



Santiago, miércoles, 31 de marzo de 1897.

Hijo querido Eugenio Carlos: Por falta de tiempo, y para sólo no faltar al compromiso contraído contigo y conmigo mismo, te van pocas palabras.

Se referirán a dos cosas; una buena, y otra mala.

La buena es muy buena. Me dijiste que tratabas de tener siempre adelantada una lección en cada una de tus clases. Eso es excelente, así para el entendimiento como para la voluntad. Para el entendimiento, porque le procura el placer de mantenerlo atento, activo y diligente; para la voluntad, porque la adiestra en el perseverar, que es la mejor destreza que ella puede adquirir, y sin la cual no hay hombre notable en la historia de los hombres.

La cosa mala a que debo referirme es la falta de disciplina que comete el cadete que deja el uniforme por el traje de paisano.

En esa falta de disciplina hay muchas faltas: al deber de cumplir sus compromisos, porque se falta al que se contrae de andar como está ordenado; falta de firmeza de voluntad y de carácter.

En suma, es una falta que se debe corregir a toda costa, así por sumisión concienzuda a la disciplina militar, como porque debemos disciplinar nuestra voluntad y formarnos desde niños un carácter metódico, ordenado, regulado por convicciones y deberes.

Todos te abrazamos, empezando por

Eugenio María.



Santiago, Chile, abril 7 de 1897.

Señor don Eugenio de Hostos.
Mayagüez, Puerto Rico.

Mi muy querido papá:

Un poco me ha tranquilizado la carta que mi hermana Rosita me ha escrito últimamente por encargo de usted, y que he recibido en estos días; pero el hecho de no escribirme, usted, y la noticia que Rosita me da del malestar de usted, me desasosiegan en extremo. Para un hombre tan mortificado como yo, le aseguro, papá, que es el colmo de la crueldad el tenerlo, como las circunstancias me tienen, con el corazón dividido en tantas partes, una aquí, otra ahí, otra en las vicisitudes de la patria...

Aun así podría ser llevadero este destierro tan largo, tan duro y tan penoso, si se hubiera realizado lo que yo esperaba al venir aquí; esto es, que mi ayuda para la vida de ustedes fuese aun más continua que lo era en Santo Domingo. Lejos de eso, y merced a la desgraciada situación económica en que encontré al país, y en que él sigue, he gastado muchísimo para no poder nunca ayudarlo a tiempo. Cada un peso que he puesto ahí me ha costado siempre tres, cuando no me ha costado cuatro, a excepción de los primeros mil pesos, que me costaron a 29%. Ahora, cuando esperaba que el arreglo hecho con mi esposa para que me ceda los alquileres de su casa en San Carlos, R. D., daría por resultado el que llegaran a usted de un modo regular esas parcas, pero seguras mesadas, resulta que no estuvieron prontas hasta el doce de enero, fecha en la cual se le hizo la primera remesa en una nueva forma. Al menos, ya puedo descansar por ese lado.

Pensaba escribirle mucho más; pero falta tiempo. Ruego a Dios que me lo conserve con vida un poco más dulce y amable, como siempre deseo.

Su amantísimo

Eugenio María.



Santiago, miércoles, 7 de abril de 1897.

Eugenio Carlos, hijo querido:

Tampoco hoy tengo tiempo: aprovecharé el poco de que dispongo en contarte un cuento.

Un niño de quien su padre no se cansaba de hacer elogios, por lo obediente, por lo respetuoso, por lo diligente, por lo servicial y por lo contento que vivía, empezó a juntarse con otros niños menos bien inclinados que él, o menos atentamente dirigidos por sus padres. Un día lo inducían a beber; unas veces le enseñaban a reírse de las virtudes modestas y humildes; otras veces lo inducían a juzgar audazmente de hombres y cosas. A consecuencia de ser su padre un hombre público a quienes los otros no perdonan ciertos méritos, tuvo el niño la pena de tener que formar juicio de su padre.

Gracias a que el niño era de lo efectivamente bueno que, de cuando en cuando, se produce entre los hombres; gracias a eso no se convirtió en uno de tantos adolescentes como andan por ahí. Pero el genio se maleó: de bueno que era se hizo malo; y como las injusticias y las torpezas agrian el carácter de los hombres más benévolos, y el niño ya hombrecito veía eso en su padre, fue él también empeorando de genio, como si de ese modo creyera conseguir que le respetaran. Como lo que con eso se consigue es que los próximos nos teman y los lejanos tengan mala idea de nuestra fuerza moral, es claro que el hombrecito se hizo temible para los que lo querían, sin hacerse por eso más considerado de los indiferentes.

En tal coyuntura, el padre vio que el único modo de hacer que su hijo fuera lo que debe ser un joven que tiene por delante un porvenir brillante y grandes deberes que cumplir, era obligarlo a llevar una vida activa para el cuerpo, ocupada para la imaginación, circunspecta para la conducta. Así, doblegando el cuerpo, no sería su esclavo; ocupada la imaginación, desarrollaría mejores fuerzas del entendimiento; teniendo que mirar a su derredor para no excitar pasiones, se vería obligado a moderar su mal genio.

Ya el padre se iba acostumbrando a la idea de que su hijo iba caminando hacia la noble meta a que no se llega sin dominio sobre sí mismo o sobre los otros, cuando una noche lo vio fruncir el ceño, mascullar malas palabras y roer malos sentimientos, todo porque su buena madre, para salvarlo de mayor mal, le había ocasionado con un remedio casero una ligera molestia en el cuello.

Quien se deja vencer por una molestia física está todavía muy atrasado en el camino de la dominación de los otros y de sí mismo, que es el camino que debe seguir quien tiene buenos propósitos para su vida y grandes deseos de hacer bien a su patria. Hasta el domingo.

Eugenio María.



Santiago, Chile, abril 19 de 1897.

Señor don Eugenio de Hostos.
Mayagüez, Puerto Rico.

Queridísimo papá:

Le escribo para incluirle la adjunta cartita de Eugenio Carlos.

Viendo yo el irregular crecimiento de ese niño, que, a los diez y siete años tiene más estatura que la generalidad de los hombres altos, sin que el desarrollo corresponda a la estatura, decidí ponerlo en la Escuela Militar de Chile, institución muy buena. En ella acabará de desarrollarse, fortalecerá sus conocimientos, se ejercitará en ejercicios físicos, militares y de voluntad; adquirirá conocimientos necesarios para la vida activa y útil para el mundo y para su patria, vida a que él mismo con, nuestra anuencia, se destina. Además, seguirá sus estudios de Derecho.

Sobre todo, se hará un hombre bueno, para lo que tiene altas y nobles prendas.

Estamos, como siempre, con el pie en el estribo: en este verano pasado (empieza en diciembre, y acaba en marzo) hice cuanto pude para irnos, pero todavía no ha sido posible encontrar el modo apropiado para satisfacer esos deseos.

Todos le pedimos la bendición, y abrazamos a Rosita. Bendígame usted a su vez, querido papá.

Su amantísimo,

Eugenio María.



Santiago, hoy, 27 de abril de 1897.

Eugenio Carlos hijo querido: Aprovecho pocos momentos de descanso para cumplir con el deber que me he impuesto de conversar contigo desde lejos un momento, cada miércoles.

Te hablaré precisamente del malestar de ánimo que, a los habituados a cumplir con su palabra, o compromisos, o promesas, les produce la falta de cumplimiento de un deber contraído consigo mismos, aunque la falta haya sido involuntaria.

Ya ves: nadie me obliga a que yo te escriba en día fijo; y cuando una sola vez he dejado de hacerlo, no lo he hecho por, sino contra, mi voluntad. Pues sin embargo, me he sentido mal de ánimo, como cuando faltamos a un deber, desatendemos a una obligación o cometemos una falta.

¿Por qué es eso? Porque el hábito de hacer lo que se debe fortifica nuestra conciencia, y la fortaleza de conciencia nos hace delicadamente sensibles a nuestras propias faltas. De aquí que, para no sentirlas, traten de no cometerlas; y para no cometerlas, traten de ser cuanto mejores sea posible.

Bueno es que veas, por experiencia y por razonamiento, que el cumplir con nuestros propósitos y deberes nos hace fuertes, como vas a serlo tú, de cuerpo y alma, si aprovechas ahí tus ejercicios, y aquí las instrucciones de tu padre.

Eugenio María.



Santiago, hoy, 16 de junio de 1897.

Eugenio Carlos hijo querido: Todo va bien, según veo, menos el genio. El imperio en los ademanes, en la voz, en el mandato, ni aun en la milicia son buenos; exigir imperativamente la obediencia, hasta para las cosas más nimias, es un mal proceder.

Al contrario de esa conducta, lo que está llamado a hacerte grato a todos, en la casa y en la escuela, en la sociedad y en la milicia, es el dominio de ti mismo. Precisamente por haber visto con tus propios ojos el penoso espectáculo de los arrebatos de cólera y de los abandonos a la ira, debes esforzarte por salvarte de ellos. Ya viste: un día entero dedicado a reprender sin descanso, a exigir sin derecho, a hacerse obedecer sin necesidad, tuvo por coronación una de las noches más tristes que ha tenido el pobre padre que más ha trabajado por educar bien a sus hijos.

Hacerse querer es lo que importa: el respeto, por sí solo, no es duradero: el menor defecto lo hace perder.

El cariño no se pierde, ni aún a fuerza de defectos. Lo que hay que desear no es que nos teman grandes ni pequeños y que los niños tiemblen a nuestra presencia y deseen no vernos, sino lo contrario.

Como mañana has de venir, ven dispuesto a hacer que todos recordemos con alegría y satisfacción tu estancia entre nosotros.

Cuando se tienen muchas buenas cualidades no se tiene el derecho de abandonarse a una que es mala para todos, así los demás como nosotros mismos.

Hasta mañana, querido hijo.

Tu

Eugenio María.



Hoy, 14 de julio de 1897.

Inda querida: Mil gracias y mil besos de gratitud por tu conducta con Adolfito. Ya ves lo que es la voz de las madres. Estoy seguro de que, si sigues empleándola, florecerán en nuestros chiquitines las virtudes que deseamos inculcarles.

A ese fin, aprovechemos la ocasión. Haz que Luisa Amelia se encargue de empezar hoy mismo la enseñanza de Mariíta; haz que preparen el cuarto de estudio de Adolfo, para que él y Bayoán pasen el tiempo allí; dispón premios semanales para buena conducta en casa y fuera; en suma, toma formal y efectiva posesión de tu poder doméstico, y recuerda que ni aun el poder de las madres sirve de mucho, cuando la autoridad del padre no es incontestable.

Te repite los besos,

Eugenio María.



Santiago, Chile, julio 26 de 1897.

Señorita Rosa de Hostos.
Mayagüez, Puerto Rico.

Queridísima hermana mía: Hoy más que nunca tuyo, no temas que olvide mis deberes para contigo, tanto más sagrados, cuanto que siguen siendo deberes para con nuestro buen padre, que tanta abnegación te vio desplegar por él.

A fin de asegurar tu situación, en lo poco que de mi posibilidad depende, veré de conservar al arbitrio de que últimamente podía valerme para mandar algo al pobre papá, haciéndole remitir desde Santo Domingo los alquileres de la casa de Inda en San Carlos. Si no, mandaré letra de cambio.

La noticia de esta nueva desgracia me ha producido menos conmoción de la que producen las noticias de males no previstos, porque hacía años que estaba previendo la ida del bueno, del querido y desventurado papá. Fue siempre tan desgraciado, y el espectáculo de sus penalidades (que nunca dejé de tener ante la vista de mi alma compungida) me apesadumbraba tan indeciblemente, que sería una expresión de egoísmo el desesperarme por una de las pocas benignidades que la muerte puede tener: noventa y uno o más años de continuo luchar, y los treinta últimos de la vida consagrados a una agonía del alma que acaso no bastaba a dulcificar tu ejemplar abnegación, y que apenas lograba calmar yo con mis esfuerzos, no son vida y espectáculo que el hombre de conciencia pueda preferir a una muerte reparadora.

Por eso comprendo que, como me escribe tío Pancho Bonilla, estés resignada. A lo que no podíamos ni debíamos resignarnos los que conocíamos los derechos de aquel noble varón al respeto de los hombres y a las contemplaciones de la suerte, era a que ni la suerte ni los hombres lo contemplaran.

Ahora, Rosita, para acabar de ser dignos de él, sigamos amándonos como él quería que se amaran sus hijos.

Tu hermano,

Eugenio María.



Santiago, agosto 3 de 1897.

Queridísima Rosita: En próximo correo te escribiré extensamente, y te diré lo que Inda y yo pensamos que conviene hacer para impedir que quedes sola.

Inda y los niños, que han llorado mucho a papá y que están cuidadosos por tu situación, me encargan muchos abrazos y caricias para ti. Yo te ruego que me escribas largamente, dándome todos los pormenores de la enfermedad y fallecimiento de papá. De lo que haya quedado, nada para mí sino sus Memorias, que tú debes conservar con el mayor cuidado hasta que nos reunamos.

Desde que en la semana antepasada leí en la carta de nuestro tío Pancho la noticia tan temida del eterno descanso de papá, te he escrito, con ésta, ya tres cartas; y desde la primera te advertí que fueras pensando en la conveniencia de reunirnos. Hoy te envío la tercera por conducto de mi amigo don José María Pichardo B., de Santo Domingo.

El deber de reunimos se me aparece más urgente aún de lo que sería, porque estás sola y porque mi salud me exige mejor clima que éste. Inda y yo pensamos que lo mejor es reunimos en Santo Domingo, ya en la Capital, ya en el interior.

Pero no sería posible que siguiéramos con la casa de papá en Mayagüez. Tienes, pues, que venderla. En esa esperanza, intentaré desde luego el regreso a Santo Domingo, en donde, si nos juntamos, podremos vivir tranquilos nuestros últimos años; y si no, continuaremos como hasta aquí.

Piensa bien lo que te dice tu amantísimo hermano, que, como todos los de casa, desean tenerte a su lado.

Vuelvo a rogarte pormenores de la enfermedad de papá.

Mil abrazos.

Eugenio María.



Santiago, hoy, 8 de octubre de 1897.

Querido hijo Eugenio Carlos: Acabo de leer en un diario que en esa Escuela Militar han impuesto un castigo rigoroso en extremo.

Como tú no dijiste nada de eso, ni de ninguna otra cosa que pase ahí me dices nunca nada, no puedo informar a quien me pide informe.

Y lejos de sentirlo, me alegro tanto, que te escribo para alabar y premiar tu discreción y tu reserva.

Te escribo también para hacerte saber que he recibido del Ministerio de la Guerra un índice General de las Leyes, Decretos y demás disposiciones atingentes al ramo militar, y que te lo guardo para cuando lo necesites.

Como en el Ministerio no se han encontrado las Ordenanzas Navales que tanto necesito para el Comandante General de la Armada dominicana, mira si entre tus condiscípulos del Paraguay se presta alguno a solicitarlo de alguno de sus compatriotas de la Escuela Naval, para que hagas saber si por allí podría encontrarse ese libro.

Hasta el domingo. Dios te bendiga.

Tu padre,

Eugenio María.



Santiago, Chile, diciembre 8 de 1897.

Muy querida hermana Rosita: Aunque te he escrito en dos semanas consecutivas, tengo tantos deseos de satisfacer los tuyos de que te escriba para acompañar tu soledad, que voy a aprovechar de nuevo el correo.

Te hablaré de lo que pienso hacer, en el caso difícil de que se pueda combinar y realizar el modo de acercarnos a ti, bien sea yendo a la República Dominicana, bien a Venezuela.

En tal caso, pienso que nos reunamos en algún punto en donde el clima sea agradable, la vida buena, y productivo el trabajo; pero, sobre todo, en donde ustedes puedan tener amistades y sociedad agradables. Lugares que reúnan esas condiciones no faltan en Quisqueya (este es el nombre indígena de la República Dominicana); pero yo quiero uno, como la linda ciudad de Moca, que esté a igual distancia del mar y de la cordillera, a fin de que, por salud y esparcimiento, podamos veranear en las espesuras de los montes o en las orillas del mar.

Lo malo es que mis amigos de aquel querido país se oponen a que yo vuelva por ahora a él, sin duda por mis opiniones políticas. En cambio, para ir a Venezuela, se opone la falta de trabajo, aunque me parece que no me faltaría algún tiempo después de mi llegada.

Luisa Amelia ha quedado de su enfermedad tan débil y nostálgica; Adolfo está tan necesitado de navegación; Inda necesita de tal modo que se le busque un clima suave y aguas saludables; tú requieres una vida tan higiénica y tan distinta de la que llevas, que, a pesar de lo grave que se me presenta el cambio, creo que me veré obligado a hacerlo.

Si fuera para vivir juntos, y de modo que el resto de vida que nos queda se nos fuera yendo entre el contento de una existencia grata, y la esperanza de haberla empleado bien, por ti y por todos lo celebraría tu amantísimo hermano,

Eugenio María.



Santiago, 9 de febrero de 1898.

Sr. don Eugenio Carlos de Hostos,
Cadete de la Escuela Militar de Chile.
Viña del Mar.

Queridísimo hijo: Buen despertar te debimos ayer. No bien me levanté, hallé sobre mi escritorio la tarjeta postal que me escribiste con fecha del seis. Apenas la leí, fui de dormitorio en dormitorio ofreciendo un gran premio al que primero se levantara. Se lo ganó Samela, que, no queriendo gozar a solas, lo participó a tu madre; y tan a voz en cuello, que hasta los más perezosos salieron premiados con la lectura de tu esquela.

Todavía por la tarde andaba tu hermana, murmurando: «¡Pobre Eugenio Carlos... y le tocó la guardia!». Porque estas almitas de almíbar siguen creyendo que es un gran sacrificio lo que no debería ser considerado sino como un ejercicio muy benéfico, así para los órganos corporales como para la voluntad.

Esperemos que, sabiendo tú por reflexión trasmitida y por experiencia inmediata, el grande y efectivo bien que es para tu educación física y moral el ejercicio ése, me agradecerás que te haya inducido a acompañar en esa instructiva y sana excursión a tus antiguos compañeros de estudios y fatigas provechosas en la Escuela Militar.

Aquí, por lo que he oído a Ricardo Montaner Bello (muchos del Ejército y del Ministerio, que han tenido noticia de tu próxima baja y del disgusto con que el Director de la Escuela Militar se aviene a tramitarla), se asombran de que abandones la carrera al llegar a la meta. Y tienen razón: ni volverse a medio camino, ni retirarse de la meta son actos prudentes en la vida. Mas como la causa a que he obedecido al resolverme a pedir tu baja es tan natural, espero que tú sabrás estimarla durante el resto de tu vida como una de las más positivas pruebas de cariño que debes a tu padre.

Aquí han empezado ya tu madre y hermanos a vender muebles; y te echan muy de menos.

Tus hermanos te abrazan: tu madre y yo te bendecimos.

Eugenio María.

P. D.- El Mayor Jorge Barceló Lira, director de esa Escuela Militar, vería con gusto que tú fueras de la excursión a Viña del Mar con que ha de terminarse el curso de este año; y yo vería con satisfacción que tú complacieras a tu superior; máxime, cuando se te ha mostrado tan propicio.

Anda a tu excursión, ejercítate, diviértete, y a tu vuelta nos iremos.

¿Te esperamos esta tarde?

Bendiciones.

Papá.



Santiago, Chile, 10 de febrero de 1898.

Querido hijito Eugenio Carlos: Al volver a casa a la hora de almuerzo, me recibió con gritos de alborozo Luisa Amelia, anunciándome carta tuya, y celebrándola por noticiosa y bien escrita.

La leí, y como tu hermana y tu madre, he encontrado gratísima tu relación y agradable tu diario. Como yo te he recomendado tanto esta forma literaria, no por lo que tenga de agradable y de literaria, sino por lo que tiene de educacional y por lo útil que es para la vida activa, he celebrado especialmente que hayas adoptado esa forma de información en tu cartita; pero mucho más celebraría que la adoptaras como costumbre y para formación de tu voluntad y de tu carácter.

Las muestras de contento que das, me hacen felicitarme nuevamente del empeño que mostré en que acompañaras a la Escuela Militar en esa excursión, que, a lo que veo, va a ser uno de los mejores recuerdos que lleves de Chile, país que tan grato para ti ha sido.

Continúa trabajando y disfrutando, y danos en el próximo primero de marzo la alegría de tenerte a nuestro lado, robusto, fuerte, veterano, y con muchos diarios que leernos, y muchos cuentos de tu campaña que contarnos.

Escribo a los señores Ambrosio Montt y Francisco Valdés Vergara anunciándoles que irías a visitarles, a despedirme de ellos, a manifestarles mi amistad y tu complacencia en conocer a dos hombres que honran a su país.

A toda costa es necesario que vayas a presentarles esas tarjetas; y si tienes tiempo, que vuelvas a despedirte de ellos.

Con Valdés Vergara no tengo intimidad; pero le debo muchas consideraciones, que es lo mejor que debemos querer de los hombres. En cambio, de Ambrosio Montt fui amigo muy asiduo en mi anterior venida a Chile; y aunque ahora lo he visto poco, generalmente en casa de Espejo, el estar enfermizo me lo hace recordar con cariño. Es, de todos modos, un hombre muy notable por su talento, por su cultura y por la delicadeza de su trato. Es uno de los mejores modelos sociales que se puede proponer en Chile un joven de aspiraciones elevadas.

Todos te envían caricias, y tu mamá y yo te enviamos nuestras bendiciones.

Eugenio María.



Santiago, 18 de febrero de 1898.

Querido hijo Eugenio Carlos: Recibida ayer tu carta del 16, y leída con gusto; aunque echamos de menos los diarios, que siempre te he recomendado, y que te exijo ahora que vas a experimentar (con un viaje por mar, a bordo del crucero Esmeralda; acompañando al Presidente de la República35; presenciando actos públicos y privados de la vida oficial; y contemplando nuevas escenas naturales; y haciendo ejercicios de campaña), a experimentar, te repito sensaciones y emociones útiles. Empieza tu diario desde luego, a fin de que, cuando te embarques, ya no tengas que andar en preámbulos. Día, hora, acto, palabra, motivos de acción, juicios extraños y propios, sentimientos, deseos, propósitos y experiencias, todo ha de entrar en el diario; pero del modo más breve, más exacto, y más expresivo. Si incluyes también el juicio que merezca cada una de tus acciones, tanto más útil y educativo el ejercicio.

Así es como aprende uno a tener firmeza de propósitos, y así como evita que le suceda lo que a cierto cadete, que, después de tener el buen propósito de perseverar en su puesto hasta obtener su nombramiento, se apresuró a pedir que se solicitara su baja, y después se arrepintió. El señor Montaner Bello, con quien hablé en la mañana de hoy, dice que es casi imposible lo que quieres. Ya el decreto de baja está dado; nombrado en tu lugar el aspirante que ha de ocupar tu vacante, y sólo por bondad del señor Barceló Lira para contigo, y a fin de que no perdieras la excursión a Villa del Mar, no se ha publicado el decreto, que se hará efectivo en cuanto vuelva la Escuela Militar a Santiago.

Tal vez aprovechando la presencia del Presidente y del Ministro de la Guerra para distinguirte en todo, e inspirando simpatías y descontento por tu retirada de la Escuela Militar, podrías tú mismo hacer algo en favor de lo que deseas.

Vamos a ver si lo haces. Como el Mayor Barceló Lira, como director de la Escuela Militar, será de la excursión, en él llevas un buen auxiliar. Búscalo para que en mi nombre lo saludes y le des gracias por su nueva oficiosidad en tu favor.

No dejes de ver a Ambrosio Montt y a Francisco Valdés Vergara, ni de despedirte, aunque sea por tarjeta.

Desearía fueses a Valparaíso y visitaras en nuestro nombre a Lubina Villanueva y a su hermano Julio.

Todos te abrazamos, y yo te bendigo.

Eugenio María.

P. D.- Al teniente Silva, que tan honrosa idea tiene de mí, y a tus compañeros que tan amistosos cuidados tienen por ti, agradéceles en mi nombre su bondad.



Santiago, Chile, abril 4 de 1898.

Querida hermana Rosita: Por el último correo, y con fecha 29 del pasado, te escribí para decirte que salieras a toda costa de la casa; para incluirte cartas de Eugenio Carlos y Luisa Amelia, y para distraerte con la contemplación de los retratos de ellos dos y el de Adolfito. Ansioso de contribuir a tu consuelo ya que lo es para ti el leer cartas de los que tanto te amamos, te incluí también una carta mía para ti que se había quedado olvidada del correo anterior.

Es verdad que estoy un poco fuera de mí con la resolución del viaje. Por una parte, la resolución misma, siendo tan seria, agrava mi ánimo; por otra parte, el lugar, no siendo Santo Domingo, que sería como volver a un pedazo de la patria, me inquieta. Pero como allí está mi suegra, y allí puedes tú reunirte con nosotros, poco es lo que pierde quien vive en el mundo por deberes y no por placeres. Con tal que haya trabajo, todo estará bien.

Aunque resuelto a él, todavía no es seguro el viaje: de todos modos, antes de emprenderlo, te avisaré,

En el estado de confusión en que aquí está todo a consecuencia de los preparativos de guerra con la República Argentina (disparate que ojalá no se realice), ni aun dado me ha sido gozar de las primicias que me ofrecía el fruto cosechado con sus estudios y aptitudes positivas por Eugenio Carlos; pues ni había de dejarlo solo aquí; ni había tampoco de consentir en que, por ser oficial del ejército chileno, fuera él a pelear con hermanos de otra república. En consecuencia, he hecho que deje la carrera de las armas.

Como todos los demás, como Inda y como yo, él te abraza. Todavía, probablemente, tendré tiempo de escribirte desde aquí.

Tu hermano,

Eugenio María.



La Guayra, Venezuela, julio 7 de 1898.

Mi amada Inda: Este viaje de Caracas a la Guayra no se ha parecido al otro de La Guayra a Caracas. Aquél fue un soplo, y éste ha sido un suspiro, tan hondo, tan íntimo, tan triste como los suspiros que salen de lo más secreto de nuestro ser.

Después del mes de inquietudes, ¡vuelta de nuevo a viajar! Y esta vez, solo, dejando atrás a los míos; a mi nunca dejada compañera; a mis hijos siempre inseparables. De veras que si no fuera por el móvil, este viaje consumaría mis imprudencias. Pero bien sabes tú que no podía ser de otro modo, y bien sé yo que el sacrificio es mayor que cuantos hasta ahora he hecho a mi familia y a mi patria.

Como tengo la esperanza de que no ha de ser estéril, pensemos, no en lo que nos cuesta, sino en el modo de utilizarlo en bien y provecho de la familia.

Tranquilo por lo que respecta a la subsistencia de ustedes durante tres meses, y con esperanza de encontrar en Nueva York el trabajo que inmediatamente me dé para hacer aún más seguro el subsistir de ustedes, hablemos de lo que ha de hacerse ahí para que a mi vuelta, o a nuestra reunión, todo patentice la conveniencia del sacrificio que hacemos al separarnos temporalmente unos de otros; el padre de la esposa bienamada y de los hijos muy queridos, y ustedes de mí.

Sobre todo, orden: Que los niños se sometan diariamente al régimen doméstico convenido y al estudio y solaces prefijados: que Eugenio Carlos se discipline en la enseñanza de sus hermanos y te ayude a dominarlos y dirigirlos: que Luisa Amelia lo acompañe en la enseñanza, encargándose principalmente de Mariíta: que tú te propongas con la firmeza y la dignidad de que eres ejemplo probar con los hechos que la dirección de la madre, cuando es como tú, y cuando sustituye al padre, es tan eficaz, y puede serlo aún más que la del padre.

Sólo en los días de fiesta se recibirá a los deudos: esto es muy importante, y ha de hacerse ley. Las interrupciones de tareas metodizadas son la muerte del beneficio que de ellas se espera. Si los deudos, por ser deudos, y los amigos se creen autorizados a infringir las reglas de un hogar, no hay orden posible.

La casa no ha de ser un lugar de residencia continua, sino una residencia que se haga placentera por las alternativas de trabajo y de solaz.

Por lo mismo que yo he olvidado siempre esta verdad, tenla tú presente; y haz que el horario sea tan observado en lo relativo a los paseos y distracciones, como en las tareas y atenciones. En la Plaza de El Valle tienen ustedes dos familias a cuyas casas ir a conversar placenteramente, y desde donde pueden tú y los mayores ir a ver jugar, retozar y divertirse a los menores. Los paseos a los campos vecinos no se deben olvidar. Pero tampoco debe olvidarse que las distracciones de una familia no deben alterar el orden que ella misma ha establecido para vivir del modo más útil y ejemplar.

Iba a escribirte más; pero estoy inquieto con la hora, y cierro hasta Curazao de donde escribiré.

Estampo en ambos ojos un beso y para ti y nuestros hijos pido las bendiciones que merecen esposa buena e hijos bien inclinados.

Tu amantísimo,

Eugenio María.



La Guayra, julio 7 de 1898.

Queridos hijos de mi alma: No me resuelvo a dejar el puerto sin escribirles dos palabras, que, al menos, les sirvan para probarles que papá no ha dejado de pensar en ustedes y en mamá, en su salud y bienestar, ni un solo momento.

Al contrario: no he hecho otra cosa que pensar en la familia, para lo cual me ha servido mucho el venir sin compañía en el tren, y el no tener cerca de mí a nadie.

A mi llegada a la estación de aquí, encontré al señor Méndez, que ha estado muy obsequioso conmigo, a fuer de buen concuñado, pero que ha tenido que irse a su trabajo. Me ha dejado sólo en su cuartillo, en donde les estoy escribiendo, y no lo veré hasta que vaya a buscarme a bordo.

Díganme ustedes, Mariíta, Filipo, Adolfo y Bayoán: ¿qué traeré yo de los Estados Unidos al señor Méndez en prueba de que le agradezco sus obsequios?

Mucho he sentido venirme del lado de mi esposa e hijos tan temprano: el que me aconsejó que no me expusiera a perder el vapor y que viniera en el tren de la mañana, no sabe lo que es dejar a sus hijitos, que, por traviesos e indómitos que sean, constituyen, con su madre, toda la vida del padre.

Aquí hace mucho calor y mucha tristeza: ¡qué diferencia del Valle, en donde la temperatura era tan suave, y en donde mi familia lo alegraba todo! Pero ya llegará, hijitos queridos, el buen día en que nos reunamos otra vez. Para entonces, esperen todo lo que les prometí incluso la salud para mi patria y para mí (que es lo que me han pedido Luisa Amelia y Eugenio Carlos), y estén seguros de que por nada ni por nadie volveré a separarme de ustedes.

Mariíta, Filipo, Adolfo, Bayoán, Luisa Amelia, Eugenio Carlos: que Dios me los bendiga como los bendice su amantísimo padre,

Eugenio María.



A bordo del Abydos, Curazao, julio 8 de 1898.

Señora doña Inda Ayala de Hostos.
El Valle, Venezuela.

Queridísima Inda: A ti, que sueles amenazarnos con irte a vivir sola a tu casa solariega de San Carlos (Santo Domingo), vayan por siempre las mayores alegrías del hogar y las satisfacciones todas de la vida: así no pensarás en estar sola. Yo, que contra toda mi voluntad lo estoy, sé que la soledad que procede del alejamiento de los suyos es uno de los dolores efectivamente agudos que pueden conocerse y que deben evitarse. Ayer, mientras en La Guayra estuve con tu cuñado Méndez, y escribí para ustedes (que era como estar conversando con ustedes) y vi a la familia de Arteaga, y después, esperando la salida del carro que lleva al tajamar, estaba rodeado de gente, menos mal; pero, al anochecer, cuando desde a bordo contemplaba los cerros de La Guayra y miraba hacia el camino de Caracas, y por él me iba con la imaginación a nuestro asilo del Valle, y al volver del viaje imaginario me encontraba solo, te aseguro que me dolía el corazón, que me dolía no saber llorar, y que no me daban repetidas tentaciones de desembarcar e irme a mi rincón.

Curado de antiguo, como sabes que estoy, de ambiciones y vanaglorias, no pienso hoy más que en volver al lado de ustedes, y estoy resuelto a hacerlo tan pronto como consiga influir útilmente en los asuntos de Cuba y Puerto Rico, o en cuanto me convenza de que son vanas mis gestiones e inútiles mis influencias. Como, además del propósito político de mi viaje, llevo también uno doméstico tan urgente como sabes, desde el primer día de mi llegada a Nueva York intentaré buscar y encontrar un trabajo que me permita, en caso de que fracase mi comisión, regresar al lado de ustedes con una tarea como la de traductor de libros científicos de enseñanza que me permitió, en 1875 y 76 vivir en Puerto Plata y allí mismo cobrar unos cien pesos que ganaba con mis traducciones. Ignoro si influirá en mi ánimo y en mis resoluciones el pensar de los otros; pero si no voy resuelto a volver pronto; por supuesto, que si se presenta modo y medio de ir a país más propicio, a él iremos. Podría, por ejemplo, suceder que libertada de hecho la parte oriental de Cuba pudiéramos irnos para allá: ¿qué te parecería? De viajes a solas y de incomodidades e inestabilidad de la familia estoy ya tan cansado, que allí en donde volvamos a reunimos, allí será nuestro último asilo.

Mientras ocupan ése, cuida de sacar cuanto partido puedas de tus aptitudes para la sociabilidad. Por lo mismo que no eres del país, las buenas gentes de El Valle te acogerán bien. Por de pronto, la familia de Álvarez Ibarra, los vecinos inmediatos de casa, la familia de Mejía, la puertorriqueña señora de Coll pueden y deben ser visitas frecuentes de ustedes y para ustedes. En cuanto al señor Soublette y su familia, debemos tenerlo algo más que como visitas, puesto que el jefe de la casa es un compatriota tuyo.

No obstante, mi deseo de que vivan en sociedad, y no aislados, debo prevenirte contra dos cosas: primera, el abuso de la sociabilidad que puede convertir la casa en un lugar de reunión, cosa contraria a nuestros pocos medios y al orden que debe establecerse inflexiblemente en nuestro hogar: segunda, las visitas de personas solas. Con familia, franca sociedad; con mujeres u hombres que sólo lleven chismes o el propósito de ocasionarlos, grandísima reserva: tan grande, que no insistan; trasmitiré a Eugenio Carlos el consejo.

Insisto, Inda, en que no abandones tu propósito de probar que tú sola puedes dominar, manejar y dirigir, mejor que acompañada a los buenísimos, pero indomitísimos hijos nuestros. Que, desde que se levanten, vean a su madre en el puesto del gobierno y la responsabilidad del hogar, y no haya miedo de que no sea eficaz tu esfuerzo.

Yo daré por bien sufridos los dolores que ya me cuesta el alejamiento de ustedes, si, a mi regreso, encuentro que tu obra es digna de ti, y del cariño tiernísimo de tu

Eugenio María.



Curazao, julio 8 de 1898.

Mi querido Eugenio Carlos: Después de una noche en que no cesé de recordar a ustedes todos, al levantarme de madrugada divisé a Curazao. Entramos tarde, porque la Sanidad tardó en venir a darnos entrada. A poco, dirigiose a mí un jovencito que traía una tarjeta, y presentándomela, me preguntó si yo era quien soy: al contestarle afirmativamente, se me dio a conocer como uno de mis discípulos de Santo Domingo; poco después se me presentó uno de los hijos de Damián Báez, y habiéndome de la alegría con que se había sabido que yo pensaba establecer a mi familia en Puerto Plata, mientras desempeñaba mi comisión en Nueva York, se aseguró en los términos más vivos que en tu tierra de nacimiento, y mía de dolor y de adopción, «la juventud lo idolatra».

Te cito estas palabras de uno que apenas me conoce, y te cuento el acto de reconocimiento de uno a quien yo no recordaba, para que veas que si soy amado de extraños es indudablemente por que me han agradecido el cariño y las lecciones severas que les di. Lo que de extraños, con más razón ha de esperarse de hijos, a quienes, como a ustedes, puede con razón llamarse los más queridos, por lo mismo que son los más aleccionados. Convencido de que el amor paternal y el celo continuo son homólogos, seguiré aleccionándote, para seguir probándote, hijo de mi alma, cuánto te quiere tu papá.

La lección que más has menester es la tantas veces dada: corrige y modera tu carácter impaciente.

Hazlo por tu bien, hijo mío; pero hazlo también por el bien de tus padres y de tus hermanos. Estos te han sido encomendados, no para que los tiranices, sino para que los dirijas con la persuasión, el amor y la bondad. Nunca te olvides de lo que tantas veces te he dicho y hoy te repito; y si no lo olvidas, y tratas a tus hermanos como hermanos, no sólo conseguirás corregirlos, sino que tú mismo te corregirás. Y, ¡qué gloria para ti, y qué orgullo paternal para tu madre y para mí, si eso consigues, y a mi vuelta encuentro en ti y en ellos la muestra viva de tus nobles esfuerzos, y la prueba de cariño con que pagas el de tus padres!

Hablando con tu mamá, en la carta adjunta, de la conveniencia de la sociedad de familias, y de los inconvenientes de la sociedad con personas solas, ya sean mujeres, ya hombres, le digo que te trasmitiré a ti las instrucciones que a ella le doy a este respecto; pero creo que te bastará pensar el mal que de chisme viene, para cuidar y para que te cuides de evitar que personas que sólo llevan propósitos contrarios al orden de los hogares, se introduzcan en el nuestro.

¡Hasta que llegue a Nueva York!

Dios te bendiga, como lo hace tu amantísimo padre,

Eugenio María.



A bordo del Abydos, julio 15 de 1898.

Inda querida: Temeroso de no poder mañana, cuando llegue a tierra, aprovechar el vapor holandés, que dicen vuelve mañana, quiero escribirte ahora.

El tiempo, que ha sido propicio hasta hoy, nos tiene ya cerca de Nueva York: llegaremos mañana por la mañana.

Mucho, y de continuo, he pensado en ti y en los niños, unas veces con esperanzas, otras con angustias, siempre con la resolución de no volver a separarme nunca de ustedes.

Seguro de que las noticias que me esperan en Nueva York van a ser de aquellas que transforman hombres, me lisonjea la esperanza de sacar partido de la situación para obtener el propósito que me lleva; pero como estoy resuelto a no sacrificar tiempo ni tranquilidad a gentes que, hasta en los momentos de aceptar por ellas una situación de ánimo penosa, me pagan con desvíos, si pronto no salgo victorioso en mi empeño, me vuelvo a mi nido. Buena falta me hace.

Pero como los pájaros mismos, cuando se separan, prométense que a la vuelta volverán a tu ternura, yo lo prometo.

Haré cuanto en mi mano esté por ver si alcanzo un trabajo que me permita realizar el plan de que te hablé en mi primera carta de Curazao; pero entiende que si no puedo realizarlo, tendré que volver ahí; en primer lugar, porque ya va expirando el verano, y otoño, y, sobre todo, invierno, son estaciones espantosas; en segundo lugar, porque es demasiada la zozobra en que vivo lejos de ustedes.

Quisiera que me escribieras tan minuciosamente, que pudiera hacerme la ilusión de no haberme ausentado de los míos: quisiera también que las noticias de mi casa correspondieran al plan de vida y estudios que quedó trazado, y a las esperanzas que fundé en tu firmeza para la dirección en jefe de los niños.

Por mucho que les digas cuánto he pensado en ellos, nunca llegarán tus encarecimientos a lo que ha sido la realidad. Por mucho que yo te diga cuánto he pensado en ti, nunca alcanzarían las ponderaciones a lo que ha sido la verdad.

Besa y bendice por mí (¡tú más dichosa...!) a Mariíta, a Filipo, a Adolfo, a Bayoán: escribo a los subjefes, y yo mismo los bendeciré.

A las familias amigas de ahí, mil expresiones. Para ti, mil besos.

Tu

Hostos.

P. D.- La carta que incluyo, segunda que les escribí desde Curazao, se me quedó en el bolsillo. Que lean bien Bayoán y Adolfo.



A bordo del Abydos, julio 15 de 1898.

Hijita querida, mi recordada Luisa Amelia: cerca de Nueva York, pero en alta mar todavía, te escribo estas palabras no muy largas.

Por no tener que anclar fuera del puerto (que por la guerra con España se cierra a las seis de la tarde), no entramos boy en Nueva York: entraremos en la madrugada de mañana. Ahora hace mucho viento y se siente frío; hay marejada, y se siente malestar en el estómago; pero ayer, antier y anteantier fueron días muy apacibles, olas muy benignas, navegación muy grata.

No sé si por estar solo y por estar triste, o porque mi estómago sabe que el mareo es una condición conveniente de la navegación me he mareado bastante en la ida de La Guayra a Curazao, y después en los dos primeros días. Ya, después he estado bien. Y di a Bayoán y Adolfo que mi mareo ha sido un buen motivo para recordarlos mucho, pues no he podido dejar de pensar en lo penoso que sería para ellos, para Filipo y María, el mareo un poco tenaz que sufrieron en el Pacífico.

Así es, señorita, como un padre que viaja encuentra en todo un motivo de recuerdo y tristezas del hogar.

Pero, ¡ay mi doña!, si de ésta salgo, le juro que por nada vuelvo a separarme de ustedes. Con tal de que haya sido para bien de ustedes y de la patria, lo doy todo por bien sufrido.

A María36 y su familia, cuando les escribas, pues a Caracas infestada no quiero que vayáis, dales mis memorias. Dalas ahí al señor Soublette y familia, a los vecinos y a la familia Ibarra.

Dios te bendiga, hija mía, como con mil besos te bendice,

Papá.



A bordo del Abydos, julio 15 de 1898.

Mi queridísimo Eugenio Carlos: Ya estoy próximo al lugar de mi destino.

Si consigo lo que mi comisión me impone, estaré hasta que todo se realice; si no, me marcharé cuanto antes. Dilo así, cuando veas a alguien del grupo cubano y puertorriqueño; pero no vayas expresamente a Caracas para decirlo, pues no quiero que vayas allí ni recibas gente de allí, porque una de las inquietudes que traigo es la que me causa la epidemia de viruelas.

Si no te lo dije, ahora te digo que no aceptes colocación ninguna, si se te presenta, como ella te obligue a alejarte de mamá y hermanos.

Aunque voy en la confianza de que se irá cumpliendo puntualmente el plan en que convinimos, vuelvo a encarecerte la necesidad de que hagan con los niños todo lo que conviene a su disciplina, ocupación y adelanto.

Repito que no consientan en que extraño ninguno altere con sus visitas el plan de vida y estudios que quedó trazado.

Dios bendiga a mi primogénito, como lo bendice,

Papá.



Nueva York, julio 17 de 1898.

Sra. doña Inda Ayala de Hostos.
El Valle, Caracas.

¡Qué dulce alegría, querida Inda, el oír en boca extraña elogio de aquellas personas a quienes debimos y tuvimos afecto, a pesar del esmero que pusieron en enajenarnos el corazón de que más necesitábamos!

Don Félix Fuentes, cubano, del grupo de los deportados a Fernando Po, en 1868, estaba presente a la entrevista desgarradora que tu madre tuvo con tu padre en el Castillo de la Cabana, de la Habana, en la víspera de la deportación. Dice que jamás hubo mujer más expresiva y elocuente en su dolor, y que todos ellos lloraban a lágrima suelta, cuando la presenciaron.

Esto me lo contó ayer, cuando nos encontramos en la redacción de El Porvenir y al saber que mi esposa es la hija del doctor Ayala.

Ese encuentro con viejos amigos no ha sido el único pues también me encontré con Bonocio Tió, que está muy encanecido, aunque robusto; y con Antonio Molina, que está como siempre, muy jovial, muy cariñoso y muy ligero.

Lo que va a estar bien pesada, va a ser mi situación, si efectivamente, como me ha dicho Molina, no hay trabajo. A bien que ya flamea la bandera americana en Santiago de Cuba, y que es más fácil ir allí que a otra cualquier parte, como no sea a Puerto Rico, a donde, si puedo asegurar meses de espera para ustedes, bien puede ser que me decida a ir, según me pide el Presidente del Directorio Revolucionario de Puerto Rico, y según se alegrarían los puertorriqueños de aquí que sucediera.

¿Qué dirías tú? Claro que dirías lo que, madre y esposa cariñosa, tendrías que decir: malo para la familia en el presente; bien para ella y la patria en lo futuro; tal vez te costaría lágrimas el suceso, aunque también tal vez te inspiraría el entusiasmo generoso de que son tan capaces las mujeres de alma elevada, como tú. La expedición para Puerto Rico va probablemente a salir en la próxima semana, aunque, como ya se ha rendido Santiago de Cuba y ha empezado España a buscar mediadores para la paz es posible que ésta se haga antes de que se haya llevado a cabo la ocupación militar de Puerto Rico.



Hoy, 19.

Ya, hoy, las expectativas son distintas. Los diarios anuncian las salidas de la expedición para Puerto Rico para estos días.

Yo voy a Washington hoy mismo, acompañado de la Delegación puertorriqueña. Si consigo que se nos reconozca como asesores del Jefe de la Expedición, tal vez me vaya en ella: de ese modo, por una parte, contribuiré a que Puerto Rico no sea considerado como botín de guerra; y, por otra parte, que se cuente conmigo para la nueva organización del país.

Como es probable que la ocupación de la Isla por las armas americanas no sea empresa de mucho tiempo, espero que antes de los tres meses que presupusimos, ya estará terminada esta ausencia dolorosa, que habrá perdido para nosotros lo que hoy tiene de angustiosa si ha servido para bien de mi patria y mi familia.

Besa a los niños y que ellos te besen, para que una y otros sientan el aliento de

Papá.



Nueva York, julio 19 de 1898.

Querido hijo mío Eugenio Carlos:

Aunque todavía no he conseguido más que convencerme de las dificultades de la obra que vine a tratar de realizar, veo con ojos más tranquilos el porvenir: cuando menos, ya hay en Santiago de Cuba un refugio a qué acogerse, y en Puerto Rico habrá pronto un asilo más seguro quizá que cualquier otro. Ya sabes que Santiago, que se rindió después de la destrucción de la escuadra española que había allí, está desde el 17 a las nueve de la mañana ocupada por el Ejército norteamericano. Sabe ahora que, de un día a otro, partirá para Puerto Rico el Ejército que ha de ocuparlo. Se dijo también que irá una escuadra norteamericana a atemorizar, tal vez a bombardear algunos de los principales puertos de España, noticia que tengo por incierta, pues me parece que el interés de la paz que tiene este pueblo laborioso, más induce a concretar la guerra a hacer que España desaloje a las Antillas y Filipinas, que a extender el radio de la guerra.

Como, por otra parte, pueblo y Gobierno americanos son tan dueños de sí mismos, no tienen odio a España ni deseo de venganza: ya, y con motivo, se dan por satisfechos.

Quiero que tú y tus hermanitos vengan a formarse en este noble medio social, y a ese fin he indagado lo que hace a mi propósito: desgraciadamente no podremos por ahora. Mas como no siempre ha de ser así, me parece que te veo en West Point, a Bayoán en Pittsburg, a Adolfo en Annápolis, a Luisa Amelia en Howard; a María en kindergarten.

Que así sea, hijo querido, a quien bendice cordialmente,

Papá.



Hotel La Fetra, 11th and G. Streets, N. W.,
Washington, D. C., julio 27, 1898.

Inda querida: Ha sido deber mío el no ir, como pensé, en la expedición militar que está mandando a Puerto Rico este Gobierno. Yo hubiera ido como asesor o consejero del General en Jefe, que será también el Gobernador Militar de la Isla, una vez conquistada; pero, en primer lugar, hubiera ido para aconsejar a los puertorriqueños que recibieran como libertadores a los norteamericanos, y a éstos que reconocieran la Independencia de Puerto Rico; en segundo lugar, habría ido con el inviolable carácter de un patriota, no con el de un agente o guía del Gobierno y del jefe americano.

Como, desgraciadamente, ha habido dos puertorriqueños de importancia que han aceptado ese triste papel, el Gobierno americano está poco dispuesto a considerar como amigos suyos a los que poníamos por condición de nuestros servicios la dignidad del pueblo puertorriqueño y la nuestra propia.

De ahí que, estando resuelto este Gobierno a anexarse a la Isla no me queda ahora que hacer por mí patria otra cosa que esperar a que se reúna el Congreso y a conseguir de congresales previsores que se opongan a la anexión.

Si estuviera cerca de ti y recordara a tu lado las profundas tristezas que me está costando este viaje a Estados Unidos, buscaría tu regazo para descansar de tantas pesadumbres. Tales son, que hasta los menos blandos de corazón las comprenden. Antier, estando aquí en visita a Francisco J. Amy (el puertorriqueño de quien conoces algunas poesías) y de Alejandro Woss y Gil (el ex Presidente de Santo Domingo), me recibió éste con éstas o palabras semejantes: «Precisamente hablábamos de usted para decir que no se puede dar una situación más trágica que la de un patriota que todo lo ha sacrificado a su patria, y que, en el momento de contar con ella, viene un extraño y se la arrebata». Y si hubiera sabido cuán solo estoy como patriota, cuán solo como hombre, siempre que estoy lejos de ustedes, que son los seres de quienes me siento verdaderamente acompañado, tal vez tendría Woss por más trágica mi situación.

En cambio, si vieran que el obligatorio viaje a Washington me deja casi en la inopia, entonces tendrían por ridícula mi situación: y así es el mundo de los hombres, dispuesto siempre a considerar ridículo aquellos sacrificios que no tienen un éxito cualquiera por premio.

Aunque muy abatido por la suerte de mi patria, no estoy dispuesto a dejarme caer en desaliento: para eso están ahí mi mujer y mis hijos, que ahora me tienen por completo en su poder.

Pero, ¿qué hacer? Trabajo, aquí no lo hay; que si lo hubiera, a Estados Unidos vendrían ustedes a vivir conmigo. A Antonio Molina se le ocurrió que llevara yo ahí o a Puerto Rico o a Curazao los materiales de enseñanza industrial que dice él me aprontarían los fabricantes. Llevándolos, quizá sería fácil obtener de ese Gobierno alguna ayuda. En Puerto Rico no sería difícil obtenerla de los padres de familia. Fuera de ése, ningún otro camino tengo abierto: el con que contaba, cerrado a cal y canto: suponte que es un español intransigente el encargado, en casa de Appleton, de la sección de libros en castellanos, y tú dirás.

Confieso que no me siento capaz de prolongar mi ausencia de ustedes, y que preferiría cualquier cosa a esa ausencia. Como quiera que sea, Inda querida, ya ha sonado la hora de una vida más arreglada a las ideas humanas, y es necesario que tú, más previsora, como madre, prepares un nuevo plan de vida.

Ya están americanos y españoles en los preliminares de la paz; ya ondea en Guánica el estandarte americano; y ya, a estas horas habrá salido de Newport la división que ha de completar el ejército invasor. De esa manera, aunque no se dispare un tiro, los Estados Unidos poseerán a la pobre Puerto Rico.

Saldré de aquí para ahí lo más pronto que pueda.

Besos a todos, especialmente (porque a los otros escribo) a Filipo.

Te besa y abraza tu

Hostos.



Washington, D. C., julio 27 de 1898.

Señores Bayoán y Adolfo de Hostos.
El Valle.

Queridos hijitos míos: He pasado casi todo el día pensando en ustedes dos.

Vean por qué:

Fui al Instituto Smithsoniano, que es un enorme y magnífico castillo a la normanda, que un ricacho de sanas miras dedicó a la ciudad de Washington, a fin de que en él se reunieran y coleccionaran cuantos objetos de Historia Natural pudieran reunirse y coleccionarse. En ese Instituto, al entrar, se da uno con una soberbia colección de aves y pájaros de todos tamaños; desde el zumbador de nuestras Antillas, hasta el cóndor de la patria chilena; de todos colores, vivos, muertos, brillantes, apagados; de todas edades, recién nacidos, polluelos, ya formados. ¡Y si vieran ustedes qué maravillosamente disecados están esos pájaros! Los chiquititos, que los hay más chiquitos que el dedo meñique de Nanita, parecen que están vivos y dan ganas de cogerlos, y de besarles la perucita y de estrujarlos; pero cariñosamente, no como hacía Bayoán. Hay grupos completos; como, por ejemplo, el de los múcaros o lechuzas, que producen admiración por el lustre, el brillo y la limpieza y variedad del plumaje. Y de la colección de colibríes, no digo nada: aquello parece una cita de cuantos pájaro-moscas, colibríes, zumbadores y picaflores hay en los trópicos y en la zona templada.

Pero lo que realmente pasma, porque parece que lo está uno viendo, es un duelo entre dos halcones de distinta especie, que se disputan el cadáver de otro pájaro; el halcón que acomete está en el aire, con las alas desplegadas, las garras encorvadas, el pico medio abierto, los ojos inflamados; y el otro halcón se ha echado bocarriba, y con las alas abiertas, las garras levantadas, el pico amenazante, los ojos relucientes, espera a su enemigo. Yo no había visto nunca una escena de la vida de los pájaros tan bien representada.

¿Y qué decir de un faisán que está con la cola tendida, las alas desplegadas, y la cabeza metida bajo una de las alas? Y como esa buena Institución piensa que los niños que allí van, tienen cosas de niños, les han reservado una sala, en que aparecen todos los pájaros que ellos pueden conocer, y los nidos, los huevos, los troncos de árboles y hasta las arenas en que algunas aves andan.

Y, ¿qué diría mi don Adolfo de una colección de mariposas, que, expresamente para pensar en él, recorrí de cabo a rabo? ¡Ah!, ¡mi amigo!, ¡esa sí que es colección de mariposas! Y eso, que faltan muchas de América, y muchísimas de África y Asia; pero con las que hay habría podido Su merced entretenerse, cogiéndolas y coleccionándolas un año entero.

Pero ni Adolfo ha coleccionado mariposas, ni Bayoán ha coleccionado pájaros: matar a esas buenas y bellas criaturas, so pretexto de que van a coleccionarlas, es lo único que hacen. Al pensar esto, ¡qué tristeza me dio por ustedes, hijos míos!

¡Vaya!, que Dios me los bendiga, como los bendigo yo, y que cuando llegue yo, enseñen colecciones a

Papá.



Nueva York, julio 29 de 1898.

¿Cómo van esos niños, Eugenio Carlos? Y tú, ¿cómo estás con ellos? Si por algo me consuelo de mi triste ausencia, es porque espero que el ejercicio que tú y Luisa Amelia están haciendo de los poderes e instrucciones que les di, va a ser un ejercicio provechoso para todos.

Aquí hay muchos adolescentes como tú y tu hermana, que, a la edad de ustedes, ya son, como ustedes, útiles a su familia. Hasta es regla general, que, a los quince años, ya un o una adolescente no olvide que tiene el deber de ser hombre o mujer de hechura propia: self-made man, self-made woman. Y (antes de seguir adelante, y ya que escribo palabras en inglés), déjame que te diga, y tú dile en mi nombre a Luisa Amelia, que repasen juntos el francés y el inglés, hablando en uno y otro idioma, principalmente en inglés, siempre que puedan, y hasta que mamá se decida también a hablarlo. Esta posesión de los idiomas es cosa tan importante, que si yo hubiera practicado el inglés como el francés, las consideraciones que me han guardado los periodistas y periódicos americanos que se han ocupado de mí, habrían sido todavía más eficaces. Es verdad que ni con el inglés ni con nada habría yo podido conseguir la Independencia de Puerto Rico, porque ya estaba condenada a ser anexionada, pero es seguro que, dominando el inglés de modo que pudiera ir al Senado, yo habría modificado o podría modificar las resoluciones del Ejecutivo, pues el Senado tendrá que ver en el porvenir de Puerto Rico.

Ahora que sabes lo que importa para la vida pública, sabe que el inglés te va a ser indispensable para la vida privada, porque esa va a ser la lengua definitiva de las Antillas todas. Además, si logro hacer algo de lo que deseo para ustedes, tu concluirás por venir a West Point, lo mismo que Bayoán, y a los dos les conviene venir sabiendo inglés. Adolfito vendrá a la escuela naval de Annápolis, y también necesita el inglés. En cuanto Luisa Amelia, Filipo y Mariíta, todos habrán de hablar bien la lengua que van a necesitar para acabar Samela de educarse, y para continuar y empezar su educación intelectual los otros dos.

Muy hondamente me ha lastimado la resolución de apoderarse de Puerto Rico que los norteamericanos están llevando a cabo, y que ahora se confirma en los preliminares de paz; pero la verdad es que Puerto Rico va a ganar mucho y pronto. Al fin habrá que resignarse a que las Antillas todas pasen a la esfera de acción de la Unión Americana: tan torpemente se ha conducido España con ellas; tan mal las ha educado, y tan incapaces son de resistir al impulso material y moral de los Estados Unidos.

Como quiera que sea, sigan trabajando en el orden, disciplina y educación de la casa.

Dios te me bendiga, hijito mío muy querido.

Papá.



Washington, julio 30 de 1898.

Srta. Luisa Amelia de Hostos.
El Valle.

Mi señorita doña Samela, hija querida: Si hubiera hecho con ustedes el viaje de Nueva York a Washington, me habría distraído mucho, porque el camino ofrece muchos panoramas de los que estamos nosotros acostumbrados a admirar con infantiles gritos de alegría. ¡Cómo hubiéramos escandalizado a estos inmóviles yankis con nuestras exclamaciones a la vista soberana del Delaware en los contornos de Perryville! ¡Cómo habríamos voceado al mostrarnos las semejanzas entre ciertos paisajes de ese mismo río y el Maipo, allá, en la remota inolvidada Chile...!

Y si juntos hubiéramos pasado por frente a los tupidos bosques en que la vista descansa atónita, porque en todo se piensa menos en que la agricultura haya dejado bosques en los campos de la Unión Americana. Y si juntos hubiéramos visto los enormes letreros que en plena campiña anuncian al viajero tal o cual insignificancia del comercio, los comentarios habrían sido vivaces. Al recorrer juntos la ciudad de Washington, nos habríamos comunicado nuestro embeleso, comunicación mucho más grata que el embelesarse a solas. Eso es lo que yo he tenido que hacer, pues sólo durante algunas horas pude comunicar mi entusiasmo por la belleza de esta ciudad a dos amigos, Francisco J. Amy, de Puerto Rico, y Alejandro Woss y Gil, de Santo Domingo, que por horas me han acompañado. Todos los demás días los he pasado solo. Consagrado a ver con mis propios ojos y recorrer por mis propios pies la ciudad, siempre que mis ocupaciones me lo han permitido, no he cesado de pensar con tristeza cuánto más grata y alegre habría sido para mí la recorrida de esta bellísima capital en compañía de ustedes.

Ya, habiéndote de Nueva York, te he dicho lo que tiene de atractivo ese emporio de riqueza; pero no te he dicho que las ciudades comerciales me fastidian a no mucho de conocerlas.

La capital de los Estados Unidos, que no es una ciudad comercial (a pesar de que, como los guarenos37 en el número 171 de la calle de la Compañía no hay rincón de los Estados Unidos en donde el comercio no se meta). Es una ciudad casi pastoral: en su recinto, por todas partes hay árboles; en su contorno, el Potomac, los cerros o, mejor, las colinas verdes, los ganados que pacen, todo recuerda la naturaleza bien amada.

Dentro de la ciudad, todas las calles tienen alamedas; todas las avenidas tienen parques; a cada paso se encuentran plazas y círculos que no son otra cosa que jardines puestos con pretexto de alguna estatua y por dondequiera están las casas festoneadas de enredaderas, cimentadas sobre taludes vestidos de verde césped, rodeadas de árboles y flores, y a veces, para llamar la memoria a los espectáculos del campo, separadas de la calle por unos senderitos campestres que diferencian de las casas de ciudad a esas que quieren aparecer casas de campo.

Cuando nos veamos, si ya me he curado de mi taciturnidad, les describiré a Washington, que habría dado cuanto no tengo por poder recorrer en compañía de ustedes.

Adiós, mi hijita de mi alma: hasta que mis labios te bendigan, te bendicen la pluma y el corazón de

Papá.



Nueva York, agosto 3 de 1898.

Mi querida Inda: Aunque tu carta del once de julio no pasa de ser una cartita, la leí con sumo contento. Me sucedió con ella lo que con tu retrato, que, cuando reaparezca, me pondrá loco de contento. Tu carta fue la última que leí, porque se había traspapelado, y me acongojaba buscándola, hasta que al fin, apareciendo, me produjo un espasmo de alegría.

La recibí en Washington, D. C., de donde acababa de escribirte en términos que favorecen tu costumbre de poner «en la balanza de las vicisitudes la mayor parte de las contrariedades». Entonces, con efecto, no veía sino por los ojos del dolor que me causaban la situación de Puerto Rico y mi alejamiento de ustedes. Hoy puedo arrojar de tu balanza alguna de las contrariedades con que la cargas, y por eso, antes de contestar a tu cartita, voy a comunicarte noticias que han de ponerte como una rosa de que el picarísimo de Adolfo me habla, y que yo no sé qué rosa sea, aunque conozco a una persona que, precisamente en el día que me escribes, 11 de julio, pero de un año trascendental, el de 1878, se puso como una rosa de Alejandría. ¡Ah!, ¡cuándo será que yo la vea ponerse así...!

¡Vamos!, ¡alégrate! Ya se puede considerar comenzada una nueva era. Muy probablemente iré a Puerto Rico en comisión de la Liga de Patriotas, y con un doble objeto: de trabajar por cambiar por una republiquita protegida por los Estados Unidos, la situación indefinida que allí hay ahora; de establecer una vasta institución de enseñanza. Mi ida está subordinada, entre otras varias cosas, a una negociación para adquirir gratis o en condiciones que sean muy favorables los útiles de pedagogía y de enseñanza industrial que necesito, Pero, de todos modos, puedes estar casi segura de que ya ha cambiado la suerte que tanto nos ha perseguido, puesto que, a menos que hasta en mi patria se me haga imposible vivir, pronto nos reuniremos en ella para vivir un poco más contentos.

Para que yo pueda estar contento físicamente, voy a hacerme la operación. Y entonces sí que estaré bien; porque, a pesar de mis cincuenta y nueve años, no hay quien me vea que no se asombre de encontrarme tan bien conservado, o que, si no me conocía, no se asombre de que yo sea tan joven. Así me sucedió, entre otros, con Estrada Palma, que no se cansaba de repetírmelo: «... ¡Pero si usted es un joven todavía...!».

Buena noticia para ti, ¿no es cierto? Pues si lo es, y quieres que vaya todavía más joven, dame la alegría de mandarme tu retrato. Si vieras los besos que le daba en donde más tiernos me parecen, ya sabes que en los ojos, no dejarías de mandármelo en seguida. Para que la carta llegue más pronto, y pueda llegar cuanto antes el retrato, te escribo por Ponce, de donde es probable que salga algún vapor para La Guayra. Por tu parte, si no sale pronto un vapor directo, para acá, aprovecha uno que sale también de Guayra para Ponce, pues ahora serán frecuentes las comunicaciones entre ese puerto y éste.

El motivo, después del de besarte en imagen, que tengo para urgirte a que me mandes tu retrato, es que voy a hacer sacar las copias ampliadas, ya toda costa necesito el tuyo.

Es imposible que a estas horas no te hayan llegado de Santo Domingo las cartas que desde Chile te escribe Carmela Cobos de Espejo, en la primera de las cuales estará de seguro la reina. A mí me gustas de cualquier modo; soy, en ese punto, de la opinión de Luisa Amelia, de Adolfo, de Eugenio Carlos, de Bayoán, de Filipo y de Mariíta; pero retrato como el que se me ha extraviado... Me parecía que miraba a la que yo trataba como hija, esposa, amiga y todo, y que ella me miraba desde el fondo luminoso de aquellos años de luz. ¡Dónde estará ese retrato!

Los que tu hermosa fisonomía física y moral tiene en todos nuestros hijos me indemnizan ahora de ese contratiempo; y no sólo porque, al mirarlos, te miro a ti, sino porque lo que de ellos me dices, y que en parte principal es obra tuya, me llena de alegría y de orgullosa satisfacción paterna.

Hasta luego. Ahora tengo que ir a ver... ¿A que no sabes a quién?



Día 4.

Había recibido su tarjeta en momentos en que, por muy en conferencia, no podía recibirlo, y sin darme cuenta del nombre, ordené que no lo recibieran. Cuando acabé mi entrevista, leí la tarjeta... ¡Qué sorpresa! Y lo malo no era sólo que no lo hubiera recibido, sino que la tarjeta no tenía dirección y ni siquiera podía yo ir a excusarme. Felizmente, al siguiente día recibí una esquela suya, en que me mandaba su dirección; pero ni aun contestarle pude, porque era un tener que ir y venir, ver y rever, buscar y encontrar o no encontrar, que no tenía tiempo ni pensamiento para nada ni nadie que no estuviera directamente en mis asuntos. Para más dar el aspecto de una descortesía a mi silencio, llegó la hora de irme a Washington. Afortunadamente, allí aproveché un momento de reposo, y le escribí, explicándole lo sucedido e invitándolo, para cuando yo volviera a Nueva York, a que me acompañara a almorzar. Así lo hizo, y ayer, cuando me despedí de ti, iba a comer con él.

Pero no pude detenerme mucho de sobremesa, porque me esperaba la comisión encargada de discutir conmigo los estatutos de la Liga de Patriotas Puertorriqueños con que voy a sustituir la Delegación de Puerto Rico, que ya con la invasión y dominio de la Isla por los norteamericanos, ha tenido que disolverse. Para que podamos ocuparnos de los asuntos de la pobre Isla, y tratar de conseguir que la Prensa y el Congreso, cuando éste se reúna en diciembre, modifiquen los propósitos del Ejecutivo, y favorezcan el mío, que consiste en aceptar un protectorado de algunos años, al cabo de los cuales quede establecida como nación independiente la República de Puerto Rico; para eso he formado la Liga. Ella, según otra resolución que presenté, mandará un representante a Puerto Rico a propagar esa idea, y a eso iré yo probablemente, y probablemente con un tren de aparatos para fundar una serie de instituciones pedagógicas e industriales. Si eso se realiza, ¿estarás contenta de tu Hostos?

P. D.- Se me olvidó decirte que es nuestro amigo de Chile: J. Abelardo Núñez.