Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.


ArribaCartas familiares

Clinton Place 110,
Nueva York, abril 29 de 1874.

Mi muy querido y respetado padre:

Es tan vivo el sentimiento que me domina cada vez que pienso cómo separan las circunstancias al padre y el hijo que más se aman, que hasta por reflexión dejo de escribir a usted. Nada puedo decirle que sea una esperanza o un consuelo, y he preferido callar al pasar por Saint Thomas y preferí guardar silencio cuando el 25 de este mes, a los cinco días de mi llegada aquí, salió para la isla danesa el vapor americano que va al Brasil.

Si hoy le escribo, lo hago por aprovechar la segura ocasión que me ofrecen y por no censurarme mi silencio.

Ni él ni la terrible tenacidad con que sigo mis propósitos, ni la verdadera crueldad con que estoy sacrificando sus afectos y los míos, lograrán infundir a usted el error de que yo no soy ya para usted el amantísimo hijo con quien tanto contó en sus ensueños de padre cariñoso, y esta seguridad podría bastarme para disculpar mi silencio; pero lo considero como una verdadera falta, y evito, cuanto puedo, el cometerla.

Mas la verdad es que una carta necesariamente llamada a disgustarlo, no debería escribirse.

Si usted, como espero, ha recibido la carta que le dirigí desde Buenos Aires al salir de aquella ciudad, y la que le escribí desde Río de Janeiro al verme obligado a detenerme en la capital del Brasil, ya sabrá usted que el objeto de mi viaje es Cuba. Está bien pensado, bien decidido, e iré a Cuba; cuándo, no sé; pero iré a consumar con la acción lo que he predicado con la palabra.

A pesar de que este paso es perfectamente natural en un hombre que ha tratado de ser tan lógico como yo, no lo daría tan pronto ni en la dirección que llevaré, si las injusticias cometidas con los expedicionarios del Virginius, no hubieran concluido de exacerbar la casi creo funesta pasión de la justicia que me domina. Aquella hecatombe y la horrenda circunstancia de haberla consentido el Partido Republicano y un hombre que en Francia y en España me había mil veces jurado espontáneamente que él y su partido harían justicia a las Antillas; aquella catástrofe, las circunstancias que la acompañaron y mi propia creciente devoción a lo bueno y lo justo que veo pisoteado por los hombres, destruyeron la calma con que estaba resuelto a ver los sucesos y esperarlos. Si ha sido para mi mal, no es mía la culpa, y como todo el mal estará quizá en que muera, motivos poderosos hay en el dolor continuo de mi vida para que me resigne sonriendo. Si ha sido para el bien de la sacrosanta causa a que me sacrifico, lo celebraré con todo el fervor de mi alma.

Si yo fuera loco o padeciera de la demencia del entusiasmo irreflexivo, sé que mi conducta se juzgaría por sí misma. Pero no hay un acto de mi vida que no sea profundamente coherente con el desarrollo de mi razón, no tengo un solo átomo de entusiasmo por nada que no sea sólidamente verdadero, bueno y justo, y me cuesta muchísimos esfuerzos infructuosos el explicar mi vida y mi conducta.

La reserva que guardé cuando, saludado privadamente por los más idóneos jueces del mérito literario me vi a un mismo tiempo combatido por el silencio de los críticos y de todo el mundo; la indiferencia con que me encerré en 1868 en mi casa, cuando los mil que nada habían hecho por el triunfo de la revolución de septiembre, pavoneaban delante de mí las migajas de poder que debían a la situación que yo había contribuido a crear; el exclusivo ocuparme de las Antillas, cuando nadie se ocupaba de ellas; mi rompimiento con España por defender a Cuba; mi primera venida a Nueva York y los esfuerzos titánicos que hice; mi temeraria propaganda, siempre solo y sin recursos por Colombia, Perú, Chile y la República Argentina; las posiciones, el bienestar y hasta la felicidad que en todos esos queridos pueblos he rehusado por seguir en mi empresa, actos son que los hombres no comprenden, por que los hombres no comprenden el sacrificio de una vida a una idea.

No sólo veo eso con perfecta claridad, sino que a cada nuevo sacrificio experimento con tristeza la ingratitud de los mismos, por quienes me sacrifico.

Indudablemente, yo he cometido muchos errores gravísimos; pero no hay entre ellos uno solo que no tenga en el fondo por origen el sentimiento más perfecto de la delicadeza individual, la fe absoluta en la verdad y la justicia, el amor más incondicional a la humanidad y al aumento de su perfección.

Hasta el mal, que tanto he detestado, he hecho por amor al bien. Es un mal desamparar a una familia, y lo he hecho por desear para ustedes el bien de una patria restituida por mis esfuerzos a la divinidad de su independencia. Tres veces hubiera podido cimentar en tres purísimos afectos una familia digna de los hombres, una felicidad digna de mí, y tres veces ha sofocado la idea del deber el efecto que acaso hubiera contribuido a realizarlo. La sublimidad del motivo no disminuye la responsabilidad del mal que he hecho a esas almas puras y a la mía. Siendo tal vez el hombre más fuerte de mi tiempo, he hecho el mal de pasar por débil, sacrificando a mis doctrinas el poder que hubiera resultado de abandonarme muchas veces a las pasiones que los otros despertaban en mí para obedecerme ciegamente.

¿Cómo he de explicar yo a los hombres mi conducta, si los más elevados en la jerarquía del espíritu no la entienden?

Mi vida vale mucho más que mi conducta, y mi conducta mucho más que mis escritos. Estos no han sido comprendidos, ¿cómo he de exigir que lo sean aquéllas? Resignado a morir desconocido y mal juzgado, si no logro triunfar ruidosamente, prosigo impasible mi camino. Cuando haya otro hombre que recorra el suyo con igual pureza de intenciones, con igual olvido de sí mismo, con igual resistencia contra sus pasiones malas y buenas, con igual serenidad ante el dolor y la injusticia, yo me levantaré de mi tumba, si ya duermo, para juzgarlo; y entonces habrá un hombre juzgado en justicia por su igual.

Entre tanto, sigo trabajando y seguiré escribiéndole.

Abrace muchas veces a las niñas y bendiga a su amantísimo y respetuosísimo,

Eugenio María.



Fragmento de carta a su padre

Hoy, 1.º de septiembre (¿1874?)

¿Por qué no me escribe, papá? En la carta remitida a bordo, se suprimió por primera vez su bendición. Hoy se deja de escribirme dos veces seguidas en dos vapores que han pasado por ahí uno tras otro. ¿Qué es eso y por qué es eso? ¿Tan irritado está usted con la mala suerte que me impidió alcanzar en Port au Prince los vapores que buscaba? ¿Tan indignado conmigo porque, según el cálculo adjunto no podía hacer con $192 un viaje que no ha de hacerse para mendigar trabajo, sino para conseguir un objeto concreto? Yo no puedo creer que usted siga siendo conmigo tan injusto como lo ha sido más de una vez en estos últimos tiempos, que son para mí los más aciagos porque no he logrado hacer cosa buena para usted. Y menos creo que siga esa injusticia, cuando pienso que basta reflexionar en mi situación para trocar por ardiente simpatía todo sentimiento de encono o de desidia. ¿Usted sabe lo que es un hombre sin patria, sin hogar, sin trabajo, sin amigos, a quien todo se le vuelve en contra, a quien todo se le toma a mal, de quien se cree que son actos de locura o de violencia de carácter los ímpetus más generosos del afecto y las reservas y protestas más legítimas de la dignidad? Se dirá que esa situación es culpa mía. ¡Sí, señor! y culpa honrada, culpa honrosa: que yo no he llegado al nivel moral en que vivo para ser libremente juzgado por gente de colonias; y por más que diga esa gente, es honra y virtud y gloria el haber sacrificado en una obra buena los bienes que cualquiera miembro de la familia de los tontos tiene a su alcance en el mundo. Sí, señor: culpa mía es esta situación, pero, ¿qué hay en las causas que la han producido que no pueda señalarse como obra de un espíritu digno de reverencia? Y porque, dejando el dinero y las posiciones a la gente, yo me haya elevado adonde pocos se elevan, ¿he de ser considerado como leproso, como proscripto de la consideración del mundo?



Nueva York, 14 de septiembre de 1874.

Mi muy querido y respetado padre: Ayer recibí su carta del 20 de agosto. Fue tan inesperada como el profundo dolor que me produjo. Para desimpresionarme de ella, aunque imperfectamente, me he puesto a leer otra vez la del diez de agosto y he visto y estoy viendo que la una completa el efecto de la otra. En la última presenta usted la situación sin salida que es la de mi patria, y que mi adhesión a ella han colocado a un hombre por esencia bueno, a una hija por excelencia virtuosa y a un hijo que lleva como maldición de crímenes que no ha cometido los esfuerzos que ha hecho en favor de todo lo que ha creído justo y virtuoso. En la carta del diez, presenta usted a un hombre honrado y a una hija digna de él, luchando inútilmente contra el infortunio, siendo antes ejemplo (ante una sociedad enferma) de todas las virtudes que en una sociedad sana harían de ese hijo y de ese padre los dos seres más amados, más respetados, más reverenciados y más influyentes. De ambas soluciones es responsable o acusado el hijo que quiere para ese padre y esa hermana una patria digna de ellos. Es acusado de ambas situaciones, porque su hostilidad honrada determina una hostilidad malvada que, directa o indirectamente, se ensaña en ustedes.

Fijémonos en eso, fijémonos atentamente en lo que nos sucede, mi queridísimo padre, y en vez de acusarnos porque hemos tratado de ser lo que el hombre debe ser, acusemos a los tiempos enfermos en que vivimos y a la sociedad maleada en que nos formamos. De esa consideración resultará: primero, que nuestra desventura y la tragedia de nuestra vida no son tanto la obra de nuestros errores cuanto del tiempo y del país en que nos hemos visto encerrados; segundo, que todo cuanto yo he hecho, por erróneo que haya sido, por excesivamente virtuoso que haya tratado de ser, está justificado por la situación de una sociedad, como la colonial, en donde es posible que una familia como la nuestra haya sido tan infortunada, y en donde la recompensa que se da a los que todo lo sacrifican por el bien de la patria es el abandono en que vive una familia que une a las virtudes de usted y de Rosita la respetabilidad incondicional que debería darle una abnegación como la mía.

Suceda lo que suceda, no nos debilitemos quejándonos de nosotros mismos, y al contrario, fortalezcámonos meditando en la fuerza de que damos prueba al perseverar en el bien cuando por todas partes nos rodean las solicitaciones del mal y cuando el que nosotros hiciéramos estaría justificado como venganza desesperada de las injusticias de que somos víctimas.

Deje usted que utilice las dos preciosas cartas lastimeras, no sólo para complacerme en el espectáculo de la virtud que usted y Rosa me dan, sino para derivar de la actitud filial, es decir necesaria, en que yo estoy, la fortaleza que ambos necesitamos, usted para calmarse, yo para ser por otra vía tan digno de usted, de mi patria y de los hombres como usted lo ha sido en la esfera en que se ha movido.

En su primera carta usted y Rosita... Yo también, como usted «lo veo, lo palpo y no lo creo». Yo sí lo creo. Yo sé lo que es la virtud puesta a prueba.

Enfrente de esa vida ejemplar, una sociedad que no utiliza al hombre magnánimo que así vive; hombres tan indignos como el que debiendo a usted los cuantiosos plazos de la venta de la Escribanía, origina a usted molestias impertinentes para pagarle insignificantes partes de esos plazos; gente tan menguada, que vive, deteriora y desaloja sin pagar la casa en que usted funda su renta mensual.

En la carta del veinte y seis, esa familia ejemplar en su ruina y en su desolación, reducida de muchos miembros a sólo tres, teniendo entre, los tres uno que ha hecho de la felicidad de su patria el objeto de su vida, esa familia ejemplar no puede ni aun vivir unida, porque el orden funesto en que esa sociedad está basada castiga con pena de muerte al patriota, castiga con la última miseria al padre anciano y a la hija delicada, si uno y otra, dejando los residuos de su fortuna en manos de los Árbitros de su país fueran a ver, van sólo a ver, al hijo y al hermano a quien hace doce años ha expatriado la misma virtud patriótica que una cualquiera sociedad normal hubiera hecho de él la alegría de la familia y de la patria.

Ni usted, ni Rosa, ni yo, sometidos (?) al dolor de esa solución, podemos apreciarla en lo que representa. Ni siquiera podemos saber sino contemplándola abstractamente hasta qué punto es trágica. Lo es hasta el punto de ser impía. Si hubiera un solo ser capaz de crear una situación igual para castigar, no digo pecados de uno o cien antecesores, sino de todos y cada uno de los sometidos a esa situación, el ser que la creara sería un malvado y sería, no ya deber, derecho nuestro el abominarlo, atacarlo y destruirlo. El ser individual no existe; pero existe el ser colectivo; mi gobierno, una sociedad que crean para nosotros esa horrenda situación, ¿no hemos de abominar, de maldecir, de tratar de aniquilarla?, ¿no es nuestro deber?, ¿no es nuestro derecho? La situación, mientras subsista el horrendo estado que la crea, no tiene salida: aniquilar ese estado que la crea, ¿no es dar una salida a esa situación infernal? Y si hay quien, para buscar esa salida, ha hecho lo que pasa por locura, lo que casi le imputan como crimen de familia y contra su familia, ¿qué otra cosa ha hecho al tratar de aniquilar ese estado de cosas que salva de él a su familia? Veamos las cosas en sí mismas y en su origen, separemos de ellas la parte que hayan formado nuestros errores, nuestras pasiones, nuestros intereses egoístas, y que se atreva alguien a decir si usted hubiera sufrido tanto y perdido tantas fuerzas en la lucha opresiva que tuvo con los jueces, si estos hubieran sido miembros de la misma sociedad, ciudadanos de la misma patria, súbditos de la misma ley, en vez de ser los gobernadores que envía España; diga si hubiéramos perdido a Pepito, a Carlos y a Adolfo, teniendo una patria propia en qué educarlos; diga si se hubiera sacrificado la heroica Engracia y la mártir Lola, teniendo, en vez de los entre quienes eligen nuestras mujeres sus esposos, ciudadanos dignos que no las deslumbraran con el oropel de los galones, pero que les dieran hogar honrado y permanente; diga si mi santa madre y nuestra nobilísima Eladia hubieran sufrido como sufrieron, muerto como murieron, ni teniendo que recibir en sus almas delicadas el golpe producido por el infortunio de Engracia; diga si los desventurados hijos de ésta estarían hoy a millares de millas de su patria y de ustedes; diga si nuestra virtuosa Rosita pasaría penando y llorando su adolescencia y su juventud, no habiendo tenido, todavía más desgraciada que mamá y Eladia, que ser espectadora del martirio de la hermana compañera de su infancia, después de haberlo sido del sacrificio de su primogénita y de la muerte de todos y de la disolución del hogar desamparado; diga, en fin, si yo, que hubiera podido hacer la felicidad de mi familia, el bien de mi patria, acaso el orgullo de nuestra historia, habría tenido que continuar en el dolor y en la desesperación de la impotencia una vida dirigida con tantos esfuerzos hacia todos los grandes fines de la vida, venciendo en otro suelo, entre otros hombres, bajo otro gobierno, no teniendo que amar como deber todo lo que como derecho hubiera odiado.

Y si es necesario ser un verdadero colono para lograr el bien de la familia y de la patria, es triste presenciar la pérdida del hogar y la fortuna, es necesario el abandono de todo bien de nosotros mismos, elevación de nuestro carácter, paz, vida, hasta la honra, mientras muramos como esclavos, ¿por qué, por qué se ha de condenar como un malvado a quien no quiere otra cosa que hacer posible todo lo que constituye esencialmente la vida de los individuos, de la familia y de los pueblos? Por haber sido tan magnánimo con nuestros enemigos, cuando ellos y mi país contaban con la complicidad de mi silencio, he sufrido con las amarguras a que se puede condenar a un hombre bueno y que jamás, ni por nada, hubiera soportado un hombre malo. No quiero hablar del abandono de ustedes, que me ha punzado continuamente la conciencia; no quiero hablar del sacrificio de todos mis afectos, de todas mis pasiones, de mi gloria, de mi persona, de mi bienestar, de mi amor propio. No quiero hablar de mis desengaños, de mis desencantos, que sólo sabiendo lo que yo quería y otros quieren, podrían apreciarse en toda su extensión; de mi incurable tristeza, que sólo teniendo de mi causa, de la justicia, de los hombres, de los que creo mis hermanos, la purísima idea que yo traje a la revolución puede llegar a conocerse. No quiero hablar de la congoja que en todas partes ha formado el fondo íntimo de mi vida, al verme mal juzgado, mal tratado, mal recibido, escarnecido, revolucionando (?) todos los días mi carácter para ser cada vez más digno de mi empresa. Quiero tan sólo mencionar la amarga desavenencia continua en que me he puesto con usted y con nuestros conterráneos, la malísima situación en que estoy desde el 1869, burlado, calumniado, y maldecido por los cubanos y los puertorriqueños, precisamente por haber hecho lo que debiera hacerme un ídolo entre ellos. Y si aun no conocen, (?) si quieren ver mi situación y mi existencia, que pregunten a los hechos, (... entre los emigrados activos por la revolución de Cuba se han hecho mis sacrificios), y que vengan a ver ese hombre en la miseria, en el abandono, obligado a humillarse íntima, hondamente, a los mismos a quienes se ha sacrificado, decidido a su empresa hasta el fin para crear una sociedad en que esos hombres sean menos colonos para ser más hombres.

¿Amargura mayor todavía? Pues aquí está. Tenga el profundo, el incitante dolor, la continua agonía de pensar que yo no podré morir, si lucho y sobrevivo o si no lucho y me expatrio, en la patria que tanto me ha costado, entre quienes tengo la conciencia de haber hecho cuanto puede un hombre en servicio de los otros. Yo no vivo para engañarme ni engañar, y de palabra y por escrito, en público y en privado, a los otros y a mí mismo, he dicho que he cometido tantos errores cuantas buenas intenciones he tenido y cuantos actos de abnegación he realizado. ¿No se concibe amargura mayor que la de vivir entre hombres que han convertido en trágicos errores de otro hombre todo lo que éste ha hecho concienzudamente en favor de la patria y la justicia? Pues la hay; y es la que tengo cuando, confesando magnánimamente tantos errores de conducta cuantos sacrificios he hecho a mi idea, veo que se encogen de hombros, me abandonan a mi congoja solitaria, y se dicen indiferentemente: «¡Pero si él mismo confiesa sus errores!». ¡Sí!, los confiesa. Y como tiene la conciencia de que esos errores debieran cometerlos hoy todos los cubanos y todos los puertorriqueños está dispuesto a perseverar en ellos.

¿Cree usted que persevero por placer? Ningún hombre puede tener un placer en la agonía. Si usted me hubiera visto la conciencia en los innumerables días desesperados que he tenido; si usted supiera punto por punto la cantidad de dolor que representan para mí estos últimos cinco años; si usted supiera cuántas veces, con qué sólidos motivos, con qué pesadas esperanzas de ser útil a otros hombres, con qué ardiente amor de la humanidad, con qué angustiosa necesidad de paz, de dicha y de reposo he pensado en desistir de una empresa que, tal como yo la concebía la hacen imposible los representantes de la humanidad que producen las colonias; si usted mi querido padre, supiera qué aterradora excepción tiene por hijo, no imaginaría que por capricho o por placer, por entusiasmo o por irreflexión, persevero en la obra. [Tres renglones ilegibles.] Confieso, por tanto, que hoy, después de una experiencia continua de los hombres, después de un continuo dolor, después de una verdadera aniquilación de todas las pasiones que me alientan a la acción, después del convencimiento aterrador de mi incapacidad absoluta para el mal, mi obra ha producido sus (?). Mas como las cosas honran en sí mismas la virtud que los hombres no pueden darles ni quitarles, cuando contemplo abstractamente lo que yo he encontrado, cuando veo la heroica constancia de los cubanos que combaten, cuando veo la injusticia colonial de España, cuando veo la indiferencia del mundo entero ante Cuba, cuando siento mi hambre y mi sed de acción en favor de la justicia, vuelve la pasión del bien y la justicia a dominarme, a inspirarme. Y, como, además, por impersonal y desinteresada que sea mi adhesión a mis principios; por poco que me ocupe del beneficio o de la gloria que, siendo otro carácter, podrían reportarme el sacrificio por ellos, soy al fin y al cabo un batallador que ha llevado a todas partes la batalla, ¿cómo he de poder, por tristeza, por desesperación profunda, o por ansia de paz y de consuelo al lado de ustedes, romper con todos mis antecedentes? Yo estoy tan tranquilo en mi conciencia y tan habituado a hacerla superior a todo juicio humano, que puedo impunemente consentir que caigan sobre mí todas juntas las calumnias que una a una han arrojado sobre mí los hombres. Pero, ¿no sería estimular a la calumnia el retirarme de la empresa después de haber declarado a medio mundo que vivo por ella y para ella? Usted cree que la muerte de balas es un género de muerte, y nada más. Yo también lo creo. Y puesto que ambos creemos también lo que tan admirablemente dice usted: «Que obtener la honra y sustentarla es la mayor felicidad»; resignémonos a una muerte prematura si sobreviniera, o esperemos para descansar y desistir a que sea absolutamente compatible con la hora.

Ahora veo la situación. Indignado de la catástrofe del Virginius, y después de reflexionarlo, salí de Buenos Aires para ir a Cuba. Temeroso de que ésa y cualquiera otra resolución mía concitara contra usted las venganzas españolas, rogué que fuera a Santo Domingo, en donde yo podría encontrarme en mi anhelo de llegar a Puerto Rico. Esta idea del peligro a que mi conducta les expone, no me ha dejado día tranquilo. Hoy no lo estoy, próximos como al fin parece que estamos a una expedición. Ya, clara la situación, no hay más que esperar el momento, o de acabar estoicamente o de retirarse estoicamente. Si (?) empezaré a ser juzgado con justicia, si tengo que retirarme, me retiraré para siempre de la vida revolucionaria, y por mucho tiempo, de mi país. En uno y otro caso, caiga sobre mi memoria o sobre mi conciencia la abominación de todos los hombres de mi tiempo, si alguna vez me ha guiado alguna idea, sentimiento o deseo que no haya tenido por objeto el triunfo de la razón humana, del amor de la justicia, la voluntad del bien.



Caracas, abril de 1877.

Mi querida Belinda:

En vez de la contestación a mi carta de antes de ayer, he recibido ahora la que usted me había anunciado. A pesar de anunciada, me ha producido un efecto que sabré disimular, pero que no podré dominar interiormente. Dígame si en efecto es tan desesperada su situación que tiene que desistir, o si, como me decía en su carta del miércoles, sólo quiere aparentar. En mi carta le dije que esa declaración de rompimiento me quita el arma legal que podría manejar a favor de usted y de mi propio y creciente afecto.

En caso de que usted, por su reposo y por su felicidad, me exija terminantemente que aplace y espere y sufra y calle y me resigne, juro que nunca he tenido más disposición a hacer para usted y por usted, todo, absolutamente todo cuanto quiera. Pero en el caso de que usted quiera ganar tiempo, dígamelo también. En el primer caso, hoy mismo contestaré a su carta de modo que sus padres la dejen en paz.

Daría una vida por verla, por conversar, por consolarla, por asegurarle que la amo más cuanto más desgraciada, y que por hacerla feliz haré cuanto puede hacer un verdadero hombre.

Cada vez más suyo con todo su corazón y con toda su conciencia.

E. M. Hostos.

P. D.- Lola22, a quien creo que también se ha calumniado, se presta a servirnos. Empléela. Escríbame con ella y de ningún modo deje de hacerme saber lo que le pasa.



Caracas, 4 de abril de 1877.

¡Tan bien como piensa mi Belinda, y con tan mala ortografía como escribe lo que piensa! Como si quisiera imitar con sus benditos garabatos el paso de locomotora que ha llevado nuestro afecto, no pone ni un punto, ni una coma, ni hace pausa, ni da reposo, y es necesario seguirla como va el pobre tren tras del vapor, sin aliento.

No importa: así, completado el amante por el maestro, le serviré de más; y llenaremos, estudiando juntos, los días que generalmente pasan sin avergonzarse de sí mismos los que sólo llevan sentidos y deseos al matrimonio. Nosotros llevaremos: ella, su alma intacta todavía, yo el cincel con qué pulirla, y aquel amor virtuoso, lleno de buenas intenciones y de afán de perfección que, combinado con el suyo, hará de ella la más digna de las matronas, y de mí el hombre más apto para el gran deber de mi existencia.

Pero eso sí: es necesario ser activos para todo; y sobre todo, para el bien. Y no lo es mucho, señorita, quien se da ya por tan seguro de mi esclavitud, que desatiende mis mejores recomendaciones; quien pierde lo que escribe para mí; quien tal vez se arrepiente de haberlo escrito, y acaso oculta la verdad al pretextar que lo ha perdido; quien no lee ni estudia ni hace esfuerzos por convertirse de lo que es en lo que quiero que sea.

Maldito de mí, si, equivocándome, encierra el alma de que estoy enamorado la mentira y la falsía que aborrezco: más me valiera acabar de un solo golpe mi vida dolorosa. Pero como creo en el amor que he puesto a prueba, porque «si no, no me hubiera fijado» en la que despertaba el mío, no dudo. Cuando manifiesto dudas, no hago otra cosa que maravillarme de su predilección por mí. Triste, meditabundo, incesantemente ocupado de una idea, desheredado de cuantos bienes exteriores halagan el corazón de la mujer, y especialmente de las adolescentes como mi Belinda, difícil de conocer para todos, aun más difícil de apreciar en lo que soy, ¿en qué han podido fijarse los brillantes ojos que con tan dulces confidencias de amor me enajenan?

¡Y digo que es de mármol! Desventurado de mí, si hubieras (, qué dulce primer ) traducido esa frase como expresión de otro deseo que el de ver en todos tus actos y miradas y ademanes la continua confesión de tu cariño! No, no eres de mármol, y yo sé por ti y por mí que «un exterior frío encierra un corazón apasionado y lleno de abnegación hacia lo bueno». Pero cuando no me hablas, porque a mi lado «pierdes el don de la palabra»; cuando tienes miedo de mirarme; cuando dejas de decirme lo que piensas y sientes y deseas, yo, que no quiero otra prueba de amor, que quiero que seas severa si me olvido de mí, mismo, que te quiero limpia hasta de un beso en la frente, que no quiero, por ahora, verte inflamada de otro sonrojo que el tímido del primer amor; cuando veo, te digo, que tu afecto no es bastante expansivo, me da el frío del mármol.

Por lo demás, alma mía, si tu conducta ha estado basada en la idea, de que «¡cuánto más se debe apreciar una resignación dulce y profunda, porque esa nace del alma, que no una desesperación vulgar, que sólo revela cálculo de la cabeza»; por lo demás, te repito, si esa idea ha sido el fundamento de tu proceder, has procedido noblemente; la idea es digna, y con ideas como esa es con lo que se acaba de conquistar un corazón como el mío. ¡Cuándo tú lo conozcas bien y lo pongas a palpitar contra el tuyo, y los dos latan con armonía, y nos contemos sin testigos los latidos que en ambos excite una palabra de amor y una obra de bien, entonces sí que mi chiquilla va a necesitar agrandar su alma para que quepan en ella las emociones, las venturas y las esperanzas de los dos!

Los escrúpulos están desechados. Si sucede lo que espero, podremos reunimos antes quizá de un mes después de separados. Viviremos modestísimamente; pero como vamos a vivir para los dos, no para nadie, creo que tu esperanza y tu resolución se verán coronadas por la felicidad. En esta parte de tu carta te quiero infinitamente, no tanto por la abnegación que en ella muestras, cuanto por la elevación de juicio con que hablas. Ahora, al releer esas palabras, casi he creído que no te he querido como mereces; tan probado y tan vivo me ha parecido tu cariño.

¡Y se detuvo en su carta! Si no fuera perezosa, de seguro que no hubiera tenido que hacerme esperar... En fin, contemos con que de aquí en adelante, todos los días tendré yo una imagen de su alma, en un pedazo de papel. ¿Que lo rompa? Ni forzado. No, señora (¿de quién quiere la señorita ser señora?), no romperé jamás el cristal donde he visto el alma que detesto.

¿Por qué soy cruel? Tres veces escribiste la palabra. ¡Alma mía! ¿Por acaso he despertado involuntariamente algunas de las emociones que se ocultan, alguna de las muchas que convierten en dolores los afectos? Te me quejaste de la cabeza. ¿He tenido yo la culpa? Mil veces perdón, y venga tu castigo. Si hasta el estrecharnos la mano te daña, no más manos estrechadas. Pero, ¡es tan dulce esa única demostración material que nos consentimos! Y además, si hemos de seguir mano en mano el camino restante de la vida, ¿por qué ha de excitar en nosotros otra idea que la de mutuo abandono en nuestra mutua fe? Pero aun así, neguémonos las manos si así te evito un mal. No quiero que nada mío produzca en ti ninguna sensibilidad que no sea saludable, porque te quiero sana de cuerpo y de espíritu y porque eres sana de espíritu y de cuerpo.

Y uno en la mano ¿lo consientes?

Tu,

Eugenio María.



Caracas, 6 de abril de 1877.

Está bien Belinda amada: me ama mucho, pero ya hace una semana que le recomendé me escribiera diariamente o me entregara cada noche el diario de ideas, emociones e impresiones que se comprometió a llevar, y aun no he recibido más que una carta, que me ha enseñado a amarla más, pero que, sólo por mi exigencia y mi impaciencia, concluyó y me entregó.

Por mi parte, yo no pienso más que en verla para volver a pensar en verla cuando no la veo, y para soñar despierto en el día en que por primera vez duerma feliz. Ya tengo inflamada, de tanto imaginar, la masa del cerebro; apenas he podido escribir las dos cartas de recomendación que prometí, y cien veces he tenido que dejar a un lado el libro en que en vano he tratado de leer otra cosa que mis propias imaginaciones. ¡Estoy bueno!... Hasta hacedor de versos me he vuelto. Y no son buenos; primero, porque ya es tarde para que yo venza el desdén que tengo por la forma (cuando no es su amada forma); y segundo, porque no he expresado en ellos todo lo que podía, quería y debía. Podía haber hecho de la canción en que he imitado Non é ver, un relato dulce, patético y vehemente de las luchas secretas que precedieron al amor confeso, y no hay más que una o dos estrofas que digan bien lo que pensaba. Quería enseñarle prácticamente cuán fácil arte es ése de decir en renglones concertados lo que siente y piensa y desea el alma que desea y piensa y siente; y en vez de eso, le he mandado versos como hay mil. Debía haber ejecutado verdadera poesía; es decir, la que da ritmo y armonía y expresión encantadora a sentimientos delicados, a deseos virtuosos, a imágenes vivaces, a ideas elevadas, y sólo he sabido escribir en Antes y después unos cuantos cuadros del estado de mi alma, que si exactos y verdaderos porque pintan con exactitud y verdad lo que yo era y lo que ella está haciendo de mí, en cambio irán a inflamar su ya inflamable imaginación y a mortificar su acaso inquieta sensibilidad. Para colmo de incapacidad, no completé Antes y después con la única octava que puede ser leída con sano fruto por una enamorada del alma quizá bella de un hombre feo como yo.

Le voy a mandar esa octava:



«Antes de amarla, tristeza,
Pavorosa soledad,
Dolor, duda, lucha, luto,
De la muerte intenso afán.

Después de amarla, alegría,
Luz radiosa, intenso afán
De vida para adorarla,
¡Fe, esperanza, caridad!».



Sí: con muchas admiraciones y muchísimos puntos suspensivos, cualquiera genio de colonia o de república guzmancina23 decoraría con esos versos su corona de laurel; pero, no es digno de ella ni de mí que yo esté ahora amando como se inflaman los volcanes en el momento de erupción, cuando el problema no está resuelto todavía. Faltan las cartas, los documentos y los medios que espero de mi padre. Hechas las cosas como me gustan, en silencio discreto y en reserva pudorosa, nada importaría, exceptuando mi impaciencia de amante, que cartas, documentos y recursos se retardaran quince días o un mes más. Pero en país y entre gente que, sin duda por lo bien que se conoce, duda de todo lo que es sencillo, y que se mete en mi corazón como ratero en casa ajena, y tiene fijos en mi Inda y en mí sus ojos, de veras que me arredra todo contratiempo, por natural y explicable que él sea. Y como yo no he sabido jamás lo que es fortuna, estoy temiendo que suceda lo que temo. En ese caso, nueva espera de otros quince días, a contar desde el quince de este mes. ¡Y en qué situación tan risueña!

¿Inda me ama como yo deseo? Pues es bueno que vea la realidad y lo que de adverso pueda contener, no sólo para que se acostumbre a acompañarme en la lucha (único modo de ser compañera de una vida tan combatida como la mía) sino para que vea cuántos esfuerzos y combates tengo que sostener secretamente para amarla y he tenido que sostener para decidirme a amarla.

Ella es tan digna, que sabrá luchar, su buen Dios la bendiga, como la bendigo,

Yo.




Antes24


¡Pájaros de la floresta
que no cesáis de cantar;
para que pueda imitaros
prestadme felicidad!

Honda tiniebla en el seno,
la tiniebla en lo exterior,
tinieblas ante los ojos,
tinieblas en la razón.

La apreté contra mi seno
al bailar y me asusté,
y huí de ella como huye
del bien eterno Luzbel.

¡Nobilísima creatura...!,
tímidamente me habló,
y al hablar de los afectos
el suyo me confesó.

Yo encerré el mío en el fondo
más secreto de mi ser
y en vez de arder en el fuego
cogí hielo y se lo eché.






Después


Pajarillos de su cielo,
único que sé mirar,
para que cantéis mejor
voy a enseñaros a amar.

Luz dondequiera: en el cielo,
en paisajes, campo y flor,
en sus ojos, en su alma,
en mi oscuro corazón.

Hoy, solamente tus manos
contra mis labios aprieto,
y dulcemente las busco
y me muero en cada beso.

¡Chimborazo!, nieve y fuego
son la esencia de mi ser;
fuego que devora adentro,
nieve lo que dejo ver.

¡Ella también Chimborazo!,
¡nieve y fuego ella también!,
¡pero se venga y apaga!,
fuego de hoy con frío de ayer.






¿Por qué fue?


(Canción)
Estrofas


Cuando, cerca tú de mí, dirigiste el himno a Dios,
en lo hondo de mi ser se elevó uno al amor.
Yo te vi palidecer, tú me viste estremecer.
Di, ¿por qué fue?, ¿por qué?

Cuando, unidos al danzar, me acerqué a tu corazón,
hasta en su misma raíz mi alma entera se agitó.
Tú me viste estremecer, yo te vi palidecer.
Di, ¿por qué fue?, ¿por qué?

Cuando, en la mano la sien, la cabeza echaste atrás
y me miraste, y miré; sin tú hablar, yo sin hablar,
di, ¿por qué yo sonreí porque sonreír te vi?
Di, ¿por qué fue?, ¿por qué?

Cuando, ansiosa tú de oír, ansioso yo de escuchar,
tú callaste y yo callé, habiéndonos sin hablar.
Di, ¿por qué yo suspiré y suspirar te escuché?
Di, ¿por qué fue?, ¿por qué?

Luminoso corazón entre sombras eres tú,
corazón sombrío soy yo, que no ve ni aún en la luz.
La busco y no la hallaré: la encuentro y no la veré:
¿Sabes por qué?, ¿por qué?

Porque la duda sutil en mi alma se albergó,
y la esperanza y la fe, y el amor mismo royó;
ya ha cesado de roer, ¡ya ha cesado!, ¡ya cesó!
Di, ¿por qué fue?, ¿por qué?
Porque el amor hoy anida donde la duda anidó.





Caracas, domingo 10 de abril de 1877.

Alma Inda, por siempre querida y para siempre: ¿Así traduces un acto natural de dignidad? ¿Qué debía yo hacer sino lo que hice? ¿De qué modo, digno de tu abnegación, había de contestar sino con un acto de abnegación?

Pero te desesperas, gimes, lloras, desconfías de mí, me atribuyes pensamientos y sentimientos que tu recuerdo y la esperanza de hacerte mía han matado para siempre, y no quiero tampoco cederte en esa vía. Puesto que efectivamente crees en la resistencia de tu amor, y esperas que sobreviva al tiempo y la distancia, sabe, Alma mía, que no hay absolutamente nada en este mundo que arranque de mi corazón tu imagen, ni de mi memoria el recuerdo queridísimo de Inda.

Consuélate, pues, y procede en todo con la resolución y la firmeza que hoy demuestras.

Estaba empezando a pensar el discurso que dentro de una hora he de ir a pronunciar para que te aplaudan al aplaudirme, y tu carta me ha vuelto a poner convulso. ¡Chiquilla de mi alma!, ¡que hayas de manejarme como un instrumento inerte! Veremos cuando yo no tenga que mimarte.

Y mire usted, señorita, el usted, que antes me era indiferente, ahora me hace daño: conque, no lo emplee.

Hasta la tarde. Procura darte ya por buena y por completamente olvidada de mí para que salgas a alguna parte y yo te vea.

Dime si no sería bueno que aun se diera algún paso. ¡Tengo tanto miedo de esta ausencia!

Como yo no he de volver a tu casa, vete preparando para que nos despidamos en alguna parte.

Todo tuyo y siempre tuyo

Eugenio María.



Domingo 10, por la tarde.

Querida Inda: Acabo de recibir tu carta. Celebro en el alma que te haya satisfecho mi carta de esta mañana. ¿Cómo es que sólo hoy por la mañana leíste mi carta de ayer? ¿No la recibiste?, ¿no te la entregaron a tiempo, o estuviste tan vigilada que te faltó ocasión? Importa saber esto, porque es muy posible que se haya adoptado la táctica de consentir la correspondencia, previa lectura de las cartas. Dime, pues, siempre que me contestes: recibí tal carta de tal día o de tal hora. Tu mensajera se está portando bien; pero todavía no confío. No me has dicho si has recibido el discurso, lo que de él dice un periódico, y los otros recortes que te mandé. No los mandé por vanidad, que yo no conozco esa clase de vanidad, sino por distraerte, porque tengas nuevos motivos para pensar en mí, para hablar desde lejos conmigo, y para alegrarte de lo que por ahí andan llamando mi triunfo y yo llamo «condescendencia mía en homenaje a Inda». Si no fuera por ella, ¿qué me importaría la admiración de gente que acaso ni siquiera conocía el nombre de la ciencia de que trato, ni qué me importarían aplausos que jamás llegarán hasta mi corazón, porque nunca llegarán hasta estimar el carácter que produce el supuesto mérito intelectual que me atribuyen? Si por acaso, Inda, creyeres, como creen muchos, que esa indiferencia por la fama es obra del desdén y la soberbia, piensa que puede ser obra del dolor, y acertarás. Desde mi adolescencia tengo fama, y nunca he conseguido tener popularidad; he sido siempre superior por mi carácter que por mi talento, no sólo a las gentes que se ven forzadas a admirarme, sino a mí mismo, y sin embargo, he tenido pocos amigos. ¿Cómo, pues, he de apreciar esa tonta gloria que cualquiera un poco talentudo puede obtener y obtiene a cada paso? Si los desesperados enemigos que me salen de todas partes, supieran la puñalada en el alma que me han dado al violentar nuestra situación hasta el punto a que ha llegado, cantarían de gozo. Yo pensaba retirarme contigo al mundo de los pocos, a vivir en silencio para ti, y a prepararme para la gran obra, purificándome de los defectos que aun conservo y que se convierten a los ojos de otros en verdaderos crímenes. De ese sueño a esta realidad, ¡qué abismo!

Pero, bueno, ya me he resignado por calmarte, por complacerte y por contribuir a tu bien. Hecho, ya no me arrepentiré. Pero es necesario que me pruebes continuamente, que yo soy para ti lo que me dices, porque sólo así puedo resistir al dolor, a la desesperación de perderte cuando contaba contigo como con una luz. Quiero que la primera de esas pruebas sea una correspondencia regular de dos cartas; por día, mientras esté yo aquí; una por la mañana, a la primera salida de la mensajera; otra por la noche. Además, necesito que esas cartas se ocupen seria y continuamente de ti misma, de lo que haces, de cómo vives, de cómo se procede contigo, de lo que proyectas, de en qué fundas tus esperanzas para lo futuro.

Una cosa te advierto desde ahora; y es que si decides a tu padre a que te lleve a Curazao, ha de ser con la condición expresa de que no han de salir de allí hasta que tengas tu mayor edad; porque pueden querer sacrificarte todavía, y saben que tanto más te pierdo y me pierdes cuanto más nos alejen.

He escrito todo esto, para entretenerte y distraerte, y hacer lo único que puedo para alegrarte. Tú, en cambio, parece que nunca tienes tiempo para hablarme de ti en tus cartas. Tu salud, tu ánimo, tus esperanzas, todo me interesa, y es necesario que de todo hables a tu amantísimo

Eugenio María.

¿Para qué usas los sobres si no has de cerrarlos con la goma? Casi todas tus cartas vienen abiertas o medio abiertas.



6½ de la tarde, miércoles (13 de abril de 1877).

Inda querida: No porque tú seas injusta conmigo he de dejar yo de ser justo contigo. Es tu deber, y haces bien en cumplirlo, intentar que se juzgue bien a tus padres. Por mi parte, mil pruebas te he dado de mi benevolencia para con ellos, no juzgándolos. Sólo contigo se me han escapado quejas y condenaciones. Me han hecho tanto mal, han querido desacreditarme a tal punto, han desperdiciado tan pocas ocasiones de deprimirme y presentarme como malvado, que hasta mi rompimiento contigo estaría justificado a los ojos de todo el mundo. Pero yo no soy todo el mundo; yo sé hasta qué punto eres tú inocente de todo este mal; he aprendido a admirarte en esta lucha; tengo la responsabilidad de tus dolores; quiero tener la de tu buen futuro, y me consideraría indigno de ti si no te sacrificara hasta mis justos resentimientos.

He mandado a tu padre la carta en que Arteaga, llamado por mí para pedirle cuenta de su conducta, se justifica plenamente y dice de mí algo que es muy distinto de lo que dicen mis enemigos. He acompañado esa carta con cuatro palabras mías, en las que digo a tu padre que me nombre a los calumniadores para desenmascararlos. ¿Puede un hombre proceder con más calma, con más lealtad, con dignidad más perfecta? Con que tú me digas: «Sí o no», estaré contento o disgustado.

Hasta mañana. Me voy a leer un discurso a la Sociedad de Ciencias Sociales.

Todo tuyo,

Hostos.



Jueves por la mañana del 14 (abril, 1877).

Inda mía: Estoy un poco mejor, y voy a salir. Anoche se me olvidó decirte que no se había dado el paso que tu madre había aconsejado dos días antes y que una de tus esquelitas de ayer quería que se diese inmediatamente, porque Bonocio Tió, llamado por tu madre, me dijo con referencia a ella que no convenía darlo todavía. Se dará hoy, si conviene. Estate tú misma al cabo de cuanto suceda, para que me escribas diciendo si conviene darlo hoy. Puesto que, por primera y espero que por única vez en mi vida, necesito de abogados de mi inocencia, no conozco nadie que pueda serlo tan bueno como tú. Prescindamos del amor, que es elocuente y persuasivo: ¿no tienes tú en el conocimiento de mi carácter argumentos bastantes con qué convencer aún a los que menos quieran ver lo que hay de bueno en mí? La carta de Arteaga debe ser un auxiliar excelente. ¿Por qué no aprovechas todas las circunstancias que sean favorables y hablas tú sola, y sin temor, con tu padre? Según me ha dado a entender la persona con quien ayer habló tu madre, y vino aquí a decirme lo que ella pensaba, la señora no ve sin disgusto tu viaje al Convento, que parece costará muy caro. Esa es otra circunstancia que puedes hacer valer. Yo he agotado ya todos los medios y no me queda más que resignarme estoicamente a lo que ustedes hagan, y marcharme el día 20.

Mil caricias de

Hostos.



Caracas, 14 de abril de 1877.

Señor don Eugenio de Hostos.
Mayagüez.

Mi muy querido papá:

Aunque no lo creo, dicen que ha llegado el vapor. Sería una verdadera calamidad que hubiera llegado sin traerme cartas de usted y los documentos y la letra de cambio que por el vapor del tres pedí. Y sería una calamidad, porque la falta de las fes de bautismo y soltería puede comprometer mi sinceridad y mi veracidad ante la única persona (mi futura esposa) cuya opinión me importa mantener en mi favor. Y para que usted comprenda mi inquietud, le hablaré del origen y circunstancias del afecto a que estoy decidido hoy a hacer el sacrificio de mi independencia personal.

Por diversas circunstancias, en vez de buscar relaciones, desde que llegué he tratado de estrechar el círculo. En el a que me reduje, encontré a Belinda Otilia de Ayala, dulcísima criatura que desde el primer día me llamó la atención por el contraste que ofrecen su juventud y la reserva casi majestuosa de su carácter. Como yo fundo el porvenir de nuestro Continente en la educación de la mujer, dondequiera que encuentro una de mérito me esfuerzo por contribuir directa o indirectamente a mejorarla. No joven, no rico, no feliz; y en cambio, perseguido y hasta calumniado, ni siquiera el ansia legítima de establecer un hogar firme en medio de la inestabilidad de mi vida basta para hacerme creer que puedo ser amado y para decidirme a amar con franqueza. Así, mis relaciones puramente sociales con la que quiero hoy que sea mi esposa, eran tan cautelosas como convenía a mis inciertas circunstancias. Pero una noche, precisamente la en que creí que podía salir de Caracas y la en que había ido con objeto de despedirme, me convencí de que había andado más camino del que me había propuesto; y como desde niño me juré que, por mi culpa, por culpa mía deliberada, ninguna mujer padecería, resolví aplazar el viaje que, por otra parte, me hubiera costado un gran disgusto, pues para emprenderlo tenía que aceptar la garantía de una deuda que dejaba pendiente. Desde entonces me puse a observar a Belinda, y fui poco a poco abandonándome a la confianza que, al fin, se coronó con la dulce condición de ser amado. En medio de una raza como la nuestra, ningún afecto es tan vigilado como el muy digno, sin duda porque, siendo el menos usual, es el que menos se comprende. Aunque los que me conocen un poco saben cómo recibo yo a los que me vienen con cuentos, Fulana, a quien gustan mucho, y qué es amiga de la familia de Belinda, me dijo un día que «se decía» que era extraño mi proceder, pues que, siendo indudable mi inclinación hacia la digna joven, mantenía a sus padres en la ignorancia de mis propósitos. No había más que un medio digno de ahogar el germen que quería envolverme, y fui a ver a los padres de mi amada, y les dije: «Permítanme dejarme conocer de Belinda y conocerla. Ella acepta mi situación nada halagüeña y la condición que he impuesto». «Ningún inconveniente -me dijo su buen padre-; pero usted tiene tal fanatismo político, que puede considerarse como un verdadero compromiso». «Respetar ese compromiso mío con mi patria y estimularme a que lo cumpla es precisamente la condición impuesta: Belinda la acepta. ¿No es verdad que la acepta usted, Belinda?». Y como ella dijera que sí, ninguna otra objeción pusieron sus padres.

En los Estados Unidos, país racional donde todo se hace racionalmente, me hubiera bastado tener trabajo de qué vivir para casarme: ni el Estado ni la Iglesia ni la Sociedad ni sus costumbres me hubieran puesto veto; ya habría tranquilizado por esa parte mis días intranquilos y vería con ojo más firme el porvenir. Pero aquí, como en todos los pueblos de origen español, para ser feliz tiene uno que pedir permiso al Estado, y ni siquiera ha establecido bien el matrimonio civil; a la Sociedad, que exige una porción de necedades aunque no quiera uno hacerlas, y una porción de ostentaciones, aunque no pueda, para consentir el cambio de estado que debe hacerse con menos ostentación y obedeciendo a menos necedades. Resuelto a no ceder un ápice de mis ideas (que no es cediendo en lo que debe ser más firme como se debe ir a la constitución de una familia), declaré que no me casaría en Caracas. Se me objetó que la calumnia perseguiría un matrimonio que exigiera un viaje al extranjero, y precisamente por justa indignación contra los infames que pudieran atreverse a poner nubes en el cielo inmaculado de dos conciencias puras, me obstiné en mi propósito. Como es imposible que yo continúe aquí, y necesito ir a Curazao, donde por lo menos estaré cerca de Puerto Rico y Santo Domingo, convine en que daría poder para casarme; y en eso, o en que la familia de mi futura se traslade con ella a Curazao, estamos hoy. Por supuesto que como yo tengo tan pocos amigos, y no admito a nadie en mis proyectos y resoluciones (de donde sale la fama de soberbio que me dan) gente hay aquí que no entienden mi conducta reservada. Usted contribuiría involuntariamente al triunfo de esa gente, si hubiera recibido tarde mi carta del tres, que mandé por conducto de Bonocio Tió pues que ni directamente podemos comunicarnos, y si no hubiera hecho las diligencias que le encarecí para mandarme la fe de bautismo y de soltería. Veremos qué trae el correo.

Ahora, para que quede satisfecho de mi resolución de casarme, sepa que Belinda es mármol excelente y que si de él no saco una mujer notable ante el mundo y una esposa completa ante el hogar, desde ahora me atribuiré la mayor parte de la culpa. Es cubana, hija de cubanos patriotas y perseguidos. Si son ricos por allá, ni lo he preguntado ni lo sé: hoy no lo son. Su padre, el señor Filipo Carlos de Ayala es médico y vive de su profesión. Su madre es una señora que opone pecho fuerte al infortunio. Si no hay aquí los transportes de felicidad que son de uso, piense que yo tengo más miedo a la felicidad que a la desgracia, y recuerde que tampoco tuve transportes de ventura cuando en 1870 y 72 le pedí consentimiento para dos de mis tres tentativas frustradas de matrimonio. Esta vez no será en vago ni en vano el consentimiento.



Hoy, dos de junio de 1877.

Inda querida: Vamos a ver si, a pesar de no haber podido dormir en toda la noche, puedo aprovechar esta hora tranquila de la mañana para pensar contigo en lo que debo hacer. Así obedezco tu deseo de no dar paso alguno sin tu consentimiento, y seguiré al pie de la letra tus mandatos, cosa que lisonjeará el orgullo de mi amada chiquilla, y me someteré a tus consejos, cosa que satisfará a mi maestra en amor puro, generoso y denodado.

Por más que yo sepa hasta qué punto es incapaz de pensar por sí mismo un hombre débil, quise ayer, enternecido con la demostración de cariño que tu padre te había hecho, llamarlo a un convenio. Hice que Lola le pidiera una entrevista, en la cual le hablara persuasivamente y preparara la que yo había de celebrar después. Desgraciadamente, tu padre es hombre débil, y en vez de hacer lo que debía, se abandonó a impulsos que me incapacitan para hacer nada directamente con él. Eso no obstante, intentaré otro paso de conciliación, y haré que esta noche vaya Arcila a hablarle, y acaso, durante el día, Vizcarrondo. Entre tanto, voy a consultar al qué ha de ser mi abogado y a combinar con él los medios legales de sacarte inmediatamente de ésa casa. No duermo, no sosiego, no vivo, temiendo que te suceda algún mal, y sólo estaré tranquilo cuando te vea en otra casa. ¿A cuál querrías tú ir? Yo he pensado en Arizmendi25, cuya familia te tratará con la bondad que tiene para todo y con el respeto cariñoso que tiene para mí. Allí estarías al amparo de toda mortificación, en medio de personas cultas, benévolas, delicadas y sensibles. Si se puede conseguir que el juez civil o el delegado para los matrimonios civiles vaya a casarnos a esa casa, en ninguna parte se celebraría más dignamente nuestra unión. Y como ya es hora de pensar en tu bien y tu salud, allí nos unirá también la Iglesia. Entre tanto, vivirías respetada, casada y soltera a la vez, hasta que yo pudiera prepararte un hogar decoroso, cosa que sucedería cuando ya estuvieras completamente restablecida. Me siento capaz de sacrificarlo todo por tu bien y por nuestra dicha futura, y ya sabes que sabría luchar contra mis pasiones. Las tuyas son tan puras, que no se me ocurre dudar de tu fuerza para salir victoriosa de esa lucha.

¿Qué más puedo hacer? Dímelo para que lo haga. Pero dilo pronto, alma mía, porque los momentos de acción se van volando.

Voy a tratar de ver a tu cuñado Velázquez. Pero preferiría que tú lo hicieras ir a verte y que lo prepararas para conversar conmigo. En este caso, yo estaré a las dos y media de la tarde en casa de Lola, y allí recibiré la noticia del lugar en donde hayamos de vernos él y yo. No quiero dejar de hacer nada para evitar el escándalo; pero no puedo dejar de hacer pronto lo que ha de salvarte de tus sufrimientos, que me pesan en el alma mucho más de lo que me han pesado todos mis dolores, y me duelen en la conciencia como si fueran obra del mal hecho por mí.

Aliméntate, alma mía, cuídate, asegura tu salud, tranquiliza tu ánimo y ten fe y confianza en tu amantísimo

Hostos.



A las once de la noche del 2 de junio de 1877.

Deseo expresado por ti, deseo satisfecho por mí, querida Inda de mi alma: aunque no dormí anoche y no he cesado de moverme en todo el día, voy a complacer la voluntad que me manifiestas en tu bendecido papelito «pequeño por el tamaño y grande por la satisfacción que encierra». Quieres (la señorita se permite querer cuanto le da la gana) que te escriba cuanto ha pasado de esta mañana acá: Tu voluntad sea hecha.

Desde que acabé de escribirte, empecé a trabajar en el sentido que indiqué. Fui a ver a las nueve de la mañana a Velázquez, de cuya digna conducta estoy satisfecho, y después de exponerle mi tranquila resolución, convine con él en que fuera a verte y a dar el penúltimo de los pasos que, por salvarte y salvar del escándalo el calumniado afecto lleno de pureza y dignidad que hemos probado, sobre todo tú, estaba yo dispuesto a dar. Después de eso fui volando a cumplir con mi obligación de ganapán. Luego convine en verme esta noche con Arizmendi. Poco después previne a Arcila para que viniera aquí mañana. No mucho después, preparé una consulta con un abogado. Volé en seguida a casa de Lola para saber si habías escrito, y sobre todo para que ella me dijera cómo estabas, y para que Patria, su hija, me sonriera con la sonrisa que me ha devuelto desde que la he convertido en reflejo de tus ojos..., porque has de saber que te la mando para que te dé mil besos y te mire y se empape de tu mirada y de tu aliento y me traiga en sus ojos que te han visto tu querida imagen. Vine a las doce y media pasado meridiano a tratar de almorzar, y como me han dicho que tú tienes conmigo la crueldad de no alimentarte y de perder tus fuerzas, que son las mías, no almorcé, porque me daba vergüenza y remordimiento estar yo desayunándome cuanto tú estás con vahídos. Pensando en ellos y quejándome de ti, de mí, de nuestro amor, de cuanto te ha hecho sufrir, salí de nuevo para mi cárcel-colegio. No bien acabé, volé a buscar mis cartas de Puerto Rico, que mañana espero tener, y del Hotel Saint Amand, a donde deben llegarme, corrí para otros puntos para atar todos los cabos del asunto que me ocupaba y preocupaba. De nuevo a casa de Lola, para obedecer a la más que merece obedecida creatura que me mandaba esperar allí a Velázquez. De allí, descontento de no tener carta tuya y de no volver a ver a Patria, que habían mandado a tu lado, fui a casa a buscar un tabaco. Eran ya las tres y media y al pasar por tu casa, suspiré al no verte y me abochorné de pasar de largo por casa de Isabel, a quien debía dar lección. Volví a ver a Velázquez. Entrevista de dos horas, a puerta cerrada, que excitó en gran manera la curiosidad de los subalternos de la Gobernación. Por primera y única vez he hablado de nuestros amores. Se trataba de justificarlos: ¡han sido tan torpemente calumniados! Calumniado tu amor y el mío, ¡alma Inda! ¿Qué no calumniarán los hombres y las mujeres, cuando han calumniado nuestro amor? Velázquez se mostró digno de oír la enérgica vindicación que hice de las nobles relaciones que, gracias a tu pureza y a tu dignidad, he conseguido hacer tan ejemplares, y entonces pude discutir el convenio que él había hecho en mi nombre con tus padres: yo quería a toda costa que él y tu hermana y su madre te llevaran a su casa, y no cesé de insistir en eso, ni cesaré, porque tengo verdadero miedo de dejarte expuesta a nuevas luchas. No obstante sus objeciones, insistí y creo que eso se realizará, sobre todo si tú te empeñas. ¿No te quiere mucho la madre de Velázquez?; pues, ¿en dónele estarás mejor? Este era un punto esencial para mí, y no hubiera aceptado el convenio si Velázquez no me hubiera dicho lo que tú le encargaste. Como eso no era claro, le rogué que volviera donde ti.

Seguiré mañana. Estoy postrado. Cuídate, restablécete, devuélveme tu salud, y tu contento, y aun podrá tener calma tu

Hostos.



Caracas, junio 3 de 1877, por la mañana.

Buenos días, querida Inda: ¿Has pasado bien la noche?, ¿sigues tan contenta como te manifestabas en el papelito?, ¿no has tenido motivo ni palabra que te haya intranquilizado?, ¿te sonríes ahora?, ¿sonríes a las esperanzas que renacen?, ¿crees que tu Hostos puede hacerte feliz?, ¿tienes en él y en su amor la fe que ha de hacerte olvidar las congojas de estos días? ¡Bienaventurado yo, si alguna parte he tenido en tu restablecimiento y en el de una situación más digna que la que a que nos habían arrojado! ¡Bienaventurados ambos, si sacamos partido del dolor y de las lecciones que contiene, para aprender que en el matrimonio no basta el amor, y que la felicidad no se construye con pasiones!

Ahora, Inda mía, y antes de continuar el relato que anoche interrumpí, déjame que te haga dos advertencias: es la primera, que, siendo mío tu pensamiento, no debes nunca ocultármelo y debes decírmelo siempre sin rodeos. Es la segunda, que procures no vacilar nunca ni encomendar tu juicio al criterio de los otros.

Esas dos advertencias se refieren a dos hechos concretos. El primero ha sido el silencio obstinado que en momentos graves has guardado, imputándome con injusticia un silencio que nunca he guardado contigo. El segundo hecho es la vacilación que parece has tenido ayer. Juzgando por lo que en tu nombre me dijo Velázquez, estabas resuelta a seguir mis resoluciones. Después, y según la carta del mismo Velázquez, no quieres salir de tu casa. Yo tampoco lo quiero, porque no quiero el escándalo. Pero tampoco quiero dejarte expuesta a nuevas luchas. Si hubieras sido inflexible, el convenio se hubiera hecho con la condición de que te hubieran llevado a casa de Velázquez y su madre. Ahora, ya está hecho el convenio; y si vuelven a mortificarte no hay más camino que la violencia, aunque sea legal. Contestando a las diez de la noche a Velázquez, dije que quiero lo que tú quieras, y me resigné a lo decidido ahí. Según el convenio, podemos comunicarnos libremente. Necesito que Eduvigis, en quien creo que se puede confiar, se encargue de nuestra comunicación. Ya he abusado bastante de Lola y Patria.

Te envío mil caricias. Tu siempre

Hostos.



3 de junio, 1877, por la noche.

Querida Inda de mi alma: Como anoche deseabas tanto una carta mía, me pongo a escribirte para que duermas bien. ¡Ojalá que yo pudiera tan fácilmente hacerlo todo por tu bien! Inda, ¡Inda de mi alma!, si tú pudieras ver en lo profundo de mi corazón, y allí vieras todo lo que tu recuerdo continuo labra y ahonda y escava, es seguro que, por evitarme los profundos terrores de perderte que tengo a cada paso tendrías fuerza, resistencia y resolución de ponerte buena a toda costa.

Me dijo Patria que te ibas a acostar porque te dolía el cerebro, y en tu carta lo leí después. Acto continuo hice que ella volviera a tu lado, y ansioso de que alguien más experto te viera, te hablara y te tranquilizara, rogué a Lola que fuera a verte. Tú te pondrás buena, nos veremos otra vez, nos uniremos suceda lo que quiera, y entonces yo te contaré, alma de mi alma, todo lo que he tenido que luchar en estos días con las pasiones de las gentes. ¡Qué especie humana! Cuando no da piedad, da vergüenza. Cuando no son insensibles como piedra, sólo tienen sensibilidad en la imaginación. Pero no es hora de otra cosa que de atenderte, que de cuidarte y ampararte desde lejos, y quiero regañarte un poco para ver si con mi palabra puedo conseguir lo que no puede mi presencia prohibida.

Vamos a ver, Inda, ¿por qué no te alimentas, por qué no tomas todas las precauciones necesarias para no oír lo que te desagrada, para impedir que te mortifiquen, para no tener más palabras con tu madre que las necesarias?, ¿por qué no comunicas a Manuela una parte de mis anhelos para que ella no te deje en paz hasta que comas y bebas y duermas? Mira, Inda, que si se repiten muchos días como el que paso hoy, desde que recibí tu primera carta, no vas a ser tú sola la débil y la abatida y la enferma, y entonces, ¿quién va a ampararte? Ahora, al menos, tú sabes que no hay ni dolor ni congoja, ni angustia ni temor ni movimiento nervioso que tú sufras, que yo no lo sufra con la misma intensidad. Eso, alma, es ya un consuelo. Quien es tan profundamente querida como tú lo eres, si sufre, no sufre sola. Ten calma, y esperemos un poco. No pasarán muchos días sin que todo cambie.

Vuelvo a insistir en que consigas de tu hermana que te haga ir a su casa.

Cuando Eduvigis entró, ya estaba casi al concluir. Mientras comía lo poco que tu recuerdo me deja comer, escribía para ti. Todo es tú para mí.

Cuídate, mejórate, duerme, y no dejes de hacerme saber cómo sigues ni de decirme lo que quieres.

Tu amantísimo

Eugenio María.



Caracas, junio 4 de 1877.

Dios te bendiga como te bendigo yo, Inda mía: ¿Dormiste bien?, ¿has descansado?, ¿se han tranquilizado tu ánimo y tus nervios?, ¿no te duele ya el cerebro que ha concluido por dolerme? Inda de mi alma, ten cuidado con tu salud: tú eres tan necesaria para mí, que por primera vez en mi vida no concibo nada fuera de la dulce y bienhechora posesión de mi bien amada. Si no fuera porque has sufrido mucho más de lo que debías y por haberte abandonado con exceso a nuestro dolor te diría que te has comportado tan noble y tan heroicamente, que ya no concibo nada igual a ti. Así eres la realización de mis sueños de amor más ambiciosos; pero es demasiado lo que sufres, y todo exceso de dolor desvirtúa el mérito que, soportando la desventura, se conquista.

No más dolores físicos, alma de mi alma; bástennos los morales, y opongámosles las tranquilas esperanzas de bien que podemos tener. ¿Tú no ves que el sufrimiento tuyo es remordimiento mío? Por intacta que esté mi conciencia ¿no es ella tan delicada y tan generosa que se atribuye hasta el mal que no puede remediar? Piensa en esto, alma mía, y reflexiona que cuando yo hablo de conciencia, no hablo de una cosa sin existencia real, sino de lo que más íntima y más hondamente constituye mi existencia.

Conque, ¿me prometes cuidarte, alimentarte, dormir bien, descansar, conversar sin agitarte, rehuir todo altercado? Mira: todavía no me amas bastante, y voy a darte el modo de que me des la mejor prueba de amor que puedes darme: cuando alguien trate de intranquilizarte, acuérdate de mí, acuérdate de que te necesito para todo, de que te prohíbo no estar buena, y recuerda que yo te he asegurado que no hay leyes ni hombres ni nada que pueda oponerse a nuestra unión: lo único que puede impedirla es tu salud, si te abandonas a los excesos de desesperación de estos días. Tu salud alterada impide material y moralmente nuestra unión: materialmente, porque nada puede hacerse; moralmente, porque la incesante inquietud en que me tiene el miedo de perderte me incapacita para todo.

Así, pues, cuídate, cuídate, cuídate: ese es nuestro primer deber; estar fuertes para resistir con fuerzas.

A las doce mandé a Eduvigis con alguna palabra de tu alma. Te escribiré a la noche; que venga a las siete a buscar mi carta.

Mil bendiciones sobre ti.

Tu amantísimo

Eugenio María.



Caracas, hoy 7 de junio de 1877.

¡No has podido contestar mi carta!... ¿Sabes, Inda de mi alma, el daño que así me haces? Si yo no vivo más que para esperar palabras tuyas, ¿por qué no las escribes? ¿Crees que, ni por un momento, pueden satisfacerme aplausos que no busco? Y, sin embargo, no te ocupas de otra cosa. Casi me ha parecido una serie de ironías tu cartita. Y si no hubiera sido por la posdata, me habría aterrado, porque me imaginaba que el desatender nuestro amor por atender a una miserable vanagloria, que a mí no me ha costado más que el trabajo de quererla, equivalía a que me hubieras dicho: «Mientras usted piensa en la gloria, señor mío, yo sufro».

No, no es de mi renombre de lo que yo quiero que te ocupes, sino de ti y de nuestro amor. Dime cómo estás, cómo te tratan, qué se dice ahí, qué dan a esperar, qué esperas tú. Me han dicho que ni siquiera a Manuelita te dejan ver, y eso me ha abrumado. Cuando tanto te vigilan y te encarcelan, no será por tu bien ni por el mío.

Tengo miedo de marcharme sin ti, y va a ser necesario. Hoy he recibido mi nombramiento, y en él se me dice que salga «cuanto antes para su Rectorado». Yo estoy dispuesto, no sólo a mandar enhoramala el Rectorado, sino hasta la felicidad que sin ti pudieran ofrecerme. Habla tranquilamente con tu padre y ve qué es lo que piensa. Si no fuera por ti, ya hace tiempo, muchísimo tiempo, que yo hubiera hecho lo que mi carácter me aconseja. Pero has sufrido por mí, has sido digna, buena, generosa, amante, y aunque no te amara con toda la firmeza de conciencia con que te amo, estaría dispuesto por ti a hacerlo todo.

Pero es necesario que me digas lo que debo hacer. Ninguna prueba mayor de afecto puedo darte que el dejar a tu discreción mi conducta, mi felicidad y mi vida. Eso he hecho y eso quiero seguir haciendo. ¿Por qué no ha de tener resultados mi completo abandono a tu voluntad? Aprovecha los momentos, Inda mía; mira que el 20 se acerca, y la dignidad, cuando no la desesperación, me aconseja que ponga la distancia entre nuestros tiranos y yo.

Ten muy presente mi carta de esta mañana. Yo no quiero escándalo, pero no quiero perderte; y temo que te pierdo si me voy sin ti.

Cuídate por tu

Amantísimo

Hostos.

Te envío un recorte de Opinión Nacional que acaso te complazca.

Caricias y bendiciones.

H.



Noche del 7 de junio de 1877.

Las diez dadas. En otro tiempo solía tu mirada o tu palabra detenerme, Inda querida, si a esta hora me ponía yo en pie para marcharme. ¡Qué cambio! Ahora me haces esperar en casa ajena la llegada de tu mensajera.

¡Y pensar que, cuando puedo encerrarme en un rincón tranquilo del mundo, he de tener que irme sin el único ser que, con mi padre y con Rosita, querría yo que compartiera mi soledad!

Cuando yo pienso que, con las facultades que he puesto inocentemente al servicio del bien, hubiera podido ser el hombre más feliz de mi tiempo, si las hubiera puesto al servicio del mal, casi me arrepiento, hasta casi me avergüenzo de ser bueno.

Perdóname, y no temas: yo siempre seré digno de ti, y cualquiera sea el abismo de dolor y de tristeza adonde me lleve este camino, nunca lo abandonaré. Es el del bien. Tú, alma mía, mi padre, mi hermana, estáis en él. De los tres, ninguno al lado mío, y siempre solo conmigo mismo.

Ya hace un rato que estoy reflexionando en lo torpemente que procedo al abandonarme a reflexiones que han de acongojarte; pero he querido decir lo que siento y pienso para darte motivo y ocasión de que me reconvengas, me corrijas y me consueles.

En medio de esta balumba de sensaciones y emociones dolorosas de estos días, sólo una cosa me consuela: y es que ya, cuando pregunto: «Y ella ¿cómo está?»; me dicen: «Está buena». Al menos, así puedo dormir, que en los días aciagos en que estuviste enferma, Inda, si mi insomnio era terrible, los breves momentos de sueño eran verdaderas agonías.

Voy a acostarme. Está lloviendo: ¿recuerdas con qué risa de malignidad feliz te reías cuando empezaba a llover y tenía yo, por esa causa, que prolongar mi visita cuotidiana?

Sigue cuidando de tu salud, que es la de tu

Hostos.



Noche del 9 de junio de 1877.

Alma Inda: Siguen cayendo sobre ti mis bendiciones. El más perseguido de los hombres, bien puede ser uno de los más verdaderos de su tiempo, y merecer el amor sin reserva de los pocos que lo aman. Por lo tanto, cumpla él como bueno con los buenos, y haga lo que acaba de escribir en su diario: «[...] Han caído muchas cosas en mi alma: estoy como el que no tiene fuerzas. Pero es preciso tenerlas para ella; y voy a escribirle para que me tenga siempre a su lado».

Y aquí estoy, Inda querida, aunque tan malo y tan odioso, olvidándome de mí para pensar en ti. Pensar en ti es olvidarme de mí, alma mía.

Alas, anhelos, esperanzas, todo ha caído en lo íntimo de mi ser, desde que he perdido la confianza en nuestra unión, y por eso me encuentro sin palabras. Por primera vez, desde que te escribo, no sé de qué escribirte. Digna y venerable es tu resolución de esta mañana, y acaso sea ése el camino más corto que haya para los dos, que siempre el camino más corto es aquél en que esquivamos el mal; pero es una necesidad tan cierta, tan real, tan exigente, el tenerte por compañera de los amargos días que sólo tu presencia podría dulcificar, que nunca he sentido una desolación tan fría como la que siento ahora.

¡Dos años y medio, Inda! Si Puerto Rico no me necesita en ese tiempo, ¿qué voy yo a hacer durante esa eternidad? Y si me necesita, ¿cómo voy a poder atender a la vez a la patria y al amor? Pero yo no he tomado la pluma para quebrantar tu resolución ni producirte la excitación inútil y dolorosa que producen las vacilaciones, sino para fortalecerte y decirte y repetirte que lo primero que deseo es que estés segura, sana, salva, buena y tan contenta como es posible que estés en ésta tu primera lucha con la realidad brutal de la existencia. No vaciles, Inda; haz lo que has pensado, que lo pensaste con generosas intenciones. Has querido evitar el mal y has hecho bien. Cuando yo tenga más calma, y arreglemos el modo de comunicarnos, hablaremos de lo que hayas de hacer en Curazao. Entre tanto, dime lo que te propones, y ten la seguridad de que siempre será para ti el mismo, tu

Eugenio María.



Hoy, viernes, 15 de junio de 1877.

Inda mía, muy mía y de toda mi alma:

¿A que no has visto nunca una mañana más suave, más risueña, más enamorada de la luz, más feliz, más parecida a ti que esta mañana? ¡Y luego dirá uno que el cielo no se asocia a las alegrías de la tierra! Hoy tiene obligación la tierra entera de estar alegre. Lo estamos tú y yo, tú y yo somos felices... Poco a poco: entre nosotros dos hay otros, y temiendo estoy que, hecha a disgusto las paces, se haya presentado ya algún motivo de nueva hostilidad. Es preciso evitarlo a toda costa, cara Inda, y es preciso también que no pierdas la costumbre de escribirme por mañana y tarde, diciéndome cómo estás, cómo van las cosas y qué ha sucedido. Ahora que no se necesitan tantas precauciones (aunque te aconsejo que no las suprimas), haz que Manuelita me traiga aquí tus cartas y las deje, si yo no estoy, en manos de la señora de la casa, que es segura. Temo mucho que la pobre y generosa Lola tenga que sufrir las consecuencias de mi continuo ir allá, pues anoche al pasar y entrar, nos dijo con su magnánima tranquilidad de conciencia, a su marido y a mí: «¿Saben que el venerable señor Fulano me ha dicho hoy que le han dicho que yo me quería con usted, Hostos?». Aunque eso es una necedad más que una infamia, iré menos a casa de Lola y así le evitaré murmuraciones miserables. Para ir menos me basta no tener que buscar y esperar allí lo que mi atormentadora me hacía ir a buscar. Dime si quieres que vaya a verte esta noche.

No olvides que la debilidad es autora de desgracias y que es una debilidad someterse a sugestiones de personas que nos han probado hasta dónde pueden llegar para dañarnos.

En medio de la felicidad de verte, me daba pena mirarte. ¡Cómo te has dejado adelgazar, bien y mal mío! Es necesario remediar el daño que te han y me han hecho: así, pues, cuídate mucho, aliméntate bien.

Te mando la flor de nuestros amores: abría en los mismos instantes en que nosotros abríamos los ojos a la luz de la esperanza: si quieres que vaya ésta, póntela.

Caricias y bendiciones de tu

Eugenio María.



A las diez y media.

¿Qué es de ti? Estoy esperando carta desde las seis, y como he estado enfermo, ya hace cuatro días, no he salido. Pero ya que tu mensajera no llega, voy a buscarla. Pienso empezar a dar pasos para arreglar nuestro casamiento. Bueno es que me prepares a tu padre, con quien he de hablar, y pronto.

Mil caricias.

H.



Caracas, hoy, primero de julio de 1877.

Inda mía: Ahí te van flores para que adornes tu florero y flores para que me deslumbren esta noche en tu querida cabellera mía. ¡Qué bien va a lucir la rosa encarnada entre tus negros rizos! Y después, cuando tu cabello y tus labios la hayan consagrado, ¡qué bien va a morir en mis labios y a reposar en mi osario de flores! ¡Cuándo llegará el día en que otra flor más preciada, más costosa, más querida, más pura, de fragancia más delicada, repose, tranquila para siempre, en los amantes brazos que han de ampararla contra todo mal! ¿Sabes tú qué flor es esa, Inda del alma?

Vamos a tenerlo todo dispuesto para ese día. Si sucede lo que deseo, será antes de lo que tú crees. Así, aprovecha el tiempo: empieza a arreglar tu equipaje; disponlo de manera que no necesites volver a tocar el baúl-mundo en que debe ir todo lo que lleves para la isla de Margarita, y no dejes fuera más que lo estrictamente necesario para el viaje. Procura que todo vaya empaquetado con el menor volumen posible, y rotulado con tus iniciales y la dirección: «Nueva Esparta, Asunción».

Nadie creerá, cuando se escriba en lo futuro la biografía de tu Hostos, y cuando él escriba tu hermosísimo retrato moral, que los dos solos, sin aliados, casi sin amigos, rodeados de asechanzas, hasta en donde la naturaleza da auxiliarse a otros seres, hostilizados por mucha gente, hayamos podido sacar triunfante nuestro amor, resplandeciente nuestra mutua adhesión, y realizada una empresa que nosotros mismos teníamos por imposible. En medio de todos mis dolores, ese es un motivo de contento.

Un beso, y hasta la noche.

Eugenio María.



Para que Inda lea con más fruto el Colón de Fenimore Cooper26

Este libro no es historia, porque no tiene el propósito severo de la Historia, que es juzgar los actos de los hombres; porque no tiene el estilo de la Historia, que debe ser una continua y grave narración; y porque no tiene el objeto que la Historia debe llenar y es el de buscar con minuciosidad y exactitud la verdad de los hechos en que ha de fundar sus juicios.

Tampoco es este libro una novela, porque la mayor parte de los hechos en que se funda no son imaginados, sino verdaderos; porque el personaje que sirve de centro a la acción, no es un ser imaginario, sino uno de los cuatro grandes hombres verdaderos que honran en la historia a la especie humana.

El Colón de Fenimore Cooper es una novela histórica; es decir, corresponde a aquel género de la literatura en que se combinan los caracteres propios de la historia, y los peculiares de la novela, con objeto de hacer más interesante un hombre histórico, de hacer más comprensible una época histórica, de hacer más patética la narración de algún hecho histórico.

Leyendo con atención esta obra, se conocen casi todos los motivos que dirigieron en su vida a Colón, casi todas las luchas de su existencia dolorosa, casi todos los nobles sacrificios que hizo por consumar su obra, y casi todos los hechos que se relacionan con su alta empresa. Se sabe, por ejemplo, cuántos años pasó en la oscuridad y en la miseria, ofreciendo un mundo que la ignorancia negaba y la ambición no sabía ver; se sabe quién fue el primero y el mejor de los amigos de Colón, y cuánto puede un amigo humilde y de cuánto sirve un solo amigo a un grande hombre; se sabe lo que hizo Isabel la Católica por secundar a Colón, y cómo no es tanto ni tan generoso como dicen los historiadores españoles; se sabe qué errores tenía el siglo XV con respecto a la forma de la tierra; se sabe cómo la ignorancia de unos cuantos doctores y de unos cuantos palaciegos puede retardar una gran obra y amargar la vida del que la intenta; se sabe con qué medios insignificantes tuvo Colón que resignarse a realizar su obra magnífica; se sabe las dificultades, obstáculos, calumnias, asechanzas y peligros que tuvo que vencer hasta la víspera misma de su descubrimiento, y se sabe la resignación, la magnanimidad, la constancia, el ingenio benévolo, la ciencia y las virtudes que tuvo que oponer a reyes, magnates, pueblos, y subalternos, así cuando se desentendía de las burlas de la opinión vulgar, como cuando contenía los motines de su tripulación, que un día se aterraba de la erupción del Teide, otro día se desesperaba con la variación de la aguja de marear, ya se espantaba de la fijeza de un viento, ya se inquietaba con las calmas, y tan pronto se horrorizaba de las yerbas que cubrían el Océano, como se acongojaba con la idea de no poder salir más nunca de él.

Para hacer más interesante la narración de todos esos hechos históricos, Cooper ideó el episodio novelesco de los amores de Luis de Bobadilla y de Mercedes de Valverde, y el episodio de Ozema. En realidad ninguno de esos episodios tiene mérito bastante para contribuir al interés que por sí sola tiene la vida de Colón; pero, al menos, el autor ha sabido utilizar los personajes imaginarios con que quiso aumentar el interés de su narración, pues en Bobadilla y en Mercedes personificó o representó tres móviles del alma humana. En Bobadilla, el ardor generoso de la juventud; en Mercedes, el noble entusiasmo que la mujer tiene por todo lo que instintivamente cree que es bueno. En los amores de uno y otra, la influencia virtuosa que el amor bien sentido y bien dominado, puede tener en el perfeccionamiento de un carácter y en la realización de un gran fin. Este episodio amoroso, que será tal vez el que más agrade a los enamorados y que sin duda puede servir para enseñarnos que el amor es un sentimiento más elevado de lo que se cree, este episodio no es, sin embargo, lo que importa leer bien. Así, déjese el episodio para atender a la acción principal, y olvídense los personajes imaginarios para estimar y admirar y bendecir a Colón.

Cuídese de anotar las ideas buenas y los pensamientos elevados que de cuando en cuando se presentan en esta obra; y especialmente, la idea exacta y realmente luminosa, que yo creía exclusiva de cierto pensador oscuro27, y que consiste en considerar el descubrimiento del Nuevo Mundo como un triunfo de la verdad científica sobre el error dogmático.

Cuídese también de estar prevenida contra ciertas imperfecciones de estilo y de lenguaje que hay en esta no buena traducción del libro de Cooper. Este era norteamericano y escribió en inglés.

6 de julio 1877.



Dedicatoria28

Día 7 de julio, Caracas.

Como Colón, vamos a embarcarnos para un mundo desconocido. Ya se va el equipaje, ya se rompen las ataduras materiales que nos ligan al lugar en que hoy estamos y al estado en que hasta ahora hemos vivido. De aquí en adelante, los dos solos ante la conciencia; y la responsabilidad del deber buscado y aceptado, en el fondo secreto de la conciencia.

Como Colón, lo desconocido por delante, la oscuridad en medio, la tristeza del pasado allá atrás. Si llegamos a donde queremos, un nuevo mundo de ventura: si no sabemos llegar, un mundo nuevo de infortunios.

Colón supo llegar a Guanahaní: amparémonos en su noble vida y aprendamos en ella a llegar al término del viaje.

Yo estaré siempre contigo, Inda mía. Apóyate bien en mi brazo y en mi seno, y llegaremos.

Eugenio María.



Asunción, domingo 5 de agosto de 1877.

¡Qué tristeza sin ti, Inda querida! Mientras han durado los exámenes... Iba a decirte que había estado distraído; pero no es verdad. Más de una vez me sorprendí abismado en tus recuerdos, y tuve que esforzarme para no parecer mal Rector. Pero ahora, que vengo a nuestro cuarto, y lo veo solo, desamparado de ti, sin la luz peculiar que tú le prestas, me ha caído encima la tristeza, la enfermedad de que estoy siempre muñéndome por dentro y que ni aun tú te explicas. ¡Inda, alma Inda! ¡Qué falta me haces para todo! hasta para estar contento de mí te necesito. Lejos de ti, de mí mismo abomino, y hasta el bien que medito me parece mal. ¡Y pensar que, amándote tanto, siendo tú una parte tan esencial de mi existencia, no logro hacerte la más feliz de las creaturas! Y todo, ¿por qué?; por anhelo de perfección y por quererte la más completa de las mujeres. Y, ¿qué mayor perfección que la de tu cariño, tan puro, tan noble, tan elevado, tan infantil y tan severo al mismo tiempo?

Antes de empezar a escribirte, y ansioso de algo que de algún modo materializara a mis ojos tu recuerdo, me puse a leer los papeles que me dejaste. Son parte de tu diario. No quiero buscar palabras para expresarte el sentimiento, la serie de sentimientos que esos diarios en pedacitos de papel han despertado en mí. Cuando dejas de ser niña de lagos, de caprichos y de malos recuerdos de educación defectuosa, eres un ser admirable, Inda de mi alma. Yo mismo, que fui tan precoz para pensar y para sentir todo lo bueno, estoy pasmado de tu precocidad. Verdad es que, pese a tus malos olvidos de ti misma, tú eres de los seres que no tienen edad. La tierra buena produce buenos frutos en cuanto el aire y el agua y el sol la acarician, y así tú. ¡Qué nobleza de sentimientos y de ideas cuando, interpretando injustamente uno de mis diarios, invocas la pureza de tu alma y de tu afecto! ¡Qué celestial alegría de ángel-niño, cuando, al día siguiente, mi palabra te devuelve la fe en mí! ¡Qué firmeza de razón y de corazón, cuando meditas en las proposiciones de tu madre! ¡Qué Inda tan Inda, tan mía, tan amable y tan amada, en cada una de tus palabras!

¡Ah! ¿Por qué no leería yo ayer antes de ponerme en viaje, esos diarios salvadores? Te hubiera perdonado tus impaciencias, tus arrebatos, tus rayos, tu botar la flor y tu injusticia. Pero nunca es tarde para el bien. De hoy más, tus diarios van a servirme de talismán. Los llevaré siempre conmigo, y cada vez que tus irreflexiones me hagan olvidar a la Inda que yo quiero tanto por la Belinda que tantos temores me causa, sacaré mi talismán.

Desde que llegué, hice coger limones para ti y tus buenos amigos. Yo mismo los cosí dentro del saco que improvisé, y encargué que los mandaran. Ahora me dicen que todavía no los han mandado. Te envío un racimo de bananos y voy a ver si encuentro nísperos. También te escribiré esta mañana.

Más tuyo que nunca,

Hostos.



Domingo por la noche, 5 de agosto de 1877.

Otra vez con tu diario, amada Inda. Vengo de hacer visitas por ti y para ti, para ver si logro hacerte soportable este destierro, a Josefita y a las Guerra. Son las nueve de la noche siempre sombría de Asunción. En vez de tu presencia consoladora, el recuerdo desconsolador de las tristezas inútiles que con las mías te he causado, y de las mortificaciones que los excesos de mi afecto y de mi sed de perfección te han provocado. Ahora, cuando, pensando siempre en ti, venía para el dormitorio que ya conoce tantas alegrías combinadas con tantas amarguras nuestras, me decía a mí mismo: «¡Ojalá que ella esté distraída, contenta y satisfecha en esta hora tan triste para mí!». ¡Con qué efusión de mi alma, cuán sin celos, cuán sin malsana ironía lo decía y lo pienso y lo deseo, Inda todo! Todo para mí, porque eres lo más amado y lo mejor de cuanto he amado. ¿Qué riesgo para mi ventura, qué peligro para la dignidad de entrambos, qué amenaza para mi completa posesión de tu alma puede haber en tu inocente alegría, en tu goce inofensivo del placer de la amistad, en tu abandono a las distracciones de la sociedad? Eso que pienso ahora, pensaba al llegar a nuestro cuarto. No estabas tú, estaba la tristeza.

Al sentarme a escribir, vi y veo tus gallinitas de loza, tu ardilla disecada, tu polvera, el ramillete seco... Por primera vez, contemplándolo, comprendo por qué lo conservas con preferencia a otros que yo creí más sagrados. Esas pobres flores secas te recuerdan nuestro amor no contrariado, nuestros días de confianza en todo, los albores de aquel afecto ya creciente y no confeso todavía. Tienes, tienes razón en conservarlo, Inda. ¡Bienaventurado el que pudiera conservar siempre en su aurora el sol que se pone cada día!

Después me puse a leer de nuevo tus diarios. Alma Inda, ¿por qué no continúas en esa tarea? ¡Si tú supieras qué remedio sería!



Asunción, noche del 6 de agosto de 1877.

Inda, perpetua ocupación de mi conciencia y de mi amor: Vamos a razonar un poco en estas horas de calma y de silencio. Unos cuantos diarios tuyos, espontánea expresión de buenos sentimientos y de ideas dignas, se convierten para mí en conciencia exterior que me hace juzgar severamente los buenos deseos míos que, por su mismo exceso, se han convertido en origen de mal. Entre las admoniciones que te dirigí al mismo día siguiente de pedirte para esposa, te recomendaba que llevaras un diario. Si hubieras seguido puntualmente mi recomendación, ¿no crees tú, alma mía, que me bastaría la lectura de tus diarias confesiones a ti misma para guiarme en mi conducta, para moderar mi impaciencia ante toda imperfección tuya, para oponer a éstas las excelencias de tu noble naturaleza, y para que, haciendo tema constante de nuestras conversaciones tu modo de pensar, de sentir y de proceder, llegaras a ser pronto el carácter que puedes ser? Tú escribiste los diarios que tanto bien me han hecho, recordando quizá que yo te había recomendado ese ejercicio. Era yo quien había tenido esa prudente previsión. ¿No ves en esto la prueba de que todo cuanto te aconsejo está fundado en sanos motivos de razón y en el mejor de los afectos, el que reflexiona y prevé y es concienzudo? Pues bien, querida de mi alma, aprovecha la lección, y comprométete conmigo a consagrar todos los días una media hora a hacer la diaria confesión de tus ideas, de tus sentimientos, de tus deseos, de tus contrariedades, de tus gustos y disgustos. Yo, por mi parte, haré lo mismo, y antes de recogernos, leeremos tú mi diario, yo el tuyo, y cada noche sabremos tú de mí, yo de ti, que no somos tan malos como acaso hayamos temido un momento antes. Esto, unido a mi institución del cambio diario de sortijas, institución que tú no has respetado ni un solo día, nos proporcionará cada noche el motivo que con frecuencia necesita el amor propio para no degenerar en mala pasión, en esa soberbia abominable que desgraciadamente afea las almas más bellas.

¿Te comprometes a eso, cara Inda? Como ves, a cada paso yo no ceso de buscar medios que me lleven al anhelado fin de hacerte verdaderamente feliz. ¿Por qué no has de secundarme tú? Terribles son sin duda alguna las consecuencias de mi extraño carácter, que, formado por ideas absolutas de bien, de verdad y de justicia, exige en todos lo que exige en sí. Pero, veamos: culpable como soy de querer cosas absolutas en este mundo de cosas relativas, y frecuente hacedor como soy de mal por querer el bien, acaso no soy yo tan culpable como los que, conociéndome incapaz de casi todo mal, no me secundan. Examina un poco tu noble conciencia, Inda todo mío, y ella te dirá que no soy yo el único que dificulto nuestra felicidad. Ahora, que vamos hacia ella por el mejor camino, el de la santa esperanza de convertirnos en tres reduciéndonos a uno, es necesario que no lo confiemos todo, como haces tú, al sentimiento de probado amor que nos ha unido; es necesario que la voz de la razón nos hable de continuo y que el oído de la conciencia la oiga de continuo. ¿Será así en adelante? Si es así, jamás felicidad más digna ni mejor conquistada que la nuestra. Y así será, alma mía, así será. Yo estoy convenciéndome de que nuestra unión va a ser bendecida, y a medida que me convenzo me siento transformado y te veo transformada en el más digno de los seres. Indignos uno y otro, de la ventura que se nos prepara, si no pensáramos las responsabilidades que ella ha de echar sobre nosotros, valdría más que nos resignáramos a declararnos incapaces del bien que ambos amamos, y que lloráramos de vergüenza y desesperación.

Pero no tendremos que llorar ni que avergonzarnos de no saber ser felices, Inda mía. La experiencia nos amonesta y ella y la santa esperanza que tenemos de refundirnos en nuestro retrato, nos guiará en lo sucesivo.

Acuérdate de que tus cartas son consuelos y no esperes a que el mensajero te dé prisa. Dime por qué quieres venirte tan pronto. Yo iré el jueves.

Te besa,

Eugenio María.



Asunción, noche del 7 de agosto de 1877.

Y luego te quejarás de mí, Inda de mi alma, si empleo todos los recursos de mi afecto, de mi razón y aún de mi carácter impaciente, para curarte de tus irreflexiones. Imposible que quiera como es querida la esposa que, a poco de serlo y separada de su esposo porque éste prefiere sacrificarse a verla triste, no contesta a sus cartas ni tiene prevenidas las que pudiera escribirle para aprovechar toda ocasión que se le presentara de hablar con él. Imposible parece, pero es verdad, Inda. La irreflexión hace en ti las veces de la insensibilidad. Desde que nos separamos, yo no he cesado de escribirte: tú no me has escrito más que cuatro palabras.

Más puntual que tú, Fariñas29 me contestó inmediatamente; y como, no pudiendo hacerlo de su letra, se valió de una de sus hijas, al recibir la carta la letra de mujer me alucinó y la abrí con el fervor y la urgencia del afecto. No puedo decir en breve espacio lo que sentí; pero si hay puñaladas para el alma, dolor de puñalada fue el que tuve. Imaginé cuanto se puede imaginar en el dolor, y a pesar de haber leído en la carta de Fariñas que ahí no había novedad, imaginé que no escribías por incapacidad física de hacerlo. No era así: el mensajero con quien mandé los nísperos y limones me dijo que estabas bañándote. Eso tranquilizó mi corazón de esposo; pero el de amante no quedó contento. «Y, ¿por qué no tenía escrito para que a cualquiera hora pudiera venir su carta?». Y preguntándome lo mismo, y comparando tu indiferencia con mi cuidado, tus distracciones con mis atenciones, he pasado el resto del día. ¡Qué hemos de hacer! Yo no tengo siquiera el consuelo de quejarme, porque las quejas como las reconvenciones no producen buenos resultados.

¡Pobre Inda! En realidad, no son reconvenciones lo que tú necesitas sino piedad: ¡qué digna de ella es el alma que no conoce las ternuras delicadas del amor! Bien que todavía es más digna de piedad el alma que las tiene y no es recompensada.

Como ves, alma mía, tu irreflexión me tiene triste. Pero si por tu bien, por educarte, por acabar de llevarte al nivel moral en que yo vivo, te digo con franqueza lo que pienso y siento, y expreso mi dolor como lo siento, no por eso creas que soy injusto. Mucho se ha de perdonar a tus pocos años, y sería injusticia, después de saber por tu diario qué generoso corazón eres tú, considerar una irreflexión como una falta de cariño. Pero, por Dios, mira que eso es malo.

Iré el jueves a verte, no a buscarte, porque deseo que sigas bañándote, distrayéndote, y acostumbrándome a sufrir por los dos.

Siempre suspirando por ti,

Tu

Eugenio María.



Asunción, agosto 11 de 1877.

Inda de mi alma: Por segunda vez, desde el brevísimo tiempo de nuestra unión, hemos vuelto hoy a separarnos. Por segunda vez estoy temblando. De día como es, dejándote en donde puedo creerte tan segura como en casa, contento con el sacrificio que me cuesta el tenerte un poco más contenta de lo que estás aquí; en suma, no teniendo motivo ninguno de temor, estoy temblando. Eso es por dos razones, Inda mía. La primera, que te quiero tanto con los tres amores que te prometí, de esposo, de padre y de guía, que me asusta la ausencia. La segunda razón, Inda, es que, en el fondo, esto no es bueno. Recién casados que tan fácilmente se separan, natural, aunque sea injusto, es que sean considerados como esposos tibios. Harto saben que no lo somos los que, como esa buena familia de Fariñas y esta gente del Colegio, nos han visto en la intimidad de nuestra vida, pero el mundo no ve eso; y como juzga mal con tanta facilidad, estoy temiendo que interprete malévolamente las frecuentes ausencias que, precisamente por afecto, hemos sufrido en tan pocos días de unión. Ya basta, pues, de vivir alejados, de pasar días en casa que no es tuya, y de estar imponiendo más que recibiendo hospitalidad. Si Fariñas hubiera querido alquilarme el aposento y pagarse la hospitalidad que nos diera, yo me hubiera alegrado de que pasáramos juntos ahí el resto de las vacaciones. Ahora es preciso aguardar hasta el martes, día en que volveremos a nuestra soledad de dos que no es tan mala, si sabemos hacer a cada hora lo que debemos hacer, y si nos resignamos a pensar que no podemos vivir de otra manera.

Por mi parte, Inda mía, he sido tan feliz en estos dos días, especialmente en el de ayer, que estoy dispuesto a creer que puedo ser feliz. Y como deberte la felicidad es duplicarla, y con poco que te estudies y modifiques no será difícil convertir este retiro en paraíso, ya, ardo en deseos de que llegue el martes. Designo ese día, porque mañana tengo que ir a Juan Griegos, pasado mañana debo aprovechar la ida de Vicente Matta para escribir a Caracas, y sólo dispondré del martes.

Sin querer, te estoy probando que tengo en ti la confianza ciega que mereces, puesto que te dejo sola contigo misma en medio de esa buena familia. Así, pues, no te impacienten mis admoniciones, y ten por cierto que sólo las aconseja el deseo de que seas para todos lo que eres para mí, la más digna de las creaturas.

La más digna, alma mía, pero una de las más inexpertas. Cuando estemos juntos te lo probaré, haciéndote notar algo que tú no has notado, y que con una sola pregunta que oí por acaso, he comprendido yo.

No quiero que te alarmes; pero quiero que empieces a tener experiencia. Y para eso, es necesario que procedas en todo con la mayor reserva.

No entregues cartas para mí sino a quien te entregue las que yo te escriba.

Escríbeme, pero más bien para decirme tu estado de salud, tu pensamiento, lo que haya de notable, que para contestar las mías.

Si el lunes no recibes cartas, es porque estoy en Juan Griego. No por eso dejes de escribirme.

Amándote cada vez más, tu

Eugenio María.



Domingo, 12 de agosto de 1877.

Inda querida de mi alma: No puedo vivir sin ti. Ni leyendo, ni escribiendo, ni meditando, ni contemplando cielo y mar, ni sólo, ni acompañado, ni velando, ni aun durmiendo, dejo de pensar en ti. En este mismo instante tan intenso es el dolor de no tenerte a mi lado, que estoy diciéndome para mí mismo: «¡Qué dolorosa enfermedad es este amor!». Bien dolorosa. Hasta el poder de resolver lo mejor me quita. No sé si es bueno que insista en procurarnos ahí hospitalidad pagada, ni si es bueno que vengas donde yo debo estar. Lo único que sé es que me duele muy hondamente tu ausencia y que tengo llena de sombras la imaginación.

He dejado el libro que leía, con el único objeto de escribirte. Son las doce. Al mediodía, ¿quién sino un enfermo de corazón puede estar como yo estoy, viéndolo todo oscuro y asociando a tu recuerdo cuantos males puede ocasionar la casualidad? Me parece que estás mal, que me llamas, que vienen a buscarme para darme una noticia infausta, que acontece algo que por mi alejamiento no puedo remediar, y que, volviéndose en mi contra el cariñoso deseo a que he obedecido al procurarte lejos de mí alguna distracción, hasta mi cariño me culpa y me presenta culpable a los demás.

Como no he recibido carta tuya, mi desasosiego es más inquieto. A estas horas, ya han venido de ahí cuantas gentes van de aquí, y nadie se ha acercado a entregarme carta alguna. ¿Estabas esperando que yo te escribiera? Lo hice ayer en cuanto llegué; pero la carta se quedó por falta de confianza en los que hubieran podido llevarla. Te la incluyo ahora. Mañana por la mañana salgo para Juan Griego. De modo que si esta tarde no tengo carta tuya, no voy a tener nuevas de ti hasta el martes en que iré yo mismo a buscarlas.

Aunque no: me parece mejor lo que acabo de pensar. Voy a mandarte tu bata azul, y así podrás decirme con el mensajero, por escrito, cómo estás, qué es lo que deseas, con qué puedo expresarte mi cariño, cómo tenerte contenta.

Si algo te molesta o te inquieta, dímelo para que vaya inmediatamente a buscarte.

Dime cómo está Rosario, cuyo estado de salud deseo ardientemente que haya mejorado.

Lee con atención mi carta de ayer, y procede como aconsejo.

Saluda a todos, y recibe mil y mil besos de tu cada vez más enamorado amante, esposo, guía y amigo

Eugenio María.



Hoy, 26 de febrero de 1878.

Inda querida de mi alma:

No bastarán todos mis días para indemnizarte de los dolores que nuestro amor te cuesta: ¿cómo ha de bastar un pliego de papel para sentirlos? Hoy, día de tu cumpleaños, es también día de un deber sagrado para mí, el de presentarte risueño e incitante el nuevo año de tu vida. Sólo con pruebas de mi cariño puedo hacer eso, y ni aun pruebas de cariño puedo darte: ¿acaso se puede expresar lo que es muy íntimo? El mar, cuya música acaricia desde lejos, nos atrae; acércate, y te parecerá aterradora la voz que te había parecido deliciosa. Así mi amor: cuanto más íntimo, cuanto más hondo, cuanto más inmenso, tanto más parecido al mar adusto.

Pero, espera. El día nublado va a pasar, entonces seré yo en la apariencia de cada día lo que soy en la realidad de mi alma, y podrás, Inda amada, cumplir años felices al lado de tu amante, esposo y padre.

Eugenio María.



Lunes, 1.º de abril de 1878. Horas antes.

Inda mía: Puesto en tus manos está al porvenir. Si logras formar parte natural del hogar que vas a conocer, hay toda una risueña perspectiva de días felices delante de nosotros.

Y como has de lograrlo, no quiero contemplar otra perspectiva, y te veo ir y alejarte de mí, no como débil que tiembla en su cariño, sino como seguro que fortalece en las pruebas su cariño.

Anda, pues, compañera de mis persecuciones, y abrígate bien en el asilo de mi hogar. Allí, por el alma hermana que momentáneamente dejas, encontrarás dos almas gemelas de la tuya: la de nuestro padre venerable, rejuvenecida por el dolor que de continuo ha querido envejecerla, la de nuestra hermana, tempranamente amamantada por la virtud y el infortunio.

Acuérdate de ti misma, y nunca, ni por un momento olvidarás que hasta en las naturalezas más dulces produce acíbar la contrariedad. Si no lo olvidas, nunca volverás a sentir en los otros ni en ti el dejo a acíbar. Piensa mucho en esto, piensa mucho: que de exigir en los otros lo improbable y de tener por imposible para nosotros el moderar nuestras propensiones hacia el egoísmo, ya esté basado en el sentimiento de nuestro propio valer, ya en el deseo de prevalecer, nace la dificultad de vivir íntimamente en el seno del hogar y la familia.

Acuérdate de que has de ser madre y de que vas a serlo. Ese estado, más que ningún otro en la vida, es aprendizaje. Antes, durante y después, obliga a aprender. Antes, a aprender a no exponer con imprudencias de carácter el fruto de un afecto virtuoso. Durante la obra íntima, se debe aprender a prepararse contra el dolor físico y el moral. Después, la maternidad obliga a aprender cómo es el mundo real y cómo se enseña a conocerlo; cómo es la naturaleza humana y cómo se dirige; cómo se consigue en la vida el realizar el bien propio por el bien ajeno, o por lo menos, impone el deber de aprender a ser resignada para enseñar a serlo.

Con toda verdad, sin ninguna pasión, puedo decirte que no hay nada grande de que no te crea capaz, nada bueno de que no tengas intuición, nada virtuoso que no sea propiedad natural de tu noble alma. Pero, tú lo has visto, Inda, no basta lo excelente, no basta lo esencial, no basta lo que constituye en sí mismo la dignidad y la gloria de la naturaleza humana: para vivir y ser tan feliz como sea dado serlo a los seres excelentes, es necesario lo pequeño. Esto forma la realidad continua de la vida humana; con esa realidad chocamos de continuo; con ella tenemos que luchar; por ella somos juzgados; a ella, por despreciable que con frecuencia sea, tenemos que acatar pasivamente, y es necesario conocerla para tomar de ella lo que es bueno, rechazar de ella lo que es malo, aprender en ella a discernir lo útil de lo inútil, y combinar en la tranquila armonía de los seres casi perfectos las excelsas virtudes de los mejores con las virtudes negativas de los indiferentes. Por éstos he tenido yo más desdén de lo que ellos merecen, y ya ves que el resultado ha sido pésimo. No, no es bueno seguir sólo por una senda, así sepamos que es ella la mejor, ni es justo separarse del camino por todos recorrido juzgando así mal a los que van por él. Muchos malos lo siguen; pero también caminan por él muchos buenos.

Así, alma mía, cuando volvamos a unirnos, vamos a esforzarnos por ser lo buenos que son muchos, sin dejar de ser lo excelentes que hemos tratado de ser.

Estoy seguro de que te hallarás en el hogar de tu alma cuando llegues al que ennoblecen con sus virtudes mi padre y mi hermana. Estoy también seguro de que, lejos de ser una perturbación, vas a ser en él un nuevo elemento de armonía. Te bastará desplegar allí las cualidades que te hacen tan amable, y entregarte, sin zozobra por mí y sin desasosiego por el porvenir, al placer de querer y ser querida. Mi padre es tu padre, mi hermana es tu hermana: trátalos así desde el primer momento, y que ni ellos ni tú sintáis jamás que hay cambio entre la hora del llegar y las horas del vivir continuo. A primera vista, todos los seres que tienen alguna virtud son amables y se hacen amar: el abismo empieza cuando empieza la triste necesidad de comparar, y cuando por impaciencia o por falta de conformidad, vamos restando lo flaco y defectuoso e imperfecto que tenemos todos, de lo fuerte que vimos al principio. En ese abismo caen los irreflexivos, los egoístas, los exigentes y los orgullosos, que piden siempre lo que, aunque se tenga, no siempre se da en la vida imperfecta, inquieta, dolorosa, que viven, más que nadie, los seres que viven para el bien.

Ahora, Inda, reflexiona y vive en la paz que tiene tu alma pura, y goza de la felicidad que mereces. No correrán muchos días, sin que yo tenga la dicha de ofrecerte un retiro digno de ti en el cual puedas desarrollar todas las fuerzas de tu alma, auxiliándome en la obra de bien que, siempre y dondequiera, será objeto de cada día de mi vida.

Anda, anda, y que Dios premie el sacrificio que ahora haces y bendiga el que yo hago.

Todas mis bendiciones sobre ti, alma mía.

Tu siempre

Eugenio María.



Colegio Nacional, Puerto Cabello;
jueves, 4 de abril de 1878.

Un día lleno de emociones, y no he hecho más que cambiar de lugar. Dejé la casita maldita y bendita en que tanto hemos sufrido tú y yo, Inda mía, desde que en ella pusimos el pie hasta el día dos en que tú la desamparaste y el día de ayer que yo la dejé. Muy temprano, ya había abandonado nuestra cama, y empecé a preparar la mudanza. Todo, tiempo, atención, cuidados, se me iba en ir y venir de un lugar a otro, preguntándome si efectivamente era tan querida y merecía serlo aquella casa en que tanto padeciste tú.

Cuando todo estuvo arreglado, y se hubieron llevado el equipaje, y Diego me había martirizado recordándome lo que no ha cesado de recordarme desde que te fuiste, y me hube despedido de Corela, la gatita, y me quedé solo, me arrodillé delante del lugar en que ponías tu sillón, y besé el que tus piecesitos ocupaban de costumbre. Tenía atada ya a mi brazo derecho la cinta azul que dejaste en la cama; había besado mil veces el pañuelo bordado que se te había perdido, y ya podía retirarme. Vine aquí, y esta tarde me vi forzado por la gratitud hasta a guardar las cenizas del tabaco que me dejaste. ¡Qué tabaco, Inda! Diego estaba delante. «¿Fue la señora quien te los mandó buscar?». «Sí, señor, un medio de éstos y otro medio de aquéllos». Y la gratitud me anudó la garganta, y fumé medio llorando de reconocimiento y medio riendo de felicidad. ¿Quién no es feliz, por desgraciado que sea, teniéndote a ti, Inda de mi alma?



Sábado, 6 de abril.

Durante el primer día de cambio, aun sin salir de casa, con sólo sentarme cerca del balcón y contemplar las montañas de la costa y refrigerarme en la brisa de las montañas y en la luz del espacio, tuve motivos para pesar el horrible régimen de vida a que estuvimos sometidos, Inda de mi alma, mientras vivimos en la casa sin aire que nos sirvió de cárcel. Si aquel encarcelamiento, en que no sé cómo no te amortiguaste, vida mía, hubiera sido el resultado de mi voluntad en vez de haber sido el consejo de nuestra dignidad escrupulosa, estaría remordiéndome a cada hora la conciencia: Yo hubiera sido verdugo, tú víctima. Aun habiendo sido víctimas tú y yo, me duele tanto el que hayas vivido privada hasta de aire, que no he cesado de quejarme por ti y por mí: por ti, que tales pruebas has soportado; por mí, que a tales pruebas te he visto por mi culpa y por mi amor sometida. ¡Mi pobre Inda! ¡Mi generosa compañera, mi valerosa portacruz!

Por dolorosa que sea, esta separación producirá por lo menos el bien de presentarme tal cual fue la situación abominable en que por mí viviste; y puesto que nunca, ni por un momento, he dejado de amarte con mi triple amor de esposo y padre y guía, aprenderé, considerando la ausencia como un castigo merecido, a armonizar más dulcemente mi conducta con mi amor; es decir, a dar más y exigir menos; a ser yo más perfecto y a querer con menos rudeza que seas tú el modelo de perfecciones que puedes ser.

Hoy, ya no me acuerdo tanto de lo que sufrimos, porque recuerdo más lo que gozamos. Recuerdo el bien inefable que me hacían tus caricias, tus palabras cariñosas, tus sonrisas, nuestras chanzas, nuestros juegos infantiles, la soledad llena de los dos en que vivíamos, la independencia feliz, y todo lo echo de menos, y por todo suspiro, y por todo me inquieto, y por todo se atenebra mi imaginación; y me parece que no voy a volver a verte, y temo que te hayan detenido, que el mar me haya sido infiel, que no me lleguen tus cartas, que yo esté condenado a vivir sin ti.

Ahora es cuando sé lo insensato que, por mi parte, era yo entonces, porque ahora sé que si hay algo a que probablemente no podría resistir mi corazón de acero sería a la privación voluntaria de tu vista. Cualquiera cosa me parece hoy preferible a tu ausencia.

Aunque en todo lo que sufro mi amor entra por casi todo en mi dolor, alguna parte toma en él el egoísmo.

Tú, que sabes hasta dónde llega mi anhelo de independencia, comprenderás cuánto atiza hoy al dolor de tu ausencia la pérdida de mi independencia.

Es sábado. Desde ayer estoy calculando en qué momento de la noche del viernes o en qué hora de esta mañana habrás llegado a Mayagüez. Cuando pienso que habrás llegado, que ya conoces a papá y Rosita, que estás al lado de ellos, que se ha realizado el deseo que desde nuestro matrimonio tenía yo, me alegro, me resigno a la ausencia, y sólo pienso en el día y en el modo de reunimos. Con tal que sea cuando tú estés ya recuperada de los males de tus luchas, tendré paciencia.



Domingo, 7.

Estoy de mejor humor, porque estoy de mejores esperanzas. La supongo al lado de papá y de Rosita, verdaderamente en su casa, al abrigo de dolores y miserias, contando las que juntos hemos sufrido, sonriendo con la benévola sonrisa de la inocencia al mal que ya pasó, sonriendo a la esperanza de nuestra próxima reunión, satisfecha de los míos y satisfaciendo al noble anciano y a la joven virtuosa que tanto estarán amándola y mimándola.



Día 16, abril 78.

¿Cómo no he de quererte yo, Inda querida, si te quieren hasta los que sólo por tus sonrisas bondadosas te conocen? Aquí ha estado Diego calculando los días que faltan «para que vuelva la señora», y rogando a sus santos que pasen pronto esos días. Su madre me mandó también a decir que, te saludara con cariño.

Has de saber, Inda mía, que no ganamos para sustos y que yo estoy contentísimo de verte lejos de aquí. Entre temblores y amenazas de tempestad, nos tiene en un suspiro Venezuela: ha llovido como nunca vi llover aquí, y han vuelto los vaticinios de temblores. Según telegrama, nada menos que del Ministro del Interior y publicado en hoja suelta que se anda repartiendo, esta noche.



Día 17.

¡Respiremos! Estoy vivo, alma Inda; el terrorífico anuncio de terremoto no se ha realizado aquí, a menos que haya acontecido mientras yo dormía. A pesar del anuncio y de que el miedo es enfermedad contagiosa, y de que medio Puerto Cabello ha pernoctado en la calle, me acosté y dormí, aunque mentiría si no te dijera que con algún desasosiego. Como tú no estás aquí y no te veo expuesta a peligros ni sometida a intranquilidades de nervios, estoy perfectamente tranquilo. Y no porque sea indiferente a la muerte, pues al contrario, nunca me ha parecido ella aterradora hasta anoche en que, ideando la posibilidad del cataclismo, me parecía horrendo que yo pudiera morir sin volver a verte. ¡Sin volver a verte!, ¡qué implacable imaginación la mía! Siempre, y en todo lo serio de mi vida, se ha ensañado ella conmigo, representándome los cuadros más negros, más odiosos, más absurdos. ¡Morir sin volver a verte! Preciso es que se hayan agravado mucho con tu ausencia los achaques de imaginación y sentimiento que estoy padeciendo ya hace un año para que pueda ocurrírseme tal horror.

Hoy sale el vapor. Ya: no hay, por ahora y hasta fines de mes, en que volveré a escribirte, ya no hay para mí más esperanza de imaginar que converso contigo, sino en mi diario.

Si no fuera porque no estoy seguro de que no hayas sufrido, porque temo por la salud de papá, estaría contento. Pero la incertidumbre, como siempre, predomina en mí sobre la esperanza.

Salvo resolución más meditada, sigo pensando en pasar por Curazao, para establecerme allí y prepararte un nido delicioso (el que te prometía en los deliquios de amor y de esperanzas, ¿te acuerdas?), si encuentro lo que me aseguran que hay allí.

Cuídame mucho a papá y quiéreme mucho a Rosita. Abrázalos expresamente, y no de palabra, en nombre mío.

Siempre con el pensamiento en ti, tu amantísimo

Eugenio María.



Puerto Cabello, 18 de abril de 1878.

Alma Inda: Dejo para el último instante las recomendaciones más urgentes. Ya sabes que de Ponce sale vapor para aquí en los días doce y veintiocho de cada mes, Así, pues, escríbeme dos veces al mes por esa vía. También puedes aprovechar el vapor americano, que pasa otras dos veces por la Capital. Creo que es en los días primero y trece de cada mes. Las cartas que vengan por vapor alemán, mándalas por conducto de los señores Heise, Kramer y Cía., de Mayagüez, y bajo sobre a los señores I. Sievers y Compañía, de Puerto Cabello, o directamente por conducto de estos señores. De ellos me valdré yo para que lleguen mis cartas, y por medio de ellos te llegará el paquete de libros y «olvidos» que dejaste aquí. Dentro de uno de los libros (busca y encontrarás) verás lo que te escribía pocos momentos después de haberte dejado a bordo. Procura que tus cartas vengan siempre sobrescritas por papá.

Como verás por dos cartitas que te incluyo, una para ti y otra para el doctor Soteldo, éste debió llevarte a La Guayra y a bordo del Lotharingia, el paquete que ahora va; pero como el vapor americano, en vez de salir por la noche del día aciago en que te fuiste, sólo salió por la tarde del siguiente, ya no hubo tiempo para que el viejo doctor te llevara paquete y carta y mi última despedida.

Vuelvo a recomendarte que te cuides mucho. Tu naturaleza física es tan vigorosa como tu naturaleza moral, como ambas lo han probado al resistir las pruebas crueles porque han pasado. Mas así como irreflexiones te exponen a inútiles dolores morales, así te expones físicamente a alteraciones de salud por obstinaciones y falta de atención. En tu estado, las funciones han de ser tan regulares como nuestro organismo exige. Lo dicho del cuerpo, dicho del alma. Mientras más medicina leo, más me convenzo del papel que en la salud orgánica desempeña la moral. Hasta horror de mi situación pasada y presente me ha dado al ver cómo han jugado con tu alma infantil los sucesos, y cómo, maltratando la mía, me han enfermado sin yo saberlo. Precaución, pues, tú por tu parte y yo por la mía, tú, sobre todo, alma Inda, por no aventurar el bien, entre todos precioso, por falta de previsión o por el pernicioso placer que se suele tener en el dolor, o por la peligrosa vanidad que desarrollan las sacudidas morales muy continuas. La vida no es dolor: la vida en sí misma es un placer continuo, que nunca cesaría si fuéramos discretos y justos. Harto has sufrido tú, noble alma mía, con haberte formado como te has formado en las luchas que sólo tu virtuosa voluntad hubiera resistido. Desde que saliste de aquí, empezó otro período de vida para ti. Dios te habrá visto como yo te he visto, patéticamente arrodillada una vez, otras veces recogida en tu plegaria silenciosa, pidiéndole que diera a los otros los ojos que no han tenido para ver todo lo exquisito que hay en ti; si Dios te ha visto y te ha escuchado, y has encontrado en Puerto Rico las almas gemelas que yo te prometía en papá y Rosita, espero en Él que estará permitiéndote las compensaciones que mereces y necesitabas.

Ni aun por mí te entristezcas. Yo estoy bien; y si no fuera porque estoy convenciéndome de que no puedo vivir sin ti, las leves contrariedades que me molestan no alterarían la igualdad de mi ánimo. Mas, ¿qué mal hay para ti ni para mí en que tu ausencia me apesare tanto y me haya probado que sin ti me falta lo mejor que hay en mi vida? Eso es una prueba de lo íntima y verdaderamente que te amo. Tener tú la prueba y darla yo ¿no vale eso el sacrificio que la separación nos cuesta? Deseamos reunimos, pero por más enamorado que yo esté de ti, por más que grite y me desespere con la ausencia, por más que diga que no puedo seguir así un mes más, no te intranquilices. Al contrario: alégrate de verme tan enamorado, y sin dejar de hacer porque pronto nos reunamos lo que en tu mano esté, no vayas por piedad a perturbar los buenos días que nuestra separación y la vida en común con papá y Rosita te procuran.

Recomendación más importante que otra alguna: No te alarmes si oyes decir que aquí tiembla la tierra, porque nada me ha acontecido hasta ahora. Desde el viernes a las ocho de la noche, hora en que se sintió aquí un temblor de tierra muy fuerte y muy largo, la gente no deja de temblar sino para temer que vaya a temblar o esté temblando. Triste y jocoso es a la vez ver desde aquel día y aquella hora, cómo las pobres familias se salen todas las noches de sus casas, y se van a plazas y alamedas a pernoctar, sirviendo de pretexto el temblor y el miedo para sancochos, cenas, parrandas y otras guachafitas que, al fin y al cabo, concluirán por hacer que se eche de menos los temblores. Yo, como siempre, menos cuando se trata de tu felicidad y tu contento, estoy tranquilo. Uno que estaba a mi lado en el momento del temblor y que por correr, me dejó solo en la sala, al volver y encontrarme tan indiferente como antes, se maravilló de lo que aun llama mi increíble impavidez, y me preguntaba: «Pero, ¿cómo puede usted quedarse tan tranquilo?». Y le contesté: «Porque ese es el modo de dar las buenas noches a la muerte». Lo cierto es, Inda mía, que si yo soy aquí uno de los pocos que no tiemblan con la tierra, es porque te tengo segura ahí. Otra cosa fuera si estuvieras aquí probablemente, y por disimular mi angustia, estaría enfadándome porque te asustaras como todo el mundo. Así es mi amor y así soy yo. Tan así, que en vez de pensar que yo estoy bajo la acción de los peligros que se temen, sólo pienso congojosamente en que Puerto Rico suele también temblar y puede estar ahora temblando. La idea me martiriza, y no estaré tranquilo hasta que sepa que mi temor ha sido efecto de mi cariño.

Se dice que Caracas ha sufrido algo; que en Valencia y La Victoria ha habido edificios agrietados, y que Cúa y no sé qué otra población del Tuy se han hundido. Acaso sean exageraciones de miedosos. Ayer se decía aquí, bajo la autoridad de un telegrama de Arístides Rojas, que el mar subiría no sé hasta dónde y que hoy habría un gran temblor. Hasta ahora, mar y tierra están tranquilas, sin duda para probar que las profecías han muerto ya, hasta en las ciencias que no son exactas. Y en verdad, no sé que haya medios en las ciencias naturales, de vaticinar fenómenos tan caprichosos como los que resultan de la acción de los movimientos internos de la tierra.

Está tranquila y no te alarmes, alma mía. Tus padres y tu hermana, que yo sepa, están bien.

Caricias, abrazos, bendiciones y toda mi alma para ti.

Tu

Eugenio María.



Puerto Cabello, abril 20 de 1878.

Señora doña Inda de Hostos.
Mayagüez.

Alma Inda: ¡Sean contigo la paz, la felicidad, la salud y las bendiciones que mereces! Tu carta del nueve me ha colmado de complacencia y de alegría. Te he visto, no ya con los ojos interiores con que nunca dejo de verte, ¡oh, alma mía!, sino con tus mismos ojos materiales, te he visto salir de aquí, llegar a la Ghiayra, conversar con los tuyos, emprender tu viaje al hogar paterno, llegar a Mayagüez, conversar con Carlos W, seguir su consejo, vestirte, desembarcar, entrar en el carruaje, llegar a casa, y llenar de felicidad30 al generoso anciano que «te adivinó», y a la hermana querida que te reconocía como a una ausente que regresaba. Estoy contento. Estás en tu hogar, en tu casa, en el seno de tu verdadera familia, en el centro de tu alma, en medio de espíritus dignos del tuyo. Yo no profetizaba cuando te decía que ibas a encontrarte en el hogar de tu alma. ¡Si supieras qué bien, qué hondo bien me ha hecho el saber que eres feliz y que debes a los míos y a ti misma la pura felicidad de que gozas! ¡Y qué satisfacción, qué casi orgullo, al ver que papá y Rosita están locos contigo, que Carlos, que cuantos ahí te ven, te admiran y te bendicen y te llaman ángel cuando no te dicen santa! Papá dice con razón que se es más fuerte para el dolor que para el placer: no sólo me lo prueba él mismo al referirme admirablemente tu llegada, sino que yo lo experimento al verme hoy, en presencia de la felicidad, mucho menos firme de lo que estuve en la desgracia.

En tu soberbia carta (que ya he consagrado como aquellas flores de otro tiempo) te manifiestas condolida de ser feliz no estando yo ahí. La prueba de que hacía justicia a la delicadeza de tus sentimientos es que ya en mi anterior, carta en que aun no sabía tu llegada ni conocía el efecto venturoso de tu llegada, te prevenía contra esos escrúpulos. No los tengas, que no están justificados por nada, y abandónate sin reserva al estado que bendigo y que deseo prolongar cuanto sea posible, aunque me cueste más cada vez el estar ausente de ti. Pero con tal de que no estés aquí, estoy dispuesto a todo; y con tal de que estés ahí, estaría dispuesto a vivir ahí, si eso fuera posible. No lo es. Lo posible es que papá y Rosita se vayan con nosotros cuando yo consiga establecerme, porque ya no quiero más ausencias, más alejamientos, más separaciones, más dolores de los unos por los otros; además, ¿cómo podrías tú vivir sin ellos ni ellos sin ti?

Estoy muy contento del juicio, la prudencia, la moderación y las cualidades de todo género que has desplegado en el viaje y estás desplegando en casa. El torcedor más grande que yo tenía, mientras estabas aquí, era que un alma como tú viviera entre gente como alguna de ésta. No la hay ahí mucho mejor, y su mala conducta con papá lo demuestra; pero al menos, ahí estás en medio de dos almas virtuosas que comprenden la tuya y la estiman demasiado para que, por bajo que sea el nivel de los demás, no te sirvan de compensación.

Lo que no me ha gustado de tu carta, es su laconismo. Dirás que llenaste tres plieguecitos: es verdad. Pero ni me hablas de tu salud, ni de nuestras esperanzas, ni de la vida que haces, ni de la gente que te ve, ni del recibimiento que te ha hecho mi patria.

Por todos los intereses reunidos de la tierra no daría yo el gozo que he sentido al saber que, noble y digna tu alma como siempre, ha tenido reconocimiento para el bien recibido. Así es como eres por naturaleza, así es como te quiero, y así es como vales lo infinito en que te aprecio.

Me has referido muy bien la entrevista que tuviste con tu padre.

No quiero, de ninguna manera quiero que en nada, ni por nada, y mucho menos por lo que es virtuoso, por tu afecto a tus padres, vayas a sufrir ni a alterar la dulzura de estos días, que probablemente habrán sido de los más benignos de tu vida. Y bien los mereces y bien obligado estoy yo, no sólo por mi cariño sino por la parte que he tenido en tus dolores de hace un año, a procurarte cuanto bien pueda indemnizarte de los males que tan valerosa y tan virtuosamente has conllevado. Mas por lo mismo que deseo días sin nubes para ti, es necesario que procedamos despacio en las cosas que puedan afectar nuestro porvenir. Desde que nos unimos, tú lo has palpado, esos señores no han hecho más que intentar nuestra desunión. Recuerda qué grave cosa te parecería el ocultarme algo por primera vez, a mí, tu esposo, tu amigo, tu consultor que jamás te ha ocultado nada, y recuerda que por complacer a tus padres, me ocultaste cartas de ellos cuyo objeto me era contrario.

Dime si recibiste mi primera carta, que era larguísima, de fechas varias hasta el 19 de abril, y que mandé por Sievers y Heine Kramer. La que por el mismo conducto mandé ayer, era doble; la muy larga que estaba escribiéndote desde el día 20, y la no menos larga que hasta aquel día había escrito para remitirla por el vapor americano, y que por falta de éste, incluí en la otra. Ahora te escribo por Hadji, de la línea americana. El 16 te escribiré por el vapor francés, que ahora va a San Thomas, aunque tan despacio, que tarda diez días en el viaje. El 18 volveré a escribirte por Ponce, vía alemana. Ya ves que si el escribir es prueba de pensar, no ceso de pensar en ti. Al menos, recibe tú mis cartas y no caigan sobre tu tierno corazón las pesadumbres que agobian el mío.

Procura inducir a papá a que salga de ahí. En las circunstancias realmente graves en que estamos, es necesario dar un paso grave. En su lugar, yo vendería de cualquier modo lo que tuviera, y con el producto me iría a otro país, y al campo. Así viviríamos juntos, que es lo que todos debemos desear, lo que todos necesitamos, lo que a todos nos salvará. En Puerto Rico, yo no puedo vivir. En las poblaciones, de ningún modo: en el campo, es muy difícil. Por lo tanto, siempre será Santo Domingo el mejor refugio. Yo puedo hacerme inviolable allí. Sobre todo si vivo en el campo.

Como no quiero que nadie sepa lo que pienso hacer, digo que quiero ir al norte. Esto último lo he dicho a Arcila, que probablemente lo habrá repetido a su familia. Como eso podría llegar a ser, escribe a las señoras Balbona, sobre-carta al Rev. Joaquín Palma, 36th. Street, between 9th and 10th Avenue, New York City.

Vuelvo a rogarte que no me dejes carecer de cartas y noticias tuyas. Adiós: hasta el 16. Cuídate mucho, porque cuidarte es cuidarme. Tuyo con toda su alma, con toda su vida y con toda su conciencia. Bendiciones.

Tu

Eugenio María.



Puerto Cabello, mayo 15 de 1878.

Señora doña Inda de Hostos.
Mayagüez.

Todavía no estoy desesperado, Inda mía: todavía espero que el vapor francés que ha de llegar esta tarde, haya recogido en San Thomas la carta o cartas que has debido escribirme y que, ni por el vapor americano que llegó esta mañana, ni por el alemán del primero, ni por conducto alguno me han llegado. ¡Y ya hace un mes y ocho días que llegaste a tu casa, esposa muy amada! En todo ese tiempo infinito, sólo una carta. Como tú has recibido sin duda todas las que yo te he escrito, y que son crónicas más que cartas, tú no sabes felizmente lo que es ver pasar una quincena y otra, un vapor y otro vapor, una ocasión y cinco, desaprovechadas quincenas, vapores y ocasiones, sin recibir carta ni letra tuya ni noticia de los únicos seres que cuento como infalibles para mí en mi vida. Felizmente para ti: por nada en el mundo querría yo que tú sufrieras, no digo lo que con tu falta de cartas sufro yo, pero ni la más leve de las tremendas punzadas que yo he estado sufriendo desde que empezó a faltarme la carta que de la Guayra esperaba. Tanto y tan hondamente me apena y me desasosiega una situación tirante para mi ánimo, tan insoportable para todo mi ser, que ya me he dicho una vez que si no llegan cartas tranquilizadoras en lo que falta de mes, suceda lo que suceda, me embarco para Puerto Rico. ¿Cómo? No sé. ¿A qué? No sé. ¿Para qué? No sé. Lo único que sé es que ya no puedo resistir más este estiramiento continuo de cerebro y corazón. Sin duda, y yo me lo digo a cada paso, que tal exceso en la sensibilidad, y tal fuerza de sombras en la imaginación son la mejor prueba del estado de enfermedad inconsciente en que he vivido desde el año pasado y que sólo tu ausencia y la tensión de ánimo en que me ha puesto, podía revelarme. Por supuesto, Inda, que es enfermedad moral la que padezco, y ésa no exige cama: conque no te apenes, y haz de modo que tú, su mejor médico y su único remedio, no contribuyas involuntariamente a agravarla, como se agravaría, si me viera forzado por mis angustias de esposo a ir a meterme voluntariamente en esa red. No es ahí donde me conviene estar, donde nos conviene vivir, donde podemos vivir en paz. Si Curazao no estuviera tan cerca de Venezuela, yo habría decidido establecerme contigo, y con papá y Rosita, en Curazao; pero vacilo por el motivo predicho, que es poderosísimo, y por otro que no es menos poderoso: lo que yo indudablemente necesito, no sólo para mi salud moral, sino para tu contento, es la vida del campo. En Curazao no lo hay, y de la vida de ciudad y de las gentes de ciudad estoy tan cansado que sólo podría resistirlas en Nueva York o Filadelfia, donde la extensión y el número se anularían mutuamente y yo pudiera sentirme en medio de un desierto, encontrándome y encontrando a mi alcance los medios únicos para que son útiles las agrupaciones humanas; los medios de satisfacer necesidades orgánicas. Aquí, aunque yo quisiera, no podría. Entre otros motivos, el más poderoso es mi corazón; porque no quiero verte reducida a las privaciones que siempre me perseguirían en Venezuela. Prefiero sin vacilar que continúen para mí solo estos tormentos. Verdad es que, en medio de lo que tienen de molestos y de irritantes, no dejan de tener algo de divertidos. El hecho es, Inda mía, que necesito a cada momento de mi vida invocarte para no hacer la ridiculez de ponerme en batalla con cuanto bicho tropiezan mis pies. Dirán que con ellos los trato, porque entre mis crímenes, no me perdonan el de «orgulloso». Perdóname que me ocupe de tal gente.

Como iba diciéndote, no sé en realidad qué resolución tomar en el caso de que tenga a fin de mes los medios necesarios para resolverme a algo. Ahora me ha dado por llamarte «salud mía». Y para que veas hasta qué punto lo eres, bástete saber que empecé lleno de impaciencia y de cólera y de desesperación disimulada esta carta, y ya no tengo que disimular nada, porque ya no siento más que el regocijo de verte en mi imaginación y de figurárteme sentada frente a mí oyéndome y hablándome. Pero como la causa de las malas pasiones que te he disimulado al principio de esta carta es en el fondo mi amor, pues sólo por el que cada vez aumenta un codo a cada recuerdo tuyo me duele tanto la falta de tus cartas, cuida de que no me falten. Mira que eso me hace mucho daño, y a papá también, en cuya carta he descargado un poco de la desesperación que hoy he tenido por el silencio de ambos. Para que me dé su mejor perdón, pídeselo tú en mi nombre. Acércate a él con la carita hipocritita que compungías cuando me hacías alguna de día de carnaval, cógele la barba, haz que te mire, míralo con tus ojos sonrientes, háblale y ruégale con tus ojos, y dile después, tendiendo la mano desocupada a Rosita para que en el momento del perdón quepa en el grupo: «Papá Hostos, papá, Eugenio le ha hecho una de las suyas, ¿no?; él las hace y las confiesa, papá Hostos: ¿no es eso de buen corazón?; pues si es de buen corazón, se lo vamos a perdonar, ¿eh, papá Hostos? Pues si se lo vamos a perdonar, yo tengo que mandarle en nombre de usted y en señal de perdón las dos cosas que me pide: la bendición y un beso». Y cuando el querido padre nuestro aproxime sus labios a tu frente y tú atraigas a Rosita para, que ambas las manos venerables de papá se impongan en vuestras dos queridísimas cabezas, yo estaré aquí formando mental y cordialmente parte integrante del grupo, y te tendré, Inda de mi alma, donde siempre te tengo, sobre mi enamorado corazón, para que recibas la lluvia de bendiciones que te envía

Eugenio María.



Saint Thomas, junio 12 de 1878.

Señora Inda de Hostos.
Mayagüez.

Alma Inda: Salgo de una para entrar en otra. Acabo de escribirte por el Vandalia, vía Ponce, y empiezo a escribirte por el Lotharingia, vía la Capital. Encuéntrente buena, sana y contenta ambas cartas. Aunque todo es incertidumbre en esta hora, la esperanza de que te hayas restablecido y la no menos dulce de verte pronto, me anima de un modo desusado. Si Dios quiere conceder una tregua, alma Inda, los días de reposo, los codiciados días de familia no tardarán. Desgraciadamente, parece que no podremos pasarlos aquí. No hay trabajo posible. Y mucho siento que no podamos vivir aquí. Parece que esto tiene, a juzgar por lo que observo, dos inconvenientes gravísimos para mi carácter: la curiosidad insana y el ansia de dinero. Mas no por eso desistiría de vivir aquí, si pudiera. En primer lugar, la ciudad es lindísima; tanto, que me asombra haber estado en ella muchas veces y no haber reparado sus atractivos. En segundo lugar, tiene las vistas más bellas. ¡Qué días y qué noches pasaríamos allí! Contentos todos de todo, oyendo el silencio estruendoso del mar, contemplando un cielo siempre risueño, teniendo la graciosa ciudad como a vista de pájaro, el camino del campo a la puerta; flores que por la noche embriagan, alrededor; pudiendo salir sin ser espiados a dar paseos higiénicos; teniendo a mano mil modos de distraernos útilmente, pasaríamos allí los días mejores que pueden pasar mortales en la tierra. Y pasados a tu lado, Inda mía, ¡qué días serían para mí!

Hoy, si vienen, ¿qué podré ofrecerles más que la vida semiesclava de un hotel? Bueno y tranquilo es el que he escogido; pero esto no sirve para ustedes, esto no sirve para nuestro propósito de completo abandono a nosotros mismos, y casi estoy resolviéndome a decirles que no vengan y que esperen el arreglo de las cosas para que yo pueda ir a Puerto Rico. Mucho, muchísimo me costará el ir allá; pero si no hay otro medio de salvarnos de nuestra situación, lo aceptaré. Así se cumplirán tus votos y los de papá; y al menos, les habré dado una prueba del anhelo que tengo de complacerlos y de vivir exclusivamente para mi familia, para una familia que, compuesta como está de seres como papá, tú y Rosita, merece mi sacrificio algo más, y con mejor derecho que la gente por quien me he sacrificado. Eso no es cierto: cuando menos, ese sacrificio ha tenido dos frutos de bendición: el encontrarte, Inda querida de mi alma, y el saber que, en medio de la especie humana, carcomida de pasiones, de errores y egoísmos famélicos, hay un padre mío, una hermana mía, una mujercita de mi corazón, un Dios. Creo en esos cuatro seres: antes no creía más que en dos; luego he ganado. Si no te hubiera encontrado, creyendo hoy, gracias a ti, ¿debo quejarme? Sería ingrato.

Hace ya dos meses que no veo letra tuya, Inda amada. Si tú vieras la falta que me haces, y supieras bien el consuelo, la alegría y la venturosa locura que es para mí una carta tuya, me parece imposible que papá y tú no hubieran encontrado un medio de hacerme llegar sus cartas. ¡Tan útil como hubiera sido para mí, el recibir en Venezuela contestación a mi carta! ¡Tan útil como sería hoy el que pudiéramos comunicarnos con frecuencia! Pero ya se ve: como la picarilla de mi corazón recibía tres y cuatro cartas enormes al mes y como ahora las recibe todos los días, conspira con esos malditos vapores para hacerme desear sus palabras. ¿Acaso crees que he olvidado la amenaza que me hiciste de que me obligarías a ir a Puerto Rico?

Ya lo conseguiste. ¿Por qué no me dejaron desembarcar?

Hasta la vista. Mil caricias. Tu amantísimo

Hostos.



Saint Thomas, junio 12 de 1878.

Señor don Eugenio de Hostos.
Mayagüez.

Queridísimo papá: Nunca es malo aprovechar todas las ocasiones de decir a los que amamos: «Pienso en ustedes». Yo, que hoy no pienso en otra cosa, con más razón que nadie he de aprovechar los medios de conversar con ustedes, aunque sea yo solo quien hable. Así, en el caso de que hayan tenido inconveniente para cumplirme su promesa de venir, yo estaré en espíritu con ustedes.

En el caso de no poder venir, intente usted mismo el arreglo de mi vuelta a Puerto Rico. Ya acabó Cuba; ya nadie puede exigir de mí los sacrificios que los más obligados no han querido hacer. Por tanto, ya no hay obstáculo. Puerto Rico será para mí una mortificación; y yo lo evitaría de todos modos, si pudiera. No puedo. Mi deber son ustedes, y tengo hambre de cumplirlo y de indemnizar a ustedes del daño que por querer el bien de todos les he hecho. Aun trataré de rehuir mi regreso y a ese fin estoy negociando para ver si consigo encargarme de una gestión que podría dentro de poco ponernos en una posición segura. Es un negocio comercial que a nada compromete.

Para volver a Puerto Rico, yo no creo que el Gobierno imponga ninguna condición, sobre todo, si hay una amnistía, y yo pienso que usted se inspiró mal en su alarma y que a estas horas podría yo no haberme movido de ahí y haber entrado ya en la categoría de los hechos consumados. Sea lo que fuere, conviene tener la puerta abierta. Hay una cosa que deseo sobre todas, y es no privar a ustedes de la presencia de Inda ni a Inda de la compañía de ustedes, y para que ningún accidente me obligue a lo contrario, importa que yo pueda ir libremente a Puerto Rico.



Saint Thomas, junio 14 de 1878.

Sra. Inda de Hostos.
Mayagüez.

¡Qué luna estamos perdiendo, amada Inda! Parece que no brilla sino para recordarme las veces que a su dulce luz he buscado y encontrado mi cielo en el fondo de tus ojos. ¿Te acuerdas de la poesía que, repuesta ya de uno de tus continuos sobresaltos, improvisabas en el inolvidable balcón que deberíamos olvidar en Margarita? Tal, y tan blandamente como ahora, brillaba esa luna confidente. Brillaba más, porque yo la miraba al través de tus ojos fulgurantes. No sé por qué es ése, y no otro, el recuerdo que me trae ahora la luna. ¡Sí lo sé! Es porque recuerdo perfectísimamente que en aquella y en otras noches de aquella luna, tu cuerpo, tu dulce rostro, tu amadísima figura, tomaban a la luz de la luna la transparencia celeste que toma en la memoria del corazón la imagen del ser idolatrado. Entonces, estando tú a mi lado, me parecías lejana como las cosas sagradas. Estando hoy lejos, te acerco con los ojos de la imaginación y te me apareces en el rayo de la luna con la misma transparencia celeste que entonces tomabas. Si hubieras venido hoy, y a estas horas contemplaras conmigo esa luna amiga, ¡qué gran aniversario estaríamos ahora celebrando! ¿No te acuerdas? Es 14 de junio, aniversario de la reconciliación con tu familia. Es la noche del catorce, recuerdo de aquella noche primera en que nos vimos después de la horrenda lucha. ¡Ah! Inda, pobre Inda, ¡alma Inda!, ¡cuánto has sufrido tú por mí! Pero, ¿a qué entristecerme con recuerdos negros? La noche es azul, noche de esperanza y de ventura. ¿No has gozado también por mí? ¿Cuándo hubo amantes que tuvieran un gozo más noble, más puro y delicado que el nuestro en aquella noche memorable? Apenas nos hablamos. La lengua es intérprete torpe de los sentimientos muy profundos; el corazón lo sabe, y la inmoviliza. Callábamos con la lengua, pero hablábamos con los ojos, y no nos cansábamos de mirarnos. Yo a ti, no puedo, no sé, nunca sabré decir con qué ojos te miraba. Los del amor, los de la admiración, los de la gratitud, los de la piedad reverente y religiosa, todos los ojos que tienen las almas para las virtudes, todos te miraban desde mi alma. Gran mérito tuyo, Inda completa de mi alma, que hoy después que el año más duro que dos almas unidas por el amor pueden pasar, tenga yo los mismos ojos para ti, ojos más reverentes aún para tu virtud, ojos más cariñosos aún para los dulces atractivos de tu alma amante, ojos más enamorados aún para la noble compañera que ha sustituido a aquella adolescente valerosa que, hace un año, salía del borde de la tumba por el mismo afecto que la había puesto al borde de la tumba. ¡Y que un ser como tú haya, gracias a tus padres, tenido que sufrir lo que después sufriste! Mira, Inda mía, lo que es el bien, lo que eres tú. En tanto que, sin saberlo, has pasado como un ángel por encima de todas las impurezas de la realidad, yo, que he estado viendo los efectos que produjo la conducta de tus padres, he arraigado en mi conciencia maravillada una fe tan absoluta en ti, que muchas veces, al pensar en tu amor consagrado por nuestros infortunios, quisiera someterme por ti a la prueba del fuego, y en vez de quejarme, gritar alborozado: «¡Como mi Inda, ninguna!».



Domingo 16.

Mañana sale el vapor inglés para esa isla. No tocará en Mayagüez; pero como toca en la Capital, la dirijo a un amigo que la encaminará. Pronto pasará de aquí para Ponce el vapor americano Bermuda, y también lo aprovecharé, como hasta ahora, en Venezuela y aquí, he aprovechado todas las ocasiones de escribirte. Si tú hubieras hecho lo mismo, ¡cuántos dolores se me hubieran evitado! Papá argumenta con el no pase por ahí de los vapores. Está bien. Pero, ¿por qué, excepto en febrero y marzo, nos llegaban puntualmente sus cartas en los días primero de mes, y desde que tú viniste no he recibido en casi tres meses más que una sola carta de ustedes? ¿Por qué, ahora a dos pasos, con frecuentes comunicaciones, todavía no he recibido ni una sola letra tuya? De papá pude recibir una carta larga, mientras estuve en ese puerto, porque él había empezado a escribirme desde el 31 de mayo. Desde ese puerto te mandé yo una carta larguísima, porque mi afecto previsor había empezado a dictármela desde muchos días antes de saber siquiera que podría embarcarme. Si tú, Inda mía, imitaras a papá y me imitaras, ¿habría pasado por ahí el vapor español que llegó aquí el nueve, el inglés que llegó antes de ayer, sin que ninguno de los dos trajera carta alguna? Pero hay personas así: se contentan con decirse a sí mismas lo que es verdad, que aman a su esposo, a su hijo, a sus hermanos, sin pensar que un descuido en probarlo, puede producir dolores infernales. Veamos: haz mentalmente la prueba en ti misma. Supón que yo no hubiera estado pendiente de ti en todas partes, y que, en vez de escribirte casi todos los días para aprovechar todos los vapores que se presentaban, me hubiera concretado, como antes, a escribir una sola vez al mes, y lo bastante para declarar que estaba bueno. Del justo dolor que habrías experimentado, ¿quién sería responsable, sino mi indiferencia, mi negligencia, mi pereza? Supón que no hubiera sabido aprovechar una de las ocasiones mensuales que antes aprovechaba, y que te hubiera faltado la carta mensual, ¿no hubiera sido legítima tu desesperación? Pues ahí me duele, Inda. Y me duele tanto más, cuanto que, seguro de tu cariño, y de tu continuo pensar en mí, como estoy seguro de mi creciente amor a ti y de mi creciente veneración por tus virtudes, me desgarra el corazón la imposibilidad que encuentro de hacerte reflexiva y de enseñarte a acabar de saber que, aunque seas una niña adorable por los años, eres una matroncita por tu estado civil. Y que una santa alma como tú, una esposa incomparable como tú, una próxima madre como tú, martirice por negligencia al alma que adora y que la adora, al esposo por quien tanto se ha sufrido, al hombre a quien vas a procurar la ventura de darle un semejante suyo y tuyo, ¡a este Eugenio que es tu todo y para quien tú eres cuanto bueno puede ser!

Recibí como carta el telegrama del 14, y lo he agradecido infinitamente, porque me salvó de una nueva desesperación. Aprovecha el Lotharingia, que pasa por la Capital el 21. Di a papá que he prevenido a Julián E. Blanco para que reciba y encamine las cartas. Si ustedes salen el 30, aun puedo yo tener el consuelo de recibir dos o tres cartas. ¡Por Dios, no me prives de ese consuelo, alma Inda!

De asuntos, hablo con papá: que te deje leer la carta.

Cuídate mucho, por ti, por mí y por todos, mimadísima de todos; y déjate de médicos y medicinas. No hay más médico que mi amor ni más medicamentos que mis caricias. Ven a buscarlas, adorada de tu

Eugenio María.