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ArribaAbajoCapítulo XII

Me quitan el mando de la Escuadra.- Acepto el llamamiento del Brasil.- Carta al Supremo Director.- San Martín sale de Chile.- Su prudencia.- Opinión de su ayudante de campo.- Abandono ministerial.- Se me permite salir de Chile.- Carta al general Freire.- Se publica por primera vez.- Carta a los capitanes y oficiales.- Al pueblo chileno.- A los negociantes extranjeros.- Al Presidente del Perú.- San Martín, animado de venganza.- Lo prueban sus cartas.


La ocurrencia a que aludí en el capítulo anterior fue la llegada de un expreso del Encargado de Negocios brasileño en Buenos Aires, con una propuesta de la corte imperial de Río de Janeiro para que, puesto que por mis esfuerzos los españoles habían sido ya expulsados del Pacífico, aceptase el mando de la Marina del Brasil, a fin de expeler a los portugueses, que aún dominaban en la mayor parte de aquel lado del continente de la América del Sur.

Como el asentir a esta propuesta podría arrancarme de la situación embarazosa en que me hallaba en Chile, principié seriamente a meditar la conveniencia de aceptarla.

En este intervalo, Freire había emprendido su marcha hacia la capital, enviando al propio tiempo a Valparaíso al capitán Casey con un buque mercante armado, para saber el resultado de la carta que me había dirigido.

Sin echar el ancla, aquel oficial envió un bote al O'Higgins, a fin de cerciorarse de mis sentimientos; pero sabiendo que me negaba a cooperar a la revolución, se volvió a dar a la vela.

Los ministros, empero, juzgándome según ellos mismos y sospechando iba a tomar parte en los designios del general Freire, principiaron a retirarme los buques de mi mando, bajo el pretexto de repararlos o convertirlos en navíos de almacén, llevándose así muchos pertenecientes a la Escuadra.

Se me había también mandado poner el O'Higgins y el Valdivia a la disposición del comandante de Marina para recorrerlos y hacer del Lautaro un navío de almacén.

Privándoseme así de la menor autoridad sobre ellos, estaba ahora considerado como una especie de prisionero de Estado; pero al obrar de esta suerte pasaron por alto la goletita Moctezuma, que yo había rescatado del Perú, y a bordo de ella enarbolé mi pabellón.

El Galvarino lo habían enviado a la mar sin mi permiso, y sin un inglés a bordo.

El Lautaro, el presunto navío de almacén, lo estaban también preparando para la mar, cuando en esto dirigí la siguiente nota al capitán Worcester que lo mandaba:

«Habiendo recibido órdenes del supremo gobierno para que el Lautaro sea colocado como navío de almacén, al mando del gobernador, y observando que se contraviene a dichas órdenes, atendidos los preparativos que se están haciendo para enviarlo a la mar, se le manda a usted, por lo tanto, enarbole mi bandera, y obedezca todas las órdenes que recibirá usted de mí en el servicio del Estado.

Firmado de mi puño, el 8 de enero de 1823, a bordo del Moctezuma:

COCHRANE».

Cansado de esta cobarde ingratitud y disgustado de que se sospechase iba yo a unirme al general Freire con la Escuadra, idea que sólo podía arrancarse del recelo que tenían me diese de este modo por sentido de las injurias que se me habían hecho, me resolví a aceptar el llamamiento de su majestad el emperador del Brasil, confiando todo lo que el Gobierno chileno me debía al honor de otro más justo y esclarecido que le sucediese.

En consecuencia, dirigí al supremo director la siguiente carta:

«Valparaíso, enero 8 de 1823.

Excelentísimo señor:

Las dificultades que he experimentado en llevar a cabo las empresas navales felizmente consumadas durante el período de mi mando como almirante de Chile, no han sido efectuadas sin una responsabilidad que con dificultad volvería a asumir sobre mí, no porque vacilase en hacer cualquier sacrificio personal en favor de una causa de tamaño interés, sino porque aún estos mismos prósperos resultados han conducido a enajenar enteramente las simpatías de beneméritos oficiales, cuya cooperación era indispensable, en consecuencia de la conducta del Gobierno.

Lo que más impresión ha hecho en sus ánimos ha sido, no las privaciones que han sufrido, ni el haberles retenido sus pagas y lo demás que se les debe, sino el que el Gobierno se haya enteramente abstenido de reconocer públicamente las distinciones y honores prometidos a su fidelidad y constancia hacia Chile, especialmente en un tiempo en que no se perdonaba medio alguno para inducirles a abandonar la causa de este Estado por el servicio del protector del Perú; y aún desde entonces, bien que el Gobierno chileno no careciese de arbitrio o desconociese los hechos, se ha sometido a la influencia de los agentes de un individuo que, habiendo perdido su poder en el Perú, volvió a reasumirlo en Chile.

Es tan profundamente sensible el efecto que esto produjo en mí, que no puedo fiarme en mí mismo para expresar con palabras mis sentimientos personales.

Deseando, como lo hago, atenuar más bien que acusar, no diré nada en una narración de estas circunstancias que no pueda ser probado de un modo incontestable.

Todo cuanto he recomendado o pedido por el bien del servicio naval ha sido mal acogido o denegado, bien que el asentir a ello hubiese colocado a Chile en el primer rango de los Estados marítimos en esta parte del globo.

Mis solicitudes y sugestiones se fundaban en lo que se practica en el primer servicio naval del mundo, el de Inglaterra, y, sin embargo, no se tomaron en consideración, como si su objeto hubiese tenido por mira mi utilidad personal.

Hasta aquí nunca he comido el pan de la ociosidad.

No puedo habituar mi ánimo a un estado de inacción que aún ahora mismo pudiese ser gravoso a la República de Chile, exigiendo una pensión anual por servicios prestados; especialmente cuando un almirante del Perú está actualmente mandando una parte de la Escuadra chilena, en tanto que se envían a la mar otros buques sin que se me comunique bajo qué órdenes obran, y es el supremo Gobierno quien los ha despachado por medio del gobernador de Valparaíso (Zenteno).

Menciono incidentalmente estas circunstancias por haberme confirmado en la determinación de retirarme por un tiempo de Chile, no pidiendo nada para mí durante mi ausencia; por lo que respecta a las sumas que se me están debiendo, me abstengo en el ínterin de apremiar por el pago hasta que el Gobierno esté más desahogado de sus dificultades.

He cumplido con todo cuanto mi deber público reclamaba, y si no me ha sido posible consumar mayores cosas, la falta debe imputarse a circunstancias independientes de mi voluntad; de todos modos, teniendo aún el mundo abierto delante de mí, espero probar que no ha sido por mi culpa.

He recibido propuestas de parte de México, Brasil y un Estado europeo; pero aún no he aceptado ninguno de estos ofrecimientos.

Sin embargo, el género de vida activa a que estoy acostumbrado no me permite rehusar mis servicios a aquéllos que gimen en la opresión, como le acontecía a Chile antes de que fuese aniquilada la fuerza naval española en el Pacífico.

En esto estoy pronto a justificar cualquier partido que creyere adoptar.

Al despedirme en estos términos de Chile lo hago con el hondo y pesaroso sentimiento de que no se me haya permitido ser de mayor utilidad a la causa de la libertad, y de que me vea obligado a separarme de individuos con quienes había esperado vivir largo tiempo sin violar aquellos sentimientos de honor que, si llegasen a ser hollados, me habrían hecho odioso a mí mismo y despreciable a sus ojos.

Hasta este día me he abstenido de importunar la atención de V. E. acerca de la respuesta que di a las infames acusaciones presentadas por los agentes de San Martín, conociendo tenía V. E. objetos más urgentes a que atender.

Sin embargo, hoy me veo obligado a rogarle se sirva tomar este asunto en consideración, a fin de que, según ha acontecido en el Perú, estas falsedades puedan hacerse manifiestas, así como el innoble carácter de aquel hombre que alevosamente se agarró los tributos de general y legislador, a pesar de carecer de valor y conocimientos legislativos, sirviéndose en su lugar de la duplicidad y astucia.

Firmado:

COCHRANE».

No pudiendo San Martín obtener uno de los buques de la Escuadra para escaparse de la tempestad que le amenazaba, permaneció en Santiago hasta principios de enero de 1823; mas, notando entonces que las cosas de Chile se iban volviendo peligrosas para su seguridad, cruzó la cordillera con dirección a Mendoza, de cuyo punto se marchó a Europa, a fin de escapar en el retiro a la animadversión general.

En el curso de esta narración he tenido cuidado de no presentar las acciones de San Martín, sino como se desprenden de sus propios actos y cartas, no apareciendo en este una sola que no haya sido publicada en las gacetas de Chile y el Perú, o cuyos originales no existan actualmente en mi poder.

Podría comunicar por docenas las cartas que San Martín me tenía dirigidas, y si así hubiese abusado de la paciencia del lector, sus actos aparecerían todavía con colores más odiosos.

Lo que se ha hecho conocer es estrictamente relativo a su vida pública, y que pertenece al pueblo chileno como parte de su historia nacional; lo que he tenido en vista al darlas a luz, y no el hacer una defensa de mi propia conducta, de la que el Gobierno, ni menos el pueblo chileno, nunca han dudado.

Habrá, sin embargo, quien crea que he confundido la prudencia del general San Martín en no acercarse a Lima cuando militaban en su favor todas las ventajas posibles, con otra peor cualidad que nunca le había públicamente atribuido antes de escribir al supremo director O'Higgins la carta acabada de citar, aunque en el concepto de los oficiales del Ejército y de la Escuadra altamente la merecía.

El lector recordará que en vez de marchar sobre Lima, desperdicio cerca de dos meses en Huara, y que por la condición pestilencial del clima las tropas cayeron enfermas en número espantoso.

Daré aquí la carta que me escribió su ayudante de campo, Paroissien, de quien se sirvió San Martín para divulgar sus infames acusaciones contra mí cuando perdió toda esperanza de obtener mi cooperación.

Dando por sentado que el Ejército entraría al punto en Lima, y no sospechando por entonces los secretos designios de San Martín, aposté con Paroissien a que un día dado nos encontraríamos en la capital del Perú; el ayudante de campo, sabiendo juzgar de su jefe mejor que yo, aceptó la apuesta, la que ganó, por supuesto.

«Huara, 10 de abril de 1821.

Querido milord:

Con qué gusto perdería yo veinte apuestas como aquélla que desgraciadamente le he ganado, si solamente pudiera usted decirme que yo sería el perdedor.

Aún más:

Le haré a usted ahora la misma apuesta a que en otras tres semanas no habremos llegado al cuartecillo que está encima de la grande entrada del palacio.

Acabo de recibir esta tarde una magnífica y gruesa tortuga, y ¡por vida de sanes!, que si supiera perder no la engordaría sino más y mejor; pero, ¡ay!, me temo que tendremos que guisarla en Huara; sin embargo, la baraúnda que reina de poco tiempo a esta parte parece indicar algún movimiento, y aquéllos de entre nosotros que están buenos se hallan preparados a marchar dentro de una hora de aviso.

Por supuesto, usted está infinitamente al corriente de estas cosas mejor que yo; empero se me figura que si fuéramos más activos y emprendedores mucho más se pudiera hacer, particularmente con nuestra caballería, cuyos sables, por falta de uso, comienzan a enmohecerse.

Si ahora no damos un empujón, dios sabe cuándo lo haremos.

Parece que el general desea dar un golpe contra Valdés.

Puede ser que haga bien y tal vez tiene razón; pero más quisiera que diéramos un tiento a la capital.

Gracias al cielo estamos a punto de hacer algo.

De usted muy sincero,

Firmado:

PAROISSIEN».

El lector habrá colegido de esta narración que San Martín no dio un golpe en ninguna parte, titubeando aún si entraría en Lima cuando no se necesitaba dar golpe para ello.

El modo con que su ayudante miraba el asunto, con dificultad da margen a equívoco.

No es poco notable el que en una carta que escribí al supremo director antes de hacerme a la vela con la expedición libertadora para el Perú, hubiese yo desde un principio sabido apreciar en su justo valor el carácter de San Martín cuando persistía en no hacer ningún movimiento militar sin una fuerza superflua que protegiese su seguridad personal, aunque nuestra reciente victoria en Valdivia con sólo una fuerza de 350 hombres no podría haberle dado una muy grande idea de las dificultades que hubo que vencer.

Como esta carta ha sido omitida en su lugar, la transcribiré aquí.

«Mayo 4 de 1820.

Excelentísimo señor:

Hallando que todas las medidas propuestas para la expedición del Perú se hacen públicas; que todo lo que se decide hoy se contradice mañana; que no se sigue sistema alguno con respecto a asuntos navales o de estado que promueva los intereses de V. E.; que se oponen retardos judiciales de toda clase al buen éxito de una empresa que V. E. desea adelantar; que la expedición de 2.000 hombres (ampliamente suficiente) no debía diferirse por ningún concepto, pero que se ha dilatado con el objeto de aumentarla hasta 4.000; y que aún se la detiene a fin de asegurarse de la posición y fuerza del enemigo en el Callao, del que ahora sabemos tanto como sabríamos cuando el Moctezuma volviese dentro de unos cuarenta días, después de una investigación inútil; hallando, en una palabra, que se ha desviado de todo cuanto estaba estipulado y convenido, es mi ánimo ceder el mando de la Escuadra a cualquiera que posea la confianza de V. E., cuyo acto espero aumentará su tranquilidad, dispensándole de mis opiniones con respecto a lo que debía hacerse, pero no se ha hecho, y a lo que podía ejecutarse, pero que ni aún se ha ensayado.

Me he abstenido de enviar el Moctezuma a un viaje de cuarenta días al Callao, sin objeto, hasta que reciba órdenes definitivas de V. E., porque considero que el despachar este buque es, no solamente inútil, sino un pretexto de demora, de naturaleza a frustrar todo cuanto V. E. tiene premeditado.

¡Ojalá pudiese V. E. notar la palpable traición que impide reunir todo cuanto es de importancia para la expedición!, y digo palpable traición, porque no se ha procurado ni un solo artículo necesario.

¿Puede V. E. creer que sólo un buque está en las manos del contratista y aún ese no está corriente para la mar?

¿Querrá imaginarse que los únicos víveres que el agente del contratista tiene reunidos son veintiún días de raciones de pan y seis de carne salada, y que al preguntar si tenía pronto algún charqui, su respuesta fue que el país abundaba de él?

¿Se persuadirá V. E. de que solamente hay aprestados 120 cascos de agua para 4.000 hombres de tropa y las tripulaciones de la Escuadra?

Esté V. E. seguro de que sólo su propio interés y el del Estado podían inducirme a expresar estas opiniones; pero, a fin de convencerle de que no deseo abandonar el servicio, si mi permanencia en él puede ser de alguna utilidad, siendo mi anhelo evitar hacerme el blanco de desastres después que hayan ocurrido, propongo ahora ceder el mando de la Escuadra y aceptar en su lugar el de las cuatro presas armadas que el O'Higgins cogió en el último corso, y con 1.000 hombres de mi elección consumar todo lo que se espera de los 4.000 de tropa y la Escuadra; siendo aquéllos una fuerza manejable, capaz de frustrar todas las combinaciones defensivas del enemigo, en tanto que éstos, bajo el mando militar solamente, no sólo serán inmanejables en operaciones irregulares, sino que por su falta de destreza paralizarán los movimientos navales.

En conclusión, debo repetir a V. E. que en las actuales circunstancias el secreto inviolable en las resoluciones y la rapidez en las operaciones son la sola seguridad sobre que reposa la prosperidad del Gobierno chileno y la esperada libertad del Perú.

Si se ha de tener esto en nada, vuelvo a poner a las órdenes de V. E. el nombramiento con que se me ha honrado, para que pueda convencerse de que no tengo otro objeto más que servir a V. E. en todo lo que sea compatible con el honor.

Tengo el honor, etc.,

COCHRANE.

A su excelencia el supremo director, etc., etc.».

Volvamos ahora a mi real y próxima partida de Chile.

El permiso que pedí para retirarme por un tiempo del servicio me fue al instante acordado, y con placer, sin duda, por creer el Gobierno que tal vez podría confederarme con el general Freire, si bien es cierto que yo no tuve semejante intención, como se verá por la adjunta respuesta a sus comunicaciones, escrita poco después que dejé a Chile, y cuando ya había él logrado derribar el Gobierno del general O'Higgins:

«Bahía, junio 21 de 1823.

Mi respetable amigo:

Me causaría sumo placer el saber que el camino que se ha efectuado en el Gobierno de Chile es igualmente ventajoso para su dicha como para los intereses del Estado.

Por mi parte, lo mismo que usted, he padecido por muy largo tiempo, y tanto, que no pude soportar más el desdén y la doblez de los que estaban en el Poder, por lo que adopté otros medios para huir de tan desagradable situación.

No hallándome bajo aquellos imperiosos deberes que le obligan a usted, como nativo chileno, a rescatar su país de los males que lo agobiaban, efecto de las escandalosas medidas de algunos de aquéllos que desgraciadamente estaban en la confidencia del anterior supremo director, no me fue posible aceptar sus ofrecimientos.

Aprobaba de todo corazón las disposiciones que usted tomaba para hacer desaparecer aquéllos, y mi mano estaba sólo detenida por el convencimiento de que mi interposición como extranjero en los negocios interiores del Estado no sólo hubiese sido impropia, sino que habría contribuido a debilitar aquella confianza en mi inflexible rectitud, que era mi ambición pudiese siempre el pueblo chileno justamente admirar.

A la verdad, antes que usted me hubiese favorecido con sus comunicaciones ya había resuelto dejar el país, a lo menos temporalmente, y volverme a Inglaterra; pero la casualidad quiso que, en momentos en que me estaba preparando para llevar a cabo esta resolución, recibiese un ofrecimiento del emperador del Brasil para mandar su Marina, el que acepté condicionalmente.

El Brasil tiene una gran ventaja sobre los otros Estados de la América del Sur:

La de estar libre de toda cuestión respecto a la autoridad de su jefe, quien nada tiene que temer de la rivalidad a la que comúnmente están sujetos los que han sido elevados al Poder2.

Ruego a Dios no se vea usted en ese trance.

El mandar el Ejército le pondrá a usted en el caso de consumar grandes cosas sin rivalidad; pero el poseer el supremo poder del Estado, con dificultad dejará de excitar la envidia de los egoístas y ambiciosos, a tal grado que quizá arruine sus esperanzas de hacer el bien y dañe a la causa que ha abrazado.

Permítame usted exprese aquí mi opinión:

Cualquiera que empuñe las riendas de la autoridad suprema en Chile, mientras tanto que la presente generación, educada como lo ha sido bajo el yugo colonial español, no haya pasado, tendrá que lidiar con tan numerosos errores y preocupaciones, hasta ver frustrados sus mayores esfuerzos para adoptar con entereza los medios mejor calculados al adelanto de la libertad y dicha del pueblo.

Admiro la clase media e inferior de Chile; pero al senado, los ministros y la convención siempre los he encontrado movidos de la más mezquina política, la que les indujo a adoptar las peores medidas.

Mi más ardiente deseo es que usted encuentre por cooperadores hombres mejores; si lo lograre, podrá ser afortunado y salir airoso con lo que de todas veras desea, el adelanto de su país.

Reciba usted mi agradecimiento por la manera generosa y desinteresada con que siempre me ha tratado, y créame su invariable y fiel amigo.

Firmado:

COCHRANE.

A su excelencia D. Ramón Freire, supremo director de Chile, etc.».

Esta carta nunca había salido antes a luz y al publicarla aquí he tenido por objeto hacer ver que el Gobierno del general O'Higgins no tenía nada que temer, ni aún de su ingratitud para conmigo, siendo mi único deseo librarme de ella aunque fuese a costa de dejar atrás todo lo que se me adeudaba por mis servicios, ninguno de los cuales me han reconocido.

Antes de mi partida dirigí a la Escuadra la siguiente carta:

«A LOS CAPITANES Y OFICIALES, EN GENERAL, DE LA MARINA CHILENA:

Enero 18 de 1823.

Señores:

Estando para despedirme de vosotros, por algún tiempo al menos, no me es posible dejar de manifestaros mi satisfacción por la manera placentera con que se ha llenado el servicio, la conformidad de sentimientos que ha reinado y el celo de que habéis dado prueba en todas las ocasiones apuradas.

Esto me ha compensado de las dificultades con que he tenido que luchar, las cuales, estoy seguro, han sido como nunca se ofrecieron en ningún otro servicio.

Vuestra paciencia y perseverancia en medio de toda clase de privaciones han sido tales cual nunca Chile tenía motivos de esperar y como ningún otro país habría jamás exigido, ni aún de sus nativos súbditos.

En todos los Estados marítimos se pone el más estricto cuidado en subvenir a las necesidades de los oficiales y tripulación; regularidad en la paga y adecuadas recompensas por servicios prestados, son requisitos indispensables para estimular la perseverancia y realizar actos de mayor heroísmo; pero vuestros conatos y hazañas han sido independientes de esos alicientes.

Señores:

El poder naval que el enemigo tenía en estos mares, aunque superior al nuestro, ha sido aniquilado con nuestros mutuos esfuerzos, y el comercio del Pacífico se ejerce con seguridad por todas partes, bajo la protección de la bandera independiente de Chile.

Me es sumamente satisfactorio el considerar que ningún acto de ilegalidad o inexactitud, por parte vuestra, ha venido a desdorar esos servicios, y que mientras habéis sostenido los derechos de Chile y mantenido y confirmado su independencia, os habéis conducido de manera de conservar uniformemente la más estricta concordia y buena inteligencia con los oficiales de los buques de guerra de todos los Estados neutrales.

Los servicios que habéis prestado a Chile serán, sin embargo, mejor apreciados en lo venidero, cuando las pasiones que ahora mueven a los hombres hayan cesado de influir en los que están en el Poder, y vuestros nobles motivos dejarán de ser considerados como un reproche por parte de aquéllos cuyo egoísmo os ha denegado la recompensa debida a vuestra fidelidad y cuya rivalidad os ha rehusado hasta la manifestación oficial de la alabanza pública.

Señores:

La mejor aprobación es la de vuestras conciencias; de esa nadie podrá privaros.

Empero, si pudiese serviros de alguna satisfacción el recibir de mi parte la seguridad de que vuestro comportamiento ha merecido en todas ocasiones mi más cumplido aplauso, puedo decir con entera verdad que es mi mayor placer el daros esta seguridad y el ofreceros mis más cordiales gracias por vuestra uniforme, amistosa y eficaz cooperación en favor de la causa que hemos servido.

Para con los intrépidos marineros que han estado bajo mis órdenes conservo iguales sentimientos, que me haréis el favor de comunicarles en los términos más gratos a sus corazones.

Al despedirme de vosotros y de ellos, sólo tengo que añadir, que si no me ha sido posible demostrar mi gratitud tan cumplidamente como debiera, no ha sido por falta de celo, sino por circunstancias que no he podido dominar.

Soy de ustedes, señores, su muy agradecido y fiel amigo y servidor.

Firmado:

COCHRANE».

Al saberse que había aceptado servicio en el Brasil, varios oficiales de alto mérito me pidieron acompañarme, perdiendo, como yo, toda esperanza de ver por el presente recompensados sus servicios de un modo adecuado.

Sabiendo que en el Brasil, como había sucedido en Chile, sería necesario organizar una Marina, asentí gustoso a esta súplica; de manera que ni entonces ni después recibieron de Chile la más leve recompensa por su valor sin igual y su constancia por la causa de la independencia.

Al pueblo de Chile, en medio del cual, disgustado del trato que había experimentado en mi país, había esperado pasar el resto de mis días con mi familia, dirigí la siguiente proclama:

«¡CHILENOS, MIS COMPATRIOTAS!

Quintero, enero 4 de 1823.

El enemigo común de América ha sucumbido en Chile.

Vuestra bandera tricolor tremola en el Pacífico, afianzada con vuestros sacrificios.

Algunas conmociones intestinas perturban a Chile; no me toca investigar sus causas ni acelerar o retardar sus efectos; sólo me es permitido desear que el resultado sea favorable a los intereses nacionales.

Chilenos:

Habéis expulsado de vuestro país a los enemigos de vuestra independencia; no mancilléis acto tan glorioso, alentando la discordia y promoviendo la anarquía, el mayor de todos los males.

Consultad la dignidad a que os ha elevado vuestro heroísmo, y si os veis en la precisión de adoptar alguna medida para afianzar vuestra libertad nacional, juzgad por vosotros mismos, obrad con prudencia y dejaos guiar por la justicia y la razón.

Cuatro años hace que la sagrada causa de vuestra independencia me llamó a Chile.

Os ayudé a conquistarla y la he visto consumada.

Sólo resta ahora conservarla.

Os dejo por algún tiempo, a fin de no mezclarme en asuntos ajenos a mi deber, y por otras razones que guardo por ahora en el silencio, para no fomentar el espíritu de partido.

Chilenos:

Sabéis que la independencia se obtiene a la punta de la bayoneta.

Sabed también que la libertad se funda en la buena fe y en las leyes del honor, y que aquéllos que las contravienen son vuestros únicos enemigos, entre los que nunca encontraréis a:

COCHRANE».

Con la misma fecha di otra proclama a los ingleses y demás negociantes de Valparaíso, quienes en un principio me habían prestado todo género de confianza y apoyo, pero que después me enajenaron sus voluntades, a pesar de la protección que la Escuadra ofrecía a su legítimo comercio, por no querer permitirles un tráfico ilícito, al cual los corrompidos ministros no sólo prestaban su consentimiento sino que lo favorecían, por su lucro personal, dando licencias para abastecer al enemigo hasta de contrabando de guerra.

En la adjunta, hago alusión a esto.

«A LOS COMERCIANTES DE VALPARAÍSO.

Quintero, Chile, enero 4 de 1823.

Señores:

No me es posible dejar este país sin manifestaros la viva satisfacción que me causa el ver la extensión que se ha dado a vuestro comercio, abriendo a todos el tráfico de estas vastas provincias sobre las cuales alegaba España en otro tiempo un exclusivo derecho.

La Escuadra que mantenía ese monopolio ha desaparecido de la superficie del océano, y la bandera de la independencia de la América del Sur tremola por todas partes triunfante, protegiendo aquellas comunicaciones que entre naciones son el manantial de riqueza, poder y prosperidad.

Si para el logro de este gran objeto se impusieron algunas restricciones, sólo fueron aquéllas que sanciona la práctica de todos los Estados civilizados; y si bien ellas han herido los intereses inmediatos de un pequeño número que deseaba aprovecharse de las circunstancias accidentales presentadas durante la lucha, es satisfactorio saber que semejantes intereses sólo han sido pospuestos por el bien general.

Si hubiese, sin embargo, algunos que se considerasen agraviados con mi conducta, les ruego me hagan saber sus quejas, para tener la oportunidad de darles una respuesta particular.

Espero me haréis la justicia de creer que no me he determinado a alejarme de estos mares hasta no ver que nada quedaba por hacer, según los medios de que podía disponer, en vuestra ventaja y seguridad.

Tengo el honor de ser, señores, su muy adicto y humilde servidor,

Firmado:

COCHRANE».

Aunque permanecí en Chile quince días después de haber dirigido la precedente proclama, no recibí queja de ninguna especie de parte de los comerciantes; ni yo tampoco la esperaba, considerando la protección que la Escuadra ofrecía a su tráfico existente y las facilidades que ésta les había dado para extenderlo.

Las referidas proclamas las había impreso en mi casa de Quintero, en una prensa litográfica, la primera que se introdujo en los Estados del Pacífico.

La había encargado a Inglaterra, con otras mejoras sociales, y algunos instrumentos de agricultura, creyendo de este modo, bien que a mí propia costa, dar impulso a la industria en Chile.

Todo esto, empero, salió frustrado, y mi mortificación no se había agravado poco con la circunstancia de que, mientras que me volvía impresor de propósito, se hallaba enfrente de mi casa en Quintero una de nuestras mejores naves de presa, el Águila, que había naufragado y era habitada sólo por mariscos, habiendo encallado mientras se esperaba la decisión del Gobierno chileno sobre si habría de venderse en beneficio de sus apresadores.

Como el Gobierno de Chile no permitió dar a luz mi refutación a los cargos que San Martín dirigió contra mí de un modo tan público como éstos habían sido divulgados, dirigí la siguiente carta al Congreso peruano, añadiendo una copia de dicha refutación:

«A SU EXCELENCIA EL PRESIDENTE DEL CONGRESO DEL PERÚ:

Valparaíso, diciembre 12 de 1822.

Excelentísimo señor:

Tengo el honor de elevar al soberano Congreso, por conducto de V. E., copia de una carta que dirigí a don José de San Martín, y de la que envié traducciones a Europa y a la América del Norte, para que llegue a conocimiento del mundo por medio de la prensa.

El linaje humano dejará de acusar a los peruanos de ingratitud, y no se sorprenderá por más tiempo de que se haya denegado al Protector una corona imperial como recompensa de sus labores en favor de la causa de la libertad; aplaudirá, sí, su resolución de haber elegido de entre los más esclarecidos ciudadanos de vuestro país hombres capaces de afianzar la independencia y promover la prosperidad del Estado conforme a los principios de libertad nacional bajo el imperio de la ley.

Sírvase V. E. rogar en mi nombre al soberano Congreso se digne mandar sea depositada en sus archivos la adjunta carta, y los cargos que la acompañan que don José de San Martín presentó contra mí al Gobierno chileno, relativos a mi conducta en el Perú, a fin de querer con eso quede un antecedente constante por donde se pueda juzgar de los actos cuando los actores hayan desaparecido de esta escena.

Entonces, la niveladora mano del tiempo equilibrará la balanza de la justicia, repartiendo igualmente a cada uno la medida de aprobación o vituperio que se merece.

Que los actos del soberano Congreso y del Gobierno ejecutivo del Perú sean de naturaleza a obtener la admiración y a granjearse el afecto de sus gobernados, es, Excelentísimo señor, el constante ruego de este muy obediente y humilde servidor.

Firmado:

COCHRANE».

Una palabra más acerca de estas acusaciones de San Martín.

Sólo cuando vio que eran infructuosos los ofrecimientos que me hacía para que quebrantase mi fidelidad a Chile y tomase parte en su rebeldía, pensó vengarse con tales cargos, sabiendo bien que Zenteno y su partido en el ministerio chileno aprovecharían cualquiera ocasión de denigrarme en la opinión pública por la aversión personal que continuaban teniéndome, efecto de mi constante oposición a sus medidas egoístas de utilidad privada.

No es mi ánimo entrar en estas materias, aunque poseo bastantes documentos para hacer conocer una carrera de fraudes de Estado, sin paralelo en la historia de los gobiernos.

Hasta que rehusé por última vez los ofrecimientos que San Martín me había hecho por conducto de Monteagudo todo era de color de rosa, haciendo mil declaraciones que mí suerte sería igual a la suya, aunque, gracias a Dios, la mía ha sido de muy diferente naturaleza.

Estas acusaciones contra mí se forjaron la semana después de mi última negativa.

Escogeré otra de sus muchas cartas, que tengo actualmente en mi poder, para hacer ver que nada más que una venganza por la contrariedad de obtener mi cooperación para asegurar su personal engrandecimiento pudo haberle movido a perpetrar semejante acto de bastardía:

«Lima, agosto 20 de 1821.

Mi estimado amigo:

Su apreciable de ayer me hace conocer que la franqueza de sus sentimientos sólo es igual al interés con que mira la causa del país y particularmente el acierto en la dirección de los negocios que tengo a mi cargo.

Yo no puedo ver la suerte y la opinión de usted sin el mismo grado de aprecio que usted mira todo lo que me pertenece.

Conozco cuánto ama usted la gloria, y no puedo menos que simpatizar con los deseos que tiene de aumentar la que ha adquirido.

Usted no debe dudar que contribuiré a ello eficazmente y que es muy vasto el campo que aún nos queda que andar, particularmente a usted.

Ojalá que las empresas en que se versan tan grandes intereses no exijan cierta lentitud que no está de acuerdo con nuestro ardor de perfeccionarlas todas.

Crea usted, milord, que nada me desviará de estos sentimientos y que la suerte de Lord Cochrane será la del general San Martín.

Espero que en las contestaciones de usted con el comodoro Hardy todo se allanará de un modo satisfactorio a ambos; entiendo que él es capaz de guardar a nuestro pabellón todos los miramientos que exige la justicia, o sea la política del Gobierno inglés; sobre todo yo confío en la circunspección de usted.

No dude jamás, milord, de la sincera amistad y aprecio con que soy su afectísimo.

Firmado:

JOSÉ DE SAN MARTÍN».

Parece increíble que un hombre que tenía tales opiniones de mí, me hiciese los cargos que después me hizo, con respecto a sucesos ocurridos mucho antes de este período, llegando a imputarme el «poner en riesgo la seguridad de la Escuadra desde el primer instante que salimos de Valparaíso».

Es excusado, pues, cansar la paciencia del lector haciendo más comentarios sobre esto mismo.




ArribaAbajoCapítulo XIII

Freire marcha sobre Valparaíso.- Lo eligen Supremo Director.- Me pide por favor que vuelva a Chile.- Mi respuesta.- Subsiguiente carta al general Freire.


El 18 de enero de 1823 arrié mi bandera, enarbolada en la goleta Moctezuma, único buque que me había dejado la suspicaz envidia de los ministros chilenos, y me di a la vela para Río de Janeiro en el bergantín Coronel Allen, a pesar de que el Rising Star, buque de vapor perteneciente a mi hermano, o más bien al Gobierno chileno, sobre el cual tenía derecho de retención por el dinero que había adelantado para completarlo y equiparlo, estaba en Valparaíso sin hacer nada.

Si yo hubiera podido llevar este vapor al Brasil por no querer Chile reembolsar las sumas que mi hermano adelantara bajo la guardia del enviado Álvarez, que tenía aquél en Londres, el Gobierno brasileño se habría aprovechado gustoso de una ventaja a la cual el Ministerio chileno era indiferente; sin embargo, por los esfuerzos del almirante Simpson y las miras más esclarecidas del actual Gobierno, ahora comienza Chile a apreciar la ventaja de una Marina de vapor, la que al adquirir su independencia tan perversamente desechó con negarse a hacer honor a las comparativamente frívolas obligaciones pecuniarias de su ministro en Londres.

La razón probable que indujo al Gobierno Chileno a no reconocer estas obligaciones fue que como la guerra había a la sazón concluido por haber quedado aniquilado el poder naval español en el Pacífico con la ayuda de buques de vela solamente, no había necesidad de vapores de guerra; no pudiendo jamás comprender la apocada política de los ministros que han figurado en estas páginas, que el mantener una preponderancia marítima no es menos difícil que obtenerla.

De aquí es que para libertarse de pagar la mezquina suma de 65.000 pesos debidos, y que aún se deben a mi hermano por sus adelantos para el buque, este fue desechado; la consecuencia fue que después de mi partida la independencia de Chile volvió a estar en peligro, mientras que el Perú se salvó de ser reconquistado por los españoles con la sola intervención de Bolívar, el Libertador de Colombia.

Poco tiempo después de mi salida, habiendo formado un convenio los partidarios del general Freire y los enemigos del general O'Higgins, aquél marchó sobre Valparaíso, en donde el pueblo abrazó apasionadamente su causa; de manera que el supremo director, abandonado de su malévolo espíritu, San Martín, así como también de otros que habían causado su caída, se encontró prisionero en poder del mismo hombre que más había contribuido a su ruina, esto es, Zenteno, a cuyo cargo le pusieron bajo el pretexto de hacerle responsable de los gastos de aquéllos que ahora le tenían en prisión.

El fin de esto fue una investigación de los actos de O'Higgins que duró cinco meses, teniendo por resultado el permitirle salir del país; mientras tanto, Freire fue elevado al supremo directorio, en medio de las discordias intestinas de Chile, y los desastres del Perú, en donde los españoles a las órdenes de Canterac, engreídos de la pusilanimidad del Protector en permitirles socorrer al Callao sin ser molestados, y ensoberbecidos con la decisiva victoria que obtuvieron contra una división de su ejército, como ya se ha dicho en un capítulo precedente, se habían aprovechado del tesoro cogido en el Callao para reorganizar sus fuerzas que a la sazón estaban amagando a Lima, y hubiesen, sin duda alguna, recobrado el Perú, si Bolívar, previendo el resultado, no hubiese enviado una división de su ejército al mando del general Sucre, para socorrer la sitiada capital.

En medio de estas dificultades despachó el nuevo Gobierno chileno la siguiente carta a Río de Janeiro, con el objeto de inducirme a volver y reorganizar la Marina, cuyos oficiales y marineros, según supe, fueron despedidos poco después de mi partida, sin darles la más insignificante recompensa por sus extraordinarias privaciones y servicios en favor de la causa de la independencia.

«MINISTERIO DE RELACIONES EXTERIORES:

Santiago de Chile, abril 11 de 1823.

Excelentísimo señor:

Habiendo los representantes del pueblo chileno, reunidos legalmente, nombrado director supremo del Estado a S. E. el mariscal don Ramón Freire, este suceso ha terminado feliz y provechosamente los movimientos interiores que agitaron al país.

Al entrar el nuevo Gobierno al desempeño de sus delicadas funciones ha notado la falta que hace V. E. en un Estado cuya preponderancia marítima y actitud imponente sobre el enemigo eran debidas al valor y a la pericia de V. E., y a la extraordinaria opinión de su nombre, señal de confianza para los chilenos y de terror y desaliento para los enemigos.

La pérdida del ejército aliado en Moquegua, donde ha sido batido por el general Canterac, ha causado tal trastorno en el curso de la presente guerra, que tal vez la capital del Perú deba sucumbir al enemigo por la superioridad que ha adquirido.

En tales circunstancias, Chile necesita dar un nuevo impulso a sus fuerzas marítimas, y especialmente anunciándose con seguridad estar próxima a zarpar de Cádiz una expedición compuesta de dos navíos de guerra; noticia harto verosímil, pues que el envío de una Escuadra a restaurar los contrastes del Perú era el objeto de los más empeñosos esfuerzos de los españoles, que a este objeto habían remitido auxilios de dinero a la Península.

V. E. a su partida, prometió no abandonar la causa de la independencia, y Chile, que ha mirado siempre en V. E. uno de sus más ilustres protectores, no debe quedar defraudado de aquella promesa en el momento del peligro, así como tampoco V. E. dejar incompleta su grande obra.

Con estas consideraciones, es que el director supremo me ordena rogar a V. E. en nombre de la nación, y en el suyo propio, tenga a bien volver a este Estado, al menos por el tiempo crítico de sus peligros.

S. E. confía en el generoso amor a la humanidad que V. E. abriga en su corazón, y no duda que, restituido V. E. a nuestro territorio tan prontamente como lo exigen las circunstancias, acredite así que no perdona fatigas ni sacrificios cuando se trata de sostener la bella causa en que V. E. quiso comprometerse desde el principio.

Dígnese V. E., entre tanto, aceptar los sentimientos de mi más atenta consideración.

Firmado:

MARIANO DE EGAÑA.

Excelentísimo señor vicealmirante de la Escuadra chilena, muy honorable lord Cochrane».

Es casi inútil decir que mis obligaciones para con el Brasil, y el hecho de haberme llegado el ofrecimiento de reasumir el mando de la Marina chilena cuando me encontraba bloqueando a la Escuadra portuguesa en Bahía, hacían imposible acceder a lo que se me pedía.

El que un Estado, cuyos ministros me habían obligado a abandonarlo, con la mayor injusticia, viniese tan pronto a rogarme, del modo más encarecido, me volviese a él y lo libertase de los desastres que lo estaban amenazando, no es tanto una prueba del peligro en que estaba el Gobierno como de la entera satisfacción que le causaba mi comportamiento como almirante y de lo que deseaba volviese a prestarle mi apoyo.

En respuesta a esta súplica dirigí al ministro la siguiente carta:

«Excelentísimo señor:

Tengo el honor de haber recibido poco hace su carta del 11 de abril participándome la elevación del mariscal de campo D. Ramón Freire a la alta dignidad de director del Estado de Chile, por aclamación del pueblo, elección en la que cordialmente me complazco, pues ha colocado en el poder a un patriota y amigo.

Mis sentimientos hacía S. E. han sido por largo tiempo muy conocidos del último supremo director y de sus ministros, y pluguiese al cielo que para la expedición del Perú se hubiesen aprovechado de los hábiles y desinteresados servicios del general Freire, en cuyo caso las cosas de la América del Sur habrían tenido ahora un muy diferente aspecto; pero la facción de Buenos Aires, animada de ambiciosas y sórdidas miras, se entrometió, e hizo malograr aquellos planes, que bajo la dirección del general Freire hubiesen pronto y felizmente terminado la guerra.

Al separarme de Chile no podía mirar al pasado sin sentimiento y al porvenir sin desconfianza, pues sabía por experiencia que designios y objetos dirigían los Consejos del Estado.

Créame usted:

Sólo la íntima convicción de que era en aquellas circunstancias imposible prestar al buen pueblo de Chile ningún otro servicio, o vivir con tranquilidad bajo semejante sistema, pudo inducirme a alejarme de un país que yo vanamente creía me ofrecería aquel sosegado asilo que, después de todas las aflicciones que había sufrido, consideraba necesario a mi reposo.

Mis inclinaciones eran también indudablemente en favor de mi permanencia en Chile, por congeniar mis hábitos con las maneras y costumbres del pueblo, exceptuando solamente aquellos pocos que, por su intimidad con la corte, estaban corrompidos, o cuyos entendimientos y costumbres se hallaban envilecidos por aquella especie de educación colonial española que inculca la duplicidad como la principal prenda de todo hombre de Estado en sus relaciones, tanto con los individuos como con el público.

Hablo ahora con más especialidad de las personas que acaban de salir del poder, exceptuando, sin embargo, al ex supremo director, que creo ha sido víctima de los artificios de aquéllas; y le aseguro a usted que nada me causaría tanto placer, por el bien de los ingenuos chilenos, como ver que con el cambio de ministros se cambia también el sistema, y que los yerros de sus predecesores, y su consiguiente suerte, sean una eficaz precaución contra un modo de obrar tan ruinoso.

Señáleme usted una obligación que se haya honrosamente llenado, una empresa militar cuyo declarado objeto no haya sido alterado, o una solemne promesa que no se haya quebrantado; pero mis opiniones acerca de esta falta de palabras, en diferentes ocasiones durante la lucha, cuando cada cosa estaba presente a mi espíritu, se hallan consignadas en mi correspondencia con el ministro de Marina, y muy particularmente en mis cartas privadas a su excelencia el ex supremo director, a quien infructuosamente previne de todo lo que ha ocurrido.

La carta que también dirigí a San Martín, en respuesta a sus acusaciones, de lo que transmití oficialmente copia al predecesor de usted, contiene un breve compendio de los yerros y locuras cometidas en el Perú, como mis cartas públicas y estos documentos se encuentran, sin duda, en poder de usted, me abstendré de cansar su atención con la repetición de hechos que ya conoce.

Mire usted mis representaciones acerca de las necesidades de la Marina, y vea cuánto se han aliviado.

Note usted mi memorial en que proponía establecer un semillero de marineros con estimular el comercio de las costas, y compare usted esos principios con los del código Rodríguez, que aniquiló a ambos.

Verá usted en éste, como en todos los otros casos, que cuanto recomendé para promover el bien de la Marina se ha despreciado o resistido con medidas directamente opuestas.

Examine usted las órdenes que se me dieron, y vea si tenía yo más libertad de acción que un monitor de escuela en la ejecución de sus tareas.

Compulse usted los archivos del ministerio de Marina y hallará que, mientras que la Escuadra se veía casi perecer de hambre, se estaban embarcando provisiones en Valparaíso, aparentemente para la Marina, pero que iban consignadas a D. Luis de la Cruz, y se disponía de ellas de un modo que redundaba en eterno baldón e ignominia.

Tal vez encontrará también la copia de una orden, cuyo original obra en mi poder (sin estar firmada por el supremo director), permitiendo a un buque cargado de grano entrar en el puerto bloqueado del Callao cuando estaba en los mayores apuros, el que entró durante mi ausencia y se vendió por una suma enorme; en tanto que no podían encontrarse fondos para enviar siquiera 500 hombres a una jornada de ocho días distante de Chile para apoderarse del Alto Perú, en momentos en que la mayor parte del país estaba realmente en nuestro poder, y cuando las voluntades del pueblo, las que después se enajenó San Martín con su baja conducta, eran unánimes en nuestro favor.

La inquietud de ánimo que yo he sufrido mientras estuve al servicio de Chile nunca volveré a soportarla por ninguna consideración.

El organizar nuevas tripulaciones; el navegar en buques destituidos de velamen, cordaje, provisiones y pertrechos; el fondearlos en el puerto sin anclas ni cables, excepto con aquéllos que yo podía procurarme por medios fortuitos eran dificultades demasiado fatigosas; pero vivir entre oficiales y hombres descontentos y amotinados por atraso de paga y otras privaciones; verse obligado a incurrir en la responsabilidad de confiscar, a la fuerza, fondos del Perú para pagarles, a fin de evitar a Chile peores consecuencias, y entonces hallarse uno expuesto a recibir reproches de una parte por semejante confiscación, y de otra a ser sospechado de no haber empleado debidamente aquellas sumas, aunque los libros de pago y los recibos de cada artículo importante hayan sido entregados al contador general, son todas circunstancias tan desagradables y repugnantes que, hasta que yo no tenga datos seguros de que los actuales ministros están dispuestos a obrar de un modo diferente, no me será posible consentir en renovar mis servicios donde, bajo semejantes circunstancias, serían del todo infructuosas a los verdaderos intereses del pueblo.

La intriga y maquinaciones de partido pueden volver a ponerme en la misma condición en que me encontré antes de mi partida de Valparaíso, es decir, un cero a la izquierda y una carga pública, puesto que los buques de guerra pueden volver a colocarse en manos de un gobernador Zenteno, con la mira de exponerme al odio popular como una persona que recibe buena paga del Estado, y en recompensa de lo cual, sin buques que mandar, ningún servicio adecuado puede prestar.

Que tal era la intención de los anteriores ministros al retirarme los buques que estaban a mis órdenes, bajo el falso pretexto de componerlos, no hay la menor duda; pues en tanto que se me privaba de toda recompensa honorífica, no quisieron aceptar la rebaja que les ofrecí de 4.000 pesos de mi paga anual, tratándome al propio tiempo con toda clase de desdén y actos los más indignos.

Semejante modo de obrar, lo se, es muy ajeno de las intenciones de la excelente persona que ahora preside a los negocios de Chile, como creo también en toda conciencia que no estaban menos distantes del ánimo y corazón del anterior supremo director, quien, halándose colocado en esa elevada posición, estaba desgraciadamente expuesto a los errores que dimanan de prestar oído a las sugestiones de los interesados que rodean siempre al poderoso, sacando provecho de ocultar la verdad y propagar el engaño.

Es un hecho harto conocido de todos mis amigos que yo había determinado dejar a Chile antes de recibir ninguna proposición del Gobierno del Brasil.

Hasta ahora he sido tratado por este Gobierno con la mayor confianza y sinceridad, y las facultades de que me he revestido son en un todo lo contrario de aquellas mezquinas y coartadas instrucciones con que me tenían encadenado en Chile el Senado, los ministros y San Martín, a cuyas órdenes me habían colocado.

El Gobierno del Brasil, teniendo por mira la conclusión de la guerra, dio órdenes a este efecto, sin ninguna de aquellas miserables restricciones que son de naturaleza a retardar su objeto, cuando finalmente no la frustran.

La consecuencia es que la guerra en el Brasil está ya dichosamente terminada, aunque hemos tenido que combatir contra fuerzas muy superiores, esto es, la evacuación de Bahía, la huida de la Escuadra portuguesa, la captura de una gran parte de sus transportes y tropas, y la rendición de Maranhao:

Todo en menos meses que años ha empleado el Gobierno de Chile, sin que aún haya conseguido su objeto, y hasta sin otro resultado que el de alejar la consumación de la independencia del Perú y su propia paz y estabilidad.

Debo ahora llamar la atención, no obstante haber dirigido ya una carta sobre el asunto al ministro de Hacienda, respecto al haber violado el Gobierno chileno el contrato hecho entre el señor Álvarez, su representante en Inglaterra, y mi hermano, el honorable Guillermo Erskine Cochrane, para completar, equipar y conducir a Chile el vapor Rising Star, lo que ha acarreado a mi hermano gastos de gran cuantía.

Ignoro si los perjuicios que le acarrea la perfidia de los últimos ministros van a ser remediados por la buena fe de sus sucesores; pero si así no fuese, con el debido respeto, le hago presente a nombre de mi hermano, que reclamo el pago de las sumas que se le están debiendo por el contrato susodicho.

Con igual respeto le recuerdo que es de su incumbencia examinar las cuentas del señor Price, y hacerle devolver el bono de 40.000 pesos que había acordado el Gobierno a buena cuenta del Rising Star, cuyo bono el Sr. Price obtuvo antes de tiempo como adelanto, hace cerca de tres años, bien que no fuese pagadero sino hasta la llegada del buque.

Esa cantidad que hace parte de la remuneración debida a mi hermano por cuenta de dicho buque, el Sr. Price, o la casa de que es socio, se niega a entregarla, bajo el pretexto de que es necesario se retenga como garantía propia, en el caso de que el Gobierno chileno pida su reintegro.

Éste es un modo muy extraordinario de justificar la retención de la propiedad ajena, y espero, señor, que inmediatamente tomará usted las medidas necesarias para que se pague sin más demora esa cantidad, como cualesquiera otras que se adeuden a mi hermano por cuenta del Rising Star, cuyos pormenores puede usted obtener del señor Bernard.

Con ese objeto, y a fin de evitar el riesgo y los muchos gastos que acarrea el envío de dinero a tan gran distancia, permítame usted le sugiera que el mejor modo de hacer el pago es dar orden a sus agentes en Londres para que lo verifiquen allí.

Soy mucho menos solícito con respecto a lo que se me debe, pero después de haber rogado repetidas veces al contador general, Correa de Saa, durante los últimos seis meses de mi permanencia en Chile investigase y fallase definitivamente mis cuentas, sin que procediese a ello de un modo efectivo, me ha sorprendido recibir una comunicación suya pidiéndome nombre un agente que explique ciertos asuntos que yo había considerado explícitamente explicados en los documentos entregados.

Todos estos retardos y obstáculos no puedo considerarlos más que como meros pretextos para evitar el pago del saldo que se me adeuda por mis servicios y por los desembolsos de dinero que me pertenecía, tanto cuanto que pude en toda justicia, en vez de aplicarlo a mantener la Escuadra en Chile, haberlo invertido en liquidar la cuenta que se me debe y haber dejado, a la manera del Gobierno, que el servicio se ingeniase para salir por si mismo del paso.

Además, permítame usted le recuerde, señor, que ni un solo real de este dinero ha salido del bolsillo de ningún chileno, sino que el todo lo he cogido o procurado de manantiales que jamás se habían antes utilizado para cubrir las atenciones de una Escuadra abandonada.

Ruego pues, a usted, como ministro de Marina, provea en justicia acerca de mis reclamaciones, y si algo de falso o fraudulento hallase usted en mis cuentas y alegaciones, publíquese en la Gaceta y acuérdeseme el privilegio de la respuesta.

Espero me dispensará usted de haber entrado en estos detalles, y me hará la justicia de creer que ninguno de ellos deja de tener relación con el objeto de su carta.

Si no desease molestarle lo menos posible pudiera señalar otras muchas razones que me hacen desear ver muestras de cambio de conducta ministerial en la administración de los negocios de Chile antes de volver a exponerme a dificultades de naturaleza tan penosa y de ocupar de nuevo una posición que he encontrado fatigosa, ingrata y sin provecho.

Cuando los puertos no habilitados se abran al comercio nacional; cuando hayan desaparecido esos obstáculos que hacen ahora el transporte por mar más costoso que la conducción por tierra; cuando el comercio de la costa, ese semillero de marineros indígenas, se estimule en vez de ser prohibido, entonces será tiempo de pensar en restablecer la marina, pues por lo tocante a marineros extranjeros, es tal la aversión que profesan a un servicio en donde se les ha tratado con tanto desdén y engaño, que estoy seguro que los buques de Chile no volverán nunca a ser eficazmente servidos por hombres de aquella clase.

No había, por cierto, un individuo, entre los marineros extranjeros a mis órdenes durante el último período de mis servicios en Chile, cuya fidelidad no se hubiese alterado hasta hacer imposible fiarse de ellos en un caso de peligro o apuro.

¿Podían los últimos ministros esperar que los nativos mismos les sirviesen sin suelo ni manutención?

Pero S. E. el actual director puede resolver esta cuestión en un caso semejante respecto del Ejército.

Bueno será que los marineros extranjeros tengan bastante paciencia para no vengarse, con actos hostiles al Estado, de la decepción y violación de promesas por parte de San Martín, y de la condición mísera a que se han visto reducidos, especialmente durante los seis últimos meses de mi permanencia en Valparaíso, por iguales fraudes por parte de Rodríguez, quien, como ministro de Hacienda, creo ha sido impulsado por la esperanza de que obligaría a los hombres a abandonar el país sin ser remunerados de sus servicios, cuando se le figuró, y a otros individuos tan obtusos como él, que ya aquéllos no prestaban utilidad alguna.

La expedición chilena a intermedios y los ruines medios con que se habían propuesto obtener a Chiloé sin mi intervención no despertaron a la sazón en mi ánimo más que sentimientos de conmiseración y desprecio, mezclados de dolor al ver que los sacrificios de tan buen pueblo habían de ser inútiles por la imbecilidad de los que lo gobernaban.

Predije saldrían mal esas dos miserables tentativas.

Espero mejores cosas del hombre que hoy se halla en el poder, y me causará suma satisfacción el notar es usted afortunado en establecer justas leyes, una constitución libre y un cuerpo representativo que dirija los negocios civiles.

En conclusión, que usted salga bien en todo lo que emprenda en beneficio del bien público, y cuando vea que usted ha entrado en el recto sendero, no le faltará mi más celosa cooperación, en caso que la necesitare.

No puedo concluir sin expresar mi alto reconocimiento por el honor que S. E. el actual director me hace al desear que continúe en el mando de la Marina.

Le devuelvo las más cordiales gracias y a usted también por la manera fina con que me ha comunicado sus obsequiosos deseos.

Firmado:

COCHRANE.

A S. E. el Sr. D. Mariano de Egaña, ministro de Negocios Extranjeros, etc.».

Citaré aún otra carta que subsiguientemente dirigí al supremo director, el general Freire, cuya administración me inspiró un sincero interés, sabiendo que era un verdadero hombre de bien y que sólo tenía por norte el bien de su país; pero a causa de su tosca instrucción, adquirida en los campos de batalla, no tenía habilidad administrativa para luchar con las intrigas que le rodeaban.

«Río de Janeiro, 14 de diciembre de 1823.

Mi respetable y estimado amigo:

Me causaría suma satisfacción saber que todo cuanto usted meditaba para el adelanto y prosperidad de su país se ha realizado a medida de sus deseos y esfuerzos; pero como aquí vivimos a una tan gran distancia y las comunicaciones por el correo son tan escasas, nada sabemos de cierto respecto a sus progresos.

No me atrevo a ofrecerle mis congratulaciones, sabiendo bien que la reunión del congreso pudiera presentar dificultades que tal vez sean insuperables, temiendo al propio tiempo se haya usted visto expuesto a mil quebrantos con motivo de la diversidad de opiniones que profesan sus miembros por falta de experiencia y de aquella instrucción general en materia de gobierno, tan necesaria a las deliberaciones de una asamblea legislativa.

Aquí hemos tenido nuestras Cortes; pero su reunión no ha producido nada de ventajoso al Estado.

Había entre sus miembros tal discordancia de opiniones y era tan violento el carácter de aquéllos que veían sus indigestas nociones combatidas, que el emperador, hallando impracticable obrar, determinó disolverlas, lo que verificó el 12 del mes pasado, habiendo decretado se formasen nuevas Cortes, pero dudo mucho que las poblaciones de las diversas provincias puedan encontrar hombres competentes para esa tarea.

Aquí todo está tranquilo, y no dudo que así se mantendrá en las inmediaciones de la capital; pero tengo mis temores respecto a las disposiciones de las provincias del Norte.

Sentiré mucho suceda algo que perturbe la tranquilidad, ahora que todo el país está enteramente libre e independiente del poder europeo.

Por lo que a mí toca, la amistad que usted siempre me ha profesado y manifestado me hace creer le será grato saber que todo ha salido aquí tan cumplidamente como yo esperaba, habiéndose terminado enteramente la guerra extranjera en el corto espacio de seis meses, durante cuyo período han caído en nuestro poder cerca de setenta embarcaciones, incluso varios buques de guerra, entre los que hay una hermosa fragata nueva de las más vastas dimensiones.

Aquí hemos progresado de la manera dichosa que tan apasionadamente me prometía en el Perú, lo que se hubiese verificado si la expedición que se intentaba enviar tres años hace a los puertos intermedios, mandada por usted, no se hubiese impedido por las intrigas de San Martín, que estaba celoso se hiciese algo en lo que él no tuviese una parte personal, aunque carecía de valor y talento para aprovecharse de las circunstancias cuando se le dio el mando de la expedición del Perú.

He oído decir que se ha publicado en el Perú mi respuesta a las acusaciones de San Martín; pero como es principalmente una defensa personal, no puede interesar mucho al público, al que tengo grande inclinación de dirigir una carta tocante a las causas del mal éxito que tuvieron sus empresas militares y del origen y progresión de aquellas intrigas que condujeron al mal gobierno de los negocios públicos, y frustraron las esperanzas y miras del benemérito pueblo de Chile, que por tanto tiempo se sometió con paciente sumisión a gobernantes que mandaron sin ley y a menudo sin justicia.

En la carta que le dirigí con fecha 21 de junio último mencionaba con alguna extensión las razones que tuve para dejar a Chile; pero como aquélla pudo muy bien haberse extraviado, creó será bueno repita aquí, lo que hago con la mayor ingenuidad, que me habría causado sumo placer haber estado en libertad de poder secundar sus esfuerzos; pero habiendo, mucho antes de recibir sus comunicaciones, determinado salir del país, por lo mal que se había tratado, consideré que era mejor, bajo todos conceptos, atenerme a esta resolución y no mezclarme en los asuntos interiores, siendo mi deber, como extranjero, dejar a todos los partidos a su arbitrio y en el libre ejercicio de sus derechos civiles.

Por adherirme a esta resolución, sacrifiqué la inclinación que tenía de haber obrado con usted en echar abajo los ministros, y sufrieron hasta mis personales intereses, abandonando casi todo lo que individualmente había esperado obtener; pero había determinado hacer esto antes que tolerar por más tiempo las bajas intrigas de aquellos hombres y su fraudulenta convención, cuyas injusticias se hicieron mucho más públicas desde que recibieron las placas y condecoraciones que les había conferido San Martín, con promesa de haciendas y otras liberalidades.

Por cierto que la recepción que hasta el mismo supremo director, influido por estas personas, hizo a San Martín, después de su deserción de Chile y de su pusilanimidad, ambición y tiranía en el Perú contrastó bastante con la conducta observada hacía mí, para convencerme que el Gobierno no deseaba por más tiempo mi presencia en Chile, y que no podía yo, bajo las circunstancias actuales, ver de utilidad al pueblo.

Tengo entendido que O'Higgins se ha marchado al Perú.

Personalmente le deseo bien, y espero que la lección que ha recibido le servirá de instrucción y le pondrá en estado de saber distinguir en lo futuro los amigos sinceros de los enemigos insidiosos.

Me temo, sin embargo, que el asilo que fue a buscar al Perú no satisfará sus deseos, a causa de que no podrá olvidarse allí su pasiva condescendencia a las crueldades que cometió San Martín con los españoles, y el pueblo peruano no ignora que los sufrimientos que ha padecido pudieran haberse alejado con alguna firmeza de parte de O'Higgins.

No tengo motivos para creer que la antigua intriga entre Pueyrredón y San Martín se ha vuelto a renovar por este último, y que la fragata francesa que últimamente salió de aquí para Buenos Aires lleve encargo sobre este asunto.

Si estas intrigas se extienden o no desde Mendoza a las cordilleras, no tengo medio de asegurarlo; pero sé que el Encargado de Negocios franceses en ésta ha estado haciendo esfuerzos por bajo de cuerda para inducir a este Gobierno a que entregue las fortificaciones de Montevideo al Estado de Buenos Aires, lo que sólo puede ser con la mira de extender la influencia francesa en aquellos parajes.

Me temo haber abusado ya demasiado del tiempo de V. E.; de otro modo me hubiese tomado la libertad de hacer algunas sugestiones que me parecen deben ser de utilidad, aunque tal vez las tiene usted ya anticipadas.

La principal de ellas es el beneficio que podría redundar en tener aquí un agente acreditado y de reconocer recíproca y formalmente la independencia de los respectivos Estados.

Deberían hacerse tratados de comercio y, si es posible, de alianza y mutua protección, para rechazar cualquiera hostil tentativa contra la independencia de la América del Sur.

Este país tiene una Escuadra de una fuerza considerable, para cuyo aumento se han mandado construir seis nuevas fragatas y ocho galeras de vapor en la América del Norte, Inglaterra y en los puertos septentrionales del Imperio.

Me causará satisfacción el que continúe usted favoreciéndome con el honor de su correspondencia amistosa, rogándole me considere su muy respetuoso y afecto amigo.

Firmado:

COCHRANE Y MARENHAO.

A S. E. D. Ramón Freire, supremo director de Chile.

P. D.-:

No había pensado molestarle con nada de un carácter privado, habiendo escrito extensamente al contador general acerca de la reclamación de mi hermano tocante al vapor Rising Star, y mis propias reclamaciones por las cantidades que desembolsé en la manutención de la Escuadra chilena mientras íbamos en persecución de la Prueba y Venganza; pero, reflexionando, creo será bueno le ruegue se sirva mandar se haga justicia».




ArribaAbajoCapítulo XIV

Injusticia hecha a la Escuadra.- Inconsistencia de esta conducta.- Se me despoja de la hacienda.- Mis pérdidas en litigios.- Esfuerzos para hacer buenas mis reclamaciones.- Mezquinas excusas para evadirlas.- Me hacen responsable de gastos del Ejército y me obligan a pagar costas por haber hecho presas legales.- Se aprueba en aquel tiempo mi conducta.- Aprobación ministerial.- Al fin me dan una escatimada compensación.- Corrupción ministerial.- Lo prueba San Martín.- Causa de la animosidad oficial que había contra mí.


Mis servicios en Chile y en el Perú han sido tan extensamente relatados en estas páginas, que es inútil recapitularlos.

Haré, por lo tanto, saber la recompensa que tuvieron.

Con motivo de las discusiones políticas anteriormente referidas, me vi obligado a salir de Chile sin ninguno de los emolumentos que se debían a mi clase como comandante en jefe de la Marina, ni parte alguna de las cantidades que me pertenecían, así como a los oficiales y marineros; esas cantidades, en la creencia de que se nos reembolsarían, se habían, a mis instancias, aplicado a las reparaciones y mantenimiento de la Escuadra en general, pero más especialmente en Guayaquil y Acapulco, al ir en perseguimiento de la Prueba y Venganza.

Ni tampoco se nos dio ninguna compensación por el valor de los abastos capturados y recogidos por la Escuadra, con los cuales se sostuvo principalmente su eficacia durante todo el período del bloqueo del Perú.

También se obligaron los movimientos revolucionarios ya detallados a abandonar el Pacífico sin que el Perú nos acordase compensación alguna ni a mí ni a los oficiales que permanecieron fieles a Chile, aunque mi ausencia no debió haber sido un obstáculo hacia el logro de una indemnización tal como la que el soberano congreso acordó a los generales y oficiales del Ejército, quienes, sin embargo, recibieron (aunque fue San Martín quien les impidió hacer algo de importancia para libertar al país) una recompensa de 500.000 pesos, en tanto que a mí y a la Escuadra sólo se nos dieron las gracias por «las arriesgadas proezas en favor del Perú, hasta aquí», para citar las expresiones del congreso «bajo la tiranía del despotismo militar, pero ahora el árbitro de sus destinos».

Hasta el mismo «déspota militar» se le acordó una pensión de 20.000 pesos, para librarse de él, sin duda, según se ha dicho; pero yo fui quien dio el golpe mortal a su poder usurpado, con embargar el tesoro de Ancón, a fin de pagar a la Escuadra, y con rehusarme constantemente a acceder a sus insidiosas insinuaciones para que le ayudase a hollar aún más las libertades del Perú.

Apenas se hace posible que el Gobierno peruano, aún al presente, pueda contrastar, de un modo un tanto satisfactorio, las frívolas gracias que sólo se dieron a uno, para servirme de las palabras del soberano congreso en su voto de encomios que me dirigió «por cuyo talento, mérito y valor, el Océano Pacífico ha sido libertado de los insultos de enemigos y su pendón de la libertad ha sido plantado en las riberas del Sur», pueda contrastar, dije, esas frívolas gracias con las recompensas que prodigó al enemigo de esa libertad, y aún hasta a aquellos oficiales que desertaron de Chile para servir las espaciosas miras del Protector, de cuyas recompensas se privó enteramente a todos aquéllos que permanecieron fieles a su deber.

Más injustificable ha sido todavía el descuido de los Gobiernos peruanos que se han sucedido sin llenar obligaciones existentes.

El supremo director de Chile, admitiendo, como deben hacerlo los peruanos, la justicia de tener éstos que pagar, a lo menos, el valor de la Esmeralda, cuya captura fue el golpe mortal del poder español, me envió una letra de 120.000 pesos contra el Gobierno peruano, la cual fue protestada y nunca después pagada por ninguno de los Gobiernos que se sucedieron.

Hasta los 40.000 pesos estipulados como multa por las autoridades de Guayaquil, en caso de que se entregase la Venganza, nunca se han liquidado, a pesar de que la fragata fue puesta en poder del Perú en contravención a la estipulación escrita previamente aducida, siendo de este modo agregada a la Marina del Perú sin costo para el Estado, pero en realidad a expensas de la Escuadra de Chile, que le persiguió hasta Guayaquil.

Difícil es comprender cómo los Gobiernos sucesivos del Perú pudieron haber reconocido esta apropiación con detrimento de aquél a quien su primer Gobierno independiente había elogiado con tanto empeño.

Volvamos, no obstante, a mis relaciones con Chile.

Poco después de mi partida para el Brasil, el Gobierno reasumió por fuerza, sin poderlo evitar de mi parte, la hacienda de Río Claro, la cual se me había adjudicado a mí y a mis descendientes a perpetuidad, en calidad de remuneración por la captura de Valdivia, expulsando sumariamente de ella a mi mayordomo el señor Edwards, que yo había dejado allí para administrarla y dirigirla.

Situada como estaba esta propiedad en los confines de la frontera indiana, en verdad que era una recompensa de bien poca importancia por haber destruido los últimos vestigios del poder español en el territorio continental de Chile.

El haberla reasumido, sin un pretexto siquiera, es un acto que redunda en grande ignominia para los que lo han perpetrado, ya sea por sentimientos de venganza, ya por más bajos motivos.

La cantidad de 67.000 pesos, cuyo pronto pago me había prometido el supremo director después de nuestro regreso de Valdivia, nunca se ha pagado, aunque la conquista de esa fortaleza fue la causa inmediata del buen éxito de las negociaciones para obtener un empréstito de Inglaterra, lo que, antes de este evento, había sido imposible.

Por una notable coincidencia, el primer plazo de este empréstito llegó a Valparaíso al tiempo de mi partida; pero los negociantes ingleses, a quienes iba consignado, no permitieron desembarcar el dinero, con motivo de la desorganización en que había sumido al Estado la corrompida conducta del Ministerio.

No me han ofrecido ni he obtenido compensación alguna por las graves heridas recibidas en la captura de la Esmeralda, siendo que por éstas todos los Estados acuerdan una asignación separada.

Hasta me privaron de la gran cruz de la Legión al Mérito, conferida por la captura de la Esmeralda, en tanto que en su lugar se me había expuesto a los mayores insultos imaginables, retirándome hasta el último buque de guerra que estaba bajo mi mando.

Desgraciadamente, esta ingratitud por servicios prestados fue la menor de las desgracias que me acarrearon mis buenos deseos hacía Chile.

A mi regreso a Inglaterra, en 1825, luego que terminaron mis servicios en el Brasil, me encontré enredado en litigios por haber apresado embarcaciones neutrales en conformidad a las órdenes del entonces no reconocido Gobierno de Chile.

Estos litigios me cuestan directamente más de 70.000 pesos, e indirectamente más del doble de esta suma; pues para hacer frente a estos gastos me vi obligado a vender propiedades con gran deprecio, entre otras, mi casa y terreno en el Parque del Regente, cuya sola pérdida ascendió a más de 30.000 pesos, mientras que las que tuve por otras propiedades, también sacrificadas, se elevan a mucho más; por manera que, en vez de recibir algo por mis esfuerzos en favor de la causa de la independencia de Chile y el Perú, he perdido más de 125.000 pesos, siendo esto más del doble de lo que recibí como paga mientras estuve a la cabeza de la Escuadra chilena; en otros términos:

No solamente no obtuve ninguna compensación por mis servicios en Chile, sino que me vi además obligado a sacrificar todo lo que después había ganado en el Brasil, para satisfacer reclamaciones dimanadas de haber hecho embargo ¡por orden del Gobierno chileno!

Estas pérdidas no han sido de ningún modo compensadas por parte de aquéllos a quienes tan celosa y fielmente serví en sus momentos de apuro; ni menos por parte del Perú, por cuyo país casi todos estos pleitos se me originaron, bien que los servicios de la Escuadra no cuestan nada a dicho país ni a Chile, excepto lo que éste gastó primitivamente en equiparla de un modo ineficaz, habiendo tenido que proveer y mantener a los buques a costa del enemigo, y hasta haber pagado los salarios de las tripulaciones con sus propios premios de presas, los que nunca se devolvieron.

Durante dieciséis años estuve haciendo incesantes esfuerzos para inducir a los Gobiernos que se sucedieron en Chile a que liquidasen mis cuentas, pero en vano; al cabo de ese tiempo, no me causó poca sorpresa e incomodidad el recibir del contador general una demanda para que le explicase estas cuentas, a pesar de que durante mi permanencia en Chile no cesé de rogarle las investigase oficialmente; porque, sin embargo de que el Gobierno aprobaba todo lo que yo había hecho, preví que podría haber algún quid pro quo como pretexto para continuar en su injusticia.

Si las cuentas no se arreglaron antes de que yo saliese de Chile no fue culpa mía, pues me vi, para mi propia defensa, obligado a dejar el país, a menos que quisiese tomar parte con el último supremo director en mantener a un ministerio que, sin que él lo supiese, era culpable de actos de la mayor codicia y perversidad, o ayudar al general Freire a derribar a uno que yo apreciaba por haberle considerado siempre un hombre sincero y honrado.

El venirme, por lo tanto, en 1838, a pedir explicaciones acerca de cuentas complicadas que se entregaron al Gobierno chileno y que se tuvieron por irrecusables en 1821 y 1822, era un modo de obrar indigno, tanto más cuanto que muchas de las explicaciones requeridas eran de naturaleza despreciable, pidiendo razón del desembolso hasta de un solo peso en las cuentas del contador de navío, como si en medio de operaciones de tal magnitud como las que condujeron a la consumación de todos los objetos propuestos, pudiese yo ocupar mi tiempo en pequeños detalles, ni menos estaba obligado a prestarle mi atención desde que el Gobierno no nos había provisto de una persona competente para llevar el asiento de los gastos de la Escuadra.

Las explicaciones así pedidas, después de un lapso de cerca de veinte años, eran en número de ciento, lo que no era mucho para una serie de cuentas que se extendían a más de tres años de prosecución de un servicio arduo durante el cual tenía que encontrar medios de mantener a la Escuadra, cuyos gastos se ponían ahora en duda por la primera vez.

Se juzgará mejor de lo despreciable que eran muchos de los Artículos en disputa, por lo que sigue:

«Número 4.- Documentos justificativos pedidos por el valor de 10 pesos de carne de carnero.

Números 23 a 32.- Certificados por cajas de aguardiente de Ginebra perdidas en el San Martín.

Número 40.- Alcance de nueve pesos en los libros de pago del Lautaro.

Número 42.- Alcance de tres pesos en los libros de pago de la Independencia.

Número 69.- Error de tres pesos en la tasa de mercaderías capturadas en Arica.

Número 73.- Cuarenta pesos por reparaciones de bombas, en circunstancias en que apenas se podían mantener los buques sobre el agua.

Número 75.- Imputado error de un peso en la compra de 756 galones de Ginebra, etc., etc.».

En adición a otros muchos menudos artículos de este género se me culpaba de haber dado premios a los marineros sin estar autorizado, aunque éstos hubiesen capturado los mismísimos caudales con que se les recompensaba, y se esperaba de mí abonase ciertas cantidades que habían desaparecido.

Se ponía en duda hubiese yo surtido de timones y aparejos a los buques que había cortado y cogido delante de las baterías del Callao, y no se dudaba que éstos no hubiesen podido salir del puerto sin ser equipados de nuevo, puesto que los españoles les había quitado los aparejos antes de que fuesen capturados.

Se me exigía después de un lapso de dieciséis años produjese los libros del contador relativos a la captura de pertrechos, cuando aquéllos habían sido enviados a su debido tiempo al Ministerio de Marina; con todo, el Gobierno no había suministrado los artículos necesarios para la seguridad de los buques, sea que navegasen o estuviesen fondeados, en tanto que los pertrechos que habían sido cogidos al enemigo y destinados al uso de la expedición eran otra tanta ganancia neta para el Estado.

Un acto todavía más injusto por parte del Gobierno chileno fue el pedirme los documentos justificativos de cómo se gastaron 50.000 pesos que había cogido el coronel Miller en el Alto Perú, y que invirtió en pagar y mantener a sus tropas, de cuyas transacciones no había tenido yo el menor conocimiento; el coronel Miller había, sin duda alguna, aplicado fielmente dichas sumas a las exigencias del servicio en que se hallaba empeñado, haciendo simplemente saber que había capturado, o de otra manera, recogido 32.000 pesos, con los que había dado a su gente dos meses de paga, y uno más de gratificación en premio de su bizarría; conducta no menos necesaria que equitativa, pero que los cortos alcances del Ministerio no supieron apreciar.

Como quiera que sea, no se me había remitido ningún documento justificativo durante mi permanencia en la costa, como se verá por la siguiente carta del coronel Miller:

«Ica, agosto 27 de 1821.

Milord:

Inclusa va una apuntación del dinero recibido y del que se ha invertido en la división de mi mando.

Tan pronto como lo permita el tiempo someteré a la aprobación de su señoría otra relación más detallada y circunstanciada.

He escrito al comandante Soler, que se halla en Lima, para que de a V. S. los necesarios pormenores relativos a la captura del dinero.

Tengo el honor, etc.:

WM. MILLER.

Coronel comandante de la división del Sur».

Jamás volví a ver después al coronel Miller ni a su división en el Perú; pero todo lo que él había gastado en emancipar al país se me cargó a mí, haciéndome de este modo responsable del costo de sus victorias, sin embargo, de que ni el uno ni el otro Gobierno habían gastado un solo peso para obtenerlas.

Pero el acto más flagrante de injusticia fue el deducir de lo que me era debido gastos y perjuicios por la detención de embarcaciones neutrales cogidas en conformidad a las órdenes de bloqueo expedidas por el Gobierno chileno.

Las circunstancias eran las siguientes:

El Gobierno español había acordado el privilegio al Edward Ellice y a otros buques para transportar tropas de España al Perú; pero las discordias intestinas de la madre Patria impidieron se despachasen.

En consecuencia de eso los dueños de aquellas embarcaciones reclamaron gastos de demora, los que el Gobierno español no consideró oportuno pagar; mas en lugar de ello les concedió permiso para llevar al Perú mercancías españolas.

Estos buques así cargados se dirigieron a Gibraltar, en donde la casa de Gibbs y Compañía los proveyó de papeles ingleses, además de los manifiestos españoles de que se les había surtido en Cádiz, probando con este solo hecho el que consideraban ilegítima la especulación.

Provistos de este doble juego de papeles vinieron al Perú con el objeto de traficar; pero como yo estaba advertido de lo que pasaba, habiendo encontrado más tarde los duplicados españoles en la aduana del Perú confisqué las embarcaciones con motivo de los papeles fraudulentos y por tener además contrabando de guerra a bordo, y estaba a punto de enviarlas a Valparaíso para ser adjudicadas, cuando en esto sus capitanes ofrecieron entregarme todas las áncoras, cables y cualquiera otro cargamento ilegal con tal que yo abandonase esta determinación, lo que verifiqué, aplicando estos artículos al uso de la Escuadra chilena, la que a la sazón no tenía en ninguno de sus buques una sola ancla de que poder fiarse.

Esta conducta adoptada causó satisfacción a los dueños y sobrecargos, como igualmente a sir Tomás Hardy cuando se le hubo explicado, en tanto que fue altamente aprobada del Gobierno chileno.

Después de mi regreso a Inglaterra me suscitaron procesos hasta por el contrabando que me habían entregado voluntariamente los dueños; pero como estaba afortunadamente en posición de poder presentar los duplicados españoles, desistieron; de otro modo me hubiesen sumido en completa ruina por dar libertad a embarcaciones sujetas a condenación, y al propio tiempo proveer gratuitamente a los buques de guerra chilenos de los artículos esenciales de que estaban enteramente destituidos.

A fin de granjearse la voluntad de los negociantes ingleses de Valparaíso, el tribunal de Marina dejó libres a varias embarcaciones cogidas con arreglo a las órdenes del Gobierno, o cargando a mi cuenta los gastos y perjuicios, y esto en contravención del derecho que le asistía de bloquear y apresar, según se había hecho presente al jefe de Escuadra sir Tomás Hardy, quien, a pesar de la protección que ofrecía a los buques ingleses, reprobó se prevaliesen de ella para abastecer al enemigo con contrabando de guerra, como se había verificado.

La opinión de sir Tomás Hardy era que si la parte bloqueadora no estaba en posición de hacer eficaz el bloqueo en toda la costa, éste no podía ser reconocido en ninguna parte por la ley de las naciones; pero, al paso que expresaba su errónea opinión acerca de esta materia, añadía:

«Ni tampoco puedo oponerme al derecho que el Gobierno chileno tiene de establecer y mantener bloqueo bajo el mismo pie que las otras partes beligerantes».

Pero aún en el extremado punto de vista del señor Hardy estábamos en posición de establecer y mantener un bloqueo en su mayor extensión, y la mejor prueba del hecho es que se había establecido.

Zenteno mismo, el ministro de Marina, hizo ver al señor Hardy del modo siguiente la competencia de la Escuadra para mantener el bloqueo, lo que él reconoció:

«Nuestras fuerzas navales, tal vez aminoradas en aparente magnitud con la distancia, no se consideraban suficientes para mantener el bloqueo en toda su extensión, y, sin embargo, han tenido la gloria de hacer libres y de poner en las manos de los independientes americanos todos los puertos y costas del Perú, exceptuando sólo el puerto del Callao.

Por otra parte, en el mismo centro de este puerto, y bajo el fuego de sus baterías, la fragata de guerra española Esmeralda ha sido cortada por nuestras fuerzas navales y, por lo tanto, aumentádose nuestro poderío, en tanto que el enemigo se ha reducido a la nada.

Firmado:

JOSÉ IGNACIO ZENTENO».

De modo que, en presencia de estas declaraciones por parte del mismo ministro chileno, respecto a la superioridad naval de la Escuadra en la costa del Perú, y el consiguiente derecho que tenía de aprehender, el tribunal de Marina, por sus siniestros fines, tuvo por conveniente decidir que era yo responsable de los embargos de embarcaciones neutrales que mis capitanes hicieron sin mi conocimiento, condenándome a pagar los daños y perjuicios que causaron sus actos; siendo el resultado el habérseme multado en esto y en todos los otros cargos que encontró conveniente hacer en mi ausencia.

La injusticia de este proceder es tanto más sorprendente cuanto que San Martín había sido nombrado comandante en jefe de la Escuadra lo mismo que del Ejército; de suerte que, aún suponiendo que las decisiones del tribunal de Marina fuesen justas, el vituperio recae sobre aquél y no sobre mí.

Empero a él se le recompensó, y a mí se me obligó a pagar por actos ejecutados bajo sus órdenes.

En 1845, veintitrés años después de la emancipación del Perú y la destrucción del poder español en el Pacífico, el Gobierno chileno dedujo el montante de todas las sumas cargadas así injustamente a mi cuenta, y me acordó el saldo de 30.000 pesos por todos los servicios que presté al país.

He dicho antes que a consecuencia de los pleitos que me suscitaron por haber cumplido las órdenes del Gobierno chileno sufrí en Inglaterra una pérdida de cerca de 125.000 pesos; de manera que, en vez de obtener una recompensa cualquiera por mis servicios a Chile y al Perú, la emancipación de éste y la completa independencia de aquél me cuestan 95.000 pesos de mi propio bolsillo.

Quisiera preguntar al pueblo chileno y al Gobierno si ahora no ven la manera injusta con que se me ha tratado, efecto de las bajas imposturas puestas entonces en juego para engañarle, bien que esas han sido en parte compensadas por el ilustrado Gobierno actual, el cual, como lo ha hecho ver su reciente decisión, se compone de hombres de un carácter mucho más elevado que aquéllos con quienes se me había puesto en contacto, y que, según tengo razones para creerlo, sabrán reparar la afrenta hecha al carácter nacional por sus predecesores de 1820 a 1823, haciéndose enteramente cargo del trato que se me ha dado.

Hago aquí con la mayor fidelidad esta narración para que puedan juzgar por sí mismos.

Sólo añadiré que no se ha hecho en ella ni la más ligera aserción que no esté apoyada por documentos originales, los más importantes de los cuales se han insertado y están a punto de ser enviados a Chile fotografiados; de modo que, comparándolos con sus originales de oficio, su autenticidad será incontestable.

He dicho que el ministerio que había paralizado mis operaciones y que por sus mal solapados actos de interés echó por tierra al supremo director O'Higgins, estaba corrompido, por más que haya creído indigno estamparlo en una narración histórica y muy particularmente al exponer sus fraudulentas prácticas, de las que yo estaba bien impuesto.

Con todo, al hacer un cargo semejante, creo de mi deber dar alguna prueba de ello; por lo tanto, aduciré simplemente en conclusión una sola de aquellas prácticas tan aborrecibles y que, a menos de no ir apoyadas en testimonios irrefragables, pudieran muy bien presentarme como un malicioso libelista que produce acusaciones increíbles.

Se ha probado en el curso de estas memorias, bien que nunca se haya impugnado, que la vigilancia ejercida en el bloqueo del Callao obligó a la guarnición española a salir de Lima por falta de víveres, y últimamente de la fortaleza, siendo esto el principal objeto del bloqueo.

En el ínterin que estaba de este modo esforzándome en sitiar por hambre a los españoles, ¡los ministros chilenos estaban enviando grano para que se vendiese con un mil por ciento de beneficio a la guarnición bloqueada!

En tales términos se llevaba esto a efecto que el mismo general San Martín, conociendo la villanía de sus llamados sostenedores en el ministerio chileno, y temiendo el resultado, me puso en guardia escribiéndome la carta siguiente:

«Huara, febrero 10 de 1821.

Mi estimado amigo:

Estoy esperando con gran ansia las noticias de usted; ¡ojalá sean tan favorables como lo fueron las que recibí en Ancón cuando me hallaba en igual incertidumbre!

La Miantinomo viene de Valparaíso con permiso del Gobierno para introducir al Callao un cargamento de trigo; es preciso impedirlo a todo trance, pues sería una ruina el que en las circunstancias actuales se admitiese este ejemplo.

De oficio digo a usted cuanto conviene sobre el particular.

Anteayer llegó la Andrómaca a Huacho, y, según me ha dicho el capitán Sirreff, regresará al Callao dentro de ocho días.

La condesa sigue en Huara sin novedad, pasando el tiempo del mejor modo que permiten las circunstancias.

Adiós mi amigo; sea usted feliz y cuente siempre con el sincero aprecio de su afectísimo.

Firmado:

JOSÉ DE SAN MARTÍN».

Este testimonio por parte de uno que tenía por criaturas a los ministros más influyentes de Chile, es indisputable; pero en el caso presente su rapacidad alarmó hasta a su mismo patrón.

Como quiera que sea, San Martín, no tiene razón en atribuir este alevoso atentado al Gobierno colectivamente, siendo incapaz el supremo director O'Higgins de unos hechos como los que se practicaban a la sombra de su autoridad, de los cuales éste es un solo ejemplo.

Los verdaderos perpetradores de tales enormidades están presentes en la memoria de muchos chilenos que aún existen.

Estos eran, empero, los hombres que, bajo la máscara de patriotismo, vertieron los más indignos cargos contra mí, sin que les mereciese la menor atención por haber llevado adelante la guerra naval sin asistencia nacional alguna de dinero y abastecimientos.

Los chilenos de la presente generación se enorgullecen de su país y, según lo ha expresado su actual bondadoso presidente al concederme la paga de almirante por el resto de mis días, desea recompensar a aquellos ilustres extranjeros que les asistieron en sus luchas para obtener su independencia; pero tienen gran razón de sentir la conducta de aquellos ministros que pusieron en peligro esa independencia y arriesgaron las libertades de Chile por ventajas privadas.

Apenas es necesario añadir que ningún átomo del grano que llevaba la Miantinomo y otras embarcaciones semejantes, a excepción de una que llegó durante mi ausencia, entró en el Callao, para socorrer su hambrienta guarnición.

Con todo, a su llegada se me suplicó permitiese hacer el desembarque, y al responder que semejante traición al pueblo chileno nunca se cometería en mi presencia, se me pidió con frescura me mantuviese durante la noche fuera de la línea del bloqueo, a fin de que no pudiese presenciar lo que se hacía.

Tal era la probidad ministerial en los primeros días de la independencia chilena.

La causa de la animosidad oficial que se me tenía está ya patentizada.

Si yo hubiese participado en esos actos nefarios o aceptado los empleos, condecoraciones y haciendas que San Martín me ofrecía como precio de mi defección de Chile, me hallaría ahora rico por despreciable que fuese a mis ojos, en lugar de haber larga y severamente padecido en consecuencia de mi rigurosa adhesión a los intereses nacionales, pudiendo decir con frente erguida que nunca he cometido un acto que desee ocultar.






ArribaAbajoApéndice


ArribaAbajoReciente mensaje del Presidente de Chile al Senado y a la Cámara de Diputados, reconociendo los servicios de Lord Dundonald, y concediéndole la paga entera de Almirante por el resto de su vida

«Conciudadanos del Senado y de la Cámara de Diputados:

Hacia fines de 1818, cuando Chile celebraba el primer triunfo marítimo obtenido por nuestra Esmeralda en Talcahuano, el bizarro marino Lord Thomas Cochrane, ahora conde de Dundonald y almirante al servicio británico, se presentó en nuestros mares, decidido a asistirnos en la noble causa de nuestra independencia.

Los importantes servicios de este jefe en la marina británica, durante la guerra europea que concluyó en 1815, son harto conocidos:

Era un capitán de navío en no actividad de servicio cuando la Escuadra de su país fue reducida al pie de paz, y aceptando la instancia que le hizo en Londres el agente chileno de entrar al servicio de este país, vino a tomar el mando de nuestras fuerzas navales, trayendo el prestigio de su nombre, su grande habilidad e inteligencia, su genio activo y emprendedor; contingente poderoso de una lucha de tanta importancia vital para nuestra independencia, el dominio del Pacífico.

Hasta qué punto se han realizado las bien fundadas esperanzas en la cooperación de lord Cochrane por la hábil dirección que supo imprimir a nuestras fuerzas marítimas son hechos que todo el mundo y la historia han juzgado.

Aún están vivientes en nuestra memoria la toma de Valdivia, las hazañas en el Callao, el sanguinario y brillante triunfo de la Esmeralda, la captura de las fragatas españolas Prueba y Venganza en la costa del Ecuador, y el completo aniquilamiento del poder español en estos mares, efectuado por nuestra Escuadra bajo el mando de Lord Cochrane; y al dejar este jefe el servicio de Chile, en enero de 1823, y cuando entregó al Gobierno, por no haber más enemigos que combatir, las triunfantes insignias de su grado, pudiera con justicia y verdad haber dicho:

-Os devuelvo esto cuando Chile ha asegurado ya el dominio del Pacífico.

Al propio tiempo que Chile repele injustas y exageradas pretensiones, se ha enorgullecido siempre de querer recompensar de un modo digno y honroso los servicios de los ilustres extranjeros que nos han asistido en las gloriosas luchas de nuestra independencia.

Este noble y espontáneo sentimiento de gratitud nacional es lo que dictó la ley de 6 de enero de 1842 concediendo al general D. José de San Martín la entera paga de su grado durante su vida, aún cuando residiere en país extranjero; y es el mismo sentimiento el que me mueve a proponeros hoy, con el consentimiento del Consejo de Estado, el siguiente proyecto de ley:

ARTÍCULO ÚNICO.- El vicealmirante Lord Thomas Cochrane, ahora conde de Dundonald, queda considerado durante el término de su vida como en activo servicio de la Escuadra de la República, con la entera paga de su grado, aunque resida fuera del territorio de Chile.

Santiago, julio 28 de 1857:

MANUEL MONTT.-

JOSÉ FRANCISCO GANA».




ArribaAbajoRespuesta de Lord Dundonald a la precedente comunicación

«Londres, noviembre 6 de 1857.

V. E. magnánimamente presentó al Congreso una sucinta pero luminosa enumeración de los servicios que tengo prestados al Estado, los que habiendo sido tomados en consideración por los ilustrados representantes de un pueblo prudente y bizarro, se me acordó 'paga entera durante mi vida' y una medalla de honor, acompañada de la muy satisfactoria declaración de que tan apreciables favores eran 'en testimonio de gratitud nacional; por grandes servicios que prestó a la República durante la guerra de la independencia'.

Esos honores los acepto con grande reconocimiento, como pruebas altamente satisfactorias de que después de un lapso de más de treinta años, mis activos cuanto venturosos esfuerzos oficiales y extraoficiales para asegurar a Chile completa independencia, paz interior y el dominio del Pacífico, son gratos recuerdos para el Gobierno y el pueblo de esa tan respetada nación.

Sin embargo, permítaseme observar que la concesión de toda la paga, solamente en perspectiva, a uno que pasa de ochenta años de edad, es poco más que nominal, pues mi vida, en toda humana probabilidad, se acerca a su término.

Había esperado que como el Estado ha realizado sin interrupción cuantiosos beneficios desde que se prestaron esos servicios tan honorablemente reconocidos, la concesión habría corrido desde aquel período, del mismo modo que me ha sido recientemente acordado por el gobierno del Brasil, el cual ha decretado el recobro de las pagas atrasadas desde el tiempo que ha cesado mi mando efectivo, y su continuación durante mi vida.

Si se reconoce que los servicios que presté a Chile han sido grandes ¿no puedo yo esperar igual merced por parte de un país que debe las dulzuras de la paz y subsiguiente tranquilidad y prosperidad a la pronta terminación de la guerra?

No abogo por mí mismo, Excelentísimo señor, pues a mi avanzada edad tengo pocas necesidades, pero sí por mis hijos y el honor de mi familia.

Véase los ejemplos de España y Portugal, en donde todos los generales y almirantes de primer orden o empleados en la guerra de la emancipación e independencia de aquellos países fueron recompensados con la subsiguiente continuación de sus pagas durante sus vidas, obligación que siempre han cumplido puntualmente.

Estoy seguro que si V. E., al proponer el proyecto de ley en mi favor, hubiese tenido presente mi avanzada edad y recordado que una mera concesión en perspectiva sería para mí o para mi numerosa familia de muy corto beneficio personal, V. E. habría sido dichoso en haber recomendado, y el Congreso en haber acordado, que aquélla hubiese sido igualmente por el tiempo pasado, tanto más cuanto que Chile no tiene (como sucede en mi país natal) numerosos oficiales que educar y mantener por uno que encuentra capaz de mandar.

A fin de convencer a V. E. de que no es mi ánimo reclamar paga entera por todo el largo período transcurrido desde que presté mis servicios (bien que las privaciones que he padecido, y las pérdidas que he sufrido, semejante retardo debiera en verdad considerarse como un título más) ruego, por lo tanto, se me permita elevar con el mayor respeto a la consideración de V. E., a la del Consejo y Congreso Nacional, así como a la rectitud del magnánimo pueblo de Chile, el que una mitad sólo de la paga que recibía cuando estaba en actual servicio me sea acordada por el tiempo pasado, del mismo modo que la nación brasileña me concedió semejante gracia.

Esto lo aceptaría con profunda gratitud, en compensación de las heridas que recibí hace hoy treinta y seis años en la captura de la Esmeralda, por otros extraoficiales servicios rendidos, y las graves responsabilidades incurridas, todo lo cual se terminó en resultados de la mayor importancia para la causa nacional.

Esté V. E. seguro de que sólo mi avanzada edad es la que me impide ensayar de volver a visitar su ahora sosegado y próspero país, y dar personalmente a V. E. las gracias por su bondad y los benéficos sentimientos que el Consejo de Estado, los representantes y el pueblo chileno me han manifestado.

Me causaría placer ver los buques de vapor que se han introducido ahora en la Marina nacional, el gran ferrocarril que se está construyendo desde Valparaíso a Quillota y Santiago, y presenciar las varias importantes mejoras que se han realizado y los adelantos de prosperidad nacional efectuados en el curso del último tercio de un siglo.

Tan dichosos resultados son un alto testimonio de los méritos del Gobierno y del carácter del pueblo chileno.

COCHRANE Y DUNDONALD.

A S. E. el presidente del Consejo y Congreso de Chile».




ArribaCarta del supremo director de Chile, aprobando todo lo que yo había hecho en el Perú3

(Reservadísima y confidencial)

«Santiago, noviembre 12 de 1821.

Mi querido amigo Lord Cochrane:

El capitán Morgell, portador de ésta, me ha entregado los despachos que usted me ha enviado en el Ceransasee, en unión con las interesantes notas números 1 a 9, fechadas del 10 al 30 de septiembre, como también los documentos a que se refieren.

Los he leído con grande atención, pero siempre he experimentado una justa indignación hacia la conducta desagradecida que se tuvo para con Chile, la que sólo puede mitigarse con el placer que experimento en leer con cuánta dignidad, buen juicio y discernimiento supo usted sostener sus derechos y los de esta República.

Deseaba no darle esta respuesta por escrito, y sí personalmente, con abrazos de aprobación por todo lo que usted ha dicho y practicado bajo las circunstancias difíciles detalladas en sus cartas privadas y oficiales; pero como la grande distancia a que usted se halla me priva de aquel placer y espera usted añadir nuevas glorias a Chile con la captura de la Prueba y Venganza trayéndolas al puerto bajo sus órdenes, responderé apresuradamente a los principales puntos de sus comunicaciones.

La persona y las palabras que usted menciona no dejan ninguna duda acerca de las pocas esperanzas que debe tener Chile de sus sacrificios; con todo, nada hay que temer de semejantes intenciones cuando son conocidas.

Mientras la Escuadra que usted manda domine en el Pacífico, esta República se hallará muy bien cubierta, y está en nuestras manos el ser los dueños de la fuerza moral, política, comercial y hasta física de esta parte de América.

Aunque la batería colocada en Ancón después que el enemigo se marchó tranquilamente y las amenazas (de San Martín) de no pagar un real, a menos que Chile no venda la Escuadra al Perú, hizo excusable no se enviase allí ninguna misión diplomática, no obstante he nombrado a ministro de Hacienda, en quien tengo la mayor confianza, para que vaya a Lima a fijar las bases de relaciones y pedir compensación por la deuda activa que Chile tiene contra el Perú.

Mi ministro lleva órdenes de volver lo más pronto posible; sea cual fuere el fin de su misión, por aquel tiempo ya habrá usted tal vez regresado a Chile, y entonces acordaremos lo que se ha de hacer después.

¡Es muy doloroso que la guarnición del Callao no haya capitulado a la bandera de usted!

Entonces se hubiesen implorado sus favores y los de Chile; entonces se habría pagado todo sin excusa, y entonces no se hubiese usted visto en la necesidad de embargar la propiedad retenida para pagar y salvar a la Escuadra.

Yo habría hecho otro tanto si me hubiese encontrado ahí; de consiguiente, vuelvo a decir a usted que todo merece mi aprobación, y le doy, así como a los beneméritos oficiales de su mando, mis más cordiales gracias por su fidelidad y heroísmo en favor de Chile, en donde, de un modo más glorioso y conveniente, se hará la fortuna de todos con el curso de los acontecimientos que se están preparando para este afortunado país, en tanto que no se sabe lo que habrá de acontecer en el Perú, puesto que, como usted observa, la guerra no hace más que comenzar, a la cual seguirán la pobreza, el descontento, y, sobre todo, la anarquía.

Pronto sentirán la necesidad que tienen de usted y de la Escuadra, y aquellos ingratos oficiales que se separaron de usted para entrar en la Marina peruana también experimentarán su engaño y castigo.

Se les ha borrado de la lista de la Marina chilena, y sólo espero la llegada de usted o una relación oficial relativa a la expedición para asignar tierras y premios a aquéllos que no le han abandonado, y en particular a los ilustres capitanes Crosby, Wilkinson, Délano, Cobbett y Simpson, que usted ha recomendado.

A pesar de que vivimos en pobreza y que el Erario continúa en penuria, tenemos, sin embargo, bastante resignación y coraje para hacer los sacrificios necesarios.

Emplearé toda mi solicitud para que el Rising Star forme parte de nuestra Escuadra, y entonces seremos invencibles, y conservando buenas relaciones con sir Tomás Hardy, y por su medio con Inglaterra, cimentaremos los principios fundamentales de nuestras glorias.

Estoy satisfecho de las conferencias y deliberaciones que usted tuvo con aquel caballero, y apruebo el todo, aunque griten los negociantes de Valparaíso.

Me agradan las precauciones que usted ha tomado de enviarme directamente su correspondencia y no al Ministerio.

Pero es preciso que usted sepa que antes que yo leyese sus cartas privadas y oficiales sabía ya el público gran parte de su contenido, sin duda por las comunicaciones particulares de algunos oficiales, o por lo que los del Araucano dijeron verbalmente en Valparaíso.

Por mi parte, le recomiendo también todo el secreto preciso acerca del contenido de esta carta, de modo que no quede frustrada nuestra reserva y nuestras mejores medidas no sean contrariadas.

Pediré satisfacción al Gobierno de Lima por haber puesto preso al primer teniente del O'Higgins y también por haber arrestado al de igual clase perteneciente al Valdivia, así como por la amenaza del desagradecido Guido, según me comunica por su favorecida del 29 de septiembre último.

Le aseguro a usted que nunca permitiré se haga el menor insulto a la bandera de esta República.

Me ha causado el mayor júbilo la respuesta que usted hizo a Monteagudo y Guido en sus cartas de 28 y 29.

Puesto que ha salido usted del Callao nada tengo que comunicarle oficialmente respecto de su conducta allí.

Usted no se ha sometido directa ni indirectamente a Lima, y desde el momento que la independencia de aquel país se ha declarado estar bajo el gobierno protectorio de San Martín, cesó la autoridad provisoria que él ejercía sobre la Escuadra.

La provincia de Concepción está casi enteramente libre de enemigos, y espero que la de Chiloé lo estará muy en breve para completar nuestra grandeza.

Allí hay un semillero para formar una buena Marina, y cuando usted pueda visitar el archipiélago descubrirá ventajas y riquezas sustraídas a la custodia de la indolente y despótica España.

Créame usted, mi querido milord, su eterno amigo.

O'HIGGINS».

Habiéndoseme pedido un testimonio de si se había o no pagado a los aprehensores de la Esmeralda la suma de 120.000 pesos, o parte de ella, di el siguiente certificado, por donde se verá que no es esa la sola obligación nacional que queda aún por satisfacer a un Gobierno que debe la libertad y el bienestar de su país a los heroicos esfuerzos de la Escuadra de Chile.

«Londres, julio 26 de 1856.

En atención a habérseme rogado certifique si los ciento veinte mil pesos adjudicados por el Gobierno chileno (afianzados en la Deuda que contrajo el Perú por los servicios de las fuerzas libertadoras), o parte alguna de aquella suma ha sido pagada a los aprehensores de la Esmeralda durante el período de mi mando naval, doy la adjunta respuesta, la cual creo, si he de hacer justicia al Gobierno de Chile, al servicio naval y a mí mismo, no deber concretar a aquel solo hecho.

Durante mi mando no se pagó ninguna parte de la suma asignada por el arriesgado y heroico servicio extraoficial de abordar con botes de remos la fragata española Esmeralda (fondeada a la sombra de los cañones de la fortificada ciudadela del Callao), aunque el buen éxito de ésta y otras empresas navales produjo tranquilidad en el país y crédito en el extranjero, por lo que se obtuvo de un modo ventajoso ayuda pecuniaria internacional, cuyas obligaciones estipuladas fueron honorablemente cumplidas.

Este hecho justifica la segura esperanza de que una prosperidad creciente tan dichosamente cimentada pone ahora a un Gobierno justo y esclarecido en el caso de recompensar también la arrojada y feliz estratagema que añadió al Estado las fortalezas y la hostil provincia de Valdivia; asegurando así la tranquilidad en el interior, además de haberle procurado superioridad marítima por haberse posesionado de la Esmeralda, superioridad que puso en estado de poder emprender el inesperado perseguimiento de los restos de la fuerza naval española, desde el Perú hasta México, y retirada a Guayaquil, en donde las magníficas fragatas Prueba y Venganza, destituidas de provisiones, tuvieron que rendirse, y hubiesen sido añadidas a la victoriosa Escuadra chilena si el ambicioso Gobierno del Perú no se hubiese, sin derecho alguno, interpuesto, enarbolando su entonces presunta bandera imperial, ofreciendo al propio tiempo pagar, no por la captura de la Esmeralda (como el Gobierno chileno lo exigía), pero sí por la compra de esa fragata, a fin de asegurar preponderancia marítima al restaurado dominio de los Incas.

Estas ocurrencias, brevemente recordadas, demuestran que la deuda debida a los aprehensores de la Esmeralda no es la sola obligación nacional que tienen que satisfacer un honorable Gobierno y un pueblo generoso y de sentimientos elevados, el cual ha sacado ventajas de los servicios extraoficiales prestados con el mayor celo, y aún puede añadirse, fidelidad, puesto que las provisiones y pertrechos necesarios para ir en perseguimiento de las fragatas Prueba y Venganza, ni Chile ni el Perú los habían suministrado, sino que se compraron con el dinero del premio de presas, que en justicia pudiera haberse distribuido entre los aprehensores de la Esmeralda.

Estos hechos históricos, obscurecidos o falsificados en aquella época, a fin de impedir se hiciesen comparaciones entre empresas navales y militares poco favorables a proyectos ambiciosos, serán reconocidos cuando se publique una verídica relación4 de los acontecimientos de aquella época, y de los motivos y acciones de aquéllos que estaban empleados en promover y afianzar paz y prosperidad a Chile, y emancipación colonial al Perú, dejándole elegir libremente su Gobierno, según se había religiosamente decretado por proclamación, antes de salir la expedición libertadora:

COCHRANE Y DUNDONALD.

Antiguo comandante en jefe de las fuerzas navales chilenas».

«CONSULADO DE CHILE EN LONDRES:

Certifico que ante mí compareció el señor almirante Lord Cochrane y Dundonald, y que firmó el documento que antecede, cuya firma es digna de toda fe y crédito judicial.

Y para los fines que convengan doy el presente, firmado y sellado con el sello de este Consulado.

Londres, julio 26 de 1856.

Firmado:

S. W. DICKSON.

Cónsul de la República».





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