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ArribaAbajoCapítulo X

Mi llegada a Valparaíso.- Agradecimiento del Gobierno.- Motivos de satisfacción.- Tráfico ilegal.- Se saca ventaja de él.- Denuncia de oficiales desertores.- Investigación de cuentas.- Acusaciones de San Martín contra mí.- Mi refutación.- No permite el Gobierno publicarla.- Crueldad para con prisioneros españoles.- Me retiro a Quintero.- Ventajas políticas de nuestros triunfos.- Estado mísero de la Escuadra.- Infames tentativas para promover descontento en ella.- Objeto de esta conducta.- Medios adoptados para frustrarla.- Lo desaprueba el ministro.- Simpatía de los oficiales.- Se trata de deshacerse del general Freire.- Resultado eventual de esto.- Carta de los capitanes.


A mi llegada a Valparaíso encontré que los agentes de San Martín, Paroissien y García del Río, habían presentado sus acusaciones contra mí al Gobierno de Santiago, aunque sin efecto, pues había tenido yo la cautela de poner a aquél al corriente de todo lo que se traslucía, practicando con el más escrupuloso cuidado la rendición de cuentas del dinero y provisiones cogidos a los españoles, especialmente del caudal público apresado al Gobierno peruano en Ancón.

Anuncié al Gobierno la vuelta de la Escuadra en la carta siguiente:

«Los vehementes deseos de su excelencia el supremo director ya están realizados, y los sacrificios del pueblo chileno se hayan recompensados.

El poder naval español en el Pacífico ha sucumbido, habiéndose sometido los siguientes buques a los incesantes esfuerzos de la Escuadra de este Estado libre:

Prueba, de 50 cañones; Esmeralda, 44; Venganza, 44; Resolución, 34; Sebastiana, 34; Pezuela, 18; Potrillo, 16; Prosperina, 14; además, el Aranzasú, diecisiete lanchas cañoneras, los buques armados Águila y Vigonia, las embarcaciones que cerraban la entrada del Callao y muchos buques mercantes.

Después de haber luchado contra dificultades como nunca se vieron a bordo de ningún buque de guerra, tengo la mayor satisfacción en anunciar el regreso de la Escuadra chilena a Valparaíso, su cuna, la cual, por efecto de sus continuados servicios en favor de la causa de la libertad e independencia de Chile, Perú, Colombia y México, es un objeto de admiración y gratitud para los habitantes del Nuevo Mundo.

Firmado:

COCHRANE».

Nuestro regreso fue saludado por los habitantes de Valparaíso con grandes demostraciones de placer, hallándose casi todas las casas decoradas con la bandera patriota, mientras que otras manifestaciones de júbilo nacional patentizaban la importancia que daba el pueblo chileno a nuestros servicios.

El 4 de junio se me dieron las gracias por medio de la carta que sigue:

«MINISTERIO DE MARINA:

Santiago de Chile, junio 4 de 1822.

Excelentísimo señor:

Ha causado el mayor placer al Excelentísimo señor Director Supremo la llegada de V. E. a ese puerto con la Escuadra de su mando, y en los sentimientos de gratitud que le imponen las glorias adquiridas por V. E. durante una campaña tan dilatada, hallará el timbre de las relevantes consideraciones que sus heroicos servicios tan dignamente merecen.

Entre aquéllas ocupan un lugar distinguido los señores jefes y oficiales que permanecieron fieles a sus deberes en los buques de guerra de este Estado, y cuya relación se sirve V. E. incluirme.

Ellos obtendrán, ciertamente, las recompensas a que su loable constancia los ha hecho acreedores.

Sírvase V. E. admitir las seguridades de mi más alto aprecio.

Firmado:

JOAQUÍN DE ECHEVERRÍA».

Excelentísimo señor Vicealmirante y Comandante en Jefe de la Escuadra, muy honorable lord Cochrane».

Por la precedente carta se observará que mi antiguo adversario Zenteno, ya no estaba al frente del ramo de Marina; pero le habían nombrado gobernador de Valparaíso, en donde desempeñaba las funciones de almirante de puerto, posición en la que, con toda su antigua enemistad, consiguió causarme grandes disgustos, a pesar de lo muy satisfecho que el Gobierno estaba de mis servicios.

Además del susodicho reconocimiento de nuestros servicios se expidió un decreto mandando acuñar una medalla en conmemoración de ellos:

«MINISTERIO DE MARINA:

Santiago de Chile, junio 19 de 1822.

Excelentísimo señor:

Deseando S. E. el supremo director hacer una pública demostración de los altos servicios que ha rendido la Escuadra a la Nación, ha resuelto se acuñe una medalla para los oficiales y tripulaciones de dicha Escuadra, con una inscripción conmemorativa del reconocimiento nacional hacia los dignos sostenedores de su poder marítimo.

Lo que tengo el honor de comunicar a V. E. de orden superior, y de ofrecerle mi mayor consideración.

Firmado:

JOAQUÍN DE ECHEVERRÍA.

A S. E. el muy honorable lord Cochrane, vicealmirante y comandante en jefe, etc.».

Es de observar aquí que mientras San Martín, al ocupar a Lima, mandó sellar una medalla atribuyendo el buen suceso de la expedición enteramente al Ejército, que había hecho poco o nada para ello, no mencionando siquiera los servicios de la Escuadra, el Gobierno chileno atribuyó, como era debido, el mérito a ésta, omitiendo hacer mención del Ejército que permaneció bajo la bandera del Protector.

Nada es más concluyente para ver como opinaba el Gobierno chileno sobre esta materia.

Chile tenía seguramente motivos de estar agradecido, tanto por el modo como se condujo la Escuadra cuanto por los triunfos que obtuvo.

Había estado yo a su cabeza como cosa de dos años y medio, durante cuyo tiempo ya cogimos, ya destruimos, o bien obligamos a rendirse a todos los buques de guerra españoles que había en el Pacífico; toda la costa occidental, que antes estaba infestada de piratas, quedó libre de ellos; sin ayuda alguna obligamos a las más importantes fortalezas del enemigo a entregarse, ya por medio de asaltos o por bloqueos; se protegió el comercio de Chile y el de las potencias neutrales, y se estableció la causa de la independencia sobre bases tan firmes, que nada, sino locura o corrupción, podrían ya hacerla vacilar.

Para tan importantísimos resultados Chile no tuvo que hacer otros gastos que los que había desembolsado para el ineficaz equipo de los buques.

A excepción de tres o cuatro cargamentos de provisiones enviados al Callao, durante todo aquel tiempo tuve que proveer con mis propios esfuerzos al mantenimiento y sostén de la Escuadra, a sus reparaciones, equipos, abastos, provisiones y paga, hasta donde pudo satisfacerse a la gente; sin que para estos objetos un solo peso haya salido del Erario del Gobierno chileno, que confiaba, aunque en vano, en el Perú.

El ser desagradecidos respecto a la expresión pública de gratitud -pues no tuvimos otra recompensa- habría sido un crimen nacional.

Como aún no he mencionado uno de los medios a que recurría para proveer a las necesidades de la Escuadra, es preciso que lo refiera aquí.

Bajo la administración española no se permitía a ningún buque extranjero traficar con los puertos del Pacífico.

Pero, a fin de sacar rentas y obtener asistencias, acostumbraban los virreyes a vender licencias para que los negociantes ingleses pudiesen emplear buques de su nación en el comercio con las colonias españolas.

Éstos tenían que cargar en un puerto de España, en donde se les surtía de papeles españoles legalizados.

Bajo el nuevo estado de cosas de Chile, a fin de que los buques de guerra chilenos no capturasen tales buques por tener propiedad española a bordo, se recurrió a igual clase de papeles fingidos, representando los cargamentos como propiedad inglesa, procedente del puerto de Gibraltar; por consiguiente, usaban de una clase de papeles en tierra, y de otra en el mar, o según lo requiriera la ocasión.

Varios buques británicos fueron detenidos por la Escuadra chilena, cuyos papeles españoles se encontraron en las aduanas peruanas cuando nos apoderamos de ellas; por consiguiente, estaban sujetos a ser considerados como propiedad española.

Sin embargo, a fin de poder desembarcar sus cargamentos con seguridad, los capitanes y sobrecargos de los buques ingleses habían voluntariamente ofrecido algunas condiciones para dar a su comercio un carácter de legalidad; a saber: pagar cierto impuesto como equivalente de derechos de aduana.

Acepté estas proposiciones, puerto que me suministraban los medios de acudir a las necesidades y otros gastos de la Escuadra, cuyas privaciones podía con gran trabajo aliviar, por motivo de que el Gobierno protectorio nos rehusaba toda ayuda, aunque él debía su existencia a nuestros esfuerzos.

De los derechos así percibidos, la mayor parte de contrabandos de guerra, rendía yo debida cuenta al Gobierno chileno, en tanto que los negociantes ingleses consideraban semejante convenio como un beneficio, y las autoridades navales británicas lo aprobaban altamente, con particularidad, sir Thomas Hardy.

Con todo, el general San Martín y otros interesados en seguir una línea de gobierno opuesta a los verdaderos intereses de Chile me imputaron después estos procedimientos como actos de piratería.

Que el Gobierno chileno estaba, sin embargo, muy satisfecho de todas las medidas tomadas para proveer a la Escuadra, así como del embargo y empleo que hice del dinero público apresado en Ancón, se deja evidentemente ver por la declaración siguiente:

«Su Excelencia aprueba todo lo obrado a este respecto, y me ordena que así lo prevenga a V. E., como tengo el honor de hacerlo, en contestación.

Acepte V. E. las seguridades de mi más alta consideración.

Firmado:

JOAQUÍN DE ECHEVERRÍA.

Excelentísimo señor Vicealmirante y Comandante en Jefe de la Escuadra, muy honorable Lord Cochrane».

Con la misma fecha recibí la siguiente, relativa a los oficiales que habían desertado de la Escuadra con el objeto de entrar al servicio del Protector:

«MINISTERIO DE MARINA:

Santiago de Chile, noviembre 13 de 1821.

Excelentísimo señor:

Con el mayor desagrado ha visto el excelentísimo señor director supremo la lista de los oficiales dependientes de esta República que han desertado de los buques de guerra de su Escuadra, y que acompaña V. E. a su recomendable nota de 7 de octubre último.

A todos ellos se les tendrá muy presentes para ser juzgados conforme a las leyes marítimas en el caso de que por cualquier accidente pisasen este territorio; y está bien que haya mudado V. E. el plan de señales, en razón de haber sustraído el capitán Esmond las que anteriormente existían».

«MINISTERIO DE MARINA:

Santiago de Chile, noviembre 13 de 1821.

Excelentísimo señor:

He dado cuenta al excelentísimo señor director supremo de la nota que ha tenido V. E. a bien dirigirme con fecha 7 de octubre último acompañando una razón de los caudales invertidos en pagos de sueldos de oficiales y tripulaciones de esa Escuadra y otros objetos del mismo servicio, como igualmente del dinero y plata devueltos a sus respectivos dueños.

Reciba V. E. las protestas de mi consideración muy distinguida.

Dios guarde a V. E. muchos años.

JOAQUÍN DE ECHEVERRÍA.

Excelentísimo señor Vicealmirante y Comandante en Jefe de la Escuadra, muy honorable Lord Cochrane».

Inmediatamente después de mi llegada, el supremo director me escribió que deseaba conversar conmigo privadamente acerca del contenido de mi carta, fecha 2 de mayo, en la que señalaba el peligro que estaba amenazando al Perú con motivo de la tiranía ejercida por el Gobierno protectorio:

«Santiago, junio 4 de 1822.

Mi distinguido amigo Lord Cochrane:

No quiero demorar ni un solo momento el demostrarle el placer que he tenido de su feliz arribo a ese puerto, que me indica su apreciable de 2 del corriente, y como en ella me avisa su pronta venida a esta capital, a fin de comunicar asuntos que demandan más bien una conferencia verbal, aguardo ansioso el día, como también para significarle toda mi consideración con que soy su verdadero amigo, etc.:

Firmado:

BERNARDO O'HIGGINS».

No habiendo recibido otro reconocimiento oficial acerca de las cuentas de la Escuadra que la ya citada expresión general de entera satisfacción por parte del Gobierno, recurrí al ministro de Marina para que se hiciera una investigación más minuciosa de estas cuentas, pues deseaba, en vista de los cargos con que me acusaba San Martín, se hiciesen sin demora las más rígidas averiguaciones y aún manifesté mi sorpresa de que esto ya no estuviese verificado, después del tiempo que había transcurrido desde que las había presentado.

El 4 de junio me replicó el ministro lo que sigue:

«MINISTERIO DE MARINA:

Santiago, junio 4 de 1822.

Excelentísimo señor:

Las cuentas de los fondos invertidos por V. E. en varios ramos de habilitación de los buques de guerra de su mando, y que se sirvió acompañarme a sus dos notas de 25 de mayo último, han pasado al Tribunal Mayor de Cuentas para los fines que indica V. E. en una de sus predichas notas.

Tengo el honor de avisarlo a V. E. de suprema orden, para su inteligencia y en contestación.

Dios guarde a V. E. muchos años.

Firmado:

JOAQUÍN DE ECHEVERRÍA.

Excelentísimo señor Vicealmirante, Comandante en Jefe de la Escuadra, muy honorable lord Cochrane».

Conociendo la lentitud acostumbrada de las oficinas del Estado, no creí que esto era satisfactorio, y como estuviese preparando una refutación a las acusaciones de San Martín, volví a instar al ministro examinase las cuentas sin mayor dilación, cuando el 19 de junio me reconoció, en una carta demasiado extensa para ser insertada, los diferentes artículos, manifestando al propio tiempo su «alta consideración por la manera con que hice respetar en el Pacífico la bandera de Chile».

Esto era satisfactorio; pero tal vez se hace necesario diga la razón por qué yo daba tanta importancia a una mera cuestión de práctica, sobre todo después que el Gobierno había declarado estar satisfecho de todos mis procedimientos.

La razón es que, a pesar de los servicios que elogiaba tanto el Gobierno chileno, se abstenía de conceder, fuese a mí o a la Escuadra, la más leve recompensa pecuniaria, rehusando hasta el premio de presas debido a los oficiales y marineros, y del que se había apropiado una parte del Ministerio.

Al hacer después estas reclamaciones, es decir, al año subsiguiente a mi partida de Chile, dieciséis años más tarde se me informó que mis cuentas requerían explanación, siendo la razón de un procedimiento indigno el que, como la reclamación era indispensable, podía de este modo evadirse.

Mi refutación a las acusaciones de San Martín estaba extendida del modo más minucioso, respondiendo a cada cargo seriatim y poniendo a descubierto una multitud de prácticas nefandas por parte de su Gobierno que antes estaban ocultas.

A fin de no representar el odioso papel de acusador me disuadieron fuertemente a no publicarla, por ser inútil, no prestando el Gobierno chileno la menor atención a los cargos que aquél me hacía, pero si temiendo malquistarse con el Perú, cuya debilidad no supieron debidamente apreciar.

Teniendo, sin embargo, que defender mi conducta, no creí deber acceder, y, por lo tanto, envié mi refutación al Gobierno, acusándome recibo el ministro de Marina, con la advertencia de que se había depositado en los archivos de la República.

Como por la respuesta de dicho ministro se hacía evidente que este documento iba a quedarse allí sin que se hiciese más caso de él, dirigí la carta siguiente al supremo director:

«Excelentísimo señor:

Puesto que la farsa que intentaba jugar el Gobierno del Perú para aniquilar la Marina chilena se está poniendo ahora en práctica bajo otra forma, con nuevos ataques contra mi conducta, suplico a la autoridad suprema me permita publicar mi correspondencia con San Martín y sus agentes sobre estos asuntos, así como una copia de sus acusaciones contra mi y la respuesta que a ellas di, a fin de que el público no sea por más tiempo engañado y se impida que la falsedad pase por verdad.

Tengo el honor, etc.

Firmado:

COCHRANE».

A esto me respondió lo que sigue:

«MINISTERIO DE MARINA:

Santiago de Chile, octubre 1 de 1822.

Excelentísimo señor:

V. E., que conoce demasiado las conveniencias de la política, se penetrará fácilmente de las razones que se oponen a la publicación de la correspondencia que siguió con el excelentísimo señor Protector en las desagradables ocurrencias que se suscitaron en la campaña del Perú.

De otro modo sería abrir un vasto campo a la censura de los enemigos del sistema, no menos que debilitar el crédito de los Gobiernos independientes, pintándolos como disidentes entre sí.

Ya hemos tocado los inconvenientes de la siniestra impresión que causaron en el Gabinete británico las disensiones entre V. E. y el general San Martín, pues luego que fueron puestas en su noticia, resultó el entorpecimiento de las negociaciones diplomáticas que tenía entabladas nuestro enviado Irisarri en aquella corte, y si no se hubiese obrado de modo a desvanecer unos rumores que a la distancia se abultan siempre desfavorablemente, no hay duda que su influjo habría perjudicado a los intereses de la causa de Sudamérica.

S. E. cree que estas reflexiones tendrán en el ánimo de V. E. todo el valor que merecen; pero, si no obstante, insiste en la publicación preindicada, podrá V. E. usar de la libertad de imprenta que existe en Chile.

Tengo el honor de reiterar a V. E. las expresiones de mi alta consideración.

El ministro de Marina.

Firmado:

JOAQUÍN DE ECHEVERRÍA.

Excelentísimo señor Vicealmirante en Jefe de la Escuadra, muy honorable lord Cochrane».

Las impresiones perjudiciales causadas en el Gabinete británico fueron las que principalmente me indujeron a responder a los cargos del Protector; pero habiéndoseme pedido con tanto empeño no sacrificase los intereses de la América del Sur, rogándoseme además del modo más encarecido olvidase el asunto, por no ser de importancia para mi en Chile, accedí a mi pesar, contentándome con enviar una copia de mi respuesta al Gobierno peruano.

Para que me convenciese más y más de que el Gobierno chileno no daba asenso a las acusaciones hechas contra mí, me pasó el Senado un voto adicional de gracias, el que se insertó en la Gaceta.

A mi regreso a Valparaíso encontré un lamentable ejemplo de crueldad por parte de los tiranos militares del Perú.

Ya se ha dicho que era ostensiblemente permitido a los antiguos españoles dejar a Lima con tal que cediesen la mitad de sus haberes, arreglo de que muchos se aprovecharon antes que someterse a los caprichos del Gobierno protectorio.

En lugar de la seguridad que habían comprado para conservar el resto de su propiedad, se les prendió, y despojándoles de cuanto les quedaba, los condujeron al Callao, los metieron a bordo de un pontón y los enviaron, por último, en un estado de completa ruina, a aumentar el número de los prisioneros españoles en Chile.

El buque Milagro había llegado a Valparaíso cargado de aquellos infelices, muchos de entre ellos pertenecientes poco antes a la clase de los más respetables habitantes de Lima, y para aumentar la dureza del trato que se les daba los acompañaron a Chile los agentes del Protector, Paroissien y García del Río, con sus acusaciones contra mí, con el objeto, sin duda, de tratar de corromper otra vez a los oficiales de la Escuadra.

Hice cuanto estuvo a mis alcances para interponer mi valimiento en favor de los desgraciados prisioneros, pero en vano.

Se les condujo al hospital de San Juan de Dios, en donde los mezclaron con los criminales, y se habrían muerto de hambre si no hubiese sido por los habitantes ingleses de Valparaíso, quienes hicieron una suscripción en su favor, nombrando a uno de su gremio para que presenciase cada día la distribución de alimento.

Enseguida los trasladaron a Santiago.

La crueldad practicada con estos prisioneros en el Perú es por sí sola una razón por qué sus tiranos no se atrevieron a hacer frente al general español Canterac.

Loa hombres sanguinarios son infaliblemente cobardes.

A mi arribo a Santiago hallé que el supremo director iba a hacer dimisión de su alto empleo, por motivo de la oposición a que tenía que hacer frente por adherirse a un ministerio que de un modo o de otro acarreaba constantemente descrédito a su Gobierno y por suponérsele que favorecía las miras del general San Martín, aunque a esto no daba yo asenso, estando persuadido de que era el sentimiento elevado de sus principios el que le inducía a tomar sobre si los actos culpables de sus ministros, quienes eran partidarios del Protector.

Como se aumentase el descontento, el supremo director presentó por último su dimisión a la Convención, la cual, no estando preparada para este paso, insistió en restablecerle en la suprema autoridad ejecutiva.

No queriendo mezclarme en los conflictos de partido que perturbaban a Chile a mi regreso, y teniendo necesidad de descanso después de la ansiedad fatigosa que me había abrumado durante dos años y medio, pedí licencia al Gobierno para retirarme a mi posesión de Quintero, proponiéndome también visitar la hacienda que me habían dado en Río Claro, en reconocimiento de los servicios prestados en Valdivia, siendo mi objeto ponerla en un estado de cultivo que pudiese dar un impulso a la pobre condición de la agricultura de Chile.

En esta coyuntura el Rising Star, buque de vapor que, según se ha dicho, había quedado componiéndose en Londres, llegó a Valparaíso, demasiado tarde para tomar parte en las operaciones que a la sazón ya estaban terminadas, por haberse rendido la marina española.

Había causado esta tardanza la falta de fondos para completar su equipo, el cual tampoco hubiera estado después concluido a no ser por las cuantiosas sumas que había suministrado al agente chileno en Londres mi hermano el mayor Cochrane, quien hasta el día no ha recibido un real de los fondos que avanzó bajo la fe del enviado acreditado de Chile.

Aunque el Rising Star fuese al presente de poca utilidad, por lo que toca a operaciones navales, era el primer vapor que había surcado el Pacífico, y hubiera podido formar, si el Gobierno no lo desechara, el núcleo de la fuerza que habría impedido una infinidad de desastres que poco después de mi partida de Chile sobrevinieron a la causa de la independencia, como luego se verá.

Los frutos políticos de nuestras ventajas en Chile y en el Perú empezaron pronto a hacerse manifiestos, habiendo los Estados Unidos reconocido a las Repúblicas de la América del Sur, de modo que Chile había subido al rango de un miembro reconocido de la familia de las naciones.

Me llevé conmigo a Quintero, en calidad de convidado, a mi antiguo prisionero el coronel don Fausto del Hoyo, que mandaba en Valdivia cuando nos apoderamos de esa fortaleza.

Antes de mi partida para el Perú había obtenido del Gobierno la promesa de que se le trataría con generosidad; pero apenas se había hecho la Escuadra a la vela le metieron preso, sin suministrarle fuego, luz, ni libros, permaneciendo en tan desdichada condición hasta mi vuelta habiéndole yo prometido que sería tratado con generosidad, persistí en que se le diese libertad, lo que obtuve, hallándose ahora libre bajo palabra de honor.

Al tener con él todas las atenciones posibles era mi ánimo demostrar que la grandeza nacional no exige crueldad hacía los prisioneros de guerra.

Apenas me había instalado en Quintero, principié a ocuparme con empeño de mis mejoras, habiendo a la sazón recibido de Inglaterra variedad de instrumentos de agricultura, como arados, gradas, azadones, etc., los cuales eran cosa nueva en Chile; y también simientes de agricultura europea, como zanahorias, nabos, etc., que antes que yo los hubiese introducido eran desconocidos en el país.

Pero no me dejaron gozar por largo tiempo del otium a que me había propuesto entregarme.

Cartas y más cartas me llegaban de la Escuadra, quejándose de que, semejante a los prisioneros españoles, ella también estaba en un estado de abandono, sin paga, vestuarios ni provisiones.

Partiendo otra vez para Valparaíso, encontré que sus quejas eran demasiado bien fundadas, en vista de lo cual escribí al ministro de Marina la siguiente carta:

«Excelentísimo señor:

Habiendo transcurrido tres meses desde que la Escuadra fondeó en este puerto, y otro tanto tiempo desde que comuniqué al Supremo Gobierno la triste situación de aquélla; hallándose las tripulaciones desnudas y destituidas de todo, y continuando en el mismo estado en que pasaron el invierno, sin camas ni ropa; estando el centinela de mi cámara vestido de andrajos, sin que un solo pedazo forme parte de su primitivo uniforme, siendo imposible que semejante estado de cosas pueda continuar sin excitar peligroso descontento y tumulto, suplico a usted se sirva mandar que cualquier vestuario que pueda encontrarse en Valparaíso se entregue al comisario de la Escuadra, para que se distribuya inmediatamente entre las tripulaciones desnudas.

Firmado:

COCHRANE».

La determinación con que me había empeñado se socorriese a los marineros causó tan grande ofensa a aquéllos que, en el concepto popular, eran dignos de censura, que circularon el rumor de haber yo embarcado clandestinamente a bordo de la fragata inglesa Doris, a la sazón surta en el puerto de Valparaíso, 9.000 onzas de oro acuñado, e igual valor en barras de oro y plata, teniendo esto, sin duda, por objeto infundir en el ánimo del pueblo la creencia de que se había destinado dinero para el uso de la Escuadra, pero que yo me lo había apropiado fraudulentamente.

Como me había vuelto a Quintero, no llegó a mis oídos este rumor sino cuando ya estaba muy difundido entre el pueblo chileno.

La primera noticia que de él tuve me la comunicó el capitán Cobbett, del Valdivia, en la carta que sigue:

«Querido milord:

Cuando le informé a mi llegada a Quintero que algo de desagradable tendría lugar, no ignoraba enteramente corría una voz que ahora se ha hecho general.

Se dijo el día de su partida que su señoría había colocado una gran suma de dinero a bordo de uno de los buques de guerra ingleses surtos en el puerto -9.000 onzas de oro en un fardo dirigido a la condesa Cochrane, e igual cantidad en barras de oro y plata-, esperando que su señoría le diese destino.

Una persona que tiene interés en hacerle daño puso todos sus esfuerzos para convencerme del hecho, siendo mi respuesta que hacía mucho tiempo que yo estaba acostumbrado a confiar en la probidad de su señoría, para que pudiese creer en tal rumor sin pruebas.

La misma persona volvió ayer a mi casa para decirme que el asunto se había aclarado hasta no quedar dudas, pues que el maestre de la fragata Doris le había asegurado que los dos cajones de oro y plata estaban a bordo, dirigidos como ya se ha dicho.

Esta noticia ha hecho aquí gran sensación y se están practicando las mayores diligencias para esparcirla por todas partes.

Habiendo ido el capitán Wilkinson y yo a informarnos a bordo de la Doris, hallamos que no había semejantes fardos a bordo, y al comunicar el resultado de nuestras averiguaciones a los individuos interesados en esparcir tal rumor, parecieron muy boquihundidos, pero sin querer retractar su acusación, que estoy seguro piensan llevar al supremo director, siendo las consecuencias de esto el que, sea o no verdadero el rumor, el Gobierno habrá de censurar a su señoría y acusarnos a nosotros de ser cómplices, en tanto que, como la falta de paga y de premios de presas tiene a los oficiales en un estado continuo de irritación, éstos están dispuestos a adoptar todo cuanto pueda ofrecerles un arbitrio de aliviar sus necesidades.

He dicho a su señoría todo cuanto ha llegado a mi noticia, y como he considerado este rumor de tanta importancia, creí deber enviar en uno de mis caballos al doctorcillo para informarle sin pérdida de tiempo de cuanto ocurre, pues no se deben tratar semejantes cosas a la ligera.

Con el mayor respeto queda de su señoría agradecido servidor:

ENRIQUE COBBETT».

Esta otra carta del capitán Wilkinson es sobre el mismo asunto:

«Querido milord:

Corre la voz de que su señoría ha embarcado a bordo de la fragata británica Doris, 9.000 onzas de oro.

Creo de mi deber informarle de esto, pues no hay nadie que se interese más que yo en la reputación de su señoría.

Dos o tres personas me han dicho esto, después de que V. S. se marchó a Quintero, y por la tarde me lo dijo Moyell, quien debía saber que era falso, como así se lo he manifestado.

Espero que su señoría llegará a descubrir al desvergonzado impostor.

De V. S. milord, etc., etc.:

W. WILKINSON».

Tan pronto como recibí estas cartas no perdí tiempo en encaminarme a Valparaíso, no dudando que Zenteno y los agentes peruanos estaban otra vez trabajando para desorganizar a la Escuadra, y en caso de la caída del supremo director, que estaba aún amenazando, ponerla en las manos de San Martín.

Su objeto era sembrar la discordia entre los marineros, haciéndoles creer que, en medio de su indigencia y padecimientos, había yo tenido buen cuidado de mí mismo, esperando de aquí destruir aquella confianza que oficiales y tropa habían siempre tenido en mí, a pesar de sus privaciones.

Como nunca habían estado antes tan infelizmente abandonados, se consideraba esta circunstancia muy propicia para hacer medrar la impresión de que, habiendo guardado para mí todo lo que pude, estaba a punto de abandonarlos.

Aunque no había una palabra de verdad en el rumor que habían de este modo diligentemente diseminado, era demasiado grave para no darle importancia; en consecuencia, al recibo de la carta del capitán Cobbett me apresuré a ir a Valparaíso, y con gran pesar de Zenteno volví a enarbolar mi pabellón a bordo del O'Higgins.

Mi primer paso fue pedir al Gobierno nombrase una comisión que fuese a bordo de la Doris y averiguase si yo había embarcado en la fragata algún fardo con dirección a Inglaterra o cualquier otro punto.

Se me respondió que no había necesidad de semejante comisión, pues nadie prestaba asenso a la aserción de que yo hubiese hecho semejante cosa, y menos se me creía capaz de obrar del modo que falsamente se había divulgado.

El enarbolar de nuevo mi bandera era un suceso que no se había previsto, y como lo hiciera de propia autoridad, me pidieron explicaciones por haber dado semejante paso sin autorización del Gobierno.

Respondí que había tomado esta determinación bajo mi propia responsabilidad, y puesto que se divulgó contra mí una tan infame acusación con la mira de excitar rebelión entre las tripulaciones, era mi intención tener mi bandera desplegada hasta que se las pagase.

Al propio tiempo dirigí la carta siguiente al ministro de Marina:

«Excelentísimo señor:

Arrancado al reposo en que había vanamente esperado pasar al menos el corto tiempo de licencia que se me acordó, por imputaciones dirigidas contra mi conducta con la mira de excitar descontento y rebelión en la Escuadra, aprovechándose de la irritación ocasionada por la indigencia de los oficiales y el estado de miseria y desnudez de la gente, que tantas veces le he suplicado remediase, he venido con sentimiento a este puerto para refutar la calumnia y precaver el mal con anticipación, por cuyo objeto he vuelto a alzar mi bandera, para arriarla cuando haya cesado el descontento por haber vestido y pagado a la gente, o cuando se me mande arriarla para siempre.

Incluyo copia de la carta que envié al gobernador de Valparaíso.

Firmado:

COCHRANE».

Es excusado dar aquí la carta dirigida a Zenteno, por tener el mismo objeto que la precedente, añadiendo sólo algunos indicios acerca del infame autor de aquel rumor, lo que era suficiente para picar el discreto silencio que guardaba sobre este asunto.

El ministro de Marina me dirigió al punto la contestación que sigue:

«Santiago, octubre 1.º de 1822.

Excelentísimo señor:

Su excelencia el supremo director ha experimentado una profunda desazón en presencia de la calumnia a que usted alude en su carta, de la que envié copia al gobernador de Valparaíso.

Vuecencia puede estar seguro que sus autores no quedarán sin el condigno castigo si llegan a ser descubiertos.

Reciba la seguridad de mi alta consideración.

El ministro de Marina.

Firmado:

JOAQUÍN DE ECHEVERRÍA.

Al vicealmirante, comandante en jefe de la Escuadra».

Según era de esperar, el difamador no fue descubierto ni castigado; de otro modo, el gobernador de Valparaíso y los agentes de San Martín se hubiesen encontrado en una posición desagradable.

Pero nada tenían que temer, pues con motivo de las perplejidades que diariamente atormentaban más y más al Gobierno chileno, no estaba éste en situación de defenderse a sí mismo y mucho menos de mantener la majestad de la ley.

Por la prontitud que desplegué en hacer frente a una acusación tan infundada como infame, y por la convicción en que estaba la Escuadra de que era yo incapaz de obrar del modo que se me había imputado, la calumnia produjo el resultado opuesto al que se esperaba, es decir, el imprimir en el ánimo de los oficiales y tripulación, la más profunda aversión hacia sus promotores.

Al alzar mi pabellón fui recibido con las mayores demostraciones de entusiasmo y afecto, uniéndose los oficiales de común acuerdo en la siguiente representación:

«Los oficiales de la Escuadra chilena abajo firmantes, hemos oído con sorpresa e indignación los viles y escandalosos rumores esparcidos con la mira de hacer dudar del alto carácter de V. E. y destruir la confianza y admiración que siempre nos ha inspirado.

Nos ha causado suma satisfacción el ver las medidas que V. E. ha adoptado para derrocar tan maliciosa y absurda conspiración, y esperamos que no se perdonará medio de exponer a sus autores al ludibrio público.

En un tiempo como el presente, en que los mejores intereses de la Escuadra y nuestros más caros derechos como individuos corren peligro, nos causa profunda indignación el que se intente destruir esa unión y confianza que al presente existen, y que estamos seguros existirán en todos tiempos, mientras tengamos el honor de servir a las órdenes de V. E.

Con esta expresión de nuestros sentimientos tenemos el honor de repetirnos de V. E. muy humildes y obedientes servidores.

Firmado:

J. P. GRENFELL, Teniente y comandante de la Mercedes.

(Siguen las firmas de todos los oficiales de la Escuadra)».

El excelente oficial cuyo nombre figura a la cabeza de los que han firmado esta representación es hoy el almirante Grenfell, cónsul general del imperio brasileño en Inglaterra.

Era mi teniente de bandera cuando capturamos a la Esmeralda bajo las baterías del Callao, y no es más que hacerle justicia el mencionar que su distinguida bizarría en este ataque contribuyó en grado eminente al buen éxito de la empresa.

Pero no era yo la sola persona de quien querían deshacerse los enviados de San Martín y sus criaturas en el Gobierno chileno.

El general Cruz estaba públicamente nombrado para reemplazar al general Freire en el Gobierno de Concepción y en el mando del ejército del Sur; la sutil perspicacia de éste había sabido apreciar a San Martín y su modo de obrar en el Perú como se merecía, y de aquí el que no le pudieran tragar aquéllos cuyos designios eran postrar a Chile a los pies del Protector.

Al ir Cruz a Concepción para encargarse del mando, las tropas se negaron unánimemente a reconocer su autoridad, o a permitir que el general Freire las abandonase.

Los habitantes de Concepción, que por su patriotismo habían padecido más que ningún otro pueblo de Chile, estaban igualmente resueltos, no sólo por afecto a Freire, sino también porque conocían que si el Ministerio conseguía sus fines, Concepción quedaría arruinado como puerto; siendo su objeto cerrar todos los puertos, excepto Valparaíso, a fin de poder monopolizar, por los usos corrompidos que allí prevalecían, todo el provecho que podían personalmente adquirirse del comercio del país.

Se había hecho, como de costumbre, del supremo director el testaferro de la infructuosa tentativa de sus ministros para deponer al general Freire, y la consecuencia fue que tres meses después que se había hecho aquélla, el general O'Higgins fue depuesto del mando y el general Freire elevado al Supremo Directorio.

Como se me había falsamente acusado de haberme apropiado dinero que debería haberse repartido entre los marineros, estaba determinado a que no se diera margen en lo sucesivo a acusaciones de este género a consecuencia de no estar pagados; y con esta mira insistí pertinazmente en que se pagaran los atrasos debidos a la Escuadra.

Estos esfuerzos fueron apoyados por los comandantes de los buques, quienes en una representación moderada dirigida al Gobierno manifestaron la naturaleza de sus reclamaciones.

Insertamos a continuación algunos párrafos de esta representación, por formar ellos un verdadero resumen de todos los acontecimientos de la guerra:

«Desde la captura de la Isabel, la Marina chilena ha mantenido la soberanía del Pacífico, y tales han sido los esfuerzos de nuestro comandante y los nuestros, que con tripulaciones chilenas, no acostumbradas a navegar, y unos pocos marineros extranjeros que sólo nosotros podíamos gobernar, no solamente han sido las costas de este Estado eficazmente protegidas de daño e insulto, sino que también se ha bloqueado estrechamente a las fuerzas marítimas del enemigo en presencia de una fuerza superior.

Por la diligencia de la Marina, la importante provincia, puerto y fortificaciones de Valdivia han sido añadidos a la República.

Por los mismos medios se logró humillar el poder español en el Perú y facilitar la invasión de ese país.

Los buques de guerra enemigos han caído en nuestras manos, o se han visto obligados a rendirse a causa nuestra.

Sus buques mercantes han sido apresados bajo sus mismas baterías, mientras que los transportes chilenos y embarcaciones de comercio han estado en tan perfecta seguridad, que ni siquiera el menor de entre ellos se ha visto forzado a arriar su bandera.

En medio de estos triunfos, la captura de la Esmeralda ha reflejado sobre la Marina chilena un lustre igual a todo lo que se encuentra consignado en las crónicas de antiguos Estados, aumentando en gran manera la importancia de Chile a los ojos de Europa, en tanto que las fortificaciones del Callao se vieron por último compelidas a rendirse, a causa de la vigilancia del bloqueo naval.

Todos creíamos que este feliz acontecimiento, tan largo tiempo deseado, completaría nuestras labores en el Perú, y nos daría derecho, si no a una remuneración por parte del Estado, como en el caso de aquellos oficiales que abandonaron el servicio de Chile, al menos a una parte de las importantes presas que por nuestros medios se hicieron, como lo conceden bajo iguales circunstancias otros Estados, los cuales saben por experiencia la utilidad que redunda en estimular con semejantes recompensas a aquéllos que se arriesgan a grandes empresas por el bien público.

Pero, ¡ay!, lejos de adoptar cualesquiera de estos medios de remuneración, aún la paga tantas veces prometida se nos ha retirado, y hasta las raciones denegado, de manera que estuvimos reducidos al estado de mayor privación y sufrimiento; tan grande, en verdad, que la tripulación del Lautaro tuvo que abandonar su buque por falta de sustento, y los marineros de la Escuadra, tanto nativos como extranjeros, se pusieron en estado de sedición manifiesta, amenazando la seguridad de todos los buques del Estado.

No nos hacemos un mérito de no habernos librado de esta penosa situación por medio de un acto de naturaleza dudosa, es decir, sometiéndonos a los designios del general comandante en jefe de las fuerzas expedicionarias, quien, habiéndonos declarado oficiales del Perú, ofreció, por medio de sus ayudantes de campo el coronel Paroissien y el capitán Spry, honores y haciendas a aquéllos que favoreciesen sus miras.

Ni tampoco envidiamos a los que recibieron esas haciendas y honores; pero habiendo desechado esos alicientes que nos desviaban de nuestra fidelidad, podemos con justicia reclamar la aprobación del Gobierno por haber proveído a la Escuadra de Chile de víveres y pertrechos en el Callao a cuenta del dinero que teníamos en nuestro poder, justamente debido por la captura de la Esmeralda, cuando el general San Martín había rehusado suministrar aquellos abastecimientos.

También podemos pretender semejante aprobación por haber reparado la Escuadra en Guayaquil, y haberla equipado y abastecido para ir en persecución de las fragatas enemigas Prueba y Venganza, que ahuyentamos en un estado de destitución desde las costas de México hasta las del Perú; y el no haberlas efectivamente traído a Chile fue porque se apoderó de ellas nuestro antiguo general y comandante en jefe; se las apropió de la misma manera que había antes intentado hacer con la Escuadra de Chile.

Añadiremos que por nuestra parte hicimos con dicho general cuanto pudimos, excepto recurrir a las armas, para obtener que se restituyesen aquellas importantes fragatas del Gobierno chileno.

En ningún otro caso, durante el curso de nuestras tareas, se ha suscitado disputa alguna que no haya terminado en favor de los intereses de Chile y del honor de su bandera.

Se ha conservado buena armonía con los oficiales de las fuerzas navales de las potencias extranjeras, no se ha concedido ningún punto siempre que haya podido sólidamente mantenerse al amparo de las leyes marítimas de las naciones civilizadas, a las cuales conformamos escrupulosamente nuestra conducta; y es tal la cautela que se ha observado, que ningún acto de violencia contrario a las leyes de las naciones, ni abuso alguno de poder pueden imputársenos.

La bandera chilena fue llevada siempre en triunfo y con universal respeto desde la extremidad meridional de la República hasta las playas de California; la población y el valor de la propiedad, con nuestros esfuerzos han aumentado el triple; en tanto que el comercio y las rentas que consiguientemente produce se han acrecentado en una proporción mucho mayor; y ese comercio, tan productivo al Estado, pudiera, sin la ayuda protectora de su Marina, ser aniquilado por un puñado de miserables corsarios, cuyo solo nombre aterrador impide acercárseles.

Ha llegado el tiempo en que es esencial para el bienestar del servicio en general, y especialmente para nuestros negocios privados, el que nuestros atrasos, por tanto tiempo debidos, nos sean liquidados; y por más que esté lejos de nuestro ánimo apremiar al Gobierno para que satisfaga nuestras reclamaciones, no podemos, sin embargo, abstenernos de hacerlo así, haciendo tanta justicia al Estado como a nosotros mismos, porque la falta de regularidad en los negocios interiores del servicio naval engendra relajamiento en la disciplina, puesto que no se pueden remediar justas quejas ni castigar a los ofensores, comunicándose así el descontento como un mal contagioso, lo que paraliza el sistema.

Permítasenos, pues, hacer presente al Gobierno que desde nuestro regreso a Valparaíso, con nuestras tripulaciones en cueros, hasta el vestuario han dejado de suministrarles por cuatro meses, durante cuyo tiempo no se ha pagado un cuarto, estando los desprovistos marineros sin mantas, ponchos o género alguno de abrigo para protegerse del frío del invierno, al que son tanto más sensibles cuanto que acaban de llegar de climas cálidos, en donde han estado empleados cerca de tres años.

Los dos meses de paga ofrecidos el otro día no podrían ahora llenar su objeto, pues que el todo, y aún más, se está debiendo a los pulperos, a cuyo beneficio, y no al de los marineros, iría inmediatamente a parar.

Júzguese, pues, la irritación producida con semejantes privaciones, y de la imposibilidad de remediarlas con paga tan inadecuada; y si es también posible mantener el orden y disciplina entre unos hombres que se hallan en peor condición que los presidiarios de Argel.

Bajo semejantes circunstancias no hay exageración en aseverar que la confianza desaparecerá para siempre, y que la Escuadra quedará enteramente arruinada si no se toman inmediatamente medidas para su conservación.

Con respecto al ofrecimiento de un mes de paga para nosotros, después de nuestros leales y constantes servicios, sufriendo privaciones como nunca se experimentaron en la Marina de ningún otro Estado, recelamos fiarnos de nosotros mismos para hacer observación alguna; pero es enteramente imposible que pudiera aceptarse bajo ningún concepto, pues no nos hubiese colocado en mejor situación que si, al llegar aquí cuatro meses hace, hubiéramos realmente pagado al Gobierno el sueldo de tres meses por el placer de haberle servido durante dos años, con incansables esfuerzos y fidelidad.

En conclusión:

Esperamos respetuosos que el Supremo Gobierno se dignará tomar en seria consideración cuanto llevamos expuesto, y muy principalmente que tendrá a bien cumplir las obligaciones contraídas hacia nosotros, con el mismo ardor y fidelidad que pusimos en servir al Gobierno, siendo recíprocos los deberes de cada parte e igualmente obligatorios para ambas.

(Firmado por todos los capitanes)».

La precedente representación de los capitanes es una fiel relación de lo ocurrido por lo que toca a la injusticia hecha a la Escuadra, la cual tuvo todo el tiempo que mantenerse a sí misma, y aún costear las reparaciones y equipo de los buques.

En cuanto a la ruina que los capitanes predicen, era, sin duda, lo que intentaban los enviados de San Martín y sus criaturas en el Ministerio chileno, lo cual hubiera tenido por efecto haber obligado a la tripulación a desertar y entonces los buques hubiesen sido transferidos al Perú y manejados con nuevas tripulaciones.

Afortunadamente para Chile, vino a impedir la consumación de esto una ocurrencia tan extraña como inesperada de sus miopes gobernantes, aunque hacía largo tiempo que yo la tenía predicha.




ArribaAbajoCapítulo XI

Negociaciones con Bolívar.- Destierro de Monteagudo.- Quejas de los limeños.- Extravagancia del Gobierno.- Disculpa de San Martín.- Efectos de las discordias populares.- Mala inteligencia entre Bolívar y San Martín.- Voto del Congreso peruano.- Extraordinario abandono de la Escuadra chilena.- Llegada de San Martín a Valparaíso.- Pido se le ponga en tela de juicio.- Lo apoya el Supremo Director.- Se pagan por fin, los salarios a la Escuadra.- Revolución en Concepción.- Me la participa el general Freire.- Me pide éste mi concurso.- No respondo a su carta.- Influencia de San Martín.


Se ha dicho en uno de los precedentes capítulos que el general Canterac había destrozado completamente una división del Ejército libertador, y se han mencionado las proclamas pomposas que San Martín echó en aquella ocasión para hacer ver «que sólo había sido dispersada, pero no vencida», etc.

El Protector, sin embargo, no teniéndolas todas consigo, se puso en comunicación con Bolívar, con la mira de obtener el socorro de las tropas de Colombia contra los españoles, quienes, continuando sus victorias, se preparaban a embestir a las tropas patriotas en Lima.

Pedía además tener una entrevista con Bolívar en Guayaquil.

Igual despacho se envió a Santiago, pidiendo en los términos más encarecidos la ayuda del Gobierno chileno.

Todo este negocio, según se relató en aquel tiempo, pues nada tengo que ver con él personalmente, era algún tanto curioso.

Habiendo llegado a divulgarse los designios de San Martín sobre Guayaquil, Bolívar cruzó la Cordillera con las tropas de Colombia, invadió con éxito a Quito y se dirigía apresuradamente a Guayaquil con la mira de tomar la delantera a San Martín, cuyas intenciones sobre aquella provincia él conocía.

Después que Canterac derrotó la susodicha división peruana se había visto San Martín obligado a retirar sus fuerzas a Trujillo, en vista de lo cual Sucre, que mandaba como segundo de Bolívar, avanzó sobre Guayaquil y tomó posesión de dicha villa.

Por este tiempo, según fue después bien notorio, los limeños pedían en secreto a Bolívar les prestase su ayuda para librar al Perú, tanto del Protector como de los españoles.

Ignorante de esto, el Protector, después de haber delegado su autoridad al marqués de Torre Tagle, y nombrado al general Alvarado comandante en jefe durante su ausencia, se marchó a Guayaquil con motivo de la entrevista propuesta.

Apenas había vuelto la espalda San Martín cuando se formó públicamente en la plaza una reunión de limeños, pidiendo con instancia se reconstituyese el Cabildo, cuya corporación el Protector había disuelto inmediatamente después que se declaró la independencia.

Habiendo consentido todos en ello se resolvió deponer al ministro Monteagudo, formarle causa y sujetarle «al rigor de la ley», habiéndose a este efecto despachado una nota al supremo delegado Torre Tagle.

Se reunió el Consejo de Estado, el que comunicó a Monteagudo lo que había ocurrido y le indujo a que se hiciese su dimisión, participando cortésmente el supremo delegado al Cabildo que el ex ministro tendría que responder al Consejo de Estado de los actos de su administración.

No satisfaciendo esto a la municipalidad, pidió se pusiese inmediatamente en arresto a Monteagudo hasta que se le iniciase un juicio, lo que al punto se ejecutó; pero este paso lo desaprobaron los limeños, quienes temían volviese de nuevo al Poder por algún extraño artificio.

El Cabildo, por lo tanto, a fin de contentar al pueblo y zafarse del ex-ministro, hizo presente al Gobierno que se le podría meter a bordo de un buque y desterrarle para siempre al Perú.

A esto se accedió también, y Monteagudo, el mismo aniversario de su llegada a Lima, fue conducido bajo escolta al Callao y de allí se le embarcó sin dilación.

Torre Tagle no podía lidiar contra el espíritu ascendiente de los limeños, quienes no se aventuraban así no más, pues el Ejército estaba tan disgustado como los mismos habitantes y no hubiese alzado jamás una mano contra ellos.

La libertad de imprenta recobró su imperio, y el primer uso que de ella se hizo fue el siguiente bosquejo acerca del ministro desterrado, que tomo de los diarios de Lima; y esto no lo hubiese insertado aquí si no fuese para hacer ver la clase de hombres contra quienes tuve por tanto tiempo que luchar:

«Todo honrado ciudadano encontró en D. Bernardo Monteagudo (éste es el nombre del sujeto de quien hablamos) un enemigo dispuesto a sacrificarle a cualquier precio.

¡Cuántas víctimas no ha inmolado en el solo año de su ministerio!

¡Más de ochocientas honradas familias han sido, a causa de él, reducidas a la extrema indigencia, y la ciudad entera, a la miseria!

Entre los patriotas de Lima no se pensaba en otra cosa más que en ver adonde podrían encontrar un asilo en país extranjero.

Sin agricultura, comercio e industria, sin seguridad personal, propiedad y leyes, ¿qué es aquí la sociedad sino una escena de los más desgarradores tormentos?

La religión de nuestros mayores sufrió igual persecución en sus ministros y sus templos; éstos fueron despojados de sus riquezas, no en servicio de nuestro país, sino para recompensar al espionaje y engañarnos con inútiles artificios.

Los satélites de este bandido eran tan despóticos como él, y cometían a la sombra de su apoyo los más horribles crímenes.

No es éste el lugar adecuado para insertar la bajeza con que él ha abusado de la hermosura y debilidad del bello sexo.

Padres de familia..., cada cual estaba intimidado.

Todo hombre de sentimientos se lamentaba, porque todos eran víctimas del capricho de este insolente advenedizo, que hizo ostentación de ateísmo y ferocidad.

Es imposible recapitular sus acciones.

Se necesitarían volúmenes para mostrar al orbe los arbitrarios crímenes de tan atroz villano.

No parece sino que ha debido tener un motivo que le haya impelido a cometer tantas maldades, pues era imposible que fuesen hijas de la ignorancia.

Era imposible creer que insultando y arruinando a cada cual, saqueando nuestras haciendas, despreciando la buena fe y talentos de los peruanos, y haciendo todo lo posible para sembrar la anarquía, se le pudiese por más tiempo tolerar en esta capital.

¿Era el reducir al Perú a la más degradante esclavitud el medio de hacernos y aún hacerse a sí mismo dichoso?, etc., etc., etc.».

Por lo que ya llevo dicho en estas páginas puede el lector formarse medianamente una idea de la mayor parte de las poderosas razones que lanzaron a Monteagudo al destierro.

De su carácter privado me abstuve siempre de hablar, por considerarlo una cosa impropia de los actos oficiales; pero como los limeños mismos aludieron a él en términos tan enérgicos, puedo decir que bajo ningún respecto pueden ponerse en duda sus acusaciones.

La opinión de los sublevados limeños de que las expoliaciones, insultos y crueldades de Monteagudo debieron haber tenido una causa motriz, es fundada, aunque es harto sorprendente no la hubiesen apreciado con más exactitud.

La enorme cantidad de plata y otro que he dejado intacta en el Sacramento en Ancón, por ser propiedad del Protector, hace ver el abismo que se tragó los despojos de los habitantes.

La opulenta extravagancia del Gobierno, en medio de la cual el fausto degradante de los ministros era aún más notable que la del mismo Protector, no podía tener otro origen que la expoliación, pues que habiendo apenas rentas legítimas para subvenir a los gastos del Gobierno, mucho más difícil era las hubiese para una lujosa ostentación, la cual, sin embargo, competía con la del imperio romano en su peor período, pero sin el panem et circenses.

La causa motriz era el mismo Protector.

Ambicioso insaciable, pero con una capacidad sumamente inconmensurable con su ambición, creía que el dinero lo podía todo.

Monteagudo se lo suministraba literalmente por medio del pillaje y la crueldad, en tanto que San Martín lo desperdiciaba sin miramiento en ostentación y soborno.

En recompensa de estos medios de prodigalidad se le permitía al ministro gobernar como le agradaba, en tanto que el Protector se entregaba al otium cum dignitate en su palacio de campo cerca de la Legua.

Sus fuerzas físicas estaban extenuadas con el uso del opio y del aguardiente, de que era esclavo, en tanto que sus facultades mentales se entorpecían cada día más a causa de las mismas enervadoras influencias.

Esto me era harto conocido, y se lo mencioné en la carta que le dirigí el 7 de agosto de 1821, en la que le pedía encarecidamente desterrase a sus consejeros y se condujese de un modo digno de su posición.

Menciono ahora esto, no para ajar la reputación de San Martín, sino con el objeto contrario, es decir, para que no se le censure injustamente, por más que fuese mi más cruel enemigo.

Las atrocidades cometidas en su nombre no eran suyas en la mayor parte, sino de Monteagudo; pues, según el dicho agudo de un francés: San Martín reinaba, pero su ministro gobernaba.

La duplicidad y la astucia eran los grandes resortes de San Martín cuando no tenía demasiada indolencia para manejarlos; y mientras que él estaba rodeado de comodidades, su ministro añadía a estos bienes toda la crueldad y ferocidad que a veces convierten al jefe de un Estado en un monstruo, como los limeños propiamente le llamaban.

San Martín no era naturalmente cruel, aunque en la ejecución capital de los Carrera no vaciló en sacrificar hombres de mucho mayor patriotismo y talento que él, por considerarlos sus rivales; pero nunca hubiera, como lo hizo Monteagudo, intentado instigarme a ir a tierra a casa de Torre Tagle, con el objeto de asesinarme, y no saliendo con ello no hubiese, como Monteagudo también lo hizo, puesto en libertad a un presidiario con el expreso designio de matarme alevosamente a bordo de mi propio buque.

Después del tiempo que va transcurrido es permitido recordar estas cosas, pues no puede haber escrúpulo en aludir así a Monteagudo, quien, habiendo vivido como un tirano, tuvo la muerte de un perro; pues habiendo algún tiempo después imprudentemente vuelto a la capital del Perú, se echaron sobre los exasperados limeños y le mataron en las calles.

Este mal principio del Gobierno peruano vinculó subsiguientemente al país años de desdicha y de guerra civil por las discordias intestinas y disensiones de partido, resultados naturales de los tempranos abusos con que desgraciadamente inauguraron su libertad.

Semejantes acontecimientos no se han presentado en Chile, en donde la fuerza naval de mi mando al punto aniquiló para siempre el poder español, no dejando a la madre patria ni secuaces ni defensores, de modo que todos convinieron en consolidar la libertad que habían obtenido.

Los mismos buenos resultados se siguieron de haber yo expulsado las escuadras y ejércitos portugueses del Brasil, en donde, cualesquiera que fuesen las luchas de partido en que el país estuviese dividido, el imperio permaneció desde entonces exento de esas revoluciones que invariablemente caracterizan a los Estados cimentados desde un principio en acerbas contiendas.

En el Perú, la libertad prometida fue pisoteada por los esbirros de San Martín, a tal extremo que una parte del pueblo, y la más influyente, hubiese gustosa cambiado la degradación de su país volviendo a la dominación española, lo que estuvo muy expuesto a verificarse.

Otra parte del pueblo, temiendo a los españoles, pidió a Bolívar la libertase del despotismo a que, en nombre de la libertad, se la había sujeto.

Un tercer partido ansiaba la independencia, por haber esperado en un principio que confiaban llegaría a establecerse.

De este modo la comunidad se halló dividida en objeto, y, por consecuencia, en fuerza; estando continuamente amagada del opresor, y aún en mayor riesgo a causa de sus intestinas discordias, éstas han continuado hasta el día, no sólo en el Perú, sino en la mayor parte de los Estados de la América del Sur, los cuales, habiendo comenzado su carrera en medio de privadas discordias y públicas, disensiones, nunca han sido capaces de destruir ni las unas ni las otras.

El 21 de septiembre se recibió en Valparaíso la noticia del destierro de Monteagudo; y si esto causó sorpresa a los chilenos, mucho mayor debió haber sido su asombro cuando el mismo general San Martín llegó el 12 de octubre a Valparaíso, huyendo con su pasajero esplendor del seno de la desolación del despotismo.

La historia de este acontecimiento es breve, pero instructiva.

Habiendo ido a encontrar a Bolívar, según estaba previamente convenido, el Libertador, en vez de entrar en cualquier arreglo con San Martín le reprochó amargamente la demencia y crueldad de su conducta con los limeños, en tales términos, que temiendo abrigasen designios contra su persona salió precipitadamente de Guayaquil, y se volvió al Callao poco después de la expulsión de Monteagudo.

Al ver lo que había ocurrido permaneció a bordo de su buque, lanzando vanas amenazas contra todos los que habían tomado parte en el destierro de su ministro, e instando se le volviese inmediatamente a llamar y se le instalase de nuevo.

Un congreso, sin embargo, se había formado por este tiempo, con D. Javier de Luna Pizarro a la cabeza, y, por consiguiente, las representaciones del Protector fueron despreciadas.

Después de haber gastado algún tiempo en inútiles recriminaciones hizo de la necesidad virtud y envió su abdicación del protectorado, volviéndose a Chile, como ya lo dije antes.

Uno de los primeros actos del Congreso peruano, después de la abdicación del Protector, fue dirigirme el siguiente voto de gracias, no solamente ensalzando mis servicios por haber hecho libre a su país, sino declarando a San Martín por un déspota militar:

RESOLUCIÓN DE GRACIAS ACORDADA A LORD COCHRANE POR EL SOBERANO CONGRESO DEL PERÚ

El soberano Congreso constituyente del Perú, en atención a los servicios prestados a la libertad del Perú por lord Cochrane, por cuyos talentos, mérito y bizarría el Océano Pacífico ha sido libertado de los insultos de enemigos y el estandarte de la libertad ha sido plantado en las playas del Sur,

Ha resuelto:

Que la junta suprema, en nombre de la nación, ofrezca a Lord Cochrane, almirante de la Escuadra chilena, sus más expresivos sentimientos de gratitud por sus arriesgadas hazañas en favor del Perú, hasta aquí sumido bajo la tiranía del despotismo militar, pero ahora árbitro de sus propios destinos.

Esta resolución será comunicada a la junta suprema para que mande ejecutar lo necesario a su cumplimiento, ordenando se imprima, publique y distribuya.

Dado en la sala del Congreso, en Lima, a 27 de septiembre de 1822.

JAVIER DE LUNA PIZARRO, presidente.-

JOSÉ SÁNCHEZ CARRIÓN, diputado y secretario.-

FRANCISCO JAVIER MARIÁTEGUI, diputado y secretario.-

En cumplimiento de la resolución que antecede, mandamos se lleve a ejecución.

JOSÉ DE LA MAR.-

FELIPE ANTONIO ALVARADO.-

EL CONDE DE VISTA FLORIDA.-

De orden de S. E.,
FRANCISCO VALDIVIESO.-

San Martín, empero, había hecho su juego tan astutamente, que el Gobierno peruano, para desembarazarse de su persona le asignó una pensión anual de 20.000 pesos, en tanto que a mí sólo se me dieron las gracias por haber libertado a su país y arrancádolo al despotismo militar, y a pesar de que el nuevo Gobierno del Perú se había quedado con nuestras presas, la Prueba y la Venganza, debiendo ésta serle entregada sólo mediante el pago de 40.000 pesos a la Escuadra chilena, que a su propia costa le había forzado a meterse en Guayaquil.

Estas sumas, no menos que el valor de la otra fragata, las está adeudando el Perú hasta el día de hoy a la Escuadra chilena.

El haberme manifestado gratitud de un modo tan expresivo por ser el instrumento exclusivo de su independencia, y librádolos del yugo militar, y haber por otra parte recompensado al tirano, en tanto que a mí sólo me dieron las gracias por mis servicios, es una circunstancia que no podrá recordar con satisfacción el actual Gobierno peruano, tanto más cuanto que Chile, después de un transcurso de treinta años, ha reparado en parte, la ingratitud de su primer Gobierno, que se había aprovechado de mis servicios sin desembolsar una peseta por vía de recompensa, a pesar de haber sostenido a su Escuadra con mis esfuerzos, comparativamente sin gastos para el Gobierno durante todo el tiempo que la mandé.

Para colmo de tan palpable injusticia el Congreso peruano distribuyó 500.000 pesos entre veinte generales y jefes del Ejército; pero los oficiales de la Escuadra, cuyas proezas habían librado al Pacífico del enemigo, y según el mismo Congreso lo reconoció, al Perú también, no sólo fueron excluidos de la generosidad peruana, sino que les denegaron los premios de presas que habían ganado y generosamente cedido para subvenir a las exigencias momentáneas de Chile.

Tan monstruosa perversión de justicia, y aún de común probidad, jamás había antes desacreditado a Estado alguno.

Sobre esto hablaremos más adelante.

Habiéndose circulado en Lima que San Martín había escondido una cantidad de oro en el Pueyrredón, se hicieron diligencias para buscar la verdad de ese rumor, en vista de lo cual, el 20 de septiembre1, a medianoche mandó el Protector al capitán levar el ancla, bien que el buque no tuviese la mitad de la tripulación necesaria y estuviese desprovista de agua.

En seguida se dirigió a Ancón, despachando un mensajero a Lima, a cuyo regreso mandó al capitán se hiciese inmediatamente a la vela con dirección a Valparaíso, en donde, a su llegada, se esparció la voz de que un ataque de reumatismo lo obligaba a recurrir a los baños de Cauquenes.

A la llegada del ex Protector mandó Zenteno dos ayudantes de campo a felicitarlo, y se saludó en debida forma su bandera, habiéndose enviado el carruaje del gobernador de Valparaíso para conducirlo a la casa de gobierno.

Poco tiempo después, este mismo gobernador de Valparaíso había justamente infamado con la nota de desertores a aquéllos que habían abandonado la bandera chilena por la del Perú, y ahora recibía a uno de ellos con los honores de un príncipe soberano, justamente al hombre que no solamente había sido el primero en dar el mal ejemplo, sino que había inducido a otros a desertar.

Los patriotas esperaban ansiosos que yo arrestase al general San Martín, y los que estaban en el poder no se habrían quejado si así lo hubiese hecho; pero preferí dejar que el Gobierno siguiese su curso.

Al día siguiente el general San Martín fue conducido a Santiago en uno de los carruajes del director, acompañado de una escolta, siendo el pretexto de esta demostración de honor los temores que había por su seguridad individual, en lo que no dejaba de haber algo de verdad, pues el pueblo chileno sabía justamente apreciar su conducta pasada.

Sin atormentarme acerca de semejantes materias dirigí al supremo director la adjunta petición, para que se le formase causa por haber desertado y por la conducta que subsiguientemente observó:

«Excelentísimo señor:

Don José de San Martín, antiguo comandante en jefe de las fuerzas expedicionarias de Chile para libertar el Perú, habiendo llegado hoy a Valparaíso, y hallándose ahora bajo la jurisdicción de las leyes de Chile, no pierdo un instante en informar a V. E. que, si fuese del beneplácito del Gobierno formar una sumaria acerca de la conducta del mencionado don José de San Martín, estoy pronto a probar el haberse apoderado violentamente de la autoridad suprema del Perú, en contravención a las solemnes promesas hechas por S. E., el supremo director de Chile; el haber intentado seducir a la Marina de dicho Estado; el recibir y recompensar desertores del servicio chileno; el colocar sin derecho alguno a las fragatas Prueba y Venganza bajo la bandera del Perú, y otras demostraciones y actos hostiles hacía la República de Chile.

Firmado de mi puño el 12 de octubre de 1822, a bordo del buque chileno O'Higgins, en la bahía de Valparaíso.

COCHRANE».

En lugar de acceder a mi demanda se hizo a San Martín el honor de asignarle el palacio por residencia, en tanto que el Ministerio le tributaba toda clase de atenciones públicas, no llevando en esto más objeto que el de insultarme, tanto por el patrocinio que se le prodigaba en presencia de mi petición para que se encausara, cuanto por las infames acusaciones que él había vertido contra mí, pero que no se atrevió a sostener.

La pasiva condescendencia del supremo director a la deslealtad de sus consejeros produjo un gran descontento popular, el que también terminó con su destierro, indignándose chilenos y españoles con la idea de que San Martín fuese de ese modo públicamente obsequiado.

El ver al supremo director hacer gala de ser el amigo y aliado de semejante hombre era más de lo que el espíritu patriótico podía sobrellevar, y la voz del descontento se hacía oír por todas partes.

Los partidarios de San Martín imputaban esto a la Escuadra, y a instigación de ellos, según se creía generalmente, se enviaron tropas a Valparaíso con el objeto de ponerle un freno.

Me habían avisado anduviese con cuidado de que no me prendieran o acometieran, como intentaron hacerlo en el Perú; pero no di bastante crédito al poder de mis oponentes para adoptar medidas que manifestasen dudaba yo del pueblo chileno, el cual estaba bien dispuesto hacía mí.

El 21 de noviembre ocurrió un terremoto que destruyó completamente a Valparaíso, quedando apenas una que otra casa habitable; el pueblo corrió precipitadamente a las montañas o a los buques que había fondeados en la bahía.

Al primer temblor, conociendo podían seguirse desastres terribles, me fui a tierra para mantener el orden en cuanto me fuese posible entre los aterrorizados habitantes, y entonces me encontré con el supremo director, que por poco no había perdido la vida al salir apresuradamente de su casa.

Siendo imposible prestar a los desgraciados habitantes ninguna clase de servicios, presté a S. E. todas las atenciones posibles, aún cuanto tenía motivos para creer que su visita no me era favorable, estando falsamente persuadido de que mis incesantes instancias para que se pagase a la Escuadra eran un acto de hostilidad hacia su persona, en vez de una medida de justicia para con los oficiales y tripulación.

Hallándome determinado después de lo ocurrido a obtener el pago de la Escuadra, el entonces vacilante Gobierno tuvo que ceder, y hasta ese punto se decidió a hacer justicia; pero aún en esto, según tuve motivos para creerlo, los consejos de San Martín le sugirieron el plan de hacer el pago en tierra, principiando por la gente y la clase de cabos y sargentos, después de lo cual debía dárseles una licencia de cuatro meses.

Como este plan tenía evidentemente por objeto dejar a la Escuadra sin brazos, poniéndonos de este modo a mí y a los oficiales a discreción de los intrigantes, no pude permitir se llevase a ejecución; la gente fue, pues, pagada a bordo de sus respectivos buques.

Aquí Zenteno, que había de nuevo asumido el cargo de ministro de Marina, ejerció contra mí un nuevo sistema de incomodidades.

Por haber descuidado reparar los buques, porque se dejaron en la misma deplorable condición en que se hallaban cuando volvieron del Perú y México, sólo la Independencia estaba en estado de navegar, y Zenteno la envió a la mar sin llenar siquiera la formalidad de transmitir las órdenes necesarias por mi conducto.

Pero una crisis estaba pronto a estallar.

Estará aún presente en la memoria del lector el insulto hecho al general Freire con el envío de Cruz a reemplazarlo.

Inmediatamente después de esto se reunió la convención provincial de Concepción, y dirigió un voto de censura contra el consejo de Gobierno en Santiago, por haber reelegido supremo director al general O'Higgins después que había resignado, acto que se consideraba ilegal, por no estar el Ministerio revestido de semejantes poderes.

Luego llegó a saberse que el general Freire se iba a poner en marcha con tropas de su mando para dar fuerza a esta resolución.

El 17 había Freire avanzado sus tropas hasta Talca, por lo que se mandó preparar una división del ejército de Santiago para salirle al encuentro.

También se dio orden para que los marinos pertenecientes a la Escuadra al mando del mayor Hind, fuesen a reforzar las tropas del director.

Yo me encontraba a la sazón en mi residencia de campo en Quintero; pero al saber lo que estaba pasando me fui inmediatamente a Valparaíso y volví a tomar el mando de la Escuadra, a la cual se habían pasado órdenes contrarias a los arreglos hechos al respecto al premio de presas debido a los oficiales y tripulaciones, pues el Galvarino, que estaba en prenda para ser vendido con aquel objeto, tenía órdenes de salir a la mar, para conducir a San Martín a algún punto seguro, porque éste, no previendo la desorganización que encontró en Chile, temía caer ahora en las manos del general Freire, quien, sin duda alguna, le hubiera hecho toda la justicia que su conducta merecía.

La Escuadra, sin embargo, durante mi ausencia había tomado el negocio de su propia cuenta colocando al Lautaro, con sus cañones cargados en posición de echar a pique al Galvarino si intentaba moverse.

Los fuertes de tierra habían también cargado sus cañones por vía de represalia, aunque de esto la Escuadra habría hecho buen zafarrancho.

Apenas había yo restablecido el orden, volviendo a tomar el mando, recibí del general Freire la siguiente carta, que no me dejó la menor duda respecto de sus intenciones:

«Concepción, diciembre 18 de 1822.

Milord:

Estando la provincia de mi mando fatigada de sufrir los efectos de una administración corrompida, que ha reducido la república a un estado de mayor degradación que aquél en que se encontraba cuando hizo el primer esfuerzo para obtener su libertad, mientras que, con la ayuda de una convención ilegítimamente creada, sin el consentimiento del pueblo, se han forjado planes para esclavizarlo, haciéndolo patrimonio de un déspota ambicioso, que, para afianzarle en el mando, se han hollado los imprescriptibles derechos de los ciudadanos, proscribiéndolos de su país natal del modo más arbitrario.

Ya no nos queda más que resolvernos heroicamente a salvar el fruto de once años de penosos sacrificios; para este efecto he depositado en las manos de los representantes legales, que se hallan reunidos en la ciudad, la autoridad que hasta aquí he ejercido; pero a pesar de mi falta de mérito y sincera renuncia, el Poder constituyente se ha dignado colocar sobre mis hombros este enorme peso, volviendo a conferirme el mando civil y militar como V. E. verá por la adjunta resolución que tengo el honor de remitirle.

Dios guarde a V. E. muchos años.

Firmado:

RAMÓN FREIRE».

En una palabra, había comenzado una revolución para deponer al supremo director, y el general Freire, apoyado por los habitantes de Concepción y Coquimbo, estaba en armas para efectuarla.

Me había determinado a no tener nada que ver con esa revolución, porque, en mi calidad de extranjero, no era apetecible hacerme del partido de ninguna facción, aunque era evidente que el poder del general O'Higgins pronto tocaría a su término.

Tomando la carta del general Freire por una súplica indirecta para que le ayudase a deponer al general O'Higgins, ni siquiera contesté a ella.

El 20 de noviembre me hizo abiertamente la siguiente proposición, pidiéndome tomase parte en la revolución:

«Concepción, noviembre 20 de 1822.

Mi mejor y más distinguido amigo:

Es llegado el momento en que la Patria y las circunstancias que zozobran la causa pública exigen imperiosamente la protección de los hombres que generosa y juiciosamente saben arrostrar toda clase de sacrificios para sostenerla en sus sagrados derechos.

Corramos el velo a las tramoyas con que se juega y alucina a la República, llevándola precipitadamente a su última ruina.

Su deplorable estado es público y notorio.

No hay habitante que no lo conozca y llore la pérdida de su libertad, próxima a verse más aherrojada que cuando gemía bajo el yugo peninsular.

El viciado modo con que el Supremo Gobierno dispuso la reunión de representantes, escogiéndolos y nombrándolos por medio de billetes dirigidos a todos los jueces de cabeceras de partidos, ha producido el fruto que podía esperarse.

El reglamento de Comercio y la Constitución que han salido a luz han acabado de poner en claro las ambiciosas miras del primer magistrado, la intriga y corrupción de sus ministros de Estado.

Todo descubre que las aspiraciones de aquél se han trastornado.

La fortuna que lo ha favorecido constantemente ha dado ya a la ambición un lugar preferente en su corazón.

El encantador halago de una corona no puede resistirse más; y así se ve que la red se tiende sin disimulo en toda la extensión del Estado, para conducirlo como de la mano al fin propuesto.

Es un dolor ver instantáneamente marchitarse los laureles en la mano de aquél que tan gloriosamente supo adquirirlos.

Tengo por superfluo detenerme en hacer a usted reflexiones sobre estos particulares, pues de todo esta mejor penetrado que yo; y así, vamos a otra cosa.

Permítame usted, sin ofender su moderación, que le haga unos breves recuerdos, aunque son bien públicos y notorios.

Usted disfrutaba de honores, graduación y fortuna en el seno de una nación de las más brillantes de Europa.

Todo lo abandonó generosamente, impelido por la nobleza de sus liberales sentimientos, y quiso, arrostrando peligros, venir a trabajar por nuestra libertad, y ser el principal instrumento que nos ha hecho arribar a ella.

El orbe entero está lleno de las heroicas y señaladas acciones de usted para destruir la tiranía y librar a la América.

Los habitantes de toda la República están tan penetrados de este vivo reconocimiento, que cada uno siente no estar en sus alcances el poder dar a usted la completa prueba de su sensible gratitud.

Esta provincia, que por carácter ama la virtud y verdadero mérito, idolatra a usted al mismo tiempo que detesta y abomina al libertador del Perú, que acaba de regresar a este suelo, en donde con lágrimas de sangre se llora el premio que ha tomado por los servicios prestados.

En Chacabuco se habría concluido la guerra para toda la República si se hubiera querido; pero era preciso conservarla para hacerse necesario, y llevar a cabo las negras miras de la ambición.

Toda esta sacrificada y asolada provincia ha arribado al término de su exasperación.

Sus habitantes están unánimemente decididos a prorrumpir de una vez con el grito de mutación y reforma de Gobierno; y protestan que el sol los verá respirar el aire de libertad en el suelo araucano, o que quedará yermo, muriendo todos en el campo de la gloria para alcanzarla.

Éste es el voto general manifestado por el pueblo, sin excepción de sexos ni edades.

Éste es el voto de las virtuosas tropas que tengo el honor de mandar; esto es lo que quiere la oficialidad y esto es lo que quiere el sacerdocio.

Acometido yo con estas declaraciones, ¿qué debo contestar a ellas?

¿Debo confesar mi uniformidad de sentimientos y recordar que ayer era un simple ciudadano, cuyo corazón, inflamado por los deseos de cooperar al quebrantamiento de nuestras cadenas, me hizo empuñar la espada para obrar más activamente?

El cielo ha favorecido mi suerte más allá de mi corto mérito.

A la patria debo el ser y rango que obtengo; luego, ¿cabría en un alma sensible la negra ingratitud de rebelarse contra la madre que, amante y amorosa me ha nutrido, clavarle el puñal en el pecho para darle la muerte?

No, mi caro amigo; lejos de mí semejante sentimiento.

Freire ha jurado vivir o morir por la salud y libertad de la República, y hoy resuena este sagrado voto, penetrado del más acerbo dolor, en vista del motivo que se lo obliga; pero fía que el Dios propicio protegerá la justicia y rectitud de sus intenciones secundando sus humanos deseos para economizar toda efusión de sangre.

Sé que usted está más interesado que yo en ver consumada en su plenitud y en su verdadero sentido la libertad de Chile, por quien tan gloriosamente ha trabajado.

Sé que sentiría usted más que yo, ver perdido el fruto de sus oficiosos desvelos.

En la nobleza de su pecho y en la pureza de mis sentimientos, no puede tener lugar la indiferencia; es preciso obedecer a los preceptos de probidad grabados en nuestros corazones; caminemos consecuentes en la obra emprendida; no permitamos se tizne a la faz de las naciones la gloria de Chile; oigamos los clamores de la patria que nos llama, entrando en nuevas aflicciones cuando había llegado el tiempo en que debía respirar.

Yo cuento, así como toda esta provincia, con que usted se unirá a mis sentimientos, para dar el golpe de mano que exige la salud de la patria, como usted lo presencia.

Disponga usted lo que convenga con la Escuadra para guardar aquél y este puerto; tocamos el momento de dar el grito; contésteme usted sin pérdida de tiempo con la sinceridad que me prometo de su amistad y nobleza.

Tengamos la satisfacción de contribuir empeñosa y desinteresadamente en remediar los males y salud de la República, sin que otro objeto alguno sea el norte de nuestras aspiraciones.

Téngase por odiosa y sospechosa la residencia de San Martín en cualquier punto del Estado chileno.

Salga de él para ir a ser feliz en otra parte, pues que tan cara vende su protección a los desgraciados.

Repito que cuento con el voto de usted, el de toda la Escuadra y el mío serán uno solo, y este mismo es el que está sellado en el corazón de todos los verdaderos amantes de la justicia y libertad; este amor lo comparo solamente al de usted y al mío; únanse, pues, íntima y fraternalmente, para tener la dulce satisfacción de ser felices y cortar en su raíz los pasos que tienen sus miras y tendencias hacía la esclavitud de la República.

Esto espera de usted la rectitud de mis intenciones, y que esta invitación será recibida con la más relevante prueba de que puedo darle de la alta consideración con que siempre soy de usted su más fiel e invariable amigo.

Firmado:

RAMÓN FREIRE.

Señor Vicealmirante de la Escuadra de Chile».

No le respondí de pronto, pues creí que no era parte de mi misión mezclarme en contiendas civiles.

Esta carta, empero, me confirmó en la opinión que yo me había formado respecto a la influencia que San Martín ejercía con el supremo director, y a su reciente frialdad para conmigo.

Si los informes del general Freire eran exactos, existía evidentemente un deseo de restaurar a San Martín en el imperio del Perú, cuando hubiesen podido apoderarse de la Escuadra, y en cambio había embaucado al general O'Higgins a tomar parte en el complot, con promesas de prestarle apoyo.

Esto parece problemático; pero ahí está la carta del general Freire, publicada por primera vez, y el pueblo chileno puede, en vista de ella, deducir sus conclusiones.

Afortunadamente tuvo lugar una ocurrencia que me sacó del dilema en que me veía, como se verá en el próximo capítulo.



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