—140→

Fue esta señora hija del conde de Asturias D. Diego Díaz, y nieta por la línea materna del rey de León, D. Alfonso V. Casó con D. Rodrigo Díaz de Vivar, por sobrenombre el Cid.
Un historiador francés, M. Weiss, ha tenido la osadía de decir que Jimena no existió, y que Mariana y otros escritores españoles introdujeron ese y otros personajes fabulosos en sus escritos; pero está probado que el escritor extranjero es el que se engañó lastimosamente negando con indisculpable ligereza la existencia de la mujer del Cid.
En el siglo XVII el licenciado Gil Ramírez halló en el archivo de la catedral de Burgos la carta de las arras que el Cid dio a su esposa; y en el mismo siglo se veía en el monasterio de S. Juan de la Peña el sepulcro de Jimena.
—141→

La niña de Ibinaga8
Cuando hubo llegado a aquel sitio, trabajó con ahínco, y en pocos segundos lo arregló todo de tal manera, que pudo colocar a su protegido en un rincón y dejarlo cubierto por una espesísima capa de helechos, alejando toda apariencia que pudiera denunciar lo que allí se ocultaba.
Y entonces habló así a Marina:
-Ahora, hermana, subamos a las habitaciones altas, y cuando vengan, mostrémonos a esos hombres con afectada serenidad.
-Pero, ¿cómo disimular?... -preguntó la temerosa niña.
-Ve que en ello va la vida de ese infeliz -repuso Pedro.
-¡La Virgen de Aránzazu me dará valor! -respondió la hermosa Marina con profunda fe.
En aquel momento se oyeron descompuestas voces en el zaguán de la casería, y ambos hermanos se dirigieron a aquella parte del edificio preguntando:
-¿Nordá9?
Un mocetón de fornido cuerpo respondió preguntando a la vez:
-¿Dónde está el chapelgorri que se ha ocultado aquí?
-Aquí no se ha ocultado nadie -contestó con calma el intrépido Pedro.
-¡Ca!, no pienses engañarnos, cediendo a los buenos instintos de tu corazón, porque si le ocultas le buscaremos hasta dar con él. ¿Dónde está, pues?
-Repito que aquí no hay nadie más que nosotros dos -replicó el joven casero con entereza, y designando a su hermana con el dedo índice.
-Ve que puedes comprometerte -objetó el mocetón.
-Nada temo, porque nada hay que pueda hacerme temer.
-Muchachos -dijo en aquella sazón su interlocutor-; supuesto que este mancebo se empeña en ocultarnos la verdad, registremos minuciosamente la casa.
Y con la codicia del que anhela la venganza, principiaron aquellos hombres a registrar uno por uno todos los departamentos de aquella tranquila vivienda.
Y llegaron a donde estaban los montones de helechos, y redoblaron allí sus pesquisas.
Las puntas de las bayonetas de los fusiles con que iban armados penetraban por entre las secas y apiñadas plantas, para dar testimonio de lo que allí dentro hubiera, y Marina estuvo a punto de lanzar un grito y desfallecer, descubriéndolo todo de esta suerte, en el momento en que los agudos hierros se introducían rudamente en el montón bajo el cual se ocultaba el protegido de Pedro.
Pero este último le dirigió una mirada —142→ tan profunda, que ahogó la niña su exclamación, y aunque un sudor frío se deslizaba por todo su cuerpo, mantuvo su aparente serenidad.
Al fin iba a desaparecer la angustia que la afligía, porque nada acusaron felizmente las repetidas pesquisas de aquellos hombres.
Y todos salieron al zaguán, excepto Marina, a quien le esperaba un susto mayor que todos los pasados ya.
Cuando ponían los perseguidores el pie fuera de aquella pieza y Pedro no había aún traspuesto bien el dintel de la puerta, un lastimero gemido salió de los montones de helecho.
Los dos hermanos temblaron, porque los dos lo oyeron clara y distintamente.
¿Habría llegado también a los oídos de los otros hombres?
Podía creerse que sí, porque todos se detuvieron en silencio.
¡Momento horrible! Porque una sospecha podía inducir a los de las boinas blancas a un reconocimiento más escrupuloso que el verificado, y en tal caso era segura la perdición del protegido y del protector.
Pero el cielo se apiadó de ambos, y el silencio de los perseguidores fue roto por el mocetón, que habló así, ensanchando con sus palabras el pecho de Marina y Pedro.
-A fe mía, que a no haberlo presenciado, no lo creyera, amigos míos: porque le apunté a mi sabor y le vi caer y no le perdí de vista hasta el fin de la acción... Allí estaba tendido en tierra... Cuando fui a buscarlo había desaparecido... Los suyos no se lo han llevado... ¿Dónde está, pues?
-Será tal vez alguna brujería o un sueño tuyo, Chandres, -exclamó otro apuesto mancebo de franco aspecto.
-No -replicó el mocetón-; no fue sueño mío, sino que alguna mano generosa lo apartó de allí. Mas es imposible que haya tenido tiempo de alejarlo más...
-Pues ya ves que aquí no está.
-Lo sé y lo siento, que no es justo que ellos ceben su saña en nosotros sin que correspondamos con iguales escarmientos.
-Luchemos noblemente y la victoria será nuestra al fin; que Dios protege más al valiente que al rencoroso.
Y platicando de este modo salieron al campo y se alejaron.
Marina y Pedro respiraron con alegría y les siguieron con ávida mirada hasta perderlos de vista.
Entonces fueron con ligero paso al montón de helechos que ocultaba a su protegido, y sacándole de aquel incómodo escondite, se lo llevaron a la parte alta de la casa y lo acomodaron del mejor modo que pudieron en un modestísimo lecho.
Herido en el pecho estaba aquel hombre, que apenas contaría diez y nueve años, y sus ropas manifestaban que era alférez de chapelgorris; es decir, del cuerpo de voluntarios que más se distinguió durante la heroica y desastrosa guerra civil, cuya memoria no se borrará jamás de los tristes anales de la hidalga España.
El hecho solo de pertenecer al cuerpo que no daba ni admitía cuartel, y que era el que siempre peleaba en primera fila, garantizaba que en aquel herido pecho palpitaba un corazón intrépido y resuelto, un corazón de valor excepcional.
—143→He aquí por qué le miró Pedro con veneración desde que le vio tendido en tierra, cuando él se había acercado al lugar del combate, movido por una inclinación guerrera que le arrastraba, sin sospecharlo acaso, al ejercicio de las armas; he aquí por qué, arrostrando los peligros fáciles de comprender, lo retiró de aquel sitio, y he ahí por qué, complaciendo al mismo tiempo a sus sentimientos caritativos y generosos, lo llevó a su casa y se aprestó a ser fusilado con su protegido, antes que entregarlo cobardemente a sus perseguidores.
Y así es que cuando el viejo casero de Ibinaga, que era el padre de Pedro y de Marina, entró pocos momentos después del reconocimiento practicado en su vivienda, y subió a las habitaciones altas, fue enterado por su hijo de todo cuanto había acaecido; y leal y noble y aferrado a sus sentimientos cristianos, dijo gravemente:
-Estoy contento de ti, hijo mío: has cumplido como bueno. Nada importa que este joven sea enemigo nuestro, si es valiente y está vencido. Aquí tendrá, pues, su familia, y aquí hallará seguro albergue hasta que se reponga y pueda partir en completa libertad.
-Gracias, padre mío.
-Ahora bien -añadió el anciano-: tú eres joven y robusto, y hay una religión, un rey y unos fueros que tienes obligación de defender, porque se ven rudamente amenazados. Mis fuerzas flaquean ya y no puedo pelear por ellos como quisiera... ¿Y tú?... -preguntó con energía.
Y Pedro, que ahogaba en su pecho un ardiente deseo de participar del horror de los combates, y que, por un justo respeto a su padre, nada le había dicho hasta entonces, exclamó, poniéndose de pie y arrojando lumbre por los ardientes ojos:
-Dadme un fusil, padre mío, y sabréis quién es vuestro hijo.
-Así te quiero yo -dijo el anciano-. Ve, pues, no te detengas, que Dios mismo va contigo.
Y al expresarse de este modo, elevó una mirada al cielo, tan llena de fervor, tan saturada de convicción, como la de los santos mártires al espirar entre torturas sin cuento por la causa de la fe.
Y puso sus manos sobre la cabeza de Pedro, y le bendijo.
Entre tanto lloraba la hermosa Marina, a quien el triste ejemplo del oficial herido le hacía comprender los peligros que desde aquel momento empezaban a agruparse sobre su hermano; pero no se atrevió a hacer objeción alguna a su padre, y se sentía desfallecer de dolor y angustia.
Una hora más tarde, después de haber recibido Pedro las necesarias instrucciones para poder alistarse en el naciente ejército carlista, abandonó el hogar paterno, colmando de besos a la cariñosa Marina, que lloraba con una aflicción inexplicable.
El anciano casero le volvió a bendecir cuando le vio alejarse, y a pesar de su entereza, de su valor y de la fe que le alentaba, sus labios temblaban y dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas.
¡Era padre!
Sin embargo, si en aquella casa hubiera vivido la madre, ¡tal vez no se alejara tan presto el hijo de sus entrañas!
(Se continuará.).
—144→

El bolsillo de la levita del abuelito es para Pepita un inagotable almacén de caramelos, terrones de azúcar, almendras, bombones y otras golosinas.
En cuanto el abuelito vuelve de la calle, en seguida salta Pepita sobre sus rodillas, y le registra el bolsillo.
Pero no quiero yo que Pepita quiera al abuelito solamente por el ruin interesillo; quiero que le quiera porque el abuelito merece todo su amor y todo su respeto, y tendría un gran pesar el pobre viejo si llegara a persuadirse de que su nieta no le quiere tanto y tan desinteresadamente como él quiere a su nietecita.
En el número próximo continuaremos la Historia de España y las Lecciones de astronomía.
Las Lecciones de música empezarán cuando termine la Geometría de los niños.
En el presente volumen daremos otra linda comedia para que la representen los niños.
Suplicamos a aquellos de nuestros suscritores cuyo abono haya terminado o termine en este número, lo renueven antes de publicarse el del 10 de Abril.

¡Cuántas veces, queridos niños, habréis fijado vuestras miradas en la esfera de un reloj, y habréis seguido con curiosidad sus agujas en su interminable y regular movimiento! ¡Cuántas veces os habrá llamado la atención su monótono tic tac, u os habrá llenado de admiración la complicada máquina de un cronómetro! ¡Con cuánta envidia habréis quizá mirado al poseedor de una de esas misteriosas máquinas, y con cuánto placer os habréis visto dueños de una de ellas! Pero nunca probablemente se habrá fijado vuestra infantil imaginación en lo que significa, en lo que representa un reloj. El reloj, hijos míos, significa la vida del hombre, representa el tiempo. Es el contador de nuestra existencia, que va anotando implacable los latidos de nuestro corazón, y nos está advirtiendo siempre que la vida corre rápida como la luz del relámpago; que el tiempo pasa para no volver jamás, arrastrándonos a pesar nuestro en su veloz carrera; que sus agujas han marcado el primer instante de nuestra vida, el primer momento en que nuestros ojos vieron por primera vez la espléndida y clara luz del sol, y que mañana señalará la hora en que, latiendo por última vez nuestro corazón, se separe el alma de nuestro cuerpo y suba a dar cuenta ante el tribunal del Todopoderoso de las acciones que hemos cometido a nuestro paso por la tierra, y de la manera que hemos tenido de cumplir la sagrada misión de ser útiles a nuestros semejantes en este átomo que flota en la inmensidad, y al que llamamos mundo.
El reloj es la constante demostración de la cortedad de esta vida y de la inmensidad de la otra.
—146→Cinco minutos de reflexión, fijando la vista sobre su esfera, evitarían quizás muchas veces en la vida del hombre que este cometiera una acción bastarda o que se entregara en brazos de la desesperación.
Porque si olvidándose uno de lo que se debe a sí mismo, va a cometer una acción reprochable, y antes de cometerla fija sus ojos en las agujas de un reloj, las contempla durante algunos instantes, y su imaginación se detiene a considerar la rapidez con que pasa esta vida y lo infinito de la otra, en donde la felicidad o la desgracia depende de las acciones que hayamos cometido en esta, volverá en sí, y avergonzándose de haber abrigado el mal pensamiento que le impulsaba a delinquir, seguirá por la senda del bien, de la cual ha estado a punto de apartarse.
Si es un hombre a quien persigue la desgracia, que suele ser más constante compañera nuestra que la fortuna, el que fije la vista en el reloj, concluirá también por recordar lo fugaz que es nuestra existencia, que es tan sólo la antesala de la verdadera vida. Y esta idea le llevará a considerar, que si en esta ha encontrado tan sólo la ingratitud o la injusticia en los hombres, en la otra, en la que no existen pasiones ni vanidades terrenales, encontrará un Juez que a todos los mide por un mismo rasero; que premia al bueno con largueza, y castiga con rigor al malo, y ante el cual no puede presentarse nadie con la careta de la hipocresía, con la que los hombres suelen ocultarse el rostro, sin comprender que al querer engañar a los demás, empiezan por engañarse a sí mismos. Y al vagar estas ideas por su cerebro, acabarán por hacer que olvidando las injusticias de la tierra, no piense más que en la inmensa justicia del cielo, y que la resignación y la conformidad concluyan por llenar su corazón.
El reloj es un centinela que nos está dando sin cesar el alerta, para que no nos lancemos en el torbellino de las pasiones y no olvidemos las obligaciones que tenemos contraídas con Dios, con nuestros semejantes y con nosotros mismos.
Para que nunca dejemos el cumplimiento de nuestros deberes para más tarde; porque ¿quién sabe si más tarde nos habremos convertido en la nada? ¿Quién sabe si el latido de nuestro corazón responderá dentro de un instante al mecánico movimiento del reloj?
Por eso todos debemos obrar siempre bien y cumplir con nuestros deberes para no temer así su voz de alerta; pues el que obra siempre bien no le teme al tiempo, y ve sin cuidado alguno correr los instantes, porque tiene la firme convicción de que no ha empleado ninguno de ellos en nada malo, porque ninguno le puede recordar acción alguna reprochable.
Obrad siempre, hijos míos, con rectitud; no os entreguéis nunca en brazos de los vicios, que son los que aumentan la velocidad de la carrera del tiempo, y emplead todos los instantes que marque el reloj de vuestra vida en acciones nobles y generosas, y así podréis ser felices en esta, y aguardaréis tranquilos el principio de la otra.
F. VARGAS.
—147→
| Emilio, no le atormentes, | |||
| deja al insecto en reposo, | |||
| que es juego muy doloroso | |||
| ese que tomas con él; | |||
| ¡ambas alas trasparentes | 5 | ||
| prenderle, y después burlarse | |||
| porque no puede escaparse, | |||
| es Emilio bien cruel! | |||
| ¡Mira cuál bulle y cuál pena | |||
| por desclavarse las alas | 10 | ||
| y lucir sus nuevas galas | |||
| en el ambiente de abril!... | |||
| Si por la rubia melena | |||
| a un espino te apresara, | |||
| así tu cuerpo luchara | 15 | ||
| en tu cólera infantil. | |||
| Escucha; ese pobre insecto | |||
| aire sólo necesita; | |||
| ¿qué le queda si le quita | |||
| el aire tu voluntad? | 20 | ||
| Tú su camino perfecto | |||
| le tuerces en tu capricho... | |||
| Hombrecillo, ¿quién te ha dicho | |||
| que es tuya su libertad? | |||
| Porque era la mariposa | 25 | ||
| más endeble que tu mano, | |||
| ya con decreto inhumano | |||
| la inmolas a tu pasión: | |||
| ¿será experiencia ingeniosa | |||
| de tus obras de otro día? | 30 | ||
| ¿Son ensayos, vida mía, | |||
| que va haciendo tu ambición? | |||
| ¡Por Dios!, que a mi talle alcanza | |||
| tu brava cabeza apenas, | |||
| y ya labras las cadenas | 35 | ||
| para amarrar a otro ser; | |||
| no bien el Señor te lanza | |||
| a este campo dilatado, | |||
| y ya seres te has hallado | |||
| a quien mostrar tu poder. | 40 | ||
| ¡Oh!, si la oruga lozana | |||
| te bastara solamente, | |||
| aunque esclava injustamente, | |||
| no más que insecto es al fin; | |||
| pero ¡ay Emilio!, mañana | 45 | ||
| las cosas mudan de nombres; | |||
| los insectos serán hombres, | |||
| y mundo será el jardín. | |||
| Mas no le arranques las alas; | |||
| no se las rompas, criatura, | 50 | ||
| que va a lucir su hermosura | |||
| por esa extensión azul; | |||
| hoy ha estrenado sus galas, | |||
| y es maligna tiranía | |||
| no dejarle un solo día | 55 | ||
| que despliegue su albo tul... | |||
| ¡Fortuna!, ya te abandona; | |||
| huyose la prisionera... | |||
| ¡Mira, mira cuán ligera | |||
| allá por los aires va! | 60 | ||
| Yo no sé por qué ambiciona | |||
| tu cariño aprisionarla, | |||
| cuando es más bello mirarla | |||
| si libre y gozosa está. | |||
| ¿Lloras, Emilio? ¡Qué duelo! | 65 | ||
| ¡Era tu primer cariño! | |||
| Vete consolando, niño, | |||
| que otro vendrá tras aquel. | |||
| Mas no busques, no, consuelo; | |||
| llora, pobre Emilio, llora, | 70 | ||
| que te hará el pesar de ahora | |||
| el que venga menos cruel. |
CAROLINA CORONADO.
—148→

Este célebre pintor fue fundador de la escuela romana, y nació en Urbino en 1483. Fue discípulo del Perugino, aventajando muy pronto a su maestro. A la edad de diez y siete años pintó el hermoso cuadro de San Nicolás de Tolentino. En 1503 diseñó los hechos principales de la vida de Pío II, para la catedral de Siena, y luego fue llamado a Roma para decorar las salas del Vaticano.
He aquí la relación de sus principales cuadros, de los cuales hay algunos en nuestro magnífico Museo de Madrid, entre ellos el original de la copia que estáis viendo, delicadamente grabada por el aventajado artista Sr. Capuz, para esta Revista.
—149→
La Sacra familia, La hermosa jardinera, El sueño de Jesús, La Virgen y el niño, San Jorge y el dragón, San Miguel combatiendo a los monstruos, La Virgen, el niño y San José, La Abundancia, Santa Margarita, Matrimonio de la Virgen, Santa Cecilia, San Juan en el desierto, Visión de Ezequiel, La Transfiguración, La Virgen de la Rosa, la del Pez, y la de la Perla, Santa Catalina de Alejandría, cartones, retratos, etc., etc.
Fue uno de los más fecundos artistas de su tiempo, y murió a los treinta y siete años, en 1520.
En él perdió el arte cristiano el mejor y más inspirado intérprete de los grandes hechos del catolicismo.
—150→
El astro que preside la noche, comunicándonos durante ella la luz del Sol, por él reflejada, luz pálida y melancólica que bañando los objetos de misteriosas tintas nos inunda el alma de poesía; el astro tan cantado por los poetas de todos tiempos y países, y hasta adorado por los gentiles bajo los nombres de Diana o Febe, es el que hoy, amables niños, va a ocupar por breves instantes vuestra atención.
Satélite fiel de la Tierra, la Luna, unida a nuestro globo con lazos indisolubles, la acompaña en su aéreo viaje, girando alrededor de ella en 27 días próximamente, y poseyendo un movimiento independiente del de la esfera celeste.
Por la proximidad a que de nosotros se encuentra, pues es el astro que más cerca está de la Tierra, es por lo que es el primero de que se tuvieron más conocimientos, siendo el objeto de profundas investigaciones, sobre cuyos resultados voy a deciros algo.
Empecemos por lo que se percibe a primera vista y sin necesidad de anteojos; esto es, por las fases de la Luna. Todos habréis observado que a este astro se le ve unas noches completamente redondo, otras como dividido por su mitad, y otras, finalmente, se ve sólo una pequeña cantidad, de forma de arco circular. Pues bien: estos diversos aspectos que nos presenta nuestro satélite, es lo que se llama sus fases, y provienen de la posición del Sol con relación a él y a la Tierra.
En efecto, ya sabéis que la Luna es un cuerpo de forma esférica, opaco; es decir, que, como la Tierra, no tiene luz ninguna en sí misma, y que recibe la luz del Sol; ahora bien: si el Sol la ilumina por la parte opuesta a nosotros, lo que sucede, siempre que la Luna está entre la Tierra y aquel astro, nosotros no podemos verla, porque la mitad oscura, que es la que sólo podíamos ver, se confunde en el cielo; este estado dura dos o tres días; durante él se dice que la Luna está en conjunción, y a la fase se la llama Luna nueva o novilunio. Después, como la Luna va variando de posición, empezamos poco a poco a ir viendo la porción iluminada, percibiendo primeramente una pequeña parte de forma semicircular, y el resto del planeta bañado de una luz ligera y como transparente, que nos permite apreciar —151→ perfectamente su forma; cada día la parte iluminada de la Luna va creciendo, hasta el sétimo y octavo después del novilunio, en que ya se ve la mitad del astro, en cuyo caso se dice que la Luna se encuentra en su primer cuarto; sigue creciendo la parte iluminada, hasta verse por completo nuestro satélite, lo cual se llama Luna llena o plenilunio, y se verifica a los 15 días, y desde entonces empieza a menguar, vuelve a verse iluminado en su mitad (tercer cuarto), y por fin deja de verse para empezar de nuevo sus fases.
De seguro os habrá chocado cuando hayáis visto levantarse la Luna sobre el horizonte en la época de su plenilunio, el gran tamaño que aparece tener y la poca luz que nos envía, y que disminuye el tamaño y aumenta la luz a medida que el astro se eleva. Que la luz sea menor, nada tiene de particular, porque además de tener que atravesar para llegar a nosotros, mayor espesor de atmósfera, su dirección es oblicua; pero en cuanto a su tamaño, no hay más que una ilusión óptica, pues vista y medida por el telescopio, sucede lo contrario, que es verse mayor cuanto más elevada está. Esta ilusión de nuestros ojos se explica de diversas maneras, siendo la opinión más admitida el relacionarla y compararla con los objetos terrestres cuando la vemos más cerca de nuestro suelo.
Antes he indicado, y tenéis ocasión de observarlo, que cuando la Luna se halla en su primer cuarto se percibe la parte de su superficie que no está iluminada teñida de un débil resplandor que permite apreciar su forma y hasta sus detalles, si se la mira con anteojo. Mucho ha dado en qué pensar la procedencia de esta luz, conviniendo por fin los astrónomos en que proviene de la del Sol reflejada por nuestro globo, reflexión, sin duda, de más intensidad que la que la Luna nos envía, la cual es tan débil, que para componer una claridad de igual intensidad que la del Sol, se necesitarían ochocientas mil lunas llenas.
Si seguimos observando la Luna a simple vista, veremos que no todos los puntos de su superficie tienen la misma luz, sino que se distinguen grandes porciones más oscuras y partes brillantes que se destacan sobre la luz general. El aspecto de estas manchas no varía nunca para nosotros, porque la Luna, al girar en redor de nuestro globo, nos presenta siempre un mismo hemisferio, lo que prueba que aquel astro, además de su movimiento de traslación, tiene otro de rotación que dura el mismo tiempo; es decir, que mientras da una vuelta alrededor de la Tierra, da otra sobre sí misma. Estas manchas han dado lugar a que el vulgo se figure ver en la Luna un rostro humano, y que se la represente, como muchas veces la habréis visto, con boca, nariz y ojos; pero hay que confesar que se necesita muy buena voluntad para ver todo esto.
Pero tomemos ya el telescopio y dirijámosle a nuestro satélite; estudiemos sus manchas, y observaremos que hay unas grandes de color sombrío y otras pequeñas muy oscuras, que crecen y disminuyen con la posición del Sol, indicando así que son la sombra de eminencias o protuberancias de la superficie lunar. Comprendéis bien cuánta curiosidad debió despertar entre los sabios el observar que la Luna era un globo opaco, como la Tierra, —152→ iluminado como ella por el Sol y accidentado en su superficie, formando a modo de mares y continentes, montes y valles. Trazáronse en seguida mapas de Luna, y todos se dedicaron con afán al estudio de nuestro satélite.
Desde luego, para poder distinguir unas de otras estas manchas, se las dio diferentes nombres, empezando por clasificarlas en mares a las grandes y oscuras, y en continentes a las claras. No acabaría tan pronto si os describiera todo el suelo lunar, conduciéndoos por el mar de la Tranquilidad, al de los Vapores o el de las Lluvias, llevándoos al lago de la Muerte, al pantano del Sueño o al golfo de las Lagunas, o haciéndoos ascender al cráter de Aristarco o a la cordillera de los Apeninos.
Dejemos, pues, una excursión que os fatigaría demasiado, y contentémonos con algunas noticias sobre estos raros países.
En primer lugar, os diré que respecto a sus montañas se ha observado que son todas de forma circular, y la mayor parte tienen en su centro una gran cavidad, que las asemeja al cráter de un volcán; se hallan distribuidas, principalmente, en las partes más luminosas, lo que ha hecho suponer que estas eran los continentes, y las oscuras, casi desprovistas de asperezas, mares. Sus tamaños son muy varios, por lo que se las ha clasificado en tres secciones: las de mayores dimensiones, entre las que las hay de más de 60 leguas de diámetro, se llaman circos; las cavidades de mediana o pequeña dimensión, cráteres o volcanes, y picos o pitones a las montañas aisladas de forma piramidal o cónica. Sus alturas, que también han podido apreciarse, varían, habiéndolas hasta de 7.000 metros de elevación.
Además de las montañas, se perciben en la superficie de nuestro satélite unas hendeduras o surcos gigantescos, llamados ranuras, de dirección casi rectilínea, que han sido objeto de un estudio especial, y de los que se dan diversas explicaciones.
Esto es en conjunto lo que se percibe en la mitad de la Luna que vemos; la otra mitad o hemisferio se supone que tenga una configuración semejante, pero no es fácil averiguarlo.
Respecto a su formación, os diré que se cree haya tenido un origen semejante al de la Tierra, y que esté constituida de una materia de naturaleza esencialmente volcánica.
También se tienen pruebas de que la Luna, a lo menos en su parte visible, no está rodeada de ninguna capa gaseosa, como la que circuye la Tierra; es decir, que carece de atmósfera, y por tanto en ella no se conocen ni los vientos, ni las aguas, a pesar de sus llamados mares, ni puede haber vegetación, ni existir la vida, tal y como nosotros la comprendemos.
Por la misma causa también, en la superficie lunar se pasará repentinamente del día a la noche y viceversa, sin esa suave transición de que nosotros gozamos, llamada crepúsculo. Además, durante el día, el Sol proyectará sobre ella una luz vivísima y cruda, y las sombras serán absolutas; en la noche reinarán las más completas tinieblas, y sólo en el hemisferio que vemos la luz reflejada por la Tierra la alumbrará.
Los días allí son mucho más largos que en la Tierra, por efecto de ser más lento el movimiento de rotación, —153→ y así la duración del día es de quince veces veinticuatro horas y de otro tanto la de las noches; en cambio los años, si por año se cuenta cada revolución alrededor de la Tierra, constan sólo de poco más de veintisiete días.
Sobre si existen o no habitantes de la Luna o selenitas -que es el nombre que se les da, derivado del griego-, en toda su superficie o en sólo el hemisferio que no vemos, donde tal vez exista una atmósfera, se ha hablado y aún se habla mucho, pero este es un problema muy lejano del alcance del hombre, que, siempre soberbio, se afana por penetrar aún en el terreno que Dios le ha vedado, por lo que es castigado con una amarga decepción que le conduce al convencimiento de su escaso poder.
Las dimensiones de la Luna, comparadas con la del astro en torno del cual sin cesar gira, son las de una esfera o bola cuyo diámetro, o sea mayor anchura, es la cuarta parte de la de la Tierra; es decir, 869 leguas; su superficie es poco más de 1/13 de la terrestre; su volumen 49 veces menor, que, comparado con el del Sol, resulta que sería necesario amontonar setenta millones de lunas para llenar la esfera solar.
La distancia de la Tierra a su satélite no es constante, sino que varía de 405.457 kilómetros, que es la mayor, a 363.249, a consecuencia de que la órbita que describe la luna en derredor nuestro es una elipse, aunque más redondeada que la trazada por la Tierra en su movimiento de traslación.
Comparada esta distancia con las dimensiones de nuestro planeta, resulta que es 32 a 28 ½ veces el ancho o diámetro de la tierra, distancia que un cuerpo que se dejara caer de la Luna a la Tierra tardaría en recorrer tres días y siete cuartos de hora, y que un tren de ferrocarril franquearía en menos de diez meses.
Réstame hablar, y concluyo, de la influencia que la Luna ejerce sobre nuestro globo. Muchísimas se la han atribuido, las más supersticiosas y ridículas, pero es lo cierto que ejerce algunas importantes. Las mareas, o el flujo y reflujo de las aguas de los mares que habréis observado, sin duda, si os han llevado alguna vez a un puerto de mar, son debidas a la influencia de la masa de la Luna, que atrae las moléculas del esferoide terrestre; la misma causa produce un efecto análogo en las capas gaseosas de nuestra atmósfera, originándose movimientos semejantes a los de las mareas; por último, la luz de la Luna tiene también sobre la Tierra alguna influencia, que se manifiesta, no sólo por una pequeña elevación de temperatura, sino también por su acción química sobre ciertas sustancias terrestres. Pero aun cuando no fuera más que por la iluminación de que gozamos por las noches, que tanto aprovecha al caminante, al marino y al labrador, es la Luna bastante acreedora a nuestro reconocimiento; reconocimiento que puede traducirse añadiendo una estrofa más al himno de gratitud y profunda adoración que dirigir debemos diariamente al Criador de todo el universo.
ENRIQUE MARÍA REPULLÉS.
—154→
El colono de Ibinaga acababa de cumplir con lo que él estimaba como un deber sagrado, y, aún húmedos sus ojos, volvió su pensamiento hacia otro deber también ineludible para el buen cristiano.
La caridad le llamaba; y obedeciendo a su dulce voz, tornó a la estancia en que, tendido en el lecho, daba ya señales de vida el herido, que exhalaba lastimeros ayes.
¿Qué le importaba al padre de Marina que aquel desventurado defendiese una causa que no era la suya, si entonces sufría y estaba al borde del sepulcro?
Los nobles pechos buscan al enemigo en el campo de batalla y se baten con lealtad y bizarría, pero jamás ofenden al abatido, sino que, antes bien, le protegen y defienden.
Por eso el joven oficial encontró la protección más generosa en la humilde casería, y en ella, después de los primeros cuidados, le visitó con la mayor reserva un facultativo del inmediato pueblo; y, gracias a tantas bondades y a tan exquisito esmero, fue recobrando poco a poco la salud y las fuerzas.
La niña de Ibinaga se multiplicó durante todo aquel tiempo, y apenas bastarían los afanes de la más concienzuda y perseverante hermana de la Caridad para ser comparados con los que Marina prodigó al herido.
Más de un sobresalto, más de un susto les ocasionó aquel huésped, a quien se aficionaron grandemente porque, a un carácter afable, reunía las más distinguidas maneras y una bella y simpática figura; y no era caso extraordinario que apareciesen los carlistas por aquellos alrededores, obligando su presencia a que dentro de la casería se adoptasen prudentes medidas para salvar la amenazada existencia del oficial.
Cada vez que el anciano casero recibía la nueva de alguna acción librada y sostenida entre las tropas liberales y las de D. Carlos, se apoderaba de él una angustia indescriptible, porque su mirada de padre se fijaba tenazmente en el campo de batalla y creía descubrir en él herido o muerto a su valeroso hijo Pedro.
Mas nada expresaba su semblante que sus torturas revelara cuando se hallaba en presencia de su huésped, ni brotó jamás de sus labios una sola palabra que anunciase el amor que profesaba a sus principios, o el odio que abrigaba contra las ideas de sus enemigos.
Solamente se dejaba traslucir en su noble fisonomía el contento que rebosaba su pecho cuando recibía alguna carta de Pedro, que era parte a sacarle de sus punzadoras incertidumbres.
—155→Y siguiendo de este modo, llegó un día en que el joven chapelgorri se restableció en tal manera, que podía abandonar aquella honrada guarida.
Entonces se dispuso todo lo necesario para su marcha.
Pero, ¡qué momento el de la despedida!
¡Cuál lloraba la pobre niña, en cuyo corazón se había engendrado un cariño fraternal y tiernísimo hacia el gallardo mancebo!
Este también lloró: que no quita lo sensible a lo valiente; y depositando en la pura frente de Marina un beso, como dulce expresión del afecto y de la gratitud, partió.
Era de noche, y a favor de la oscuridad podría llegar sin grandes tropiezos a San Sebastián.
El viejo casero le acompañó, no obstante, hasta dejarlo en sitio seguro.
En aquella sazón se apretaron fuertemente las manos de aquellos dos hombres.
-Joven -exclamó al mismo tiempo el anciano-, salud y bienandanza os deseo.
-Gracias -respondió el oficial.
-Y ya que nos separamos, tal vez para siempre, oídme:
-Hablad.
-Tengo un hijo, cuyo nombre es Pedro de Echaniz; ese hijo, que os salvó la vida, sirve a D. Carlos. Pues bien: si un día lucháis con él y le vencéis, velad por su existencia.
Una lágrima asomó a los ojos del anciano.
-Lo haré -murmuró el chapelgorri conmovido.
-Adiós, pues.
-Adiós.
Y se separaron.
Dos años habían trascurrido desde que tuvieron lugar los sucesos que van referidos, y la guerra civil tenía ya unas proporciones gigantescas y registraba una historia tan dolorosa como admirable.
El casero de Ibinaga y su hija sabían de vez en cuando de Pedro, que, distinguiéndose por su valor, había alcanzado el grado de sargento primero y tenía la esperanza de salir muy pronto a oficial.
Esta circunstancia y la buena suerte que hasta entonces acompañara al bravo soldado, hacían gozar ya de cierta tranquilidad al padre y a la hermana; pues es una verdad que los hombres llegan a familiarizarse con los peligros.
Y llegó un día en que el viejo Echaniz tuvo que ausentarse por algunas horas, dejando sola en la casería a la hermosa Marina, que le vio alejarse esperando que regresara antes aun de anochecer.
Mas fue declinando la tarde, y fuese cubriendo el cielo de oscuros y siniestros nubarrones que anunciaban una horrible tormenta, y el anciano no volvía a su casa.
Un lejano trueno descubrió la evidencia de aquellos pronósticos, a los cuales siguieron de cerca la torva oscuridad de la tempestad que estalla al morir el día, el cárdeno y deslumbrador relámpago y el estrepitoso rodar del eco terrorífico que rimbombaba en las altas montañas.
La ausencia de su padre en aquellos momentos no dejó de inquietar a la bella niña de Ibinaga. Pero poco tiempo después, al considerar que la lluvia —156→ que caía a torrentes le habría obligado a guarecerse en alguna casería que en su camino hallara, sintió renacer en su alma el sosiego, un tanto alterado.
Sin embargo, era poco tranquilizadora la soledad que la rodeaba; porque al paso que el aguacero sacudía con violencia las mal cerradas ventanas, que se estremecían a su repetido empuje, el furioso viento, gimiendo tristemente, azotaba el edificio, y los truenos se sucedían sin cesar, conmoviendo la tierra hasta en sus mismos cimientos y amenazando abrasarla con el rayo destructor.
En tal modo tuvo que pasar algunas horas, a pesar de serle harto ingrata su situación...
Un ruido inesperado se dejó oír en medio del estruendo de la naturaleza terriblemente perturbada, y una voz varonil resonó en el zaguán del caserío.
Aquella voz decía:
-¡Osabá Miguel! ¡Osabá Miguel10!
Y llamaba con tan afanosa expresión, que Marina, creyendo reconocerla, tomó con precipitación una velita de resina que ardía con vacilante luz, y se dirigió a aquella parte de la casa con la velocidad de la gacela.
-¿Dónde está tu padre? ¿Dónde está mi tío?
-Mi padre -exclamó temblando Marina-, mi padre... no está en casa.
-¡Maldita suerte!... -dijo entonces el recién llegado dando un fuerte golpe con el pie en el suelo en señal de impaciencia.
-¿Pues qué acontece, primo? -preguntó a su vez la niña con sobresalto.
-No sé... nada... -contestó él entre confuso y desesperado.
-¡Oh!, no, no: tú sabes algo terrible... algo... ¡Dios mío! -dijo de pronto Marina-, ¡mi hermano!...
Una palidez mortal la envolvió, y estuvo a punto de rodar por el pavimento.
Su primo la sostuvo.
Un momento después aquella joven se pasaba la blanca mano por la frente, cubierta de sudor frío, y murmuró armada de un vigor sobrenatural:
-Habla, Luis, nada temas. Cuéntame lo que sepas.
-¡Ah!, perdona si...
-No te detengas, que Dios me dará fuerza para soportarlo todo. ¿Dónde está mi hermano?
-Entre los cristinos.
-¿Prisionero?
-Sí.
-¿Herido?
-Sí.
-¿De gravedad?
-No lo sé.
-¿Quién le ha apresado?
Luis calló.
-Habla, por Dios, primo. ¿Quién le ha apresado?
-Los chapelgorris -dijo el fatal mensajero con voz insegura.
-¡Jesús!... -exclamó Marina, y se tapó el rostro con las manos-. Sigue... sigue -añadió luego-: nada me ocultes.
-Los chapelgorris -prosiguió diciendo Luis- no dan ni reciben cuartel.
-¿Y bien? -interrogó Marina con la agitación del reo que va a oír su sentencia.
-Mañana habrá de ser fusilado -respondió su interlocutor.
(Se continuará.)
—157→

Al hablar Estrabón del monte Calpe, una de las columnas de Hércules, dice que su circunferencia es corta, y que es tan alto y tajado, que visto de lejos parece una isla. Otros traducen este pasaje, en forma de columna, en vez de isla, y quizá esto dio origen a la denominación que aplicaron los antiguos a aquel peñasco. Al otro lado del estrecho, en frente de Calpe, se alza otro peñasco menos escarpado, a modo de península, pero que visto de lejos también podía considerarse como otra columna, y recibe el nombre de Abilix o Abila. No obstante, bajo este nombre de columnas de Hércules (columna Herculei Africana), no se conocían Calpe y Abila exclusivamente.
«Bajo el nombre de columnas -dice Estrabón- entienden unos los cabos del estrecho, otros la isla de Gades y algunos otros sitios más distantes todavía que esta isla. Los hay que tienen por columnas a Calpe (Gibraltar), y la montaña de la Libia que está en frente, que llaman Abylix (Ceuta), situada, según Eratóstenes, en el país de los Metagonios, nación errante. Otros dan el nombre de columnas a los dos islotes cercanos a Abylix y Calpe, uno de los cuales se llama Juno. Pretenden otros que las columnas de Hércules no son más que las columnas de bronce de ocho codos que se ven en Gades, en el mismo templo del dios, y en las cuales se lee en una inscripción el costo de la construcción de dicho templo».
Pero, como dice un historiador, parece indudable que los fenicios tenían —158→ la costumbre de señalar por medio de columnas los sitios donde se establecían, adornando con ellas los templos de sus dioses. Solían grabar en las mismas en pocas palabras, además de la fecha y el gasto, algunas particularidades de la fundación, importantes para la historia. Procopio refiere que aún en su tiempo se veían en Tánger dos columnas con una inscripción en lengua fenicia. En el templo del Hércules Tirio, en Tiro, cuya magnificencia era muy celebrada, se veían asimismo dos columnas, la una de oro fundido, y de esmeralda la otra, que despedían vivos destellos de noche, según refiere Herodoto, que las había visto, y entre las que estaba colocada la estatua colosal del dios; y en todas las ciudades fenicias había templos realzados con columnas más o menos notables; todo lo que hace probable la última opinión citada por Estrabón con respecto a las columnas de Hércules.
Entre los primitivos pueblos de Hispania, y en el territorio llamado Bética por los romanos, abarcaban dilatado espacio los turdetanos. De estos se asegura que poseían una civilización muy antigua, conociendo la poesía, y teniendo leyes notables, y sobre todo muchas riquezas. Consideran algunos como una exageración conceder tanto progreso a los turdetanos, porque debe tenerse presente que en aquellos remotos siglos la Europa entera estaba dividida en numerosas tribus bárbaras e independientes, enemistadas casi siempre entre sí. Semejante civilización podría ser todo lo más el conocimiento de las artes ínfimas de la industria humana, y de las leyes naturales en la vida social, conforme las creencias coetáneas de la teogonía fenicia. Estrabón, que viajó por España y conoció la extremada rudeza de los pueblos del interior, parece que quedó admirado de la civilización turdetana, y sin duda con referencia a Asclepiades de Mirleo, que, habiendo venido a España después de los ejércitos romanos del tiempo de Pompeyo, había estado enseñando las humanidades en el país de los turdetanos y compuesto una descripción de sus usos y costumbres, refiere el mismo Estrabón que conocían las letras y poseían leyes escritas en verso de más de seis mil años de antigüedad. Todo prueba en efecto un mayor adelanto de los turdetanos; pero como estos seis mil años no deben computarse como solares de doce meses, lo que haría anterior la existencia de los turdetanos a la misma creación del mundo, sino años de muy pocos meses, resultará que esta civilización sería coetánea todo lo más a la de los fenicios, que llegaron a España quince siglos antes de Jesucristo.
¿Quién sabe si lo apacible del clima, la hermosura del cielo y los abundosos dones que prodiga en Andalucía la naturaleza, suavizaron la ferocidad primitiva de aquellos pueblos? Entre los turdetanos más vecinos de Cádiz en la costa marítima, situaban los griegos su famosa Tartesia y la isla afortunada de Eritia, donde pacían los innumerables rebaños de bueyes de Jerión, sitios celebrados por Homero, Ettesicoro y Anacreonte. Pero no menos que el clima y las riquezas de su suelo, contribuyó a la civilización turdetana el roce con las colonias fenicias y foceas de que hablaremos más adelante. Concurre todo, no obstante, para considerar a los turdos como oriundos de un pueblo celta. Su vecindad con este —159→ pueblo, sus nombres y sus fábulas mitológicas así lo manifiestan. Herodoto dice que los pueblos que habitaban allende las columnas de Hércules eran celtas, y vecinos de los cinesios, último de los pueblos establecidos en Europa por la parte de Occidente. Artemidoro los llamaba turtos y turtutanos, y al país que habitaban el de Tyrtytania. Es indudable, de todos modos, que diseminados los turdetanos por las apacibles márgenes de los hermosos ríos Anas, Betis e Ibero-Bético, vivían menos turbulentos y ansiosos de guerras que sus compañeros celtas de los demás territorios de la primitiva Hispania. La estatura de aquellos hombres, como la de los modernos andaluces, era gallarda y aventajada, y aun no falta quien los compara con los pelasgos, primeros habitantes de la Grecia, que los antiguos nos representan como de extraordinaria estatura, como titanes o gigantes, a quienes una antigua tradición supone derrotados por los sacerdotes fenicios o curetos.
En cuanto a la mencionada ciudad de Tartesia, dice Estrabón que en su tiempo se suponía haber existido en lo antiguo una ciudad de este nombre en la isla formada por las dos embocaduras del Betis, isla reunida a la tierra firme desde que se secó uno de los brazos del río que la formaban, que era el que pasando por Lebrija y Asta, iba a desaguar en la bahía de Cádiz en frente de la ciudad. El país contiguo se llamaba Tartesio, y tartesianos los pueblos que le habitaban, y no falta quien asegura que la ciudad de Tartesia era la misma que se conoce en la geografía antigua de España bajo el nombre de Carteya o Calpeia, y que seguro parece estuvo situada en el fondo de la bahía de Gibraltar, donde se rastrean informes ruinas. Suponíase que había sido fundada por Hércules, que se llamó Heráclea, y tuvo excelente arsenal. Al menos, según Timóstenes, almirante de Tolomeo II, que visitó sus ruinas, en su tiempo conservaba aún anchuroso recinto, y se veían las dársenas donde sus habitantes ponían a cubierto los barcos. El río Betis se llamó también Tartesio, y añade un historiador que quizás del nombre de los turdetanos se formaría el de Tartesios, con el cual los escritores griegos, hasta los de las épocas posteriores a la llegada de los romanos, significaban comúnmente a los pueblos de la Bética.
Una subdivisión de la Turdetania era la Beturia, nación también de origen céltico, y cuyas principales ciudades eran Laconinturgis, Callenses-Emini, colonia, al parecer, de los galaicos de las márgenes del Miño; Celtum, situada entre Hispalis y Emerita; y Celtiaca, que más adelante, en tiempo de los romanos, formó parte del concejo de Hispalis.
Acaso otra subdivisión de estos pueblos celtas eran los cinesios, llamados así por Herodoto y Avieno, y que los escritores posteriores llamaron cuneos o conianos, al Oeste del Anaz, en aquel rincón de tierra que los antiguos llamaron Cuneus, modernamente reino de los Algarbes. Abundaban los nombres célticos en las poblaciones de aquellos territorios, y sólo cerca de la costa, desde la embocadura del Tajo hasta la del Guadiana, existían Lancobriga, Cetobriga, Merobriga y Lacobriga, nombres todos de terminación gala.
Acerca del promontorio Cuneo, o —160→ cabo de Santa María, donde habían levantado aquellos pueblos raros monumentos, hace Estrabón una descripción pintoresca, que vamos a reproducir, para templar en lo posible la aridez de la historia en aquellos tiempos primitivos: «Artemidoro asegura que el supuesto templo de Hércules que allí enseñaban, es una ficción ideada por Éforo; que no hay aras dedicadas a Hércules ni a otra divinidad; que sólo en algunos parajes se hallan tres o cuatro piedras, unas encima de otras; que cada vez que arribaban los navegantes, a tenor de una antigua tradición vinculada en las familias, desbarataban las piedras y las mudaban de asiento; que se limitaban a dirigirle oraciones, pero que no les era lícito sacrificar en aquel sitio ni desembarcar mientras llovía, suponiendo que durante este tiempo lo ocupaban los dioses; que aquellos que sólo estaban allí por curiosidad, pasaban la noche en una aldea vecina, y no iban a visitar este sitio sino de día, llevando agua consigo, porque allí no se encuentra ningún manantial».
FLORENCIO JANER.

Esta niña está siempre martirizando al pobre perrito.
La ocupación no es propia de una niña tan crecidita y que podía bordar, hacer vestidos a la muñeca y emplear el tiempo en cosas útiles.
—161→


Cervantes en Argel11
Después de las gloriosas campañas de Italia; después de haber concurrido al combate de Lepanto y perdido en él la izquierda mano, luchando como español y como cristiano; después de la pérdida de la Goleta y de su inútil socorro, Miguel de Cervantes, a quien ya cansaba la prolongada estancia en Sicilia, anhelante por regresar a su patria y deseoso al par de obtener algún premio que compensara sus dilatados merecimientos, pidió y obtuvo licencia de D. Juan de Austria, en 1575, para regresar a España; a cuyo fin le facilitó recomendatorias cartas aquel guerrero ilustre, para el rey, rogándole agraciara a Cervantes con el mando de una compañía, por ser hombre de valor y de muy señalados servicios.
El duque de Sesa, que era a la sazón virrey de Sicilia, quiso contribuir al buen éxito de la pretensión, y escribió asimismo al monarca y a los ministros, encareciendo las buenas prendas de Cervantes y la justicia de lo que solicitaba.
Pero como no hay ventura que no contribuya a la desgracia del que nace desgraciado, aquellos documentos, que tan honrosos eran para su dueño, le originaron nuevos y mayores males; pues habiendo sido atacada la galera en que se dirigía a las costas de España, por una escuadra argelina, y rendida, a pesar de los heroicos esfuerzos hechos por la tripulación española, Cervantes fue llevado a Argel, como cautivo del arráez Dalí-Mamí, —162→ quien, al sorprender las cartas de don Juan de Austria y del virrey, juzgó al soldado persona de gran calidad, esperó lograr por él crecido rescate, y le cargó de cadenas, tanto para evitar su evasión, como para obligarle a que, no pudiendo tolerar tantos tormentos, reclamara de su familia la libertad.
Cervantes, aprisionado en unión de su hermano Rodrigo y de otros caballeros españoles, se dio trazas para procurar la fuga de todos; pero cuando la creyeron lograda, viéronse abandonados por un moro que se había comprometido a llevarles a Orán, y tuvieron que volver a su cautiverio, donde esperaban a Miguel nuevos tormentos. Sabedor de tan triste situación su amante padre, se apresuró a empeñar toda su hacienda y las dotes de sus hijas; pero cuando este caudal llegó a poder del cautivo, Dalí-Mamí creyó mezquino el precio que se le ofrecía por su libertad, y se negó a aceptar todo género de proposiciones. Aplicado aquel dinero al rescate de su hermano Rodrigo, Miguel le dio instrucciones para que, una vez en España, armase una fragata, que, acercándose a la costa argelina, pudiera libertarle y conducirle a España, en unión de otros cautivos.
Para alcanzar tan anhelado objeto, Cervantes había logrado conocer una cueva distante tres millas de Argel, en la cual fueron reuniéndose hasta el número de catorce o quince, los cristianos que lograban fugarse de casa de sus amos: él mismo les llevaba al lugar en que debían aguardar su libertad, procuraba la compra y conducción de víveres, y regía aquel pequeño pueblo, cuya sola esperanza era.
El 20 de Setiembre de 1577 huyó el mismo Cervantes de la casa de su amo y se refugió en la cueva, juzgando ya muy próxima la llegada de la embarcación que esperaban todos. Y, con efecto, el 28 de dicho mes llegó la expresada fragata, al mando de un tal Viana; pero al intentar acercarse a la costa, fue vista por unos moros, que comenzaron a pedir auxilio, y lograron después apoderarse de toda la tripulación del buque.
Lo que la desgracia había empezado, debía terminar la traición. El Dorador, confidente que había sido de los cristianos, renegado dos veces, queriendo sin duda congraciarse con el rey Azán, le descubrió el secreto de la cueva y la ingeniosa manera con que Cervantes había logrado manejar todo aquel asunto, y el codicioso rey, que, conforme al derecho del país, era dueño de todos los esclavos abandonados o perdidos, hizo prender inmediatamente a los mismos y llevar a Cervantes a su presencia. Inútiles fueron todas las amenazas, astucias y aun halagos con que Azán-Agá pretendió descubrir a los cómplices de Cervantes: este se obstinó en manifestar, como cien veces lo había hecho, que él solo era el culpable, que sólo él conocía el proyecto de la evasión, y que serían inútiles todos los tormentos para arrancarle otra declaración.
El carácter sanguinario de Azán fue dominado por la ambición: creyó que el rescate de aquel cautivo correspondería a su grandeza de ánimo, y le encarceló en el baño, recomendando a sus guardias la vigilancia más exquisita. Pero Cervantes no era hombre que se dejara dominar por las contrariedades: había jugado muchas veces su vida, para que temiera perderla, y —163→ desde el mismo instante en que estuvo fuera de la presencia del rey, no volvió a tener más pensamiento que el de romper su cautiverio.
Frustradas varias tentativas que hizo con el mismo objeto, entre otras, una tan bien dispuesta que hubiera permitido la evasión de sesenta cristianos, facilitósele la ocasión de verificarlo él solo, temeroso un mercader valenciano, que había sido su cómplice, de que Cervantes le delatara; pero el cautivo se negó a ello, y prometió que los mayores tormentos no serían poderosos a convertirle en delator.
Como había huido del baño, y el rey le tenía en tan alto aprecio, fue buscado por medio de pregón, en el que se imponía pena de la vida al que le tuviera oculto. Cervantes, que lo estaba en casa de un antiguo camarada suyo, quiso evitarle todo daño, y se presentó al rey por su propia voluntad.
Cargado de hierros, puesto un cordel a su garganta y atadas las manos a la espalda, como si a quitarle la vida fuesen, Azán pretendió averiguar las circunstancias de su plan de evasión y los nombres de sus cómplices y compañeros; pero Cervantes contestó, con su habitual entereza, que sólo él era culpable, y supo de tal manera unir la dignidad a la discreción, y la fortaleza de ánimo al ingenio, que el rey se limitó a disponer que fuera encerrado en la cárcel de los moros, donde estuvo cinco meses cargado de grillos y custodiado por numerosa guardia.
En aquella tristísima situación concibió Cervantes otro proyecto, que pudiera calificarse de locura, si no fuera suyo: nada menos que levantarse con Argel, apoyado por los 25.000 cautivos que existían en la ciudad, y hacerla parte de la corona de España. Y comprueba la importancia del proyecto y los medios con que Cervantes contaba para su ejecución, la frase que solía repetir Azán-Agá, de que como tuviese bien guardado al estropeado español, tendría seguros su capital, sus cautivos y sus bajeles.
Cuando más duro era el cautiverio de Cervantes, llegó el 29 de Mayo de 1580, día de la Santísima Trinidad, y en él desembarcó en Argel el reverendo padre fray Juan Gil, procurador general de aquella orden y redentor de cautivos por la corona de Castilla.
Llevaba trescientos ducados para el rescate de Cervantes, que constituían toda la herencia de su padre, ya difunto, toda la hacienda de su madre y hermana. Corta era la cantidad para la codicia del rey, que exigía mil escudos por el cautivo manco, y negándose por lo tanto a entrar en tratos, le embarcó cargado de hierros en una galera que iba a hacerse a la mar con rumbo a Constantinopla.
Compadecido el padre Gil, y viendo que para siempre iba a perderse la ocasión de darle libertad, inspirado acaso por el cielo y llevado de su caritativo corazón, buscó dinero prestado, imploró limosnas, y pudo al cabo lograr el rescate en el precio de 500 escudos.
La nave que debía conducirle a Constantinopla se hizo a la vela sin él en 19 de Setiembre, y Cervantes pudo en el mismo día considerarse libre y bendecir al cielo, que le había proporcionado la libertad cuando para siempre la juzgaba perdida. En aquella misma nave iba Azán-Agá, por haber concluido el tiempo de su reinado.
Conocida la crueldad de aquel rey, —164→ apenas puede concebirse que escapara Cervantes con vida. «Cada día -dice el mismo- ahorcaba al suyo, empalaba a este, desorejaba a aquel; y esto por tan poca ocasión y tan sin ella, que los turcos conocían que lo hacía no más de por hacerlo, y por ser natural condición suya ser homicida de todo el género humano».

El mismo Cervantes, en la primera parte del Quijote, pone en boca del cautivo estas palabras: «Sólo libró bien con él un soldado español, llamado tal de Saavedra, el cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar libertad, jamás le dio palo ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra, y por la menor cosa de muchas que hizo, temíamos todos que había de ser empalado, y así lo temió él más de una vez».
Poco después de los sucesos que hemos referido, lograba Cervantes, según propia confesión, «uno de los mayores contentos que en esta vida se puede —165→ tener, cual es el de llegar, después de luengo cautiverio, sano y salvo a su patria».
El de Cervantes había durado cinco años menos seis días.
Hemos relatado a grandes rasgos las penalidades que tuvo que sufrir, durante su cautiverio en Argel, el príncipe de nuestros ingenios; pero mayores penalidades le aguardaban en su patria, por la que tanto había suspirado. No pretendemos relatarlas.
Dimos principio a este artículo embarcando a Cervantes en Sicilia, joven, lleno de esperanzas, inutilizada su mano por un tiro de arcabuz en el glorioso combate naval de Lepanto; pero entero su corazón, abierta su alma a la esperanza, y llevando en el pecho una carta del hijo de Carlos V, en que se enaltecía su valor y se le declaraba digno de mandar una compañía de soldados. Cerramos nuestro trabajo dejándole embarcado otra vez y ansiando pisar el suelo de su patria: los años y los tormentos han envejecido su cuerpo; pero su alma sigue joven. No viste ahora el traje del soldado, sino los harapos del cautivo; no lleva una carta de su capitán, pero sí una información de sus trabajos en Argel, que constituyen una verdadera epopeya; no le protegen los pliegues de la bandera de su tercio, pero la religión le alienta, y la virtud le guía.
Una escuadra turca le hizo cautivo, y una miserable barca, tripulada por los padres Trinitarios, le devuelve la libertad. Esta vez llegará la nave a su destino: la Fe sostiene el brazo de los remeros. La Religión y el Genio, unidos en estrecho vínculo, no pueden naufragar.
M. OSSORIO Y BERNARD.
Algunos instantes de solemne silencio siguieron a esta tremenda declaración.
Pero súbitamente alzó la cabeza la hermosa Marina, como si una ráfaga de inspiración divina hubiese tocado en ella, y exhaló una exclamación que era un poema entero de esperanza y fe.
-Condúceme -dijo inmediatamente después-; llévame a donde mi hermano aguarda la muerte; ¡que Dios y la Virgen Santísima me protegerán!
-Pero tú, pobre niña... -objetó Luis lleno de asombro.
-Nada me digas.
-La noche es espantosa...
-Y ¿qué importan los horrores de la tempestad si peligra la vida de un hermano? Guíame, pues.
Y dijo estas palabras la niña con tal —166→ resolución, que no se atrevió a manifestar en contrario su primo.
Un segundo después salían aquellos dos jóvenes de la casería de Ibinaga y echaban camino de Orio.
Pocas veces se desatan los horrores de la naturaleza con la rabia que aquella noche se desencadenaron, y los dos primos marchaban difícilmente, ya rodeados de una densa oscuridad, ya deslumbrados por el brillante relámpago, o aturdidos por el terrible y fragoroso trueno.
Pero, salvando torrentes, quiebras y barrancos, caminaban sin cesar, porque la zozobra y el cariño les impelían con fuerza irresistible.
Larga era la distancia que tenían que recorrer; pero nada debía arredrarles, nada debía detenerles; pues además de ser áspero el camino y espantosa la noche, las horas se deslizaban rápidamente, y Pedro iba a ser fusilado al despuntar el nuevo día.
Varias veces el honrado mancebo que acompañaba a la hermosa niña de Ibinaga tuvo que exponer su vida para hacer que Marina pudiera dejar a la espalda algún espumoso torrente que se precipitaba de breña en breña, y la niña misma saltó profundas simas con la agilidad del corzo y con una decisión que se daba la mano con la temeridad.
Pero era preciso llegar a tiempo...
Una circunstancia feliz contribuyó a favorecerles algún tanto.
Cesó la lluvia y se aplacó la tempestad.
La luna, que brillaba en las regiones del cielo, aunque velada por espesas nubes, derramó un leve resplandor sobre la tierra, y aquella ligera claridad permitía ver, sin interrupciones bruscas, en dónde asentaban los pies.
Así corrían con fatigoso aliento; y ya se daban el parabién, porque, no teniendo que atravesar el río, lo cual hubiera sido un contratiempo invencible en aquellas horas, entrarían en Orio antes que el momento fatal de la ejecución hiciese irrealizable toda esperanza.
Y era su paso más ligero que nunca, y casi tocaban a la población, cuando una voz poderosa y brusca les detuvo, gritando:
-¡Alto ahí! ¿Quién vive?
Al oírla quedaron ambos jóvenes como petrificados y mudos de terror.
-¿Quién vive? -repitió la misma voz con más energía aún.
Y el primo de Marina, como más experimentado en asuntos de esta naturaleza, contestó:
-España.
-¿Qué gente? -preguntó la voz.
-Paisanos.
-¡Alto!
E inmediatamente después vieron los asustados viajeros cómo se destacaban de la oscuridad y se les acercaban cinco sombras, con paso decidido y con los fusiles preparados para cualquier evento.
Cuando estuvieron a pocas varas de ellos, dijo el que iba delante de los otros cuatro:
-¿A dónde vais a estas horas?
-A Orio -contestó el mancebo con acento indeciso.
-¿A Orio? -interrogó con cierta desconfianza su interlocutor.
-Sí.
-¿Los dos?
-Los dos.
—167→-Pasad, pues.
Y acompañándolos, o más bien custodiándolos, los condujeron al cuerpo de guardia avanzado, que estaba en una casita aislada.
Cuando entraron en aquel lugar y se vio Marina rodeada de aquellos hombres de aspecto audaz, y respiró aquel aire viciado por el humo del tabaco, y oyó el lenguaje poco culto que allí se hablaba, palideció, y un temblor nervioso se apoderó de ella.
Este detalle y las balbucientes contestaciones que dio a varias preguntas que le dirigieron los chapelgorris, en cuya presencia se encontraba, hicieron que estos concibieran alguna sospecha sobre ellos y que tomaran a los dos primos como dos espías.
Los espías eran castigados siempre con la muerte.
Para cerciorarse y descubrir la verdad que pudiera entrañar la suposición de aquellos hombres, era preciso hacer un escrupuloso reconocimiento; y aparte lo ofensivo de ese acto, perdían los detenidos un tiempo precioso.
Pero fue necesario ceder a la ley de la fuerza, y llamada una mujer, que se encerró con Marina en una habitación, fue registrada la niña con una minuciosidad que no se comprende más que cuando se vive entre los desastres de la guerra.
En esos momentos resonaron los tambores y las cornetas.
Aquel estrépito hizo estremecerse a Marina, que, aunque ignorante y extraña a toda suerte de achaques marciales, sintió en su corazón algo que fue para ella un fatal anuncio.
-¡Oh! Dejadme, dejadme -decía a la mujer que ya terminaba su misión-: dejadme ¡por la Virgen de Itziar, por la Virgen Santísima de Aránzazu!
Y sus ojos se llenaron de lágrimas.
-¡Ved -añadía con dolor-, ved que van a fusilar a mi hermano!...
Al decir así, se arrojó a los pies de la que hacía el reconocimiento.
-¿Es tu hermano ese sargento? -preguntó esta con interés.
-Sí, ¡mi pobre hermano Pedro!... -contestó la niña de Ibinaga con tal acento, que era imposible no adivinar que la supuesta espía no era otra más que un ángel nacido para hacer bien.
-¡Bravo es el faccioso! -exclamó la mujer-. ¿Y qué pretendes?
-Salvar su vida.
-Eso es imposible.
-¡Imposible!...
-Sí.
-¿Por qué?
-Porque los chapelgorris no dan cuartel.
-¡Ah! ¡Dejadme, por Dios, y sea lo que Dios quiera!...
-¿Oyes? -preguntó la mujer en aquel instante, interrumpiendo a Marina.
-¿Qué cosa?
-¿No percibes el sonido ronco de un tambor?
-Sí... sí... -respondió la niña dando diente con diente.
-Pues ese es el tambor que acompaña al patíbulo a tu hermano.
-¡Por piedad -dijo Marina- dejadme partir!
Conmovida la mujer, hizo su declaración ante el jefe que mandaba el cuerpo de guardia.
La niña de Ibinaga salía de allí un momento después desolada y medio loca de terror, y corrió hacia el sitio en que resonaba sordamente el lúgubre tambor.
(Se concluirá.)
—168→

Muchas veces, pequeños lectores, habréis salido al campo en las tardes de primavera, y habréis sin duda observado el bello espectáculo de una puesta del sol.
¡Cuán bello es el paisaje! ¡Cuán bellos los sonrosados colores de las nubes!
¿Los habéis visto?
Sí; es muy grande la belleza del espectáculo para que haya podido pasar desapercibido.
El campo, ¿no es verdad que en él se vive mejor?
La campiña tiene muchos atractivos; en ella la vida parece más enérgica; en ella parece respirarse mejor.
Y no es esto ilusión; el aire más puro, más oxigenado que en el campo respiramos, nos da más alegría; parece que nos hace olvidar los pesares y tristezas.
Voy a conduciros al campo: vosotros y yo vamos a dar un paseo, que no dudo que os será muy grato.
Llegamos: preciosos arreboles colorean el ocaso, formando un cuadro tal que pintor alguno podría copiar; los pajarillos cantan; las flores, algunas como los pensamientos, tienen su corola dirigida al ocaso; es que despiden al astro del día.
Os he nombrado el sol: ¿no le veis?
Allá por entre las nubes, apenas se le distingue; pero mirad bien, sus rayos esplendorosos llegan hasta nosotros. Sólo a trozos vemos su círculo de fuego; las nubes interceptan y recogen parte de su luz.
El sol va descendiendo; paso a paso sigue su ruta invariable; paso a paso huye de nuestra vista.
Pronto desaparecerá; pronto su luz dejará de llegar a nosotros.
¿Esperáis a que tal suceda?
Sí, me decís; queremos ver la puesta —169→ del hermoso astro, de la bella estrella que llamamos sol.
¿No teméis que al desaparecer nos deje sumidos en la oscuridad?
No seguramente, volveréis a decirme; todos los días vemos ponerse el sol, y la luz sigue largo rato como si quisiera convidar a ver hasta el último momento, y a saborear después, el brillante espectáculo que la naturaleza, siempre pródiga, nos ofrece.
Entonces podemos permanecer en el campo; no hay miedo de que la oscuridad nos sobrecoja. Mirad, mirad, poco falta para que el sol desaparezca. Tal vez dentro de un momento haya concluido de ocultarse.
Un momento, y desapareció, ya no le veremos hasta mañana, ya los pájaros lloran en silencio: no cantan, no; su voz no se volverá a oír hasta que el día anuncie la aparición por el Oriente del luminoso faro que con tanta prodigalidad nos ilumina y nos calienta.
Pero no son los pájaros solos los que callan; vosotros habéis también quedado mudos.
¿Por qué, queridos lectores, ahora compañeros de paseo?
Vaya, la huida del sol ha alejado la alegría de vuestros corazones; el paisaje ha cambiado: poco a poco va perdiendo su intensidad y su luz.
¿No teméis que la noche os sobrecoja?
Debemos volver: en vuestras casas os esperan seguramente vuestros amantes papás, vuestras cariñosas madres.
Volvamos definitivamente: en el camino iré contándoos por qué hay luz después que el sol se oculta; por qué la hay cuando aún no ha aparecido por el Oriente. Vosotros no habréis tal vez jamás pensado en esto: casi me inclino a creerlo, sin esperar a que me lo digáis.
En la seguridad, pues, de que no os disgusto, voy a empezar. La naturaleza tiene muchas cosas dignas de estudio, y no es el menor de sus fenómenos el que se nos presenta en el crepúsculo.
Hay luz después que el sol se pone, por causa de la refracción.
¡Refracción!
Seguramente es para vosotros desconocida esta palabra: refracción es lo mismo que desviamiento.
No lo entendéis aún: lo comprendo sin que tenga necesidad de saberlo de vuestra boca. Por esto deberé esclareceros este punto.
Sucede en el crepúsculo que el sol se retira de nosotros, o hacia nosotros viene.
Entonces, siendo redonda la tierra, los rayos que no pueden llegar hasta nosotros, por la falta de trasparencia del planeta, iluminan las capas más elevadas de la atmósfera, a las que los rayos van rectamente dirigidos.
Las citadas capas se ven iluminadas; pero también nosotros participamos de su luz.
¡Cosa extraordinaria!
Lo es desde luego para los que no conocen la ciencia de los hechos naturales, la ciencia que lleva el nombre de Física; pero para los que la conocen es la cosa más fácil y sencilla. Aquí viene a presentarse la citada refracción.
Os acordáis que os dije que refracción y desviamiento son una misma cosa; pues bien: los rayos que llegan a las capas altas de nuestra atmósfera —170→ no siguen en la misma dirección, sino que cambian y se desvían, viniendo sobre la tierra, iluminándola con su luz: esta no es tan viva como la recibida directamente, y de aquí que después de puesto el sol y antes de su salida exista esa luz tenue que por la mañana va paulatinamente aumentando, y por la tarde sucesivamente disminuyendo.
Comprenderéis ahora el por qué del crepúsculo, como también la razón que tenía al invitaros a dar un paseo por el campo. El crepúsculo vespertino, lo mismo que el matutino, son indudablemente dignos de estudio cuando el cielo está despejado y cuando la luz, tal vez descompuesta, nos ofrece esas nubecillas de tan bellísimos colores.
La naturaleza es digna del estudio y la contemplación: son tantas las bellezas que encierra, y tantos y tantos sus secretos y manifestaciones, que el hombre se siente al contemplarla admirado y lleno de amor hacia lo bello y lo desconocido.
Yo, al terminar estas pobres líneas, sólo debo encargaros que no despreciéis mañana, cuando seáis hombres, la contemplación de los grandes fenómenos que llamamos naturales, porque en la naturaleza tienen su inmenso, su grandioso laboratorio.
Tal vez yo os dé a conocer algunos de ellos, si este primero que os presento no merece desde luego vuestro desprecio o vuestro desvío. Para que tal suceda, sólo tenéis que acoger benévolamente estos renglones.
Puerto de Santa María, Marzo de 1872.
E. THUILLIER.
| El huérfano que llora la soledad del alma, | |||
| el pobre que no encuentra consuelo a su aflicción, | |||
| el peregrino errante que la perdida calma | |||
| busca en la religión; | |||
| el ánimo intranquilo, que en la agitada vida | 5 | ||
| se inclina ante los golpes de dura adversidad; | |||
| el náufrago que siente rugir embravecida | |||
| la ronca tempestad; | |||
| la desdichada madre que mira moribundo, | |||
| deshecha en tristes lágrimas, al hijo de su amor; | 10 | ||
| todos cuantos suspiran, y sufren en el mundo | |||
| hambre, sed y dolor; | |||
| el niño en sus temores, el viejo en su agonía, | |||
| el hombre hasta en su loco y ardiente frenesí, | |||
| con religioso anhelo levantan, Madre mía, | 15 | ||
| sus manos hacia ti. | |||
| Que tú eres el refugio, la luz y la esperanza | |||
| de todos los que ciegos y sin consuelo van: | |||
| tu santa y pura mano refrena la venganza, | |||
| sujeta el huracán, | 20 | ||
| las lágrimas enjuga, disipa las tormentas | |||
| del mar y de la vida, terror del corazón; | |||
| las olas alteradas, las penas violentas | |||
| esclavas tuyas son. | |||
| Por e12 en las ciudades, y mares, y desiertos | 25 | ||
| tu nombre iris de gloria y de ventura es, | |||
| y hasta en sus sepulturas el polvo de los muertos | |||
| quiere besar tus pies. |
G. NÚÑEZ DE ARCE.
—171→
| Rayado apenas había | |||
| la aurora en el horizonte, | |||
| dando a la campiña gozo | |||
| y a la aurora resplandores, | |||
| cuando en la falda de un cerro | 5 | ||
| cerca del cual mansas corren | |||
| las limpias aguas de un río | |||
| con sus ondas uniformes, | |||
| en un olivar frondoso | |||
| que ciñe cual faja el monte, | 10 | ||
| para la faena diurna | |||
| se aprestan los podadores. | |||
| Entre los verdes olivos | |||
| que aquella heredad componen, | |||
| hay uno, rico de savia, | 15 | ||
| pero ñudoso y deforme. | |||
| Al verle, hacia él se dirige | |||
| el jefe de aquellos hombres, | |||
| y con hacha y podadera | |||
| para trabajar lo escoge. | 20 | ||
| Con habilidad y brío | |||
| descarga en él fuertes golpes, | |||
| y ya una rama descuaja | |||
| que su esbeltez descompone, | |||
| ya corta un vicioso tallo | 25 | ||
| que inútil la savia absorbe, | |||
| ya de un nudo que le afea | |||
| los duros contornos rompe; | |||
| pareciendo que el olivo | |||
| mano tal no desconoce, | 30 | ||
| y que en su interior se queja, | |||
| presa de ocultos dolores. | |||
| Un tierno niño del dueño | |||
| de aquella heredad, entonces, | |||
| del podador contemplando | 35 | ||
| las rudas operaciones, | |||
| con el acento angustioso | |||
| del que interno afán esconde, | |||
| dícele así, porque juzga | |||
| bárbaros tantos rigores: | 40 | ||
| «¿Por qué con crueldad te ensañas | |||
| con ese olivo tan joven, | |||
| lleno de savia y de vida, | |||
| si ha de rendir fruto enorme? | |||
| »¿Qué mal te han hecho esos tallos | 45 | ||
| que ostentan limpios verdores? | |||
| ¿No escuchas cuando le hieres | |||
| cuál se queja en mudas voces?». | |||
| Y el capataz, que del niño | |||
| las agrias censuras oye, | 50 | ||
| tal con rústicas palabras | |||
| cariñoso le responde: | |||
| «Sólo por bien del olivo | |||
| le di tan certeros cortes, | |||
| no para causarle el daño | 55 | ||
| que tú inocente supones. | |||
| »Ya sin nocivo ramaje | |||
| que en vano su fuerza agote, | |||
| presto le verás pomposo, | |||
| cargado de fruto doble». | 60 | ||
| En esto el padre del niño, | |||
| que escucha tales razones, | |||
| cuyo origen adivinan | |||
| sus cuidados previsores, | |||
| también a su vez añade, | 65 | ||
| como el deber se lo impone, | |||
| mas con el benigno acento | |||
| de un amor intenso y noble: | |||
| «Niño, ese árbol por quien lloras | |||
| es viva imagen del hombre | 70 | ||
| que en su juventud revela | |||
| torcidas inclinaciones: | |||
| »de un hábil padre la mano | |||
| corta sus instintos torpes | |||
| para que rinda más fruto | 75 | ||
| de las virtudes mejores». | |||
| Dice, y el cándido niño, | |||
| que su propio bien conoce, | |||
| sella en la diestra del padre | |||
| un beso que el cielo acoge. | 80 |
ANTONIO ARNAO.
—172→

Mi tío Carlos es muy aficionado a gozar de los placeres del campo, y como hombre de alguna edad, no puede comprender que lo que a él le gusta no agrade a los demás.
Todo su dinero le ha empleado en casas de campo, en jardines y en huertos, y en honor de la verdad sea dicho, tiene muy buen gusto para arreglar estos sitios de recreo.
Ahora así lo reconozco; pero cuando era niño como vosotros, las casas de campo, los jardines y los huertos de mi buen tío, me parecían feos, y ni aun la sombra de aquellos árboles me agradaba en los meses de más calor. Prefería los del Retiro y los de la plaza de Oriente, en cuyos sitios solía jugar con mis amigos.
Mi tío, que me tenía gran cariño, propuso a mi padre que me dejaran pasar en su compañía el mes de Agosto que iba a empezar.
No tenéis edad suficiente para comprender lo que nos quieren nuestros padres, y por eso no alcanzaréis las —173→ razones que tenía mi madre para impedir mi marcha a Torrejón, que es donde querían llevarme.
Sin embargo, se acordó el viaje; pues los médicos habían dicho muchas veces a mi padre que lo que a mí me convenía era respirar el aire del campo y hacer vida de pueblo para robustecerme.
No era la primera vez que yo iba a Torrejón, pero nunca estuve allí más de dos días, y en ese tiempo comprendía que no se podía hacer vida de pueblo. Esto de hacer vida de pueblo era para mí una novedad, y por experiencia sabéis lo que agradan a los niños las novedades.
Por otro lado, mi tío siempre nos estaba hablando de la siega, y de lo que entretienen las faenas del campo, y de lo bien que se pasaba en su casa esta época del año.
Tan entusiasmado estaba, que aquella noche ni dormí ni me acordé de mis amigos y compañeros, que de fijo echarían de menos mi presencia en el parterre del Retiro y en los alrededores de la fuente del Prado.
Llegó la hora de levantarme para ir a la estación del ferrocarril, y nadie tuvo que despertarme. Ya me parecía que no íbamos a llegar. No fue así afortunadamente: el tren no se había marchado, y tío y sobrino ocupamos dos asientos en un coche de primera clase, del cual nos apeamos al poco tiempo en la estación de Torrejón, donde ya nos esperaba la tartana que había de conducirnos a la casa de mi tío Carlos, el cual me propuso el siguiente plan de vida:
-A las cinco de la mañana nos levantaremos y tomaremos chocolate, tú con bizcochos, si te gustan. Iremos al campo hasta las nueve, a cuya hora tomaremos un tentemozo, para poder pasar algunas horas hasta las dos, que comeremos. ¿Qué tal? ¿Te agrada?
-Sí, señor -le respondí; aunque, si he de ser franco, no veía en ello lo que tanto me preocupaba: la vida de pueblo.
-Después un ratito de siesta -continuó mi tío-, y antes de salir a paseo al anochecer, leerás un poquito, harás una plana, y no olvidaremos las cuentas, que, según mis noticias, tanto te preocupan.
Así era en efecto: las cuentas me preocupaban, me martirizaban, y en el colegio he sufrido por ellas más de un regaño. Entonces decía yo, a propósito de esto, que no podía con las cuentas. Ahora, que ya he podido con ellas, me he convencido de que el hombre puede con todo lo que quiere; y que el refrán aquel, que os recomiendo tengáis muy presente, que dice Querer es poder, es y será siempre lo que los matemáticos llaman un axioma. Supongo que vosotros ya sabréis que se llama axioma a una verdad que no necesita demostración, que no la tiene.
El plan fue puesto en práctica, y aunque echaba de menos a mis compañeros, mi tío estaba conmigo tan cariñoso, que no pasaba allí mal el tiempo.
Mi madre y mi padre me escribían todos los días, encargándome que fuera obediente y que no hiciera rabiar al tío.
Mi pobre madre añadía en todas sus cartas, como de postdata, que no tomara sol, que no bebiera agua cuando estuviera sudando, y qué sé yo cuántas cosas más, entre ellas que no montara en un borrico que tenía mi tío para que fuera por agua al pueblo.
—174→Cuando llegaba la noche y los segadores volvían a nuestra casa, mi tío hablaba con todos ellos, y más de una noche oímos dar las once entretenidos en oír a aquellos pobres hombres la relación de sus viajes desde Galicia, porque ya sabéis que la generalidad de los segadores es gallega o asturiana. Los habitantes de estas provincias de España, donde la propiedad está muy repartida (es decir, que todos son ricos y todos son pobres), tienen que abandonar aquella tierra para encontrar su sustento y el de sus familias en Castilla.
Una tarde prolongamos bastante nuestro paseo mi tío y yo, y desde su era pasamos a la de otro, y de allí a otra; en fin, que cuando pensamos en volver a casa era ya muy tarde; yo llevaba miedo, y mi susto fue grande al observar que entre las espigas se movía una cosa.
Mi tío observó mi susto, y no pudo menos de reírse de mí, llamándome cobarde.
-¿Tienes miedo? -me dijo.
-Sí, señor; he visto allí un hombre tumbado.
-No seas tonto; será un segador que cuide de la era.
En aquel momento, unas nubecitas que ocultaban la luna dejaron que este astro de la noche iluminara el camino por donde íbamos, y a nuestra derecha nos encontramos con un niño como de unos ocho a diez años, que dormía, apoyada su cabecida sobre un haz de leña.
¡Qué dura almohada tenía el infeliz, y qué guapo era!
-¡Tío -exclamé-; mire V., mire usted ese pobrecito, y está casi desnudo!
-Tienes razón -contestó mi tío-, pobrecito: voy a despertarle.
Dicho y hecho: le despertamos, y el infeliz se echó a llorar.
-No llores, que no te vamos a hacer daño. Al contrario, te llevaremos a casa, y allí descansarás, si tienes sueño.
El llanto de la infeliz criatura continuaba, y después de un buen rato pudo explicarnos lo que le había pasado.
Huérfano, y sin más pariente que un primo de su madre, se había puesto a servir a un panadero de Loeches, que no le daba el mejor trato, haciéndole trabajar mucho y llevándole casi desnudo.
Muerto de cansancio, se había quedado allí dormido, y su llanto era originado por lo que le pegaría su amo al ver que había tardado tanto en llevar el pan a Torrejón.
Juntos los tres, y ayudándole a llevar su cesto de pan, llegamos a Torrejón, donde mi tío le propuso que se quedara a dormir con nosotros; pero él, a pesar de su cansancio, no quería faltar a su amo, y temía lo que pudiera decirle.
Mi tío Carlos, que ya entonces había cumplido cincuenta y seis años, y a quien el cielo no había enviado hijos en su matrimonio con una hermana de mi padre, viudo ya, y con un buen corazón, pensó en hablar al panadero de Loeches y quedarse con el niño para educarle y hacerlo hombre de bien.
Al día siguiente nos metimos en la tartana y nos encaminamos hacia Loeches, donde visitamos al panadero, que, de buen grado y mediante un regalillo de mi tío, nos cedió su criado, quedando en avisar al único pariente de aquel niño del cambio de amo.
Hoy que, con algunos años, pienso —175→ en lo que aquel panadero nos dijo y del modo que nos habló de Ramón, así se llamaba el niño, me horrorizo. ¡Si los padres de Ramón le hubieran oído!
Han trascurrido doce años de lo que os he contado, y si vierais a Ramón no le conoceríais.
Es el administrador de todos los bienes de mi tío Carlos, y antes de tres meses acabará su carrera de comercio, en cuya escuela es muy querido por su buena conducta y aplicación.
Juntos paseamos muchas tardes, y ni un solo momento deja de hablar de mi tío, al cual quiere como si fuese su padre.
En cualquier parte que le veáis lo oiréis hablar de lo mucho que debe a D. Carlos, al cual adivina, como este dice, los gustos, y con el que vive desde aquella noche.
¿Os parece que debo estar pesaroso de mi viaje a Torrejón?
¿Pensáis que siento no haber jugado aquel mes de Agosto por el Retiro y por el Prado?
No. Vosotros, aunque niños, tenéis buen corazón, y no podéis menos de comprender que no hay nada más agradable que hacer bien.
Cuando tengáis edad para ello y os encontréis en un teatro o en un baile, pensad en lo que os he contado, y de seguro que cederéis vuestra butaca o el más entretenido cotillón por encontraros con otro niño a quien hacer hombre honrado, que, creedme, es el mejor destino que podéis alcanzar en este mundo.
EUGENIO ANTONIO FLORES.

El espejismo13
| Bañado con la luz esplendorosa | |||
| de un sol claro y brillante, | |||
| por un estéril y árido desierto | |||
| en donde abrasa el aire, | |||
| camina el hombre que atrevido intenta | 5 | ||
| lanzarse cual las aves | |||
| a través de ignorados horizontes | |||
| o de revueltos mares. | |||
| Candente arena por doquier se ofrece | |||
| y recios huracanes | 10 | ||
| cual Simoun que sepulta embravecido | |||
| a miles de viajantes. | |||
| Cuando se ve la luz de la esperanza | |||
| próxima a aniquilarse | |||
| y a extinguirse el aliento de la vida | 15 | ||
| como flor que ya cae, | |||
| dibújase cual cristalino espejo | |||
| la clarísima imagen | |||
| del lago inmenso de tranquilas aguas | |||
| o de árboles gigantes, | 20 | ||
| o del deseado oasis la verdura | |||
| clara se ve pintarse | |||
| y del arroyo que le riega humilde | |||
| la ráfaga ondulante, | |||
| o el aspecto de cúpulas y torres | 25 | ||
| de soberbios alcázares, | |||
| bañados por la luz tibia y cansada | |||
| que da el sol de la tarde. | |||
| Pero todo ilusión, ilusión vana, | |||
| cual humo se deshace, | 30 | ||
| ilusión, de la que la ciencia explica | |||
| la verdad inmutable. | |||
| De la vida en revuelto torbellino | |||
| mil ilusiones nacen, | |||
| que cual el espejismo desaparecen | 35 | ||
| como él, breves, fugaces. |
JOAQUÍN OLMEDILLA Y PUIG.
—176→

Santa Florencia o Florentina era hermana del arzobispo de Sevilla San Leandro, y por consiguiente de sangre real. Inclinada desde su más tierna edad a la virtud y la contemplación, y dirigida por San Fulgencio, obispo de Écija, se retiró a un monasterio de la orden de San Benito, donde tomó el hábito de religiosa. Se distinguió tanto por su vida ejemplar, que fue elegida sub-priora del mismo convento, donde falleció.
Su cuerpo fue trasladado a Sevilla y colocado en el sepulcro de sus santos hermanos: allí se conservaba cuando la irrupción de los moros. La fiesta de esta santa se celebra el 20 de Junio, y la de su traslación el 14 de Marzo.
—177→

En todos tiempos ha habido hombres crueles y de sentimientos inhumanos, que, abusando del dominio que se les había concedido sobre los pueblos, han sido esclavos de las pasiones más desenfrenadas y verdaderos tiranos que han horrorizado al mundo con sus violencias. Pero de este género de hombres se encuentran muchos más ejemplos en los tiempos antiguos, cuando la fuerza y el poder de las armas era la ley que generalmente se imponía contra todas las consideraciones de la razón y de la justicia, y cuando al poderoso le era muy fácil atropellar al débil y escarnecer a los que le estaban sometidos.
Eduardo VI, rey de Inglaterra, que gobernaba a aquella nación en el último tercio del siglo XV, fue uno de esos monarcas cuyo recuerdo conserva la historia como uno de aquellos hombres violentos, rencorosos e irascibles que asombraron al mundo con sus crueldades y sus injusticias. Era aficionado a toda clase de deleites, y tan desordenado en sus costumbres como puede serlo todo aquel que desprecia el freno de la razón y sólo escucha la voz de sus pasiones. Vivió casi siempre en guerra con los monarcas vecinos, gobernó a sus pueblos con la más opresora tiranía, y fue sobre todo rencoroso y vengativo contra todos los que imaginaba que pudieran rebelarse contra su despótica voluntad. Entre las crueldades que cometió, que fueron muchas, fue una la de condenar a muerte, sin motivo justo, a su propio hermano el duque de Clarence, a quien encerró en la torre de Londres y le hizo ahogar dentro de un tonel lleno —178→ de vino; crimen horrible cuyas consecuencias debían recaer después sobre la cabeza de sus inocentes hijos.
Murió este monarca, que reunía todos los vicios que puede abrigar el alma de un hombre, casi de repente, antes de cumplir cuarenta y cinco años, dejando dos hijos de menor edad, el uno llamado Eduardo, que sólo tenía trece años y que heredaba su corona, y el otro Ricardo, que tenía cuatro años menos. Los dos hermanos se amaban entrañablemente y eran de condición suave y afectuosa, bien al contrario de su padre. Al morir este quedaron al cuidado de su madre y bajo la tutela de su tío Ricardo, duque de Glowcester, hermano del difunto rey. Era este hombre ambicioso y de perversos sentimientos, pero hipócrita y taimado, que encubría los más odiosos vicios bajo una capa de fingida virtud. Con su astucia y su simulada mansedumbre comenzó Ricardo por ganarse la voluntad de la reina viuda, madre de los príncipes, aparentando la más noble adhesión hacia los inocentes hijos de su hermano el difunto rey, al mismo tiempo que de una manera encubierta fomentaba las disensiones y rebeldías de los nobles del reino. Consiguió a fuerza de intrigas encargarse de la guardia y custodia del niño Eduardo, que había de ser rey cuando llegase a tener edad para ello, usurpando aquellas funciones al conde Rivers, hermano de la reina, a quien acusó de traidor y le encerró en una prisión. Dado este primer paso, y para realizar el proyecto más abominable que jamás haya concebido un hombre sin entrañas, intrigó después para que se le entregara también el cuidado del otro príncipe Ricardo, a pretexto de que los dos niños estarían mucho más contentos viviendo juntos, puesto que se amaban entrañablemente.
La reina viuda, que tenía en su compañía a su hijo más pequeño y vivía con él en la abadía de Westminster, no quería de ninguna manera separarse de él, previendo con aquel delicado instinto de un corazón de madre que algún grave riesgo amenazaba a su querido niño. Pero fueron tantas las instancias del duque Ricardo y las protestas de adhesión que hizo, y tan reiterados los ruegos que para que accediera a ello le hicieron otras personas respetables, que al fin con gran repugnancia hizo aquel sacrificio que tanto costaba a su corazón. Con lágrimas en los ojos se despidió de su querido niño, abrazándole con tierna efusión, y lo dejó partir, tranquila en cierto modo, puesto que lo entregaba al cuidado de su tío y para que fuera a hacer compañía a su hermanito que estaba en Londres. ¿Cómo había de sospechar la amorosa madre que entregaba sus hijos a su verdugo y que no había de verlos más?
Grandes fueron el regocijo y el placer de los dos hermanitos cuando se vieron juntos bajo un mismo techo en el palacio de Londres, y mucho agradecieron a su tío el que les proporcionara esta satisfacción. Pero ¡ay!, poco tiempo debía durarles la alegría. Desde el hermoso palacio en que habitaban los hizo trasladar el astuto Ricardo a la sombría y tétrica torre de Londres, pretextando que en aquel edificio lóbrego y triste estaban más seguros y mejor guardados, a cubierto de toda tentativa y libres de todo riesgo. La alegría de los pobres niños empezó a desvanecerse cuando se vieron encerrados —179→ entre aquellos muros espesos, en donde la luz penetraba con miedo.
Razón tenían para atemorizarse: el traidor Ricardo había comenzado por esparcir entre el vulgo, valiéndose de agentes malvados, el calumnioso rumor de que los príncipes eran ilegítimos. Prosiguió después su obra, ya que se había hecho nombrar protector del reino y de los príncipes, entablando una obstinada persecución contra todos aquellos grandes del reino que sabía eran más afectos a la familia real: a muchos hizo encarcelar, confiscándoles sus bienes, a otros los hizo condenar a muerte y decapitarlos, entre ellos al conde de Rivers, tío de los niños por parte de madre, y por último, al generoso y noble lord Hastings, a quien acusó de traidor y hechicero, diciendo que por medio de sus sortilegios había hecho que se le secara un brazo, que efectivamente lo tenía seco, como el corazón, desde su nacimiento.
No contento con esto, iba dejando para más adelante, bajo pretextos frívolos, el celebrar la coronación del niño Eduardo, y proseguía su sistema de difamación contra la reina y contra la legitimidad de los príncipes. No perdonó ningún medio para sembrar tales calumnias, llegando hasta pagar a un predicador que en la catedral de San Pablo procuró desde el púlpito persuadir al pueblo de que el niño Eduardo era indigno de ceñir la corona real, y que esta pertenecía de derecho al astuto Glowcester, que tenía condiciones para ser el mejor rey que hubiera conocido Inglaterra. Gracias a las intrigas de sus secuaces, entre los cuales los más principales eran el duque de Buckingham y el lord corregidor de Londres, consiguió que una turba del populacho, pagada para esto, recorriera las calles de Londres aclamándole rey con el nombre de Ricardo III, lo cual sirvió de motivo para que el corregidor y aquellos de sus partidarios más resueltos fueran a buscarle a donde estaba y a ofrecerle la corona a nombre del municipio de Londres.
Con hipócrita humildad rechazó Ricardo al principio estas ofertas, pero vencido al fin por la insistencia con que le rogaban sus amigos a nombre del pueblo, dio a entender que se resignaba con notable repugnancia, y aceptó una corona que robaba a su sobrino Eduardo.
Apenas proclamado rey, con verdadero asombro de las gentes de rectitud y buenos sentimientos, pensó que necesitaba asegurar su criminal usurpación haciendo desaparecer a los inocentes príncipes, cuyo derecho tarde o temprano había de prevalecer. Al efecto, trató de corromper al gobernador de la Torre de Londres, donde estaban encerrados los candorosos niños, llamado Brackembury, para persuadirle a que diera muerte a Eduardo y Ricardo. El noble gobernador, que era de generosos sentimientos, rechazó indignado tal proposición, y contestó que nunca mancharía sus manos sangre inocente.
Entonces el usurpador buscó a un miserable, llamado sir James Tyrrel, que aceptó el odioso encargo de asesinar a los príncipes, y para ejecutarlo se asoció a tres asesinos de la clase más abyecta. El gobernador de la torre recibió orden de entregar las llaves al infame Tyrrel, y este penetró de noche en la fortaleza, acompañado de sus tres cómplices.
—180→
Los pobres niños, cuya muerte se tramaba de una manera tan inicua, vivían encerrados en una misma habitación y continuamente sobresaltados entre aquellas sombrías murallas, oyendo a la parte de afuera el ruido de las armas de los centinelas y el griterío del populacho que pasaba por debajo de sus ventanas aclamando rey al traidor Ricardo. Acordábanse de su madre, y en todas sus oraciones rogaban a Dios que los reuniera con ella, creyendo que entre sus brazos estarían a cubierto de todo riesgo.
Aquella noche había sido grande su terror oyendo en la torre mayor más ruido de armas que nunca, el paso de los centinelas que se renovaban y el rechinar de los cerrojos que se corrían, mezclado con el murmullo de conversaciones misteriosas. Hicieron juntos sus oraciones delante de un crucifijo, y llenos de temor y espanto se acostaron estrechamente abrazados. Con sigiloso paso entraron a media noche los tres asesinos y los encontraron durmiendo.
Sin que su inocente sueño les moviera a piedad, aquellos tres miserables acercáronse a la cama, y con las mismas almohadas y la ropa que les cubría, los ahogaron en el lecho. Aquellos inocentes niños, que se habían dormido pensando en su madre, fueron a despertar en el cielo delante del trono de Dios, que debió acogerlos con una sonrisa de inefable bondad.
Sus cuerpos fueron arrastrados fuera de la habitación y presentados al infame Tyrrel, que mandó abrir un profundo hoyo al pie de la escalera, y allí los hizo enterrar, cubriendo después la sepultura con un montón de piedras. Pasados pocos años, aquel miserable —181→ asesino expió su delito en el patíbulo.
Por lo que hace al rey Ricardo, no disfrutó más que dos años el fruto de su espantoso crimen. El duque de Richmond, casado con la princesa Isabel, hermana de los pobres niños tan bárbaramente asesinados, levantó un ejército contra el usurpador Ricardo, que se había hecho odioso a toda la nación por sus crueldades y tiranías. Diose una terrible batalla, en la cual fueron vencidas las tropas de Ricardo, y este pereció en lo más reñido de la pelea, expiando sus horribles iniquidades; que nunca consiente Dios que las maldades del hombre perverso queden impunes y no reciban un ejemplar castigo.
PEDRO DOMINGO MONTES.
Ya que tenéis, mis queridos niños, una noción de los tres astros más importantes para nosotros, voy a explicaros hoy cierto fenómeno que resulta de sus respectivas posiciones, y que muchos conoceréis, aunque sólo sea de nombre: los eclipses.
Os dije en la lección anterior que la primera fase de la Luna, o sea la llamada novilunio, tenía lugar cuando nuestro satélite se encontraba entre el Sol y la Tierra, en cuyo caso, iluminándola aquel astro por su mitad oculta a nosotros, no la veíamos. El Sol, sin embargo, no está casi nunca rigurosamente detrás de la Luna, sino más o menos bajo que ella, con relación a la Tierra; esto es, que los tres astros se hallan rara vez en una misma línea recta; pero las pocas veces que esto sucede, la Luna, como cuerpo opaco que es, nos priva de toda o parte de la vista del Sol, a la manera que una pantalla colocada delante de una lámpara encendida no deja llegar a nuestros ojos la luz.
Pues bien: cuando esto sucede, se dice que hay eclipse de Sol; y se llama total, si la Luna nos le oculta por completo; anular, cuando nuestro satélite aparece a nuestros ojos como en el centro del disco solar, permitiéndonos ver a modo de un anillo luminoso, y parcial cuando sólo nos oculta una parte.
Os dije también que en el plenilunio, la Tierra se hallaba entre el Sol y la Luna, pero raras veces también están los tres astros en una misma línea recta, y cuando llegan a colocarse así, la Tierra produce sombra sobre la Luna, privándola, por consiguiente, de la luz solar y haciéndola sufrir un eclipse de —182→ Sol, que para nosotros es de Luna, y el cual puede también ser total o parcial.
Un ejemplo os dará idea de lo que es un eclipse, si aún no lo habéis comprendido. Colocad una bola, pelota o naranja a la luz de una bujía, y observaréis que la mitad de la bola está en oscuridad, y que además produce su sombra sobre el pavimento o la pared del cuarto, según la hayáis colocado. Si en esta sombra colocáis otra bola, veréis que no la ilumina la luz de la bujía, sino la que la reflejan el techo, las paredes o los demás objetos del cuarto; de modo que si no hubiera esta reflexión, no se la vería.
Haced ahora que esta segunda bola salga un poco de la sombra, aunque no por completo; es decir, que la primera permita que lleguen a la otra algunos rayos de luz, y tendréis parte de su superficie iluminada y parte en sombra, y si seguís moviendo despacio la segunda bola, veréis cómo va corriendo la sombra de la primera por su superficie, hasta salir de ella y quedar por completo iluminada.
Haciendo ahora la aplicación, considerad que la bujía es el Sol, la primera bola la Luna y la segunda la Tierra, y os formaréis idea de lo que es un eclipse de Sol.
Cambiad ahora los nombres a las dos últimas bolas; es decir, la que antes llamabais Tierra, llamadla ahora Luna, y al contrario, y tendréis verificado el eclipse de Luna.
La causa de no haber eclipse siempre que la Luna pasa entre el Sol y la Tierra, o cuando esta se halla entre el Sol y su satélite, consiste en que el plano en que gira la Luna alrededor de nuestro globo oscila, y no es siempre aquel en cuya prolongación está el Sol, y de aquí el que los eclipses sean tan varios en el número y duración, si bien no puede haber menos de dos por año, ni más de siete, y en el caso de haber sólo dos, estos son de Luna.
Tal vez os acometa la duda de cómo puede ocultar la Luna al Sol, siendo este mucho mayor que aquella, pero desaparecerá si consideráis que está mucho más cerca de nosotros. Menor es una nube, y tapa, no sólo el Sol, sino gran parte del firmamento. Otras veces, sin embargo, y por efecto de las posiciones relativas de los tres astros, la Luna aparece de menor magnitud que el Sol, y no pudiendo cubrirle por completo, deja alrededor de sí un anillo luminoso, produciéndose el eclipse anular de que ya os he hablado.
Creo que habréis comprendido lo que es un eclipse, y por lo tanto vamos a considerar ahora el eclipse de Sol.

En la figura representamos al Sol por el círculo dentro del cual está la letra S., a la Tierra por T., siendo a b un trozo de su órbita o camino que recorre alrededor del Sol, y L. es la Luna, colocada, como antes dije, entre el Sol y nuestro globo. Las líneas de puntos marcan la dirección de los rayos del Sol, y por ellas veis que en el espacio c d quedan interceptados por la Luna estos rayos solares, produciéndose un eclipse parcial, puesto que no dejan de verse todos los rayos, para unos puntos, pero total para el centro e, donde no se ve nada del Sol. Como antes os he dicho, moviéndose la Luna, muévese también su sombra sobre la superficie terrestre, pero como no pasa esta sombra por todos los puntos de la Tierra, no todos sus habitantes ven el eclipse de Sol, y aun de los que le ven, no para todos es total.
Y esto lo comprenderéis mejor con otro ejemplo. Si observáis el campo en uno de esos días en que pequeñas nubecillas vagan por el cielo empujadas por el viento, veréis que, al pasar alguna de ellas por la línea recta que de vosotros va al Sol, os intercepta su luz y quedáis en sombra, al paso que veis el resto de la campiña iluminada por la luz solar, salvo en los puntos en que otras nubes la ocultan. Sigue moviéndose la nube, y veis cómo su sombra se mueve también sobre el suelo, os abandona, y va a cubrir a otro observador colocado en otro punto. Pues esto es lo que pasa en los eclipses de Sol, si consideráis a la Luna en vez de la nube.
No así en el eclipse de Luna, que es visto de todos los que tienen dicho astro sobre su horizonte y en el mismo tiempo, propiedad que distingue esencialmente a ambos eclipses.

Si, como antes, representamos por S. al Sol, por T. a la Tierra y por L. a la Luna, observaréis que, según indican las líneas de puntos que marcan también aquí la dirección de los rayos solares, la Tierra arroja detrás de sí su sombra, que es absoluta en la parte f g., y no completa en la que dejan entre sí las líneas c e, c f, d g, y d h, en las que, si bien no llegan todos los rayos del Sol, llegan algunos, como podéis ver observando la figura, lo cual se llama penumbra, que quiere decir casi sombra.
Ahora bien: en cuanto la Luna entra en la línea c e, suponiendo que se mueve de arriba abajo, se hallará alumbrada débilmente, y por eso se ve —184→ su luz algo oscurecida, o como a través de una niebla, antes de empezar el eclipse, y después de terminado. Al pasar por la línea c f, entra en la sombra, la cual se ve avanzar por su superficie, hasta invadirla por completo, si el eclipse es total, en cuyo caso no se la pierde del todo de vista, sino que se percibe su disco débilmente iluminado por la refracción de los rayos solares.
De lo dicho se desprende que lo que para la Tierra es eclipse de Sol, es para la Luna de Tierra, y el eclipse que nosotros llamamos de Luna, le llamarán los habitantes de nuestro satélite, si los hay, de Sol.
Estos fenómenos tienen la particularidad admirable de repetirse casi del mismo modo al cabo de un período de diez y ocho años y diez días, período conocido de los antiguos, llamado por los griegos Ciclo de Metón, y del cual se sirven también los chinos para predecir sus eclipses.
Por consiguiente, por medio de tablas astronómicas, fruto del continuado estudio de los hombres, se prevé cuándo se verificarán los eclipses, precisando la hora y duración de una manera matemática.
Así se ha calculado que el 19 de Agosto de 1887 habrá eclipse total de Sol para una parte de Alemania y Rusia y el Asia Central; el 9 del mismo mes del año 1896 habrá otro de igual clase, visible en la Siberia, Laponia y Groenlandia, y, por último, en 28 de Mayo de 1900 podrán ver, los que entonces vivan en los Estados Unidos, España, Argelia y Egipto, que la Luna les oculta por completo el disco del Sol.
Y no sólo a un magnífico espectáculo se prestan los eclipses de Sol, sino que en ellos se estudian diversas particularidades, referentes a los astros que producen dicho fenómeno, no siendo la menor la relativa a las manchas y protuberancias solares.
Esto os enseñará que el hombre aplicado y estudioso halla en todo motivo para profundizar en la ciencia, aun en aquellas cosas que para otros muchos, si no pasan desapercibidas, sirven solamente de pasatiempo, y que así no debe nunca desperdiciarse ocasión alguna en que pueda avanzarse en el estudio, ni mirar ningún objeto solamente con los ojos materiales, sin profundizar su esencia y las consecuencias a que un atento examen puede conducirnos.
Ya habéis visto qué causa tan natural es la que produce los eclipses, y habréis también oído muchas veces cuánto temor en el vulgo suele acompañar a estos fenómenos, producido por la ignorancia y la superstición; pero vosotros, queridos niños, instruidos ya sobre la causa de los eclipses, no sólo no daréis oído a las patrañas, augurios y consejas que quieran inculcaros, sino que debéis procurar desvanecerlas de la inteligencia de las personas que os las digan, explicándolas sencillamente lo que es un eclipse.
Y no es extraño que para la gente ignorante haya una causa de admiración y temor en un eclipse, fenómeno para ellos inexplicable.
La luz del día pierde de pronto su fuerza, se debilita, disminuye, desaparece sin que las nubes sean las que cubran el Sol; percíbese el fulgor de las estrellas; los pájaros se acurrucan en sus nidos; los animales tiemblan; la naturaleza entera se consterna.
—185→Por corto que sea el tiempo que esto dure, no deja de producir en el ánimo un indefinible sentimiento que eleva el alma y nos hace meditar en la grandeza de Dios.
La historia se encuentra llena de episodios que demuestran los temores causados por los eclipses, de los que también los hombres superiores han sacado a veces partido para atemorizar al pueblo y conducirle según sus deseos.
Por último, en China se verifican curiosas ceremonias cuando acaece uno de estos fenómenos, que no os describo por no alargar demasiado este artículo.
Todo lo cual indica que, acostumbrados como estamos al orden admirable de la naturaleza, todo aquello que parece trastorno nos conmueve; y he dicho lo que parece, porque los eclipses no son trastornos, pues sus causas son naturales y sencillas, y se sujetan a leyes que se repiten periódicamente.
Entran, pues, en el orden admirable del universo, forman parte del concierto armónico que su Creador dirige, y son, en cuanto a nosotros toca, una enseñanza provechosa y un magnífico espectáculo.
ENRIQUE MARÍA REPULLÉS.
Había amanecido ya.
Toda la fuerza de chapelgorris, en traje de marcha, formaba, en una explanada pequeña, el cuadro fatal, dentro del que había de ser ejecutado Pedro algunos minutos más tarde; y aunque aquel imponente aparato oprimió el pecho de la desconsolada Marina, y aunque vacilaron sus rodillas y faltó poco para que cayese desplomada, no se arredró ni se detuvo.
Con los brazos extendidos, llorosos los ojos, entreabierta la seca boca, y descompuesta la cabellera, llegaba, a la sazón que su hermano, rodeado de gente armada y acompañado de un venerable sacerdote, iba a entrar en el cuadro.
El valeroso joven llevaba vendado un brazo, que suspendía un pañuelo de color.
Al verle, un grito desgarrador se escapó del seno de aquella tiernísima hermana; y Pedro, que hasta entonces marchaba con paso firme y rostro sereno, escuchando las piadosas exhortaciones de su confesor, alzó la mirada, apartándola de la santa imagen que contritamente llevaba estrechada entre sus manos.
Al descubrir a la afligida niña, —186→ exhaló una exclamación, que era una inmensidad de cariño; y, palideciendo por primera vez, dos lágrimas asomaron a sus ojos.
¡Cuántas cosas decían aquellas dos lágrimas surcando el rostro de un mancebo que iba a morir cuando apenas contaba veintiún años!
Marina intentó salvar las hileras de soldados para arrojarse en brazos de Pedro.
Mas una mano ruda la obligó a retirarse.
Entonces fijó su vista en el joven capitán que mandaba el piquete que conducía a su hermano al suplicio, y un rayo de esperanza se reflejó en su semblante.
-¡Señor! -gritó corriendo hacia él con los brazos extendidos.
Y arrojándose a sus pies, le abrazó las piernas, derramando un mar de lágrimas.
Quedó sorprendido un instante el capitán; mas luego preguntó entre conmovido y confuso:
-¿Qué pretendes de mí, pobre niña?
-¡Reconocedme, por Dios! -exclamó Marina con la expresión más insinuante.
Entonces la miró con atención el militar, y palideció a su vez, y se contrajo violentamente su rostro.
Había reconocido a su salvadora enfermera, y comprendió cuanto en aquella ocasión sucedía.
-¿Qué quieres? -la interrogó, sin embargo, con agitación-; habla, di... ¡pronto!...
-Salvadle... que es mi hermano...
-¡Gran Dios! -murmuró el capitán temblando.
Mas no tardó en tomar una resolución.
Y dirigiéndose al benemérito brigadier guipuzcoano D. Gaspar Jáuregui, que mandaba aquella columna, y que, seguido de su estado mayor, llegaba en aquel momento al cuadro para presenciar la ejecución y partir de seguida de aquellos sitios, se acercó a él y le habló así con voz entrecortada:
-Mi brigadier: V. S. me dispensó ayer en el campo de batalla la honra de poner sobre mis hombros estas dos charreteras.
-Cierto -respondió el brigadier.
-Pues bien: os suplico, en primer lugar, que deis orden para que se suspenda un instante esa ejecución.
Pedro estaba ya dentro del cuadro y se destacaban los ocho soldados que habían de arrancarle la existencia.
Jáuregui hizo una señal, y la ejecución se suspendió.
¡Qué angustia la de Pedro!
¡Qué angustia la de Marina!
El capitán prosiguió de este modo:
-Ese reo, cuando aún estaba él en su caserío, me salvó la vida, guiado por sus instintos caritativos; en su casa es donde me cuidaron como sabéis... Les debo la vida... les amo profundamente; tengo jurado velar por él...
-¿Y bien? -preguntó el brigadier con calma.
-Arrancadme estas charreteras, fusiladme, si queréis, en su lugar; pero indultadle, mi brigadier -dijo con vehemencia el joven militar.
Arrugose el entrecejo del aguerrido jefe, y guardó silencio durante algunos segundos. Mas habló luego, y dijo:
-Sé que todos tus compañeros están disgustados porque no fui ayer bastante justo, ya que no generoso, contigo, pues tu comportamiento merecía mucho más que lo que te concedí. Te —187→ otorgo, pues, el indulto que me pides, y en la orden del día se explicará el por qué.
-Gracias, mi brigadier -fue la contestación del capitán, cuyos ojos se arrasaron de lágrimas.
¿Quién sería capaz de describir la loca alegría, el gozo sin límites que embargó a los tres personajes que nos ocupan cuando se les hizo saber a Marina y Pedro que se había obtenido el perdón?
Unidos en estrecho abrazo lloraban los tres, no obstante, porque la alegría tiene también sus lágrimas.
Pedro había sido indultado, y el chapelgorri había devuelto bien por bien.
El día 31 de Agosto de 1839 tuvo lugar uno de los sucesos más faustos que registra la historia de España.
En los campos de Vergara se afirmaba la deseada paz, y se daba fin y término a la más terrible de las luchas fratricidas.
Entre los regimientos carlistas que allí se hallaron presentes, contábase uno de los más distinguidos; y a la cabeza de la primera compañía de granaderos formaba un capitán de arrogante aspecto e intrépido continente.
Aquel capitán era Pedro.
De las filas del ejército liberal salió otro joven de gentil y elegante apostura, en cuyas bocamangas lucían los galones de teniente coronel.
Ambos valientes se abrazaron con efusión.
Ocho días después, tanto el uno como el otro eran simples paisanos: que ambos, tras de servir heroicamente a la causa que creyeron justa, renunciaron al premio que sus merecimientos alcanzaran.
Y cuando habría pasado apenas un mes, salía del hogar paterno D. Martín de Iturza con el sensato fin de girar una visita a todas las fincas pertenecientes a su padre, rico mayorazgo y vecino de San Sebastián.
Entre ellas se contaba la casería de Ibinaga, de la que le era desconocido hasta el nombre, por haber sido aquel joven educado desde niño en varios colegios de Francia, alejado de su familia.
Mas cuando, conducido por un guía o peatón, se acercó a aquella tranquila morada, sintió una emoción profunda; y cuando entró en las habitaciones estrechando en sus brazos con cariño a aquellos honrados colonos, se sentía trasportado por la felicidad.
D. Martín de Iturza era el chapelgorri herido.
Aquel hombre no olvidaba los beneficios que recibió de los que, siendo enemigos, se condujeron como honrados y amigos.
Y aunque él había devuelto a Pedro vida por vida, quiso hacer su esposa de la bella y gentil Marina, y compartir sus bienes con ella; y he ahí cómo la niña de Ibinaga, la pobre caserita, es hoy una de las damas principales y más respetadas de San Sebastián.
Porque habéis de saber, hijos míos, que los nobles sentimientos y las buenas acciones obtienen su galardón en esta y en la otra vida.
PÉREZ DE LIÉBANA.
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ANTONIO ARNAO.
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«Dejad que a mí los niños se aproximen...».