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Al rasgarse por la Historia el velo que nos oculta los tiempos primitivos, apenas puede rastrearse el origen de algunas de las poblaciones más antiguas de España. Asoman indicios, y nada más que indicios, para suponer que los pueblos de quienes al parecer descienden los actuales vascos llegaron a los quebrados territorios que forman hoy las Provincias Vascongadas y se establecieron en la Hispania. Presumible es que estos pueblos pertenecieron a la casta indo-escita, que, en épocas remotísimas, derramó sus tribus por el Occidente de Europa. Antes o después, porque para tan lóbregos y remotos tiempos todo son conjeturas, derramáronse también por las vertientes hispánicas otros pueblos, los gaelos, y más o menos unidas o mezcladas estas razas con las más antiguas halladas en el país, formaron una población distribuida en grandes agrupaciones. Los vascos o vascones ocuparon principalmente el Norte de España; los galos o celtas, entonces o bastante después, según quieren otros historiadores, se confundieron con los pueblos que hallaron ya avecindados junto a un río, al que llamaron Iber, y recibiendo los pueblos de sus orillas el nombre de íberos, de su mezcla resultaron —93→ los celtíberos, que ocupaban el Oeste, el centro y parte del Sur de la Península.
Divididos estos pueblos en una infinidad de tribus, sufrieron también sus emigraciones y sus revoluciones, tuvieron, en una palabra, su historia; pero es tan poco lo que de ellos se sabe, que apenas pueden fijarse sus usos y costumbres. Su carácter era independiente y guerrero; los del interior tenían escasas relaciones con los del litoral de los mares, y los de las regiones montañosas rara vez bajaban a alternar ni comerciar con los de las llanuras. La generalidad de estas tribus estaban diseminadas en aldeas, no existían ciudades populosas ni capitales, y lo que menos sabían hacer era aliarse unos con otros. Pero ¡qué tiene de extraño fuesen tan rudas y agrestes sus costumbres, si sus tipos, sus idiomas y procedencias eran tan diversas, y la generalidad apenas poseía gérmenes de civilización alguna!
Las poblaciones hispanas de tan remotos siglos apenas se ven citadas en los antiguos autores griegos y latinos, que se excusan de hacerlo porque dicen que sus nombres eran tan bárbaros que no podían pronunciarse. El poeta español Marcial se burlaba de esta delicadeza romana, y decía en sus epigramas que también tenían en Italia nombres rústicos. Estrabón no quiere citar más que unos cuantos, y Plinio únicamente indica aquellos cuya pronunciación no difiere mucho de la latina. Pero fueren aborígenes, escíticos o célticos, o unos y otros revueltos con fenicios, con tirrenos o etruscos, sardos o ligures, que en alguna expedición marítima hubieren arribado a sus costas, nos es preciso, por bárbaros que sean los nombres de la mayor parte de los primitivos pueblos de Hispania, indicar su posición y recordar el aspecto bajo el cual los vieron los antiguos, es decir, los griegos y romanos, que fueron los pueblos civilizados de la antigüedad que visitaron antes que otros la Península. Sin embargo, si para ocuparse de los habitantes encontraban reparos los escritores de aquellos tiempos, en cambio todos ponderan la fertilidad de España, con escasas excepciones.
De su parte septentrional, limitada por el Océano, dice Estrabón que es fría en extremo, que presenta un terreno áspero, y que no tiene comunicación con otros países (como que la circunda el mar, y no había entonces por aquel lado navegación); pero de su parte meridional aseguraba que era un país muy pingüe. No era, con todo, tan ingrata la parte de España que el geógrafo Estrabón con escasas noticias describía, pues, según Plinio, crecían allí en abundancia la haya, el roble, el acebo, el laurel silvestre, el abedul blanco y varias especies de encinas. Los pastos de sus montes criaban numerosos rebaños de ganado vacuno y de cerda; las medallas celtíberas tienen grabadas figuras de jabalí, de toro y de caballo, como tipo de estas especies que tanto abundaban; Posidonio comparaba los caballos de los celtíberos con los de los partos, por la velocidad y ligereza de su carrera; y los caballos asturianos, aunque de corta alzada, eran entonces los más ágiles y hermosos que se conocían, siendo tan famosos entre los romanos, que daban el nombre de asturcones a todos sus caballos de mucho precio. Igualmente famosos eran los caballos —94→ de la Lusitania y de la Galicia, retozando por frondosas selvas los gamos y caballos silvestres, cubriendo la mayor parte de lagos las aves acuáticas, los cisnes y avutardas. Herodoto y Diodoro Sículo ponderan la abundancia de minerales. El oro, la plata, el cobre y el hierro, se criaban en grande abundancia. No sólo se extraía el oro de las minas, sino de las arenas de los ríos, siendo muy común en el Duero y en el Mondego, pero sobre todo en el Tajo, al que llamaban río de oro, Tajo dorado, Tajo opulento. Según Avieno, tanto relucía el estaño que se veía en ciertas montañas, que parecían de plata, y aun así llegó a llamarse montaña de plata la parte de la Orospeda, hoy sierra de Cazorla, donde nacía el Betis. En otros montes abundaban los jaspes, ágatas, granates y cornalinas, los rubíes, los zafiros blancos, esmeraldas, jacintos y otras piedras preciosas. La ciudad de Zamora, que en lengua arábiga significa turquesa, debe su nombre a la abundancia de estas piedras preciosas que se recogían en sus campos.
Mas no eran sólo estas y otras producciones minerales las que comenzaron a llamar la atención de los pueblos de la antigüedad hacia nuestra patria afortunada. Producíanse en ella las más útiles tinturas, cosechábase en abundancia la cera y la miel, el olivo, la vid y la higuera, brindaban doquier con sus riquísimos frutos; los cereales de todas las clases entonces conocidas eran inmejorables, y, en fin, obtenían una gran importancia comercial las hermosas lanas de los numerosos rebaños hispánicos. En especial era tan apetecida por todo el Occidente la lana de ciertas ovejas negras que los romanos apellidaban color hispánico al pardo de estas lanas propias de la Hispania, y llega a asegurar Estrabón que por un morueco de casta española se daba en su tiempo un talento, moneda equivalente a unos veinte mil reales.
En medio, pues, de tanta fertilidad, riqueza y abundancia, vivían aquellos pueblos primitivos, considerados por los romanos como bárbaros, y cuyos nombres apenas se conocían. Según Plinio, en la sola Lusitania había más de cuarenta y cinco, y Estrabón refiere que entre el Miño y el Tajo había más de cincuenta, pero estos ya eran subdivisiones de las principales tribus. Entre los pueblos más notables de tan remota época, merecen citarse unos veinte, a saber: los cántabros, los astures, los galecos, los lusitanos, los vacceos, los celtíberos, los oretanos, los carpetanos, los turdetanos, los bastetanos, los contestanos, los laletanos, los indigetes, los ausetanos, los ilergetes, los ilercaones, los cosetanos, los éuscaros o vascones y los baleáricos. Procuraremos retratar las costumbres de unos pueblos tan poco conocidos como distantes de nuestros tiempos.
Los vacceos, que ocupaban las tierras situadas al Norte del Duero, a pesar de que tenían algunas poblaciones, conservaron en España durante muchos siglos las costumbres de su vida errante. Sus pueblos principales eran Arbocala, Helmántica, Viminiaco, Desóbriga, Lacóbriga y Brigecio. Guardaban los granos en trojes subterráneas que llamaban siros, de donde deriva la palabra aún hoy en uso silo, y en ellas podían conservar el trigo por muchos años sin malearse. Esta —95→ costumbre, según Columela, Diodoro Sículo, Varrón y Tácito, era común a muchos pueblos, y especialmente a los que durante largos años habían sido guerreros y errantes. Los vacceos tenían ambos instintos, eran batalladores y labriegos. No vacilaron en presentarse en las guerras de los pueblos aborígenes contra los romanos, para defender su independencia. Por lo demás, mudaban anualmente de tierras en la región que ocupaban al Norte del Duero, habitando cada año diversas comarcas, beneficiando los campos y distribuyéndose entre sí sus producciones con tal esmero, que si alguien se apropiaba algo que no le correspondiese era castigado de muerte.
Los carpetanos, llamados también por Tito Livio carpesanos y carpesios, vivían en el centro de Hispania, ocupando poco más o menos las actuales provincias de Madrid, Toledo y Segovia. Parece que su pueblo principal era Toletum (Toledo) encaramado en una prominencia sobre el río Tajo, con costumbres labriegas tan sencillas, que al hablarnos Plutarco, en la Vida de Sertorio, de los caracitanos, montañeses que no conocían ciudades ni aldeas, y que no venían a ser más que una subdivisión de los carpetanos, dice que vivían al Norte del Tajo en una colina bastante extensa, en cuevas encaradas al Norte.
Tenían los carpetanos una población llamada Mantua, cuya situación es para algunos historiadores desconocida, así como otros quieren que aquella pequeña aldea haya sido en tan remotos tiempos el embrión de la moderna corte de España. Rodeada de bosques cubiertos de pinos y madroños, asediada por los osos que abundaban entre sus malezas, casi sin vías de comunicación, desconocida y aislada, con un modesto riachuelo al pie, que debía ser con el tiempo el célebre Manzanares, la Mantua carpetana no fue desairada, según algunos, andando los siglos, de los árabes que dominaron nuestro suelo; y de insignificante pueblo de moros, viose con el tiempo convertida en corte de los monarcas de la casa de Austria y de Borbón, en capital y metrópoli de las Españas. No todos aceptan esta tradición, pero es indudable que, en siglos posteriores, el pendón madrileño, con el oso y el madroño por escudo, ondeó al viento en cuantas partes alcanzaban victorias las huestes españolas, compuestas de lo más florido de las poblaciones de la Península. ¡Cuán cierto es que el origen de las capitales más famosas ha sido generalmente muy modesto y casi desconocido! ¡Cuán fácil es también que las más célebres y grandiosas capitales desaparezcan de sobre la haz de la tierra, ora al impulso de los vaivenes políticos, ora en lo imprevisto de los cataclismos geológicos o industriales!
Más hacia el Sur, desde el cabo de Trafalgar, en la entrada occidental del Estrecho llamado ahora de Gibraltar, se extendían los bastetanos o bástulos, que Estrabón considera como el mismo pueblo, pero que Tolomeo distingue, dando el nombre de bastetanos a los pueblos que ocupaban la parte oriental de aquel territorio, y el de bástulos a los de la parte contigua al Estrecho. Extendíanse, pues, por un lado hasta los límites orientales de la Bética, y por el Nordeste, tierra adentro, confinaban con los oloaces, que habitaban la parte superior del reino —96→ llamado en épocas posteriores de Murcia. Dábase además otra denominación a los bastetanos, a saber, la de phenos, porque habían emparentado con atrevidos navegantes fenicios. En el territorio de los bástulo-fenos era donde se encumbraba, a la entrada oriental del Estrecho, el famoso monte Calpe, una de las columnas de Hércules.
FLORENCIO JANER.
(Se continuará.)

Es lamentable que la digna mamá tenga que recurrir a ese expediente del azotito, pero, señores, han de saber Vds. que esa niña tiene empeño en no acostarse hasta muy tarde, porque le gusta oír las conversaciones de sus padres, y de todo se quiere enterar, y muchas veces también mete ella inoportunamente su cucharada. ¿Y qué sucede? Que si se acuesta tarde, se levanta por la mañana muy tarde, y le cuesta llanto, y acaso otro azotito.
Por eso dijo un autor, que se quedó calvo a fuerza de pensar en el asunto, que los niños desde pequeñitos deben ser obedientes a sus padres, con lo cual se evitan muchos azotitos cuando niños, y cuando son grandes, pesares y disgustos, de peores consecuencias que los azotitos.
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El talento no es patrimonio de ninguna clase, y lejos de caminar a la par de la riqueza, su celeste aureola ilumina con frecuencia frentes azotadas, encanecidas en la lucha de la inteligencia contra el idiotismo.
Genios hay que tienen ab-initio conciencia de lo que son y de lo que valen, y luchan sin descanso hasta ocupar el lugar que les corresponde en la sociedad, que los rechaza sin comprenderlos.
Otros, por el contrario, almas buenas, sencillas e ignorantes de su propio mérito, pasan desapercibidos, hasta que los lazos de la inteligencia hallan la perla escondida en su grosera concha, y la sacan a luz, haciéndola con frecuencia pasar desde el solitario fondo de los mares a la deslumbrante diadema de los reyes.
Voy, pues, a presentar un ejemplo de esos genios ocultos entre las tinieblas del olvido, y que deben su esplendor a una circunstancia de las más triviales de la vida.
Hace muy pocos años que los madrugadores encontraban todas las mañanas en la carrera de San Jerónimo a un pobre y desarrapado granuja, como de doce a trece años, que llevando en su mano derecha un hornillo-cafetera, y en la otra una cestilla de mimbre llena de vasos de vidrio verdoso, y no muy limpios, gritaba con toda la fuerza de sus pulmones:
-¡Café!... ¡Café!
Y cada vez que un soldado, un aguador o algún muchachuelo de los que se paran desde el amanecer en las esquinas de las Cuatro Calles le detenía en su camino y le alargaba cuatro maravedises en cambio de una taza de aquella refrigerante mercancía, el rostro del granuja brillaba con una vivísima expresión de contento, y sus encendidos —98→ labios se entreabrían con una sonrisa de felicidad que no se avenía muy bien con sus pies descalzos y callosos, ni con los miserables harapos que dejaban casi desnuda su morena espalda, caldeada ya por el sol y curtida por la intemperie.
El vendedor de café vendía y gritaba a más y mejor, hasta que los comerciantes de la Carrera abrían sus comercios; pero desde aquella hora, todas sus facultades se reconcentraban en uno de los escaparates de un magnífico almacén, que parecía tener el poder de magnetizarle hasta el punto de olvidarse casi por completo de lo que constituía en este mundo su humilde modo de ser.
Los diamantes, las pedrerías, las deslumbradoras maravillas de la bisutería, todo pasaba desapercibido a sus ojos, que permanecían fijos hora tras hora en los cristales de aquel escaparate que ostentaba figuras de mármol o de bronce, brillando entonces en sus pupilas un rayo incandescente, puro, celeste, como los que iluminan las flamígeras alas de los querubes que circundan el trono de Dios.
Y todas las mañanas el vendedor de café venía infaliblemente a fijarse ante las esculturas, devorando con sus miradas una hermosísima estatua de Gutenberg, cuya vista parecía sumirle en una especie de dulce catalepsia.
A las mismas horas que nuestro héroe paseaba la Carrera de San Jerónimo, cruzábala también diariamente un caballero como de cuarenta años, que había contraído la costumbre de recorrer diez o doce veces en un paseo matinal el espacio que medía entre la Puerta del Sol y el salón del Prado.
Aquel hombre, cuyas facciones expresaban un carácter dulce y caritativo, reparó un día y otro en la atención con que el vendedor ambulante contemplaba las esculturas, y punzado por una curiosidad irresistible, se decidió a inquirir la causa de aquella especie de cita.
-Amigo mío -le dijo familiarmente, apoyando una mano sobre la espalda-; mucho deben agradarte esas esculturas... ¿Vas a comprar alguna?
-No... señor... no puedo comprarlas, pero las admiro.
-Y de todas esas figuras, ¿cuál es la que te gusta más?
-Esa pequeña -respondió el niño sin vacilar, señalando la del inventor de la imprenta.
-¡Hola! -exclamó sorprendido el curioso-; no me parece que tienes mal gusto, porque es precisamente de puro mármol... ¿Lo sabías ya?
-¿Yo?, no, señor... ¡Pero son tan suaves esos pliegues! Y esa boca que parece que quiere hablarme... ¡Lástima que los brazos sean un poco largos!
El desconocido fijó entonces en el muchacho una mirada profunda, como si quisiese con ella penetrar al través de aquellos harapos que ocultaban a sus ojos un tesoro.
Acababa de comprender que tenía delante un artista.
-Amigo mío -le dijo, alargándole una tarjeta-; si quieres ganar dinero, vente mañana a mi casa y te daré quehacer para seis meses... No olvides que te aguardo a las ocho.
Al día siguiente, mucho antes de la hora prefijada, dirigiose el joven vendedor a la casa que indicaba la tarjeta, casa espléndida y situada en uno de los puntos más céntricos de la corte.
Después de haber confrontado más —99→ de veinte veces la tarjeta con el número de la casa, aventurose a tirar del cordón de la campanilla, recibiéndole un criado con la mayor urbanidad, y llevándole a través de un vestíbulo guarnecido de macetas y de suaves alfombras, hasta la habitación donde le esperaba su generoso protector.
El gabinete estaba rodeado de magníficas estatuas de los mejores maestros, y su dueño, que no era otro que el que había dado la cita al granujilla, se hallaba tranquilamente reclinado en una cómoda butaca de terciopelo azul, mirando a cada minuto al péndulo de bronce que tenía enfrente.
-Bien, muy bien -exclamó, señalando al aturdido joven una magnífica butaca-; siéntate, hijo mío, y escúchame con atención, porque de lo que voy a decirte depende tu fortuna.
El muchacho se sentó a medias en la butaca por miedo de mancharla, y abrió desmesuradamente los ojos, como para oír mejor.
-Soy escultor -añadió el caballero, sin separar la vista del pobre mercader ambulante-: el mundo ha colocado en mis sienes una corona de oro, y me ha dado lo que niega casi siempre a tantos otros, la fortuna.
»Ahora que mi vida será ya muy corta, quiero legar a uno de esos genios privilegiados que brotan de vez en cuando en nuestro globo los conocimientos adquiridos con el estudio y la vigilia.
»He seguido tus pasos, he gozado viendo tu entusiasmo artístico, y estoy seguro de hacer de ti un grande hombre. ¿Quieres ser escultor, hijo mío? ¿Quieres hacer figuritas como esa que tiene los brazos largos?
-¡Oh!, sí, señor, pero ¿quién se tomará el trabajo de enseñar a un pobre muchacho como yo?
-¿Y si hubiese alguno que se ofreciese a enseñarte, aceptarías?
-¡Ya lo creo!, ¡escultor!, ¡escultor!, ¿qué rey de la tierra podría entonces igualarse conmigo? Pero... -añadió ruborizándose y bajando los ojos-; mi oficio de vendedor ambulante, después de dos años me da ya bien o mal para vivir, y mi pobre madre no podría sostenerse mientras ya aprendiese a tallar las figuritas... no, no, señor... no puedo dedicarme a esa profesión... ¡es preciso que siga vendiendo café!
Y dos lágrimas se deslizaron por sus mejillas... eran acaso las primeras que había derramado en su vida.
-No, hijo mío -repitió enternecido el opulento artista-; el arte te reclama, y bendigo al cielo que me ha puesto en posición de sacarte de la oscuridad; yo me encargo de sosteneros a los dos mientras dure tu corto aprendizaje, porque te aplicarás mucho, ¿no es verdad?
-¡Ah, señor! -exclamó el niño con un entusiasmo que no podía esperarse de sus pocos años-; jamás hombre alguno ha trabajado en el mundo con la fe con que yo me consagro al arte divino que habéis llamado escultura... ¡Yo trabajaré, yo seré grande!, ¡grande y rico!, porque trabajando con fe se llega a la riqueza... ¡Gracias, señor, gracias! ¡Yo arrancaré al mundo el oro para mi madre, la gloria para mí!
Cuatro años después, el vendedor ambulante que había conquistado con su cincel un nombre esclarecido, se instalaba en una lindísima casa de la Carrera de San Jerónimo, la misma donde por vez primera había contemplado —100→ con tanto afán la estatua de Gutenberg. Su traje era elegante, sin afectación, sus modales finos, y en su frente, curtida en otro tiempo por el sol, brillaba el esplendente rayo de la gloria, realzado por la celeste aureola de que Dios circunda siempre las de los buenos hijos.
En un gran sillón de brazos veíase cómodamente recostada a una pobre anciana, que se acercaba al ocaso de su vida con la sonrisa en los labios y la alegría en el corazón.
El vendedor ambulante había visto realizadas todas sus esperanzas, había arrancado a la entusiasmada sociedad: «el oro para su madre, la gloria para él».
ROBUSTIANA ARMIÑO.
Era una hermosa tarde del mes de Mayo del año de 1834.
El sol, que iba a hundirse en el fresco seno del mar Cantábrico, despedía ya sus últimos rayos y teñía en rojiza luz las pintorescas y altas montañas de las Provincias Vascongadas, que, al mirarlas, vuelta la espalda a Occidente, parecían desvanecerse a virtud de la leve gasa que entre ellas y el espectador interponía una flotante neblina, harto común en aquel hermoso y húmedo país.
Las espesas y verdes arboledas, los bullentes arroyuelos, las graciosas caserías por todas partes desparramadas, y todo cuanto adornaba aquellos agradables sitios, hubiérase dicho que contribuía a darles majestad, paz y tranquilidad.
Y no obstante esto, hacía algún tiempo que se notaba en aquella honrada tierra un movimiento extraño y precursor de grandes desgracias; y los habitantes de aquellos modestos albergues abandonaban a sus familias, y las pobres madres se separaban de sus hijos, bañándolos en cariñosas y tristes lágrimas, y en donde crecía antes el lozano y limpio maíz principiaban a enseñorearse las perjudiciales yerbas: porque, sabido es que no hay más cruel enemigo de todo lo bueno que el azote de la humanidad llamado guerra, y la guerra había germinado y se extendía rápidamente en las Provincias Vascas.
Aquellos valientes arrojaban lejos de sí las agudas layas y el arado para empuñar un fusil, y abrazando una bandera, volaban a defenderla en la lucha fratricida que se había empeñado.

Y mientras los ancianos, ya conocedores de los males a que tan ocasionadas son las guerras, tomaban todo linaje —101→ —102→ de precauciones para salvar su corto caudal, apenas sentían aproximarse a sus viviendas alguno de los terribles lances que tan frecuentes fueron en aquella contienda gigantesca, los jóvenes, faltos de experiencia, ardían en deseos de participar de los peligros, o sonreían creyendo que solamente se trataba de un espectáculo nuevo y agradable.
He ahí por qué cuando el sol declinaba en la tarde del 28 de Mayo de 1834, en tanto que los ya escarmentados se apresuraban a recoger en sus caserías sus cabras o sus ovejuelas, estaba la gallarda Marina sentada en uno de los palos de cierto valladar, colocado a corta distancia de su casa, tranquila y alegre, a pesar de que llegaba a sus oídos confusamente el estruendo de un reñido combate en que jugaba la mortífera fusilería.
Aquella preciosa niña, de catorce años, habíase criado en medio de la feliz confianza del campo, y no podía formarse una idea, siquiera fuese inexacta, de los horrores de la devastadora guerra.
Así es que cuando percibió el ruido ocasionado por la carrera de un perrito, para ella bien conocido, que se llegó a su lado casi jadeante y con la lengua fuera, púsose la mano a la altura de las cejas y la extendió para que, sirviéndole a modo de visera, le ayudase a distinguir mirando en dirección a aquella parte en que el sol se iba a ocultar despidiendo sus oblicuos rayos.
Y miró efectivamente con la sonrisa de la dicha en los labios, y creyó descubrir que por una tortuosa senda subía un hombre que conducía sobre sus hombros una pesada carga.
Le pareció tan natural este suceso, que no experimentó inquietud alguna. Mas fue, sin embargo, apoderándose de su alma una singular curiosidad a medida que aquel hombre se acercaba; y cuando ya pudo ver bien lo que sobre sus hombros llevaba, toda su sangre afluyó a su cabeza y no pudo menos de exhalar un grito de sorpresa, espanto y dolor.
El que iba cargado era el hermano de Marina, y lo que llevaba sobre sus espaldas el cuerpo de un hombre joven y lívido como un cadáver.
-¡Pedro!... ¡Pedro!, ¿qué es eso?... -exclamó con voz balbuciente y encaminándose apresurada hacia ellos.
Mas su hermano la interrumpió con breve acento.
-A casa, a casa, Marina -le dijo-: salvemos la vida a este desgraciado...
Y la hermosa niña, que ya temblaba como la hoja en el árbol, no necesitó más espuela para correr a la casería y disponerse a preparar una cama para el que le había parecido a primera vista un difunto.
Pedro llegó un momento después, y ambos se entregaron con fervor a la práctica de aquella obra de caridad.
Y a ella se dedicaban afanosamente, cuando los dos hermanos suspendieron su piadosa tarea y se precipitaron a una ventana, como impelidos por una superior inspiración.
Creyeron oír a lo lejos el murmullo de alguna gente que se acercaba; y al mirar con ojos penetrantes, percibieron un tropel de hombres armados que se dirigían a la casería y que llevaban cubiertas sus cabezas con boinas blancas.
-¡Le buscan! -exclamó Pedro con temor.
—103→Y Marina preguntó sobresaltada.
-¿Para qué, hermano mío?
-Para darle muerte -murmuró el joven.
-¡Jesús! -gritó la niña.
Y deslizó por sus labios una breve plegaria a la Virgen Santísima.
Mientras tanto, Pedro había fijado la vista en el suelo y discurría un medio para salvar al perseguido.
-Sígueme, Marina -dijo casi en el mismo instante.
Y cargando de nuevo con el herido, le condujo a una pieza baja, en la cual había grandes montones de secos helechos, sobrantes del otoño anterior.
PÉREZ DE LIÉBANA.
(Se continuará.)
Si el Sol tanto nos ha interesado, si hemos visto que sin él no podríamos vivir, ¿cuánto no nos debe interesar este cuerpo que oprimimos bajo nuestros pies, que rueda conduciéndonos en el espacio, como vehículo gigantesco de una aérea expedición? ¡Cuánto no debemos desear conocerle en sí mismo y en sus relaciones con los demás cuerpos, que juntos constituyen el esplendente cuadro trazado por la mano del Omnipotente! Pues bien: qué es esta Tierra, de la que salimos, donde caminamos y a la que nuestro cuerpo ha de volver, cómo efectúa su movimiento y qué resultados produce, es lo que espero deciros hoy, si, como siempre, mis queridos niños, suspendiendo por un momento vuestros juegos, me prestáis benévola atención.
Como ya sabéis, no es la Tierra el primer planeta del sistema de que forma parte, ni por su proximidad al Sol, ni por su magnitud, y si me ocupo de ella antes que de los demás, es porque, siendo el que más de cerca nos toca, debe ser también el que más nos interese.
La Tierra, que, como todos los demás cuerpos celestes, está suspendida en el espacio, en su carrera alrededor del Sol traza una órbita elíptica que recorre en trescientos sesenta y cinco días y cuarto, y, como ya os he dicho, va acompañada en su carrera de un satélite, que es la Luna, que gira en redor de ella, y que será el asunto de la próxima lección.
La forma de nuestro planeta es, diciéndolo en términos científicos, la de un esferoide achatado por los polos, y como supongo que alguno de vosotros no me habrá entendido, os diré que para que lo comprendáis miréis la forma exterior de una naranja. Polos se llama a los puntos en que termina el eje imaginario sobre el que gira la —104→ Tierra, a la vez que se traslada en el espacio, y se cree que el aplastamiento de estas partes de su superficie es producido por esta misma rotación, y el haber estado la Tierra, en su principio, en un estado completo de fusión, el cual se conserva en su centro, siendo los volcanes como respiraderos del fuego interior, y presumiéndose que la parte sólida forma sólo una corteza de diez leguas de espesor que, comparada con el volumen total del planeta, hace que se le pueda comparar a un globo delgado de vidrio, de un metro de diámetro y lleno de metales derretidos.
He dicho antes que la Tierra es redonda, y aunque muchas pruebas se dan de este hecho, yo, por no fatigaros, sólo os indicaré dos o tres. Es la primera la curvatura de los mares, que se demuestra por la marcha de un buque, observada desde el puerto. Llegado el buque a la línea que separa el mar del cielo, y siguiendo en su marcha que le aleja de la tierra, el buque va desapareciendo por abajo, ocultándose primero su casco, luego sus velas, la cúspide de los mástiles después. Si el buque se acerca al puerto, se percibe primero el extremo de los mástiles, luego las velas parecen surgir de las aguas, y finalmente el casco.

Un fenómeno parecido se produce para el observador colocado sobre el buque, ocultándosele primero las costas bajas, luego los edificios, últimamente las torres, hecho que demuestra evidentemente la curvatura del mar.
Otra prueba es los viajes llamados de circunnavegación; un buque que parte de un punto hacia Occidente y camina siempre sin variar de dirección, vuelve al mismo punto por Oriente, después de haber dado vuelta a la Tierra. La sombra de este planeta sobre la Luna, en los eclipses de este astro, es circular, y, por último, la consideración de todos los demás astros que tienen esta forma, nos lleva por analogía a convenir que la Tierra debe también tenerla.
Vengamos ahora a su volumen y peso. Para formaros una idea del primero, figuraos un enorme dado que tuviera de lado un kilómetro, es decir, la longitud de la calle de Alcalá de Madrid; considerad cuán grande sería este dado; pues bien, para formar un —105→ volumen igual al de la Tierra, sería necesario amontonar mil millares de millones de dados como este.
Ya supondréis que no será pequeño el peso de estos millones de metros cúbicos de tierra y piedras, cuando veis todos los días que para mover una piedra de las que se usan en la construcción se necesitan tres o cuatro hombres, y máquinas, y aparatos; y efectivamente, es una cantidad tan respetable, como que para expresarla en kilogramos, cuyo valor sabéis que es próximamente de dos libras, se necesita un renglón de veinticinco cifras, siendo las cuatro primeras 5 8 7 5 y ceros las restantes.
Pero, me preguntaréis ahora: -¿Qué es la Tierra? ¿Qué materias la constituyen y cómo se han formado? -Difícil es, en verdad, daros una respuesta categórica. Los desgraciados que no creen en la Omnipotencia de la palabra divina; los infelices que no admiten que Dios, al crear la Tierra, como al crear todos los cuerpos celestes, lo hiciera imprimiéndoles leyes inmutables o fijándoles condiciones que aún tienen y tendrán, hasta que Él mismo pronuncie su sentencia de aniquilamiento, han discurrido y discurren largamente sobre el origen de esta masa que nos sostiene, sobre las transformaciones que suponen ha sufrido y sobre las que creen que ha de experimentar aún. Unos, como antes os he dicho, suponen que en un principio se componía de materias en fusión, que se han ido enfriando con el movimiento terrestre, y dando origen, por épocas, a las diversas clases de rocas y terrenos que constituyen la corteza de nuestro globo; otros creen que en su estado primitivo fue una masa líquida, que el tiempo ha ido endureciendo, y explican también por esta teoría los accidentes de su superficie. Opiniones son estas y otras, que admitirlas en absoluto es un acto de soberbia humana que el buen católico debe rechazar.
Complazcámonos, en buen hora, mis pequeños amigos, en el estudio, en el examen de los hechos, en la investigación de las causas posibles, pero no perdamos de vista el sublime hágase que en la creación pronunciara el que es causa de las causas, Hacedor supremo de todo lo creado; que la inteligencia humana tiene un límite que no nos es dado traspasar, y el intentar hacerlo, es querer igualarnos a Dios.
Nada, pues, podemos asegurar en absoluto sobre la marcha que llevó la Tierra en su formación, después de haber recibido de Dios el mandato de formarse, si bien parece más probable la primera de las dos opiniones expuestas, que es también la más generalmente admitida.
Pero, dejando a los sabios con sus debatidas opiniones, volvamos nosotros a la superficie de nuestro globo y consideremos que sus dos terceras partes son ocupadas por una gran masa líquida llamada mar, y el resto lo forman los continentes e islas habitadas por el hombre.
La descripción de la Tierra con relación a su formación constituye la ciencia llamada geología; la que describe la forma y extensión de sus mares y continentes, montes y ríos, y división civil, se llama geografía; y la que trata de sus tres reinos, animal, vegetal y mineral es la historia natural. No es, pues, de este lugar el entrar en estos detalles, que por otra parte, mucho —106→ mejor que yo pudiera hacerlo, lo hacen ilustrados autores en las columnas de este periódico; déjoselos, pues, y vuelvo a ocuparme de la Tierra, considerada sólo como cuerpo celeste.
Como ya os he dicho varias veces, la Tierra tiene dos movimientos, el de traslación alrededor del Sol y el de rotación sobre sí misma. El daros pruebas de estos movimientos, además de alargar mucho esta lección, nos haría internarnos en un campo en que tal vez me perdierais y en que os he prometido no entrar, sino acercarme a él. Básteos saber que está probado; y si os sorprende que somos nosotros los que giramos alrededor del Sol o no éste alrededor de la Tierra, como parece, considerad un momento lo que os ha sucedido, si habéis viajado, en un tren o embarcados en un buque; recordad que, aparte de la trepidación natural al movimiento, os parecía estar quietos y que los objetos que se hallaban fuera del vehículo que os conducía eran los que caminaban; pues, bien; esta ilusión óptica es la que se verifica en el movimiento de nuestro planeta.
Ahora bien, al girar la Tierra sobre sí misma, va presentando sucesivamente al Sol todos los puntos de su superficie, de lo que resulta, como os dije al hablar de los sistemas planetarios, que mientras unos están en la luz los opuestos están en la sombra, y de aquí la sucesión de los días y las noches.
He dicho antes que cada vuelta alrededor del Sol se verifica en trescientos sesenta y cinco días y un cuarto, y como los años comunes se cuentan de trescientos sesenta y cinco días solamente, resulta que cada cuatro años hay que añadir un día más al año y entonces se le llama bisiesto5.
La duración del día no es la misma en todas partes del mundo, pues hallándose el eje imaginario de la Tierra algo inclinado con relación a su órbita o camino que recorre, sucede que mientras en la mitad del año se presenta un polo hacia el Sol, el otro polo se halla en la oscuridad, resultando que en estos puntos, el año sólo tiene un día y una noche, cada uno de seis meses, y del polo al ecuador, que es la línea que divide a la superficie terrestre en dos partes iguales, a igual distancia de los polos, los días crecen y disminuyen con relación a la distancia del polo a que se hallan más próximos.
De lo dicho se desprende que en un momento dado no es la misma hora para todos los puntos de la superficie del globo, sino para todos los que estén bajo el mismo meridiano, es decir, en una línea, la más corta, que pase por los dos polos. En efecto, si para un punto dado se halla el Sol en medio de su carrera aparente, esto es, si son las doce día, para su antípoda, o sea para el que esté en el otro extremo de la línea recta que pase por el primero y el centro de la Tierra, serán las doce de la noche y los puntos de los hemisferios (mitades de la superficie terrestre) intermedios, tendrán horas intermedias, los de un lado, de la mañana; los del otro, de la tarde.
—107→
Del movimiento de la Tierra alrededor del Sol resulta también el fenómeno de las estaciones. Cuando este astro envía sus rayos a nuestro globo, con ninguna o poca inclinación, se siente calor, pero si sus rayos vienen a herirle de una manera oblicua o inclinada, el calor desaparece, aun cuando esté la Tierra más cerca del Sol, a la manera que si colocáis vuestra pequeña mano sobre una bujía encendida, tenéis que elevarla mucho para que su llama no os queme, mientras que por los lados podéis acercarla mucho impunemente. En el primer caso tenéis el verano, en el segundo el invierno, llamándose primavera y otoño las estaciones intermedias.
Dada la inclinación del eje de la Tierra con relación a su órbita, comprenderéis que, así como para unos puntos de su superficie son los días más largos y para los opuestos más cortos, así también mientras aquellos se hallen en pleno estío, estos tendrán por estación el invierno.
No terminaría pronto si hubiera de deciros todo cuanto decirse puede de este mundo que habitamos, pero esto sería abusar de vuestra paciencia, que será virtud de que no estaréis muy sobrados. Dejo, pues, para la lección en que trate de meteorología la explicación de esta capa gaseosa que rodea la Tierra, llamada atmósfera, y que es el aire que respiramos, y sin el cual no podríamos vivir, y termino esta rogándoos no olvidéis cuanto os he dicho hoy, que en verdad no es poco, con lo cual tendréis siempre motivo de alabar una vez más el poder de Dios, creador y sustentador del universo, y de bendecir incesantemente su admirable Providencia.
ENRIQUE MARÍA REPULLÉS.
—108→

Pocas cosas más útiles pueden comprar los padres a sus hijos.
Una alcancía no es un juguete, es más bien una lección provechosa que se da a los niños de un modo indirecto, por medio de un objeto de barro cocido.
Ella enseña a amar la economía desde los primeros años, mostrando prácticamente la conveniencia de no gastar —109→ sin orden ni concierto todo lo que se tiene.
Y la economía es una virtud tan necesaria a los pobres como a los ricos.
Estos reciben de sus padres cantidades mayores que aquellos. Y ¿qué placer no será el suyo cuando sólo con haberse privado de comer algunas golosinas, tal vez perjudiciales para la salud, puedan hacer a su mamá un bonito regalo el día de su santo, dar limosna a un pobre necesitado, o comprar un juguete que su papá les hubiera negado por demasiado costoso?
Y todos estos placeres aún serán mayores en los niños pobres, que, como tienen mayores privaciones, naturalmente han de tener más necesidad de economías para satisfacer alguna de sus pequeñas necesidades.
Para que se vea la importancia que puede llegar a tener ese objeto, que tal vez miramos con desdén, vamos a contar la historia de una alcancía.
Pepito era hijo de un albañil a quien una larga enfermedad había arrebatado a su esposa.
El padre de Pepito había consumido en médicos y botica sus escasos ahorros, y cuando enviudó se encontraba sin recursos, y hasta los muebles y ropas de su casa habían desaparecido.
Como era un hombre honrado y trabajador, el mismo día que acompañó al cementerio los restos de su esposa se dedicó a buscar trabajo.
No tardó en encontrarlo y a los pocos días ya se hallaba colocado en una obra, contento con su pequeño jornal, que le permitía atender a su manutención y a la de su hijo.
Pero el infeliz debía conocer por experiencia que una desgracia casi nunca viene sola. Poco más de dos semanas llevaba trabajando cuando se cayó de un andamio y fue trasladado al hospital, con pocas esperanzas de vida.
Nuestro amigo, porque Pepito, aunque de tan humilde extracción, merecía serlo de todos, se encontró a los trece años de edad solo en su casa, sin saber si su padre tardaría mucho tiempo en salir del hospital, o si tal vez saldría para el otro mundo, y sin contar para vivir más que con la caridad pública.
Pero Pepito era valiente; había aprendido de sus padres a ser virtuoso, y antes que pedir limosna, resolvió intentarlo todo.
El niño tenía una alcancía.
Ya se puede comprender que sus ahorros no serían grandes.
Su padre le daba alguna vez seis u ocho cuartos para comprar bollos, y él solía guardar la mitad.
El día que le ocurrió su desgracia, se acordó de la alcancía y se decidió a romperla.
Tenía en ella once reales.
Guardó en el bolsillo su pequeño capital, corrió al hospital a preguntar por su padre, a quien no le permitieron ver porque no era día de entrada pública, y se lanzó nuevamente a la calle, resuelto a luchar con la miseria y vencerla si era posible.
Él había oído decir que los vendedores de periódicos los compran por manos, que les cuestan una peseta, y como cada mano tiene veinticinco ejemplares, que importan cincuenta cuartos, ganan diez y seis en cada una que venden.
Este le pareció un negocio bastante lucrativo y, sobre todo, muy al alcance de su fortuna.
Destinó, pues, ocho reales para emprender sus operaciones, y con los tres —110→ restantes entró en un bodegón, donde por doce cuartos le dieron un cocido, si no muy delicado, al menos bastante abundante para restablecer sus fuerzas.
Luego de comer y como ya iba anocheciendo, se dirigió a la redacción de La Correspondencia, donde, no sin sufrir codazos y empellones de los que iban a ser sus colegas mercantiles, logró comprar dos manos del popular periódico.
Afortunadamente para Pepito, había aquel día crisis ministerial, así es que en cuanto salió por la calle gritando: «¡La Correspondencia con la caída del ministerio!» le arrebataron los periódicos de las manos.
En media hora vendió sus cincuenta ejemplares, y sus dos pesetas se convirtieron en doce reales menos dos cuartos.
Volvió a comprar otras dos manos, que vendió con la misma presteza, y se encontró ya con una ganancia líquida de sesenta y cuatro cuartos.
Todavía vendió aquella noche otras tres manos, y cuando a eso de la una se retiró a su casa, es verdad que iba ronco de gritar y rendido de correr de un lado para otro, pero había ganado ciento doce cuartos, es decir, algo más de trece reales, que con los ocho de capital que había impuesto, sumaban veintiún reales.
Durmió perfectamente nuestro héroe, y a las siete de la mañana del día siguiente ya estaba en la calle en busca de nuevos periódicos que vender.
El Cascabel por un lado, los diarios de la mañana por otro, el Boletín extraordinario por aquí, la hoja suelta por allá, y por las noches la indispensable Correspondencia, proporcionaban a Pepito medios de ejercitar sus pulmones y sus piernas y de ganar todos los días seis o siete pesetas.
Como el niño no tenía nada de malgastador, vivía con tres o cuatro reales, y lo demás lo guardaba para cuando saliera del hospital su padre.
Llegó este día tan deseado. El pobre albañil volvió a su casa, pero cojo, y por consiguiente imposibilitado de trabajar.
Al enterarse de la conducta de su hijo y ver que en los dos meses que había durado su enfermedad, no sólo se había mantenido, sino que tenía ahorrados más de mil reales, habiendo pagado al casero y teniendo cubiertas sus pequeñas atenciones, el honrado padre lloró de ternura y abrazó a su hijo, que lloraba de alegría, al ver que podía mantener holgadamente al autor de sus días.
Así vivieron los dos durante algunos meses. Pepito salía todas las mañanas con tres o cuatro pesetas en el bolsillo para emplearlas en periódicos, y su padre se quedaba en casa para cuidar de ella y preparar la comida, ayudado por una vecina vieja y pobre, a quien socorrían con algunos cuartos en recompensa de su trabajo. El gasto que hacían entre el padre y el hijo no pasaba de unos ocho reales diarios, y como la ganancia nunca bajaba de seis pesetas, ahorraban por término medio diez y seis reales todos los días.
Pasados algunos meses, y viendo que sus economías aumentaban, el padre de Pepito pensó en llevarlas a la Caja de Ahorros, que viene a ser la alcancía de los trabajadores, con la diferencia de que es una alcancía en que el dinero crece, porque gana el cinco por ciento al año.
—111→Diez y seis reales diarios vienen a ser seis mil reales anuales, y como Pepito no dejó nunca de ahorrarlos y llevarlos a la Caja los domingos, al cabo de cinco años se encontró con un capital de treinta y tres mil y pico de reales, a que ascendía el valor de sus imposiciones y de los intereses que habían ganado.
Entonces ya pensó en establecerse más formalmente, y realizó su deseo.
Con ese pequeño capital estableció una modesta librería. Su inteligencia, su actividad y su honradez le hicieron prosperar rápidamente, y hoy, que no tiene más que veinticuatro años, es un librero rico y respetado.
Su padre está orgulloso de tener tan excelente hijo.
Se ha casado y tiene un hermoso niño de dos años, al cual, en cuanto cumpla los seis, se ha propuesto comprarle una alcancía y contarle la historia de su vida, para que aprenda lo que pueden la economía y la honradez.
Vosotros, mis queridos lectores, no estáis en el caso del niño cuya historia acabo de referir, pero no por eso necesitáis menos apreciar las ventajas del orden y el ahorro; por eso, siempre que veáis vuestras alcancías y os dé gana de tirarlas para malgastar el dinero que tengáis en ellas, os ruego que recordéis la historia de la alcancía de Pepito, y de seguro desistiréis de vuestro pensamiento.
E. ZAMORA Y CABALLERO.
En una hermosa tarde de verano el oso y el lobo se paseaban juntos por el bosque, cuando el oso percibió el canto de un pájaro que le fascinaba y atraía de una manera extraña.
-Hermano lobo -preguntó entonces el oso-: ¿quién es ese cantor tan magnífico?
-Es el rey de los pájaros y de los cantores -respondió el lobo-, y es preciso rendirle homenaje.
Era, en efecto, el reyezuelo.
-Escucha -replicó el oso-; si ese es el rey de los pájaros, como dices, su majestad tendrá, como los demás reyes, un hermoso palacio. ¿Quieres llevarme a verlo?
-No es tan fácil como te parece, hermano, porque para eso hay que esperar a que vuelva la reina.
La reina llegó, acompañada del rey, trayendo ambos en el pico algunos insectos para servir de alimento a sus queridos pequeñuelos.
El oso se preparaba a seguirlos, pero el lobo le detuvo de nuevo diciéndole:
-No, no es tiempo todavía; aguardemos a que vuelvan a salir.
Entonces repararon con cuidado en qué sitio estaba colocado el nido, y prosiguieron alegremente su camino.
Pero al oso no se le cocía el pan en tanto que no viese el palacio del rey de las aves, y tardó poco tiempo en volver.
El rey y la reina estaban ausentes, y atreviéndose al fin a echar una ojeada, distinguió cinco o seis pajaritos acurrucados en el nido.
-¡Si ese es el palacio -exclamó sorprendido el oso-, es por cierto un palacio bien triste! Y vosotros -añadió, dirigiéndose a los pequeños-, no sois hijos de un rey; no sois más que unas endebles criaturas, tan miserables como innobles.
Los reyezuelos enfurecidos gritaban a una voz:
-¡No! No somos lo que dices, somos hijos de padres nobles, y pagarás bien caros tus insultos.
Al oír la amenaza el oso, y el lobo, que se había quedado a cierta distancia, corrieron a refugiarse en sus oscuras madrigueras.
Pero los reyezuelos continuaron gritando y —112→ alborotando hasta que volvieron sus padres, que les traían de nuevo el alimento.
-¡Padre mío! -exclamaron a una voz-; el oso se ha atrevido a insultarnos, y no nos moveremos del nido, ni comeremos una sola migaja, en tanto que nuestra honra no sea vindicada.
-Tranquilizaos -respondió el rey, acariciando a sus hijos-; os juro que vuestra honra quedará satisfecha.
Y tendió el vuelo, acompañado de la reina, hacia la gruta donde habitaba el oso.
-Viejo gruñón -exclamaron ambos llenos de cólera-: ¿por qué te has atrevido a insultar a nuestros nobles hijos? Desde este momento te declaramos la guerra, guerra a muerte.
Declarada la guerra, el oso llamó en su auxilio todo un ejército de cuadrúpedos, donde figuraban el buey, la vaca, el asno, el ciervo, el corzo, y otros muchos semejantes en la fuerza o en la ligereza.
El reyezuelo por su parte convocó a todos los pobladores del aire, no tan sólo a las aves grandes y pequeñas, sino a los insectos alados, las moscas, las abejas, los mosquitos y los tábanos.
Llegada la víspera de la batalla, el reyezuelo envió sus espías al campo enemigo, para saber quién era el general encargado de dirigir el ejército.
El mosquito, que era el más invisible, voló a los bosques, donde el enemigo se ocupaba en organizar su numerosa hueste, y se ocultó tras una hoja del árbol a cuya sombra deliberaban los más entendidos.
El oso hizo venir al zorro, y le dijo con tono hinchado:
-Compadre, tú eres el más astuto de los animales, y te nombro general de mi ejército.
-Enhorabuena -replicó el zorro, halagado por tan inesperada honra-; pero ¿cuál será entonces nuestra contraseña?
El auditorio guardó silencio.
-Pues bien -continuó el zorro, cada vez más orgulloso con su nueva y codiciada dignidad-; mi cola es larga y espesa como un penacho rojo: en tanto que la lleve levantada, avanzaréis sin descanso, porque será la señal de que todo va bien; mas si la veis inclinada hacia la tierra... ¡sálvese el que pueda!
El mosquito corrió a referir al reyezuelo lo que acababa de oír.
Al primer rayo de la aurora, los cuadrúpedos se reunieron en el campo de batalla, galopando con tanta furia que la tierra se estremecía bajo sus pies.
El reyezuelo apareció en los aires, escoltado por su numerosa hueste, que zumbaba, chillaba y volaba en todas direcciones, como una horda de endemoniados.
El ataque fue terrible por ambos lados, y todos los combatientes parecían animados por el mismo furor.
El tábano corrió, por orden del reyezuelo, a colocarse debajo la cola del zorro, encargándole aquel que hiriese al enemigo con todo su poder.
A la primera picadura de aquel finísimo aguijón, el zorro no pudo menos de dar un salto, pero sosteniendo, sin embargo, en los aires su cola levantada; a la segunda se vio ya obligado a bajarla por algunos instantes, y a la tercera, no pudiendo resistir más, la bajó hasta barrer con ella el suelo, apretándola entre sus piernas y arrojando agudos y desesperados gritos.
Los cuadrúpedos al verle lo creyeron todo perdido y emprendieron la fuga, guareciéndose en las cuevas que hallaron más cercanas.
Ya que no por la fuerza, los pájaros ganaron por su astucia la reñida batalla.
El rey y la reina se volvieron triunfantes a su nido, exclamando:
-¡Hijos míos, hemos vencido! Ya podéis comer y beber con alegría.
-No, no -respondieron entonces los pequeñuelos-: es preciso que el oso venga a rendirnos homenaje, y a reconocer paladinamente nuestra elevada e indisputable categoría.
El reyezuelo voló de nuevo hacia la covacha donde habitaba el oso.
-Viejo gruñón -le dijo, con el orgullo del que ha vencido-; es preciso que vengas a rendir homenaje a mis hijos; es preciso que les pidas perdón y que reconozcas su nobleza, porque ¡ay de ti si no lo hicieses!
El oso espantado, llegó hasta el nido, arrastrándose cobardemente hasta besar la tierra, y dio a los reyes y a sus hijos todas las satisfacciones pedidas, rindiéndoles cortésmente el homenaje deseado.
Los reyezuelos satisfechos calmaron su cólera, y celebraron alegremente su inesperado triunfo.
(Imitación del alemán.)
—113→

Explicadas ya en artículos anteriores las propiedades del aire y la inmersión de los cuerpos sólidos en los líquidos, tócanos hoy, como ofrecimos, tratar de los cuerpos flotantes en la atmósfera, para lo cual habremos de establecer ciertos principios elementales, que hagan más comprensible la teoría que nos proponemos explanar.
Si en un vaso que contenga aire atmosférico suspendemos una corta porción de gas ácido carbónico, notaremos que aun aquellos cuerpos que atraviesan sin dificultad el aire, se detienen y flotan en la superficie de este último, que pesa más que el primero.
Todo cuerpo, pues, que sea específicamente más ligero que el aire atmosférico, será susceptible de esta propiedad y de elevarse en el espacio, de lo cual nos ofrecen un ejemplo palpable, entre otros muchos que podríamos sin trabajo señalar, las nieblas, el polvo y el humo.
En efecto, todos habrán observado las enormes polvaredas que el aire levanta en tiempo seco por los caminos y llanuras, esparcidas a grandes distancias, oscureciendo a veces semejantes tolvaneras los rayos del sol, o proyectando al menos caprichosas y fugaces sombras en la tierra, y que estas nubes de polvo duran poco tiempo, porque sus partículas son demasiado pesadas y groseras para que el ambiente las sostenga. Las hay también tan sutiles y pequeñas que se notan aun dentro de las mismas habitaciones cuando los rayos solares penetran al través de una rendija o de un balcón entreabierto, en cuya columna de luz revolotean, y son más considerables y numerosas a medida que es mayor el calor que se experimenta. ¡Cuántas veces estas partículas atomísticas y casi microscópicas, son el producto de gérmenes fecundantes, que por el intermedio del aire cruzan —114→ enormes distancias, desprendidas de los estambres de varias plantas para llevar sus frutos a los pistilos de otras de análoga o de diversa especie!
Muchas veces se ha observado en los bosques, durante la época de la florescencia, cubierta la tierra de estos corpúsculos tan finos, que luego el viento levanta y los conduce a través de los campos, ríos y mares.
Pero estos fenómenos tan comunes, como otros muchos que guarda en secreto la naturaleza, pasan desapercibidos para la multitud, que los contempla con asombro, y poco apreciados hasta por aquellos que los observan con gran curiosidad, aunque sin saber cómo se verifican, ni poder darse cuenta de todo lo que admiran en las maravillosas obras de la infinita sabiduría del Creador del mundo. La solución de todos estos problemas está reservada a las ciencias físicas y a los que con afán se dedican a su ameno o importante estudio, que satisface sin duda la más exigente investigación de los que ansían conocer el porqué de los misterios que nos rodean.
Para explicar las nieblas o las nubes en suspensión en la atmósfera, preciso es de antemano decir lo que es el calórico, que las produce.
Se da este nombre a un fluido imponderable, elástico y sutil, que penetra los cuerpos sin distinción. Sus fuentes productoras son el Sol, la combustión y multitud de operaciones físico-químicas, que no es ahora del caso explanar, bastando a nuestro objeto haber condensado en breves líneas la definición del calórico, como preliminar para la materia de que vamos ocupándonos.
El calórico no puede entrar en equilibrio, a menos que no esté en igual grado de densidad en la extensión del espacio y en todos los cuerpos esparcidos en él; pero hace pasar los líquidos al estado vaporoso, que se mezcla después con el aire atmosférico, del mismo modo que los gases se combinan entre sí; y cuando baja la temperatura en una zona determinada, el vapor acuoso procura volver a su estado líquido; pero como sus partículas, que están alojadas en el aire, resisten de parte de este su reunión, de aquí que formen grupos pequeños, discretos y aislados por el aire mismo. No de otra manera se crean las nubes, que flotan en la atmósfera por más o menos tiempo, hasta que al fin descienden a la tierra en forma de niebla o rocío, o se resuelven en lluvia copiosa.
El humo es un producto del carbón o de la leña, lanzado de los tubos de las chimeneas por las corrientes del aire que dilata el calor de la habitación, el cual, siendo menos denso que el ambiente exterior, se eleva veloz por aquellos conductores, arrastrando a su paso productos de la combustión.
Apenas rebasa el vértice de la chimenea y se mezcla con las corrientes del aire atmosférico, se nota su tendencia a precipitarse sobre la tierra; pero entonces el viento le reúne, le impulsa, y, por último, le disuelve, sin quedar vestigio de aquella nube densa y compacta que saliera por el tubo; volviendo quizá, en virtud de la ley de la gravitación universal a que están sujetos todos los cuerpos, inclusos los aeriformes, a buscar su centro en la tierra.
Establecido ya que todo cuerpo más ligero que el aire puede flotar y sostenerse en la atmósfera, tenemos la demostración —115→ también en las pompas, que con frecuencia hacen los niños con un tubo capilar de cristal o de caña, mojando ligeramente uno de sus extremos en agua en que se haya batido un poco de jabón; las cuales, si se sueltan desde grande altura, no caen de repente al suelo, sino que bajan majestuosa y pausadamente al través de las capas de aire que las sostiene; y aun a veces, si el ambiente es contrario, suben o descienden oblicuamente hasta romperse.
Las cometas, que tanto divierten a los niños, sin otro aparato que una cruz de caña ligera y un simple papel, estando bien construidas y equilibrado el peso de la cola, se remontan desde la mano misma que las presenta de frente a la dirección del aire, se sostienen a muchas varas de altura, sin otro movimiento que una leve oscilación.
Por último, tenemos los globos, que se construyen de papel o de tafetán, y se hinchan con el humo de la paja dilatado por el fuego, colocando después un braserillo, o una mecha con aceite de trementina, en la parte inferior abierta por medio de un aro circular, a fin de que conserve el calor largo rato, y puedan subir a gran altura hasta perderlos de vista.
Este invento, debido a un fabricante francés llamado Montgolfier, que hizo los primeros ensayos en 1783, elevándose en el campo de Marte a presencia de un concurso inmenso en un globo de tela de 70 pies de altura por 46 de diámetro y de capacidad de 60.000 pies cúbicos, ha ido después perfeccionándose hasta el punto de construir globos aerostáticos de preciosas telas, henchidos de hidrógeno bicarbonado, o sea el gas que se usa en los faroles, levantando pesos enormes y recorriendo los aeronautas grandes distancias, colocados en una barquilla, o bien en un canastillo de mimbres suspendido de una red, que abraza toda la periferia del globo, para evitar la rotura de la tela, que pudiera ocasionar una repentina dilatación del gas que encierra. Lleva también una válvula de seguridad, cuyo cordón viene a su mano para dar salida al gas, lo cual, aumentando el peso del aparato, le hace descender a su voluntad, y algunos saquillos de arena, que vierte a medida que le conviene subir, aligerando o disminuyendo la fuerza ascensional.
Aunque cualquiera fluido aeriforme de menor peso específico que el aire es a propósito para el objeto, preferimos el gas hidrógeno puro, que se obtiene combinando en proporciones iguales el óxido de hierro y el ácido sulfúrico en quíntupla cantidad de agua común, pues, si bien la operación es algo lenta y prolija, ofrece grandes ventajas sobre el gas del alumbrado público, que no tiene otra que la de poder llenar el globo rápidamente, sin vasijas ni operarios.
Los que deseen conocer detalles muy amplios e importantes de los aparatos inventados para la navegación atmosférica en varios países de Europa, las condiciones que deban reunir para que tengan la seguridad necesaria, el modo de henchirlos, los fluidos que son a propósito para el caso, las circunstancias mecánicas, químicas, físicas y meteorológicas que se requieren, los ensayos practicados para dar a los globos dirección, de los cuales hemos visto y examinado con detenido estudio algunos de ellos, y la relación con todos —116→ sus incidentes de las ascensiones verificadas en Madrid desde el año 1792, que se realizó la primera en el Retiro, podrán encontrarlos en el folleto, que sin pretensiones de ninguna clase y con el modesto título de Apuntes curiosos sobre globos y ascensiones aerostáticas publicamos en 18636.
M. J. PASCUAL.

Retratos infantile7s
Hace algunos años hice una excursión a Barcelona, donde todas las primaveras suelo descansar algunos días de las fatigas de mi profesión, cobrando nuevas fuerzas, para continuarlas luego, con el ejemplo de aquella prodigiosa actividad, de aquel trabajo constante, proverbiales ya en los hijos de Cataluña.
Barcelona está rodeada de bonitos y pintorescos pueblos, algunos de ellos de gran importancia fabril o marítima, y todo viajero tiene gusto en visitarlos; siempre hay en ellos algo que ver; en Badalona, por ejemplo, excitan la curiosidad la fábrica de galleta, la de cristal, cuyos productos compiten con los ingleses y alemanes, y la refinería de azúcar; en Mataró, además de las fábricas, hay que ver el magnífico establecimiento de enseñanza, dirigido por el sabio y virtuoso sacerdote señor Coll de Valldemía; en Caldetas hay que admirar los preciosos encajes que confeccionan primorosísimamente aquellas excelentes mujeres; en Arenys de Mar se conoce la curiosa industria del corcho, que constituye la riqueza de una gran parte de Cataluña; en San Andrés de Palomar llaman la atención las hermosas fábricas de hilados; en Hostafranchs se pasan las horas sin sentir visitando la fábrica de porcelana; en Masnou, población muy rica e importante, se hace conocimiento con honrados marinos que cuentan gallardamente sus aventuras... Todos estos pueblos y muchos más he visitado en mis diversas excursiones a Barcelona, y en verdad os digo que siempre encuentro allí cosas nuevas, nuevos adelantos, nuevas historias conmovedoras y nuevos ejemplos de laboriosidad y de virtud.
Visitando en compañía de un amigo en la época que os he dicho la villa de Masnou, llevome aquel a una casa de modesta apariencia, en la cual vivía una señora a quien había de dar conocimiento de cierto asunto. Era aquella señora una anciana de simpático aspecto, y la acompañaba una donosa niña de unos ocho años, que encantaba por su belleza, su candor y su modestia. Cuando entramos en la habitación de aquella señora, estaban abuela y nieta, que ya han conocido mis tiernos lectores que este es el parentesco que existía entre ambas, estaban, repito, en la actitud que indica —117→ la bonita lámina copiada de un cuadro por nuestro dibujante Padró; la abuela se ocupaba en coger un punto que se le había escapado a Rosita en la media que estaba haciendo.

-Siempre tan trabajadora esta buena doña Rosalía -dijo mi amigo.
-¿Qué he de hacer?... Pero yo no trabajo -contestó la abuela-, quien trabaja es mi nieta, mi querida nieta que cada día me quiere más y sigue con más afán mis consejos. ¿No es verdad, hija mía?
-Sí, abuelita -respondió con dulce voz angelical la candorosa niña.
-Yo a todo el mundo le digo -continuó la abuelita- lo buena que es mi niña. Ella es mi consuelo único desde que sus padres se fueron al cielo.
-¡Pobre niña! -exclamé-, ¡no tiene padres!
-En un día los perdió, caballero -añadió la anciana, sin poder contener las lágrimas-; en la última invasión del cólera, y cuando nos disponíamos a venir aquí, huyendo de la epidemia, mi hijo, el padre de esta niña, se sintió atacado de la terrible enfermedad, y el día siguiente su esposa, aquella buena y santa madre, tuvo igual desgracia; —118→ ambos murieron casi a la misma hora, y nosotras, que hacíamos menos falta en el mundo, nos salvamos, a pesar de haber permanecido en la misma casa hasta que cesó la epidemia. ¡Cómo ha de ser! ¡Respetemos los designios de la Providencia!
Profundamente me impresionaron las sencillas frases de la anciana, y el tierno espectáculo de aquella madre sin hijos y de aquella niña sin padres, unidas por el estrecho lazo de la misma desventura.
La anciana se había conmovido refiriendo su desgracia, y la niña, llorando también, la besaba y la abrazaba consolándola.
-Dios -prosiguió la anciana- quiso que yo en mi vejez y mi nieta en su infancia no quedásemos sin amparo, sin compañía; a mi nieta le dio una madre en mí en cambio de los padres que llevaba al cielo, y a mí me dio una hija, en cambio de los que perdía... ¿Cómo, si no, habría podido vivir la que de nosotras dos hubiese quedado sola en el mundo?...
Después de estas reflexiones, y de ponderarnos otra vez las habilidades de su nieta, su incansable laboriosidad, su ardiente caridad, sus grandes virtudes, en fin, doña Rosalía habló con mi amigo del asunto que había motivado la visita de este, nos obsequió después con unos delicados dulces hechos por las más delicadas manos de Rosita, nos enseñó preciosas labores de esta, y salimos de aquella casa enamorados de aquellas dos interesantes figuras, tan nobles y tan bellas.
-Me parece -dijo mi amigo- que le han encantado a V. esa abuela y esa nieta, que parecen dos niñas o dos ancianas.
-En efecto -contesté-, son muy simpáticas, sobre todo por su infortunio. Y a juzgar por el aspecto de su casa, deben ser casi pobres.
-Amigo mío, esa niña tiene unos cuatro o cinco millones.
-¡Cuatro o cinco millones!
-Lo que V. oye. Contaré a V. la historia. Vivía en Barcelona esa niña con sus padres y su abuela, en medio del lujo y la mayor ostentación, y no ha conocido V. nunca una niña más mala que Rosita; ella era altiva, soberbia, indolente, abandonada, por efecto de la educación que le daban sus padres, consintiéndole todos los caprichos y no atreviéndose a contrariar su voluntad. Murieron estos durante la asoladora epidemia, y la abuela, esa mujer que es un modelo de virtud, pensó en el porvenir de su nieta, consideró cuán funesta iba a ser para ella la mala educación recibida, y se propuso variar completamente el carácter rebelde de la niña, y encaminarla por la senda del trabajo y del deber, única que conduce a la verdadera felicidad en el mundo; para lograr este resultado era preciso que Rosita viviese en otra atmósfera, en otras condiciones, y la previsora anciana imaginó una mentira sublime.
»Vendió el coche, los muebles de lujo, todo lo que en la casa daba testimonio de la riqueza de la familia, e hizo comprender a su nieta que la muerte de sus padres las había dejado casi en la pobreza.
»Colocó luego en el Banco toda la fortuna de la niña, se reservó lo preciso para vivir, y con su nieta se trasladó a Masnou, donde ha conseguido completamente su deseo de poner a Rosita en camino de ser feliz. Ya no es —119→ Rosita la niña indolente, caprichosa, soberbia y vana, sino la niña trabajadora, modesta, humilde y compasiva, y andando el tiempo, será una mujer modelo de esposas y de madres; cuando llegue a edad de casarse y elija compañero, elegirá bien, elegirá un hombre bueno y virtuoso como ella, que no codicie sus riquezas, puesto que ignorará que las tiene, y Rosita, cuando las reciba muy aumentadas por la previsión de su abuela, hará de ellas buen uso, sabrá apreciar el trabajo, será la madre de los pobres, y en suma, vivirá dichosa la que acaso habría vivido desgraciada. ¿Qué le parece a V. ahora esa anciana?
-Una mujer sublime.
-Ella, en su vejez, para sostener esa mentira salvadora, se ha privado también de las comodidades, tan necesarias en su edad, se ha impuesto ese sacrificio en bien de su nieta, salvándola así de grandes peligros, acaso de la perdición, porque por ese camino la llevaba su carácter, no corregido por una buena educación.
Y ahora, queridos lectores, sólo me resta deciros que Rosita es ya una mujer y está casada con un excelente hombre de bien, siendo las riquezas que tienen el consuelo de muchos desgraciados y el alivio de grandes infortunios.
La abuelita murió, pero después de ver feliz a su nieta, y cumplida por lo tanto, su buena obra. En el cementerio de Masnou hay un sencillo y elegante monumento donde están los restos de aquella excelente mujer. Rosita y su marido van a menudo a rendir el debido tributo de gratitud a la memoria de doña Rosalía, depositando en su sepulcro flores, no tan bellas como el corazón de la anciana.
Y Rosita se propone educar a sus hijos como si fueran pobres.
-Así sabrán luego ser ricos -dice, recordando la mentira salvadora de su abuelita.
C. FRONTAURA.
| ¿Por qué, junto a los goces | |||
| su faz muestran las penas? | |||
| ¿Por qué juntos caminan | |||
| el lujo y la miseria? | |||
| ¿Por qué, oh mi Dios, permites | 5 | ||
| que del dolor las huellas | |||
| marchiten las facciones | |||
| de la niñez serena? | |||
| No dejes que en su aurora, | |||
| cuando la vida empieza, | 10 | ||
| el sol de su esperanza | |||
| se oculte entre tinieblas; | |||
| no dejes, oh Dios mío, | |||
| que con sus plantas tiernas | |||
| recorran un camino | 15 | ||
| sembrado de malezas. | |||
| Sus cándidas sonrisas | |||
| por ellos intercedan; | |||
| sus inocentes juegos | |||
| motiven tu indulgencia. | 20 | ||
| Si ángeles son, que nacen | |||
| para alegrar la tierra, | |||
| no el brillo de las lágrimas | |||
| sus ojos humedezca. | |||
| .............................. | 25 | ||
| .............................. | |||
| Vosotros, los pequeños, | |||
| los que por suerte buena | |||
| gozáis de las caricias | |||
| de vuestras madres tiernas; | 30 | ||
| —120→ | |||
| los que ignoráis que existen | |||
| las lágrimas acerbas; | |||
| si en medio de la noche | |||
| dolientes os despiertan | |||
| desconocidos ayes | 35 | ||
| que por las calles suenan, | |||
| pensad que a vuestro lado | |||
| hay seres, cuyas penas | |||
| ni término conocen | |||
| ni saben dónde empiezan; | 40 | ||
| que el pan de la limosna | |||
| les alimenta apenas, | |||
| y en lágrimas lo bañan | |||
| al tiempo que lo besan. | |||
| Y meditad, oh niños, | 45 | ||
| que de vosotros cerca, | |||
| de frío acaso yerto, | |||
| de duelo el alma llena, | |||
| sin techo que cobije | |||
| de noche su miseria, | 50 | ||
| algún niño mendigo | |||
| se acoge en vuestra puerta. | |||
M. OSSORIO Y BERNARD.

—121→
| PERSONAJES | |
| LINNEO. | |
| EL MAÍZ. | |
| LA ROSA. | |
| LA MARAVILLA. | |
| EL GIRASOL. | |
| LA DALIA. | |
| EL ABEDUL. | |
| EL ALELÍ. | |
| LA RESEDA. | |
| LA AVENA. | |
| LA MARGARITA. |
Todos los personajes, menos el de LINNEO, pueden ser representados por niñas, con trajes alegóricos a las flores o plantas que simbolizan.- LINNEO viste a lo Luis XIV.
La escena representa el cuarto de estudio de LINNEO.
Escena II | |||||||||||||||||||||||||||||||||||
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Dicho.- Salen EL GIRASOL, LA DALIA, LA RESEDA y LA AVENA. | |||||||||||||||||||||||||||||||||||
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—123→
Escena
III | ||||||||||||||||||||||||||
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Dichos.- Sale EL ABEDUL. | ||||||||||||||||||||||||||
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Escena IV | ||||||||||||||||||||
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Dichos.- Sale LA MARAVILLA. | ||||||||||||||||||||
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Dichos.- Sale LINNEO con LA ROSA de la mano. | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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(Se concluirá.)
Habían pasado los tres días de suspensión de clase originados por la conclusión de la geometría plana. Debía empezarse la del espacio, y, como consecuencia del deseo de Carlitos, todos los niños venían cargados con una abundante provisión de figuras. Preciosas eran las colecciones de algunos, si bien no faltaba quien trajese la suya con bastantes defectos de construcción.
Y era esto natural y necesario: los niños que asistían a la clase de mi amiguito no habían sido nunca constructores de figuras geométricas.
Supongo, queridos y pequeños lectores, que deseáis saber cuál de nuestros amiguitos sobresalió en esto sobre sus camaradas: es este un deseo justo y yo voy a satisfacerlo.
Rafael, que llevaba una preciosa colección de figuras de madera, obtuvo la primacía sobre sus compañeros: ya recordaréis que Carlitos, no pudiendo siempre fabricar las figuras que presentaba en su cátedra, había dado a su particular amigo Rafael el encargo de construirlas, y en esto veis cómo este había hecho grandes progresos en el arte de ebanistería. Las figuras de Rafaelito eran de caoba y estaban perfectamente recortadas.
Carlitos llegó a la hora de costumbre; —125→ sus discípulos le esperaban con su preciosa carga, que fue depositada en la mesa del cenador. Inmensa cantidad de rombos y rectángulos, de círculos y sectores, de triángulos y trapecios cubrió bien pronto la marmórea mesa, formando una montaña que fundadamente podía dar a los geómetras una idea de lo que son estas eminencias en nuestro planeta.
El joven profesor alabó a los unos por su perfecta obra, animando a todos a proseguir con decidido empeño en el estudio de ciencia tan bella como aquella que les entretenía agradablemente todas las tardes. Y como él para nada necesitaba de las figuras de los geómetras, devolvió a cada uno su colección, para que, conservada, pudiese servirles como medio poderoso de estudio o consulta.
El trabajo empezó de nuevo, y Carlitos principió por manifestar a los niños la notable diferencia que desde luego existe entre lo que conocían y lo que iban a conocer.
Vosotros, queridos lectores de LOS NIÑOS, la conocéis ya, porque os la he mostrado en el anterior artículo, y por esto debo pasar por alto esta parte de la primera lección.
Después, cuando los geómetras infantiles hubieron conocido lo que ya sabéis, entró Carlitos a explicar qué cosa es un plano, considerando las rectas en él.
Mi amiguito tomó la palabra diciendo:
-Os habrá llamado la atención la palabra plano: es lo mismo que superficie, cosa que ya conocéis.
»Pero me equivoco; plano es lo mismo que superficie plana, y se llama así a aquella en que una línea recta coincide en toda su longitud; es decir, queda perfectamente unida sin separarse por ningún punto.
»Veamos si Esteban nos presenta algún plano.
-La tapa de la mesa, por la parte superior, las diversas caras de cualquiera de las tablas que forman el cenador -respondió inmediatamente el interpelado.
-Efectivamente, son planos. Tú, querido Luis, muéstrame otros.
-La superficie que nos presenta una naranja, en su parte exterior, es un plano.
-No, amiguito, la cara que esa rica fruta te presenta es una superficie curva. Si pones una varilla delgada sobre una naranja, verás que si aquella es recta, no toca a la fruta más que por una pequeñísima parte. La superficie que me nombras es curva, no plana.
-Pues qué -interrumpió Teodoro-, ¿hay muchas clases de superficies?
-Muchas no, pero hay unas que son planas y otras que son curvas: las primeras son las que han de ocupar primeramente nuestra atención.
»Es necesario distinguir, pues, esas dos clases; y es esta una cosa tan clara, tan fácil, que difícilmente podréis tener duda sobre ello. Por lo tanto, en adelante llamaré siempre plano a la superficie plana.
»Os he dicho que hay dos clases de superficies: así es, en efecto. La quebrada y la mixta son una reunión de ellas, no una sola. Lo dicho de la recta es aplicable a esta: superficie quebrada es la formada por varios planos que no constituyen uno solo. Tenéis un ejemplo en la escalera que de este jardín conduce a la casa de Rafael: —126→ es una perfecta superficie quebrada.
El pequeño Gonzalo interrumpió a su querido profesor.
-Esto -dijo- es casi igual a lo que ya dijiste de las rectas.
-Sí, Gonzalito; en esto y en otras cosas verás notable semejanza a lo ya conocido.
»Pero voy a continuar: ahora hay que considerar las relaciones entre el plano y la recta.
»Podéis suponer un alambre tendido sobre la mesa: podéis suponerlo, siendo recto, por supuesto, perpendicular a ella; podéis también verle oblicuo y paralelo. Aquí tenéis que recordar lo sabido, pues aunque no igual, esto se parece a aquello, a lo que quedó dicho al empezar nuestras lecciones.
»Una recta es perpendicular a un plano cuando lo sea a cualquiera que trazada en él pase por su pie.
Carlitos, al decir esto, enseñaba a sus pequeños discípulos una barrita de alambre que suspendía sobre la mesa, y que quedaba colocada de este modo:

-Aquí tenéis -les decía- este alambre, que es perpendicular a la tapa de la mesa.
»Si estuviese otro alambre colocado sobre este, sería perpendicular a él, pero paralelo a la superficie de la mesa; por esto debo deciros que una recta será paralela a un plano cuando nunca pueda encontrarlo, por mucho que ella o él se prolonguen.
»Y como también las rectas pueden ser oblicuas a un plano, hay que saber cuándo una de estas podrá tener esta cualidad.
»Rafael va a decirlo: si él recuerda cuándo una recta es oblicua a otra, podrá desde luego satisfacer mi deseo.
-Una recta será oblicua a un plano cuando no le sea paralela o perpendicular.
Esta fue la respuesta de Rafael.
-Bravísimo; has hablado como un libro.
»Y ahora que conocemos esto -continuó Carlos-, vais a ver algunas particularidades dignas de atención, que pueden existir entre varias rectas de las cuales una sea perpendicular y las otras oblicuas a un mismo plano.
»Reclamo vuestra atención.
El joven profesor tomó varias varillas que cogió en el jardín, y con cuatro de ellas pudo formar lo que veis en esta figurita:
—127→
Las varillas se sostenían, gracias a que estaban atadas por un hilo; y encontrábanse colocadas de tal modo, que tres de ellas tenían sus bases en línea recta.
-Aquí veis -dijo- estos mimbres, de los que uno es perpendicular y los demás oblicuos a la mesa. Vosotros tal vez no distingáis en ellos al primer golpe de vista algo que entre todos existe digno de consideración. Voy por esto a decíroslo.
»La perpendicular es la más corta de las tres varillas que descansan en los puntos que se encuentran en línea.
»Las otras dos varillas, que con la ya nombrada constituyen las tres, se separan igualmente del punto en que descansa aquella, y son iguales.
»La última es mayor que las anteriores, separándose más del pie de la perpendicular.
»Estas circunstancias existen en todas las cuatro varitas, y si vosotros leyeseis un libro de geometría, encontraríais en él eso mismo explicado de este modo:
»Si desde un punto fuera de un plano bajamos a él una perpendicular y varias oblicuas, sucede:
»1.º Que la perpendicular es la más corta.
»2.º Que las oblicuas que se separan igualmente del pie de la perpendicular son iguales.
»3.º Que de dos o más oblicuas, siempre será mayor aquella que se separe más del pie de la perpendicular.
»Esto mismo que os digo veríais escrito en un tratado de geometría, y también otra cosa que voy a manifestaros. Seguramente la sabéis prácticamente, y para probároslo, voy a hacer una pregunta a Luis.
»Dime: si quisieras ver la distancia que hay de aquí a la puerta del jardín, ¿qué harías?
-Poner una cuerda que fuese muy tirante desde este punto a la citada puerta.
-¿Por qué?
-Porque si no estuviese bien tendida o recta, no manifestaría la verdadera distancia.
-Perfectamente, amigo Luis; la menor distancia entre dos puntos es la recta que los une, y la menor que hay entre un punto y un plano es la perpendicular a él bajada desde dicho punto.
»Ya habéis visto -continuó el joven —128→ profesor- al plano y a la recta, y con esto debo terminar mi larga lección de esta tarde. Mañana veréis cosas nuevas, ángulos que ya no estarán formados por rectas, sino por dos o más superficies; hoy nuestra tarea ha sido suficiente para no hacernos sentir el tiempo en ella empleado.
Así terminó Carlitos su explicación, y aquí termino yo este articulito. Ya veréis, queridos lectores, cómo nuevas y diferentes cosas van ofreciéndose sucesivamente a vuestra atención, hasta terminar este pequeño e insignificante trabajo.
Sólo una cosa se necesita, queridos niños: que vosotros dispenséis vuestra atención a los pobres renglones que en esta Revista escribo con dicho objeto.
Hoy me despido de vosotros; nuestra ausencia sólo durará pocos días: hasta el número siguiente.
Adiós, hasta entonces.
E. THUILLIER.

Estos dos niños son muy amigos, pero nunca están acordes en nada; sus padres les han comprado dos muñecos iguales, y ellos se empeñan en que no son iguales los tales muñecos; cada uno pretende poseer el más alto; y tal carácter va tomando la cuestión, que acabarán los amigos por darse unos cuantos repelones, y en esta batalla no dejarán de correr peligro los muñecos. Pronto empiezan estos niños a manifestar un vicio tan feo como la soberbia.
—129→

Si grandes y patéticas son las ceremonias de la Semana Santa en Jerusalem, ninguna más imponente y magnífica que la fiesta de Pascua que se verifica en la iglesia del Santo Sepulcro, y que, según el padre Geramb, pudiera considerarse como un reflejo de las alegrías celestiales.
El oficio da principio a las doce de la noche del Sábado Santo.
La iglesia del Santo Sepulcro presenta en aquella hora solemne el aspecto más grandioso y deslumbrador. La inmensa nave, profusamente iluminada, puede apenas contener el gran número de peregrinos que acuden de todos los ámbitos del mundo, y que agitando las hachas encendidas, entonan a grandes gritos el glorioso cántico del ¡Alleluya!
¡Alleluya, alleluya!, gritan a la vez las mujeres y los niños que llenan las espaciosas galerías, levantando en alto los perfumados cirios, y atronando los espacios con el solemne cántico que repiten regocijadas las imponentes bóvedas.
Los obispos, cubiertos de oro y pedrería, precedidos de turiferarios que embalsaman la atmósfera, elevando hasta los pies de Dios azuladas nubes de incienso, y seguidos de un gran número de sacerdotes, cubiertos todos con la capa pluvial bordada de oro, dan la vuelta al Santo Sepulcro, entonando himnos a la Resurrección, en tanto que la multitud entusiasta que acompaña la procesión, continúa gritando:
¡Alleluya, alleluya!
El domingo se celebra el oficio del día con una magnificencia sin rival. Lámparas, candeleros, ornamentos, y —130→ hasta las riquísimas colgaduras que adornan las paredes, todo es allí ofrenda de reyes y emperadores, o donativos de la Europa cristiana.
En la puerta del Santo Sepulcro se coloca ese día un altar, donde el padre guardián, después de oficiar de pontifical, da por su mano la comunión a todos los peregrinos.
La fiesta dura todo el día, y aun después de cerrar la noche, todavía resuenan los cánticos sagrados en el Sepulcro del Dios-Hombre, confundidos con el ¡Alleluya, alleluya! que repiten a lo lejos las perfumadas bóvedas.
En Roma, las ceremonias de la Resurrección dan también principio al Sábado Santo, con esa magnificencia que despliega en todas las solemnidades religiosas la moderna Jerusalem.
A las cinco de la tarde se celebra en una de las iglesitas de la Plaza del Pópolo la primera misa de Pascua, según el rito de los armenios unidos.
El obispo que oficia, revestido de ricos ornamentos orientales, y ostentando una blanca y venerable barba, aparece rodeado de un gran número de asistentes que arrastran espléndidas dalmáticas de púrpura y oro.
Dos de ellos sostienen en el aire una banda de seda blanca con franjas de oro, y durante la elevación de la Hostia, otros dos asistentes tienden ante los ojos del oficiante un blanquísimo paño de lino, como símbolo del misterio que rodea al Ser increado.
Al terminar la misa se reparten en gran número panes ázimos, adornados con la efigie del Cordero pascual.
Pero la gran fiesta romana, la que nuestra pluma no acertará jamás a describir, es la del gran día de Pascua, la que celebra el Santo Padre en la Basílica de San Pedro.
La entrada del Pontífice-rey, conducido en la silla gestatoria a través de la colosal Basílica, es un espectáculo único en el mundo, una solemnidad augusta que forma el más maravilloso contraste con la pompa teatral de los armenios.
Al ver al Santo Padre con su sonrisa evangélica, con su frente radiante de pureza, caminando en una silla sobre la multitud apiñada, y acariciado por cuatro grandes abanicos de plumas, el corazón palpita, el espíritu se exalta, y el espectador cree asistir a la transfiguración de un bienaventurado que los ángeles conducen en triunfo hasta los pies de Dios.
Al describirnos la magnificencia de los oficios de Pascua en la catedral de San Pedro; al pintarnos la celeste belleza que respiran las facciones del augusto pontífice, uno de los peregrinos que han pasado en Roma la Semana Santa en el año de gracia de 1864, anonadado ante la idea de tanta grandeza, encorvado bajo el peso de aquella misteriosa y augusta bendición, exclamaba con toda la fe de un corazón ardiente y apasionado:
-¡Señor! ¡Señor! ¿Cuál será la grandeza de Jesucristo, si la vista de su Vicario en la tierra produce en el alma tan maravillosa sensación?
ROBUSTIANA ARMIÑO.
—131→

| Creo en Dios, Padre omnipotente, | |||
| criador del cielo y la tierra, | |||
| que así alienta en lo invisible | |||
| como en lo visible alienta. | |||
| Creo en mi Señor Jesucristo, | 5 | ||
| su único Hijo, obra excelsa | |||
| que antes de todos los siglos | |||
| brotó de su propia esencia. | |||
| Dios de Dios, luz infinita, | |||
| germen de toda lumbrera, | 10 | ||
| verdadero Dios nacido | |||
| del Dios que todo lo llena: | |||
| consustancial a su Padre | |||
| y de igual naturaleza, | |||
| fue, no hecho, sí engendrado | 15 | ||
| por la voluntad inmensa | |||
| de AQUEL SER de quien proceden | |||
| cuantas cosas fueron hechas. | |||
| ÉL fue AQUEL que procurando | |||
| nuestra salvación eterna, | 20 | ||
| bajó a la tierra del cielo; | |||
| y por la santa influencia | |||
| del ESPÍRITU DIVINO | |||
| que inunda de luz la esfera, | |||
| —132→ | |||
| encarnando en las entrañas | 25 | ||
| de una escogida doncella, | |||
| FUE HOMBRE en el puro seno | |||
| de MARÍA, Madre nuestra.- | |||
| Por salvarnos del pecado | |||
| dio la sangre de sus venas; | 30 | ||
| bajo el poder de Pilato | |||
| sufrió dolores sin cuenta: | |||
| bebió el cáliz de la angustia | |||
| clavado en la cruz, y en ella | |||
| redimió todas las culpas | 35 | ||
| de la humanidad entera. | |||
| Fue muerto: fue sepultado; | |||
| mas del sepulcro de piedra | |||
| sacudió al tercero día | |||
| la pesadumbre cruenta. | 40 | ||
| Resucitó; subió al cielo | |||
| lleno de luz y belleza: | |||
| los ángeles le llevaron | |||
| sobre sus alas de seda; | |||
| abrieron los serafines | 45 | ||
| del alto empíreo las puertas, | |||
| y el Padre Eterno en su trono | |||
| le sentó a la mano diestra.- | |||
| Y allí está: desde ese asiento | |||
| tornará un día a la Tierra; | 50 | ||
| y vendrá armado ese día | |||
| de la justicia suprema | |||
| a pesar en la balanza | |||
| las obras malas y buenas; | |||
| a dar castigo al culpable, | 55 | ||
| premio al que su ley observa.- | |||
| -Creo en él: creo en Dios Padre, | |||
| que en el Hijo se recrea: | |||
| creo en el Espíritu Santo, | |||
| voz de los santos profetas. | 60 | ||
| Creo en los dogmas divinos | |||
| de nuestra madre la Iglesia; | |||
| pues siendo infalible, sola, | |||
| única, inmutable, eterna, | |||
| al nacer nos da esperanza, | 65 | ||
| nos da al vivir fortaleza, | |||
| nos da alivio en los dolores | |||
| y al morir nos llora y reza. | |||
| Por ella, símbolo santo | |||
| que a Dios vivo representa, | 70 | ||
| espero al fin que mi carne | |||
| purgada de su impureza, | |||
| tornará unida a mis huesos | |||
| a recobrar la existencia, | |||
| cuando el acento potente | 75 | ||
| de Dios, tronando en la esfera, | |||
| nos llame a gozar su gloria | |||
| eternamente.- Así sea. | |||
ANTONIO HURTADO.
¿Os acordáis de la tercera lección de Carlitos?
Seguramente: allí visteis las relativas posiciones de dos rectas, y esto no puede haberse borrado de vuestra memoria.
Olvidar lo que son líneas paralelas o líneas perpendiculares hubiese sido un delito de lesa geometría: no era posible que niños como vosotros, lectores queridísimos, lo cometieran.
Y pues yo debo creer recordáis perfectamente todo lo que entonces os manifesté sobre la explicación de mi amigo el profesor, paso hoy a deciros las diferentes posiciones que puede tener un plano, como también las que —133→ relativamente pueden guardar entre sí dos de estos.
Pero... ¡qué mala es mi memoria! Os prometí hablaros en este artículo de unos ángulos nuevos que teníais que conocer, y sin comprender mi olvido he empezado a hablar de cosa bien diferente.
¿Y qué hacer?
Continuar, queridos niños; vosotros tendréis la necesaria paciencia para aguardar hasta el artículo próximo: en él quedará satisfecho vuestro deseo de conocer a los señores ángulos que tengo que presentaros.
Limitémonos hoy, vosotros y yo, a considerar al señor plano, persona que va a presentársenos en diferentes posiciones.
Lo que sabéis os marca lo que a saber vais: un plano puede ser vertical, horizontal e inclinado.
-¡Lo mismo que la recta! -diréis.
-Sí, lo mismo; esto se parece a aquello.
»Pero falta que sepáis lo que es un plano vertical, como también uno horizontal.
»Será vertical aquel plano en que pueda trazarse una línea vertical; y horizontal aquel que guarde una posición semejante o la que presenta la superficie del agua cuando está perfectamente tranquila.
Es esto cosa clara y sencilla, y Carlitos, que lo explicó a sus discípulos, pudo fácilmente hacerse comprender de estos.
Yo, que sólo soy cronista de los sucesos acontecidos en la cátedra de mi amigo queridísimo, voy a dejar a este la palabra, para que con su natural soltura explique este punto.
He aquí lo que dijo mi amiguito Carlos.
-Vosotros, queridos compañeros, querréis, sin duda, saber cuántas posiciones puede tener un plano. Vais a ver las tres principales.
Suponed que un pedazo de madera, una tablita cualquiera, pueda ser un plano; es indudable que puedo colocar dicha tablita sobre esta mesa de modo que descanse toda sobre ella, de modo que parezca caer a un lado u otro, o de que, perfectamente derecha, no se incline a ninguno.
Tendremos entonces las tres posiciones del plano: horizontal, vertical e inclinado.
Es necesario que veáis esto: se comprende mucho mejor aquello que se ve que aquello que se oye. Mirad.
Y Carlos, al decir esto, tomó tres delgadas tablitas y las colocó de manera que guardaban las posiciones que os presento en esta figura:

Necesario fue sostener la última tablita: presentaba el plano inclinado a la superficie de la mesa, y sin un apoyo que Carlos le puso por detrás, no hubiera podido sostener su posición.
Los geómetras comprendieron perfectamente las posiciones del plano, y su profesor, luego que se hubo cerciorado de que efectivamente habían sido comprendidas sus palabras, pasó a explicar los diferentes modos como dos planos pueden hallarse.
Debo, pues, dar nuevamente la palabra a mi amiguito: oídle; trascribo aquí lo que entonces dijo.
-Si las posiciones de dos planos no fuesen análogas a las de dos rectas, yo desde luego os explicaría extensamente aquello que a tal asunto conviniera; pero si dos planos pueden ser perpendiculares, paralelos u oblicuos, y vosotros comprendéis cuándo tendrán cualquiera de estas circunstancias, no debo extenderme mucho en esta cuestión.
»No obstante, bueno es que aseguremos nuestros conocimientos en esta parte: para ello, vosotros y yo vamos a tratarla.
»Dime, Luis: si tuvieses dos tablas delgaditas, colocadas de modo que la una cayese sobre la otra, sin inclinarse más a un lado que al otro, ¿qué verías en ellas?
-Dos planos que serían perpendiculares entre sí.
-Perfectamente: para que todos veamos eso prácticamente, vas a poner esas dos tablitas de un modo tal que sean perpendiculares.
Y Carlos, al decir esto, dio a Luisito dos tablitas, que este tomó, y colocó sobre la mesa de este modo:

-Ahora -continuó Carlitos- que ya hemos visto lo que nuestro compañero ha representado exactamente, es necesario ver cuándo serán paralelos dos planos. Esto va a decírnoslo mi muy querido amigo Teodoro.
-Cuando no puedan nunca encontrarse, por mucho que su tamaño pudiera aumentar.
-Así es: dos planos son paralelos cuando no se encuentren jamás, por mucho que se prolonguen. Esto es lo que se dijo de las rectas; pero puesto que a tal cosa hemos llegado, voy a haceros una advertencia.
»En la primera parte de nuestro trabajo no pude mencionaros una cosa que ahora debo haceros comprender. Es la siguiente:
»Dos rectas pueden no encontrarse jamás, y no ser paralelas.
-Pues entonces -interrumpió Esteban-, —135→ ¿por qué nos dijiste que serían paralelas si tenían esa propiedad?
-Porque yo no podía entonces hablaros más que de lo que se encontrase en un mismo plano. Ahora puedo deciros que dos rectas serán paralelas si estando colocadas en un mismo plano no pueden encontrarse, por mucho que se prolonguen.
-Yo no entiendo eso -dijo Teodoro.
-Ni yo -replicó Luis.
-Ni yo.
-Ni yo.
-Ni yo.
Todos los geómetras, excepto Rafael, no podían comprender las palabras del joven profesor.
Pero este tomó prontamente dos varillas, las unió en forma de cruz, y cuando así las tuvo colocadas, dijo:
-Mirad: podemos admitir que estas varas son líneas rectas; están unidas ahora, y no son paralelas, puesto que se encuentran formando ángulos rectos. Creo que veréis esto claramente. Tomo la varilla de encima, sin que su dirección varíe, y la separo de la otra. Ahora bien: teniendo estas varillas direcciones totalmente opuestas, estando las dos horizontales, ¿podrán encontrarse?
-No, no -repitieron los niños-: ahora comprendemos esto perfectamente.
-Debéis comprender que para que estas varillas no se encuentren han de ser necesariamente las dos horizontales, las dos verticales, o las dos inclinadas con una misma inclinación.
»Pero hemos olvidado los planos: voy a volver a ellos.
»Ya hemos visto cuándo serán perpendiculares y cuándo paralelos; nos resta sólo conocer cuándo serán inclinados.
-Cuando no sean perpendiculares ni paralelos -dijo Luisito.
-Efectivamente; entonces serán inclinados. Con esto terminaría esta lección, si no quisiese haceros ver una cosa. Dos rectas se cortan en un punto; pero dos planos se cortan en una recta. Esta línea que marca el corte de un plano por otro, tiene un nombre que vosotros no sabréis: se llama intersección.
»Con esto ya puedo terminar haciéndoos notar una circunstancia que debo esclarecer: en el curso de mis explicaciones he usado muchas barritas de madera, y es necesario que comprendáis que todas ellas sólo líneas representaban, aunque fuesen realmente otra cosa. Esta advertencia es necesario que la tengáis en cuenta.
Con estas palabras, queridísimos lectores, terminó Carlitos su explicación, y con ellas termino yo, haciéndoos notar os fijéis bien en lo que mi amiguito dijo a sus discípulos: las barritas que él usó en su cátedra, y que yo os he representado, sólo figuran planos, y sólo planos representan las delgadas tablas que hoy veis representadas y que en otros artículos también habéis de ver.
Esto evitará la confusión que de otro modo podría resultar; ya que para presentar esta ciencia, que tan sabiamente enseñó mi amigo Carlos, de un modo sencillo y claro, el esclarecido e infantil profesor creyó conveniente hacerlo como lo habéis visto.
Me despido por hoy de vosotros; en el próximo artículo veréis los prometidos ángulos.
E. THUILLIER.

Imposible es que no hayáis oído alguna vez a vuestros padres pronunciar ese nombre, venerado por todas las personas de buen gusto literario.
Fue hijo D. Leandro de otro celebrado poeta y autor dramático, D. Nicolás, y en verdad, era digno hijo de tal padre. Educado cuidadosamente por este, siguió los sabios consejos y aprovechó la enseñanza de tal manera, que llegó a aventajarle y a lograr más alta fama que la del autor de sus días.
Nació D. Leandro en Madrid en 1760, y a los diez y ocho años ya fue premiado por la Academia Española. Por motivos políticos hizo muchos viajes, y pasó largos años en el extranjero, donde murió en 1828, en París. Sus cenizas fueron traídas a España en 1853 y depositadas en la iglesia de San Isidro.
—136→Sus obras más notables son: El Viejo y la Niña, La Comedia nueva o el Café, El Barón, La Mojigata, El Sí de las niñas, acabado modelo de composición dramática y de castizo lenguaje, El Médico a palos y La Escuela de los maridos (traducidas de Molière), y Macbeth (traducción de Shakespeare).
Cuando tengáis edad para ello os encantará leer las discretas obras del gran ingenio.
—137→
LA AVENA
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LINNEO
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LA DALIA
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EL ABEDUL
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LINNEO
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EL MAÍZ
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LA AVENA
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LINNEO
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LA AVENA
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EL MAÍZ
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LA AVENA
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| —138→ | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
LINNEO
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LA RESEDA
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LINNEO
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Dichos.- Salen LA MARGARITA y EL ALELÍ.
EL GIRASOL y LA MARAVILLA
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LINNEO
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LA MARAVILLA
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LINNEO
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LA MARGARITA
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LINNEO
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EL GIRASOL
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LINNEO
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LA RESEDA
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EL MAÍZ
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Dichos, menos EL MAÍZ.
LA AVENA
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—139→
Dichos, menos LA AVENA.
(LA MARAVILLA, EL GIRASOL, y LA MARGARITA se cogen de bracero y pasan por delante de LINNEO.)
LAS TRES
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(LINNEO, cruzado de brazos, les dirige furiosas miradas.- Vanse.) | |||||||||||||||||
Dichos, menos LA MARAVILLA, EL GIRASOL, y LA MARGARITA.
LA ROSA
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Dichos, menos LA ROSA.
LINNEO
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LA RESEDA
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EL ALELÍ
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Dichos, menos LA RESEDA y EL ALELÍ.
LA DALIA
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EL ABEDUL
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LA DALIA
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EL ABEDUL
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LINNEO, solo.
(Alzando la cabeza, y mirando con dolor en torno suyo.)
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FIN