Hace poco, queridos niños, que os propuse un paseo por el campo con objeto de observar el bello espectáculo que el crepúsculo nos ofrece.
¿Os acordáis?
Lo creo así: en el tomo quinto de esta Revista pudisteis leer mi artículo El Crepúsculo, y ver en él la promesa de explicaros los principales hechos de ese poderoso agente que se llama Naturaleza.
Los fenómenos naturales deben, pues, originar varios artículos, que habrán tenido principio en el antes citado, que apareció en el quinto tomo de esta bella publicación.
Hoy voy a hablaros de las nubes, y para ello os invito nuevamente a otro paseo campestre.
¡Es tan bello el campo!
En él podemos estudiar la naturaleza qué bellos cuadros nos presenta por do quiera; en él nos encontramos admirados ante el espectáculo que se nos ofrece.
No rehusareis, pues, que a él os lleve. Vamos, niños queridos, a contemplar las nubes.
Seguramente hoy no tenemos el bello color rosado del crepúsculo ante nuestros ojos; aunque no por eso la naturaleza pierde su magnificencia cuando el azul del cielo se oculta tras nube blanquecina.
Está nublado.
¿Os entristece esto?
Tal vez así sea; pero no por eso debemos dejar a la tristeza apoderarse de nuestro corazón. Las nubes, aunque oculten a nuestra vista el astro luminoso, aunque roben a nuestros ojos el bello color del cielo, tienen una soberbia grandeza que no puede desconocerse.
—146→Casi me atrevo a suponer que dudáis de esto que os digo: no lo hagáis; la tristeza, como la alegría, tiene su sublimidad.
Empecemos, pues, nuestro camino, y observemos con cuidado; tal vez pueda pasar desapercibido algo que vosotros y yo debamos observar.
Estamos en el campo. Ved cómo las nubes revisten formas tan distintas como extrañas; ved cómo por una parte son blanquecinas, por otra brillantes, por alguna completamente oscuras.
¿No lo veis?
¿Cómo no? Seguramente es la pregunta importuna.
Observáis como yo; y como yo admiráis el magnífico cuadro.
Y querréis, no puedo dudarlo, querréis saber, sin duda alguna, cuál es la causa que forma las nubes, qué es, en fin, lo que os hago admirar.
¡Las nubes!
Vosotros las veis: por una parte cual gasa pavorosa; por otra, cual negra acumulación de cargado humo.
Y viéndolas, no sabéis lo que son, y admirándolas, desconocéis el por qué de su existencia.
Yo os lo diré; yo procuraré explicaros el misterio de la nube.
¿Conocéis el vapor?
Lo supongo: todos vosotros habéis podido observar en vuestras casas el humo blanquecino que se escapa de la vasija donde hay agua hirviendo.
La naturaleza tiene inmensas vasijas, grandes receptáculos, donde el agua se evapora en parte: esos receptáculos, que vosotros podéis llamar lagos, ríos, océanos, como queráis, producen gran cantidad de vapor, del humo blanquecino que habéis podido observar en las cocinas de vuestras casas.
Y ese vapor, ¿qué hace?
Permanece en la atmósfera sin que vosotros le veáis, hasta que se condensa, y en forma de gotas de extremada pequeñez ocupa las altas regiones de la atmósfera. En ellas se acumula, y forma lo que a vosotros parece una masa compacta: las nubes.
Ya sabéis el secreto, ya conocéis, el misterio que existía para vosotros en esta materia.
Pero ¿qué tenéis?
Parece que ahora no os sentís, como antes, admirados; parece que la ilusión ha desaparecido.
No; mirad aún, ya que nos queda todavía algo que considerar.
¿No veis cuán diversas formas tienen las nubes?
Sí lo veis; os lo he hecho observar ya: antes de ahora he hecho que en este particular fijéis vuestra infantil atención.
Mirad de nuevo: allí próximo al horizonte las veis en fajas prolongadas y horizontales: son los stratus.
Tienen su nombre según su forma; y os diré que son los stratus frecuentes en el otoño, encontrándose siempre bastante bajos.
Mirad otras de distinta forma: los airus.
En delgados filamentos se presentan allá, muy alto, casi sobre nuestras cabezas.
Siempre las veréis así, siempre aparecerán tan elevadas; tal vez de partículas heladas o de copos de nieve estén formadas.
¿No hay más? me decís.
Sí; aún restan los nimbus y los cúmulus.
—147→Qué son los cúmulus voy a deciros, antes de que por ello me preguntéis.
Son bellas nubes que montañas reunidas asemejan; tan redondeadas y tan bellas, presentan siempre un hermoso aspecto con sus filetes de mil vueltas iluminados.
Nos restan aún las últimas por observar, las que antes os he dicho llamarse nimbus. Estas no se presentan con formas determinadas, y son las nubes de lluvia. Las más feas, sin duda alguna, para vosotros, de todas las que sucesivamente hemos ido observando, son, sin embargo, las más beneficiosas para los campos: ellas dan las lluvias que fertilizan las tierras haciéndolas cultivables. Sin el agua no habría vegetación, sin ella no podríais admirar las hermosas flores con que la primavera nos deleita.
Ya hoy hemos terminado nuestra misión, y debemos volver; los nimbus parecen amontonarse formando una inmensa nube de un color gris uniforme: tal vez la lluvia no tarde en caer, y entonces sería lastimoso encontrarnos en el campo.
Ante el peligro de mojarnos volveremos definitivamente.
Pero es inútil nuestra precaución: ya pequeñas gotas vienen a mojar nuestros vestidos; la lluvia empieza a descender sobre la tierra.
¿Qué hacemos?
Volvamos, y sea nuestro paso rápido en lo posible: así podremos, al menos, llegar más pronto a donde a cubierto podamos estar.
Corred, corred veloces; la lluvia arrecia, y bien pronto nuestros vestidos serán traspasados por el agua.
Ya llegamos: aquí estamos a cubierto y seguros.
Pero ¿cómo entretendremos el tiempo que esperando debemos permanecer?
Yo os contaré lo que es la lluvia, si os parece que mi narración puede seros agradable.
-La esperamos ansiosos, me decís.
-Pues aprestaos a oír mis sencillas palabras.
Pero noto, queridos niños, que el sol nos envía sus rayos y que la lluvia ha cesado. Por esto podemos salir, y en el camino iré contándoos lo que os he prometido.
-En el camino, no, exclamáis unánimes.
-Pues entonces quedará mi explicación para otro día.
E. THUILLIER.
Puerto de Santa María, 1872.

—148→

Las niñas hacen corro, y la que figura ser el ratón queda dentro del círculo, y fuera la que figura ser el gato. Éste, como es natural, quiere coger a aquel, pero las demás niñas se lo impiden cerrándole el paso, y si al fin logra entrar, ya no le halla, porque a tiempo que entraba por un lado el gato, se salía por el otro el ratón. Entonces el gato quiere salir del círculo, bien que le cuesta gran trabajo lograrlo, y cuando sale, el ratón se mete por otro lado.
Cuando el ratón es torpe y se deja coger, paga prenda la niña que lo representa, y ella y la que hace de gato vuelven al corro, reemplazándolas otras dos niñas en el desempeño de tan importantes papeles.
Es un juego entretenido.

Colócanse en corro las niñas, distantes unas de otras, y una se pone en medio para preguntar a las demás.
¿Le gustan a V. sus vecinas? pregunta a una de las niñas.
Cuando la interpelada contesta afirmativamente, las niñas todas mudan de sitio, y la que está en pie en medio, hace lo posible por coger un asiento vacío.
Si contesta negativamente, hay que decir a quienes se prefiere tener por vecinas, y las señaladas mudan de sitio, cambiándolo con el de las vecinas excluidas.
La gracia de este juego está en hacer con gran presteza los cambios de sitio para que la que esté en medio no logre sorprender a alguna, hallando un asiento vacío que ocupar.
—149→
M. OSSORIO Y BERNARD.
| ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
| ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
TEODORO GUERRERO.
—150→
II
Os dije en mi anterior artículo, niños queridos, que no debía imputarse la invención de la pólvora a ninguno de los que comúnmente se consideran sus inventores.
El considerar a Schwartz como su inventor, como el aplicar la invención a cualquier otro, no puede bajo ningún concepto admitirse como cierto, y ya esto os lo he dicho para que de ello tuvierais conocimiento.
Y, afirmando este particular, debo entrar de lleno en manifestaros el secreto de la pólvora.
¿El secreto de la pólvora?
Sí, niños míos, el por qué de su fuerza, la causa de su potencia maravillosa.
¿Habéis pensado alguna vez en esto?
¿Habéis reflexionado por qué la pólvora, al inflamarse, cuando está en un canon, en un fusil o en una pistola, arroja fuera con rapidez tan extraordinaria la bala o munición con que el arma está cargada?
¿No habéis querido averiguar la causa de que al cargar un arma de fuego haya necesidad de poner un taco que comprima fortísimamente la carga depositada en el interior del cañón?
Supongo, pequeños lectores, que no se os habrá ocurrido pensar en esto; y lo supongo tanto más, cuanto que generalmente se ven las cosas sin que procuremos averiguar las causas que las originan.
Y por si esto es así, yo voy a poner al alcance de vuestras tiernas y sencillas imaginaciones el misterio del tiro, de eso que tanto miedo os causa cuando cerca de vosotros oís su terrible detonación.
Suponed que dentro de un receptáculo cualquiera tenéis una cosa encerrada, de tal modo, que no hay ni un pequeño hueco que la tal cosa no ocupe; si, siendo así, suponéis que la citada materia, el cuerpo encerrado, crece allí dentro, y aumenta sin cesar, habéis necesariamente de convenir conmigo en que aquello que lo contiene ha de estallar, dando salida al cuerpo contenido, si la fuerza que el aumento de éste produce es considerable.
Suponed esto mismo en la pólvora, y tendréis explicado el secreto de su fuerza; si bien con la particularidad de que en ella el aumento de volumen se efectúa en un rapidísimo momento.
En efecto, queridísimos lectores, la potencia espantosa de la pólvora consiste en el aumento de volumen que ocasiona su combustión al convertirse en gases las materias que entran en su composición.
—151→Si admitimos que un litro de pólvora se convierte por su combustión en 4.000 litros de gases, es decir, que ocupa después de haberse inflamado un espacio cuatro mil veces mayor, puede fácilmente comprenderse la fuerza prodigiosa de que dicha materia se verá animada, y no se dudará un momento de que en ello estriba el misterio del tiro, de la velocidad de la bala, de su potencia extraordinaria.
La pólvora está compuesta de varias materias que se descomponen por su combustión; y según que produzcan mayor o menor cantidad de gases, será mayor o menor la fuerza de aquella.
¿Habéis comprendido esto, queridos niños?
Supongo que sí; pero por si así no fuera, voy a explicároslo aún más. Si habéis poseído una pequeña pieza de artillería, o si, no habiéndola jamás poseído, habéis visto cargar un arma de fuego, habréis notado la pequeña cantidad de pólvora que se metía en el cañón, pequeñísima si se la comparaba con la que éste podía contener hasta verse lleno completamente. Basta, en efecto, poca pólvora para producir un tiro; pero éste no se verifica si aquélla no se encuentra muy apretada por el taco que la oprime fuertemente.
El arma, la pieza pequeñita de artillería, se ha disparado. Un fuerte ruido se ha oído; y el tiro sólo ha dejado en vuestros oídos un zumbido particular, a causa de la fuerte impresión causada en vuestro nervio acústico por las ondulaciones violentas del aire.
¿Qué ha pasado dentro de la pieza, del arma disparada?
El fuego se ha comunicado a la pólvora, la combustión de ésta ha tenido lugar; y al verificarse, lo que había dentro del espacio que la contenía no cabía buenamente en él. Ha sido, pues, necesario un sitio mayor, y como el que existía estaba cerrado, ha sido preciso romper la puerta que cerraba fuertemente: la puerta era el taco, y al abrirse dejaba libre el paso por el cañón, que se ha encargado de dirigir la bala por la calle por él formada.
Y aquí toca explicaros el por qué siempre se rompe la puerta y nunca las paredes de la cámara.
-¿No podrán romperse éstas? me diréis.
-Sí; pero no es probable que así suceda.
-¿Por qué?
-Voy a responder inmediatamente a vuestra pregunta.
Las paredes son más fuertes y oponen más resistencia que el taco, y por esto rompe éste, que es más débil que aquéllas. Sucede a veces que el cañón no tiene la necesaria resistencia: entonces ocurre que la puerta es tan fuerte como las paredes de la cámara, y
que estas se hacen pedazos, con el consiguiente riesgo para el que dispara.
Esto puede suceder, y de aquí el peligro de las armas de fuego, fundándome yo en esto cuando al deciros que podíais tal vez haber jugado con pequeñas piezas de artillería, daba a tal acción en mi anterior artículo el calificativo de imprudente.
Por esto, pues, no debéis tener tales juegos, desechándolos si os fuesen propuestos por algunos compañeros, que en tal caso no sabrían comprender lo peligroso de su proposición.
Ya os he dado a conocer la pólvora, para que, conociéndola, podáis evitar los efectos que la ignorancia de sus propiedades pudiera acarrearos. ¡Ojalá —152→ que esto pueda seros útil, y que nunca, imprudentes, juguéis inadvertidamente con lo que tanto mal puede produciros! ¡Ojalá que no sea perdido este pequeño trabajo que he tomado sobre mí al presentaros este segundo invento de que os hablo.
La pólvora es sólo útil cuando se aplica a los grandes fines de la industria humana: sólo entonces cumple una misión digna y benéfica.
Pero... cualquiera de vosotros creerá que aquí voy a terminar este asunto. ¿No es verdad?
Pues se equivoca: me queda todavía que tratar de la fabricación de la pólvora, y esto queda para el siguiente artículo.

Después de comer, todo niño bien educado debe dirigir a Dios una oración en acción de gracias.
No hacerlo así es notoria ingratitud.
Con sólo pensar que hay tantos niños inocentes que no tienen qué comer, que acaso a esa hora mueren de hambre en brazos de sus madres, si aún en su desdicha tienen la ventura de no ser huérfanos, basta para persuadirse de lo justo que es dar gracias a Dios por los beneficios que de Él se reciben; pues todo, alimento, sueño reparador, reposo, alegría, salud... todo, en fin, a Dios misericordioso se le debe.
—153→
-Es muy fastidioso, decía un día Arturo a su hermana Paulina, que siempre vayamos a pasear con la niñera, como si fuéramos niños pequeñitos, como si no supiéramos andar.
-Siempre nos lleva a los mismos sitios, y nunca quiere ir lejos.
-Y siempre diciéndonos: -No corráis, que os vais a caer. -No vayáis por en medio. -¡Qué viene un caballo!... -No os acerquéis a esa vaca. -Dadme la mano.
¡Ya! ¡ya! no nos deja respirar.
-Yo, mejor quiero no salir de casa.
-Mira, Paulina, lo que yo he pensado. Mañana nos levantamos muy tempranito, antes de que papá y mamá se despierten, y nos vamos solitos a hacer un viaje, como los que hacía Robinson en su isla. Iremos a donde queramos y nos detendremos cuando nos dé gana, y nadie nos impedirá hacer nuestro gusto.
-Pero mamá va a creer que nos hemos perdido.
-No, porque como yo sé ya escribir, le pondrá a mamá sobre el velador un papel que diga: -«Mamá, Paulina y yo hemos ido a hacer un viaje como Robinson, y volveremos a la tarde.»
-¡Ay! ¡cuánto nos vamos a divertir! Tú cuidarás de despertarme.
-Sí, sí, no tengas cuidado.
Arturo estaba tan preocupado con su gran empresa del día siguiente, que, al acostarse, olvidó rezar la oración de costumbre. Si se hubiese acordado de Dios en aquel momento, acaso habría reflexionado que Dios no podía aprobar lo que intentaba hacer. Pero no pensó en otra cosa, que en su proyecto, y apenas durmió. Aún no había amanecido, cuando ya estaba levantado y vestido, y se dirigió a llamar a su hermanita.
Ambos, de puntillas para no despertar a nadie, bajaron a la cocina y cogieron dos pedazos de pan, que les servirían después de almuerzo; luego Arturo escribió con lápiz lo que ya se ha citado antes, y en seguida abrieron la puerta de la casita de campo donde vivían, y salieron corriendo a todo correr, como si fueran huyendo por haber hecho algo malo.
Cuando se detuvieron, grandemente sofocados, se hallaron en una pradera. Los pajarillos cantaban alegremente, y hermosas margaritas y otras bellas flores se alzaban empapadas de rocío, y el sol las acariciaba y las daba vida y calor. Pájaros, y flores parecían gozar inefable ventura. Y Arturo y Paulina, ¿eran venturosos?
No, porque cuando estuvieron bastante lejos para no temer ser cogidos y llevados a su casa, empezaron a oír claramente en el fondo de su corazón una vocecita que les decía: -«Lo que habéis hecho es una gravísima falta. Vuestros padres os tienen prohibido salir solos. Les vais a dar un gran disgusto con vuestra desobediencia.»
Paulina caminaba muy pensativa, sin pensar siquiera en coger las flores hermosísimas que hallaba a su paso, cuando otras veces, antes de ser, desobediente, en cuanto veía flores las cogía —154→ para hacer un ramito y llevarlo a su mamá. Arrepentida y temerosa, propuso a su hermano dar un corto paseo y volver a casa. Pero Arturo cantaba, silbaba, brincaba y hacía todo lo posible por aturdirse y no oír aquella vocecita que le reprochaba su mala acción.
-No, no, dijo a su hermana, ya que hemos salido, vamos a hacer el viaje. Lo mismo nos castigarán si volvemos ahora que si volvemos a la tarde. Mira, allí hay un sitio muy hermoso para sentarnos y comer el pan.
Después de su frugal desayuno, los niños quisieron ponerse a jugar, pero nada les divertía. Intentaron edificar una cabaña, pero en seguida renunciaron y volvieron a seguir su camino.
-Arturo, decía Paulina, no vayamos por allí, que hay mulas y nos pueden dar un par de coces; ¡mira, mira qué perro tan grande!... Vámonos por otro lado.
-¡Qué cobarde estás hoy! No te sucede eso otras veces.
-Es que otras veces vamos con Rosa, la niñera, o con papá o con mamá...
-¿Y no me crees a mí bastante fuerte para defenderte?... Si nos salen ladrones o lobos verás cómo te defiendo y los mato a todos.
Hacía ya largo tiempo que habían comido el pan, y los dos niños empezaban a sentir necesidad. Arturo había tenido la precaución de echarse en el bolsillo el dinero que tenía; pero faltaba que llegaran a sitio donde hubiera una tienda, un puesto donde comprar alguna cosa.
Después de mucho caminar, descubrieron un pueblecito. Nuestros viajeros aceleraron el paso y fueron mirando a las tiendas que hallaban, ganosos de encontrar alguna donde se vendiera algo bueno de comer.
Había en varias pan, pero esto no les llamaba la atención, porque ya habían comido pan; en otras había carne cruda, pero carne cruda no la podían comer.
Al fin, descubrieron en una tienda de ultramarinos unos bollos bastante llenos de polvo, eso sí; pero en viaje no hay que ser muy escrupuloso. Ya iba a entrar Arturo a comprarlos, cuando un hombre borracho salió de la tienda, se detuvo delante de los niños, mirándolos estúpidamente, y cogiendo a Paulina por el brazo, exclamó:
-Chiquilla, tú te vienes conmigo.
Paulina, aterrorizada, procuraba desasirse, llorando, y Arturo, que tanto presumía de valiente poco antes, se escondía vergonzosamente detrás de una puerta de la casa de enfrente. La niña pudo al fin desasirse de las manos del borracho, y echó a correr; su hermano la siguió, y ambos corrieron, sin mirar atrás, hasta que ya no pudieron más y cayeron rendidos de fatiga.
Después de esta aventura, Arturo pensó que ya era tiempo de volver a casa, y, sobre todo, que necesitaban comer y descansar. Pero había una dificultad; que ni él ni Paulina sabían el camino. En los campos hay muchos aldeanos a quienes preguntar; pero Paulina, después de aquel fatal encuentro del borracho, tenía miedo de todo el mundo, y se echaba a llorar cuando su hermano le decía que iba a acercarse a preguntar a alguno de los que pasaban.
Decidiéronse, pues, a caminar a la ventura, por donde conjeturaban que podrían hallar el camino para su casa.
—155→De cuando en cuando se detenían, rendidos de hambre y de fatiga; luego volvían a andar, y luego se paraban, y así les sorprendió la noche.
Estaban cerca de un bosquecillo, y allí, al abrigo de un árbol corpulento, se sentaron muy juntitos, con un sueño que apenas podían abrir los ojos, y, sin embargo, hacían grandes esfuerzos para no dormirse.
El día había estado muy bueno; pero la noche era fría y el viento soplaba por entre la arboleda, y producía un ruido lúgubre que tenía aterrados a los niños.
-Arturo, decía Paulina a su hermano; si habrá lobos aquí...
-No sé, decía el valiente; pero creo que los lobos no salen más que en invierno, cuando hay nieve.
-Y estamos en verano, ¿es verdad?
-Sí; no hay lobos ahora.
Y en el mismo momento, el valeroso Arturo dio un grito de espanto y un salto como si le hubiera picado una víbora.
Era que se habían movido las ramas del árbol, y se había oído un espantoso ¡Miau!...
-¡Ay! ¡un tigre! exclamó Arturo, más muerto que vivo.
El miedo le hacía olvidar que en aquel país no había habido, tigres jamás.
-¡Miau! gritó otra vez una voz horrible, y al mismo tiempo pasó junto a ellos un animal enorme, que les pareció un oso, una pantera, un elefante, y era simplemente un gato de una casita próxima, que se había quedado fuera aquella noche.
La fatiga pudo más que el miedo, y Arturo y Paulina se quedaron dormidos y no se despertaron hasta la aurora. Levantáronse fríos, con los miembros entumecidos, con dolor en las espaldas y en la cabeza, y se pusieron en marcha, decididos a preguntar el camino de su casa al primero que encontraran.
Apenas habrían andado cien pasos cuando vieron venir hacia ellos a Francisco, el criado de su padre.
-Pero, diablos, les dijo, ¿qué habéis hecho? Vuestra madre está como loca. Vuestro padre por un lado, y yo por otro, hemos estado buscándoos toda la noche. Nadie, ha comido ni ha dormido ayer en casa.
-Vamos, vamos a casa, a que nos perdone mamá, dijo Paulina.
-Si supieras, Francisco, ¡qué hambre y qué frío hemos pasado desde ayer! exclamó Arturo.
-¡Y qué miedo! añadió Paulina. Ya no nos volveremos a marchar de casa solos.
-No, no; porque ya nos hemos convencido de que todavía no podemos andar solos.
Sus padres, dichosos con volver a ver a sus hijos, fueron con ellos indulgentes y no les castigaron lo que merecían; pero procuraron hacerles comprender toda la gravedad de su falta.
Dios, a quien los niños ofenden mucho cuando no se conducen con el juicio y la cordura convenientes, envió a Paulina y a su hermano un castigo, que ni los cuidados ni la ternura de sus padres les pudieron evitar. A consecuencia del frío que habían pasado aquella noche, los dos cayeron enfermos, y durante un mes tuvieron que estar encerraditos, y poco menos que a dieta, aprendiendo así las consecuencias que tiene abusar de la libertad y desconocer la autoridad paterna.
—156→

En el corral de una casa de campo de un amigo mío, siempre que le llevaban al perro su alimento en una especie de caja de madera, las gallinas le rodeaban, y a poco que se descuidara, le comían más de lo que era conveniente.
El perro tenía muy buen carácter, y les permitía que participaran de su comida, pero el número de las convidadas aumentaba cada día, y alguna vez le sucedió al perro quedarse sin comer. Tuvo que ponerse al fin muy serio el perro y manifestar a las gallinas el justo enojo que le causaba aquel notorio abuso.
Las gallinas comprendieron perfectamente, y se contentaban con mirarle cuando comía, demostrando una tristeza que el perro, en su instinto, conoció claramente.
Y era tan bueno aquel animal, que tomó un partido que le permitiera comer lo que tenía gana, y favorecer al mismo tiempo a los pobres animalejos.
Cuando le llevaban la comida, cogía la caja que la contenía, vertía en el suelo una parte del contenido, y luego se la llevaba a la casita de madera donde dormía, y allí comía tranquilamente, muy contento de ver a las gallinas comer fuera lo que él las había dejado.
Este hecho es una prueba más del buen instinto de los perros, y de la facilidad con que se aficionan a los animales domésticos en cuya compañía se acostumbran a vivir.
En eso, como en todo, se manifiesta, hijos míos, el infinito poder y la sabiduría infinita de nuestro Creador.
—157→
-¡Qué cosa tan enfadosa es estar siempre estudiando, sin poder jugar y divertirse uno con sus amigos! decía un día Eduardo, cerrando un libro. Siempre esos pesados guarismos, siempre esa insufrible aritmética y esa eterna gramática, y todos esos libros en que se empeñan que estudie las matemáticas, el lenguaje, la historia y la física, y otra infinidad de cosas que no me pueden ser más antipáticas.
¿Qué me importa a mí que uno más uno sean dos, ni la historia de Wamba, de D. Sancho el Bravo, o de Felipe II? Nada, absolutamente nada. Yo lo que quiero ser es general, para ir a caballo, con mi sombrero con pluma, y detrás los ayudantes y la escolta, y para eso maldito si necesito saber todas esas cosas que no hacen más que desesperarme.
-¿Tanto te incomoda el estudio? le dijo su padre, que acababa de oír las palabras de Eduardo.
-¡Ay, papá! cada vez que cojo un libro me da dolor de cabeza, y mis ojos se cierran sin poderlo remediar. Yo creo que esto debe ser una enfermedad.
-Sí, hijo mío, es una enfermedad que sentiría en el alma se apoderara de ti por completo; es una enfermedad contra la cual es inútil toda la ciencia de los médicos y todos los simples y compuestos conocidos: se llama pereza, y uno solamente puede curarse, combatiéndola sin cesar desde los primeros síntomas.
-¿Uno mismo?
-Sí, uno mismo.
-Pero, ¿cómo? no comprendo...
-Por medio de nuestra voluntad, respondió el padre de Eduardo.
-Pues yo, por más que hago, dijo éste, no puedo vencer esa especie de sueño que se apodera de mí cada vez que tomo en mis manos una geografía o una gramática.
-Pues bien, hijo mío; ya que no encuentras la manera de contrarrestar esa enfermedad, como tú mismo la calificas, haremos lo que suelen recomendar algunos médicos a sus enfermos; es decir, haremos un viaje, a ver si cambiando de aires logras curarte. Prepárate, pues, porque dentro de algunos minutos nos pondremos en camino.
Grande fue la alegría de Eduardo al oír estas palabras; pues consideraba que mientras duraba el viaje, no tendría que estudiar. Arregló, pues, todos sus juguetes para que le acompañaran en su expedición, y arrojó en el rincón más oscuro de su gabinete los libros, que tanto le aburrían e importunaban. En seguida entró su padre en traje de camino, y ambos salieron de la casa, emprendiendo la marcha a través de los campos.
Al cabo de algunos minutos llegaron a un sitio completamente desconocido para nuestro pequeño viajero.
-¿Qué sitio es éste? le preguntó Eduardo a su padre.
-Este es, hijo mío, el país de la realidad, —158→ en el cual no se conoce ni la mentira ni el fingimiento; pues todas las cosas se ven tales como son.
Dieron algunos pasos más, y vieron venir por el mismo camino que ellos seguían, a un general montado en un soberbio corcel, y rodeado de un brillante estado mayor.
-¡Oh! eso quiero yo ser, exclamó Eduardo entusiasmado al ver al general.
No había aún acabado de pronunciar estas palabras, cuando éste desapareció, y vio en su lugar a un quinto, idéntico al brillante militar que había causado su admiración.
En seguida le vio desfallecido de sed, caminar bajo un sol abrasador, agobiado bajo el peso de su fusil y de su mochila, le contempló después en el campo de batalla, ennegrecido por la pólvora, y le vio caer por fin herido de un balazo. Entonces el pecho del quinto se vio adornado con una cruz, que conmemoraba su valor y sus sufrimientos; después el quinto ascendió a oficial; pero cada ascenso le costaba una infinidad de trabajos y derramar su sangre en cien combates.
Al ver esto Eduardo, hizo un gesto exclamando:
-¡Mucho cuesta llegar a ser general!
Siguieron adelante nuestros dos viajeros, y llegaron a unos campos en donde todo era verdor, todo lozanía. Preguntaron que a quién pertenecían aquellos, y les mostraron a un anciano de rostro bondadoso que se hallaba sentado sobre una piedra.
-¡Qué campo tan hermoso! dijo Eduardo, de buena gana sería labrador; me daría buena vida, y no tendría que pasar los trabajos que siendo militar he sabido que se pasan.
Aún no había terminado de pronunciar estas palabras, cuando el hermoso campo desapareció de ante su vista, y vio en su lugar una tierra árida y sin la más pequeña hierba; en seguida distinguió al hombre que le habían designado como el dueño de los hermosos campos que tanto le admiraban, trabajando sin descanso aquellas tierras, le vio seguir cuidadoso e infatigable el arado, sin reparar en el sudor que corría por su frente, el cual iba a caer en los surcos como si hubiera sido un abono vivificante.
Y poco a poco, aquella tierra árida se convirtió en fértil, y siguió trabajando, y la tierra aumentó su producto, y con este producto compró otros terrenos, y al fin, al cabo de una infinidad de afanes, consiguió poseer los hermosos campos que tanto habían gustado a nuestro viajero.
Separose éste de las fértiles tierras, y siguió adelante un tanto cabizbajo, hasta que llegaron a una población en donde se celebraban unas grandes fiestas en honor de un eminente vate, el cual había honrado a su patria con sus obras, y cuyo nombre era llevado por todas partes en alas de la fama. Paráronse nuestros dos viajeros en la plaza de la ciudad, en donde iban a coronar al insigne poeta, y al cabo de un momento, le vieron llegar rodeado y aclamado por todo el pueblo.
-¡Oh! ¡qué hermoso debe ser verse vitoreado así! Eso sí que es mejor que ser general o labrador, y no tiene uno que correr tantos peligros ni que pasar tantos trabajos.
Aún el eco no había acabado de repetir las últimas palabras de Eduardo, cuando, lo mismo que si hubiera ante —159→ su vista una inmensa linterna mágica, vio desaparecer al poeta y a la gente que le aclamaba, y contempló al primero pobre y olvidado en una miserable buhardilla, le vio luchar con la adversidad, le miró llegar a las puertas de los que podían favorecerle y encontrarlas cerradas; vio cómo despreciaban sus obras, que nadie conocía, y que, por lo tanto, nadie se tomaba el trabajo de leer. Le vio, en fin, pasar por una infinidad de amarguras y desengaños, antes que se llegara a conocer su mérito, y se estimara el valor de sus obras.
-Vamos, papá, dijo Eduardo un tanto disgustado.
Siguieron, pues, adelante, y encontraron muchas personas de brillante aspecto, las cuales despertaban la envidia de nuestro pequeño amigo; pero pronto se desilusionaba al ver los afanes y las vigilias que les había costado a todas crearse una posición independiente y llegar a significar algo en la sociedad.
Iban a salir ya de la población, cuando sintieron el galope de un caballo; se volvieron, y vieron a un joven elegantemente vestido, montado en un magnífico potro.
-¡Ese sí que no debe pasar ningún trabajo, exclamó en seguida Eduardo entusiasmado, como aquél que encuentra por fin su bello ideal. Pero aún no había acabado de pronunciar estas frases, cuando se presentó ante su vista un gabinete, y en él un niño idéntico al joven que había causado su admiración, el cual dejaba los libros y pensaba solamente en jugar y divertirse; después el niño se hizo hombre, y su único pensamiento eran los placeres; no sabía más que jugar y divertirse, y no comprendía que se pudiera emplear el tiempo en otra cosa que en pasar la vida lo más alegremente posible. Su única ocupación consistía en gastar el dinero que sus padres le habían dejado al morir, dinero que ellos habían ganado con el sudor de su frente, y que su hijo no sabía apreciar, porque nunca había sabido ganarlo.
¡Gracias a Dios que ya encontré lo que buscaba! dijo Eduardo; eso es decididamente lo que yo quiero ser; ese no hace nada, no tiene ningún trabajo, y pasa su vida sin pensar en otra cosa que en divertirse.
Apenas dijo estas palabras, cuando cambió la decoración, y se presentó ante la vista de nuestro infantil viajero el porvenir de su bello ideal. Le vio lleno de deudas, perseguido por sus acreedores, y despreciado de todo el mundo; le vio recurrir a la estafa y al crimen para seguir ostentando el lujo y esplendor a que estaba acostumbrado, y el cual no podía sostener, por haberle agotado ya su capital el juego y los placeres, y le vio ir a presidio por falsificador, y morir por fin en un patíbulo, por haber cometido un asesinato para lograr el oro que no había sabido ganar nunca con su trabajo.
Eduardo, aterrado y sollozando, se arrojó en los brazos de su padre, exclamando:
-¡Padre mío! volvamos a nuestra casa, ya estoy completamente curado, y sólo quiero estudiar, para llegar a ser algo algún día.
Y se despertó.
Todo aquello había sido un sueño que Dios, compadecido de él, le había enviado para advertirle de los grandes peligros de la indolencia.
F. VARGAS.
—160→
Preparamos escogidísimos originales escritos expresamente para Los Niños por los señores Campoamor, Barrantes, Arnao y otros notables escritores.
Está en prensa y saldrá a luz el mes próximo el Almanaque de Los Niños para 1873, que regalaremos a todos nuestros abonados que renueven su abono.
Suplicamos, pues, a nuestros favorecedores que no descuiden renovar el abono, si tienen interés en recibir el Almanaque.
Recordamos también a nuestros amables suscritores el anuncio ya inserto en anteriores números del curioso y bonito libro titulado
LA RELIGIÓN EN CUADROS
CON SESENTA LÁMINAS
cuyos ejemplares, que se venden en las librerías a 10 rs., los daremos a nuestros abonados a 4 rs. en Madrid y 6 en provincias.
También tenemos algunos ejemplares de la preciosa
BARAJA GEOGRÁFICA
compuesta por el ilustrado coronel López Fabra, y que tanta aceptación ha obtenido y tantos elogios ha merecido de las personas de buen gusto y competentes en la materia.
Esta Baraja se vende a 12 rs.; pero a los suscritores a Los Niños se les rebaja la mitad.
Para las renovaciones a Los Niños, pedidos de nuevas suscriciones, y de La Religión en cuadros y de la Baraja geográfica, deben nuestros favorecedores dirigirse a la Administración, plaza de Matute, 2, Madrid.

—161→
Cuando penetraba en el estudio de su papá, que tenía un hermoso armario lleno de libros, toda su delicia la cifraba Bernardo en apoderarse de un grueso volumen que debía tratar de historia natural, y que estaba enriquecido con un gran número de láminas perfectamente grabadas, y cuidadosamente iluminadas de colores, representando todo género de animales de las más distintas especies. Bernardo, que era un niño extremadamente curioso, pasaba horas enteras hojeando aquel libro y embebido en la contemplación de las preciosas estampas que causaban, su asombro, y entretenimiento, haciendo desfilar a su vista tanta variedad de animales de las formas más extrañas y de los más variados colores.
Por supuesto que nunca pasó su curiosidad de admirar las variadas figuras de toda casta de animalitos allí representados, sin que se le ocurriera dedicarse a la lectura del libro, que hubiera podido satisfacer más su curiosidad explicándole el género de vida, las condiciones y los instintos de todos aquellos animales, los países en que habitan, la duración de su existencia, los alimentos que prefieren, y otras mil cosas tan dignas de llamar la atención, y a la vez tan instructivas.
Nada: Bernardo se contentaba con ver la figura, a veces gallarda, a veces extravagante o monstruosa, de tan diversos animales, de los cuales sólo leía el nombre puesto al pie de la imagen que los representaba.
Embebido en esta contemplación, hallábase una mañana encaramado en una butaca y con el libro abierto sobre las rodillas. Iba pasando hojas y más hojas, deteniéndose algunos instantes a mirar cada una de las estampas, —162→ cuando acertó a entrar en el gabinete su papá y le encontró entregado a aquélla su ocupación predilecta.
-¡Hola! Bernardo, le dijo, ¿qué libro es ese que tanto te entretiene?
-Mira, papá, no creas que te lo echo a perder; lo trato con mucho cuidado... es un bonito libro de animales de todas especies.
-Bien; parece que te aficionas al estudio de la historia natural. Es una ciencia tan útil como curiosa, que inclina el ánimo a la admiración de la divina sabiduría que creó tanta variedad de animales, cada cual de distinta figura, de diferente tamaño y de costumbres tan diversas.
-¿Conque es verdad, papá, que hay en el mundo tantas clases de animalitos como aquí veo pintados?
-Sí, hijo, y muchísimos géneros más que sería interminable el describir, y que no están todavía bien conocidos, y otra infinidad de clases que existieron en tiempos muy remotos, y de los cuales ya no se conservan ejemplares, porque los últimos desaparecieron hace muchos siglos.
-Y dime, papá, tú que debes entender de estas cosas, ¿con qué objeto criaría Dios tanto género de bichos que a mi parecer para nada sirven? Porque yo tengo entendido que muchos de ellos son molestos para los hombres, otros muchos nocivos, y algunos de ellos enemigos terribles nuestros, puesto que causan la muerte al infeliz que tiene la desdicha de encontrarse con ellos; y por último, los que no son perjudiciales ni molestos, para nada nos sirven, a excepción de algunas pocas especies que pueden prestar al hombre determinados servicios.
-Bien se conoce, hijo mío, contestó el padre con tono serio, que no has ejercitado lo bastante la noble facultad de raciocinar, que nuestro sabio hacedor concedió al hombre cuando lo crió a su imagen y semejanza, y que sólo miras las cosas por encima, sin tratar de profundizar en su verdadera importancia. En ese falso raciocinio que acabas de hacer, se ve al egoísta, que cree que el mundo entero está subordinado a su interés y hecho exclusivamente para él. Pero es necesario que adviertas que aún cuando el hombre es sin duda la criatura predilecta en quien el Padre Omnipotente se ha complacido, dándolo grandes preferencias sobre las demás, no sólo para el hombre fabricó la maravillosa máquina del Universo, sino que a todas las demás criaturas alcanza su paternal solicitud, que es infinita. Sólo al egoísta se le puede ocurrir que Dios hizo, por ejemplo, el sol para que a él nada más le preste luz y calor, y las innumerables estrellas del cielo para que recreen su vista.
-Es verdad, papá; ya comprendo que no sólo para mí creó Dios tantas maravillas, sino para toda la especie humana.
-Pues no basta que creas eso. También todos esos animales que te parecen inútiles, son criaturas obras de la sabia omnipotencia, y dignas de participar de sus bondades, aunque no en tan alto grado como el hombre, a quien Dios otorgó una predilección, que nunca le agradecerá lo bastante.
Pero es de notar, hijo mío, que tan maravillosamente están eslabonadas todas las obras del Creador, y tal armonía y concierto guardan entre sí, que las unas sirven de apoyo a las otras, y todas se sirven mutuamente —163→ en las relaciones que su Autor estableció entre ellas. Así, por ejemplo, sin que podamos decir con una vanidad desatinada que Dios crió a todos los animales para el servicio y utilidad del hombre, es, sin embargo, cierto que no hay ninguno de ellos que deje de servirle para algo, si no directa, indirectamente, como podré probártelo con cuantos ejemplos quieras. Nómbrame a cualquier especie de animal, el que más inútil te parezca, y yo te haré ver que nos sirve de algo.
Bernardo se detuvo pensativo algunos minutos, y luego dijo a su papá:
-Bien está; pues voy a preguntarte, para qué pueden servirnos las hormigas, esos animalillos tan chiquirrititos que ponemos sobre ellos el pie sin verlos, que no tienen fuerza, ni hermosura, ni habilidad ninguna que pueda servirnos, ni siquiera carne que pueda alimentarnos.
-Pues bien, ese animalillo imperceptible casi, que efectivamente en su pequeñez ningún servicio ni utilidad puede prestarnos, le sirve al hombre pensador más de lo que pudieras imaginar. La hormiga es un animalillo laborioso, y tan excesivamente previsor, que pasa todo el verano sin descansar una sola hora en acopiar los granillos y semillas que encuentra en la tierra, arrastrándolos a fuerza de fatigas al granero subterráneo que se ha fabricado para pasar el resto del año al abrigo de la inclemencia. Gracias a su previsión, cuando el estío ha pasado, se encierra en su abrigado escondite, y allí se encuentra con un abundante almacén de los granos que ha ido acopiando, y con los cuales tiene de sobra para alimentarse en el invierno, en aquella estación en que lo sería imposible proporcionarse alimento alguno en la superficie de la aterida tierra. Ese animal sirve al hombre para hacerle ver las ventajas de la previsión y de la laboriosidad, y para recordarle que en el día de la abundancia debe aplicarse con ardor a hacer provisiones de lo necesario para cuando venga la época de la escasez. Siguiendo el ejemplo de la hormiga, el honrado labrador pasa todo el tiempo del verano acopiando los frutos que le da la tierra, a fin de tener abundancia de ellos en los helados meses del invierno, cuando la tierra nada ofrece a su solicitud. Mira tú si la hormiga sirve al hombre para algo, pues le sirve de modelo de una de las virtudes que pueden hacer su dicha.
-Es verdad, papá, no había caído en ello, aunque muchas veces he visto a las hormiguitas afanarse y trabajar arrastrando un grano de trigo o cebada.
-Pues en el mismo caso que la hormiga se encuentran otros animales que pueden servirnos de modelo para ciertas virtudes. La abeja, por ejemplo, es no menos laboriosa, y nos da un ejemplo de lo mucho que puede la industria cuando se emplea en un objeto útil. Con las sustancias que extraen del cáliz de las flores, construyen las abejas, bajo la dirección de sus maestras, ese maravilloso panal que tantas veces habrás visto, y que viene a formar un gran palacio lleno de infinidad de celdillas, todas iguales en forma y magnitud, formando un conjunto digno de admiración y asombro, y luego, con las sustancias que extraen de otras flores, van elaborando esa delicada miel que tanto te gusta, y que es sin duda el manjar más dulce que se conoce, —164→ con el cual van llenando las celdillas que antes fabricaron con una especie de masa que se adapta a cuantas formas se la quieran dar, y a la que hemos dado el nombre de cera. ¿Dónde puede encontrarse un gran establecimiento industrial mejor construido, mejor organizado, y con mejor orden distribuido que el panal de las abejas, en donde cada una de ellas hace su oficio? Mira tú si los hombres industriosos pueden aprender algo de esos pequeños animalitos que zumban en nuestros jardines. Otro animal no menos industrioso, es el gusano de la seda. El perro es el modelo más completo de la lealtad inalterable, que no se quebranta en la adversidad y que raya muchas veces en heroísmo. El caballo nos da ejemplo de nobleza. El armiño nos enseña cuánto debemos estimar la pureza de corazón, pues perseguido por el cazador, antes consiente perder la vida que entrar en un lodazal en donde pueda mancharse la nítida blancura de su piel. La oveja y el cordero, su hijo, son modelos de humildad; pues jamás se ha oído de uno de estos animales que haya pretendido volver mal por el mal que recibe, ni se haya rebelado contra su verdugo. Son las tórtolas ejemplo de constancia y fidelidad en el cariño. La cigüeña, símbolo de la vigilancia, que nunca duerme. El elefante, ejemplo de sobriedad y fortaleza. La paloma, modelo de ternura maternal; pues de su propio buche saca el alimento que ha recogido, y lo reparte entre sus hijos. No hay buena cualidad, en fin, que no se halle representada en algún animal.
-Ya veo que hay muchos animales que deben servirnos de ejemplos, y que Dios todas las cosas las hizo con una sabiduría que nunca será suficientemente admirada. De hoy en adelante me acostumbraré a mirar a los animales con mayor aprecio y consideración, y en lugar de pasar el tiempo en hojear las estampas de este libro, lo leeré con gran atención para aprender a conocerlos, buscando en cada cual alguna cosa digna de ser imitada.
-Sí, hijo mío; el estudio es el camino de la sabiduría, y la sabiduría es la llave para entrar en el templo de las virtudes.
P. D. MONTES.

—165→

Yo quisiera, al trazar estas líneas, poder hacer un gran elogio de mi querida Pepita, niña de diez años, hija de estimados amigos míos, y a la cual aprecio muy de veras; pero como estos articulitos los escribo para que sirvan de enseñanza y ejemplo a los niños y a las niñas, que me dispensan el honor de leerlos, me veo precisado a descubrir el defecto que tiene Pepita, confiando en que acaso ella misma, corrigiéndose de ese defecto, me agradecerá más adelante que no haya tenido con ella ninguna consideración.
Más que defecto, hablando en puridad, es una mala costumbre la que tiene Pepita, y realmente no es suya toda la culpa, y la mayor suma de responsabilidad alcanza a sus padres, que fácilmente podrían haber evitado que en ella se arraigase la mala costumbre objeto de mi justa censura.
Pepita es una niña muy simpática, amable, candorosa, de buenos sentimientos —166→ y bella sobre toda ponderación, y todas estas buenas cualidades hacen más sensible que se haya dejado, incauta, dominar por una costumbre que es sobremanera perjudicial.
Pepita, para decirlo de una vez, es perezosa.
¡Una niña de diez años, perezosa! Apenas se comprende.
Muchas veces voy a su casa a las diez y las once de la mañana, y lo primero, ya se sabe, es preguntar por Pepita.
-Está en la cama, ahora se va a levantar, me contestan, y crean ustedes que me dan ganas de entrar en su cuarto y rociarla aquella carita de ángel con un buen jarro de agua fresca.
Parece mentira que cuando hace ya mucho tiempo que el sol alumbra su habitación, cuando todo está en activo movimiento, cuando tantas niñas pobres llevarán cinco o seis horas de trabajo, Pepita esté aún dormitando, y Dios sabe hasta cuándo seguiría entregada a la pereza, si no la llamase repetidas veces su madre.
Levántase Pepita con los ojos hinchados, de mal humor, torpe, en fin, con todas las señales de la pereza; y mientras se lava, y almuerza, y se viste, ya son las tantas, y allá duermen en el cesto de labor los pañuelos que le tiene ofrecidos a su papá y que nunca los acaba de bordar, y cuando va el profesor de piano todavía no ha abierto ella el cuaderno del solfeo, con lo cual aprende la música muy despacio y muy mal.
Pepita debería ir al colegio; pero, ¿quién la levanta a la hora conveniente?... Sus padres lo intentaron, y desistieron, dando prueba notoria debilidad, porque la señorita lloraba mucho y se desazonaba extraordinariamente, y temieron que enfermase. Ésta es culpable tolerancia, que hace más daño que beneficio a Pepita.
Por pereza no ha aprendido Pepita a leer hasta los siete años bien cumplidos, y por pereza, apenas sabe escribir, y escribe tantos disparates como letras. Y tiene amigas que hacen una primorosa y gallarda letra, y que saben de memoria bonitos libros, y que hacen prodigios en toda clase de labores.
Pero ella todo lo hace tarde y torpemente, con lo cual no es muy lucido que digamos su papel al lado de las niñas activas y trabajadoras.
Omito, por no mortificarla, otros detalles que acreditan su proverbial pereza, y para que se comprenda cuán poderosa es en ella esa funesta influencia, baste decir que a las muñecas las tiene desnuditas, con muchos vestidos empezados y ninguno concluido, de manera que cuando hay recepción de muñecas en casa de alguna amiguita suya, y cada niña se esmera en llevar las suyas vestidas con aquella decencia y elegancia que tan bien sienta hasta en las muñecas, Pepita no puede presentar las que tiene, porque no ha de ir a llevarlas en cueros vivos o con unos vestidos medio hilvanados, de mal corte y peor hechura.
Parece una nimiedad, pero ¡qué funestas consecuencias puede tener para Pepita esa pereza que tanto la afea!
El tiempo se pasa rapidísimamente, y Pepita, por su pereza, deja de adquirir muchísimos conocimientos que le son muy necesarios y que echará mucho de menos, andando el tiempo. Mira Pepita con cierta prevención todo lo que es trabajo, por fácil y aún por agradable —167→ que sea, y no advierte que estos hábitos de no hacer nada pueden un día ocasionarle grandes amarguras y muchas penalidades, que evitaría seguramente si estuviese acostumbrada a la actividad, a la laboriosidad que tan bien está aún en las más elevadas y nobles señoras.
Pepita debe reflexionar que llegará día en que ella tenga que reemplazar a su madre en el cuidado y gobierno de la casa, y entonces no sabrá hacer ni disponer nada, y, si no hay quien le vaya a la mano, donde deban reinar el orden y la economía, no habrá más que desorden y despilfarro. También debe pensar que un día tendrá casa suya, será esposa, será madre, y ¡ay de ella, entonces, si todavía no ha tenido fuerza bastante de voluntad para sustraerse al fatal influjo de esa perversa costumbre de no hacer nada! Su marido no hallará agradable la vida al lado de mujer tan indolente, y sus hijos estarán poco menos que abandonados, y para mayor desgracia heredarán el defecto de su madre.
Y me espanta pensar qué triste vida será la de Pepita si un golpe de fortuna la deja pobre y reducida a lo más preciso. Entonces sí que ha de maldecir su ignorancia y la maldita pereza.
Es, pues, indispensable de todo punto que Pepita se corrija ella sola de esa mala costumbre, para lo cual en la florida edad en que se halla no se necesita más que un poco de buena voluntad, y estoy seguro de que cuando se acostumbre a levantarse temprano, a hacer las cosas sin dejarlas para mañana, a trabajar, a aprender cada día algo nuevo, verá muy pronto las grandes ventajas que esta actividad le ofrece, y le parecerá amable el trabajo, fácil lo que juzgaba dificilísimo, agradable lo que le enojaba, y hasta ha detener mejor humor, pues no hay nada que produzca tan enojoso hastío como la pereza.
Ya verán Vds. cómo dentro de poco tengo que escribir, en desagravio de Pepita la perezosa, un entusiasta artículo, haciendo el debido elogio de su laboriosidad, de sus progresos en la música, de su maestría en toda clase de labores, y encareciendo lo mucho que ayuda a su madre en las faenas de la casa, haciendo ver claramente que ha de ser, en llegando la ocasión, un modelo de esposas y madres inteligentes, celosas de su deber, encanto del marido, y alegría y vida de los hijos.
C. FRONTAURA.
LA VOZ DEL CREYENTE
Con este título ha publicado nuestro distinguido colaborador D. Antonio Arnao un libro de hermosas e inspiradas composiciones religiosas, muchas de las cuales las conocen ya nuestros lectores por haber sido publicadas en Los Niños antes de ser coleccionadas.
La circunstancia de ser el Sr. Arnao asiduo colaborador de esta Revista, nos impide hacer aquí el debido elogio de su libro, y solamente nos permitiremos recomendarlo muy especialmente a nuestros lectores, tan amantes de los buenos libros.
—168→

Colocadas las niñas alrededor de una mesa, tiran al aire una bolita de algodón y soplan hacia ella de manera que se sostenga sin caer. No deben soplar muy fuerte, porque entonces el algodón sube, y ¿quién lo dirige entonces? ni tampoco deben soplar muy débilmente, porque se caerá al suelo la bolita. De modo que la gracia del juego consiste en que el algodón vaya de unas a otras, para que pierda y pague prenda la que, no soplando bien y a tiempo, sea causa de que caiga al suelo o sobre la mesa la bolita.

No es muy ingenioso este juego, pero no deja de ser gracioso y divertido. La niña directora del juego se coloca delante de las demás y empieza a hacer muchos gestos, visajes y contorsiones, tomando diversas actitudes, que nunca deben ser grotescas ni ofensivas a las compañeras, y éstas tienen que imitar instantáneamente todos los gestos que haga aquella. Y todo sin reírse, y, si así puede decirse, con la mayor formalidad.
Y la que sea torpe en la imitación, paga prenda.
—169→
III
Ya habréis visto, lectores amados, el secreto de la pólvora, y lo que buenamente puede decirse acerca de su invención. Creo yo que, desde luego querréis ya saber lo relativo a la fabricación de este artículo, ya que, dicho lo anterior, sólo esto puede quedarme por revelaros.
Va destinado, pues, este articulito a tratar de las materias que forman la pólvora, como también de las diversas clases que de ella conocemos.
-¡Si será el autor de estos ligeros apuntes fabricante de pólvora!
Tal vez exclamen así algunos de mis pequeños lectores; pero yo, que no quiero falsas interpretaciones, debo apresurarme a contrarrestar tal idea.
No; el pobre autor de estos artículos sobre los inventos célebres, no es fabricante de pólvora, como no será relojero cuando hable de los relojes, ni telegrafista cuando trate de los telégrafos o de la electricidad, ni maquinista o ingeniero cuando tenía que escribir sobre la aplicación del vapor a las máquinas. Y, sin embargo, ello es que ahora voy a presentar aquí la fabricación de la pólvora, como más adelante podré explicar sobre electricidad u otra cualquier cosa. Esto en el supuesto de que estas líneas sean de vuestro agrado, queridos niños.
Yo, pues; no soy nada, aunque de todo os hable; y os digo esto para que no forméis desde luego suposiciones erróneas: es muy malo formar juicios temerarios, porque hay así una gran facilidad en equivocarse.
Mucho me distraigo, a lo que creo, y es necesario empezar a explanar el asunto que ha motivado este artículo; si no lo hago así, os puedo molestar, y esto es lo que no quiero.
Empiezo, pues.
La pólvora se compone (hablo ahora de la común) de tres materias principales, cuyos nombres son: azufre, carbón y nitro: todas ellas son en extremo combustibles.
¡Combustibles!
Sí, niños, combustible es todo aquello que arde fácilmente.
Y ahora es necesario, después de nombradas las sustancias componentes de la pólvora, decir la cantidad que de cada una de ellas se ha de emplear para fabricar una cantidad cualquiera de dicho artículo.
Suponed que dividís en cien partes la totalidad de la que queréis fabricar; de esas ciento, setenta y ocho son de nitro, doce son de carbón y diez de azufre.
—170→¿Darán ciento la suma de estas tres cantidades?
Veámoslo:
78 partes de nitro.
12 partes de carbón.
10 partes de azufre.
100 partes de pólvora.
Aquí tenéis un caso extraño en aritmética; tres cantidades diferentes o heterogéneas dan un total que no es de la especie de ninguna de ellas.
¡Y luego dirán que no pueden sumarse los números heterogéneos!
Pero no es de aritmética de lo que aquí he venido a tratar: somos polvoristas, y no matemáticos.
Vuelvo, por lo tanto, a mi lección.
Es muy fácil la fabricación de la pólvora: la operación principal es la trituración y reunión de las tres materias nombradas.
Hoy se hace pólvora con otros procedimientos, y se emplean materias muy diferentes. El progreso de las armas de fuego, las necesidades que el perfeccionamiento de los cañones y fusiles hacia sentir, han obligado a usar materias muy variadas y de una fuerza de expansión extraordinaria.
La pólvora de guerra no se fabrica, desde luego, como os he dicho: lo exigen así los adelantos de la artillería.
Voy a presentaros los nombres de diversas materias explosivas.
La primera es una que, si la viereis, no habría seguramente de pareceros tal. Me refiero al algodón-pólvora, llamado así comúnmente, pero cuyo nombre científico es piroxilina. Nada más lejos seguramente de vuestro pensamiento que imaginaros que un poco de algodón pudiera causar una tremenda explosión; y, sin embargo, la fuerza de la piroxilina es mucho mayor que la de la pólvora común; tanto, que ochenta libras de algodón equivalen a doscientas de pólvora. Esta mezcla, pues habéis de saber que la piroxilina es una combinación de algodón común y ácido nítrico, fue inventada por dos personas: Schoombeir y Boettger descubrieron a la vez la propiedad explosiva y la inmensa fuerza de expansión que tomaba el algodón si se le bañaba en ácido nítrico.
Es, pues, muy posible que alguna vez llegue a vuestras manos un poco de este algodón fulminante: si así fuese, cuidad no os haga daño si se inflama, aunque mejor haréis en deshaceros de él.
-¿Y no se diferencia en nada del algodón ordinario? me diréis.
-En nada; y tanto es así, que cualquiera de vosotras, preciosas niñas, que estos renglones leéis, no tendría inconveniente en usarlo para forro de un bonito cojín o para relleno de una linda muñeca.
La piroxilina es, pues, igual a lo que comúnmente se conoce con el nombre de algodón en rama. Sólo en sus efectos se diferencia de él. Voy, para terminar con esta materia, a deciros una particularidad que la distingue. Si está comprimido o trenzado, disminuye su fuerza tanto más cuanto mayor sea la opresión que sufre.
Basta de esto. Voy a mencionaros otras sustancias inflamables. Hay una de un poder horroroso, de una fuerza incomprensible: su nombre es nitroglicerina, y se extrae de las grasas de los animales, combinándolas con dos ácidos.
No se sabe seguramente quién la —171→ inventó; pues si bien hay quien dice que su inventor se llamaba Nohel, no falta quien considere como tal a un catedrático, italiano según creo, llamado Sobrero, o a un inglés apellidado Willianson. Ello es que existe, y que su potencia es tan considerable, que una libra de ella tiene la fuerza de dos mil libras de pólvora.
¡Dos mil veces más poderosa! En efecto: así es, queridos y pequeños lectores.
Tanta fuerza, tal potencia destructora se ha mitigado reuniendo a dicha sustancia una tercera parte de una especie de tierra que se llama arcilla. A esta mezcla se ha dado el nombre de dinamita.
Hoy la pólvora de cañón se fabrica con una parte de nitroglicerina; tal es la fuerza y alcance que han llegado a adquirir los proyectiles, por desgracia demasiado perfeccionados. Otra materia hay, que hoy se emplea también en la pólvora de cañón: ésta es el ácido prúsico, inventado o descubierto por Hausman, que tiene la propiedad de dar a los proyectiles un alcance prodigioso.
Con esto termino el catálogo de materias explosivas, habiendo puesto al alcance de vuestro conocimiento las principales de que tengo noticia.
Y con esto también terminara este artículo, si no quisiese expresaros una idea que viene a mi imaginación.
¿Por qué hablar de todo esto?
Porque al presentaros todos los inventos célebres, todos los que han tenido una importancia notable para el hombre, para la sociedad, había de un modo o de otro de tratar del que ha ocupado éste y los dos anteriores artículos, y el estudio de la pólvora tiene para vosotros, pequeños lectores de Los Niños, dos objetos distintos: el primero, haceros conocer esta materia y sus propiedades; el segundo, conseguir que comprendieseis el peligro que en sí tiene su uso, para que evitéis manejarla o jugar con una cosa que tan funestos resultados puede tener.
¡Ojalá que nunca por una imprudencia pueda la pólvora quemar vuestros bellísimos rostros! ¡Ojalá que siempre aborrezcáis eso que tanto daño causa y que para el mal se emplea! ¡Ojalá que las guerras desaparezcan de la superficie de la tierra, y que todos los hombres, amándose como hermanos, no piensen en destruirse como fieras, ya que algunas veces esto acontece entre los pueblos que aún no poseen la civilización tan preciada. En vosotros, niños, puede encontrarse un medio poderoso para el cambio de las ideas en esta parte; vosotros, que mañana seréis hombres, aborreced la pólvora, y, si mi súplica vale algo, haced el firme propósito de no emplearla jamás, ni aún en la destrucción de los animales, a no ser que estos sean de los dañinos y de ellos tengáis que defenderos.
E. THUILLIER.
—172→

No es tan bello y puro el rosicler de la aurora en una mañana de primavera, como el fulgor inmaterial que bañaba su semblante. Su excelsa santidad circundaba todo su cuerpo con una mística aureola que sólo descubrían embelesados los ojos del alma. Era la hora sexta, es decir, el medio día. Jesús, fatigado del calor y del camino, y abrigando benévolo la secreta idea de convertir a una célebre pecadora, se había sentado junto a la fuente o pozo de Jacob, situado en las cercanías de la ciudad de Sichar, antiguamente llamada Sichem, como a unas dos leguas de la ciudad de Samaria.
A poco una mujer, samaritana por nacimiento y religión, vino a sacar agua de la fuente.
-Dame de beber, dijole, Jesús con blando acento, para comenzar la piadosa obra de su conversión.
Entonces ella, que por el lenguaje y el vestido del divino Nazareno había conocido que era judío, recordando la recíproca aversión de judíos y samaritanos, —173→ que estaban divididos en religión y costumbres, preguntole a su vez admirada:
-¿Cómo siendo tú judío me pides de beber a mí que soy samaritana?
Pero él, que nada ignoraba, replicole a su vez con inefable dulzura:
-Si tú conocieses el don de Dios y quién es el que te habla, ya le habrías tú pedido de otra agua viva de que él es eterna fuente.
Admiró a la pecadora esta misteriosa respuesta, y como por ser samaritana se lisonjeaba de descender de Jacob, aunque los judíos consideraban gentiles a sus compatriotas por haber mezclado las supersticiones paganas con las ceremonias judaicas, exclamó con mayor, asombro:
-Señor, no tenéis con qué sacarla, y el pozo es hondo: ¿dónde, pues, hallaréis esa agua? ¿Sois por ventura más poderoso que nuestro padre Jacob, que bebió de ella, así como sus hijos y sus ganados?
Entonces Jesús, siempre admirable en la conversión de los descarriados, acomodándose a las terrenas ideas de aquella mujer para desenvolverle poco a poco los más profundos misterios, comenzó a instruirla con su acostumbrada dulzura.
-Cualquiera que bebiere de esta agua, le respondió, tendrá sed otra vez, pero el que beba de la que yo le diere, nunca más la tendrá, pues esa agua llegará a formar en él un manantial que salte hasta la vida eterna.
Esta mística contestación verificó en aquella alma generosa las primeras operaciones de la gracia, y vio abrirse ante ella un nuevo horizonte que iluminaba la luz de un sol desconocido.
-Dadme de esa agua, Señor, repuso en un movimiento de humildad y de amor; dadme de esa agua, para que nunca más tenga sed, ni me fatigue en venir a sacarla.
-Pues ve, repuso Jesús, llama a tu marido y vuelve aquí con él para que participe de la misma merced. Con lo cual, después de haber visto que en su corazón existía la primera circunstancia que se necesita para obtener la gracia, que es desearla vivamente, quiso predisponerla a la segunda, esto es, al dolor y confesión de los pecados. Así es que ella replicó avergonzada y confusa:
-No tengo marido, Señor.
Entonces él, para quien están patentes los más ocultos arcanos de la vida, añadió con grave acento:
-Bien hablaste: has dicho la verdad.
Y como leyendo en el libro abierto de su alma, la relató las faltas y desórdenes de su conducta.
Turbada con tan inesperada revelación, quiso separar de aquel punto la atención del Salvador; y, vivo ejemplo de un alma a quien la gracia solicita por más que quiere huir de ella, le preguntó de repente:
-Puesto que, según veo, sois un profeta, decidme: nuestros padres han adorado siempre a Dios en el templo edificado sobre la montaña de Garizim, en la cual se dice que Abraham quiso sacrificar a su hijo, a la vez que vosotros los judíos sostenéis que sólo se le debe adorar en el templo de Jerusalén: ¿quién se engaña?
Y él, sin perder su dulzura, cuidando siempre, de procurar la instrucción y salud de aquella pecadora, tornó a decirle:
-Créeme, mujer: ha llegado la hora en que ni en esta montaña ni en —174→ Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis: nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salud viene de los judíos. Pero llegará tiempo, y es éste en que estamos ya, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad.
Y hablando de este modo, quería hacerle ver que el error iba a ser vencido por la verdad, y las tinieblas por la luz; que las prácticas supersticiosas de los samaritanos y hasta las mismas ceremonias legales de los judíos, iban a desaparecer ante el establecimiento del solo culto verdadero, en el cual, aún con formas exteriores, santas en sí y necesarias, se había de rendir a Dios la adoración merecida en todas las partes del mundo, con un amor puro, sincero, espiritual, hasta el sacrificio.
Embebecida escuchaba ella la inefable doctrina que como fuente purísima brotaba de los labios del Salvador, en tanto que la gracia se abría más y más un feliz camino en aquel corazón de oro. Pero como última resistencia a su eficaz atractivo, dijo ella todavía:
-Yo sé que el Mesías, que significa el Cristo, está a punto de venir: cuando hubiere, pues, venido, nos adoctrinará en todas estas cosas.
Y viéndola con tan santas disposiciones, quiso completar su obra; y acabando de disipar las sombras de su espíritu con los vivos resplandores de la fe, le replicó el divino Maestro:
-Pues yo, que hablo contigo, lo soy.
Lo que entonces pasó por el alma de aquella afortunada criatura, no es dado a humana lengua referirlo sino rudamente. Creyó, y súbitamente vio ilustrada su inteligencia, y sintió su corazón abrasado por el fuego del amor divino, de ese amor que consume y fortalece a la par el alma de los que Dios marca con el sello de su elección. Dejando, su cántaro, imagen en aquella ocasión de los bienes terrestres, corrió apresuradamente a la ciudad, donde en el ardor de su caridad publicó las maravillas de aquél a quien denominaba gran Profeta.
Y vinieron presurosos a verlo los samaritanos, y al oír su palabra, creyeron también en él, exclamando:
-Ya no podemos dudar que éste es verdaderamente el Salvador del mundo.
¿No veis aquí patentes los prodigios de la gracia?
ANTONIO ARNAO.
Un rico labrador estaba un día delante de su puerta, considerando sus campos y jardines; la llanura estaba cubierta de mieses y los árboles cargados de frutos. El trigo de los años anteriores ocupaba de tal manera sus graneros, que las vigas de los suelos cedían bajo su peso; sus establos estaban llenos de bueyes y vacas gordísimos y caballos relucientes de salud. —175→ Entró en su habitación y dirigió la vista al arca en que encerraba su dinero; pero, estando absorto en la contemplación de sus riquezas, creyó oír una voz secreta que le decía: «¿Has hecho felices con ese oro a los que te rodeaban? ¿Has pensado en la miseria de los pobres? ¿Has partido tu pan con los que tenían hambre? ¿Te has contentado con lo que poseías, sin pretender más?»
Su corazón no tardó en responder:
«Siempre he sido duro e inexorable: nunca hice nada por mis parientes ni mis amigos. Ocupado en aumentar mis riquezas, no he pensado nunca en Dios, y aunque hubiese poseído el mundo entero, no me hubiera parecido bastante.»
Este pensamiento le aterró, y tanto le temblaban las rodillas, que se vio obligado a sentarse. Al mismo tiempo llamó a su puerta un vecino suyo, tan pobre, que no podía mantener a su numerosa familia, «Ya sé, iba pensando, que mi vecino es aún más duro que rico, y me rechazará; pero mis hijos me piden pan... voy a probar.» Y dijo al rico: «No ignoro que no os agrada dar; pero me dirijo a vos como último recurso, como el hombre que va a ahogarse se agarra a una tabla: mis hijos tienen hambre, prestadme cuatro fanegas de trigo.»
Un rayo de piedad deshizo por vez primera el hielo de aquel corazón avaro: «No te prestaré cuatro, le respondió, te daré ocho; pero con una condición...»
-¿Cuál? preguntó el pobre.
-La de que pases las tres primeras noches después de mi muerte, velando sobre mi tumba.
La comisión no agradaba en modo alguno al pobre hombre; pero su necesidad le hubiera hecho consentir en todo. Lo prometió, pues, y se llevó el trigo a su casa.
No parece sino que el labrador había previsto el porvenir, porque tres días después murió de repente, sin que nadie le llorase. Apenas se le hubo enterrado, el pobre hombre se acordó de su promesa, y aunque hubiera creído evitarla, se dijo: «Ese hombre ha sido generoso para conmigo, y alimentado a mis hijos con su pan; además, he dado mi palabra y debo cumplirla.» A la caída de la tarde fue al cementerio y se colocó sobre la tumba. Todo estaba tranquilo: la luna iluminaba los sepulcros, y de vez en cuando volaba un búho lanzando fúnebres chillidos; al rayar el día volvió a su casa sin haber corrido ningún peligro, y la segunda noche se pasó de igual manera.
La tarde del día tercero sintió una aprensión secreta, como si fuese a suceder algo extraordinario: Al entrar en el cementerio vio junto a la pared a un hombre como de cuarenta años, con el rostro acuchillado y ojos vivos y penetrantes, envuelto en una capa vieja, bajo la cual se veían únicamente unas grandes botas de montar. -«¿Qué buscáis aquí? le gritó el pobre: ¿no tenéis miedo en este cementerio?»
-Nada busco, le contestó el otro; pero ¿de qué he de tener miedo? Soy un pobre soldado cumplido y vengo a pasar la noche aquí, porque no tengo otra habitación.
-Bueno, dijo el aldeano; puesto que no tenéis miedo, venid a ayudarme a guardar esta tumba.
-Con mucho gusto, respondió el soldado: mi oficio es hacer guardias.
Nos quedaremos juntos y partiremos —176→ el bien o el mal que se presente. Y se sentaron ambos sobre la tumba. Todo estuvo tranquilo hasta la media noche. En aquel instante le oyó un silbido agudo en los aires, y los dos guardianes vieron delante de ellos al diablo en persona. «¡Fuera de aquí, canallas! les gritó: dejadme ese cadáver que me pertenece, u os tuerzo el cuello.
-Señor de la pluma roja, le respondió el soldado: no sois mi capitán, y por lo tanto, no recibo órdenes de vos, si me causáis miedo. Seguid vuestro camino, que nosotros quedamos aquí.
El diablo pensó que ganaría con dinero a aquellos dos miserables, y tomando un tono más dulce les preguntó familiarmente si mediante una bolsa llena de oro, consentirían en alejarse. «En buen hora, contestó el soldado, eso es hablar; pero una bolsa de oro no nos basta; no abandonaremos el sitio mientras no traigas con qué llenar una de mis botas.»
-No tengo sobre mí lo que es preciso, repuso el diablo; pero voy a buscarlo. En la ciudad cercana vive un usurero amigo mío, que me adelantará la suma.
Cuando el diablo hubo partido, se sacó el soldado la bota izquierda, diciendo: «Vamos a jugarle una mala partida: dadme vuestro cuchillo.» Cortó la suela de la bota y colocó la caña sobre unas hierbas altas, al lado de una sepultura. «Todo va bien, dijo, ya puede venir ese deshollinador.»
No se hizo esperar éste mucho tiempo, llegando con un saquito lleno de oro. «Vaciadlo, dijo el soldado, alzando un poco la bota; pero no será bastante.»
El maligno vertió el saco, pero cayeron las monedas por tierra y la bota quedó vacía. «Imbécil, le dijo el soldado, ya te había dicho que no sería bastante. Vuelve a buscar más y tráelo.»
El diablo marchó moviendo la cabeza y volvió al cabo de una hora con un saco mayor debajo del brazo. «Eso es ya algo, dijo el soldado; pero dudo que llene aún la bota.»
El oro cayó resonando; pero la bota permaneció vacía. «¿Qué desvergonzadas pantorrillas tienes?» exclamó haciendo un gesto.
-¿Quisieras que tuviese patas de macho cabrío como tú? ¿desde cuándo te has hecho avaro? Vuelve por otros sacos, o no hacemos negocio.
El maldito volvió a alejarse. Aquélla vez estuvo ausente más tiempo, y cuando volvió andaba agobiado bajo el pego de un enorme saco; pero la bota se llenó menos que nunca: lleno de cólera, iba a arrancar la bota de manos del soldado, cuando el primer rayo del sol iluminó el cielo. En el mismo momento desapareció dando un grito... La pobre alma se había salvado.
El labrador quería partir el dinero; pero le dijo el soldado: «Da mi parte a los pobres. Yo me iré a tu casa y viviremos pacíficamente con la tuya, todo el tiempo que quiera Dios.» Y es fama que vivieron felices largo tiempo.
—177→
En la divina luz de la fe que tan pura brilla en tu alma encontrarás el mejor criterio para comprender el artículo que en testimonio de simpatía te dedica |
| J. C. MENA. | ||
Pronunciarse contra las leyes providenciales, es grosera insensatez; rebelarse contra los planes divinos, es estúpida impiedad; oponerse a los designios supremos, es aberración monstruosa; combatir la voluntad de Dios, es soberbia impotente de la voluntad del hombre...
No nos pronunciemos, pues, contra las leyes providenciales, ni nos rebelemos contra los planes divinos, ni nos opongamos a los designios supremos, ni pretendamos sobreponernos a la voluntad de Dios, sino, por el contrario, reconozcamos la infalibilidad del Autor de toda vida, admiremos la grandeza del Omnipotente, y sometámonos con abnegación completa a todas las condiciones que impuso a nuestro ser, el Ser de la sabiduría infinita, el Ser del amor infinito. Aceptemos, pues, con resignación absoluta la condición más cruel de nuestra existencia; aceptémosla con evangélica mansedumbre, porque si esa condición procede del Ser de la sabiduría y del Ser del amor, esa condición es ley suprema, esa condición es necesaria para nuestro bien eterno, esa condición es el áncora de nuestra salvación. Aceptemos, pues, el dolor con fervorosa humildad; veamos en el dolor el resorte de nuestra redención; descubramos en el dolor la luz del sentimiento, y entonces se templarán —178→ nuestros quebrantos, entonces se tranquilizará nuestro espíritu, entonces la desesperación del mundo se tornará en esperanza del Cielo.
Pero si hemos de procurar resignarnos al dolor y someternos a su terrible yugo, es preciso que nos preparemos convenientemente; es preciso que hagamos esfuerzos heroicos para que ese dolor no sea producido por nuestra voluntad; es preciso que al dolor no le acompañe el remordimiento, porque entonces encontraremos en nosotros mismos la causa de nuestro infortunio, entonces no podremos derramar las lágrimas consoladoras del creyente, entonces no podremos decir con lengua trémula, pero con espíritu expansivo: ¡Señor, hágase tu voluntad!
Porque no; porque no todos los dolores son pruebas a que Dios somete nuestra fe; porque no todas las amarguras del alma son producto espontaneo de nuestro modo de ser; porque esos dolores y esas amarguras son frecuentemente efectos de nuestros extravíos, son consecuencias de nuestras aberraciones, son hechos que se derivan de nuestra dañada voluntad, y entonces nos ahogamos en la atmósfera del dolor concentrado, del dolor expiatorio, del dolor que es pena ineludible de infracciones bastardas.
Ahora bien: si el dolor es la cruz de nuestra peregrinación terrenal; si el dolor es la condición onerosa de nuestra existencia; si el dolor es la noche del alma, no hay para qué decir cuánto importa a nuestra ventura aliviar el peso de esa cruz, aplacar los rigores de esa condición, y encontrar una luz que destierre las densas nubes de tan tremenda noche.
Pues bien: esos grandes problemas se resuelven fácilmente; se resuelven con la abdicación de la voluntad humana en la voluntad divina; se resuelven con el acatamiento a las leyes morales, con la ciega obediencia a los preceptos del Decálogo y a las prescripciones católicas, porque, bajo la tutela infalible de la Iglesia, vive pura y tranquila la conciencia humana; sin dudas que la inquieten ni remordimientos que la devoren; sin recuerdos de delirios punibles ni temores de castigos tremendos; sin que el pasado le acuse ni el porvenir le aterre, sin que la siniestra faz del dolor expiatorio sea el fantasma que lo persigue incesantemente, y sin que al verse envuelta en contrariedades terribles pueda decir: ¡mi voluntad fue la causa! sino que levantándose sobre su infortunio, diga con exaltada fe y entusiasmo ardiente: ¡Señor, hágase tu voluntad!
Fácil, muy fácil es descifrar el enigma de la felicidad, tal como puede alcanzarla el hombre mientras arrastra un cuerpo corruptible y respira la atmósfera del mundo, porque esa felicidad sólo estriba en evitar los dolores voluntarios, que son resultado de nuestros extravíos morales; y esos dolores se evitan dirigiendo las corrientes de nuestro espíritu por los cauces que nos abre la religión católica; porque esa religión es la savia del alma, savia que le vigoriza con enseñanzas sublimes y sentimientos grandiosos; savia que le robustece para sujetar con férrea mano los delirios de la fantasía y los ensueños del corazón; savia que ilustra la inteligencia y que arrastra la voluntad humana con fuerza sobre natural a las esferas de la voluntad divina.
Y cuando el hombre se persuade de —179→ que no es él la causa de sus infortunios; cuando creo firmemente que sus quebrantos son medios de redimirse; cuando ve en sus dolores el iris de la ventura eterna, entonces no hay para el hombre infortunios, ni quebrantos ni dolores, porque en ellos encuentra sacrificios que ofrecer a Aquel que pudiéndolo todo se sacrifica por el hombre, porque en ellos halla nuevos lazos que le ligan a Dios, porque en ellos descubre la luz de la inmortalidad.
Apliquemos nuestros principios a la vida práctica.
Ved a un hombre de carácter irascible, de arrogantes pretensiones, de aspecto provocador, que en todo y para todo no tiene más oráculo que su propia y bastarda voluntad. Vedle ardiendo en ira cuando tropieza con un obstáculo para saciar sus volcánicas pasiones. Vedlo maldiciendo de todo lo más santo cuando no puede colmar sus deseos. Vedle frenético y furioso cuando sufro las consecuencias de su criminal conducta. Vedle loco y arrebatado cuando siente una herida en su corazón. ¿Por qué arde en ira, maldice, se pronuncia y arrebata asfixiándose en la atmósfera de su envenenada existencia? Porque allá, en su propia conciencia, encuentra la causa de sus amarguras; porque sin advertirlo lo siente, porque sin darse cuenta de lo que padece, oye una voz íntima que le delata, porque, en fin, el móvil, de sus dolores es su propia voluntad, su voluntad que se empeña obstinada y ciega en apartarse de la voluntad santa, de la voluntad infalible, de la voluntad salvadora. ¿Cómo, pues, de corazón tan mancillado y de lengua tan impura ha de salir la frase inefable y consoladora que arranca el germen del dolor de las almas creyentes? ¿Cómo es posible que el hombre rebelde a Dios se resigne al sufrimiento? ¿Cómo, siendo el sufrimiento el medio de redención, ha de aceptar el sufrimiento quien no quiere redimirse porque sus impúdicas pasiones le apagan la luz de la conciencia? Veamos, pues, en hombre semejante el ejemplo vivo y elocuente del dolor voluntario, del dolor que es consecuencia de la soberbia humana, que en nada ni para nada quiere ser la voluntad de Dios.
Por el contrario: ved en los quebrantos del creyente los milagros de la resignación; vedle aceptándolos como recursos para expiar sus culpas o como pruebas para acreditar su fe; vedle respetando en ellos los planes divinos; vedle reconociendo su pequeñez y arrepentido de sus extravíos; vedle convencido de que su criterio es menguado y soberbio su corazón; vedle comprendiendo que su voluntad, divorciada de la divina, le precipita en los abismos del dolor sin esperanza, que es el infierno de la vida; vedle, en fin, diciendo con la muda elocuencia del silencio: «La voluntad del hombre sin el criterio religioso, conduce al sufrimiento desesperado; pero inspirada en el espíritu cristiano y en la enseñanza católica, convierte el mayor de los dolores en el más sublime de los placeres, porque no hay placer más inefable para el alma atribulada por infortunio inmenso, que exclamar con palabra fervorosa: Señor, hágase tu voluntad.»
JUAN CANCIO MENA.
—180→

Siempre la inquietud del espíritu y la codicia de los goces materiales fueron eternos enemigos de la felicidad humana. Bajo su temible imperio se agita el hombre en busca de una dicha imaginaria, atravesando con amarguras y fatigas por sitios cubiertos de espinosas flores, hasta que el desengaño cruel, a la par que bienhechor, viene a abrir los ojos de su alma para hacerle ver en donde están el reposo y la ventura.
Oíd, en prueba de esto que enseña la experiencia, una parábola del Divino Maestro en su peregrinación sobre la tierra: parábola que es acaso una de las más bellas entre las muchas que a sus discípulos en particular, y en general a las turbas que le seguían, trataba de hacer comprender los misterios de la religión y los preceptos de la moral, acomodándose a la cortedad de sus luces y a la rudeza de su corazón.
Dirigiéndose a los escribas y a los fariseos, hablaba así con celeste dulzura:
«Un hombre tenía dos hijos, de los cuales el más mozo dijo a su padre: «Padre, dame la parte de hacienda que me pertenece.» Y el padre repartió entre los dos la hacienda.»
No se pasaron muchos días cuando aquel hijo más mozo, recogidas todas sus cosas, se marchó a un país muy remoto, y allí malbarató su caudal, viviendo disolutamente.
Después que lo gastó todo, sobrevino una grande hambre en aquel país, y comenzó a padecer necesidad.
De resultas, pusose a servirá un morador de aquella tierra, el cual le envió a su granja a guardar cerdos.
Allí deseaba con ansia henchir su vientre de las algarrobas y mondaduras que comían los cerdos; y nadie se las daba.
Y volviendo en sí, dijo: «¡Ay, cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo estoy aquí pereciendo de hambre!
No: yo iré a mi padre y le diré: «Padre mío, pequé contra el cielo y contra ti.
Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.»
Con esta resolución se puso en camino para la casa de su padre. Estando todavía lejos, avistole su padre, y enterneciéronsele las entrañas, y corriendo a su encuentro le echó los brazos al cuello y le dio mil besos.
Díjole el hijo: «Padre mío, yo he pecado contra el cielo y contra ti: ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo.
Mas el padre por respuesta dijo a sus criados: «Presto, traed aquí luego el vestido más precioso que hay en casa, y ponédsele, ponedle un anillo en el dedo, y calzadle las sandalias.
Y traed un ternero cebado, matadle, y comamos, y celebremos un banquete; pues este hijo mío estaba muerto, y ha resucitado; habíase perdido, y ha —182→ sido hallado.» Y con esto dieron principio al banquete.
Hallábase a la sazón el hijo mayor en el campo; y a la vuelta, estando ya cerca de su casa, oyó el concierto de música y el baile.
Y llamó a uno de los criados, y preguntole qué venía a ser aquello; el cual respondió: «Ha vuelto tu hermano, y tu padre ha mandado matar un becerro cebado, por haberle recobrado en buena salud.»
Al oír esto, indignose y no quiso entrar. Salió, pues, su padre, a fuera, y empezó a instarle con ruegos.
Pero él le replicó diciendo: «Es bueno que tantos años ha que te sirvo, sin haberte jamás desobedecido en cosa alguna que me hayas mandado, y nunca me has dado un cabrito para que me regalase con mis amigos; y ahora que ha venido este hijo tuyo que ha disipado su hacienda, has hecho matar para él un becerro cebado.»
¿Hijo mío, respondió el padre, tú siempre estás conmigo, y todos los bienes míos son tuyos; mas ya ves que era muy justo el tener un banquete y regocijarnos: por cuanto éste tu hermano había muerto, y ha resucitado; estaba perdido, y ha sido hallado.»
¡Oh admirable parábola! Ella nos revela con divina enseñanza la imagen de un pecador desordenado que, tocado de la gracia por el aguijón del desengaño, vuelve por fin los ojos al que le brinda misericordia: ella nos pinta la falta, y a la vez nos anuncia el perdón como fruto del arrepentimiento.
¿Qué pretendía el hijo desdichado al pedir su herencia sino la libertad de vivir al antojo de sus pasiones? ¿Qué significa el haberse marchado a un país remoto, sino que nadie se aleja de Dios a medias cuando se ha caído en la desgracia de perder la inocencia? ¿Qué la disipación de su fortuna, y el hambre de que se vio devorado tras de la hartura, sino el goce pasajero del pecado y las terribles consecuencias que acarrea?
Pero al encontrarse reducido a la misérrima condición de guardador de puercos, al verse sin los falsos amigos que acaso contribuyeron a su ruina, sintió penetrar en su corazón un rayo de esperanza, y volvió a Dios, figurado por su padre, la dolorida mirada. ¡Imagen elocuente del arrepentimiento y de la fe! Puso por obra inmediatamente su resolución de implorar clemencia, para enseñarnos que nada hay más peligroso que diferir una conversión, y que de poco sirven los buenos propósitos de enmienda cuando no los justifica la mudanza de la conducta. Y si en premio de su humildad, y de la confesión de su falta, y de la viveza de su dolor, halló abiertos los brazos de su padre y fue acogido entre las más alegres demostraciones de júbilo y ventura, mientras su celoso hermano observaba con despecho tanto regocijo, ven claramente nos hace ver que Dios perdona al sinceramente arrepentido, dándole por galardón una plenitud de delicias que no comprende el mezquino corazón del hombre, incapaz de penetrar en los tesoros insondables de la misericordia infinita.
¿Y qué nos enseña esta consoladora parábola cuando en la imagen del padre deja entrever la sombra de Dios? Dícenos que Dios, por más que sienta el desvío, el alojamiento del pecador, le permite usar de su libertad, aunque sea para su daño; pero que nunca deja de tocarle con las solicitaciones de su —183→ gracia, nacida a veces de la amargura del más negro infortunio, con la sola mira de que se convierta y viva; para lo cual tiene siempre abiertos, como aguardándole, sus brazos paternales.
¡Oh! Velad por vuestra inocencia; pero si desdichadamente la veis un momento mancillada, acordaos de que Dios os perdonará cual padre bondadoso, si a él acudís movidos por el arrepentimiento y purificados por la penitencia.
ANTONIO ARNAO.
Cuando veas a tu enemigo en peligro, piensa sólo en que es tu hermano y que debes socorrerle. |
La verdadera generosidad, como dice un filósofo célebre, consiste principalmente en hacer bien a nuestros enemigos, porque para hacer bien solamente a los que nos aman, no necesitamos de grandes esfuerzos ni vencer ningún género de repugnancias: basta sólo ser agradecido para estar obligado a hacer bien a nuestros amigos.
Existía en una pequeña villa de la hermosa Valencia un honrado padre de familia, poseedor de un inmenso caudal. Este hombre, ya anciano, había sido siempre un modelo de probidad y honradez, por lo que, y por su respetable edad, era tenido entre sus vecinos como el regulador más equitativo y justo de todas las buenas o malas acciones.
Viéndose ya muy anciano y cercano a la muerte, quiso tener el placer de arreglar por sí mismo sus inmensos intereses, y ver gozar a sus hijos el fruto de su honradez y sus economías.
Con este motivo, un día los hizo venir a su presencia, y después de haber dividido su fortuna en tres porciones iguales, y entregando a cada uno la que le correspondía, les dijo: «Hijos míos, ya os he repartido mis bienes según lo manda la ley y la conciencia: réstame tan sólo un diamante de un valor inmenso, que tengo destinado para aquel de entre vosotros que sepa distinguirse por una acción noble y generosa; partid, pues, y volved a mí dentro de tres meses a participarme los medios que habéis puesto en juego para obtener el diamante, y aquel que se haya hecho acreedor a él, lo llevará en premio de su virtud.»
Los tres hermanos marcharon el mismo día a recorrer la España, animados todos del deseo de adquirir la preciosa alhaja, y dispuestos a poner en acción cuantos buenos sentimientos se albergan en el corazón del hombre.
Apenas habían transcurrido tres meses, cuando se les vio llegar a la casa paterna, y en la alegría de sus agraciados rostros podía conocerse fácilmente que cada uno de ellos creía haber ganado el premio de la generosidad.
«Padre mío, dijo el mayor, tomando la palabra el primero: durante mi viaje me hice amigo de un joven extranjero muy rico que viajaba también; varias circunstancias imprevistas le obligaron a confiarme toda su fortuna —184→ sin haber exigido de mí la menor seguridad; mas aunque él no podía reclamarme de ningún modo la cantidad que me había confiado, pues ni siquiera sabía el lugar donde yo residía, acabo de entregarle fielmente su tesoro, sin consentir, que me diese la menor prueba de su agradecimiento. Esta fidelidad que yo he usado con él, este desinterés, cuando pude haberme quedado con todo el dinero, ¿no os parecen de bastante mérito para obtener el diamante?
-Hijo mío, respondió el viejo, en la ocasión que acabas de referir, no has hecho más que lo que debías hacer; y si hubieses sido capaz de obrar de otra manera, deberías morirte de vergüenza, porque la probidad es uno de los mayores deberes; tu acción es una acción justa, pero no una acción generosa.
El hijo segundo hizo su narración en estos términos: «Padre mío, después de haber atravesado una gran parte de nuestra hermosa España sin que se me presentase ocasión de ejercer una acción generosa, según yo lo deseaba, me senté a descansar algunos momentos a la orilla de un lago. Mirando distraídamente los cambiantes que, formaba el agua, vi un objeto que se agitaba queriendo sostenerse en la superficie. Fijé los ojos con más atención, y distinguí que era un niño de corta edad que había caído en el fango, y que estaba a punto de ahogarse.
«Ni mi pesado traje de camino, ni la triste convicción de no saber nadar, fueron bastantes a contenerme, porque me arrojé al agua como un barbo, y logré, aunque con muchos esfuerzos, salvar al niño, que estaba ya desfallecido, habiendo tenido el gusto de entregarle vivo a los sorprendidos habitantes de la aldea inmediata, y de haberme visto colmado de bendiciones de los padres del niño, que ignoraban completamente la imprudente confianza con que su hijo se había metido a jugar en el lago.»
-Todo eso es muy bueno, respondió el anciano padre; pero no veo en todo eso más que un rasgo de humanidad: no es esa la acción generosa que os he pedido en cambio del diamante.
«Padre mío, dijo el último de los tres hijos, mi historia es muy corta, y temo que no sea bastante lo que he hecho, cuando veo que mis hermanos no han merecido el diamante. Durante mi viaje, nada me sucedió de particular; sólo un día encontré al mayor enemigo que he tenido en mi vida, y que habiendo perdido el camino durante la noche, se había quedado dormido en la pendiente de un espantoso precipicio.
Al menor movimiento que hubiese hecho al despertar, hubiera infaliblemente caído al fondo del abismo. Su vida estaba en mi mano; pero olvidando en aquel momento todas las ofensas que me había hecho, y sin recordar que era mi más cruel enemigo, me acerqué a él con las mayores precauciones, y despertándole con gran cuidado, logré evitar su muerte, recibiendo en cambio las más tiernas demostraciones de su profundo reconocimiento.»
-¡Ah, hijo mío! exclamó el padre trasportado de gozo y abrazándole tiernamente; he ahí la acción generosa que yo os pedía, y he aquí el diamante merecido por tu virtud.
ROBUSTIANA ARMIÑO DE CUESTA.
—185→

|
| (Cementerio de San Luis.) | ||
Las generaciones pasan como las aguas de un río caudaloso, renovándose como éstas, sin cesar; y el niño, el joven y el anciano desaparecen del mundo, sin distinción de clase, sexo, ni edad.
La memoria del que fue se conserva entre nosotros, y con más motivo entre los individuos de su familia que le sobrevivieron, hasta que para estos también suena la hora terrible en el reloj de la eternidad.
—186→Constantemente la gracia divina está presentando a nuestros ojos la sombra descarnada de la muerte: a cada momento la pérdida de uno de nuestros parientes, la de un amigo, o un extraño, viene a recordarnos la idea pavorosa de nuestra mortalidad, el decreto inexorable del cielo, que ha de cumplirse sin aviso previo.
¡Honda verdad, que todos los días se ofrece a nuestra mente, y de la que tan escaso fruto solemos sacar! Incierta su hora, al par que segura, no es bastante eficaz para conmover nuestro endurecido corazón. El niño huye amedrentado del sitio en que yace un cadáver expuesto; el joven aparta su vista de aquel fúnebre recinto, para no interrumpir las combinaciones halagüeñas de su pensamiento; y el anciano, que pisa ya los bordes del sepulcro, suele orar reverente por el alma de aquel que acaso pocas horas antes estaba lleno de vida y de salud, empero sin hacerle estremecer las reflexiones cristianas y filosóficas que a la vista de tan triste cuadro se presentan a la imaginación.
Y todo esto consiste en el indiferentismo con que se miran las creencias religiosas. Si éstas por sí solas, con los augustos principios que encierran, son suficientes para labrar la cultura y la felicidad de un pueblo, ¿quién podrá desconocer que fuera del catolicismo no es posible encontrar la moralidad ni la virtud?
Por eso los teólogos admiten como principio inconcuso que la idea de la muerte contribuye de una manera poderosa a la mejora y perfección de las costumbres; y abundando nosotros en tan sabia doctrina, hemos repetido ya en artículos anteriores que los hábitos reconocen su origen en la repetición de las acciones, y éstas en las ideas adquiridas y elevadas a convicción, que vienen a formar las costumbres.
De aquí surge la necesidad imperiosa de que para ser útiles, buenas y acertadas, es condición precisa que la causa de que emanan sea altamente moral en su esencia, en sus aplicaciones y en sus fines.
Cuando esto sucede así; cuando el elemento religioso preside a las acciones humanas, siempre veremos el sello de la verdad en ellas, porque fuera de la religión católica, todo es controvertible, vago, problemático, y los hechos que se desprenden de premisas que no llevan consigo la evidencia, son por necesidad variables o arbitrarios.
En virtud de estas obvias máximas, no necesitamos recomendar a los padres de familia y demás encargados de dirigir la enseñanza de la juventud el más decidido anhelo para grabar en el inocente corazón de aquellos sentimientos que reconozcan por base la palabra, revelada, persuadidos de que si el joven alguna vez se desvía de la senda del deber, si por desgracia cede al influjo de alguna pasión violenta, pronto recobrará su imperio la razón extraviada, con el auxilio de los sanos principios que recibiera en la infancia, lavando su culpa con el arrepentimiento; al paso que aquellos que no han recibido una educación religioso-moral se vician y corrompen por costumbre y por inclinación, sin dar señales de pesar ni de arrepentimiento. La idea de la muerte es un excelente escudo contra el vicio y las pasiones. ¿Quién podrá lisonjearse de que en los supremos instantes de mayor satisfacción y deleite, lo mismo que en los de angustia —187→ y dolor, no pueda la inexorable Parca cortar el hilo de su precaria existencia?
Si reflexionásemos, detenidamente acerca de este asunto, es indudable que otra sería nuestra vida, pues si la pérdida de uno de los más insignificantes goces que forman nuestro encanto en el mundo suele sernos siempre dolorosa, con mayor motivo lo será sin duda la idea de la anulación completa de todos ellos en la tierra.
A pesar de tan acerbo desengaño, el hombre parece que pretende luchar inconsiderado contra la impetuosa corriente de los años; y en sus ilusiones quiere detener la marcha veloz del tiempo. Con descabellado frenesí y falsa lógica se considera dueño de cuanto le rodea, y juzga estrecho el ámbito del mundo para ostentar su vanidad, su poder o su grandeza, afectando desconocer la impotencia de los medios humanos para conseguir una felicidad positiva y perfecta.
Conviene mucho, pues, en estos días llevar a los niños a visitar un cementerio, y allí, en presencia de las generaciones hacinadas en aquel santo recinto, inculcarles, según el desarrollo de su inteligencia, la idea de lo qué es la humanidad, y el término de la vida transitoria.
El aspecto de un cementerio es un tratado completo de filosofía y de moral, y procurando no infundirles terror y desconsuelo, pueden explotarse en su favor las lecciones severas que encierra. Allí los sentimientos y pasiones se confunden; los timbres, los honores, el amor propio y la ambición se estrellan; la belleza, los tesoros, el valor y el placer acaban: el que amaba y el que aborrecía, el sabio y el ignorante, el humilde y el soberbio, el virtuoso y el malvado, el creyente y el escéptico, el joven y el anciano se confunden... Pero, ¡ah! ¡no será así por cierto en la región de la verdad y de la justicia, donde sus almas se encuentran ocupando el lugar que les haya granjeado su conducta en la tierra!
Beati mortui qui in Domino moriuntur.
M. J. PASCUAL.
| Obedeced siempre, oh niños, | |||
| a la voz del padre tierno; | |||
| y si en mal hora os disgusta | |||
| cualquiera de sus preceptos, | |||
| pensad que amor es su móvil, | |||
| amor que anhela el bien vuestro | |||
| y en prueba de lo que digo, | |||
| venid, y escuchad atentos | |||
| lo que vi mientras un día | |||
| descansaba al pie de un fresno. | |||
| _____ | |||
| Estaba una clueca oronda | |||
| cercada de sus polluelos, | |||
| picoteando las hierbas | |||
| que nacían en un huerto; | |||
| cuando con pena y con susto | |||
| vio al gavilán carnicero | |||
| que la acechaba en los aires, | |||
| a robárselos dispuesto. | |||
| Llama al punto a sus hijitos, | |||
| con doliente cacareo, | |||
| y bajo las anchas alas | |||
| los cobija en el momento. | |||
| Un pollito no hizo caso; | |||
| mas ¿qué pasó al inexperto? | |||
| Que del milano en las garras | |||
| halló el triste su escarmiento. |
A.
(Versión del italiano.)
—188→
No dominaron los romanos en España sin grandes dificultades, porque no pudieron ver los españoles con indiferencia que la protección que Roma les había ofrecido para abatir a Cartago, se convertía en opresión interesada. El carácter de Scipion les había cautivado, porque los españoles han admirado siempre todo lo grande y generoso; pero tan pronto como aquel caudillo se volvió a Roma, dejando el gobierno en manos de dos pretores, las vejaciones fueron creciendo, y a las quejas se sucedieron las sublevaciones.
Andóbal y Mandonio fueron los primeros que se pusieron al frente del pueblo, que no quería verse esclavizado, y si bien murieron ambos en la contienda, apareció Viriato, que, convertido en general desde el humilde puesto de pastor, supo derrotar a los romanos y hacerles pagar caro sus excesos.
La historia no puede menos de elogiar el carácter de un hombre que, sin instrucción ni conocimientos militares, logró reunir miles de españoles, enardeció su corazón en nombre de la patria oprimida, y derrotó con ellos, por diversas veces, ejércitos aguerridos y comandados por los mejores generales romanos. Tantas y tales victorias consiguió Viriato, y tantas pruebas dio de valor, que no sólo los soldados romanos, sino sus mismos jefes y generales, perecieron al filo de las espadas españolas.
Los repetidos triunfos de Viriato llevaron su fama y el terror a la misma república de Roma. No sólo eran valerosos los españoles de aquellos tiempos, sino que eran, independientes y no toleraban, como ahora, que cuatro políticos sin escrúpulo ni fe les dividieran en partidos, que no producen otra cosa que la ruina de la patria. Querían ser todos unos, y hermanos, y españoles sobre todo. La opresión de Cartago había desaparecido, pero ahora tenían que sufrir la de caudillos romanos, y hubieran lanzado de su patria las aguerridas legiones de la república, a no haber solicitado el enemigo la paz, que Viriato no vaciló en conceder con condiciones honrosas. ¡Bueno es el carácter español para dejarse imponer condiciones! fue Metelo al frente de un respetable ejército romano el que firmó la paz con Viriato, pactando que los españoles quedaban libres en toda la Lusitania, por dueños de su territorio, y amigos y confederados de Roma.
Un tratado tan digno no gustó al pretor Quinto Servilio Cepion, y representando al Senado de Roma que semejante pacto no convenía a su honor, le rompió, continuó la guerra, sorprendió a los lusitanos, y encontró infames asesinos que dieron de puñaladas al magnánimo Viriato en su misma tienda. Así perdió de nuevo la —189→ libertad y la paz gran parte de la antigua Iberia.
La guerra, en efecto, se volvió a encender, pero también por otros pretextos. Había admitido la ciudad de Numancia, situada cerca de la moderna Soria, algunas tropas fugitivas de la Celtiberia, que tampoco quería reconocer el yugo extranjero, y este fue motivo suficiente para que el cónsul Quinto Fulvio Nobilior declarase la guerra a tan importante ciudad. Los numantinos no permanecieron indiferentes, sino que salieron, y arrojándose al campo enemigo, le cubrieron de cadáveres. Vengaban así tanta perfidia, y aunque hubieran aceptado la paz, obtuvieron del orgulloso Fulvio la respuesta de que Roma no otorgaba la paz a los que no se humillaban a sus pies. Treinta mil combatientes se presentaron delante de Numancia, comandados por Quinto Pompeyo Rufo. La guarnición de la ciudad apenas llegaba a ocho mil hombres. Pensaron los numantinos en rendirse ante lo superior del número de enemigos, pero convencidos de que les hubieran desarmado y reducido a la más negra esclavitud, determinaron al fin defenderse.
Un año seguido continuó la defensa, sufriendo terribles pérdidas, pero también las padecieron los sitiadores, que iban arruinándose rápidamente. En tales términos iba desapareciendo el ejército de Pompeyo, que este caudillo quiso capitular, y si bien se avinieron a ello los numantinos, celebrando que aquel general ajustase la paz y se marchase a Roma, poco duró la satisfacción, porque vino a España el cónsul Marco Popilio, y negándose a cumplir lo pactado, rompió de nuevo con la infeliz Numancia. Repitiéronse los asaltos, sacaron los defensores fuerzas de flaqueza, y a aún por tercera vez humillaron el orgullo de los romanos, saliendo fuera, arrollándoles y poniéndoles en vergonzosa fuga. Presentose ante los muros de Numancia un tercer ejército, comandado por Cayo Hostilio Mancino, pero tales fueron las pérdidas que sufrió y tanto el terror que los numantinos inspiraban, que no tuvo aquel cónsul inconveniente en ajustar de nuevo la paz.
Tarea inútil. La orgullosa Roma no podía aprobarla, porque quedaba demasiado humillada, y siendo aún grande su poderío, envió el cuarto ejército a sitiar y reducir los numantinos. Setenta mil eran los romanos, que a las órdenes de Publio Emiliano Scipion rodearon la ciudad, y esperaron vencerla sitiándola por hambre.
Los numantinos ya habían sido reducidos en número, pero a pesar de todo intentaron forzar varias veces las líneas de los sitiadores, presentándoles batalla, que nunca quisieron admitir. Propusieron al fin rendirse; pero no concediéndoles Scipion condiciones aceptables, resolvieron perecer entre las ruinas de su querida ciudad antes que reconocer su dominio. Retiráronse en medio de las plazas, en donde encendieron grandes hogueras, y lanzáronse en ellas, o se quitaron la vida con veneno o peleando unos contra otros; pues prefirieron morir antes que rendirse. La ciudad se vio reducida a cenizas, y todos sus habitantes perecieron tan heroicamente después de catorce años de guerras y quince meses de bloqueo. Tal fue el trágico fin de Numancia, célebre por el tesón y el patriotismo de sus hijos en los anales del mundo entero.
—190→
Cuarenta años de paz se siguieron a la ruina de Numancia; pero la España parece que está condenada a sustentar siempre en su suelo guerras intestinas o a servir de campo de batalla para las luchas extranjeras. Cuando Sila tiranizó la república romana y desterró de ella a los parciales de Mario, su competidor Quinto Sertorio, uno de los proscriptos, se embarcó para España con otros descontentos, esperando que los españoles le concederían protección y asilo. Así fue, en efecto. Los españoles, que se hallaban oprimidos por la avaricia de los gobernadores extranjeros, y que no recordaban aquello que vulgarmente se dice, que vale más lo malo conocido que lo bueno por conocer, dieron oídos a Sertorio, que, fingiendo compadecerse, les ofreció libertarles de tan ominoso yugo. Quisieron obedecerle desde luego, y convirtiéndose Sertorio, como han hecho todos los revolucionarios del mundo, en nuevo gobernador, halagó a todos, rebajando por de pronto los tributos, alojando las tropas fuera de los pueblos, para que estos estuviesen más desahogados, y ofreció, en fin, mercedes y dicha sin fin a todos. El pueblo, inocente e incauto, lo aprobó todo de mil amores, sin reparar que iba a meterse en una guerra civil, porque no era de suponer que los que gobernaban antes se dejasen quitar tan fácilmente las riendas del gobierno.
Bien pronto se tocaron las consecuencias de aquellas sublevaciones. Sila envió un ejército contra Sertorio, a las órdenes de Lucio Domicio, pretor de la España Citerior, pero fue derrotado al pie de los Pirineos. Otra victoria lo hizo dueño de la mayor parte del territorio, y declarándose señor de los españoles, estableció un sonado, formado de trescientos nobles romanos, nombró magistrados, pretores, cuestores y tribunos que gobernasen las provincias y ciudades, estableció escuelas públicas, las mismas leyes y policía que en Roma, y armó a la romana todos sus soldados. ¿Qué habían ganado con este cambio los españoles?
Dos grandes ejércitos tuvo todavía que enviar Sila a España, y con ellos vinieron la ruina y la desolación, porque las tropas de Sertorio no escaseaban las escaramuzas y las batallas, y la infeliz España se veía convertida en juguete de las armas de ambos competidores. Mandaban estos ejércitos Quinto Cecilio Metelo y Gneo Pompeyo, y aunque dieron tres sangrientas batallas contra las tropas de Sertorio, perdiendo las dos primeras y quedando indecisa la victoria en la última, que tuvo lugar cerca de Denia, creyó Roma que la reducción de Sertorio sería ya difícil, y prefirió intentar otros medios que nunca faltan en las luchas humanas. Hizo ofrecer a los soldados de Sertorio grandes ventajas, comenzaron estos a dejarse seducir, y pronto se vio desertar gran número de oficiales y soldados romanos, engrosando los ejércitos de Pompeyo y Metelo. «Sólo les faltaba, dice un historiador, acabar ya con el ilustre Sertorio, y fomentando el descontento de los demás jefes, sobornaron al fin a Perpenna, su lugarteniente, el cual, poniéndose a la cabeza de una tropa de conjurados, le asesinó a puñaladas en un convite que le preparó a este efecto en la ciudad de Huesca, el año 70 antes de Jesucristo, —191→ octavo de su permanencia en España. Así pereció este ilustre capitán, después de haberse cubierto de laureles por sus victorias, y granjeándose el amor de los españoles por sus virtudes, generosos sentimientos y amor a la libertad.»
No duró a Perpenna el mando con que se había alzado. Raras veces, muy raras veces, dan buenos resultados las usurpaciones. Perpenna no tenía las virtudes ni el talento de aquel héroe, y pereció derrotado por Pompeyo, que castigó también severamente a todos sus cómplices. Entonces tuvieron que rendir los pueblos obediencia a Pompeyo, por haberse deshecho el ejército de Sertorio; pero siempre hay quien da pruebas de lealtad y consecuencia. Las ciudades de Osma y Calahorra no quisieron jurarle fidelidad, opusiéronse con las armas, y sólo logró Pompeyo apoderarse de ellas cuando, después de un desastroso sitio, no quedaba ninguno de sus defensores.
Formose por este tiempo en Roma aquel famoso triunvirato de Craso, César y Pompeyo, que al erigirse en árbitros de la república, debían minar los fundamentos de la libertad. Durante, cinco años se distribuyeron sus más ricas y vastas provincias, tocando a Pompeyo el gobierno de la España. Mientras duró la buena inteligencia entre los tres amigos, nada ocurrió de particular en España, que estuvo regida por los lugartenientes Afranio, Varrón y Petreyo. Pero la política es tan envidiosa, que no concede sus favores sino a trueque de grandes sinsabores. Todo lo que era armonía y amistad, tornose odio irreconciliable entre César y Pompeyo. Tomó aquél las armas contra su patria, se apoderó de Roma y de toda la Italia, pasó a España precipitadamente, y si bien al principio fue derrotado por Afranio, Varrón y Petreyo, logró después vencerlos, y se apoderó de todo. Regresó a Italia sin pérdida de momento, y venciendo a Pompeyo en la famosa batalla de Farsalia, persiguiéndole hasta las orillas del Nilo, en Egipto, en donde el rey de aquella tierra, Ptolomeo, le mandó degollar, pudo proclamarse dueño del imperio, elevando sobre la tumba de la república una monarquía universal.
Quedaban todavía los hijos de Pompeyo; y creyendo que en España, auxiliados por los partidarios de su padre, hallarían reposo y acaso defensa contra la tiranía de César, pasaron a ella. No tuvieron inconveniente muchos españoles en ponerse bajo sus banderas; pero Julio César corrió hacia ellos con sus formidables huestes, y avistándose ambos ejércitos cerca de Munda, trabaron tan sangrienta batalla, que ya casi desconfiando de su resultado, el mismo César iba a quitarse la vida para no sobrevivir a su desgracia. No fue preciso tanto sacrificio. Sus soldados juraron morir antes que verle derrotado, y haciendo un esfuerzo de valor, penetraron por entre las legiones enemigas, las acuchillaron y dejaron tendidos sobre el campo más de treinta mil combatientes. Quedó César dueño de toda España, y tuvo ésta, en consecuencia, el gobierno y las mismas instituciones imperiales que la gran metrópoli de Roma.
FLORENCIO JANER
—192→
| Cuando claváis en el cielo | |||
| las inocentes miradas | |||
| y en la estrella que fulgura | |||
| vuestro candor se retrata, | |||
| esa apacible sonrisa | 5 | ||
| que por vuestros labios vaga, | |||
| es la sonrisa de un ángel | |||
| que os trae la gloria en sus alas. | |||
| Y es que a vuestro pensamiento | |||
| ningún delirio le arrastra; | 10 | ||
| ni a vuestra pura conciencia | |||
| el remordimiento asalta, | |||
| ni os inquietan los recuerdos, | |||
| ni os desvelan esperanzas. | |||
| Con sus misterios, apenas | 15 | ||
| llega la noche callada, | |||
| cuando los pájaros duermen, | |||
| vuestra tierna madre canta | |||
| por arrullaros el sueño | |||
| que amante en sus brazos guarda, | 20 | ||
| Y así reposáis tranquilos | |||
| sin pensar en el «mañana,» | |||
| mas que al soñar en los besos | |||
| de esa madre idolatrada. | |||
| Y despertáis ya gozando | 25 | ||
| las caricias que soñabais, | |||
| repitiendo dulcemente | |||
| alguna santa plegaria. | |||
| Adivinar no sabréis | |||
| lo que sentís en el alma... | 30 | ||
| pero esos divinos goces | |||
| en el corazón se graban, | |||
| para llorarlos perdidos | |||
| cuando con los años pasan. | |||
| Esas estrellas del cielo, | 35 | ||
| que a vuestro candor halagan, | |||
| y la sonrisa del ángel | |||
| de quien la gloria se alcanza, | |||
| y esa tranquila conciencia, | |||
| y ese sueño en dulce calma, | 40 | ||
| y los besos de una madre, | |||
| y sus oraciones santas, | |||
| son niños, gracia de Dios... | |||
| ¡no perdáis de Dios la gracia!... |
EDUARDO BUSTILLO.
LA NIÑA EN ORACIÓN

—193→
Es imposible que pueda amar a nadie quien no ama a sus hermanos, que son hijos de nuestros padres, y, por consiguiente, nuestra propia sangre. Los padres y los hermanos forman la familia íntima. Nacemos bajo un mismo techo; nos alimenta la misma mano: juntos disfrutamos de las caricias paternales; juntos sobrellevamos los trabajos de la vida, y enteramente iguales somos en el corazón del padre y de la madre.
Nada hay en el mundo más repugnante que, no digamos el odio, porque éste es incomprensible, en fuerza de ser execrable, sino la indiferencia y la falta de cariño entre los hermanos, que además deben ser nuestros primeros y mayores amigos. Entre ellos jamás debe existir rivalidad: debemos, por el contrario, regocijarnos si vemos que son atendidos; si su mérito es superior al nuestro. Es tan fuerte el lazo fraternal, que sólo lo supera el lazo paterno.
La religión, que nos manda amar a todos los hombres, consagra este amor, dándolos el nombre de hermanos, porque todos lo somos en Dios, nuestro padre común. El Padre Santo llama hermanos a los obispos, estos a su clero, el clero a los fieles, y aún a los que no lo son: todo en testimonio de caridad, que es el amor. En nuestra España, no obstante su decadencia moral, aún se conserva la piadosa costumbre de llamar hermanos a los pobres que nos piden por amor de Dios: aún rehusándoles la limosna, llevan al menos —194→ el consuelo de que se les dé tan cariñoso nombre.
Los hermanos mayores tienen la obligación de atender y cuidar de los menores, dándoles ejemplos de mansedumbre, de obediencia, de caridad, de aplicación y de todas las virtudes morales y sociales, ayudando al padre y a la madre en la santa tarea de la educación de los pequeños, asistencia en sus enfermedades, y demás deberes domésticos. Estos deberes son de todo punto indeclinables en la familia que tiene la desgracia de perder uno de sus jefes o los dos. Entonces el hermano, o hermana, mayor hace las veces de padre o madre, y si desempeña tan sagradas funciones con el amoroso celo que debe, obtiene por recompensa el aplauso de las gentes, una dulce y perenne satisfacción interior, y, lo que es más importante, las bendiciones de Dios.
Largos ejemplos de estos cuidados y de estas abnegaciones pueden presentarse a la vista de los interesantes seres para quienes estas páginas se escriben. En buenos libros los verán, que aquí sólo consejos descarnados pueden darse, según el pensamiento que ha presidido a la creación de este modesto libro.
Los hermanos varones, a cambio de ciertos privilegios inherentes a su sexo, están obligados a considerar a sus hermanitas, a respetarlas y a ceder siempre en las pequeñas reyertas de familia, que deben evitarse siempre, porque es preciso no olvidar que el bien más precioso es la paz del hogar. Es noble y digno que la fuerza se someta a la debilidad, y que se considere a quien más tarde, siendo Dios servido, ha detener el augusto carácter de madre.
Acontece con frecuencia que entre los individuos de una misma familia, entre los hermanos, la fortuna es varia. Mientras que unos se encuentran en situación desahogada y a veces brillante, otros se ven en la pobreza y en la desgracia, ya por una conducta desordenada o imprevisora, ya porque no a todos es dado alcanzar buena suerte, ya, en fin, porque ésta se perdió inevitablemente por azares de la vida. En ningún caso los hermanos felices deben abandonar a sus hermanos desgraciados, ni juzgarlos con una severidad que se aviene mal con los estrechos vínculos que los ligan. La cordura y la buena intención dictarán los medios de hacer el bien sin humillar al que lo recibe, y al mismo tiempo, sin que el fruto de una buena conducta y de una vida ordenada vaya a dar pábulo a los vicios o a la holganza. La verdadera piedad es muy ingeniosa y halla el medio de hacer el bien sin que se torne en mal.
Quedad, niños queridos, bajo la impresión de estas breves máximas. El divino Jesús, en la noche feliz de la mística Cena, dijo a sus discípulos estas palabras de ardiente caridad, en forma de precepto: Un nuevo mandamiento os doy; que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Es decir: sois mis hijos, os he amado como ama un buen padre: sois hermanos, amaos como tales; como, un padre ama a sus hijos. Tal es el dulce mandamiento del buen Jesús. Dichosos vosotros, niños míos, si lo observáis fielmente.
M. CABALLERO DE RODAS.
(De un libro inédito de educación.)
—195→
¡A fe que es buena pieza la tal Mariquita!.. A mí me gustan mucho las niñas pero os confieso, queridos lectores, que si tuviera una niña como la dichosa Mariquita, viviría desconsolado, porque es clara que, siendo hija mía, habría de quererla mucho, y por consiguiente me preocuparía y apenaría en gran manera el porvenir de niña semejante, dadas las condiciones de carácter que tiene la pícara Mariquita, a quien hoy me propongo sacar aquí a la vergüenza con la bonísima intención de que se corrija ella misma, y sirva de ejemplo a otras que puede haber a ella parecidas.
Mariquita es una niña intolerante, intransigente, rebelde a toda autoridad a irascible sobre toda ponderación. Ya veis, amables lectores, si será simpática la niña. Los padres la sufren, porque ya habréis advertido que es grande el sufrimiento de todos los padres, porque naturalmente la quieren sobre todas las cosas de este mundo, aunque tantas amarguras les proporciona. ¡Sublime abnegación la de los padres!... ¡Ay de los malos hijos que desconocen los sacrificios de sus padres, y pagan este infinito amor de que son objeto con la más negra y pérfida ingratitud!
Pero voy a dejar a la madre de Mariquita hacer el retrato de su hija.
-Amigo mío, me dijo días pasados, esta niña amarga todos los momentos de mi vida con ese carácter díscolo, y que me empieza a parecer incorregible. Es una gran pena la que me causa verla a la más nimia cosa, por el más leve motivo, llorar desesperada, arrancarse los cabellos, tirarse por el suelo, encolerizarse, en fin, de un modo que ya me espanta, y me hace temer por ella.
Otras niñas tienen sus caprichos, sus extravagancias, sus impertinencias pasajeras; pero esta hija mía siempre está irritada, siempre halla en todo pretexto para esos raptos de cólera y desesperación tan impropios en su tierna edad. Si una criada le hace un cariño; si el perro la festeja saltando y ladrando, manifestándole así su afecto; si se quema al tomar una cucharada de sopa; si se la despierta; si se la quiere tomar la lección; por todo, en fin, a cada momento, se irrita, se golpea, llora y alborota.
Vienen visitas a casa, y temo que me pregunten por ella y se empeñen en verla, porque la niña no quiere ver a nadie, y la llamo, no viene, y me obliga a ir a buscarla, y viene con rostro airado, de mala gana, y hace comprender así a todos su odioso carácter.
Antes iba al colegio; pero todos los días venía rabiosa contra sus compañeras, de quienes, en verdad, no tenía motivo alguno de queja; ellas sí, porque Mariquita las maltrataba, no las toleraba la más ligera broma, y daba a la maestra más que hacer ella sola que todas las demás juntas. Un día la encerró la digna profesora, con el con sentimiento mío, en el cuarto oscuro, y Mariquita salió del encierro desgreñada, —196→ —197→ con el traje roto, con la cara arañada, en el más deplorable estado; por lo cual tuve que sacarla del colegio, donde no tenía ni una amiga, y todas las niñas huían de ella como se huye de quien tiene un carácter tan rebelde e intratable.
La rebelde mariquita
Esta niña no es sensible al cariño; mis caricias las recibe hasta con enojo; nunca se acerca a dar un beso a su padre; mira con la mayor indiferencia a los pajarillos; maltrata al perro, que tanto la quiere, y nunca se la ve darle ni una miga de pan; es descuidada en el aseo de su persona; le mortifica vestirse con algún esmero... Crea V. que paso muchas noches en vela pensando en esta hija mía, discurriendo de qué medios me valdré para modificar, reformar y corregir su carácter.
-Y al juego, ¿tiene afición? pregunté a la afligida madre.
-No, señor; no quiere jugar con otras niñas, y los juguetes que se le compran los destroza muy pronto.
-Pues, a mi juicio, señora, es preciso que en la educación de esa niña rebelde se empleen medios enérgicos, que V. no puede emplear, porque la natural bondad de V. y su amor de madre se lo impiden. Esta indulgencia y este cariño son causa acaso de que ya no se haya modificado ese carácter. A niñas de esas condiciones, es preciso, por su bien, separarlas completamente del seno de la familia, y llevarlas lejos, a una casa de educación donde se las trate severamente, donde vean caracteres más firmes y más enérgicos que el suyo; donde no puedan contar con la impunidad para sus faltas, aún las más leves. Considere V. qué terribles proporciones puede tomar con el tiempo el carácter, que V. llama odioso acertadamente, de esa niña; precisamente es el suyo el más impropio de su sexo; el principal encanto de la mujer consiste en la dulzura, la amabilidad, la modestia, la compasión para todos los infortunios, el sentimiento de la caridad, la resignación, la humildad, la abnegación. No se conciben otros sentimientos en la que está destinada a ser esposa; es decir, a hacer la felicidad de un hombre honrado, a ser la alegría y el bien del hogar, el consuelo de los padres ancianos, la administradora de la hacienda, y sobre todo la madre de tiernos hijos.
-Es verdad, dijo la pobre madre casi llorando.
Nuestra conversación ha tenido muy buen resultado, no porque la niña se haya corregido, sino porque sus padres han tomado las disposiciones necesarias para que se corrija, y al efecto, dentro de breves días la llevarán a cierto convento, lejos de Madrid, donde excelentes religiosas se encargarán de educarla como conviene, y con todo el saludable rigor que necesita; y mucho me equivoco si a la vuelta de un par de años no abomina Mariquita la soberbia y la ira; feísimos vicios que, como todos, hay que cortarlos en su origen, para que no dañen en lo futuro a los que demuestran estar dominados por ellos.
Mariquita ha recibido la noticia con indignación, y dice que no quiere ir al convento; pero sus padres se encargarán de demostrarle que eso de no quiero no se puede decir en el mundo, y que la autoridad paterna no puede consentir de ninguna manera la rebeldía de niñas díscolas como ella.
C. FRONTAURA.
—198→
Quisiera en verdad, lectores muy queridos, poder invitaros hoy a un paseo campestre, como he hecho en los dos articulitos en que os he explicado las nubes y el crepúsculo.
No es posible hoy salir al campo: está lloviendo.
Comprendéis, como yo, la imposibilidad del paseo, y oís el susurro del agua que cae sobre los tejados de vuestras casas.
¿No es verdad?
Seguramente; y pues la ocasión es propicia, justo será aprovecharla para explicaros la lluvia. Venid conmigo: vosotros y yo, en amistosa compañía, vamos a estudiar ese fenómeno, tan frecuente en el invierno.
¡Cuántas veces habréis contemplado la caída de las gotas de agua! ¡Cuántas veces la monotonía del espectáculo habrá sido suficiente, en vuestros tiernos años, a entreteneros, cuando en brazos de vuestras nodrizas mirabais tras los cristales caer la lluvia.
Y hoy, cuando vuestra inteligencia ha tomado mayor vuelo, cuando la razón y conocimiento de las cosas deseáis poseer, hoy, sin duda alguna, ardiente anhelo sentís por conocer el por qué de la lluvia.
Voy a explicároslo, si me es posible en mi pobre suficiencia.
Os hablé de las nubes hace muy poco, y entonces visteis lo que son: no tengo, pues, para qué repetir lo que ya os dije.
Cuando el vapor que forma las nubes se condensa por el frío que reina en altas regiones de la atmósfera, se convierte en agua, como resultado de esa misma condensación.
Entonces, esa agua, reducida a pequeñas gotas, no puede permanecer tan elevada, y cae sobre la tierra, por la fuerza de atracción dirigida. Esas gotitas, más o menos numerosas, forman la lluvia, que viene a fecundar a la tierra, haciendo fructíferos los trabajos del labrador.
Si la fuerza de la atracción no existiera, la lluvia podía dirigirse, en alguna otra dirección; pero con ella tiene necesariamente que caer sobre la tierra.
Y, vosotros lo habéis visto, sucede a veces que las gotitas, que líneas de puntos parecen formar, hacen a estas ligeramente inclinadas; inclinación uniforme que es producida por el viento.
Si cuando llueva observáis esto, notareis que es verdad lo que os digo, con sólo mirar uno de esos aparatos que se llaman veletas.
La lluvia es triste, y sin embargo, ella ocasiona la belleza de los campos.
¿No lo creéis?
Pues es así; y tanto, que allí donde no existe vegetación es porque nunca llueve.
¡No llover nunca!
Cosa extraña será ésta para vosotros, que sólo de nombre conoceréis el desierto de Sahara, que nunca probablemente habréis estado en Egipto; y sin embargo, es cierto, aunque a vosotros, que estáis habituados a ver llover con frecuencia, cueste trabajo comprenderla.
—199→No todos los países son, niños amados, como el que vosotros y yo habitamos; no en todos existen las estaciones como aquí; no en todos hay un invierno frío y lluvioso después de un verano ardiente y de un otoño templado.
La lluvia, que en España parece quedar para el invierno, cae en otra zona distinta de la nuestra en la estación lluviosa, pasada la cual termina, para venir una continua sequía.
Conocéis la lluvia, que más de una vez habrá alterado vuestros propósitos, cuando un viaje, un paseo campestre haya sido aplazado por la caída del agua de las nubes.
Y entonces la desesperación habrá acudido a vosotros, sin pensar que la lluvia que podía inutilizar vuestros propósitos, iba a ser causa de mil recreaciones que después podíais obtener.
¡Mil recreaciones!
Sí, queridos niños, porque los campos cubiertos de verdura, las plantas de mil flores adornadas, los árboles cargados de frutas sabrosísimas, no existirían si las lluvias del invierno no trajesen para vosotros, con las rosas de la primavera, con las mieses del verano, con los frutos del otoño, la riqueza, el bienestar, la alegría, en fin, de que disfrutáis.
¿Comprendéis ahora, niños amados, por qué debéis bendecir la lluvia cuando cae sobre nuestros campos?
Sí será, porque otra cosa no es posible suponer.
La lluvia que impide vuestros paseos, os da después bienes sin cuento; ¿por qué no amarla, si ella os papa con creces las molestias causadas?
Bendigamos la lluvia, que fertiliza la tierra; admiremos en ella esa armonía universal que existe por doquiera que dirijamos nuestros ojos.
Continuemos el estudio de la lluvia.
No siempre, queridos niños, es blanca, o incolora, si queréis, el agua que cae de las nubes: no hace mucho, el 10 de Marzo de 1869, tuvo lugar en Nápoles una lluvia rojiza. ¡Qué miedo os causaría ver un fenómeno semejante!
Y sin embargo, es muy sencilla la explicación del misterio.
El viento, llevando en suspensión las arenas del Sahara, ocasiona el hecho que parece, sin dada, bastante singular.
Os he explicado ya la causa de la lluvia, y creo justo terminar con este asunto. Aunque el agua no ha cesado de caer por completo, un rayo de sol me indica que puedo salir a descubierto sin peligro de mojarme mucho.
¿Queréis acompañarme?
Después de la lluvia siempre parece hermosa la vista del cielo.
Salgamos, pues tal vez las gotas de agua que aún caen puedan ocasionar un arco iris.
Miremos a la atmósfera: ¿no veis?
Sí; allí aparece un precioso arco de bellos colores.
-Queremos saber, me decís, la causa de ese hermoso espectáculo.
-Yo os la contaré, queridos niños, si queréis prestarme atención.
Para ello bueno es salir completamente al descubierto, donde podamos admirar libremente el hermoso cuadro que presenta la naturaleza.
Salimos, y debo empezar.
Pero como la explicación haría tal vez muy largo este artículo, vosotros tendréis suficiente paciencia para esperar a obtenerla en el siguiente.
En él os describiré el arco iris.
E. THUILLIER.
—200→
| Conserva, tierno niño, | |||
| en tu infantil memoria, | |||
| que en la virtud tan sólo | |||
| está el supremo bien. | |||
| Y así alzarás tu alma | 5 | ||
| al reino de la gloria, | |||
| y pisarás los cármenes | |||
| de aquel perdido Edén. | |||
| En la veloz carrera | |||
| de la azarosa vida, | 10 | ||
| conmoverán tu espíritu | |||
| los goces del amor. | |||
| Pero el placer mundano | |||
| es ilusión mentida, | |||
| y no hay amor tan puro | 15 | ||
| como el amor a Dios. | |||
| Si él ye ha infundido un alma | |||
| que es su divina esencia, | |||
| el mal que de Dios digas | |||
| será tu propio mal. | 20 | ||
| Ensalza el atributo | |||
| de su alta Providencia, | |||
| y no jures en vano, | |||
| su nombre celestial. | |||
| Él hizo dé los Orbes | 25 | ||
| las zonas contrapuestas, | |||
| y obró con su martirio | |||
| la humana redención: | |||
| por eso te prescribe | |||
| santificar las fiestas | 30 | ||
| con himnos de alabanza | |||
| la santa religión. | |||
| Por darte la ventura | |||
| tu cariñoso padre | |||
| solícito se afana, | 35 | ||
| trabaja sin cesar. | |||
| Desvelos y caricias | |||
| te da tu dulce madre: | |||
| por eso, niño, debes | |||
| a padre y madre honrar. | 40 | ||
| Un don es la existencia, | |||
| que la bondad bendita, | |||
| del Ser Omnipotente | |||
| al hombre concedió. | |||
| Por eso al monstruo fiero | 45 | ||
| que la existencia quita, | |||
| le lanzará al abismo | |||
| la cólera de Dios. | |||
| No busques del deleite | |||
| los goces seductores, | 50 | ||
| que su mortal ponzoña | |||
| mancillará tu ser; | |||
| del alma y de la vida | |||
| puñales matadores, | |||
| dan siglos de pesares, | 55 | ||
| instantes de placer. | |||
| El que con mano aleve | |||
| o con acento falso, | |||
| el bien ajeno roba | |||
| sin ley y sin razón, | 60 | ||
| del hombre la justicia | |||
| le subirá al cadalso; | |||
| le arrojará al profundo | |||
| de Dios la indignación. | |||
| Quien por lograr su intento | 65 | ||
| a la mentira invoca, | |||
| manchando la pureza | |||
| del alma virginal, | |||
| olor de podredumbre | |||
| exhala de su boca, | 70 | ||
| como agua corrompida | |||
| de impuro cenagal. | |||
| Tranquilidad del alma | |||
| y del honor trofeo | |||
| es el divino lazo | 75 | ||
| del hombre y la mujer. | |||
| Quien deshacerle osare | |||
| por obra o por deseo, | |||
| los lazos de la gloria | |||
| verá también romper. | 80 | ||
| No tenga en tu alma asilo | |||
| la sórdida avaricia; | |||
| los bienes de la tierra | |||
| son humo, y volarán. | |||
| Para el que abrió las puertas | 85 | ||
| del alma a la codicia | |||
| las puertas de los cielos | |||
| cerradas estarán. | |||
| Conserva, tierno niño, | |||
| en tu infantil memoria | 90 | ||
| la voz con que Dios guía | |||
| tu alegre juventud; | |||
| que no hay otro sendero | |||
| para alcanzar la gloria, | |||
| que aborrecer al vicio | 95 | ||
| y amar a la virtud. |
FRANCISCO LUIS DE RETES.
—201→

¡Oh pérfida envidia! Tú eres la funesta pasión que, cerrando los ojos de los infelices a quienes dominas, no les dejas ver las virtudes de su prójimo; tú la que, envenenando su corazón, les inspiras la tristeza del bien ajeno, de que eres melancólica fuente; tú la que, despertando secretos propósitos de venganza, pones en el camino del justo la piedra donde quieres que tropiece para que se despeñe en el abismo del infortunio.
Si esto no lo dijeran las repetidas lecciones que nos da el mundo, claramente nos lo enseñaría aquel triste pasaje de la historia del inocente Josef, —202→ en que sentimiento tan infame le hizo para sus propios hermanos objeto de casi invencible aversión.
Josef era justo. Todavía en la dorada edad de la adolescencia, pues sólo contaba dieciséis años, apacentaba con sus hermanos, los hijos de Bala y de Zelpha, los ganados de su padre Jacob, morador del país de Chanaan. Amado de él entrañablemente por ser el primer hijo de su esposa Raquel, y por haber sido engendrado en la vejez, odiábanle en secreto sus hermanos, que nunca ponían hablarle sin despecho y amargura.
Aconteció tras esto, que habiéndoles revelado dos sueños que había tenido, presagios de su propia grandeza, dio sin querer poderoso incentivo a sus envidias, hasta el punto de que aquellos ingratos le juraron venganza en su corazón.
Habíales dicho una vez: «Parecíame que estábamos atando gavillas en el campo; y como que mi gavilla se alzaba y se mantenía derecha, mientras las vuestras, puestas alrededor, la adoraban inclinándose.»
A lo cual respondieron encolerizados sus hermanos: «Pues qué, ¿has de ser tú nuestro rey? ¿Hemos de estar nosotros sujetos a tu dominio?»
Y en otra ocasión así les había hablado: «He visto entre sueños como que el Sol y la Luna y once estrellas me adoraban.» Con cuyo motivo, a la vez que su padre le reprendió, fue aún más envidiado de sus hermanos, que entre veían apesadumbrados el significado futuro de aquellos misteriosos sueños.
Por fin llegó la infausta hora en que había de estallar la furia de tan ruin sentimiento.
Era un hermoso día, bañado por el sol espléndido que alegraba la tierra. El anciano padre mandó a Josef a visitar los ganados que apacentaban sus hermanos en la llanura de Sichem; y partiendo al punto desde el valle de Hebrón, halloles al fin de su jornada en Dothain, que pertenecía a dicho territorio.
Al verle sus hermanos venir de lejos, decíanse unos a otros, con intento de matarle: «Aquí llega el soñador.»
Y refiriéndose a uno de los varios pozos que había en el campo para abrevar los ganados, pero que estaba seco a la sazón, añadían: «Ea, pues, matémosle, y echémosle en una cisterna vieja; diremos que una bestia feroz le devoró, y entonces se verá que le aprovechan sus sueños.»
Pero Rubén, de sentimientos menos crueles, que quería librarle de ellos y restituirle a su padre, así los decía esforzándose: «No le quitéis la vida, ni derraméis su sangre, sino echadle en aquella cisterna que está en el desierto, y no manchéis vuestras manos.
Hiciéronlo así en cuanto llegó Josef, después de haberle desnudado de su túnica talar de varios colores. Y se sentaron a comer.
Vieron a poco venir de Galaad una caravana de Ismaelitas, con sus camellos cargados de aromas, bálsamo y mirra destilada, que iba con dirección a Egipto; y entonces Judá dijo a sus hermanos: «¿Qué ganaremos con quitarle la vida y ocultar su muerte? Mejor es venderle y no manchar nuestras manos; porque al fin hermano nuestro es y de nuestra misma carne.»
A cuyas razones asintieron los demás; y mientras pasaban unos negociantes Madianitas, sacáronle de la cisterna y le vendieron a aquellos Ismaelitas, —203→ que venían en compañía de los otros, por veinte siclos de plata, equivalentes hoy a unos ciento cincuenta y siete reales de vellón; y lo condujeron a Egipto.
Entre tanto Rubén, que ignoraba esto, volvió a la cisterna; y no hallando a Josef, rasgó sus vestiduras en señal de dolor, y acudió luego a sus hermanos, diciéndolos: «Josef no parece: ¿a dónde iré yo ahora?»
Pero los demás tomaron la túnica del inocente muchacho, y tiñéndola en la sangre de un animal que habían matado, la enviaron a su padre con tales razones: «Esta túnica hemos encontrado; mira si es o no la túnica de tu hijo.»
¡Infeliz Jacob! Al punto la reconoció, y creyendo que una bestia feroz había devorado a su hijo muy amado, rasgó también sus vestidos; cubriose de un áspero cilicio, y se entregó por largo tiempo a la amargura inmensa de su dolor. Juntáronse todos los demás hijos para consolarle, pero él, en vez de admitir lenitivo alguno a su pena, solamente decía, perseverando en el llanto: «Descenderé deshecho en lágrimas a encontrar a mi hijo en el sepulcro.»
Dos sensaciones bien opuestas debe producir la lectura de este breve episodio de la vida de Josef, para todo aquel que quiera meditar humildemente las enseñanzas de que por todas partes están llenos los libros sagrados.
La primera es de tristeza y desconsuelo, al ver hasta que punto de crueldad puede llegar el corazón humano cuando emponzoñado por la envidia aborrece las dichas ajenas y sofoca los más nobles y legítimos instintos de la sangre.
La segunda es, por el contrario, de consuelo y esperanza, al observar cómo ya en aquellos remotos siglos era el inocente Josef una de las más hermosas figuras que anunciaban al Mesías. En efecto, sin entrar en los demás pasajes de la vida de aquél, ya la de éste se hallaba simbolizada en parte por lo que se acaba de leer. Oigamos en comprobación lo que dice a este propósito un ilustre autor de nuestros días: Josef es el hijo amado de su padre, y Nuestro Señor es el Hijo amado de Dios su Padre. - Josef está vestido de una túnica de diferentes colores, tiene sueños que presagian su futura grandeza, y por esto es el blanco de los celos de sus hermanos: Nuestro Señor está adornado de toda clase de virtudes, anuncia a los judíos, sus hermanos, su grandeza futura, y por esto es objeto de odio, de celos y de persecución. - Josef es enviado a sus hermanos, y Nuestro Señor a los hombres sus hermanos. Josef, al llegar cerca de sus hermanos, es maltratado, resuelven darle la muerte, y le venden a mercaderes extranjeros: Nuestro Señor, al llegar en medio de los judíos sus hermanos, es maltratado, Judas le vende, y los judíos le entregan a los romanos.»
Ahora bien; decidme los que acabáis de recordar este triste episodio de la Historia Sagrada: ¿podréis en adelante no detestar la envidia? ¿No veis ya en la figura de Josef un anuncio de las misericordias de Dios?
ANTONIO ARNAO.
—204→
Un campesino tenía un asno viejo, que le había servido siempre a las mil maravillas; pero cuyas fuerzas se iban debilitando de una manera que podía reputársele como inútil para todo trabajo que mereciese llevar el nombre de tal.
Cansado el campesino de un animal que de día en día se iba convirtiendo tan sólo en un estorbo de mal género, pensó en utilizar al menos la piel; pero el asno, que se apercibió de que corría mal viento, se escapó a todo correr por el camino de Bremen, repitiéndose con fatuidad:
-Allí al menos podrá llegar a ser músico de la ciudad.
Largo tiempo hacía que caminaba solo, cuando se encontró con un perro de caza, que ladraba, y se sofocaba como el que llega fatigado de una larga carrera.
-¿Qué es lo que te obliga a ladrar de ese modo, camarada? le preguntó el asno con una petulancia que pudiéramos llamar muy bien grotesca.
-¡Ah! exclamó el perro con el acento de la más profunda tristeza: como voy siendo viejo, como no puedo ya ir a caza ni hacer habilidades que le diviertan, mi amo ha querido matarme a palos, y yo me eché desde luego a correr por los campos, sin rumbo ni destino... Pero, dime, camarada: ¿qué haré de hoy más para procurarme el pan de cada día?
-¡Eh! no te aflijas por eso; amigo mío, yo voy a Bremen para hacerme músico de la ciudad; vente conmigo, y haremos que te se reciba músico de la ciudad; yo tocaré el laúd, y tú redoblarás los timbales.
Nada hay más atrevido que la ignorancia; y el perro, que encontró muy razonable aquella proposición, la aceptó desde luego, prosiguiendo entrambos el camino de Bremen como dos antiguos y leales amigos.
A muy corta distancia encontraron un gato tendido en tierra, casi exánime, y con un aspecto tan triste como el tercer día de lluvia.
-¿Qué te sucede, pelo gris? le preguntó gravemente el asno.
-Amigo mío, mal puede uno estar contento cuando se teme por la vida; como los años van gastando mis dientes y apagando mis bríos, y que en el día quiero mejor estarme acostado entre la ceniza al amor de la lumbre, que correr tras de los ratones, mi ama creyó muy acertado echarme al río con una piedra al cuello. Previsor como nunca, logré salvarme a tiempo de la catástrofe; pero, y ahora, ¿dónde iré? ¿Qué será de mí?
-Vente con nosotros a Bremen, conoces perfectamente el género de las serenatas nocturnas, y te harán como a nosotros músico de la ciudad.
El gato, inútil para todo, encontró oportuno el consejo, y reuniéndose a sus dos compañeros, tomó alegremente el camino de Bremen.
Poco después pasaron nuestros tres vagabundos por delante de una cuadra, sobre cuya puerta cantaba desesperadamente un arrogante gallo.
—205→-¿Qué diablos te sucede que así nos rompes la cabeza con tus agudos gritos? le preguntó el asno, parándose algunos momentos delante de la puerta.
-Soy el cantor del buen tiempo, respondió, el gallo levantando la cabeza con orgullo, y anuncio a los mortales cuándo viene el día; pero como mañana es domingo, y se esperan huéspedes, la señora de la casa, que tiene el corazón de bronce, ha mandado a la cocinera ponerme en pepitoria, para lo que será necesario que me dejo cortar la cabeza esta misma noche.
Por eso el breve tiempo que me resta de vida, quiero cantar alegremente al hermoso sol que ilumina mi postrimera aurora.
-¡Ea, cresta roja! déjate por ahora de pensar en morir y vente con nos otros a Bremen, le dijo el asno, vendiéndole pomposamente protección; cualquier cosa que nos suceda será siempre, mejor que la muerte. Tu voz es clara, hermosa, penetrante, y cuando los cuatro nos reunamos para formar un concierto, creo que lograremos reunir una música deliciosa.
El gallo se convino desde luego, y los cuatro músicos en ciernes emprendieron alegremente su marcha.
Erales imposible llegar a Bremen en el mismo día, y habiendo encontrado como a la mitad del camino, un espeso bosque, que les ofrecía cómodo asilo para pasar la noche, se decidieron a permanecer en él hasta que la nueva aurora les permitiese continuar su peregrinación.
El asno y el perro se colocaron al abrigo de un árbol de los más frondosos; el gato se subió a las ramas, y el gallo, no creyéndose todavía seguro allí, voló hasta la cima, donde libre al fin de todo terror, se preparó a dormir tranquilo hasta la media noche.
Antes de cerrar los ojos, dirigió el gallo una mirada previsora hacia los cuatro puntos cardinales, y con gran sorpresa suya divisó en lontananza el resplandor de una lucecita, cuyo destello se perdía por intervalos.
-Compañeros, exclamó al momento, esforzándose en levantar la voz; aquí cerca debe haber una casita, porque distingo claramente la luz.
-Sí, es cierto, respondió el asno sacudiendo las orejas; desalojemos al instante, y marchemos sin vacilar hacia ese lado, porque, a decir verdad, me hace muy poca gracia dormir al sereno.
Los demás compañeros se adhirieron desde luego a la nueva proposición, y la caravana se dirigió sin perder tiempo hacia el sitio donde partía la luz. Bien pronto la vieron crecer, desparramando en torno su rayo consolador, y se encontraron al fin al frente de una casa de ladrones perfectamente iluminada.
El asno, como más respetable, se acercó a la ventana para mejor distinguir lo que dentro había.
-¿Qué ves por allá, pelicano? preguntó entonces el gallo con impaciencia.
-¿Qué veo? Una gran mesa cargada de vasos y botellas, y grandes platos, rodeada de bandidos que los despachan a las mil maravillas.
-Veremos cómo se arregla el negocio, dijo entonces maliciosamente el gallo.
-¡Sí, sí! replicó in continenti el asno; ¡ah! ¡si estuviésemos ya dentro de la plaza!
Después de devanarse los sesos en —206→ buscar el mejor medio de poner en fuga a los ladrones, se decidieron por presentarse, y lo llevaron a cabo sin perder momento.
El asno se enderezó, posando las manos sobre el antepecho de la ventana; el perro se subió sobre las espaldas del asno, el gato sobre el perro, y el gallo sobre el lomo del gato.
Concluida la ceremoniosa colocación, los cuatro músicos comenzaron a un mismo tiempo su espantoso concierto. El asno rebuznaba, el perro ladraba, el gato mayaba, y el gallo cantaba con toda su fuerza, precipitándose todos cuatro a la vez por la anchurosa ventana, cuyos cristales volaron en pedazos por la campiña.
Espantados los ladrones por aquel inarmónico concierto, creyendo que los que acababan de precipitarse en la sala, no podían ser otra cosa que una legión de espíritus infernales, huyeron asustados hacia el bosque, donde se guarecieron por de pronto contra sus incomprensibles enemigos.
Entonces los músicos se sentaron gravemente a la mesa, arreglaron como les pareció todos los restos del festín, y comieron y bebieron como si tuviesen que ayunar a pan y agua en todo el mes siguiente.
Cuando los cuatro instrumentistas concluyeron su espléndido banquete, apagaron las luces, y buscaron un sitio adecuado a su naturaleza, donde pasar la noche; el asno se acostó sobre el estiércol, el perro detrás de la puerta, el gato entre las cenizas calientes del hogar, y el gallo sobre el borde de un pesebre; y como estaban bastante fatigados de su larga jornada, a los pocos minutos todos se hallaban sumidos en el más profundo sueño.
Pasada ya la media noche, y no viendo los ladrones brillar la luz al través de la ventana de la casa:
-Compañeros, dijo el capitán, cobardes hemos sido en verdad en huir vergonzosamente ante los enemigos, abandonando a su voracidad y venganza nuestro amado asilo.
Y ansioso de volver a recobrar lo perdido, comisionó a uno de sus valientes para que fuera a enterarse de lo que en la casa ocurría.
Todo yacía en el mayor silencio, y la oscuridad más completa reinaba en aquella mansión al parecer habitada.
Amaestrado por la costumbre, el ladrón entró hasta la cocina, y sacando una mecha, se dispuso a encenderla entre los casi extinguidos tizones del hogar.
Engañado por el reflejo de los inflamados ojos del gato, que tomó en su aceleramiento por dos ardientes ascuas, arrimó a ellos la mecha; pero el gato, que no entendía de bromas, le saltó a la cara, arañándole de lo lindo.
Presa del más horroroso miedo, aquel hombre, otras veces tan valiente, corrió hacia la puerta con intención de huir; pero el perro, que estaba tranquilamente acostado detrás de ella, se lanzó, repentinamente sobre él, clavándole sus agudos dientes en las piernas.
Desesperado por aquella incesante persecución, atravesó el patio en dos saltos a pesar de su herida, ansiando de todas veras su libertad; pero el asno le regaló al pasar un par de coces de buena ley, en tanto que el gallo, que se había despertado con el ruido, gritaba desde el pesebre: ¡Kikiriki! ¡Kikiriki!
El ladrón llegó al sitio donde le —207→ aguardaban sus compañeros, en un estado lamentable.
-¡Señor! dijo fuera de sí, dirigiéndose al capitán; hay en nuestra casa una hechicera horrible que me ha destrozado el rostro con sus afiladas uñas; detrás de la puerta un hombre que me ha herido en las piernas; en el patio un monstruo horrible que me ha descargado un golpe de maza; y allá arriba, cerca del techo, agazapado como una comadreja, el juez, que gritaba con una voz terrible: «¡Traédmelo aquí! ¡Traédmelo aquí!»
Los ladrones, atemorizados, no volvieron a pensar en recobrar la casa, y los cuatro músicos en ciernes de la ciudad de Bremen se encontraron tan bien en su tranquila posesión, que se resolvieron a no abandonarla jamás.
ROBUSTIANA ARMIÑO DE CUESTA.

La recompensa del trabajo4
| ||||||||||||||||||||
| ||||||||||||||||||||
| ||||||||||||||||||||
| ||||||||||||||||||||
| ||||||||||||||||||||
| ||||||||||||||||||||
| ||||||||||||||||||||
| ||||||||||||||||||||
| ||||||||||||||||||||
| ||||||||||||||||||||
| ||||||||||||||||||||
—208→

¡Pobre muchacho!... Hambriento, sin abrigo, descalzo, vaga por esas calles sin saber adonde ir, pidiendo limosna, dispuesto a todo lo malo.
Miradle delante del escaparate de la pastelería, devorando con la vista los apetitosos manjares que allí están de manifiesto, y que aguzan más y más el hambre que siente el infeliz huérfano.
Cuando veáis, niños míos, un espectáculo parecido al que os presento en esa lámina, no os riáis del pobre chicuelo andrajoso que contempla con ansia el contenido del escaparate; socorredle, si podéis, bendecid a Dios que os ha dado tan distinta suerte, y sed compasivos e indulgentes siempre con el que no tiene instrucción ni medios de adquirirla, y padece hambre y frío, mientras vosotros tenéis recursos suficientes para satisfacer con holgura vuestras necesidades.
