—81→
Milton, el sublime autor de El Paraíso perdido, había llegado a la vejez, y con ella al colmo de las desgracias humanas. El poeta cuya fama debía atravesar los siglos, estaba ciego y sumido en la más cruel indigencia.
Sólo le quedaba en su soledad un consuelo; consuelo divino que dulcificaba en gran manera sus inmensas desdichas. Milton poseía una esposa, joven todavía, que era el modelo de todas las virtudes, y tres inocentes niñas, hermosas como tres ángeles, que con sus continuas caricias disipaban las nubes de devoradora tristeza que oscurecían a todas horas la rugosa frente del anciano y sabio padre, Jenny, la mayor de las tres, era la que corría con el arreglo de la pobre habitación que ocultaba, o más bien disimulaba con el aseo, su casi completa desnudez. Pero Jenny poseía además otra joya, que iba resaltando en ella, a medida que crecía. Esta joya era una habilidad tan extraordinaria en tocar el clavicordio, que en aquella época, en, que la música había hecho muy pocos progreso; en Inglaterra, esta habilidad era mirada como un resultado singular y digno de la mayor admiración.
Jenny poseía todas las gracias que puede reunir la joven mejor educada, cuando apenas tenía quince años; su figura era de las más nobles, su carácter sumamente afable, y estaba dotada de una hermosura e inteligencia de las más distinguidas. Tal era la hija de Milton, que, reuniendo a todas sus bellezas su sorprendente habilidad —82→ como filarmónica, había sabido conciliarse la benevolencia y el aprecio de toda la aristocracia inglesa.
Dos o tres familias de Londres le habían hecho el honor de confiarla la educación de sus hijas.
Entre estas familias se contaba la del duque de Rochester. Este duque era el heredero de uno de los nombres más brillantes de la nobleza británica, y de una fortuna de las más colosales, de manera que la protección de un personaje tan noble y generoso, no podía menos de ofrecer numerosas ventajas a la pobre Jenny.
Sin embargo, nada más pobre, nada más mezquino que la retribución que recibía la joven maestra de la casa del duque. Este aristócrata tan espléndido y tan celebrado en los círculos de Londres, sólo pagaba a la pobre Jenny dos guineas al mes en recompensa de las lecciones de música que ésta daba a sus hijas.
Por tan miserable cantidad, la joven se sujetaba todos los días a ser la esclava de dos niñas exigentes, orgullosas y llenas de caprichos, condenándose a tocar veinte veces seguidas una misma cosa, repitiendo cien veces las mismas observaciones, trabajando y fastidiándose con explicaciones inútiles, sin poder obtener dos minutos de atención de sus petulantes discípulas en una porción de horas que ocupaban en este trabajo diario.
Jenny, sin embargo, soportaba sin murmurar su triste posición. Una consideración sola, consideración hija de sus puros y nobles sentimientos, bastaba para hacerla resignarse sin dolor al trabajo; aquella pobre retribución mensual era de absoluta necesidad para sostener a su padre ciego y dos hermanitas más jóvenes que ella, y su corazón excelente no podía retroceder ante los mayores sacrificios, si con ellos podía subvenir a las primeras necesidades de aquellos seres a quienes tanto amaba.
Jenny venía, pues, al fin de cada mes a recoger las dos guineas de manos del mayordomo del señor duque, y se encaminaba enseguida a entregarlas a su familia con la sonrisa en los labios y la mayor alegría en el corazón.
Un día, el viejo mayordomo del duque de Rochester, que padecía frecuentes distracciones, entregó a la joven tres guineas en lugar de dos, como tenía de costumbre; pero la inocente Jenny, que recibió su dinero sin contarle, no se apercibió de la equivocación hasta que se encontró en la calle.
¿Debía volverse atrás y restituir la guinea que le había entregado demás el mayordomo? ¿Debía aprovecharse de la equivocación y llevar a su familia aquel inesperado consuelo?
Para una joven que se hallaba casi sumida en la miseria, para una joven que era el único sostén de su desconsolada familia, la cuestión era bastante difícil de resolver.
Después de todo, decía Jenny esforzándose en convencerse a sí misma, el señor duque no sería más rico ni más pobre por una guinea más o menos, y mi familia se alegraría infinito de tan feliz como inesperado socorro.
Jenny se sonrió y empezó a pensar en la alegría que aquel dinero iba a producir en su padre y en sus amables hermanitas.
Mas a medida que adelantaba el paso sus reflexiones tomaron poco a poco un carácter sombrío que la obligó a detenerse; recordó los principios de honor —83→ y probidad que se lo habían inculcado desde la edad más tierna, trajo a su memoria los consejos de su querido padre, y se sonrojó de haber podido concebir el pensamiento de apropiarse la guinea que no le pertenecía.
Entonces volvieron a presentarse a su imaginación los sofismas con que la necesidad había querido colorear su conducta, pensó en su pobre padre, y estuvo largo tiempo indecisa, fluctuando entre las sugestiones del amor filial y los escrúpulos de su delicada conciencia... La lucha fue larga y sostenida, pero al fin triunfó la conciencia.
Jenny volvió a tomar el camino del palacio del duque de Rochester, buscó al mayordomo, y cubriendo con una mano sus hermosos ojos preñados de lágrimas:
-Señor, le dijo, os habéis equivocado, pues me distéis una guinea de más, que os devuelvo.
Dejó Jenny la guinea sobre la mesa, y sin esperar contestación salió a la calle, llegando a su casa con el corazón triste, pero tranquilo.
Al día siguiente, la joven maestra recibió de manos del mayordomo tres guineas que el duque de Rochester le enviaba en recompensa de su heroica probidad.
Aquella lealtad, aquella delicadeza en una niña de quince años, que así supo resistir a las sugestiones del hambre y de la miseria, y a las inspiraciones mucho más poderosas aún de la ternura filial, y que escuchó sólo los escrúpulos de su conciencia, revelan un corazón noble y delicado y son un alto ejemplo que deben tener muy presente los tiernos lectores de Los Niños, persuadidos de que la probidad es la primera condición que ha de tener una persona para ser estimada.
ROBUSTIANA ARMIÑO DE CUESTA.
Madrid, 1872.
La pobreza carece de muchas cosas, pero la avaricia carece de todo.
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La adulación es una moneda falsa que nuestra vanidad toma por moneda corriente.
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El que tiene mucha caridad es el verdadero hombre de bien.
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El que piensa en sus deberes sólo cuando se le recuerdan, no es hombre de bien.
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Temo como si fueran animales feroces a los aduladores y a los delatores.
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Mejor que observar y criticar los defectos ajenos, es conocer y corregir los propios.
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Mirad como padre a vuestro superior, como hermano a vuestro igual, y como hijo a vuestro inferior.
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Negar nuestros defectos cuando se nos reprenden, es aumentarlos con el más feo de todos.
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En cosas difíciles de probar, vale más dudar que asegurar.
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El sabio es dócil para hacer desde luego sin vacilaciones lo que debe hacer.
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Empezar una disputa es como romper un dique. - Procurad no empezarla nunca.
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La envidia que habla y vocea es siempre torpe; la que calla es la temible.
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El mejor medio de vengarse del envidioso es conducirse mejor que él.
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La economía es hija del arreglo y de la educación.
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Este ilustre sacerdote, que, muy joven, murió en 1849, alcanzó una gran reputación en España, y fuera de España, por sus escritos filosóficos, políticos y religiosos.
En su hermoso libro El protestantismo comparado con el catolicismo en sus relaciones con la civilización europea, hizo la más brillante apología de nuestra santa religión, y por esto el nombre de Balmes es respetado y querido para todo buen católico.
Escribió también El Criterio y El Pensamiento de la Nación, periódico redactado con un talento extraordinario.
El estilo de Balmes puede presentarse como el más acabado modelo de corrección y buen gusto.
Fue, en resumen, el presbítero Balmes uno de los hombres de más talento que han honrado a la patria, y en él era tanta la sabiduría como la virtud.
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La curruca de invierno hace un nido bastante grande y construido con solidez, aunque no con elegancia, y le forma de musgo, de lana, de pelos y de otras materias, pero le coloca siempre tan al descubierto, tan visible y tan bajo, que siempre hacen presa de él otros animales.
Hasta ahora hemos hablado de los nidos hechos con hierbecillas, juncos, hojas, pelos y lanas, construidos en forma de pequeños cestos redondos.
Ahora daremos a conocer los nidos de formas diferentes y construidos con otras materias que los pajaritos llevan en el pico, amasan o ablandan, y pegan de mil diversos modos.
Uno de los más notables que así trabajan, es el llamado pájaro hornero. Es del tamaño de una alondra, con plumas pardas, y su nido tiene una arquitectura especial. Se compone de légamo, recogido en el curso de los ríos, al cual da más consistencia mezclándolo con hierbas filosas y troncos de plantas. Esta construcción se endurece con los rayos del sol, y cuando está completamente cocida, parece más bien el trabajo de un aprendiz de alfarero que un nido, adquiriendo la solidez del ladrillo. Es redondo, en forma de cúpula, con una entrada en un lado. Por su parte interior está dividido en dos habitaciones, y en la última de estas habitaciones es donde empolla la hembra sus huevecitos sobre una capa de plumazón.
El vencejo común forma un nido, cuyo exterior se compone de una especie de barro, y se vale también de hierbas, de plumas y fibras vegetales. Es bastante sólido y puede servir algunos años. La golondrina común construye también su nido de fango, pero la forma difiere algo de los demás. Con frecuencia se encuentra colocado bajo los aleros que lo sirven de tejado; pero cuando lo requieren las circunstancias, el pájaro añade a su nido una cubierta en forma de cúpula. La golondrina exige un nido descubierto, a causa de su cola larga y ahorquillada. Pone generalmente cinco huevos.
La golondrina de ribera perfora, a fuerza de picotazos, los muros, y en ellos arregla su nido, rellenando el hueco que hace en la tapia con plumas y hierbas secas. La arbela o martín-pescador no abre siempre por sí mismo el nido en que vive, pero arregla a su gusto las gazaperas o agujeros que encuentra hechos. Lo forran o arreglan interiormente con espinas de peces, en términos que cuando se ha podido sacar entero, se ha visto que era una cosa muy curiosa, porque el ave va colocando todos los huesecillos de peces con orden y regularidad, y no a la ventura.
Otra ave, la pitorrita, también excava —86→ su covacha para poner su nido, y a veces también le gusta ocupar alguna madriguera de otros animales, a los cuales ahuyenta a picotazos de su tan raro como enorme pico.
Sería interminable citar todos los pájaros que se construyen nidos entre las tapias, en los muros, en los peñascos, o entre las grietas de la tierra. Otros los hacen en los troncos de los árboles, y no quieren vivir ni saben vivir en otra parte alguna. El torce cuellos escoge las rendijas de los árboles. El trepador busca las concavidades de los troncos viejos o de los árboles muertos, y las rellena de pluma, hierbas y musgo. La abubilla también se anida en árboles viejos, y rellena el nido de hierbas y plumas. El cocotraustes busca para domicilio una cavidad de entrada pequeña, y si el orificio de entrada es demasiado grande, lo reduce la hembra amasando arcilla, que va colocando alrededor.
Respecto del tucán, ave de América, que vive en los troncos de los árboles, no se sabe si hace el nido por sí mismo, abriéndole a picotazos en la corteza, o si sólo arregla las grietas y agujeros que ya encuentra hechos. Dícese que los monos tienen declarada la guerra a los hijuelos de los tucanes, y que la madre los defiende sólo con sacar fuera del nido su enorme pico, con el que rechaza todos los ataques.
III
Hemos hablado ya de los pájaros que hacen nidos tejidos por ellos entre las ramas de los árboles que los sostienen, y de los que hacen madrigueras en las paredes y en el suelo. Ahora nos ocuparemos de los que se construyen nidos suspendidos o colgantes.
Todos los nidos suspendidos son notables por sus formas caprichosas; todos se columpian al extremo de las ramas; pero unos son muy cortos, otros muy largos; unas veces la entrada se halla en su parte inferior, otras veces en un lado, y otras arriba.
Los pájaros llamados tejedores habitan las zonas abrasadoras de Asia y África, y suspenden generalmente sus nidos al extremo de las ramas pequeñas, en las plantas parásitas, en las hojas de palmera o en las cañas. Con frecuencia lo construyen encima del agua, a muy corta distancia de la superficie. En este último caso tienen por objeto el proteger sus huevos y sus pequeñuelos contra los ataques de los innumerables monos que pueblan los bosques.
El más común de los tejedores de África es el tejedor de pico rojo. Es muy singular la costumbre que tiene este pájaro de ir siempre al lado de los búfalos, marchando siempre por donde ellos vayan, y consiste en que los tejedores se alimentan de los distintos insectos parásitos que viven sobre los búfalos, y para comérselos se posan, ya sobre sus cuernos, ya sobre sus espaldas, indistintamente, de lo que se alegra mucho el búfalo, porque le limpian de animales molestos.
El nido suspendido del tejedor mahali del África meridional presenta tal dureza y consistencia, que parece hecho de mortero por algún albañil de profesión.
Otro pájaro tejedor le hace de tal figura, que parece un cuerno suspendido al revés. Está tejido con hierbas elásticas y estrechas, delgadas como bramante. Llámanle oropéndola amarilla. Elige la rama más flexible, de —87→ modo que siempre está su nido suspendido encima del agua de los ríos.
Otra clase de aves de este género, de cabeza amarilla, le construye de cañas muy fuertes, en términos que aunque se caiga de muy alto no se rompe. Otro nido de esta clase de aves tiene su entrada circular a un costado, y allí se posan a veces al entrar y salir.
El vencejo de la palmera, que habita la Jamaica, construye su nido colgante de algodón por fuera, que parece fieltro. Le prende de un cocotero, pero con tanta solidez, que al arrancar con fuerza el nido, se separa la membrana exterior de la hoja.
La curruca y la silvia de cola en forma de abanico, cosen las hojas para formar su nido, con puntadas que dan con el pico y con hebras de hilos que sacan de fibras vegetales muy delgadas.
En la Australia forman también su nido suspendido el sericornio de garganta amarilla, la acantiza, el melífago cantador, la acaciapéndola, el melífago de garganta blanca. En América, en fin, los pájaros-moscas construyen preciosos nidos suspendidos, y todo concurre para que el hombre admire y contemple anonadado la habilidad y belleza de tantos miles de seres alados que pueblan los aires.

UN DRAMITA PARA LOS NIÑOS
Nuestros lectores verán con satisfacción el siguiente cuadro dramático, y estamos seguros de que muchos de ellos tendrán gusto en representarlo.
Se refiere a uno de los acontecimientos más gloriosos de nuestra historia, y el protagonista es un personaje cuyo nombre deben los niños acostumbrarse a respetar y admirar como el de uno de los más grandes hombres que Dios ha enviado a la tierra.
Las familias cuya fortuna les permita hacer gastos, pueden decorar la representación y vestir a los actores convenientemente, lo cual dará mayor atractivo a la fiesta; pero lo principal es que los niños reciten los versos con inteligencia, con buena entonación y con propiedad.
| PERSONAJES | |
| CRISTÓBAL COLÓN. | |
| GUTIÉRREZ. | |
| RODRIGO SÁNCHEZ DE SEGOVIA. | |
| PILOTO. | |
| MARINERO PRIMERO. | |
| ÍDEM SEGUNDO. |
11 de octubre de 1492
El teatro representa el interior de la carabela Santa María: en el fondo el castillo de popa con puerta practicable, que supone dar entrada a la cámara del almirante. Mar y cielo completando la decoración. En el telón del foro estará representado una isla sobre la superficie de las aguas, que deberá verse al indicarse la aurora.
Es de noche: dos faroles se hallan suspendidos del mástil del centro y de la puerta del castillo. Lonas, rollos de cuerda, escalas, remos, barricas, etc., etc.
Escena II | ||||||||||||||||||||||||||
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Los mismos y GUTIÉRREZ, apareciendo en el fondo. | ||||||||||||||||||||||||||
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(Al dirigirse hacia la puerta, GUTIÉRREZ le detiene sujetándole el brazo.) | ||||||||||||||||||||||||||
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Escena III | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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Los mismos. COLÓN apareciendo en la puerta del castillo de popa, tranquilo y sereno. Al verle, los tripulantes, que estaban prontos a arrojarse sobre GUTIÉRREZ, retroceden con respeto. | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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Escena IV | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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COLÓN. GUTIÉRREZ y RODRIGO acostados sobre unas velas a lo izquierda. | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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Escena última | |||||||||||||||||
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Los mismos, los tripulantes que acuden en todas direcciones y se arrodillan exclamando. | |||||||||||||||||
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FIN DEL CUADRO
Continuando, queridos niños, el estudio de la gravedad, ya que me he propuesto daros una idea general de los efectos de esta fuerza, voy a ocuparme hoy de los que produce sobre los líquidos, y de los cuales se hacen infinitas aplicaciones, estando fundada en esta teoría la construcción de embarcaciones de todas clases.
Todo lo que al estudio de los líquidos se refiere, tiene su fundamento en el principio importantísimo que el sabio Pascal descubrió, y que se enuncia diciendo: Si en un punto cualquiera de una masa líquida se ejerce una presión, ésta se transmite a todos los puntos de la masa con igual intensidad. Este principio, llamado también de igualdad de presión, que en las cátedras de física se demuestra de varias maneras, es indispensable tenerlo en cuenta al estudiar la acción de la gravedad sobre los líquidos.
Tomemos, pues, un líquido, agua; —94→ por ejemplo, en un vaso cualquiera, y consideremos la masa líquida dividida en capas horizontales sumamente delgadas. La primera capa superior no se hallará sometida a otra fuerza que a la de la gravedad; pero la inmediata inferior, además de hallarse sometida a la acción de la gravedad, sufrirá la presión que sobre ella ejerce la primera; presión que, en virtud del principio de Pascal, transmitirá a la tercera; ésta sufrirá la transmitida por la segunda, aumentada en la que ejerce esta misma segunda, además de la acción de la gravedad, y podríamos continuar este mismo razonamiento hasta llegar al fondo del vaso, el cual sufre la presión de toda la columna líquida. Por lo tanto, la presión a que se halla sometida una copa horizontal cualquiera, depende del mayor número de capas que sobre ella existan, y por consiguiente de la profundidad a que se encuentre colocada. De aquí deduciremos que la presión ejercida por un líquido sobre el fondo de la vasija que lo contiene depende de la altura de la columna líquida; y una misma cantidad de un cuerpo en este estado puede producir presiones muy diferentes, según la altura que tome, sea mayor o menor, en virtud de la forma del vaso. Pascal hacia la siguiente experiencia, que demuestra esta verdad. Tomaba un tonel perfectamente cerrado, y en una de sus bases practicaba un orificio, al que adaptaba un tubo estrecho, y largo de algunos metros, cuya unión con el tonel la barnizaba perfectamente, sujetando la unión de suerte que el agua no pudiera salirse por la juntura. Lleno el tonel de agua, añadía una nueva porción de este líquido por el tubo, y cuando en éste llegaba la columna a una gran altura, aunque era pequeña la capacidad de éste, y pequeña por consecuencia la cantidad de líquido, la presión era suficiente para reventar y desvencijar el tonel.
Los líquidos ejercen también una presión de abajo arriba, y esto, que, puede considerarse como una consecuencia del principio de Pascal, puede demostrarse también experimentalmente. Para ello se toma un tubo de vidrio de dos a tres decímetros de longitud, y de medio decímetro de diámetro, abierto por sus dos extremidades. Se tapa una de sus dos aberturas con un obturador provisto de un hilo, que, pasando por el interior del tubo, viene a salir fuera, y, tirando del hilo, se le sumerge por el lado del obturador en una vasija que contenga agua. Si entonces se abandona el hilo, el obturador no se cae; y si en el interior del tubo donde el agua no ha podido entrar, se va echando de este líquido, se le ve caer precisamente en el instante en que la columna interior del tubo llega a tener la misma altura que la exterior; lo que nos dice que una cualquiera de las capas horizontales en que hemos supuesto dividida la masa líquida, sufre una presión de abajo hacia arriba, igual a la que produciría en sentido inverso una columna líquida que tuviera por base la capa considerada, y por altura, la que haya desde dicha capa hasta la superficie del líquido.
También ejercen los cuerpos en este estado presiones laterales sobre las paredes de los vasos que los contienen, y la presión ejercida sobre una pared cualquiera es igual a la que ejercería de arriba abajo una columna líquida que tuviera por base el trozo —95→ de pared considerado, y por altura la distancia desde el centro de gravedad de dicho trozo a la superficie del líquido. Si alguna vez habéis visto en paseos o jardines fuentes cuyos surtidores giran a medida que el agua sale por ellos, tendréis una prueba evidente de la presión que los líquidos ejercen lateralmente. En efecto, estos surtidores suelen tener una forma que, se aproxima más o menos a una Z, y en los remates existen dos orificios por donde el agua ha de salir, estando además montado por su centro sobre un eje de suerte que pueda girar. Si los orificios estuviesen cerrados, y el tubo lleno de agua, se ejercería una presión en la pared que los cubre, y otra igual y contraria en la parte opuesta: estas dos fuerzas se destruirían, y por lo tanto, habría equilibrio; mas faltando la primera, se ejerce sólo la segunda, y no existiendo la contraria que destruya su efecto, el surtidor se pone en movimiento en sentido contrario a aquel en que sale el agua.
Puesto que ya conocemos las presiones que un líquido ejerce y las condiciones para que se halle en equilibrio, supongamos ahora que en el fondo del vaso en que el líquido está contenido hay un orificio, y que por éste y un tubo que a él se adapte en posición horizontal comunique con otro vaso diferente. Si concebimos que en ambos vasos comunicantes haya líquido, sobre el fondo de uno, cualquiera de ellos, se ejercerá una presión, que estará determinada por la columna líquida contenida en él; esta presión se transmitirá, en virtud del principio de Pascal, al otro vaso por el tubo de comunicación, y para que haya equilibrio es necesario que en el fondo de este otro se ejerza otra presión igual a la que obra sobre el primero; luego es indispensable que el líquido tome la misma altura en ambos vasos.
Esto nos explica perfectamente por qué el agua, al salir de los surtidores de ciertas fuentes, se eleva a una altura más o menos considerable. La fuente de la Puerta del Sol puede servir de ejemplo. En efecto el depósito que hay en el Campo de Guardias para surtir de aguas a Madrid, podemos considerarlo como una gran vasija, que está colocada en un punto más elevado que la Puerta del Sol, y en comunicación con la fuente que adorna esta plaza. El agua, al salir del surtidor, se halla sometida a una presión determinada por una columna líquida, cuya altura sería la que tiene el depósito citado sobre el piso de la Puerta del Sol, que es de muchos metros, y, por lo tanto, sale con una fuerza que la elevaría a la altura del depósito, si no perdiera parte de ella en vencer el rozamiento con los tubos que atraviesa, y la resistencia del aire, al través del cual ha de abrirse paso cuando sale del surtidor.
Réstame deciros, para terminar, que cuando en vasos comunicantes se colocan líquidos diferentes, que no sean susceptibles de mezclarse de un modo homogéneo, como agua, mercurio, aceite, etc., cada líquido toma una altura tanto mayor, cuanto menos pesado sea, o, hablando con más propiedad: las alturas de los líquidos están en razón inversa de sus densidades.
Veremos en otra ocasión la gran importancia que tiene esta ley, que nos explica muchos fenómenos.
AURELIANO JIMÉNEZ
—96→

Es indudable que columpiarse es un entretenimiento muy agradable; pero también suele tener sus peligros.
Puede romperse la cuerda; un movimiento, un vahído, un ligero descuido, pueden producir una caída peligrosísima, y acaso una desgracia.
Así, pues, conviene en eso, como en todo, tener previsión y prudencia, y asegurarse bien de que la cuerda es fuerte y está bien atada, y evitar todo descuido.
—97→
... «Y el ogro, abriendo una bocaza descomunal, se tragó a los dos niños en menos que canta un gallo...»
Hortensia y Luciano se echaron a llorar, oyendo este horrible final de la historia que les acababa de referir su nodriza.
-Los dos niños eran muy malos, dijo Hortensia, pero se hubieran corregido si el ogro no se los hubiese comido: ¡Qué bruto!
-Cuando yo sea grande, exclamó Luciano, iré a batir a los ogros y los mataré a todos. Tú me ayudarás, añadió, dirigiéndose a su hermanito Emilio.
-Tonto, sino hay ogros, dijo éste maliciosamente y riéndose.
-¡Jesús! dice que no hay ogros, añadió Hortensia, y se ríe de los dos niños que el ogro se tragó... ¡Anda, mal corazón!...
-Tú si que tienes mal corazón, repuso Emilio; -el otro día bien te reías cuando me arañó el gato.
-Te arañó, porque le hacías rabiar.
-Pues yo sí creo que hay ogros, dijo Luciano.
-Que lo diga mamá: ¿hay ogros?...
-No sé, contestó la mamá, que había oído la narración de la nodriza con cierta impaciencia, si la historia que os ha contado María es verdadera; pero lo que puedo afirmaros es que en efecto existen esos monstruos que se llaman ogros.
Emilio se puso muy serio, y miró a su madre.
-¿Ogros con esa bocaza tan grande y que devoran a los niños? preguntó.
-Y con unas uñas muy largas, tan largas que los hombres mismos suelen no saber librarse de caer en ellas.
-¿Y viven en cavernas? continuó —98→ preguntando el incrédulo rapazuelo.
-En cavernas negras, de donde salen para obligarnos a cometer malas acciones y hacernos despreciables a nuestros propios ojos.
-Yo quisiera ver uno, repuso el intrépido muchacho, mientras que su hermano y su hermana parecían llenos de terror.
-Pues de aquí a la noche, añadió la mamá, lo conseguirás, y Dios quiera que no veas más que uno. Por mi parte, hijos míos, sé de cuatro que todos los días os acechan. Ya es tiempo de que os enseñe a conocerlos y combatirlos, porque, aunque sois tan pequeños, podéis vencerlos, y esta victoria os será de gran utilidad en el porvenir.
Los tres niños se miraron con asombro.
-Llámalos en seguida, exclamó el valiente Emilio resueltamente.
La mamá se sonrió, abrazó al bravo en miniatura, y le dijo:
-Paciencia hasta la noche.
Los niños salieron a jugar en el jardín.
Hortensia, que iba delante corriendo, se detuvo de pronto y se puso detrás de su hermano mayor.
-¿Qué te pasa? preguntó Luciano.
-Si habrá un ogro escondido detrás de aquel rosal, dijo la niña, con cierto recelo. -Mamá dice que hay cuatro que siempre nos están acechando...
-Espera, exclamó Luciano.
Y corrió a armarse de un terrible sable de hoja de lata y de una pistola cargada con un pistón, y cuya detonación debía bastar para poner miedo en el ánimo del ogro más feroz.
Entre tanto, Emilio había mirado detrás del rosal, y decía riéndose:
-¡Cá! si no hay ogros...
-Que salga, exclamó Luciano, y le pego un pistoletazo.
-Yo echaría a correr apenas le viera, dijo Hortensia.
En el mismo instante, una ráfaga de aire agitó las hojas del espeso arbusto.
-¡El ogro! exclamó Hortensia, dispuesta ya a echar a correr.
Luciano disparó su pistola; las hojas no se movían ya.
-¡Si le habrás muerto!... añadió Hortensia.
-¡Qué! si no hay tal cosa, observó Emilio, siempre valiente, y se dirigió a mirar tras el arbusto. -Nada, no hay nada.
-Pero, tonto, ¿no ves que los ogros son invisibles?... repuso Luciano, que tenía sus pretensiones de haber muerto al monstruo.
Hortensia y Luciano continuaron explorando el jardín, mirando todos los rincones, las junturas de las piedras, el pozo, los huecos de los árboles viejos, la puerta, etc., etc. De pronto, encontráronse los niños delante de la puerta entreabierta de un pequeño pabellón que servía de despensa. Esta puerta la habían visto siempre cerrada, y al verla abierta pensaron que los ogros, viendo que se les buscaba en el jardín, habrían huido a refugiarse en el pabellón. Los dos niños retrocedieron, y Hortensia propuso llamar a Emilio, que por dos veces había ya probado su valor; pero ¿no se burlaría de ellos repitiendo otra vez que no había ogros? Luciano puso otro pistón en la pistola y dijo que él sólo se atrevía a matar al enemigo. Acercáronse otra vez a la puerta, y volvieron a retroceder y volvieron a avanzar, y luego se detenían a escuchar porque parecía como que se oían ronquidos en el pabellón... De —99→ pronto, Luciano empujó la puerta, y él y su hermana dieron un salto atrás... Nada, no hubo novedad. Los exploradores avanzaron otra vez, aunque siempre con cautela. Luciano, más resuelto que su compañera, marchaba el primero, y bien pronto descubrieron los dos niños, no un ogro, sino tablas simétricamente colocadas, sobre las que había frutas de hermosos colores. Además, en una especie de velador se veía sobre un gran plato redondo adornado de un papel que parecía encaje, un magnífico ramillete de dulce, que exhalaba un olor verdaderamente provocativo.
Aquel plato era digno de figurar en la mesa de un rey. Tenía el ramillete cuatro cuerpos, y cada uno descansaba sobre cuatro columnas, que, si no eran una obra modelo de arquitectura, demostraban que el constructor debía ser un confitero de notoria habilidad. ¿Quién lo había llevado allí?... La cocinera sabía hacer tarta y natillas, pero edificios de aquellas proporciones, era incapaz de hacerlos la cocinera. Los niños lo admiraron de lejos, pero luego se atrevieron a acercarse para examinar más cerquita aquella maravilla, que sin duda había de aparecer en la mesa a los postres. No había ogros en el pabellón, bien podía afirmarse, porque si los hubiese, ya se habrían comido el ramillete. Poco a poco se acercaron al velador; sus ojos maravillados contemplaron la bella cúpula dorada de aquel soberbio edificio, en la que había echado el resto el hábil confitero.
Para un niño, ver una cosa bonita y no tocarla, es imposible de todo punto. Poco a poco Luciano y Hortensia se empinaron sobre las puntas de los pies, e, involuntariamente, por supuesto, dos dedos chiquititos comenzaron a pasearse por la cúpula de azúcar.
Los deditos iban desde la cúpula a la boca, y desde la boca a la cúpula, y miren Vds. si sería hábil el autor de aquel monumento, que con solo tocarlo con la punta del dedo y llegar luego el dedo a los labios, el dedo adquiría un sabor delicioso. Los niños no hacían más que chuparse el dedo, pero con mucha delicadeza. Y nada, no se conocía nada en el ramillete que ellos le tocaban tanto. Si ambos hubiesen tenido más edad, habrían sabido que una gota de agua, cayendo siempre en el mismo sitio, acaba por horadar la piedra más dura. El magnífico ramillete estaba lejos de tener la dureza de la piedra, y de pronto, sin saber cómo, el cuerpo superior se vino abajo.
La aparición del ogro más espantoso no hubiera causado tanto miedo a los dos niños como aquel inesperado de sastre. Se miraron, pálidos y consternados.
-Yo no he sido, objetó Luciano.
-No, ni yo tampoco, dijo Hortensia.
-Yo no lo tocaba cuando se ha caído.
-Ni yo.
-Se ha caído solo, exclamó Luciano, después de un momento de silencio.
Los dos niños se tranquilizaron. La cúpula, fatigada sin duda de estar en aquella altura, se había caído. Las cosas, delante de los niños, tienen caprichos singulares. Se caen, se despegan, se rompen ellas solas, con el único objeto de que luego regañen los papás a los niños y les echen la culpa de lo que no han pensado hacer siquiera.
La cúpula del edificio cayó, sin que —100→ los niños fueran responsables del suceso; cayó porque le dio la gana: pasado el estupor del primer momento, produjo aquel accidente un importante descubrimiento; el interior del ramillete estaba lleno de una crema delicadísima, blanca como la leche.
Hortensia
-Es leche de almendra, exclamó Hortensia chupándose el dedo.
-No; es crema de vainilla, repuso Luciano haciendo lo propio.
-Tienes razón, añadió Hortensia repitiendo la operación.
-Esto no sirve para nada, observó Luciano señalando los pedazos de la cúpula.
-Claro, todo está roto.
-También sabe a vainilla.
-Es verdad.
Efectivamente: aquel ramillete se distinguía por lo excelente de la vainilla que había entrado en su confección, y Hortensia y Luciano se comieron los trozos que habían caído de lo alto, persuadidos de que aquella hermosa cúpula, una vez rota, para maldita la cosa servía, como no fuera para comérsela ellos.
El hermano y la hermana contemplaban el resto del ramillete, quizá con la esperanza de que se cayera también solito; pero la base era más fuerte y sólida, y no cedía tan fácilmente. Un ligero ruido que oyeron les hizo salir del pabellón al jardín, aunque ellos no habían hecho nada malo, puesto que ya estaba averiguado que lo alto del ramillete se había caído solo, y ellos se lo habían comido porque no servía para nada.
Emilio, en tanto, había emprendido un trabajo gigantesco en el jardín. Ingeniero, arquitecto, albañil, todo en una pieza, el valiente, que no creía en los ogros, acababa de hacer para estos una casa, una casa con su jardín, su caverna para encerrar chicos y comérselos crudos; una caverna que se abría en la tierra y cuya entrada causaba horror. La casa del ogro era de tablas, con su techo y su ventana. El jardín tenía sus calles, sus árboles, su arroyo. A la sazón se ocupaba el ingeniero constructor en surtir de agua al arroyo. También estaba allí el ogro, hecho de ramas, con sus piernas muy largas, por cabeza una calabaza, cubierta con un sombrero de papel... estaba imponente.
Hortensia y Luciano, al salir del pabellón, vieron que Emilio estaba haciendo allí algo digno de verse, y corrieron a verlo, pero con tal aturdimiento, que Luciano derribó la casa del ogro, cubrió de arena la entrada de la caverna, deshizo el ogro, y estropeó en un momento, sin darse cuenta de ello, la ingeniosa, difícil y costosa obra de Emilio.
A la vista de aquel desastre, Emilio se puso furioso, se arrojó sobre su hermano y comenzó a darle golpes. —101→ Hortensia intervino en la contienda, y los tres hermanos se sacudían de lo lindo, cuando llegó la mamá y logró separarlos.
Los tres culpables quedaron avergonzados de que su mamá los sorprendiera en aquella grosera riña.
Luciano
-No quiero reñiros, dijo la buena señora; pero sí debo haceros advertir que vuestra conducta hoy ha sido digna de la mayor censura. Esta mañana no habéis sabido la lección; luego habéis sido golosos, y, por último, habéis cedido a la cólera y cometido la horrible falta de maltrataros, siendo hermanos... Ya habéis visto a los ogros.
-No, mamá, no los hemos visto, se apresuró a decir Hortensia.
-No hay ogros, repitió Emilio.
-Sí, hijos míos, continuó la mamá; los ogros que todos los días os acechan son la pereza, la gula, la cólera, la envidia y tantos otros defectos que debéis combatir constantemente. Armaos de resolución y valor, y no deis oídos nunca a esos monstruos, cuya voz pretende imponerse a la de vuestra conciencia. No dejéis que os dominen, porque entonces seríais vencidos, y el que tiene esos defectos es, cuando niño, antipático, y odioso cuando hombre.
Los tres niños abrazaron a su madre, se abrazaron ellos y se besaron, prometiéndose triunfar de los verdaderos ogros.
Emilio
-¿Y qué quiere decir ogro? preguntó Luciano.
-La palabra Ogro se deriva de Ogor, dijo el papá, que llegó en aquel momento. Los llamados así constituían una colonia tártara, que apareció en Europa hacia el siglo V, y en la guerra bebían la sangre de los vencidos.
El canibalismo no existe más que en los pueblos salvajes, porque la crueldad nace de la ignorancia. Los ogros, cuya, siniestra reputación ha llegado hasta nosotros, pasan por ser ascendientes de los húngaros; felizmente, los húngaros modernos no tienen las costumbres de sus famosos ascendientes. Hungría es en lo moderno una nación digna y caballeresca.
Y ahora que también mis lectores conocen a los verdaderos ogros, estoy seguro de que sabrán combatirlos y vencerlos.
LUCIANO BIART.
—102→
No hay persona medianamente instruida que no tenga noticia de este eminente geómetra, que murió en Siracusa doscientos doce años antes de Jesucristo; y hoy me propongo daros a conocer uno de sus más brillantes descubrimientos, cual es el conocido bajo la denominación con que encabezamos estas líneas, el principio de Arquímedes.
He aquí el texto de esta fecunda Proposición, tan digna de estudio bajo el punto de vista teórico y práctico: Todo cuerpo sumergido en un fluido cualquiera desaloja un volumen de fluido igual al suyo y pierde de su peso lo que pesa el fluido desalojado.
Este principio se demuestra experimentalmente de un modo sencillísimo, por medio del instrumento denominado balanza hidrostática, la cual se reduce a una balanza cuyos platillos llevan unos ganchitos en la parte inferior. Para ello se toman dos cilindros de metal, uno hueco y otro macizo, y tales que la cavidad del hueco sea exactamente igual al volumen del macizo. Se cuelga el primero del gancho de la balanza, y de otro que este lleva en su parte inferior el segundo, y se establece el equilibrio poniendo pesas en el otro platillo. Sumérgese en agua el macizo, y en el momento se ve que desaparece el equilibrio en la balanza, inclinándose el fiel hacia el lado de las pesas; pero si echamos agua en el cilindro hueco, el equilibrio queda nuevamente restablecido cuando éste se llena. Esto nos dice que la pérdida de peso experimentada por el cilindro inferior al sumergirlo era precisamente lo que pesa su volumen de agua, pues vemos aparecer el equilibrio en la balanza, por la adición de esta cantidad de líquido; lo cual demuestra la segunda parte del principio de Arquímedes.
Si la vasija en que sumergíamos el cilindro hubiera estado completamente llena de agua, al verificarla inmersión, parte del líquido se hubiera derramado; y si recogíamos esta parte, hubiéramos observado que era la cantidad suficiente y necesaria para llenar exactamente el cilindro hueco, lo que demuestra la primera parte del referido principio.
Se comprende fácilmente la razón de esto último, puesto que los cuerpos son impenetrables, y donde el uno se halla no puede estar el otro al mismo tiempo; y si sumergimos un cuerpo en el agua, como ésta no puede hallarse donde colocamos a aquél, se ha de haber desalojado una cantidad de líquido capaz de ocupar el mismo lugar que ocupa el cuerpo, esto es, su propio volumen; mas ¿de qué provendrá la pérdida de peso?
Para darnos cuenta de ello, recordemos ante todo lo expuesto anteriormente acerca de las presiones ejercidas por los líquidos, y fijémonos en las que sufrirá un sólido sumergido Supongamos —103→ que es un cubo el cuerpo que sumergimos2. Este cuerpo sufrirá presiones sobre sus seis caras; las cuatro caras laterales se hallarán sometidas a presiones iguales, y podemos prescindir de ellas, pues la que cada cara experimente quedará destruida con la que sufre la cara opuesta. Ahora bien: la cara superior sufrirá una presión de arriba hacia abajo que estará representada por una columna líquida, cuya base será la cara del cubo, y cuya altura la que hay desde la cara superior a la superficie del líquido; la cara inferior sufrirá por el contrario una presión de abajo arriba representada por la que ejerza una columna que tuviera por base la cara inferior del cubo y por altura la que hay desde dicha cara a la superficie del líquido. Luego vemos que las presiones que el cubo sufre de arriba hacia abajo y viceversa están representadas por dos columnas líquidas, cuyas bases son iguales a la cara del cubo, y cuyas alturas se diferencian en la del mismo sólido; y como la diferencia está a favor de la presión de abajo arriba, viene a resultar que en definitiva el cubo sufre en este sentido una presión igual a la ejercida por una columna líquida de forma y volumen idénticos a dicho cuerpo. Por esta razón decimos que el cuerpo pierde de su peso, porque una parte de este peso es contrarrestado por la presión que de abajo arriba ejerce el líquido sobre el sólido.
Observemos ahora cuál será la posición que un cuerpo tome cuando se le sumerge en un líquido, por ejemplo, en el agua. El cuerpo estará sometido a la acción de dos fuerzas, una, que es su propio peso, que le obliga a descender al fondo, y la otra que, obrando en sentido contrario, está representada por el peso del mismo volumen de agua. Luego sí el cuerpo en cuestión pesa más que su volumen de agua, la fuerza que le obliga a descender será mayor que la contraria, y el cuerpo se irá al fondo; si pesase lo mismo, el cuerpo permanecería en equilibrio en cualquier punto de la masa líquida en que lo colocásemos, puesto que se hallaría sometido a presiones iguales y contrarias; y por último, si en igualdad de volúmenes pesaba menos que el agua, la presión de abajo arriba sería, mayor que la fuerza inversa, y el cuerpo vendría a la superficie saliéndose en parte del líquido y quedando flotante en condiciones tales, que la parte que quedase sumergida ocuparía, un volumen igual al ocupado por una cantidad de agua cuyo peso fuese exactamente igual al total del cuerpo.
Así, pues, los buques no son otra cosa que cuerpos flotantes que por la forma que se les da pesan mucho menos que la cantidad de agua necesaria para ocupar el mismo volumen, y por lo tanto susceptibles de admitir todavía una gran cantidad de peso como cargamento, sin que por eso se vayan a fondo.
AURELIANO JIMÉNEZ.
—104→

El papá de ese niño era un cazador empedernido que tenía una gran afición a ese entretenimiento. Todos los domingos, apenas amanecía, salía con su hijo a cazar, y allá iban los dos muy lejos, y tiro va, tiro viene, el bueno del padre daba muerte a muchísimos pájaros.
No estaba satisfecho el hombre, sin embargo, porque a su hijo no le alegraba aquella diversión; por el contrario, siempre que le llevaba de caza, el chico se ponía triste, bien que procuraba disimularlo, y no dar pesar a su padre.
Al fin, un día que el padre había herido a una paloma, el niño, al ver que aquel la iba a rematar, se puso de rodillas pidiéndole con lágrimas en los ojos que no diese muerte al inocente animalito. Y entonces comprendió el padre cuánto sufría su hijo durante la caza, y admiró en él, no sólo los buenos y generosos sentimientos, sino también el ejemplo que daba de respeto y obediencia filial, acompañándole en una diversión que tanto le hacía sufrir.
Y el padre, por complacer a su hijo, tan bueno y tan obediente, no volvió a cazar.
—105→
3

Venturita es un niño muy guapo; nadie le puede negar esta cualidad, que es muy buena cuando está acompañada de otras prendas morales dignas de estima.
No vayan Vds. a creer por esto que Venturita, es lo que se llama un niño malo, no, señores; sería una odiosa calumnia decir de él tal cosa.
Venturita no es malo; es sensible, es amable, es bastante estudioso y quiere mucho a sus papás.
-Pues entonces, dirán Vds., ¿qué defecto puede tener Venturita?... Él no es huraño, no es holgazán, quiere a sus padres... Pues ¿qué más se le puede pedir a Venturita para considerarle un buen niño, un niño simpático y estimable?
—106→Poco a poco, amigos lectores: Venturita es todo eso indudablemente, pero pregunten Vds. a sus padres, y se persuadirán de que el chico, en medio de sus buenas cualidades, tiene algún defecto digno de notarse y corregirse.
El defecto de Venturita es, ya lo he dicho, que es un niño importuno e inoportuno.
-¿Y qué defecto es ese? me preguntaréis acaso.
-Un defecto enfadoso, como todos, que merece disculpa tal vez por la corta edad de Venturita, pero que es preciso evitar que se arraigue en él, porque cuando sea hombre le hará cometer mil inconveniencias y ponerse en ridículo, por lo menos, a cada paso.
Venturita tiene la costumbre de hacer las cosas fuera de sazón, de estorbar muchas veces, de decir una agudeza cuando es inconveniente... ¿Os parece que no es éste un defecto?
Le lleva su mamá a una visita de duelo, a una casa donde acaba de morir una persona querida, y donde todos por consiguiente están graves, tristes, preocupados; nadie pide en aquellos momentos al niño que diga una gracia, pero él la dice inoportunamente, causando un efecto poco lisonjero para él en la reunión y avergonzando a su madre.
Está la buena señora en casa ocupada, por ejemplo, en dar lección a la hermana mayor de Venturita, y éste con su acostumbrada oportunidad, viene a decir a su madre un secreto, sin que lo oiga su hermanita; el secreto es una tontería; la hermanita, curiosa y recelosa, lo quiere saber, y ya con este motivo se distrae de la lección, y disgusta a su mamá, y ésta la reprende, y la niña se enoja, y todo porque al diablo del chico se le ocurrió intempestivamente venir a decir al oído a la tolerante madre una vaciedad.
Cuando su papá está más gravemente ocupado, conversando sobre asuntos de importancia con alguna persona en su despacho, y ha encargado que no se le interrumpa, Venturita abre de pronto la puerta y se presenta sin que nadie le llame, y haciendo la misma falta que los perros en misa, y no contento con eso, a pesar de la terrible mirada que le dirige su padre, enseña a éste una trenza, que trae en la mano, de las que usa su madre, diciendo:
-Papá, ¿es tuyo este pelo o de mamá?
Figúrense mis lectores el efecto.
Sus padres temen convidar a algún amigo a su mesa, porque saben las mañas del niño, y siempre esperan que a lo mejor diga una inconveniencia que los ponga en ridículo.
Un día estuve yo invitado a su mesa por los amables padres de Venturita, y el niño, contra su costumbre, estaba serio y silencioso. Yo le interpelé acerca de tan extraña novedad, y después de muchas instancias mías, al fin abrió la boca la criatura, pero más valiera que hubiese callado, porque dijo:
-¡Toma! como papá me ha dicho que no diga que ha reñido esta mañana con mamá...
Por fortuna, los padres de Venturita me dispensan gran confianza; semejante salida en presencia de personas con quienes no hubiera tan franca amistad, habría sido de un efecto deplorable.
Otro acaso se hubiera reído de la gracia del niño; yo no, porque comprendí cuánto sufrían sus padres viendo en su hijo tan enfadoso defecto.
—107→Creo que lo dicho bastará para que comprendáis, apreciables niños, con cuánta razón llamo al bueno de Venturita un nido importuno o inoportuno.
El niño, lo mismo que el hombre, ha de procurar ante todo ser agradable y simpático a los ojos de su propia familia y a los de todo el mundo, y para conseguir este bien es preciso, de todo punto preciso, que no tenga el defecto que ligeramente acabo de apuntar.
Los chistes han de decirse con oportunidad, porque el mejor chiste, dicho fuera de tiempo y lugar, es una necedad, o una tontería, o una triste gracia. El don de la oportunidad es uno de los que más favorecen a los discretos, que nunca hacen o dicen nada fuera de sazón.
Creo que, conocido vuestro claro ingenio, no necesito insistir más en este punto; de fijo que, después de leídas estas líneas, ninguno de mis lectores hará de modo que merezca ser calificado como Venturita.
Y yo les doy la más cumplida enhorabuena, celebrando la suerte que tienen, si no se les conoce el defecto de que les acabo de hablar.
C. FRONTAURA.
Los envidiosos son conocidos por su propio carácter, como el hierro por el orín.
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La murmuración es hija del ocio y de la necedad.
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Vale más caer en poder de los cuervos que en manos de los aduladores, porque aquellos sólo hacen mal a los muertos, y los otros devoran a los vivos.
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Muchos sinsabores y amarguras se evita el que naturalmente inclina su pensamiento a lo que debe a los demás antes de lo que debe a sí propio.
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Los hombres prudentes y activos que conocen sus fuerzas y marchan con circunspección, son los únicos que caminan mucho.
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La paz se encuentra en la paciencia antes que en el raciocinio: así es que vale más ser inculpados injustamente que inculpar a los demás, aunque sea con justicia.
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El hombre que tiene muy arraigado en su alma el sentimiento del deber, nunca podrá cometer una mala acción, y siempre vivirá en reposo.
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Nada es tan insoportable para el hombre como permanecer en pleno reposo, sin pasión, sin quehaceres, sin distracciones, sin aplicación; entonces siente su anonadamiento, su abandono, su insuficiencia, su nulidad, y surgen del fondo de su alma la tristeza, el despecho y la desesperación.
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Pocas serían las cosas que desearíamos con empeño si tuviéramos conocimiento de lo que deseamos.
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El que manda con imperio a sus inferiores suele hallar un jefe que hace lo mismo con él.
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Las contestaciones dulces calman la ira; las palabras desagradables aumentan la cólera.
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Si el acero aventaja al hierro, es porque el trabajo le ha hecho más perfecto.
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Llegamos a las diferentes edades de la vida sin haber aprendido nada, y muchas veces carecemos de experiencia, a pesar de los muchos años.
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Los necios tienen al presumido por hombre de mérito. ¿Qué mayor desgracia?
—108→
| Junto a la tosca cubierta | |||
| de una rústica vasija | |||
| que bañan en viva lumbre | |||
| las llamas de roja hornilla, | |||
| se ve asomar una gota | 5 | ||
| de agua que hirviente palpita | |||
| cual si escaparse quisiera | |||
| del poder que la domina. | |||
| Ya parece que murmura, | |||
| ya que convulsa se agita, | 10 | ||
| y unas veces se querella, | |||
| otras, como airada, silba. | |||
| Y de vez en cuando rompe | |||
| la burbuja que hace altiva, | |||
| soltando un penacho de humo | 15 | ||
| que en el aire se disipa. | |||
| Dijérase que hay un Genio | |||
| esclavo en ella, que lidia | |||
| por revelar de sus fuerzas | |||
| las ocultas maravillas. | 20 | ||
| Y es así, porque al acento | |||
| de una candorosa niña | |||
| que contemplándola absorta | |||
| «¿Quién eres?» dice sencilla, | |||
| se oye una voz que resuena | 25 | ||
| dentro de la gota henchida, | |||
| y así a la niña responde | |||
| con agitación continua: | |||
| «Yo soy un Genio, coloso | |||
| que en esta cárcel mezquina | 30 | ||
| pugna por hallar el aire | |||
| de que su ser necesita. | |||
| Si quieres ver los prodigios | |||
| que opero yo noche y día, | |||
| vuelve tus ojos en torno | 35 | ||
| y al mar y a la tierra mira; | |||
| y encontrarás, por doquiera | |||
| que atónita los dirijas, | |||
| con plumas de humo en el viento | |||
| mis altas glorias escritas. | 40 | ||
| ¿Ves la nave surcadora | |||
| que a las olas desafía, | |||
| y a través de la borrasca, | |||
| plegada la vela amiga, | |||
| por entre sirtes y escollos | 45 | ||
| que devorarla codician | |||
| va cruzando el Océano | |||
| con marcha segura y fija? | |||
| ¿Ves a la vez por la tierra | |||
| cómo rápida camina | 50 | ||
| la férrea locomotora, | |||
| que arrastra potente y guía | |||
| del tren la enorme cadena, | |||
| que cual serpiente cautiva | |||
| por valles, montes y ríos | 55 | ||
| palpitando se desliza? | |||
| ¿Oyes el fragor confuso | |||
| de máquinas infinitas | |||
| a que en campos y ciudades | |||
| presto movimiento y vida? | 60 | ||
| pues yo lo hago todo, y puedo | |||
| también tornarlo en ceniza, | |||
| si los respetos debidos | |||
| a mi majestad se olvidan.» | |||
| -«¿Cuál es tu nombre? pregunta | 65 | ||
| con admiración la niña, | |||
| clavando en la leve gota | |||
| su fascinada pupila. | |||
| ¿Quién tal potencia te ha dado | |||
| para que nada resista | 70 | ||
| de tus vigorosas fuerzas | |||
| a la incansable energía?» | |||
| -YO SOY EL VAPOR, el Genio | |||
| contesta en voz comprimida: | |||
| me hizo Dios para que el hombre | 75 | ||
| de mí por su bien se sirva.»- | |||
| Y al oír tan grave acento, | |||
| rayo de luz ilumina | |||
| la mente de ella, y sus ojos | |||
| levanta al cielo y suspira. | 80 |
ANTONIO ARNAO
—109→
Es muy larga la historia del papel: en el artículo anterior sólo pude hablar del papyrus; hoy debo indicaros lo que vino a sustituirle.
Considero solamente el papyro, porque era la materia más generalizada; pero no creáis que era la única usada. No: muchos modos de escribir y materias para ellos destinadas se conocían, entre los cuales es digno de una especial mención el usado por los romanos. Estos escribían sobre planchas cubiertas de una ligera capa de cera, en la que con un punzón señalaban los caracteres.
Eran los romanos muy económicos: las planchas podían ser bañadas en cera, y limpiadas muchas veces.
Aquí veis practicado el principio de la más pura economía; si los hombres de hoy fuesen como los romanos, no existirían, seguramente, muchas fábricas de papel.
Ventaja, pues, para la industria es que todos escribamos hoy del modo que vosotros conocéis.
-Y por fin, ¿qué vino a sustituir al papyrus?
Si esta pregunta me hicieseis, tendríais razón sobrada; me había olvidado del pergamino.
-¿Cómo del pergamino? diréis.
-No me equivoco, queridísimos lectores; el pergamino vino a suceder al papel egipcio.
Creo que todos vosotros lo conocéis, porque es cosa muy corriente: los libros antiguos estaban en él escritos.
Puesto que os hablo de esto, debo contaros el por qué de su uso, o al menos de su propagación. Va, pues, en seguida la historia del caballero pergamino.
Vamos conociendo cada día nuevos personajes el de hoy es muy tratable y francote seguramente no ha de daros ningún disgusto.
Empiezo como historiador; ahí va la historia del pergamino.
Hace unos mil seiscientos años se sufrió en Egipto gran escasez de papel, obligando esta circunstancia al rey de aquel país a prohibir la salida del papyrus trabajado.
Siendo el Egipto la única localidad productora de la materia, era necesario que en los demás países se hiciese sentir la falta de un producto que se había hecho ya absolutamente necesario.
¿Qué hacer, pues?
Precisaba sustituir el papyrus que escaseaba; pues no había medio de prescindir de la escritura.
Y aquí viene ahora otro rey que tomó bajo su protección la fabricación del papel.
¿Quién sería él, queridos lectores de Los Niños?
—110→El señor Atalo II, rey de Pérgamo.
¡Pérgamo! ¡pergamino!
Parece enteramente que la segunda palabra se deriva de la primera. ¿Será así?
Sin duda alguna: del nombre de Pérgamo se llamó pergamino a las pieles de animales preparadas para recibir la escritura.
El señor Atalo II se decidió, pues, a fomentar la fabricación de pieles preparadas, cosa que ya se conocía de mucho tiempo atrás.
No voy a entrar, queridos lectores, en la aplicación de los diversos procedimientos a que las pieles se sometían antes de que pudiesen servir como papel; pero debo manifestaros que el nuevo producto hizo competencia al egipcio.
Había pergaminos de diversos colores, pues las pieles se coloreaban, existiendo todavía algunas de bellísimos colores púrpura o amarillo.
Las categorías también eran consideradas en la familia pergaminesca. Había pergaminos buenos y malos.
El papyrus se usó hasta el siglo noveno; el pergamino siguió en uso casi exclusivo durante el período que se conoce con el nombre de Edad Media, viniendo a caer dominado por el papel de algodón.
Voy, pues, queridísimos y pequeños lectores, a considerar con vosotros el papel que hoy se usa, tal cual era en sus primeros tiempos. Poco a poco hemos de llegar a los presentes.
Os manifesté en el anterior artículo la posibilidad de que en Oriente se fabricara por primera vez el verdadero papel: así es, en efecto: los chinos lo fabricaron mucho antes de la venida de Jesucristo, valiéndose para ello de la seda, corteza de la morera, caña de bambú u otras materias.
Hay quien dice que el papel de algodón se hizo en el Japón por vez primera; otros aplican esto a los árabes. Los que siguen esta última opinión dicen que el uso del papel chino se transmitió a los persas, y de estos pasó a los árabes, cuando conquistaron la Persia, en el siglo VII, si no estoy equivocado.
Cualquiera de estas dos opiniones parece aceptable; pues en ambas se admite que el pueblo árabe vino a ser, si no el primero, uno de los que desde luego fabricaron papel de algodón.
Hasta ahora en nada ha figurado España en la historia del papel; pero ya hay que variar: nuestra patria entra en el número de los pueblos que vienen a perfeccionar la industria papelera.
Nuestra patria, sí; en Játiva establecieron los árabes sus manufacturas, según es generalmente admitido; creyéndose también que en la actual Ceuta fundaron fábricas.
¡Ya puedo, al fin, hablaros de nuestra amada patria, de nuestra querida España!
¿Sabéis cuándo se establecieron en nuestra Península las primeras fábricas de papel? En los siglos XI y XII, cuando la morisma dominaba entre nosotros.
Cómo se hacía el papel, debo deciros; pues aquí se fabricó con una materia nueva.
Los árabes lo fabricaron con algodón crudo, es decir, tal cual salía de la planta, para lo cual lo machacaban y reducían a una pasta, la que, reducida a delgadas hojas, daba el producto listo para escribir en él.
—111→Los españoles tenían mucho lino en el reino de Valencia, e imaginaron que muy bien podía sustituir esta materia vegetal al algodón hasta entonces usado; se hizo la prueba, y el papel resultante era más fuerte y mejor que el conocido: la cosa, pues, no necesitaba otra demostración para que fuese completamente admitida.
Fue éste el primer perfeccionamiento que tuvo en España la fabricación del papel.
Primer perfeccionamiento he dicho; sí: el segundo fue, el empleo de los trapos para sustituir al algodón y lino, usados hasta entonces tales cuales los producía la naturaleza.
Y deciros que los trapos se usaron por vez primera en el reino de Valencia, es cosa que creo más que inútil e innecesaria.
-Ya conocemos el papel de trapo; ya por lo tanto se ha llegado a la fabricación actual.
Tal vez quisieras manifestarme esto; pero si tal fuese vuestro deseo, debo deciros que no por eso termina todavía el estudio del papel. Queda aún que considerar la fabricación más perfeccionada y fácil: la de las máquinas de vapor, sin olvidar por esto el mencionar cómo se hace a brazo el papel de trapo.
¡Papel de trapo! El fabricante con esta materia ha hecho posible la existencia de los traperos.
¿No habéis visto mil veces esos pobres seres que pasan su vida buscando entre lo que como inútil se arroja, algo que para ellos no sólo es útil, sino que llega a proporcionarles su subsistencia?
Vosotros los habréis considerado pobres, miserables: son verdaderamente dignos de compasión.
¡Todo sirve! os decía yo al terminar el anterior articulito; ¡ya veis aquí como todo se aprovecha, hasta los trapos viejos!
El planteamiento en España de la fabricación del papel, hizo que bien pronto se propagase en toda Europa la industria que tomaba aquel nuevo carácter. En Francia se difundió el papel de hilo en el siglo XIII.
¿Quién estableció entro los franceses las primeras fábricas de papel?
Créese, queridos niños, que se fundaron las primeras por tres prisioneros que en poder de los árabes aprendieron el modo de fabricar el útil producto que ocasiona estos incorrectos renglones.
Los mencionados prisioneros eran naturales de la Auvernia, y no falta quien cita sus nombres; esto, desde luego, no puede admitirse como completamente exacto.
No pasa lo mismo con el tiempo en que tal cosa aconteció: era en el reinado de San Luis. Vosotros, cuando estudiéis historia, adquiriréis noticias de este rey; yo no puedo dároslas; he sido en este artículo demasiado historiador.
Queda, pues, el papel propagado en Europa, y resta explicar los procedimientos para su fabricación: esto no puede hacerse en el presente artículo.
Adiós, pues, queridos niños, hasta el próximo número.
E. THUILLIER.
—112→

Viendo el otro día en cierta casa de un pueblo a un perrito y una perdiz tan amigos que juntos comen y juntos duermen y se manifiestan el mayor cariño, no pude menos de exclamar:
-¡A poco que vivan juntos se hacen amigos aquellos mismos animales que parece debían ser enemigos irreconciliables!
¡Y los hombres, a quienes hizo Dios hermanos, siempre están en guerra, y entre ellos hacen cruel estrago el odio y la venganza!
—113→
|
| J. C. Mena. | ||
Es difícil hablar a las inteligencias infantiles, porque la edad de la infantiles, porque la edad de la infancia es la edad de los vagos sentimientos y de las ideas informes; edad sin carácter definido, sin aspiraciones acentuadas, sin rasgos fijos; pero es preciso hacerse entender de la infancia si se la ha de dirigir rectamente, y si la palabra educación ha de ser fecunda y ha de convertirse en hechos prácticos. No por los obstáculos se ha de renunciar a los nobles propósitos; no por las dificultades se ha de desistir de generosa idea; no por los riesgos se han de abandonar las empresas heroicas. Muy al contrario: los obstáculos, las dificultades y los riesgos son el estímulo de los corazones entusiastas por la causa de la verdad. Y el que quiere tomar una parte activa en la gran obra de la educación social, encuentra un aliciente supremo en las contrariedades consiguientes a tan elevada empresa.
Prescindamos, pues, de todas las dudas y vacilaciones que pudiesen detener nuestra pluma, y dirijámonos a la infancia para enseñarle, un bien inestimable, para decirle cuál es la luz del alma.
¿No es verdad que la vida sin luz, lejos, muy lejos de ser vida, es una muerte espantosa, es la muerte, que no mata, es la muerte viviendo, es la muerte sentida, es la muerte gozándose —114→ cruel en el terror que produce en el débil corazón humano? ¿No es cierto que la vida con luz es la vida verdadera, la vida que deja vivir, que deja gozar, que deja admirar la grandeza del Autor de todo lo creado? ¿No es verdad que la luz nos hace comprender el valor de la existencia, nos hace codiciar la perpetuidad de la vida y nos sobrepone a la angustiosa condición del tiempo, presintiéndonos la eternidad? Y la luz que alumbra los horizontes de la tierra es la luz del sol, de ese astro que en apariencia es una antorcha del planeta que habitamos, y que en realidad es más de un millón de veces en volumen que el mundo entero. Y sin embargo, los horizontes de la tierra son limitados, y limitados son también los espacios que ilumina la radiante luz del sol. Pero, ¿cuáles son los horizontes, cuáles los espacios que recorre nuestra alma en su vuelo espiritual? ¿Qué luz ilumina los horizontes y los espacios del alma?
Es menguada la admirable y grandiosa luz del sol para el mundo sobrenatural, porque la luz del sol está encerrada en la esfera que alcanza, y la luz del alma rompe toda esfera limitada, traspasa las fronteras del espacio y del tiempo, y se dilata por el divino campo de lo infinito, de lo eterno. Esa luz viene directamente de Dios, y nos deja comprender los atributos del Altísimo y adivinar su grandeza; esa luz nos guía por el escabroso camino de la vida, mostrándonos en lontananza el puerto de refugio para todas las tormentas; esa luz nos presta calor para vigorizar nuestro espíritu y fuerza para dominar nuestras pasiones; esa luz nos levanta sobre el polvo que pisamos y sobre el polvo en que estamos envueltos, y que es nuestro sudario; esa luz es la luz sacrosanta de la fe.
Pues bien: esa luz, que es infinitamente más esplendorosa que la luz del sol y que la luz de la ciencia humana, porque es divina, y por lo tanto infinita, no es patrimonio de los poderosos de la tierra ni de los sabios del mundo; no es monopolio de la edad proyecta, no es fruto de la observación ni producto de la experiencia, sino que es una dádiva celeste, es un don de Dios, y por eso resplandece tan pura y tan magnífica en la tierna niña a quien dedicamos La Luz del alma. ¿No es verdad que esa luz disipa todas las sombras de la inteligencia? ¿No es verdad que esa luz destierra las negras nubes que oscurecen el corazón? ¿No es verdad que nos presta aliento para realizar virtudes? ¿No es verdad que es el resorte de nuestra felicidad terrenal y eterna?
¡Felicidad terrenal! He aquí una idea que no llamamos paradójica, porque queremos hacernos entender de la infancia, y por eso la llamaremos imposible en el orden natural; pues es imposible de realizar sin el concurso de la fe. ¿Qué sería el mundo, si el mundo fuera nuestra única mansión? ¿Dónde se apagaría la sed ardiente de la inmortalidad que devora a nuestra alma, si se nos cerrasen los horizontes de lo eterno y de lo infinito? ¿Dónde sino en Dios puede calmarse el delirio purísimo de amor vehemente que nos abrasa? ¿Dónde sino en la fe encontraremos esa luz inefable e inextinguible que alumbra la atmósfera del alma?
La vida sin creencias es un sepulcro viviente. La vida sin creencias es la protesta más ciega y obstinada que —115→ puede hacerse contra el poder de Dios. La vida sin creencias es la locura o la desesperación, porque sólo un demente no se desespera si está convencido de que nada ha de esperar fuera del mundo. La vida sin creencias es la vida sin alma o el alma sin luz; y la vida sin alma es la vida del irracional; y el alma sin luz, es el gran martirio de la vida. Por eso debemos ver en la luz del alma el bien más inestimable y la dicha más suprema.
¿Qué sacrificios no hiciera el hombre para conservar la luz del sol, si de los sacrificios del hombre dependiese la existencia del astro que alumbra el mundo? ¿Qué sacrificios no debe hacer para conservar la luz del alma, que es la que resuelve el problema de la felicidad eterna, y que le hace feliz, aún en el seno de las tribulaciones más terribles? Y sin embargo, la fuerza de las pasiones le arrastra a los goces del presente, goces que cuando no se ajustan a las severas e inflexibles leyes morales, enervan el cuerpo y matan el alma, le hacen infortunado en la tierra y lo desheredan del cielo. ¡Oh! ¡no es posible encontrar palabras bastante elocuentes para encarecer la importancia de la fe, ni colores tan tétricos para pintar el sombrío cuadro del alma sin luz! Porque la fe no es una creencia estéril que no conduzca a resultados, sino una creencia positiva y fecunda que se convierte en grandes virtudes prácticas y que se sobrepone a todas las contrariedades de la vida, descubriéndonos todos los abrojos de la existencia terrenal y enseñándonos las verdades fundamentales que nos muestran nuestro origen y nuestro destino.
¿Qué sería para vosotros, hombres de la impiedad, este mundo terrenal al que vivís tan apegados, si se oscureciese para siempre, apagándose la luz del sol?
¿Qué sería para los creyentes el alma sin la fe? ¡Oh! no, son términos comparables los que acabamos de enunciar, porque lo temporal y lo eterno son las ideas más opuestas que puede concebir nuestra mente; pero esos términos sirven para decirnos que el mundo del hombre no es el mundo terrenal sino el mundo del alma, y que el mundo del alma tiene una luz inefable y suprema: la luz de la fe.
¿Qué sería del que no concibe la vida sin la esperanza de lo infinito y de lo eterno, si se le arrebatase la luz que le descubre los horizontes celestiales? ¡Oh! no acertamos ni aún a bosquejar pálidamente la situación terrible de aquél que perdiese la fe. ¡Fe pura y santa, tú que has salvado al que esto escribe, prestándole aliento para soportar los dolores más crueles del corazón, y el infortunio inmenso que acaba de sufrir con la pérdida del afecto más vehemente de su vida, que era su ejemplar esposa; fe pura y santa, ilumina con tus divinos resplandores la conciencia humana, porque sólo tu luz es redentora, porque sólo tu luz traspasa los espacios infinitos, porque tu luz no es la luz del mundo, porque tu luz es la luz de alma.
JUAN CANCIO MENA.
—116→
| ¿Será que el destino marque | |||
| con triste necesidad | |||
| en la vida de los seres | |||
| una carrera fatal, | |||
| hasta al átomo de arena | |||
| perdido en la inmensidad? | |||
| . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . | |||
| _____ | |||
| Granos de arena ignorados | |||
| hay en la orilla del mar, | |||
| granos de arena en los bosques | |||
| perdidos también están; | |||
| hermanos que fueron antes, | |||
| del mismo suelo quizás, | |||
| mas con vida diferente, | |||
| con destino desigual. | |||
| _____ | |||
| Los unos nacieron sólo | |||
| para hallar en la pradera | |||
| los rayos de un sol templado | |||
| y el fulgor de las estrellas; | |||
| para escuchar de las aves | |||
| la música lisonjera, | |||
| los dulcísimos arrullos | |||
| del viento que los orea; | |||
| para gozar los halagos | |||
| de la cariñosa hierba, | |||
| y el abrazo enamorado | |||
| de la flor de primavera, | |||
| de la flor que les regala | |||
| con su perfumada esencia, | |||
| que con perfume de amores | |||
| les ciñe, envuelve y penetra. | |||
| _____ | |||
| Nacieron los otros tristes | |||
| para sufrir en la playa | |||
| los rayos del sol ardiente, | |||
| los rayos del sol que abrasa, | |||
| el soplo del huracán | |||
| que en remolinos los lanza, | |||
| que los arrastra y revuelve | |||
| y con furor los maltrata, | |||
| el rudo golpe incesante | |||
| de la mar que no descansa, | |||
| que los sacude y azota, | |||
| que los hiere y despedaza. | |||
| . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . | |||
| _____ | |||
| ¡Y fueron hermanos antes! | |||
| ¡del mismo suelo quizá! | |||
| mas... ¡cuán diverso destino! | |||
| ¡qué vida tan desigual! | |||
| _____ | |||
| Yo, pobre grano de arena | |||
| perdido en la humanidad, | |||
| ¿hallaré acaso la vida | |||
| de amor y de dulce paz, | |||
| o viviré combatido | |||
| con inquietudes y afán? | |||
| ¿Seré el grano de los prados | |||
| o el de la orilla del mar? |
PASCUAL VINCENT.
—117→

Una perra tenia cinco hijuelos, pero era tan delicadita, que se la juzgó incapaz de criar una familia tan numerosa. Sin embargo, su dueña no quiso consentir que se sacrificara a ninguno de los recién nacidos, porque eran de una casta muy estimada, y todos prometían ser muy lindos. Por ventura, el mismo día una gata de la misma casa tuvo tres gatitos, y dos nacieron muertos. ¿Y qué hizo la dueña de la perra y la gata? Sustituir los dos gatos muertos con dos perros, y dar estos a la gata para que los criase.
La gata, una real moza, no extrañó de ninguna manera aquél cambio, y crió a los dos perritos, al mismo tiempo que la perra criaba a los otros.
Y ¡cosa curiosa! la gata y la perra, que antes no se podían ver, y se agarraban muchas veces y se daban soberanas tundas, se hicieron desde entonces muy amigas; la perra parecía como que agradecía a la gata el favor que le había hecho criando a dos de sus hijos, y la gata, por su parte, habiendo tomado afición a sus ahijados, dulcificó mucho su mal genio y se mostró sensible a las caricias que la perra y los perrillos le hacían, en prueba de gratitud; que también los animales son agradecidos.
—118→
Ya sabéis que el papel se hace generalmente con trapos: hoy debo presentaros los dos procedimientos principales para fabricarlo de esta materia. El primero es el que comúnmente se llama a mano; el otro es por medio de máquinas.
Fabricose a mano hasta el siglo XVIII, en que un francés, llamado Robert, inventó una serie de aparatos mecánicos que permitían sacar hojas de papel de una longitud indefinida.
Suponeos, niños queridos, una tira de papel que fuese de un largo extraordinario, todavía podéis admitir que puede fabricarse otra más larga aún.
-¿De modo, diréis, que la invención de Robert permite hacer una faja que rodee la tierra?
-Seguramente, si hubiese medio de conservarla entera.
Pero bueno es volver al inventor Robert.
Eacute;ste vendió su invento al propietario de la fábrica en que se encontraba, y Mr. Didot Saint-Léger, que tal era su nombre, no habiendo encontrado en su país el estímulo o la protección que deseara, marchó a Inglaterra, donde desde luego vio realizados sus deseos.
Desde entonces el procedimiento mecánico vino a sustituir al manual, y hoy este último sólo se usa para algunos papeles de lujo.
Ha llegado, por lo tanto, el momento de explicar lo que comúnmente se llama, como he dicho, fabricación a mano.
En las fábricas se empieza por separar los trapos de lana o seda de los demás; y separados aquellos, se dividen en pequeños pedazos, humedeciéndolos y amontonándolos en un lugar especial que tiene un nombre que no quisiera deciros.
Pero no hay más remedio: se llama pudridero.
En él fermentan los trapos, pasándose estos, después de dos o tres semanas, a unas tinas llenas de agua, y que tienen unos mazos o paletas cuyo objeto es machacar perfectamente la pasta. Pasa ésta por varias cubas o tinas hasta que queda convertida en una especie de pulpa fina: entonces se dice que está refinada.
Con esto queda hecha la pasta, y resta sólo convertirla en papel.
Para esto se la introduce en una cuba o depósito, donde se echa agua, cuya cantidad influye en el grueso del papel. Un obrero toma entonces un cuadro, en el que se vierte la pasta, introduciéndolo en la cuba donde aquélla se encuentra, habiéndole colocado antes otro cuadro movible que se llama —119→ frasqueta. Diferentes movimientos hacen enlazar los filamentos de la pasta, distribuyéndolos con igualdad y haciendo formar la hoja de papel, que se saca del cuadro y coloca entre pedazos de paño.
Gran práctica se necesita para todas estas operaciones, que constituyen la manufactura del papel hecho a brazo.
Y debo haceros una advertencia.
¿Creéis que ese procedimiento es lento?
No es así, queridísimos lectores, se hacen muchas hojas de papel en un día. No obstante, esto no puede satisfacer hoy, y por eso este método está desde luego sólo destinado a algunos papeles de altos precios.
¿Habéis comprendido el modo de hacer el papel?
Seguramente no tendríais inconveniente en haceros fabricantes de tal artículo.
Pero... no me acordaba de los trapos viejos: vosotros no querréis manejar una cosa tan sucia, ¿no es verdad?
Vaya, entonces puedo creer que seríais fabricantes de papel con trapos limpios.
Queráis o no ser fabricantes de papel, voy a explicaros su fabricación por medio de las máquinas, que hoy están más perfeccionadas que cuando Robert las inventó en el año 1799.
Para los nuevos procedimientos es necesario también separar las diversas clases de trapo... los de procedencia animal, tales como de lana y de seda, no sirven, y hay que dejar solos los que tienen un origen vegetal: son estos los de algodón o hilo.
La mecánica, queridos niños, ha hecho grandes servicios a la humanidad, y la fabricación del papel por medio de las máquinas ha sido causa de la gran baratura del artículo. He aquí por qué hoy podéis leer y poseer preciosos libros, instructivas revistas por poco dinero.
Es una gran cosa, pues, el empleo de las máquinas. Más adelante os hablaré, tal vez, particularmente de ellas, y entonces podréis conocer lo que son y lo que valen.
Y puesto que de esto os he de hablar otro día, me concretaré al papel.
Hecha la división de los trapos, se meten los que han de servir en una lejía de sosa.
¡Lejía de sosa! diréis.
Sí, niños; no está hecha con ceniza, como la que vosotros veis usar a las lavanderas de vuestras casas; está hecha con sosa: ya sabréis con el tiempo lo que esto es.
Con la lejía quedan limpios los trapos; pasándose después a triturarlos, a formar la pasta. Aquí no hay ya cubos con paleta o mazo; ahora se meten los trapos en un cilindro que gira, y que por medio de ciertas láminas reduce a pasta lo que antes hacían las paletas. Es necesario refinar la pasta: un aparato casi semejante al anterior se encarga de ello, dejándola ya lista para convertirse en papel.
Necesita, sin embargo, una operación más: blanquearla; pues conserva el color que desde luego han producido los diversos que podían tener los trapos: esto se consigue comprimiendo la pasta e introduciéndola en un depósito cerrado en que se hace entrar cloro gaseoso.
Este cloro, queridos niños, es un gas que tiene un poder o eficacia particular: el de quitar el color que la pasta observaba, dejándola blanca —120→ completamente y lista para hacer de ella el papel.
Esto lo ejecuta una máquina que tiene un cilindro giratorio cubierto de bayeta: a ésta se adhiere la pasta; y como va arrollándose, sucede que la hoja de papel se va formando por este singular procedimiento. La bayeta se arrolla a unos rodillos calientes, secándose así las hojas de papel, que saldrían si no completamente empapadas en agua.
Eacute;ste es, queridos niños, el modo de hacer el papel que se llama continuo. Este nombre es originado por la continuidad de la faja que produce la máquina.
Ya sabéis, queridos niños, todo lo que yo puedo contaros de esas finas hojas en que leéis estos, renglones, en que podéis leer otros mejor escritos que los míos.
Terminó aquí, pues, estas líneas.
-¡No! ¡No! Queda una cosa que no sabemos.
-¿Cuál, queridos, niños?
-El modo de hacer esas bonitas figuras, esas letras que, vemos en algunos papeles si los miramos al trasluz.
-No me acordaba, queridos lectores, no me acordaba de esta circunstancia.
Efectivamente, en los papeles hechos a mano puede verse la marca que usa el fabricante. A veces esta marca consta de lindas figuritas, más o menos correctas, más o menos bonitas.
Vosotros las habréis mirado muchas veces, y queréis, por esto, saber cómo se hacen: es una curiosidad justísima.
Voy a complaceros.
Os acordáis de la forma o cuadro de que os he hablado en este artículo, y que sirve para la formación del papel a mano: no puedo dudar de esto. En dicho cuadro, se ponen unos alambres que marcan las rayas que veis en ciertos papeles, y las figuras que constituyen las marcas.
-¿Y cómo es esto? replicaréis.
¡Qué impacientes sois! Los alambres hacen que sobre ellos se deposite menos pasta, y naturalmente que la hoja esté más débil en dónde los tales hilos de metal estaban. La menor cantidad de pasta hace más claro el lugar en que se halla, formando las rayas que veis en los papeles de tina.
Seguramente no habréis notado tal cosa en los papeles continuos: esto es una prueba de lo que os digo.
Y ya sabéis lo más esencial acerca del papel.
E. THUILLIER.

LA VISITA DEL DOCTOR
—122→
I
¿Hay mentiras inocentes?
No, señores, no las hay, porque Dios nos prohíbe mentir, y nadie puede llamarse inocente si hace lo que Dios prohíbe.
Se disculpa a veces una mentira porque no causa perjuicio a nadie; pero este es un grave error. Toda mentira puede tener consecuencias, aunque se diga sin mala intención.
Vaya un ejemplo.
Había una joven llamada Sofía que tenía la mala costumbre de alterar la verdad, o por gusto o por complacer a alguna persona. Verán Vds. lo que resultó de esta mala costumbre de Sofía.
Tenía ésta una hermana, que se llamaba Clara, y era, por el contrario, muy juiciosa, y por nada del mundo se hubiese permitido la más leve mentira.
Una tarde, las dos habían comido en casa del Sr. Durán, un amigo de su padre; no había más personas de fuera de casa que las dos jóvenes, y la comida fue modesta y muy triste, porque toda la familia se hallaba en aquellos días muy preocupada por efecto del deplorable estado de los negocios comerciales del Sr. Durán. Terminada la comida, las dos jóvenes fueron llevadas a su casa por una criada del citado señor.
El día siguiente, las dos hermanas estaban en su casa ocupadas en sus labores, cuando llegó de visita la señora de González, una señora muy habladora y muy envidiosa; Sofía, que no podía sufrirla, se complacía en contrariarla contándole cosas que excitarán en ella la fea pasión de la envidia, que en vano procuraba disimular.
La señora de González sabía que las dos hermanas habían comido el día anterior en casa del Sr. Durán.
-¿Conque ayer, les dijo, tuvisteis una gran comida en casa del señor Durán?
-Gran comida, no señora, se apresuró a decir Clara.
Pero Sofía, para oír a la envidiosa, no dejó concluir a su hermana, y la interrumpió diciendo:
-Sí, señora, sí, una comida magnífica.
-¡Hola! exclamó la vieja, ¿conque el Sr. Durán da comidas magníficas?...
-Todo lo que se diga es poco, continuó diciendo Sofía; aquello sí que era lujo. ¡Qué bien puesta la mesa! vajilla de cristal, cucharas de plata sobredorada, unos candelabros preciosos... Debe tener mucho dinero el señor Durán.
-No haga V. caso de ésta, repuso la juiciosa Clara; todo eso es invención suya.
-¡Oh! exclamó la envidiosa, ya sé bien que tu hermana dice la verdad.
Tú eres muy buena y quieres disculpar las extravagancias y los defectos de los demás. ¡Vaya, vaya! ¡el Sr. Durán dando grandes banquetes! Y es —123→ claro, habría mucha gente... ¿verdad?
-Sí, señora, sí, mucha gente, como que hubo que añadir tres o cuatro tablas a la mesa grande, y aún así estábamos todos bien apretados. Lo que me extrañó mucho fue que no convidara a V. el Sr. Durán.
-¡Oh! ¡ya sabe el Sr. Durán lo que hace no convidándome a sus festines! Y después de la comida, ¿qué hubo?
-¡Después, continuó Sofía, hubo baile, concierto, se sirvieron helados!... hubo pastas, dulces, ponche... en fin, fue una fiesta magnífica. A las tres de la madrugada nos retiramos, y todavía quedaba allí mucha gente.
-¡Magnífico! exclamó con ira la envidiosa, el Sr. Durán tira el dinero alegremente. Mucho me alegro de haber sabido todo eso.
-Pero, señora, no crea V. una palabra; insistió Clara; mi hermana dice todo eso por oír a V...
-No, hija mía, no; estoy bien persuadida de que Sofía no ha dicho más que la verdad. Tú eres muy buena, y procuras disculpar a las personas que se conducen mal. Bien ha hecho Sofía en contármelo todo como ha pasado, y se lo agradezco mucho.
-Diga V., señora, ¿y qué mal ha hecho el Sr. Durán en dar una comida? preguntó Sofía, a quien divertía mucho la cólera de que se hallaba poseída la señora de González.
-Pronto lo sabréis, y pronto sabrá también el Sr. Durán que se le conoce.
Y la señora envidiosa se despidió de las dos jóvenes.
-¡Qué furiosa va! exclamó Sofía riéndose. No se consolará nunca de no haber sido convidada por el Sr. Durán. Ella que tanto gusto tiene en danzar en todas partes, y que tantas veces nos ha dicho que el Sr. Durán la consideraba y la estimaba más que a nadie...
-Hermana mía, dijo Clara, no sé qué gusto encuentras en inventar esas mentiras que pueden producir alguna mala consecuencia.
-¿Qué consecuencia ha de tener esto?... Únicamente, que esa señora haya pasado una rabieta.
-Siempre debe decirse la verdad.
-Entonces habría que decir a la señora de González que es una mujer enfadosa, antipática, murmuradora, malintencionada.
-No, hermana, porque eso sería una descortesía, y no se deben decir a las personas cosas desagradables, y se ha de ser tolerante con los defectos ajenos, pero tampoco se debe mentir; te repito, hermana, que tengo un presentimiento de que tu mentira de hoy ha de tener alguna consecuencia enojosa.
-¡Qué aprensión!
-¡Dios quiera, hermana mía, que sea yo la que me equivoque!
II
El día siguiente, Sofía estaba convidada a comer en casa de la señora marquesa del Clavel, que debía ir a buscar la en su carruaje, y que fue en efecto a la hora convenida. La marquesa tenía un marido muy rígido y severo, a quien temía mucho, y un hijo llamado Augusto, a quien mimaba extraordinariamente la buena señora. Este niño estaba de pupilo en casa de un excelente profesor, hombre sabio y modesto, el mejor para educar los niños.
-Vamos, dijo la marquesa, a buscar a Augusto para que hoy coma con nosotros; —124→ será para el pobrecito una felicidad verse libre de su maestro algunas horas, porque te aseguro, hija, que el tal maestro es bien malo.
-¿Y por qué le tiene V. en ese colegio, si el maestro es tan malo?...
-Hija mía, así lo quiere mi marido que le gusta ver tratado con severidad al pobre niño.
Y la marquesa ponderó, lamentándose, la extremada rigidez de aquel maestro, que nunca le hacía elogios de su hijo, y siempre le tenía estudiando, y no le pasaba el más leve defecto.
Y sin embargo, el maestro era un hombre buenísimo, dotado de los mejores sentimientos y de las más bellas cualidades; pero a los ojos de la marquesa era injusto y malo, porque reprendía a Augusto y le castigaba cuando Augusto merecía ser reprendido y castigado.
La marquesa y Sofía llegaron al colegio en muy mala ocasión, porque al detenerse el carruaje, vio aquélla por la reja abierta que el maestro tiraba del brazo a Augusto, cuyo rostro estaba ensangrentado.
-¡Ah, Dios mío! gritó, ¡ese hombre va a matar a mi hijo!
Y corrió a la sala, seguida de Sofía, que había visto lo mismo que ella, pero que no creía que el muchacho corriese peligro.
Al ver a su madre, Augusto se arrojó en sus brazos lleno de cólera, y con los cabellos y el traje, en desorden.
-¡Hijo mío! ¡Pobrecito de mi alma! exclamó la marquesa, ¡en qué estado te encuentro!...
Sofía, entre tanto, miraba a otro niño que estaba en medio de la sala con el rostro ensangrentado también.
-¡Ay! ¡cómo está ese niño! dijo.
El maestro explicó a Sofía que Augusto había hecho una herida en la oreja al otro niño, mordiéndole.
Entre tanto, la madre había llevado a Augusto a otra habitación, a donde los siguió Sofía.
La marquesa preguntó a su hijo por qué el maestro estaba tirándole del brazo en el momento en que llegó ella.
-Porque Perico, respondió Augusto, ha querido pegarme, y el profesor le daba la razón y quería castigarme a mí, como siempre.
Augusto contestaba así porque era un grandísimo embustero; si hubiera sido un niño de buenos sentimientos y sincero, habría dicho que él era quien había provocado a Perico y le había mordido la oreja, y ambos se habían pegado de cachetes, añadiendo que lo que había hecho el maestro era procurar separarlos, y por eso le estaba tirando del brazo cuando su madre llegó.
Pero el trapalón se guardó muy bien de contar la verdad, y dejó a su madre en la creencia de que el profesor era quien le había maltratado.
-¡Jesús! ¡Dios mío! exclamó la marquesa, ¡qué brutalidad! ¡Tratar de este modo a una pobre criatura! Mira, mira, Sofía, hasta le ha arrancado el pelo...
Perico había sido el que le había arrancado un mechón al mismo tiempo que Augusto le mordía, y en justa defensa; pero la marquesa quería absolutamente creer que había sido el bueno del maestro.
-No, añadió, no volverás a poner los pies en este colegio. Tu padre verá ahora por sus propios ojos cómo te ha tratado ese hombre. Tú has sido testigo de todo, Sofía.
-Pero, señora, dijo Sofía, yo no he visto al maestro maltratar a Augusto.
—125→-Pero estás viendo claramente en qué estado está el niño, y has visto al profesor que le tiraba del pelo y le arrastraba por el suelo.
-Sí, señora, le he visto que le cogía del brazo, pero no le tiraba del pelo ni le arrastraba.
-Yo lo he visto, yo lo he visto, y basta, añadió la marquesa, un poco enojada. Y espero que no vayas a desmentirme. ¿No es verdad, hijo mío, que el profesor te ha maltratado?
Augusto contestó con sollozos, que parecieron a su madre suficiente respuesta.
-Ya lo ves, Sofía, el pobrecito no se atreve a decirlo porque ese hombre le tiene aterrado.
El muchacho conocía bien que su madre estaba voluntariamente en un error; pero se guardaba bien de hablar una palabra para decir la verdad, con lo cual se demuestra la perversa índole del consentido y mimado niño.
-Quedamos, pues, dijo la marquesa a Sofía, en que me ayudarás para que yo pueda sacar del colegio al niño. Esta vez el marqués tendrá que creerme, porque tú dirás que has visto lo mismo que yo. ¿No es verdad?
-Sí, señora, murmuró Sofía, no atreviéndose a contrariar a la marquesa; y así se comprometió a decir una mentira, porque demasiado sabía que la cólera de la madre era injusta, y que el maestro no había maltratado al niño; pero como no tenía la conciencia muy escrupulosa, se decía: -¿Qué trabajo me cuesta complacer a la marquesa?... Me quiere tanto, que debo corresponder dándole gusto en todo.
De esta manera se disculpaba ella misma la mala acción que iba a cometer acusando a un hombre honrado y estimabilísimo de una mala acción que no había cometido.
L. D' ALTEMONT.
(Se concluirá.)
La más grande y más común de las desgracias consiste en no poder soportar la desgracia.
Los únicos bienes verdaderos son los del talento, únicos que pueden comunicarse sin perderlos, únicos que se multiplican dividiéndolos, únicos que son inmortales.
Las riquezas encubren los vicios; la pobreza encubre la virtud.
La ciencia es templanza para los jóvenes, consuelo para los viejos, riqueza para el pobre y ornato para el rico.
La ciencia sirve para hacernos conocer la medida de nuestra ignorancia.
Hay muchos hombres que desprecian el dinero, pero pocos saben emplearlo bien.
La ignorancia y el vicio son la miseria más grande.
La ociosidad acorta insensiblemente la duración de la vida.
El mejor modo de enseñar la moral es practicarla.
El que sabe estudiar y callar, corregir sus defectos, plegarse a las circunstancias, creer a su corazón y desconfiar de sus ojos, ese sabe vivir y morir.
Si hay un lugar de dicha en el mundo, es el corazón de un hombre de bien.
—126→
En una ciudad de Grecia, llamada Esparta o Lacedemonia, un hombre lleno de virtud y de saber estaba encargado de hacer unas leyes, y todo el mundo se había obligado a respetarle y obedecerle.
Un día, volviendo a su casa, encontró en una calle algunos jóvenes aturdidos que, descontentos de su severidad, le dirigieron soeces insultos.
No hizo caso, y siguió su camino.
Continuaron injuriándole, siguiéndolo de cerca, y profirieron contra él voces de burla y amenaza.
Uno de ellos, llamado Alcandro, joven de un carácter violento y feroz, dijo a sus camaradas:
-Las palabras no hacen mella en él. Veréis cómo yo le hablo en un lenguaje que lo entenderá al momento.
Y cogiendo una piedra la arrojó con toda su fuerza.
En aquel instante, Licurgo, que así se llamaba el sabio, se volvía a fin de imponer silencio a los insolentes, la piedra arrojada por Alcandro vino a darle en la frente, y le estropeó gravemente el ojo derecho.
En presencia de tan inicua acción, los transeúntes se indignan, y se agrupan en derredor de Licurgo para defenderle o para vengarle. Otros se apoderaron del joven Alcandro, y todos piden que el pueblo juzgue al miserable, mientras Licurgo es conducido a su casa bañado en sangre.
Alcandro, atado como un malhechor, fue llevado a la plaza pública, donde un tribunal nombrado por el pueblo iba a decidir de su suerte.
El pueblo entero estaba poseído de la mayor indignación, y nadie se atrevía a defender al reo. Su mismo padre, transido de dolor, no tenía valor para excusarle, y decía a los amigos que le rodeaban:
-¡Ah! mi hijo, cuando niño, ya era violento, arrebatado, cruel; yo no he sabido corregirle, sus vicios han crecido con la edad, y he aquí el triste fruto de mi funesta indulgencia.
El pueblo pedía que Alcandro fuese inmediatamente condenado a muerte; pero los jueces pensaron que el mismo Licurgo debía pronunciar la sentencia de su agresor. Decidiose, pues, que Alcandro fuese entregado a Licurgo, quien podría a su arbitrio hacerle morir, o retenerle como esclavo.
Alcandro fue llevado con cadenas en las manos y en los pies, como una fiera, a casa de Licurgo.
Por el camino pensaba el infeliz.
-Licurgo no me hará morir ahora, no; me aplicará la ley del Talión; primero me hará apedrear y saltar un ojo, y si sobrevivo a los tormentos que me hará aplicar, me encerrará por toda la vida en un calabozo. Es natural que lo haga así; está en su derecho. En su lugar yo haría lo mismo.
Cuando Alcandro y los que le llevaban entraron en casa de Licurgo, hallaron a este tendido en el lecho, rodeado de sus amigos y parientes; sobre el ojo derecho tenía puesto un —127→ lienzo, que ya estaba, empapado en sangre.
Licurgo, sin manifestar cólera alguna, oyó tranquilamente lo que los enviados del pueblo estaban encargados de manifestarle, y luego, incorporándose, miró al joven con dulzura y mandó que le quitasen las cadenas. Como Alcandro, libre ya, pero pálido y lleno de vergüenza, no se atreviese a moverse, Licurgo le dijo:
-Acércate, joven, y no temas de mí ningún mal tratamiento. Eres mi esclavo por voluntad del pueblo; sé mi buen servidor y tendrás en mí un buen amo.
Desde esta noche, continuó, empieza tu servicio. Hasta que mi herida esté curada, tú cuidarás de mí; en mis horas de insomnio, me leerás los admirables cantos de Homero que he recogido en todas las ciudades griegas de Europa y Asia; la lectura de los buenos autores no es solamente instructiva y amena, sino que también eleva el alma y endulza y corrige los caracteres.
Tal fue el primer deber que tuvo que cumplir Alcandro en su calidad de esclavo de Licurgo.
Cuando este grande hombre estuvo restablecido, encargó a Alcandro de su inmediato servicio; Alcandro escribía las leyes que Licurgo le dictaba, y las explicaciones y comentarios con que las justificaba; él le acompañaba en el paseo, y el sabio se complacía en hablar con él como con un hijo; hablábale de la virtud, de la gloria que el hombre logra venciendo sus pasiones, y le refería ejemplos de admirable humildad, de santa resignación.
Esta conversación impresionaba mucho al joven Alcandro; pero más le conmovía la conducta de aquel hombre verdaderamente superior.
Veía que la bondad y la generosidad de Licurgo no se desmentían un solo momento. Si alguno faltaba a su deber, Licurgo le reprendía con dulzura, nunca con acritud, nunca con orgullo. Igualmente afable con todos los ciudadanos, cualquiera que fuese su rango, o su fortuna, o su edad, a todos persuadía su palabra dulce y suave, a todos admiraba su prudencia y su modestia; su humildad igualaba, sin embargo, a su valor; no era éste el valor provocativo del soberbio, sino el valor sereno, inquebrantable, tranquilo del hombre de bien.
Tal era el ejemplo que Alcandro tenía continuamente ante sus ojos. ¿Cómo hubiera podido no amar la virtud que se le presentaba con un carácter tan augusto, tan sublime? Pronto se impuso el grato deber de imitar a su maestro.
Licurgo estudiaba la feliz transformación que se operaba en el joven Alcandro, antes tan orgulloso, tan violento, tan imprudente, tan arrebatado, tan necio; en menos de un año le vio humilde, prudente, juicioso.
¡Tanto pueden los buenos ejemplos!
Un día Licurgo le dijo:
-Alcandro, ya me he vengado de ti; te he hecho digno de la libertad y te la devuelvo gustoso.
-¡Ah! exclamó Alcandro llorando de gratitud y de alegría, no consiento en dejar de ser vuestro esclavo si no consentís en que os sirva y ame como a un padre.
Y en efecto, Alcandro, modelo de hombres de bien, honor de su familia y de su país, fue siempre para Licurgo tierno y cariñoso hijo.
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ALMANAQUE DE LOS NIÑOS PARA 1873
Ya estamos disponiendo la impresión del que vamos a regalar a nuestros suscritores constantes. Nuestro Almanaque, como el del año anterior, será del mismo tamaño que la Revista, con objeto de que se pueda encuadernar con el tomo sexto de Los Niños o con el séptimo, que ha de comenzar en Enero.
El Almanaque de Los Niños será muy ameno, y gustará mucho seguramente a nuestros favorecedores. Se publicará en el mes de Octubre, y lo daremos a los suscritores a medida que vayan renovando su abono.
LA RELIGIÓN EN CUADROS
Hemos adquirido cierto número de ejemplares de esta obra, adornada con más de 60 láminas, y encartonada, que daremos, a nuestros suscritores con gran rebaja. Siendo su precio 10 reales en Madrid y 12 en provincias, la daremos sólo a los abonados a Los Niños por 4 y 6 respectivamente.
Los pedidos pueden dirigirse a nuestra Administración.
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Así como entre las personas las hay de estatura alta y de estatura pequeña, y entre los animales los hay altos y bajos, también en los vegetales, en los árboles, los hay enanos y gigantes. Aquí vamos a ocuparnos de los vegetales gigantescos, que han alcanzado una edad avanzada, y por lo mismo, ya por su considerable elevación, ya por su extraordinario volumen, han tenido siempre la ventaja de atraer la atención y de maravillar por su magnitud, algunas veces verdaderamente imponente. En España tenemos en algunos bosques, árboles verdaderamente gigantescos, aunque ya escasean por las considerables tales que la ambición del hombre determina en todas partes. Más bien se conservan árboles respetables en algunos paseos de capitales de provincia; pero también se van trocando por las raquíticas acacias de boa, de que hoy se echa mano para todo jardín público o municipal. En uno de los sitios reales, en el Escorial, existe el antiguo paseo de los alamillos, así llamado sin duda porque cuando se plantaron en tiempo de Felipe II, probablemente serían como todos los que se plantan, es decir, jóvenes; pero ahora que tienen más de doscientos cincuenta años, deberían llamar a aquel paseo, paseo de los alamones.
Entre los árboles de Europa, se cita el tilo, con razón, como el que vive más años y adquiere el diámetro más considerable. En 1476 fue plantado uno de estos árboles en Friburgo (Suiza) para consagrar el recuerdo de la victoria de Morat, y hoy, que han transcurrido unos cuantos siglos, ofrece una circunferencia de más de cinco —130→ metros. Pero cerca de Friburgo, era ya célebre en la época de la batalla de Morat otro tilo, que mide doce metros de circunferencia y veinticuatro de altura.
En Alemania se admira el tilo de Neudstadt, porque la copa que forman sus ramas tienen más de ciento treinta metros de circunferencia. Cada rama principal está sostenida por una columna, de las que se cuentan un centenar aproximadamente. La rama más larga de ese árbol, mide treinta y siete metros de largo.
Del roble existen también individuos gigantescos. La ciudad de Saintes posee un roble de vinos dos mil años de edad, y tiene de alto más de veinte metros: su diámetro tiene más de veintinueve metros en su parte inferior.
Cerca de Neufehateau existe otro roble que servía de punto de reunión a los guerreros del siglo XV. Tiene veintitrés metros de altura y dieciocho de circunferencia.
Plinio refiere que existía en el Vaticano un roble verde que pretendían era aún más antiguo que Roma, y cita otro, situado en Túsculo, cerca del templo de Diana, y que tenía más de diez metros de circunferencia.
En Allonville, cerca de Ivetot, existe un roble que tiene novecientos anchos. Por dentro le mandaron ahuecar, hicieron una escalera de caracol alrededor, y dentro construyeron una pequeña capilla, donde se dice misa en ciertas festividades. Otro roble conocido en la Moselle, tuvo antiguamente dentro una estatua de la Virgen, y tenía ocho metros de grueso. Los peregrinos acudían a suspender a sus escapularios en las ramas de aquel árbol gigantesco, queriendo demostrar así la confianza que tenían en la Santísima Virgen.
Cerca de Breslau se enseña un roble de más de mil quinientos años de edad, con una cavidad, dentro de la cual pueden sentarse en un banco diez personas. Tiene más de veinte metros de alto, y once de circunferencia. Pero todos conocen el nombre del célebre roble de la Constitución francesa de 1814, situado en el Connecticut. Era el mayor que se conocía, porque en la cavidad abierta en su tronco podía contener veintiocho personas de pie. Este árbol histórico cayó en 1857, y con este motivo tuvo lugar una función patriótica.
En Sicilia, cerca del Etna, existe el castaño llamado de los cien caballos, porque se supone que la reina de Nápoles, Juana de Aragón, se alojó durante una tempestad dentro de su tronco con los caballeros y damas que lo acompañaban a caballo. En el hueco de su tronco unos campesinos han construido una habitación y un granero. En Sancerre, en Francia, existe otro castaño que tiene mil años, y una circunferencia de más de diez metros.
Existen también cedros de voluminosa estatura; pues se han visto hasta de treinta metros de alto y quince de circunferencia.
En Normandía se conocen tejos de algunos siglos de existencia. En Francia, en el departamento del Eure, se admiran dos que se cree tienen mil cuatrocientos setenta años de edad.
También hay cipreses de talla gigantesca, lo mismo que olmos y nogales, bambúes y baobabs, la velintonia y el aragonario de Orotava, que miden alturas y diámetros sorprendentes.
—131→
Una rebelión de los pueblos de Castilla dio a Aníbal oportuna ocasión para manifestar sus dotes guerreras, pues logró subyugarlos, regresando a Cartagena cargado de riquezas. Sin embargo, no fue tan feliz en el año siguiente, en que entrando por las comarcas de León, puso sitio a las ciudades de Arbucala y de Salamanca, logrando rendir aquella, pero saliendo mal parado de su contienda con la segunda. He aquí lo que sucedió. Los salamanquinos, o elmánticos, como se llamaban entonces, capitularon con Aníbal que si quedaban libres dejarían las armas y entregarían la ciudad. Avínose a ello el general cartaginés, pero las mujeres, que, amantes de sus hogares, no podían resignarse a dejar los a los extranjeros, abandonaron las alhajas y demás bienes, sacando debajo de sus vestidos las espadas de sus maridos. Entretenidos se hallaban en el saqueo los cartagineses, cuando de improviso les atacan los españoles con las armas que las animosas mujeres les acababan de entregar, y en medio de la más espantosa sorpresa y confusión, quedan aquellos derrotados, y, sólo logran salvarse apelando a la fuga. No se desanimó Aníbal con semejante descalabro, sino que reuniendo otra vez sus despavoridas tropas, acometió con ellas nuevamente a los salmantinos. No quisieron estos humillarse aún, recibiendo a un extranjero por jefe de su territorio, y se retiraron a la cima de un elevado monte, en donde hubieran permanecido acaso mucho tiempo, a no haberles concedido Aníbal perdón y libertad para regresar a sus hogares.
Un suceso grandioso y heroico tuvo lugar más adelante. Aníbal encerraba en su pecho, como todo cartaginés, el mayor encono a los romanos, y ansioso de trabar con ellos encarnizada lucha, concibió el proyecto de sitiar a Sagunto, población española, aliada de la república de Roma. Los embajadores que el Senado romano tenía en ella, protestaron de semejante intento; pero despreciando Aníbal toda clase de razones, y aparentando mediar en ciertas cuestiones locales, movió su ejército y rodeó a Sagunto con cincuenta mil hombres. En balde imploraron sus habitantes la protección de Roma, porque ésta sólo intentó interponer razones políticas, y no tuvieron más remedio que defenderse como leones. Los cartagineses fueron varias veces rechazados; pero siempre corrían de nuevo al asalto, causándose mutuamente infinidad de víctimas. Apuraron los sitiados todos los víveres, consintieron al fin en rendirse con tal que se les conservara las vidas y haciendas; pero el cartaginés fue tan obstinado, que exigió se entregasen a discreción, permitiéndoles salir libres sólo con los —132→ vestidos que llevasen. A tan dura proposición, se excitó su patriotismo en términos que prefirieron mil veces perecer antes que rendirse.
Encendieron en la plaza una grande hoguera, entregaron a las llamas todas sus alhajas, y en medio de una noche sumamente oscura, hicieron una impetuosa salida, atacando con ciego furor a los cartagineses. El combate fue terrible, y sólo terminó cuando no quedaba ningún saguntino. Comprendiendo entonces las infelices mujeres que no les quedaban ya ningún recurso, porque habían perecido sus defensores, quitaron la vida a sus hijos y sacrificaron las suyas al filo de las espadas o entre las llamas del voraz incendio a que entregaron los edificios de su ciudad desgraciada.
Tal fue, la suerte de Sagunto, modelo de lealtad y constancia; pero su catástrofe acarreó también un sin fin de azares sobre los cartagineses, porque Roma quiso vengarse y declaró a la prepotente Cartago la guerra, conocida por la segunda guerra púnica, entre ambas repúblicas, siendo la africana la que quedó para siempre arruinada.
España sufrió sobremanera en tan colosal contienda, porque tanto los cartagineses como los romanos tuvieron la lamentable destreza de escoger nuestro suelo para campo de batalla. En balde se adelantó Aníbal por los Pirineos y los Alpes hacia Roma; en balde derrotó tres ejércitos romanos que le salían al encuentro; porque mientras que aquel general se adelantaba por Italia ansioso de sitiar a la misma ciudad de Roma, esta república enviaba sus tropas a España, y ganaban cerca de Lérida una famosa batalla en que perecieron seis mil cartagineses. A esta victoria siguieron otras cuatro, y no sólo Publio Cornelio Scipion adelantaba sus conquistas en nombre de Roma, sino que por un bello rasgo de galantería lograba atraerse las simpatías de los españoles.
Presentáronle como cautiva una hermosa doncella, y sabiendo iba a casarse con uno de los principales mancebos de la Celtiberia, le mandó llamar, le entregó su amada, y le dijo que su mayor gusto sería verle feliz con tan hermosa prisionera. Los dos jóvenes se echaron a sus pies, y le dieron las gracias; y circulando tan hermosa acción, de labio en labio, todos quisieron ser amigos del general romano, y hasta algunos príncipes del país le ofrecieron sus auxilios y sus tesoros. Así fue como se engrosó notablemente el ejército de Scipion, y desde entonces fueron preponderando las armas de los romanos; pues no sólo vencía con sus recursos y dotes militares, sino también con su afabilidad, desinterés, cortesanía y prudencia.
Algunos pueblos no quisieron someterse por completo, entre ellos Astapa, que se defendió y sucumbió heroicamente; pero al fin quedó la España entera sojuzgada por los romanos, pues no pudo contar con auxilio alguno de Cartago, porque esta poderosa república llegó a verse del todo abatida y humillada.
FLORENCIO JANER.
—133→El arca de Noé

—134→
I
Hoy, pequeños y queridos lectores, puedo ya empezar a hablaros del segundo invento que voy a presentaros.
¡La pólvora! ¡Qué miedo, queridos niños, os habrá causado tal vez muchas veces ver la inflamación de dicha materia!
Y, sin embargo, puede ser que hayáis imprudentemente jugado con cosa tan peligrosa; puede ser que hayáis tenido lindísimas y pequeñas piececitas de artillería, relucientes cual el oro, aunque sólo de pobre metal fueran formadas, y que con ellas hayáis producido terribles descargas, que si hacían daño podía ser muy bien en un indefenso ejército de pajaritas de papel, cuyos múltiples colores recreaban deliciosamente vuestra vista.
Seguramente que si tales cañoncitos no habéis poseído, no habrá sido, en verdad, por falta de deseo; si bien es más que, probable que nunca hayáis pensado en la causa que producía el tiro, y la velocidad con que, si cargabais con metralla vuestras piezas, salían de estas el plomo o piedrecitas que con este objeto en ellas colocabais.
Si yo creyese que tal pensamiento habéis tenido, no hiciera por explicaros el secreto de la pólvora; pero supongo que os voy a comunicar una cosa que nunca habrá cautivado vuestra atención.
Pero indudablemente me equivoco; es preciso antes deciros quien inventó la pólvora, invento terrible que ha venido a enseñorearse de la humanidad, rigiendo los destinos del mundo.
-¿Pues qué, diréis, tal importancia tiene la pólvora?
-Seguramente, estimabilísimos lectores; y esto podréis comprenderlo mejor cuando seáis hombres y estéis al corriente de los sucesos, cuando podáis cercioraros de que la ambición o el egoísmo causan a veces millones de muertes, millones de huérfanos, millones de lágrimas vertidas, de destrozos causados, de horrores consumados, cuyo principal medio de realizaciones la pólvora, la pólvora de que vengo a hablaros. Y.... debo aprovechar esta ocasión; sí, pequeños lectores de Los Niños, debo deciros que odiéis las guerras, que aborrezcáis eso que existe por desgracia y cuyas consecuencias no podéis comprender, así como sus móviles no estarán tampoco al alcance de vuestra inocente imaginación.
Hecho esto, creo que debo empezará deciros el nombre del inventor de materia tan importante como ésta de que trato en obsequio vuestro.
Consta en muchos libros, y es opinión —135→ bastante admitida, que la pólvora fue inventada por un fraile alemán, que vivió en el siglo XIV de nuestra era, allá por los años 1350 y sucesivos. Esto es muy admitido, siendo el nombre de ese fraile Bertoldo Schwartz, cuyo apellido desde luego será difícil para vosotros.
Otros, porque en esto hay abundancia de opiniones, dicen que fue inventada por otro fraile, en el siglo XIII, cuyo nombre era Rogerio Bacon.
Y aquí tenemos, queridos niños, que después de todo no sabéis quién inventó la pólvora.
¡Válgame Dios! ¡Cuántas dificultades se ofrecen a cada paso!
No debemos apurarnos por esto: seguramente es una contrariedad muy pequeña, si se la compara con las infinitas que a cada paso se presentan en esta vida.
Es necesario, pues, dilucidar esta cuestión, y para ello puede decirse que ni Bacon ni Schwartz fueron verdaderos inventores de la pólvora.
Eacute;sta existía, tal vez bajo otra forma, en la antigüedad, y se cree que la China ha conocido dicha materia hace siglos.
Por lo tanto, puede admitirse que nuestra pólvora no es más que la misma que existía en la antigüedad, si bien perfeccionada y aplicada a las armas de fuego.
Conocíase hace muchos siglos una sustancia inflamable, cuyo nombre era fuego griego, y que era usada en las guerras de aquellos lejanos tiempos.
No se conocen, a lo que parece, las materias que componían dicho fuego; pero es muy probable que el carbón y el azufre entrasen en él abundantemente.
¡El carbón y el azufre!
Vosotros conocéis muy bien la primera de estas materias, que tan común es en vuestras casas, si bien la segunda no os será tan conocida.
Del fuego griego se han contado tantos absurdos, que parecería cosa maravillosa su existencia, si tales hechos hubieran de admitirse.
Por esto, pues, si alguien os dijese que el agua no podía apagarle, no lo creáis, porque está probado que el agua lo extinguía.
Y dejo de contaros muchas cosas que de él se han dicho, y probablemente seguirán contándose por algún tiempo todavía; pues no merecen siquiera la atención que pudiera dedicárseles.
Creo yo, queridos niños, que, admitido el progreso de la pólvora y su origen en las materias explosivas que usaron los antiguos, debe considerarse la invención como hija de los árabes, que añadieron al carbón y azufre otra sustancia llamada nitro; viniendo así a obtener una mezcla semejante a la pólvora que se usa hoy más comúnmente, porque ahora hay necesidad de fabricar para los cañones más perfeccionados y para los fusiles de gran alcance, una pólvora más enérgica que la común que en España se fabrica y sirve para los usos más vulgares.
Hoy la pólvora ha alcanzado, como veréis más adelante, una perfección extraordinaria, permitiendo la admirable fuerza y precisión de las armas de fuego, cuyos estragos han llegado a ser tan terribles, que pronto esta misma perfección, que va en aumento, las hará completamente inútiles.
Sensible es que tanto se trabaje para el exterminio y para el mal; sensible que la inteligencia del hombre se dedique —136→ a objeto que tanto perjudica, como si otras muchas cosas no hubiera que necesitan todo el esfuerzo de la humana o intelectual actividad.
Tengamos, empero, queridos niños, plena confianza en que llegue un día en que el amor y la caridad sean el patrimonio de todos los pueblos; día dichoso que puede llegar si a la idea del bien llevan todos su común iniciativa.
Veo que me he extendido bastante en este artículo, y que no puedo terminar aquí el estudio de la pólvora; pero como dicen que hay muchos días, y como, Dios mediante, pueden Los Niños en otro número ofreceros la continuación de éste que en el presente no puedo terminar, dejo para otro día seguir contándoos lo que desearía con todo mi corazón fuese de vuestra estimación y agrado.
Hasta otro número, pues, queridos lectores.
E. THUILLIER.
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EUSEBIO BLASCO.
—137→

Santa Flora, virgen de Córdoba, y no sevillana como otros creen, fue tan célebre por su hermosura como por su amor ardiente a la verdadera religión. Desde su más tierna edad miró con desprecio las vanidades y pompas de este mundo, y se ejercitó en austeras penitencias y mortificaciones, asistiendo y consolando a los cristianos cuando con mayor crueldad eran perseguidos por los sarracenos. Para observar más perfectamente la ley de Jesucristo, se había ausentado de su casa; la encontró un hermano suyo que era sectario de Mahoma, y previendo la Santa que con su fuga podía ser causa de que los demás fieles sufriesen gran persecución, confesó públicamente su fe. La persuasión, el tratamiento riguroso y cuantos medios empleó su familia fueron ineficaces para disuadirla; y entonces su mismo hermano la acusó ante el juez. La santa doncella confesó resueltamente que era cristiana y estaba dispuesta a morir defendiendo las sublimes verdades de la religión que profesaba. Irritado el juez con aquella firmeza, mandó que atormentasen a la Santa dándole crueles golpes en la cabeza; pero infructuosamente, porque se mantuvo constante en su resolución. Su hermano la llevó de nuevo a su casa e hizo que la curasen sus heridas; mas no bien convaleciente de ellas, se fugó segunda vez, y acompañada de otra virgen cristiana, nombrada María, volvió a presentarse ante el juez confesando a Jesucristo. El magistrado ordenó que entrambas fuesen conducidas a una mazmorra, y después de una larga y cruel prisión fueron sentenciadas a la pena de muerte y degolladas en el año 851, el día 24 de Noviembre, que es el de su fiesta. Arrojaron los cadáveres al Guadalquivir, y el de Santa Flora, por más diligencias que hicieron los cristianos, no pudo ser descubierto.
—138→
La marquesa entró en la clase llevando a Augusto de la mano: «Me llevo a mi hijo, dijo al profesor, y si mi esposo sigue mi consejo, os aseguro que no volverá.
-V. y su esposo son dueños de hacer lo que gusten, respondió fríamente el maestro, y siguió enseñando a sus discípulos.
-A fe mía, dijo la marquesa subiendo a su carruaje, que ese profesor tiene unas maneras muy extrañas conmigo. Yo creí que me daría alguna excusa, y me suplicaría que no me llevara a mi hijo, una criatura tan amable... ¡el niño más aplicado!... ¿No es verdad que es un insolente?... ¿No eres de mi mismo parecer, Sofía?
Sofía no respondió nada, porque estaba entretenida en mirar a los dos niños: Augusto en la portezuela del coche, y el otro en la ventana de la clase: los dos se miraban con aire amenazador, como dos gatos próximos a lanzarse el uno sobre el otro; y Sofía, al verlos así, se figuró por un momento que la oreja rota era el efecto o la causa de la mejilla ensangrentada y de los cabellos arrancados de Augusto, y al figurarse esto, no creía más que la verdad. La marquesa pensaba lo mismo, aunque aparentando estar muy irritada contra el maestro; y decidida a aprovechar aquella ocasión para sacar a su hijo del colegio, contaba con Sofía para que la ayudara en la realización de su proyecto; y en efecto, la joven, acostumbrada a no respetar la verdad, se había decidido a mentir para satisfacer los deseos de la marquesa, creyendo dar con esto una muestra de complacencia.
Así sucedió; cuando llegaron donde se encontraba el marqués, su esposa empezó a darle mil quejas del director del colegio, y añadió presentando a Augusto:
-Mira cómo trata a nuestro hijo su profesor; le ha arrancado los cabellos y le ha puesto ensangrentada la mejilla.
El marqués, brusco por naturaleza, estaba aquel día de peor humor que de costumbre, y se encogió de hombros, al mismo tiempo que murmuraba:
-Siempre estás con la misma canción, sosteniendo que Augusto es bueno, y hablando pestes contra su maestro, que es un hombre muy honrado y de muy buena educación, e incapaz, por consiguiente, de hacer lo que me estás diciendo.
-¡Cómo incapaz, cuando por mis propios ojos he visto pegarle y arrancarle los cabellos!
-Di, más bien, que se te ha figurado que lo has visto. Tú nunca ves muy claro cuando se trata de tu hijo.
Augusto, que no tenía muchas ganas de que le interrogara su padre, y —139→ que, a pesar de su mala condición, no era capaz de tan odiosa mentira, no hacia más que llorar desaforadamente para de este modo dispensarse de responder.
-Puesto que no quieres creerme, dijo la marquesa, fingiendo estar indignada, me parece que creerás a Sofía, que lo ha visto lo mismo que yo.
-¡Ah! dijo el marqués cambiando de tono, si esta señorita ha sido testigo de ese hecho, ya varía la cuestión. ¿Ha visto V. pegar a Augusto y arrancarle los cabellos?
¡Qué instante aquel para Sofía! Y, sin embargo, no se alteró. La desgraciada costumbre que tenía de mentir, le dio valor para responder resueltamente:
-Sí, señor, lo he visto.
El marqués, lleno de sorpresa, guardó silencio durante algunos instantes.
-Y bien, exclamó la marquesa con aire triunfante, ¿me creerás ahora y dejarás por más tiempo a nuestro hijo en manos de un hombre como ese?
-Jamás le hubiera creído capaz de hacer una acción semejante. Todo lo que me habéis dicho parece un cuento; pero puesto que esta señorita lo ha presenciado, no debo tener la menor duda de que ha pasado como me lo has referido. Voy a escribir al momento al profesor que Augusto no volverá a poner los pies en su casa.
Y después de pronunciar estas palabras, se fue a su despacho a escribir la carta, que envió con un criado, con orden expresa de que se trajera todos los efectos de Augusto.
La marquesa estaba llena de alegría, su hijo no lloraba ya, y saltaba y brincaba por el salón lleno de contento porque se veía libre de su maestro, no comprendiendo que en el nuevo colegio donde le pusieran no le pasarían sus travesuras ni sus caprichos, y que quizás encontraría en sus nuevos profesores menos paciencia y menos bondad. En cuanto a Sofía, sonreía a la marquesa y a Augusto; pero en el fondo de su corazón estaba muy poco satisfecha de sí misma.
La respuesta del maestro llegó bien pronto, y en ella decía que vela con sentimiento que el marqués le retirase su confianza, y que lamentaba no tener a Augusto a su lado; pero puesto que su conciencia le decía que no había hecho nada para caer en el desagrado de los padres de su discípulo, esto le servía de consuelo.
Ya que conocemos la fatal costumbre de Sofía, vamos a ver sus desgraciados y lamentables resultados.
El día siguiente la señora de Durán, cuyo marido había salido, se encontraba sentada tranquilamente en la trastienda con una amiga íntima, a la que hablaba en estos términos:
Nuestros negocios están algo dudosos, y nos hallamos muy inquietos. Mañana debíamos pagar al Sr. de González cuarenta mil reales, y no los tenemos. Sin embargo, el Sr. de González nos ha dado quince días de término, y esto nos salva, porque de aquí a esa fecha, estamos seguros de poder disponer de esa cantidad. Sin ese plazo, estábamos perdidos. ¡Cuántos malos ratos nos hemos dado mi esposo y yo para poder pagar esa cantidad! ¡Con qué economía hemos vivido desde hace seis meses! No he comprado ni un vestido, ni un sombrero, ni una cinta siquiera para mí ni para mi hija. Pues ¿y nuestra comida durante ese tiempo? Nada más que lo preciso, y eso escaso. Hace tres —140→ días, cuando Sofía y Clara vinieron a comer con nosotros, ¿qué es lo que les hemos dado? Nada más que un asado y un plato de patatas. He sentido no poder obsequiarlas; pero no se puede hacer otra cosa cuando se tienen deudas. Hasta que no se hayan pagado las deudas, debe uno privarse de todo.
Al acabar de pronunciar estas palabras, entró en la trastienda el señor de González con aire amenazador. Al verle la esposa de Durán, adivinó una mala noticia, y palideció.
-Señora, dijo el recién llegado, ya sabe V. que su marido debe pagar mañana una letra de cuarenta mil reales.
-Pero, caballero, respondió con voz entrecortada la afligida señora, ¿no nos había V. prometido que esperaría quince días?
-Había hecho esa promesa, pero me arrepiento de ella...
-¿Y cómo quiere V. que encontremos de hoy a mañana esa suma?
-No creo que les costará mucho trabajo el encontrarla; pues cuando tienen Vds. dinero para dar espléndidas fiestas, no les faltará para pagar sus deudas.
La señora de Durán no comprendía nada de aquel lenguaje.
-¿Fiestas espléndidas? dice V.
-Sí, señora. Parece que se divierten Vds. bastante. Antes de ayer, sin ir más lejos, han dado una magnífica cena, seguida de un magnífico concierto... ¡Oh! ¡no lo niegue V.!... Mi mujer me lo ha contado todo eso, y sabe todos los detalles por una joven que salió bien tarde de esta casa. El conocimiento de este hecho, señora, ha venido a echar por tierra todo el interés que tomaba por Vds. Tenía un gran placer en ayudarles, cuando los creía económicos y prudentes. ¡Desgraciadamente, veo que me han engañado!... ¡Una fiesta así cuesta lo menos dos o tres mil reales! Por lo tanto, ya que arrojan Vds. así el dinero por la ventana, no debo ser tan tonto que deje el mío en sus manos. Espero, pues, que me pagarán mañana hasta el último céntimo; o si no procederé al embargo.
Y al concluir de pronunciar estas palabras, salió el Sr. de González furioso, sin querer escuchar al Sr. Durán, que acababa de llegar a su casa, y protestaba en vano de su inocencia.
En aquel momento entró Sofía en la trastienda, con semblante risueño; pero al ver a la señora de Durán anegada en llanto, cambió bien pronto de expresión.
-¡Ah, mi querida Sofía! exclamó la señora Durán, estamos perdidos... ¡qué personas tan malas hay en el mundo!... Le han dicho al Sr. de González una infinidad de abominables mentiras contra nosotros. Le han dicho que en vez de hacer economías para pagarle, nos gastamos el dinero en dar cenas y conciertos magníficos. ¿Quién habrá sido el infame que así nos ha calumniado?
Estas palabras fueron para Sofía un tremendo golpe, y apenas tuvo fuerzas de decir a la señora de Durán:
-¡Oh! yo soy la desdichada que, sin querer, he hecho el mal que V. lamenta. ¡Ojalá pueda repararlo!
Y salió de aquella casa que había llenado de tristeza y angustia con sus mentiras, y se dirigió a donde estaba su padre, a quien contó llorando y llena de dolor la falta que había cometido, y le suplicó que fuera en seguida a casa del Sr. de González, a fin de decir la verdad. Su padre, después de afear a —141→ Sofía tan torpe conducta, corrió a casa del Sr. de González, y le contó toda la verdad. Éste, que sabía que el padre de Sofía era un hombre de honor, incapaz de la más insignificante mentira, se convenció de que era verdad todo lo que le decía, y le habló así:
-Ya veo que los esposos Durán son buenos; corro a darles mis excusas, y a decirles que esperaré quince días, y aunque sea un mes, el dinero que me deben; pero diga V. a Sofía que debía morirse de vergüenza, porque poco ha faltado para que por sus ridículas mentiras haya sido yo la causa de la ruina de un honrado comerciante. Por ella y por V. me alegraré de que se corrija.
Después de esta ocurrencia, Sofía estuvo enferma por el sentimiento que le causó. Cuando se puso buena, fue con su padre y con su hermana a comer en casa del marqués. El tiempo estaba magnífico, y las señoras se paseaban por el jardín. El marqués se había quedado en el salón con Augusto; un amigo del marqués entró, y Augusto corrió a abrazarle.
-Y bien, Augusto, le dijo, ¿está el profesor contento contigo? ¿Qué tal se porta?
El niño se puso colorado, y el marqués dijo:
-Augusto no está ya con el mismo profesor.
-¿Y por qué? ¿No le quería tener en su colegio? Siento que no siga en tan buenas manos.
-No ha sido él quien no ha querido tenerle, he sido yo quien le ha sacado del colegio.
El amigo pareció muy sorprendido.
-¿Y por qué?
-Ya se lo contaré a V.
-No, le suplico a V. que me lo diga en seguida, porque tengo interés en saberlo.
-¿Qué interés puede V. tener en saberlo?
-Estoy obligado, en conciencia, a conocer a fondo su carácter y su conducta. Su fortuna depende en este momento de la opinión que forme acerca de él.
A estas palabras, Augusto, a pesar de su ligereza, pareció muy atento.
El marqués suplicó a su amigo que explicara sus palabras, y éste lo hizo así:
-Tengo encargo de un alto personaje, de un príncipe, de buscar un profesor para su hijo. Esta plaza es magnífica. No solamente recibirá el profesor durante todo el tiempo de su educación un buen sueldo, sino que después que concluya ésta, se le asegura una pensión de veinte mil reales todos los años. Se desea un hombre de gran talento, de profundos conocimientos, y sobre todo de un carácter irreprochable. Había creído reconocer todas estas cualidades en el profesor de Augusto, y pensaba haberlo propuesto.
-¡Oh! no haga V. tal cosa, exclamó el marqués; es muy malo, tiene muy mal carácter. En vez de corregir a Augusto con dulzura, le trata de mala manera; últimamente le ha arrancado los cabellos y le ha puesto la cara llena de sangre; por eso le he sacado de su colegio.
El amigo del marqués parecía profundamente indignado.
-¡Oh! exclamó. ¡Qué maestro era el que iba yo a recomendar! Afortunadamente me ha advertido V. a tiempo, y le doy gracias por ello.
Durante este diálogo, Augusto estaba vivamente agitado. Su corazón —142→ se entristecía, porque las consecuencias de la mentira que él había confirmado con su silencio le espantaban.
A pesar de lo aturdido que era, no tenía malos sentimientos; así es que empezó a llorar, y se arrojó en los brazos de su padre, exclamando:
-¡Oh, papá, no haga V. que por mí pierda mi profesor tan buena colocación! Nunca me ha hecho daño, y cuando me ha castigado, ha sido con razón. Mamá se ha equivocado.
Al oír el marqués y su amigo estas palabras, se quedaron sorprendidos.
-¡Qué excelente niño! murmuró el último. No solamente olvida el mal que le hacen, sino que quiere devolver bien por el daño recibido.
Al oír estas palabras, el marqués abrazó a su hijo.
Augusto no cesaba de llorar.
-No merezco que me acaricie usted porque no he dicho la verdad. No ha sido mi profesor, sino Perico, quien me ha arrancado el pelo y me ha lastimado la cara.
-Pero, hijo mío, dijo el marqués un poco inquieto, por generosidad es sin duda por lo que tú hablas así; porque no cabe duda que te ha maltratado cruelmente: tu madre y Sofía lo han visto.
En aquel momento entró Sofía en el salón; el marqués empezó a adivinar la verdad, y lo dijo con tono grave y solemne:
-Señorita, ¿recuerda V. todavía lo que me dijo acerca de la conducta del profesor de Augusto?
-Sí, señor, respondió Sofía poniéndose muy encarnada.
-¿Usted vio que pegaba a mi hijo, que le arrancaba los cabellos y le lastimaba el rostro?
Sofía no respondió.
-Se trata en este momento del honor del antiguo profesor de Augusto, de su fortuna y de su porvenir. Por mucha confianza que tengamos en usted, señorita, no podemos condenarle sin oírle. Le voy, pues, a suplicar que venga, para que se sepa toda la verdad. Lo que V. me dijo, V. lo repetirá delante de él: ¿no es cierto?
Al oír estas palabras, Sofía se dejó caer sobre un sofá, y ocultó el rostro entre las manos. El marqués comprendió la verdad, y no quiso tratarla con la dureza que merecía.
-Ha sido V. engañada, según creo, y este error ha podido ser la causa de la desgracia de un hombre honrado. Afortunadamente se ha descubierto el error, y el buen profesor de Augusto tendrá el empleo que tan bien merecido tiene por su virtud y por su talento.
Después, dirigiéndose a Augusto, que había pasado del dolor a la más viva alegría, le dijo:
-Aprovecha, hijo mío, esta lección; no olvides nunca que la mentira es siempre una falta muy grave, y algunas veces un crimen; que hasta la que más inocente parece, puede producir los efectos más funestos, y que el que con su silencio da su aprobación a una mentira, es tan culpable como el que miente.
La lección iba dirigida a Augusto; pero Sofía comprendió que no debía desaprovecharla.
Desde aquel día, Sofía fue tan formal y tan juiciosa como su hermana Clara, y no volvió a mentir jamás.
L. D'ALTEMONT.
—143→
¡Qué alegre estaba Federico cierto día que bailaba en derredor de un cubo de agua colocado en medio del patio de su casa! No tenía límites su regocijo; batía las palmas, reía, cantaba, y de un modo tan exagerado hacia ver su extremado contento, que atrajo la curiosidad de sus padres, los que, asomándose a una ventana que daba al patio, vieron llenos de admiración, éstas singulares demostraciones de alegría; pero ignorando la causa que las produjera, y deseosos de averiguarla, bajaron al patio, precisamente en ocasión que Lidora, la gata de la casa, daba también vueltas en derredor del cubo, y tristemente, mayaba; pero Federico, sordo a los clamores del pobre animal, seguía cantando, como complaciéndose en sus quejidos; Lidora entonces, impulsada tal vez por un instinto de venganza, se abalanzó a Federico y clavó las unas en su cabeza. Ya Federico no canta, que llora, y con los más lastimeros gritos pide que le socorran. Sus cariñosos padres, que por fortuna llegaron en este momento, seguros de presenciar una escena bien diferente, acuden presurosos a Federico, y no sin trabajo logran evitar que la gata se cebe por más tiempo en la rubia cabellera del niño. En tanto que la madre atiende a socorrer y consolar a su hijo, el padre, se aproxima al cubo, como quien procura averiguar el origen de lo que pasa.
-Magdalena, dijo volviéndose a su mujer, no trates de consolar a Federico; cuanto le pase le está muy bien empleado.
-¿Qué ha hecho el niño?
-Ven, acércate, y verás los pobres hijitos de Lidora nadando en el agua del cubo; mira, pues, en lo que nuestro niño se complacía.
-El cielo te ha castigado, Federico, dijo la madre a su hijo, mientras que D. Antonio, su papá, sacaba los gatitos del cubo, y los restituía a Lidora, cuyos clamores fueron entonces menos amargos.
Lidora subía la escalera delante de D. Antonio, y de vez en cuando volvía la cara y maullaba con ternura, como dando gracias al compasivo conductor de sus hijos, los que, habiendo sido colocados en la ermita donde habían nacido, la madre los recibió con dulces halagos, acariciándolos y dándoles su calor: los gatitos crecieron, y al cabo de algún tiempo fueron tan graciosos y tan bonitos como Lidora, conservando siempre una gran aversión al cubo del agua del patio; pues para ellos era aquello la mar.
En cuanto a Federico, baste decir que por espacio de quince días tuvo que andar vendado y sufriendo las consecuencias de los arañazos de Lidora, avergonzándose al recordar el motivo de sus padecimientos; mas esto le escarmentó de tal manera, que siempre que buscaba una distracción consultaba consigo mismo pon el fin de ver si su diversión era dañosa para alguno. Sirva este cuento de lección para los niños, y sin poner a prueba sus malas inspiraciones, recuerden lo que sucedió a Federico.
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En casa de mis amiguitos Santiago, Rosario, Antonia y Angelito, cuatro hermanos que se quieren mucho, ha ocurrido una tremenda desgracia; se ha muerto un perrito que les tenía singular cariño, agradeciendo el que le demostraban sus cuatro amos.
Contemplad, queridos niños, el acto del entierro del animalejo. Los niños le han llevado la huerta acompañados del gato de la casa y de un perro, amigo del muerto, han abierto una zanja, y ya le van a cubrir de tierra. En tan crítico momento los niños están mudos, aterrados, graves, llenos de espanto.
Yo no extraño que tanto les impresione la muerte de un perrillo; así se demuestran claramente los bellos sentimientos de mis cuatro amigos.
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