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La tabla de oro de don Pedro de Castilla

(1366)

Cesáreo Fernández Duro







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M. Ferdinand de Mély, cuyas anteriores investigaciones arqueológicas conoce la Academia, piensa que no hay hecho histórico ó legendario de los que atañen á rey tan diversamente juzgado como D. Pedro de Castilla, que no deba ser objeto de estudio profundo, al contrario que nuestro reverendo P. Flórez, si emitía formal opinión al escribir1 que «con sobresalto puede llegar la pluma á tratar de un reinado todo sustos.»

Sintiendo los efectos de esa inexplicable simpatía enemiga de la veracidad de Lope de Ayala; al examinar otro libro enderezado á sublimar los hechos de aquel en cuya tienda del campamento de Montiel halló D. Pedro el puñal de su hermano, M. de Mély se aparta del uso admitido en Francia de apellidarle el Cruel, estimando con su compatriota Sainte-Beuve más propio el dictado de Justiciero2.

No trata, sin embargo, de investigar ahora cuál de las denominaciones tenga rigorosa aplicación; más inclinado al estudio de las creaciones monumentales del hombre, que al de las influencias de su proceder en la política y la guerra; más dado á juzgar, en armas, á los que las fabrican y embellecen para goce de los sentidos, que á los que las esgrimen por instrumento homicida; arqueólogo, en una palabra, antes que historiador general, dedica el último trabajo que ha remitido á la Academia, La tabla de oro de D. Pedro de Castilla3, á la consideración de una joya rara, estimable, histórica, que los crédulos coetáneos del rey, y acaso el rey mismo, debieron creer relacionada en algun modo con su destino, pues que con tanta repetición y prolijidad se

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menciona en las narraciones de cronistas extranjeros no impuestos generalmente en asuntos de escasa importancia.

Cuvelier empleó nada menos que ciento cuarenta y cinco versos de la Crónica rimada de Bertrand du Guesclin4 en la descripción y vicisitudes de esa joya; el Sr. de Estouteville no le acordó menos espacio en la historia del mismo caudillo5, dando uno y otro con sus explicaciones motivo á los críticos modernos MM. Nicolardot6 y Viollet le Duc7 para estimar que fué prenda de grandísimo valor; M. de Mély, comparados y discutidos textos y comentarios, encuentra que no se ocuparan tanto los cronistas de objeto cuyo precio consistiera solamente en la riqueza de los materiales junta con la del artificio del obraje; que algo le hacía superior á la estimación del oro y de las piedras brillantes, y que ese algo debía consistir en la virtud mágica preconizada por astrólogos y nigrománticos en aquella edad supersticiosa. Con tal idea, no solamente procura reconstruir la figura de la alhaja perdida, sino indagar de paso las propiedades atribuidas por los lapidarios á cada piedra ó á la combinación de algunas, acudiendo á las lecciones de Teofrasto, Plinio, Alberto el Grande, Mohamed ben Quich, con o tras muchas que acreditan la erudición del investigador.

La crónica rimada de Du Guesclin empieza diciendo que, al verse obligado D. Pedro á salir de Toledo por aproximación de su enemigo, hizo poner el tesoro en un carro colocando entre las joyas, su tabla de oro, prenda con que no pudiera compararse ninguna otra de príncipe ó rey; prenda de valor inestimable que no supieran apreciar los maestros de la alquimia. Era de oro; se plegaba en cruz sobre goznes que consentían un cierre perfecto; estaba rodeada de diamantes y otras piedras de Oriente; tenía esculpidas las imágenes de Roldán, de Oliveros, de los Doce pares de Francia, en obra hermosa de azur y sinople. En el centro de la tabla

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había un carbúnculo tan claro y poderoso que iluminaba de noche como el sol á mediodía, y al lado otra piedra tabla de tal virtud, que en presencia de un veneno ó maleficio cambiaba al punto de color, poniéndose negra como carbón.

Sigue contando la Crónica que D. Pedro llevó la tabla á Córdoba; después á Sevilla, y como de esta ciudad huyera de noche, cuando descargaba espantosa tempestad, mandó abrir la tabla y ponerla en un caballo que marchaba delante, iluminando el camino la piedra prodigiosa como lo hiciera una antorcha.

Decidido á solicitar el auxilio del príncipe de Gales, no dejó de embarcar entre las joyas con que se prometía ganar la buena voluntad de los caballeros de Guiena, la tabla de oro, destinándola por obsequio grande, al príncipe Negro. Cubierta con un paño rico, acompañada por cuatro principales caballeros españoles, fué conducida á Angulema, donde uno de estos caballeros, rodilla en tierra, la presentó á la princesa de Gales en nombre de D. Pedro, y al ver tan hermoso don la dama, poco dispuesta hasta entonces en favor del castellano, cambió de parecer y de consejo.

Aun dice más la crónica: expresa haber declarado don Pedro al Príncipe que la tabla de oro, herencia de su padre Alfonso, procedía de un rey de Granada que siendo prisionero la dió por rescate.

Existe en la biblioteca del Lord Ashburnham un códice de la crónica de Du Guesclín con miniaturas8, que daría mayor luz si por acaso tiene pintada la tabla de oro. M. de Mély no ha podido examinarlo por negativa del propietario, y ateniéndose á los datos apuntados, hecho el estudio de la significación y virtud atribuída á las piedras en la antigüedad y en la Edad Media, discute las hipótesis de Viollet le Duc sobre la figura y cierre de la tabla, según las cuales, los resaltes y visagras necesarios para superponer las cuatro hojas de la cruz, privarían al objeto de belleza y de utilidad práctica. Discurre que por cruz puede entenderse forma cruzada9 y que el cierre ó disminución de tamaño se conseguiría del modo siguiente: si extendido un pañuelo se llevan las

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cuatro puntas al centro, determinan los dobleces un cuadrado que es mitad del de el pañuelo abierto; los goznes no ofrecen de esta manera ninguna dificultad, acomodándose al modelo que la ebanistería moderna sigue en las mesas de juego, y abiertas las cuatro piezas triangulares, constituirían sin desnivel una superficie que podía servir de aparador; de missorium.

Más natural es, ciertamente, este sistema sencillo de que podía dar idea el cierre antiguo de dípticos y trípticos, que el imaginado por Viollet le Duc, no solo complicado sino exigente de dimensiones distintas en cada uno de los brazos de la cruz; por lo demás la de M. de Mély no pasa de mera presunción como lo son y tienen que serlo, dada la escasez del fundamento, las demás que conciernen á la tabla de oro.

De haberla presentado un caballero, de rodillas, á la princesa de Gales, deduce que ni las dimensiones ni el peso serían considerables: de los colores azur y sinople, ó azul y verde que realzaban á las figuras, discurre habían de proceder de esmaltes parecidos á los de las urnas relicarias, dato que junto con la indicación de los Pares de Carlo Magno, no representados en efigie hasta el siglo XII; con la certeza de empezar por entonces á ensayarse los procedimientos de Limoges y con la boga dada al carbúnculo por los lapidarios, le lleva á la conclusión de ser la tabla de oro de don Pedro de Castilla, obra francesa del siglo XIII10.

No habría que objetar si la información de los cronistas de Du Guesclín en asuntos de país á ellos extraño y referentes á bandería contra la que militaban, mereciera fe completa; más ¿podrá darse siquiera á la aserción de representar las doce figuras á los

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doce Pares11? En lo posible cabe, el códice de Calixto II que se conserva en Compostela y que fué compuesto con las distintas leyendas que andaban en boga por los años de 1130, contiene la de Carlo Magno12 y la crónica inédita de D. Gonzalo de Finojosa precisa que á principios del reinado de Alfonso XI, en que fué escrita, circulaban la Chanson de Roland et le Roman de Roncevaux, traducidos en romances de trovadores, siendo vulgares los nombres de Turpín, Oliveros, Ferragut, el rey Marsilio y demás de la historia, que él juzgaba invención y farsa; mas también pudiera ser que hablándose de doce figuras innominadas, cualquiera que fuese su significación, les aplicara el escritor francés aquella que le era más familiar. A la penetración de M. de Mély, no se oculta que el número doce bajo muchas formas y nombres distintos aparece en la poesía heróica por remembranza de los Apóstoles. Él mismo cita los doce héroes del tiempo de Caikhofru, rey de Persia; los doce Pares que instituyó Alejandro por consejo de Aristóteles; los doce caballeros á quienes dió Cesar la isla de Jersey. En Astrología judiciaria y en Alquimia el número doce era simbólico; doce las casas; doce las puertas; doce las transformaciones de Hermes, escribano del sol, según D. Enrique de Aragón ó de Villena, ó el autor de la carta relativa á Crysopeya que se le atribuye13.

Indicio ofrecen de todos modos las figuras de por sí, á la vez que la ausencia de escritura arábiga, de no ser obra del arte mahometano; pero si procedía de un rey de Granada, difícil es conjeturar como llegara á sus manos joya francesa de tanta significación, no para moros fabricada. La Crónica de Du Guesclin es en este pasaje oscura y ofrece asidero á la duda de su exactitud. Alfonso XI, padre de D. Pedro, no hizo prisionero al rey de Granada: le venció en la batalla del Salado ó de Tarifa (1340), cautivando á dos infantes africanos:



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   «De uno vos diré bien
Infante muy esforzado
Fijo del rey Albofaçen
Abohomar fué llamado14



El botín copioso «en doblas e vergas de oro e argollas que traian las moras en las gargantas e a las muñecas e a los pies, e mucho ajofar e piedras preciosas halladas en el alfaneque del rey Albohacem, e espadas guarnidas de oro y de plata y espuelas, paños de oro y de seda.... e tanto haber fué llevado fuera del reino, que en París, Aviñon, Valencia, Barcelona, Pamplona, Estella bajó el oro y la plata la sesma parte menos de como valió»15.

No se menciona en el saco, como se ve, presea que pudiera confundirse con la tabla de oro, ni se sabe que el Emir de Marruecos ó su aliado el de Granada procuraran el rescate de Abohomar, nombrado también Abu amer, que siguió en prisión hasta el momento de la conquista de Algeciras y de la tregua que por consecuencia quedó convenida entre los beligerantes, año 1344.

Aunque se diera á la rima de Cuvelier la latitud de interpretar padre (Père-tayon) por abuelo antepasado16, no tendría confirmación tampoco el dicho, porque ni Alfonso X, ni Sancho el Bravo, ni Fernando IV, prendieron rey alguno. Fué el mismo D. Pedro el que sin vencimiento y sin caballería, puso en prisión y dió muerte á Abu-Said, el Bermejo, acogido á su benevolencia en Sevilla, por la codicia de las armaduras preciosas, ricas telas, pedrerías y oro que llevaba consigo.



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    A mi y á mis caballeros
Los que estaban en la tabla
Nos prenden con desmesura
Y las joyas nos quitaban17.



Porque la cobdicia, dice Lopez de Ayala, conmilitón y admirador de Du Guesclin, es raíz de todos los males del mundo. Hé aquí lo que se le tomó, según este cronista18.

«Luego que el rey Bermejo fué preso, fué catado aparte si tenía algunos joyas consigo y falláronle tres piedras balajes19 tan grande cada una como un huevo de paloma, e fallaron á un moro pequeño que venia con él un correon que traia setecientas e treinta piedras balajes, e fallaron á otro moro pequeño, que era su paje, aljofar tan grueso como avellanas mondadas, cien granos; e a otro moro pequeño fallaron otra partida de aljofar tan grande como granos de garbanzos, que podia haber un celemín; e a los otros moros fallaron a cada uno, a cual aljofar, a cual piedras e levarongelo luego todo al Rey. E a los moros que fueron presos en la judería fueron falladas doblas e joyas, e todas las ovo el Rey.»



De estar entre ellas la tabla de oro, no dejara de mentarse prenda

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tan notable y tan del gusto de un soberano á quien se supone rodeado de venenos y verdugos y en correspondencia con Ben Ahatin, grand sabidor e gran filosofo granadino, que diz le hizo horóscopo20. De poseerla por herencia ó de otro modo tampoco sería olvidada en el inventario de joyas más preciosas que legaba á sus hijos por testamento otorgado en Sevilla en tiempos de bienandanza, antes del viaje á Guiena. Véanse en resumen las que enumera21.

Dejaba á Doña Constanza:

La corona que fué del rey Alfonso XI en que están los camafeos.

La corona que fué de la reyna de Aragon.

Dos alhaytes (collares), el uno que es muy grande, que fice yo facer aquí en Sevilla, en que está un balaj muy grande, que fué del rey Bermejo, e otros dos balajes mas menores, e otros dos mas menores, e tres granos de aljofar mucho gruesos á maravilla e otros veinticuatro granos de aljofar gruesos e cuatro alcorcís de oro esmaltados e dos piedras verdes en el cabo, plasmos. El otro, que trajo de Granada Jaimes Emperial, en que ha cinco balajes, el uno bien grande, e los dos mas menores, e los otros dos mas menores, e dieciocho granos de aljofar gruesos, los cuatro mayores e muy redondos e blancos, é cuatro alcorcís de oro esmaltados, e dos manzanetas de oro, e otras dos en el cabo del alhayte con alambar, e cuatro piedras verdes plasmas, e dos botones de aljofar menudo en el cabo de los cordones.

La galea de plata que yo mandé facer aquí en Sevilla.

Una copa de oro con aljofar.

Dos guirlandas.

A Doña Isabel:

La corona francesa que fué de Doña Blanca, hija del duque de Borbon.

Una guirlanda.



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Una parte de los paños de oro e de seda e tapetes e otras ropas.

Una parte del mueble e joyas de la reina Doña María.

A Doña Beatriz:

La nao de oro con piedras e aljofar que yo mandé labrar aquí en Sevilla.

La mitad de las guirlandas e broches e aljofar.

Una copa de oro con aljofar, la mayor de las dos que tengo.

Dos alhaytes, el uno que fice yo facer en Sevilla, que está un balaj muy grande de los que fueron del rey Bermejo e otros dos mas menores, e otros dos mas menores, e cinco granos de aljofar muy gruesos, e veintedos granos de aljofar menos gruesos un poco, e dos piedras esmeraldas en los cabos con dos sortijuelas de oro; e el otro alhayte que fice yo facer otrosi aquí en Sevilla, en que ha una piedra balaj grande, e otras dos balajes mas menores, e otras dos mas menores, e ha en él cuarenta e un granos de aljofar muy gruesos e muy blancos, e en el cabo del dos cabos de plata esmaltados.

A Don Juan:

Diez espadas guarnidas de plata de las castellanas, las mejores que yo ovier.

Cuatro espadas ginetas de oro, la una la que yo fiz con piedras e aljofar.

Otrosi la siella gineta e freno e bacinet desta labor.

La mi espada castellana que fiz facer aquí en Sevilla con piedras e aljofar.

La siella castellana, que es de tapete pavonado.

La siella mular, que es de tapete pavonado con estriveras de plata, e el freno de esta siella, que es de plata.

La loriga de Santoyo.

A la capilla que yo agora mando facer aqui en Sevilla, do he de estar enterrado yo:

La mi capiella, e la que fue de los reyes onde yo vengo, e cualesquier otros ornamentos de eglesia que yo tenga, e dos pares de tablas que estan y, unas que fueron de la capiella de los reyes, que son grandes, e otras que son mas pequeñas, en que está el Lignum Domini.

Tres alombras de las mejores que tengo, etc.





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Dejaba, como se advierte, no pocos balajes ó piedras de las designadas también con los nombres de carbúnculo ó rubí, algunas, que pertenecieron al rey Bermejo de Granada: dejaba piezas de esmalte y dejaba también tablas; pero no basta su referencia para reconocerlas. Siendo dos, pareadas, con el Lignum Domini en la menor, podrían ser de oro, tener incrustado un Lignum Crucis y considerarse aplicables al tesoro de la Capilla como las misorias de otros templos; mas la indicación no se opone á que fueran dípticos pintados ó esculpidos representando el menor el signo de la redención humana; así que, si el Rey inventariaba objetos que tienen algo de lo que la Crónica de Du Guesclin pone en la tabla de oro, en conjunto ninguno se aproxima á la descripción de tan famosa joya.

El inventario acredita en los orífices de Sevilla arte ó inventiva capaces de fabricarla; si D. Alfonso el Sabio, dado á la especulativa con los astrólogos y filósofos de su corte, á quien se atribuyó El libro del Tesoro ó de la piedra filosofal22, que mandó traducir El Lapidario, que discurría sobre la influencia de los doce signos, se lo hubiera propuesto, no queda duda que mandara hacer y tuviera tablas mágicas, tablas cabalísticas, como tenía de cierto, é hizo pintar en el Códice de las cantigas, tablas de aparador, tablas de tablas ó de juego23, tablas de muy variada aplicación. En el testamento que otorgó en Sevilla á 22 de Enero de 1284 menciona algunas así24:

«Mandamos que si el nuestro cuerpo hobiere de ser enterrado en Sevilla, que sea ahi dada nuestra tabla que fecimos facer en las reliquias, a la honra de Santa Maria, e que la traigan en la procesión en las grandes fiestas de Santa Maria e la pongan sobre el altar mayor, e los cuatro libros que llaman Espejo estorial, que mandó facer el rey Luis de Francia, e el paño rico que nos dió la reina de Inglaterra, nuestra hermana, ques para poner

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sobre el altar, e la casulla e el almatica e la capa que son de paño estoriado de muchas estorias e labrado muy ricamente. E una tabla grande estorial en que ha muchas imagines de marfil fechas a estorias de fechos de Santa Maria... E una tabla con las reliquias e las coronas con las piedras e con los camafeos... e otras donas nobles que pertenecen al Rey, que haya todo aquel que con derecho nos heredase nuestro señorio mayor de Castilla e de Leon25


Pudiera, pues, haber pasado por herencia á Alfonso XI y á don Pedro una de tantas tablas, adquiriendo en boca del vulgo valor legendario tan distante de la realidad como lo es la comparación del brillo del carbúnculo con la luz del sol de mediodía.

Por hipérbole parecida se llegó á dar á la tabla de Muza, á la famosa mesa verde de Suleiman, llevada á Damasco desde España por objeto digno del Califa, trescientos sesenta y cinco pies, tantos como días tiene el año, con advertencia de ser de una sola pieza con pies y todo y de estar cuajada de balajes y zafiros, con remate de tres cordones de oro y aljofar grueso26.

La crónica de Ayala acusa la exageración ó licencia poética de la rimada de Cuvelier en paraje que viene á confirmar lo más esencial de su relato. Don Pedro estuvo ciertamente en Guiena: salió de los puertos de la Coruña y San Sebastián con la dignidad de soberano á bordo de un hermoso carracón, en que le acompañaban sus tres hijas, escollado por veintidos naos de alto bordo y una galera que hacía servicio de barco ligero. Había mandado disponer el tesoro que en la Torre del Oro guardaba, pensando echar en la balanza de la voluntad inglesa no menos de treinta y seis quintales de oro; mas dicho está: «la cobdicia es raiz de todos los males del mundo.» Esa enorme suma cayó en manos de los partidarios de don Enrique, simulando la infidelidad del tesorero un ataque de fuerza mayor á la galera en que estaba embarcada27,

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y don Pedro se vió otra vez en la situación angustiosa de un principio, cuando al jugar los dados en Morales mostraba á los comensales una arqueta donde cabía todo el haber del rey de Castilla28. En el momento de marchar á Guiena poseía «treinta e seis mil doblas, e non mas; pero levaba muchas joyas de oro, e aljofar, e piedras preciosas29

En el Sumario de los reyes de España ó crónica llamada del Depensero se indica que iban entre esas joyas los afamados balajes del rey Bermejo; en la de Ayala se repite más de una vez que eran joyas muy nobles e muy presciadas, de que se sirvió para pagar las gentes que le «oviesen de ayudar.»

Don Enrique había hecho otro tanto en la campaña de Gijón30: como antes y después lo hicieron otros soberanos en momento de necesidad; que eran las piedras preciosas reserva en el tesoro real y garantía en las que hoy se llamarían operaciones de crédito31.

Ello es que D. Pedro desembarcó en Bayona: tuvo en Cabretón la primera vista con el Príncipe de Gales; pasó á Burdeos y á Libourne; visitó en Angulema á la Princesa; dióle muchas joyas y ya fuera si se quiere por la virtud luminosa de los carbúnculos,

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ya por el atractivo oculto preparado por la ciencia alquímica, ya más bien por la influencia natural de las piedras brillantes en ojos femeninos, se iluminó el espíritu de la señora acordando al rey de Castilla amistad y a un parentesco, pues que convino en el casamiento de las infantas, doña Constanza con Juan de Gante, duque de Lancaster (el Alencastre de las crónicas); y de doña Isabel con Edmundo duque de York, hermanos ambos del Príncipe Negro é hijos del rey de Inglaterra.

Los tratados con el príncipe Eduardo y con Carlos el Malo, de Navarra; los privilegios y comisiones otorgadas á Chando y á otros caballeros; los documentos reunidos en la colección de Rymer, marcan las huellas de D. Pedro en la Gascuña francesa hasta fines de Febrero en 1367 en que pasó el desfiladero de Roncesvalles de regreso á España, con el ejército que le dió la victoria de Nájera32.

Respecto á la tabla de oro, no están agotados todavía los recursos de información; á más del códice con miniaturas que cita M. de Mély, parece que existe en el tesoro de la Torre de Londres una joya que perteneció al Príncipe Negro y que procedía del rey D. Pedro de Castilla33. Conveniente será examinarla.

Que en las crónicas españolas y en el romancero no haya rastro de esa tabla, no quiere decir que no existiera; no obstante la concisión con que están redactadas, ofrecen como se ve, referencias algo conformes con las de Du Guesclin, salvo en origen, forma y procedencia de la prenda. No suelen ocuparse estas obras de orfebrería; no descienden al pormenor de la vida de los personajes que hay que buscar en escritos complementarios. El Sr. D. Aureliano Fernández Guerra halló fuera de ellos noticia

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de una joya singularísima de la época; los cuernecillos de oro que lucía en el sombrero don Juan Lorenzo de Acuña después que el rey de Portugal le robó la mujer34: ¿quién sabe si en los papeles de D. Pedro que catalogó nuestro sabio anticuario; si en las crónicas árabes; en las extranjeras menos hojeadas, como la de Matteo Villani y Estefano Baluzio; en los documentos que la curiosidad va descubriendo cada día aparecerán otros datos? ¿Cabe en tanto duda acerca de la apreciacion antigua del Chrysolampis ó Carbunculús definido por San Isidro de Sevilla?

Podrá haberla sobre el dictado que merezca el Rey á quien el pueblo sigue estimando valiente y justiciero á pesar de la crueldad, con que oscurecen los historiadores su figura. M. de Mély se inclina al lado de la consideración caballeresca y noble y no está solo; acopia materiales como la compatriota35 á quien debemos la conservación del significativo decir« »


   «Reinó Enrique, y aunque fiel
noble y valiente le admira,
hasta el día de hoy suspira
la lealtad por el Cruel.



Como quiera, aunque los fundamentos relativos á la joya carecen de valor histórico, pues la evidencia enseña que, en efecto, histórico, ó legendario, no hay hecho relativo á D. Pedro que no importe estudiar y conocer, será justo que la Academia manifieste á M. de Mély con cuanto aprecio y estimación ha recibido su interesante monografía de la tabla de oro.

Madrid 30 de Mayo de 1889.





 
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