La identidad de un dirigente hegemónico: Carlos V y Europa
Ángel Rodríguez Sánchez
Introducción
El viernes 22 de enero de 1993 se cumplieron 450 años del discurso que pronunció sobre Europa, en el Gimnasio de las Artes de Colonia, Andrés Laguna, un humanista segoviano, descendiente de cristianos nuevos y amante de la medicina. Aquel 22 de enero de 1543 fue domingo en la Cristiandad y, en aquella noche ya entrada, desde uno de los costados de un escenario ambientado con los aparatos efímeros de las celebraciones funerarias al uso, Andrés Laguna, le dijo a los muy altos y poderosos señores de aquel tiempo que Europa estaba enferma, agotada y sin remedio:
«Ahí tenéis, varones clarísimos, a la desdichadísima Europa, dominadora de tantas naciones, vencedora de tantos pueblos, conquistadora de tantas ciudades, dominadora de tantos tiranos. Os suplico meditéis sobre la situación a la que sus inicuos hados la han precipitado en la catástrofe, en el resultado final en que la han cambiado por medio de una siniestra transmutación de las cosas».1
Este discurso, que viene a ser una especie de catecismo del europeísmo2 del Emperador Carlos V, es el de un humanista español con vocación europeísta3 y, como tantos otros, exiliado en la dirección del pensamiento progresista de Erasmo de Rotterdam, en quien sin duda se inspira4 a la hora de escribir su discurso. Me interesa destacar a este escritor y médico5 por tres motivos: uno es obvio y debe vincularse a la genial participación del humanismo castellano en el contexto general del humanismo europeo; el segundo es más difícil de justificar, pues quiero ver en el discurso un compromiso político del humanista con el proyecto político y con el trabajo diplomático del Emperador. Y es que lo más importante en el compromiso político es la autoridad moral al servicio de lo que hoy llamamos consenso.6 La idea es muy antigua pero no queda más remedio que recordarla desde la perspectiva actual de 1993 y tras los ya duraderos acontecimientos europeos. El tercero es la referencia a la idea de Europa como un todo que puede definirse por oposición a otras realidades, aunque también existan caracteres comunes que ayudan a comprender Europa como Respublica Christiana7 y, por otra parte, elementos significativos de la ruptura del mito de la Cristiandad8 con las reformas protestantes. Sin embargo, humanismo, compromiso y sentido de una realidad supranacional, deben interrelacionarse en el proyecto político del Emperador, en la aspiración a la dirección de ese conjunto que llamamos Europa y en el siglo XVI Respublica Christiana. No en vano Carlos V es titular de una Monarquía que ha recibido el privilegio de denominarse Católica y que su universalidad se reconoce en un espacio y en unos requisitos imprescindibles que ha de cumplir la acción concreta de gobernar. Así lo indican humanistas como Luis Vives. Desde Brujas, el 1 de julio de 1529, Juan Luis Vives escribe al Emperador haciéndole un llamamiento para que restaure la paz y la concordia en Europa. Su punto de partida es semejante al que adoptará catorce años más tarde Andrés Laguna. Vives representa una situación catastrófica:
«Vemos los campos esquilmados y asolados, arruinados los edificios, las ciudades unas asaltadas, otras totalmente destruidas y desiertas; los alimentos escasos y a precios astronómicos; el estudio de las letras decaído y casi por los suelos; las costumbres depravadas; el juicio tan corrompido que obtienen la aprobación los crímenes lo mismo que las buenas acciones. Todo esto reclama y exige una reorganización, reparación u fondo, y lo poco que queda de las antiguas instituciones está pidiendo a voz en grito y dan testimonio de ello, que no pueden seguir subsistiendo más si no se acude rápidamente en su socorro».9
Más tardíamente, Tomás Campanella, sistematiza una norma de acción: la virtud del rey, la bondad de las leyes oportunamente hechas, la sabiduría del Consejo, la justicia de los oficiales, la obediencia de los nobles, la abundancia y disciplina de los soldados y capitanes, la seguridad del tesoro, la unión de los reinos propios, la desunión de los extranjeros, el amor de los pueblos entre sí y para con el rey, y los buenos predicadores en favor del poder, conformarían un conjunto interrelacionado que justifica la aspiración a la dirección, cuya concreción exige un proyecto hegemónico:
«Precisamente estas tres causas se encuentran en el imperio o monarquía española. Primero fue el combatir los nobles de ésta durante ochocientos años contra los moros, bajo los auspicios de Cristo, ayudados por el Papa con infinitos tesoros de indulgencias y cruzadas, por lo que fueron honrados con el título de Rey Católico. En segundo lugar, la innata prudencia española, paciencia y astucia. Con la invención de la imprenta y de los arcabuces. En tercer lugar, la oportunidad del matrimonio del rey de Aragón con Isabel, reina de Castilla, que al no tener un heredero varón, dio lugar a que emergiese y se acrecentase la línea imperial de la casa de Austria. Añádase el descubrimiento del Nuevo Mundo por Cristóbal Colón, el derrumbamiento del reino de Portugal, el estado de depresión de franceses, ingleses y alemanes a causa de sus repugnantes y falsas religiones, de manera que, España será la dueña del mundo, una vez que destruya el imperio turco, que se sostiene y mantiene por las discordias cristianas [...]».10
La hegemonía
La publicística en ciencias sociales suele utilizar el concepto de hegemonía desde una perspectiva apolítica, si es que se admite la polisemia del término confuso que verdaderamente indica el disimulo social de un compromiso político. Hegemonía, que es una palabra distinta a predominio, dominio, preponderancia y otros términos que tratan de ser sinónimos, es un concepto político11 que sirve para significar la preeminencia de un grupo social sobre otros, el liderazgo de un país sobre otros, la capacidad de dirección puesta al servicio de un proyecto político globalizador.
A comienzos de la década de 1980, al explicar la hegemonía holandesa en la economía-mundo, Immanuel Wallerstein se atrevió a definir la hegemonía como una situación en la que los productos de un determinado Estado del centro se producen con tanta eficiencia que son competitivos incluso en otros Estados del centro y, por consiguiente, ese Estado del centro es el principal beneficiario de un mercado mundial enteramente libre.12 Y añadía que, para que esta situación de superioridad se produjese, era precisa la existencia de un Estado fuerte, capaz de reducir a mínimos las barreras políticas internas y externas que se oponen al libre flujo de los factores de producción, al tiempo que desarrolla ciertas corrientes, movimientos e ideologías intelectuales y culturales. Estas afirmaciones, además de suponer la existencia de un complejo estatal organizado, inducen a pensar en la libertad como motor de unas relaciones económicas y sociales en las que la eficiencia es el factor fundamental, que se combina con la debilidad de otros Estados. Y como Wallerstein manifiesta a continuación, de la eficiencia se deduce la capacidad suficiente de un Estado para favorecer la pervivencia del sistema mediante el desarrollo de una ideología. La Monarquía de los siglos XVI y XVII, como el Estado actual, necesitan adoptar las formas de persuasión que conforman cualquier ideología; eso sí, mezclándolas con el ejercicio de la coerción, con la monopolización de la fuerza.13 En el caso de los holandeses, la hegemonía no se construyó sobre la solidez de una potente organización estatal ni social;14 más bien al contrario, la simpleza de una debilidad aparente se edificó con la principal y más olvidada constante fracasada de la historia de la humanidad, la solidaridad. Mi propósito en esta aportación es partir de la definición de Wallerstein y analizar la producción de ideología desde el entorno humanista del Emperador, desde el compromiso que es capaz de proyectar la idea imperial, y desde la concepción práctica de la Christianitas.
Algunas señas de identidad. La virtud del rey
Antes del 26 de octubre de 1522, Nicolás Maquiavelo escribía al nuevo embajador en España, Rafael Girolami15 aconsejándole sobre su trabajo diplomático. Además de avisarle de que España es un país distinto a lo que su interlocutor conocía, le escribía textualmente:
«Después debéis observar con la mayor industria las cosas del Emperador y del reino de España, y dar de ellas noticia completa. Y, para pasar a los detalles, digo que debéis observar la naturaleza del hombre, si se gobierna o se deja gobernar, si es avaro o liberal, si ama la guerra o la paz, si la guerra lo mueve u otra pasión suya, si los pueblos lo aman, si está más a gusto en España que en Flandes, qué hombres tiene alrededor que lo aconsejan, y a qué tienden, es decir si están por hacerlo hacer nuevas empresas o por tratar de disfrutar esta presente fortuna, cuánta autoridad tienen con él y si los muda o los mantiene firmes, y si de los del rey de Francia tiene alguno amigo, y si son corruptibles».
Además de esta completa encuesta, Maquiavelo aconseja al embajador que se informe acerca de la confianza que tiene el Emperador con su hermano,16 y de las intenciones imperiales respecto de las distintas repúblicas italianas, respecto de Roma, Francia, etc. Incluso la carta contiene una alusión a la revuelta de las Comunidades de Castilla, y si esa liga que se alzó en armas se ha aquietado por completo, o se duda que pueda resurgir, y si Francia podría prenderle fuego debajo.
Lo que solicita Maquiavelo de su interlocutor es un completo catálogo de elementos necesarios para construir un retrato esquemático de la virtud del Rey. Sobre él se han trazado numerosos perfiles biográficos. Me voy a fijar brevemente en dos instantáneas separadas en su construcción por aproximadamente un cuarto de siglo. La primera, más antigua y más completa, es de Manuel Fernández Álvarez17 y la segunda, más moderna y dentro de un contexto histórico posterior, es de M. J. Rodríguez Soldado.18 El primero de los perfiles sintetiza la virtud de Carlos V en tres planos interrelacionables: el hombre, el político, y el ideólogo. El segundo trata de conectar las principales personalidades de la historia imperial en planos que relacionan los componentes de la familia Habsburgo con sus colaboradores más inmediatos.
Carlos V es un belga que, educado en la corte borgoñona de su tía Margarita, asume en su formación cuatro legados intelectuales que marcan decisivamente su vida: uno es el ideal caballeresco; otro es el ideal providencialista; el tercero es el ideal humanista y, el último, el ideal europeísta. Estas son en síntesis las principales características de la virtud del Emperador; su cosmopolitismo es evidente: el Flandes caballeresco, la España providencialista, la Italia humanista, y la universalidad del Imperio representado en los Estados Alemanes, hacen del Emperador un hombre que hablaba y se comportaba como si pudiera conseguir cualquier cosa, en buena parte gracias al pluralismo de los colaboradores que le rodearon, y a que no heredó el carácter que Maquiavelo atribuía a su predecesor en el Imperio:
«Sólo diré algo nuevo acerca del carácter del Emperador, que es hombre tan dilapidador, que supera a todos los que existan o hayan existido. Ello hace que siempre ande necesitado y que ninguna suma le baste, sea cual sea la situación o el momento de suerte en el que se encuentre. Es voluble, porque hoy quiere una cosa y otra mañana; no pide consejo a nadie, pero se cree todo lo que le cuentan; desea lo que no puede conseguir y se aleja de lo que podría obtener, por eso toma siempre sus decisiones al contrario de lo que debiera. Por otro lado, es hombre muy belicoso y mantiene y guía bien un ejército con justicia y disciplina [...] Es humano cuando concede audiencias, pero le gusta concederlas a su antojo y no quiere verse rodeado por los embajadores, más que cuando él mismo los manda llamar: es muy reservado y se muestra continuamente intranquilo en cuerpo y alma, por eso deshace a menudo por la noche lo que ha hecho por la mañana».19
Aunque este es el retrato inmisericorde de su abuelo Maximiliano, y ciertamente Carlos V heredó el andar necesitado, la virtud del Rey atravesó por diferentes estadios que van desde la indolencia de sus primeros años,20 en los que es gobernado por sus ministros, hasta la dedicación exclusiva y personal al gobierno de sus Estados, sin olvidar la cuidadosa voluntad de instruir políticamente a quienes encomendará la administración de su fabulosa herencia.21 Más que el carácter personal y el antiguo debate sobre el predominio de unas influencias ministeriales sobre otras, 22 nos interesa aquí destacar el resultado del trabajo político e ideológico: Carlos V aspira a la dirección de la Universitas Christiana con el objetivo de mantenerla unida y en paz, y el humanismo español sin duda contribuyó a inspirarlo.23 Esta dirección, podrá denominarse espíritu de cruzada cuando el Emperador actúa como escudo contra el Turco, contra la herejía luterana, contra la división religiosa de Europa; podrá confirmarse como reorganización interna de los Estados, y podrá agotarse en el intento de dominio del Norte, que son las tres etapas que ha distinguido Manuel Fernández Álvarez en todos sus estudios. Pero la esperanza de los europeos cultos no se deposita en la Monarquía hegemónica, sino en el titular encargado de dirigirla, en la virtud del Emperador. El humanista Vives en su obra De concordia et discordia in humano genere, escribe refiriéndose a Carlos V:
«De la virtud de la que no se nos ha manifestado aún nada esperamos mucho, como si nos fuera debido, mas de la virtud que nos es ya conocida lo esperamos todo. Cuando entraste en éste como estadio de bellas y honrosas acciones esperando la señal de la partida en los primeros puestos, no exigíamos de ti ni la mitad de las hazañas, que ya has realizado; mas como las promesas son cada vez más grandes, te exigimos también cada vez mayores proezas, como si de verdad nos las hubieras prometido y, en consecuencia, tuviéramos derecho a ellas».24
Es un manifiesto a la bondad que recorre la secuencia simplificadora del buen hombre que, por serlo, ha de ser buen príncipe quien, a su vez por serlo, está destinado a restaurar la paz y la concordia. Importa, pues, construir la imagen primera del Emperador; y ello origina un largo proceso de mitificación de su figura. Las representaciones pictóricas de la Majestad Imperial participan por igual de las tradiciones clásicas y medievales. La serenidad, la grandiosidad, el hieratismo y el distanciamiento contribuyen a difundir una mezcla de virtudes, la que reconoce al héroe militar, que procede de la tradición caballeresca, y la que glorifica al Emperador, que encuentra sus precedentes en el mundo clásico. Tres éxitos jalonan la esperanza mesiánica en el buen pastor, buen caballero y buen cristiano: la generosa restitución del orden feudal tras la sublevación de las Comunidades en el reino de Castilla, la batalla de Pavía, con el rival francés Francisco I hecho prisionero, y el saqueo de Roma, con el Papa humillado, hacen de la década de 1520 el principio de la asimilación que se hizo del Emperador por parte de los intelectuales.25 La imagen ingenua de la esencial virtud del Rey, es la bondad.26 Claro es que existieron estímulos y exigencias personificadas en Carlos V y, por imperativo de la herencia, antes en los Reyes Católicos y, en vida del Emperador, en su hijo Felipe. Probablemente, como ha indicado Maravall, fuese excesivamente receptivo a las ideas unitarias y universalistas nuevas; Carlos V parece estar convencido de que la vieja estructura imperial imaginada por la Europa medieval es insostenible y hay que ir a una nueva concepción del Imperio.27 Sin embargo, las nuevas ideas universalistas debió adquirirlas el Emperador con la experiencia política de su relación con los consejeros y asesores; porque, ciertamente su accidentada entrada en el título imperial fue muy tradicional.28 Baste señalar, como síntesis del espíritu que anima la ceremonia de la última coronación celebrada por un Papa, la carta que Alonso de Valdés escribe a Pedro Mártir de Anglería, y que éste transmite el 20 de noviembre de 1520. El nuevo Emperador:
«Jura profesar la santa fe enseñada a los católicos vivos, ser fiel tutor y defensor de la Iglesia y de sus ministros, gobernar sus estados con eficacia y siguiendo la tradición de sus predecesores, reparar los daños sufridos por el Imperio, administrar justicia en defensa de los débiles, y someterse al Papa».29
Este juramento antiguo tal y como se transcribe se compromete a profesar, ser fiel, defender, gobernar, reparar, administrar y quedar sometido. La impregnación eclesiástica es importante (profesar, ser fiel, defender, reparar, someterse), y nos remite a una liturgia que contrasta con los pocos significantes rituales modernos (gobernar, administrar). Este despotismo espiritualista inicial, como lo denomina Pablo Fernández Albaladejo,30 se modifica con el diseño que Mercurino Gattinara hace del Imperio, construyendo desde una perspectiva integradora, una idea con más proyectos (imperio particular), que herencias (imperio tradicional). Si Vives concebía el Estado como una institución imperfecta y caduca, otros humanistas del entorno imperial entendían que el soporte de las instituciones castellanas, singularmente el reino y las ciudades, podía ser la mejor expresión de la hegemonía que se personificaba en la virtud del Rey.31
Si la virtud del Rey simboliza el hallazgo del representante moral capaz de hacerse con el entramado de recursos que le identifican como tipo ideal de una propaganda y como sujeto, también activo, de la antipropaganda organizada,32 queda por enunciar un segundo eslabón tan complejo como el primero, que es el que se refiere a la consolidación de una idea de imperio que se articula en un conjunto de reino y ciudades, cuyo referente político superior es una realidad supranacional. Cuando Campanella escribe la Monarquia di Spagna a finales del siglo XVI formula un proyecto de unificación de la humanidad bajo una monarquía universal, cuyos dos supuestos fundamentales para el establecimiento de una sociedad perfecta son: el reconocimiento del primado político del Papa y la aceptación de la supremacía de la monarquía española.33 Esta formulación que pretende justificar la hegemonía española y asegurar su papel como brazo armado del papado, ha de entenderse como una sensibilizada posición política que articula e interrelaciona, junto a la virtud bondadosa del Rey, la bondad de las leyes oportunamente hechas, la sabiduría del Consejo, la justicia de los oficiales, la obediencia de los nobles, la abundancia y disciplina de soldados y capitanes, la seguridad del tesoro, la unión de los reinos propios, la desunión de los reinos extranjeros, el amor de los pueblos entre sí y para con el Rey, y los buenos predicadores en favor del poder.34 Dicho de otro modo, la Monarquía de España es el prototipo de los regna et civitates en los que se articula la Europa del siglo XVI, sobre la cual se fundamenta la economía-mundo, porque la herencia que recibe el Emperador Carlos V conlleva la reunión de cinco procesos que se habían iniciado durante la Monarquía de los Reyes Católicos. El primero de estos procesos es el de la homogeneización de la sociedad hispana, reducida a una población de cristianos viejos y de nuevos, y con programas de integración social y religiosa que afectaron a los judíos que escaparon del decreto de expulsión, a los moros que se integraron en la Corona de Castilla tras la recuperación del Reino de Granada, y a los indígenas del Nuevo Mundo. Esta homogeneización es perfectamente visible en las leyes oportunamente hechas a las que se refería Campanella.
El segundo de los procesos es la práctica imperial de la Monarquía española; la actividad política y diplomática desarrollada por Fernando El Católico es expresiva de una práctica imperial que más adelante concretará Mercurino Gattinara en su programa de reducir el universo mundo bajo un sólo pastor: el descubrimiento y conquista de América, la anexión del Reino de Navarra, la presencia española en el Norte de África y en Italia, y hasta la política matrimonial, revelan lo que destacó en su día Menéndez Pidal y, más recientemente, Manuel Fernández Álvarez y Pablo Fernández Albaladejo:35 que la Monarquía española seguía una tendencia a adquirir más, antes que a conservar lo heredado. Y que esa tendencia se desarrolló principalmente mediante el ejercicio diplomático y casi nunca con procedimientos violentos.
Del tercer proceso también se hace eco Campanella: la institucionalización de la Monarquía española se concreta en la funcionalidad de Consejos especializados, en la preocupación por la justicia y por el orden público, en la modernización fiscal, y en el intervencionismo del aparato administrativo en las decisiones económicas. El cuarto proceso es la coerción. La monopolización de la fuerza requiere, como señala Campanella, de abundancia y disciplina de soldados y capitanes; y por último, el quinto proceso es la legitimación del poder, que necesitó de buenos predicadores en su favor.