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Escena VI

 

DON LUIS, DON JERÓNIMO, DON MELCHOR, VENTURA.

 
DON LUIS

 (A DON JERÓNIMO.) 

Os digo que es don Melchor.
DON MELCHOR
¡Oh primo! El primero encuentro,
¿es con vos? Dichoso he sido.
DON LUIS
Dos días ha de que os espero,
pues conforme a vuestra carta,
si salisteis de León luego
que se escribió, desde ayer
tardáis.
DON MELCHOR
Atribuid al tiempo,
con tanta lluvia enfadoso,
la culpa, y no a mis deseos,
que ya, amigo don Luis,
se han cumplido, pues os veo.
DON LUIS
Hablad a vuestro cuñado
(mejor diré hermano vuestro),
que como tal os aguarda.
DON JERÓNIMO
Yo os doy los brazos, contento
de ver cuán bien corresponde
a la fama que tenemos
de vos, vuestra gallardía,
puesto que con sentimiento
de que os hayáis apeado,
y no en mi casa.
DON MELCHOR
Ahora llego,
y la poca certidumbre
que en esta confusión tengo
de sus calles y sus casas,
me disculpa.
DON JERÓNIMO
Yo la aceto,
y a ganar voy las albricias
de mi hermana; que no quiero
que improvisas turbaciones
malogren gustos de veros;
que os tiene muy deseado.
DON MELCHOR
Paga mi fe.
DON JERÓNIMO
Entreteneos
con don Lüis, entre tanto
que aviso a mi padre y vuelvo;
si no es que en su compañía,
por apresurar deseos,
queréis honrar nuestra casa.
DON MELCHOR

 (A DON LUIS.) 

Disponeldo al gusto vuestro.
DON LUIS
Conmigo irá de aquí a un rato.
DON JERÓNIMO
Adiós, pues.

 (Vase.) 



Escena VII

 

DON MELCHOR, DON LUIS, VENTURA.

 
DON LUIS
¿Qué traéis de nuevo
que contarme de León?
DON MELCHOR
Nada: todos quedan buenos,
vuestros padres y los míos.
Y a vos, ¿cómo os va de pleitos?
DON LUIS
Salí con mi mayorazgo.
DON MELCHOR
El parabién os ofrezco.
DON LUIS
Venturilla, ¿cómo vienes?
VENTURA
Enfadado de venteros,
trotando por esos llanos,
trepando por esos puertos,
y ofreciendo a Bercebú
a cierta mano de tejo
que hemos engastado en oro.
DON MELCHOR

 (Aparte a VENTURA.) 

¿Quieres callar, majadero?
DON LUIS
¿Venís muy enamorado?
DON MELCHOR
No sé lo que os diga en eso.
Lo que sobra por oídas,
y lo que basta hasta verlo.
No sé yo por qué al amor
le llaman y pintan ciego,
pues lo que no ve, no estima.
DON LUIS
¡Ay!, ¡qué de mal me habéis hecho!
DON MELCHOR
¡Yo! ¿Cómo, o por qué?
DON LUIS
Mejor
es reprimir pensamientos,
y desahuciar esperanzas
que enemistaran con celos.
Vos sois pobre; vuestra dama
tiene sesenta mil pesos,
que ensayados son escudos;
yo soy rico, y vuestro deudo:
no he de competir con vos.
DON MELCHOR
Don Lüis, si sois discreto,
¿por qué me habláis preñeces?
DON LUIS
Ya no lo son, si lo fueron.
Doña Magdalena hermosa
os espera como a dueño
de su hacienda y libertad,
con amor libre y honesto.
Idolatrara yo en ella,
a no estar vos de por medio,
y pretendiera imposibles,
por vos, que amor crece entre ellos.
Vámosla a ver: no hagáis caso
de fábricas que en el viento
desvaneció vuestra vista,
digna de tan noble empleo.
Ella os ama; yo la adoro;
mas sacarela del pecho,
aunque me cueste la vida,
con la ausencia o con el tiempo.
DON MELCHOR
Primo, puesto que a casarme
de León a Madrid vengo,
no es de suerte enamorado
al interés que pretendo,
que no sea lince mi honor,
con que velando penetro
dificultades que esconden
vuestros confusos misterios.
Si queréis y sois querido,
proseguid, que yo os prometo
que su oro no sea bastante
a dorar de amor los hierros.
Declaraos, si sois amigo.
DON LUIS
¿Qué hay que declarar? Yo quiero
a quien por dueño os aguarda;
pero no hagáis argumento
de lo que os digo, ni agravio
del mínimo pensamiento
de vuestra dama o esposa;
porque, por la luz del cielo,
que hasta agora en mí no ha visto
una centella del fuego
que me abrasa; ni en virtud
tiene España tal ejemplo.
Fuila a ver de vuestra parte,
las vuestras encareciendo;
y amor, que es potencia todo,
rindiose en viendo su objeto.
Pero amor en los principios
es niño, y múdase presto.
Yo me ausentaré esta tarde,
por aguardarme en Toledo
amigos y ocupaciones:
asegurad, primo, miedos;
que no es bien perdáis por mí
tal belleza y tal provecho.
DON MELCHOR
No le tengo yo por tal
si ha de ser en daño vuestro,
ni mi voluntad tan libre
que no haya los ojos puesto
en prendas merecedoras
de señorear deseos,
que tibios, por no empleados,
sabrán deshacer conciertos.
Ni yo a quien amáis he visto,
ni en viéndola me prometo
tanto, que pueda mudar
las memorias que conservo.
¿Qué sé yo si agradaré
a esa dama, que habrá hecho,
ausente, retratos míos
allá en el entendimiento,
y por no corresponder
el original con ellos,
me aborrezca, pues no iguala
la verdad a los deseos?
Primo, no habéis de ausentaros.
DON LUIS
Vámosla a ver, que ya es tiempo.
Plegue a Dios que no os agrade.
DON MELCHOR

 (Aparte.) 

¡Ay mano!, ¡ay cristal!, ¡ay cielo!
Con una mano en los ojos,
¿qué he de ver estando ciego?
VENTURA

 (Aparte.) 

Mano, vive Dios, de Judas,
pues lleva bolsa y dineros.
 

(Vanse.)

 


Escena VIII

 

Sala en casa de DON ALONSO.

 
 

DOÑA MAGDALENA, vistiéndose otro traje, y QUIÑONES.

 
DOÑA MAGDALENA
¡Que don Melchor ha venido!
QUIÑONES
Si no te engaña tu hermano,
ya llega a darte la mano.
DOÑA MAGDALENA
Iguálame ese vestido;
que con el otro que dejo,
los pensamientos desnudo
que aquel extranjero pudo
engendrar. Dame ese espejo.
Ponme esa valona bien.
¿Está bueno ese cabello?
QUIÑONES
Tal, que estando amor cabe ello,
rendirá a cuantos le ven.
DOÑA MAGDALENA
¡Ay, Quiñones, y qué susto
me causa aquesta venida!
Tenía yo divertida
el alma, y no sé si el gusto,
con la memoria apacible
del forastero galán,
¡y antes de verle me dan
esposo! ¡Caso terrible!
¡Que tenga tanto poder
la obediencia y el honor!
QUIÑONES
Dilata más el color
de ese carrillo.
DOÑA MAGDALENA
Sin ver,
¡he de amar a quien aguardo!
QUIÑONES
¿No es caso fiero?
QUIÑONES
Galán era el forastero.
DOÑA MAGDALENA
Y sobre galán, gallardo.
¡Ay!, ¡quién pudiera compralle,
ya que mis penas escuchas,
una de las partes muchas
que tiene: la gracia, el talle,
con que hacer a don Melchor
como él...! Si no tan perfeto,
tan amante o tan discreto.
QUIÑONES
Podrá ser que sea mejor.
DOÑA MAGDALENA
¿Cómo será eso posible?
¡Tan cortés urbanidad!
¡Tanta liberalidad,
y sazón tal apacible...!
No era digna della yo.
Roguele no me siguiese,
ni donde vivo supiese;
y obediente, se quedó
inmóvil en aquel puesto,
si, como yo lo advertiste,
entre confiado y triste,
sólo a agradarme dispuesto.
Luego... ¿tú piensas que ignoro
que no fue él el robador
del usurpado favor,
que me restituyó en oro?
QUIÑONES
Para mí no hay dudar deso.
DOÑA MAGDALENA
Pues de tanta eficacia es
conmigo, no el interés,
la acción sí, que te confieso
que hechizo para mí ha sido.
QUIÑONES
Es grande hechicero el dar:
inmenso y rico es el mar,
y recibe agradecido
el tributo sucesivo
del arroyuelo menor;
que en los estudios de amor
sólo hay libros de recibo.
Pero, ¿de qué sirve ya
hacer dél memoria en vano,
si para darte la mano
tu esposo a la puerta está?
DOÑA MAGDALENA
De que salga regalado
del alma y memoria mía;
que al huésped es cortesía
el despedirle obligado.
Mas los vecinos de arriba
pienso que me entran a ver.


Escena IX

 

DOÑA ÁNGELA, DON SEBASTIÁN, DOÑA MAGDALENA, QUIÑONES.

 
DON SEBASTIÁN
La vecindad suele ser
(cuando en la igualdad estriba,
que conserva la amistad,
si es que la vuestra merezco)
un grado de parentesco,
señora, de afinidad.
Hémosla ya profesado
vuestro hermano y yo; y así
a doña Ángela pedí
que aumentase aqueste grado
entrándoos a visitar,
y a dárseos por servidora.
DOÑA MAGDALENA
Casa en que tal dueño mora,
es muy digna de estimar,
y más el ofrecimiento
con que esta merced me hacéis,
cuando en mí, señora, veis
tan corto merecimiento.
Mas con tan noble vecina
seré dichosa desde hoy.
DOÑA ÁNGELA
Vuestra servidora soy,
y fuera vuestra madrina,
ya que bodas esperáis,
si hallara desocupada
aquesta plaza.
DOÑA MAGDALENA
Obligada,
quiero que merced me hagáis;
que hasta aquí no os he servido
para suplicaros eso.
Que estoy turbada os confieso.
DOÑA ÁNGELA
¿A quién no turba un marido?
DOÑA MAGDALENA
Y más quien cual yo le aguarda,
y el talle que tiene ignora.
DON SEBASTIÁN
El honor no se enamora;
que solas las leyes guarda
de la opinión, y hasta en esto
mostráis vuestra discreción.
DOÑA ÁNGELA
Por excusar la ocasión
en que ese susto os ha puesto,
el matrimonio rehúso.
DOÑA MAGDALENA
Cruel es vuestra hermosura.
DOÑA ÁNGELA
¡Jesús! Delante de un cura
(por más que el cielo dispuso
que se desposen así),
y tanta gente, ¿ha de haber
tan atrevida mujer,
que le diga a un hombre: ?
DON SEBASTIÁN
Pues, ¿qué escrúpulo hay en eso?
DOÑA ÁNGELA
¡Jesús! Quien hace tal cosa,
o es muy libre y animosa,
o no tiene mucho seso.


Escena X

 

DON ALONSO, DON JERÓNIMO, DON LUIS, DON MELCHOR, VENTURA.

 
DON ALONSO
Atribuye a tu ventura,
como a mi buena elección,
hija, el que en esta ocasión
corresponda a tu hermosura
el noble merecimiento
del dueño que te escogí.
Vesle, Magdalena, aquí.
No pudo tu pensamiento,
por más que encarecedor
galán te le haya pintado,
ser más que un tosco traslado
del talle de don Melchor.
Haz cuenta que en él abrazas
de don Juan la imagen propia;
que yo viéndole en su copia,
mientras tú su cuello enlazas,
renovando en esta edad
la juvenil amistad
del noble padre, en su hijo.
No quiero yo más hacienda
que la heredada virtud
que miro en su juventud.
El padre avariento venda
al oro la libertad
de sus hijas; que el valor
de tu esposo don Melchor,
y la ley de mi amistad,
juzga por más oportuna
la sangre que la riqueza,
cuanto la naturaleza
se aventaja a la fortuna.
Dale la mano.
 

(Hablan aparte DOÑA MAGDALENA con QUIÑONES, y DON MELCHOR con VENTURA.)

 
DOÑA MAGDALENA
¡Ay, Quiñones!
Éste, ¿no es el forastero,
que fue usurpador primero
de mis imaginaciones?
QUIÑONES
Sí, señora: en la Vitoria
éste fue quien la alcanzó
de ti. ¿Qué dicha llegó
a la tuya?
DON MELCHOR
La memoria
de aquella mano, Ventura,
como quien ve por antojos,
tiene ocupados mis ojos.
Fea mujer.
VENTURA
¿Qué hermosura
se igualará a la presente?
Pero dejando la cara,
en la candidez repara
de aquella mano esplendente,
que es la misma, vive Dios,
que melindrizó el bolsillo.
DON MELCHOR
Anda, borracho; aun decillo
es blasfemia.
VENTURA
No estáis vos,
señor, con juicio cabal.
DON MELCHOR
Ésta es asco, es un carbón,
es en su comparación
el yeso junto al cristal.
A sus divinos despojos
no hay igualdad.
VENTURA
Yo la vi,
cuando me llevó tras sí
con el bolsillo los ojos,
y juro a Dios que es la propia.
DON MELCHOR
Enviarete noramala,
si no callas, necio: iguala
la Scitia con la Etïopia.
La mano que a mí me ha muerto,
de una vuelta se adornaba
de red.
VENTURA
Bolsillos pescaba.
DON MELCHOR
Y ésta trae el puño abierto.
VENTURA
No estaba el otro cerrado
para agarrar los docientos.
Llégala a hablar.
DOÑA MAGDALENA

 (Aparte.) 

Pensamientos,
¿qué piélago os ha engolfado
de contrarias suspensiones?
DON ALONSO
Don Melchor, ¿cómo no habláis
a vuestra esposa?
DON MELCHOR
Agraviáis
las cuerdas ponderaciones
que en esta belleza admiro,
si limitáis su silencio:
callo, adoro, reverencio
y hablo más cuanto más miro.
Perdonad, señora mía,
a la lengua, si a los ojos,
para gozar los despojos
de ese sol que luz me envía,
se pasa; que si es verdad,
que amor al esposo obliga
que lo primero que diga
sea alguna necedad,
yo juzgo por caso recio
la primer vez que os adoro
entrar contra mi decoro,
por los umbrales de necio.
DOÑA MAGDALENA
Estáis tan acreditado
conmigo ya, que si fuera
posible que en vos cupiera
esa ley de desposado,
juzgara por discreción
cualquier desacierto vuestro.
VENTURA
Cada cual se dé por diestro:
buena está la introducción,
y vuesa merced me tenga...
cuando me vaya a caer;
que habemos los dos de ser
un par hasta que otro venga.
DON SEBASTIÁN
Entre tanto parabién
los de un vecino admitid,
de quien podréis en Madrid
serviros siempre, y también
los de mi hermana que agora
añade a su vecindad
nuevos grados de amistad.
DON JERÓNIMO
Doña Ángela, mi señora,
y el señor don Sebastián,
posan los cuartos de arriba,
y en su noble sangre estriba
la voluntad con que os dan
parabienes, que merecen
mucho.
DON MELCHOR

 (A DON JERÓNIMO.) 

Salid vos por mí
fiador, pagaréis así
los favores que me ofrecen;
que como recién venido,
caer en mil faltas temo.
DOÑA ÁNGELA

 (Aparte.) 

El leonés es por extremo,
como no oliera a marido.
DON ALONSO
Esta noche habéis de ser
mis convidados los dos.
DON SEBASTIÁN
Basta mandárnoslo vos.
VENTURA

 (Aparte.) 

Eso sí; haya que comer.
DON ALONSO

 (Aparte a DON MELCHOR.) 

Ya estáis, hijo, en vuestra casa:
desposado saldréis della.
DON LUIS

 (Aparte a DON MELCHOR.) 

¿Haos parecido muy bella
la novia? ¿Mas qué os abrasa?
¿Mas que ya habéis olvidado
aquella mano homicida?
DON MELCHOR

 (Aparte a DON LUIS.) 

Quien bien ama, tarde olvida:
que estoy más enamorado
por ella, amigo, os advierto.
DON LUIS

 (Aparte a DON MELCHOR.) 

¿Pues no es la de vuestra esposa,
para mano, tan airosa,
y tan bella?
DON MELCHOR

 (Aparte a DON LUIS.) 

No por cierto.
QUIÑONES

 (Aparte a su ama.) 

¿Hay suerte como la tuya?
¡Que el primer hombre que quieres
sea tu esposo! ¡Dichosa eres!
DOÑA MAGDALENA

 (Aparte a la dueña.) 

No sé deso lo que arguya.
Pensamientos solicitan
guerra, en mi pecho, cruel,
y si unos vuelven por él,
otros le desacreditan.
DON JERÓNIMO

 (Aparte.) 

Temo que nuestra vecina,
según lo que en mi alma pasa,
por dueño se quede en casa.
DON LUIS

 (Aparte.) 

¡Ay Magdalena divina!
Ya te lloro enajenada.
QUIÑONES
¿Cómo te llamas?
VENTURA
Ventura.
QUIÑONES
Buen nombre y mala figura.
VENTURA
Soilo, mas no descartada.
DON SEBASTIÁN

 (Aparte a su hermana.) 

¿Qué, hermana, te ha parecido
del leonés forastero?
DOÑA ÁNGELA

 (Aparte a DON SEBASTIÁN.) 

Gallardo para soltero,
pesado para marido.
DON MELCHOR

 (Aparte.) 

¡Ay, mano hermosa, cumplid
palabras y juramentos!
VENTURA

 (Aparte.) 

¡Ay mis escudos doscientos!
Espirasteis en Madrid.



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