Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Indice
Abajo

Eugenio María de Hostos: noticia biográfica

Eugenio Carlos de Hostos






- I -

«Al día siguiente de morir, le vemos levantarse transfigurado en la Historia».


E. M. de Hostos.
(Discurso en la tumba de M. A. Malta)
               


El extraordinario varón a quien la Historia de la Civilización abrió sus páginas el día 11 de agosto de 1903, aparece en ellas con luz propia.

Mientras no se le desentraña, el brillante irradia sólo al golpe de luz que hiere la faceta mal oculta: Como con el brillante, así con Eugenio M.ª de Hostos. Sólo después del día siguiente al once de agosto se nos presenta como era:

Filósofo, su saber es enciclopédico, pero le cautivan los problemas sociales; sociólogo, es el primero en intentar la constitución de la Ciencia de la Sociología; pedagogo, se ciñe estrictamente a los métodos de la razón; escritor didáctico, es un sistematizador; jurista, es un constitucionalista eminente; literato por temperamento, contiene su imaginación, detiene el vuelo de su pluma y piensa que sólo obras didácticas deben escribirse; periodista, es asombrosa su fecundidad y admirable la rectitud de su apostolado; publicista, cultiva la Sociología, el Derecho, la Moral, la Pedagogía, la Historia, la Literatura, la Gramática, la Lingüística, la Geografía, la Crítica, la Lógica; orador, su verbo es grandilocuente, subyuga con el dulce acento de su voz, convence con el vigor de su razonamiento, arrastra con la belleza de su palabra, pero no consiente el aplauso y se domina hasta dejar de ser tribuno para convertirse en conferenciante.

Filántropo amoroso y concienzudo, no divulga el bien que hace; patriota egregio, de fe incontrastable y perseverante, nacido en el coloniaje, tiene el mundo por ara de la libertad; apóstol, practica el bien, pregona el deber de cumplir con todos los deberes, dulcificando bajo el ala de una bondad inextinguible la austeridad de sus costumbres y sus máximas; revolucionario, ama el progreso, trabaja infatigablemente por él, es un evolucionista inteligente y práctico, y resulta un civilizador; artista delicadísimo, se extasía ante la naturaleza, y el mar, el cielo y el campo le embelesan, admira las bellas artes y cultiva la música y las bellas letras.

Leal por inclinación, franco por sentimiento, abnegado por convicción, es un carácter por innato amor al bien y libre disposición al ideal: es un bueno, es un sabio, su capacidad intelectual es extraordinaria, su sensibilidad es exquisita; su disposición al bien, de toda hora; y, sin embargo, en la apacible serenidad y sencillez de su vida1, pasa casi desapercibido, oculto bajo la capa de su modestia, infinita y benevolente.


En su físico, Hostos tuvo una hermosa cabeza, en sus mocedades cubierta por una cabellera negra y rizada que el tiempo tornó en gris y sedosa, cuando habría querido verla blanca, y que él peinaba hacia atrás, la cual dejaba completamente descubierta una ancha frente con grandes entradas laterales.

Desde su juventud usó crecida la barba, que encuadraba una fisonomía simpática, perfilada por una nariz aguileña y animada por ojos grandes y expresivos, de color verde, que la edad puso grises y contemplativos. La tez, blanquísima y sonrosada, ligeramente tostada por el sol.

Estatura regular, complexión robusta, andar mesurado, ademán naturalmente majestuoso, completaban un todo en que había perfecta armonía entre el ser moral e intelectual y el físico. La modestia arropaba al hombre y al pensador.


Don Eugenio María de Hostos y Bonilla nació en el partido de Río Cañas, alrededores de Mayagüez, Puerto Rico, el 11 de enero de 1839, un día tempestuoso. Su padre, don Eugenio María de Hostos y Rodrigo de Velasco, era hijo de español, don Juan José de Hostos, y dominicana, doña Altagracia Rodrigo de Velasco, hija de españoles; hombre recto, laboriosísimo, ilustrado, estaba muy atrasado entonces por reveses de fortuna, pero más tarde se hizo propietario acaudalado, y a pesar de su filiación liberal mereció del Gobierno el nombramiento de Notario honorario de la Reina. Su madre, doña Hilaria de Bonilla, era hija de puertorriqueños: don Francisco Javier de Bonilla y doña María de Jesús Citrón y Veles; santa mujer, inteligente, virtuosa y bondadosísima.

A pesar de que su niñez fue enfermiza, Hostos se hizo notar desde pequeño por su aplicación, siendo a la vez un muchacho juicioso, bondadoso y vivo de carácter. A los ocho años empezó la instrucción primaria en el Liceo de San Juan, que dirigía don Gerónimo Gómez Soto Mayor. De doce a trece años, después de haber recibido en su casa unos tres meses de lecciones de francés, en los cuales el maestro le enseñó «todo lo que sabía», fue enviado a seguir el bachillerato en el Instituto de Segunda Enseñanza de Bilbao, España. Terminada su instrucción secundaria regresó a Mayagüez, de donde, por complacer a su padre, a poco volvió a España, para estudiar derecho en la Universidad Central de Madrid, aun cuando su vocación era la milicia, pues quería ser artillero. Llevaba como pupilo a su hermano menor, Carlos, antiguo alumno del Seminario Conciliar de San Ildefonso, en San Juan de Puerto Rico.

Robustecido en la adolescencia, Hostos entró en la juventud acentuando los rasgos de su carácter: su maduro juicio, su aplicación, su elevado modo de pensar, su bondad -que dos veces le llevó a contraer las viruelas malas, en Madrid, asistiendo a amigos suyos atacados del mal- le valieron muy pronto consideración, estimación y distinción verdaderas por parte de las muchas connotadas personalidades de la época. A asegurar su posición social contribuyeron también sus artículos de periódicos y sus discursos en el Ateneo de Madrid en favor de las Antillas (Cuba y Puerto Rico), y de los negros esclavos.

Esos tempranos trabajos patrióticos y humanitarios, cristalizados en 1863 en La Peregrinación de Bayoán -que pintaba los horrores del régimen colonial español y gritaba libertad-, y en una formal petición de autonomía para las Antillas y de libertad para los esclavos, lo lanzaron al republicanismo español, restándole, naturalmente, la amistad de los conservadores y trayéndole la ojeriza del Gobierno.

Convencido de que los gobiernos monárquicos no harían en favor de las Antillas nada de lo que él creía necesario para mejorar su suerte, se decidió a contribuir con su esfuerzo personal al derrocamiento de Isabel II y a la implantación de la República, después que los republicanos españoles se comprometieron a darles la autonomía a Cuba y a Puerto Rico, una vez proclamada la República2. Él desempeñó importantes y peligrosas comisiones confiadas a su inteligencia y actividad, verificando viajes por la Península y agitando a Barcelona, hasta que el conde de Cheste impuso censura a la prensa, debido a lo cual marchó a París, donde se estableció cerca de la junta que formaban Castelar, Salmerón, el general Prim y otros notables españoles. Estos trabajos lo alejaron de la Universidad cuando ya iba a terminar su carrera.

Su gestión durante el Gobierno Provisional esperanzó a Hostos. Ofreciéronle que en la nueva Constitución se concedería la autonomía a las Antillas. Sin embargo, establecida la República, los republicanos olvidaron sus compromisos con Hostos, y dejando de ser liberales para continuar la equivocada política monárquica, postergaron a Cuba y a Puerto Rico. Ese proceder desesperó e indignó a Hostos, y comprendió que lo que Cuba y su patria necesitaban habían de obtenerlo por sí mismas, y se fue al Ateneo viejo de Madrid a demostrar la injusticia del Gobierno colonial en las Antillas, haciendo palpar el error de España, y su conveniencia en subsanarlo, en el célebre discurso del 20 de diciembre de 1868:

«[...] debo llamar solemnemente vuestro patriotismo y vuestra atención hacia un modo de federación española que salvaría para España dos miembros importantísimos de su nacionalidad actual.

Señores: las colonias españolas están hoy en un momento crítico. Víctimas de un despotismo tradicional, una y mil veces engañadas, ¡engañadas, señores, lo repito!, no pueden, no deben seguir sometidas a la unidad absurda que les ha impedido ser lo que debieran ser, que les prohíbe vivir.

España no ha cumplido en América los fines que debió cumplir, y una tras otra las colonias del Continente se emanciparon de su yugo. La Historia no culpará a las colonias».


En seguida lanzó un manifiesto separatista y se dirigió a París, dispuesto a ir a Nueva York a ofrecer sus servicios a la Junta Revolucionaria de Cuba, que acababa de dar un nuevo grito de independencia. Hostos no titubeó para dar ese paso: así como en 1863 no aceptó por lógica que Rada y Delgado -español- prologara La Peregrinación de Bayoán (ni la influencia que por ella le ofrecía Ros de Olano, representado en el gabinete por O'Donell), así, en 1868, no trepidó en sacrificar al ideal la gloria que le sonreía. Renunció entonces la diputación de Puerto Rico, que se le ofrecía.

Como desde París había trabajado por la libertad de España, laboraría en Nueva York por la independencia de Cuba. El ideal es grande: se dilata por sobre los lindes de la tierra y despliega su bandera en el espacio de todas las naciones. Por él lucharon Lord Byron en Grecia, Mac Gregor en Venezuela, Lord Cochrane en Chile, Gordon en China, Lafayette en América, Miranda en Europa. Servir a los hermanos era un deber de patriotismo; ayudar a Cuba en su independencia era además dar un paso en favor de la independencia de su patria, a la que Cuba podría auxiliar más tarde.

Durante dos años no hubo un patriota más entusiasta, un propagandista más concienzudo, un revolucionario más sereno ni más activo; la tribuna y la prensa le escucharon noche tras noche, día tras día, exaltar incesantemente el patriotismo, amasar fondos, allegar recursos bélicos, dirimir cuestiones, organizar expediciones. El mismo se embarcó con una en el Charles Miller, acompañando al delegado y ex vicepresidente Francisco V. Aguilera, en calidad de Ministro de la Guerra, pero naufragó.

Comprendiendo la importancia que tendría para Cuba el apoyo moral y material de las repúblicas latinoamericanas, abandonó la dirección de La Revolución, el órgano oficial de la Junta, y en misión voluntaria se dirigió a la América del Sur en 1871. Por espacio de casi cuatro años le vieron multiplicarse en su propaganda Colombia, el Perú, Chile, la República Argentina y el Brasil.

Centenares, miles de artículos y discursos patrióticos en pro de las Antillas no obstaron, sin embargo, a su espíritu altruista para atender a las necesidades de los países que recorría. El Perú no olvida, entre otras, la piadosa campaña que Hostos hizo en favor de los chinos, vejados, esquilmados y perseguidos por la inconciencia de contratistas y la animadversión de malintencionados, ni olvida tampoco el desprendimiento con que le defendió de las especulaciones de los concesionarios del Ferrocarril de la Oroya, llegando a despreciar $ 200,000 que, «para Cuba», le ofreció el contratista Meiggs si, «con un solo artículo suyo», inclinaba en favor de su concesión la opinión pública. Hostos, que examinaba en las columnas de La Patria de Lima las propuestas presentadas, continuó imperturbablemente su crítica, y como encontrara que la proposición de Meiggs era la más onerosa para el pueblo, a pesar de que ofrecía un tipo más bajo que otras, así lo probó.

Nadie en Chile abogó antes que él en favor de la enseñanza científica de la mujer. Por eso las primeras doctoras y abogadas que se graduaron en Santiago dijeron con justicia que a Hostos se debían los nuevos horizontes que se abrían a la mujer en Chile.

Hostos fue el primero que abogó en la República Argentina por la construcción del Ferrocarril Trasandino. En recuerdo de su propaganda, la primera locomotora que subió a los Andes fue bautizada «Eugenio María de Hostos».

Durante esa larga peregrinación trabajaba en los periódicos para ganarse la vida, así como mientras residió en Nueva York tradujo para la casa de Appleton, entre otras obras, muchas de las Cartillas científicas; pues nunca, ni entonces, ni después, pidió, ni Cuba le ofreció, un solo centavo por sus servicios. Asimismo, tampoco solicitó nunca ningún honor por ellos.

En su estada en Santiago de Chile, de 1872 a 1873, Hostos formó parte de la Academia de Bellas Letras y además de sus trabajos de propaganda publicó la Biografía crítica de Plácido (el poeta cubano Gabriel de la Concepción Valdés), la Reseña histórica de Puerto Rico, La enseñanza científica de la mujer, la Memoria de la Exposición de 1872 (que fue premiada), y el Juicio crítico de Hamlet, que han encomiado los mejores literatos de América, y se ha publicado en Alemania como uno de los cuatro grandes trabajos escritos en el mundo sobre Shakespeare; y sus amigos reimprimieron La Peregrinación de Bayoán. En el prólogo de esa segunda edición el autor contó la historia de la primera, secuestrada en 1863 por el Gobierno español para que no circulara en Puerto Rico.

Desde el Brasil, en donde escribió una serie de cartas sobre la exuberante naturaleza del país a La Nación de Buenos Aires, el señor Hostos volvió a reanudar sus labores de Nueva York en 1874, dirigiendo con el notable literato cubano Enrique Piñeyro La América Ilustrada y cooperando tan activa y eficazmente a la Exposición Internacional de Chile, de 1875, que la comisión directiva le acordó una medalla de oro.

En 1875 se trasladó a Puerto Plata, República Dominicana, en donde dirigió Las Tres Antillas, salvó de las persecuciones gubernativas a las emigraciones cubana y puertorriqueña, cuyos trabajos revolucionarios organizó en seguida, y trabajó eficazmente por la libertad y la civilización, hasta su nuevo regreso a Nueva York en 1876. De aquí salió para Venezuela, a continuar su propaganda revolucionaria, instado por un antiguo amigo de los comienzos de la revolución, el general Pedro Arismendi Brito, descendiente de patriotas continentales, que en 1870 había ido a Nueva York a ofrecer sus servicios a la libertad de Cuba.

Como sucedía siempre, su brillante pluma y su elocuente palabra le dieron a conocer en seguida; durante casi dos años fue infatigable su propaganda hablada y escrita, publicando además el Retrato de Francisco Vicente Aguilera, el abnegado patriota, que siendo propietario de Bayamo prefirió entregar la ciudad a las llamas, antes que la ocuparan los españoles.

Esta estada de Hostos en Caracas será para la historia de la pedagogía el punto de partida de sus investigaciones acerca del Pestalozzi americano. Quizás tenga que remontar más, en su monografía, hasta Madrid, hasta París, hasta Europa, en donde, en sus mocedades se empapó en los «queridos libros» de los grandes filósofos y pensadores del siglo XVIII; pero el caso es que en Caracas fue en donde se inició Hostos en el ejercicio del magisterio, en un colegio que acababa de abrir el señor Soteldo; por más que a poco, «discordancia de miras y métodos en la enseñanza, le hicieran separarse del establecimiento».

En 1877 casó en Caracas con Belinda de Ayala y Quintana, de quien dijo en la carta en que pidió a su padre permiso para casarse: «es del mármol de donde se pueden sacar estatuas perfectas». Su matrimonio, efectuado el 9 de julio, fue bendecido por Monseñor Ponte, Arzobispo de Caracas, a solicitud de éste. El doctor Carlos Filipo de Ayala, padre de su esposa, había sido deportado a Fernando Poo -África- en compañía de sus cuñados los Quintana y otras notables personas de la Habana; fugado del destierro, perdida su fortuna y no queriendo volver a Cuba española, se había establecido en Venezuela. Hostos se trasladó poco después a Saint Thomas, en donde le sorprendió el «Pacto del Zanjón», que con engañosas reformas puso fin a la «guerra de diez años» por la independencia de Cuba.

Ese fue un rudo golpe para el patriota que hacía quince años preparaba la Confederación Antillana: cuando no conocía a Cuba, que nunca conoció, Madrid le oyó en 1863 pedir para ella el self government; cuando no conocía a Santo Domingo, Nueva York le vio recomendarlo y darlo a conocer en 1870; cuando no más que simpatías espontáneas y convencimientos concienzudos forjaron en su mente la Confederación, La Peregrinación de Bayoán la proclamó al sentimiento de los antillanos. Mas como si los diez años de lucha por la libertad de Cuba habían sido infructuosos, no habían sido inútiles los quince de propaganda por el ideal que geografía, historia, raza, lengua, creencias y costumbres daba a las Antillas; y Santo Domingo se le había presentado en 1875, propicio a preparar en la paz los ciudadanos del porvenir y le convidaba además al descanso, después de tantos años de luchas, por la belleza de su suelo y la sencillez de buenas gentes de sus pobladores, Hostos volvió entonces a la República Dominicana a principios de 1879; esta vez, a la Capital. En ella empezó a formar su familia, con amoroso y ardentísimo celo3.

Poco después se le encargó la redacción del proyecto de Ley de Normales y en febrero de 1880 se abrió bajo su dirección la Escuela Normal de Santo Domingo. Su programa de educación integral, su método intuitivo-inductivo-deductivo, sus procedimientos objetivos gráficos y corpóreos, que habrían chocado pronto con la escuela clásica en cualquier pueblo menos retraído, desataron contra la Normal y su fundador las iras de los ignorantes y los mal hallados con las nuevas ideas.

Mas ni anónimos, ni guerra de zapa, ni guerra abierta, conturbaron ni hicieron variar de rumbo al sereno blanco de tanta maldad desencadenada, y cuatro años después, tras una prédica constante en el periódico y en la escuela, formando a un tiempo profesores y alumnos, exponiendo a un tiempo dos, tres y cuatro cursos de distintas ciencias -que los alumnos recogían de los labios del Maestro para formar con sus lecciones siempre improvisadas los tratados que debían suplir los textos que faltaban- la Normal triunfante presentó en rigorosos y brillantes exámenes para Maestros Normalistas (individuales y colectivos, orales y escritos), a los seis alumnos que habían terminado los cursos. El éxito fue completo: la prensa, el público y el Gobierno acallaron con sus voces la algarada. Pero el triunfo mayor de la Escuela, fue uno de conciencia: el Presbítero Billini, que había sido el portaestandarte de la encarnizada oposición a la Normal, íntimamente convencido de su error, hizo público reconocimiento de él. Noble y elocuente testimonio de su virtud.

La Normal presentó hasta tres cursos más de seis alumnos cada uno, y en ella se graduaron también dos grupos de maestras formadas al calor de la eminente poetisa Salomé Ureña de Henríquez, según los programas y procedimientos de la Normal.

Conjuntamente Hostos desempeñó en el Instituto Profesional las cátedras de Derecho Constitucional, Internacional y Penal y de Economía Política.

Durante los nueve años de magisterio en Santo Domingo que representa esa labor, Hostos escribió: (1881), Los frutos de la Normal (exposición de pedagogía práctica para las asignaturas de los cursos prácticos de la Normal) y las Comedias (1886), y dictó oralmente a sus discípulos El manejo de globos y mapas (preliminares del estudio metódico de la Tierra), las Lecciones de Derecho Penal, los Comentarios de Derecho Constitucional, los Prolegómenos de Sociología, el Tratado de Moral (dividida en natural, individual y social), los Ejemplos de Moral, la Crítica literaria, el Tratado de Lógica, la Ciencia de la Pedagogía, la Historia de la Pedagogía, la Geografía política e histórica y las Lecciones de Astronomía, y publicó multitud de artículos de periódicos (recopilados en Nueve años en Quisqueya), las Lecciones de Derecho Constitucional, premiadas en la Exposición de Guatemala (1897), recomendadas en el Congreso Jurídico de Lisboa (1888), que lo llamó a tomar parte en sus deliberaciones, y encomiadas en ambos mundos, mereciendo a su autor el diploma de la «Association des Italiens de Mérite» (de Palermo, Italia), y la Moral Social, igualmente elogiada por la prensa y los hombres eminentes.

Por esa época fue miembro muy activo de la Sociedad Unión iberoamericana4.

La extraviada carrera que llevaba la política del presidente Heureaux decidió a Hostos a aceptar en 1888 los llamamientos que le hacía el Gobierno de Chile desde 1885, durante la administración de don Domingo Santa-María, y que el nuevo presidente, don J. M. Balmaceda, reiteró por cable en 1887. No fue fácil decidirse, pues el afecto y la estimación que la sociedad dominicana le demostró al tratar de disuadirlo, llegaron muy hondo en su cariño a ella y a sus discípulos. Pero no era posible quedarse; y partió.

La manifestación de despedida que la Capital y los periódicos le hicieron, fue una demostración de pesar concienzudo que honra al pueblo dominicano.

Al llegar a Chile, a principios de 1889, el Gobierno le confió el Rectorado del Liceo de Chillán, de primera clase, con el objeto de introducir en él la reforma, el sistema concéntrico o evolutivo, que se quería implantar en la enseñanza pública. Pero deseando darle más campo de acción, el presidente Balmaceda y el ministro Bañados Espinosa crearon en Santiago, especialmente para él, el Liceo de primera clase «Miguel Luis Amunátegui», a cuyo frente lo pusieron en mayo de 1890.

La cátedra de Derecho Constitucional en la Universidad, la «Societé Scientifique du Chili», el Ateneo (que lo hizo su Director), el Club del Progreso, el Centro de Profesores (de que fue iniciador y fundador), ocuparon su tiempo alternativamente entre sí y conjuntamente con las tareas de la Rectoría y las clases del Liceo, durante ocho años, hasta abril de 1898.

A partir de 1895, en que se terminó el primer curso (seis años de estudios), el Liceo «M. L. Amunátegui» mereció la atención pública por su disciplina y aprovechamiento, siendo especialmente aplaudidas en cada nuevo examen, por su mérito y novedad, las asignaturas a cargo del Rector.

El senador don Guillermo Matta, el poeta, miembro académico de la Universidad y ex ministro, expresó en la Cámara, en una ocasión, sus elogios, diciendo: «Hostos es el extranjero de más vasta cultura intelectual que ha venido a Chile, después de Bello».

El diputado don Carlos T. Robinet hizo en la Cámara joven otra valiosa manifestación pública, diciendo: «[...] el Liceo "M. L. Amunátegui" está dirigido por un notable pedagogo que se ha dedicado a la enseñanza con una constancia verdaderamente rara, como lo hacen muy pocos hombres, sólo los hombres que merecen el dictado de apóstoles de la enseñanza».

La revolución de Cuba de 1895 encontró a su infatigable propagandista de «los diez años» igualmente entusiasta y convencido, dedicándole todo el tiempo que sus quehaceres oficiales le dejaban libre. Hostos estableció sociedades, creó periódicos, promovió meetings, y escribiendo o hablando, promovió por sí solo el poderoso movimiento de opinión pública con que el pueblo de Chile se puso al lado de Cuba Libre.

La labor literaria de Hostos, mientras tanto, fue fecunda: de 1890 a 1898 publicó La Reforma de la Enseñanza del Derecho (en colaboración con los eminentes tratadistas don V. Letelier y don J. Bañados Espinosa); la Descentralización administrativa (primer premio en el «Certamen Várela»); los Programas de Castellano y los de Historia y Geografía (premiados por el Consejo Superior de Instrucción Pública en Concurso Universitario); la Geografía Evolutiva (cuya primera edición, íntegra, compró el Gobierno); y las Cartas públicas acerca de Cuba (que Letras y Ciencias reprodujo por entregas anexas a sus ediciones, en Santo Domingo); escribió La crisis constitucional de Chile, que ha quedado inconclusa; la Geografía Evolutiva, tercera y cuarta partes (inéditas), y ocho Memorias en su calidad de Rector del Liceo; dictando, además, oralmente a sus discípulos, las Lecciones de Geografía física, los Prolegómenos de Ciencia de la Historia, la Gramática General, los Prolegómenos de Psicología, la Historia de la Civilización antigua, la Historia de la lengua castellana, la Literatura, la Gramática castellana, las Lecciones de historia de la literatura y los Cuadros de Historia de la Edad Media. Al mismo tiempo pronunció una serie de magníficos discursos (como el del entierro de M. A. Matta y el de la inauguración del Centro de Profesores), y colaboró5 en

Los Tiempos de Talca, El Heraldo y La Patria de Valparaíso, La Libertad Electoral y La Ley de Santiago y El Propagandista de Caracas, en los cuales se publicaron sus notables trabajos Poder municipal y poder electoral, Los restos de Colón, América precolombina6, Quisqueya: Su sociedad y algunos de sus hijos, Cartas comentadas y La beligerancia de Cuba.

Pero la revolución de Cuba encontró a Hostos tan lejos del teatro de la acción, al estallar en Baire, que el ánimo del patriota se quebrantó al verse imposibilitado de servir activamente a la Revolución y fue haciéndose tan intenso su sufrimiento, a medida que pasaba el tiempo, que al fin su vehemencia de patriota (y quebrantos de familia) lo decidieron a acercarse al campo de la lucha. Para el patriota, el deber debía cumplirse hasta el último momento, por concienzuda y abnegadamente que se hubiera cumplido en otra época.

No habiendo podido evitar el viaje, sus amigos y el Gobierno quisieron compelerlo a volver, y al efecto el Ministerio de Instrucción Pública lo comisionó para estudiar en los Estados Unidos los Institutos de Psicología experimental, sobre los cuales debía informar. Aceptada a mediados de abril de 1898 su renuncia de Rector y Profesor del Liceo «M. L. Amunátegui», Hostos embarcó en Valparaíso pocos días después, recibiendo las mayores muestras de afecto y consideración. Sólo seis meses después se llenó su vacante en el Liceo.

Como un homenaje a la labor de Hostos en pro de la cultura nacional, los exploradores alemanes doctores Stange y Krüger, comisionados por el Gobierno de Chile para estudiar la región del Palena, en la Patagonia chilena, han inmortalizado su nombre en la geografía del país en el «Monte Hostos».

La guerra hispanoamericana, que Hostos había previsto, y a la cual quería adelantarse para preparar los trabajos por la independencia de Puerto Rico, de modo que aquélla fuera un auxiliar de éstos, se precipitó tanto y tuvo un desarrollo tan vertiginoso, que cuando él llegó a Venezuela (en donde debía dejar a su familia, para seguir viaje a los Estados Unidos, provisto de plenos poderes de los comités y sociedades revolucionarias establecidos en Chile, Perú, Colombia y Venezuela, autorizándolo a entenderse con la Junta de Nueva York sobre el mejor cumplimiento del artículo primero de las Bases del Partido, en lo que a Puerto Rico se refería); la guerra, que no había estallado cuando el patriota dejó a Valparaíso, estaba terminada -si se la considera estratégicamente- pues destruidas las escuadras españolas de Asia y las Antillas en Manila y en Santiago de Cuba, y próximas a ser invadidas por las tropas americanas Cuba y las Filipinas, ya se había abolido la dominación española en ellas. Sin embargo, quedaban instantes y él quiso aprovecharlos: sin pérdida de tiempo voló a Nueva York, para adelantarse a la ocupación de Borinquen, pero desgraciadamente cuando él llegó ya se preparaba a partir de New Port News la expedición del general Miles, que desembarcó en Guánica el 25 de julio.

Dándose cuenta cabal e inmediata de la situación, hizo entonces esfuerzos extraordinarios por conseguir que la expedición fuera acompañada por un grupo de patriotas que, comprendiendo la situación de Puerto Rico, al mismo tiempo que asesoraran al general Miles, evitaran que la conducta de los puertorriqueños que acompañaban al Gobierno español pudiera comprometer la suerte del país hasta el punto de presentarlo a los americanos, no como un pueblo ansioso de libertad e independencia, sino como cosa de España, que ellos podían arrebatar a ésta. Empero, todo fue inútil.

El dolor inmenso, la angustia, verdadera agonía de un corazón y un cerebro que veían írsele de entre las manos el ideal a que habían consagrado todas sus palpitaciones, toda su energía, toda su capacidad, partió el alma de Hostos, que desde entonces consideró de más todo lo que vivía después de prueba tan grande.

Pero comprendiendo que todavía podía hacer un último esfuerzo por Puerto Rico, con una energía que sólo un alma como la suya era capaz de desplegar, reunió a sus compatriotas, y en dos memorables sesiones organizó la «Liga de Patriotas Puertorriqueños», con los elementos de la Sección Puerto Rico del Partido Revolucionario Cubano.

Como la ocupación de Puerto Rico por las armas americanas -consentida después por el tratado de París- creaba para la Isla una situación de hecho incompatible a un tiempo con la dignidad del pueblo puertorriqueño y con los principios de la Constitución americana, la Liga, amparándose en éstos para salvar aquélla, sentó como su primera base, su principio político: debía trabajar por que la Unión Americana reconociera al pueblo de Puerto Rico el derecho de decidir por sí mismo de su suerte, plebiscitariamente. Y como vida y libertad eran incompatibles con el estado en que la Isla se hallaba después de 407 años de coloniaje español, la Liga sentó en segundo lugar su base social: el principio de la civilización del pueblo mediante la organización y difusión de una educación pública racional y por el establecimiento de una serie de instituciones culturales eminentemente patrióticas.

Era necesario empezar a trabajar en seguida y el fundador de la Liga marchó a establecerla en Puerto Rico. Un deber de gratitud a Juana Díaz, que por cable había trasmitido a Nueva York su adhesión, lo determinó a reunir en ella la primera asamblea, fundando también inmediatamente las conferencias y el Instituto Municipal, que él mismo organizó. Exigiendo el establecimiento de la Liga en cada uno de los centros urbanos de la Isla una activa propaganda, él la inició desde el primer momento en los periódicos de Ponce, a donde a menudo se trasladaba para dirigir personalmente los trabajos de instalación de la directiva departamental.

Como delegado de la asamblea de Juana Díaz tomó parte en una de comisionados de los departamentos que se provocó sin resultados en San Juan, por octubre de 1898, y a la cual presentó una ponencia de instrucción pública.

No arribándose a acuerdo entre las poblaciones para enviar a Washington un comisionado que expusiera al Gobierno americano las necesidades de Puerto Rico y obtuviera los medios necesarios para satisfacerlas, Ponce, Peñuelas, Adjuntas y Juana Díaz se reunieron y nombraron para los fines indicados a Hostos, al doctor J. J. Henna, al doctor M. Zeno Gandía y al doctor R. del Valle. «La Comisión de Puerto Rico», que así debía llamarse, porque iba a alegar por las necesidades generales de la «madre isla», aunque no representaba sino a parte de su pueblo, se reunió en Nueva York bajo la presidencia de Hostos, cuyo nombre era el primero en todas las credenciales, a principios de enero de 1899.

La Comisión preparó sus trabajos con gran celo y sólo desplegando mucha actividad pudo trasladarse a Washington el día 17. El presidente Mac Kinley la recibió en audiencia el 21, oyéndola detenidamente. De los doce trabajos que los comisionados le presentaron, ocho eran obra de Hostos: los tres primeros mensajes o memorias (address) y las peticiones «de derecho y de gobierno», de «concesiones económicas», de «concesiones educacionales», de «concesiones para la enseñanza agrícola», de «concesiones militares».

Hostos no pudo aguardar el resultado de las gestiones de la Comisión con el presidente y regresó a Puerto Rico, en donde, a poco, se presentó la Comisión civil americana, a la cual, en nombre de la asamblea de la «Liga de Patriotas» y en el del Ayuntamiento de Juana Díaz, expuso las necesidades de la Isla en un magistral alegato que después de examinar los recursos naturales, los ultrajes inferidos a la vida de Puerto Rico por la dominación española, el estado de facto en que Borinquen se encontraba y los principios del Gobierno americano, concluía presentando las bases del gobierno civil que convenía a la Isla7.

La fundación del Instituto Municipal de Mayagüez lo llevó a esta ciudad en abril. En ella pasó el patriota el resto del año. Durante todo él fue incesante su labor: a pesar de las faenas del Instituto, escribía en varios periódicos de la Isla estudiando extensamente «El propósito político de la Liga de Patriotas» y «El Plebiscito», sobre todo, y otras cuestiones de interés nacional8, y exponía en las conferencias para el pueblo, que la Liga preceptuaba, los fines de ésta y los principios del Gobierno americano.

Pero como todo parecía inútil después de una prédica incesante durante más de un año, en que ni el ejemplo, ni la palabra, ni la pluma -en la escuela, la tribuna y el periódico- bastaron a despertar al pueblo puertorriqueño, porque la visión del patriotismo parecía haberse desvanecido en las sombras del coloniaje secular, y aquél se mostraba incapaz de comprender la realidad de sus necesidades o se obstinaba en no querer comprenderla, Hostos se vio obligado a aceptar el llamamiento cablegráfico de sus discípulos de Santo Domingo, que después de haber pasado doce años recordándolo en cartas y en periódicos, le decían por medio del jefe del Gobierno provisional, el presidente Vásquez: «País, discípulos reclámanlo».

Derrocada la tiranía, el pueblo dominicano mostraba tan concienzuda comprensión de sus derechos y deberes; su generosa juventud parecía tan instruida del camino que debía seguir para asegurar su libertad y se presentaba tan deseosa de ejercitar todos los medios dignos y dignificadores para alcanzar el noble fin, que la esperanza alentó al Apóstol, ya decepcionado y con el corazón desgarrado, y le hizo pensar en que podía ser más fructuosa su labor fuera, que dentro de la patria, que no se dejaba modelar.

La ciudad del Ozama se mostró regocijada al recibir entre sus brazos al Maestro y a su familia, el 6 de enero de 1900.

Venía a trabajar por la patria nueva, y sus discípulos, que lo rodeaban, debían auxiliarlo. Conferencias y artículos de periódico sentaron pronto los principios a que debía sujetarse la nueva vida y luego quedó constituida la Liga de Patriotas. Llamado en seguida a la Dirección del «Colegio Central de Santo Domingo», lo fue a poco, por el Gobierno, a la Inspección General de Instrucción Pública. Aquí el campo se dilataba: la educación pública, abandonada durante quince años, exigía un supremo esfuerzo patriótico: Hostos lo hizo. Dos viajes de inspección y estudio, creando escuelas y redactando instrucciones para organizarías, aunando voluntades, propagando las necesidades de la patria, alentando esperanzas, imbuyendo fe por campos y ciudades; cuatro proyectos: el de Ley de Escuelas de Bachilleres, el de Ley reformada de Escuelas Normales de Maestros y Profesores, el de Ley de fondos nacionales y municipales para la Enseñanza Normal, y el voluminoso Proyecto de Ley General de Enseñanza Pública y un informe sobre el estado de la educación común, fueron el resultado de sólo un año de trabajo, pero de labor ímproba e infatigable.

Cuando a eso agregaba un curso de Inglés y otro de Pedagogía, a aspirantes y a maestros; un curso de Derecho constitucional y uno de Sociología (que la Historia de las Ciencias en Santo Domingo y la particular de esa rama del saber humano recordarán como el primer ensayo de constitución de la ciencia de la Sociología), esfuerzo colosal de un cerebro abrumado por el trabajo y solicitado al más vario ejercicio de sus funciones; cuando de ese modo consagraba el Maestro su devoción a la patria dominicana, surgieron en consorcio, amenazantes, las bajas pasiones y los sentimientos mezquinos de otros tiempos y se desbordaron sobre él y sobre su obra. Mientras la ola subía y pasaba, el impasible Maestro recibía el honroso voto de adhesión y simpatía de la mejor parte del pueblo dominicano y ofrecía en cambio el Tratado de Sociología, organizaba la Sociedad El Normalismo, fundaba un Club Gimnástico, escribía diariamente en El Normalismo, presidía la Sociedad de Enseñanza, preparaba su tratado sobre El Kindergarten, trabajaba por el establecimiento de la escuela froebeliana (particular), proseguía su curso de Derecho constitucional, abría uno nuevo de nociones de la misma ciencia (dictando unas Nociones de Derecho Constitucional), y gestionaba activamente la fundación de una escuela práctica de agricultura en La Vega.

La necesidad de organizar de nuevo las Escuelas Normales llevó a Hostos a la Dirección General de Enseñanza Normal, desde donde debía dirigir personalmente la Escuela Normal de Maestros de Santo Domingo, en julio de 1902. Había que repetir el esfuerzo de hacía 22 años, porque la tiranía -que todo lo había desorganizado- dispersó los elementos de la Normal, como perjudiciales a sus manejos.

En la Dirección General redactó los Programas para las Escuelas Normales.

Cuando apenas acababan de presentarse los primeros exámenes de la nueva Normal, y repercutía aún el eco de los aplausos al éxito alcanzado; cuando todavía no sé había repuesto Hostos de un fuerte ataque de gripe que hacía un año lo había obligado a buscar un retiro en el campo, a orillas del mar, fue presa su debilitado organismo de una fiebre infecciosa de origen gastro-intestinal que, en cinco días, ayudada por la profunda y depresiva acción que había ejercido sobre su organismo anímico la pérdida de la independencia y el malestar de Puerto Rico, así como la innoble campaña del ultramontanismo en 1901 y las recientes profundísimas desgracias de Santo Domingo, lo arrancaron del seno de su familia, perdurablemente desolada desde entonces, el 11 de agosto de 1903, a las 11:15 p. m., durante una perturbación atmosférica.

América y Europa se han inclinado reverentes a su memoria. La República Dominicana y Puerto Rico, sobre todo, que más hondo han sufrido la inmensa desgracia, han hecho las más expresivas demostraciones de su inmenso y justo dolor.




- II -

Hostos y Puerto Rico


La labor de Eugenio María de Hostos por Puerto Rico se inicia en Madrid en 1863, cuando él apenas contaba veinticuatro años, con la publicación de La Peregrinación de Bayoán, novela poemática en que combatía el régimen político y social imperante en las Antillas españolas, por lo que el Gobierno confiscó la edición, cuando empezaba a circular el libro en la Isla.

Menos de dos años después, la célebre «noche de San Daniel» (10 de abril de 1865) ligaba el nombre de Hostos a la historia episódica de España (V. pág. 139 de Prim por B. Pérez Galdós); y ya metido de lleno en la política y con las Antillas por norte de su actividad, Hostos se multiplicó escribiendo por tres años en los periódicos de Madrid La Soberanía Nacional, La Iberia y La Nación y en la revista para las Antillas de este mismo nombre9.

La activa participación que Hostos tomó en la preparación del movimiento revolucionario que culminó en el destronamiento de Isabel II no tuvo otro móvil que su empeño por obtener las reformas que habían de asegurar la libertad civil, política y social de Puerto Rico, como lo demuestran sus trabajos con don Segismundo Moret y don Nicolás Azcárate en La Voz del Siglo, de Madrid, y su vigorosísima campaña en El Progreso, de Barcelona, suprimido ab irato por el Conde de Cheste, Capitán General de Cataluña (V. página 285 del libro Eugenio M. Hostos, Santo Domingo, 1904, artículo del Lcdo. Eladio Martínez y Cordero, de La Habana).

A la campaña periodística de esa época, Hostos unió su actividad epistolar: sus cartas de entonces repiten continuamente a don Salustiano de Olózaga, a don Práxedes Mateo Sagasta y a don Ángel Fernández de los Ríos, en París; a don Nicolás María Rivero, a don Pascual Madoz, a don Nicolás Salmerón, a don Emilio Castelar, a don Servando Ruiz Gómez y al Director del Partido Progresista en Madrid; a don Baldomero Espartero en Logroño y al Conde de Reus en Londres: «[...] queremos Gobierno y Asamblea coloniales para Puerto Rico y Cuba»; y que «desea la pronta independencia de Cuba y Puerto Rico, pero de tal modo que independencia no sea rompimiento de relaciones, sino creación de las que no existen hoy» (En el citado libro Eugenio M. Hostos, pág. 319, puede verse el texto de la contestación de Castelar a una de esas cartas).

La batalla de Alcolea precipitó los acontecimientos y sorprendió a Hostos en Francia, de camino para la frontera española. Él se apresuró entonces a presentarse al Gobierno Provisional constituido por la revolución triunfante, a pedir a los hombres del Gobierno Provisional que le cumplieran los ofrecimientos que como revolucionarios le habían hecho: iba a pedirles que hicieran lógica la revolución llevando a las Antillas las libertades que habían conquistado para la Península. Empero, los revolucionarios del Gobierno Provisional temieron ser lógicos, y no cumplieron sus promesas.

Hostos no se desanimó por esa deslealtad y empezó nueva campaña para ver de conseguir de todos modos la libertad civil, política y social de Puerto Rico. De esa época-1868 a 1869-son sus cartas al Director de El Universal y sus trabajos periodísticos Los trastornos de Puerto Rico, Al Gobierno Provisional y La Isla de Puerto Rico y el Poder Ejecutivo y el valiente discurso del 20 de diciembre de 1868 en el Ateneo de Madrid, trabajos con que Hostos trató de promover un movimiento de opinión para compeler al Gobierno Provisional a que accediera, además de a otras cosas, a la entrega de «la dirección pública de la Isla a un Gobernador Civil, hijo del país y residente en él, auxiliado por una Junta Administrativa, provisional, elegida por los Ayuntamientos y los mayores contribuyentes de la Isla»; a «que fije un plazo para la abolición de la esclavitud en Puerto Rico»; a que valiéndose del telégrafo trasatlántico «ordene la suspensión de los juicios militares, e impida el derramamiento de sangre».

La instancia de donde copiamos esas peticiones tampoco bastó. Eugenio María de Hostos insistió entonces durante un año entero, hasta que en compañía de don Manuel Alonso y de don Santiago Oppenheimer consiguió en 19 de enero de 1869 que el general Serrano, presidente del Gobierno Provisional, le prometiera formalmente la amnistía de todos los complicados en la revolución de Laves (V. La Voz del Siglo, Madrid, 20 de enero de 1869).

De modo que Hostos, además de precursor y continuador de la labor patriótica de la Comisión Informadora de 1866, fue también de los que más trabajó por la consecución de la libertad de los procesados por los sucesos de Lares. Oigámosle: «Deseosos de interceder por los desgraciados que gimen en prisiones, pedimos una amnistía. El señor Alonso se hizo eco de este generoso deseo, que yo completé pidiendo que inmediatamente se suspendiera la pena impuesta a los cinco dignos puertorriqueños que, después de indultados, han sido deportados. El Presidente reconoció la necesidad de hacer justicia a la petición; y prometió hacerla».

Mas eso era poco en comparación con lo que había batallado tanto por conseguir para Puerto Rico, y perdida la fe en las reformas y, desesperado, Hostos se lanzó a «buscar la independencia de Puerto Rico y la confederación de las Antillas por el camino de la revolución de Cuba».

He aquí una sucinta relación de sus trabajos en esa época:

  • La Peregrinación de Bayoán, novela político-social, 1 vol. en 8.º mayor, de 472 páginas, publicada en Madrid en 1863 y reimpresa en Santiago de Chile en 1873;
  • Artículos en La Iberia y en La Soberanía Nacional, Madrid, 1865;
  • Artículos en La Nación, revista para las Antillas, Madrid, 1865;
  • Artículos en La Nación, periódico político, Madrid, 1866;
  • Artículos en El Progreso, periódico político de Barcelona, dirigido por Hostos;
  • Exposición al Gobierno Provisional, presentada junto con J. P. Escoriaza, don L. Padial Vizcarrondo y doctor Alonso, Madrid, 1868;
  • Artículos en La Voz del Siglo, Madrid, 1868;
  • Cartas a don S. de Olózaga, don Práxedes Mateo Sagasta y don Ángel Fernández de los Ríos (en París), a don Nicolás María Rivero, don Pascual Madoz, don Nicolás Salmerón, don Emilio Castelar, don Servando Ruiz Gómez y al Director del Partido Progresista (en Madrid), a don Baldomero Espartero (en Logroño), al General Prim, Conde de Reus (en Londres) y a otros, desde Madrid, Barcelona y París, de 1868-69;
  • Discurso científico-político pronunciado en el Ateneo de Madrid el 20 de diciembre de 1868, 1 foll. en 12.º, 20 páginas, Madrid, Imprenta de Fontanet;
  • Carta Pública a los puertorriqueños que se han dirigido al Gobierno Provisional, Madrid, 1869;
  • Petición de reformas para las Antillas escrita por Hostos y presentada al Gobierno Provisional en compañía del doctor M. Alonso y de don S. Oppenheimer, Madrid, 1869;
  • Los trastornos de Puerto Rico, Al Gobierno Provisional (petición pública), La Isla de Puerto Rico y el Poder Ejecutivo y otros artículos en El Universal, de Madrid, reproducidos por Irurac Bat, Bilbao, 1868-89;
  • Artículos en la revista Las Antillas, Barcelona, 1869.

El señor Sotero Figueroa, en su estudio Eugenio María de Hostos, reproducido en el libro de ofrendas ya dos veces citado (páginas 290-302), compendia así la labor de Hostos en 1869 a 1878:

«Estalla en Cuba la guerra de la década gloriosa, y consecuente con la suprema aspiración de toda su vida, que era llegar primero a la independencia de Cuba y Puerto Rico para hacer fácil su acariciada Confederación, se pone desde el primer instante al lado de los cubanos batalladores con alma y corazón, desinteresadamente, haciendo esfuerzos de inteligencia y sacrificios sin cuento por ella, prescindiendo en absoluto de su personalidad, olvidándose por entero de sí mismo, dedicándole íntegramente a la Revolución de los diez años, otros tantos de contracción absoluta a su servicio y auxilio y robustecimiento. Nueva York, Chile, la Argentina, Perú, Santo Domingo y Venezuela, lo vieron en viajes costosos de propaganda dilatar la gloria de la revolución cubana, enaltecer sus héroes, reverenciar sus mártires, rugir contra los crímenes cometidos por los sicarios de la tiranía, engrandecer la justicia de la revolución, pedir ayuda y simpatía a los pueblos y gobiernos de América. Se cuentan por millares sus artículos y discursos en esos diez años de Cuba batalladora. No dio reposo al cuerpo ni tregua a la pluma; ilustró la cuestión cubana en los mejores periódicos de las más grandes repúblicas americanas; y todo esto sin cobrar gastos de comisión, sin pedir al Gobierno revolucionario títulos honoríficos de representación o valimento. Se puede afirmar, sin temor a ser por nadie desmentido, que ningún cubano propagandista hizo tanto por Cuba como el antillano Eugenio María de Hostos. Este, en la América libre, Betances, en París, y Basora, el Secretario de la Junta Revolucionaria de Cuba y Puerto Rico, en Nueva York, fueron la trinidad puertorriqueña de ilustración, desinterés y movimiento que se consagró con ejemplaridad insuperable a hacer patria cubana, creyendo -como de igual modo creía Martí- que la independencia de Cuba era asimismo la independencia de Puerto Rico».



De los relativos a Puerto Rico, los siguientes trabajos de esa época merecen citarse:

  • ¡Borincanos!, manifiesto a los puertorriqueños, Nueva York, 1870;
  • Artículos en La Revolución, Nueva York, diciembre 1869, marzo 1870;
  • Plan, editoriales y artículos de La Voz de Puerto Rico, Nueva York, 1870;
  • Puerto Rico, Plan para una revolución en Puerto Rico, Los hombres de Puerto Rico, Las mujeres de Puerto Rico, Los puertorriqueños en el campo de batalla, ¡Borinqueños!, Las Antillas y el Continente americano, Equivocaciones tristes, La hipótesis funesta, etc., publicados en La Independencia, Nueva York, 1871;
  • Mensaje a Colombia, con el programa de la Revolución de las Antillas, Cartagena, 1871;
  • Estatutos de la Liga de Independientes, Nueva York, 1871;
  • Reseña Histórica de Puerto Rico, Santiago, Chile, 1872. Un folleto en 8.º;
  • Biografía de Segundo Ruiz Belvis, Santiago, Chile, 1872;
  • Puerto Rico, artículos publicados en Santiago, Chile, 1873;
  • En la Tumba de Segundo Ruiz Belvis, artículo publicado en La Ilustración, Nueva York, 1874;
  • Artículos, La Revolución del desprecio, los Puertorriqueños de la emigración, ¡Piensa, Puerto Rico, piensa!, Los modelos y los imitadores, etc., en Las Tres Antillas, fundado por Hostos en Puerto Plata, R. D., 1875;
  • Segundo Ruiz Belvis, Santiago, Chile, 1875;
  • Clamores de patriota, serie de artículos, Caracas, 1876;
  • Conferencias patrióticas, Caracas, 1876.

Para «aprovechar la última ocasión de conseguir la independencia de Puerto Rico», Hostos abandonó sus empleos en Chile al iniciarse el conflicto hispanoamericano y se dirigió a Nueva York. En la Noticia Biográfica se detallan sus actividades tendientes a conseguir feliz éxito en sus propósitos, las cuales culminaron en el establecimiento de La Liga de Patriotas y en su traslado a Puerto Rico, donde empezó inmediatamente una intensa propaganda escrita y hablada, la primera en los periódicos de Ponce El Correo de Puerto Rico y La Nueva Era.

En octubre presentó a la Asamblea de delegados de los Ayuntamientos su ponencia sobre instrucción pública y después marchó a Washington como miembro de la Comisión de Puerto Rico, de la cual se habla también en la Noticia Biográfica.

He aquí el detalle de las peticiones que al presidente McKinley hizo la Comisión:

  • El nombramiento de un Gobernador Civil puertorriqueño o americano que hablara español;
  • El establecimiento de una Cámara legislativa;
  • El reconocimiento de la autonomía municipal;
  • La extensión a Puerto Rico de las cláusulas 2, 3, 4, 6 y 7 de la Sección 9 del artículo 1 de la Constitución;
  • La reducción del ejército de ocupación;
  • El establecimiento de una milicia puertorriqueña con oficiales americanos y puertorriqueños;
  • El cabotaje;
  • El cambio del sistema de contribución;
  • El establecimiento de un Banco Postal de ahorros;
  • Franqueo doméstico para los Estados Unidos;
  • Extensión a Puerto Rico de la Ley de Bancos y de la de patentes;
  • El censo de población;
  • El catastro; y,
  • La amnistía de los presos por los sucesos de Yauco.

Esas peticiones -a la mayor parte de las cuales asintió el Gobierno- se contienen en doce documentos, ocho de los cuales -los relativos a concesiones políticas, educacionales, agrícolas, militares y algunas económicas- fueron redactados por Hostos.

De retorno en la Isla, presentó a la Comisión civil americana su Alegato por el Gobierno civil de Puerto Rico, fundó en Mayagüez el Instituto Municipal y una Escuela Nocturna para, artesanos, pronunció veintisiete conferencias en la Casa Consistorial sobre El Derecho Público Americano en su aplicación a Puerto Rico, y al mismo tiempo escribía en todos los periódicos de la ciudad y en algunos de otros pueblos, discutiendo extensamente el propósito político-social de La Liga de Patriotas, El Plebiscito y los trabajos de la Comisión en Washington.

Véase la siguiente lista de sus trabajos de esos días:

  • A los Puertorriqueños (Manifiesto);
  • La Liga de Patriotas;
  • El propósito político de la Liga;
  • Lo que es la Liga de Patriotas;
  • A nuestros conciudadanos de la Liga de Patriotas (Manifiesto);
  • El Instituto Municipal de Mayagüez;
  • El «Habeas Corpus»;
  • La aplicación del «Habeas Corpus» a Puerto Rico;
  • Contra la sentencia;
  • La Comisión de Puerto Rico en Washington (Preliminares; Instrucciones al Comisionado en Washington; El Mensaje al presidente McKinley; Exposición complementaria; Concesiones económicas; La fuerza armada; Reformas en la enseñanza pública. Enseñanza agrícola);
  • El Plebiscito (Introducción. La cesión de Puerto Rico y el Derecho de Gentes. La declaración a las naciones. Apelación al Congreso americano. El caso de Puerto Rico ante la Suprema Corte. El plebiscito como política. La protesta de los Comisionados de Puerto Rico. El plebiscito y la situación económica. Summer y la anexión de Alsacia-Lorena. El «Do ut des». ¿Anexión o gobierno temporal? La situación de la Unión Americana respecto de Puerto Rico. Necesidad de enviar a Washington una Comisión de Puerto Rico. «Para saber gobernar es preciso saber obedecer». La independencia. La americanización. Alegato por el Gobierno civil para Puerto Rico, presentado a los señores R. P. Kennedy, C. W. Watkins y G. H. Curtis de la Comisión civil americana; El Alegato como un paso plebiscitario; El problema está planteado).
  • El Derecho público americano aplicado a Puerto Rico. Extractos de las conferencias semanales dadas en el Salón de Actos del Ayuntamiento de Mayagüez, de mayo a diciembre de 1899 (Los principios fundamentales del Gobierno americano; Los derechos como poderes; El «Habeas Corpus»; La escuela pública en los Estados Unidos; El «Homestead»; «Self-government» municipal; Los partidos políticos; Las Convenciones; Las elecciones; El deber de las minorías; La práctica del «self-government»; El caso de Luisiana);
  • El Gobierno civil en Puerto Rico (El Gobierno civil para Puerto Rico; Mi opinión sobre la Ley Foraker; Un deber de los puertorriqueños; A los que consultan);
  • Estatutos de la Liga de Patriotas Puertorriqueños;
  • ¿Cuáles serán las intenciones del Gobierno americano respecto al porvenir de Puerto Rico?, The New York Comercial Advertiser;
  • ¿Cuáles serán los resultados de la invasión americana?, The Press;
  • La política de expansión territorial, The Evening Post;
  • No queremos ser colonia, The Press;
  • Las reformas necesarias en Puerto Rico, The Sun;
  • Las peticiones de la Comisión de Puerto Rico al presidente McKinley, The Globe Democrat.

Cartas Públicas:

  • La anexión bélica de Puerto Rico es contraria al desenvolvimiento del principio federativo. A Federico Henríquez y Carvajal, Santo Domingo;
  • Efectos que los Estatutos de la Liga de Patriotas han de tener en la vida de Puerto Rico. A Eugenio Deschamps, Eugenio Astol y José Contreras Ramos, Ponce;
  • Movimiento de opinión en los Estados Unidos en contra de la «expansión». A Marcelino Torres y Antonio Aracil, Juana Díaz;
  • La «Comisión de Puerto Rico» en Washington. Al Director del Correo de Puerto Rico, Ponce;
  • La «Comisión de Puerto Rico» no pidió la anexión. Al Director de La Nueva Era, Ponce;
  • El Gobierno civil hubiera podido establecerse de hecho desde el principio de la invasión. Al Director de La Nueva Era, Ponce;
  • El programa de la Liga de Patriotas. A Carlos del Toro Fernández, Ponce;
  • Mi opinión sobre la protesta contra la continuación del Gobierno militar. Al Director de El Porvenir de Borinquen, Mayagüez;
  • Urgencia que hay en resolver a los puertorriqueños en favor del gobierno temporal. Al Director de El Terruño, Mayagüez;
  • El símil. Al Director de El Demócrata, Cayey;
  • Alcance interantillano de la Liga de Patriotas. Al Dr. Manuel Guzmán Rodríguez, Añasco;
  • Lo por hacer en Puerto Rico. A la Correspondencia de Puerto Rico, San Juan;
  • La Confederación de las Antillas. Al Dr. Manuel Guzmán Rodríguez, Añasco;
  • Betances. Al Dr. Manuel Guzmán Rodríguez, Añasco.




Indice