El «Ecce Homo» de Matilde Moret
Gonzalo Sobejano
La protagonista de La cólera de Aquiles ocupa con su presencia y su palabra el total de esta unidad penúltima de Antagonía, incluso en los tres capítulos centrales en que narra, en tercera persona, la historia de Lucía, ya que antes y después de la relectura de esta novelita intercalada la narradora-protagonista, Matilde Moret, da a entender que aquella joven de veinte años, Lucía, es un personaje de ficción que parcialmente corresponde a ella misma, Matilde, la cual, a su vez, como es obvio, no representa sino una criatura inventada por el autor, Luis Goytisolo.
En todo caso, Matilde Moret implanta su presencia y toma la palabra desde la primera línea y jamás se eclipsa. No ocurre aquí, como sucede en las otras unidades de la tetralogía, que el lector dude acerca de quién mira o quién habla. Mira y habla siempre Matilde Moret y todo pasa por el tamiz de su mirada y por el filtro de su voz. Matilde es un personaje consistente, con su nombre (aunque éste sólo se declare en la página 62)1, con atributos físicos y psíquicos bien definidos, que vive y obra dentro de un ambiente preciso, cuya edad (alrededor de cuarenta años) ella misma indica, y que escribe de sí haciendo ver la trayectoria de su vida desde la niñez hasta ese tiempo en que la cólera provocada por el engaño de Camila, su amiga, la empuja a un asedio que no sólo pretende la recuperación de la amiga, sino la de sí misma a través de la relectura de aquella novelita, El Edicto de Milán, gracias a la cual, y a estas páginas que la comentan, cree Matilde alcanzar el verdadero conocimiento de las motivaciones de su conducta y de la conducta de su primo Raúl, cuyo amor malogrado constituía la materia novelada en El Edicto de Milán.
En los primeros capítulos (I-III) de La cólera de Aquiles se presenta Matilde evocando el conflicto que para ella significa el supuesto engaño de su amiga: reacción ante los hechos y plan de dominio; reflexión rememorativa y puesta en obra del plan; tentativas de explicación de su cólera y de su voluntad de no rendirse. Los capítulos IV a VI contienen el texto de El Edicto de Milán, que Matilde publicara años antes bajo el seudónimo de Claudio Mendoza y que ahora relee con esa objetividad que la distancia temporal favorece, y aunque la estructura de tal relato parezca repetitiva (exponer tres veces el mismo proceso desde la ilusión, a través del desencanto, hasta la ruptura), las variaciones van aproximando la protagonista al lector, pero además cada una acentúa un aspecto: la espera ilusionada, la dispersión, el rompimiento. Finalmente, los capítulos posteriores a la relectura (VII-IX) parecen ofrecer a Matilde Moret una clarificación: acerca de la forma, el valor y el sentido de su novela y de lo novelado en ella; en relación a su historia personal y familiar, y sobre la naturaleza de sus experiencias amorosas recientes (Camila) y remotas (Raúl). Llegaría así Matilde a un mejor conocimiento de sí misma y al convencimiento -¿ilusorio?- de que su amiga no había querido engañarla sino reavivar su pasión, de manera semejante a como su primo tampoco la habría abandonado por desamor: se habría alejado de ella para no envolverla en los peligros de la resistencia revolucionaria en la que él militaba.
Cólera de Matilde Moret, despecho de Lucía (que ante la creída traición de Luis -Raúl- vivió en desenfreno hasta capitular a un matrimonio de mera conveniencia) y apaciguamiento de Matilde tras haber releído la historia de Lucía. Pero el lector de La cólera de Aquiles no puede menos de sospechar en ese apaciguamiento último la sombra de una quimera, el refugio consolador en la mentira. El sentido de la conducta de Matilde Moret, y de la escritura originada por la relectura de El Edicto de Milán, podría definirse más bien como una réplica agresiva contra su familia, su pasado, su educación, su sociedad: una «contestación» a esto, una «contestación» de esto. En otras palabras: La cólera de Aquiles vendría a ser un autorretrato del personaje Matilde Moret: ved quién soy yo, he aquí lo que yo creo ser: «ecce homo».
Cuando una persona se presenta ante nosotros por primera vez y empieza a manifestarse de algún modo, lo primero que percibimos es un tono de ser, que, apoyado por su aspecto físico, nos orienta sobre su personalidad: es un pobre hombre, es un vanidoso, es un hipócrita, es un tímido, pensamos de inmediato aun sin formularlo. Más tarde podremos rectificar, pero la impresión inicial es la que nos deja ese tono.
El tono que se
impone desde las primeras páginas del texto es el de una
franqueza expedita en la manifestación de ideas y creencias
que no están de acuerdo, ni quieren estarlo, con las
creencias y las ideas comunes. Ya las primeras palabras suscitan un
efecto de desembarazada franqueza: «De las
mujeres me atrae únicamente el cuerpo. O mejor: determinadas
partes del cuerpo. Eso no significa, ni qué decir tiene, que
prefiera los hombres: en modo alguno»
(9). Pero pronto se
echa de ver que esta franqueza procede de una seguridad puesta de
relieve hasta un grado extremo de atrevimiento insolente al que el
idioma le tiene reservado un nombre: petulancia.
Matilde Moret
compone esta especie de autorretrato en un tono de petulancia que
parece destinado a exhibir su superioridad sobre los demás.
Alaba repetidamente su penetración psicológica, su
clarividencia, su mente lúcida, diáfana y cristalina,
sus intuiciones y golpes de inventiva, la nitidez de sus
observaciones y argumentos, sus facultades adivinatorias, su
aquilino dominio de las situaciones, su tendencia a crecerse ante
problemas y conflictos. Y no sólo se obstina en convencer a
alguien (¿a un lector?, ¿al lector?, ¿a
sí misma?) de que es más sabia y más
inteligente que el promedio de los mortales. Pondera también
la fuerza de su voluntad: «siempre hago lo
que me da la gana»
(73), «no di
mi brazo a torcer»
(89). Sabe hacer las cosas mucho mejor
que sus criados. De su novelita El Edicto de Milán
dice que fue escrita con el empeño del orfebre: labrar
«una pequeña joya»
(223). Su físico lo estima inmejorable: «una mujer como yo, alta, esbelta, elegante, con
esa madurez serena que es el fruto de la inteligencia y la
experiencia más que de los años»
, tan
atractiva como se refleja en sus «ojos
risueños y listos y sonrisa irónica»
(60),
más guapa que su hermana Margarita y tan inteligente como
ésta, rica, «físicamente en
pleno esplendor»
(220). Valora tan alto su personalidad
en total que llega a creer que a su primo Raúl le asustan
sus atributos: «Mi vitalidad desbordante,
mi apasionamiento, mi actividad infatigable, mi fortaleza
física, mi propia salud, mi joie de
vivre»
(227). Se parangona con «la figura gigantesca de Aquiles»
(83)
y habla de sí como de «esta fuerza
de la naturaleza que soy, fruto de una adecuada conjunción
de vigor y energía»
(304).
«Por qué soy tan sabio»
,
«Por qué soy tan
inteligente»
, «Por qué
escribo tan buenos libros»
, «Por qué soy un destino»
:
así se titulaban las cuatro partes del libro de Nietzsche
Ecce homo, Cómo se
llega a ser lo que se es, la tercera de ellas dilatada en una
serie de semblanzas de cada uno de sus libros desde El
nacimiento de la tragedia hasta El caso
Wagner2.
El lector
recordará las numerosas expresiones deliberadamente
petulantes con que el trágico pensador proclama la magnitud
de su personalidad y de su obra: el Zaratustra es una voz
que atraviesa milenios; él honra y distingue al vincular su
nombre a una cosa o persona, ya sea en pro o en contra de ellas;
cree tener en su espíritu y acaso en su cuerpo «algo de la petulancia de Montaigne»
(43); considera a Heine el único par suyo como artista de la
lengua alemana; midiéndose por lo que puede hacer, se estima
con más derecho que nadie a la grandeza; afirma haber
producido cosas de primera categoría, y advierte que, una
vez leídos sus libros, ya no se soportan otros, pues
«yo vengo de alturas que ningún
ave ha sobrevolado jamás»
(59); «yo llevo sobre mis espaldas el destino de la
humanidad»
(122); «yo no soy un
hombre, soy dinamita»
(123).
Salvando siempre, en lo apuntado y en lo que sigue, las distancias entre el egregio pensador del retorno eterno, uno de los más inagotables que en la historia han existido, y la protagonista imaginada de una novela (a la que, sin embargo, sería injusto calificar de gregaria), notemos ahora la faceta menos clara de esta posible relación: la que respondería al epígrafe «Por qué escribo tan buenos libros», o sea, la escritura, vinculada en ambos casos a la lectura.
¿A
quién dirige Nietzsche su Ecce
homo, autorretrato a la vez que breve comentario
acerca de la génesis y el carácter de sus obras? A
todos acaso, pero expresamente a sí propio, pues declara
haberlo terminado el día en que cumplió 44
años: «Y así me cuento mi
vida a mí mismo»
(19); y luego,
contraponiéndose al decadente: «acabo de describirme a mí
mismo»
(25).
Ecce
homo no es sólo un escrito que, dirigido al
mismo sujeto que lo escribe, aborda con frecuencia el tema de la
escritura (insuperables descripciones del buen estilo y de la
inspiración, pp. 61 y
97). Se ocupa, más aún, de la lectura, y ello en
varios aspectos: la lectura como recreo, los libros preferidos, el
daño de la mucha lectura, el lector perfecto. Y se ocupa,
además, por extenso y con agudeza, de los críticos
que han reseñado algunas de sus obras (comprensivos algunos,
obtusos la mayoría), complaciéndose en llamar al
crítico torpe «animal con
cuernos»
(57, 60).
Matilde Moret
escribe el texto de La cólera de Aquiles en forma
de comentario a su vida, su persona y su obra; una forma que no
pretende ser «novela» (sí lo pretendía
El Edicto de Milán): forma vaga que ella misma, la
narradora, designa como «notas»
(71), «estas líneas»
(89, 260, 321), «las presentes
líneas»
(320), «estas
páginas»
(320, 325), «mis cuartillas»
(324). Se
entrevé un destinatario indeterminado cuando en cierta
ocasión se disculpa por haber divagado («Me excuso; comprendo que me he ido por las
ramas»
, 64), y tal lector parece más
hipotético en otro momento: «Si
algún día estas líneas llegan a tener un
lector -me basta uno-, comprenderá perfectamente, espero, lo
que para mí significa todo esto»
(260). Ese lector
bien pudiera ser el primo Raúl, en quien el recuerdo de
Matilde se va concentrando conforme avanza el comentario a la
relectura de El Edicto: «¿Está suficientemente claro?
Confío en que así sea, aunque, si quien debe entender
no entiende, allá él. Yo no escribo para esta clase
de gente. Yo escribo para quien sea consciente de que, en
definitiva, en mayor o menor grado, todos hemos sido
víctimas de la dicotomía a la que estoy
refiriéndome, de que a todos se nos ha robado algo de
nosotros mismos»
(274). Pero la generalidad invisible de
un lector potencial resurge cuando, cerca del fin, se excusa la
narradora de cuantos fallos y erratas alcance a observar en sus
líneas «quien tenga ocasión
de leerlas»
(321).
A fin de cuentas,
obtenga el texto un lector, varios o ninguno, la destinataria
principal del mismo es la propia narradora: es en ella en quien
«estas páginas han contribuido a
esclarecer determinadas facetas de mi personalidad que El
Edicto de Milán no alcanzó a poner en
claro»
; es para ella para quien la imbricación de
lectura (El Edicto), escritura (La cólera)
y vida (gestación de estas páginas en el transcurso
de un vivir que va incorporándose a ellas) llega a
constituir una «experiencia totalmente
inédita»
(320). Así pues, también
este «Ecce
homo» de Matilde Moret es un contarse su vida a
sí misma, un describirse a sí misma.
Y también,
como en Ecce homo, hay en las
páginas de La cólera de Aquiles meditaciones
sobre la escritura, la lectura y los críticos. Sobre
escritura y lectura baste remitir a las páginas 237244 y
316-323. Es en lo atañedero a la crítica y los
críticos donde la proximidad es más llamativa.
Matilde Moret, luego de ejercitar con irreprochable competencia la
autocrítica de su novela, se siente urgida a criticar a sus
críticos, y lo hace en términos muy claros. Si
Nietzsche descalificaba a la mayoría de sus
reseñadores alemanes por su incomprensión, ella
descalifica a los críticos catalanes («nadie es profeta en su tierra»
),
particularmente a aquel que hallaba El Edicto de
Milán «una novela carente por
completo de interés»
y encontraba «deprimente una tan larga serie de infidelidades,
de amor mecánico»
(209). Le agrada en cambio el
juicio de un crítico madrileño que percibió en
aquel relato «una brisa fresca,
oxigenante, cargada de aromas dieciochescos»
. Y quien
merece su inquina inexorable es el crítico inglés que
en el TLS osó decir,
entre otras muestras de insatisfacción, que «one can not renew the
form of novels unless one drastically renews their
themes»
, pues -alega con sobrada
razón- «lo único que cambia
con respecto a un problema es la forma de contarlo»
(211). La ojeriza contra este comentador viene corroborada por
numerosos improperios: alude a su homosexualidad (26), le llama
imbécil y burro (59-60), moteja de «obtusa y corta»
su crítica
(208), adjetiva de «pederástica»
la «ensañada crítica»
de
quien ahora recibe el nombre de Richard Burro (211) y termina
clasificándole como «un
subnormal»
(311)3.
Uno de los
pensamientos más certeros que en el texto se emiten acerca
de la lectura son las palabras de Raúl: «a través de las obras de ficción
[...], el lector descubre en el mundo aspectos hasta entonces no
imaginados que le ofrecen un conocimiento inmediato así del
mundo como de sí mismo»
(239), sentencia concorde
con lo que Nietzsche dice sobre la carencia de oídos
«para escuchar aquello a lo cual no se
tiene acceso desde la vivencia»
y sobre la necesidad de
un «primer lenguaje para
expresar una serie nueva de experiencias»
(57).
Del principio al
fin de La cólera de Aquiles la protagonista aparece
como una criatura dotada de una sexualidad y sensualidad
excepcionales. Prescindiendo, por el momento, de las motivaciones,
su homosexualismo no se siente como una tara, sino como un exceso.
Es bisexualismo: ha amado a hombres y a mujeres, aunque la
atracción se haya polarizado últimamente hacia
éstas. Porque es así, Matilde rechaza ser confundida
con la «lesbianaza»
, «virago»
o «clitórica»
(74), pues en ella
es una convicción erótico-estética que
«el cuerpo de la mujer es un objeto
realmente perfecto»
y que el placer lo suscita «el cuerpo entero, excitante y sensible
centímetro a centímetro»
. A las delicias
del amor homosexual, que refinadamente evoca más que
describe, se añade, en el modo de entender ella el amor y
practicarlo, una propensión (que ostenta) a la agresividad y
el goce de asediar, atacar, conquistar, vencer. Habla de su
«fogosidad amorosa, una peculiar forma de
ferocidad»
(309) y piensa que la mujer y el hombre andan
«cada uno en continua búsqueda de
su complemento escindido»
(275): el mito del Hermafrodita
atraviesa toda la tetralogía, asomando con superior
intensidad en Los verdes de mayo hasta el mar y en
Teoría del conocimiento. Pero además, el
erotismo de Matilde no es sino la manifestación extrema de
su culto del cuerpo: «Un físico
desgraciado será siempre un físico
desgraciado»
(241), asevera con cierta crueldad. Lo que
ella adora es el sexo radiante y el cuerpo hermoso, joven y
placentero.
Todo ello (salvo
el homosexualismo) corresponde muy bien a las ideas que sobre el
sexo, el cuerpo, el amor y la vitalidad aparecen en Ecce
homo: el amor jamás puede ser «no-egoísta»
(62); «Amor -en sus medios la guerra, en su fondo el
odio mortal de los sexos»
(63), definición que es
pura antagonía; «Todo desprecio de
la vida sexual, todo ensuciamiento de la misma por el concepto de
“impuro” es el crimen mismo contra la vida -es el
auténtico pecado contra el espíritu santo de la
vida»
(64).
Uno de los temas que mejor testimonian el diálogo a distancia entablado entre el autor de La cólera de Aquiles y el texto del Ecce homo sería el de la fisiología y dietética, inusitado en la novela contemporánea española, si no estoy mal informado.
Nietzsche
arrancaba de la comprobación de la enfermedad y de la
ignorancia en materias fisiológicas durante la mayor parte
de su vida, para acceder a la voluntad de salud y de vida como
principio de su filosofía: contra la decadencia. En las
páginas de Ecce homo
concede relieve extraordinario a asuntos como la
alimentación, el lugar de residencia, el clima, el recreo
espiritual, el tratamiento de los enfermos, la limpieza, toda la
casuística del egoísmo. Considera Nietzsche estas
cosas «inconcebiblemente más
importantes que todo lo que hasta ahora se ha considerado
importante»
: Dios, alma, virtud, pecado, más
allá, verdad, vida eterna. Por eso invierte numerosas
páginas en declarar su negativa a dejarse tratar por
médicos, denigrar la cocina alemana (sopa antes de la
comida, carnes demasiado cocidas, verduras grasas y harinosas,
dulces tan duros como pisapapeles), manifestar su aversión a
las bebidas alcohólicas, al vino, la cerveza, el
café, y su preferencia por el té (muy cargado);
elogia el agua; condena la vida sedentaria y recomienda andar
mucho; abomina del clima alemán; ensalza el aire seco y el
cielo puro de Provenza, Florencia o Atenas; pondera, en fin, el
entusiasmo del cuerpo durante los períodos de arrolladora
inspiración: cuando escribía el tercer
Zaratustra su agilidad muscular -confiesa- era
extraordinaria, caminaba horas y horas por los montes,
dormía bien, reía mucho. E incluso para definir el
efecto de Aurora, le viene a la mente un símil
zoológico: ese libro reposa al sol, orondo, feliz, «como un animal marino que toma el sol entre
peñascos. En última instancia, yo mismo era ese
animal marino»
(87).
Los principios y
los hábitos de Matilde Moret en lo tocante a estas materias
no son exactamente iguales, pero se asemejan. Lo que más
aproxima su interpretación a la de Nietzsche es la longitud,
el detenimiento con que la narradora habla de ellos. Matilde se
toma su «filet bien
saignant»
con vino blanco frío
porque el tinto no le gusta y halla en tal menú riqueza
alimenticia, ligereza y valor energético, despreciando en
cambio las espinacas a la crema y otras tonterías (22-23),
aunque del alcohol no piensa lo mismo que Nietzsche y a menudo
podemos ver junto a ella su martini, su scotch o su aguardiente de
pera. Dedica buenas páginas a detallar el modo como procura
mantenerse en buena forma mediante una dieta adecuada: nada de
grasas, féculas e hidratos de carbono; masajes de vez en
cuando; gimnasia, ducha, natación al amanecer, deportes de
vela y esquí, y nada de medicamentos ni cosméticos:
complejos vitamínicos y, si acaso, aspirinas infantiles,
«un remedio que siempre
recomiendo»
(85). «Yo no creo
en las medicinas [...]. Para mí, los remedios son otros. Y
siempre naturales»
(293). Algo de esto recuerda el estilo
de ciertas advertencias peregrinas que pueden leerse en Ecce homo: «En un clima muy excitante el té es
desaconsejable como primera bebida del día: se debe comenzar
una hora antes con una taza de chocolate espeso y
desgrasado»
(39).
También
Matilde tiene sus preferencias o sus aprensiones respecto a lugares
o ciudades (París, Londres, Madrid, Cadaqués), y su
organismo es muy sensible al ritmo de las estaciones (30, 289). Se
entretiene en distinguir dos edades de la mujer: la edad de la
ducha (juventud) y la del baño (madurez) (293). Se deben a
bruxomanía los trastornos de su dentadura, la cual, sin
embargo, conserva firmes y afilados los colmillos (301, 309).
Asegura que su forma física fue siempre inmejorable, que el
sentirse joven y llena de vitalidad la hace atractiva a
jóvenes de ambos sexos, que tiene «el cutis de un bebé»
, que posee
«un organismo en perfecto estado de
conservación y mantenimiento»
y que, en
conclusión, aunque parezca un lugar común, «yo atribuyo una gran importancia a la salud, ya
que su trascendencia es no sólo de orden físico sino
también síquico y moral»
(304-305).
Esta
preocupación explícita por la salud y el
régimen higiénico no se tropieza, creemos, en
ningún personaje de la novela de estos tiempos. ¿Se
trataría de un caso de «parodia
impasible»
o «sátira
implicable»
, en términos de
Gimferrer?4
Esto pudiera pensarse a la vista de cierta página de
Ojos, círculos, búhos (1970) que supongo
deba ser interpretada como pastiche de algo que está entre
la ficha de consultorio periodístico y el diagnóstico
astrológico: «Régimen
alimenticio: ensaladas, consomé, panaché de verduras
del tiempo»
, etc., y
que, tras consignar bebidas, colores, árboles, piedras,
divinidades, vientos, números, días, perfumes,
lugares, modos de comunicación, ejercicios aconsejables y
recomendar atención a los excesos de velocidad, termina
así: «Épocas favorables: de
final de junio a primeros de septiembre; fin de año. Un solo
problema: el estreñimiento»
. Pero aunque Matilde
Moret, o lo que ella representa, se ofrezca a menudo como objeto de
crítica implícita, sería erróneo
negarle complejidad y, en muchos puntos, grandeza. Y, por otra
parte, el viejo cacique rural que en Teoría del
conocimiento desgrana en fragmentos de tono frecuentemente
zaratústreo su teoría de la experiencia, tampoco
olvida consejos sobre la salud, la alimentación, el cultivo
de la tierra, etc.: «Los alimentos deben ser considerados desde un
punto de vista no sólo nutritivo sino también
profiláctico: con una dieta rica en aceite de oliva, miel,
jugo de limón y leche, pueden ser evitadas las enfermedades
más comunes...»
5
En toda su obra, y
en esa quintaesencia de ella que es el Ecce
homo, dio Nietzsche expresión al conflicto que
siempre le atormentó entre la compasión y la dureza,
una de cuyas principales manifestaciones es el sentimiento de
distancia entre el hombre superior y los otros. Abundan en
Ecce homo las insistencias en la
desigualdad: no querer ser confundido con otros, honrar a los otros
al elegirlos o admitirlos, probar benevolencia y aun gratitud
precisamente al atacarlos, apartarse limpio y puro de las
naturalezas sucias, náusea del «populacho»
(33), oponer el superhombre
a los modernos y buenos y cristianos y nihilistas, rechazar la
igualación y la nivelación, deplorar el haber cedido
o acompañado a otros hasta confundirse uno mismo con ellos
por pereza o por sentimiento del deber.
Este distanciar y
separar el yo y los otros inspira constantemente las
reflexiones de Matilde Moret, quien alardea de superioridad
respecto a criados, señoras gallináceas,
burguesía catalana en general, jóvenes de las nuevas
generaciones, feministas, viragos, etc. Ante personas como Camila y otras
amadas adopta Matilde el papel de dominante. Se propone vencer a
sus antagonistas y obtener su rendición. A Camila la
considera «ni más ni menos que una
sierva»
(25). Frente a los que la marginaron a ella y a
su familia, es ella quien ahora se automargina y «mantiene las distancias»
(60). Dice
encontrarse «a distancias
olímpicas»
(200) sobre la capacidad de
escándalo de la masa. A la sociedad barcelonesa que viene a
veranear a Cadaqués y que se ve rechazada por ella la
compara con «el gañán que
envidia desde sus terrones a las criaturas
olímpicas»
(213). Sólo excluye de su
desprecio a una persona digna de ella, su primo Raúl, en
quien percibe «el aura de un dios
antiguo ante su diosa»
(305). Y, por supuesto, desde su
consecuente pedestal aristocrático, repudia las «manías igualitarias»
de
comunistas, socialistas, liberales e incluso conservadores (311).
Si el Ecce homo es el libro en que
Nietzsche mayores sarcasmos prodiga contra los alemanes (su
cultura, su idealismo, su clima, su cocina, su chatedad), La
cólera de Aquiles rebosa de improperios y escarnios
contra Cataluña y los catalanes: patria de gentes
mezquinas y rapaces, de orondos burgueses, de gente insustancial
que presume de un idioma cuya complicada ortografía «no interesa demasiado a nadie»
(63,
213-214, 290). A su marido, del que vive separada hace tiempo, se
refiere Matilde repetidas veces como a un sujeto enriquecido con la
avellana. Por supuesto, el desprecio se extiende a España
entera, muy en particular a la mujer española (276) y a la
España que Franco convirtió en un convento de monjas
(314).
Empieza a verse la
motivación de todo (petulancia, cólera, ánimo
despótico, agresividad, desenfreno) cuando se leen los
argumentos de Matilde contra la familia. Historia de la
suya: el padre, abogado rojo, murió tempranamente en el
exilio; la madre, sintiendo culpa o vergüenza, educó a
Matilde y a Margarita, las hermanas mayores, en el internado de un
colegio de monjas, y los hermanos menores terminaron
dedicándose uno a negocios de aclimatación y otro a
negocios de publicidad. Matilde amaba y admiraba a su padre, y el
trauma de su pérdida explica lo que ella fue y es (266): su
padre era mujeriego, vital, irreverente, fauno, y ella quiso ser
como su padre y repeler la formación conservadora,
represiva, que su madre le dio y que apoyó la sociedad
barcelonesa de posguerra. El vacío del padre
determinó a Matilde (313). (Sin empeño en llevar las
cosas al extremo, recuérdese que el Ecce
homo comienza con una evocación conmovida del
padre, muerto prematuramente, a quien Nietzsche admiraba y
quería, y con furiosos reproches a su madre y a su
única hermana, cuya «incalculable
vulgaridad»
le inspiraba «un
horror indecible»
, página 25).
Si en Ecce homo subrayaba Nietzsche con tanto cuidado el valor de la fisiología, no dejaba de acentuar también, como en todos sus escritos, su agudeza psicológica y su gusto por la psicología. Admira a los psicólogos franceses, entre ellos Stendhal, y el sentido de la delicadeza en Wagner y Baudelaire. Explica que para llegar a ser el que se es lo mejor es no saber lo que se es, olvidarse, y así va creciendo la idea organizadora. Y afirma que la Circe de la moral ha falseado todos los asuntos psicológicos.
Prescindiendo del detalle de que el padre de Matilde bautizase a ésta con tal nombre en homenaje a Stendhal (253), la sagacidad psicológica de Matilde Moret esplende en no pocas situaciones y reflexiones. La astucia con que trata de facilitar el acercamiento de Camila y Roberto precisamente para estorbar que lleguen a unirse es, en teoría, tan fina como la explicación que da de su propio carácter, formado a imagen y semejanza del padre perdido, o de la cólera de Aquiles ante el despojo de Briseida y la muerte de Patroclo, sin tomar a Aquiles como modelo, pues entiende con buenas razones que cada individuo es un caso y que Aquiles o Edipo valen como antecedentes (272-275). Rechaza así la analogía extremosa en favor de la unicidad, y no incurre en los tópicos sicoanalíticos (su discusión con Raúl sobre este punto está llena de clarividencia).
Matilde Moret sabe
retratarse como quien es para otros y como quien cree ser para
sí, en el espejo de su conciencia solitaria. Reconoce que
ella es, contra lo que pueda parecer, una romántica:
«idealismo, desprecio de las
convencionalidades, entrega apasionada»
(315).
Podrá enturbiársele el sentido de la realidad
circundante, podrá ver dañada su lucidez por el
desaliento y ciertas fobias indisimuladas. Pero en ella hay
voluntad de olvido, veracidad, libertad, limpieza y soledad. Aspira
a purgar su alma del resentimiento, y si Nietzsche proponía
como la fórmula de su grandeza el «amor
fati»
, amar lo necesario, ella
también acata «la crueldad de lo
que es como es»
(31). Dice que «si hay alguien por quien nunca he sentido
compasión es por sí misma»
(10), pero la
conclusión del texto insinuará, en forma
todavía refrenada por el orgullo, esa compasión:
objetivada, proyectada al recuerdo de una niña: «una niña sentada en un orinal, mirando a
la calle desde el pequeño balcón de una casa de
pescadores»
, «ignorante
aún de las insidias que encubre la familiar apariencia del
mundo cotidiano, de los sinsabores que ese mundo cotidiano le
reserva a lo largo de su vida»
(323). ¿Asediadora
asediada? ¿Atacante que toma la defensiva?
Afirmaba Nietzsche
que «el pathos agresivo forma
parte de la fuerza con igual necesidad con que el sentimiento de
venganza y de rencor forma parte de la debilidad»
(31),
compendiando precisamente su filosofía en la lucha contra el
rencor y la venganza. Pero Matilde es mujer (la mujer
tiende a la venganza, Ecce homo,
63) y su educación tuvo lugar dentro del catolicismo
más estricto. A pesar de esto, declara desde el principio
que si las traiciones encuentran en ella la respuesta que merecen
no es por venganza: «No por venganza;
tampoco por amor, desde luego. Nada más lejos ya de
mí que la pretensión de amar o ser amada, ni de
convertir en sana venganza un amor contrariado. Simplemente quiero
lo que es mío»
(10). Aunque tras la lectura de
El Edicto de Milán descubre «los impulsos vengativos que bullen bajo ese
aire desenfadado, bajo esa ligereza un poco
cínica»
de la narración (210), el
movimiento íntimo que la hace obrar es más la
agresividad de la ira que el resentimiento vengativo: un
contraataque, la urgencia de destruir para construir, el juramento
de no dejarse pisar por nadie y, en suma, la cólera de
Aquiles: «contra el compañero que
le quitó lo que le pertenecía, contra Briseida,
contra Patroclo, contra el ejecutor de Patroclo, contra la madre
que violentó su infancia, contra el rey que pretendió
suplantar a su padre, contra ese padre esfumado, contra sí
mismo, en definitiva. Y como Aquiles en su cólera, o como
ese niño que se repliega sobre su pequeña realidad,
así yo en mis arrebatos, en mi furia»
(314-315).
Matilde Moret se formó en la moral cristiana, que
ella ve, nietzscheanamente, como una deformación. La
historia de Lucía, y la de Matilde mientras comenta El
Edicto de Milán, revela que el medio social, el colegio
de monjas, la muerte del padre, el comportamiento de su familia,
marcaron su vida profundamente (230). La frustración de su
amor a Luis (Raúl) y de su colaboración en las
acciones revolucionarias de éste y de sus compañeros
la condujo a ser infiel a su rebeldía: la reinsertó
-a través de su matrimonio con el avellanero- en la sociedad
contra la que se alzara. Pero sólo aparente y pasajeramente,
pues no tardó en reaccionar contra esa sociedad, adoptando
la conducta que ésta suele condenar como inmoral o
amoral.
Semejante
resolución no libra, sin embargo, a Matilde Moret de vivir
dentro de esa sociedad, partícipe de su bienestar (y de su
malestar), de su riqueza y de muchos de sus hábitos, por
más que la conciencia se resista a admitir normas o
principios. Más que en una doble verdad, Matilde vive
su verdad (salud, sexo, moral autónoma, libertad,
veracidad) en el ámbito de la mentira, y no puede evitar que
ésta contamine a aquélla. Si repudia el concepto de
pecado y de remordimiento, anteponiendo el juego al deber y la
virtud como competencia a la virtud como bondad altruista, y si,
como Nietzsche, se inspira en una vitalidad dionisíaca y
anticristiana, su reingreso -en cuanto Lucía y en cuanto
Matilde- en lo que llama «redil de
corderos cristianos»
(260), tiene su aclarado antecedente
en el emperador Constantino, que mediante el edicto de Milán
concedió a los cristianos la libertad, de culto,
determinación adoptada en obediencia a su madre «por pura y simple conveniencia»
, ya
que Constantino «privadamente
siguió entregado toda su vida al culto solar»
.
Como Constantino,
Matilde Moret vive entregada, privadamente, a lo que podemos seguir
llamando el «culto solar»
(ningún paraje tan adecuado como el mar nuestro: el
Mediterráneo); pero pública, social, oficialmente
Matilde volvió al redil por simple conveniencia. Y
éste es el conflicto que la ha de torturar: estar viviendo
su verdad dentro de una mentira general aceptada por
conveniencia... y por despecho.
Aquí se
desvía y se amplía el ecce
homo de Matilde Moret. Nietzsche terminaba su escrito
con estas palabras: «¿Se me ha
comprendido? -Dioniso contra el Crucificado...»
.
La protagonista de La cólera de Aquiles da por
concluso su manuscrito cuando, luego de haber recordado las
lágrimas que, un año antes, habían anublado su
visión de aquella niña que, sentada en un orinal,
miraba la calle desde el balcón de una casa de pescadores
-imagen de la inocencia-, aprovecha la soledad de una noche de
otoño en Barcelona («Camila se ha
ido al cine con unos amigos y yo he preferido quedarme ante la
chimenea»
) para revisar sus cuartillas y asistir, como
autora de ellas, al desfile de «evocaciones y evocaciones de
evocaciones encabalgándose»: «luego, un prolongado y espléndido
baño con otro whisky on the
rocks a mi alcance, el vaho del agua caliente velando
los espejos, a modo de réplica o resonancia del frío
vaso empañado por los trozos de hielo, vaso y espejos que se
empañan como se empaña la mirada serena de unos ojos
con las lágrimas. Un baño que relaja y tonifica el
cuerpo al tiempo que esclarece las ideas. Justo lo que necesitaba
antes de volver a emprender una última revisión de
estas páginas»
(324-325).
No obstante el hedonismo que la escena insinúa, la impresión que se graba en el lector no es de reto ni de triunfo, sino de soledad y fracaso. La petulante, la dominadora, sensual, egocéntrica, incompasivo e inmoral (o amoral) Matilde Moret se entrevé al final como la imagen de la víctima. ¿Creerá alguien, creerá ella misma, que Camila la engañó para resucitar su pasión (la de Matilde) o que Raúl (Luis) la dejó, tiempo atrás, no por indiferencia o desamor sino por no comprometerla en los riesgos de su campaña subversiva? Nada en las páginas de La cólera de Aquiles, nada en las páginas de su previa miniatura (El Edicto de Milán), nada en las páginas de Los verdes de mayo hasta el mar que aluden a Matilde Moret, nada en las páginas de Teoría del conocimiento que desde otro planteamiento imaginario del complejo experiencial sublimado en esta ambiciosa, trabajada y espléndida tetralogía de Luis Goytisolo, refieren a las hermanas Magda y Margarita, proporciona el más mínimo refrendo de realidad (realidad ficticia, realidad segunda, desde luego, pero tan eficaz como la más elemental realidad primaria que se supone que una novela testimonial abarque) a las ilusiones de esa mujer de cuarenta años que, en la soledad de una noche de otoño, se dispone a tomar un baño (edad de madurez, ya no de juventud) y compara los cristales empañados por el vapor o por el hielo con la mirada que, velada por las lágrimas, contempló a una niña inocente, ajena al dolo y al sentir artero, mirar hacia la calle desde un balcón6.
Y quizás ahora cobre otro último sentido el ecce homo de Matilde Moret. Con estas palabras presentó Pilatos a Cristo ante sus acusadores: azotado, coronado de espinas, cubierto con un manto de púrpura. Sangraba. Era rey y no lo parecía, o parecía rey y no lo era.
Ecce homo. Ved a esta persona, decid qué os parece, eso quiso significar quien la expuso a los ojos del concurso con todos los atributos de la víctima. Matilde Moret se narra y se describe a sí misma en las páginas de La cólera de Aquiles creyendo descubrir en la sombra lo que la sombra (el olvido) había ocultado. Pero, al exponerse, se encubre y se descubre: una mitad del rostro en sombra, la otra a la luz, como esa fotografía del autor de Antagonía que figura en la cubierta posterior de cada una de las cuatro unidades que la integren.
Podía leerse en Recuento, como miembro comparante de un extenso símil:
|
Y así como el niño cuya madre muere cuando él es todavía demasiado pequeño para entender siquiera el significado de la palabra muerte, entenderá sólo que ella le ha dejado, sin atinar, no obstante, a explicarse las brutales motivaciones de tal comportamiento, de modo que serán las mismas defensas por él erigidas contra esa injusticia original las que irán tiñendo de indiferencia y hasta de desinterés su progresiva comprensión de lo sucedido [...]7 |
Así, de manera semejante, puede leerse en La cólera de Aquiles:
| (265) | ||
He subrayado la palabra víctima porque, a fin de cuentas, terminando de leer el ecce homo de Matilde Moret -variación del que protagonizaba en Recuento Raúl Ferrer Gaminde- el corolario, por muy nietzscheana que sea la inspiración (y es históricamente explicable que lo sea), no puede evocar a Dionisio, sino más bien al Crucificado.