Literatura oral de los niños de Albacete:
canciones de cuna y juegos de los primeros años
Francisco Mendoza
Díaz-Maroto y
Juana Agüero Jiménez8
Como se ha dicho tantas veces, y de distintas formas, en la
actualidad el Folklore -más en concreto, la literatura oral- está
moribundo, es casi residual. Cada día mueren personas que se llevan a la
tumba -a la nada- tesoros de sabiduría popular no transmitidos por falta
de continuadores ni recogidos por un colector que acertara a pasar por
allí. Esto representa una gran pérdida para la Humanidad,
comparable a la continua extinción de especies de animales y
vegetales.
Y sin embargo, la literatura oral parece tener siete vidas, como el
gato, pues en los últimos años siguen apareciendo joyas
insospechadas, nunca recogidas, por ejemplo romances como
Sayavedra o
El Cid pide parias al moro, en La Gomera9; y
otros, igualmente rarísimos, en la misma capital del reino.
Son excepciones brillantes y consoladoras, pero excepciones al fin.
El progreso -mayormente material- se lleva por delante muchas cosas, incluso
pueblos enteros, degrada la naturaleza y destruye la cultura rural,
tradicional. Y si esa aculturación es visible en todos los tramos de
edad, la
desfolklorización resulta especialmente
lamentable en los adolescentes y en los niños, todos ellos nacidos con
la televisión, los vaqueros, la coca-cola y las hamburguesas. Los
estudiantes de bachillerato no saben refranes -entre otras cosas- y los
niños de hoy, en vez de reñir a pedradas, prefieren matar
marcianos -o, lo que es peor, vietnamitas- en una máquina de bar o en su
propio ordenador: afortunadamente, quedan las niñas, y ya se sabe que el
folklore es mujer.
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En las encuestas que dieron lugar a la
Antología de romances orales recogidos en la
provincia de Albacete, de F. Mendoza10, fueron apareciendo materiales infantiles, que en parte pasaron
a dicho libro. Al concebir la idea del trabajo que el lector tiene entre las
manos, pensamos que sería interesante comprobar el grado de
(des)folklorización de los escolares de 1990, y a tal fin preparamos un
breve cuestionario que aplicamos a alumnos de 6º, 7º y 8º del C.
P. «Inmaculada Concepción» y de 3° de BUP del I. B.
«Bachiller Sabuco», ambos en la capital. Los resultados no han sido
tan negativos como temíamos, y han permitido ampliar sustancialmente
nuestro corpus de materiales infantiles. Si éstos son abundantes
-darían muy bien para un libro mediano-, en contrapartida, como no
podía ser menos, las versiones presentan muy pocas variantes entre
sí -cuando hay más de una del mismo
etnotexto- y con respecto a las de otras
provincias: como escribía Menéndez Pidal, «El repertorio
infantil es sorprendentemente igual en Madrid o en Buenos Aires o en
Manila»11, y lo mismo podría decirse del propio
texto de los romances, canciones, etc., infantiles. Por esa razón, y
dado el carácter de este Boletín, limitaremos nuestras
referencias bibliográficas a sólo unas cuantas obras escogidas
(podríamos citar más, como las de Schindler, Marazuela, Hidalgo,
etc.):
Cantos12,
CIE13,
CMPM14, GMatos15,CPE16, Torner17,
ALIE18, SFem19, Celaya20, Bravo21,
Mendoza22,
Pelegrín23,
FIC24,
Corpus25 y la revista provincial
Zahora.
Lamentamos nuestra carencia de conocimientos musicales, aunque de
todos modos no sería éste el lugar adecuado para reproducir las
melodías. Por otra parte, nuestra experiencia nos dice que, si es
pequeña la variabilidad -la
apertura- en las letras de las canciones
infantiles, es mucho menos en las músicas, generalmente
vulgatas muy extendidas y que a menudo se
adaptan a más de una composición.
En cuanto al espinoso tema de las clasificaciones, existen varias,
pero poco convincentes en general, pues en el estudio del folklore de los
niños abundan todavía más que en el de los mayores los
ignorantes atrevidos que avergüenzan a las linotipias con sus
publicaciones, e incluso algunos cobran derechos de autor por
adaptar -léase adulterar- creaciones
tradicionales que ni siquiera han recogido ellos.
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Volviendo al tema de las clasificaciones, el propio Rodrigo Caro,
que ya en el siglo XVI se interesaba por el folklore infantil, pone en boca de
uno de sus interlocutores estas juiciosas palabras: «...no se yo
qué orden podemos nosotros tener en la cosa que de su naturaleza no lo
tiene»26. Pero como de algún modo hay que ordenar los materiales,
atendiendo sobre todo a la funcionalidad, estableceremos provisionalmente
catorce apartados, la mayoría con subdivisiones, de los cuales
sólo podemos tratar aquí, por razones de espacio, los dos
primeros (lo que podríamos denominar folklore del bebé y del
párvulo, donde éste es mero receptor):
a) Con las manos (señalando, pellizcando o
escondiendo)
b) Con los pies
c) Para contar señalando
9) Recitaciones para los juegos
a) De pelotas, tejas o canicas
b) Para saltar
c) Otros juegos
10) Canciones de juego
a) De palmas
b) De comba
c) De goma
d) De corro
e) De dos filas
f) Otros
11) Canciones narrativas o recitativas
a) Canciones
b) Romances
12) Canciones estacionales
a) Villancicos y aguinaldos
b) De carnaval y otros
13) Adivinanzas
a) De partes del cuerpo
b) De la casa y objetos caseros
c) De plantas y frutas
d) Otras
14) Chistes
Pasamos ya a desarrollar brevemente los dos primeros apartados,
dejando a un lado, por ahora, los aspectos literarios (entre ellos la
métrica).
1) CANCIONES DE CUNA O NANAS
Son, cronológicamente, los primeros
etnotextos o composiciones orales con que toma
contacto el niño, si bien a una edad en que todavía no es capaz
de retenerlas. Unas son sólo tiernas invitaciones al sueño: