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ArribaAbajo Mucho cuento

Teresa Duran


A veces sabemos qué quiere decir una palabra sin haber tenido que consultar jamás un diccionario. La palabra «cuento» es una de ellas. Y guárdense ustedes de mirarla en el diccionario, pues los académicos no andan muy seguros con ella. O al menos no tan seguros como con la palabra «hipocondríaco», pongo por ejemplo. A pesar -o quizá por ello- de que el cuento existió mucho antes de que existieran los académicos. Con tantos años de andanzas, a la palabra «cuento» se le ha quedado estrecho el vestido. Su perímetro ha ido acogiendo más y más acepciones, y así metemos en un mismo vocablo los más heterogéneos conceptos: narraciones cortas como las de Cortázar, libros ilustrados que nada tienen que ver con la tradición, apólogos, fábulas, chanzas, chascarrillos, leyendas, mitos, paparruchas, vidas y tareas equívocas, mentiras, etc. Todas estas acepciones son designadas, popularmente, bajo el mismo nombre. Y ya tenemos el lío armado.

Diga usted en voz alta ante un delegado de hacienda que «vive del cuento» y será tratado de «aberración fiscal» (sic). Exclame usted como León Felipe «que no quiere oír más cuentos» y todo el mundo entenderá que está usted refiriéndose a la política. Compre usted la enciclopedia ilustrada con la que este pertinaz vendedor le aturulla todos los días, y después comente a sus vecinos «lo bien que están hoy los cuentos para niños» y verá como ellos replican sin duda, «que sí, que a sus hijos también les gustan mucho los dibujos animados». Y, si es usted aficionada a la estadística, busque en el ¡Hola! cuántas «bodas de cuento de hadas» se producen en un año y ofrezca el record al Guiness, le darán lo bastante como para pagarse unas vacaciones en Disneylandia.

Y mientras tanto ¿qué pasa con el cuento-cuento? Pues que se nos muere de inanición. Quizá el léxico se nos ha quedado pobre. En lenguas como la germánica o la inglesa resulta más fácil identificar a los cuentos de la tradición oral, respecto a otras narraciones o a algunas paparruchas. Aunque en mi lengua la palabra «rondalla» nos permite distinguir este tipo de narración oral de las otras narraciones, incluso esta palabra y su derivada «rondallística» (conjunto del patrimonio oral) no nos permiten ir mucho más allá en la catalogación y clasificación de este patrimonio.

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Los cultismos o distinciones posibles efectuadas sobre el patrimonio de la literatura escrita, que abarcan tanto los géneros como las estructuras literarias no son aplicables a la tradición oral. Parece como si los mismos doctos personajes que engendran y tutelan dichos productos literarios hubiesen asimismo generado la metodología que permite su estudio y accesibilidad. No así en la tradición oral, que al tener un origen más popular carece de aportaciones eruditas en número suficiente como para dotarla de una nomenclatura propia y de una metodología de estudio y divulgación que divulgue su uso. Evidentemente ese patrimonio cultural no nació con ese fin. No fue un trabajo de taller. No entró en el Trivium y el Cuatrivium. No ganó el Nobel o el Planeta. No forzó su marcha. No.

Era -aparentemente- tan simple que hasta un niño podía utilizarla. Continúa pareciendo tan inofensiva que ha quedado relegada como «obra menor». Y sin embargo...

Sin embargo toda buena literatura se basa en la tradición oral. Ni Shakespeare hubiese escrito el Rey Lear ni Cervantes sus Novelas ejemplares ni Lope sus poemas, ni tantos y tantos otros y obras sin la base de un patrimonio oral. Incluso los grandes autores de hoy: Borges, Calvino, Rushdie, etc., dejan entrever, en sus obras, hasta qué punto su pluma está empapada hasta el tuétano de tradición oral. Su habilidad narrativa y comunicativa no es en absoluto producto del plagio de tal o cual cuento, sino producto del conocimiento profundo de la estructura, la sólida estructura, del cuento popular. (No se entienda por estructura el análisis y aplicación de las 32 funciones de Propp, cuya aportación, si bien esencial, se limita sólo al cuento maravilloso y éste es tan sólo una parte -y quizá numéricamente la inferior- del patrimonio narrativo oral).

Es desde el absoluto convencimiento de que el sustrato de toda «buena» literatura está en relación directa con la riqueza de la tradición oral que la sustenta que, en este artículo, voy a romper una lanza a favor de la tradición oral, como sustento para una buena literatura -llamémosla- infantil.

Hay, en primer lugar, una distinción previa que efectuar entre el «habla» y el «lenguaje». El habla es lo cotidiano, lo vulgar, lo corriente, y lo modal. Ella permite las variantes dialectológicas, las modificaciones, los apócopes, los cambios de perímetro y de grosor

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Cartel de Opisso para la colección Rondallas populares. Col. de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez

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de los vocablos, las entonaciones, los gracejos, los énfasis, lo susurrante y lo insultante, etc. Es fundamentalmente viva. Y en algunos casos y culturas, extraordinariamente rica.

El lenguaje no es más que un primer grado de abstracción sobre la materia prima del habla. Equivale a la fijación, por supuesto correcta, de la misma. Aunque su mutación sea mesurable, no cambia al mismo voraz ritmo del habla. Y es sobre el lenguaje, al que se atribuyen las distinciones de «correcto» o «incorrecto» -léase juicios de valor-, sobre el que se estructuran las lenguas merced a ese segundo y complejísimo grado de abstracción teórica que es una «gramática». Según la gramática hablaremos de lenguas o de dialectos y, también con ella como argumento de peso irrefutable, juzgaremos los valores «literarios» de un «escrito» o «texto».

Estamos pues en otra esfera distinta a la de la oralidad. Lo que ganamos en «corrección» lo perdemos en «comunicación». Pues el habla es comunicación directa y gratificante, y el texto equivale a una comunicación real, sí, pero mediatizada. El texto tiene a su favor la potencialidad de sobrepasar el tiempo presente. Algunos textos sobrepasan siglos. La oralidad es inmediata. Algunas comunicaciones orales sobrepasan el tiempo. Así la frase «te amo», que acostumbra a pronunciarse oralmente, tiende a tener un tiempo de pregnancia comunicativa que excede de los dos segundos en que tarda en pronunciarse. Algunas estructuras narrativas orales, si están construidas con suficiente garra, tienden a tener un tiempo de pregnancia entre los oyentes bastante superior, asimismo, al tiempo «físico» en que fueron pronunciadas.

Casi todo el patrimonio oral sobrevive gracias a esta potencialidad de pregnancia. Sin embargo sería falso creer que ese patrimonio es o ha sido perenne. Ni los esclavos romanos oyeron jamás, aunque conocían su argumento, la versión de la Cenicienta que mi abuela oyó, ni mi nieto oirá jamás, aunque pueda saber de qué va, la versión del Juicio de Paris que oyó Homero. Quiero decir que las unidades comunicativas que la humanidad ha ido transmitiéndose de generación en generación no son las mismas ni tienen los mismos aspectos formales de un siglo a otro. Es, por tanto, absurdo lamentarse por la pérdida del patrimonio oral ahora, a finales del siglo XX, pues cuando obramos así nos referimos sólo al patrimonio oral que conocieron nuestras abuelas. Y olvidamos que ya en tiempos de nuestras abuelas se había perdido el   —19→   patrimonio oral que alimentó a Perrault, y que éste se perdió el patrimonio oral que nutrió a Esopo.

No obstante sí que existe un patrimonio por el que luchar, que es, simplemente, «lo oral». ¿Quién habla, hoy? ¿Dónde están los narradores? Enfundados en el aforismo «las palabras se las lleva el viento» dejamos, realmente que se las lleve. Y sólo la palabra escrita o grabada tiene valor de documento transmisible.

Por tener la palabra escrita un cierto grado de dificultad para su captación ha llegado a ser sinónimo de palabra adulta. Por ser la escuela la encargada de custodiar el paso del niño a la edad adulta, se le ha confiado la tarea del aprendizaje de la palabra escrita. Y quienes desean comunicarse con los niños recurren cada vez más a comunicarse con ellos por escrito. Entiende entonces el niño que lo escrito es lo válido. Y comienza, entonces, él mismo a escribir. Todos contentos.

Centenares de autores escriben para niños. Miles de niños escriben con vistas al día en que un autor visitará su escuela. ¡Qué bonitos libros y qué bonitas redacciones! A veces los niños preparan una serie de preguntas, por escrito, sobre los textos que escribió el autor. Y, cuando ambos colectivos, con verdaderas ansias de comunicarse, se encuentran, empieza un cada vez más grotesco ritual de preguntas y respuestas «escritas». Los niños deseaban conocer a alguien que, supuestamente, contaba historias, que no les «cuenta» ninguna porque no son transmisibles oralmente. Y los autores no escuchan las historias que los niños podrían contarles porque los niños saben cada vez menos para qué demonios sirve «contar» (además, si hablan, les riñen). Al final una piensa que sí, que a Dios gracias, hemos salvado la literatura... pero hemos perdido el habla que la sustentaba.

Por favor, por favor, que no se nos pierda el habla en tanto «cuento». Me encanta que existan asociaciones amigas del libro infantil, y tengo una auténtica debilidad por ellas. Pero prueben ustedes, por favor, a contar en voz alta y sin chuleta, los libros que tanto apoyamos, y verán cuán pocos de ellos son transmisibles oralmente. Ya sé -y muy bien- que leer y escuchar son cosas distintas, pero que lo uno no nos   —20→   haga perder lo otro, (que el texto no nos haga perder la palabra) pues lo uno sin lo otro no tiene razón de existir. Por favor.

Teresa Duran

Escrito durante las fiestas de la Purísima Constitución de 1988, sin saber muy bien si lo que se acerca son unos días de huelga general equivalentes a un cataclismo universal o unas entrañables fiestas de paz para los hombres de buena voluntad.