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ArribaAbajo La construcción del universo narrativo personal

Joan Manuel Gisbert


Entre las diversas actitudes con que puede abordarse la creación literaria está aquella en que la escritura nace mucho más de los impulsos del momento creativo -es decir, de la inquietud y la fascinación que la propia historia que se elabora produce en el escritor, de la entrega de vida a las situaciones que van surgiendo, de una disposición imaginativa cercana a la vivencia real-, que de una puesta en práctica de intenciones y objetivos previamente establecidos.

Podría parecer que para crear textos narrativos capaces de interesar a los jóvenes lectores es indispensable una detenida reflexión preliminar acerca de las expectativas, intereses, necesidades y apetencias de esos preadultos para insertarse con acierto en su disponibilidad receptiva. Y es cierto que, a veces, quien practica la escritura del modo no condicionado descrito al principio puede tener la sensación de estarse dedicando a su menester de una manera excesivamente alejada de la imagen sociométrica de los lectores más jóvenes.

En efecto. Aunque la pregunta es artificiosa, puede ser planteada: ¿cómo puede un adulto, máxime si está desvinculado del mundo escolar y juvenil y apenas sabe nada de psicología evolutiva, poner su pluma, o aspirar a ponerla, al servicio de lectores muy jóvenes -a partir de los 12 años, pongamos por caso-, sin un riguroso planteamiento apriorístico de lo que las edades y situación social de esos posibles lectores demandan?

Sé que para muchas personas, y para no pocos escritores, esa preocupación está fuera de lugar desde el punto de vista de la literatura. También a mí me parece innecesaria. Pero la introduzco para mejor aclarar lo que vengo a decir que, a la postre, es muy claro y simple.

A medida que he ido madurando en este oficio apasionante y aterrador he podido comprender más y mejor, sentir, personalmente, que el escritor es alguien empeñado en la construcción de un pequeño   —9→   universo expresivo y, en buena medida, imaginativo, que es emanación directa de su mundo interior, resultado éste a su vez de la experiencia acumulada y pasada por los filtros transformadores de su modo de ver el mundo y de darle sentido a la existencia.

El autor podrá ser permeable hasta el más alto grado a todo lo que le rodea, podrá, si se quiere, estar directa y activamente comprometido con la evolución de la sociedad, ser un ciudadano solidario y participativo al máximo. Pero en el momento de la creación, y en ello radica una parte de la grandeza y de la miseria de su oficio, estará completamente solo, oirá solamente su voz interior, para acrecentarla y dejarla fluir, y escribirá a su dictado. Será como un pariente, más o menos cercano, de aquel lobo estepario que conoció en su juventud.

Toda otra consigna autoimpuesta, toda subordinación a objetivos o móviles preconcebidos, toda voluntad de servicio antepuesta al discurrir de la escritura, se cobrarán su precio en lo literario si llevan al autor a desviarse de su horizonte expresivo genuino y personal y a brujulear tratando de adaptarse a tales o cuales necesidades y demandas. El escritor podrá así, a poco que se descuide, convertirse en un escribidor de encargo, aunque sea él mismo quien se haya hecho tal encargo.

Sin embargo, sigamos objetando. ¿Dónde queda el joven lector en aquella perspectiva que parece ignorarle como destinatario preferente de lo escrito? ¿De qué modo encontrará en esos textos narrativos un reflejo de sus miedos, de sus frustraciones, de sus esperanzas, de sus lógicas incertidumbres y preocupaciones, de su lenguaje? ¿Por qué no escribir acerca de aquellos temas que son señalados por educadores, bibliotecarios y críticos como más necesarios y urgentes?

No hay quien pueda negar que desde la voluntad de adecuación y servicio se han escrito excelentes obras para los muchachos, obras que resultan ser, además de literarias y placenteras, verdaderamente útiles y oportunas. Diría más: sería desastroso para el conjunto de la literatura juvenil que no existieran autores capaces de crear sus obras en conexión con las inquietudes apuntadas sin que, por ello, su autoexigencia imaginativa y de lenguaje quedase mermada. Pero, a mi modo de ver, eso sólo es posible cuando de modo natural y verdadero -y no forzadamente inducido- aquellas áreas temáticas oportunas y necesarias coinciden o están fuertemente presentes en el mundo vital e intelectual del autor, es decir, forman parte sustancial de su universo   —10→   creativo, con independencia de que se ajusten o no a la demanda editorial.

Otra cosa ha de ocurrir cuando el autor se formula preguntas más pragmáticas y descarnadas. ¿Qué pide el mercado? ¿Qué talante tienen los libros juveniles que más se venden? ¿Podría yo hacer algo semejante? ¿Por dónde van los tiros? ¿Qué tipo de novelita puede darme una mayor satisfacción crematística? ¿Cómo enganchar a los chavales para que consuman lo que yo escribo? ¿Cuál es la tendencia que está de moda? ¿Qué ha tenido éxito en otros países y puede tenerlo en el nuestro?

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Il. de Jesús Gabán, en la revista Faristol

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Llevado a ese punto, el don de la oportunidad se transforma en oportunismo. Tal vez el oficio y la habilidad escribidora logren disimular en ciertos casos semejante origen programático, pero no es muy difícil detectar o sospechar en otros la orientación camaleónica y acomodaticia del producto obtenido. Siempre hay que atribuirle buena voluntad al prójimo, pero él también tiene que ayudarnos un poco. Y que no se diga que, en el fondo, la culpa es de las editoriales. La responsabilidad profesional del escritor es intransferible. Hasta ahora, que yo sepa, ningún autor se ha visto obligado a escribir ningún libro bajo coacción física o chantaje inescapable. La oferta de sustanciosos anticipos tampoco obliga -salvo, quizás, en situación perentoria de necesidad alimenticia-, a soslayar la propia autenticidad creativa.

Creo que un narrador, cuanto más consecuente sea con las vías de su universo creativo personal, más útil y valioso podrá ser para quienes lo lean, aunque ello tampoco baste para garantizar, desgraciadamente, que siempre logrará interesarles y brindarles placer en la lectura. Pero, de cualquier modo, el acercamiento a los jóvenes lectores puede ser, sin pérdida de adecuación, inconsciente e indirecto, no calculado. Dejar fluir con pasión lo que se narra, atender por encima de todo al desarrollo de la historia, sin preocupaciones didácticas o ejemplarizantes, sin clavar el ojo en coyunturas editoriales, mimando la coherencia interna del relato, avivando su progresión de lo conocido a lo desconocido, dejando que nos sorprenda, nos conmueva y nos arrebate, cuidando al mismo tiempo, con todos nuestros alcances, del mejor establecimiento de su forma, de su lenguaje.

Procediendo así, no estaremos agitando personajes en vano. Porque, inevitablemente, nuestra ética, nuestra capacidad de aliento, nuestra visión del mundo y de la existencia, o lo que de ellas sea comunicable, quedará prendido, en invisible evidencia, en el tejido del relato. Y ello se cumplirá hasta en la más fantástica de las historias -siempre que haya sido escrita desde la aludida autenticidad, y no como habilidosa sucesión de momentos diseñados para sorprender, apabullar, zigzaguear, o para entretener con lo meramente imposible o disparatado, con lo cual estaríamos no ya en lo fantástico, sino en su sucedáneo mecánico: lo fantasticoide.

Y, en definitiva, tampoco estamos invocando a la egolatría del autor para que aspire a ciegas a lograr de un modo fortuito la relación comunicativa entre sus textos de ficción y los jóvenes lectores. Porque   —12→   para algo sabemos -no en balde hemos sido jóvenes lectores-, que el instinto de la investigación, los móviles profundos de la aventura, la apertura mental que acompaña a lo fantástico, el avance hacia lo desconocido, las resonancias de lo mítico y lo simbólico y la contemplación de la realidad con ojos nuevos, forman parte tanto de las apetencias como de las necesidades psicológicas de los jóvenes lectores.

Si logramos dar vida a esas formas del conocimiento y la experiencia en nuestros textos de ficción porque ello forma también parte de la construcción de nuestro propio universo narrativo, podremos ser útiles, oportunos, contagiadores del placer de la lectura y, en cierta medida, por qué no decirlo, necesarios.

Joan Manuel Gisbert