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Muchas páginas de Miguel de Unamuno revelan, de manera inequívoca, despierta atención a los mundos infantiles, delicada y tierna sensibilidad para la observación y comprensión de los niños. Sentimientos y ternura éstos que si evidentes en la obra del escritor, se manifiestan también en su vida cotidiana, al extremo de reflejarse en hechos cuya memoria perdurará mucho tiempo después, como sucedía en la isla de Fuerteventura, donde, en 1965 -lo ha contado el profesor Manuel Alvar- aún se recordaba a don Miguel y anécdotas de su estancia en la isla1.
Así en poemas suyos, en especial aquellos que corresponden al poeta «de corazón casero» -con sus mismas palabras-, poeta también doméstico y de la vida hogareña2, el cual sabe cantar, con la suave dulzura de una nana, a su primer nieto:
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Y que reproduce entrañables escenas familiares, reiteradas en versos suyos:
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Y en prosas como la de una carta dirigida a su amigo Juan Maragall: «Mientras mis dos hijos mayores estudian junto a mí o lee el mayor a Dickens -que es su encanto-, leo...»5.
Es sabido, desde otra perspectiva, que la crisis religiosa de Unamuno se unió a la enfermedad de su hijo Raimundo Jenaro, muerto en 1902: «Don Miguel tuvo -ha escrito Manuel Alvar- hacia aquella carne suya las ternuras más delicadas: hizo que los otros hermanos le quisieran, le dedicó poemas, le sacó dibujos del rostro y de la mano paralítica. Y en torno al niño enfermo se consumó la crisis religiosa del hombre que quiso el milagro para aquella criatura desgraciada»6.
El tema de Unamuno y los niños -de profundo interés- muestra muy distintos perfiles y requeriría un espacio del que ahora no disponemos. Nuestro propósito es, únicamente, en esta ocasión, recordar unos textos del autor de Amor y Pedagogía, pertenecientes a su epistolario con Eduardo Marquina, donde figuran valiosas consideraciones acerca de la literatura escrita para los niños7.
(Il. M. Granados, La muñeca irrompible, de E. Marquina. Barcelona, Juventud, 1949)
—11→En 1904, Eduardo Marquina tiene a su cargo la dirección literaria de una editorial de Barcelona, Carbonell y Esteva. Escribe entonces a Unamuno -con quien sostenía asidua correspondencia epistolar- para informarle de sus proyectos y solicitarle su colaboración: «...yo he leído no sé dónde algo de usted en que manifiestamente decía que quería escribir algún libro de lectura para niños.
»¿Persiste usted en este proyecto tan beneficioso y útil para tantos pequeños espíritus condenados ahora a formarse en estercoleros? ¿Quiere usted contestarme detallándome su pensamiento y las condiciones en que quisiera realizarlo?»8.
No tarda la respuesta de don Miguel, en carta muy extensa y rica en proyectos y sugerencias: «Le veo metido en una empresa de verdadera hondura y de grandísimas dificultades. Por llevar a flor de alma los recuerdos de mi infancia y por tener seis hijos, conozco algo a los niños, y mis cerca de cuatro años de rectorado me han enseñado a conocer a los maestros. Estos serán el obstáculo mayor para su empresa». Se extiende después en consideraciones sobre cómo se debe escribir para los niños: «La cosa no es fácil. Hay que valerse de un vocabulario restringido y preciso, excluyendo términos abstractos, y de una sintaxis algo monótona, de coordinación y no de subordinación, al modo de la homérica y la bíblica. Siempre me ha chocado cuánto desconocen el lenguaje infantil los que escriben para niños. Yo tengo -afirma con rotundidad Unamuno- la pretensión de conocerlo». Se refiere a continuación a las obras con ese fin que le gustaría escribir: una colección de cuentos y una gramática: «También me gustaría hacer una gramática en que hubiese nociones de cómo se hace una lengua». Y expone ideas sobre cómo han de ser las obras destinadas a la enseñanza de materias tales como aritmética y geometría: «En los libros de aritmética, empiecen por geometría y mézclenlas. Que al sumar se sumen líneas, superficies, cuerpos. A mis chicos les enseño primero la geometría». Importa ante todo, según Unamuno, en esta clase de obras, la claridad: «Todo consiste en sacrificar algo la exactitud científica en provecho de la claridad». E insiste sobre la gramática y su enseñanza: «...en gramática hay que empezar por enseñarles que la lengua cambia, pero que como tenemos que entendernos no puede cada uno hablar como le dé la gana, porque entonces no le entenderían, ni puede hablar feo, porque se reirían de él. Hay que hacer gramáticas sin ideología, y desterrar de ellas la escolástica. Y, en fin, si me pongo a hablar de esto jamás acabaría». Pero todavía se referirá a otro posible proyecto: «También me gustaría hacer una geometría. (Debo advertirle que estudio matemáticas con frecuencia...)»9.
—12→La carta termina con unos versos del poema «Salamanca»10, en los que se observan algunas variantes respecto a la versión que aparecerá en el volumen Poesías, publicado más adelante, en 1907:
Los proyectos esbozados en la carta de Unamuno no llegarán a convertirse en realidad. En cartas posteriores, también de 1904, entre Marquina y Unamuno, el tema reaparece, más débilmente cada vez, hasta desaparecer por completo11. Sin embargo, aquella carta unamuniana constituye todavía hoy, transcurridos ya más de ochenta años desde cuando fue escrita, expresivo testimonio del afectuoso interés que don Miguel sentía por la literatura infantil, por todo género de obras dedicadas a los niños. Valía la pena recordarlo ahora, en este año en que se cumplen cincuenta del fallecimiento del escritor. Quede para otra próxima ocasión el estudio detallado que el tema requiere.
José Montero Padilla.
Catedrático de Escuela Universitaria. Universidad Complutense.

