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Boletín (Asociación Española de Amigos de IBBY)

Año IV, núm. 6, diciembre 1986

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ArribaAbajo La poesía al alcance de los niños

Antonio A. Gómez Yebra


En cierta ocasión se me ocurrió definir las características que debería reunir la poesía destinada a la lectura de los niños. En aquel entonces imaginaba que proporcionando a mis posibles lectores adultos tales elementos, ellos se preocuparían de poner en las manos de sus hijos, allegados o alumnos, los libros cuyos poemas gozaran de esas cualidades.

Varios libros de poesía infantil entre mis publicaciones y un buen número de recitales en colegios, cadenas de radio, entidades públicas, etcétera, me han desencantado de aquella ilusión pero no han conseguido apartar de mi mente la idea de que el niño, más aún que el adulto, necesita leer poesía, buena poesía.

Es cierto que la buena poesía es siempre poesía buena, pero no lo es menos que, por muy extraordinaria que sea, hay cierta clase de poesía que al niño no solamente no le llama la atención sino que le repele. Hablo de la poesía de vieja escuela castellana (e italiana) de rancio abolengo, de ilustres autores y de elementos elevados. El niño puede, como cualquiera, sonreír con la lectura de textos de Quevedo, o llorar con los de Bécquer, por citar sólo dos de los poetas que más admiro, y puede también coger entre sus manos inocentes textos cuyos giros, expresiones, alegorías, etc., no entiende en absoluto, y cuyos temas le resultan tan ajenos como pudiera serlo la composición química de los gases que forman la cola del cometa Halley.

Es posible, incluso, que el niño se sienta más atraído hacia tal compuesto químico que hacia la lectura poética, y ello porque esas moléculas en movimiento tienen algo de mágico y misterioso de lo que mucha poesía adolece.

Si yo pretendiera engañarme o engañar a mis pacientes lectores, diría que no se lee poesía en nuestro país a nivel adulto porque en su momento fuimos traicionados por nuestros mayores, y que nuestros menores no leerán poesía en el futuro porque ahora los traicionamos nosotros poniendo en sus manos exquisitos bodrios poéticos aderezados con magníficas ilustraciones a todo color sobre papel satinado de cuarenta kilos y cubiertas de cartoné.

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Portada de El trovador de la niñez (1866), de Pilar Pascual de Sanjuán. Barcelona: Blas Camí.

Pero con esto no engañaría a nadie, porque todos sabemos que si bien pueden encontrarse tal tipo de obras en librerías, no suelen llegar a los niños, o, como estos son suficientemente inteligentes para descuartizarlos el 7 de enero o e l mismo día de la primera comunión, no llegan a contaminarse con la lectura.

Lo normal, sin embargo, es que los adultos no proporcionemos libros de poesía a los menores que dependen de nosotros, y esto ocurre, entre otras, por estas razones:

  1. No disponemos ni nos preocupamos de disponer de tiempo para informarnos sobre autores y editoriales dedicados al tema. Por ello salimos del paso, cuando se nos ocurre regalar algún libro, en fechas señaladas, comprando para tal fin los mejor presentados y más caros, casi siempre cuentos, cómics o libros que aprovechan los éxitos de filmes animados.

  2. Porque no encontramos ningún libro de poesía para los de menor edad, a veces tampoco en librerías especializadas, algo perfectamente lógico si tenemos en cuenta que las editoriales no los incluyen en sus colecciones, y esto no lo hacen porque no se venden. Auténtica pescadilla, pues, que se muerde la cola.

  3. Porque no existe variedad. Los escritores son prácticamente los mismos desde el 70, momento en que despuntó alguna novedad, y en la mayor parte de los casos su musa ha declinado o los ha abandonado definitivamente.

  4. Porque nuestros menores ya lo han visto todo, incluso aquellas colecciones que ponen al alcance de los niños a los grandes poetas de la literatura de todos los tiempos y en todas las lenguas de nuestra geografía.

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De todas formas, algo está haciéndose, y no es tan difícil encontrar a padres y profesores solicitando libros de poesía infantil (los niños empiezan ya a apuntar sus preferencias), como también va siendo frecuente la práctica de los concursos y recitales poéticos en los colegios, algo que suele surgir de la lectura poética y a ella anima. Los colegios son, en suma, al menos en estos momentos de desfase generacional, quienes tienen en sus manos la posibilidad de conseguir lectores de poesía, ya que deben estar capacitados para proporcionar al niño el medio indispensable: el libro. El hogar, por lo ya apuntado, favorece menos la lectura, pero además porque el niño en casa dispone de otros medios que distraen la mayor parte de su atención y ocupan buena parte de su tiempo: el televisor y el ordenador, los grandes enemigos de su fantasía, si se me permite la expresión.

Porque de eso se trata: de proporcionar fantasía, encanto, risa, a los más jóvenes, para que ellos, al menos ellos, consigan vivir algo más felices en un mundo que les hemos ido haciendo prosaico, materialista, más pendiente del cronómetro que de la relación cordial, generosa, amorosa, con los demás.

Algo de eso puede conseguirse, a buen seguro, si se encuentran obras de poesía que contengan algunas de las características que propondré a continuación para la destinada a los niños:

  1. La poesía infantil ha de ser un juego más para el niño, de ahí que se hagan imprescindibles ciertos recursos formales como onomatopeyas, rimas, paronomasias, metamorfosis de palabras, creación de palabras sin sentido, repeticiones, trabalenguas:


    Peregil, don, don.
    Peregil, don, don.
    Las armas son,
    del nombre virulí
    del nombre virulón.

    (Anónimo.)

  2. Los temas de esta poesía no tienen un índice concreto o definido. Al niño puede presentársele cualquier asunto, siempre y cuando esté elaborado con la claridad apropiada a su desarrollo intelectual y siempre que se utilice el vocabulario adecuado:


    ¿Veis la Luna? Es la tajada
    de un melón resplandeciente.
    Mañana lo picaremos
    cuando el campo se despierte.

    (J. M.ª Souvirón.)

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  4. Fundamental considero en la poesía infantil cautivar al niño por medio de la fantasía, por la magia, por esa sensación que lo eleva del mundo real a un mundo irreal pero posible, y que se consigue por medio de imágenes y símbolos:


    Un cielo grande y sin gente
    monta en su globo a los pájaros.
    El sol, capitán redondo,
    lleva un chaleco de raso.

    (F. García Lorca.)

  5. El cancionero y el refranero popular nos enseñan que muchos juegos infantiles se basan en la recitación o entonación cantada de un poema que se acompaña con diversos movimientos y gestos. Una poesía que invite a la actividad, a la dramatización, es una poesía acertadamente infantil:


    Pliega bien las alas,
    mírate al espejo,
    ponte esta guirnalda
    de flor de cerezo.

    (Concha Lagos.)

  6. El niño es en esencia un ser alegre, un ser que necesita manifestar abiertamente su regocijo. La poesía festiva, aquella que contiene notas de humor fresco y espontáneo, gozará de su aceptación:


    Mariquita, lee, lee,
    y no dejes de leer,
    porque si no las orejas
    pronto te van a crecer.

    (Gloria Fuertes.)

  7. La naturaleza, especialmente la animal, presenta seres que atraen al niño porque son «a su medida» y porque puede establecer con ellos una relación afectiva de gran importancia. La presentación de los animales -desprovista, eso sí, de aspectos didáctico-moralizadores- supone uno de los mayores atractivos de la poesía infantil:


    La Luna pesca en el charco
    con sus anzuelos de plata.
    El sapo canta en la yerba,
    la rana sueña en el agua,
    y el cuco afila la voz
    y el pico contra las ramas.

    (Alejandro Casona.)

  8. La poesía infantil, como cualquier otro género destinado a tales lectores, debería ser ideológicamente neutra, desinteresada a nivel de posiciones sociales, políticas o religiosas, pero no ignoro que esta característica roza el nivel de utópica. No se me escapa que nadie, ni el mismo niño, puede manifestarse de una forma absolutamente «aséptica», aflorando siempre a la superficie del poema las creencias y los   —8→   sentimientos más íntimos del escritor. Es muy posible que feministas y pacifistas se encrespen tras la lectura de este estupendo romance:


    Yo soy el gallo más gallo
    que existe en el gallinero.
    Mi cresta es una llama,
    mis espolones de acero,
    y el arco-iris envidia
    mi cola de gran plumero;
    al que me busca pelea
    le deshago como quiero.
    Si digo «¡kikirikí!»
    se estremece el mundo entero.

    (A. Marqueríe.)

Difícil es que estas y otras características que se pueden añadir, coincidan en una determinada composición, pero sí deben darse en algún grado en los libros de poesía del género si pretenden ser «poesía para el niño» y si pretenden que sus destinatarios los acepten y los lean.

Existen también algunas contracaracterísticas de la poesía infantil, fácilmente ejemplificables con textos, pero que me limitaré a enumerar: abuso del diminutivo y de la rima fácil, ñoñería, ternurismo, panfletarismo y populacherismo parecen las más evidentes y peligrosas. En otros casos la poesía adolece de prosaísmo, pero esto me parece menos nocivo, pues la prosa puede alcanzar calidades próximas al verso.

En resumidas cuentas, y para concluir estas notas a vuelapluma, me atrevo a considerar que existe muy poca poesía infantil al alcance de los niños; que la escasa buena poesía infantil en el mercado se lee y se utiliza poco a nivel particular y de colegios; que son las instituciones públicas, los profesores y los padres los que tenemos en nuestra mano la posibilidad de hacer llegar a los niños buena poesía; y que las editoriales deberían exponerse a publicar más libros de poesía infantil, ya de autores consagrados, ya de autores noveles, para que el niño pueda escoger con libertad sin tener que limitarse a los libros o a los autores de siempre. Quizás mañana las estadísticas de lectores de poesía no nos hagan enrojecer de vergüenza.

Antonio A. Gómez Yebra

Profesor de la Universidad de Málaga



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