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Artículo publicado en Primeras Noticias, núm. 76, abril 1987.
Los bibliotecarios en la España decimonónica formaban un conjunto profesional con los directores de museos y de archivos; era el famoso cuerpo de «Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos».
Afortunadamente en la primera mitad del siglo XX las bibliotecas cobraron tal empuje que esta alianza tripartita se desglosó en tres profesiones independientes.
Pues bien, tras haber logrado este triunfo, dejando bien claro el quehacer del bibliotecario con dedicación exclusiva a los libros, estamos a punto de caer en un error mucho mayor: convertir al bibliotecario actual en videotecario y discotecario.
Es algo manicomial oír los lamentos de nuestros bibliotecarios con pocos recursos para abastecer las bibliotecas populares infantiles de la cantidad y calidad de libros modernos, al mismo tiempo que se crean nuevas bibliotecas con audiovisuales como signo exterior de una falsa riqueza. Porque si fuera real este alarde económico, ¿por qué no crear aparte verdaderos centros audiovisuales?
En Karlsruhe sentí auténticos escalofríos al visitar la estupenda biblioteca infantil de aquella ciudad y comprobar que poseía en la misma planta cuatro salas de iguales proporciones: Biblioteca, Ludoteca, Audioteca y Videoteca. Pues bien, las tres últimas estaban abarrotadas de niños. La Biblioteca estaba desierta.
Ya sabemos que MacLuhan necesitó escribir en libros su réquiem a la Galaxia Gutenberg, cosa paradójica en sí. Pero no podemos comprender este empeño en fundir estos elementos tan diversos y que tanta personalidad tienen por sí mismos en un mismo bloque.
Profesionalmente hablando los bibliotecarios sabemos todo sobre libros. Pero ¿estamos preparados para videotecarios? Porque aprender el mecanismo catalogador y clasificador de estos nuevos elementos es bien simple y al alcance de todo profesional. Y más cuando en un alarde, no sé si de ingenuidad o hipocresía, los estuches de los vídeos aparecen en forma de libro con lomo y tomo. Pero ¿cuántos bibliotecarios están concienciados de los films que existen en el mercado? ¿Cuántos conocen tanta música antigua y moderna para poder ser un buen guía para el oidor o vidente como lo es para el lector?
Cuando nació el cine, el mundo del teatro creyó desfallecer. Se habló de que el nuevo invento dejaría sin público al arte dramático. Pero subsistió el teatro al lado del séptimo arte. Quizá muchas salas dejaron de ser Teatros para convertirse en Cinematógrafos.
—15→Il. Quentin Blake. El secuestro de la bibliotecaria, de Margaret Mahy. Madrid: Altea, 1983.
Pero a nadie se le ocurrió la «chorrada» de poner una pantalla al lado de un escenario para hacer simultáneamente una representación teatral y la proyección de una película. Quizá exagere un poco, pero es el efecto que me produce ver una biblioteca con discos y pantallas.
He dicho muchas veces que el día que una discoteca tenga libros, una biblioteca podrá tener discos.
Bromas aparte, lo importante es que no nos damos cuenta de la aberración que significa volver al absurdo triángulo decimonónico que profesionalmente sufrimos los bibliotecarios. Si se llegó a desterrar las dos terceras partes de la profesión, desglosando, como era lógico, al arqueólogo y archivero del bibliotecario, ¿a santo de qué caemos en otra mezcolanza mucho más absurda que la primera, obligando al bibliotecario a trifucarse de nuevo en deterioro de su única y exclusiva tarea profesional: leer para hacer leer. Es decir, «servir de embudo entre los libros y el lector», como dijo Ortega y Gasset, que en su —16→ Libro de las Misiones dedicó suculentas páginas a la Misión del bibliotecario.
Todo lo que no sea libro es otra cosa, por estupenda y digna de elogio que sea; por seductora que nos parezca; por atrayente que se nos muestre. Pero «zapatero a tus zapatos», y el bibliotecario no es ni filmotecario, ni videotecario, ni discotecario. Profesiones que deben ser inventadas ahora y ya. «¡Coexistencia, sí; fusión, no!» hemos titulado este trabajo, conscientes de que será criticado. Pero pido se lea con tranquilidad, para que no se diga lo que no digo.
Creo sinceramente que mientras en una biblioteca infantil no haya suficiente presupuesto para comprar todos los buenos libros que ahora existen en este género, gastar dinero en adquirir aparatos audiovisuales es un despilfarro kafkiano, y desprenderse de un solo metro cuadrado de una biblioteca infantil, que tanto espacio necesita para sus libros y lectores, para instalar un flamante equipo de fonoteca o videoteca es una barbaridad.
Bienvenidos sean todos los elementos de difusión cultural que la nueva tecnología nos depara. Que se abran locales nuevos, bien dotados y con personal especializado para atender a todo aquél que prefiera ver y oír que leer. O que sepa hacer las tres cosas por su orden y en locales distintos. Pero no sigamos fusionando elementos distintos y empobreciendo nuestras bibliotecas infantiles con gastos ilógicos, cuando tanta producción hay en nuestras editoriales para enriquecer las bibliotecas para niños y adolescentes.
Y para acabar, dejadme explicaron una anécdota tremenda que viví en el Congreso del IBBY en Wurtzburg hace unos diez años. Estaba junto a mí un joven bibliotecario del Níger que por primera vez venía a Europa, y con quien hicimos buena amistad. La sesión estaba destinada a los congresistas del Tercer Mundo, que siempre son mimados en estos congresos y se hablaba de mandar lotes de libros infantiles europeos a las bibliotecas de África. El colega negro escuchaba con atención y de vez en cuando se reía; tuve curiosidad por saber la causa de su risa, y en francés me soltó esta tremenda frase:
«¡Me hacéis gracia los europeos! En mi país hemos tenido hasta ahora cultura oral desde los cuentos que narraba mi abuelo en la tribu hasta los que transmiten hoy nuestras radios. Para nosotros los libros son una novedad maravillosa y estamos hambrientos por leer. Pues bien, la sensación que he sacado de Europa es que nos habéis mentido: vinisteis a civilizarnos enseñándonos tres cosas: primera, a creer en Dios, y ahora veo que sois ateos; segunda, a vestirnos, y ahora compruebo que os fascina el nudismo, y tercera, nos enseñasteis a leer, y ahora veo que sois sólo televidentes, es decir, que no leéis».
Aurora Díaz Plaja.
Bibliotecaria.
