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El título anterior, sobre el que pretendo reflexionar, pertenece a la CEGAL, que ya lo proponía hace pocos años en una campaña de lectura que me resultó sugerente: + libros + libres, con todas sus connotaciones. De cualquier modo, voy a intentar dar argumentos explicativos de cuanto pueda desprenderse del significado de su eslogan, a mi parecer cargado de razón. Para ello antepongo otro convencimiento: no parece conveniente que deba existir sólo un día para recordar que el libro existe; cualquier fecha, no siempre a raíz de motivos especiales, puede ser acertada para regalar, para comprar, (hasta para «robar»), para leer un libro:
Estas últimas aportaciones forman parte de un folleto del Centro Internacional del Libro Infantil y Juvenil presentado en mayo de 1997. Y anticipaba: «Cuando compres un libro, no te andes por las ramas». Coincido con tales decisiones.
Las tres consideraciones anteriores tienen la intención de dejar bien sentadas algunas afirmaciones que me permiten reflexionar en voz alta -suelo hacerlo con frecuencia- sobre las extensiones de los libros, de la literatura, de la vida. Más que elaborar un ensayo, que siempre suena un poco a clase —28→ magistral, y por tanto algo lejana y aburrida, lo que voy a hacer es recordar algunas de mis lecturas desde la primavera pasada a la presente, con las que he podido disfrutar y de las que algo habrán ayudado a que se sienta más libre. O menos solo. En la película Tierras de penumbra, se repite varias veces esta aseveración: «Leemos para saber que no estamos solos». Lo aseguraba un maestro de escuela, lo plantea un profesor universitario. No trato de solicitar una respuesta a cada uno de los lectores u oyentes, simplemente digo que conviene tenerla presente por ver si es posible coincidir con la frase. Para mí que sí tiene buena parte de razón, con frecuencia la lectura es un refugio: acogedor, cálido y desinteresado. Sólo exige un esfuerzo mínimo. Además, es bastante barato para lo que da.
Así, en las lecturas entre primavera y primavera, encontré un libro titulado Cuentecillos y otras alteraciones (Jorge Timossi, Ediciones de la Torre, 1997). Voy a aprovechar siete de sus textos (los siete que encabezan los apartados en que divido mis reflexiones) para recordar la importancia de los cuentos y a la vez recordar (de «re-cordis», «volver a pasar por el corazón», según la etimología de Eduardo Galeano) que a mí me encantan los cuentos, los buenos cuentos.
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Al ser informada oficialmente, Ana no dudó un instante y pidió el ingreso en la misma habitación aislada del Centro Médico donde Héctor había sido recluido quizá para siempre. |
Éste es el cuento, tan directo, tan duro. Pero no más que la vida. Puede pensarse en el SIDA o en el cáncer. Posiblemente todos conocemos (si no nos ha afectado directamente) a alguna persona que en el pasado reciente ha sido víctima de una enfermedad que pueda incluirse en el cuento anterior.
José Saramago (Ensayo sobre la ceguera, Alfaguara, 1997) argumenta que estamos viviendo un tiempo de ciegos, un tiempo de crueldad y de desconcierto.
Posiblemente el valor más excelente de los cuentos, de la literatura (se presente en forma de novela, teatro o poesía) sea la capacidad de ser —29→ interpretada desde la diferente lectura de cada individuo lector o espectador. Es igualmente válido reconocer en el cuento anterior el Sida o el cáncer, el amor o la renuncia, el triunfo o la derrota, la entrega o el vencimiento. E igualmente lícito descubrir en la novela de Saramago tanto la crueldad humana como la solidaridad que encuentra respuestas. El hecho de que el lector tenga la posibilidad (y la afortunada obligación) de convertirse en co-autor permite la magia de la construcción personal que puede recrear cada texto (el cuento de Timossi, la novela de Saramago, la vida).
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Ella, escandalizada, se negó rotundamente, aunque de inmediato aceptó con placer. |
En este cuento se retrata a muchas personas a las que las debilidades humanas llevan a tomar una serie de decisiones pensando que sólo se vive una vez, y que «la carne es débil». Algunas veces he dicho que con los años uno suele volverse no menos exigente, sino más comprensivo.
En la novela de Carmen Martín Gaite Lo raro es vivir (Círculo de Lectores, 1996), el paisaje urbano limita la posibilidad de que la tragedia personal se convierta en retrato universal de los desconciertos humanos, pero a la vez permite la coincidencia -desde el propio título- de que el simple hecho de respirar pueda representar tanto la visceral necesidad de oxígeno como la monótona sucesión de cada afán de huir. Vivir puede convertirse tanto en tránsito como en drama.
Otra perspectiva sugerente de la «personalidad» se desprende (en mi caso personal) tras las aportaciones del libro del director de la Real Academia Española, Fernando Lázaro Carreter (El dardo en la palabra, Galaxia Gutemberg, 1997). Cuidar con exquisitez el poderoso instrumento de la lengua debería ser afán obligado y común, cuando menos, de cuantos tenemos la responsabilidad de la enseñanza, en cualquier nivel, en cualquier sector, en cualquier materia. Hasta debería convertirse en placer la obligación de respetar la lengua como vehículo de comunicación. Aunque pueda surgir la contradicción: «Hablando se entiende la gente», suele repetirse en el lenguaje —30→ popular. «En último extremo uno tiene conciencia de la inutilidad de todas las palabras», nos desarma la afirmación de Ángel González (Lecciones de cosas y otros poemas, Círculo de Lectores, 1997). De cualquier modo, necesitamos seguir pensando que, junto a las contrariedades, las contradicciones aún permiten al ser humano defender la excelencia de la capacidad que nos diferencia (junto a la risa) del resto de los seres vivos: palabra, risa,... vivir. Para disponer de la posibilidad de entendernos. Y cuanto mejor, mejor.
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Inmóvil en su silla
de ruedas, |
Este cuento habla de dejar pasar la vida, de la actitud de observador, de las evocaciones de la muerte, de la eutanasia. Recientemente ha sucedido un hecho en Galicia, un tetrapléjico a quien la generosidad (o la crueldad) de numerosas personas cercanas llevó a poner fin a su vida. En su brevedad permite plantearnos nuestra propia postura ante el hecho, nuestra personal decisión ante el dolor, ante la vida y ante la muerte.
Y ya que hablamos de panoramas, o sea de perspectivas, es delicioso y sorprendente el libro de Italo Calvino El barón rampante (Siruela, 1993). El protagonista pasa casi toda su vida en los árboles. Allí sueña, ama, viaja, vive y muere. Desde lo alto, sin bajar al suelo. Se subió una vez con motivo de un rechazo y no volvió a descender.
Otra perspectiva distante y distinta, otro panorama o escenario, podemos encontrar en Cuentos del Japón (una selección adaptada por Marià Manent, Ed. Juventud, 1997, con deliciosas ilustraciones de Luis Filella).
En silla de ruedas, en los árboles, en Japón: la vida adopta múltiples formas. Es panorama común, sólo hay diferencias de paisaje.
—31→Il. de Luis Filella para Cuentos de Japón, de Marià Manent (Barcelona: Juventud, 1997, p. 63).
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Apagó la pantalla del televisor, miró a su alrededor, y se convenció de que lo que ahora estaba viendo era algún otro capítulo deshilvanado de aquella misma telenovela. |
La naturaleza imita al arte, suele decirse; y también es común pensar que es más cruel la propia realidad que la fantasía de la literatura o de las propias películas. Si es cierto entonces que la realidad supera a la ficción, quizá sea muy conveniente defender la televisión y hasta los «culebrones»: se está convirtiendo en una televisión tan escasamente interesante, tan aburrida, que termina por beneficiar directa e indirectamente al cine y a la lectura. Los propios culebrones, o las series televisivas actuales, pueden servir desde evasión a retrato, desde coincidencia a rechazo. Desde siempre he defendido que los medios no son buenos ni malos en sí, es el uso que se haga de ellos lo que puede resultar positivo o negativo. Algunas de mis propias reflexiones coinciden con las de Bernardo Atxaga en Horas Extras (Alianza Minibolsillo, 1997). Son diferentes visiones de distintas realidades físicas. Permiten coincidir o discrepar. Como cualquier melodrama.
Mucho tiene que ver también con el amor, con la personalidad, con diferentes panoramas, el libro de Mariano Vara Los derechos torcidos (Edelvives, 1995). Construido en forma de cuentos, contiene la posibilidad de convertirse en llamada a la reflexión o de testimoniarse como aldabonazos a cualquier ser humano. Son diferentes escenarios (Méjico, India, Canadá, Marruecos...) pero todos con la herida profunda del dolor; y de la esperanza.
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Podemos reflexionar un momento con el cuento sobre lo que en el pasado reciente se está haciendo demasiado frecuente en nuestro país, de la brutalidad de muchos hombres, de la tragedia de muchas mujeres agredidas, cuando no muertas, por el sentimiento posesivo de demasiados maridos o compañeros. En las ceremonias de boda por el rito católico el cura suele recordar a los esposos las palabras de la Biblia: «Compañera te doy y no sierva», pero en realidad no siempre el sentimiento permite entender el respeto y la tolerancia a muchos del denominado «sexo fuerte» (por oposición al débil). ¡Qué diferente es el amor en los personajes de Álvaro Mutis! He podido disfrutar con un ejemplar que reúne tres de sus obras: La nieve del Almirante, Illona llega con la lluvia; Un bel morir (Círculo de Lectores, 1997). Las fotos que enmarca el colombiano invitan al viaje, a la ensoñación, al desarraigo. El corazón no necesita raíces, no es un árbol; sólo requiere esa locura de la cordura tierna de la capacidad de permitirse soñar. Y re-cordar.
Encuentro similares evocaciones en la monumental creación de Ana María Matute (Olvidado Rey Gudú, Espasa, 1996). Retrata el mundo de la brutalidad y la ternura, de la creación y la magia, de la conquista y la calma. Son otros retratos, coincidentes en testimoniar la lucha del ser humano por trascender al tiempo y a su propio tiempo. La lucha por la vida.
Puede referirse a los muchos que intentan llegar a la costa andaluza, canaria, italiana, americana; a los que mueren en el intento, a los que no tienen otra solución que intentarlo para no seguir muriendo. Puede dibujar las fronteras de Albania, de Marruecos, de Cuba. Podemos pensar que somos afortunados por vivir aquí. Este «aquí» incluye Europa, Occidente, América: el primer mundo, frente a los restantes. Pero cada «pesada tragedia personal» está —34→ demasiado llena de elementos humanos. Y es tragedia que se complementa con la lucha diaria contra la xenofobia en demasiados escenarios, en demasiadas sociedades para los que consiguen pisar tierra. No hay edad para poderse convertir en ser a quien nada humano le es ajeno. En dos de mis lecturas aparece esta tragedia: en Dos letters (Bernardo Atxaga, Círculo de Lectores, 1996) como distancia presente, en Sostiene Pereira (Antonio Tabucchi, Anagrama, 1997) como final irremediable. Con la maleta a cuestas. Con la vida a la espalda.
Habla, posiblemente, del trabajo, de los pobres, del paro, de la monotonía, del cansino aburrimiento en tareas manuales, de la falta de estímulos, del «siempre lo mismo», de la educación.
En este sentido, dos textos distintos han resultado evocadores para mí: uno de Antonio Lobo Antúnez, Sonetos a Cristo (Alianza Minibolsillo, 1997), otro de Fernando Savater, El valor de educar (Ariel, 1997). El portugués representa una película del ser humano en desconcertante normalidad, no sólo en la sociedad de su país, sino extensiva a muchos otros contextos o escenarios comunes; el filósofo me ha permitido subrayar coincidencias múltiples para intentar encontrar el factor humano de cada individuo a quien tengo la suerte de que me escuche en mi actividad profesional universitaria, intentando que llegue al convencimiento de la compleja belleza (valor) que corresponde a la responsabilidad de la educación, para que no se convierta en silencio, peligroso o vacío.
—35→Il. de Luis Filella para Cuentos del Japón, de María Manent (Barcelona: Juventud, 1997, p. 107).
—36→Leo a otro portugués. Fernando Pessoa escribe (42 poemas, Mondadori, 1998, p. 53):
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Voy a ir concluyendo, y para ello comento tres reflexiones ajenas que me ayudan a sistematizar algo de cuanto quería decir.
Juan José Millás, en una conferencia reciente a la que tuve la suerte de asistir, hacía pública su perplejidad al anunciar que cuando la mayoría de los alumnos de Primaria y de Secundaria terminan la enseñanza obligatoria, prácticamente todos terminan reconociendo las partes de los diferentes aparatos del organismo humano: digestivo, circulatorio, locomotor; pero en ninguno de los centros de enseñanza de ningún nivel se atiende ni siquiera mínimamente al «aparato imaginativo», y su carencia se echa de menos en la sociedad actual; yo mismo hace algún tiempo escribía un artículo en el que intentaba advertir que enseñar literatura puede ser que sea útil para menesteres tan diversos como enriquecer el vocabulario, la cultura, la ortografía, la capacidad de expresarse por escrito, pero que sobre todo (aunque no sirva para ninguno de los nombrados) puede servir para soñar, fin que puede resultar único. Y suficiente.
Quiero comentar otra aportación que también coincide con mis ideas. Al mencionado escritor en el coloquio tras su conferencia le preguntaba una profesora de Secundaria cómo hacer para que los jóvenes de hoy se enganchen a la lectura; Millás señalaba que conviene decirles a los jóvenes que una manera de ser rebeldes (la rebeldía forma parte de su identidad) es no convertirse en gregarios, idénticos, uniformes, repetidos, iguales al resto de los demás, y que la lectura es la forma más directa de ser rebeldes. No es un consejo, puede ser una necesidad.
—37→Recojo una tercera consideración ajena. Fernando Savater (op. cit., 1997, p. 174) escribe:
Por eso estoy convencido de que es acertado el título que elegí y de que tiene razón de ser. Al igual que estoy de acuerdo con que una educación que persiga la comprensión debe tener en cuenta las expectativas de los alumnos de cualquier nivel, y que debe proponerse la satisfacción de sus necesidades comunicativas; pero que también tiene que provocar las que ellos no sienten, puesto que se trata de trascender, de progresar en espiral, de aspirar a más y mejor, no sólo de conformarse con solucionar la inmediatez de cualquier presente.
Si hay algo que puede dar unidad a los cuentos de Timossi y a las lecturas que he puesto en relación con sus sugerencias o con las relaciones de todas ellas, es su necesaria proyección en la enseñanza de la literatura. No creo yo que cada lector deba coincidir con la traducción del profesional encargado de este cometido; por el contrario, se trata de que la lectura (y el posible comentario correspondiente) se convierta en aventura personal, en revelación intransferible. Porque tal suerte permite tanto las coincidencias colectivas como las diferencias de construcción en los significados de los textos.
En modo alguno intento defender la pedagogía de la literatura; como profesor de esta materia, la única obligación es la de ser un lector experimentado y plantear los enigmas que se reflejan en los textos en busca de interpretaciones que generen respuestas. Y si no hay que plantearse su «enseñanza», sí es positivo poner a los alumnos «en disposición de dejarse —38→ seducir por ella», con palabras de Luis Landero, en un artículo en defensa de la lectura del que no cabe sino agradecer su llaneza y la sensatez de sus aportaciones («Experiencia pedagógica de un escritor», en CLIJ, núm. 63, año 1994, pp. 26-34).
Termino con palabras de Antonio Muñoz Molina, cargadas también con la dosis justa de sensatez como para infundir un poco de optimismo, o un poco de ilusión, en estas tareas relacionadas directa o indirectamente con el libro, que falta nos hace. Se dirigía el autor a un grupo de profesores de Lengua y Literatura en un reciente Simposio:
Creo que no debemos perder de vista que la misión del profesor de Lengua y Literatura, en palabras que Rafael Lapesa nos regalaba hace bien poco, es decididamente una sola: «Descubrir maravillas». Y es misión, tarea o posibilidad que puede ser por completo suficiente para cualquier persona (padre, madre, abuelos, jóvenes, niños) que intente encontrar la razón última de la lectura. Y terminaba el viejo profesor como yo termino: «Es una tarea hermosa. Cumplidla». Ojalá tengamos la suerte de intentarla.

