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Un rasgo del teatro infantil es que el comportamiento de todos los personajes -sean estos reales o irreales- debe ser humano; pues bien, cuando se trata de animales, éstos aparecen en escena representando dos mundos bastante antagónicos: por un lado, el propio mundo de la infancia; en este caso, los animales funcionan como meros acompañantes, como compañeros de juegos o como fieles amigos de los niños. Niño y animal diremos que forman «un buen equipo». Por otro, el mundo adulto; en estas ocasiones los animales funcionan como personajes fabulísticos, los cuales toman la palabra para evidenciarnos los defectos y, a veces, aunque las menos, las virtudes de los seres humanos.
R. L. Tames, en su libro Introducción a la literatura infantil, dedica un breve -pero interesante- espacio al papel que desempeñan los animales y los niños en la narrativa en general. A mi juicio, ha sabido captar a la perfección las claves por las que los niños y los animales logran una relación tan compenetrada:
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Ciertamente los animales y los niños han contraído desde siempre una estrecha relación de complicidad. El niño, como el animal, vive conforme a la naturaleza; el niño es niño precisamente porque aún no ha aprendido las normas rígidas de la vida adulta. Su vida gira en torno al juego, y en esto guarda de nuevo una profunda relación con los animales, pues como ha afirmado el etólogo Anthony Storr: «los animales que tuvieron poca oportunidad de jugar son difíciles para vivir en armonía».
Según Tames, los animales domésticos representan para el niño la serenidad, el equilibrio, el no competir, el pleno descanso. Con ellos es fácil la identificación. Aunque no podemos olvidar que con otro tipo de animales, considerados tradicionalmente como negativos, se produce el rechazo. Por esta razón, los animales se nos presentan en la escena divididos en buenos y malos.
Tames afirma que los humanos somos «una síntesis de lo que hay de bueno y de malo en las criaturas irracionales». De ahí que el hombre, al vestir de sí mismo a los animales, consigue conocerse con mayor profundidad, pues proyecta su vida psíquica sobre la simplicidad de las conductas instintivas y de los rasgos estereotipados de la fauna que convencionalmente deambula a través de las páginas de toda la literatura: lobos, corderos, zorros, leones, etc. Estos encarnan diversos papeles, según las características y el perfil físico de cada animal: ferocidad, mansedumbre, astucia, fuerza, sabiduría, crueldad, etc.
Por ello, la función moralizadora es una de las más importantes dentro de la literatura infantil -y, por tanto, en el teatro para niños-. Por esta razón, con frecuencia, las fábulas se han escenificado en el teatro para niños. Baste como ejemplo el libro de Germán Berdiales, Fábulas en acción para la escena y el aula, que reúne un total de veintinueve fábulas, dieciséis de las cuales tienen como protagonista a los animales: así, dos versiones de la fábula de La Cigarra y la Hormiga, El Ratón Campesino y el Ratón Ciudadano, El Gallo y el Zorro, La Araña y el Gusano de Seda, El Perro y el Gato, El Congreso de los Ratones, La enfermedad del Raposo, Los dos Amigos y el Oso, El Zorro y el Perro, El Asno y el Cochino, El Zorro y el Chivo, La Hormiga y la Pulga, La Rana y la Gallina, El Lobo y el Perro y La Zorra y la Cigüeña. Además hay otras dos fábulas, El Niño y los Pichones y El Niño y el Ruiseñor, que si bien no tienen como protagonista al animal, tienen como tema central a éste y la defensa de su libertad.
—23→Veamos algunos ejemplos de obras teatrales en las que el zoomorfismo sirve de espejo en el que ver reflejados los diversos comportamientos de los seres humanos.
En primer lugar podemos comentar la obra de Antonio Gómez Yebra El hombre y el león, inspirada en el cuento de La oca y los pavos reales de Las mil y una noches; los personajes son: un pavo, una pava, un pato, un burro, una tortuga, una vaca, un león y un hombre, el cual es presentado como la especie animal más temida; de él destacan su crueldad y su astucia; por ello, todos los demás animales huyen asustados de él y presentan sus quejas ante el león, el rey de la selva, que los consuela mediante un discurso en el que se manifiesta su vanidad:
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Aquí estoy yo, el más poderoso de los animales, el más fuerte, el más valiente, el más audaz, el más feroz, el más inteligente, el más melenudo... (tose) Bueno, ejem, el rey de los animales. |
Il. de Cristina García Riobóo para Contar, Cantar y Jugar, de Juan Cervera (Valladolid: Miñón, 1987, p. 66).
—24→Sin embargo, y para su humillación, el león, víctima de su vanidad y de su avaricia, cae en la trampa que el astuto hombre le tiende, y es apresado. El mensaje moral llega por medio de la amenaza del hombre:
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Y ahora prepárate, aprenderás a no burlarte del hombre ni a jactarte de tu propia fuerza! |
En el acto segundo, la vanidad ciega tanto al pobre león, que, aunque está preso en una jaula, no admite ser ayudado por ningún animal; así, se mofa del pato (quien al final será su salvador); tampoco quiere ser ayudado por los elefantes, con los que siempre se ha llevado mal; no quiere ser cómplice del cocodrilo, a quien considera un cobarde; y prefiere morir antes que verse humillado por el leopardo.
Ante este panorama el pato no tiene más remedio que recurrir a la adulación, la mejor fórmula para convencer y vencer al vanidoso:
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Pero, Majestad, la selva no parece la misma sin oírse vuestros rugidos... y además ningún otro animal luce una melena tan hermosa como la vuestra... |
Pese a todo, el león se niega a ser ayudado, aunque cae en su propia trampa y al autodefinirse acaba poniendo de manifiesto su peor defecto: ser un cabezota.
Finalmente será el pato quien lo salve a él y al resto de los animales, los cuales también habían sido apresados. La moraleja final llega por boca del hombre:
En segundo lugar, destacamos una obra ya clásica, El león engañado, de Lauro Olmo y Pilar Enciso, publicada en 1969, la cual está basada en un breve cuento de Panchatantra. Los personajes son: Burrote, un burro miedica y embustero; Gatina, una gata muy melosa; su enamorado, Loristo, el listo, quien —25→ gracias a su astucia acaba con Leoncio, el león fuerte y vanidoso que los tiene atemorizados con comérselos.
Esta obra defiende los tópicos más tradicionales y, en este sentido, resulta ya un tanto desfasada y en contra de las nuevas tendencias. Gatina encarna la postura más tradicional y sexista, pues presenta a la hembra como un ser indefenso, débil y asustadizo que necesita de la protección del macho. Loristo, sin embargo, encarna una de las cualidades más apreciadas de la literatura infantil, la astucia, gracias a la cual consigue triunfar sobre la fuerza bruta, representada por el león. Éste, que debe defender su superioridad a toda costa, para no perder su papel de rey de la selva, cae en la trampa que le tienden Loristo y Gatina. La trampa consiste en hacerle creer que hay un león más fiero que él en el bosque al que es imposible vencer. Ante esta circunstancia responde Leoncio:
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LEONCIO.- ¡Aunque se haya metido en la más profunda de las cuevas, allí he de ir a sacarle para que sepa quién es el rey de todo esto! |
Gatina le dice que el león enemigo está en un pozo, al que Leoncio se asoma enfurecido con la idea de combatir a su rival; al ver su propio rostro reflejado en el agua, cree que es el otro león y, al intentar atraparlo, cae al fondo.
Una característica interesante de esta obra es que, a través de los animales nos llegan diversas críticas que atañen a la mujer; algunas de lo más tópicas, como ésta que presento sobre el maquillaje, la cual resulta curiosa, sobre todo si pensamos que está incluida en un teatro para niños:
Los mismos personajes actúan en otra obra de Lauro Olmo y Pilar Enciso, llamada El león enamorado, cuyo argumento está basado en una fábula de Esopo que lleva este mismo título. Burrote, el criado del León, es tratado a base de palos; Leoncio está enamorado de Gatina, quien, a su vez, ama a Loristo. Éste encarna de nuevo el papel del loro astuto, pues ingeniará un plan para acobardar al león; su plan consiste en que la gata haga creer a Leoncio que se casará con él si se deja cortar las uñas y las garras. Una vez perdidos los rasgos de su fiereza, el león, asustado, huye. Moraleja: la fuerza bruta no es ningún valor en sí mismo si se apoya en rasgos externos y caducos. Vale más, por tanto, la inteligencia, o, si se prefiere, la astucia.
En la obra denominada La Asamblea general, Lauro Olmo continúa la tónica general de las dos piezas anteriores. La Asamblea general está basada en la fábula de La Fontaine que lleva por título Los animales apestados; intervienen León, el poderoso; Burrote, el infeliz; Gata, la vendedora; Loro, el pregonero; Zorra, la astuta; Lobo, el letrado y Verduguez, el verdugo. Además del señor tigre, el señor oso, el señor cocodrilo y doña Araña, que componen la corte del león.
De nuevo, tras el zoomorfismo se plantea la tragedia de los débiles, los cuales padecen irremediablemente la ley del más fuerte. La obra comienza con —27→ un panorama desolador, pues los animales están apestados, debido a un castigo divino:
En vista de la trágica situación, el rey, Leónidas I, decide convocar a todos los animales en asamblea para hacer públicamente un examen de conciencia y confesar los pecados en voz alta; todo con la finalidad de encontrar al culpable y sacrificarlo, para así calmar la cólera divina. El primero en hablar es el propio rey, que confiesa haberse comido a un montón de ovejitas. Pero la zorra lo disculpa, ya que considera a las ovejas una raza vil y despreciable; además aprovecha la ocasión para incluir una crítica sobre el comportamiento cruel del hombre con los animales:
Uno tras otro, los animales de la selva van confesando las faltas cometidas; el Tigre, para ocultar sus múltiples fechorías, se hace pasar por vegetariano; no obstante, tiene testigos que lo acusan de ser un matón sanguinario.
A través de los pecados de los animales, descubrimos las posturas más tradicionales, como la defensa del patriotismo; así el Lobo exculpa al Oso, que confiesa alimentarse de hormigas, diciendo que éstas han formado brigadas anarquistas que van destruyendo los templos, palacios, cuarteles y cárceles; —28→ por ello declara que el señor oso es un gran patriota y propone que se le conceda la gran cruz de Servicios Distinguidos por sus abnegados servicios en pro de la seguridad del Estado.
Curioso también es el crimen del Cocodrilo, que confiesa haberse comido a un sacerdote misionero, culpa que queda atenuada cuando se descubre que era protestante, pues, dice él mismo: «A punto de entrar en mi estómago oí que gritaba: ¡Viva Lutero!».
La Araña, que hace trampas mortales con su tela, queda justificada también por el Lobo, el cual explica que tan sólo caen en sus redes los incautos y los más tontos del reino y que éstos no hacen ninguna falta.
Así, todos los animales, por muy crueles y sanguinarios que hayan sido sus delitos, quedan exculpados. Sin embargo, el pobre Burro, a pesar de que su único delito consistía en haber lamido la hierba de un prado, cuando iba a caer muerto de hambre, es condenado y su cabeza será cortada públicamente. Este final tan desolador muestra la injusticia del mundo en el que vivimos y pretende mostrar al niño la tragedia que viven los débiles, a los que les toca sufrir las consecuencias de la ley del más fuerte.
Sería muy discutible pensar si el desenlace de la obra es del todo pedagógico para un niño de aproximadamente once años de edad, pero lo cierto es que el propio autor hizo una segunda versión de la obra, en la que Burrote resucita y todo resulta un juego, poniendo así de manifiesto que la bondad y la ingenuidad no pueden ser aniquiladas y que, en definitiva, los buenos siempre ganan. Y esto, aunque no sea siempre verdad, se propone como cierto en este espacio maravilloso de la literatura, que se convierte en doblemente maravillosa cuando se une al mundo de la infancia.
Así, la Asamblea general termina con un epílogo en el que un Gato, Carboncito de Cok, emplea la magia, y por medio de una caja de música, resucita al Burro, quien termina la obra en estos términos:
Il. de Cristina García Riobóo para Contar, Cantar y Jugar, de Juan Cervera (Valladolid: Miñón, 1987, p. 58).
—30→Una vez visto el aspecto moralizador, pasamos ahora a otra de las funciones que desempeñan los animales en el teatro infantil: el papel de personajes donantes, los cuales actúan de modo similar a como lo hacen los auxiliares mágicos en los cuentos maravillosos tradicionales, esto es, como ayudantes o incluso salvadores de los niños, cuando éstos se ven inmersos en situaciones complicadas. Veamos algunos ejemplos.
En primer lugar, destacamos la obra de Lauro Olmo y Pilar Enciso titulada El Raterillo. El gato, Carboncito de Cok, aunque no habla, es cómplice del Chispa, un ratero al que acusan de un robo no cometido y cuya única coartada es su gato, que en defensa de su amo sólo repite una y otra vez miau. No obstante, es el animal quien ayuda al Raterillo a rescatar las joyas robadas y a atrapar a los verdaderos ladrones, pues se disfraza de tigre y los asusta. La complicidad entre animal y niño se revela por medio de la comunicación; sólo el Raterillo sabe descifrar el maullido de su gato, que también comprende a la perfección el lenguaje de su amo y, por ello, ambos pueden llevar a cabo sus planes para terminar convertidos en los héroes de la historia. De este modo, la obra proclama, a través de un personaje marginal, el triunfo de la bondad humana sobre el egoísmo.
En segundo lugar, Algo de teatro infantil de Antonio A. Gómez Yebra contiene una obrita denominada Pituchín-Chan se enamora, donde la mariposa es amiga y confesora sentimental del protagonista y el elemento que sirve de enlace con la amada.
En tercer lugar, el libro también de Antonio A. Gómez Yebra Teatro muy breve incluye una pieza llamada La Niña y la Rana, que consiste en un breve diálogo entre una pequeña a la que se le ha caído su pelota al agua y una Rana, personaje donante que, al mismo tiempo que rescata la pelota, ejerce de personaje fabulístico y nos proporciona la moraleja final:
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Otro papel que desempeñan con frecuencia los animales en escena es el de ser víctimas, fundamentalmente de las agresiones del mundo adulto. En tales circunstancias los niños son los únicos capaces de mediar en el conflicto. Analicemos algunos ejemplos.
En ese mismo libro de Teatro muy breve, queda recogida la obra El Camaleón, inspirada en un cuento de Anton Chejov que lleva el mismo título. El único animal propiamente dicho que aparece en esta obra de Antonio A. Gómez Yebra es un perro, que sufre la injusticia y la violencia del mundo adulto, mundo al que podemos identificar con el camaleón. La obra se teje sobre el altercado que surge cuando un zapatero se queja de que un perro le ha mordido y exige a la policía una indemnización por los días de trabajo que va a perder; el sargento, en primer lugar, propone dar una paliza al perro, pero, posteriormente, cuando sospecha que el dueño del animal es el Capitán, cambia de postura -como el camaleón muda el color de su piel- y pasa a despreciar al zapatero. Al final, para escarmiento del sargento, que habrá de sufrir las consecuencias de su mala gestión, el perro resulta ser de la hija del Alcalde. En realidad, en la obra no aparece por ninguna parte un camaleón, al menos en la forma en que el diccionario de la R.A.E. nos lo define en su primera acepción.
Realmente el título de la obra está montado sobre la segunda acepción de la palabra, la figurada y familiar: «Persona que tiene la habilidad de cambiar de actitud y conducta, adoptando en cada caso la más ventajosa». Esta definición, que casa perfectamente con la actitud del sargento, manifiesta uno de los mayores defectos de los adultos: la hipocresía, impensable en el mundo de la infancia. Por ello, el conflicto entre adulto-animal que propone la obra queda resuelto cuando interviene la niña, manifestándose una vez más la complicidad entre los niños y los animales, imposible entre los adultos. Esta vez es la niña el personaje donante, y el animal, la víctima:
A veces, las aberraciones del mundo adulto sobre el animal se plantean con matices ecologistas, como ocurre en las dos obras que se recogen en el libro de Luis Matilla que lleva por título Teatro para armar y desarmar.
En primer lugar, aparece El baile de las ballenas, que escenifica las peripecias de unos niños para conseguir salvar a una ballena, que pretende ser capturada por los trabajadores de una factoría. Comienza la obra con una advertencia de los personajes al público:
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Il. de Cristina García Riobóo para Contar, Cantar y Jugar, de Juan Cervera (Valladolid: Miñón, 1987, p. 57).
—34→En segundo lugar, en esta misma obra de Luis Matilla se recoge El bosque fantástico, pieza que aúna elementos del cuento maravilloso (gnomos, brujos, fantasmas) con la tecnología más moderna del siglo XX. De nuevo la lucha ecologista, encabezada una vez más por un grupo de niños que tratan de proteger un bosque, reserva natural, que está a punto de ser destruido por la amenaza del mundo adulto, el cual, una vez más, se muestra insensible hacia la naturaleza y hacia el mundo animal; prefiriendo así implantar una autopista que ahorre tiempo a los automovilistas.
Finalmente, a modo de conclusión, podemos resumir en tres los papeles más importantes de los animales en el teatro infantil: en primer lugar, aparecen como personajes fabulísticos, a través de los cuales se evidencian las virtudes y, especialmente, los defectos de los seres humanos, sobre todo en obras con una fuerte carga moralizadora. En segundo lugar, se nos muestran como personajes donantes o auxiliares de los niños en las situaciones más adversas, manifestando así la oculta complicidad que une al mundo de la infancia con el animal. Por último, se nos presentan como personajes víctimas de la crueldad y de la incomprensión de los adultos, fundamentalmente en obras con mensajes ecologistas.
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