Amigos del Libro
Año XIV, núm. 34, septiembre-diciembre 1996

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Carlos Murciano, Premio Nacional de Literatura Infantil en su quinta convocatoria, comenzó a escribir para niños en la década de los ochenta, importantísima en la evolución del género. Procedente de la poesía escrita para adultos, este autor explicará en 1988, en el poema-pórtico de su libro La rana mundana, cómo fue guardando para los niños todo ese amor nacido de su corazón que, poco a poco, fue haciéndose poesía:
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Sus versos ofrecen una gran variedad temática. Algunos son, en apariencia, ingenuos; otros no lo son tanto; pero en todos ellos se aprecia el deseo de huir de pareados ramplones, mostrando un poco de sensibilidad y de belleza.
Toda la crítica coincide en apuntar que la concesión en 1986 del Premio Comisión Católica Española para el Libro Infantil (CCEI) a este autor por La bufanda amarilla2, su primer libro de poemas infantiles, contribuyó al —8→ florecimiento de este tipo de literatura. Al merecer el reconocimiento de un galardón que hasta entonces tan sólo había recaído en obras narrativas, se produjo una especial llamada de atención hacia las posibilidades de la poesía en el ámbito general de esta literatura. Desde ese momento, este autor no ha dejado de luchar por una presencia más activa y mayoritaria de este género en las lecturas infantiles, que -junto al teatro- ha sido considerado siempre la cenicienta de la literatura dedicada a los más pequeños.
En este primer libro aparecen niños, aunque, por otra parte, son muy frecuentes en sus versos los animales y los elementos de la naturaleza. No prescinde tampoco de las alusiones a personajes de su tiempo, pero no realiza estos con esa finalidad aleccionadora tan evidente como repudiada por los niños, sino con el deseo de ampliar, de forma divertida y relajada, los todavía incipientes conocimientos del niño, con la idea de acercarle el mundo circundante.
Son sus niños, curiosamente, casi en exclusividad, del sexo femenino, con nombres propios, pero con pocos rasgos de identidad definidos. No son protagonistas en todos los casos, pues a veces su presencia se reduce a una mera alusión. Aunque esta impresión de escasa importancia viene propiciada por la sensación anecdótica que provocan sus poemas. Hay niñas hacendosas y laboriosas como Marta, la protagonista de «El gusano». También niñas bondadosas y solidarias con la desgracia ajena. Así es Lucía, de «El coche de línea». Condolida por los resoplidos del achacoso autobús cuando sube la cuesta, le libera de la pesada carga que ella y sus dos muñecas le suponen. El coche de línea no puede por menos que agradecerle su buena obra con esta graciosa exclamación:
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El único ejemplar masculino de todo su libro es el de «El niño raro», poema breve, ocurrente y divertido en el que nos presenta a un pequeño poeta, a un joven creador de palabras, semejante al de «Dialoguillo», de Gloria Fuertes:
—9→Il. de Montse Tobella para Despertar, de Carmen Conde (Madrid: Bruño, 1988, p. 21).
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En su segundo libro, el ya citado La rana mundana3, la presencia del niño es más importante en cuanto a la variedad y profundidad de los temas. Ahora los tipos infantiles se amplían, y de las niñas amigas de animales y fantasmas, de niños frioleros, solidarios e ingeniosos, pasaremos a niñas políglotas, tartamudas y pintoras, así como a niños exóticos de la selva africana. Destaca el homenaje y reconocimiento a los ángeles de la guarda en «Niña con ángel», donde nos presenta, además, a una niña-pintora, entusiasta e inteligente como la de «La niña poliglota». En este poema es tal el don de lenguas de la protagonista que el autor no puede por menos que exclamar:
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Recrea a niños chicos caprichosos, ocasión que aprovecha para crear una atmósfera divertida con las constantes onomatopeyas de la palatal africada sorda, al tiempo que intenta despertar la curiosidad del joven lector por las palabras que contienen esta grafía y les enseña el uso de la «che». De los juegos de palabras y repeticiones de sílabas también se sirve en «Las tartamuditas» imitando sus naturales balbuceos. A su vez, estos versos le sirven para enaltecer a criaturas que han podido estar algo marginadas en el mundo de los niños.
Tampoco podemos olvidar la serie de villancicos de muy variada extensión que, al final de La rana mundana, nos acercan la figura del Niño Jesús, y que quieren insertarse en nuestra rica tradición navideña. Son villancicos graciosos e ingenuos. Su autor se sirve de personajes diversos, que son quienes van a saludar y ofrecer sus respetos a María y a José: un soldadito de plomo, la muñeca Barbie -aquí se burla de tanta variedad de vestiditos, de tanta opulencia jugueteril frente a la desnudez y sencillez del Niño-, una bruja, un capitán pirata, Carmiña la Sonámbula y -la eterna presencia de animales- —11→ un pavo real y un caracol. Ahora bien, se alude al Niño Dios, pero su presencia está un tanto velada, pues éste no habla ni actúa.
«Niño y tiempo» es, sin duda, el poema menos ingenuo de este libro. Carlos Murciano nos ofrece al niño como espectador del transcurso del tiempo, simbolizado por el autor en el ir y venir de las olas:
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Lo que hace en esta poesía es ofrecer a los más pequeños, en la línea de Antonio Gómez Yebra, un verso más lírico, serio y trascendente que los de esos poemas espontáneos, elementales, de rima fácil y rebelde al que los niños estaban acostumbrados con escritoras como Gloria Fuertes.
Otro importante hito dentro de la poesía infantil de nuestro país lo encontramos en la escritora recientemente fallecida, Carmen Conde. Dedicada no sólo a los más mayores, publicó en 1988 el libro Despertar4, compuesto por poemas complejos, dirigidos más a adolescentes que a niños en sí. En él ha plasmado la autora cartagenera su intenso mundo interior, pleno de emociones, sentimientos, deseos y evocaciones personales. Es todo él una llamada al amor: amor al niño, amor a la madre, amor adolescente...
Aquí sí aparece con cierto protagonismo la figura del niño, visto desde la lírica perspectiva de su progenitora, en la mayoría de los casos. En «Llamando al hijo» se contempla el anhelo e ilusión de una madre por comunicarse con su hijo. Éste le da alegría y vida cuando la llama. Cuando no se produce el contacto, todo se desvanece. Frente a la vida, el decaimiento y la esterilidad. —12→ La comunicación del hijo con su madre es lo único que consigue que ésta alcance su plenitud. No necesita nada más: la relación con su pequeño le proporciona la vida, cuando no se da la madre se queda vacía, desierta, sin ganas de vivir.
El deseo de protección del niño está presente en varios de estos poemas, concretamente en «Pero, mi niño es tan débil...», «Nana de la niña» y «Nana del niño que duerme». También aparece el amor renovado en los versos de «Nana del niño». Esta figura se ofrece siempre de una forma pasiva. Sólo tenemos -que no es poco- su presencia. La madre es, en estos casos, quien todo lo hace, dice y siente. A partir de este momento, el enfoque será distinto. La poesía titulada «La niña en su balcón» nos presenta el tema del amor, como se había visto ya en Gómez Yebra. La niña que se enamora, se hace mayor. El amor, por tanto, la hace madurar.
En las últimas composiciones incluye Carmen Conde sus personajes ya adolescentes. Hablaremos tan sólo de las tres primeras poesías de este ciclo al que titula genéricamente «Adolescencia». En el primero, la niña adolescente desea enamorarse y, preocupada y un tanto filósofa, se pregunta si es posible guardar y retener para siempre el primer amor. En el segundo poema, la niña ha vivido deprisa y, en consecuencia, ha tenido un desengaño amoroso. Llora su dolor, pues ha descubierto que no «hay agua que se quede / cerca del corazón». Pero las experiencias la hacen madurar y comprender la penosa realidad de que «los ríos van al mar / para llevarse el amor».
«Adolescencia III» nos muestra a una niña feliz. Si el otro río, el del desengaño, pasó y fue a dar a la mar, llevándose su amor, ahora, el nuevo, se quedó dentro del alma y de él pudo gozar. Aquí, la autora nos describe en clave lírica la capacidad de la protagonista para escuchar la canción de sentimiento tan hermoso, para recibirlo, para dar amor y disfrutar de él.
Tras esta importante creadora de poesía infantil, analizaremos sucintamente una serie de escritores que también han dedicado sus ocios a este tipo de literatura. Tomando como propósito de estudio la poesía más reciente, nos hemos centrado en la colección Ajonjolí de la editorial Hiperión, lo último que en este género poético ha salido al mercado en la década de los noventa.
Piano, piano5, de Ángel Guache, es el título que inaugura la colección. Este «poeta del buen humor», como lo han calificado los críticos, prescinde
—13→Il. de Juan Ramón Alonso para La bufanda amarilla, de Carlos Murciano (Madrid: Escuela Española, 1985, p. 23).
—14→por completo del protagonismo del niño. Éste no aparece por casi ninguna parte. Habría que destacar el único poema en el que de forma patente presenta esta figura y que se titula «Tarde de infancia». En él rememora su niñez perdida y recuperada ahora a través de la literatura, esa niñez en la que era tan fácil y tan frecuente el paso de lo real a lo imaginario, cuando los juegos abundaban y la ilusión siempre estaba despierta. El escritor, en su acción imaginante, redescubre, transforma ese lugar de amor, de sueños y de emociones.
Juan Cruz Iguerabide, con sus Poemas para la pupila6, parece interesarse más por elevar a sujetos poéticos los elementos de la naturaleza -la luna, la noche, el día, los animales, el agua, las plantas- y los fenómenos meteorológicos -el viento, la nieve-. En este libro de poemas, finalista del Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, sólo alude indirectamente al niño en escasas ocasiones. Los pocos que aparecen no tienen rasgos definitorios. Es como si los esbozase apenas, sin posibilidad de desarrollo. Muestra, sesgadamente, niños que juegan al escondite, que se asustan de una cometa-monstruo movida por el viento, que lloran cuando llueve, no presenta a niños merendando, enfermos, niños descalzos que salen al jardín. Hay también niñas que contemplan las flores nacientes, pilluelos que orinan, niños chutando goles sobre la hierba, niños solitarios que caminan sin rumbo...
Su poesía es ocurrente, muy poética, pero quizás no presente la sencillez y accesibilidad de los poetas anteriormente estudiados. Es muy colorista, son -así lo dice en la sinestesia del título- poemas «para la pupila», para ver con los ojos, de ahí su impresionismo y sus expresiones eminentemente visuales.
El cuarto título de la colección corresponde a Fernando Aramburu con El librillo. Es ésta una obra compleja, muy original y algo extraña. Mezcla surrealismo con diferentes tipos de registros dentro del lenguaje infantil. Sus poesías se dividen en gárgaras, bus o búes y nanas. A las primeras las ha llamado así porque «tienen las letritas con un poco de dolor de tripas», nos dice. A las segundas, «porque son traviesas y con fiesta». En este libro la presencia de los niños es más fuerte, pero tampoco es directo el protagonismo como el visto, por ejemplo, en algunos poemas de Carmen Conde, Carlos Murciano o Antonio Gómez Yebra. Aparecen, eso sí, muchas composiciones destinadas al —15→ arrullo de los niños. Encontramos niñas en sus orinales, niños mandones y tozudos, niños traviesos...
Los dos últimos títulos de la colección Ajonjolí están dedicados al mundo animal y al vegetal, respectivamente. Nos referimos a Pipirifauna7, de José A. Ramírez Lozano y a Verdes amigos8, de Ana Mª Romero Yebra. En el primero, sólo aparecen animales, sin ninguna alusión a uno de sus mejores amigos: el niño. En el segundo, si bien los protagonistas son las plantas, las flores y los árboles, constantemente personificados, los niños están cerca de ellos, son sus cómplices, sus amigos y compañeros de juego. De este modo, recobran el protagonismo perdido en los escritores anteriormente citados. Llegan incluso a reflejar sus personales opiniones sobre el mundo natural, las cuales siempre serán favorables, convirtiéndose el libro en un perfecto manifiesto en pro de la Naturaleza. Los niños que ella retrata se interesan por los árboles, los cuidan, son respetuosos con el entorno natural. Como agradecimiento, la Naturaleza devuelve los favores en forma de esas flores que un jazminero ofrece a su joven amita, de la música de las ramas de un viejo sauce que ayuda a dormir a su amiga o de la sombra del olmo que hace más llevadero el calor del huerto a sus pequeños vecinos.
Los niños de estos poemas de Ana Mª Romero Yebra gustan de extasiarse en la contemplación de la Naturaleza. Así se ve en «El trigo», donde una niña solía ir en mayo a los campos para ver jugar el trigo con el aire sobre la colina y ver volar las alondras sobre las amapolas. Son niños que se compadecen de macetas arrinconadas y feas, como la que aparece en «El cactus», niños que han visto y asimilado ese respeto y ese amor por lo natural en sus mayores, como el del poema «El romero». Otros son inteligentes y despiertos hasta el extremo de contar en primera persona las virtudes e importancia de un árbol como el castaño, pues es amigo del sol, la lluvia, el aire y el cielo, cobija a los pájaros, ofrece una fresca y agradable sombra en verano, da su fruto en otoño y, con la caída de la hoja, ayuda a que su casa se caliente antes en invierno.
Es obvio que la autora quiere evidenciar el amor que ella siente por la Naturaleza y sus verdes habitantes, pero también aspira a animar a todos sus jóvenes lectores al respeto de tan importante bien patrimonial.
Hasta aquí este rápido recorrido por uno de los temas más importantes y propios de la poesía infantil. Con él queremos resaltar la necesidad de una —16→ poesía digna que sepa potenciar en el niño esa carga de lirismo e imaginación que posee. Educando a tan jóvenes lectores contribuiremos a la creación de un mundo mejor.

