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Se presentó inmediatamente el mismo padre al venerable deán y cabildo sede vacante, quien prestando la misma obediencia expidió decreto, mandando al doctor don Cristóbal de Insausti, vicario in capite y juez eclesiástico de la villa de Campeche, guarde, cumpla y ejecute dicha real cédula, haciendo pronta y jurídica entrega al padre Zamudio de la ermita de Señor San José y alhajas que a ella pertenecen. Precediendo las tres citaciones, resolvió dicho señor vicario dar la posesión el día 9 de julio, y efectivamente se dio en ese día mismo, aunque no sin contradicción de Gerónimo González como prioste de una cofradía de carpinteros sita en la misma capilla, y a que por tanto pretendía dicha hermandad tener un derecho incontestable. El padre Zamudio averiguó con facilidad que aunque dicha cofradía había a su costa sacado de cimientos las paredes de la ermita; pero doña María Ugarte era la que gozaba el patronato por haberla concluido, adornado y proveído de todo lo necesario, y la que por tanto había en las constituciones de la cofradía prudentísimamente precavido este lance, por la constitución 21 concebida en estos términos: «Ítem. Ordenamos que si algún tiempo Dios nuestro Señor fuere servido que en esta villa y puerto quisieren fundar iglesia los padres de la Compañía de Jesús para mayor aumento de su religión y lucimiento de esta santa cofradía, se les dé dicho sitio y ermita de Señor San José, aunque esté perfectamente acabada del todo, con cargo y obligación que dichos padres a su costa hagan la capilla principal y de toda ostentación en puesto preeminente al lado del Evangelio para el glorioso patriarca Señor San José».

Armado con este documento, el padre Zamudio trató de presentarse ante el señor don Juan José de Vértiz, a quien en calidad de vice-patrono juzgó pertenecía el conocimiento de la causa. Su escrito se pasó al señor asesor general don Diego de Arroyo, por cuyo dictamen dicho señor gobernador se abocó a sí el conocimiento del negocio, y proveyó auto en que se mandaba al prioste y mayordomos de dicha cofradía cesasen en la comenzada contradicción, y que si algo tenían que representar lo hiciesen en el tribunal de su señoría.

Cuando se proveyó este auto se hallaban dichos cofrades con un decreto muy a su favor del venerable deán y cabildo, y con la protección del doctor Insausti, que nunca fue hasta la hora de la muerte sinceramente propicio a la nueva residencia. Sin embargo, reconocida la entereza del gobernador hubieron de ceder, y la Compañía permaneció en quieta y pacífica posesión, aunque con la incomodidad de los entierros   —172→   y demás funciones de la cofradía. Esta no duró largo tiempo, porque pasando de allí a poco a gobernar aquella diócesis el ilustrísimo señor don Juan Gómez Parada, entre otros grandes beneficios que hizo a aquella residencia, no fue el menor haber pasado a la iglesia parroquial la dicha hermandad con la estatua que les permitió llevar de Señor San José. Nuestros tres religiosos comenzaron a ejercitar sus ministerios con bastante pobreza. De los catorce mil pesos prometidos por el capitán Santellín, solo pudieron cobrar mil en una casa que se embargó al susodicho don Juan José de Sierra, deudor de más crecidas cantidades. Doña María Ugarte entregó efectivamente las diez posesiones de casas cuyos réditos de trescientos veinticinco pesos correspondían al principal de seis mil y quinientos; pero no se verificó la entrega de los seis mil reales que tenía prometidos por sus posteriores atrasos. En esta situación hubiera permanecido si no hubiera sido por las limosnas de algunos vecinos, y singularmente del capitán don Ángel Rodríguez de la Gala, con que se mantuvo hasta el año de 1820 en que comenzó a experimentar la protección y amparo del ilustrísimo señor Parada.

El padre Diego Vélez, que como decíamos fue señalado primer superior de la residencia de Campeche, recibió dentro de pocos días orden apretada del padre Rodero de pasar a Guatemala para allí encargarse, en calidad de visitador y vice-provincial, de las misiones del Petén, que por repetida cédula del rey se encargaba de nuevo a la Compañía. Se le dieron por compañeros para esta empresa apostólica los padres José Cervino, Andrés González y Juan Manuel Ruiz, sujetos todos muy a propósito para sacar con crédito a nuestra religión en un empeño que hasta entonces se había juzgado imposible.

Los misioneros partieron prontamente a Guatemala donde debía formarse el plan y regularse las operaciones y método de la expedición. Estas bellísimas esperanzas se desvanecieron bien presto por la contradicción que de parte de algunos sujetos eclesiásticos se comenzó a experimentar. Como nada hay más pernicioso al fruto espiritual que los celos y emulaciones entre los operarios de una misma viña, la Compañía, que no hacía en esto sino obedecer las repetidas cédulas de su majestad, hubo de apartarse representando a la piedad del rey el estado de las cosas en que le parecía no poderse promover la obra de Dios ni ser de alguna utilidad sus ministerios. Así se cerró por entonces la puerta a la conversión de aquellas naciones; pero la admirable Providencia recompensó la pronta obediencia y fidelidad de la Compañía,   —173→   abriendo al mismo tiempo a su celo una vastísima y hasta entonces muchas veces intentada región en el obispado de la Nueva-Galicia, y fue la provincia del Nayarit. Encomendada después de muchas tentativas la entrada a este país al general don Gregorio Matías de Mendiola, tuvo por conveniente el ilustrísimo señor don Pedro Tapiz, obispo de la Nueva-Vizcaya, que le acompañase en esta expedición el padre Tomás Solchaga, que actualmente leía teología en el colegio de Durango. Este jesuita fue el primero que plantó la cruz y tomó posesión de aquel terreno en el nombre de Jesucristo celebrando el santo sacrificio de la misa de la parte de adentro de aquellas serranías impenetrables hasta entonces, tanto a las armas de los capitanes, como al celo de los misioneros; pero de esto trataremos más difusamente, tomando desde más alto la narración pocos años adelante en que por orden del rey se encargó la Compañía de la reducción de aquellas gentes.

De las antiguas misiones en las de Sinaloa, Taraumara y Sonora, todo procedía sin novedad. La alta Pimería, después de la muerte del padre Kino, había ido siempre en notable decadencia. El padre Agustín de Campos que había acompañado quince años, y heredado, digámoslo así, todo su celo y amor para con los Pimas, en vano se esforzaba a conservar en los ánimos las buenas disposiciones en que los había mantenido su santo compañero. Había muchos años que los caciques del Bac, de Soamea, de Sonoidac, de Tubutama de Caborca y otros más distantes cuidaban de la cría de ganados, sembraban regularmente, vivían congregados en pueblos, y aun tenían fabricadas cazas para los misioneros que tantas veces se les había hecho esperar. Con la dilación de tanto tiempo comenzaron a enfriarse y esparcirse como antes. Las misiones de Tubutama y Caborca que antes habían tenido ministros, carecieron de ellos por más de diez años, hasta 1720. Para las demás no se destinaron nuevos hasta 1731, veinte años después de la muerte del padre Kino, y cuando ya vueltos los salvajes a su rusticidad y estupidez natural, apenas les quedaban sino remotas y muy débiles especies del Evangelio y sus ministros. La misión y pueblo de Dolores, primogénita del padre Kino, y donde había vivido tantos años por juzgarse de terreno mal sano, cuasi se despobló enteramente como el de las Remedios. No tanto el de Cocospera, aunque expuesto a las continuas invasiones de los apaches, y menos aun el de San Ignacio asistido y fomentado por cuarenta años por el padre Agustín Campos. Por el contrario, a pesar de las enfermedades, de la   —174→   hambre y de todo género de necesidad y trabajo, crecía considerablemente la grey de Jesucristo en California. El padre Piccolo descubrió un nuevo terreno para la misión de San Ignacio, y se había ya pedido misionero a México para la de la Purísima. El padre Salvatierra determinó pasar personalmente al puerto de la Paz y reducción de los guaicuros. Queda esta nación extendida al Sur del presidio de Loreto hasta las cercanías del cabo de San Lucas. El Evangelio no tenía en la Península enemigos mayores que estos bárbaros; tanto habían quedado agriados y enfurecidos contra el nombre español después de la expedición del almirante Atondo. Pasó el padre a aquella costa con el capitán y algunos soldados e indios lauretanos. Llevaba en su compañía tres guaicuros que habían redimido del poder de algunos buzos, y a quienes habiendo regalado bien en Loreto, y hecho testigo de la suavidad y dulzura con que se trataba a los naturales, pretendía tentar por medio para atraer a la nación; pero no había aun llegado la hora del Señor. Algunas partidas de guaicuros que andaban por la costa al arribo de la embarcación, se pusieron en fuga. Los conchos e lauretanos que se echaron a nado los siguieron con precipitación como a enemigos. No pudieron dar alcance sino a algunas mujeres, que asustadas les acometieron con piedras. Ellos, vueltos a su natural ferocidad, no tuvieron vergüenza de manchar sus manos con la sangre de aquellas infelices. A este tiempo llegaron los soldados, y dificultosamente pudieron serenarlos, y menos aun detener a las fugitivas guaicuras que corrieron a dar la noticia a sus maridos. El padre reprendió ásperamente a los suyos, y conociendo que en los ánimos nuevamente irritados con aquel agravio no podían hacer efecto las proposiciones y consejos de paz, necesarios para anunciarles a Jesucristo, se contentó con enviar a los guaicuros cargados de donecillos y encomendados de manifestar a sus paisanos los fines de su venida, y cuanto había sentido la inconsideración e imprudencia de sus neófitos: que esperaba volver a ellos en mejor ocasión, y darle a conocer cuanto los amaba. Hecho esto, trató de volver a Loreto para enviar el barco a Matanchel. En este viaje, que se hizo a los fines del año, varó la balandra con un recio temporal: perdiose la carga y se ahogaron nueve personas, las demás se salvaron sobre la mitad de la cubierta.

Por marzo del año siguiente de 1717 llegó al puerto de Loreto el padre Nicolás Tamaral, enviado de los superiores para la proyectada misión de la Purísima. Entregó al padre Juan María carta del padre provincial,   —175→   en que dándole noticia de haber llegado a México por agosto del año antecedente el excelentísimo señor don Baltazar de Zúñiga, marqués de Valero, le avisaba las particulares instrucciones y encargos que aquel señor traía de la corte sobre la misión de California, y lo mucho que para su entero cumplimiento deseaba su excelencia tratarle, que por tanto procurase pasar cuanto antes a México. El obediente padre, aunque consumido de años, enfermedades y trabajos, no de liberó un punto, y se embarcó para la Nueva-España el último día de pascua, y de aquel mismo mes acompañado del hermano Jaime Bravo. En el camino, desde Matanchel a Tepic, se sintió gravemente fatigado de los antiguos dolores de piedra, tanto, que de allí a Guadalajara hubieron de llevarle en hombros de indios, que a porfía solicitaban hacer al padre aquel que cuasi adivinaban era el último obsequio. En efecto, agravándose más y más el fatal accidente, causó al buen padre más de dos meses de martirio. El ilustrísimo señor fray Manuel de Mimbela, los señores presidente y oidores de la real audiencia y cabildo eclesiástico, le visitaron repetidas veces en su enfermedad. En casi todas las iglesias se hicieron plegarias y fervorosas oraciones por la salud del padre; pero Dios quería ya premiarle su santa vida y apostólicos trabajos con el descanso eterno. Subiose a su aposento en una devota procesión de lo más florido de la ciudad la imagen de Loreto, a quien el padre había fabricado casa y dado a conocer en aquel y otros muchos lugares de América. Al verla entrar, prorrumpió el devoto enfermo en la admiración de Santa Isabel, ¿vende hoc mihi? con tanto afecto y devoción, que apenas podían los circunstantes contener las lágrimas. Recibidos todos los sacramentos, después de una larga agonía comenzó a rezar ya con voz muy lenta el himno Ave Maris Stella, y pronunciadas aquellas tiernísimas palabras... Monstra te esse Matrem, dejó de vivir a las doce horas de la mañana del sábado 18 de junio. [Muerte del padre Salvatierra] En su entierro se vieron las demostraciones con que Dios ha querido que en la tierra sean honrados sus mayores siervos: se le besaban con veneración los pies y manos; se tocaron rosarios, se le destrozaron sus vestidos y ornamentos, de modo que fue menester amortajarle de nuevo. Se le cortaron los cabellos, y hubiera procedido a más la piedad de los fieles, si los padres no hubieran apresurado el entierro. Asistieron, sin ser convidados, entrambos cabildos, audiencia con su presidente, y el señor obispo que mandó colocar el cadáver en una caja de plomo hecha a sus expensas. Toda la circunspección y escrupulosa igualdad con que en   —176→   vida y muerte trata la Compañía a sus hijos no pudo impedir que aquella nobilísima ciudad, hiciera de allí a pocos días unas honras solemnes, erigiendo un suntuoso túmulo con sermón que predicó el padre Feliciano Pimentel y misa pontifical que celebró el ilustrísimo señor obispo. Después de los trabajos, viajes, diligencias y fatigas gloriosas que en cuarenta años hemos visto del padre Juan María Salvatierra, seria inútil tejer aquí algún elogio de uno de los más insignes misioneros que ha tenido la provincia, de un siervo amantísimo de la Madre de Dios, de un apóstol de la California, a cuyo celo infatigable, heroica constancia y fortaleza, paciencia y actividad, hubieron de ceder finalmente las grandes dificultades que por más de ciento setenta años había hecho aquella región impenetrable a las armas de España.

El hermano Jaime Bravo, con los papeles e instrucciones del padre Salvatierra, pasó prontamente a México, y presentó al señor virrey dos escritos en que conformándose a las instrucciones de su majestad, en uno daba razón de la naturaleza y cualidades del terreno, costumbres y número de sus habitantes, misiones fundadas, y su gobierno político y militar: en el otro proponía diferentes medios para la conservación y aumento de aquella cristiandad. Estos mismos asuntos promovió en diferentes secretas conversaciones con su excelencia, con tanta claridad, solidez y exactitud, que admirado el virrey repitió algunas veces, que aunque debía ser muy sensible la pérdida de un varón tan grande, como se decía haber sido el padre Salvatierra, no hacía falta en el negocio presente. Los dos escritos hizo su excelencia se leyesen en una junta compuesta de dos oidores, dos contadores del tribunal de cuentas, dos oficiales reales, el fiscal de su majestad, el padre provincial de la Compañía, el padre Alejandro Romano y el hermano Jaime Bravo, como procuradores de la California. En otra junta de 25 de setiembre se leyeron todos los informes, diligencias y cédulas de su majestad desde la de 26 de setiembre de 1703. Vistos, se resolvió que de cuenta del real erario se pagase en California un presidio de veinticinco soldados con su capitán, marineros y grumetes, con sus oficiales correspondientes para un barco que se hubiese de hacer proporcionado para el efecto, y otro más pequeño para la conducción de las memorias y bastimentos que se pagasen los tres mil pesos, y si no fuesen suficientes, se añadiese de la real hacienda todo lo necesario para aquella ocasión: que en la costa del mar del Sur se buscase con diligencia puerto en que pudiese   —177→   surgir seguramente, y refrescar la nao de Filipinas. Conforme a este decreto se reguló la paga de los presidiarios sobre el pie de diez y ocho mil doscientos setenta y cinco pesos y cuatro reales: se compró en cuatro mil una embarcación perulera y se mandaron pagar tres mil veintitrés pesos, que declaró deberse el padre Salvatierra. Habían pedido fuera de esto los padres se pusiese algún presidio de pocos soldados en el puerto de la Paz: que se hiciese una especie de Seminario para la educación de los indizuelos californios, y que las salinas de la isla del Carmen, fronteras al Real de Loreto, se diesen para el culto y fiestas de la Santísima Virgen. Los dos últimos puntos, como regalías propias de los señores virreyes, se dejaron al arbitrio de su excelencia. Su antecesor, el excelentísimo señor duque de Linares, manifestó por este mismo tiempo cuanto estimaba los apostólicos trabajos de la Compañía en California, y cuanto hubiera hecho por aquella misión en los años de su gobierno si le hubiesen sido más favorables las circunstancias. Concluido su virreinato, y hallándose con entera y perfecta salud esperando ocasión de trasportarse a España, ordenó en México su testamento en 26 de marzo, disponiendo en la cláusula 17 que de sus bienes se diesen cinco mil pesos a las misiones de California para que se distribuyesen a disposición de los padres que se hallasen en ellas, a quienes se entregarían falleciendo su excelencia en estos reinos, y si en Europa, al padre procurador, general de Indias, para su remisión a estas provincias. Bajo esta disposición falleció poco después en México el 3 de junio. Su muerte, descubrió las grandes limosnas que en vida ocultaba su industriosa humildad. Tenía pagadas en todos los barrios de México boticas para los pobres, y por mano de religiosos graves y otras personas de conciencia, repartía mensualmente entre vergonzantes cantidades muy gruesas. [Muerte del duque de Linares, ex-virrey de México] Aun las músicas, las óperas y otras invenciones de diversión que jamás se habían visto en Nueva-España, supo convertirlas su piedad en otro género de limosnas, que derramadas tal vez con profusión y desorden, suelen ser motivo y fomento de la ociosidad e inacción. Fue el primer prefecto secular de la congregación de la Buena Muerte, que a su ejemplo y liberalidad, debe todo el esplendor conque se conserva hasta el presente. Era de mucha edificación la humildad con que después de acabado su gobierno asistía a las juntas de la congregación y sus fiestas en lugar inferior al del prefecto eclesiástico, sin querer admitir jamás otro asiento. Murió con unas disposiciones muy conformes a este arreglado modo de vida en   —178→   manos del insigne padre Solchaga, que tiré después mientras vivió mi continuo panegirista de sus grandes virtudes.

A fines este año se consiguió del excelentísimo señor marqués de Valero licencia para la fundación de un residencial Seminario en la villa de San Felipe el Real, o de Chihuahua. Había mucho tiempo que revolvía en su ánimo estos piadosos designios el ilustre señor don Manuel de Santa Cruz, caballero del orden de Santiago, gobernador de la Nueva-Vizcaya, y tratado el asunto con el padre Luis Mancuso, visitador de las misiones de Tepehuanes, y por su medio con el padre provincial Gaspar Rodero, se resolvió este a mandar al padre Francisco Navarrete, que administraba la misión de San Borja que pasase a la misma villa para acalorar la fundación a presencia del señor gobernador, que actualmente se hallaba en ella. Su señoría mostró al padre la licencia del señor virrey, fecha en 25 de noviembre, y añadió que no faltando otra cosa, eligiesen sus reverencias el sitio que les pareciese más oportuno, sin reparar en gastos. [Fundación del seminario de Chihuaha] El padre Antonio Arias de Ibarra, visitador de la provincia de Taraumara con los padres Ignacio de Estrada y Francisco de Navarrete, agradecida al señor gobernador su generosa piedad, eligieron el sitio que les pareció más a propósito, en que hoy está el Seminario. Se recurrió por la necesaria licencia al ilustrísimo señor don Pedro Tapiz, obispo de Guadiana (Durango), quien con expresiones de no menor aprecio que las de su excelencia, la concedió gustosamente. Tiráronse los cordeles para la planta del nuevo edificio con el nombre del Seminario de nuestra Señora de Loreto el día 24 de enero de 1718, y con toda la asistencia y aparato que permitía el lugar, se colocó la primera piedra el día 2 de febrero30. Habíanse añadido poco antes nuevos fondos a dicho Seminario con la donación que de la hacienda de Santo Domingo de Tabalopa, hizo la noble señora doña María de Apresa, por escritura firmada y aceptada por el padre Luis Mancuso en 21 de enero de este mismo año.

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Por este tiempo se hallaba ya en Madrid de regreso de Roma el padre procurador Juan Antonio de Oviedo, en ocasión que llegaron a aquella corte las noticias de la calamidad, y cuasi entera desolación de lo ciudad de Guatemala el día del Arcángel San Miguel, 29 de setiembre del año antecedente, después de espantosos ruidos subterráneos y muchas erupciones de ceniza y humo del vecino volcán que apenas dista dos leguas del lugar: comenzaron a sentirse violentos vaivenes que apenas dieron lugar a la fuga. Repitiéronse por algunas ocasiones, siempre con mayor fuerza, con mayor estrago de los edificios, y aun con muerte de algunas personas. Las más aun de las religiosas huyeron a las estancias del campo y pueblos vecinos. Aumentaba el horror la lluvia de piedras, ceniza y abrasado material que continuamente eruptaba el volcán, con tanta luz, que a más de dos leguas pudieron leerse algunas cartas en aquellas noches. Los templos y casas mas fuertes quedaron arruinadas del todo, o por mucho tiempo inhabitables a causa del peligro que amenazaban. Junto con esta funestísima relación, llegaron a la corte de España los autos formados sobre el grande asunto de trasladar la población a otro lugar menos expuesto a las agitaciones del volcán. No era esta la primera vez que por semejante causa se trataba de mudar la ciudad, y que aun efectivamente había mudado de situación a la mitad del siglo décimosexto. La gran diversidad de pareceres e invencibles dificultades que por todas partes se ofrecían entre los mismos miembros de la república, hicieron que sin tomar partido alguno que proponer al rey se enviasen al consejo los autos, para que allá ponderadas por una y otra parte las razones, se proveyese lo más conducente al bien público. Todo este gran peso recaía sobre los hombros del fiscal de la corona. Tenía que revolver un grueso cuerpo de autos, que confirmar dictámenes, que comparar y contrapesar las razones; y finalmente, tenía que resolver por relación y por noticias enredosas, vagas, y tal vez ponderadas de cada cual, conforme a sus respectivos intereses en un asunto de muy peligrosas consecuencias. En este conflicto, determinó valerse de las luces, experiencia y maduro consejo del padre procurador. En ningunas manos podían estar mejor los intereses de Guatemala, que en las del padre Oviedo, tiernamente apasionado de la que miraba como patria. Vistos los principales puntos de la consulta, informó al señor fiscal que en ninguno de los lugares que se proponían, quedaba libre la ciudad de los mismos sustos, y para esto era menester   —180→   retirarla muchas leguas, lo que sería la total ruina de todo el país: que esta incomodidad no debía prevalecer a las grandes utilidades que ofrecía la presente situación que en la misma ciudad, fuera de otras, se tenía el ejemplar de lo poco que había aprovechado su traslación del antiguo sitio que llaman la Ciudad Vieja: que entonces acosados de los temblores y erupción de aguas de otro monte cercano, se había retirado la población media legua más al Norte, sin que en cerca de dos siglos se hubiese vuelto jamás a experimentar, lo que dio ocasión a tantos costos. Confirmaba todo esto con el ejemplo de Lima, en la América meridional, de León de Nicaragua, de Catani en Sicilia y de Nápoles en Campania, y de otras diferentes ciudades.

Este dictamen calmó las inquietudes y tanta variedad de opiniones, que hacía renacer en el ánimo de los consejeros de Indias, y se resolvió desde luego que no convenía mudar la situación de la ciudad.

Era uno de los asuntos principales de que iba encargado el padre procurador a la corte de Madrid alcanzar del rey alguna orden apretada para la pronta y entera exhibición de la limosna que su piedad se había dignado señalar anualmente a los misioneros. Con el motivo de las guerras y dificultades del real erario, a principios del reinado del señor Felipe V, a dificultar de modo que después de muchas visitas y sonrojos, apenas conseguían los padres procuradores alguna parte de lo consignado con grandes atrasos de la provincia, obligada a contraer cada año nuevos empeños para proveer a los ministros de todo lo necesario. Se había ocurrido varias veces a la corte y aun conseguídose una excitativa; pero todo en vano. La actividad del padre Oviedo consiguió: finalmente cédula de su majestad, fecha en 5 de agosto de este presente año de 1718, en que manda se satisfaga cuanto se debe a las misiones sin dilación alguna, y sin dar lugar a que se haga nuevo ocurso a su real persona, que le sería muy desagradable... Y no se entienda (añade su majestad) ser incluido lo respectivo al importe de estas limosnas en ningunas cédulas ni órdenes que se expidieren tocantes a los ramos de real hacienda, en que estuviesen consignadas, si no se especificase expresamente en ellas que sean comprendidas las referidas limosnas.

[1719] Despachados felizmente los negocios, que llevaba a su cargo, se embarcó el padre procurador para Veracruz en 21 de abril de 1719 con una escogida misión de diez y ocho jesuitas, que dieron fondo el 5 de julio. En 7 de enero de este mismo año se había abierto un nuevo pliego de gobierno, en que se halló nombrado provincial el padre Alejandro   —181→   Romano. Desde esta ocasión se unieron los gobiernos de provincial y rectores de los colegios que hasta entonces habían venido siempre separados. El gobierno del padre Alejandro Romano fue notado de suma severidad. Era el padre un hombre verdaderamente espiritual y religioso; pero de un genio duro, inflexible, y nimiamente celoso de la regular observancia, en que no había para él faltas ligeras. Despidió de la Compañía a muchos, y hubieran sido muchos más y de los sujetos que más ilustraron la provincia, si otros de las primeras personas de la Compañía no se le hubieran opuesto. Allegábase el que habiendo vivido muchos años en los fructuosísimos empleos de misionero y operario de indios con grandes créditos de virtud y austeridad de vida, entró al gobierno de la provincia sin la experiencia que trae consigo el régimen de otros menores colegios. En su tiempo se proyectó y efectuó con rara prontitud la fundación del colegio que hoy tiene la Compañía en la ciudad de Celaya. El motivo que hizo resucitar en los vecinos el antiguo deseo de tener en el lugar los jesuitas, fue una fervorosa misión, que a fines de este año pasó a hacer allí el padre Manuel Valtierra. Este insigne jesuita, después de haber gobernado el colegio de Guatemala y obtenido en la línea de las cátedras la prefectura de estudios mayores en el colegio máximo, se había retirado al de Querétaro, de donde salía a hacer frecuentes misiones en muchos grandes y vecinos lugares del obispado de Michoacán. En la que decíamos de Celaya, eran tan numerosos los concursos, que no bastando a contenerlos la iglesia parroquial, aunque muy capaz, era forzoso predicar en las plazas. En la comunión general pasaron de setecientas las personas que por medio de los santos Sacramentos purificaron sus conciencias, número exorbitante en una ciudad de las menos pobladas de la América. El deseo de tener consigo unos operarios tan útiles fue común en todos los vecinos, y mucho más en el ánimo de don Manuel de la Cruz y Sarabia. Creció tanto, que la última noche de la misión, no pudo aquel piadoso caballero tomar el sueño antes de resolverse a emplear su caudal, en la fundación de un colegio. Comenzó desde luego a practicar las más vivas diligencias. El padre provincial se excusó con la falta de sujetos apenas suficientes para los ministerios en los colegios antiguos, hasta que finalmente hubo de condescender a las instancias del noble fundador y de toda la ciudad, como veremos adelante.

Desde fines del año antecedente había vuelto a la California el hermano   —182→   Jaime Bravo. Su regreso acordó a todos la memoria del padre Juan María Salvatierra. Tanto los padres como los soldados e indios, gustaban de oirle referir las circunstancias más menudas de su enfermedad y muerte, y floraban al oír las humildes expresiones con que había suplicado al hermano pidiese perdón a todos de sus malos ejemplos. El gran vacío que dejaba en la nueva colonia el padre Salvatierra, lo suplió el Señor con dos insignes operarios que ya por este tiempo trabajaban gloriosamente en aquel país.

A fines del año de 1817 había entrado el padre Nicolás Tamaral, destinado a la misión de la Purísima, y por agosto de 1718 el padre Sebastián de Sistiaga, que de maestro de letras humanas en el noviciado de San Andrés había sido llamado de Dios al cultivo de aquella viña. Se le encomendó desde luego la misión de Santa Rosalía, pasando a la de Loreto el padre Piccolo. El padre Juan de Ugarte, que había sucedido al padre Salvatierra en el rectorado de aquellas misiones, no pudo resolverse a desamparar el puesto de San Javier que había cultivado tantos años. El padre Tomaral estuvo algún tiempo en San Miguel, ranchería perteneciente a la misión de San Javier, mientras se le proporcionaba ocasión de agregar catecúmenos y pasarse a la Purísima. No tardaron mucho en venir de aquellas rancherías a visitarle a San Miguel. Crecía cuotidianamente el número y las instancias con que pedían que el padre se pasase a vivir a sus tierras. Efectivamente, hubo de condescender con sus ruegos. Halló algún terreno acomodado para siembras; pero era muy escasa la agua. Finalmente, luchando contra las dificultades del suelo, con la inconstancia y torpeza de los naturales, con la maldad de los hechiceros, o que fingían serlo para apartar a los suyos del bautismo, el buen padre se mantuvo allí muchos años, bautizó mas de dos mil gentiles, y fundó una de las más arregladas, floridas y numerosas misiones que había tenido hasta entonces la California. Entre tanto, con la misma fatalidad que había seguido hasta entonces a todos los barcos de la misión, naufragó sobre la costa de Sinaloa y puerto de Ahome, el que poco antes se había comprado de orden de la junta. Nada era más incómodo para la misión que esta falta por la necesidad de traerse de fuera todo lo necesario para la subsistencia de ella. El padre Juan de Ugarte se hallaba en la contracosta del mar del Sur, donde por la primavera de este año había pasado en busca de algún puerto, conforme a los repetidos encargos de su majestad y órdenes de la junta. Descubrieron en efecto la bahía   —183→   de Santa María Magdalena, capaz, limpia y de bastante abrigo para el galeón de Filipinas; pero de malas y muy escasas aguas, y aun esas no constantes en todo el año. Al poco fruto de esta expedición se agregó la noticia del barco perdido. Quedaba la misión con sola la lancha San Javier, ya vieja y de muchos años de servicio. Conseguir la compra de otro barco parecía muy difícil, y aun cuando se consiguiese, no se podrían conseguir sino peruleros, que la experiencia de tres o cuatro había mostrado ser muy débiles. Fábrica de barco en la costa de Nueva-España era costosísima y muy incómoda a la misión, y bastaba la triste experiencia del que se había construido pocos años antes.

[Emprende el padre Ugarte construir un barco para conducir víveres a las misiones y lo consigue superando enormes dificultades] Entre tantas dificultades, pensó el padre Ugarte le sería más fácil fabricar un barco en la misma California. No hubo quien no oyese con risa semejante proposición. No había constructor, no había oficiales, todo, hasta las maderas había de extraerse de las costas de la Nueva-España, con que se aumentaban mucho los costos que procuraban evitarse. Nada bastó para desanimar al esforzado espíritu del padre Juan de Ugarte. Hizo venir a Loreto a un medio constructor y algunos pocos oficiales con ánimo de traer del continente las maderas que hasta entonces no se habían descubierto en la península. Estando en esto, se tuvo por algunos indios noticia de que como a setenta leguas al Norte de Loreto se hallaban muy gruesos y sólidos árboles. Voló al instante allá el padre Ugarte con el constructor; el sitio estaba a más de treinta leguas del mar por el lado más cercano, que era el de Santa Rosalía: hallose maderaje proporcionado; pero entre tales quiebras y barrancos, que el constructor vuelto al padre Ugarte... Yo (le dijo) jamás he fabricado barco alguno: me había ofrecido a hacer cuanto alcanzase por ayudar a la misión; pero esto no es posible. La playa dista treinta leguas de un camino muy quebrado, y aun cuando lo demás no lo fuese, solo el sacar de esta profundidad un palo de estos no se hace con mil peones y cien yuntas de bueyes... El padre entonces con grande ánimo (le dijo) yo he traído a usted conmigo para que reconozca si son o no a propósito, que el corte y la conducción es de mi cuenta. No lo hizo con menos valor que lo dijo. Volvió luego a Loreto: juntó cuanto fierro y mulas pudo de todos los soldados y padres misioneros: dio todas las providencias necesarias, y por setiembre, se pasó a vivir a la sierra para comenzar en la menguante de aquella luna el corte de las maderas.

Para sufragar a estos nuevos gastos y demás necesidades de la misión,   —184→   pareció necesario que el hermano Jaime Bravo en la lancha San Javier pasase a Sinaloa en busca de bastimentos y otras cosas que la falta de embarcación no le permitía traer de Nueva-España. En Sinaloa se halló el buen hermano con carta del padre provincial en que de parte del padre general Miguel Ángel Tamburini, le mandaba pasar a Guadalajara a recibir los sagrados órdenes, y de ahí a México para informarle del estado de la misión. Obedeció no sin sorpresa el hermano Jaime, y habiéndose ordenado de mano del ilustrísimo señor don Manuel de Mimbela pasó a México. Con su pleno y sincero informe se movió el padre Alejandro Romano a pedir al excelentísimo marqués de Valero se comprase para la California un nuevo barco, o porque no se juzgaba posible que el padre Ugarte saliese con la fábrica de su pretendida balandra, o porque siendo este barco pequeño sería más a propósito para el descubrimiento y reconocimiento de las costas, que no para el tráfico y conducción de bastimentos y memorias. [1720] El señor virrey remitió la petición a la junta, por cuyo dictamen en 15 de marzo del siguiente año de 1720 se expidió decreto, adjudicando a la misión un barco del Perú, que se hallaba actualmente en Huatulco31. Tuvo que esperarlo el padre Jaime hasta el mes de junio. No fue inútil su detención en México. El ilustre señor marqués de Villapuente, movido de sus informes y del fervor y celo que manifestaba, y de que había dado tan sinceras pruebas aun en el estado de coadjutor, determinó fundar otra nueva misión en que se ocupase el nuevo sacerdote en el puerto de la Paz, y nación de los guaicuros. Había ya barco, fondos para una nueva misión y nuevo misionero: solo faltaba para volver enteramente proveído, destinar algún hermano coadjutor que entrase en su lugar como procurador de la California, había tiempo que don Juan Bautista Mugazábal, alférez de aquel presidio, pretendía ser admitido en la Compañía, movido de los grandes ejemplos de virtud que sus juiciosos talentos le hacían observar en los padres, y singularmente en el padre Francisco María Piccolo, en cuya compañía había vivido muchos años. Trajo orden el padre Jaime Bravo de que fuese admitido en la Compañía, y cuasi sin ejemplar pasase allí su noviciado bajo la dirección del padre Juan de Ugarte.

Esta, que acaso pudiera parecer indulgencia, no era en realidad sino   —185→   una prueba bastantemente dura para el fervoroso pretendiente. Entre los mismos presidiarios, marineros e indios, le era forzoso hacer una total y repentina mudanza en el vestido, en el tratamiento, y en todo cuanto pertenecía a su persona: le era necesario comenzar a obedecer en humildad y sencillez entre aquellos mismos que estriba acostumbrado a mandar con la libertad y franqueza de soldado. Por otra parte, el grande ejemplar del padre Juan de Ugarte que se le daba por maestro de novicios, le empeñaba a no perdonar ni trabajo ni humillación alguna. Este grande hombre, viviendo en una choza, como el más infeliz californio, y usando indiferentemente de su mismo alimento y vestido, en nada se distinguía de ellos sino en la corona, y en tomar sobre sí lo más pesado y gravoso. Expuesto a todas las inclemencias del tiempo, era a las veces aserrador en el corte de maderas; arriero para conducir personalmente las recuas; procurador para cuidar del alimento de los trabajadores, y aun cocinero para sazonárselos. Su actividad parecía multiplicarlo en la diversidad de operaciones necesarias al designio. Tan presto lo veían con la hacha en la mano derribando árboles, como uncido con los indios más robustos para sacarlos de las quebradas. Ya con la azada en la mano igualando el terreno; ya dando botones (o barrenos) de fuego para saltar la desigualdad de las rocas. [Disposiciones y valor extraordinario del padre Ugarte] Si a todo esto se añade el cuidado y providencia de superior de todas las misiones, la atención al presidio, la misa que jamás omitió, el oficio divino, la explicación de la doctrina que hacía todas las noches, los bautismos y demás ocupaciones de misionero, no se acabará de comprender cómo un hombre solo podía bastar a tantos y tan diferentes empleos. Es cierto que la naturaleza había dotado al padre Ugarte de todas las cualidades necesarias para emprender cosas arduas. Un ingenio claro, pronto y fecundo en expedientes, tanto, que era dicho común que para el padre Juan de Ugarte no había imposibles; una salud y una robustez de cuerpo a prueba de las mayores incomodidades; una presencia de espíritu en los mayores peligros, y aun unas fuerzas corporales que le hacían temer aun a los mismos indios. Vez hubo que para arredrar a los demás gentiles con el castigo de un díscolo que se mofaba de la explicación de la doctrina, confiado en sus extraordinarias fuerzas, el padre, para humillarlo, le tomó de los cabellos, y teniéndolo así suspenso en el aire le hizo dar tres o cuatro vueltas como si fuera una caña. En otra ocasión lo vieron con dos piedras en la mano hacer frente a un león, matarlo y traerlo a la misión sobre   —186→   el arzón de la silla, con pasmo y horror de los indios, tanto más, quo era un caballo furioso e indómito. Adornado de tan bellas cualidades32 y a costa de tantas fatigas, consiguió el padre Ugarte fabricar una balandra fuerte de bellos gálibos y buena vela a mucho menos costo que pudiera haberlo hecho en algún bien proveído astillero. La bendijo solemnemente antes del año, el 16 de julio, día del Triunfo de la Santa Cruz, de donde tomó el nombre, y justamente al año se echó a la agua el día 14 de setiembre. No es esto lo más maravilloso, sino que en medio de tan continuos y penosos trabajos, tuvo tiempo para catequizar, instruir y disponer con suavidad al bautismo varias naciones que habitaban aquellas serranías tan felizmente, que por diciembre del mismo año pudo pasar a vivir allí de asiento el padre Eberardo Helen y fundar la misión de nuestra Señora de Guadalupe, debida también a la devoción y sólida piedad del ilustre señor marqués de Villapuente. Un mes antes de esta función, dejando para ella las órdenes y providencias necesarias habían salido para el puerto de la Paz en la nueva balandra los padres Juan de Ugarte y Jaime Bravo. Siempre se había juzgado necesario contraer alianza, a lo menos cuando no se pudiesen reducir a cristiandad los guaicuros, así para promover la predicación del Evangelio hacia el Sur de la California, como para asegurar aquella costa a los barcos que venían al buceo de las perlas, y la quietud de las demás naciones ya reducidas, en-quienes podía hacer mucho daño el mal ejemplo y conocida enemistad de los gentiles. La tentativa que un año antes de su muerte había hecho para atraerlos el padre Salvatierra, y que había templo efecto tan contrario a sus designios, antes se creía que hubiese agriado más los ánimos; sin embargo, no era así. Los tres guaicuros que el padre había puesto en libertad y llevado entonces a su país, habían cumplido muy bien con su encargo; e informado a los suyos de la buena acogida que habían hallado en Loreto: con esta prevención, aunque al arribo de la balandra se pusieron luego en arma algunos que estaban a la vista, viendo luego a los dos padres desarmados que caminaban hacia ellos, se sentaron esperándolos   —187→   con muestras de amistad. Los padres les llenaron de donecillos y alhajuelas que dieron muestras de recibir con agradecimiento. Se les declaró el fin de aquella jornada, aunque sin declararles que alguno hubiese de quedar entre ellos. Poco a poco comenzaron a familiarizarse con los californios cristianos y aun con los soldados de quienes huían al principio. Cada día concurría mayor número de las rancherías vecinas. En breve comenzaron a pedir que se quedase con ellos algún padre para que los defendiese de los buzos que les hacían mucho mal. Se les dieron al principio buenas promesas, y vista su perseverancia y la docilidad con que se habían reconciliado a la primera insinuación con los moradores de las islas vecinas, se comenzó a tratar de un establecimiento fijo. En tres meses que se detuvo allí el padre Ugarte, dejó ya levantadas casas pajizas y enramada; para iglesia, y puesta en corriente la misión. En este intermedio, llegó por tierra al mismo lugar el padre Clemente Guillén, que después de veintiséis días, y más de cien leguas de un camino muy agrio, no creía ya poder hallar comunicación de Loreto a la Paz, como se le había encargado buscarlo. Su llegada fue de suma alegría para los que habían venido por mar. Recibiéronlos con descarga de los mosquetes, y tomados algunos días de descanso, en que ayudaron todos considerablemente al padre Bravo, se partieron por sus respectivos rumbos a la misión de Loreto; pero esto fue ya a los fines de enero de 1721. Volvamos a lo que nos queda del año anterior.

[Inténtese la fundación de las Mónicas de Guadalajara] El año de 1720 será siempre memorable con grande honor de la Compañía en la ciudad de Guadalajara, por la erección, del religiosísimo monasterio de agustinas recoletas de Santa Mónica. Esta grande obra la había emprendido desde mucho tiempo el padre Feliciano Pimentel, y tuvo principio del fervor de algunas hijas espirituales del mismo padre, que de Valladolid donde antes residía, quisieron por no privarse de su dirección, seguirle a Guadalajara donde le destinaba la obediencia. Ni los superiores de la Compañía, ni el mismo padre Pimentel aprobaron, semejante resolución: sin embargo, movido de caridad el padre Feliciano les procuró habitación donde estuviesen con recogimiento y proporción para darse enteramente, como deseaban, a la vida espiritual. Halló cuanto deseaba en la casa de don Martín de Santa Cruz, un honrado republicano muy vecino a nuestro colegio. Aquí comenzaron a esparcir dentro de poco tiempo tan suave olor de virtudes, que no solo dentro de la ciudad, pero aun fuera de ella y del   —188→   obispado se hablaba con edificación del retiro, de la clausura, de los devotos ejercicios de aquel recogimiento de vírgenes.

A esta fama, como con un secreto y divino instinto, se vieron repentinamente concurrir a la ciudad de Guadalajara muchas nobles y virtuosas doncellas, no solo de aquella diócesis, sino aun de Pátzcuaro, Zamora, Celaya y otros lugares del obispado de Valladolid. Ya una casa particular era estrecha habitación para aquella piadosa familia. El padre Feliciano Pimentel, confiado en la piedad de la causa, y conociendo por voluntad de Dios que se encargase de promover aquella obra de su gloria, comenzó con no pequeñas fatigas y sonrojos a juntar limosnas para la fábrica de un colegio o recogimiento de vírgenes, que a esto solamente se limitaban por entonces sus ideas. Estando para comenzarse la fábrica, recibió órdenes muy estrechas de los superiores mandándole restituir las limosnas recogidas y desistir de la imaginada fábrica. Obedeció prontísimamente el religioso padre y alzó mano de todo hasta informar rendidamente a los superiores del estado en que se hallaban aquellas señoras, y en que le era imposible dejar de procurarles alguna cómoda habitación. En este medio tiempo se halló con carta del ilustrísimo señor don Manuel Fernández de Santa Cruz, entonces obispo de la Puebla. Había este señor gobernado antecedentemente el obispado de Guadalajara, y conservaba un tierno amor a su primer rebaño. En la Puebla acababa su ilustrísima de fundar el convento de Santa Mónica, y exhortaba al padre Pimentel a hacer florecer en Guadalajara la misma recolección. Nada podía ser más conforme al gusto del mismo padre; tiernamente devoto del gran doctor de la Iglesia San Agustín. Recibió las palabras de aquel prelado como una declaración de la divina voluntad. Todo conspiró de improviso al buen éxito. Los superiores de México, y aun el padre general en Roma, dice al padre Feliciano amplísima facultad para la fábrica: las limosnas fueren mucho más abundantes, y los señores obispos don Juan Santiago León Garabito y don Diego Camacho, tan declarados favorecedores de la nueva fundación como el ilustrísimo señor don fray Manuel Mimbela, en cuyo gobierno llegó a su perfección.

En efecto, concluida con grande costo la fábrica, no sin algunas contradicciones, se obtuvo licencia para que se pasasen a ella las virtuosas doncellas, a cuyo número se habían agregado dos hijas del mismo don Martín de Santa Cruz, que hasta entonces les había dado hospicio. Entre tanto se había ya recurrido a la corte de Madrid por la   —189→   licencia para erigirse en monasterio. Después de repetidos informes de la real audiencia, cabildo eclesiástico y secular, y de los señores obispos, no se había podido conseguir, sino que por cuatro veces se negase abiertamente la licencia para la nueva fundación.

Una repulsa tan constante hubiera rendido cualquier otro ánimo que el del padre Feliciano: su confianza tenía cimientos muy sólidos, y sabía ser este el carácter de las obras de Dios. Había florecido entre aquellas vírgenes una de muy particular virtud, a quien tanto el padre Feliciano como sus compañeros habían oído decir con aseveración muchas veces... La licencia vendrá: dichosas las que podrán ofrecerse a Dios con los rotos religiosos: Yo no lograré esa fortuna. Su muerte en la edad florida de veinte años, verificó una parte de la profecía, y dio nueva confianza al padre Pimentel para prometerse el resto. Añadió nuevos alientos a su confianza lo que aconteció poco después de su muerte.

Para ayudar al padre Feliciano y contribuir a una obra que se manifestaba ser de tanta gloria de Dios, se había dedicado enteramente a recoger limosnas por toda la tierra el venerable sacerdote don Juan de los Ríos. Era este un hombre raro, y por singulares caminos llamado de Dios a una alta perfección. Había sido muy rico en el comercio del mundo, y dejádolo repentinamente todo por consagrarse al servicio de los altares. En este estado estuvo muchos años obseso y vejado visiblemente del demonio, disponiéndolo el Señor por medio de esta humillación a los dones sobrenaturales con que había de adornar su espíritu, y de que no es lugar esta historia. Este espiritual y devoto eclesiástico, volviendo de uno de sus largos viajes con una gruesa limosna para aquellas señoras que lo amaban como a padre, antes de verse con el padre Pimentel quiso pasar por el recogimiento y saludar a las esposas de Jesucristo. Hízolo muy brevemente como solía, y dando luego cuenta al dicho padre... Estuve con las señoras (le dijo) y me ha hecho especial fuerza ver a Josefa de los Ángeles con un rostro más rozagante y más risueño que nunca... El padre entonces le dijo como aquella virgen había muerto días había; pero conociendo la eminente virtud de la difunta, y la veracidad y espíritu de quien le hablaba; no dudó que el Señor había querido mostrarle la gloria de aquella su sierva y animar así su esperanza. Era esto a tiempo que el padre Juan Antonio de Oviedo disponía su viaje para Roma. El padre Pimentel, que conocía bien toda la actividad y eficacia del padre procurador, le   —190→   encomendó con los mayores encarecimientos resucitase en la corte la antigua pretensión. Nada omitió el padre Oviedo de informes, de empeños con el padre confesor Guillermo Dawbanton, y con los señores consejeros para salir bien con su intento. Sin embargo, el día 23 de marzo de 1718 tuvo la grande mortificación de que se negase quinta vez por el consejo la licencia, y (aun lo que no se había hecho hasta entonces) se impusiese perpetuo silencio en el negocio. Obedeció con gran dolor el padre; pero Dios por otro rumbo disponía a favor de la fundación el ánimo del piadosísimo rey Felipe V. Asistió su majestad de allí a dos días, el 25 de marzo de 1718, a la solemne fiesta del real monasterio de la Encarnación de señoras recoletas que profesan la regla de San Agustín; y pareciéndole sería un obsequio muy agradable a la Divina Majestad que en Indias hubiese un relicario de vírgenes dedicadas a su culto como aquel en que se hallaba, luego que volvió a palacio dio orden verbal a su secretario que se concediese cuánto y cómo se pedía para la erección del convento de recoletas de Indias. En vano representó muchas veces a su majestad el real consejo los inconvenientes de nuevas fundaciones. El religiosísimo príncipe no mudó la resolución, y hubieron de librarse los despachos favorables.

Entre tanto en Guadalajara se tenían ya cuasi enteramente perdidas las esperanzas de que se concediese jamás la real licencia; tanto, que el ilustrísimo señor don fray Manuel Mimbela, autorizando aquel año con su presencia la fiesta de nuestro Santo Padre Ignacio, dijo al padre Pimentel: Nos vemos para disponer de esa casa, porque eso de Mónicas ya no hay que pensarlo. Justamente a la una de la tarde de aquel día mismo llegaron a manos del padre Feliciano los despachos que con toda diligencia había remitido el padre Oviedo en el primer aviso. Las maravillosas circunstancias de este suceso había Dios revelado enigmáticamente a una de aquellas sus amadas esposas, diciéndole... No hay imposibles para el Señor: la licencia vendrá cuando se pidan cuentas al mayordomo... No entendió la sierva de Dios el significado de esta voz. El padre Pimentel, noticioso de la revelación, dudaba si algún tribunal eclesiástico o secular le pediría en algún tiempo las cuentas, o si se entendería del tribunal divino. Uno y otro era de gran dolor para el padre; o haberse de ver obligado a dar cuentas en algún juicio humano, o haber de morir antes de haber logrado el fruto de tan largos afanes. Sin embargo, resignado enteramente en las manos de Dios, esperaba que el tiempo descifrase el sentido del oráculo. Viendo ahora la fecha   —191→   del día en que el rey verbalmente había concedido la licencia y el día de su llegada a Guadalajara, se descubrió el misterio. La licencia verbal se concedió día de la Encarnación, en que se leen en el Evangelio las primeras palabras que entendió la Virgen del Señor... Non erit imposibile apud Deum omne verbum, y llegaron a Guadalajara los despachos el 31 de julio, que justamente coincidió aquel año con la domínica octava post Pentecostem, en que se lee el Evangelio del capítulo 16 San Lucas, y la parábola del mayordomo a quien se dice: Redde rationem villicationis tuae. [Fundación de mónicas de Guadalajara] El padre Pimentel, fuera de sí por el júbilo, corrió a presentar las reales cédulas a los señores presidente y oidores de la real audiencia y al ilustrísimo señor Mimbela. Se trató luego de mandar a Puebla por cinco religiosas del convento de Santa Mónica, las que conducidas con gozo y aclamaciones de todas las clases de ciudadanos a la Santa Iglesia Catedral después de un solemne Te Deum y un elocuente sermón que predicó el padre Antonio Rodero fueron llevadas de toda la ciudad a su nuevo magnífico convento el día 19 de febrero del año que tratamos (1720).

Ya que hemos tratado del edificativo monasterio de Santa Mónica, no debemos omitir que de cinco conventos de religiosas y otros tantos floridos planteles de virtud que ilustran la ciudad de Guadalajara, los tres de ellos se deben en gran parte al celo y eficacia de algunos insignes jesuitas. Para el de Santa Teresa, de carmelitas descalzas, habían venido de Europa algunas religiosas, y no habiendo tenido proporciones para fundar convento en más de cuarenta años, solo vivía ya una, cuando los celosos padres Miguel Castilla y Félix Espinosa tomaron a su cargo la erección del monasterio, induciendo a ello a la noble matrona doña Isabel de Espinosa, que aplicó a este efecto gran parte de su caudal, y ayudando los dos padres con gruesas limosnas que solicitaban de todas partes33. Algunos años después el padre Feliciano Pimentel intentó la fundación de un colegio de niñas para la cristiana educación de doncellas pobres y bien nacidas. Juntos ya para este efecto algunos miles, puso con toda solemnidad la primera piedra del edificio el ilustrísimo señor don fray Felipe Galindo, del orden de predicadores. El ilustrísimo, que había concurrido con muy gruesas limosnas, se encargó de ocurrir a Madrid por las licencias necesarias, que   —192→   obtenidas con facilidad, en vez de colegio de vírgenes se fundó el religiosísimo de Jesús María; pero esto pertenece a tiempos más atrasados, aunque no debió omitirse como gloria singular de nuestra provincia.

En el año murió en Campeche la señora doña María de Ugarte, patrona y fundadora de la residencia que tiene allí la Compañía. Los muchos atrasos en lo postrero de su edad en que vino a fundarse aquella casa, no le permitieron dar a la nueva planta todo el fomento que deseaba en su muerte: como lo había prometido dejó a la residencia por heredera universal de todo el remanente de sus bienes. Estos se redujeron al valor de ocho mil pesos, de que la mitad se reconocía en diferentes censos y gravámenes. De los otros cuatro, quitados mil que quedaban pensionados en diferentes dotaciones de fiestas, solo que, daban tres mil de que se había de fabricar colegio e iglesia, adjuntos los seis mil que había dado al principio. Tal era la situación de la residencia de Campeche cuando comenzó a respirar con la protección del ilustrísimo señor don Juan Gómez de la Parada34 que dos años antes había entrado a gobernar aquella iglesia.

A poco tiempo procuró su ilustrísima aliviar a los padres de las funciones de cofradía pasándola, como dijimos, a la parroquial. Después aun en vida de la fundadora, trató de dar a la Compañía la iglesia de Jesús, situada casi en el centro de la villa, para excusar el costo de nueva iglesia que era indispensable para la comodidad y decencia de nuestros ministerios. Trató este negocio con doña María de Ugarte, no queriendo los padres resolver sin su dictamen. La piadosa señora, con aquella terquedad propia de su sexo, se negó a todas las representaciones del señor obispo, oponiendo que como había de dejar la ermita de Señor San José. Sin embargo de utilidad tan conocida, y de lo mucho mala que podía el padre Zamudio prometerse del afecto y liberalidad del señor Parada, no quisieron desgastar a la piadosa matrona que los había introducido en Campeche. A expensas del ilustrísimo se fabricó después la casa con bastante comodidad para los pocos sujetos que mantiene. Añadió luego ocho mil pesos con que se compraron algunas casas en la mejor situación de la villa, y son las que hasta hoy hacen sus principales fondos.

Experimentaba por estos años nuestra provincia la singular providencia del Señor en la piedad y magnificencia, no solo de dicho señor obispo de Yucatán, sino de otros muchos opulentísimos bienhechores.   —193→   El ilustrísimo y reverendísimo señor don Juan Bautista Álvarez, de Toledo, obispo de Guatemala, aliviaba con gruesas, y frecuentes limosnas las necesidades de aquel colegio. La nobilísima señora doña Gertrudis de la Peña, marquesa de las Torres y Rada, acabar de dedicar este mismo año la suntuosa fábrica de nuestra Casa Profesa (en México), función magnífica que autorizó predicando el ilustrísimo señor don José Langiego, arzobispo de México. Gastó la piadosa marquesa en el edificio cien mil pesos, fuera de veinte mil que dio su nobilísimo esposo el señor marqués de Villapuente. Dedicado el templo ofreció cuarenta mil pesos para la fábrica de la casa el ilustre caballero don Juan Antonio Trasviñas. Por otra parte, desde fines del año antecedente instaba con grandes, esfuerzos por la fundación de Celaya don Manuel de la Cruz y Sarabia. El padre provincial Alejandro Romano, parte por la escasez de sujetos, parte por la dificultad de las licencias, había procurado impedirla; sin embargo, hubo un condescender, enviando allí por vía de residencia algunos padres, que mientras se obtenía licencia del rey allí los ministerios. [Fundación de la residencia de Celaya] Contribuyeron mucho al aprecio y provecho de estos las grandes demostraciones de estimación que hicieron con los recién llegados jesuitas los padres franciscanos, y singularmente el reverendísimo padre fray Fernando Alonso González, entonces guardián de aquel magnífico convento, y después comisario general de todas las provincias de Nueva-España. Llegaron los padres a Celaya el 2 de octubre, y el próximo día 4 asistieron a la fiesta del Seráfico Padre San Francisco. Acabada la misa, las personas más distinguidas de la ciudad llegaron a felicitar a los hijos del Santo patriarca del lucimiento y pompa de la solemnidad. Entonces uno de los padres más antiguos y graduados del orden prorrumpió... Yo puedo con verdad decir que ni a la misa ni a la música y sermón he podido atender arrebatado enteramente de la vista de un ángel, sí, que no merece otro nombre un joven jesuita (era un hermano estudiante que acompañaba al padre rector) y a quien ni lo hermoso del edificio, ni la belleza y adorno del altar, ni la novedad y número de la concurrencia y del teatro, ha sido bastante para hacerle levantar los ojos del suelo. ¡O confusión y vergüenza de los que contamos ya tantos años de religión! Así se explicó aquel venerable anciano con grande honor de la Compañía, poniéndola en mayor empeño para corresponder a la expectación en que tenían a toda la ciudad elogios tan autorizados.

Por marzo de este año falleció en el colegio de Oaxaca el padre Lorenzo   —194→   Coronel, llamado vulgarmente aun de los niños el santo Coronel y el padre de los cinco españoles. Ambos nombres le merecieron sus virtudes y su tierna devoción para la Sagrada Familia, cuyos nombres le merecieron sus virtudes y su tierna devoción para la Sagrada Familia, cuyos nombres tenía continuamente en los labios. Fue de una rendida obediencia, no solo a los superiores, a quienes jamás propuso alguna, pero aun a sus directores en el fuero de la conciencia, en medio de los continuos escrúpulos con que toda su vida fue atormentado. Exactísimo en la observancia de las más menudas reglas, singularmente en la pobreza, y toda esta circunspección en que jamás le notó acción o palabra que desdijese de una pureza angélica. Sus vestidos y todo el tren de y humildad, y muchas veces le vieron remendarse con sus propias manos la ropa. Del retiro de su aposento no lo sacaba sino la obediencia o la caridad para, el confesonario de gente pobre y desvalida. A su celo e industriosa piedad debieron muchas virtuosas doncellas el dote para consagrarse a Dios en los monasterios, y muchos monasterios el fervor y la observancia en que florecían por medio de su dirección. En uno de ellos introdujo anualmente los ejercicios de nuestro padre San Ignacio. Entre estas y otras muchas obras de virtud descansó en paz a los setenta años de su edad el día 9 de marzo35.

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[Junta de la congregación provincial] En México, cumplidos ya los seis años de la última congregación provincial, y habiendo nuestro, padre general Ángel Tamburini prorrogado este término con ha condición de que la próxima congregación hubiese de juntarse antes de expirar el gobierno del padre Alejandro Romano, se trató de convocarla para el mes de noviembre. En ella, siendo secretario el padre Oviedo, fueron el día 4 elegidos procuradores a los padres Gaspar Rodero y Diego Vélez, rector del noviciado de San Andrés y por substituto al padre Pedro de Ocampo, rector del colegio de San Luis de la Paz. En esta congregación se volvió a tratar con calor que se pidiese al padre general la división de la provincia, o a lo menos que para la mayor facilidad del gobierno se destinase cada trienio un vice-provincial que fuese visitador de las misiones a donde la distancia no permite llegar a los padres provinciales. Otro punto de bastante importancia era la pretensión del ilustrísimo don fray Ángel Maldonado, obispo de Oaxaca. Intentaba este prelado reducir a menos número   —196→   las dotes de huérfanas que en su testamento había dejado dispuestas en número de treinta y tres don Manuel Fernández de Fiallo, fundador de aquel colegio. Con esta diminución pensaba el ilustrísimo aumentar dichas dotes, y juntamente aplicar alguna parte que sobrase para la manutención de tres sujetos, que instruidos en las tres lenguas principales del país, misteca, zapoteca y mexicana, corriesen anualmente los pueblos de indios con fructuosísimas misiones. Para esto pretendía su ilustrísima le concediese el padre provincial o la congregación la facultad que a solo el superior de la Compañía estaba reservada por disposición y cláusula del piadoso testador. Esta cláusula se mandó leer a los congregados, juntamente con un breve pontificio en que se mandaba al señor obispo que entonces era o en adelante fuese de aquella diócesis, no innovar cosa alguna de dicha disposición, ni poner en ella óbice alguno sin ciencia y beneplácito de la silla apostólica. En esta inteligencia respondieron los vocales se escribiese al ilustrísimo dándole las gracias por su singular afecto a la Compañía, y ofreciéndole, que los jesuitas de aquel colegio estarían siempre a su disposición para emplearse en dichas misiones y en todo lo que fuese para alivio de su carga pastoral, y bien de su rebaño; pero que conceder la dicha facultad excedía enteramente las de la congregación y del padre provincial, y solo podía venir de Roma, a donde en la ocasión se daría exacta cuenta para que resolviese el padre general.

[Descripción del Nayarit] A fines de este año había llegado a México cédula del rey para el excelentísimo señor marqués de Valero encargándole tomase todas las providencias posibles para reducir a Jesucristo y a la obediencia de los reyes católicos las serranías de Nayarit. Este país, por la aspereza de sus montes y profundidad de sus barrancos, había sido por mucho tiempo el seguro asilo de muchos forajidos y apóstatas de toda Nueva-España, y singularmente de los obispados de Guadalajara y Durango. Hállanse estas sierras en los confines de una y otra diócesis, confinando por el Oriente con la de Nueva-Vizcaya, y con el de Nueva-Galicia por el Norte, Poniente y Mediodía. El centro de la provincia a que se le dio el nombre de San José de Nayar y nuevo reino de Toledo, se halla, según los mapas que hemos podido ver más exactos, en 22 grados y 23 de latitud septentrional, tomando por centro de la provincia el sitio de la Mesa, nombre que se da a la principal población por estar sobre un cerro que termina en plano. Todo el contorno de la provincia será como de doscientas leguas, poco menos, sobre   —197→   cuarenta y ocho a cincuenta en su mayor latitud que es del Este a Oeste. La región es caliente y húmeda, expuesta a tercianas, aun que según las diferentes alturas, mas o menos templada. Por las quebradas corren algunos ríos y arroyos que fertilizan bastantemente la tierra para maíz, sandías, melones, y otras frutas propias de país caliente: las de tierra fría se dan en algunas laderas más templadas; pero son de gusto poco delicado. El río de San Pedro, que baja desde los confines de Guadiana, le sirve de límite por el Norte, y divide al Nayarit de Topía y Tepehuanes. En este, cerca de las misiones del Rosario y San Pedro, desagua el río de Coyonqui. El Guazamota, que corre como el de San Pedro de Oriente a Poniente, toma diferentes nombres según las diversas misiones que baña de Guazamota, Peyotán y Jesús María, después de la cual a algunas leguas se confunde el de Chalapana, límite de la provincia al Sureste, por donde pasando por Guazamota desagua en el río Guadalajara. No se sabe desde qué tiempo poblaron estas breñas los nayaritas, ni de donde tomaron este nombre. Sí se discute que habitaban ya allí en tiempo de la famosa peregrinación de los mexicanos, y que para defenderse de sus insultos fabricaron entre el antiguo Peyotán y Quaimazuri muchas trincheras de piedra, que corren por más de dos leguas. Veneraban algunos ídolos, principalmente tres, a quienes daban los nombres de Tayoapa, Tate y Cuanamba. En sus nombres, su número y hechos, un autor moderno quiso hacernos ver figurados los misterios de la Augustísima Trinidad, y aun los de la muerte, resurrección y ascensión gloriosa de nuestro Redenor. Nobis non licet esse tam, disertis qui Musas colinus severiores.

La lengua más común del país es la chota, aunque muy interpolada y confundida hoy con la mexicana. El vicio más común es la embriaguez, en cuyos transportes casi diarios y comunes a toda la nación, ni su crueldad ni su deshonestidad perdonaba aun a los más allegados. Esta perniciosa libertad, más que la adhesión a los ídolos, y sobre todo los ejemplos cristianos, les había hecho concebir tal desprecio por nuestra santa religión, que en más de cien años resistieron continuamente a repetidas diligencias que se intentaron para su reducción.

En efecto, la primera noticia que se tuvo de estar habitados aquellos picachos y montes, parece haber sido por los años de 1616, en que habiéndose, como dejamos escrito, rebelado los tepehuanes, vinieron   —198→   muchos de ellos fugitivos a buscar el asilo de aquellas inaccesibles quebradas. Los capitanes don Miguel Caldera y don Bartolomé de Arisbaba llegaron hasta Guazamota, que hoy queda fuera de los límites de la provincia. El segundo, con la buena acogida que le hicieron los nayaritas, y aun ayuda que le dieron para castigar a los apóstatas y donación de sitio para el pueblo y misión de franciscanos que allí dejó fundada, se creyó bastantemente autorizado para hacer grabar en una piedra esta inscripción, más llena de jactancia que de verdad.

Gobernando el reino de Nueva-Vizcaya el señor don Gaspar Álvarez y Salazar, por su orden el capitán don Bartolomé de Arisbaba, mandó hacer estos borrones, y conquistó esta provincia de señor San José del Gran Nayar, la atrajo y redujo a la obediencia de su majestad año de 1618.



Por los de 1668, de vuelta de California, salieron de Sinaloa a la provincia de Acaponeta loa reverendos padres fray Juan Caballero y fray Juan Bautista Ramírez, del orden seráfico, y de ahí pasaron a la vecindad del Nayarit, aunque no penetraron en lo interior del país. De esta jornada hablamos de paso a su tiempo, ni pido aquí más largo examen. Desde esta época hasta el año primero no se tomó providencia alguna para la reducción de estas gentes. El primero que la emprendió por orden de la audiencia real de Guadalajara, fue don Francisco Bracamonte; pero con tan poca advertencia o tanta confianza en la afición que le habían mostrado algunos de aquellos indios, que con solos once hombres se entró cuasi hasta las puertas de sus sierras. Bien presto experimentó que la benevolencia interesada de los nayaritas no llegaba hasta quererlo ver en sus tierras. Muertos él y siete de sus compañeros, solo escaparon de su furor dos eclesiásticos que le acompañaban y otro mal herido que pudo ocultarse en la maleza. Segunda vez con cien hombres de armas envió la misma real audiencia a don Francisco Mazorra. No fue la expedición tan desgraciada; pero igualmente inútil. Este caudillo, llegando a aquellas fragosísimas quebradas, juntó consejo de guerra en que de común acuerdo se resolvió no ser posible con tan poca gente reducir aquel país tan defendido de la misma naturaleza. Vengada así la muerte de su antecesor, volvió a Guadalajara. Empeñada aquella real audiencia y el excelentísimo señor duque de Alburquerque en apartar de en medio de la cristiandad aquel refugio de la idolatría y de la impiedad, se valieron por dos ocasiones de los reverendos padres franciscanos, y por otras tantas de la experiencia y valor de algunos capitanes. Todo lo impedía la fiereza y obstinación de   —199→   los indios y la aspereza del terreno. Por los años de 1711, a ruegos de la real audiencia, y por real cédula expedida en 31 de julio de 1709, se encomendó la reducción de la provincia al celosísimo y venerable padre Margil de Jesús, misionero apostólico. Intentó el venerable padre la entrada por el pueblo de Guazamota, antigua misión de los padres seráficos de la provincia de Zacatecas con otro compañero sacerdote y algunos indios de los pueblos vecinos que le sirvieron de intérpretes. Desde la Guazamota les envió a los nayaritas un cacique declarándoles el fin de su venida. La respuesta fue que no querían ser cristianos, que sin los padres y los alcaldes mayores estaban en quietud, y que primero se dejarían morir que hacerse cristianos. Sin embargo, se puso en camino el hombre de Dios para penetrar la sierra; pero hallaron más de treinta indios armados para rechazarlos. El venerable padre corrió a abrazar amorosamente al que capitaneaba la tropa, y luego, por medio del intérprete, los hizo un breve, pero patético discurso del grande bien que venía a procurarles, sacrificando su sangre y su vida, sin otro interés que el de su eterna felicidad. Les propuso las condiciones más ventajosas, perdón de lo pasado, alivio de toda carga, y que vivirían bajo el gobierno de sus caciques. Nada bastó: respondieron con la misma resolución que no querían ser cristianos, y que tenían orden de no dejarlos pasar de allí. Que si vinieran los españoles a querer entrar por fuerza, ellos sabrían defenderse, y no les faltaría socorro de muchos pueblos cristianos.

Esta respuesta orgullosa dio a conocer a los misioneros lo que podían prometerse de aquellos obstinados. Trataron, pues, de volver a Guazamota e informaron al acuerdo de oidores del poco fruto de su jornada, y que solo con el terror de las armas podrían sujetarse; los serranos. En consecuencia de estos informes, la real audiencia cometió la acción a don Gregorio Matías de Mendiola, quien con más de treinta soldados españoles y cien indios amigos pasó a Guazamota en principios de noviembre de 1715. En esta expedición le acompañó, como dejamos notado a su tiempo, el padre Tomás Solchaga, por orden del ilustrísimo señor don Pedro Tapiz, obispo de Durango, por no estar aun decidido a cuál de las dos mitras debía pertenecer la provincia. Desde Guazamota se les envió una embajada, a que respondieron pidiendo diez días de término para juntar el grueso de la nación, y deliberar sobre el negocio. Antes de expirar este plazo, pidieron otros diez días, y finalmente vinieron en conceder la entrada a lo interior de la sierra, que se ejecutó con el   —200→   mayor orden y precaución, como en tierra enemiga, el 14 de enero de enero de 1716. Después de varias visitas; habiendo venido al Real los caciques y ancianos, se les propuso el fin de la jornada, que solo era atraerlos por todos los caminos de suavidad y dulzura al conocimiento del verdadero Dios, y obediencia de los reyes católicos. En cuanto a lo segundo, dijeron estar prontos; pero que admitir uña nueva religión, no podían hacerlo sin degenerar de los ritos y costumbres de sus mayores y sin desagradar al sol, y exponerse a los más graves castigos de este y los demás dioses que habían venerado hasta entonces. En todo el tiempo que se mantuvo allí el campo, tanto por parte del general, como del padre, se les habló muchas veces sobre el asunto, sin poder sacar otra respuesta. Esto, y el continuo peligro y en que estaba la tropa, especialmente en la noche, en medio de una multitud de ebrios, que como se tuvo noticia, no anhelaban sino por tener algún leve motivo de rompimiento, determinó a don Gregorio Mendiola, a volver a Guazamota, después de haberles hecho prestar obediencia a su majestad católica. El padre Tomás Solchaga, informando de la jornada al señor obispo de Durango, dice así con fecha de 25 de febrero de 1716: «En cuanto a la reducción de los nayaritas a nuestra santa fe, juzgo que nunca lo harán espontáneamente, porque en ellos viven muchos cristianos apóstatas de todos colores, y esclavos fugitivos y estos; por conservar la libertad de conciencia les inducen a que no se conviertan, ponderándoles las vejaciones que han de padecer de los justicias seculares, y de los ministros evangélicos. La obediencia que han dado al rey no pasa de pura ceremonia, pues jamás obedecen sus mandatos ni dejan de admitir a los apóstatas rebeldes de la corona; ni quieren entregarlos, ni admitir sacerdotes que administrasen a los cristianos allí refugiados. Esto, el haber no sola hecho daño en los lugares vecinos, sino el estar siempre prontos a admitir a los apóstatas y otros delincuentes, parece que basta para hacerles guerra muy justa. Los indios de este pueblo; apenas reconocen sujeción por el refugio que tienen en estos barrancos, y esto les da osadía, no solo a los indios, sino a mulatos y españoles, para cometer muy enormes delitos; y no solo vimos entre los nayaritas tres hermanos españoles, sino que nos aseguraron que fuera de los muchos que viven desparramados en las rancherías, hay una por el Sur que sale a Tepic, donde viven más de trescientos apóstatas de todos colores, y la facilidad y seguro de este asilo, ha dado ocasión a las sublevaciones de estos años pasados. Por tanto,   —201→   tengo por necesario sean obligados los nayaritas a tres puntos. Primero: que no admitan cristiano alguno fugitivo en sus tierras. Segundo: que entreguen a todos los apóstatas que hubiese en ellas. Tercero: que en caso de que por haber contraído con ellos parentesco, o haberles nacido allí hijos o cosa semejante no quieran entregarlos, admitan sacerdotes que instruyan, y que administren a dichos cristianos.

Tal fue el dictamen de aquel docto y experimentado jesuita; sin embargo, Dios dispuso de modo más suave lo que hasta entonces habla parecido imposible a toda humana industria. La osadía y orgullo de los nayaritas había crecido tanto, que sus sierras no eran ya sino una cueva de ladrones y asesinos que tenían en continuo susto a los pueblos vecinos. No pudieron sufrir más este ultraje las poblaciones fronteras al lado del Poniente y costa del mar pacífico. Resolviéronse a castigar aquellos salteadores, y juntos en buen: número, los acometieron y derrotaron con muerte de algunos pocos. Tomaron prisioneros algunos niños que repartieron entre sí en varios pueblos, y dos adultos que enviaron presos a Guadalajara. No era esto lo más sensible a los nayaritas, sino que rota la guerra por aquella parte, se les excluía enteramente del comercio de la sal, que era a la nación de mucha utilidad. Para tratar de alguna composición en este punto y del rescate de sus hijos, bajaron al pueblo de San Nicolás a verse con don Pablo Felipe, cacique de aquellas fronteras. Por este tiempo había venido nueva cédula del rey al excelentísimo marqués de Valero, muy apretante sobre la reducción del Nayarit. El diligente virrey, fió la cosa a la prudencia y discreción de don Martín Verdugo, corregidor de Zacatecas, y este escogió para la empresa a don Juan de la Torre y Gamboa, noble vecino de Jerez, y tan amado de los nayaritas, que le habían instado muchas veces que se pasase a vivir a sus tierras, obligándose a mantenerlo a sus expensas, si llegase a no poderlo hacer por sí mismo. Este antiguo convite le pareció por ahora aceptar a don Juan de la Torre, y consultado el señor virrey, que con el título de capitán protector le había señalado el sueldo de cuatrocientos cincuenta pesos, se determinó para practicarlo con acierto, de escribir a don Felipe para que de su parte procurara ir disponiendo los ánimos de aquellos gentiles. Justamente se hallaba con este encargo, cuando llegaron los nayaritas a proponerle sus quejas de los habitadores de la costa. El prudente y fiel cacique se mostró muy interesado en su desgracia, les prometió que haría cuanto estuviese de su parte para el feliz éxito de sus pretensiones;   —202→   pero (añadió) el camino más breve y más seguro, sería presentarse alguno de vosotros al virrey de México, cuya autoridad sola podría libertarlos para siempre de semejantes agravios: que a ellos sería más fácil la entrada, y más pronto el favor en el palacio de México, con el amparo y protección de don Juan de la Torre, de cuyo constante afecto para con ellos no dudaba que a la menor insinuación que le hicieran, se avendría a acompañarlos y presentarlos a su excelencia. Pareció tan bien el consejo a los nayaritas, que sin ofrecerles dificultad alguna, resolvieron el viaje, y para autorizarlo más, quisieron que fuese el jefe de la embajada el cacique de la Mesa, que era el principal de la nación, y a quien estaba vinculada la dignidad de sumo sacerdote del sol. Otros cincuenta caciques se nombraron que le acompañasen, y por fines del año de 1720 partieron a Jerez para persuadir a don Juan de la Torre quisiese favorecerlos en una acción tan desusada. El capitán, aunque nada deseaba más, sin embargo, pareció sorprendido de la propuesta, y mostró dificultad en emprender un viaje tan molesto y prolijo, protestando que solo por el amor que tenía a la nación, y por corresponder a su confianza, se esforzaría a vencer los mayores embarazos. Habiéndolos así empeñado más, apresuró la jornada a Zacatecas. El corregidor don Martín Verdugo y los más distinguidos republicanos, se esmeraron en honrar a Tonati (este nombre daban al sacerdote del sol)36 y a los demás de su caravana, a quien don José de Urquiola, conde de la Laguna, proveyó de cincuenta iguales vestidos con que pudiesen parecer en la corte de México.

Llegaron a ella por febrero del año de que tratamos el cacique de la Mesa y otros veinticinco, (por haberse despedido los demás desde Zacatecas) acompañados del cacique de San Nicolás, y de los capitanes don Juan de la Torre y don Santiago de la Rioja. Se les había preparado un decente alojamiento por orden del virrey, que en la sazón se hallaba en Jalapa. Luego que volvió, mandó hacer a Tonati un costoso vestido a la española, y capa de grana con galón de oro, y le regaló una silla ricamente bordada, y todo ajuar de montar a caballo. En la primera audiencia, el cacique presentó al virrey en señal de reconocimiento el bastón de que usaba con puño de plata, y su excelencia le volvió otro con puño de oro de China, curiosamente labrado, admitiéndolo   —203→   a la obediencia del rey de España, prometiéndole a él y a todos los suyos en nombre de su majestad todo el favor que necesitasen sin perjuicio de la justicia. No tocó el prudente virrey en esta primera audiencia el punto de religión; pero en la segunda, a los despachos favorables de sus pretensiones, añadió un papel mostrándoles el error en que vivían y que en vano esperarían en lo de adelante su protección y la del rey su amo, mientras no detestasen sus errores y se sujetasen al suave yugo de nuestra santa ley. El contenido de este papel, traducido fielmente por el cacique don Pablo, sorprendió algún tanto al Tonati; sin embargo, el respeto, el agradecimiento y quizá el temor, le sacaron de la boca algunas expresiones en que pareció dar esperanzas de reducirse y de cooperar a la reducción de los suyos. De las turbadas palabras del cacique, que quizá sazonó más a gusto del excelentísimo virrey el buen celo del intérprete, tomó ocasión el virrey para proceder a tratar de conversión. Se sabía que en otro tiempo los mismos nayaritas habían declarado a la audiencia real de Guadalajara, que en caso de convertirse y entregarse a la dirección de algunos padres, habían de ser los prietos (así conocían a los jesuitas.) En esta atención, el señor virrey, después de tratado el negocio con el señor arzobispo don José Lanciego, a quien remitió también los caciques, mandó llamar al padre provincial Alejandro Romano, y le suplicó quisiese la Compañía encargarse de aquella tan difícil y peligrosa, cuanto gloriosa conquista, y proveer desde luego para ella dos misioneros.

[Se hace cargo la Compañía de la reducción de los nayaritas] No pudo el padre provincial dejar de representar con la mayor veneración ciertos inconvenientes, los que desvanecidos por su excelencia, señaló luego el día 19 de marzo a los padres Juan Téllez Girón, que se hallaba en México, y a Antonio Arias de Ibarra, que administraba la misión de Chinarvas. El padre provincial dispuso a los nayaritas un banquete espléndido en el Seminario de San Gregorio, y con ocasión de darle a entender (a Tonati) lo que allí trabajaban los jesuitas por el bien de los indios, se introdujo suavemente a persuadirle y exhortarle a que diese a toda la ciudad de México un día plausibilísimo, y a los suyos un grande ejemplo abrazando nuestra religión, y recibiendo el bautismo. Nada se pudo conseguir del Tonati, sino promesa de que lo haría en Zacatecas; promesa que creída por el virrey, escribió al conde de la Laguna para que lo apadrinase en su nombre; pero el cacique astuto, supo a su tiempo impedir la entrada en Zacatecas, y componer la palabra, con lo que no sin fundamento le dictaba su temor.

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A don Juan de la Torre se dio el título de gobernador de la sierra del Nayarit, con orden de reclutar en Zacatecas y en Jerez cien hombres de armas, que sirviesen de presidio y de escolta a los misioneros evangélicos y a los mismos nayaritas que quisiesen abrazar el cristianismo. Privadamente se le encargó al capitán, que con industria y modo detuviese consigo a Tonati, y no le permitiese entrar a sus sierras antes que pudiese seguirlo la tropa. Nada de esto se ejecutó como se había pensado. El Tonati amedrentado por las amenazas de los suyos, que hablan llevado mal su condescendencia en admitir misioneros y soldados, luego comenzó a eludir la entrada en Zacatecas, donde había prometido bautizarse. Se valió del especioso pretexto del tiempo de la siembra, que ya instaba a los suyos, y que por tanto, llevarían pesadamente cualquiera detención, y que su desabrimiento podía costarle la vida. Así hubo de apartarse para aquella ciudad el padre Juan Téllez Girón: mientras se juntaba la tropa y el capitán con los caciques, pasó derechamente a Jerez. Con toda la sagacidad y buenas artes de don Juan de la Torre, no pudo conseguir que aun allí se detuviese algunos días el Tonati, mientras se reclutaba siquiera alguna parte de los soldados. Comenzó a dudar de la mala fe de aquellos bárbaros; pero por no declararse, o no perder del todo su amistad, hubo de dejarlos ir solos contra las órdenes del virrey, esperando seguirlos muy presto. En efecto, dejando ordenada la recluta en Jerez, que fue de cincuenta hombres, a cargo del capitán don Alonso Reina de Narváez, partió a Zacatecas, donde en pocos días se completaron los otros cincuenta al mando de don Santiago de Rioja y Carrión. Se bendijo solemnemente el estandarte en nuestro colegio el día 23 de julio: salió la pequeña tropa para Jerez, en compañía del gobernador y del padre Juan Téllez, a quienes alcanzó poco después el padre Antonio Arias. En estos principios, dos diversos acontecimientos estuvieron para trastornar la empresa. El primero fue causado de algunos émulos del nuevo gobernador, que informaron al virrey para que lo despojase del mando; mas su excelencia se lo confirmó de nuevo. El segundo fue un peligroso accidente, que parte la pesadumbre, parte el cuidado de la empresa acarrearon al mismo gobernador trastornándole el juicio, sin dejarle al día sino muy cortos intervalos de razón. Se avisó prontamente, a México; pero antes de tomarse providencia alguna mejoró de modo, que pudo seguir la marcha a Guajuquilla. Aquí se comenzó a descubrir la mala fe de los naturales. Se observó que   —205→   no habían enviado alguno que en nombre de la nación visitase al gobernador y se sabía que desde la vuelta del Tonati no salían a comerciar fuera de las sierras: que hacían mucha prevención de armas, que convocaban los pueblos vecinos, y determinadamente al de Cuameata; que a los caciques de este pueblo tenían citados y persuadidos a apoderarse de la persona de don Pablo Felipe, y conducirlo preso a la Mesa. Entre tanto, dispuso el señor virrey que el conde de la Laguna tomase el mando de la expedición del Nayarit, caso de no poderla gobernar por su enfermedad don Juan de la Torre. El conde, procuró prudentemente informarse de los padres y de los oficiales del estado en que se hallaba el gobernador. Los primeros respondieron de modo que se conociera que no querían tomar partido: los segundos, no tan recatados, se explicaban con mayor claridad, unos en favor y otros en contra, que fueron el mayor número. Por sus informes el conde de la Laguna se resolvió a venir a Guajuquilla y tomar posesión de su empleo, con más brevedad de lo que permitía la cualidad del negocio. La tropa se dividió en facciones, se proponían diversos arbitrios, y ninguno se resolvía, hasta que el mismo conde, observando por sí mismo la regularidad constante de muchos en las conversaciones y operaciones del gobernador, tomó el partido de retirarse a Guajuquilla. En efecto, aunque el accidente había acometido diferentes veces a don Juan de la Torre, en la actualidad parecía haberse retirado por la postrera vez. Él había despachado correos a todos los pueblos de las fronteras; solicitando gente y bastimentos, y otro cora de la nación a los nayaritas para que les acordase sus promesas y los atrajese blandamente a su cumplimiento.

Por un raro efecto de la confianza del gobernador; después de haber movido de Guajuquilla (su campo) el 26 de setiembre vino a alojarse el 1.º de octubre en un incómodo y peligroso sitio que los mismos bárbaros quisieron señalarle. A pocos días, obligado de la suma estrechez del alojamiento y de la falta de pastos, y desengañado tanto por su propia experiencia, como por avisos de los indios aliados de la obstinación y mala fe de los nayaritas, hubo de mudar el campo a Peyotán, cinco leguas al Norte de donde se hallaba, y siete de Guazamota. En este puesto se mantuvieron del 11 al 19 de octubre. Entre tanto, venían a visitar al gobernador y a los padres muchos caciques, y entre sí habían tenido diversas juntas sobre el partido que debían tomar para acabar con los españoles. Resolvieron enviar un principal cacique llamado Alonso, encargado de decir al gobernador, que habían   —206→   sentido mucho desamparase aquel sitio tan cercano a la Puerta donde ya había llegado el Tonati y los ancianos de la nación para dar solemnemente la obediencia a su majestad católica: que sin embargo estaban prontos a hacerlo en Coaxata, donde la habían darlo ya en otro tiempo. El bárbaro embajador, para demostrar la sinceridad de su propuesta, añadió que aquella tarde misma enviaría dos de sus hijos que los condujesen por el mejor camino. Para llegar a Coaxata, habían de pasar forzosamente nuestras gentes por Teaurita, paso estrecho, montuoso y muy propio para acometer improvisamente, como lo tenían dispuesto. Marchó el campo el 26 de octubre: el gobernador tuvo la precaución de ir dejando alguna guarnición en los lugares más estrechos y peligrosos, para, que en caso de traición no se le pudiese impedir la retirada; pero no tuvo la de asegurar a los dos hijos del cacique don Alonso, que después de haberlos conducido por sendas extraviadas y propias para destroncar las cabalgaduras, se pasaron impunemente a los suyos que aguardaban emboscados en Teaurita. Aquí repentinamente con un espantoso alarido, salieron de las breñas los bárbaros y comenzaron a llover de las alturas innumerables flechas. Esta primera descarga causó alguna confusión en nuestras gentes, y mucho espanto en los caballos. Se perdió todo el orden de la marcha, a que no estaban muy acostumbrados. Los salvajes cobraron con esto mayor aliento, y ya trataban de acercarse. Sus bríos duraron mientras pudo hacer la compañía que marchaba por delante una regular descarga. El espanto y el estrago animaron a los soldados, y la experiencia de la debilidad de las flechas, que tiradas desde lejos, o eran llevadas del viento o hacían muy poco daño. Dentro de poquísimo tiempo no quedó más bárbaro en el campo que el cacique don Alonso; pero aun este trató de retirarse bien presto. No se sabe el número dejos muertos, y heridos entre los gentiles; sería poco más o menos que entre los españoles que fue uno, y entre estos más picados que heridos de algunas flechas. Los nuestros volvieron a Peyotán, con tanta quietud, como si caminaran por la tierra más pacífica. De aquí se trató de acometer al cacique de la Puerta que tenía mucha parte en la traición. Al primer alarido de los aliados, huyeron el cacique y sus gentes, no con tanta felicidad, que él con otros tres adultos, y como unos diez y siete, entre mujeres y niños, no cayesen en manos de los indios amigos por engaño de un cacique, a quien se dieron sin resistencia. El pago de este rendimiento, luego que estuvo en la presencia del cabo, fue quitarle un cinto   —207→   de plata con que sujetaba el pelo, y amenazarlo de mil maneras diferentes para obligarlo a manifestar los tesoros que no tenía. Lo demás de la tropa e indios confederados, se ocupaban en la fábrica de dos torreones de piedra y lodo con troneras de todos lados y de trincheras, aunque débiles, suficientes para asegurarse de algún susto repentino. Se enviaron algunos soldados por carnes y bastimentos, de que se comenzaba a padecer faltas; pero estos destacamentos la hacían también notable para caso que los indios (como se había traslucido) intentasen acometer el Real. Se perdió la esperanza que se tenía de un buen número de soldados, que mantenidos a sus expensas había pensado traer el capitán don Luis Ahumada.

Por tanto, se hubo de pedir socorro a Zacatecas y a Jerez, de donde llegaron a fines de noviembre treinta hombres conducidos por el capitán don Nicolás de Escobedo, y veinticinco a cargo de don Nicolás de Calderón. Con la noticia de este refuerzo, los nayaritas y cuasi todos se habían retirado para mayor seguridad a la Mesa, trataron de ocupar un picacho más cercano a Peyotán. Creían los españoles que esto lo hacían por impedirles el paso, o por asegurarse de aquel punto ventajoso, pero no lo hicieron, sino por sacar de allí a un anciano que querían elevar al sumo sacerdocio en lugar del antiguo Tonati, a quien intentaban matar por creerlo no muy desafecto a los españoles. Tenida una junta, se determinó el gobernadora atacar a los indios en el nuevo puesto. Se enviaron dos compañías favorecidas de la noche; pero no pudieron ocultarse a las espías enemigas que levantaron luego el alarido. Los bárbaros se acogieron a lo más alto y escabrosa de la montaña, donde no podían ofender ni ser ofendidos. Algunos por precipicios y quebradas tomaron el camino de la Mesa. De estos, se aprestaron dos, con tal fortuna, que el uno de ellos era justamente el que pensaban y tenían ya destinado al sumo sacerdocio. Los españoles, no hallando subida proporcionada, se contentaron con reconvenir y requerir de paz a los salvajes. Bajaron algunos de ellos sin la menor desconfianza, y entraron en conferencia con don Nicolás Escobedo; pero su respuesta fue remitirse a la junta general de la nación, sin cuyo arbitrio nada se atrevían a determinar.

Los padres, Antonio Arias y Juan Téllez Girón, en medio del ruido de las armas no habían dejado de promover de su parte la obra de Dios. Entre neutrales, entre prisioneros, entre otros más cuerdos, que, o por docilidad de genio se dejaban atraer de sus caricias, o por un prudente   —208→   temor querían no experimentar mayores males, se habían congregado ya en Peyotán al pie de cien nayaritas. Había entre ellos algunos caciques de buena, opinión por su valor y no vulgares talentos, llamados Juan Lobatos, Domingo de Luna, y el Tactzani, que después se llamó Francisco Javier. Habiéndose probado bastantemente la sinceridad de su reducción, y reconocido su celo por la del resto de sus naturales, trató el padre Antonio Arias de formar, con estos catecúmenos el primer pueblo, a quien se dio el nombre de Santa Rita, por la particular devoción que a esta Santa tenía el gobernador. El padre, cómo hombre ya muy experimentado en las misiones de Nueva-Vizcaya, en el arte de manejar a los salvajes, fue lentamente introduciendo en los nayaritas todos los ejercicios de una bien arreglada misión. En este tiempo, habiéndose ya restituido al real las tropas pequeñas que, habían salido en busca de víveres, y no pudiéndose proceder a alguna acción hasta nuevas órdenes, que os esperaban del virrey, trataron de volverse a sus puestos las dos compañías auxiliares. El marqués de Valero, viendo la lentitud con que caminaba la conquista, y atribuyéndolo a la enfermedad del gobernador, trató de llamarlo a México, con el pretexto de informarle verbalmente del estado de las cosas, y restablecerse allí de su salud, enviándole por sucesor al capitán don Juan Flores de San Pedro.

[1722] El nuevo gobernador llegó Peyotán a 4 de enero del siguiente año de 1722, y trató luego de asaltar la Mesa atacándola por todas pastes, para lo cual envió antes de ocupar el sitio de Cuaimaruzi, como a veinte leguas del Noroeste del pueblo de Santa Rita. Mientras se daban las providencias para el asalto, envió a requerir por tres ocasiones a los enemigos. De la primera no trajeron respuesta positiva: de la segunda se recibió mucho consuelo con la noticia de que dos caciques principales habían resuelto a venir a dar la obediencia, y se creía que los demás seguirían bien presto su autoridad y ejemplo. Fue tan al contrario, que aféandoles los demás la indignidad de la acción y tratándoles de traidores y cobardes, los dos caciques sonrojados prometieron ser los primeros que muriesen antes que entregarse en la defensa de aquel sitio. Esta fue la respuesta a la tercera embajada, con la cual se resolvió la marcha para el día 14 de enero. Había precedido poco antes que cayese en manos de los españoles, un correo que los bárbaros habían enviado a Guadiana (Durango) para solicitar el socorro y alianza de los tobosos. Por el prisionero se supo que no había   —209→   tenido efecto su negociación, lo que dio mayor aliento a nuestras gentes. El, gobernador, con los capitanes don Antonio Reina, don Cristóbal Muro, cincuenta españoles y competente número de flecheros, debía avanzar por el lado del Poniente, y por el lado del Levante don Nicolás Escobedo con el teniente don Juan Oreadain y otros tantos hombres de armas para divertir las fuerzas del enemigo y cerrarles la retirada que no se creía pudiesen hallar por otra parte. El gobernador publicó orden en que fijaba el asalto general para el día 17. Don Nicolás Escobedo le representó privadamente que el camino era muy desigual: que él y sus gentes que no tenían que caminar sino de trece a catorce leguas, llegarían naturalmente mucho antes que su señoría que tenía que andar más de cuarenta; que en aquel intervalo de uno o dos días que esperase en la falda, se le podía ofrecer proporción u obligarlo alguna contingencia a empeñarse en la subida: que se lo prevenía porque no pareciese que contravenía a sus órdenes por falta de respeto o de disciplina. El gobernador le respondió con algún enfado o ironía, que subiese si podía, añadiéndole que en tal caso hiciese seña con una luminaria en un alto que hay en medio de la Mesa. Llegaron a ella efectivamente el mismo día 14 al anochecer las gentes de Escobedo, quien luego procuró tratar de paz con algunos caciques más racionales que estaban en la Mesa que llaman del Cangrejo. Teníalos ya el Tactzam persuadidos a bajar y entregarse; pero su natural inconstancia y timidez les impidió ejecutarlo, y lo más que pudo conseguir de ellos el capitán, fue que se mantendrían neutrales en la acción. Los de la Mesa, al día siguiente antes de ponerse el sol, enviaron al capitán Escobedo un cacique asegurándole que al otro día bajarían a dar la obediencia al rey; pero que le suplicaban no pasase adelante ni moviese del sitio en que se hallaba.

Esta intempestiva súplica dio mucho que sospechar a los españoles y el temor de ser acometidos en un puesto tan incómodo, o por mejor decir, el deseo que tenían de subir a la Mesa antes que el gobernador y arrogarse toda la gloria de la acción, les hizo creer que tenían sobrado fundamento para recelar de la embajada. Se juntó consejo de guerra, y quedó resuelta la subida para la mañana. A la punta del dio, después de invocado el socorro divino, comenzaron a subir amistosamente; pero siéndoles de más impedimento que provecho los caballos, hubieron de dejarlos en una ladera del monte con algunos soldados e indios de guarnición a cargo del alférez don José Carranza y   —210→   Guzmán. Los demás prosiguieron su marcha subiendo cada soldado el medio de dos indios flecheros, donde no lo impedía la angostura de las veredas. Había que luchar al mismo tiempo con las breñas y las malezas, con las peñas y troncos de árboles que atajaban el paso, con las flechas que llovían de todas partes, con las piedras que disparaban de las hondas, y con los peñascos que rodaban con inmenso estruendo desencajando los árboles y cuanto encontraban a su paso. Un golpe de estos dejó sin sentido por largo rato al cacique don Pablo que avanzaba con valor entre los primeros. Con algunas descargas de flechas de los nuestros y tiros de fusil interrumpidos con orden, se apartaban los indios, se tomaba alguna respiración y se avanzaba mucho camino. La parte superior del monte la habían fortificado más los indios, formando de trecho en trecho estacadas en que fácilmente hubieran podido acatar con nuestras gentes, si o por aviso de alguno, o por singular providencia no hubiesen tomado otra vereda que por impracticable no habían pensado fortificar. Ya estaban muy cerca de la cima, cuando un cacique a quien llamaban Tlahuicole, uno de aquellos que habían querido darse de paz, vuelto a los suyos... Y bien (les dijo) ¿no era mejor haber admitido una paz honrosa que no rendirse ahora vergonzosamente por fuerza a un puñado de españoles? ¿dónde están ahora los que me trataron de cobarde porque abrazaba la amistad que nos ofrecían? Vengan y síganme, que estoy pronto a cumplir mejor que ellos lo que prometí entonces... Dichas estas palabras, seguido de algunos pocos, se arrojó como un león con un alfanje en la mano sobre los primeros que subían. Su valor y desesperación causó tanto pasmo, que, como dijeron después los mismos españoles, si otros ocho o diez hubiesen mostrado los mismos bríos, fuera imposible conquistar aquella altura. Al Tlahuicole le cegó su mismo furor, arrojándose brutalmente en medio de sus mismos enemigos; no pudo precaver las flechas y balas, de que cayó bien presto atravesado. Su muerte decidió la contienda: al instante cesó el alarido, la lluvia de flechas y piedras, todo quedó en quietud. Los españoles acabaron de subir con la mayor tranquilidad, y luego los que habían quedado con los caballos. Ni era conveniente ni posible seguir el alcance de loa fugitivos que con maravillosa prontitud se descolgaban por las rocas más escarpadas al Sur y al Norte de la Mesa37.

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