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11

Englekirk, op. cit., pp. 342-313. He utilizado la versión española de la revista Número para facilitar la traducción, p. 324.

 

12

Rodríguez Monegal, Genio y figura..., op. cit., p. 48. Cf. del mismo autor, El desterrado, Vida y obra de Horacio Quiroga, Buenos Aires, Ed. Losada, 1968.

 

13

Edgar Allan Poe: Obras en prosa, San Juan, Puerto Rico, Revista de Occidente, 1956. Traducción, Introducción y notas de Julio Cortázar, vol. I, Cuentos, p. 126. He utilizado esta versión para todas las citas que de Poe haré en español.

 

14

Horacio Quiroga: El crimen del otro y otros cuentos, Tomo VIII de las obras de H., Montevideo, Claudio García, Ed. 1942, pp. 16 y 17.

 

15

Ibid., p. 15. Rodríguez Monegal afirma que lo mejor de este cuento está en la descripción de la atmósfera de Montevideo, pero en realidad, Quiroga está utilizando su propia visión de su ciudad para identificarla a la mimetización que el ambiente ejerce sobre los personajes de los cuentos de Poe.

 

16

Ver: Quiroga, «La llama» en el libro de cuentos El salvaje, Buenos Aires, Ed. Losada, 1963, pp. 88 a 95 y «Morella» en Poe: ed. cit., p. 215.

 

17

Edgar Allan Poe, ed. cit., vol. II, Ensayo sobre Hawthorne, p. 321. Cf. Mario A. Lancelotti, De Poe a Kafka, para una teoría del cuento, Buenos Aires, Ed. Universitaria de Buenos Aires, 1965.

 

18

Poe, Ibid., p. 322.

 

19

Rodríguez Monegal dice en las pp. 58-59 de su Genio y figura..., op. cit., refiriéndose a El almohadón de plumas: «Como narración es breve y brillante. Los elementos que en anteriores relatos aparecían separados, incapaces de integrar un solo movimiento creciente acá están dominados por una disciplina rígida que no excluye el énfasis ni la violencia. Hasta el efecto penúltimo, el insecto bruscamente revelado, resulta admirable. Ya en sus dos primeros libros había imaginado Quiroga, con cierta complacencia necrofílica, la agonía de hermosas mujeres acabadas por placeres secretos. En más de un caso sumaba la cohabitación con animales. Hay indudables restos de estas perversiones literarias (tal vez estimuladas por Poe) en el cuento. Pero ahora Quiroga da el salto que transforma la posible historieta de vampirismo o bestialidad en franca alucinación». Yo pienso que Quiroga va mucho más lejos que Poe, quizás movido por esa morbosidad que el Modernismo imprime en los textos. Esas mujeres malditas tanto a lo Barbey d'Aurevilly (Las diabólicas, con su perversidad ingenua) o esas heroínas pálidas y devoradas por el amante sádico, Clarissa de Richardson, las heroínas de Sade o las de Byron, o mejor, las víctimas inocentes y perseguidas de las novelas de folletón francesas, o la joven Maud de El tío Silas y la joven a quien enamora y vampiriza Carmilla de Sheridan LeFanu. Poe es muy discreto, casi púdico, diría yo, cuando se refiere a las relaciones carnales entre sus personajes; al hablar de la relación entre el protagonista de «Ligeia» y su nueva esposa, Lady Rowena, se refiere «a las impías horas en que pasó el primer mes de sus bodas». En Poe lo que cuenta es lo implícito. Quiroga suele ir más lejos en las descripciones y se deleita en definir claramente la relación; véase por ejemplo Estilicón. Más tarde, se vuelve púdico y se contenta con mencionar a los «cuervos, los leones o las águilas del deseo» que lo atormentan.

 

20

Poe, ed. cit., «Berenice», p. 225.

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