«Maestra afable, excelsa mexicana...»: Espacio y tiempo con Margo Glantz1
Graciela Cándano
| (Antonio Rubial, «Margo Glantz: ¿hagiografía o autobiografía?) | ||
| (Dolores Bravo, «Margo Glantz: origen y discurso en el siglo XVI»)*. | ||
* Dos epígrafes, porque como todo en Margo es opulencia, profusión, un epígrafe no basta:
Margo forma parte de mi biografía, no sólo por el largo tiempo que tengo de conocerla, sino también por los espacios compartidos, donde ella siempre ha sido -como digo en otro lugar2- un faro que dirige y conduce a puertos bruñidos, resplandecientes3.
Luminosa ensayista, magistral e impecable investigadora la considera Dolores Bravo (op. cit., p. 38-41). Y yo aún agregaría la originalidad, talento e ingenio en la maestra-ensayista-creadora. Hago esta acotación porque creo que referencia obligada es el libro de homenaje a Margo: Margo Glantz, 45 años de docencia, publicado en enero de 2006 (el homenaje se llevó a cabo en 2003)4. Libro, digo, donde se destaca no sólo su labor como impulsora de la cultura y formadora de humanistas (Velasco, op. cit., p. 13), sino que se alude a la «huella que el magisterio -generoso y también provocador- de nuestra maestra emérita ha dejado en sus alumnos y discípulos (op. cit., p.10). Libro, también, donde Margo dice que la semblanza de Felipe Garrido «permitió que las lágrimas regresaran a sus ojos» (op. cit. p. 309). Margo no sólo nos enseñó a leer y a disfrutar un autor, sino a perderle el miedo a sus críticos5. Recuerdo que nos decía que podíamos entender cualquier texto por complicado o hermético que nos pudiera parecer. Y en efecto, todo, en sus doctas palabras, resultaba sencillo, luminoso6.
El aroma intelectual que emanaba de Margo en el salón de clases era comparable a la savia que circula por los memorables robles, testigos de una historia verídica, que pueden dar testimonio de vivencias dignas de recordar, «así como de personalísimas ficciones» (Garrido, op. cit., p. 15). Margo nos hace cobrar sentido de la importancia de la MEMORIA, y también de la inercia de quedarse anclado a un acontecimiento ¡Vivencia pura! Memoria y anclaje son dos términos que nos han sujetado a las enseñanzas de Margo y llevado de proa a popa, y viceversa, pero siempre ribera arriba, combatiendo tempestades hasta hacernos llegar a feliz puerto, convencidos de que sus palabras, sus advertencias, eran certeras y que en su momento se materializarían en joyas preciosas de valor imperecedero7. Y aquí estamos, sin temor a las inclemencias de tiempos nefastos: «¡Cara de frente y siempre adelante!»
-nos instaba Margo; y añadía: «Siempre hay otras alternativas»
. ¿Se podría pensar acaso que no fuera ella una maestra afable, afectuosa, a la vez que incisiva y suasoria? La respuesta está demás. Pues la memoria tiene la dualidad del pasado y el futuro -siempre inmersa en el presente8-.
Y viene aquí a cuento la atinada propuesta de Buxó de asignar como emblema de Margo la estatua de Jano Y ¿por qué Jano? -se pregunta el ensayista-. «Porque los dos rostros con que se pinta su efigie corresponden a una facultad que Margo posee de manera excepcional: la visión actualizada de las cosas del pasado y la aguda previsión de las por venir»
(Buxó, op. cit., p. 25).
Y no sólo sus conspicuos lectores, sino también sus discípulos comprendemos a qué se refiere Buxó, pues en sus clases bastaba un breve9 y sesudo comentario de ella sobre X o Y autor (ya fuera Kafka o Dostoyevsky) para que de pronto remontara a las alturas y trajera a la memoria el pasado colonial o la literatura contemporánea, la literatura francesa o la inglesa, arrojando nueva luz al entendimiento10.
Cuando mi maestra se refería a una de sus autoras favoritas, Sor Juana, se transformaba en ensayista oral y realizaba una magistral aproximación «retórica-hagiográfica y biográfica» (Rubial, op. cit., p. 46) de esta doncella Teodor virreinal que había nacido entre dos volcanes -de hielo y de fuego- y exhibido su prodigiosa precocidad en un examen ante múltiples sabios. Y así - como dice Rubial- «Margo nos presenta a una Sor Juana llena de humanidad, que se sale de todos los cartabones propios de la retórica hagiográfica»
(op. cit., p. 49).
Aprovecho para referirme a un texto de Glantz: «Las curiosas manos de una monja jerónima»
, de reciente aparición. Suculento regalo -como ella dice a su vez de los versos de Sor Juana-, pero el de Margo es un tributo a la monja jerónima y... «¿qué viene a importar que sea en verso, o en prosa, o con estas palabras o aquellas?»11, si lo que hay es talento y erudición. La mano de Margo escribe: «Los instrumentos de la escritura a los que Sor Juana alude constantemente, la tinta, el tintero y el papel con los que se vale "a secas" y que le sirven para formular sus mensajes, se metaforizan y la pluma acaba convirtiéndose en buril y el papel en metal. Pero como siempre la monja12 va más lejos impulsada por su deseo de vencer la tiranía de lo que la retórica y la cortesanía estipulan, regresa entonces a su humilde oficio y lo practica en su más prístina concreción, ese laborioso trabajo escriturario cuyas implicaciones sin embargo son enormes»13. Margo nos conmovía y nos deleitaba con su fluida palabra y su mirada hacia lo alto de los muros, rompiéndolos de paso. A propósito de esto último, cito a mi entrañable colega Pablo Mora: «...lo sorprendente de Margo es que además recorre distintos tramos, históricamente hablando, de nuestra literatura con la misma habilidad y lucidez que como lo hace cuando escribe [...]. Margo transita épocas y autores con la misma soltura y lucidez que como lo hace un malabarista [...]. Por eso puede dar verdaderos saltos mortales»
(op. cit., p. 82). Con todo ello, lo que Margo me insufló fue el anhelo de ser una permanente alumna, no sólo abrió mi apetito de seguir aprendiendo y de seguir escuchando a los sabios maestros, sino de formar parte de su biografía.
Como dice María Águeda Méndez, «el influjo de la palabra de Margo sigue vigente gracias a las exposiciones vibrantes y de sumo interés para todos los que tenemos el beneplácito de conocerla y el deleite de leerla»
(op. cit., pp. 51-59). Y estoy totalmente de acuerdo con Malena Mijares cuando se refiere a la «particular agudeza de Margo para fatigar línea por línea las posibles intenciones de un autor, su sabiduría para desentrañar la respiración de un texto...»
(op. cit., p. 67), ya se tratara de Arreola, Thomas Mann, Rulfo, Proust, las Crónicas de la Conquista, o de Alvar Núñez Cabeza de Vaca.
Otro de mis maestros se refiere a nuestra celebrada maestra, Nacho Díaz Ruiz, quien recuerda «su reconocido, constante y magnífico magisterio, [...] su inmejorable labor como maestra universitaria»
(op. cit., p. 71). En efecto, Margo no sólo transmite, sino que enseña, y como Cicerona en el aula, instruye y disciplina... «que para todo ello se da tiempo»
(op. cit., p. 72). Volviendo al aspecto de la ensayista en clase, y de la docente en el texto, permítaseme citar el artículo de Álvaro Ruiz Abreu: «Las palabras que usa Margo en sus textos son tiempo y espacio, imágenes del vestido y de los zapatos, de la vida culinaria, [...] el amor, la vida conyugal, la belleza, el ansia de consumir hasta el hartazgo» (op. cit., p. 216).
Ello trae a mi memoria que el tiempo y el espacio permanecían congelados en virtud de las palabras de Margo, al menos durante las horas y minutos que duraba la cátedra que impartía. Esta faceta de Margo la podemos comprender quizá mejor a partir de lo que menciona Marcela Palma: «Margo es mina inagotable de múltiples y coloridos conocimientos que deslumbran y destellan formando caleidoscopios maravillosos»
(op. cit., p. 249). Sí, Margo es un caleidoscopio: maestra, ensayista, periodista, difusora de la cultura, crítica, creadora, traductora, diplomática, pero sobre todo es MAESTRA.
Su fecundo magisterio ha sido recordado con veneración y cariño por sus alumnos de Princenton. Arcadio Díaz Quiñones plasma ello por escrito: «maestra ejemplar,... maestra afectuosa que les ha ofrecido -a los alumnos- una lección de rigor y de pasión literaria, pues en su práctica docente el saber crítico no está reñido con la cordialidad: es un saber que lleva a mirar de manera distinta o a mirar más a fondo, pero siempre en un diálogo muy vivo con los alumnos»
(op. cit., p. 324).
Y es esa pasión y ese rigor con los que Margo desvelaba ante nuestros ojos los laberintos de la escritura que ella podía comprender y que no recelaba en compartir con nosotros, sus alumnos de la Facultad. Vienen aquí a colación las palabras de Juan Coronado, que años atrás, en el Suplemento inolvidable de Sábado, dedicaba a nuestra maestra: «Margo Glantz sabe leer con todo el cuerpo. Sus lecturas son siempre el perfecto amasiato entre la erudición y la piel sensible»
14.
He ahí el secreto y principal condimento con el que ella aderezaba su cátedra15 y convertía lo inefable en «fértiles dudas»16, mezclando las sabias palabras con gran sentido del humor. Aunque con la sencillez que sólo caracteriza a los verdaderamente grandes, confesaba en sus clases que el acto de enseñar le permitía comprender textos que no entendía en una simple lectura (Cf. Garrido, op. cit. p. 20).
Y henos aquí, nuevamente congregados antiguos y recientes alumnos suyos, como antaño dijo ella «para acompañarme a hablar maravillas de mí, propiciando que mi vanidad se acrecentara de manera vergonzosa, con la consecuencia de que la sola mención de Margo Glantz genere en mí una aguda colitis nerviosa y cierta nausea no precisamente metafísica»
(op. cit., p. 310). Esta cita de Margo en el multicitado libro en su homenaje es prueba fidedigna de lo que digo sobre el sentido del humor y la grandeza-sencillez que la caracterizan. Y, por lo visto, ahora en el 2010 se reenvía el mensaje, pues al finalizar la mesa en que yo participé, ella dijo con su mirada traviesa y sonrisa pícara: «¡me doy asco!». Margo la misma, la de siempre, la de antaño y la de hoy17.
Mucho más dijo nuestra maestra emérita en el Aula Magna de la Facultad de Filosofía y Letras, cuyas paredes regresan en eco sus palabras de aquel homenaje de 2003: «Desde entonces (1958), casi ininterrumpidamente, he enseñado en esta Facultad, donde hice mis estudios en esta indestructible Universidad Autónoma de México -a pesar de todo y por más esfuerzos que hacen y hacen los políticos y hasta algunos estudiantes-, sitio privilegiado donde se genera la cultura, la investigación y la docencia nacionales».
(op. cit., 312).18
Reitero lo que escribí en el libro al que me he referido: «Margo, erudita y traviesa, convirtiéndose en blanco de admiración, si no de la corte del marqués de Mancera, si de la corte de la Facultad, nuestro amado recinto, con talento y prodigalidad ha cultivado una diversidad de géneros, mostrando no sólo su destreza en la ironía, sino también su desgarramiento ante la injusticia»
(Cándano, op. cit. p. 89).
El tiempo y el espacio compartidos con Margo también son imperecederos; tiramos el ancla y permanecemos recordando sus enseñanzas: del génesis al apocalipsis, de Sor Juana a Sábato o Saramago, del pasado al presente que lleva al futuro: la MEMORIA en perpetuo movimiento.
Margo, como maestra, incluye, pues, con gran generosidad todas las demás facetas que marcan su personalidad: «escritora, narradora, novelista, [...] ensayista, crítica...»
(Díaz Ruiz, op. cit., p. 71) y también amiga, cómplice y tutora ¿Cómo es que tiene tiempo para todo ello? ¿Será que, sí, que ella es como Jano?
Margo, traigo a tu memoria -y a la de otros- aquel libro en tu homenaje, como un acto emblemático para que éste que te hacemos hoy tampoco se olvide nunca.
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