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21

El cardenal Cienfuegos, actual arzobispo de Sevilla y que entonces era miembro de la Junta, me lo dijo por la mañana del mismo día en que llegaron los despachos anunciando la rendición de Madrid. Él no podía suponer en tal momento que sus colegas iban a ocultar esta información. Me encontré con el cardenal cuando iba camino de la Capilla Real. Al terminar el servicio religioso otro amigo me aconsejó que no publicara la información que había recibido. El secreto estuvo tan bien guardado durante diez o doce días y extendieron tan eficazmente informaciones en sentido contrario, que yo mismo llegué a pensar que debía haber habido algún error en lo que me dijeron. Creo que esto formaba parte del plan engañoso con el que la Junta quería obligar a Sir John Moore a avanzar en dirección a Madrid.

 

22

Evidence Against Catholicism, pp. 285-8. Segunda edición.

 

23

Entre unas cuantas poesías inglesas que en cierta ocasión me sentí empujado a escribir, hay un poema en verso libre sobre mis recuerdos de una Noche en el golfo de Vizcaya. Lo escribí cuando estaba en el más alto grado de mi recobrada ortodoxia y por tanto abunda en sentimientos que ahora rechazo totalmente, en particular -si recuerdo bien- un pasaje declamatorio contra la filosofía. Liverpool, 22 noviembre 1838. J. B. W.

 

24

A la extraordinaria nobleza de corazón que durante muchos años he admirado en el coronel Fox debo el grato recuerdo de nuestra larga amistad. El coronel Fox estaba con Lord y Lady Holland en Sevilla cuando me presentaron a estos últimos.

 

25

El conde Palmela, a quien conocí muchos años después en Holland House, aprovechó la oportunidad para darme una explicación por la forma en que había sido instrumento inconsciente del engaño que tramaron contra mí los sudamericanos.

 

26

Actualmente el Mayor White del 4.º Regimiento.

 

27

Quiero que se recuerde la ocasión en que expresé estos sentimientos. El pasaje siguiente de la Vida de Jesús de Paulus, que leí mucho tiempo después de haber escrito esta parte de mis memorias, coincide tan perfectamente con mis deseos de ser comprendido por espíritus como el mío, que ruego incluyan la traducción que hice de él cuando leí por primera vez la obra de este hombre tan calumniado, pero tan culto, piadoso y altruista: «Las predisposiciones del corazón y la mente de los hombres son muy diversas, pero sin embargo la única tarea que se propone a todos como posible de alcanzar es ésta: una resolución firme de no considerar como convicciones lo que no son más que opiniones, fantasías o ideas sin fundamento, sino ser fieles a las ideas que veamos firmemente probadas según nuestra particular capacidad. Ningún hombre dejará de querer que otros de temperamento y espíritu parecidos al suyo, tanto entre sus contemporáneos como entre los que vendrán después, estén dispuestos a escucharle (si habla con claridad y honestidad) sobre las cosas que estaban flotando confusamente ante los ojos de su espíritu.»

 

28

El Dr. Charles Bishop es uno de los buenos amigos a los que la muerte ha arrebatado desde que empecé a escribir estas memorias. (Nota de 184l.)

 

29

Tengo delante de mí un ejemplar de la primera edición de las Cartas y quiero aprovechar la oportunidad para llamar la atención de los que lean estas memorias sobre una nota que en la primera edición aparece en la página 79 y que fue deliberadamente omitida en la segunda. La nota viene a nombre del editor, que no es otro que el mismo autor. Corregí personalmente las pruebas de la segunda edición -desgraciadamente el impresor no prestó la atención debida a mis correcciones- en un momento en que estaba dominado por profundos sentimientos de intolerancia jerárquica a consecuencia de mi controversia con Mr. Charles Butler. Esta fue la causa de que omitiera la nota. En esta omisión había algo de servilismo al fanatismo del partido anticatólico, a consecuencia de la impresión que en mi espíritu había producido un partido con el que en aquel momento no tenía ninguna relación personal y con el que no tenía ningún sentimiento en común, pero cuyas voces habían vuelto a revivir el antiguo aborrecimiento del catolicismo que mi experiencia había grabado indeleblemente en mi espíritu y que de hecho me privó por un momento del espíritu de sinceridad que me hizo escribir la nota en 1822. Al volver a releerla después de los años que han pasado, apruebo completamente su contenido y afirmo que lo que en ella digo expresa mi convicción más profunda. Quiero repetirla aquí para librar al lector de la molestia de tener que buscarla en el caso de que esta observación mía lo haya interesado bastante en estos hechos insignificantes a que hago alusión: «Tengo que hacer la observación de que el grado de delicadeza -o la falta de ella- de un confesor depende en gran manera, fuera aparte de su virtud personal y buena educación, de la educación de aquellos entre los que ejerce sus poderes. Por ejemplo, la educación y costumbres del pueblo inglés es tal que me atrevo a decir que muy pocas, o quizá ninguna, de las mujeres católicas inglesas se darán cuenta de que haya peligros en la confesión auricular. No diría yo lo mismo de Irlanda, especialmente con respecto a las clases humildes. Pero puesto que estas cartas no se hubieran publicado sin mi consentimiento, quiero protestar en este momento y de una vez para siempre contra toda sospecha de querer atacar con lo que acabo de decir el grande y respetable número de nuestros conciudadanos irlandeses que profesan la fe católico-romana. No puedo decir, sin embargo, que no crea firmemente en la tendencia general que he atribuido al catolicismo. Pero hay que distinguir entre un catolicismo en pleno y libre crecimiento y la misma planta dañina castigada y suavizada por la sombra del protestantismo. De esta manera, mientras que estoy persuadido de que la religión de España, Portugal y Nápoles es el principal obstáculo para el establecimiento de las libertades públicas en estos países, niego enfáticamente la conclusión de que los católicos harán necesariamente y en cualquier circunstancia mal uso del poder político.»

 

30

Nota escrita en 1836. En marzo de 1831 fui invitado por Mr. John Allen, Master de Dulwich College, a sacar suertes -tal es la forma de elección de acuerdo con los estatutos fundacionales- para la cuarta beca (la de organista) que acababa de dejar vacante la muerte del reverendo mister Lindley. Acepté la invitación y salí de Oxford, donde vivía a la sazón, con dirección a Londres para esperar el día de la elección. Como era necesario encontrar otra persona con quien compartir la suerte y el deseo del College era que los dos candidatos fueran clérigos y graduados universitarios, hubo que esperar bastante tiempo antes de la elección. Mientras tanto me llegó una carta de Mr. Allen en la que me daba la sorprendente información que uno de los Fellows le había asegurado que yo había sido expresamente comprado por Lord Roden con el propósito de escribir contra los católicos. Mister Allen me pedía datos para rebatir aquel informe. Mi respuesta consistió en afirmar lo que he dicho más arriba, añadiendo que las cien libras que la venta de las cuatro ediciones del Poor Man's Preservative había puesto en manos de Messrs. Rivington como beneficio personal mío se habían gastado de la forma siguiente: las primeras cincuenta libras habían sido enviadas a la Christian Knowledge Society, y las cincuenta restantes a la Society for Building and Repairing Churches. Después recordé que el noble en cuestión, de cuyo nombre no estoy seguro, era amigo de Mr. Locker y por consiguiente pudiera ser que él hubiera aconsejado a éste que me escribiera, y esto fuera suficiente para poner en circulación la especie de que había comprado mis servicios. Me duele el corazón cuando pienso en estas cosas. ¡Qué ruindad de sentimientos y principios morales demuestra la dificultad que tienen los hombres para pensar que se puedan hacer cosas desinteresadamente en asuntos religiosos! No tengo necesidad de añadir que saqué la bola negra en Dulwich College y eligieron al otro.