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En torno a «Teatro real»

Ramón de Garciasol

Por ley natural, están cuajando en gravedad y madurez unos cuantos poetas españoles con voz propia. Así, desde hace algún tiempo venimos descubriendo sus mejores libros, precisamente ahora, a los veinte años de su aparición en el campo de la poesía. (Por otro lado, asistimos a descomposiciones poéticas). Estos poetas menos jaleados, han venido por vocación y camino áspero a su maestría actual. Me atrevo a escribir que tendrán más permanencia en el tiempo y la memoria que los que empezaron y terminaron con la sorpresa afortunada del primer libro, porque la poesía es cosa de hombres hechos, a pesar de unos cuantos ejemplos contrarios de talla. No se olvide que siempre se ríen las gracias primerizas. Mas este es un problema que habrá que tocar alguna vez. No solo en poesía, sino en los distintos campos de nuestra vida, tan necesitada de una valoración crítica anticonfusionista.

Entre los que van escoteros, sin deberle demasiado a nadie -el hombre es un ser de deudas, pues empieza por deber la vida-, es decir, coyuntura histórica favorable, propagandeo, casualidad, añitos -que obligan a abrir la boca más de lo correcto-, prioridad en la aparición cuando andaban los puestos vacantes y corrieron alocadamente las escalas, está Leopoldo de Luis, quien día a día -a veces un día es demasiado vaso de amargura- ha llegado a la nobleza y seriedad de su poesía en Teatro real, libro importante y con todo lo que hay que tener: humanidad y melodía, mensaje metafísico y raíz histórica, circunstancialidad y permanencia, sensibilidad y enjundia. Si nuestra generación no fuese acrítica, por diversas razones, estas verdades se habrían visto antes, por más que el tiempo cribe muy bien y separe la paja del grano. Mientras las sombras -algunas jóvenes, otras demasiado repintarrajeadas para su decorosa edad- se repiten o benefician los predios del azar, avanza una generación con más cruz que reconocimiento, portadora de una palabra que importa, para la que las técnicas y los esteticismos son meros excipientes -necesarios, sin duda- de humanidad. Son los de la rehumanización del arte. Entre los nombres sólidos de esa generación nada mimada, a la que no se ha ahorrado un paso, que se gana, por añadidura, el pan esforzadamente -lo que, por hombría, atañe al quehacer poético-, está Leopoldo de Luis.

Teatro real1 es un libro de entronque calderoniano en cuanto al aire problemático, a la preocupación y emoción histórico-metafísica. Calderón, a su vez, en algún aspecto, viene de Séneca y va al existencialismo. Calderón es una síntesis española, moral, histórica y trascendente. Todos somos, en cuanto españoles, calderonianos, aunque lo neguemos, y no en lo más visible y trillado. (Hablo de raíces y motivaciones, no de toque lírico o de sensibilidad para la palabra).

En Calderón -véase, si se quiere, Clásicos castellanos, vol. 69, edición Valbuena Prat, prólogo a los autos sacramentales, pp. XLV y XLVI-, se lee:

   No os espante,

sabiendo quién soy, el verme

tan pobre y tan miserable,

que representar tragedias

así la Fortuna sabe,

y en el teatro del mundo

todos son representantes.

Cuál hace un rey poderoso,

cuál un príncipe o un grande,

a quien obedecen todos,

y aquel punto, aquel instante

que dura el papel, es dueño

de todas las voluntades.

Acabóse la comedia,

y como el papel se acabe,

la Muerte, en el vestuario

a todos los deja iguales



En este ser teatro el mundo -¡y tan real que nos creemos eternos!- y el hombre actor o marioneta, está la esperanza de que acabe la representación y con ella la monotonía, o la soberbia del poder. Es decir, la vida, así concebida, supone una situación existencial humanísima y un mandato implícito de gran calado moral: no envanecerse, ni desesperarse, que al final nos libertará e igualará la muerte. De ahí la dimensión ética, estoica, de la vida auténticamente española, el obrar bien, que no se pierde ni aun en sueños, como advierte Segismundo. (Por cierto que un espléndido poema de Teatro real se titula con el nombre del héroe calderoniano). El poeta, en este libro importante y amargo -¿por qué lo verdadero humano tiene esa amargura de lo pasajero, que no excluye la alegría, para hacerlo más complejo?-, se plantea en sí -carne, sueño, límite- el problema básico, maravilloso y desazonador: aquí estamos, en principio. Pero ¿por qué estamos?, ¿para qué?, ¿a qué venimos?, ¿hasta cuándo?, ¿somos de verdad o nos soñamos, o nos sueñan? (No es admisible dar soluciones fáciles a la angustia. Por mucha fe que se tenga, a todos se nos desgarran las carnes, se nos abate el vuelo alguna vez, aunque en la otra vertiente, para dar grandeza a la lucha, como en el verso de Bécquer, «estas ansias [nos] dicen / que yo llevo algo divino aquí dentro». Estamos hablando en serio, honestamente. Una de las soluciones a todo problema es la ignorancia. O la ceguera. O el interés. O el silbar para conjurar el miedo. Mas el bruto cae fuera del lado humano, en la naturaleza sin conciencia, más acá de la historia, en la historia natural).

Como se ve, la poesía se funda en filosofía y teología. He aquí cómo no se trata, cuando se profesa la poesía, de bromas o moyanas, sino de algo radical: el hombre molido entre las dos grandes muelas del mundo y la eternidad. Todos somos molidos, al fin, y damos muerte, pero la grandeza del poeta -y su dolor, gesto o simulación para las tranquilas bestezuelas con apariencia humana- es que muere con todo el conocimiento, conocimiento que subsume toda sensibilidad. (Es indigno un conocimiento insensible como no existe una sensibilidad inconsciente). El poeta «muere respirando por la herida» que mantiene abierta el vivir, sabiéndolo y sin poder enmendarlo o impedirlo. Meditad los unamunianos -en la base Calderón, a quien algunos fríos de entendimiento y alborotados de epitelio no conciben apasionado y luchando con los enigmas- versos de Leopoldo de Luis:

Nos soñamos la vida en tanto lentamente va haciendo el tiempo sus estragos.

Y al despertar es cuando comprendemos

que era la realidad la que soñábamos.



O en este primor de pensamiento y sentimiento humanizados, cuando dice el poeta con grandeza y sabiduría:

Se llama la comedia sólo «vida»

y aún seguimos llamándola esperanza.

Sabemos el final, y en olvidarlo

está la clave de representarla.



En un verso dice Leopoldo de Luis: «El tiempo y la fe escasos», en patética constatación momentánea producida por la fatiga de representar siempre al mismo papel o tender a lo que se nos va sin remedio. Porque hay un momento en que el hombre descubre vitalmente que no es eterno, que el papel se acabará cuando la muerte corte el hilo machadiano que viene sobrehilando el hombre al tiempo. («Lo que la muerte ha cortado / es un hilo entre los dos»). Frente a esta postura de un grandioso problematismo metafísico y, por lo mismo, esencialmente histórico -todo le ocurre al hombre mientras vive, y vive en la historia- preferimos la otra cara de lo mismo -la cara del tapiz con menos nudos-, la afirmativa del deber, cuando el poeta dice más allá de la letra y, por fortuna para él, sobrepasando cualquier presente concreto, mero casuísmo de la ley:

¿Adónde vamos, capitán? El rumbo

recuperado está. Ninguno sabe

hacia dónde conduce, pero estamos

tercamente en los puestos, como antes.



Porque:

nadie oscurece nunca

lo que el amor alumbra con su fuego.



La segunda parte del libro de Leopoldo de Luis, «Patria oscura», de tanto porte poético como la primera -realmente otro libro- es, en el fondo, la tradición de la herencia vital al hijo. Raro es el poema de esta parte donde no se habla al hijo, preocupado por ahormarle conscientemente el corazón, por sensibilizarle el pensamiento, por templarle la hombría. Pero sin didáctica indigesta y formalera de dómine, en poesía de la más trascendente que haya alumbrado Leopoldo de Luis.

En «Patria oscura», que podía llamarse «Patria fundamental», canta a los oscuros, a los que ni se ven ni brillan, ni dan nombre, pero que trabajan en el primer puesto del decoro, como Luis, el carpintero vecino del poeta, cuya garlopa desbasta la madera mientras este se quema las manos calladamente con los carbones encendidos de las palabras. En «Patria oscura» se incluye «Una ventana», quizá el poema, individualmente considerado, más perfecto de Leopoldo, por ahora. Un poema envidiable del que no se podrá prescindir en la poesía española de hoy. El poema reactualiza el mito del laberinto de cuya angustia y desorientación no hay más salida a la luz que siguiendo el hilo de la fe y el amor que esperan trabajando.

En todo el libro hay un patestismo -seriedad, no desesperanza- que quiere ver, quedarse en paz sin pena. Mas la vida no es paz, sino lucha de saberse en la brecha todavía, con un tiempo contado e irreversible que hace maravilloso y responsable el vivir. En toda cerrazón, o laberíntica intimidad, de habitación en habitación, de problema en problema, va el hombre:

Con las manos heridas, la ventana

soñamos construir, a la luz pura,

que nuestro hijo pueda abrir mañana

en esta ciega y hosca arquitectura.



Esta batalla conduce a la afirmación del soneto final del libro, «Vale la pena de estrenar la obra», que dice en los tercetos:

Vale la pena y vale la alegría

de saber que esta vez es sólo mía

la versión del humano y viejo drama.



Que el personaje oscuro que interpreto

no andará más que sobre mi esqueleto

y en paz y pena su papel reclama.