En el año 1412, y por consejo de San Vicente Ferrer, según afirma el cronista Escolano, se creó una magistratura de catorce varones (diez ciudadanos y cuatro caballeros), a los que se dio el nombre de els Catorze del Quitament, con la misión de cargar y redimir los censos de la Ciudad e intervenir y fiscalizar los gastos del municipio.
J. A. Maravall, La cultura del barroco (Madrid, 1965), p. 487.
El 9 de septiembre de 1608 los jurados acordaban que se pagase al impresor Felipe Mey «dos lliures, deset sous y sis diners a daquell degudes per la impresio de les crides que a imprimit...», Manual de Consells, A 135, fols. 219 r-v. Existe un ejemplar de esta crida en la Biblioteca Universitaria de Valencia, S. Ludovici Bertran Valentini, Dominicani, Beatificatione Urbs Mater exultat, sign. Varios, 167.
V. Gómez, p. 9 y ss. Los premios se establecieron de la siguiente manera. Para los altares: primer premio, 15 ducados; segundo, 10 y tercero 6 ducados. Para las colgaduras: primer premio, 8 ducados; segundo, 4 y tercero 2. Asimismo se ofrecía al Oficio que junto con su bandera llevase mejor invención, en carro triunfal o andas, 25 ducados: el segundo premio consistía en 15 y el tercero en 12. Para la mejor «invención de luces» se ofrecían 30 ducados, y 20 para la mejor «invención de fuegos». De igual manera se determinaban premios de 15, 10 y 5 ducados respectivamente para las mejores danzas. La orden de pago fue dada por los jurados a 10 de septiembre del 1608. El primer premio de danzas correspondió a una «ab espases y broquers», el tercero, a la «dansa catalana», Manual de Consells, A 135, fols. 220 v - 223 v.
También se encargó la Ciudad de todos los gastos ocasionados con motivo del certamen poético. Así, por decisión del martes 16 de septiembre de 1608 los jurados acuerdan pagar a Gaspar Aguilar, organizador del certamen, «trenta huyt lliures, sis sous y huyt diners reals de Valencia a daquell degudes pels molts treballs que a sustentat en la justa poética que se a fet per les festes del señor Sent Lluís Beltran y ordenar la sentencia y tot lo demes que per dita raho a fet...». El gasto por los premios del certamen ascendió en total a 107 lliures 5 sous 3 diners, e incluyó desde piezas de mayor valor, como el San Luis Bertrán de oro, hasta piezas de terciopelo o tafetán, pasando incluso por saleros y cucharas de plata, vid. Manual de Consells, A 135, fols. 239 v y 234 v.
V. Gómez, p. 10. En este tipo de fiestas -celebradas generalmente de noche-, los caballeros recorrían la ciudad a caballo o a pie, portando hachas encendidas y haciendo exhibición pública de sus mejores galas. Una encamisada realmente espectacular fue la organizada por la Ciudad de Valladolid el 18 de abril de 1605, y que se abría con un carro triunfal portando un globo del mundo y una figura de Valladolid triunfando encima, con gran número de figuras alegóricas y los retratos de los reyes y el príncipe por remate. En la encamisada participaron 250 personas con libreas, vid. T. Pinheiro de Veiga, Fastiginia, traducción de N. Alonso Cortés (Valladolid, 1916), pp. 60-62.
En todas las relaciones sobre fiestas religiosas de la época figura en un lugar destacado la descripción de altares y, sobre todo, la enumeración minuciosa de quienes los financiaban. El mismísimo rey Felipe III, aparte de personalidades tan relevantes como el duque de Lerma, llegaron a tomar a su cargo la construcción de fastuosos y efímeros altares, como hace constar el anónimo relator de la Fiesta solemnísima que hubo en Madrid a la traslación del convento y monjas de la Encarnación... 1616, quien finaliza su comentario al respecto: «... no quedó cosa curiosa en palacios, ni en los destos señores, y otros que no se viessen en estos altares, en competencia unos de otros con general admiración de la grandeza y suntuosidad de cada uno, y en tan breue término como una tarde, no se pudo a penas percibir con la vista, ni particularizar, sino por lo general, encogiendo los ombros y enarqueando las cejas». Esta relación, junto con otras, ha sido publicada por J. Simón Díaz, en Relaciones de actos públicos celebrados en Madrid (1541-1650) (Madrid, 1982), p. 102.
En lo referente a las descripciones de los altares la relación de Gómez, op. cit., p. 17 y ss., es mucho más minuciosa que la de Aguilar y es básicamente la que seguimos. La vertiente macabra de la religiosidad se hace patente en todas las relaciones de vidas de santos de la época. Por poner sólo un ejemplo del tema que nos ocupa. A la muerte de San Luis Bertrán se produce un verdadero saqueo de su cuerpo a la caza de reliquias. En el cap. V del libro de J. B. Roca, Historia de la vida y milagros del bienaventurado padre San Luis Bertrán (Valencia, 1608), p. 319 y ss., el autor narra complacido el reparto de dedos del santo entre damas y frailes. En San Isidro labrador de Lope de Vega se hace alusión crítica a esta costumbre tan generalizada, no sólo entre el pueblo sino también entre el clero y grandes señores, cuando al final del acto III un sacerdote, que intenta acercarse al cuerpo del santo para cortarle cabello, se siente paralizado por un dolor, al igual que la mismísima reina Juana, mujer de Enrique III, cuando intenta precisamente llevarse un dedo como reliquia.
Por ejemplo, en las fiestas de 1622 celebradas en Madrid con motivo de la canonización de cinco santos participaron títeres en cada uno de los cuatro carros que representaban los cuatro elementos y que fueron sacados en la procesión, como consta en la anónima relación Suntuosas fiestas que la villa de Madrid celebró a XIX de junio de 1622... (Sevilla, s.a.), publicada por J. Simón Díaz, en su obra ya citada, pp. 164-68; pero sólo ésta, de las tres publicaciones que publica Simón Díaz sobre las mismas fiestas, considera digno de mención este hecho. Vid. sobre el tema de los títeres en Valencia el artículo de J. E. Varey, «Titiriteros y volatines en Valencia 1585-1785», RVF, III (1953), pp. 215-76.
El personaje del salvaje, representado por un hombre de aspecto fiero cubierto con hojas o pieles de animales, es de origen mítico y gozó de una gran popularidad en la Edad Media. Su presencia es abundantísima, por ejemplo, en portadas de palacios, frecuentemente sosteniendo escudos, e incluso en portadas de iglesias: dos bellas figuras de hombres salvajes flanquean la portada principal de la catedral de Ávila. Por otra parte, se trata de un personaje tradicional en celebraciones de tipo festivo. Ya Ramón Muntaner en su Cronica, ed. de F. Soldevila (Barcelona, 1983), p. 686, menciona la participación de hombres salvajes en las fiestas celebradas en 1370 por la entrada de Alfonso X y su familia en Valencia. En el torneo celebrado en Valladolid (1544) ante D.ª María de Portugal hicieron su aparición tres salvajes sobre caballos cubiertos con pieles de león hechas de raso y seda (vid. J. Alenda y Mira, Relaciones de solemnidades y fiestas públicas de España (Madrid, 1903), p. 42. Finalmente este personaje llegará hasta la comedia. Recuérdese Los celos de Rodamonte y Urson y Valentín de Lope de Vega.