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Las imágenes escritas


Rafael Azcona





Empecé a escribir para el cine el año 57, aunque el primer guión que se convirtió en película, El pisito, adaptación de una novelita mía no fue rodado hasta el 59; desde entonces he debido escribir un centenar de ellos, pero calculo que se han rodado alrededor de noventa, lo que parece una barbaridad. Y lo es. Si en mi caso ha sido posible supongo que se debe a que tuve ocasión de trabajar en otras cinematografías: en la española con un guión al año se satura nuestra cuota de mercado.

Lo curioso es que yo no vine a Madrid a escribir para el cine; yo, en aquel tiempo, el cine no lo frecuentaba ni como espectador: mientras que en Logroño estaba prohibidísimo que los chicos fueran con las chicas por lo menos hasta que se casaban, los adolescentes de las películas americanas, que eran las buenas, según decía todo el mundo, se pasaban el día juntos y dándose besos sin que sus padres -incluso aun siendo jueces, como el de Mickey Roone, apellidado Haver- les dijeran nada; salir de aquel mundo maravilloso y volver a la dura realidad lo dejaba a uno hecho una piltrafa, y yo no he sido nunca masoquista. Leía, eso sí, con la esperanza de llegar a ganarme la vida como novelista; incluso publiqué media docena de títulos antes de que Marco Ferreri, un italiano que vino a Madrid a vender unos objetivos que emulaban a los de cinemascope, me llamara para adaptar Los muertos no se tocan, el primer libro que escribí. Naturalmente, le confesó que yo de guiones no tenía ni idea y el me dio una regla que para mí no ha perdido vigencia: el ideal es que leyendo únicamente los diálogos de un guión -me dijo- no se puede seguir el argumento: las imágenes del filme no deben utilizar los diálogos como pies explicativos. Luego le pregunté cuándo me iba a pagar, pero ya en esta cuestión no fue tan elocuente: lo importante era hacer la película, luego ya ser vería. La verdad es que «luego» cobré, y justo es decir también que Ferreri ha sido el director con quien mejor me he entendido: ya se sabe que no hay amor como el primero.


Ideas brillantes

Muchas veces se me ha preguntado por el proceso que se sigue a la hora de escribir un guión. ¿De dónde salen las ideas? Picasso tenía razón: las ideas no se buscan, se encuentran. En mi caso la mayor parte de las veces las ideas surgen después de hablar mucho rato con los directores -yo siempre trabajo con ellos; en realidad son mis señoritos y ocurre una cosa muy curiosa: las ideas que en principio parecen más brillantes y prometedoras suelen quedarse en agua de borrajas apenas se empieza a trabajar sobre ellas. En cuanto a mi manera de hacer no hablemos de estilo personal, suena pomposo, se me han adjudicado con evidente y excesiva generosidad influencias que van de Quevedo a Valle-Inclán pasando por Arniches; no sé lo que de ellos se me haya podido pegar, pero la verdad es que el único escritor que me he leído de cabo a rabo y más de una vez es Baroja, y no creo que en los guiones se note: siempre los he escrito con la exigencia de servir al director y, claro, las lecturas de cada uno de ellos, aunque podamos coincidir en algunas, no son las mismas que las mías. Y ya metido en confidencias confieso que lo que más me gustaría llevar al cine es El castillo, de Kafka, y puestos a hablar de adaptaciones debo decir que a la hora de escribir un guión para mí resulta muy positivo partir de una obra previa: nadie como los especialistas -novelistas y autores dramáticos para urdir una trama y crear unos personajes: si no se interpreta como presunción, diré también que hasta el momento no he perdido la amistad de los autores vivos que he adaptado.

Otra de las cuestiones que suelen intrigar a quienes se interesan por nuestro trabajo es la relación que se establece -o no- entre guionistas y actores. ¿Se escribe a la medida de los intérpretes? Nadie me ha pedido que le escriba un papel de encargo -lo que me parece muy sensato y, sin embargo, al escribir, suelo hacerlo pensando concretamente en un actor o en una actriz no son los elegidos para interpretar los papeles. En cuanto a sus exigencias para que se modifiquen los papeles sólo en una ocasión una actriz, la estupenda Monica Vitti, me tanteo para ver si yo convencía al director Marco Ferreri de que le diera a ella el papel que habíamos escrito para Ugo Tognazzi; la película se titulaba L'ape regina y con Tognazzi la protagonizó la no menos encantadora Marina Vlady.




Teoría y práctica

Esto en cuanto a la práctica de mi trabajo. En lo que se refiere a la teoría cinematográfica, asumo mi absoluta incapacidad para moverme en ese tipo de abstracciones; algunas veces me ha tentado la idea de participar en algún seminario o cursillo, pero siempre he tenido la lucidez de abstenerme: los tratados teóricos que explican académica y minuciosamente las reglas del juego me merecen un enorme respeto, pero tengo la sospecha de que es imposible escribir un guión siguiendo esos tratados. Más claro: en esto de las teorías yo me conformo con pensar que en la vida todo es literatura incluida la literatura y si las imágenes también lo son, un filme es o debe ser más literario que un guión.

Para terminar: quede claro que no estoy seguro de nada de lo que he dicho: yo, como Conrad Hilton -el de los hoteles- en la vida sólo estoy seguro de una cosa mejor que la cortina de la ducha quede dentro que fuera de la bañera. Todo lo demás parece ser más bien opinables.










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