Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Indice


Abajo

La pacification de Gand et le sac d Anvers, 1576, par Théodore Juste

José Gómez de Arteche





  —447→  

La llamada Pacificación de Gante y el saco de Amberes en 1576, forman el asunto histórico que con ese mismo título trata M. Théodore Juste en el libro, casi folleto, que nuestro Director se ha servido encomendar á mi examen para que informe sobre él á esta Real Academia. Digo casi folleto, porque solo cuenta 90 páginas en 4.º de texto y 48 de uno como apéndice, con la reproducción del tratado á que dió lugar el suceso de la Pacificación, celebrado entre los Estados de los Países Bajos, reunidos aquel año en Bruselas, y Guillermo de Nassau, príncipe de Orange, conocido también por El Taciturno, y cuyo retrato aparece además al frente de escrito tan curioso é interesante.

Y tiene que serlo para nosotros los españoles, nietos de aquellos soldados incomparables cuya presencia en Flandes, nunca como entonces legítima y necesaria, y cuya conducta valerosísima y leal sirvieron de pretexto, ya que no pudiera ser motivo, para la resolución temeraria que, como por castigo de la Providencia, produjo la duración dos veces secular todavía del dominio   —448→   nuestro en aquel país, parte integrante del vasto imperio de Carlos V, primero de los reyes castellanos de su nombre.

Un año he estado dudando si debería ó no declinar la honra de responder al llamamiento que se me había hecho, tratándose de un asunto algo apartado de mis habituales estudios y de un libro en que se dirigen á nuestra patria y á aquellos de nuestros antepasados cargos alguna vez injustos y graves; y he accedido á contestarlos, por el deseo de vindicar siquiera la memoria de los que, aun siendo en número tan corto, lograron hacerse respetar y temer de la inmensa población que los rodeaba, manteniendo enhiesta la gloriosa bandera de la Metrópoli.

Eran pocos, sí, como que no llegaron á reunirse cinco mil para mantener la autoridad de su soberano en país tan extenso y apartado de la madre patria durante los acontecimientos cuya descripción y comentarios constituyen el objeto del libro de M. Juste.

Sería necesario escribir otro y aun mayor que el del historiador belga para contestar á los que ya he calificado de graves é injustos cargos que dirige á España; tan difícil se hace destruír en pocos renglones juicios expresados en una frase, una sola palabra, quizás gratuita é irreflexivamente, como en este caso sucede. Pero, no siendo esa mi misión, voy á concentrar cuanto pueda el examen del libro y las observaciones que su lectura me sugiera, en obsequio, al menos, de los que hayan de escucharlas.

Aun con ese propósito, he de hacerme cargo de la introducción del libro de M. Juste, dedicada á M. Wagener, miembro de la Academia Real de Bélgica y especie de burgomaestre de la ciudad de Gante. Ese magistrado había dicho á sus convecinos que la fecha de la Pacificación, cuyo aniversario se celebraba, era en todos conceptos memorable por recordar un suceso en que el de Orange había obtenido para Holanda y Zeelandia la libre profesión de la religión reformada, la suspensión de los decretos del duque de Alba y la expulsión de las tropas extranjeras del suelo de la patria. «Tenéis razón», le dice M. Juste; y, con efecto, demuestra después en su libro que la intransigencia está del lado de los herejes, y que esa intransigencia produjo   —449→   la separación de los dos partidos, el de los ultra-reformados y el de los ultra-católicos, y con ella «dos siglos, estas son sus palabras, de dominación extranjera, desmembramientos sucesivos y una triste decadencia.»

¿Cómo, pues, se atreve M. Juste á invocar la de 1576 entre las ocasiones de unión de los belgas, tan divididos hoy en los mismos bandos políticos y religiosos como entonces y en la época anterior, que también recuerda, de los Artevelde, especie de Masanielos de Gante, sacrificados por sus mismos conciudadanos ó por los franceses para castigar los excesos revolucionarios á que su ambición los había empujado?

La cita de los patriotas ganteses resulta, así, la que pudiera hacer un jacobino desmemoriado y distraído; y esto sin contar con la no remota sublevación de 1539, tan dura como justamente castigada por el emperador Carlos V, motivo que ha sido también de estudio para M. Juste en su libro sobre el gobierno de María de Hungría en los Países Bajos.

Pero nada tiene de extraño esa cita en la pluma de M. Juste, porque su libro es una calurosa apología de la conspiración fraguada por los Estados generales de los Países Bajos para, en unión con las fuerzas del Taciturno y valiéndose de la habilidad política del tan celebrado príncipe, director y alma de la emancipación holandesa, procurarse la suya de Brabante y Flandes, así como la de las demás provincias belgas, sin atender, más que en la fórmula del acomodamiento, á sus escrúpulos religiosos y á los que debieran inspirarles sus deberes de vasallos de la corona española.

Y si no, cojamos los hilos de esa conspiración.

Tres capítulos abarca la obra de M. Juste: el I, trata de La Unión del Norte y del Mediodía; el II, de La Furia española, y el III, de La Pacificación.

La muerte de D. Luís de Requesens, dejando huérfanas aquellas provincias de la autoridad española, concentrada en una sola mano, como necesitaba estar, enérgica é inquebrantablemente leal, interesada en el esplendor é integridad de la monarquía castellana, la había transmitido al Consejo de Estado residente en Bruselas, si hasta entonces adicto, compuesto, sin embargo,   —450→   de tantas personas y de tales elementos, que pronto dejarían se revelase en él la diversidad de intereses y afecciones, y de consiguiente la debilidad afecta á las responsabilidades colectivas. No tardaron, así, en sobreponerse al Consejo los Estados generales de las provincias aún obedientes á la autoridad real, pero que, manejados á su vez por los descontentos y ambiciosos, comenzaron por hacerse instrumentos suyos y concluyeron por asumir toda la gestión y los compromisos de los manejos de la conspiración y de sus tratos con los rebeldes de Holanda y su jefe.

Ofrecíales un arma poderosa, como motivo de agravios y como fuerza para sus planes, el amotinamiento de los españoles del tercio de Valdés, precisamente cuando, conquistada Zierickzee, iban á ser indemnizados, en parte, con el botín cogido en la isla, y en parte con la contribución de guerra impuesta á los habitantes. La ocupación, además, de Alost, ciudad considerable y muy próxima á Bruselas, por los amotinados, daba pretexto, ya que no razón, á los de la conjura para, manifestando unos recelos que experiencias anteriores de la misma y triste naturaleza demostraban no tener verdadero fundamento, tomar precauciones, que se hicieron infinitas, y armar al pueblo y fortificar ese armamento con la seducción de otras fuerzas, algunas nacionales también, pero en su mayor parte de los mismos extranjeros cuya expulsión proclamaban. Y no satisfechos con eso, y puestos ya en comunicación secreta con el Taciturno por medio de agentes, bastante atrevidos para tomar el nombre de los Estados y hasta del Consejo que gobernaba el país, se arriscaron á prender á los que en él sostenían con más tesón la autoridad real, y á los españoles de más nota que con su talento, su influencia ó la fuerza de sus brazos pudieran ayudar á hacerla respetar.

Por supuesto que el de Orange escribía á los muñidores de la conspiración que ni él ni los Estados de Holanda abrigaban otro pensamiento ni tenían otro interés, al unir su acción á la de las demás provincias, que el de arrojar del país á los extranjeros, á los españoles, sobre todo; dejándolas el libre uso de su religión, que era la católica, y sin atentar tampoco á la autoridad de su soberano mientras este respetase los fueros suyos y sus usos también y costumbres como en tiempo del Emperador. Lo de la   —451→   fábula de los lobos y las ovejas, que tan á cuento trae D. Bernardino de Mendoza; de los lobos cuya enemistad con los perros era el único obstáculo para vivir con las ovejas en la paz más perfecta y envidiable.

Y flamencos y brabanzones cayeron en el lazo, figurándose así disimular, por el pronto, la rebeldía para su mejor éxito después con la organización de sus fuerzas y el ayuda de las que pidieron á Nassau y les fueron enviadas al momento. Porque, aun quedando la fuerza de los españoles notablemente disminuída con el motín de sus camaradas de Alost, reducido su número al de unos 4.000 de infantería y caballería y los pocos que aún guarnecían algunos puntos muy remotos de Holanda, se hacían respetar del país; tales eran su valor y su prestigio. Por eso no descansaban los conspiradores en la tarea de aislarlos, seduciendo á los de Naciones, bien para que se unieran á ellos, como lo verificaron algunos, bien para que se volvieran á su tierra natal. Así lograron que se despidiesen muchas de las banderas de alemanes de la coronelía del conde Haníbal que los Estados sustituyeron con las del conde de Everstein en la guarnición de Amberes, y hasta los walones de Mondragón abandonaron la causa española y retuvieron como prisionero á su jefe, sin querer recordar tantas y tan brillantes victorias como las á que los había conducido.

Y anulado el partido español del Consejo, reducido el ejército á su mínima expresión y desarmado casi por la indisciplina y las privaciones, los conspiradores, constituídos en bando militar y político con su general y todo, el duque d'Arschot, declararon á nuestros compatriotas rebeldes por un edicto que lleva la fecha de 23 de Setiembre de 1576.

Dice M. Juste: «Los Estados generales continuaban sus armamentos y sus negociaciones. Habían dado á las compañías walonas del coronel Mondragón la orden de abandonar Zierickzee y trasladarse á Brabante. Hasta habían propuesto al Consejo de Estado destituir á Mondragón y declararlo enemigo del Rey y del país, lo mismo que á Sancho Dávila y á Carlos Zugger, y dar á Jacobo Glymes el mando de su regimiento. Al mismo tiempo reiteraban su declaración de no querer tratos con las tropas españolas   —452→   sino para convenir en su salida del país. En cuanto á los alemanes, pareciendo imposible el asegurarse de todos los coroneles, los Estados querían por lo menos ganar al Conde de Everstein, prometiéndole una propina (un pot-de-vin) de 50.000 florines. La intención de la Asamblea era, de otro lado, la de licenciar las compañías sospechosas, segun fueran recibiendo los atrasos que se les debian.»

Si cupiera alguna duda de la conspiración fraguada por los Estados para deshacerse de los españoles, la desvanecería por completo el libro de M. Juste con cuantos detalles pudiera desear el más incrédulo, así como de la negra ingratitud de los flamencos para con un rey que ya no apelaba más que á temperamentos los más suaves, y de ello era buena prueba la administración del Comendador Mayor, y para con unos soldados que, como dice Mendoza, «habian estado nueve años defendiéndoles sus iglesias y monesterios, casas y haciendas, para que no viniesen en manos de los hereges y rebeldes; y esto arriscando en la demanda de dia y de noche sus propias vidas con infinidad de trabajos.»

Y aun cuando el Taciturno recomendaba á sus soldados que no provocasen escándalo alguno al penetrar en las provincias de aquende el Escalda, y á los diputados, que acudieron á Bruselas para tratar de la pacificación, que se mostraran tolerantes con los del Sur en materia de religión, pronto se hicieron sentir las violencias de los unos y la intransigencia de los otros. Al exigir los Estados de Flandes el libre ejercicio del culto católico para sus administrados, ya que en Holanda y Zelandia se iba á mantener el de la religión reformada, los protestantes comenzaron por presentar objeciones; la voz de los católicos fué sofocada en sus primeras juntas, y hubieron estas de acabar aceptando y el Consejo aprobando cuantos puntos y artículos traían convenidos de Gante entre el ruido de la artillería del fuerte de Carlos V, y el de la noticia, acabada de llegar, del saco de Amberes.

Y este, como he dicho antes, es el asunto del capítulo II de la obra de M. Juste. Los rebeldes se creían autorizados para en su deslealtad atacar la ciudadela de Gante, levantada por su conciudadano el Emperador con el objeto de impedir y castigar sus insurrecciones, y para insultar la de Amberes y las torres de Maestrich   —453→   y Lierre, sin que los españoles se permitieran siquiera defenderse allí donde les fuera posible.

Pero no contaban, aun habiendo recibido tantas pruebas de ello, con que no eran aquellos soldados y los jefes que los mandaban gente á quien pudieran ellos ni nadie imponerse fácilmente. Así como suele decirse de generales que en el campo de batalla valen por un ejército, así de cada soldado de los de Flandes puede asegurarse que valía por veinte, y de cada maestre de campo, llamárase Romero, Dávila, Mondragón, Valdés ó Verdugo, que por seis generales de otros tiempos y otras partes.

Y si no, veamos lo que unos y otros hicieron en aquellas circunstancias, tan difíciles que se creían insuperables.

El castillo de Gante estaba presidiado por 150 españoles, á quienes capitaneaba una mujer, estando el castellano, su marido, Mondragón, prisionero de sus mismos soldados, dirigida, sin embargo, por el teniente de la fortaleza, Antonio de Álamos Maldonado, tan inteligente como bravo.

La ciudadela de Amberes mantenía en la obediencia al rey de España una población de 150.000 almas, sin más guarnición que la de 200 españoles; eso sí, gobernados por Sancho Dávila, el que la posteridad ha conocido, mejor que por su nombre, por el de El Rayo de la guerra. Es verdad que eso era cuando se contaba con la lealtad de los alemanes alojados en la población; pero también lo es que, al ser estos seducidos por los rebeldes, y comprado, según se ha visto, su coronel el conde de Everstein, si se reforzó el presidio de la fortaleza fué más con material de guerra, que se procuró su castellano, que con gente, que era preferible en las inmediaciones para forrajear y, en todo caso, tener sujeto el país próximo, de donde había de abastecerse en todo evento.

La situación fué, sin embargo, haciéndose cada día más difícil, y hubieron los jefes españoles de concertarse para arrostrar con éxito los peligros de que aparecía preñada. Los rebeldes no solo levantaban gente en todas las provincias, seducían á los de Naciones, que hasta entonces habían combatido junto á los españoles, y llamaban en su auxilio á los de Orange, sino que ya habían puesto sitio al castillo de Gante, reducían la guarnición de Maestricht á los torreones de la puerta de Bruselas y cavaban un   —454→   foso montado de su parapeto en el glacis de la ciudadela de Amberes, para cerrar sus salidas á la ciudad y combatirla en cuanto les llegara la artillería que habían pedido á los de Holanda.

Tal era, aun así, el aliento de aquellas gentes que, en situación tan crítica, envueltos puede decirse en la espesa urdimbre de tan oscura intriga y de enemigos en tanto número y dueños del país, si se exceptúa el Luxemburgo que se mantenía fiel á la causa española, aseguraban al Rey, al darle aviso de todo, que mantendrían todavía por seis meses la tierra, «perdiendo las vidas en las plazas antes que el desampararlas sin mandato expreso de Su Magestad; y esto si bien la gente de las dieciseis provincias viniese sobre ellos.»

M. Juste, lo mismo que nuestros historiadores de las cosas de Flandes, va recordando las órdenes de Sancho Dávila, de concierto con Jerónimo de Roda, que por aquellos días se revistió del carácter de un Alter-Ego de D. Juan de Austria, nombrado gobernador de los Países-Bajos, para resistir la acción combinada de los Estados y del Taciturno, pronta á estallar. Y lo hace con detalles verdaderamente curiosos, sacados de varios papeles de procedencia belga existentes en los archivos del país. Del mismo modo que la conspiración, pone M. Juste á descubierto en su libro las operaciones preliminares de los rebeldes, sin que quepa dudar de lo general que se hizo aquella y de la importancia que debía darse á la conducta militar de quienes, al ver á los españoles sin esperanza de refuerzos inmediatos, se consideraban seguros de la victoria y á punto ya de obtener su tan deseada independencia.

Hay, sin embargo, que reconocer en M. Juste y entre sus duras, pero patrióticas, frases, un espíritu de imparcialidad á que no estamos acostumbrados, y hasta de una como admiración arrancada á su sinceridad de historiador, por las condiciones militares que desplegaron los españoles en aquella coyuntura, condiciones que sintetiza en el epígrafe, La furia española, con que encabeza ese segundo capítulo de su libro. Después, según ya he dicho, de recordar las órdenes é instrucciones del célebre castellano de Amberes y las maniobras de D. Fernando de Toledo para trasladarse de Holanda á Brabante, así como las de Julián Romero y Alonso de Vargas para confluir en la ciudadela   —455→   con los amotinados de Alost, decididos á reunirse á sus camaradas en el día del peligro, cuenta así la hazaña de nuestros compatriotas, que terminó con el saco de Amberes: «Entre mediodía, dice, y la una, salieron de la ciudadela los españoles dando su acostumbrado grito de «¡Santiago y cierra España!» Los amotinados, con su electo á la cabeza, después de cruzar el puente del castillo, se metieron por la calle de San Miguel, seguidos de tres compañías alemanas, únicas leales de los regimientos de Frunsberg y de Fugger que las regía en persona. Julián Romero y Francisco Valdés, con su gente, penetraron por la calle de San Jorge. Las compañías alemanas de Maestricht (las llama así por haberse entregado en el asalto de aquella ciudad) iban entre aquellas dos columnas. Detrás de los soldados se agitaba una multitud de sus criados y de cortesanas con haces de paja y antorchas encendidas. La caballería, á las órdenes de Alonso de Vargas, seguía á Romero por la calle de San Jorge.»

»El electo, uno de los primeros (el primero) en montar las barricadas, cayó mortalmente herido. Los walones y alemanes (los rebeldes), sostenidos por los vecinos de la ciudad, se defendían con valor en la explanada y en las calles próximas; pero la desconfianza se deslizó en sus filas cuando supieron que las cuatro compañías alemanas de Cornelio Van Enden, que cubrían la calle de San Jorge, habían depuesto sus armas ante Alonso de Vargas. Avanzando con una especie de furia, los españoles se apoderaron, en fin (no, de la primera embestida), de la calle de San Miguel y de la abadía, donde hicieron prisioneros al conde de Egmont, al señor de Capres, al de Goignies (generales de los rebeldes) y á otros caballeros walones.

»Las tropas federales trataron entonces de concentrarse al otro lado de la Bolsa, en la plaza de Meir, pero fueron de nuevo dispersadas por los veteranos españoles que, con la caballería de Alonso de Vargas, se dirigieron á la Plaza Mayor y la casa de Ayuntamiento. Los arcabuceros de los guldos (guldes), mezclados con los soldados alemanes de las compañías fieles de Everstein, ocupaban el palacio municipal y las casas vecinas, de donde herían á los españoles al momento de presentarse á su vista. Hasta la caballería de Vargas había tenido que huir; mas, para   —456→   hacer imposible la resistencia, los españoles no vacilaron en poner fuego al palacio y á las casas próximas, todas llenas de especias y otras mercancías. El incendio se propagó con espantosa rapidez; el magnífico edificio del Ayuntamiento, las casas de la Plaza Mayor y de las calles inmediatas, todo aquel espléndido barrio, una de las maravillas de la época, fué muy pronto presa de las llamas. Con el fin de salvarse, los arcabuceros de los guldos se arrojaban de las ventanas del palacio; más allá se veía á los vecinos perecer en sus casas incendiadas y á otros cómo los soldados los degollaban. Por la noche las llamas de la casa de Ayuntamiento proyectaban una luz siniestra sobre los innumerables fugitivos de la ciudad y de los soldados, que confundidos y en espantoso desorden se precipitaban hacia la población nueva para salvarse por el Escalda.

»Champagney hacía esfuerzos magnánimos para reunir los walones cerca de la casa Hanseática; pero ya penetraba también allí la caballería española. Todos querían ponerse en salvo; viéndose á los jinetes walones armados de todas piezas arrojarse de lo alto de las murallas á los fosos. El conde de Everstein, queriendo saltar de un puente á un barco, cayó de costado por el peso de su armadura y se ahogó; el señor de Bièvre sufrió la misma suerte; más felices el marqués d'Havré, Champagney y otros nobles, lograron ganar los buques del príncipe de Orange que durante la lucha se habían acercado á la ciudad. Treslong, abrigaba el propósito de unirse á los confederados si llegaban a obtener éxito, pero no llevando gente de desembarco y no pudiendo tomar parte activa en la pelea, se apresuró á recoger los fugitivos para trasportarlos á Zelandia.»

Después de pintar M. Juste la matanza ejecutada por los españoles en los rebeldes y el saco á que entregaron la ciudad con los colores más sombríos, termina así la descripción de aquel cuadro: «Menos de 4.000 veteranos, después de haber puesto en derrota á las tropas de los Estados, pudieron hacerse dueños de una ciudad que ocupaba el tercer lugar en Europa; lograron reducir á la impotencia á millares de habitantes que habían tomado las armas (eran sobre 14.000), y sus pérdidas fueron insignificantes, porque apenas si llegó al de 140 el número de sus muertos.»

  —457→  

«¡Espectáculo horrible! añade; los cadáveres de los soldados federales y de los vecinos llenaban las calles, elevándose hasta el de 2.500 el número de los que calcularon las parroquias haber enterrado. Arrojóseles en dos inmensos fosos abiertos en el cementerio de la Catedral; pero no se hallaron los restos de los quemados en el incendio ó que se ahogaron en el Escalda, calculándose ser doble su número y eso sin exageración. Más de 6.000 personas, y aún nos quedamos cortos, habían sido muertas, ahogadas ó quemadas.»

Por esta relación, nada sospechosa en favor nuestro, comprenderá la Academia cómo no exageraba yo al ponderar el valor de aquellos soldados y la pericia de sus caudillos, gloria de España y estímulo que debe ser agudísimo para los de las generaciones sucesivas. Que allí, como en Roma cincuenta años antes, se entregaron á excesos, siempre lamentables, durante la lucha y en la embriaguez de la victoria; pero ¿quién contiene á hombres que combaten uno contra seis y estos á cubierto de sus casas y baterías; á hombres que ven caer á sus jefes al comenzar la batalla y movidos, además, por las privaciones, la ira y la necesidad, en su sentir, de un duro y ejemplar escarmiento?

Y fué verdaderamente tal el de Amberes en 1576, que, como dice muy bien M. Juste, Jerónimo Roda pudo delegar la autoridad del gobernador de ciudad tan populosa, metrópoli del comercio en aquel tiempo, y la de todos sus magistrados; ¿en quién? en un capitán de caballos-ligeros.

Amberes sufrió la suerte de toda plaza tomada por asalto en unos tiempos en que las leyes de la guerra no podían templar la rudeza de las costumbres y la explosión de las pasiones, excitadas entonces en los españoles con la traición que se acababa de urdir contra la integridad de la patria, la religión de sus mayores y sus propias vidas.

Ya he dicho que con estos sucesos, la ruptura de las hostilidades en Gante, los combates de Maestricht y de Waelhem y el saco de Amberes, había coincidido el tratado de pacificación entre los representantes de las provincias de Brabante, Flandes, Artois, Hainaut, Valenciennes, Lille, Douai y Orchies, Namur, Tournai, Utrecht y Malines y los plenipotenciarios del príncipe de Orange   —458→   y de los Estados de Holanda y Zelandia, que el Consejo de Estado aprobó inmediatamente. Las excitaciones del Taciturno á sus mandatarios en Gante, á Hembyze, particularmente, su muy buen amigo, para la más pronta unión de todas las provincias; la resolución del duque de Arschot para que se concluyese antes la paz con aquel astuto y tenaz rebelde á cuyos consejos y conducta se quería después que D. Juan de Austria subordinase sus acuerdos y operaciones; las concesiones de parte del clero flamenco en materia de culto; nada de eso apresuró tanto la llamada Pacificación como las derrotas acabadas de sufrir y la vergüenza de que presenciaran impasibles desde el castillo 150 españoles las reuniones bulliciosas y las batallas parlamentarias y diplomáticas de los comisionados de las 16 provincias, cuando no las interrumpían con el estruendo de su artillería y los gritos de triunfo al rechazar por dos veces el asalto de las brechas.

La Pacificación, su ajuste y resultado tienen su lugar en el capítulo III del libro de M. Juste, con la letra del tratado por vía de apéndice, letra que no necesita reproducirse ni recordarse siquiera por hallarse en todas las historias españolas y extranjeras de aquel tiempo. También en eso revela M. Juste el caudal de noticias que ha reunido de muchísimas de esas obras, de los archivos oficiales de Bélgica y de Simancas, de los particulares de la casa de Orange, Academias y periódicos, dando en pocas páginas varias muy nuevas é interesantes.

En lo que se muestra sumamente parco es en la relación y comentarios de las gestiones practicadas por los Estados para anular la autoridad del vencedor de Lepanto á quien llegaron á negar obediencia como Gobernador general. El Taciturno se había sobrepuesto á ellos y dirigía todos sus manejos, dictaba sus resoluciones y, ya que no se atreviera á arrogarse el mando supremo, se hacia delegar alternativamente la lugartenencia del duque de Alençon ó del archiduque Mathías, aspirantes á la autoridad de D. Juan. Pero en tal desorden de ideas y lucha de intereses sacó, más que nunca terrible, su cabeza la discordia, chocáronse las ambiciones de muchos, las aspiraciones religiosas de los más; y por más que, para armonizarlas, se inventó la Unión de Bruselas,   —459→   apareció entre ellas la brecha por donde los españoles volverían á establecer la autoridad de su soberano. A la Unión de Bruselas se opuso la Confederación de Arras por los católicos, y á esta la Unión de Utrecht por los calvinistas; y al mediar los Estados generales, el sucesor de D. Juan, Principe de Parma, se convino con las provincias walonas, confirmando la Pacificación de Gante y el Edicto perpetuo celebrado por su primo, pero proscribiendo todo otro culto que el de la religión católica.

Guillermo de Orange no logró, pues, establecer sobre bases sólidas la Confederación general que se había propuesto en los Países-Bajos. En su patriotismo, M. Juste exclama al terminar su libro. «Los resultados de la separación fueron desastrosos para las provincias del Mediodía. Dos siglos aún de dominación extranjera, desmembramientos sucesivos, una triste decadencia, he ahí lo que hay que echar en cara á los que cometieron la irreparable falta de rasgar el pacto federal de 1576.»

Pero lacónico en demasía, M. Juste no se detiene á señalar otras causas que, aun como auxiliares de la religiosa, determinaron ese resultado; la acción militar de D. Juan de Austria, entre otras, para neutralizar la política anterior impuesta por la benignidad que creyó Felipe II deber ejercer en aquellos años hasta demostrarse palpablemente su ineficacia.

Y por cierto que no quiero perder la ocasión que se me presenta de demostrar que no era necesaria la publicación de la correspondencia del Rey Prudente con sus hijos para darle á conocer como inclinado á temperamentos suaves cuando no se comprometían con ellos los intereses, para él tan caros, de la religión y la monarquía. D. Martín de los Heros, individuo que fué de esta Real Academia y hombre que militaba en un partido político que siempre se ha considerado como juez severo de la conducta de aquel soberano, dice en su Bosquejo de un viaje histórico de un español en Flandes: «... y otras pruebas que aún se verán de la afabilidad de aquel príncipe indicará nuestro viajante que están muy lejos de presentarle tan uraño y absoluto como algunos nacionales se le figuran, y los extranjeros, que zurró, se empeñaron en que lo fuera.»

Hubo D. Juan de llamar, según se lo tenían predicho ellos   —460→   mismos, á los españoles que había hecho salir de Flandes á virtud del Edicto perpetuo; acudiendo, al verlos responder tan gallardamente á la memorable carta, que no hay para qué citar por lo conocida, acudiendo á las armas que con tan brillante éxito manejó en Gembloux, Lovayna y Philippeville.

¿Qué mejor prueba de que la Pacificación de Gante y el Edicto perpetuo, no eran sino la máscara con que los Estados generales ocultaban sus propósitos de absoluta independencia?

Para concluir: el libro de M. Juste, si muy compendioso para asunto histórico tan importante como el de que se trata, es digno de ser leído y tomado en cuenta por los que se dediquen al estudio de nuestras guerras de Flandes, tan tenaz y bravamente sostenidas por ambas partes de las beligerantes. Los datos aducidos son generalmente exactos y algunos nuevos; las reflexiones, si patrióticas á lo belga, no destituídas de fundamento; y, entre las manifestaciones de hostilidad á la dominación española, no se escasea la justicia á las personas, en cuanto al mérito más ó menos pronunciado de cada una.

No es obra que se pueda calificar de notable, pero sí de discretamente escrita y sin la pasión que otras de los compatriotas de M. Juste.





Madrid, 5 de Noviembre de 1886.



Indice