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Hölderlin en su celda

José Triana



Para Gastón Baquero








Hölderlin en su celda



1

Obsedido por un astro, las voces
pisotean la celda de costumbre.
No es el árbol doméstico, encendido.
Tampoco es la metáfora del sueño.
La velada blancura de un peñasco

como un hervor difuso y misterioso
le enloquece un poco más. Las palabras
encandilan el astro y las elipses.

Sólo contempla espectros, lo profiere
a voz en cuello y ronco ritornelo.
El destino del hombre es un celeste

ritmo y la celda se colma de su eco.
En soledad se apaga diariamente.
Su Majestad ordena que me vaya.


2

La princesa de Homburg le regaló
un piano y sus cuerdas las ha cortado
por insidia o por pura negligencia.
«Ahora me llamo, dice, Scardanelli».

Y Scardanelli ocupa sus insomnios,
los papeles borrosos de Diótima.
Estoy tocado por Apolo, piensa
en las calles lavadas de Burdeos.

¿Y dónde está el dulce carpintero,
Ernest Zimmer, Dios mío?... ¿Dónde está?
A veces se levanta por el alba

y en el piano improvisa su delirio:
Todo no es más que ritmo, hasta el poema.
Un ritmo que respira por los astros.


3

¡Qué tormento acatar su propia sombra!
Scardanelli viene de mañana
reprochándome la torpe escritura
y el hallazgo pueril del disparate.

En silencio lo miro y me desato
después, mucho después, en mar de injurias.
Trato de complacerlo, bien es cierto.
Pero basta de insípidas cuestiones.

Que Scardanelli acepte lo que digo.
Yo me detengo en el limpio misterio
del ritmo del poema... Oíd mis sueños.

Es el único modo de expresión.
Es el único modo de invisible.
La real correspondencia, el universo.


4

Hoy contempló los campos infinitos.
Scardanelli y Hölderlin son uno:
es la misma persona algo reacia
que desconoce aquel que lo visita.

Tocó esta tarde el piano, una sonata.
Las quejas del catarro, qué bobera
iluminando la maldita lámpara
y las degradaciones del verano.

Se hace noche, se dice ante los platos
y temblando lo acojo entre las sábanas.
Mi madre reza por su alma en vigilia.

Nadie supo entonces qué sucede.
Vino una luz extraña y muy despacio
en su rostro quedó dulcificado.


5

Lo oigo parloteando todavía
en su celda de ayer y hoy santuario.
Es como si navegara en el río
de la noche sagrada, su locura.

Del orgullo no sé por qué me viene
la estridencia o el aroma fulgurante,
orgullo confundido con pobreza
y esa gana de ser en el olvido.

Sentado en el pequeño sofá, ríe,
conversa o tartajea; lo invisible
le muestra la mano que acompaña,

la inaccesible rosa, el oro mustio,
las ventanas creciendo por el cielo,
y la impalpable música impalpable.

De Vueltas al espejo (1994)





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