1
Para una lectura de la primera línea temática de la novela, véase mi artículo: «La historia como desencanto: ilusiones perdidas en Mil y una muertes de Sergio Ramírez» (2010).
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Uso el término en el sentido definido por Boris Tomashevsky: «The network of devices justifying the introduction of individual motifs or of groups of motifs is called motivation»
(1965: 78).
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Nada en la novela evidencia la existencia real de tal diálogo. Se trata más bien de una asociación surgida en el proceso de lectura, aunque las analogías que se detectan entre las teorías fotográficas de Sontag y Barthes, por un lado, y la reflexión sobre la función de las fotografías en la novela, por el otro, sugieren que el autor nicaragüense conoce muy bien los planteamientos expuestos en On Photography y La chambre claire.
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También las carátulas de las ediciones de 2004 (México) y 2005 (España) sugieren el lugar protagónico de la fotografía en la novela. Ambas son un collage. La de la edición mexicana presenta un fondo de calaveras rosas, amarillas, violetas y azules sobre el cual se colocan tres retratos fotográficos de Rubén Darío (lo que hace pensar, engañosamente, que la novela es sobre el poeta, quien es en ella apenas uno de los personajes). La cubierta de la edición española muestra una sugestiva superposición de dos fotografías que parecen antiguas: el torso desnudo de una mujer y una escena de calle en la que destacan los coches estacionados a lo largo de la acera en el segundo plano y un grupo de tres hombres vestidos de abrigos y sombreros de copa, en el primero. El cuerpo de la mujer, algo borroso, parece ser un «puente» entre este grupo y los coches en la acera opuesta.
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Mis sospechas se dirigían sobre todo a los retratos del conde Primoli, el archiduque y las hermanas Sánchez del Pozo. No he podido encontrar ninguna fotografía autentificada de Primoli; un retrato de Luis Salvador Habsburgo que figura en la Internet tiene semejanzas con la fotografía reproducida en la novela, pero la diferencia de edad del personaje representado imposibilita una conclusión definitiva. Casi al final de esta investigación, Sergio Ramírez me confirmó las dudas acerca de Primoli, pero prefirió callar en el caso del archiduque: «La del conde Primoli la compré, junto con otras que están en el libro, en el mercado de la Lagunilla de la ciudad de México, tras todo un día de exploración en las colecciones de los vendedores callejeros. Se trata de un elegante personaje de Hermosillo, que pasó a transformarse en Primoli»
(comunicación personal con el autor, el 28 de agosto de 2012).
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La estrecha relación entre la imagen y su descripción en el texto sugiere que Ramírez trabajó con estas fotografías durante el proceso de escritura de la novela, aunque no figuren materialmente en la edición mexicana. Es así como puede entenderse su noción de «asimilar las fotografías y después tratar de escribirlas»
(2005b: s. p.).
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Sergio Ramírez, Mil y una muertes (Madrid, Alfaguara, 2005). Todas las citas de o referencias al texto de la novela provienen de esta edición y se indicarán entre paréntesis en el texto.
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Barthes sostiene que la inscripción de la muerte o el punctum «du Temps écrasé» es especialmente viva/o en el caso de la fotografía histórica que representa a las figuras del pasado, fácilmente identificables como los que «han sido» pero «ya no están más»
(1980: 150). En la serie visual incorporada en Mil y una muertes predomina el retrato histórico. La muerte no solo está inscrita en la imagen de Catalina, sino también en la de Rubén Darío, el archiduque o el conde de Primoli. Incluso las fotos de personas desconocidas/anónimas a quienes Sergio Ramírez otorga una identidad ficcional (Teresa Bonnin, el maestro Leonard) están signadas por la catástrofe de la muerte, porque su vestimenta connota una época que ya ha pasado, indicando que hace mucho dejaron de existir.
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Como fotógrafo, Boix fue asignado al servicio de identificación del campo, pero también debía registrar la vida del lugar para alimentar la máquina de propaganda nazi. Aprovechó su posición para documentar el horror; durante los juicios de Núremberg, sus fotografías constituyeron una de las pruebas irrefutables contra los oficiales del campo, quienes fueron condenados a muerte. Sobre Boix y su resistencia, véanse Bermejo (2002) y Stanley (2011). Durante el juicio de Núremberg, Boix testificó: «[... Se] podía fotografiar todo lo que ocurría en el campo para enviarlo al Alto Mando... en Berlín»
(cit. en Bermejo 2002: 186). Castellón recuerda en Mil y una muertes: «"Quiero buenas fotos", ha ordenado [el comandante del campo Von Dengler]. "Ante mis superiores el álbum es mi mejor garantía"»
(347-348).
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Casi todas las fotografías de Mauthausen que Ramírez -vía Castellón- describe en Mil y una muertes se encuentran reunidas en Bermejo (2002) y Toran y Sala (s. f.). La foto del condenado a muerte, acompañado de una orquesta y paseado en un carro delante de miles de prisioneros, se puede ver en Bermejo (2002: 189 y 190-191). No queda claro si esta foto en particular es de Boix.