|
|
Al levantarse el telón aparece en escena doña PETRONILA, sentada de espaldas al público, tejiendo. El reloj de pared da nueve campanadas. ELISIRIA, su hermana, sentada también, lustra unas enormes botas negras.
|
ELISIRIA.-
(Continuando una conversación ya empezada.) Sí, ¿por qué pones esa cara? Pudimos habernos ido pasados ya los primeros días de la convalecencia. Verdad es que hace mucho. Pero fuiste tú quien empezó con quejas sentimentales: «Un hombre solo. Hay que cuidarle. Se morirá de frío». Y aquí nos tienes. Esclavizados. Esclavizados sin remedio. (Suspira.) Y toda nuestra infancia y la vida misma...
|
PETRONILA.-
Tonterías, hermana, tonterías.
|
ELISIRIA.-
Recuerda. Reflexiona. Recuerda.
|
PETRONILA.-
A pesar de todo... Aunque...
|
ELISIRIA.-
Lo único que te digo es que hubiera sido una actitud digna y hasta casi heroica.
|
PETRONILA.-
¿Por qué te empeñas con esa historia de lo que no se hizo? Los tiempos cambian. Todo resulta distinto. Y ciertamente nunca se sabe nada. Lo que hicimos, hoy nos parece detestable. Yo no sé qué rara virtud tiene el presente que el pasado aparece como algo falto de sentido. Aunque a veces comprenda que sí, que existió el paraíso. Mira, ahí tienes un ejemplo: antes yo miraba mis peces de colores y jugaba con los soldaditos de plomo y el mar cantaba a lo lejos.
|
ELISIRIA.-
(Molesta, pero impasible.) No sé, no sé. Pero lo que sí puedo afirmarte es que estoy convencida que todo esto es un castigo, y que nunca podremos salir de aquí.
|
PETRONILA.-
(Sonriendo muy amable.) No seas tonta, no te desalientes. Todavía las lámparas tienen aceite. Lo repites a cada momento.
|
ELISIRIA.-
Es cierto que lo digo. Pero no te pongas una venda en los ojos. Trato de consolarme. Las lámparas tienen aceite. Y aun cuando suceda eso, estamos a medias. Y cuesta trabajo, por no decir que es imposible, volver a empezar. Por eso insisto diciéndote que no debimos entrar en esta casa; y si entramos que era urgente la salida, que no debimos demorarnos tanto. |
PETRONILA.-
Bah; siempre estuvimos. (Pausa, continúa sonriendo.) Y si fuera como tú dices qué más da. Acuérdate de nuestros padres.
|
ELISIRIA.-
(Para sí.) Fue un paso demasiado comprometedor. (Pausa.) Luego vinieron las complicaciones. |
PETRONILA.-
Y dale que dale.
|
ELISIRIA.-
Yo sé lo que hablo. (Pausa.) Antes oíamos el canto de los pájaros.
|
PETRONILA.-
A Higinio le aburren esas pequeñeces. Más de una vez me lo ha insinuado cuando yo recordaba... (Pausa.) Contigo estoy en que tenemos inconvenientes, grandes inconvenientes. Pero la vida pasa y no nos damos cuenta.
|
ELISIRIA.-
Antes no sabíamos nada de nada y menos aún del orden y las leyes.
|
PETRONILA.-
¿Y mamá y papá y los vecinos y los hijos de los vecinos y los hijos de los hijos de los vecinos y la encargada y los hijos de la encargada y los hijos de los hijos de la encargada y los hijos de los hijos de los hijos de la encargada y la tía Rosa con sus achaques del corazón y su mal genio? Y la prima Eulalia, ésa, sí, ésa, que no se casó nunca y que... ¿Y qué cosas eran ellos al fin y al cabo? Me haces hablar más de lo que debo. (Pausa.) Se hace tarde.
|
ELISIRIA.-
(Con fastidio.) Se hace tarde.
|
PETRONILA.-
¿Vendrá el Mayor General? Me lo ha prometido.
|
ELISIRIA.-
(Mirando las botas que lustra.) ¿Estará conforme? Siempre dice cosas desagradables. (Pausa larga.) Pudimos desviar el camino. No llegar hasta aquí. Hubiera sido mejor.
|
PETRONILA.-
¿De qué te quejas? La vida es así. ¿Y sabes lo que te confieso? Que tú misma, en el fondo, lo deseabas y necesitabas. Siempre has sido... un poco... no sé... un tanto extraña. Te gustaba andar sola por la playa... (Hace mímica grotesca.) Con un libro; igual que una maestrica estirada... sólo que no traías esos espejuelos ridículos... (ELISIRIA la mira con odio.) Mamá decía: «Esa niña nunca conocerá la felicidad». Y tuvo razón.
|
ELISIRIA.-
(Violenta de intención.) Mamá era una mujer vulgar.
|
PETRONILA.-
(Cambiando el tono, pero dejando entrever cierta alegría interior.) No te molestes, no te molestes. (De golpe.) ¿Por qué dices esas cosas? (Poniéndose muy seria.) Está visto, contigo no se puede bromear.
|
ELISIRIA.-
Y tú, cuanto más vieja, más cotorra pareces.
|
PETRONILA.-
¿Qué, qué?
|
ELISIRIA.-
Lo que has oído. (Pausa.) Yo tengo mis maneras, mi forma de ser. Y eso basta. ¿No?
|
PETRONILA.-
Ay, mujer ¿por qué dices...? Ni que yo hubiera cometido una locura. Y a fin de cuentas, en el mundo andamos... y yo haré...
|
ELISIRIA.-
Por favor, no te empeñes en seguir, me cansan tus pequeñas sentencias. (Pausa. PETRONILA se queda boquiabierta. Luego se recupera.) Nada vas a hacer. Eres una calamidad. Lo que está hecho, está ahí. ¿No es cierto? Y no se puede volver atrás. ¿No es cierto también? Pues, entonces... Entonces.
|
PETRONILA.-
¿Qué dices, qué dices?
|
ELISIRIA.-
Nada. (Pausa muy larga.)
|
PETRONILA.-
No te enfurruñes. Has sacado el malhumor de la tía Rosa. Ella, metida siempre en su cuarto oscuro lleno de telarañas y estatuas antiguas y bichos raros y gruñendo por todo, por no se sabe qué. Acuérdate, acuérdate que fue a morir a una casa de locos. Ah, pero cambiemos el tema. (Pausa.) ¿A que no sabes lo que me dijo ayer el Mayor General?
|
ELISIRIA.-
Ese maldito viejo no nos deja tranquilos.
|
PETRONILA.-
Dijo... Espera. Es graciosísimo. Dijo que...
|
ELISIRIA.-
¿Por qué lo invitaste?
|
PETRONILA.-
(Sin saber qué responder.) Higinio... Tú sabes... Higinio. Conoces su debilidad, su falta de carácter. Es una cosa que salta a la vista. Y ahora hay que estar claros. El Mayor General tiene grandes influencias. Y quizá él pueda ayudarnos. Nunca se puede cerrar una puerta sin antes haber... tú sabes... Yo me entiendo. Además, no se puede negar que es un hombre que ha viajado mucho. Le gustan los mapas de colores. (Ríe un poco histérica.) Y lee como tú. (Con gran agitación.) Lo sé porque le he estado mirando por el ojo de la cerradura. Aunque después, hermanita mía, me entran unos remordimientos que no me dejan dormir en toda la santa noche. Y me pongo a pensar y a pensar y pienso que de tantos libros y aparatos viejos que tiene puede caernos encima el piso donde vive. Ah, pero, ¿por dónde iba? Ah, sí. Las influencias, Elisiria, las influencias. En este mundo, los amigos y nadie más. |
ELISIRIA.-
Sí, sí, ya sé, tu sentido práctico. |
PETRONILA.-
¿Por qué dices eso? Tu lengua te perderá. No sé cómo no comprendes esto que te digo. Es muy fácil. A Higinio le conviene que alguien se preocupe, se interese, y lo sostenga. Las envidias y los trapisondeos en la oficina donde trabaja le salen como monstruos. Y tenemos que defenderle. Es lo usual en estos casos. (Pausa.) No le quieren. Nadie le quiere. (Pausa.) Y como comprenderás, no es ningún tonto. Es importante sobrevivir. Tenemos que... Tú sabes... Además el Mayor General es todo un caballero. Respeta y admira las buenas cualidades. Y cuando se siente con el ánimo alegre, cuenta absurdos... Ayer, por ejemplo, decía... |
ELISIRIA.-
No sé cómo puedes ser así...
|
PETRONILA.-
¿Sabes, sabes lo que decía?... Es tan divertido. Me pongo a recordar y tengo... (Las risas no la dejan terminar.) Bien, pues sí señor... (Ya más calmada.) Era muy de mañana. (Como si empezara a contar una fábula, que ella no entiende, pero que repite maquinalmente.) El sol hacía crujir los cristales. El señor Higinio se había marchado a su trabajo. Y tú recogías las flores del jardín. Yo me sofocaba lavando las tazas del desayuno. Mientras tanto, el buen señor, nuestro Mayor General, había bajado todo. Parecía un sacerdote dictando un sermón a sus feligreses. Decía, decía... (Imitando el tono grandilocuente.) «¿Hasta cuándo dejarán de ser gusanos?»... (Vuelve a su tono, como una tonta.) Hay palabras que no entiendo. ¿Sabes tú acaso...? (Pausa.) Y decía... «Que sean como yo. Tomen mi ejemplo. Yo me hice de este mundo que ven. Miren esta casa». (Comienza a toser.) Me ahogo. Me ahogo. El esfuerzo. Además no entiendo ni pizca.
Pero bien, pero bien, decía: «Hagan un esfuerzo. Luchen. Busquen las armas necesarias. Tienen una oportunidad cada minuto. Todos la tienen». Y gritaba. Y yo reía, reía. «Señor, señor... nosotros...» Y me rascaba la nariz; no sabía qué hacer ni qué contestar. Es curioso. (Sonriente.) ¿Qué querría decir?
|
ELISIRIA.-
(Como una furia.) ¿Conque eso dijo? ¿Se atrevió a tanto el muy...?
|
PETRONILA.-
¡Ay!, he metido la pata. No se lo cuentes a Higinio, por favor.
|
ELISIRIA.-
Cállate.
|
PETRONILA.-
Te conozco bien y sé que eres capaz de todo. Acuérdate que la prudencia es la mejor amiga.
|
ELISIRIA.-
Déjate de refranes.
|
PETRONILA.-
Hay cosas que una debe guardar para poder ser feliz con los demás.
|
|
|
(Pausa larga.)
|
ELISIRIA.-
(Mascullando.) Y él se cree el omnipotente. El juez. El dominador.
|
PETRONILA.-
Por favor, mujer. No es para tanto.
|
ELISIRIA.-
El justo. El portador de la perfección.
|
PETRONILA.-
Peores cosas nos han sucedido.
|
ELISIRIA.-
Y él, está detrás de todo, ¿no? Bonita imagen. Algún día me gustaría restregársela en la cara.
|
PETRONILA.-
Cuidado, cuidado. No debes escandalizarte tanto. Yo creo. Bueno, a decir verdad no sé... Soy una imbécil. (Teje con rapidez.) Quizás tengas razón. No te lo discuto. (Pausa.) Verdaderamente no soy una mujer extraordinaria. María Antonia, la mujer del carnicero, sin embargo... Es distinguida, no lo niego. Y tiene talento, no lo niego. Por eso ha hecho lo que ha hecho. (Pausa. ELISIRIA mira con desdén a su hermana.) Si se hubiera logrado mi hija, otro gallo cantaría. (ELISIRIA hace mutis.) Está bien, está bien. Ha sido una incongruencia y una falta de tacto el invitar al Mayor General. Mi hija sabe que lo hice pensando en el futuro. Yo sé lo que me traigo entre manos. Quiero y he querido siempre a mi marido.
(Óyense ruidos lejanos. Alguien canta una salmodia. El que canta, por momentos, se desentona.)
Además, a mí me encanta oír hablar al Mayor General. Qué imaginación. Delante de nosotros se deciden guerras fabulosas, cruzadas increíbles. Y legiones de ángeles vencen o mueren. (Pausa, escuchando atenta.) El Mayor General tiene un espléndido día. Se ha puesto a cantar. Qué hermosa voz. Debe estarse bañando. ¿Oyes? (Busca a ELISIRIA con la mirada. Extrañada empieza a chillar. Intenta levantarse. El tejido cae al suelo. Lo recoge.) Eli-siria, Eli-siria. ¿Qué demonios haces? ¿Dónde estás, mujer? (Vuelve a sentarse y a su labor en voz baja.) Elisiria, Eli-siria... (Mira a todos lados.) Eli... (Gesto de fastidio.) , Eli-siria... |
ELISIRIA.-
(Desde adentro.) No me fastidies. |
PETRONILA.-
¿Dónde te has metido? |
ELISIRIA.-
¿Qué quieres? |
PETRONILA.-
¿Estás haciendo los preparativos? |
ELISIRIA.-
(Entra con las botas.) ¿Por qué gritas? |
PETRONILA.-
(Suspira.) ¡Ah! No me gusta quedarme sola. |
ELISIRIA.-
¿No te has acostumbrado todavía? |
PETRONILA.-
Qué cosas tienes. ¿Por qué me maltratas? Ni que fuera una niña majadera. ¿Sacaste los pastelitos del horno? |
ELISIRIA.-
¿Me lo habías dicho? |
PETRONILA.-
Ah, qué horror, qué horror.
|
ELISIRIA.-
No te sulfures. No te sulfures, ¿eh? |
PETRONILA.-
¿Que no te había dicho nada? |
ELISIRIA.-
(Pone las botas en un sitio muy visible.) Por favor, hermana. Enseguida los sacaré. |
PETRONILA.-
Tu indolencia es una maldición.
|
ELISIRIA.-
Mejor sería que no hablaras tanto. Te pasas el cochino día en eso y me trastornas y no sé ya lo que me dices ni lo que hago. (Mutis.)
|
PETRONILA.-
Ay, Dios mío, cada día que pasa se vuelve más extraña. No hay quien la entienda. (Abandona el tejido.) El Mayor General vendrá. Estoy segura. En fin, tan segura, que pondría las manos en el fuego. (Termina de guardar el hilo y la aguja en la cesta.) Hay que tenerlo todo preparado para cuando Higinio... No quiero que se contraríe. No hay que decirle nada. Elisiria se aguantará. (Comienza a moverse, arregla aquí y allá, cambia de sitio algunos muebles.)
|
PETRONILA.-
Si no fuera por mí, ¿qué sería de esta casa? No quiero pensar, no quiero pensar. Elisiria... Hay que arreglarlo todo. Que no se escape ni un detalle. El carácter de Higinio es muy... No sé. Quizá muy exigente. No lo puede remediar. Es cosa innata. Niño mimado... Hijo único... Mejor dicho, con dos hermanas... que se resignaban y aceptaban sus extravagancias... que no eran pocas... Eso lo sé bien... Elisiria...
|
|
|
(Entra ELISIRIA prendida, da un gritico.)
|
ELISIRIA.-
(Molesta.) Aquí tienes.
|
PETRONILA.-
Pero... pero... ¿Estás en tu sano juicio? Si no he puesto el mantel bordado que me regaló la prima Eulalia el día de la boda; si la mesa está en un desorden... bien me dice el Mayor General. (Pausa.) Elisiria, ¿cuándo te vas a dar cuenta de las cosas? Te llamaba para que me ayudaras. Estoy muy cansada. El trajín diario, no lo soporto.
|
ELISIRIA.-
(Pone la bandeja sobre la butaca.) Yo no sirvo para estos menesteres.
|
PETRONILA.-
¿Se han quemado algunos?
|
ELISIRIA.-
No.
|
PETRONILA.-
Ay, mira que si se caen se manchan los cojines y las alfombras. Más vale precaver que tener que lamentar. No olvides que Higinio detesta las manchas de grasa. Sus escrúpulos. Oficinista y Jefe de su Departamento. Y no olvides que los Jefes exageran más de lo prudente. Por eso yo me burlo y le digo en la cama (Entre risitas entrecortadas.) : «El Apóstol. El Apóstol». Y me gruñe... Además, recuerda que el Mayor General nos tiene prometida su visita.
|
ELISIRIA.-
¿Vendrá por fin?
|
PETRONILA.-
No lo dudes.
|
ELISIRIA.-
Bah.
|
PETRONILA.-
Respondió que sí. Con nosotros hará una concesión. No puedes imaginarte lo que le disgusta salir. Adora su pequeña madriguera.
|
ELISIRIA.-
Esa invitación. A nadie más que a ti se le ocurre.
|
PETRONILA.-
¿Cuándo dejarás de ser así?
|
ELISIRIA.-
Nunca.
|
|
|
(Durante esta escena y la siguiente, PETRONILA busca el mantel y lo pone cuidadosamente en la mesa. Hay una especie de rito singular, misterioso, en estas maniobras. Luego coloca un bucarito en el centro de la mesa y contempla el mantel extasiada. ELISIRIA, que ha vuelto a coger la bandeja, se mueve intranquila; después, la coloca sobre la mesa.)
|
ELISIRIA.-
¿Se puede?
|
PETRONILA.-
Es maravilloso, ¿verdad?... Un tejido excepcional. Lo trajeron de la India unos contrabandistas de opio. ¿Recuerdas aquella historia inverosímil que contaba la tía Rosa? Cuidado. Cuidado. Si se llega a estropear me moriría. Lo mismo que si fuera un niño. Es tan delicado. |
ELISIRIA.-
Me aburres. |
PETRONILA.-
Tengo razón. |
ELISIRIA.-
Eres una pobre tonta que no sabe dónde poner los pies.
|
PETRONILA.-
(Riéndose muy suave.) No seas tan envidiosita. Yo no tengo la culpa de que a ti nadie te haya regalado nada. |
ELISIRIA.-
Cállate. |
PETRONILA.-
También he derramado muchas lágrimas. Todo tiene su valor.
|
ELISIRIA.-
A mí qué me importa. Ésas son cosas tuyas. Y de nadie más. |
PETRONILA.-
Yo me pregunto a veces... |
ELISIRIA.-
Aunque, te confieso...
|
PETRONILA.-
Sí, sí, no te figures que esto me ha llegado en el pico de una paloma. |
ELISIRIA.-
(Para sí.) Yo hubiera preferido. |
PETRONILA.-
¿Qué dices? (Pausa.) No te entiendo. |
ELISIRIA.-
Ya lo sé.
|
PETRONILA.-
¿Quieres ayudarme? |
ELISIRIA.-
¿Para qué?
|
PETRONILA.-
¿Para qué?... Como quieras. Yo siempre me digo, y digo lo justo: Vivimos juntas, somos hermanas y parecemos extrañas. Traeré el «cake». No te preocupes, no te preocupes. Yo me basto sola. (Pausa.) Higinio se enternecerá. Él recuerda siempre. Hay su corazón sensible. Yo le digo: «Debes poner buena cara. La vida otorga compensaciones inesperadas».
|
ELISIRIA.-
(Para sí.) No debimos entrar. Ese viejo de los mil demonios...
|
PETRONILA.-
¿Vuelves otra vez?
|
ELISIRIA.-
Es la verdad. Tú déjame a mí. Y haz lo que tengas que hacer, si no esta casa se convertirá en un infierno. |
PETRONILA.-
Queridita mía, contigo la vida se hace imposible. |
ELISIRIA.-
Basta. Te lo ruego. |
PETRONILA.-
Está bien. |
|
|
(ELISIRIA comienza a poner los vasos, los platillos y los cubiertos en la mesa. PETRONILA, muy lentamente, dispone las flores en los búcaros y enciende los candelabros. En este momento, debe disminuirse la luz. De pronto, óyese una voz tremenda, desgarradora: «Elisiria. Petronila. Están condenadas. Higinio». Y vuelven los cánticos y algún chillido y el sonido de una sirena que se aleja.)
|
PETRONILA.-
¿Has oído?
|
ELISIRIA.-
Sí.
|
PETRONILA.-
(No queriendo dar importancia.) Habrá sido el viento.
|
ELISIRIA.-
¿El viento?
|
PETRONILA.-
Sí.
|
ELISIRIA.-
No; es él.
|
PETRONILA.-
¿Quién?
|
ELISIRIA.-
Es él.
|
PETRONILA.-
(Asombrada.) ¿El Mayor General?
|
ELISIRIA.-
El mismo que viste y calza...
|
|
|
(Pausa.)
|
PETRONILA.-
Acuérdate que seremos cuatro esta noche.
|
ELISIRIA.-
(Molesta.) Sí. (De golpe.) ¿Querrá las botas ese cochino?
|
PETRONILA.-
Seguramente. Entonces fue él quien... Estará vistiéndose. Su gran traje de gala. Ay, la primera vez que se lo vi quedé maravillada. Parecía un príncipe ruso. El príncipe de todos los cuentos. ¿Recuerdas? (ELISIRIA hace mutis.) Pondré las copas de bacarat. Hoy celebramos un acontecimiento único. (Dando voces.) No intentes subir por aquí, ve por la escalera del fondo. Ten presente que hoy estuve cepillándolas y me duele la cintura. Ve, ve por el fondo. (Cambia el tono.) Pesan tanto estas alfombras que ni mil hombres pueden con ellas. Y tener que moverlas una sola.
|
ELISIRIA.-
(Desde afuera.) Dime qué hora es.
|
PETRONILA.-
(Mirando el reloj.) Las nueve.
|
ELISIRIA.-
¿Las nueve? (Muy lejos.) No puede ser.
|
PETRONILA.-
(Como si siguiera una conversación normal.) Sí. El tiempo a tu disposición, ¿no? Aunque es probable que... Quizás sea más tarde. Ay, hermanita mía, tu cabeza no anda bien. (Suspira fuerte. Moviendo algunos platillos y cucharas.) Hay que ser diligente y cuidadosa. Mamá me hacía esas recomendaciones. Pero, bueno, tampoco puedo estar en todas.
|
ELISIRIA.-
(Entrando.) Esas malditas escaleras están que se caen solas. Con un vientecito... puaf, al suelo. Habría que...
|
PETRONILA.-
¿Te hiciste daño?
|
ELISIRIA.-
No. (Pausa. Reanuda la labor abandonada. Muy rápida.) Puse las botas en la puerta. No quise verlo. Toqué el timbre... Me parece que esos gritos no son los modales más adecuados para un señor de su «categoría».
|
PETRONILA.-
Bah, niñerías. Una persona con seso es incapaz de hacer lo que tú has hecho. Él tiene un sistema. Yo me he acostumbrado ya. Todos debemos acostumbrarnos. Además, dime qué te ha hecho a ti que no me haya hecho a mí. ¿Te ha quitado algún ojo? ¿Te ha faltado? ¿Por qué entonces? (Pausa de golpe.) Eres demasiado susceptible. Nada, igual que la tía Rosa, que Dios la tenga en la gloria. Yo no me explico. No me explico. (Pausa larga.) Hace calor. En este tiempo se hace de noche tan temprano.
|
ELISIRIA.-
Esta maldita casa. Siempre aquí dando vueltas y vueltas.
|
PETRONILA.-
(Colocando las copas.) Copitas mías, copitas de sueño. Son como adormilados ruiseñores. Canten, canten. Lirinlón lonlin. Cuando el Mayor General ponga los labios en sus cuerpecitos serán más puras. |
ELISIRIA.-
El Mayor General. El Mayor General.
|
PETRONILA.-
¿Oyes?
|
ELISIRIA.-
El Mayor General.
|
PETRONILA.-
Afuera cae el agua.
|
ELISIRIA.-
Sí, sí. Déjame en paz. |
PETRONILA.-
Es divertido. Y romántico. Como en las novelas y en las películas. La lluvia que cae en los aniversarios. Hay que encender todas las velas, así la casa tendrá un aspecto más agradable, más íntimo: el propio para las confidencias. Y entonces, hablaré con el Mayor General. Le confesaré todas nuestras angustias. Y él tratará de aliviarnos la carga. (Pausa.) Un aniversario. Veintisiete años de casada. Todavía estoy joven e impaciente. Traeré el «cake» y el champán. Estoy impaciente. Ayúdame. Soy feliz. No todos pueden decir lo mismo.
|
ELISIRIA.-
(Se sienta. Con expresión amarga.) No puedo más. |
PETRONILA.-
¿Qué te ocurre?
|
ELISIRIA.-
Me duelen los huesos. Esta casa es un laberinto. Un poco de sueño no me vendría mal.
|
PETRONILA.-
¿Pero cómo eres capaz de pensar semejante locura? Tener sueño ahora. Eso es imposible. Tenemos que festejar este acontecimiento. Tú sabes que era mi ilusión. Que desde hace un año vengo haciendo los preparativos. Anda, muñeca mía. No seas malita. ¿Te vas a dormir?
|
ELISIRIA.-
No me siento con ánimo. Preferiría meterme en la cama y olvidar.
|
PETRONILA.-
Ay, Dios mío, y mi «cake» y mis pastelitos. ¿Qué puedo hacer, santos cielos? ¿Qué puedo hacer? (Haciendo mutis.) Lo tuyo no tiene nombre.
|
|
|
(ELISIRIA mira hacia la puerta por donde PETRONILA ha hecho mutis.)
|
ELISIRIA.-
(Gesto huraño.) Y ésta quiere que me quede toda la noche oyendo imbecilidades. No y no. Y menos sabiendo lo que opina. (Comienza su labor de costura.) Tengo que terminar de zurcir estos calcetines de ése...
(Vuelven a oírse los cánticos mezclados con chillidos y sonidos metálicos. ELISIRIA se mueve intranquila. Mira hacia arriba.)
Otra vez esa jerigonza. Desde que me acuesto. Estoy aburrida. Lo que se llama «aburrida». Y eso no es lo peor. Cualquier día se volverá loco y nos matará a todos... Como dicen que pasó hace ya bastante tiempo. Aunque yo estoy por creer que son alardes, invenciones que emplea para aterrorizarnos. (Se levanta muy impaciente. Da vueltas. Se asoma a la ventana.) Si pudiéramos hacer algo. (Pausa, en un grito, sorprendida.) Higinio.
|
|
|
(Pausa.)
|
PETRONILA.-
(Desde adentro.) ¿Llamas a Higinio? ¿Llegó mi amorcito? ¿Se ha mojado mi reyecito, mi bomboncito?
|
ELISIRIA.-
(Se sienta.) Tienes que ayudarme, Higinio. Tienes que ayudarme. |
PETRONILA.-
¿Hablabas con mi maridito? |
ELISIRIA.-
(Sorprendida, como si saliera de un estado hipnótico.) No. No. Ah..., miré por la ventana y me confundí. Era una sombra.
|
PETRONILA.-
Ay, Elisiria, Elisiria, me estoy volviendo loca. Loca de alegría. (Pausa.) ¿Se me había olvidado algo? Se me había olvidado... Qué cabeza la mía. (Hace mutis.) ¡Qué cabeza!
|
ELISIRIA.-
Tienes que ayudarme; estoy dispuesta a todo. Haremos lo que sea necesario: huir o matar. Quizá tu mujer te oculte lo que pasa. Yo te contaré todos los insultos. (Pausa.) Emplearé cualquier medio. Hay que arriesgarse.
|
|
|
(Entra PETRONILA. Trae un «cake». Una botella de champán y una cubeta de hielo.)
|
PETRONILA.-
Que no puedo. Que se cae el «cake». |
|
|
(ELISIRIA mira a su hermana con desprecio.)
|
ELISIRIA.-
Siempre pasa lo mismo. (Ayudándola.) Al final... |
PETRONILA.-
Envejezco. |
ELISIRIA.-
La canción de todos los días. |
PETRONILA.-
Eres cruel. |
ELISIRIA.-
El almíbar se derrama.
|
|
|
(Una vez que han terminado de arreglar, según el concepto artístico casero, PETRONILA queda absorta contemplando la mesa. ELISIRIA se entrega a su costura y bosteza.)
|
PETRONILA.-
Maravilloso... Como lo había soñado.
|
ELISIRIA.-
(Sarcástica.) Dedicar una vida para esto.
|
PETRONILA.-
Estoy pensando que...
|
ELISIRIA.-
Hace frío. |
PETRONILA.-
Y saber que la felicidad no es completa.
|
ELISIRIA.-
Caen copos en este eterno verano.
|
PETRONILA.-
Si mi hija estuviera...
|
ELISIRIA.-
¿Por qué metes a tu hija en esto? Siempre los recuerdos. La sacas sin venir al caso. |
PETRONILA.-
(Mirando hacia el sitio donde se encuentra una urna de cristal adornada con cintas de colores.) No debo quejarme.
|
ELISIRIA.-
¿Vendrá por fin el Mayor General?
|
PETRONILA.-
(Se sienta, en sus pensamientos.) Podríamos ser cinco alrededor de la mesa. |
ELISIRIA.-
Contéstame mujer...
|
PETRONILA.-
Mi hija sería hermosa.
|
ELISIRIA.-
No puedo más. Es demasiado. ¿Me estás oyendo?
|
PETRONILA.-
Rubia, muy rubia.
|
ELISIRIA.-
Ese maldito viejo tiene la culpa. Te trae desquiciada. |
PETRONILA.-
Tendría los ojos azules. Como su padre.
|
ELISIRIA.-
Ya es inútil que me ponga a hablar contigo. No debimos entrar en esta casa. Esto tiene que terminar cuanto antes.
|
PETRONILA.-
Como un ángel.
|
ELISIRIA.-
Tenemos que sufrirlo todo. Vejaciones, miserias, que si hay que lavar camisas, que si el vino se derrama, que si la salsa está espesa.
|
PETRONILA.-
¿No es verdad, hermana?
|
ELISIRIA.-
Todo. Yo me pregunto por qué. ¿Por qué?
|
PETRONILA.-
¿De qué hablas? (Pausa, comienza a tejer.) ¡Ay!, qué hermosas frazadas para el Mayor General.
|
ELISIRIA.-
Llegamos temblando. Teníamos miedo.
|
PETRONILA.-
(Mirándola.) Es raro.
|
ELISIRIA.-
Entramos... Buscábamos dónde guarecernos. Ella desfallecía.
|
PETRONILA.-
Dice cosas absurdas.
|
ELISIRIA.-
Huíamos... Sucedió aquello... Íbamos los tres de paseo. Higinio decía, hablaba como siempre, como un señor muy importante. De pronto, las manos de ella, sus manos húmedas me molestaron.
|
PETRONILA.-
¿Se habrá vuelto loca?
|
ELISIRIA.-
No. Mentira, mentira.
|
PETRONILA.-
(Casi susurrante.) Elisiria, Elisiria...
|
|
|
(Pausa.)
|
ELISIRIA.-
Aquella noche habíamos peleado. No recuerdo por qué. Tampoco éste es el motivo de lo que vino después.
|
PETRONILA.-
Señor mío...
|
ELISIRIA.-
Si una pudiera explicarse.
|
PETRONILA.-
¿Qué dice, qué dice?
|
ELISIRIA.-
Siempre hay algo oscuro.
|
PETRONILA.-
Tengo que conformarme.
|
ELISIRIA.-
Lo sé, lo sé.
|
PETRONILA.-
Si mi hija estuviera con nosotros...
|
ELISIRIA.-
Ay, si me bastara el aire, los pájaros, el cielo...
|
PETRONILA.-
Bajaría las escaleras y cuidaría el reumatismo del Mayor General..., que sonreiría complacido. Esta casa sería distinta. Entonces, creeríamos todos en la eternidad de la primavera... Miro estas paredes... Oscuras...
|
ELISIRIA.-
No puedo seguir. No puedo seguir.
|
PETRONILA.-
Hace veinticinco años... ¿Es posible tanto tiempo?
|
ELISIRIA.-
Estamos como muertos.
|
PETRONILA.-
Preferiría olvidar.
|
ELISIRIA.-
Quiero destruir esta casa.
|
PETRONILA.-
Aquel accidente... Caí. Un golpe terrible.
|
ELISIRIA.-
Volver a empezar. Un día sin los ojos llenos de lágrimas y pensando en un paisaje claro.
|
PETRONILA.-
Íbamos los tres. Reíamos... Higinio decía... La niebla de la madrugada. Me desvié. Quería alcanzar unas amapolas silvestres... El barro mojado... Resbalé...
|
ELISIRIA.-
Hace veinticinco años...
|
PETRONILA.-
Perdía a mi pequeña criatura... ¿No es cierto hermana? |
ELISIRIA.-
(Mirándola.) Era feliz. Estaba encinta.
|
PETRONILA.-
Lloré, supliqué... No quise separarme de ese sueño. Me creyeron loca, pero accedieron. No me importaba, ni me importa. Vencí.
|
ELISIRIA.-
Dos años de casada... (Pausa.) Sentí celos... (Transición.) Con su vientre redondo y la felicidad de sentir la criatura.
|
PETRONILA.-
Aún conservo su cuerpecito disecado. En esa urna de cristal. (Muy digna.) Aunque nadie quiera creerlo... Una reliquia de amor. |
ELISIRIA.-
(Obstinada.) La empujé y cayó. La culpa fue del barro. La culpa fue del barro... Desde aquel día no he podido dormir.
|
PETRONILA.-
Veinticinco años...
|
ELISIRIA.-
Una nube negra, un vértigo... Todo lo perdí en un instante.
|
PETRONILA.-
Como si fuera ayer.
|
ELISIRIA.-
El grito de la caída y la sangre y las sábanas manchadas... Abandonamos el huerto aterrorizados.
|
PETRONILA.-
Empecé poco a poco a sonreír. |
ELISIRIA.-
Si pudiera decir que soy inocente.
|
PETRONILA.-
No basta decirlo.
|
ELISIRIA.-
Sin embargo...
|
PETRONILA.-
¿Cuándo llegará Higinio?
|
ELISIRIA.-
En el principio. (Pausa larga.) |
PETRONILA.-
(Se levanta y se acerca a la mesa. Coge un pastelito.) Tengo hambre.
|
ELISIRIA.-
¿Y el Mayor General?
|
PETRONILA.-
Duerme la siesta. ¿Quieres?
|
ELISIRIA.-
¿Se irá al campo cuando llegue el crepúsculo? |
PETRONILA.-
Pero estás loca. Meterme yo en sus asuntos. No faltaba más.
|
ELISIRIA.-
Siempre lo ha hecho. Desde el primer día.
|
|
|
(Suena una campanilla lejana. PETRONILA, alborozada, empieza a chillar de una forma estruendosa. ELISIRIA la mira distante y desconocida. Su expresión es indefinible.)
|
PETRONILA.-
Ha llegado. Ha llegado.
|
ELISIRIA.-
¿Quién?
|
PETRONILA.-
Quién va a ser. Higinio, Higinio.
|
ELISIRIA.-
Pareces una niña de cinco años.
|
PETRONILA.-
Lo quiero, lo quiero.
|
ELISIRIA.-
Por favor, no te excites tanto. Ya tendrás ocasión.
|
|
|
(PETRONILA comienza a retocarse. ELISIRIA bosteza y abandona por unos minutos su labor. Entra HIGINIO. Es un hombre alto, un tanto delgado. Tiene el pelo canoso. Viste con sobriedad. Trae un periódico y un fonógrafo de principios de siglo.)
|
|
|
(Es importante que este instrumento tenga una enorme bocina.)
|
HIGINIO.-
¿Qué te pasa?
|
|
|
(Tira el periódico. ELISIRIA lo recoge y hojea, pone el fonógrafo en una butaca.)
|
PETRONILA.-
(Mimosa, acercándose y besándolo.) Palomo mío, te quiero mucho. Se mancha el forro de la butaca. Han subido los precios. Acuérdate, cariño.
|
HIGINIO.-
Tendremos música. Aquí tienes el viejo fonógrafo de tu hermana Enriqueta.
|
PETRONILA.-
¡Qué sorpresa más agradable!
|
HIGINIO.-
¿Te gusta?
|
PETRONILA.-
Mucho.
|
HIGINIO.-
Quise que te divirtieras. Aunque... no sé.
|
PETRONILA.-
Mi conejito.
|
HIGINIO.-
¿Lo tienes todo preparado?
|
PETRONILA.-
¿Costó muy caro el arreglo? ¿Encontró el mecánico las tuercas?
|
HIGINIO.-
Sí.
|
PETRONILA.-
¿Te sientes feliz?
|
ELISIRIA.-
(Dejando a un lado el periódico.) Las mismas historias con nombres distintos. (Reanuda su labor.) Higinio.
|
HIGINIO.-
(A su mujer. Mueve afirmativamente la cabeza.) ¿Vendrá?
|
ELISIRIA.-
(Mira a su hermana.) Lo prometió. ¿Te vas a sentar? ¿Quieres pellizcar un pastelito? Hará una concesión. Eso dijo.
|
HIGINIO.-
(Se sienta en una butaca o silla central.) No, no ahora no.
|
PETRONILA.-
¿Qué te ocurre?
|
| ELISIRIA.- | | (Cantando.) | | Dulce rumor, | | | | septiembre sueña. | | | | La ceniza que cae, | | | | estoy vestida de luto. | | | | Dulce rumor, | | | | las flores mueren. | | | | La lluvia se apaga, | | | | estoy vestida de luto. | | | | Dulce rumor, | | | | espectros cercanos. | | |
|
|
PETRONILA.-
(Exaltada por las palabras de HIGINIO.) ¿Cómo? No. No puedo creerlo. Exageras, querido. ¿Entonces? |
HIGINIO.-
Lo que has oído.
|
PETRONILA.-
En la oficina... Participar nuestra desgracia a esos señoritingos, esos bribones de baja estofa. |
HIGINIO.-
Sí, me miraban y reían y hacían alusiones, contaban anécdotas.
|
PETRONILA.-
Debe haber un error... ¿Qué él haya sido capaz?...
|
HIGINIO.-
Como te lo cuento. Imagínate lo que viene. Estamos perdidos. |
PETRONILA.-
Es una vergüenza. El diluvio. |
HIGINIO.-
Perdidos. Para siempre. |
| ELISIRIA.- | | (Cantando.) | | Tres corderitos blancos | | | | en la pradera dormían. | | | | Alguien velaba... | | |
|
|
PETRONILA.-
Es como si prepararan nuestros ataúdes. |
ELISIRIA.-
Un ataúd blanco, ¿no? |
PETRONILA.-
Y cavarán una fosa y se sentarán a esperar. |
HIGINIO.-
No estoy dispuesto a continuar viviendo en estas condiciones. Y cuando hablo así es porque no son meras sospechas, sino realidades, frías y tajantes. No hablo por hablar. He tratado de investigar y prefiero... |
PETRONILA.-
¿Entonces?... |
HIGINIO.-
Tenemos que adelantarnos. |
PETRONILA.-
¿Y quieres?
|
HIGINIO.-
Sí, mujer, lo que has oído.
|
PETRONILA.-
¿Entonces?...
|
HIGINIO.-
Sí, mujer... Y sin grandes preámbulos.
|
PETRONILA.-
Esta noche es imposible. Imagínate, querido mío. La cena, los entremeses, el champán... (Sonriendo.) Quieres darme una broma. Oh, pequeñín, te conozco, te conozco... |
HIGINIO.-
Lo mataremos.
|
PETRONILA.-
No, no.
|
HIGINIO.-
No podemos resistir más. Son demasiadas vejaciones.
|
ELISIRIA.-
Sería la mejor salida. Esta mañana gritaba que estábamos condenados.
|
PETRONILA.-
(Divertida. A su hermana.) ¡No te metas tú! Era un juego. (Enseriándose. A su hermana.) Tu cabeza no anda bien. Era el viento. El viento. El equinoccio. El viento que golpeaba los pinares.
|
ELISIRIA.-
Es la mejor forma de contener sus impertinencias.
|
HIGINIO.-
¿Estás segura que hoy?...
|
ELISIRIA.-
Sí.
|
HIGINIO.-
Es curioso. Es curioso. Entonces ya está.
|
ELISIRIA.-
Debemos emplear un cuchillo bien grande.
|
PETRONILA.-
(Espantada.) No puede ser.
|
ELISIRIA.-
Rodará su cabeza de un solo golpe.
|
PETRONILA.-
Al Mayor General...
|
HIGINIO.-
Esta noche.
|
ELISIRIA.-
Su sangre nos serviría de alimento. Seremos santificados después.
|
PETRONILA.-
Ha sido un error de información. Cualquiera... Alguna jugada sucia. Podría ser otro.
|
HIGINIO.-
¿Quién si no él? (Pausa.) Elisiria, ¿me acompañarás?
|
ELISIRIA.-
Lo necesito.
|
|
|
(Pausa.)
|
HIGINIO.-
Cuando baje...
|
ELISIRIA.-
Bien entrada la noche.
|
HIGINIO.-
Debo aclararte que me repugna la violencia.
|
PETRONILA.-
Una canallada.
|
HIGINIO.-
Estoy dispuesto. Aunque preferiría otro sistema. Envenenarlo, por ejemplo.
|
PETRONILA.-
Es tan viejecito...
|
HIGINIO.-
Un fuerte brebaje...
|
PETRONILA.-
Además, no creo...
|
ELISIRIA.-
Sí.
|
HIGINIO.-
Nos libraremos de esta maldición. Hay que convencerse de que no podemos seguir. Lo he pensado bien. Ya esta tarde, cuando regresaba, busqué justificaciones. Me decía: «Reflexiona, puede haber una equivocación». Pero no. Es algo tan cierto como estas dos manos que tengo aquí delante de mí.
|
ELISIRIA.-
No te preocupes. Yo trataré de administrarle, sin que se dé cuenta, uno de sus brebajes venenosos.
|
HIGINIO.-
Sí, sí. Hay que usar sus propias armas.
|
ELISIRIA.-
Iré hasta su cuarto. Le robaré algún frasco de los que tiene lacrados.
|
HIGINIO.-
Perfecto. |
|
|
(Pausa.)
|
ELISIRIA.-
¿Nos salvaremos? ¿Podemos huir? Hay que preparar las maletas y sacar los pasajes para el primer tren de la madrugada. ¿Nos salvaremos?
|
|
|
(Pausa.)
|
HIGINIO.-
Esas cosas nunca se saben. Al menos seremos libres.
|
ELISIRIA.-
¿Libres? |
PETRONILA.-
Pobrecito.
|
ELISIRIA.-
Es un viejo hipócrita.
|
HIGINIO.-
Nos ha hundido para siempre.
|
ELISIRIA.-
Date cuenta que los empleados de la oficina sabían aquello. |
HIGINIO.-
Sí, habló. Habló demasiado. Contó en la bodega de los Olivos... Me lo dijo María Antonia, la mujer del carnicero.
|
PETRONILA.-
¿Qué dijo, qué dijo?
|
HIGINIO.-
No recuerdo.
|
PETRONILA.-
¿Y lo que me contaste? |
HIGINIO.-
Déjame ya, mujer.
|
PETRONILA.-
No entiendo. (Pausa.) ¿Luego?
|
HIGINIO.-
No sé, no sé bien ahora.
|
PETRONILA.-
Entonces... Si lo matamos. ¿Qué podemos hacer? |
ELISIRIA.-
No te desalientes. Hay que empezar de nuevo sin él.
|
PETRONILA.-
¿Cómo?
|
HIGINIO.-
No sé.
|
|
|
(Pausa. HIGINIO pone el fonógrafo en una mesita portátil, dispuesta sabiamente en escena, ya que debe ocupar un lugar visible sin que entorpezca el juego escénico.)
|
ELISIRIA.-
Lo mataremos. Arrastraremos su cuerpo hasta dejarlo destrozado. Con las uñas cavaré un gran foso. Luego lo enterraremos en aquel campo. (Muy débilmente.) Quizá así encuentre la paz. Y nosotros podremos estar satisfechos de nuestra obra. El mundo se libraría de este farsante.
|
HIGINIO.-
Bien dicho.
|
PETRONILA.-
No entiendo.
|
HIGINIO.-
Cálmate. ¿Quieres oír música?
|
PETRONILA.-
Estoy triste.
|
HIGINIO.-
No seas tan débil. Eso se resolverá en unos minutos. Y además tú no te verás complicada.
|
PETRONILA.-
Ay, desearía volver a mis peces de colores. Fíjate, fíjate bien que vendrán los policías, y harán investigaciones y entonces sí que ya no podremos salir nunca de aquí. Y los vecinos meterán los ojos y la lengua.
|
ELISIRIA.-
Jugaremos al crimen.
|
HIGINIO.-
(Acariciando a su mujer.) Seremos felices.
|
PETRONILA.-
Te mancharás las manos de sangre.
|
ELISIRIA.-
El crimen es un acto hermoso.
|
PETRONILA.-
Tengo miedo.
|
HIGINIO.-
Lo mataremos y nada más.
|
ELISIRIA.-
Lo mataremos.
|
PETRONILA.-
Siento náuseas. Te has vuelto loco. Ella tiene la culpa. Se pasa el día renegando de la bondad del Mayor General. Pero ¿dígame cuál es la injuria? ¿Cuál? (Pausa.) Estamos aquí, bajo su propio techo por su benevolencia. Recibimos el pan. Tenemos que trabajar, es cierto. Pero al final...
|
ELISIRIA.-
Eso... al final, ¿qué?
|
PETRONILA.-
No sé.
|
HIGINIO.-
Ángel mío, comprenderás que...
|
PETRONILA.-
Yo hubiera querido jugar algún día con los soldaditos de plomo, como antes.
|
ELISIRIA.-
Déjala, es necesario que nos ocupemos de esto.
|
HIGINIO.-
Sí.
|
ELISIRIA.-
Él es un obstáculo.
|
PETRONILA.-
No, no...
|
ELISIRIA.-
Si no hubiera sido por él..., yo a estas horas sería feliz. Me hubiera casado. Y quizás hubieran llegado niños. Pero él es el culpable. Él, aquella tarde, nos espiaba desde lejos. Quizá lo ha hecho siempre.
|
PETRONILA.-
(Rompiendo a llorar como una niña.) No entiendo.
|
ELISIRIA.-
Nos ha perseguido durante veinticinco años, y parece, más bien, un siglo.
|
PETRONILA.-
(A su marido.) Te dejas influir por sus argumentos. Ella no me quiere. Además son injustos. Acuérdate que debemos muchos favores; sin contar que él fue quien... Acuérdate que cuando perdí a mi niña y me empeñaba en conservarla para mí, para mí sola, él fue el único que dijo: «Déjenla. Es importante que se ilusione, que sea feliz. Hay que vivir por algo». |
ELISIRIA.-
Yo quiero mi libertad.
|
PETRONILA.-
(Soplándose las narices ya más calmada.) ¿Qué cosa es la libertad? |
ELISIRIA.-
Yo... |
HIGINIO.-
No sé...
|
ELISIRIA.-
Ay, es algo que me ha preocupado siempre. A veces pienso que está dentro de uno o demasiado cerca para alcanzarla. Sí, quizá... Los pájaros, el aire, el cielo.
|
|
|
(Pausa larga. Vuelven a oírse los cánticos, los chillidos y las voces extrañas. El batir del viento se intensifica de pronto.)
|
HIGINIO.-
¿Has oído?
|
ELISIRIA.-
Veinticinco años. Hace veinticinco años..., mi hermana quiso coger unas amapolas. El barro mojado. Se inclinó, allí... Yo solté sus manos húmedas que lastimaban. Luego oímos un grito. Intentamos hacer algo pero no pudimos. La encontramos bañada en sangre..., muy pálida... Y él estaba allí. Yo lo sé. Fue él quien me metió aquella idea. (Pausa.) Tenemos que deshacernos de él.
|
PETRONILA.-
No entiendo, amor mío, no entiendo. |
HIGINIO.-
(A ELISIRIA.) No sé.
|
PETRONILA.-
(Acariciando los cabellos de HIGINIO, que malhumorado, rehúye las caricias.) Escúchame.
|
ELISIRIA.-
(Poniendo en marcha el fonógrafo.) ¿Tienes miedo, Higinio?
|
|
|
(Óyese música. Alguien canta o chilla extrañamente.)
|
PETRONILA.-
Yo no puedo creer que tú, Higinio, seas capaz de semejante monstruosidad. ¿Estás molesto conmigo? ¿O me engañas?
|
HIGINIO.-
No. No te engaño. |
PETRONILA.-
Mira que es nuestro aniversario. Lo has olvidado.
|
HIGINIO.-
Hay cosas más importantes. |
PETRONILA.-
No te obstines. |
HIGINIO.-
¿De qué hablas? |
PETRONILA.-
Podríamos ser felices.
|
HIGINIO.-
No tengo tiempo para oírte.
|
PETRONILA.-
Únicamente falta nuestra hija.
|
HIGINIO.-
Nuestra hija. Pero, ¿qué te traes entre manos? Ahora lo importante es tomar una decisión, plantear de una vez la estratagema.
|
PETRONILA.-
No seas así. Te olvidas de nuestra pequeña muñeca... Mírala. Dormida entre cristales. Como una reinecita. Ahora, precisamente podría jugar con los soldaditos de plomo.
|
HIGINIO.-
No me recuerdes... No te empeñes en eso. Sabes que prefiero dejar en su sitio lo pasado.
|
PETRONILA.-
Simplemente la nombro.
|
HIGINIO.-
Eso está muerto.
|
PETRONILA.-
Nosotros seguimos.
|
ELISIRIA.-
¡Cuándo acabarás!
|
HIGINIO.-
No te atormentes.
|
PETRONILA.-
Si tú eres tan sensible. Qué le vamos a hacer. Sin embargo, yo la imagino vestida de blanco. Con los cabellos rubios cayéndole en los hombros. Todo puede suceder. Un extraño milagro. Como en otros tiempos. Acuérdate, acuérdate... La casa está llena de invitados. Los amigos de papá, el marqués y su sobrina, el telegrafista, el contable, el jefe, el señor Pomarrosa y el administrador de la casa de pompas fúnebres. Pero hay uno... allí junto a la escalera, que está muy solo y triste... Como un gatico. Yo avanzo entonces. Él entonces se adelanta. Lo mira. ¿Fue hermoso, nuestro encuentro? ¿Cuánto tiempo hace?
|
|
|
(HIGINIO comienza a dar vueltas mientras ELISIRIA lo mira y sonríe. PETRONILA se sienta y empieza a tejer.)
|
ELISIRIA.-
¿Qué te ocurre, Higinio?
|
HIGINIO.-
Estoy pensando.
|
PETRONILA.-
¿Era en verano o en primavera?
|
ELISIRIA.-
¿Quieres distraerte?
|
HIGINIO.-
Sí.
|
ELISIRIA.-
¿Bailamos?
|
HIGINIO.-
¿Para qué?
|
ELISIRIA.-
Quiero satisfacer un antiguo deseo.
|
HIGINIO.-
Pero...
|
ELISIRIA.-
Después de todo...
|
|
|
(HIGINIO y ELISIRIA inician una danza. La música debe ser frenética, desquiciada. Sería preferible que los sonidos fueran únicamente de tambor y clarinete. Los danzantes evocan los movimientos de un vals.)
|
PETRONILA.-
Después... después...
|
ELISIRIA.-
Algún día tenía que suceder. |
HIGINIO.-
Esta noche...
|
ELISIRIA.-
(Riéndose.) Resulta encantador.
|
HIGINIO.-
¿Lo habías deseado?
|
ELISIRIA.-
Desde que te vi...
|
PETRONILA.-
¿Cuándo llegará el Mayor General? |
HIGINIO.-
¿Sí? ¿Por qué entonces?
|
ELISIRIA.-
Era demasiado tímida... Y no sabía.
|
HIGINIO.-
Yo hubiera preferido... Esto no puede continuar. No me mires. Es una imprudencia.
|
ELISIRIA.-
Déjate de remilgos. Hoy es el día de la redención y \creo que debo ser sincera. No me casé por ti. Me quedé, como vulgarmente se dice, «para vestir santos».
|
HIGINIO.-
Que no te casaste, ¿por mí?
|
ELISIRIA.-
Sí. Y si pudiéramos retornar, haría lo mismo.
|
PETRONILA.-
No quiero verme complicada. |
HIGINIO.-
No me digas eso.
|
ELISIRIA.-
Eres un chiquillo, y tienes miedo.
|
HIGINIO.-
¿Yo?
|
ELISIRIA.-
Sí, tú.
|
HIGINIO.-
Dejemos esto. Respetémosla, a ella, que nada sabe.
|
|
|
(Los danzantes terminan el vals, están cerca de la mesa.)
|
PETRONILA.-
(Con acento lastimero.) Un crimen. Ya no tendremos ángeles. Ya no tendremos fábulas. |
ELISIRIA.-
Cobarde. Cobarde. (Pausa.) ¿Quieres beber?
|
|
|
(HIGINIO mueve la cabeza afirmativamente. ELISIRIA ha servido el champán. Chocan las copas.)
|
PETRONILA.-
Si mi hija pudiera hacer un milagro... |
ELISIRIA.-
Necesitas un poco más de coraje. Entonces así podríamos bebemos la sangre del Mayor General. |
HIGINIO.-
No lo repitas. |
ELISIRIA.-
¿Por qué no?
|
HIGINIO.-
(Abstraído.) No debemos anticiparnos.
|
PETRONILA.-
Yo no quiero que muera. Escribe sus memorias, que puede ser un libro delicioso. Aunque nunca he podido soportar un libro.
|
ELISIRIA.-
Nos tiene acorralados. Y tú eres el culpable, el único responsable.
|
HIGINIO.-
No hables tan alto.
|
ELISIRIA.-
Déjame.
|
HIGINIO.-
Todo lo que me dices es pura tontería.
|
ELISIRIA.-
¿Qué te pasa?
|
HIGINIO.-
No sé.
|
ELISIRIA.-
Has cambiado.
|
HIGINIO.-
¿Quieres más champán?
|
PETRONILA.-
Terminaré este suéter y las frazadas del Mayor General. Ay, siento escalofríos.
|
|
|
(ELISIRIA vuelve a llenar las copas.)
|
|
HIGINIO.-
¡Conque soy culpable!
|
ELISIRIA.-
¿Te molesta acaso?
|
HIGINIO.-
Es probable.
|
ELISIRIA.-
Entonces no lo habías pensado nunca.
|
HIGINIO.-
¡Que soy yo! ¿Que yo soy el culpable?
|
ELISIRIA.-
¿Quieres repetir?
|
HIGINIO.-
(Vuelve a llenar las copas y bebe.) ¿Bailamos?
|
ELISIRIA.-
No.
|
HIGINIO.-
Quiero olvidar. Quiero olvidar.
|
ELISIRIA.-
Los hombres no pueden soportar mucho tiempo los disfraces. |
HIGINIO.-
Veinte años... |
ELISIRIA.-
Consuélate y recuerda. |
HIGINIO.-
(Casi inconsciente.) ¿Bailamos? |
ELISIRIA.-
(Muy suave.) Recuerda: Caminábamos, la madrugada, los trinos y el barro. |
HIGINIO.-
(Repitiendo en tono monótono.) Y el barro...
|
|
|
(ELISIRIA sonríe. Beben ambos. Luego él le ciñe la cintura y comienza a bailar. Las copas se quiebran al caer.)
|
HIGINIO.-
(Desquiciado.) Veinticinco años, veinticinco años, hace veinticinco años te quise matar. (La suelta y cae en una butaca. Pausa.)
|
PETRONILA.-
¿Se han vuelto locos?
|
ELISIRIA.-
(Horrorizada.) No puede ser. |
HIGINIO.-
(Como un tonto y al mismo tiempo alucinado.) Siempre he querido borrar esto. Sin embargo, está ahí: fijo igual que un enemigo, acechando. Y tengo que hablar, sí, tengo que hablar. Hace ya mucho... Antes, entonces, no sé cuando... Yo estaba como ausente. Imaginaba cosas y eso me bastaba. No sabía qué hacer con la vida. Me aburría: mi madre, mi padre, mis hermanas, sobre todo la más pequeña, los amigos, y alguna aventura estúpida. Me casé sin saber cómo. Y vinieron los contratiempos, la búsqueda de un empleo, las nuevas amistades, los encargos, y lo que me llegó a ilusionar, la llegada de un hijo. Pero eso no es todo. Tú estabas allí, allí, allí. Y ella, mi dulce pajarito, sin darse cuenta me hablaba: «Debo darme prisa. La pobre Elisiria. Es como un corderito, ¿verdad?». (Pausa.) Quiero confesarlo todo. Me estoy volviendo loco. Agua, agua. Dame agua. Yo lo hubiera dicho: «Olvídate de ella. Vámonos de esta casa». Pero no podía. Me habría delatado. Y tú estabas allí. Estabas allí. Entonces... ¿Recuerdas? Hacíamos locuras. (Ríe amargamente.) Era divertido, ¿verdad? (Pausa.) El barro estaba mojado. Ibas junto a mí. El barro estaba mojado. Había una solución. Un golpe rápido y cayó ella. (Sollozando.) No sé. No sé, por qué hablo de estas cosas. Luego, luego llegamos aquí... La sangre, la sangre, y mi niña muerta. |
PETRONILA.-
Por favor, por favor.
|
ELISIRIA.-
La puerta estaba abierta, y el Mayor General en lo alto de la escalera. Fue solícito. Nos habló de muchas cosas. |
HIGINIO.-
No preguntó nada.
|
ELISIRIA.-
Pero todo lo sabía. Nos había metido en una trampa. Y hemos sido sus víctimas. |
HIGINIO.-
Me he portado como un perfecto imbécil. Un imbécil. Soy un inútil. ¿Qué he hecho de la vida? ¿Qué he hecho de mi vida? ¿Por qué estoy aquí? (Desfalleciente.) Creí que íbamos a salvarnos. Y a salvarme yo también. |
PETRONILA.-
Yo pensaba divertirme. |
HIGINIO.-
Qué pesadilla más terrible es todo esto. |
PETRONILA.-
(Se levanta y guarda su cestico.) Ay, mis copas, mis copas de bacarat, el regalo de mi padre. Y has manchado las alfombras. Qué desdichados. Sí, Higinio, sí. Tú con tus pretensiones de gran señor... que siempre estás reprochando... Traeré los entremeses y los bocaditos. (Pausa.) ¿Cuándo vendrá el Mayor General? |
|
|
(Mutis. Pausa.)
|
ELISIRIA.-
Luego...
|
HIGINIO.-
Entonces...
|
ELISIRIA.-
En seguida.
|
HIGINIO.-
Después...
|
ELISIRIA.-
Decídete de una vez.
|
HIGINIO.-
(Se levanta en un grito.) Nooo. (Vuelve a caer.)
|
ELISIRIA.-
Tenemos que matarlo.
|
HIGINIO.-
(Débilmente.) Sí.
|
ELISIRIA.-
Arréglate. Compórtate.
|
HIGINIO.-
(En el tono anterior.) No.
|
PETRONILA.-
¿Quieren alguno? Me comí uno. Están exquisitos. (Pone la bandeja sobre la mesa.) El Mayor General vendrá. Es una promesa que cumplirá. No lo maten, por favor. Sé bueno, Higinio. Haz lo que te pido. Elisiria no me ve con buenos ojos. (Pausa.) Y además, sabes una cosa, prepara el libro de sus memorias y experimentos. Y hablará hoy de Teogonía.
|
ELISIRIA.-
¿Qué has dicho? ¿Hablará de Teogonía? ¿Qué cosa es eso?
|
PETRONILA.-
Qué sé yo. Me lo dijo, me lo dijo. Ay, Dios mío, se me escapó. Si era una sorpresa que quería darles.
|
HIGINIO.-
De Teogonía. (Se levanta.)
|
PETRONILA.-
Sí, queridito mío. Pensaba divertirme. (Pausa. Como si empezara a rezar.) Únicamente mi hija puede hacer el milagro y salvar al Mayor General. Hija mía, confío en ti, confío en ti.
|
ELISIRIA.-
Tenemos que andar seguros. Arréglate la corbata. Que nada nos delate. Un golpe justo y la victoria en las manos. No tiembles.
|
HIGINIO.-
(Entre largas carcajadas.) No. No. No. Bailemos, bailemos.
(Las dos mujeres titubean. Él las empuja. Forman una rueda y comienzan a saltar como demonios mientras gritan.)
«Arriba el cielo, abajo la muerte. Arriba el cielo, abajo la muerte. Arriba el cielo, abajo la muerte».
(Se suceden unos relámpagos estruendosos que atraviesan la escena. Pausa.)
El Mayor General.
|
|
|
(Los tres personajes caen de rodillas como derribados. Después besan el suelo.)
|
|
ELISIRIA.-
Llegará pronto. |
HIGINIO.-
Sí.
|
|
ELISIRIA.-
Vamos. |
HIGINIO.-
No.
|
|
ELISIRIA.-
Hay que estar alerta. |
HIGINIO.-
Sí. |
|
|
(Entra PETRONILA con una bandeja llena de bocaditos y entremeses.)
|
ELISIRIA.-
(En un chillido.) El Mayor General. |
PETRONILA.-
(Chillando.) El Mayor General. |
HIGINIO.-
(Temblando.) El Mayor General. |
ELISIRIA.-
(Voz opaca.) El Mayor General. |
PETRONILA.-
(Suave.) El Mayor General. |
|
|
(En la parte superior de la escalera aparece el MAYOR GENERAL. Es un hombre pequeñito, enjuto, con una larga barba de chivo. Trae sobre un brazo la guerrera y sostiene entre los dedos una aguja enorme. Los movimientos del MAYOR GENERAL son ágiles y elegantes. Baja la escalera. Luego se sienta, mira a los personajes con una sonrisa indefinible -sarcástica y bondadosa- y comienza a coser unos galones desprendidos de la guerrera.)
|
EL MAYOR GENERAL.-
¿Qué pasa? ¿Por qué se arrastran? Bastante tienen, ¿no? ¿Cuáles son los motivos? Díganme, díganme... Levántense. (Los personajes quedan inmóviles.) ¿Me habían invitado a la recepción? ¿No es así? Imagino, imagino que han inventado una inocente historia. Son tan precipitados. Bien, explíqueme. Ah, esta guerrera, son descuidados. Apenas si revisan la ropa. Naturalmente no debo entrometerme en todos los asuntos, pero es que a mí en el fondo me atañen. No me gusta eso de andar vestido... Elisiria, el lustrado de las botas deja mucho que desear. Oh perdóname, sermones, no. Esta odiosa manía que tengo. ¿Me disculpan? Para poder mantener una vida en común es necesario limar muchas asperezas. Aunque hay gentes que no se acostumbran y... La libertad ha sido siempre un problema. Desde el primer día... Ah, mis ocupaciones, mis ocupaciones. Me gusta andar impecablemente vestido en casa. No les entiendo. (Risa contenida.) Parecen animales, bestias. Es divertido, después de todo. |
PETRONILA.-
Señor. |
HIGINIO.-
Señor. |
ELISIRIA.-
Señor.
|
EL MAYOR GENERAL.-
Bien. Levántense. Necesito explicaciones.
|
PETRONILA.-
La fiesta de nuestro aniversario. |
HIGINIO.-
Bailábamos. |
ELISIRIA.-
Reíamos. |
PETRONILA.-
Nos alborozábamos. |
EL MAYOR GENERAL.-
Igual que los títeres.
|
PETRONILA.-
(Acercándose con una bandeja.) Estamos por su clemencia...
|
HIGINIO.-
Vivimos desesperados, desamparados...
|
ELISIRIA.-
Como perros.
|
EL MAYOR GENERAL.-
(Riéndose.) ¿Cómo? Es gracioso. (Lanza una enorme carcajada, que se irá repitiendo hasta crear un clima tenso.)
|
PETRONILA.-
Debemos ser amables... ¿Qué dice?
|
HIGINIO.-
No sé.
|
ELISIRIA.-
¿Qué hace?
|
PETRONILA.-
Señor, señor, sencillamente...
|
ELISIRIA.-
¿Qué hace?
|
HIGINIO.-
Quién sabe.
|
PETRONILA.-
¿Qué dice?
|
HIGINIO.-
No sé.
|
PETRONILA.-
Estamos a sus órdenes.
|
HIGINIO.-
Esperábamos su discurso.
|
ELISIRIA.-
Seguramente...
|
PETRONILA.-
No nos molestan los ruidos... Usted puede disponer... Nosotros nos conformamos.
|
HIGINIO.-
Ella es una maniática y ya ve lo que dice. Yo acepto.
|
ELISIRIA.-
(A HIGINIO.) Podríamos matarlo ahora. Un cuchillo. De un solo tajo.
|
HIGINIO.-
La casa se llenaría de sangre y no podríamos limpiarla nunca. No me hables. No puedo. No puedo.
|
PETRONILA.-
Perdónalos señor... su misericordia... (Muy bajo.) Mi hija lo salvará.
|
HIGINIO.-
Señor, yo...
|
PETRONILA.-
(A su marido.) ¿Hemos pecado alguna vez?
|
|
|
(Las risas del MAYOR GENERAL cesan muy lentamente. Su rostro se endurece. Se levanta. Los tres personajes dan la sensación de ser tres despojos inmundos, tres cadáveres. Sus figuras se han ido reduciendo, encorvando. El MAYOR GENERAL se ha puesto la guerrera.)
|
PETRONILA.-
(Sonriendo con infinita ternura.) ¿Quiere unos pastelitos? ¿Una copa de...? (Desencantada.) No quiere... ¿Por qué?
|
ELISIRIA.-
Él sabe quien soy. Es una infamia. (Mirando a HIGINIO.) ¿Qué podemos hacer...?
|
HIGINIO.-
Nada.
|
ELISIRIA.-
Ay, si hubiera alguien...
|
HIGINIO.-
Nadie. Nadie. Somos nosotros. Somos nosotros.
|
ELISIRIA.-
Tenemos que...
|
HIGINIO.-
Espera, espera [...] |
PETRONILA.-
Ya sé, ya sé. Hablará de Teogonía... y de sus proyectos futuros. Hoy es el aniversario. Una noche como ésta... ¿Sus experimentos marchan?... ¿No? ¿Logrará esa nueva criatura que sueña?... ¡Que no vayan a ser como esos robots que aparecen en los cinematógrafos! Yo les tengo miedo. Jamás saldría a la calle. (A su marido.) Lo que ibas a hacer es grosero y muy poco inteligente. ¿Ves? No converso con él... Mi marido lee los periódicos todas las noches. Sabe mucho de política. (Deja caer el periódico a los pies del MAYOR GENERAL.) Yo me duermo escuchando el murmullo de su voz y pensando en mi niña... en mi muñequita que ya no tengo... murió... ¿Dónde estará? (Sonríe.) ¿Soy torpe, verdad? Por mi niña, somos desgraciados...
(El MAYOR GENERAL les da una patada a los periódicos.)
Se pueden romper. Cuestan bastante. (A ELISIRIA.) Y tú... Acuérdate lo que decía mamá... Aprende de mí. (Muy bajito.) Mi hija ha hecho el milagro. (En el tono anterior.) ¿No quiere compartir nuestra mesa? Seremos cuatro. Antes querrá hablarme... Soy sincera. Y eso basta... Quiero que beba en mis copitas de bacarat... ¿Le gusta el champán? ¿O prefiere el vino que vende Remigio el nuevo amante de María Antonia? Usted me quiere, ¿verdad? Soy buena... Si desea puede hablarnos.
|
HIGINIO.-
(A ELISIRIA.) ¿Hablará?
|
ELISIRIA.-
¿Cómo?
|
HIGINIO.-
Hablará.
|
PETRONILA.-
Me lo dijo ayer. |
ELISIRIA.-
Ya lo sé.
|
EL MAYOR GENERAL.-
(En un grito profundo.) Basta ya. Aquí tienen. Qué miseria. |
|
|
(De un salto coge la urna y la estrella contra el piso. Los personajes caen fulminados a tierra. Los candelabros se apagan.)
|
PETRONILA.-
Señor...
|
HIGINIO.-
Señor...
|
ELISIRIA.-
Señor...
|
|
|
(Los personajes yacen inmóviles. El MAYOR GENERAL se acerca a la escalera.)
|
EL MAYOR GENERAL.-
¿Hablar? ¿Hablar, para qué? Ya no queda nada. Todos en el fondo se sentían satisfechos. (Comienza a subir las escaleras.) ¿Hablar del origen, de los dioses? Como si uno fuera un payaso. ¿Hablar de conceptos? ¿Y de proyectos cósmicos...? Qué atrevimiento... Ofrezco mi hospitalidad y todavía se permiten... seguiré mi labor. ¿Qué hora es? ¿Las nueve? Tengo hambre. (Mirando a los tres personajes.) Y vendrán otros y vendrán otros y vendrán otros... (Suspira.) Algún día.
|
|
|
(Pausa. EL MAYOR GENERAL hace mutis. Se oyen los cánticos de una salmodia y el sonido melodioso de una campana hacia lo infinito. Tintes de luz rosada.)
|
|
CAE EL TELÓN
|